Entrevista a Gustavo Salmerón

Entrevista a Gustavo Salmerón, director de “Muchos hijos, un mono y un castillo”. El encuentro tuvo lugar el martes 12 de diciembre de 2017 en la cafetería de los cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gustavo Salmerón,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Natalia Álvarez de XL Project, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón

JULITA SALMERÓN, UNA SERVIDORA.

“Todas las madres tienen una película”

Paco León

Había una vez una joven que se llamaba Julita y quería ser monja, aunque las circunstancias de la vida la llevaron por otros derroteros, y extremadamente diferentes, porque conoció a un joven apuesto con el que se casó y llevaron a cabo uno de sus tres deseos: tener hijos y tuvieron 6, cuatro varones y dos hembras. Luego, más adelante, se hizo realidad su siguiente deseo, tener un mono, que tuvo que devolver porque se volvió muy agresivo,  y finalmente,  gracias a una herencia familiar que los convirtió en ricos, Julita llevó a cabo su último deseo y en principio el más irrealizable, tener un castillo, un castillo de los de verdad como los de los cuentos, con grandes salones, pasillos interminables, infinidad de alcobas, y sobre todo, todas las paredes llenas de grandes retratos, armaduras de bronce, y demás objetos. Julita es la madre de Gustavo Salmerón (Madrid, 1970) intérprete que lleva más de dos décadas trabajando para directores de prestigio como Medem, Camus, Villaronga o Gutiérrez Aragón, entre otros, que ya había dirigido Desaliñada (2001) cortometraje que se alzó con el premio Goya e innumerables premios internacionales.

Después de aquella experiencia, un día filmando la matanza de un cerdo junto a su familia le vino la idea de filmar a su madre, por su peculiar desparpajo, alegría, y sus ideas filosóficas, sin ningún tipo de complejos y pudor, y demostrando una vis cómica desbordante y contagiosa. Y así, ha hecho desde el año 2002, capturando a su madre en una película en formato 4:3 y filmada en varios soportes como mini-DV, IPHONE 6 y Super 8, donde recoge la visión humana e íntima de su madre y los suyos, a través de fotografías antiguas, videos domésticos de cuando eran pequeños, y las experiencias disparatadas, caóticas y delirantes de una familia muy peculiar. Salmerón se apoya en la búsqueda de unas vertebras de su bisabuela que la familia ha guardado durante más de tres décadas, para mediante este macguffin relatar a su madre, sus hermanos, sus nueras y nietos, y a él mismo, en el laberíntico indescifrable que se ha convertido la casa de sus padres, ya que su madre tiene la manía de guardarlo todo, ya que como explica, los objetos son su vida. Mientras seguimos a los hermanos buscando el “preciado” tesoro, escuchamos a su madre con sus ocurrencias, su naturalidad y una vis cómica interminable que recuerda a aquellos cómicos del cine mudo, haciendo gala de su inagotable verborrea y opinando sobre la película, su casa, sus hijos, su marido, el mono y el castillo, que debido a la crisis y las deudas tienen que dejarlo y vaciarlo por completo, tarea que les llevará a situaciones divertidas y kafkianas.

Salmerón ha construido una película sencilla y honesta, que viaja de forma desestructurada al pasado y al presente, creando un inmenso puzle de imágenes, objetos y recuerdos, que nos descubre a su madre y su familia, su propia memoria, que forman un conjunto que no deja indiferente, en el que todos dicen la suya, y en el que la figura de la madre, al igual que Rafaela Aparicio en Mamá cumple cien años, o la “Mamma” italiana, gira en torno a todos ellos, y se erige como figura matriarcal y todo se envuelve según su criterio y manera de ser, en una mezcla de vida, muerte y filosofía, donde todo se desenvuelve como si estuviésemos en una película de Berlanga, donde todos se mueven en busca de algo, en este caso de unas vertebras, aunque finalmente no acabaran de sentirse del todo bien, aunque sigan juntos o no, y por el camino les pasará de todo, tanto bueno como malo, experiencias que son tratadas desde la comicidad y el esperpento, porque la vida y los deseos de Julita Salmerón no son nada corrientes y de andar por casa, todo lo contrario, ilusiones de toda una vida de una señora octogenaria que rodeada de los suyos, lleva a cabo sus ideas, aunque parezcan estrambóticas, raras y extravagantes, aunque con la ayuda de los suyos, todo parece más fácil, o incluso más llevadero.

