En la playa de Chesil, de Dominic Cooke

CUANDO EL AMOR ERA INOCENTE.

Una pequeña ciudad costera fuera de temporada, en un día como otro cualquiera de la Inglaterra de 1962. Dos enamorados recién casados se alojan en un hotel para disfrutar de su luna de miel. Son Florence (violinista en un quinteto) y Edward (ingeniero) y tienen su amor fuerte e inocente y sobre todo, una vida por delante para disfrutarlo. Aunque, no queramos admitirlo, uno es preso del lugar donde nace y vive, y es preso de las circunstancias a las que tiene que enfrentarse. Podríamos decir que Florence y Edward se aman profundamente desde la primera vez que se vieron (en una recogida de firmas contra las armas nucleares) aunque pertenecen a mundos y costumbres diferentes, ella, de clase media alta, y él, de clase obrera. Ella al arte, y él, al mundo industria. Han crecido de maneras antagónicas, alejadas entre sí, y todo esas cosas que les unen y a la vez, les separan, confluirán en ese pueblo costero, junto al mar, en esa habitación de hotel, donde todo parece perfecto, sólo lo parece, y en esa tarde, sentados junto a una barca, donde sus dos mundos chocarán y nada ya será como antes. La puesta de largo de Dominic Cooke (Wimbledon, Londres, 1966) después de una larga trayectoria en el mundo del teatro, y dirigir para la BBC la serie The Hollow Crown en 2016, es la adaptación de la novela homónima de Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) uno de los novelistas más prestigiosos de las letras británicas, libros que ya han sido llevadas al cine como Expiación, de Joe Wright (2007), entre otras.

Cooke construye una película de hechuras clásicas, donde podemos descubrir el mejor cine británico, aquel en el que abundan melodramas de corte clásico (con el aroma de Stahl o Sirk) en los que el amor y la familia son dos elementos fundamentales en el devenir de sus personajes. El cineasta británico nos habla de una época muy determinada, aquellos años donde después de la guerra, muchos se empeñaban en mantener las costumbres tradicionales de antaño, a pesar de todo, e inculcaban una serie de valores convencionales y ancestrales a sus hijos, basados en las buenas maneras y la rectitud de sus actos. Florence y Edward se debaten en ese momento de sus vidas, esos poco más de veinte años, en que el amor ha hecho acto de presencia en sus vidas, pero que todavía arrastran esas costumbres arcaicas que los encadena y no los deja vivir a su manera.

Los jóvenes han vivido un noviazgo como los de antes donde todos llegaban vírgenes hasta el matrimonio, ajenos a todo ese mundo de experiencias y descubrimientos, ajenos a sus propios cuerpos y su sexualidad. Estamos en ese tiempo de transición, el cambio aparecerá más adelante, donde Los Beatles, los Rolling Stones y demás aparecerán, los tiempos revolucionarios de la política, la liberalización sexual y los cambios sociales que harán despertar a todos a una manera de ser y expresarse al mundo, aunque esos tiempos todavía no han llegado, y Florence y Edward viven alejados de todo eso, prisioneros de su tiempo, de la castración familiar y abocados a unas vidas corrientes, muy convencionales y adaptadas a esa sociedad hipócrita, donde las miserias se siguen escondiendo bajo la alfombra. Cooke se reúne de grandes profesionales para crear una película hermosa en su forma, con la impecable luz en 35 mm de Sean Bobbut, que baña de grises esa playa, e ilumina de colores los tiempos de amor, con el magnífico diseño de producción de Suzie Davies (que ya estuvo en Mr. Turner) realizando un preciso trabajo para trasladarnos a aquellos años de inicios de los sesenta, y la sutil y conmovedora score de Dan Jones.

