Las golondrinas de Kabul, de Zabou Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

BAJO EL YUGO TALIBÁN.

“Ser tirano no es ser, sino dejar de ser, y hacer que dejen de ser todos.”

Francisco de Quevedo

La acción se sitúa en el verano de 1998, en la ciudad de Kabul (Afganistán) bajo el yugo de los talibanes, un régimen de horror que acabó con cualquier atisbo de resistencia, y sobre todo, creo un mundo donde la mujer quedó anulada, al amparo del hombre, oculta bajo el burka, vilipendiada y sometida al amparo del tirano. Habíamos visto películas interesantes y profundas sobre este atroz tiempo de la historia del país árabe como Osama, de Siddiq Barmak, A las cinco de la tarde, de Samira Makhmalbaf o Buda explotó por vergüenza, de Hana Makhmalbaf, donde se daba buena cuenta de la terrible situación de la mujer afgana. Incluso, en junio del año pasado, y también con las técnicas de animación, conocimos el relato de Parvana, la heroína de El pan de la guerra, de Nora Twoney, que al igual que ocurría en Osama, su familia la convertía en chico para poder subsistir. Ahora nos llega, Las golondrinas de Kabul, basada en la novela homónima de Yasmina Khadra, que nos cuenta las peripecias de Zunaira y Mohsen, una joven pareja que vive en Kabul, y cómo su destino hará que la penosa y oscura existencia bajo el régimen talibán les dé una oportunidad diferente a la que tienen.

Los productores de Bienvenidos a Bellevilley Ernest & Celestine, dos de las últimas películas de animación francesas de éxito, confiaron en el talento de Zabou Breitman (París, Francia, 1959) con una extensa filmografía como actriz, y directora de teatro y cine con cinco títulos de acción real en su haber. A través de la técnica de la rotoscopia (filmar con intérpretes acciones reales que después se pasaran a animación) misma técnica utilizada en grandes obras del género como Yellow Submarine,  El señor de los anillos, A Scanner Darkly o Vals con Bashir, y la magia de los dibujos en acuarela de Éléa Gobbé-Mélvellec (Francia, 1985) que ya había trabajado en Ernest & Clestine, la simbiosis perfecta para llevar a cabo la sensibilidad y belleza que requería la novela de Khadra. Un espacio que nos sumerge en la cotidianidad de ese Kabul espectral y vacío, donde apenas se ven rastros de vida, en el que todos sus habitantes se mueven por inercia, desplazándose con miedo, agazapados en una realidad terrorífica y desoladora.

La película de Breitman y Gobbé-Mévellec capta con absoluta precisión y detalle todo ese universo deshumanizado, construido a través de las miradas y gestos de unos personajes encerrados en una existencia desgarradora y asfixiante, en que el dibujo nos muestra la cotidianidad de manera abstracta, situándonos en un paisaje urbano que describe el abatimiento que sienten los protagonistas del relato, vaciándonos el espacio y dejándonos en mitad de ese desgarro infernal en el que los talibanes han convertido Kabul, donde crece la infamia, el dolor, el miedo y la sinrazón a cada instante, como el terrorífico detalle de la mirada de las mujeres a través de la rejilla del burka o esa demoledora secuencia de la lapidación. Las directoras francesas parecen guiarnos por una película muy deudora del cine iraní, con la sombra guiadora de los Kiarostami, Panahi, Makhmalbaf, entre otros, un cine que reflejaba en la infancia los durísimos embates contra la población iraní bajo el régimen de los ayatolás.

La cercanía, el preciosismo y la belleza que hace gala la animación se convierten en el mejor vehículo para contarnos de manera sincera e intimista el infierno cotidiano y existencial que viven los personajes, consiguiendo en muchos instantes que olvidemos la animación y nos sintamos frente a un documento real sobre la situación vital de la población afgana que padeció tamaño sufrimiento, sensación manifiesta gracias a la fantástica ilustración, acompañado de un movimiento y sonido evolventes, con el aroma que desprende y la precisión de su brillante guión, transformando un relato que va más allá de la simple historia, para adentrase en un terreno más universal, con unas personas que sueñan con ser libres y luchan por conseguirlo, donde las circunstancias del momento pueden cambiar de tal forma que el infierno persistente y agobiante de la realidad, abra un resquicio de luz por el que la vida ofrezca una oportunidad inesperada pero real para sus vidas, como ocurría en Funan, de Denis Do, otra impresionante muestra de cómo la animación evocaba los infiernos personales de los camboyanos bajo el yugo de los Jemeres Rojos.

En Las golondrinas de Kabul (bellísimo título que evoca a esa libertad que añoran los personajes de la película) Breitman y Gobbé-Mélvellec consiguen unos personajes diversos y complejos, todos en situaciones difíciles, todos en encrucijadas vitales en las que deberán situarse en aquel lugar de resistencia aunque para ellos tengan que sacrificar muchas cosas, en una trama brutal y magnífica que va in crescendo, con un ritmo desbordante en el que no dejará indiferente a ningún espectador, soportando esa malvada cotidianidad donde solo los valientes y sobre todo, aquellos que nada tienen que perder, se atreverán a ir más allá, a cruzar las líneas que jamás hay que cruzar en situaciones tan horribles, en creer que hay vida tras los muros de la ignominia y la crueldad talibán. Una película humanista, sencilla, honesta, maravillosa e íntima que sabe sumergirse con maestría en la cotidianidad de los afganos bajo el yugo talibán, en sus ilusiones rotas, en sus conciencias abatidas, en sus sentimientos vaciados, y sus dignidades pisoteadas, pero también, nos muestra que todo esa frustración vilipendiada y oculta, puede un día emerger y construir un espacio de libertad y dignidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

< 3, de María Antón Cabot

CALEIDOSCOPIO DEL AMOR JUVENIL.