Una comedia maravillosa y emocionante, y llena de energía, donde Salmerón, que hace su puesta de largo, realiza un documento íntimo y doméstico de su madre y su familia, pero que acompañado de esa naturalidad, y la presencia de Julita Salmerón, con ese carácter tan transparente y su inmensa vis cómica hacen el resto, convirtiendo la película en un extraordinario retrato y documento sobre las madres de toda la vida, aquellas que pasaron la guerra, el franquismo, y siguieron en pie, con firmeza y valentía, a pesar de todos los problemas y conflictos personales que tuvieron que pasar, convirtiéndolas en unas mujeres de armas tomar, de gran carácter y reinas de su casa, porque al fin y al cabo, la casa de los Salmerón es el hogar que ha construido Julita con sus objetos, sus recuerdos, sus alegrías o tristezas, las cenizas de sus padres, la habitación de las muñecas y sus 125 vestidos, o las vertebras de su bisabuela que seguro siguen ocultas en algún rincón de esa casa llena de objetos y trastos, de todo tipo y valor, llena de hijos e infinidad de cosas que nunca podremos saber y sobre todo, encontrar para descubrir otro aspecto de Julita Salmerón, con esa gracia y salero que destila durante toda la película, sin importarle la cámara, mostrándose como es, explicándonos sus pensamientos, ideas, su experiencia vital, la vejez, y su peculiar entorno, tanto humano como todos esos objetos que son también ella.

 

En realidad, nunca estuviste aquí, de Lynne Ramsay

A MARTILLAZO LIMPIO.

Estamos en New York City, en uno de esos veranos sofocantes, en el que la grasa parece impregnarse en los cuerpos, en el que las noches parecen no tener fin y las calles huelen a podrido. En uno de esos lugares, uno cualquiera, qué más da, encontramos a Joe, de infancia tenebrosa, y veterano de la guerra de Irak, experiencias que les han dejado traumatizado y con tendencias suicidas. Joe vive con su madre anciana y se gana la vida recuperando personas para gente de las altas esferas. En una de esas, se ve involucrado en una trama pedófila que, mira tú por dónde, no será un trabajito más, sino que le despertará su instinto vengativo y tomará cartas en el asunto. El cuarto trabajo de Lynne Ramsay (Glasgow, Reino Unido, 1969) basado en la novela de Jonathan Ames, se mueve en torno a sus anteriores películas, en las que una muerte inesperada enfrentaba a sus protagonistas con sus miedos y traumas, como en su debut, que cosechó un gran éxito en Cannes, Ratcatcher (1999) cuando un adolescente mataba a su vecino accidentalmente, en Morvern callar (2002) Samantha Morton huía a Ibiza después de encontrar a su novio muerto por suicidio, y en Tenemos que hablar de Kevin (2011) una madre entraba en conflicto por el asesinato cometido por su hijo.

Una filmografía repleta de relatos sombríos y atormentados, donde sus personajes entran en terrenos fangosos y oscuros, en los que deberán mirarse hacia su interior y arrastrar el peso de la culpa y sus traumas consabidos. Su nueva criatura Joe es un tipo de melena grasienta, uñas largas, y bastantes kilos de más, de conducta solitaria y silenciosa, y se mueve por espacios terroríficos, tanto físicos como mentales, como evidencian esas secuencias donde realidad y tormentos se mezclan, creando ese terreno neutral, donde el personaje confunde su vida y la de los otros, dentro de esos mundos aparentemente correctos y saludables. Joe realiza ese trabajo sucio, ese que necesita discreción y sin testigos, para que todo, al fin y al cabo, siga manteniendo ese orden limpio y ordenado. Podemos encontrar similitudes con el Travis Bickle de Taxi driver, de Scorsese, haberlas las hay, aunque la justicia impartida, tanto por uno o por otro, difieren en muchos aspectos, quizás lo más evidente es la tendencia de esa atmósfera lúgubre y nocturna que acompañan las existencias atormentadas de ambos personajes.

Ramsay logra construir una película sofocante, dramática, y herida, donde vemos a un personaje que se mueve como alma en pena en un universo catastrófico moralmente hablando, en el que impera un reino de violencia cruel y sanguinaria, donde la miseria se desplaza en una sociedad completamente deshumanizada, donde se trafica con seres humanos y se viola a niñas sin el mayor de los escrúpulos, quizás la figura de Joe es ese espejo justiciero, a golpe de martillo,  completamente devastado, como no podría ser de otra forma, que ejerce una justicia de ojo por ojo en una comunidad terrible que sólo se deja llevar por el placer, la frustración y la bazofia. La inquietante atmósfera, que se mueve entre las sombras y el impresionismo, tanto de de sus imágenes duras y terroríficas (obras del cinematógrafo Thomas Towned) adquiere un carácter abrumador, convirtiendo la película en un viaje hacia las profundidades del infierno más devastador y sucio, donde no hay escapatoria, donde todo se mueve por inercia, en paisajes sin vida, donde las almas se reconocen por su intrínseca maldad, donde la luz, si es que la hubo en algún instante, se ha convertido en tiniebla, en el que la esperanza es salvaje y da poco espacio para la paz y tranquilidad.

La música obra de Johnny Greenwood (guitarrista de Radiohead, y colaborador habitual del cine de Paul Thomas Anderson), se suma, con esos aires barrocos y distorsionados, a construir ese no mundo de decadencia por el que se mueve la película, una música que se mezcla con ese sonio omnipresente y pasado de vueltas que, ayuda a sumergirnos en ese paisaje de terror, donde no hay salida y tampoco formas de salir. Ramsay no ha podido escoger mejor a Joaquín Phoenix para encarnar la figura de este tipo destruido, envuelto en oscuridad y rabia que, se mueve bajo su capa de derrota y locura, manteniéndose en pie a duras penas, a base de frustración, pastillas y deseo de venganza, en un gran transformación, tanto física como emocional que, convierte a Phoenix, por si todavía alguno albergaba alguna duda, en uno de los intérpretes más completos y abrumadores de su edad, porque logra transmitir esa dureza y abatimiento que persigue sin tregua a su personaje, ese alma destructora y arrebatada de vida, de pasado violento y presente sangrante, en una existencia en el que ayudar a la pequeña Nina quizás no lo salve a él, pero si hará que su realidad, o lo que queda de ella, se menos terrible.

La gran enfermedad del amor, de Michael Showalter

KUMAIL Y EMILY SE CONOCEN Y… ¿ENAMORAN?

Se ha escrito y se escribirá muchísimo sobre el hecho de enamorarnos. Ideas, reflexiones y análisis existen infinidad, tantos como enamorados o no ha habido a lo largo de la historia de la humanidad. Pero que significa “estar enamorado”, lo único que sabemos o no, se basan en nuestras experiencias más íntimas, esa cosa que bulle en nuestro interior cuando nos acercamos o hablamos con esa persona que, de repente un día, penetra en nuestros pensamientos para quedarse, nunca conoceremos qué extraño mecanismo hace que eso suceda, quizás tiene que ver y mucho sobre nuestra emocionalidad o no, lo que sí sabemos con certeza que, cuando se introduce en nuestro interior ese extraño sentimiento que no podemos explicar, pasamos por toda una serie de conflictos internos, algunos placenteros y otros, no. La película dirigida por Michalel Showalter (Princeton, Nueva York, 1970) comediante, actor y director fogueado en televisión, alcanzó cierta notoriedad con la película Hello, My name is doris (2015), donde una Sally Field sesentera reflexionaba sobre lo laboral e intentaba ligar con su compañero joven, y la serie Love, donde coincidió con Judd Apatow, otro neoyorquino que ha dirigido algunas comedias renovadoras del género apostando por un humor irreverente, crítico y audaz como Lío embarazoso o Y de repente tú, entre otras.

En La gran enfermedad del amor anudan sus esfuerzos para hablarnos del amor o algo que se le parece, y lo hace de un modo realista, auténtico, vital o podríamos decir, muy parecido a lo que nos podría ocurrir en algún momento de nuestras vidas, porque su pareja de guionistas Kumail Nanjiani y Emily V. Gordon trasladan sus vivencias a la gran pantalla, nos explican cómo se conocieron y se enamoraron o no. La trama se sitúa en Chicago, donde nuestro protagonista Kumail, de origen pakistaní, se gana la vida como conductor, pero su gran sueño es ser monologuista, sueño que trabaja algunas noches en un club de la ciudad. Una de esas noches, conoce a Emily, una estudiante de psicología, se acuestan y aunque ninguno de los dos lo desea aparentemente, comienzan a salir. Mientras tanto, la familia de Kumail, y su madre en cuestión, de fuertes raíces musulmanas, intenta sin conseguirlo presentarle jóvenes pakistaníes para que Kumail elija esposa y se case. Aunque como suele pasar en estos casos, cuando las diferentes étnicas y culturales son tan grandes, la pareja entra en crisis y las cosas comienzan a ir de mal en peor.

La trama es sencilla y honesta, y reflexiona y mucho sobre la naturaleza del amor, sobre quiénes somos y a qué estaríamos dispuestos a hacer para ayudar a la persona que amamos. Preguntas que tarde o temprano surgen en cualquier relación que tengamos, cuestiones que quizás no nos hemos preguntado nunca, y que las circunstancias, de una manera u otra, nos llevarán a formularnos, quizás la película si bien consigue un ritmo excelente, lleno de situaciones tanto divertidas en el primer tramo, y luego se convierte en un drama realista y emocionante, cuando Emily contrae una grave enfermedad, en el último tramo la película se endulza, no mucho y nos acaba llevando por terrenos más transitados por las comedias románticas que tanto conocemos. Aunque Showalter consigue hacer una película que combina con holgura la comedia y el drama, y en algunos instantes roza la gran comedia clásica, y en otros, se adentra en un drama, donde Kumail se convierte en el intruso incómodo que no solamente tendrá que lidiar con sus sentimiento hacia Emily, sino que circunstancias de la vida, tendrá que relacionarse con los padres de la joven que se supone que ama, y con los suyos, que se empecinan en hacer de su vida algo que él no desea.

Un gran trabajo de la pareja protagonista, por una parte a Kumail Manjiani, surgido de la serie cómica Silicon Valley, que se interpreta a sí mismo, y Zoe Kazan, que compone una Emily divertida y de carácter que, no sólo deberá pasar por una dolencia grave, sino que medirá su amor por Kumail. Les acompañan los padres de ella, Terry, y Beth, que la interpreta la gran Holly Hunter, aquí, en una madre algo arisca e irascible. Una comedia valiente, realista y divertida que, ahonda no sólo en esos sentimientos contradictorios que nos contaminan cuando nos enamoramos o no, sino que también reflexiona sobre las relaciones humanas, nuestras diferencias, y todo aquello que somos, y que a veces nos separa y otras, nos une, aunque nunca lleguemos a saber nuestra naturaleza humana, y sobre todo, nuestra fragilidad emocional, y de esa manera, conocernos profundamente, hasta que nos enfrentemos a esos sentimientos que llamamos amor.

¡Lumière! Comienza la aventura, de Thierry Frémaux.

EL CINEMATÓGRAFO VE LA LUZ.

“Hubo un tiempo en que el cine surgió de los árboles, estalló desde el mar, cuando el hombre con la cámara mágica se paraba en las plazas, los cafés, cuando las pantallas abrían una ventana al infinito. Esa era la época de Louis Lumière”.

Henri Langlois

“Louis Lumière era heredero de Flaubert, a través de los Impresionistas, pero también de Stendhal, cuyo espejo siempre siguió llevando al borde del camino”.

Jean-Luc Godard

El 19 de marzo de 1895, los hermanos Louis (1864-1948) y Auguste Lumière (1862-1954) filmaron La salida de la fábrica, aunque la volvieron a filmar en dos ocasiones más, descubriendo desde el primer instante las inmensas posibilidades de su invento y su capacidad artística. La película, de apenas 17 metros y 35 mm de anchura y 50 segundos de duración, se convirtió en la primera filmación de la historia. A partir de ese instante, el mundo dejará de ser desconocido porque la cámara de los Lumière lo mostrará a los demás. “Mostrar el mundo al mundo”, en palabras del cineasta Bertrand Tavernier (cofundador del Insituto Lumipere). La imagen en movimiento había sido inventada. El cinematógrafo había visto la luz. El día D, el día elegido para que el público viese aquella maravilla fue el 28 de diciembre del mismo año. Aquellos señores todavía no sabían el alcance de su invento, porque más de un siglo después, 122 años para ser exactos, aquel invento que filmaba y recogía escenas cotidianas en su mayoría, se convertiría en la industria cultural más importante del siglo XX.

Para conmemorar esa efeméride, el Instituto Lumière, creado en 1982, y de la mano de su director, Thierry Frémaux (que es a su vez director del Festival de Cannes, el más prestigioso del mundo) y un equipo de colaboradores, han seleccionado 114 películas de las 1422 que componen el inmenso catálogo de los Lumière que abarca un lustro (1895-1905). Frémaux y su equipo han restaurado todas las imágenes, algunas desconocidas o poco vistas, convirtiéndolas en unas imágenes nítidas y excelentes que parecen recién filmadas, manteniendo su blanco y negro. La película se estructura a través de 11 capítulos, en las que recorremos los momentos más significativos del universo de los Lumière, abriéndose con las primeras películas, la comentada salida, la llegada del tren a la estación de Ciorlat, lugar de descanso de la familia Lumière, un desayuno con el propio Lumière, y no sólo filmaciones documentales, sino también, alguna que otra obra de ficción, como El regador regado, que como nos mostrará la película, tendrá diversas versiones, ya que las películas, a parte de su amterial delicado, se estropeaban de tantas ocasiones que se proyectaban.

Luego pasamos a ver Lyon, ciudad donde vivían los Lumière, después la infancia, el trabajo, el ocio de los franceses, o el París de 1900, con el espíritu de Proust, y más tarde, con el apoyo de varios cinematógrafos enviados por el mundo, como Alexandre Promio, Gabriel Veyre, Francesco Felicetti, Constant Girel, Félix Mesguich y Charles Moisson, en su afán de mostrar el mundo a todos, donde desubrimos el Londres con el Big Ben, el Nueva York de primeros de siglo, donde la industrialización avanzaba a pasos agigantados, la Barcelona modernista o popular, la Venecia en gondola, el Japón de las tradiciones milenarias, el mundo de los faraones y sus desiertos, y el África negra… Todos maravillados por las filmaciones, en las que también actúan frente a ellas para captar su atención. También, los cambios del nuevo siglo, su industrialización, su modernidad, y los nuevos inventos mostrados en las exposiciones unviersales que recorrían el mundo, las vanguardias, hasta llegar a su capítulo final, un epílogo, que agradece a los Lumière su cine, su mirada y su valioso e incalculabe legado artístico y documental, un oficio maravilloso y genial de unos inventores que captaron, de manera ingeniosa y artística, un invento que documentaba el mundo que se movía delante de ellos, de manera sencilla, inteligente.

