Titane, de Julia Ducournau

ALMAS OSCURAS.

“Todo el mundo es un científico loco, y la vida es su laboratorio. Todos nosotros estamos tratando de experimentar para encontrar una manera de vivir, para resolver problemas, para defenderse de la locura y el caos”.

David Cronenberg

Desde sus inicios, la cineasta Julia Ducournau (París, Francia, 1983), ha encontrado en el género fantástico una forma de hablar de las obsesiones y oscuridades de la condición humana. En Junior (2011), un cortometraje de 22 minutos, protagonizado por Justine/Junior, a la que daba vida la actriz Garance Marillier, revelaba los continuos cambios de la pubertad a través de un extraño virus estomacal que provocaba una rara metamorfosis. En su opera prima, Crudo (2016), nuevamente con Garance Marillier en un personaje que volvía a llamarse Justine, nos envolvía en una oscurísima fábula de iniciación en que el fantástico hacía acto de presencia a través del canibalismo, en un viaje muy incómodo y transgresor sobre los cambios en la entrada de la adultez. En su segundo trabajo, Titane, que le ha valido el reconocimiento internacional con la consecución de la última Palma de Oro en el prestigioso Festival de Cannes, sigue la estela y la incomodidad que ya estaba en sus anteriores películas.

Titane es un brutal descenso a los infiernos de Alexia, en la que conocemos a una bailarina asesina que mueve sus caderas encima de coches tuneados para deleite de curiosos, con la peculiaridad de tener incrustada una placa de titanio, junto a su oreja derecha, por a un accidente cuando era niña. Cuando la policía le pisa los talones, Alexia cambia su look y se hace pasar por un niño desparecido y se relaciona con Vincent, el padre del niño. La directora francesa construye una película crudísima, descarnada y muy violenta, sin concesiones y transgresora, con dos vidas al límite, dos existencias autodestructivas que se agarran a un hierro candente para seguir de pie, donde la violencia se hace imprescindible para soportar unas realidades oscuras, con unas mentes muy perturbadas que no tienen descanso. Titane son dos películas en una, en dos partes muy diferenciadas, que va de la oscuridad más violenta y siniestra a una leve esperanza en forma de amor. En la primera, asistimos a la vida de Alexia, en su universo violento y sangriento en el que se mueve, donde la cámara pegada a ella, se convierte en una extremidad más, envuelta en una locura sin fin y sin justificación, sedienta de sangre como si fuera una criatura salvaje que no se detiene en su locura, que no está muy lejos de la Justine de Crudo. En la segunda, la película da una vuelta de giro muy importante, la sangre, la noche, y la extrema violencia, dejan paso a las vidas y sobre todo, al encuentro de dos seres enfermos, dos seres que se necesitan, dos almas rotas, perdidas y autodestructivas.

Alexia encuentra algo de amor en su vida, y Vincent, el padre derrotado por la desaparición de su hijo, vive en un limbo muy oscuro, donde cree en cualquier cosa, aunque sea mentira, con tal de estar mejor. Ducournau vuelve a contar con su equipo de Crudo, en la cinematografía tenemos a Ruben Impens, con una imagen espectacular y tremendamente visual, llena de colores brillantes, neones y claroscuros, donde el contraste es la piedra angular de la película, sustentado entre el frío y el calor, en las múltiples máquinas que vemos durante la historia, ya sean automóviles, equipo de incendios, y demás, y el fuego, como síntoma de esa liberación imposible que tanto les cuesta a los personajes de alcanzar. El rítmico y ágil montaje de la primera mitad, en contraste con el pausado de la segunda parte, en que la cámara se detiene y mira el interior de los personajes,  que firma Jean-Christope Bouzy, y el llamativo diseño sonoro, fundamental en una película de estas características, de Fabrice osinsky y Séverin Favriau, y la banda sonora de Jim Williams, que, juntamente con la variopinta selección de temas de diferentes estilos y formas, acompaña de forma afilada a sus imágenes, convergiendo en una sola, donde imagen y sonido contribuyen a explorar a tumba abierta las dos mentes perversas y complejas de los protagonistas.