“La verdad no está en un sueño, sino en muchos sueños”

Pier Paolo Pasolini

En 1965 cuando Pasolini estrenó Comizi d’amore, pretendía reflejar la sociedad italiana a través de sus pulsiones y testimonios sobre las cuestiones del amor y el deseo, mediante entrevistas realizadas por él mismo a todo tipo de transeúntes improvisadas en mitad de la calle. Medio siglo después y con el mismo espíritu del poeta italiano,  María Antón Cabot se planta en el parque del Retiro de Madrid durante los tres veranos que abarcan del 2015 al 2017 para retratar su paisaje, en el que encuentra a jóvenes nerviosos, jugando al amor y al deseo, entre risas, obsesionados con las pantallas de sus móviles, parloteando entre ellos sobre sus cuestiones amorosas. Cabot surgida del colectivo lacasinegra, grupo que conocíamos por su largo Pas à Gènève (2014) y sus trabajos experimentales sobre los nuevos conceptos de la imagen en la era digital, echa mano en la producción de Carlos Pardo Ros, otro “casinegra”, para acercarse a ese mundo juvenil y entrevistarlos improvisadamente, como lo hizo Pasolini, sobre sus deseos, amores y sentimientos. Las respuestas son nerviosas, entre risas y miradas confidentes entre ellos, contestan apresuradamente, cortadamente, desde esas primeras veces en el amor y en el deseo, sus primeras alegrías, besos, amores, frustraciones, desilusiones y agitaciones.

Cabot no solo se queda ensimismada en el paisaje estival, sino que lo mira y retrata desde el observador inquieto y paciente, esperando su oportunidad, su momento, su instante, capturando ese universo fugaz y efímero de la juventud, todo se mueve entre la hipérbole, la fantasía y la irrealidad, esa misma irrealidad con la que la directora madrileña nos da la bienvenida a su película-documento, con esas ilustraciones coloridas en movimiento creando esas fantasías y pulsiones que mucho tienen que ver con los sentimientos de los jóvenes que retrata, a partir de los colores que podemos encontrar en los fondos de pantalla de los móviles, indispensables herramientas para conocer, chatear y jugar al amor. El retrato que hace Cabot es sincero e íntimo, se detiene en esa amalgama de vidas e ideas y venidas que es el parque en verano, retratando a como esa juventud de aquí y ahora se mueve en los espacios del amor y el deseo, unas formas muy diferentes a la juventud de antes, pero, como viene a indicarnos la película, las personas siguen queriendo lo mismo que aquellos que los precedieron, esa incesante y compleja búsqueda del amor y sentirse deseados.

A partir de un documento que no solo retrata a la juventud actual y sus cosas del amor, Cabot va mucho más allá, y lo hace, y esto tiene mucho mérito, a través de un dispositivo sencillo y muy acertado, mirar el parque y su colectivo humano, sobre todo, el más juvenil, mirándolos como son, sin etiquetas y convenciones sociales, capturando sus miradas, gestos, cuerpos, movimientos y testimonios, cara a cara, a su misma altura, de manera directa y verdadera, donde no hay filtros ni espejos deformantes, sino una mirada lúcida, limpia y tranquila, desde la inquietud del que mira, observa y pregunta a aquellos que interesan y sobre todo, escucha sus reacciones, pensamientos y sentimientos, dándoles esa voz que quizás deberíamos darle, y no sacar conclusiones apresuradas y poco acertadas cimentadas entre la desconfianza y la desinformación, sin juzgar a las personas anónimas que les ofrecen sus testimonios y un espacio de su privacidad. Y además, el personaje de Ana que abre y cierra la película, encontrando entre tanta maraña de personas anónimas un sentido a su forma de pensar, relacionarse y sentir.

< 3 (que son el símbolo y el número para escribir un corazón rojo en los dispositivos móviles) título claramente clarificador sobre las herramientas que usan los jóvenes para relacionarse, se mira con la belleza de lo cotidiano, hipnotizado por sus cotidianas y naturales imágenes que nos van rodeando y sumergiéndonos en ese universo de primeros deseos y amores, una película que se une a otros espejos sobre la juventud de los últimos tiempos como Quién lo impide, de Jonás Trueba, donde a través de una serie de películas hibridas entre el documento y la ficción, exploran a los jóvenes y sus inquietudes sobre la vida y el amor, así como Las primeras soledades, de Claire Simon, en la que nos introducía en un instituto y daba la palabra a unos jóvenes franceses de barrios en la periferia para escuchar sus testimonios sobre la soledad, el dolor y demás oscuridades de sus vidas. < 3 es una película maravillosa, deslumbrante y viva, sobre los jóvenes de ahora, sus ilusiones y frustraciones a través del amor y el deseo, y también, es un retrato fiel y emocionante sobre la sociedad y nuestras formas de mirar, relacionarnos, amar y desear. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/294018147″>&lt; 3 / Teaser #1</a> from <a href=»https://vimeo.com/dveinfilms»>DVEIN Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Casanova, su último amor, de Benoît Jacquot

EL OTOÑO DEL ETERNO ENAMORADO.

“El amor es una especie de locura, que me gusta, pero una locura más de la filosofía que es totalmente impotente, es una enfermedad a la que está expuesta la humanidad en todo momento, no importa a qué edad, y que no se puede curar, si se trata de atacado por ella en su vejez.“

Giacomo Casanova

No es la primera vez que el cine de Benoît Jacquot (París, Francia, 1947) en su casi medio siglo de carrera, se instala en el siglo XVIII, ya lo hizo en Sade (2000) en la que el famoso marques volvía a la cárcel en plena agitación violenta de la revolución, y también, en Adiós a la reina (2012) donde relataba los encuentros de Maria Antonieta y una de sus lectoras en los días finales de la revolución. Ahora, y basándose en Histoire de ma vie, de Giacomo Casanova (1725-1798) nos vuelve a trasladar a ese período durante el exilio londinense del famoso libertino, amante del amor, del juego y la aventura. Pero no lo hace retratando los éxitos de algunas de sus conquistas, sino todo lo contrario, convirtiéndolo en un títere en manos de Marianne de Charpillon, una joven prostituta que lo rechaza constantemente, dejándole claro que quiere sentirse amada por el famoso conquistador.

El relato se mueve en el flashback, cuando Casanova, setentón y retirado en Bohemia, cuenta ese capítulo oscuro de su pasado amoroso a una joven que ha ido a visitarle. Los hechos y las circunstancias de las que somos testigos nos vienen en forma de fábula de misterio en palabras del propio Casanova, que nos va relatando con detalles todos aquellos escarceos de su desdichado amor. Jacquot hace gala de una exquisita mise en scène, en la que prima la libertad de movimientos de los personajes, y una cámara abierta y vital que se mueve libremente por los paisajes y escenarios de la burguesía londinense del siglo XVIII, alejándose de cierto clasicismo muy propio de películas de corte histórico, contándonos un relato del siglo XVIII pero anclado en la actualidad, con un ritmo encantador y voluble, donde no dejan de suceder cosas, en la que la trama está sujeta a esa intriga intensa y envolvente que nos captura en esta deliciosa y profunda historia romántica en la que todo puede suceder o no.