El legado cinematográfico de los Lumipere queda patente en estas imágenes donde podemos apreciar la capacidad creadora de estos cineastas pioneros con los innumerables inventos y elementos cinematográficos  que todavía perviven en la construcción de las películas, como los encuadres, en los que se desarrollan varias situaciones, captando la línea del horizonte (como le mencionó el cineasta John ford a un imberbe Spielberg) en su ingenio para captar varias situaciones colocando la cámara en el ángulo preciso, creando secuencias sociales, divertidas, incluso misteriosas y poéticas, los seguimientos, ahora llamados travelling y en aquella época Panorama, desde plantar la cámara en un barco u otro tipo de vehículo, incluso en un globo aerostático, creando formas vanguardistas y surrealistas, la continuidad en la acción que filman, la ficción, la acutación, el color, el gag, efectos especiales, la acción hacia atrás, y demás elementos.

Pequeñas películas que no sólo documentan la vida cotidiana, y nos devuelven a un tiempo borrado, inexistente, películas de un gran tesoro para la humanidad, que vistas ahora contribuyen un valiosísimo legado histórico, social y sultura, de una época de entre tiempo, de innumerables cambios tecnológicos, industriales, económicos y sociales, unas filmaciones que en la actualidad documentan la vida cotidiana de aquellas personas del XIX que dejaban un siglo oscuro y conservador para adentrarse en el XX, el siglo de la modernidad, de la industrialización y la velocidad, películas, narradas por Frémaux (a través de su propia historia interna, su análisis cinematográfico, su divulgación pedagógica y maravillándose por todas las filmaciones captando la vida, la sencillez y la humanidad a borbotones que desprenden unas imágenes con más de un siglo de historia, pero que siguen emocionándonos como aquellos espectadores sorprendidos que vieron el cinematógrafo por primera vez en sus vidas, un invento que se convertiría en una parte elemental en las vidas de todos aquellos que venimos después.

 

Reparar a los vivos, de Katell Quillévéré

EL LATIR DEL CORAZÓN.

 “Para que una película este lograda y viva, debe contener heterogeneidad”.

Pier Paolo Pasolini

Cuando se publicó en Francia en enero del 2014, la novela Reparar a los vivos, de Maylis de Kerangal, se convirtió en un enorme éxito de crítica y público, convirtiéndose en uno de los libros fenómenos desde entonces. Pronto le surgieron cineastas que quisieron llevar esta historia intimista y humana sobre la vida, la muerte, y la donación y transplante de órganos. El gato al agua se lo llevó Katell Quillévéré (Abiyán, Costa de Marfil, 1980) una directora que ya contaba con dos largos, uno de ellos rodado en el 2010 Un pison violent, y el otro, tres años después, Suzanne, dos dramas centrados en la resilencia y en la vida de dos mundos femeninos que tienen que afrontar la pérdida y el dolor. En su tercer largometraje, vuelve a hacer hincapié en estos temas, por un lado, tenemos a Simón, un quinceañero amante del surf, enamorado que sufre un accidente que pierde la vida, y por el otro lado, a Claire, una mujer madura que está esperando un corazón ya que el suyo ya no aguanta más. La vida y la muerte se mezclan en este retrato actual y universal sobre el significado de nuestras vidas, sobre o que somos y el vínculo social que nos une a todos los seres de este planeta.

Quillévéré construye una película muy orgánica, transparente y muy viva, centrada en 24 horas, y contada en tiempo real, a excepción de un único flashback, una sola jornada que definirá para siempre la vida de las personas implicadas, unos padres rotos por la pérdida de su hija tendrán que decidir donar su corazón para que otra vida, desconocida y ausente de sus vidas, pueda seguir viviendo con un corazón vivo, y al otro lado del espejo, tenemos a una señora, madre de dos hijos jóvenes, que se reencuentra con la que fue su amante en un difícil momento de su vida, cuando se plantea si merece seguir viviendo ahora que se le ha brindado una oportunidad de vivir, un nuevo camino a su vida, un nuevo reto, un empujón vital para seguir caminando. La directora francesa construye un viaje enigmático y lleno de sensaciones, pura magia, donde no es el tiempo el que cuenta, sino nuestras emociones, en una trayectoria sin tiempo ni lugar, sólo llevado por los sentimientos y nuestras pulsiones del momento, en espacios donde la vida y la muerte conviven con naturalidad, sin molestarse, adaptándose y fundiéndose en uno, porque la tristeza de unos se convierte en la alegría de otros, en un gesto de solidaridad entre todos los habitantes que vivimos en armonía vital.

La realizadora, marfileña de nacimiento, cimenta su película a través de las miradas y los gestos de sus criaturas, en una “chanson de geste”, como la define ella, encerrándonos en las paredes de un hospital, con el sonido de las máquinas, asistiendo a las operaciones milimétricas de los cirujanos,  las duras conversaciones de los facultativos hablando con familiares rotos por la tristeza (como ocurría en el prólogo de Todo sobre mi madre, de Almódovar, cuando unos doctores asistían a unos cursos con psicólogos para instruirse en la manera de dar informaciones duras a los familiares) a pisos frente al hospital para esperar lo que puede cambiar la vida, o a trayectos en bicicletas o motos bordeando la ciudad y sintiéndose que la vida se escapa a cada segundo, incluso, agarrándose a una bici para superar una cuesta empinada y encontrarse con el amor, o bordear las olas con el ímpetu de la juventud, de ese instante de la vida que tenemos todo por hacer o eso creemos, en una sucesión de circunstancias vitales en las que se encuentran inmersos emocionalmente los personajes que navegan de lo íntimo a lo general y viceversa.

Momentos cotidianos, bellos y luminosos, emocionantes y líricos, casi metafísicos, algunos de ellos vacíos de silencio y de palabras, sólo sensoriales y vitales, donde la vida y la muerte se funden creando uno sólo, un instante que nos une a todos, ayudados por un elenco de altura con grandes nombres como Tahar Rahim, Emmanuelle Seigner o Anne Dorval, que dan vida a unos personajes que viven al límite de sus emociones y existencias, enfrentados a la pérdida, al dolor y a tener que decidir porque no hay tiempo que perder porque cada segundo cuenta para salvar vidas, y la compañía de la dulce melodía de Alexandre Desplat (colaborador entre otros de Polanski, Audiard, Malick o Fincher) que nos envuelve en ese mundo onírico, en el maremagum de emociones donde transita la película elegantemente captadas y filmadas por la la directora a través de un grupo de existencias en una historia contada en dos partes, en dos tiempos, en dos circunstancias vitales, opuestas pero complementarias a la vez, que acaban fluctuando en una misma, haciendo que ese corazón, órgano complejo y vital para nuestras vidas, no deje de latir, y siga regalando vida, independientemente del cuerpo donde se encuentre, porque este dellate, al fin y al cabo, es lo de menos.

 

Frágil equilibrio, de Guillermo García López

fragilequilibrio_cartel_caramel_goya_af_7207EL MUNDO AQUÍ Y AHORA.

“Las películas explotan el amor para transformarlo en un negocio. Pero el amor es la evidencia más grande que hay de las cosas vivas. Arriba del planeta. Desde el punto de vista humano, el amor y el odio son primos hermanos. Pero la gran diferencia es que el amor es creador. Empuja por la multiplicación. Y el odio, es francamente destructor, y termina destruyendo al porpio agente que lo practica. Es pariente del egoísmo. Y el amor es pareiente de la solidaridad. Que nos igual a altruismo. Altruismo es doy porque doy. Solidaridad es hoy por ti, mañana por mi. Implica alguna forma de interés que no significa que me retribuya directamente y en lo inmeidato. Pero significa una actitud, que si practico solidaridad es posible que otros la practiques en otras circunstancias conmigo. El ser humano es poseedor de todas esas cosas. Todo está tendido en el banquete de la vida. El problema es qué elegimos”

José Múgica

14_9116

 Una de las cosas que más llama la atención de esta película es que nos habla a nosotros directamente, articulando un discurso que interpela directamente a los espectadores, pero no lo hace desde un discurso catastrofista y desmoralizante con la situación del mundo, como suelen hacerlo este tipo de películas, con el fin de invadir las emociones del público, sino que lo construye a través de todo lo contrario, sobre un discurso honesto y directo, interpelando a nuestra responsabilidad, dirigiéndose a nuestros actos más cotidianos, más ordinarios, los que hacemos diariamente. Y lo hace a través de una de las figuras políticas más representativas de los últimos años, José Múgica, el presidente de Uruguay en el momento en que tuvo lugar la entrevista, allá por el 2014, y su discurso, lleno de humanismo, de amor y libertad individual responsable, hacía uno mismo, y hacia todos los seres que compartimos este planeta. Múgica, con su voz serena y enriquecedora, actúa como narrador en este viaje que nos lleva hasta lugares extremos del planeta, donde se producen situaciones en las que el ser humano se enfrenta a sí mismo y a todo aquello que lo rodea.

6_1244

El director Guillermo García López (Madrid, 1985) con experiencia en publicidad y en departamentos de dirección en películas de Pablo Berger o Julien Leclercq, entre otros, se ha liado la manta a la cabeza en su primera película, viajando por todo el mundo y filmando diversas situaciones extremas de vida de seres humanos y sus conflcitos, colocando el foco en los contrastes del mundo, desde los habitantes del llamado tercer mundo, que nunca tuvieron nada, pasando por aquellos del primer mundo, que tuvieron y las circunstancias los han llevado a perderlo todo y empezar de nuevo, y finalmente, a aquellos que viven teniéndolo todo y aún así tampoco se sienten satisfechos. El primer punto lo ha localizado en el Monte Gurugú, en Marruecos, a 10 kilometros de la valle fronteriza con Europa, un lugar donde se acinan cientos de africanos en condiciones de miseria. García López los filma desde la proximidad, escuchamos su cotidianidad que consiste en alimentarse como pueden, protegerse del intenso frío de las noches, no enfermarse, y prepararse para asaltar la valle de noche y conseguir su ansiado objetivo de entrar en Europa. El segundo lugar es España, y nos muestra a varias familias que han sufrido la crisis en primera persona, personas que han perdido sus trabajos, sus casas, sus ahorros, su vida, y cómo se agrupan y luchan para volver a la vida y sentirse personas. Por último, la película nos lleva al otro extremo de lo que hemos presenciado, a la megalópolis de Tokyo, donde conocemos las vidas de dos ejecutivos de grandes corporaciones que viven en la opulencia, adictos al trabajo y al consumismo más exacerbado, asfixiados por un trabajo y una vida que no les llena, y les produce un vacío infinito.

15_9972

García López muestra los extremos del mundo, ha escogido algunos, hay muchos más, aunque la cinta se centra y explora estos, y lo hace desde la cotidianidad, no lanzado discursos aleccionadores, posándose en la guía que proporciona el discurso de Múgica, que profundiza más en la idiosincracia humana, y en todo aquello que tenemos, que nos hace ser como somos, únicos como especie, con nuestras cosas bellas, y nuestras cosas oscuras, no realiza un discurso simplista ni maniqueista, ni mucho menos, explica las cosas como son, explorando todo lo que tenemos a nivel de recursos y medios, y todo aquello que no somos capaces de vivir como especie, la sinrazón de un sistema económico que exclaviza y nos hace más infelices cada día, en el que cambiamos lo más preciado que tenemos, la vida y nuestro tiempo, por un trabajo que no nos llena, y bienes materiales que sólo nos ilusionan, porque en el fondo, tampoco nos hacen felices. Una obra que diagnostica el estado de las cosas, que nos habla del mundo aquí y ahora, y nos invita a reflexionar sobre las situación que entre todos hemos generado, y las causas que nos han lelvado a este punto, y sobre todo, investiga en las herramientas que tenemos para revertir esto y cambiar el rumbo hacia un crecimiento más humano y sostenible con el planeta.


<p><a href=”https://vimeo.com/188185155″>Fr&aacute;gil Equilibrio – Trailer (Castellano)</a> from <a href=”https://vimeo.com/sintagmafilms”>SINTAGMA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>