Una película donde destaca la sutilidad y el detalle de las situaciones que describe de manera desestructurada, porque la película arranca en esa playa donde todo dará un vuelco, para entre idas y venidas, explicarnos los detalles y circunstancias que han llevado a los protagonistas hasta ese lugar y ese instante. Estamos ante una sociedad a punto de explotar, pero todavía no ha llegado ese momento, Florence y Edward tendrán que sufrir ese ambiente y ese contexto histórico, un tiempo que anuncia cambios, como la película que verán en el cine Un sabor a miel, de Tony Richardson, uno de los emblemas del Free Cinema, por su forma y contenido, ya que nos habla de una adolescente embarazada que entablará amistad con un homosexual. Los enamorados de la película son inocentes, pero llenos de vida, aunque no pueden despegarse de esa sociedad malvada, porque no han sido educados de otra manera, sus rebeldías juveniles han sido atajadas y eliminadas de cuajo por el clan familiar. Sus contextos son diferentes, pero castrantes y maltratantes emocionales, que les han llevado a temer lo diferente, ese miedo a enfrentarse a lo desconocido, ese miedo a huir cuando no entienden lo que les sucede y a desconocer que la vida tiene su amargura y tristeza que convive plenamente con la amabilidad y la alegría.

Cooke consigue con su fantástica pareja protagonista componer unos personajes contradictorios y complejos a la altura de las imágenes, como la naturalidad de Saoirse Ronan (que era la adolescente vengativa en Expiación) La audaz inmigrante irlandesa de Brooklyn, y la rebelde adolescente de Lady Bird, convertida en una de las grandes actrices de su tiempo, bien acompañada por Billy Howle, que nos descubre a un actor de gran calado que ofrece unos recursos interesantes. Los acompañan actrices de la categoría de Emily Watson, en un personaje impertinente, entre otros intérpretes británicos resolutivos y sinceros, con los que logra una película que nos enfrenta a nuestros miedos, a nuestras inseguridades, y al contexto social que nos ha tocado vivir, ya que somos víctimas de esas circunstancias, en una película centrada en esos primeros años sesenta, pero que también viajará hacia delante para conocer el devenir de este amor imposible, frustrante y triste, porque no decirlo, de unos enamorados que si hubieran nacido solamente unos años después, sólo unos cuantos, todo hubiera sido diferente para ellos, aunque esas circunstancias no se pueden prever, porque aunque nos convenzamos de ser dueños de nuestro propio destino, más lejos de esa realidad, porque en realidad somos víctimas de las circunstancias y la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

Casi 40, de David Trueba

LAS CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

El viaje, tanto como experiencia geográfica, pero más como descubrimiento interior, una búsqueda de lo que se cuece en nuestra alma, de ponernos frente a ese espejo emocional, de investigarnos y de caminar hacía ese lugar, del que en cierto momento de nuestro vida, tuvimos que huir por miedo, por no seguir nuestras ilusiones, por seguir nuestro instinto, dejándonos llevar por la vida, por materializar nuestros sueños e inquietudes, por ser quiénes deseábamos ser. En los trabajos de David Trueba (Madrid, 1969) tanto en literatura como cine, cohabitan muchos viajes interiores, quizás muchas de sus películas o libros, están estructurados a través de ese caminar interior, ese aspecto del alma que nos convulsiona, nos guía y a veces, nos da de bofetadas o nos alegra. Aunque, en algunas ocasiones, ese viaje interior se mezcla con otro físico, como sucedía en la novela Cuatro amigos (1999) donde un tipo, junto con tres amigos, emprendía un viaje a Santander para impedir la boda de su ex novia a la que todavía amaba, o en la película Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013) donde un maestro de inglés cogía su coche con la intención de conocer a John Lennon en la España gris y triste de los 60, y más recientemente, en su último libro, Tierra de campos, donde a modo de Azcona, un hombre viajaba en un coche fúnebre, junto al cadáver de su padre, por la España interior.

En Casi 40, vuelve a la road movie, o más bien podríamos decir, a la película de carretera, donde cuenta con dos intérpretes (como sucedía en Madrid, 1987, aquella que ocurría en un lavabo donde quedaban encerrados un cascarrabias periodista y una estudiante entusiasta) pero no dos cualquiera, sino los protagonistas de su primera película La buena vida (1996) los Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, la prima Lucía y Tristán, el chaval de 15 años que perdía su espacio de protección y descubría la tristeza, el dolor y el amor. Ahora, recupera aquellos personajes casi en la cuarentena,  reencontrándose con ellos, y los funde con la vida personal de los propios intérpretes, para invitarnos a un viaje que recorre muchos de los espacios que ya encontrábamos en Tierra de campos, a los que podríamos añadir Burgos, Segovia o Salamanca, ciudades de esa España interior, muy alejada del cine actual, pero que en su época, protagonizaron películas del calibre como Nueve cartas a Berta, de Patino o Nunca pasa nada, de Bardem.