Un cuento fascinante, evocador y perverso el que protagonizan el libertino y la prostituta con sus constantes idas y venidas, donde el hecho del amor se convierte en una incertidumbre constante, en un misterio difícil de prever, donde todo se ve envuelto en la oscuridad de las emociones, en unos sentimientos que van y vienen sin descanso, donde el sufrimiento y la desdicha se convierten en elementos incansables, donde el amor y el erotismo se disfrazan de temor, resentimiento, voyerismo, placer frustrado, e incapacidad para descifrar los deseos del otro. Jacquot nos muestra a un Casanova enamorado, perplejo ante la posición de la prostituta, perdido ante su rechazo, ante el rechazo de alguien que vive vendiendo su cuerpo por unas libras, de alguien que lo desea y rechaza, de una mujer atrapada en su mundo, esquiva con los sentimientos, y sobre todo, de alguien que se siente amada y juega con eso. Casanova ha perdido el apetito vital, se siente incapaz de amar a otras mujeres, completamente ensimismado por ese amor no correspondido, que lo está llevando a la turbación y la locura.

En el cine de Jacquot hay muchas películas que abordan de un modo u otro las pasiones amorosas, los juegos laberínticos del deseo, las argucias de los enamorados para conseguir su objetivo y de paso hacer sufrir a sus pretendientes, tanto unos y otros juegan sus cartas y siguen jugando al amor con éxitos y fracasos. Vincent Lindon, un actor habitual en el cine de Jacquot, vuelve a ponerse a las órdenes del director francés para interpretar a un Casanova perdido y desorientado con el amor a la prostituta, de alguien eternamente enamorado, un ser que a través de la amistad enamora a sus mujeres, enamorado del amor y de las mujeres, un tipo elegante, sobrio, amante del amor, del juego, de la aventura, del azar como camino vital, que Lindon interpreta de modo sincero y transparente, llevándonos por esta experiencia desde la libertad de amar, con su disfrute y alegría, hasta encontrarse con ese amor oscuro y frustrado que lo lleva al ostracismo y a la perdición.

Stacy Martin compone una Mariane de Charpillon delicada y bella, convirtiéndose en el mejor contrapunto de Casanova, en ese juego de reflejos constantes y asfixiantes. Una mujer atrapada en una vida de prostituta obligada por su madre, y en ese juego oscuro y malévolo que tiene con Casanova, al que quiere pero también, conociendo su fama, utiliza y engaña con el amor. Y la agradable y maravillosa presencia de la siempre interesante Valeria Golino, que después de su rígida madre en Retrato de una mujer en llamas, vuelve a deleitarnos con su madame La Cornelys, una de esas bellas y elegantes señoras que pululaban por las ciudades importantes europeas del XVIII como Londres, con su aire de misterio y fascinación, que escondían mucho y mostraban muy poco. El último amor de Casanova que nos retrata la película es un relato romántico y muy moderno, con ese aire de misterio como si fuese una cinta de asesinatos, done la capacidad de magnetismo y belleza que emana toda la propuesta nos lleva a constantes callejones sin salida que debemos descifrar según las pistas y diálogos que vamos conociendo en ese intenso y particular paseo por el amor, quizás el último amor que vivió un otoñal Casanova. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Amor está en el Agua, de Masaaki Yuasa

CABALGAR TUS PROPIAS OLAS.

“El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro”.

Concepción Arenal

Minako se muda a la costa para empezar sus estudios de oceanografía y así poder estar cerca del mar para realizar su gran pasión, surfear las olas. Una noche, unos desalmados provocan un incendio en el edificio que vive, y es rescatada por Minato, un bombero que tiene como objetivo vital ayudar a los demás. Entre los dos jóvenes, surge el amor, y devoran su pasión del mar y las olas. Un día, la tragedia se ceba con ellos y Minato fallece cuando intenta salvar a alguien. A partir de ese instante, la existencia de Hinako se sume en el dolor y la invisibilidad. Pero, un día, la joven empieza a reencontrarse con el espíritu de Minato en el agua mientras interpreta la canción favorita de ambos. El nuevo trabajo de Masaaki Yuasa (Fukuoka, Japón, 1965) uno de los grandes de la animación japonesa a la altura de otros grandes cineastas como Hayao Miyazaki, Keiichi Hara y Mamoru Hosoda, autores que han elevado la animación hacia cotas deslumbrantes donde imponen una gran belleza visual, una imaginación desbordante y sobre todo, unos relatos íntimos, profundos y personales que abarcan historias sobre la infancia, el dolor, la pérdida y la infelicidad, entre muchas otras.

Yuasa que trabaja indistintamente en televisión con magníficas obras como Kemonozume (2006) Kaiba (2008) o The Tatami Galaxy (2010) o en cine con títulos tan celebrados como Night is short, Walk on girl o Lu over the Wall, ambos del 2017. Títulos donde principalmente se explican historias de amor difíciles y complejas en contextos adversos y oscuros. En El amor está en el agua se mezclan elementos característicos del  universo de Yuasa como son el amor, la amistad, el tiempo y la pasión, entre otros, en un relato que pasa de la comedia al drama con una facilidad deslumbrante, para hablarnos desde la sinceridad y la cercanía sobre la pérdida, y sobre todo, la importancia de encontrar las herramientas para enfrentarse al dolor y poder superarlo, con la compañía de los más íntimos que tiene Hinako, en dos posiciones diferentes que funcionan como reflejo en que mirarse. Por un lado, Yoko, la hermana pequeña del fallecido Minato, que opta por una actitud seria y enfadada, y por otro lado, el posicionamiento de Wasabi, el compañero de Minato, con una actitud más dialogante y comprensible.

El cineasta japonés opta por situarnos en el centro del dolor a través del personaje de Hinako, siguiendo en su camino de duelo por el que atraviesa, mirando su rostro, sus recuerdos y los instantes que comparte con el espíritu de Minato, en una senda en la que deberá aprender a despedirse para poder caminar sola, y enfrentarse a sus miedos e inseguridades. Una película que mezcla con absoluta magia, como es habitual en la animación japonesa, la cotidianidad más cercana con la fantasía más deslumbrante, donde todo se mezcla y se funde, en la que cualquier objeto o espacio adquiere connotaciones mágicas en las que los personajes, después del susto inicial, van abrazando adecuándolos a su vida, entrando en ese universo-limbo donde lo fantástico se convierte en cotidiano, un tránsito para vencer esos miedos que nos atenazan y nos impiden avanzar y sobre todo, perdonarnos y perdonar, para seguir con nuestras vidas.