La película bebe mucho de los relatos sobre la psique humana de Cronenberg, en los que se aborda la locura, la violencia y el cuerpo como un organismo vivo y putrefacto, de manera directa y sin complejos, así como ocurre en el cine de Claire Denis, donde lo cotidiano acoge con naturalidad lo fantástico, creando mundos imposibles, extraños y envueltos en viajes sobre la identidad, lo psicológico y lo terrible de nosotros mismos, a través de todos esos mundos y especies interiores. Y el cine de Bertrand Bonello, con la referencia evidente, ya que el cineasta se reserva el papel de padre de Alexia, otro de los autores que sabe manejar y retratar todos esos mundos oscurísimos y llenos de monstruos de la mente humana. Titane no es una película que pretenda gustar a una mayoría, porque se trata de una obra profundamente personal y profunda, que nos sumerge en lo peor de todos nosotros, en todos esos habitáculos que también forma parte de lo que somos, aunque nos resulte incomodísimo de aceptar, de hablar de ello, porque tanto Alexia, una chica sometida a una huida imposible y un dolor que mitiga asesinando personas, y luego, adoptando un nueva identidad que engaña a alguien que está en su mismo proceso de dolor, sufrimiento y autodestrucción, solo ese choque de perversión, complejidad y violencia, puede terminar de manera incierta y llena de interrogantes.

En el reparto encontramos al citado Bonello, en un breve pero interesante rol, Garance Marillier que vuelve a encarnar un personaje llamado Justine, que tiene una relevancia importante en la vida de Alexia, Vincent Lindon, con su cuerpo musculado y potente, a lo Harvey Keitel de Teniente corrupto (1992), de Abel Ferrara (otro de los autores no muy lejos del universo infernal de Ducournau), en un personaje totalmente perturbado, que se castiga y se droga para soportar tanto dolor y vacío que, extrañamente encontrará en la nueva identidad de Alexia, una esperanza de seguir hacia adelante, aunque sea a través de la mentira. Y finalmente, la debutante Agathe Rousselle es Alexia, una chica en constante huida malévola y sangrienta, con ese aspecto frágil, llena de rabia y andrógino, que deberá ser otro para huir y sin saberlo, reencontrarse con cosas que creía imposibles, con esa transformación orgánica de su cuerpo, en el que aparece lo visceral fundido en lo metálico, todo contado de forma directa, sin tapujos, salvaje y violento, desde una cotidianidad que nos va envolviendo en el fantástico, para construir una mirada crítica a una sociedad cada vez más alienada, vacía e infeliz, como ocurría en las interesantísimas La región salvaje (2016), de Amat Escalante, y Ema (2019), de Pablo Larraín.

Ducournau no quiere que entendamos a sus protagonistas, sino que los acompañemos en su proceso doloroso y lleno de rabia, miseria y violencia, que no es nada fácil, porque debemos estar dispuestos a ver cosas que no nos gustan, y ser testigos de situaciones demasiado dolorosas y terroríficas, pero que sobre todo, la película es una invitación a lo oscuro del alma, a que no dejemos de mirar sus existencias, y las exploremos, olvidando cualquier tipo de prejuicio y enjuiciamiento, que sepamos acercarnos a sus crudísimas existencias y logremos verlos como dos seres humanos con problemas, llenos de batallas interiores, y sobre todo, que no nos resulte incómodo ni difícil  sus vidas y aquello que hacen y sienten, porque ellos, podríamos ser alguno de nosotros, en algún momento, recorriendo un cuento de monstruos y monstruosidades en este tenebroso y frenético viaje hacia lo más profundo del alma, a esa parte negra que todos tenemos, esa parte terrorífica, donde abundan nuestros fantasmas, nuestros miedos y nuestros infiernos particulares. Titane  no tiene término medio, o gusta o se detesta, porque lo que cuenta tampoco lo tiene, no resulta nada complaciente, sino todo lo contrario, porque indaga en aquello que no queremos ver en el otro, aquello que nos hace ser quién no queremos ser, aquello que nos convierte en un ser abyecto y sin sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Casanova, su último amor, de Benoît Jacquot

EL OTOÑO DEL ETERNO ENAMORADO.

“El amor es una especie de locura, que me gusta, pero una locura más de la filosofía que es totalmente impotente, es una enfermedad a la que está expuesta la humanidad en todo momento, no importa a qué edad, y que no se puede curar, si se trata de atacado por ella en su vejez.“

Giacomo Casanova

No es la primera vez que el cine de Benoît Jacquot (París, Francia, 1947) en su casi medio siglo de carrera, se instala en el siglo XVIII, ya lo hizo en Sade (2000) en la que el famoso marques volvía a la cárcel en plena agitación violenta de la revolución, y también, en Adiós a la reina (2012) donde relataba los encuentros de Maria Antonieta y una de sus lectoras en los días finales de la revolución. Ahora, y basándose en Histoire de ma vie, de Giacomo Casanova (1725-1798) nos vuelve a trasladar a ese período durante el exilio londinense del famoso libertino, amante del amor, del juego y la aventura. Pero no lo hace retratando los éxitos de algunas de sus conquistas, sino todo lo contrario, convirtiéndolo en un títere en manos de Marianne de Charpillon, una joven prostituta que lo rechaza constantemente, dejándole claro que quiere sentirse amada por el famoso conquistador.

El relato se mueve en el flashback, cuando Casanova, setentón y retirado en Bohemia, cuenta ese capítulo oscuro de su pasado amoroso a una joven que ha ido a visitarle. Los hechos y las circunstancias de las que somos testigos nos vienen en forma de fábula de misterio en palabras del propio Casanova, que nos va relatando con detalles todos aquellos escarceos de su desdichado amor. Jacquot hace gala de una exquisita mise en scène, en la que prima la libertad de movimientos de los personajes, y una cámara abierta y vital que se mueve libremente por los paisajes y escenarios de la burguesía londinense del siglo XVIII, alejándose de cierto clasicismo muy propio de películas de corte histórico, contándonos un relato del siglo XVIII pero anclado en la actualidad, con un ritmo encantador y voluble, donde no dejan de suceder cosas, en la que la trama está sujeta a esa intriga intensa y envolvente que nos captura en esta deliciosa y profunda historia romántica en la que todo puede suceder o no.

Un cuento fascinante, evocador y perverso el que protagonizan el libertino y la prostituta con sus constantes idas y venidas, donde el hecho del amor se convierte en una incertidumbre constante, en un misterio difícil de prever, donde todo se ve envuelto en la oscuridad de las emociones, en unos sentimientos que van y vienen sin descanso, donde el sufrimiento y la desdicha se convierten en elementos incansables, donde el amor y el erotismo se disfrazan de temor, resentimiento, voyerismo, placer frustrado, e incapacidad para descifrar los deseos del otro. Jacquot nos muestra a un Casanova enamorado, perplejo ante la posición de la prostituta, perdido ante su rechazo, ante el rechazo de alguien que vive vendiendo su cuerpo por unas libras, de alguien que lo desea y rechaza, de una mujer atrapada en su mundo, esquiva con los sentimientos, y sobre todo, de alguien que se siente amada y juega con eso. Casanova ha perdido el apetito vital, se siente incapaz de amar a otras mujeres, completamente ensimismado por ese amor no correspondido, que lo está llevando a la turbación y la locura.

En el cine de Jacquot hay muchas películas que abordan de un modo u otro las pasiones amorosas, los juegos laberínticos del deseo, las argucias de los enamorados para conseguir su objetivo y de paso hacer sufrir a sus pretendientes, tanto unos y otros juegan sus cartas y siguen jugando al amor con éxitos y fracasos. Vincent Lindon, un actor habitual en el cine de Jacquot, vuelve a ponerse a las órdenes del director francés para interpretar a un Casanova perdido y desorientado con el amor a la prostituta, de alguien eternamente enamorado, un ser que a través de la amistad enamora a sus mujeres, enamorado del amor y de las mujeres, un tipo elegante, sobrio, amante del amor, del juego, de la aventura, del azar como camino vital, que Lindon interpreta de modo sincero y transparente, llevándonos por esta experiencia desde la libertad de amar, con su disfrute y alegría, hasta encontrarse con ese amor oscuro y frustrado que lo lleva al ostracismo y a la perdición.

Stacy Martin compone una Mariane de Charpillon delicada y bella, convirtiéndose en el mejor contrapunto de Casanova, en ese juego de reflejos constantes y asfixiantes. Una mujer atrapada en una vida de prostituta obligada por su madre, y en ese juego oscuro y malévolo que tiene con Casanova, al que quiere pero también, conociendo su fama, utiliza y engaña con el amor. Y la agradable y maravillosa presencia de la siempre interesante Valeria Golino, que después de su rígida madre en Retrato de una mujer en llamas, vuelve a deleitarnos con su madame La Cornelys, una de esas bellas y elegantes señoras que pululaban por las ciudades importantes europeas del XVIII como Londres, con su aire de misterio y fascinación, que escondían mucho y mostraban muy poco. El último amor de Casanova que nos retrata la película es un relato romántico y muy moderno, con ese aire de misterio como si fuese una cinta de asesinatos, done la capacidad de magnetismo y belleza que emana toda la propuesta nos lleva a constantes callejones sin salida que debemos descifrar según las pistas y diálogos que vamos conociendo en ese intenso y particular paseo por el amor, quizás el último amor que vivió un otoñal Casanova. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA