Entrevista a Patricia López Arnaiz

Entrevista a Patricia López Arnaiz, actriz de la película «La hija», de Manuel Martín Cuenca, en el Gallery Hotel en Barcelona, el miércoles 24 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Patricia López Arnaiz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López de Caramel Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manuel Martín Cuenca

Entrevista a Manuel Martín Cuenca, director de la película «La hija», en el Gallery Hotel en Barcelona, el miércoles 24 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Martín Cuenca, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López de Caramel Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La hija, de Manuel Martín Cuenca

LA MATERNIDAD OSCURA.

“Las ideas fijas nos roen el alma con la tenacidad de las enfermedades incurables. Una vez que penetran en ella, la devoran, no le permiten ya pensar en nada ni tomar gusto a ninguna cosa”.

Guy de Maupassant

De las seis películas de ficción que forman la trayectoria de Manuel Martín Cuenca (El Ejido, Almería, 1964), amén de sus documentales, tienen su base en la ambigüedad moral de sus personajes, unos individuos obsesivos en su tarea, capaces de todo para conseguir sus objetivos, en unos relatos en los que tanto víctimas como verdugos juegan sus roles, en muchas ocasiones, confundiéndolos, mezclándose unos con otros, donde todos se manipulan, en los que el poder va variando según quién lo obtenga y lo sepa mantener. Los trabajos de Martín Cuenca suelen situarse en paisajes, tanto urbanos como rurales, aislados, tanto físicos como emocionales, gentes que a pesar de sus ideas y sus acciones, siempre alejadas de lo moral, se sienten con el derecho de acometerlas, se lleven por delante quién se lleven, perseguidos por sus propias obsesiones y atrapados en una vorágine de desesperación y miedo.

Después de El autor (2017), basada en la novela “El móvil”, de Javier Cercas, donde un escritor incapaz de escribir su novela, empieza a espiar y a manipular a sus vecinos hasta límites obsesivos.  Ahora nos llega La hija, en un guion que firman el propio director y Alejandro Hernández, que además actúan como coproductores, un guionista que ha estado en todas sus obras de ficción, exceptuando La flaqueza del bolchevique (2003), y en el documental El juego de Cuba (2001), para elaborar una historia oscurísima, llena de tensión y muy obsesiva, con ese aroma que tanto le gustaban a Hitchcock y Lang, donde los personajes viven por y para su objetivo, mintiendo y traspasando todos los límites habidos y por haber, donde nos encontramos un lugar aislado, una casa metida en lo alto de la sierra, alejada de todos y todo, y con una pareja Javier y Adela, en una relación sentimental casi rota, y obsesionados con ser padres, y no se les ocurre otra cosa que, convencer a una niña, Irene, de 15 años, embarazada e interna de un centro de menores desamparados, donde trabaja Javier, y proponerle un plan siniestro, la cuidarán y cuando tenga el bebé se lo entregara.

Las cosas, dentro de una fragilidad inquietante, parecen ir bien, pero a medida que vayan pasando los meses, todo se enturbiará y el plan que parecía fuerte, empieza a resquebrajarse y empezarán las dudas, los miedos y ese mundo oscuro del que no podrán salir. Con una estupenda cinematografía de Marc Gómez del Moral (que también tiene en cartelera su trabajo en Pan de limón con semillas de amapola, de Benito Zambrano), con esos encuadres brillantes, donde se palpa la constante tensión entre todos los personajes, y esos planos cenitales de la casa y el paisaje rocoso donde se sitúa la historia. El inmenso trabajo de sonido de Eva Valiño, ayuda a crear esa hostilidad y persecución tremenda a la que se ven arrojados la pareja, y esa idea de casa aislada y llena de inquietud, con esos aires terroríficos como la morada aislada de El resplandor, de Kubrick, y el brillante montaje de Ángel Hernández Zoido, un grande de nuestro cine con más del centenar de títulos en su filmografía, que ha montado todas las películas de Martín Cuenca, sabe imprimir esa fuerza de tensión y suspense que persigue toda la película.

Como suele pasar en los trabajos del director almeriense, el reparto están bien compuesto y tanto los principales como los de reparto siguen una línea ascendente y brillan en sus cometidos, y cada uno de los personajes tienen su momento, aunque sean poco extensos. En este caso, encabezan unos grandísimos intérpretes, tenebrosos y llenos de miedo como la pareja que forman Javier Gutiérrez, que vuelve con Martín Cuenca después de El autor, y Patricia López Arnaiz, llenos de aristas, y lados oscuros, quizás la única cosa que todavía les une es el siniestro pacto en el que están metidos hasta el alma, la joven debutante Irene Virgüez Filippidis, que pasa por muchos estados y posiciones, reflejando esa imagen de fractura y fragilidad, sin nada que perder o mucho, según se mire, y esos maravillosos actores y actrices de reparto, como Juan Carlos Villanueva, el amigo policía de la pareja, que se pasará de tanto en tanto, creando esa hostilidad que llevará a los protagonista hasta el límite, Sofian El Benaissati es Osman, el novio de Irene, que también aparecerá en el momento más inesperado, y María Morales, la compañera de trabajo de Javier, presencias que ayudan a crear esa atmósfera turbia y hostil que emana de cada instante del relato.

La hija es un trabajo extraordinario, lleno de sensibilidad, tensión y de tremenda inquietud, que juega con el thriller y el terror, erigiéndose como en una nueva aproximación de Martín Cuenca a a la condición humana, a todas esas zonas oscuras que nos obsesionan, y sobre todo, nos dominan, arrastrados por esos deseos incumplidos, esas heridas que nos trastornan y nos empujan al abismo, y nunca mejor dicho en el caso de esta película, porque la casa, situada en lo alto de una colina, evidencia el profundo y oscuro estado de ánimo que domina a los protagonistas. Una película de pocos personajes, con momentos de cine de altura, donde todo emana honestidad y naturalidad, donde se asoma el thriller rural, el que se cuece en los ambientes pequeños y domésticos, salvaje y carpetovetónico, de azada y escopetazo, siguiendo la gran tradición española de la literatura como Delibes, Baroja, Ferlosio y Fernández Santos, y en el cine con los Saura, Camus, Gutiérrez Aragón y Borau, y demás, con ese realismo doloroso y maldito, con una profunda crítica social al país, y a sus ciudadanos y sus formas deshumanizadas y bestias de tratar y tratarse, evidenciando un universo siempre hostil, que se va resquebrajando y donde matar o ser matado es el pan de cada día. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La ruleta de la fortuna y la fantasía, de Ryûsuke Hamaguchi

MIENTRAS TANTO LA VIDA.

“La vida no es un problema para ser resuelto, es un misterio para ser vivido”

Thomas Jefferson

El cine de Ryûsuke Hamaguchi (Prefectura de Kanagawa, Japón, 1978), vive por y para el misterio de la vida, pero sin intentar comprenderlo o sacar alguna conclusión al respecto, sino todo lo contrario, su base se caracteriza en sus temas emocionales, en el azar y la imaginación de sus individuos, que son gentes corrientes, personas de aquí y ahora, con vidas más o menos convencionales, eso sí, atrapados en los entresijos y extrañezas de la amistad y el amor, y llevados hacía aquí y hacía allá, expuestos a esas misteriosas y reveladoras coincidencias de la vida, aunque quizás el cine de Hamaguchi nos es más que un pretexto para hablarnos de las múltiples realidades e irrealidades de un mundo en continuo movimiento, y unas relaciones expuestas a la fragilidad y la vulnerabilidad de los sentimientos, y la fugacidad de nuestra existencia. Todos los amantes del cine con conciencia de causa nos quedamos absolutamente maravillados con la excelencia que contenía cada plano de Happy Hour (2015), una monumental película-retrato de más de cinco horas, sobre las relaciones de cuatro amigas. Una obra que cimentó el aura de gran autor de Hamaguchi, y además, demostró ser un cineasta muy personal y profundo en esta milimétrica radiografía actual sobre lo que somos y como nos relacionamos con los demás, con todos esos misterios propios y ajenos.

En La ruleta de la fortuna y la fantasía, título muy esclarecedor de las intenciones de la película, nos divide el relato en tres episodios aparentemente diferentes, porque explica tres historias distintas, pero con muchísimos puntos en común en relación a los temas y elementos que concurren en ellos. En el primer capítulo: Magia (o algo menos reconfortante), nos habla de uno de los temas predilectos del cineasta, las coincidencias o azares de la vida, a través de dos mujeres que acaban de conocerse, la más joven, modelo, y la otra, más mayor, del equipo de rodaje, y resulta que la más joven fue la pareja del hombre que la otra acaba de conocer. Pero el director japonés nos lo presenta de manera interesantes. Primero, nos muestra una conversación en un taxi de las dos mujeres, y luego, la joven acude a la oficina del hombre, y ahí, nos damos cuenta de la terrible o no coincidencia. En el segundo: Una Puerta abierta de par en par, el relato se centra en un joven que convence a su chica, más mayor, para que seduzca a su profesor que le ha suspendido injustamente. El epicentro de la historia se centra en el intento de seducción de la mujer al profesor, mientras lee un capítulo erótico del libro que acaba de publicar el citado docente. Y finalmente, en el episodio que cierra la película: Una vez más, se centra en una coincidencia de dos mujeres que no se veían desde que compartieron clase en el instituto y tuvieron un affaire sentimental que quedó en suspenso.

El aspecto formal de Hamaguchi es extraordinariamente sencillo, ínitmo y directo, porque se aleja de todo artificio que pueda distraernos o esos incómodos elementos que nos recuerdan que estamos ante una película, el cineasta nipón quiere y construye una película que huye del entramado cinematográfico todo lo que más puede, apoyándose en la luz natural siempre, con esos encuadres oscurecidos por la poca luz del espacio, no le importa al realizador todos esos inconvenientes elegidos, porque su cine se basa en la palabra, en los rostros de sus personajes, en sus pensamientos, silencios y errores. Con esos maravillosos primeros planos, al estilo de Yasujiro Ozu, con sus personajes hablando entre ellos, pero también, hablándonos a nosotros. Con largas secuencias, inteligentemente troceadas y editadas, con ritmo, pausa e intimidad, sin prisas, donde a veces, se detiene a contemplar y contemplarse, tanto unos personajes con otros, como el entorno en el que se encuentran, donde el inevitable azar hace acto de presencia irremediablemente. Y esos epílogos de cada episodio, donde el tiempo ya no es aquí y ahora, y ha pasado un tiempo, en el que se define mucho más las consecuencias irremediables del destino. Su grupo de intérpretes, principalmente femenino, no adornan sus actuaciones, todo está pensadísimo, ocupando su espacio, y sobre todo, regalándonos unas escuetas, adorables y brillantes composiciones de unos individuos que se ríen, lloran, se equivocan, aciertan, y andan muy perdidos en los temas de la vida, el amor y de ellos mismos.

Hamaguchi construye historias mínimas y reveladoras, y lo hace con el sello inconfundible de películas como La ronda (195), de Max Ophüls, con la que comparte esa idea de la vida como un interminable e infinito carrusel que nunca se detiene, y nos lleva a un destino que nunca podemos controlar, y Mesas separadas (1958), de Delbert Mann, donde las diferentes historias se confundían y nos hablan de esas pequeñas cosas que no damos importancia pero definen completamente nuestras fugaces existencias, o el inequívoco aroma de cineastas como Rohmer y Hong Sang-soo, entre otros, donde todo se cuenta desde la emoción y las palabras, donde las cosas nunca son lo que parecen, en el que cada plano muestra una quietud y una conciencia diferente, donde la realidad es un mero pretexto, porque nunca se entiende, y lo que nos hace estar en ella es un misterio que nunca sabremos en qué consiste, y mucho menos para qué, pero siempre nos quedarán nuestras emociones y cómo nos relacionamos con ellas, y con los demás, aunque con frecuencia todo eso nos lleve a la frustración y la soledad, pero la vida es así, y por mucho que nos empeñemos en que pueda ser de otra manera, no hay nada que hacer, la lucha está perdida, así que, vivamos como podamos, no hagamos un drama de nuestras continuas equivocaciones, y aunque lo consigamos muy poco, seamos buenos con los demás, y sobre todo, con nosotros, o al menos soñemos que podemos hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Titane, de Julia Ducournau

ALMAS OSCURAS.

“Todo el mundo es un científico loco, y la vida es su laboratorio. Todos nosotros estamos tratando de experimentar para encontrar una manera de vivir, para resolver problemas, para defenderse de la locura y el caos”.

David Cronenberg

Desde sus inicios, la cineasta Julia Ducournau (París, Francia, 1983), ha encontrado en el género fantástico una forma de hablar de las obsesiones y oscuridades de la condición humana. En Junior (2011), un cortometraje de 22 minutos, protagonizado por Justine/Junior, a la que daba vida la actriz Garance Marillier, revelaba los continuos cambios de la pubertad a través de un extraño virus estomacal que provocaba una rara metamorfosis. En su opera prima, Crudo (2016), nuevamente con Garance Marillier en un personaje que volvía a llamarse Justine, nos envolvía en una oscurísima fábula de iniciación en que el fantástico hacía acto de presencia a través del canibalismo, en un viaje muy incómodo y transgresor sobre los cambios en la entrada de la adultez. En su segundo trabajo, Titane, que le ha valido el reconocimiento internacional con la consecución de la última Palma de Oro en el prestigioso Festival de Cannes, sigue la estela y la incomodidad que ya estaba en sus anteriores películas.

Titane es un brutal descenso a los infiernos de Alexia, en la que conocemos a una bailarina asesina que mueve sus caderas encima de coches tuneados para deleite de curiosos, con la peculiaridad de tener incrustada una placa de titanio, junto a su oreja derecha, por a un accidente cuando era niña. Cuando la policía le pisa los talones, Alexia cambia su look y se hace pasar por un niño desparecido y se relaciona con Vincent, el padre del niño. La directora francesa construye una película crudísima, descarnada y muy violenta, sin concesiones y transgresora, con dos vidas al límite, dos existencias autodestructivas que se agarran a un hierro candente para seguir de pie, donde la violencia se hace imprescindible para soportar unas realidades oscuras, con unas mentes muy perturbadas que no tienen descanso. Titane son dos películas en una, en dos partes muy diferenciadas, que va de la oscuridad más violenta y siniestra a una leve esperanza en forma de amor. En la primera, asistimos a la vida de Alexia, en su universo violento y sangriento en el que se mueve, donde la cámara pegada a ella, se convierte en una extremidad más, envuelta en una locura sin fin y sin justificación, sedienta de sangre como si fuera una criatura salvaje que no se detiene en su locura, que no está muy lejos de la Justine de Crudo. En la segunda, la película da una vuelta de giro muy importante, la sangre, la noche, y la extrema violencia, dejan paso a las vidas y sobre todo, al encuentro de dos seres enfermos, dos seres que se necesitan, dos almas rotas, perdidas y autodestructivas.

Alexia encuentra algo de amor en su vida, y Vincent, el padre derrotado por la desaparición de su hijo, vive en un limbo muy oscuro, donde cree en cualquier cosa, aunque sea mentira, con tal de estar mejor. Ducournau vuelve a contar con su equipo de Crudo, en la cinematografía tenemos a Ruben Impens, con una imagen espectacular y tremendamente visual, llena de colores brillantes, neones y claroscuros, donde el contraste es la piedra angular de la película, sustentado entre el frío y el calor, en las múltiples máquinas que vemos durante la historia, ya sean automóviles, equipo de incendios, y demás, y el fuego, como síntoma de esa liberación imposible que tanto les cuesta a los personajes de alcanzar. El rítmico y ágil montaje de la primera mitad, en contraste con el pausado de la segunda parte, en que la cámara se detiene y mira el interior de los personajes,  que firma Jean-Christope Bouzy, y el llamativo diseño sonoro, fundamental en una película de estas características, de Fabrice osinsky y Séverin Favriau, y la banda sonora de Jim Williams, que, juntamente con la variopinta selección de temas de diferentes estilos y formas, acompaña de forma afilada a sus imágenes, convergiendo en una sola, donde imagen y sonido contribuyen a explorar a tumba abierta las dos mentes perversas y complejas de los protagonistas.

La película bebe mucho de los relatos sobre la psique humana de Cronenberg, en los que se aborda la locura, la violencia y el cuerpo como un organismo vivo y putrefacto, de manera directa y sin complejos, así como ocurre en el cine de Claire Denis, donde lo cotidiano acoge con naturalidad lo fantástico, creando mundos imposibles, extraños y envueltos en viajes sobre la identidad, lo psicológico y lo terrible de nosotros mismos, a través de todos esos mundos y especies interiores. Y el cine de Bertrand Bonello, con la referencia evidente, ya que el cineasta se reserva el papel de padre de Alexia, otro de los autores que sabe manejar y retratar todos esos mundos oscurísimos y llenos de monstruos de la mente humana. Titane no es una película que pretenda gustar a una mayoría, porque se trata de una obra profundamente personal y profunda, que nos sumerge en lo peor de todos nosotros, en todos esos habitáculos que también forma parte de lo que somos, aunque nos resulte incomodísimo de aceptar, de hablar de ello, porque tanto Alexia, una chica sometida a una huida imposible y un dolor que mitiga asesinando personas, y luego, adoptando un nueva identidad que engaña a alguien que está en su mismo proceso de dolor, sufrimiento y autodestrucción, solo ese choque de perversión, complejidad y violencia, puede terminar de manera incierta y llena de interrogantes.

En el reparto encontramos al citado Bonello, en un breve pero interesante rol, Garance Marillier que vuelve a encarnar un personaje llamado Justine, que tiene una relevancia importante en la vida de Alexia, Vincent Lindon, con su cuerpo musculado y potente, a lo Harvey Keitel de Teniente corrupto (1992), de Abel Ferrara (otro de los autores no muy lejos del universo infernal de Ducournau), en un personaje totalmente perturbado, que se castiga y se droga para soportar tanto dolor y vacío que, extrañamente encontrará en la nueva identidad de Alexia, una esperanza de seguir hacia adelante, aunque sea a través de la mentira. Y finalmente, la debutante Agathe Rousselle es Alexia, una chica en constante huida malévola y sangrienta, con ese aspecto frágil, llena de rabia y andrógino, que deberá ser otro para huir y sin saberlo, reencontrarse con cosas que creía imposibles, con esa transformación orgánica de su cuerpo, en el que aparece lo visceral fundido en lo metálico, todo contado de forma directa, sin tapujos, salvaje y violento, desde una cotidianidad que nos va envolviendo en el fantástico, para construir una mirada crítica a una sociedad cada vez más alienada, vacía e infeliz, como ocurría en las interesantísimas La región salvaje (2016), de Amat Escalante, y Ema (2019), de Pablo Larraín.

Ducournau no quiere que entendamos a sus protagonistas, sino que los acompañemos en su proceso doloroso y lleno de rabia, miseria y violencia, que no es nada fácil, porque debemos estar dispuestos a ver cosas que no nos gustan, y ser testigos de situaciones demasiado dolorosas y terroríficas, pero que sobre todo, la película es una invitación a lo oscuro del alma, a que no dejemos de mirar sus existencias, y las exploremos, olvidando cualquier tipo de prejuicio y enjuiciamiento, que sepamos acercarnos a sus crudísimas existencias y logremos verlos como dos seres humanos con problemas, llenos de batallas interiores, y sobre todo, que no nos resulte incómodo ni difícil  sus vidas y aquello que hacen y sienten, porque ellos, podríamos ser alguno de nosotros, en algún momento, recorriendo un cuento de monstruos y monstruosidades en este tenebroso y frenético viaje hacia lo más profundo del alma, a esa parte negra que todos tenemos, esa parte terrorífica, donde abundan nuestros fantasmas, nuestros miedos y nuestros infiernos particulares. Titane  no tiene término medio, o gusta o se detesta, porque lo que cuenta tampoco lo tiene, no resulta nada complaciente, sino todo lo contrario, porque indaga en aquello que no queremos ver en el otro, aquello que nos hace ser quién no queremos ser, aquello que nos convierte en un ser abyecto y sin sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Shorta, el peso de la ley, de Anders Olholm y Frederik Louis Hviid

EL BARRIO NUNCA OLVIDA.

“La primera igualdad es la equidad”

Víctor Hugo

Hace un par de años se estrenó Los miserables, de Ladj Ly, también distribuida por Caramel Films, en la que se reflejaba y cuestionaba la acción policial en los barrios periféricos de París, unos lugares llenos de desigualdad, con cientos de chavales desfavorecidos y sin futuro. En Shorta, el peso de la ley, nos trasladamos a una de esas urbes de Dinamarca, pero las consecuencias siguen siendo muy similares, ya que los agentes de la ley se enfrentan a chicos con las mismas circunstancias que aquellos franceses. Anders Olholm (Copenhague, Dinamarca, 1983), saltó a la fama con el díptico Antboy, película de niño superhéroe, se asocia en la escritura y en la dirección con Frederik Louis Hviid (Copenhague, Dinamarca, 1988), que había dirigido algunos episodios de la tercera temporada de la exitosa serie La ruta del dinero, para construir una película que ya desde su título “Shorta” (que significa policía en árabe), se adentra en las complejas cuestiones de la autoridad frente a los más desfavorecidos, en las tensiones con las que tienen que convivir policías cargados de horas de trabajo y mal retribuidos, enfrentados a chavales árabes en su mayoría, enclaustrados en lugares difíciles, vacíos y sin un futuro al cual agarrarse.

Los directores daneses huyen del discurso fácil de buenos y malos, para sumergirnos en mucho más, en un relato lleno de tensión y adrenalina, donde hay muy poco descanso, acotado a una sola jornada, y sobre todo, a la parte nocturna, en la que dos polis se adentran en un barrio periférico ya en ebullición, porque a su precaria vida, se añade el fallecimiento de un joven en manos de la policía. Ante ese panorama convulso, la pareja de agentes detiene a Amos, un joven conocido, y la rabia ya existente, se desata con consecuencias irreparables. La excelente cinematografía de Jacob Moller, que se pega a los personajes, siguiéndoles de manera vertiginosa por sus calles, sus edificios ratoneras y esos lugares vacíos en los que todos miran agazapados, expectantes a saltar a sus presas. Y el fabuloso montaje que firma Anders Albjerg Kristiansen, donde a los planos secuencia de seguimiento, se añade una narrativa fragmentada, vertiginosa y abrumadora, que nos mantiene en constante tensión, yendo de la mano a lo que están viviendo los atribulados protagonistas.

La película tiene esa fuerza de cuestionar métodos policiales, pero también, refleja ese sentimiento de vacío de los chavales y la violencia como respuesta a una situación que va mucho más allá de polis y chavales, en la que los gobernantes tienen mucho que decir y sobre todo, mucho que hacer, no convirtiendo esos barrios de inmigrantes en guetos insufribles, un caldo de cultivo violento y trágico. El relato habla de personas, de cómo reaccionamos ante situaciones límite, de la fragilidad de nuestros posicionamientos morales, y del miedo que nos atenaza cuando nuestras vidas corren un peligro muy serio, huyendo completamente de la condescendencia y el sentimentalismo, construyendo secuencias de una fuerza extraordinaria, donde todos los personajes tienen su momento y sus ideas y prejuicios férreos se van desmontando a medida que las circunstancias los sobrepasan. Un buen trío protagonista encabezados por los actores Jacob Hauberg Lohmann como el duro Mike Andersen, el poli temido por los suyos y los adolescentes árabes, sin escrúpulos y pasándose la ley por el forro, aunque probará la horma de su zapato, junto a él, Simon Sears como Jens Hoyer, el poli más correcto y serio, que también verá como su código se viene abajo, y finalmente, el joven debutante Tarek Zayat que da vida a Amos, ese joven detenido que se convertirá en la única llave posible para salir del endiablado laberinto en que se ha convertido el suburbio de Svalegarden.

Shorta, el peso de la ley bebe de los grandes títulos estadounidenses de los setenta, los de Lumet, Boorman, Petrie, Pakula, etc…, películas que no solo nos hacían pasar un rato entretenidos, sino que se han convertido en títulos de culto para explorar métodos policiales y el sinsentido de las leyes y los procedimientos legales que convertían a agentes y chavales en ratas de experimento, en una sociedad que imponía las leyes, olvidándose de las verdaderas necesidades de sus ciudadanos. Olholm y Haviid componen una película dura, sin concesiones y llena de cuestionamientos morales, donde todos son víctimas y derrotados de una sistema de mierda que consigue su macabro propósito, que se maten los unos a los otros, mientras los gobernantes siguen haciendo del país un business para hacer dinero y que los siempre sigan ganando, y los de abajo, polis incluidos, vayan desviando las noticias más importantes y sigan peleándose y en ocasiones matándose. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una veterinaria en la Borgoña, de Julie Manoukian

ENCONTRAR TU LUGAR.

“¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir”.

Confucio

Los más cinéfilos recordarán el personaje del veterinario que interpretaba Javier Cámara, amigo del protagonista, en la maravillosa Ficción, de Cesc Gay. Una profesión que se ha desarrollado muy poco en el cine, un oficio el de curar física y emocionalmente a los animales, y también, a sus propietarios, muy difícil, sin horarios, y muy mal pagado, requiere de mucha voluntad, dedicación, comprensión por los tuyos, y sobre todo, amor a los animales, soportar a sus dueños, y más aún, amor por el entorno rural, tan machacado por el progreso que empuja laboralmente a las personas a las grandes urbes, dejando sin población a los pueblos. Una veterinaria en la Borgoña, la opera prima de Julia Manoukian (Lyon, Francia, 1981), se mete de lleno en el trabajo diario de los veterinarios, situándonos en el corazón de la Borgoña, en la que conoceremos su cotidianidad de la mano de Alexandra, una especialista en virología con su vida y trabajo en París que, por circunstancias emocionales, acaba trabajando de veterinaria en verano en el pueblo donde creció, junto a su tío Michel, después del fallecimiento de su madre.

Una vez allí, conoceremos al socio de Michel, el tal Nico, un hombre en la cuarentena que sufre por conciliar familia y trabajo, y hace lo imposible por continuar con su trabajo. Alexandra no encaja en ese lugar, pero las cosas nunca salen como uno las prevé, y las circunstancias acaban dirigiéndonos. La directora francesa emplea una luz natural y muy intima, obra del cinematógrafo Thierry Pouget, para contarnos una historia que ya hemos visto muchas veces, la del urbanita que regresa al pueblo de su infancia. Pero esta vez, la cosa cambia y mucho, porque nos muestra un oficio casi desconocido, por un lado, además, mezcla con sabiduría y sobriedad la crítica social y la comedia agridulce, donde tenemos a una mujer que recupera mucho de su memoria en el pueblo, y a través de unos personajes, algunos muy excéntricos, las actividades de su trabajo, los animales y sus problemas, y la camaradería y la fraternidad que se vive en el lugar, empezará a mirar el pueblo con otros ojos, y lo que es más interesante, empezará a verse a sí misma como una persona que debe todavía encontrar su sitio, lanzarse a la aventura y no tener miedo de saber quién es y qué es lo que quiere.

El montaje de Marie Silvi es ágil, rítmico y estupendo, porque conjuga las secuencias en movimiento, de pura comicidad, sin olvidarse del entrno y la realidad más inmediata, y también, aquellas que requieren pausa y serenidad, donde conocemos con más profundidad las necesidades, miedos y afectos de los atribulados personajes, en constante tensión por ayudar a los animales, y también, de paso ayudarse a ellos, y a todos aquellos que giran en su entorno.  Otro de los aciertos de la película es el tratamiento con los animales, ya que vemos momentos de alegría con otros de tristeza, donde las vidas de las mascotas a veces dependen mucho del trato de sus dueños que, en ocasiones, no los tratan como los animales que son. Un retrato sobre los veterinarios rurales, y el entorno rural, con su mirada crítica y sensible, necesitaba de intérpretes cercanos y llenos de inteligencia, que fueran capaces de pasar sin estridencias del drama a la comedia y viceversa.

La convincente y tierna interpretación de Noémie Schmidt en la piel de la indecisa y perdida Alexandra, con su carácter e individualismo que, encontrará muchas razones, completamente diferentes a las que traía en un principio. A su lado, Clovis Cornillac, el veterinario honrado y motivado que cree en lo rural que además de sus “animales”, tendrá otro frente abierto con su mujer e hijos. Y luego, un ramillete de secundarios que ayudan a mantener esa armonía y esa naturalidad que respira toda la película. Manoukian, después de años fogueándose como guionista en series de televisión, da el salto al cine como directora con soltura, sensibilidad y sabiendo hacer eso que tan bien le sale a la cinematografía francesa, fusionar con credibilidad y profundidad la película social, con buenos personajes y naturalidad, con ese toque comercial que tanto ayuda a que el cine llegue a un público adulto e interesado por historias que los miren de frente, sin atajos ni argucias, un público atraído por los retratos humanos y cercanos, muy lejos de tanta fantasía idiotizada que no aporta absolutamente nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

23 paseos, de Paul Morrison

PASEANDO EL PERRO JUNTOS.

“¡Envejece conmigo! Lo mejor está aún por llegar”.

Robert Browning

Erase una vez un tipo llamado Dave, de sesenta y tantos, ex enfermero psiquiátrico, que cada día, como un ritual, pasea a su perra pastor Tillie por un parque del norte de Londres. Entre idas y venidas, conoce a Fern, más o menos de su misma edad, divorciada, que pasea a su terrier yorkshire Henry. Aunque no empiezan con buen pie, irán coincidiendo, intercambiando opiniones, compartiendo paseos, y sobre todo, se irán enamorando. Pero, ni uno ni otro, no han sido todo lo sinceros que podrían ser, y sus secretos y verdades irán floreciendo y colocándolos uno frente a otro, y cuestionando sus vidas y la relación que mantienen. El director Paul Morrison (Londres, Reino Unido, 1944), ha construido una carrera en la que encontramos documentales y ficciones, la última es Sin límites  (2008), filmada en Barcelona, sobre la intensa relación entre Buñuel, Dalí y Lorca. Más de una década de silencio que lo rompe con 23 paseos, una de esas películas con el sello inconfundible “british”, películas cercanas de gentes corrientes, con historias cotidianas,  elegantemente rodadas, con ese peculiar sentido del humor inglés, y llenas de  inconfundibles y maravillosos intérpretes.

Morrison nos habla de esas personas de mediana edad, que conoce muy bien, ya que él tiene esa edad, personas al borde de la jubilación, o recientemente jubiladas, de soledades compartidas, de paseos de perros, y de muchos secretos, de esos secretos que si se cuentan hacen daño o alejan a las personas, aunque los dos protagonistas deberán afrontar esas partes de sus vidas menos amables y más incómodas para mirar al otro, compartiendo todo lo que haya, sin nada que les obstaculice el camino, cara a cara, apechugando con lo bueno y lo malo. A modo de diario, asistimos a sus 23 paseos, a sus intimidades, a su compañía, a su entorno familiar y doméstico, a sus conflictos con los suyos y con su interior, a cada uno de los detalles que muestran y ocultan según la necesidad o el miedo al rechazo. Morrison nos habla de forma sencilla y transparente sobre la vejez, con sus relaciones y sus formas de amar y compartir, hecho que aún hace más brillante y audaz la película, ya que coloca en el centro de la acción a dos personas mayores, sí, pero borrando cualquier atisbo de estereotipo que tanto nos tiene acostumbrado el cine, como la enfermedad o la carga familiar.

En 23 paseos, nos sitúan frente a una comedia romántica con sus dosis de amargura y tristeza, donde encontramos soledad, pero también, alegría, bailes, amor y sexo, elementos que apenas vemos en el cine cuando se trata de personas mayores, si exceptuamos algún caso aislado como la película En el séptimo cielo (2008), de Andreas Dresen, que retrataba la historia romántica y sexual de dos septuagenarios. El director británico consigue un tono y un marco cotidiano y muy cercano, valiéndose de una historia escrita por él mismo, la mar de sencilla, contada de forma lineal, sin ningún efecto narrativo ni nada que se le parezca, solo sus dos maravillosos y magníficos intérpretes. Por un lado, tenemos a Dave Johns, en la piel de Dave, un conocido comediante que lo vimos interpretando de forma excelente al protagonista de Yo, Daniel Blake, de Ken Loach, y frente a él, Alison Steadman, que ha trabajado varias veces con el prestigioso director Mike Leigh, dando vida a Fern, una mujer divorciada, cansada de los hombres, independiente, con su media jornada como oficinista, libre y a su aire, con un ex demasiado pesado, con ese tira y afloja.

Dave y Fern, o Fern y Dave, son dos personas que se gustan, se quieren, se pelean y se reconcilian o no. Dos almas solitarias, dueños de perros, con sus verdades y mentiras, con sus secretos, sus cercanías, sus alegrías y tristezas, con sus miradas cómplices y distantes, que acompañamos en sus 23 paseos, paseos de todo tipo, algunos maravillosos, otros encantadores, otros divertidos, pero también, los hay tristes, complicados y oscuros, unos paseos que irán revelando la verdadera naturaleza de cada uno de ellos, mostrando lo que son, desnudándose emocionalmente frente al otro, eso que cuesta tanto, pero esencial para mantener una relación profunda y sincera, y sobre todo, para llegar a respetarse y a amarse, sin ninguna barrera u obstáculo que lo impida, que no es otra cosa que deseamos todos los seres de este planeta, quizás unos mejor que otros, y con otras habilidades y paciencias, pero al fin y al cabo, el amor que tenemos y compartimos es lo que da sentido a nuestras existencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Volver a empezar (Herself), de Phyllida Lloyd

CONSTRUIRSE UNA NUEVA VIDA.  

“Lo que cuenta no es de dónde vienes, sino adónde vas”.

Ella Fitzgerald

Sandra vive en Dublín, tiene la treintena de años, y dos hijas adorables. Pero, tiene un marido maltratador, y después de una paliza, decide coger a sus pequeñas y largarse. Pero, no le resultará nada fácil. Sandra vive en un hotel que paga el estado, y mantiene dos empleos, uno como camarera, y el otro, cogiendo el legado de su madre, en las tareas de limpiadora y cuidadora de la Dra. Peggy. Además, mantiene la custodia compartida con su ex. Las jornadas maratonianas y las dificultades se amontonan en la vida de Sandra. Ella hace todo lo que puede, pero quizás no es suficiente. La actriz Clare Dunne imaginó la historia de Sandra y se puso a escribir, una tarea a la se unió Malcolm Campbell, para contar el relato de Sandra, de cómo deja un matrimonio negativo, para comenzar de nuevo, y sobre todo, construir un hogar para sus dos hijas y ella.

Phyllida Lloyd (Bristol, Reino Unido, 1957), se ha pasado toda su carrera entre el teatro y la opera, hasta que en 2008 con ¡Mamma Mia!, la adaptación cinematográfica de la famosa obra de los Abba, consiguió un éxito planetario, que le llevó a repetir con Meryl Streep en La dama de hierro (2011), retratando a la política conservadora Margaret Tatcher. Ahora, Lloy vuelve a ponerse tras la cámara para contar el retrato de otra mujer, Sandra, está más terrenal y de ahora, siguiendo sus momentos agridulces en el sombrío y plomizo Dublín, de alguien que no se rinde, que continua batallando para darles un nuevo hogar a sus hijas, y la tarea no le resultará nada fácil. Herself, en su título original, que se traduciría como “Sí misma”, es toda una declaración de principios del personaje principal, en un viaje emocional en el que será ella misma que tenga que dar un paso al frente y comenzar a caminar un periplo nada sencillo, pero necesario para crecer como persona y seguir remando a contracorriente. Volver a empezar sigue la línea de títulos de creadores como Loach o Leigh, en la que nos hablan de los desajustes sociales a través de personas sencillas, con empleos cotidianos, y que diariamente se levantan para seguir en la lucha, mantener su trabajo e intentar mejorar sus vidas.

El tono de Lloyd es duro, pero también, cercano y más ligero, su intención es retratar a una mujer decidida y valiente, pero también, vulnerable y temerosa ante el abismo al que se enfrenta, dejando una vida acomodada pero tremendamente infeliz, para adentrarse en otra vida, más incierta y con muchísimas dificultades. La película es sensible, sin caer en la sensiblería, cuenta  muestra utilizando un marco directo y transparente, si que encontramos esos instantes en que las sombras se convierten en luces, en que los astros ayudan a Sandra, y lo que parece un callejón sin salida, se convierte en un resquicio de luz pro el que adentrarse. Una historia que mantiene un ritmo que no decae en ningún instante, ya que el personaje de Sandra no se detiene, no puede ni debe permitirse ese lujo, porque el reloj corre en su contra, debe mantenerse activa y accionarse para conseguir su objetivo, a pesar de todos los obstáculos con los que se encontrará.

La directora británica logra de una forma sencilla y cercana, contarnos una realidad en la que muchas mujeres occidentales se encuentran, dejar a su marido y lanzarse sin red a una nueva vida, a una nueva esperanza. Una película de estas características debía encontrar a una actriz de mirada intensa y gesto conmovedor para interpretar a un personaje fuerte y vulnerable como Sandra, y se ha encontrado en la figura de la actriz Clare Dunne, la mujer que empezó a escribir un guión, bien acompañada por Harriet Walter como la Dra. Peggy, esa alma benefactora tan bienvenida para Sandra, o Conleth Hill, el obrero que ayuda a Sandra a levantar una nueva vida. Volver a empezar, coloca el acento irlandés en una problemática muy habitual en este mundo donde cada día es más difícil saber lo que uno quiere, saber querer y saber dónde ir, elementos indispensables contados con sabiduría y sobriedad, en una película que llega al alma, porque nos habla de valentía, de no rendirse, de fraternidad, en estos tiempos donde ayudarse es esencial para vivir y salir del pozo, y sobre todo, nos habla de mirar al otro y tenderle la mano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

2020, de Hernán Zin

EL LADO HUMANO DE LA TRAGEDIA.

“Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino cuando la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”.

Gabriel García Márquez

El sábado 14 de marzo de 2020, con el anuncio del gobierno del “Estado de alarma”, arrancaron unos meses de incertidumbre y auténtico terror en el país. Mientras todos estábamos confinados en casa, la vida continuaba, y muchos trabajadores luchaban incansablemente contra la pandemia del Covid-19, un virus contagioso que se propagaba por el mundo a velocidad de crucero, dejando en su recorrido millones de enfermos y cientos de miles de fallecidos. El director Hernán Zin (Buenos Aires, Argentina, 1971), con experiencia de más de una década como camarógrafo de guerra y documentalista, con trabajos sobre derechos humanos y países en guerra como en Nacido en Gaza (2014) y Nacido en Siria (2016), donde niños nos explican su terrible cotidianidad, y Morir para contar (2017), en el que dio voz a los periodistas de guerra, como él, contando sus experiencias y traumas.

Ahora nos llega 2020, en la que Zin y su reducido equipo, se han sumergido en Madrid, el epicentro de la tragedia, en las entrañas de la pandemia y en la primera ola de contagios, documentando el lado humano de la tragedia, en los profesionales que diariamente batallaban para salvar vidas. La película narra en un tono realista e íntimo, todo lo que se ha vivido en los espacios del Covid-19, lugares como hospitales, residencias, funerarias y cementerios, calles vacías, y cómo los familiares de enfermos o fallecidos han vivido ese tiempo. El director bonaerense captura la vida y el trabajo de tantas personas implicadas en el proceso, mientras las escuchamos, en las que nos cuentan sus reflexiones, miedos e inseguridades, todo lo vivido, todo lo experimentado, y lo hacen de frente, relatándonos toda la vida y la muerte que vivieron, que lucharon y sintieron. 2020, no es un documental que muestra heroicidades ni nada semejante, huye de toda esa idea romántica de la batalla contra la pandemia, mostrando todo su humanismo y crudeza, toda la miseria, pero sin caer nunca en el tremendismo o lo sentimental, hay sensibilidad, como no podía ser de otra manera, pero bien entendida, aquella que nos hace conmovernos y provoca reflexión. La cinta captura toda la verdad y realidad vivida y experimentada, o al menos, una parte de esa realidad que tantos vivieron en la primera línea de la enfermedad.

La mirada de Zin nos habla de humanidad, de trabajo extenuante, de organización cuando reinaba el caos, y faltaban herramientas y utensilios para trabajar, de personas que trabajaban con lo que disponían para salvar vidas. El director, afincado en Madrid, construye un complejo y crudo retrato-caleidoscopio, en el que filma con respeto y sobriedad, como demuestra en el encuadre que abre la película, llenando la pantalla de diversas vidas y experiencias de profesionales sanitarios, empleados de funerarias, fuerzas del orden, familiares de residentes, y un largo etcétera. Un grupo humano que trabaja y siente todo lo que experimenta, que explican sin tapujos la dureza de un virus muy fuerte y aniquilador, que ha destapado las miserias de una sociedad demasiado preocupada por el éxito individual y en lo económico, que desprecia la parte humana, y sobre todo, lo colectivo, partes esenciales que nos están salvando de esa tragedia, una tragedia que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. Zin y su equipo nos muestran el cuaderno diario de esos dos primeros meses, imágenes espeluznantes que tardarán en marcharse de nuestra memoria colectiva, cuando se amontonaban los fallecidos, con las enormes dificultades que vivieron los sanitarios, el inmenso pabellón de feria de Ifema convertido en hospital, las hileras de ataúdes, el trabajo a destajo de los enterradores, las tristes y solitarias despedidas de los familiares a sus difuntos, las terribles consecuencias en las residencias con tantos mayores fallecidos, y muchas más derrotas que ha provocado el dañino virus.

El director argentino y su equipo, se han convertido en uno más, en esa mirada de complicidad que tanto necesitaban los profesionales, sintiendo ese amor que en estos momentos trágicos necesitaban. Una película construida sobre la memoria de ese tiempo, un tiempo que jamás habíamos vivido, un tiempo en que, cuando la vida se había detenido, otros seguían con sus vidas, y sobre todo, con sus trabajos, luchando contra la pandemia, siendo testigos de la magnitud de la tragedia, siendo testigos de tanta fatalidad. La película reivindica el trabajo de estos profesionales, y lo hace desde la honestidad y la sencillez, mostrando su trabajo y su lado humano, porque como ha demostrado la pandemia, es de vital necesidad para la vida la gestión pública, y el inmenso trabajo de tantos profesionales que, sobre todo, necesitan más y mejores recursos para seguir trabajando en mejores condiciones laborales, porque si queremos una sociedad justa e igualitaria, hay que seguir trabajando para eliminar tantas desigualdades, para estar mejor preparados para la próxima vez que lo necesitemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/479792841″>Tr&aacute;iler 2020 documental Hern&aacute;n Zin</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>