Yuasa nos lleva en volandas por su relato, contándonos una historia compleja y durísima, pero también redentora, alegre y vital, hablándonos de todos los obstáculos emocionales que se nos presentan en la existencia y como debemos enfrentarnos a ellos, con valentía a pesar del dolor, con alegría a pesar del vacío y sobre todo, en pie y firme, para mirar de frente a los sinsabores y encontrar esas ayudas en forma de amistad que nos darán los empujones que necesitamos para volver a ser lo que éramos, y a hacer lo que hacíamos, acompañándonos con lo que se fue, pero sin tristeza, solo con alegría de lo que vivimos, de lo que sentimos y de lo que todo experimentamos y aprendimos junto a esa persona que ya no está. Una película maravillosa y didáctica sobre la vida, el hecho de vivir, crecer, aprender y respirar, de cómo relacionarse en los momentos más difíciles, y también, de volver a aprender, en un aprendizaje constante que es vivir, para volver a surcar las olas desde la libertad de quiénes somos, donde estamos, y donde estuvimos, qué queremos, y teniendo un presente para seguir viviendo, experimentando y sintiendo. JOSÉ A. PEREZ GUEVARA

El huevo del dinosaurio, de Quan’an Wang

UNA GRAN MUJER.

“Con el neorrealismo nos «vimos» desde fuera, de modo despejado, casi con descuido, castigando con ese descuido todas nuestras ambiciones creativas. Así le fue devuelta su autenticidad a las cosas, llegando a una función del cine que ya no era personal, egoísta, sino social”

Roberto Rossellini

Una mañana aparece el cadáver de una mujer en mitad de la estepa de Mongolia. La policía ordena a un joven agente custodiar el cuerpo durante la noche, una joven pastora de la zona le ayudará a pasar en compañía las horas nocturnas, para protegerle de los lobos. Una noche donde intimarán, abrazando sus cuerpos y dejándose llevar. A la mañana siguiente, sus caminos se separarán. El séptimo trabajo de Quan’an Wang (Yan’an, China, 1965) vuelve a las áridas y desiertas tierras gélidas de la estepa de Mongolia, como lo hiciera anteriormente con su recordada película La boda de Tuya (2006) para volverse a centrar en una mujer, como acostumbra en su cinematografía, llena de personajes femeninos de carácter y solitarios, de condición humilde y sencilla, que deben enfrentarse a las vicisitudes de la vida, las injusticias y desigualdades de una China cada vez más polarizada e individualista.

El cineasta chino, al igual que sus coetáneos como Wang Xiaoshuai o Jia Zhangke, exploran con actitud crítica, profundidad y belleza formal los grandes cambios sociales y económicos de su país, deteniéndose en las clases más vulnerables y condicionadas por ese crecimiento desaforado. Quan’an arranca su película a modo de thriller rural, mostrándonos un cadáver, un caso de asesinato según los indicios de la policía, peor pronto descubriremos que las intenciones del relato se encamina por otros derroteros, más condicionados por la vida y todas sus consecuencias y conflictos. El huevo del dinosaurio también funciona como ejercicio de etnografía, mostrándonos la cotidianidad del pastoreo de corderos a lomos de un camello, actividad en vías de extinción por sus dificultades y restricciones legales, así como la matanza del cordero, y la monotonía de una vida solitaria de pastorear entre la largas caminatas por la estepa soportando las bajas temperaturas y la soledad imperante.

Pero, la película de Quan’an va mucho más allá, el thriller rural del inicio deja paso a un relato profundo y sincero sobre la vida, el amor y la muerte, un western minimalista en la que vuelve a incidir en la dificultad de la mujer de vivir sin un hombre en tierras tan inhóspitas como ocurría en La boda de Tuya, en la búsqueda del amor, y sobre todo, en la necesidad de compartir como forma necesaria de vivir y enfrentarse a los embates de la existencia. El director chino vuelve a hacer gala de un preciosismo formal deslumbrante, en un trabajo exquisito y detallista en que el paisaje de la estepa se convierte en un personaje más con sus extensas llanuras, su aire gélido, sus amaneceres y atardeceres de inusitada belleza, el viento arreciante, y el incesante caminar de los corderos y del camello, con la mirada avizora de la pastora. El relato imprime ese tempo cinematográfico lento y pausado, acompañándonos en la monotonía de los quehaceres diarios de la pastora, sus encuentros furtivos sexuales con su pastor amado, en una relación difícil que arrastra un hecho traumático del pasado, en esas idas y venidas donde el amor y al vida, y las circunstancias particulares se mezclan, siguiendo también la experiencia del joven policía que, después de su encuentro con la pastora, se ve envuelto en otro affaire con una compañera.

Quan’an se toma su tiempo para constarnos su relato, obedeciendo al tiempo de la estepa, donde el día es trabajo y caminatas, y las noches, junto al fuego, se enmarcan en otro tiempo, más recóndito y de piel y cuerpos entrelazándose. Con especial cuidado con el sonido del relato, dejando el ambiental como forma única, real y cotidiana de aquello que va sucediendo, arrastrando al espectador a ese vaivén de luces y sonidos que alimentan cada instante de la película, haciéndola única, necesaria, sencilla y apabullante. Como viene siendo habitual en su cine, Quan’an vuelve a contar con intérpretes profesionales mezclados con personas de la zona que interpretan roles, creando ese vínculo esencial y vital para la construcción del relato, donde emerge la composición fascinante y conmovedora de Dulamjav Enkhtaivan como esa pastora valiente, generosa y trabajadora, que se enfrenta a todas las circunstancias con una entereza elogiable, capaz de todo y con todos, Gangtemuer Arild como ese Jefe de Policía en las puertas del retiro, con su forma particular de trabajar y hablar, Norovsambuu como el policía joven, conociendo el amor, el sexo, la pérdida y la vida en toda su plenitud y oscuridad, y finalmente, Aorigeletu el pastor amante de la pastora, un tipo que cabalga con su moto por la estepa, solitario y sencillo.