Trueba presenta a Lucía (que aquí la conoceremos como Ella) una cantante de guitarra al hombro, que vive junto a su marido e hijos, y retirada de la música, y Fernando (que recibirá el nombre de Él) dedicado a la venta de cosméticos, y viajaremos con ellos en una gira íntima que se desarrollará en pequeños bares y librerías. Los acompañaremos haciendo muchos kilómetros, escuchando conversaciones, y sobre todo, escuchando canciones, canciones que explican tanto de las vidas de su protagonistas y de sus estados de ánimo, en una obra íntima, sencilla y honesta, donde la música estructura su peculiar y sincero entramado narrativo. Trueba nos habla al oído, de gentes humildes, de dos almas inquietas y curiosas, de la vida y la existencia, de conocer y conocerse a sí mismo, y lo hace con ese humor tan característico que practica, entre la ironía y la amargura, entre la crítica y la calidez, entre la reflexión y el sarcasmo, entre la carcajada y la tristeza, ese intermedio, como si cuando antaño las películas hacían descanso, nos quedáramos viendo esas imágenes que no se ven, pero siguen ahí, latiendo en nuestro interior, esas imágenes que sólo los más pacientes y calmados logran ver.

La película se mira bien, con encanto y lucidez, sus 87 minutos pasan sin darnos cuenta, siguiendo las reflexiones y los pensamientos de unas personas que son conscientes del pasado, de su peso, de su memoria, aquella que tenía tantas cosas que contar y tantas canciones que escuchar, aquella que parece alejada, desvanecida, y ha dado paso a un tiempo actual lleno de incertidumbre, de espacios líquidos (como nos explicaba Bauman) de lugares conocidos que ya no nos pertenecen, de canciones que ya no reconocemos, de un tiempo que parecíamos felices, de todas esas cosas que se quedaron por hacer, de un tiempo que ya no vendrá, porque parece tan lejano o más aún, parece que no existió. Trueba nos habla sin melancolía y sin sentimentalismos, nos habla de frente, de cara, explorando nuestras emociones, dejándolas salir sin empujarlas, casi sin querer, hablándonos como si escucháramos una canción a media tarde en la habitación de una pensión de una ciudad cualquiera, de esas donde el turismo pasa de largo, sí, en aquella ciudad donde una vez nos conocimos y nos lo pasamos tan bien.

Trueba se lanza a la carretera desde la sencillez e intimidad, despojándose de cualquier artificio narrativo o cinematográfico, a través de una estructura muy sencilla y cercana, como aquellas películas ochenteras al estilo de Opera prima, La mano negra, Corridas de alegría, o más recientes como Los exiliados románticos o Isla bonita, cine entre amigos, sin discursos ambivalentes ni grandes ambiciones, sino enmarcadas en la tranquilidad, en la experiencia del cine, en la mirada, como si fuera una vuelta a su esencia más primigenia, a su sutilidad, a lo más puro, dejando convencionalismos ni moderneces al uso, sino con personajes de verdad, de esos que nos cruzamos por la calle cualquier momento, o podríamos ser nosotros mismos, escuchando sus miedos, (des) ilusiones, y (des) encuentros, descubriendo que lo que nos ocurre a nosotros no está muy lejos de otros. La película nos habla de vida, de amor, del primer amor, del recuerdo que nos deja, de aquellos sentimientos puros e inocentes, de todo lo que aprendimos de él, y de todo el legado que nos dejó, de los otros amores que vinieron después, de todo lo que vino después, ni mejor ni peor, diferente, y sobre todo, menos feliz e inocente.

78/52. La escena que cambió el cine, de Alexandre O. Philippe

LA SOMBRA DE HITCHCOCK ES ALARGADA.

Todo buen aficionado al cine que se precie, conoce o ha oído hablar del director Alfred Hitchcock (1899-1980) un cineasta con más de medio siglo de  carrera, desde sus comienzos, en los años 20, en su Inglaterra natal, escribiendo guiones y filmando películas. Después en EE.UU., abriendo su carrera con Rebeca (1940) a las que continuaron películas que forman parte de la historia del cine como Sospecha, La sombra de una duda, Recuerda, Encadenados, La soga, Extraños en un tren, La ventana indiscreta o Vértigo, por citar algunas de las más representativas. En el año 1960, Hitchcock está considerado uno de los grandes del cine y se ha convertido en el mago del suspense y terror, y goza de un gran éxito debido a su última película Con la muerte en los talones, y el público goza la noche de los domingos con su serie televisiva Alfred Hitchcock presenta que se emite desde 1953. La nueva obsesión del cineasta es una novela que se llama Psycho, escrita por Robert Bloch, un escritor sensacionalista que trata de manera morbosa los crímenes de Ed Gein, un asesino en serie de Wisconsin. La negativa de Paramount de financiar la película, obliga a Don Alfred ha recurrir a sus ingresos de la serie y su equipo en la misma, para filmar la adaptación.

La película tendrá el mismo espíritu de La soga, todo sucederá en un mismo escenario, en unos decorados construidos en los estudios Paramount, y se rodará en blanco y negro, un color que sólo ha utilizado en dos ocasiones (Yo, confieso y Falso culpable) en los últimos 7 años. Aunque, Hitchcock, como viene siendo habitual, y con la ayuda del guionista Joseph Stefano, le dará un nuevo tratamiento al relato que cuenta la novela, y lo convertirá en una trama muy personal y sobria,  muy alejada de la novela, donde, entre otros aspectos, la protagonista morirá a los 40 minutos de la película, y no por el asesino que creen los espectadores, y la identidad del asesino, no se desvelará hasta el final, una nueva herramienta que se alejaba del cine de Hitchcock. La secuencia más recordada de la película será la escena de la ducha, donde Marion Crane, el personaje que interpreta Janet Leigh, morirá acuchillada por una extraña señora a la que no veremos su rostro.

Contados los antecedentes, nos centramos en la película 78/52 La escena que cambió el cine, de Alexandre O. Philippe. Un cineasta suizo con experiencia en el campo documental cinematográfico, ya que ha que hecho películas sobre el fanatismo de Star Wars y su creador en The people vs. George Lucas (2010) sobre la construcción de los mitos, centrándose en el caso del cefalópodo Paul que adivinaba los resultados del Mundial de 2010, en The Life and Times of Paul the Pychic Octopus (2012) y finalmente, la resurrección del fenómeno zombie en Doc of the Dead (2014). Ahora, se centra en otra de sus obsesiones, la escena de la ducha de Psicosis, ya desde su propio título, haciendo referencia a esos 78 planos y 52 cortes que tiene, todo un inmenso trabajo que llevó siete días de filmación (desde el 17 al 23 de diciembre de 1959) para un duración en pantalla de sólo 45 segundos. Philippe convoca en su película a varios expertos en el asunto como Walter Murch (editor de Coppola, entre otros) que además de desvelarnos que en La conversación, de Coppola, hay una secuencia que copia la escena de la ducha, nos disecciona minuciosamente la secuencia, explicando con detalle de cirujano cada uno de sus planos, sus cortes, sus puntos de vista, la música de Bernard Herrmann (habitual de Hitchock) y cada elemento desde todas las posiciones y visiones, redescubriendo para muchos nuevas herramientas de ese instante, como si lo viéramos por primera vez, dejándonos llevar por los innumerables detalles que se condensan en la secuencia.

También, escucharemos a otros cineastas como Guillermo del Toro, Peter Bogdanovich, Danny Elfman, escritores como Bret Easton Ellis, Jamie Lee Curtis (hija de Janet Leigh) que realizó una parodia de la escena, incluso Marli Renfro (chica playboy que actuó como doble de cuerpo en la escena) pasaran por delante nuestro el propio Hitchcock en material de archivo, y otros componentes de la película, así como expertos en el cine de Hitchcock, biógrafos, cineastas actuales del género de terror, y fans de Hitchock. Philippe también nos muestra algunas escenas de la película filmadas por él mismo, que copia algunos momentos de la película, que protagoniza Janet Leigh, amén de ver secuencias de la memorable película, eso sí, nunca veremos en su totalidad la famosa escena de la ducha, Philippe nos la mostrará fragmentada, como si nuestra imaginación tuviese que reconstruirla en nuestra cabeza, dejando espacio para la fábula y la inventiva, para acercarnos con intimidad a ese instante que cambió la historia del cine.

El director suizo nos descubre todos aquellos autores que se vieron influenciados por Hitchcock y la mítica escena, que supuso un antes y después en los parámetros narrativos cinematográficos, dejando una huella imborrable que llega hasta nuestros días, sesenta años después, su legión de admiradores sigue creciendo, incluso, descubriremos que el propio Scorsese también fue hechizado por la sombra del cineasta, desvelándonos que para una escena de Toro salvaje, se tuvo muy presente el asesinato de la ducha, como inagotable fuente de inspiración para tantos, y como no, para otros cineastas como De Palma y otras películas que han homenajeado o copiado el recurso de la ducha para sus películas, a nivel dramático como cómico. Philippe no sólo ha construido una película desde la fascinación al maestro, sino que nos reinventa la secuencia, mostrándola desde infinitos puntos de vista, donde la escena vuelve a reconstruirse en bucle, donde cada espectador que se acerca la (re) descubre y se queda fascinado por su maestría, modernidad y extraordinaria visión.

Los perros, de Marcela Said

LOS VERDUGOS NUNCA MUEREN.

“No quiero recibir más órdenes”

Una de las primeras imágenes que nos asaltan de la película que, a la postre, se convertirá en epicentro del relato, una reseña metafórica del devenir de los hechos que veremos a continuación. A saber, un vecino, visiblemente enfadado, que lleva un perro común en brazos, llega frente a Mariana, una de las protagonistas, y le advierte que, es la última vez que su perro entra en su propiedad. Los dos se enzarzan en una discusión que no pasa a mayores. Quizás, lo que en primera instancia parece un altercado más entre vecinos, es algo más, algo que tiene que ver con la relación de los personajes, y aún podríamos decir más, algo que tiene que ver entre el pasado reciente del país, entre esa impunidad inmerecida con la que se jacta la clase dirigente. Aquí, el can viene a ser ese animal indefenso y dócil que utilizan los de arriba en su propio beneficio. El segundo largometraje de Marcela Said (Santiago de Chile, Chile, 1972) después de un buen puñado de documentales, donde hablaba de forma realista y contundente sobre los males de la dictadura, y arrancar con su debut en la ficción con El verano de los peces voladores (2013) en el que a través de los ojos de Manea, una adolescente curiosa, construía una metáfora sobre las artimañas de los poderosos para solucionar sus conflictos.

En Los perros, nos encontramos con Mariana, una mujer de clase acomodada que pasa su tiempo entre su trabajo en una galería de arte y sus clases de equitación, se mueve en ese ambiente de la burguesía chilena, con un padre anciano y déspota, un marido abogado engreído, y más adelante, aparecerán un policía ilegal, y Juan, su profesor de equitación, con un pasado oscuro, siendo uno de los responsables de un centro de detención durante la dictadura. La directora chilena nos somete a un paisaje burgués, donde nos paseamos por ambientes sofisticados y elitistas, grandes casas en las afueras, donde no falta ningún detalle, clubs de hípica, en el que los niños y niñas ricas se la pasan montando a caballito, y empresas y comidas donde se reparten el dinero y el mundo los más pudientes. Un paisaje que entra en contradicción constantemente, porque el ambiente materialista y de buenas costumbres, esconde un pasado lleno de argucias y violencia de estado, donde todos los que pudieron, y cada uno de ellos, aprovechó la dictadura de Pinochet, para enriquecerse y convertir el país en una economía neoliberal donde unos pocos, elegidos, siguen amasando fortunas y el resto, la gran mayoría, sigue sufriendo esos desmanes sociales y económicos.

La película coloca el foco en los herederos, los hijos de la burguesía, que se han construido un espacio de bienestar, sin importar la procedencia de esas sumas de dinero ganadas ilícitamente. Said convierte su relato en una atmósfera agobiante y muy asfixiante, donde la tensión camina junto a sus personajes, seres contradictorios, complejos, y difíciles de entender, que son capaces de las acciones más viles y canallas, pero también, llenos de dulzura y amor. El paisaje perturbador y lleno de silencios incómodos y pasados enterrados, lleva a Mariana a enfrentarse a sus propios miedos e inseguridades, en un camino lleno de conflictos interiores que, metida en la fascinación y la repulsa que le da el pasado de su profesor, se adentra en un espacio asfixiante, en el que desafiará sus propios límites y los del resto de su familia, en un intento devastador y amargo por conocer la verdad, y a la vez sentirse fuertemente atraída por el autor de ese mal.

La extraordinaria interpretación de la actriz Antonia Zegers (vista en muchas películas de Pablo Larraín y de Matías Bize) convertida en el auténtico motor de la película, que sufre ese ambiente machista y gallito, con ese caminar espectral, reflejo del alma perturbada e inquieta de su existencia (acompañada de esa luz naturalista obra de George Lechaptois, con esa cámara en mano, inquieta y nerviosa, que la sigue como incrustada en su alma) donde su vida y familia tienen muchas cosas que contar y también, que esconder, por ocultar la verdad, y las acciones durante los tiempos de la dictadura que los podrían llevar a la cárcel indefinidamente. Bien acompañado por otro astro de la interpretación en Chile como Alfredo Castro dando vida a Juan, profesor ahora, y Coronel de la DINA (policía secreta militar) en tiempos de Pinochet, componiendo un personaje muy oscuro y perturbador, que calla más que habla, porque en según qué cuestiones le conviene y mucho, pero también, alguien cercano, humano y amable. En esas contradicciones y espejos transformantes, se mueve la película de Said, donde en algunos momentos parece que estemos en una aventura burguesa de Antonioni, y en otros, en uno de esos thrillers negrísimos de Lynch.

Una película que invita a reflexionar, a adentrarse en una anti heroína, que resulta compleja, frágil y obsesionada por un hombre que la trata diferente, que la escucha y la entiende, muy lejos de lo que tiene en su casa, aunque ese hombre sea alguien con la conciencia manchada de sangre, en una cinta interesante e imprevisible, convertida en una suerte de thriller político íntimo y familiar, en el que las causas y los efectos de la trama hay que encontrarlos en las personas que te rodean, en esas personas que se suponen que te quieren, aunque, siempre ocurre que todos y cada uno de nosotros, tiene algo que esconder, algo turbio y monstruoso que dejó atrás, porque le convino y además, le llevó a estar a donde está, a disfrutar de todas las comodidades que tiene en su vida, en una película que nos habla del peso del pasado, de la violencia de estado, de hacer justicia de los males de las dictaduras, de los estados que nacen y, desgraciadamente, arrastran los males antiguos, de la herencia de tus padres, y las relaciones con los más allegados cuando sabes que tú, también formas parte de la infamia, la violencia y la sangre derramada por tantos inocentes.

Entrevista a Valérie Massadian

Entrevista a Valérie Massadian, directora de la película “Milla”, en el marco de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona. El encuentro tuvo lugar el lunes 20 de noviembre de 2017 en la cafetería del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Valérie Massadian, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de l’Alternativa, y al equipo de La Costa Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El orden divino, de Petra Volpe

MUJERES EN PIE DE GUERRA.

El ritmo de la canción “Soulshake” de Peggy Scott y Jo Jo Benson nos da la bienvenida a la película (volverá a sonar en otro instante de la cinta, muy significativo en el devenir de los hechos) mientras vamos viendo imágenes documentales de finales de los 60, en plena ebullición de libertad, alegría, rock ‘n roll y amor. De golpe, las imágenes se detienen en seco, y nos sitúan en un pequeño pueblo de Suiza de 1971, donde se respiraba, por así decirlo, otro ambiente, más oscuro, conservador y católico, un lugar donde ese tiempo de cambios políticos, sociales, económicos y culturales, que estaban despertando al mundo occidental, todavía no habían llegado a ese país, ni por ese lugar. La película se sitúa en la mirada de Nora (que al igual que la heroína de Ibsen, deberá tomar las riendas de su vida) madre de dos hijos y feliz mente casada, o al menos así lo cree, una serie de circunstancias familiares y la negativa de su marido Hans para que acepte un empleo, le harán convertirse en la líder del movimiento de mujeres para reclamar derechos y liberaciones, así como el derecho al voto femenino. Se le sumarán otras mujeres como Theresa, su cuñada, que vive infeliz junto a su marido depresivo y una hija adolescente muy díscola, también, Vroni, una veterana de la lucha femenina, y finalmente, Graziella, una italiana inmigrada que vive a lo suyo sin necesidad de marido. Otras mujeres reticentes al principio, se acabarán sumando a la causa femenina, dejando sus maridos, sus hijos y sus hogares a su merced.

La directora Petra Volpe (Suhr, Suiza, 1970) construye una película sobre mujeres, sobre política y sobre la necesidad de abrirse al mundo, de la protesta ante los abusos del patriarcado, de una película que nos habla de un tiempo en concreto, pero que aquella lucha que rompió muchas barreras, sigue igual de vigente, porque todavía sigue habiendo otros muros que tirar. La cinta de Volpe tiene un ritmo endiablado, lleno de energía y sabiduría, en el que seguimos a este grupo de mujeres encabezado por Nora que descubre un mundo maravilloso, liberador y lleno de esperanza, un camino duro y complejo, pero en el que dejarán de ser las esposas, madres y cuidadoras, para ser ellas mismas, descubrir sus cuerpos, sus vaginas, sus orgasmos, y sentirse plenas, luchadoras y en paz, sabiendo y conociéndose como cualquier hombre, en igual y equidad de condiciones íntimas y sociables.

Una película donde la reivindicación política está llena de alegría y cooperativismo, de amistad y compromiso, alejada de algunos títulos soporíferos donde la política se convierte en aburrida y sesuda, aquí no hay nada de eso, la política es una fiesta, un proyecto común para luchar por sus derechos femeninos, un grito de libertad de las mujeres, un golpe de rabia para conseguir derechos y no sentirse menospreciadas por sus hombres y el entorno conservador. Volpe ha hecho una película llena de drama, porque lo que hay y mucho, pero sin caer en el dramatismo, explicando las diferentes situaciones hostiles a las que tenían que enfrentarse aquellas mujeres sometidas al amparo del patriarcado, aunque, también hay humor, mucho humor, donde la música juego un papel determinante, como motor para narrar todos aquellos cambios que se estaban produciendo en el mundo. La fantástica interpretación del grupo de mujeres, donde destaca la composición de Marie Leuenberger, que da vida a Nora, desde su cambio de imagen, soltándose el pelo, dejando esas faldas alisadas de cuadros, y dejando paso a los tejanos ajustados, y a las botas camperas, y las camisas de rayas y las chaquetas de cuero, y sobre todo, dejando salir todo lo que siente, lo que bulle en su interior, levantándose del yugo masculino, y dando un golpe en la mesa, en ese pueblo, y en toda Suiza.

Volpe ha cimentado una película de grandes hechuras, que seduce con su naturalidad, exponiendo sus temas desde muchos puntos de vista, sin caer en la condescendencia ni el sentimentalismo, dejando cocer a fuego lento sus imágenes, profundizando en todos los aspectos de la lucha femenina, y como éstos afectan a los hombres, tanto abuelos, padres e hijos, sin tomar partido, ni mucho menos juzgando, haciendo cine serio, riguroso, imaginativo y lleno de energía y humor, en el que describe fabulosamente el contexto histórico de la época, mostrando lo bueno, y no tan bueno, lo que alegra, y lo que entristece, en ese camino que emprendieron tantas mujeres por romper el medievalismo de la mujer, tanto en su hogar como en la sociedad, y abriendo una puerta a un mundo de sueños, de libertad, de justicia y de orgasmos, donde la mujer será lo que ella quiera ser, sin necesidad del amparo masculino, descubriendo su cuerpo, su vagina, experimentando su sexualidad, sus acciones, su experiencia laboral, su vida, al fin y al cabo, en libertad y armonía con sus ideas, reflexiones y pensamientos, vivir como le plazca, sin obstáculos ni muros que se lo impiden, lanzándose a la vida por ellas mismas, una lucha que todavía continúa.

Entrevista a Julia Solomonoff

Entrevista a Julia Solomonoff, directora de la película “Nadie nos mira”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el miércoles 2 de mayo de 2018 en el hall del Holtel Pulitzer en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Julia Solomonoff, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.