El director chino ha construido un relato humanista, sobre la Mongolia rural y actual, sobre los deseos y las ilusiones de tantos que batallan en paisajes tan agrestes y difíciles, donde lo humano y lo salvaje se mezclan y funden. Un relato que  nos lleva de la mano acariciándonos nuestros sentidos y nuestra forma de observar la estepa y sus moradores, en este impresionante retrato sobre los ciclos de la vida, situándonos en el centro de la acción, siendo espectadores privilegiados en los que asistimos a la vida, al amor y la muerte, donde el proceso nunca termina, donde todo se mezcla, se funde con el paisaje, y todo parece obedecer unas leyes naturales donde vida y muerte es uno solo, haciendo gala de un sentido del humor crítico y cínico, donde cada personaje, según sus vivencias toma un partido u otro. La pastora a la que llaman “Dinosaurio”, y ese huevo que hace referencia al título, nos muestra que a veces la vida nos condiciona y nos va llevando al lugar que debemos estar, en un acto de generosidad y valentía, en el que nosotros debemos dejarnos llevar y no resistirnos a lo que sentimos y sobre todo, no sentir miedo por lo que vendrá, porque seguro que cuando sea no será ni mucho menos como lo habíamos imaginado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solo nos queda bailar, de Levan Akin

AMAR Y BAILAR.

“Sentirse plenamente vivo es sentir que todo es posible”

Eric Hoffer

Merab es un joven impetuoso, trabajador y talentoso que sueña con ser un gran bailarín en la Compañía Nacional de Danza de Georgia con su pareja de baile, Mary. Todo cambiará cuando aparece otro bailarín a su altura, Irakli, que se convertirá en su rival y además, es su objeto de deseo. La tercera película de Levan Akin (Tumba, Botkyrka, Suecia, 1979) descendientes de georgianos, vuelve a los elementos y ambientes que ya caracterizaban sus anteriores trabajos, en los que indagaba de forma profunda y personal sobre los problemas de cierta juventud acomodada sueca. En su nuevo trabajo se traslada al país de sus orígenes familiares, Georgia, y concretamente, a su capital Tiflis, para construir una película que nos sitúa entre lo antiguo y lo moderno, entre la tradición y los tiempos actuales, una dicotomía en la que a través del personaje de Merab, uno de esos jóvenes que vive por su pasión por el baile de la danza tradicional, mayormente masculina, anclada en el pasado y en las raíces de un país dominado históricamente, tiene en la danza, al iglesia y el canto sus valores identitarios más fuertes y defendibles para la sociedad.

Merab se siente atraído por Irakli, un tipo alejado a él, alguien que parece despreocupado con su vida y el baile, pero alguien talentoso como Merab. Akin impone un fuerte ritmo a su película, donde no dejan de suceder situaciones que llevan a sus personajes a enfrentarse entre aquello que sienten y deben hacer. Un debate constante que jalona la película, y atrapa al espectador, entre la fuerza de la música y baile tradicional, con esas clases del exigente maestro, la situación familiar de Merab, con pasado de bailarines de danza, pero ahora una mera sombra de aquel esplendor, con una abuela que le apoya, una madre perdida, y un hermano nada serio, convierten la existencia de Merab en una vida donde la danza tradicional es su vía de escape, su forma de expresarse ante el mundo y realizarse emocionalmente, una rebeldía ante tanta imposición, tradición y falta de libertad. El director sueco filma con audacia y fuerza una historia de amor y pasión entre Merab e Irakli, oculta ante todos, con esa efervescencia de la juventud con otras ideas, actitudes y formas diferentes que chocan con ese otro mundo viejuno, que vivió la Unión Soviética y su desaparición, que todavía vive arraigada a unas formas de vida y convenciones sociales arcaicas.

Tiflis se convierte en otro personaje más en la película, erigiéndose en un escenario donde conviven lo antiguo con lo moderno de forma manteniendo las barreras sociales y estructurales, pero que la relación e Merab e Irakli, aunque sea en la clandestinidad, mezcla y funde esos mundos tan opuestos y alejados. Solo nos queda bailar es un relato sobre el amor, la pasión, la necesidad de ser uno mismo aunque eso vaya encontrado de lo establecido, de enfrentarse a lo tradicional, de dejarse llevar por lo que uno siente, de lanzarse al vacío en la vida, en las emociones y sobre todo, en sentir el baile de manera individual, diferente y en libertad. Levan Gelbakhiani es Merab, un actor debutante que compone un personaje lleno de vida, de amor, de libertad, a través de su cuerpo, sus gestos y miradas, a través de la danza georgiana, de la música, que vive, baila y ama con intensidad, como si no hubiese un mañana, con toda la fuerza que es capaz y le dejan, con una carisma que traspasa la pantalla y nos desborda con su fuerza reveladora.

La película de Akin se une a esa corriente de cine LGTBI como La vida de Adèle, Carol, Carmen y Lola, Moonlight, Call me by your name, 120 pulsaciones por minuto, SauvageRetrato de una mujer en llamasEma, entre otras, que viene a ocupar esos espacios vacíos y escasos que el cine convencional se negaba a llenar con historias mayormente enfocadas a la heterosexualidad. Relatos que nos explican con profundidad, complejidad y personalidad historias de amor queer, donde se explora la identidad sexual y de género, tan necesarias y valientes en los tiempo actuales, cuando todavía hay muchos países y sectores reaccionarios que les niegan los derechos y la visibilidad que se merecen como cualquier persona en la sociedad, sin ser juagada por su condición sexual e identidad de género. Akin trata el tema LGTBI de manera sincera y honesta, desde la perspectiva humana y castradora, dejando claro el todavía largo camino que han de hacer tantos gobiernos, instituciones y demás espacios.

Bachi Valishvili como Irakli, el contrapunto de Merab, pero también una fuerza de contención y sobriedad que alimenta la película elevándola a esa energía fascinante y contagiosa que transmite la cinta. Ana Javakishvili es Mary, la compañera de baile y amiga del alma de Mareb, alguien callada y sin hacer ruido, termina sabiendo todo lo que sucede entre Merab e Irakli, bien acompañados por un reparto natural y convincente repleto de intérpretes no profesionales. Esa juventud constataría y rebelde, con nuevas formas de vivir, sentir, bailar y respirar, viene con velocidad de crucero a ponerlo todos patas arriba, a romper las barreras y obstáculos de lo tradicional, a introducir aires diferentes y renovadores a lo anclado, sustituyéndolas por elementos más arriesgados, llenos de esperanza, libertad y con múltiples puntos de vista y miradas inteligentes, imprimiendo aires nuevos y coloridos sobre lo viejuno, una fuerza imparable que se convierte en una ola que provocará nuevas formas de mirar, sentir y vivir, en que el personaje de Merab es el mejor ejemplo, siendo la bandera de libertad, cambio e identidad que propone su forma de ser y vivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ema, de Pablo Larraín

LA MUJER DE FUEGO.

“Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”

Emily Dickinson

La película arranca con una imagen contundente y esclarecedora sobre el personaje de Ema, cuando ella y un grupo de personas baila en un escenario presidido por un sol abrasador, un sol en llamas que explica las emociones que atraviesan a Ema, una joven de rubio platino. La joven está casada con Gastón, forman un matrimonio de ahora, ella baila y él, 12 años mayor que ella, es el coreógrafo de una compañía de danza experimental. Son una pareja que decide devolver a su hijo adoptivo Polo, después de un desgraciado incidente con su tía. A partir de ese instante, la vida de Ema cambiará radicalmente, y emprenderá un camino de redención y conocimiento interior que la llevará a volar y experimentar a través del reggaetón que lo baila de manera intensa y diferente, materialización de su nueva existencia, una forma de vivir, sentir y amar completamente distinta a la que tenía hasta ahora.

El octavo trabajo como director de Pablo Larraín (Santiago, Chile, 1976) sigue transitando por ese estilo reconocido del retrato personal de alguien desconocido y apartado de una sociedad que ni lo comprende ni pretende hacerlo, a través del contexto histórico en el que vive, deteniéndose especialmente en la dictadura de Chile. Con El club (2015) el retrato se volvió coral y lo hacía a partir de una institución como la iglesia, contando las penitencias de un grupo de sacerdotes que arrastran culpas. Con Neruda y Jackie, y esta última, Ema, vuelve al retrato individual y personal, no interesándose por los méritos del retratado, sino que capturando aquel momento de sus vidas en el que se vieron sometidos a bandazos exteriores con los que tuvieron que lidiar. En el caso de Neruda, el insigne poeta se veía envuelto a un ataque frontal contra su libertad que le obligaban al destierro, en Jackie, la esposa de JKF, la cámara de Larraín se detenía en los días posteriores del asesinato del presidente y cómo los vivió su esposa.

En Ema, escrita por el propio director, junto a Guillermo Calderón (que también hizo lo propio en El Club y Neruda, como en el cine de Andrés Wood) y Alejandro Moreno, es la primera película en la que el cineasta chileno se detiene en la actualidad de su país, en su inmediatez y su juventud, situándonos en la vida de una joven frágil físicamente, pero fuerte emocionalmente, que lo expresa todo a través del baile que hace con sus amigas que, después de una terrible desgracia, emprende un catártico camino de liberación a través del amor y el deseo, liberándose de toda la oscuridad de su vida y dejándose llevar por sus emociones, amando en toda su plenitud, de forma libre y sin ataduras de ningún tipo, una vida donde la música pone el compás y el ritmo, donde cada movimiento es una forma de expresarse ante un mundo demasiado superficial y prejuicioso. Larraín nos invita a liberarnos, a sentir, a perderse en las coreografías del baile del reggaetón, a sentirse libre, a evadirse de nuestras existencias y bucear en aquello que sentimos, en romper las cadenas y sobre todo, en amar libremente, con intensidad y honestidad, a dejarnos llevar como lo hace Ema.

El director chileno habla de la juventud de su país, de esa juventud que lidera Ema, que ha llegado para ponerlo todo patas arriba, con nuevas formas de vivir, bailar, relacionarse, sentir y amar, donde prima lo colectivo y la fraternidad frente al individualismo y la competitividad, donde todas van a una. Un retrato sobre sus pulsiones, anhelos, amor y sexualidad, un retrato de aquí y ahora, capturando esa efervescencia que emana Ema y sus amigas, cuando bailan, aman o follan, sintiendo sus respiraciones, sus movimientos y sus caracteres donde todo se siente, se experimenta y se vive de forma intensa y profunda, a través de todos los sentidos, cuerpo y piel al unísono. La película nos abre nuevos caminos en la manera de enfrentarnos a nuestra propia vida y al mundo que nos rodea, mostrándose nuevas formas, sin fingimientos ni poses, ejemplarizando nuevos visiones sobre la maternidad que abren nuevas vías, a vivirla de manera y formas diferentes y sorprendentes, teniendo claro que la vida hay que vivirla, experimentándola en toda su plenitud, y descubriéndola diariamente, sorprendiéndose de todo aquello que ni imaginamos y dejando atrás tantos miedos inventados que no nos llevan a ningún lugar. Sergio Armstrong, el inseparable camarógrafo de Larraín desde Tony Manero, vuelve a ejecutar una luz brillante, transparente y natural de ese Valparaíso costero y estilizado, y por momentos, artificial, bien acompañado de un montaje fragmentado y electrizante, obra de Sebastián Sepúlveda (que ya trabajó con Larraín en El Club o Jackie) que nos lleva de un sitio a otro sin tregua, y la música de Nicolas Jaar, apabullante, brutal y sensual, acompañada del par de temas de reggaetón del grupo Estado Unido como son “Real” y “Destino”, puro baile lleno de energía, vida y libertad.

La sorprendente, enigmática, brillante, intensa y sexual Mariana di Giromalo en la piel de Ema, en su primer papel protagonista de su carrera, se come literalmente la cámara, convirtiéndose en una animal de escena, en la líder de esta nueva ola de amor, maternidad y sexo, con esa mirada felina y afilada, entre la candidez y la rebeldía que tanto manifiesta y necesita su personaje. Frente a ella, Gael García Bernal (en su tercera película con Larraín) metiéndose en la mirada de Gastón, ese coreógrafo demasiado ensimismado en su pasión que también, y por supuesto a través de Ema, emprenderá su propio camino liberador, Paola Giannini y Santiago Cabrera como Raquel y Aníbal, respectivamente, serán los invitados especiales en ese camino de vida, libertad, amor, sexo y maternidad que emprende Ema, personajes que al igual que su grupo de amigas entrarán de lleno, sin salvavidas ni nada que se le parezca, en este viaje a lo más profundo de nuestra alma, pura visceralidad, un chute de adrenalina y sexualidad (como bien dejará evidente el encadenado de imágenes donde el sexo se vive de manera apasionada y desinhibida) a esa vida de bailar, experimentar, sentir, vivir, emocionarse, donde hay cabida para todo aquello que nos hace vibrar como el amor y el sexo sin complejos, ataduras, y demás convenciones sociales que no solo nos impiden expresarnos como somos, sino que también, nos convierten en alguien amargado, triste y perdido.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan

LOS BAJOS FONDOS.

“Que cada cual siga su inclinación, pues las inclinaciones suelen ser rayas o vías trazadas por un dedo muy alto, y nadie, por mucho que sepa sabe más que el destino”

Benito Pérez Galdós

Hace seis años en el Festival de Berlín se alzó con el primer premio Black Coal, la tercera película de Diao Yinan (Xi’an, China, 1969) un brillantísimo ejercicio noir que nos explicaba con fuerza y contundencia un relato sucio y desolador sobre un complicado caso de asesinatos en la China devastada por el capitalismo. Yinan acogía los elementos del género para revertirlos y darles una mirada distinta, más desgarrada y deshumanizada, en mitad de un paisaje urbano y helado, en el que además, introducía una historia de amor entre dos seres invisibles, rotos y anclados en un pasado traumático. Su nuevo trabajo El lago del ganso salvaje, vuelve a situarnos en el noir, pero esta vez la mezcla entre tipos del hampa y agentes del orden se hace muchísimo más palpable, en el que los dos se mezclan y se confunden durante una larga noche.

El director chino nos acota el relato en tres noches, y alguna que otra mañana, dos funcionarán como flashbacks para explicarnos los pormenores de los dos protagonistas, Zhou Zenong, un líder de una banda criminal, y Liu Aiai, una joven prostituta. La acción arranca cuando después de una pelea entre bandas, Zenong mata accidentalmente a un policía y comienza una huida nocturna imposible por “Jiang Hu” (los bajos fondos) donde se tropezará con la prostituta enviada por el jefe de otra banda que parece querer ayudarle o no. Además, en esta aventura nocturna aparecerá un tercer agente implicado, la policía en el rostro del Capitán Liu, y por último, la esposa de Zenong, contrapunto del personaje de la prostituta, que vive acosada por la policía y a la espera del reencuentro con su marido fugitivo. Dinan nos sitúa su película en una noche eterna que parece no tener fin, y nos enmarca en un paisaje peculiar, el de los alrededores del lago del título, donde se amontonan casas de todo tipo en un meticuloso y desproporcionado laberinto por donde se moverán la pareja de fugitivos, diversos criminales, algunos que pretenden ayudar y otros, acabar con la vida del perseguido, y policías a la caza del asesino.

Todos los agentes implicados se moverán rápido, sin tregua ni descanso, en un continuo movimiento enloquecido donde la vida anda en constante peligro, criaturas rotas y heridas que se moverán por el fango de los arrabales, en las que las aguas turbias del lago serán el reflejo deformador de esos cuerpos y rostros heridos, lugar donde encontramos la miseria de unas existencias a vueltas con un destino incierto e implacable para ellos. La magnífica luz obra de Dong Jinsong (cinematógrafo de la filmografía de Yinan, y de la no menos célebre Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan) que a ratos deslumbra y otros hipnotiza, por su amalgama de colores neón donde abundan los rojos, verdes y amarillos, iconografías imperdibles en las noches asiáticas, creando ese espacio onírico, y a la vez, sucio, donde podemos apreciar con todo lujo de detalles esa sensación de tristeza y pérdida que emana de los personajes. No menos contundente es el preciso y soberbio montaje de Kong Jinlei y Matthieu Laclau (dúo que ha trabajado en el cine de Jia ZhangKe) hilando con absoluta maestría todas las imágenes que componen la película, llevándonos con decisión y fuerza por todos los puntos de vista que acontecen, dotando a la cinta de ese ritmo trepidante y sin aliento que tanto demanda.

Dinan no olvida imponer a su film una suerte de fatalidad donde unos personajes, al igual que ocurría en el cine de Renoir o Lang, están condenados a la desgracia, empujados por un destino que los acecha constantemente, envueltos en una niebla de misterio y muerte a cada instante, en que el lago asume su rol de bestia dormida que los va atrapando suavemente, como una especie de imán imposible de desatarse, y ese amor entre el fugitivo y la prostituta acentúa aún más todas esas claves noir que arrastra al devenir de una pareja que no encuentra lugar donde esconderse. El buen trío protagonista encabezado por un portentoso Hu Ge en la piel del huido Zenong, una alma rota, en quiebra con la vida, azotada por la fatalidad, y a su lado, alguien no mucho menos desgraciado como Gwei Lun Mei (la viuda desolada de Black Coal) en el papel de LIu Aiai, esa prostituta cansada y derrotada, con esa ambigüedad que caracteriza a las mujeres del noir, también decidida a escapar y huir de esa existencia encadenada y mísera, y frente a ellos, la ley que representa el Capitán Liu, en la piel de Liao Fan (el policía traumatizado de Black Coal) con sus peculiares métodos para dar caza del criminal huido.

El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan no deja indiferente, sino todo lo contrario, es una punzante mirada sobre China y sus miserias, a través de un potentísimo relato noir que, como los buenos títulos del género se convierten en reflejos de las sociedades, con sus complejidades, oscuridades y bajos fondos. Una película que viene a sumarse al maravilloso momento cinematográfico que vive China con títulos tan memorables vistos durante la última temporada como el citado de Bi gan, La ceniza es el blanco más puro, de Zhangke, An Elephant Sitting Still, de Hu Bo, So Long, My song, de Wang Xiaoshuai, en que a partir de películas de corte noir, plantean situaciones tristes y desgarradoras de una población en continua huida, solitaria y perdida, que se asfixia en una China ahogada por un capitalismo salvaje y deshumanizado, que está desplazando los valores tradicionales por otros menos amables y más competitivos. Un cine que refleja ese aliento de vacío que tanto describe a la población china de estos momentos, desplazada por un continuo y despiadado crecimiento que arrasa con todo lo de antes, sin tiempo para analizar tantos brutales cambios. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lucio Castro y Ramón Pujol

Entrevista a Lucio Castro y Ramón Pujol, director y actor de la película «Fin de siglo», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 15 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucio Castro y Ramón Pujol, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Maite Robles de Filmin, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Curiosa, de Lou Jenuet

L’AMOUR DE MARIE.

“El erotismo es como el baile: una parte de la pareja siempre se encarga de manejar a la otra”

(En La inmortalidad, de Milan Kundera)

La película nos sitúa en el bullicioso y febril París de 1895, en plena “Belle Époque”, donde los tiempos avecinaban cambios profundos en la sociedad y sus valores, donde la ciencia y el progreso están a la orden del día, la sociedad moderna se abre paso dejando atrás a los conservadores y furibundos nostálgicos de otros tiempos. Todo cambia muy rápidamente, la modernidad es un hecho, y las inquietudes culturales avanzan en un tiempo en el que todo está por hacer, en que lo viejo deja paso a lo nuevo y moderno, donde hay una efervescencia social, cultural y económica como jamás la había habido antes. Entre muchos de aquellos jóvenes con ideas y valores diferentes, encontramos a Marie de Hérédia (1875-1963) una joven inquieta y contestataria enamorada del joven poeta Pierre Louÿs (1870-1925). Un amor imposible por las deudas del Sr. De Heredia que provocará que acepten la proposición de matrimonio del escritor Henri Régnier (1864-1936) un enlace sin amor por parte de Marie, que muy a su pesar, se convertirá en la señora de Régnier. Marie es ante los ojos de todos, una esposa enamorada y dedicada a su esposo pero ante la pasión y el amor, ante lo oculto, se debe en cuerpo y alma a Pierre Louÿs, con el que empezará una relación sexual, escondidos de todos en las paredes de la buhardilla donde mora el poeta.

La directora francesa Lou Jeunet hace su puesta de largo en cine, porque ya tiene en su haber cuatro largos para televisión, centrándose en Marie Régnier, una mujer fascinante y enigmática, apasionada y osada, que rompió normas y convicciones de la todavía social burguesa y añeja del París de finales del XIX. Marie no se rindió, combatió ferozmente por un amor alejado de las convenciones sociales de la época, se lanzó al vacío en una aventura que la llevó a descubrir un amor fou, que diría Buñuel, un amor lleno de pasión, donde prevalecía la carne, el erotismo y el sexo, descubriendo su piel, sus gemidos, su sexo y demás, entregándose a un amor cruel, apasionante, fantasioso y terrorífico, donde hubo de todo, desde fotografías eróticas y sexuales, ya que la fotografía era una de las otras grandes pasiones de Pierre Louÿs, hasta tríos, junto a Zohra, la concubina exótica que se agenció Louÿs, incluso otras relaciones sexuales mientras los amantes enamorados se distanciaban por las ausencias viajeras.

Jeunet ha escrito un guión junto a Raphaëlle Desplechin, donde prevalece el punto de vista y la mirada de Marie Régnier, una mujer que tuvo que ir a contracorriente por materializar aquello que sentía, metiéndose en dificultades, no solo con su esposo, un anodino y aburrido escritor que la consiguió por su dinero y las deudas familiares, sino también en la relación con Pierre, un bon vivant demasiado enfrascado en su deseo sexual, ligero como una pluma y esquivo con el amor, una especie de sosías del Vizconde de Valmont, en lo que se refiere a las mujeres, prevaleciendo la carne, el placer y el sexo a los devaneos y avatares del amor. La película está bien contada, en las que las secuencias sexuales están llenas de sensibilidad e intimidad, donde prevalecen los cuerpos desnudos, la agitación sexual, y el encantamiento de un amor loco, sin tiempo ni espacio, ajeno al mundo y a sus sentimientos, dejándose llevar por todo lo que sienten en ese instante y sumergiéndose en el placer más intenso y en el sexo más húmedo y extasiado.

El maravilloso reparto de la película que interpretan con maravillosa naturalidad y encanto encabezado por la extraordinaria Noémie Merlant (que ya nos había dejado fascinados en la reciente Retrato de una mujer en llamas) componiendo a una Marie Régnie bellísima, llena de vida, de amor, de sexo y pasión arrebatadora. A su lado, Niels Schneider (que lo habíamos visto en películas de Xavier Dolan, L’âge atomique, de Héléna Klotz, Bella durmiente, de Adolfo Arrieta entre otras) Benjamin Lavernhe como el aburrido y tieso esposa de Marie, el exotismo y la sexualidad que irradia la sensual Camélia Jordana (que brillaba en Le brio, de Yvan Attal) y finalmente, la presencia fascinante de Amira Casar, como la madre de Marie, una de las grandes actrices europeas en películas con autores tan interesantes como Guy Maddin, Bonello, Gatlif, Hermanos Quay o Carlos Saura, entre otros. Amén de una música disco obra de Arnaud Rebotini, que casa maravillosamente con todos los laberínticos sentimentales de la película, y la   extraordinaria ambientación, como esos paseos por las calles de París, donde absorbemos todo el ambiente de la bohème sórdida y cultural, con el grandísimo trabajo en la caracterización y el vestuario que eleva la película.

La fotografía naturalista y cercana de Simon Roca ( con películas como 9 dedos, de F. J. Ossang o La chica del 14 de julio, de Antonin Peretjatko, entre sus trabajos) está cuidada al detalle, prevaleciendo los rostros y los cuerpos frente a lo demás, convirtiendo la buhardilla del sexo y la fotografía en un espacio donde dar riendas sueltas a los instintos más bajos y sucios, donde los dos amantes se desean, se sienten, se sumergen el uno en el otro, donde todo es posible y nada tiene límite. La cineasta francesa ha construido una película bellísima, reposada, inteligente y evocadora, que no solo recoge la ebullición brutal que se vivía entre los albores del siglo XX, vividos por una mujer encantadora y magnífica, viviendo su vida a su antojo, aunque fuese a escondidas, enfrentándose a ese marido y a esa sociedad burguesa y vacía, llena de prejuicios y valores anticuados, lanzándose sin red, al abismo a un amor difícil, desgastador y sucio, iniciándose en el deseo y el sexo de forma libre, sin ataduras y febril, exponiendo su cuerpo, sus emociones y su placer para el hombre al que deseaba. Después de aquello Marie Régnier se puso a escribir y publicó con pseudónimo masculino, siguiendo la estela que tanto trabajo y miseria costó a otras celebres escritoras como Mary Shelley o George Sand. Mujeres valientes, mujeres pasionales, mujeres decididas, mujeres inteligentes, mujeres enamoradas y sobre todo, mujeres libres y llenas de vida y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA