La mujer más rica del mundo, de Thierry Klifa

LA RICA TRISTE Y EL BUFÓN CODICIOSO. 

“Está bien tener dinero y las cosas que el dinero puede comprar, pero está bien comprobar de vez en cuando que no has perdido las cosas que el dinero no puede comprar”

George Lorimer

El affaire sobre Liliane Bettencourt (1922-2017), saltó en el verano de 2010, cuando su hija Françoise quisó incapacitar a su madre, la rica heredera del imperio L’Oreal, por su relación con el fotógrafo François-Marie Banier durante una década (2007-2017), provocada por las suntuosas donaciones que superaron los 1000 millones. El director francés Thierry Khalifa traduce la historia real y construye una ficción, como bien se indica en el texto que inicia la película, y convierte la realidad en un guion que firma junto a Cédric Anger, con el que ya había escrito Tout nous sépare (2017), y director de la próxima vez apuntaré al corazón (2014), entre otras, y con el gran Jacques Fieschi, que ha escrito para Pialat, Sautet, Assayas y Nicole García, entre otras. La rica se llama Marianne Farrère, el fotógrafo trepa y sin escrúpulos es Pierre-Alain Fantin, la hija Frédérique Spielman, y el mayordomo-testigo Jérôme Bonjean, y el marido Jean-Marc Spielman.

La película se mueve entre los edificios y lugares de lujo por el que se mueve la rica familia, sus relaciones frías y correctas, y una ambiente de respeto, de cordialidad y mucha corrección, que cansa y aburre hasta la extenuación a la rica heredera. La aparición como una exhalación del citado fotógrafo Banier, lo descontrola todo y ahora, la vida de la rica se desmorona, se llena de risas, de dispendio absoluto, y lo que antes era guardar las apariencias, ahora todo son alegrías, quizás demasiadas, derroche y a lo loco. Se juega con el drama contenido y la comedia alocada, convirtiendo la trama en un jugoso y divertido enfrentamiento entre unos: los familiares de la rica y los otros, en este caso ellos dos, con el fotógrafo impertinente, trepa y estirado que cada día se va apoderando de la vida y las riquezas de la rica. Una película de personajes, sobre todo, la composición de Laurent Lafitte, magnífico en el rol de fotógrafo trepa, vanidoso, artista y deslenguado y codicioso hasta la muerte y más allá. Un personaje que se convierte en la historia y en el auténtico agitador de la atmósfera lánguida y aburridísima de los Farrère, tan podridos de dinero que se les ha olvidado de respirar y sobre todo, de vivir.

Un gran equipo técnico encabezado por el cinematógrafo Hichame Alaouié, que tiene en su haber cintas junto a grandes nombres como los de Lafosse, Ayouch, Ozon, del que vimos recientemente La acusación. Su luz empieza tan fría como alejada, mostrando la realidad tan gélida en la que viven los millonarios, y suavemente, con la llegada del visitante de “Teorema”, la película se abre a nuevos colores, más vivos, más sugerentes y más abiertos a todo. La música de Alex Beaupain, un grande que ha trabajado en diez ocasiones con el director Christophe Honoré, e hizo con Klifa Les rois de la piste (2023), compone una suave y cálida composición que ayuda a ver la relación de luz/oscura entre la rica y el bufón. El montaje lo firma Chantal Hymans, otra cómplice de Honoré, con quince títulos juntos, amén de Claude Lanzmann y Alain Berliner, entre otros. Una edición tranquila, sin muchos sobresaltos, que se muestra academicista, pero algo divertida, porque capta muy bien el sentido y carácter y sobre todo, las verdaderas intenciones de los diferentes personajes, en una obra que entretiene, divierte y asfixia cuanto toca en sus agitados 121 minutos de metraje.

Klifa ya había trabajado con otras grandes damas de la cinematografía francesa como Nathalie Baye, recientemente fallecida, Catherine Deneuve y Fanny Ardant, entre otras. Debuta con la gran Isabelle Huppert como la rica heredera tan triste como alocada con la llegada del fotógrafo trepa que interpreta el mencionado Laurent Laffite, que ya coincidió con la Huppert en Elle, de Verhoeven hace una década. La siempre concisa Marina Foïs es la hija enfadada, Raphaël Personnaz es el mayordomo que todo lo ve, escucha y calla, que hemos visto a las órdenes de Ozon y Tavernier, y demás. El veterano André Marcon es el marido y padre, que tiene en su haber magníficos directores como Tanner, Godard, Rivette, etc… La película La mujer más rica del mundo, de Thierry Klifa nos habla de ricos, pero también de codiciosos, trepas, altivos, estúpidos, envidiosos, enfadados, románticos, divertidos, pero sobre todo, nos habla de la naturaleza humana, y de lo oscura que puede llegar a ser cuando el dinero se convierte en un fin, en un todo que hace que las personas saquen sus más bajos instintos y lo que ocultan y se conviertan en individuos sedientos de riqueza, poder y lo más grave de todo, es que no pueden parar, cuánto más mejor, y más, más, hasta creerse más grandes que ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Calle Málaga, de Maryam Touzani

TODA UNA VIDA EN… TÁNGER. 

“Las raíces no están en el paisaje, ni en un país, ni en un pueblo, están dentro de ti”. 

Isabel Allende 

Después de dos obras como Adam (2019), y El caftán azul (2022), la directora Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ambientadas en Casablanca y la medina de Salé, ancladas a partir de dos tabúes de su país como el embarazo fuera del matrimonio y la homosexualidad, a partir de relatos extremadamente sensibles y profundos, domésticos y naturalistas, donde cada mirada, gesto y silencio se apoyan en unos conflictos trascendentales pero tratados desde lo más íntimo y cercano. Su tercera película, Calle Málaga, se instala en su ciudad natal, y rescata de su pasado a su abuela española, trasladándose a la cotidianidad de María Ángeles, una anciana de 79 años, que nació en la ciudad y ahí sigue como una vecina más, como demuestra el magnífico prólogo, en la que vemos a la mujer comprando y relacionándose con sus convecinos comerciantes, soltando alguna que otra palabra en árabe, y emocionada con la visita de su única hija, Clara, que no traerá las noticias esperadas de reencuentro, sino otras, la intención de vender el piso de María Ángeles y poner a su madre en una residencia, hecho que la madre se negará en redondo. 

La película sigue en la intimidad de las anteriores cintas de la cineasta marroquí, aderezada con algo de ligereza, pero que no tomemos como engaño, porque dentro de la historia se confrontan situaciones tan duras y difíciles como sus predecesoras. Tenemos el conflicto intergeneracional, que ya se profundiza en las dos primeras, esta vez entre una madre e hija, demasiado alejadas, tan extrañas como diferentes. Si en las otras el hijo era la raíz, en la segunda, la homosexualidad latente y oculta, en esta, es el piso que separa y alimenta la tensión entre madre e hija. Aunque el espacio exterior es capital en las tres películas, los relatos se instalan en las cuatro paredes de la pastelería de Adam, la sastrería de El caftán azul, y el piso de la discordia habitado por María Ángeles. Tres lugares que escenifican lo compartido y lo alejado en los diferentes personajes. Un lugar doméstico testigo de los conflictos y sobre todo, de las vidas tan distantes que lo habitan, porque en el cine de Touzani nada está al azar, todo lo que vemos está muy pensado, y cada objeto y espacio se ciñe a las emociones por las que están pasando los protagonistas. Un cine que nos habla a hurtadillas, a través de unos seres que se esconden de todos y sobre todo, de sí mismos.   

La cineasta árabe vuelve a contar con la cinematografía de la polaca Virginie  Surdej, que ya trabajó en sus primeras películas, a la que conocemos por sus trabajos con Nabil Ayouch, coguionista y productor de los tres films de Touzani, y con el guatemalteco César Díaz, La luz tenue y opaca de los interiores, donde predominan las sombras está mezclada con la luz mediterránea de ese Tánger tan vivo, tan cálido y tan íntimo. La música alegre y contenida, según la situación, de Freya Arde, de la que vimos no hace mucho el documental Riefenstahl, de Andres Veiel, ayuda a reflejar las alegrías y tristezas que se mueven por la historia, sin hace hincapié en ninguna de las dos cosas, sino contando esa naturalidad en la que vivimos la mayoría, con esos días buenos, malos y la mayoría sin más. El montaje lo firma una grande de nuestra cinematografía como Teresa Font, con más de 100 títulos al lado de grandes como Aranda, Jordà, Uribe, y más recientemente, Almodóvar. Una edición que se va casi a las dos horas de metraje, en la que todo pasa de forma suave y tranquila, con esos golpes inesperados que vienen por parte de la hija, en la que el montaje capta con atención y sensibilidad todos esos pormenores que agitan tan violentamente la paz de la protagonista. 

Si en las dos primeras obras de la directora marroquí el reparto pivota a partir del buen hacer, la mirada, el cuerpo y la gestualidad de la gran Lubna Azabal, en Calle Málaga el testigo lo recoge una excepcional Carmen Maura. La actriz madrileña con más de 165 títulos en una filmografía extraordinaria que arrancó en aquel lejano 1971 en El hombre oculto, de Ungría. Con sus espléndidas 80 primaveras en plena vitalidad cinematográfica después de Vieja loca, nos llega su María Ángeles, uno de esos personajes tan queridos que la Maura lo hace con gran sensibilidad, con elegancia y cotidianidad, tan bello, tan fácil y sobre todo, tan poderoso cuando la cosa se pone dura. Un regalo para los espectadores para una de las actrices más importantes de las últimas cuatro décadas. Le acompañan una magnífica Marta Etura como la hija antipática que viene con la soga al cuello y usa a su madre como revulsivo a su desgraciada existencia. También vemos al estupendo actor/director marroquí Ahmed Boulane como Abslam, el anticuario que tendrá un gran papel en la vida de la Maura, que hemos visto en películas del citado Ayouch, y en la serie Los farad. Completan el elenco Miguel Garcés, que hace poco vimos como padre en Los domingos, y la veterana María Alfonso Rosso, con más de 30 años de carrera. 

Si deciden ver una película como Calle Málaga, de Maryam Touzani, se introducirán en un universo como Tánger, que los franceses llamaban “La novia de París”, que se parece muy poco en el creció y vivió María Ángeles, como ese retrato del Gran Teatro Cervantes que tiene en cada, y después el real, lleno de vallas y andamios en pleno derrumbe por unas obras que lo cambiarán. Una metáfora que describe el sentimiento que tiene la protagonista de la película, porque ella se siente de ahí, por mucho que cambie su fisonomía, sus gentes y lo demás. Porque lo que no cambia es el interior de cada uno, eso que no puede explicarse pero sabes que es así. Además, la película la protagoniza una mujer de 80 años, algo que no sucede con frecuencia en el cine ni en otras artes, como si la vejez fuese una condena o una enfermedad que nadie quiere padecer. Cosas estúpidas de nuestra especie sapiens. Porque la vejez de María Ángeles no está nada mal, porque mientras haya ganas de vivir, todo puede ocurrir como descubrir el amor, el sexo, nuevas amistades, nuevas sensaciones y sobre todo, nuevas ganas de seguir viviendo, experimentando, descubriendo la vida y a uno mismo, porque para eso, no hay edad que valga, mientras haya salud, uno es capaz de todo, aunque tarde un poco más en hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Diamante en bruto, de Agathe Riedinger

LIANE NECESITA SER AMADA. 

“La búsqueda de la aprobación se convierte en una zona errónea sólo cuando se convierte en una necesidad en vez de un deseo”. 

Wayne D. Dyer 

Aunque pudiera parecer lo contrario, la obsesión por ser alguien, por salir del arrabal, por dejar el pasado y convertirse en una persona diferente. Un individuo que adquiera notoriedad y sobre todo, alguien que sea válido, aceptado y amado, no es algo de los tiempos actuales, sino que siempre ha existido. La joven Liane de 19 años vive en Fréjus, en el sur de Francia, con pasado complicado en un hogar de acogida, ahora comparte piso con su madre y hermana pequeña, y vive por y para su belleza, obsesionada con su cuerpo y sus arreglos estéticos, mata su tiempo subiendo fotos en sus redes sociales, y buscándose la vida sacando dinero de aquí y allá, y con sus amigas, bailando, comprando ropa y complementos, y soñando con ser alguien, en su caso, ser una de las integrantes del telereality de moda. Un personaje que ya tuvo su cortometraje Esperando a Júpiter (2017), en que la directora francesa Agathe Riedinger ya exploró la obsesión en la adolescencia por la fama y la belleza y huir de una realidad dura y muy oscura.   

La ópera prima de Riedinger opta por un formato cuadrado que acerque la vida agitada de la citada Liane, con ese impresionante prólogo en que la joven baila alrededor de un poste en mitad de la noche, imaginando otra vida y otro lugar. La omnipresente protagonista nos va guiando a través de un espacio periférico, donde todo queda muy lejos, como evidencian esos largos paseos junto a las autovías que encajonan su casa. Diamante en bruto (en el original, “Diamant Brut”), no se encoge en mostrar una existencia donde mandan la tiranía y los cánones de belleza establecidos, en una atroz dictadura donde vales según tu apariencia tan rígida a una estética sujeta a los designios de la moda y la publicidad de turno, donde todo es construirse un cuerpo a medida de lo que demanda el espectáculo o más bien, la fama efímera, en el que acompañamos a una joven que sólo vive para mejorar su cuerpo, ser aceptada por los followers y tener sus cinco minutos de fama que mencionaba Warhol, correr a toda prisa por esa validación que llene algo de su vacío existencial, de una vida a golpes, tan falta de amor y cariño, y por ende, de algo profundo y de verdad. Liane vive en su propio reality donde la mugre se decora con purpurina, vestidos destellantes y noches de baile en la tarima creyéndose la reina del lugar o más bien del polígono sin futuro alejado de todo y todos.  

El aspecto técnico de la película brilla con gran intensidad porque aborda con dureza y sensibilidad cada aspecto de la vida de la protagonista. La cinematografía de Noé Bach, de la que conocemos su trabajo en Los amores de Anaïs, Animalia o la última de Desplechin, con una cámara que es una extensión más de Liane, que la sigue sin descanso, y no la juzga, sólo la observa sin prejuicios ni nada que se le parezca. La música de Audrey Ismaël, conocida por sus películas con la cineasta Vanessa Filho, consigue una composición detallista y nada complaciente, que respira junto a la gran cantidad de temas reguetoneros que animan la vida, la alegría efímera y la tristeza de la joven. El montaje de Lila Desiles, responsable de cintas como Un escándalo de estado y Mars Express que, en sus intensos 103 minutos de metraje, nos llevan por una alucinada montaña rusa llena de altibajos, tropiezos, euforia, lágrimas, inquietud, soledad y sobre todo, una maraña enrevesada de emociones en este cuento de hadas, que tendría pinceladas de La cenicienta, popular por la versión de los hermanos Grimm, en la piel, el cuerpo y sobre todo, la mirada de Liane, esclava de su cuerpo y atrapada en una realidad que quiere embellecer como los brillos y destellos que inventa para decorar su ropa y así sentirse otra. 

Si la película vuela alto es gracias a la brillante interpretación de Malou Khebizi, premiada como la mejor actriz revelación de los César, y no es para menos, porque su Liane es una apisonadora en todos los sentidos, en la que nos regala una composición inolvidable en el que se abre en canal, tanto física como emocionalmente, en el caleidoscópico de matices y detalles por los que pasa en este viaje al alma, a los sueños, a las pesadillas y la esclavitud en la que se atrapan tantas jóvenes por salir del atolladero y ser alguien y sobre todo, ser amadas. Le acompañan otra composición de altura como la de Idir Azougli que hace de Dino, otra alma perdida, azotada y en busca de paz, y el ramillete de amigas y demás personajes como Kilia Fernane, Ashley Romano, Alexandra Noisier, y la madre que es Andrea Bescond, entre otros. No deberían dejar escapar Diamante en bruto, de la directora Agathe Riedinger, porque habla mucho de la sociedad tan superficial, vacía y estúpida en la que vivimos diariamente, y aún más, no tiene visos de mejoría, sino de que aún vayamos más a la deriva, más perdidos y con esa obsesión de ser alguien a través de la validación de los demás/seguidores, también ávidos de aceptación en una locura constante en este muestrario absurdo de aparentar con ser otro/a, y encontrar fuera lo que no somos capaces de resolver en el interior de nuestras desoladas almas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La buena letra, de Celia Rico Clavellino

LAS MUJERES QUE VIVIERON EN SILENCIO. 

“Nos habíamos convertido en mulos de noria. Empujábamos, mudos y ciegos, buscando sobrevivir, y, a pesar que nos dábamos todos unos a otros, era como si sólo el egoísmo nos moviese. Ese egoísmo se llamaba miseria. La necesidad no dejaba ningún resquicio para los sentimientos. Lo veíamos a nuestro alrededor”. 

De “La buena letra”, de Rafael Chirbes

Películas sobre la guerra y sus consecuencias hay muchas, no hay tantas sobre lo que sucedía en el interior de las casas. Esos espacios donde se imponía el silencio y la amargura, en los que se amontonaban recuerdos de un tiempo que ya no volverá. Hablar de las cotidianidades de la España de posguerra en un pequeño pueblo valenciano, que podría ser como cualquiera, con la mirada y el gesto de Ana, una mujer que sobrevive entre guisos, costuras y callada, levantándose diariamente para hacer de la vida un lugar digno aunque no siempre sea posible. La historia que cuenta La buena letra, la tercera novela publicada de Rafael Chirbes (1949-2015) en 1992 sirve de base para, también, la tercera película de Celia Rico Clavellino (Sevilla, 1982), en la que se centra en los interiores domésticos y del alma que jalonan su corta y excelente filmografía.

Si en sus dos primeros largos, la cineasta sevillana nos hablaba de las aristas que se producen entre madre e hija, ya sea en el abandono del nido como sucedía en Viaje al cuarto de una madre (2018), o la vuelta al citado nido de la hija cuando la madre necesita ayuda. En su tercer largo, a priori, la cosa va por otro derrotero, porque se detiene en una madre, esposa y pilar de una casa sumida en la tristeza de la dura posguerra, aunque no deja su forma de contar, porque seguimos en las cuatro paredes de la casa, con esa luz tenue y claroscura que describe las tristezas del alma o dicho de otra forma, toda eso que queda tan maltrecho después de pasar por una guerra, por la muerte, por las ausencias, y por toda esa juventud que borró la tragedia que vino después. La vuelta de Antonio, el cuñado, después de una larga temporada en la cárcel, añade más leña a una situación tan triste como desoladora. Tomás, el marido de Ana, tiene sus diferencias con el hermano recién llegado, sumido en una desolación y amargura patentes. La vida pasa, quizás va pasando demasiado para unos personajes que deciden sobrevivir, callarse y hacer que la vida sea un poco digna, aunque eso resulte un espejismo, o más aún, un tiempo pasado que cada día se entierra más. 

Rico Clavellino se ha rodeado de un equipo de gran calidad para sumergirnos en un pueblo de posguerra con la presencia de la cinematógrafa Sara Gallego, que estaba detrás de El año del descubrimiento, Matar cangrejos y Las chicas están bien, entre otras, construyendo una luz apagada y velada que contribuye a fomentar esas sombras y leves quicios de luz en los que viven físicamente y emocionalmente los diferentes personajes. El sobrio y austero arte que firma un grande como Miguel Ángel Rebollo, detrás de las películas de Javier Rebollo, Jonás Trueba y Rodrigo Sorogoyen, así como el vestuario de Giovanna Ribes, que ha trabajado mucho en el cine valenciano con Avelina Prat, Lucía Alemany e Icíar Bollaín, donde destaca la sencillez y la “verdad” de cada prenda de ropa. El magnífico montaje de Andrés Gil, habitual del cine de Alauda Ruiz de Azúa que, en sus callados y concisos 110 minutos de metraje, nos sumerge en esa cotidianidad que duele, que intenta abrazar sin conseguirlo, en una casa que habla lo que sus personajes no hablan, en un tiempo de silencio, que escribió Luis Martín-Santos, instalada en la mirada y los gestos de una mujer como Ana que se parece mucho a aquellas otras mujeres que poblaban la inmensa Silencio roto (2001), de Montxo Armendáriz. 

La parte artística requería contención y sobriedad, y en ese sentido, las anteriores películas de Celia Rico ya contenían estos elementos, porque los personajes de sus historias dicen mucho con el gesto más que con la palabra, y sobre todo, lo hacen en hurtadillas, sin hacer ruido y haciendo todo el ruido interior del mundo. Ana es Loreto Mauleón, una actriz que ya había demostrado su gran valía como hacía en Los renglones torcidos de Dios y La quietud de la tormenta, pero en ésta hace su cum laude en interpretación dotando de humanidad a su Ana, uno de esos personajes que se te incrustan en el alma. Le acompañan unos excelentes Roger Casamajor haciendo de Tomás, un tipo anulado por todo y por todos, y que bien lo hace el actor catalán que nunca está mal. Enric Auquer es Antonio, un hombre depresivo, sin vida y sin nada al que Auquer le da una gran emocionalidad, y por último, Ana Rujas que vimos brillante en la reciente 8, de Medem hace de la otra, la antítesis de Ana, una mujer que hará todo para salir de pobre, para salir de la miseria, con todo su egoísmo a su alcance. Unos personajes resquebrajados por la guerra que huyen de sus miserias y tristezas como pueden, quizás con la poca humanidad que les queda o les quedó.

Celia Rico Clavellino tenía un gran reto por delante. El más gordo era adaptar el universo de Chirbes, una novela que es una confesión de una madre Ana que hace a su hija de la historia de su familia, y consigue trasladar ese testimonio duro y desgarrador en una película donde la emoción está ahí, llena de leves gestos, miradas a contraluz, y sobre todo, en una existencia que tiene más de espectral como queda impregnada en las fotos borradas en los retratados están como desvanecidos, en otro lugar y en otro tiempo. La directora sevillana hace suya la prosa de Chirbes, del que sólo se había adaptado su gran Crematorio en una brillante serie en 2011 de la mano de Fernando Bovaria, coproductor de La buena letra, y consigue situar su película en una de las cumbres de cómo explicar con detalles, silencios y emociones lo que significó la posguerra y lo que quedaba en las casas cuando se cerraban las puertas a cal y canto. Una no vida en la que algunos sobrevivían y otros, los pocos, se aprovechan de los sueños frustrados y las amarguras de los otros, robando la poca vida que les quedaba, como ocurre en algunas secuencias memorables como las del cine, el baile y la playa, tres momentos que ya verán ustedes los espectadores y escenifican todo lo que se fue con la guerra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los destellos, de Pilar Palomero

LA TERNURA DEL CORAZÓN.  

“Hay tantas formas de amor como momentos en el tiempo”. 

Jane Austen

En Los destellos, tercer largometraje de Pilar Palomero (Zaragoza, 1980), no dista mucho de sus anteriores largometrajes. Tanto en Las niñas (2020), y en La maternal (2022), la historia se construía a través de la relación íntima, profunda y distante entre una hija y su madre, envueltas en un conflicto exterior que las acerca o aleja según las circunstancias. En la primera, la cosa iba de la educación cristiana de una niña en contraposición a los cambios del país en la España del 92, y en la segunda, el tema rondaba en un embarazo adolescente.  Si bien es cierto que, en esta última, a la relación de madre e hija, se le añade la cercanía de la muerte, a través de la enfermedad del padre y ex, respectivamente. La cineasta, de modo casi natural, ha ido añadiendo años a sus hijas, y ahora, estamos frente a una joven universitaria, manteniendo, eso sí, en las dos primeras, a madres solas, ya no en esta última, donde la madre tiene pareja y vive junta a ella. La historia nace del relato “Un corazón demasiado grande”, de Eider Rodríguez, donde se habla de cómo nos enfrentamos al hecho de la muerte, de su gestión y sobre todo, de ese eterno presente en el que vivimos. 

Como sucedía en sus anteriores trabajos, el relato naturalista y nada efectista cambia lo urbano para adentrarse en nuevo espacio, muy cercano a la directora, ya que es el pueblo de su familia, el Horta de Sant Joan, en Tarragona, en las Terres de l’Ebre y del Matarraña. Un rural que se aleja de lo primario para mostrar un espacio lleno de cotidianidad, de intimidad, con esa atmósfera tan cercana que se puede tocar, donde escuchamos respirar a los personajes, como si pudiéramos escuchar cada uno de sus latidos, cada una de sus emociones, en un equilibrado guion donde todo lo que vemos y escuchamos emana verdad, una verdad tranquila, nada impostada, ligera y reposada como cualquier día, donde la vida va pasando sin sobresaltos, o quizás, sin darnos cuenta, entretenidos a nuestros quehaceres cotidianos y nuestros futuros. Esa aparente tranquilidad se ve trastocada con las visitas de la hija, Madalen, que pasa los findes junto a su madre y visitando a su padre enfermo, Ramón, hasta que, la hija pide a su madre, Isabel, que visite a su padre y ex. Un hecho que reaviva el pasado, después de 15 años separados, donde volverán sentimientos que se creían superados y hará que el presente se convierta en sumamente trascendental. 

La delicada cinematografía de Daniela Cajías, que ya hizo la de Las niñas, y se coronó con la de Alcarràs (2022), de Carla Simón, se instala capturando con extrema sencillez la luz mediterránea, con sus contrastes y sus atardeceres, creando ese ambiente donde la vida y la cercanía de la muerte van creando esa luz viva, que nos deslumbra y también, nos ensombrece un poco, avivando todo ese interior complejo que está gestionando Isabel. La música de Vicente Ortíz Gimeno, del que conocemos sus trabajos en series como El día de mañana y La línea invisible, entre otras, huye de la sensiblería recurrente en este tipo de historias, para adentrarse en otros espacios, el de acompañar sin hostigar, el de estar sin entrometerse, el de estar callado sin interrumpir. El excelente montaje de Sofi Escudé, tercera película con Palomero, donde en sus 101 minutos de metraje se aleja de lo habitual para crear esa atmósfera donde cotidianidad y enfermedad se van dando la mano, como novios tímidos, y poco a poco, sin prisas ni agitaciones, se van acercando, acogiéndose y estando, acompañándose los unos a los otros, compartiendo el presente echando la vista al pasado que vivieron, que estuvieron, pero desde ese instante actual en que la vida parece detenerse e ir muy rápido, entre esas aristas donde se instala la película. 

El reparto de la película, magnífico bien escogido, con una Patricia López Arnaiz en el papel de Isabel, tan contenida como íntima, que traspasa la pantalla a partir de una naturalidad tan emocionante, muy bien acompañada por Antonio de la Torre como Ramón, que lleva con dignidad su enfermedad aunque se muestre distante al principio, también tendrá, como les ocurre a todos los personajes, un proceso que no le resultará fácil, con Julián López como Nacho, la pareja de Isabel, que va dejando sus personajes más cómicos para atreverse con tipos diferentes, más comedidos, en que prevalece la mirada y el gesto a la palabra. Finalmente, tenemos la presentación de Marina Guerola que hace el personaje de Madalen, otro grandísimo acierto de la directora zaragozana, como ya hiciese con Andrea Fandós en Las niñas, y con Carla Quílez en La maternal, otro gran rostro para el cine español, en una interpretación que ha sido todo un gran desafío para la actriz debutante, porque su personaje, que hace de puente entre sus padres, es una de esas composiciones que suponen todo un tránsito entre el pasado y presente, a través de dos seres que no se conocen, que son dos perfectos desconocidos, o quizás no tanto. 

Celebramos y aplaudimos una película como Los destellos, de Pilar Palomero que, además de convocarnos a una historia tan natural como real, nos conmueve con pequeños y leves detalles, sin caer en el manido relato de la compasión y la tristeza, sino en toda una lección de vida, del hecho de vivir, de enfrentarse a lo que somos, a lo que fuimos y lo que, quizás seremos, siempre desde el amor, el cuidado y el de mirarse en el alma del otro, o al menos, comprenderla y estar a su lado, porque en estos tiempo actuales donde las prisas y la acumulación de tareas se ha convertido en el sino de todos y todas, la película reivindica el tiempo detenido, olvidándonos un poco de nuestro ego, de nosotros y acercarnos a los otros. El tiempo para los otros como la mejor herramienta para conocernos y querernos, el hecho de estar, relajados y tranquilos observando un atardecer con una copa de vino o charlando sin más, como las mejores cosas que podemos hacer, olvidándonos de nuestras vidas mercantilizadas, y mirándonos en los demás, en sus cosas, ya sean la enfermedad, los recuerdos, los buenos y no tan buenos, así, sin más, sin nada que hacer, sólo compartiendo, un hecho que ya pocos hacen, sometidos a sus vidas y a sus cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Silver Haze, de Sacha Polak

LA JOVEN DE FUEGO. 

“A medida que lo alimentaba, el fuego crecía y no dejaba nada a su paso. Cuando hubo quemado todo lo que encontró a su paso, sólo le quedaba una cosa por hacer. Con el tiempo, acabaría por consumirse a sí mismo”.

De la novela El enigma del cuadro (2004), de Ian Caldwell

Después de Hemel (2012) y Zurich (2015), dos dramas producidos en Holanda, la filmografía de Sacha Polak (Amsterdam, Países Bajos, 1982), dio un vuelco considerable con Dirty God (2019), un drama ambientado en el extrarradio de Londres sobre la existencia de Jade, una joven madre que sufre un ataque de ácido de su ex pareja que la deja desfigurada, interpretada por la actriz no profesional Vicky Knight. La película con el mejor aroma del cine social británico de Loach, Leigh y Frears, mostraba una realidad dura, de jóvenes atrapados en un ambiente sin futuro, donde la libertad se relaciona a las noches de fiesta, baile, drogas y sexo. En Silver Haze (que hace referencia a una variedad del cannabis, que fuman las protagonistas), la directora neerlandesa sigue explorando los barrios de Dirty God y la vida real y ficticia de Vicky Knight, ahora convertida en Franky, una joven enfermera que sufrió graves quemaduras al incendiarse el hospital donde dormía.

La película, con guion de la propia directora, se instala en la obsesión de la protagonista por vengarse de su padre y la amante de éste, a los que acusa del incendio ocurrido 15 años atrás. Mientras, la vida de la joven sigue siendo dura, con una madre alcohólica, un tío sin trabajo y una hermana pequeña demasiado perdida. Su vida cambia cuando se enamora de una paciente, Florence, que ha intentado suicidarse, con la que empieza una relación muy intensa y pasional llena de altibajos y conflictos. El relato es muy duro y sin piedad, pero en ningún momento hay regodeo, ni porno miseria, que acuñaba Luis Ospina, porque entre los pliegues de tanta desazón y problemas y rabia contenida, hay esperanza, o al menos, algo de ella, porque entre tanta basura emocional, los personajes intentan ser felices o al menos intentar estar un poco mejor. Son individuos que luchan con lo que pueden y tienen a su alcance para avanzar aunque sea a trompicones fuertes. Quieren una vida como la de todos, una vida donde haya algo de amor, o cariño, donde las cosas no se vean tan negras, en que el personaje que interpreta Vicky Knight ejemplifica esa idea que transita la historia donde siente la enfermiza venganza que la come por dentro y también, lo contrario, el amor que siente por Florence, en ese mar de contradicciones en los que nos movemos los seres humanos. 

Como sucedía en Dirty God, la película tiene un tono y una atmósfera muy acorde con lo que experimentan sus personajes, van de la mano, con un excelente trabajo de cinematografía de Tibor Dingelstad, con una cámara inquieta y curiosa que vuelve a meterse en las vidas, emociones y tristezas de los personajes, donde ficción y realidad se dan la mano, muy cerca de ellas, atrapándolas en esas míseras casas llenas de trastos, con ese cielo plomizo y esas ganas de huir constantes. La estupenda música del dúo Ella van der Woude y Joris Oonk, en el que sin subrayar consiguen transmitirnos toda esa maraña de emociones que viven en el interior de los personajes, y sobre todo, sin teledirigir emocionalmente a los espectadores. el gran trabajo de edición de Lot Rossmark, en una película compleja como esta, que se va a los 102 minutos de metraje, donde hay muchas montañas rusas en los personajes, algunas evidentes como esa parte de la noria que vemos como espejo-reflejo de las complejidades de unos personajes que sólo buscan un lugar donde haya paz o al menos, algo de comprensión, y dejen atrás las pequeñas islas a la deriva en que se han convertido sus tristes y ensombrecidas existencias. 

Como ya hemos mencionado en este texto, volvernos a encontrar con Vicky Knight metida en otro personaje de rompe y rasga, muy diferente al que hizo en Dirty God, donde vivía con miedo, escondida y con la idea fija de recuperar la imagen que tenía antes de las quemaduras. En Silver Haze, su Jade quiere un poco de paz, encontrar un hogar tranquilo, donde todos se miren y se entiendan a pesar de todo, porque en su familia biológica no lo consigue y todos son historias. Con Florence consigue algo de ese cariño, pero también resulta difícil porque ella está mal y es narcisista. La interpretación de Vicky Knight es asombrosa, llena de carisma y naturalidad, donde muestra su cuerpo sin pudor y sin miedo, un cuerpo lleno de cicatrices por las quemaduras, un cuerpo lleno de vida y esperanza. A su lado, Esmé Creed-Miles que ya estuvo con Polak en la serie Hannah, en el papel de la mencionada Florence, una mujer que huye de una realidad dura, siendo egoísta y muy perdida. La sensible interpretación de Angela Bruce, en uno de esos personajes llenos de dulzura y vida. Y luego una retahíla de intérpretes no profesionales como Charlotte Knight, la hermana real de Vicky, que hace de Leah, tan perdida como equivocada. Archie Brigden es Jack, hermano de Florence, en su peculiar mundo, y TerriAnn Cousins como la madre de Vicky. 

No les voy a engañar, Silver Haze  es una película muy dura, tiene momentos muy heavys, de esos que encogen el alma y nos golpean fuertemente al estómago, pero la vida para muchos es así, y no por eso, no se va a mostrar esa crudeza y la tristeza en la que viven. Lo interesante de la película es que ante esa realidad cruda y maloliente, no se regodea en ningún momento ante tanta desazón, sino en que se centra en unos personajes, en sus bondades y maldades, en esa idea fija que tienen de mejorar, de ver cada día de otra manera, huyendo de esa idea manida de la superación ni de tontadas de esas, sino de creer en nosotros mismos a pesar de la mierda que nos rodea, en sentir y en levantarse cada vez que la vida nos golpea duro, en creer cuando dejamos de creer, en respirar cuando nos falta el aire, en no dejar de seguir como se pueda, como hacen los distintos personajes, en una película que habla de amor, de familia, de relaciones y sobre todo, de cómo gestionamos todo eso, las diferencias, sus peculiaridades y todo lo no normativo. Gracias a Sacha Polak por mostrar tantas realidades, porque ante tanto oscuridad podemos encontrar un resquicio de luz, por pequeño que sea, ya es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Shayda, de Noora Niasari

UNA VIDA SIN MIEDO. 

“Cada momento es una nueva oportunidad para elegir el amor en lugar del miedo”

Louise Lynn Hay

Los primeros instantes de Shayda, la ópera prima de la iraní Noora Niasari son de puro terror, se palpa la tensión, la inquietud y el miedo. La cámara se encierra en el rostro de la protagonista, la magnífica Zar Amir Ebrahimi, envuelta en un mar de dudas e incertidumbre, junto a Mona, su hija de tan sólo 6 años. Momentos de angustia que van de la llegada al aeropuerto y el posterior traslado a la casa donde se refugian otras mujeres maltratadas como ella. Apenas son necesarias las palabras, porque la angustia y el silencio están tan presentes que van más allá de la pantalla y se meten en nuestras conciencias. No sabemos de qué huye, lo sabremos más adelante, pero esa sensación de huir, de dejar atrás algo malo, y buscar refugio, una mirada cómplice y un abrazo que dé paz y tranquilidad. Shayda es una mujer iraní que ha pedido el divorcio de su marido iraní en algún lugar de Australia, lejos de su país, aunque su marido actúa como si siguieran en él. Así empieza la película, una forma que nos sujeta bien fuerte y no nos soltará hasta el final. 

Como sucedía con Aftersun (2022), de Charlotte Wells, con la que tiene mucha de hermandad en su tono, la directora Noora Niasari expone en su primer largometraje sus vivencias de niña y su relación con el mundo de los adultos, si en aquella eran unas vacaciones en Grecia junto a su padre, ahora, estamos en la otra parte del mundo, en otoño, y junto a su madre. El tono documento y de verdad de la historia viene de los años en que la directora viajó por el mundo realizando documentales como Casa Antúnez, entre otros, porque la directora construye una película que nace de la memoria, en la que se mete de lleno en temas como empezar de nuevo dejando un pasado de horror, la fraternidad entre las mujeres del refugio, la sensación de sentirse acompañada, pero también, en constante peligro, y la eterna y espeluznante burocracia para quedarse en un país cuando eres extranjera. Temas de ahora y de siempre que la película trata con sencillez y honestidad, sin alardes argumentales ni nada por el estilo, sino desde la mirada, el gesto y el diálogo pensado y transparente, introduciéndonos en una intimidad, sensibilidad y ternura que ayudan a paliar un relato muy duro y de puro terror, en muchos momentos. 

La parte técnica va al unísono con lo que se cuenta, desde la cercana y cámara-testigo que firma Sherwin Akbarzadeh, en la que cuenta y detalla cada mirada y gesto, siguiendo la mirada de las protagonistas, situándose en esos pliegues donde la película se mueve, en una línea muy frágil entre la alegría y la esperanza en construir una nueva vida y por ende, un hogar, un lugar de paz, con esos otros momentos en que la película se enfila, donde el marido iraní aparece y las cosas se tornan turbias, frías y muy peligrosas. El montaje de Elika Rezaee es ejemplar, porque explica sin mareos ni estridencias técnicas una historia sumamente compleja que se mueve entre unos personajes vulnerables y a punto de derrumbarse como el personaje principal con esos toques de leve esperanza con esos otros donde la violencia entra a saco. Un relato que consigue cimentar con pausa y sin prisas muchas realidades de mujeres que deben huir y refugiarse para encontrar una vida, sea donde sea, porque es una realidad que, desgraciadamente, existe en cualquier parte del planeta, en sus 118 minutos de metraje, que explican muy bien una realidad que, lejos de solucionarse, sigue creciendo. 

Ya he mencionado a la maravillosa Zar Amir Ebrahimi, que nos encanta, por su intensa mirada, su forma de moverse en el cuadro, y cómo habla y sus silencios que transmiten todo lo que está viviendo y sobreviviendo su Shayda, que hace muy poco la vimos en Tatami, que codirigía y cointerpretaba. A su lado, la sorprendente Selina Zahednia como Mona, la niña de 6 años que está estupenda, sin olvidarnos de los demás intérpretes como Osamah Sami como Hossein, el marido iraní, Mojean Ari como un amigo, Leah Purcell como Joyce, la encargada de la casa refugio, Jillian Nguyen y Rina Mousavi, y demás, dotan de profundidad a la historia que se cuenta y consigue esa naturalidad y complejidad tan necesaria en una película de estas características. Debo mencionar una de las productoras ilustres que ha tenido la película que no es otra que la gran actriz Cate Blanchett a través de Dirty Films junto a sus dos socios como Andrew Upton y Coco Francini, que da una visión más amplia de la magnitud de la historia de la directora Noora Niasari, tanto su importancia como su forma de abordar un tema tan candente y muy preocupante. Acérquense a ver una película como Shayda, porque les va hacer reflexionar y sobre todo, les va a mostrar muchas realidades ocultas e invisibles que, ahora mismo, siguen luchando por una nueva vida, y les dará un poquito de esperanza porque verán que todavía existe, aunque muy poco, valores como la solidaridad, la hermandad y la fraternidad, y eso, en el mundo qué vivimos, es muy grande. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El mal no existe, de Ryûsuke Hamaguchi

LO BELLO Y LO OSCURO. 

“Cuando actuamos sin prisas y con prudencia, nos damos cuenta de que sólo lo grande y valioso posee existencia permanente y absoluta y de que las cuitas y placeres vanos no son sino sombra de la realidad”.

Frase de la novela «Walden», de Henry David Thoreau

Temas como la soledad, la incomunicación y el dolor ocasionado por la pérdida son elementos esenciales en Happy Hour (2015), Asako I & II (2018), La ruleta de la fortuna y fantasía (2023) y Drive My Car (2013), las tres películas que he visto de Ryûsuke Hamaguchi (Kawasaki, Prefectura de Kanagawa, Japón, 1978), donde el tiempo y el encuadre resultan de una magnetización absoluta entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, en una simbiosis perfecta entre los personajes, tan solitarios y perdidos, como todos y todas, y entre el espectador, donde se genera un tercer espacio, aquel en que vas reconstruyendo el pasado inmediato de estos individuos, y reflexionando sobre unas existencias anodinas, vacías y ancladas en una especie de limbo que les impide avanzar y les deja en vía muerta, en ese tiempo y emociones del pasado. 

En El mal no existe, el cineasta japonés sigue explorando todas sus obsesiones, con ese hipnótico arranque: una panorámica que muy lentamente va capturando un reguero de árboles tomados desde abajo, acompañados por la sensible y susurrada música de Eiko Ishibashi, en un maravilloso plano en el que conjuga los dos elementos que prevalecen en la historia que estamos a punto de ver: la naturaleza y la belleza, eso sí, tanto una como otra, ocultan sus negruras, su inquietud y su maldad. Hamaguchi trocea en dos partes bien diferenciadas su película. En la primera, parece que estemos en una película social, la de los de la ciudad que llegan al pueblo, cercano de Tokyo, con la intención de construir un resort para turistas, cosa que molesta a los del lugar, un remanso de paz rodeado de montañas y nieve, porque estamos en invierno, y los aturde por los conflictos que generarán los residuos en el agua pura de la que viven todos y todas. En la segunda mitad, el relato vira hacia lo abstracto, pero no en un sentido frontal, sino en una película donde impera lo invisible, lo oculto, y sobre todo, lo fantástico, donde el terror más puro se va adueñando de la historia, no con toques efectistas ni estridencias a golpe de sonido, sino todo lo contrario, a partir de una sutileza que conmueve, en ese espacio donde habitan nuestros monstruos, a partir de la ausencia, de la convulsión que se instala en el pueblo donde una pérdida va llenando de inquietud y angustia el lugar y sus habitantes. 

La maestría de Hamaguchi está fuera de toda duda, porque nos sabe atrapar con lo mínimo, llevándonos a un terreno donde impera lo extraño y sobre todo, lo enigmático, donde la película juega con nuestra imaginación, porque no sabemos muy bien lo que pasa y mucho menos, los porqués, vamos, como la vida misma, en un proceso parecido al cine de Haneke, en que la espera de que pasará o no, resulta poderosa. En la película se adueña una alucinante atmósfera que conjuga la cotidianidad y la repetición: Takumi, el protagonista y conocedor de bosques y animales, el hombre-sabio y tranquilo del lugar, cortando troncos, recogiendo a su hija Hana del colegio, y acudiendo a comer la sopa especial al pequeño restaurante de sus amigos. Un personaje silencioso que actúa como hilo conductor y base desde donde la narración empieza y termina, es decir, con su mirada vamos conociendo el pueblo, sus montañas y sus animales, y todos los códigos, visibles e invisibles que existen en ese espacio natural y oscuro. Podemos mirar El mal no existe como una forma de análisis sobre la condición humana, sobre todo aquello oculto que nos define ante los demás y ante los hechos que se producen, sobre nuestro cuestionamiento moral y sobre nuestra verdadera naturaleza. 

En ese sentido, la parte técnica potencia todos los enigmas que sobrevuelan en la historia, donde el cineasta nipón vuelve a contar con sus colaboradores más estrechos como el mencionado músico, una banda sonora llena de sutilezas y detalles, donde la sensibilidad acompaña y cuenta, sin ser obsesiva ni juzgante, al igual que la cinematografía de Yoshio Kitagawa, con esa naturalidad y cercanía del primer tramo, y luego, a partir de leves variaciones componiendo una atmósfera más abstracta, extraña e inquietante, como el montaje de Azusa Yamazaki que, en sus intensos y pausados 106 minutos, nos van envolviendo en ese aura que se mueve de puntillas entre la fascinación de la naturaleza y la condición humana oscura que la habita, y el elaborado y magnífico trabajo de sonido de Izumi Matsuno, porque tan importante es lo que vemos como aquello que se nos oculta. Con el reparto, Hamaguchi vuelve a acertar de pleno, reclutando unos intérpretes como Hitoshi Omika, que estuvo en el equipo de producción en La ruleta de la fortuna y la fantasía, y ahora encarna de forma magistral y sobria al poderoso Takumi el hombre del lugar, de la naturaleza y del silencio, Ryo Nishikawa es la pequeña Hana, Ryuji Kosaka es Takahashi y Ayaka Yibuti es Mayuzumi son los de la ciudad, y ella era una de las actrices que componían el reparto de Happy Hour, como Hazuki Kikuchi, que también estaba en la citada película, ahora como cocinera del restaurante. 

No se acerquen a ver una película como El mal no existe esperando una catarsis o algo parecido, aquí no hay nada de eso, y no lo hay, porque si conocen alguna película de Ryûsuke Hamaguchi, sabrán que su mirada a los sentimientos y los avatares vitales de sus personajes, y por ende de la existencia, carecen de esos momentos catárticos, y por el contrario, todo se envuelve en una cotidianidad a veces demasiado normalizada, otras, más extrañas, y la mayoría, sin calificar, es decir, que las experimentamos sin saber nada de lo que ocurre y sus porqués, porque como nos viene a decir, o quizás, a reflexionar el director japonés, la existencia está llena de tantos enigmas, quizás, nuestras propias existencias son enigmas demasiado profundos y complejos y no tenemos la capacidad de poder entenderlos aunque sea un poco, y en eso, reside la intimidad y la grandeza de nuestras vidas, o nuestras sombras que, en ocasiones, pueden parecer lo más naturales posibles, y otras, se convierten en una oscuridad e inquietud imposibles de descifrar y mucho menos manejar, tal y como sucede en las imágenes magnetizantes y maravillosas de la película, donde la belleza y la oscuridad se dan la mano y nos transporta a otros mundos, esos universos que nunca están fuera, sino en nuestro interior, aquello que nos inquieta tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Beast, de Bertrand Bonello

LA INCAPACIDAD DE AMAR.

“(…) Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo”.

El amenazado, de Jorge Luis Borges 

No es la primera vez, ni será la última que, coinciden dos obras basadas en el mismo original, tanto La bestia en la jungla, de Patric Chiha, estrenada el pasado 8 de marzo, como esta, The Beast (La bestia), de Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), parten del cuento homónimo de Henry James publicado en 1903. No voy a comparar las dos películas, ni mucho menos, no es de recibo, y si que me voy a dedicar a la de Bonello, como hice en su momento cuando se estrenó la de Chiha. El universo del cineasta francés se ha caracterizado por retratar a personajes torturados, seres envueltos en un momento de sus vidas, donde la realidad y el tiempo les traspasan y les devora, deambulando perdidos sin entender nada, y mucho menos, sin nada a lo que agarrarse y de esa forma, encontrar algo de esperanza. 

Un cineasta que se ha sumergido en las infinitas posibilidades narrativas y formales, reflexionando sobre su oficio y las innumerables cuestiones que le amenazan con las nuevas tecnologías y demás inventos materiales. Recordamos a Jacques, el director del cine de adultos en Le Pornographe (2001), el realizador Bertrand en De la guerre (2008), o sus miradas al cine biográfico a través de Saint Laurent (2014), o al terrorismo con el thriller de Nocturama (2016), la mezcla de fantástico y terror en Zombi Child (2019). Con su nuevo trabajo vuelve al universo femenino que también retrató en L’apollonide (2011), en el París de 1899, sumergiéndonos en la intimidad, miedos y conflictos de un grupo de prostitutas. Con The Beast vuelve al universo femenino, ahora de forma individual, con el personaje de Gabrielle (que lleva la voz cantante, al contrario que el cuento de James), una mujer del año 2044 que, para borrar sus emociones, ha de volver a tres momentos de sus vidas pasadas para volver a empezar, al modo dickensiano. Con ese magnífico prólogo de Léa Seydoux/Gabrielle rodeada de croma verde con un intenso primer plano (que recuerda al arranque de Cara a Cara, de Bergman, con el rostro de una inquietante Liv Ullman, que nos perforaba). 

Bajo una premisa de ciencia-ficción cotidiana, que resulta más una apariencia que una estética definida, Bonello vuelve a profundizar en el melodrama romántico con tintes de terror y fantástico, saltando de un género a otro de forma natural y nada artificial, tejiendo una forma que coge de aquí y allá, para destrozar cualquier convencionalismo y ponerlo patas arriba, siempre con la intención de envolver al espectador en una historia que pueda parecer enrevesada, pero no es así, porque el cineasta francés se envuelve como pez en el agua en los tres mundos y tiempos que nos retrata. En el primero, estamos en 1910, unos pocos años después del cuento de James, en los albores de la Gran Guerra, el año de la inundación de París, donde los dos no amantes se conocen y se expresan, aunque la citada Gabrielle rechaza a Louis, con una atmósfera de película de Lubitsch y Ophüls, desbordados de elegancia, glamour y exquisitez. El segundo encuentro se produce en 2014, un siglo después, en la ciudad de Los Ángeles, donde Gabrielle trabaja de modelo a tiempo parcial y cuida de casas lujosas, y vuelven a reencontrarse con Louis y ambos se reprimen, con el joven convertido en un acosador peligroso, donde el ambiente ha cambiado con respecto al anterior, porque se nos muestra una ciudad banal, vacía, llena de soledades, donde las tecnologías se han apoderado de las personas y sus falsas y superficiales vidas y relaciones. 

El último capítulo con el año 2044, donde la Inteligencia Artificial mueve el mundo y es capaz de todo, como de borrar las emociones y recuerdos, en ese sentido, la película se hermana con aquella delicia que fue  Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004), de Michel Gondry, donde una mujer accede a borrar todos los recuerdos de la relación sentimental que tuvo con un hombre, que se niega a borrarlos. La cinta no oculta sus referencias, todo lo contrario, las hace evidentes, porque el cine de Bonello no huye de su representación, ni de la propia ni de la apropiada, aunque en su caso es tal la mezcla y la fusión que resulta tarea difícil encontrar las huellas, que las hay, porque el director francés nos invade con géneros tan dispares en su piel pero llenos de similitudes en sus profundidades, así como su forma y sus texturas, desde el 35 mm con el que construye el 1910, al digital que le sirve para retratar nuestro mundo, tan directo, tan agitado, tan acelerado y tan vacío, donde las relaciones y el supuesto amor se ha mercantilizado. El espectacular trabajo de cinematografía de Joseé Deshaies, siete películas con Bonello, amén de Nicolas Klotz, Denis Coté, Monia Chokri e Ira Sachs, entre otros. Unos encuadres y planos que hurgan en la intimidad y la cotidianidad, y escapan del habitual recurso de la decadencia y la hipérbole tecnológica de otras películas, para conseguir una atmósfera tan real que parece que el 2044 es el año que vivimos. 

Una historia que empieza con calidez y cercanía y cada vez se adentra en un espacio más gélido, con ese aire de frialdad y automatización que también describe la actualidad en la estamos. En la misma sintonía trabaja el cadente y pausado montaje de Anita Roth, que hizo el de Zombi Child (2019), y las últimas películas de Robin Campillo, en una película que se erige como todo un desafío tanto físico como psicológico para los espectadores, porque nos descompone en todos los sentidos, tanto en su trama, en su forma, y en su duración, ya que se va a los 145 minutos de metraje, en que Bonello opta por una película igual de larga que Saint Laurent, donde impone el tiempo en una sociedad acelerada, prevaleciendo la mirada y la reflexión del espectador y todo aquello que se cuece en nuestro interior. Como es habitual, he dejado esta parte para hablar de la pareja protagonista, un dúo que resulta especial y muy bien escogido. Por un lado, tenemos a George MacKay, que le hemos visto en películas como Pride, Captain Fantastic, El secreto de Marrowbone, y siendo uno de los soldados de 1917 (2019), de Sam Mendes. Su Louis es también un personaje visto durante tres tiempos, siendo primero un caballero de la alta sociedad parisina seducido por la inteligencia y la sofisticación de Gabrielle a la que no podrá conseguir. Cien años después, convertido en un psicópata misógino muy peligroso, y muy reprimido. Y finalmente, en alguien incapaz de disfrutar y perdido. Una interpretación que exigía un actor con gran capacidad camaleónica y entereza y MacKay lo consigue en su mejor papel hasta la fecha. 

Frente a él, tenemos a la mencionada Léa Seydoux, en su tercer trabajo con Bonello después de las experiencias breves de De la guerre y Saint Laurent, en un personaje/actriz donde la actriz francesa interpreta y se interpreta, en un viaje muy fuerte el que le propone la película, porque ha de ser la actriz y las múltiples representaciones, que forman la trama, que van de la más profunda intimidad a lo más alejado, a recordar y a olvidar, a no saber amar o simplemente, a tener miedo de amar, un mal de nuestro tiempo. Un personaje atrapado en su existencia por su constante huida, por estar y no estar, en la piel de una mujer que huye desesperadamente del amor, que espera ansiosa y tranquila una cosa fuerte que le ha de pasar y desconoce totalmente. Una persona acechada por la bestia que, quizás, la tiene en su interior, y/o no sabe que está ahí, o tal vez, su drama es que siente de verdad y no puede materializar esos sentimientos en la otra persona. Gabrielle no para de saltar en los diferentes tiempos, en un bucle incesante donde el miedo es una constante, el miedo a todo, a recordar, a olvidar, a amar, a no amar, en fin, un reflejo de la actualidad, de eso que llamamos realidad, eso que, en un tiempo no muy lejano, no sabremos descifrar de la realidad que hemos conocido con esas realidades simuladas de la IA. En fin, seguramente, seguiremos tan perdidos, zombies y tan solitarios como Gabrielle. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las cuatro hijas, de Kaouther Ben Hania

LAS QUE NO ESTÁN. 

“El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”.

Bertolt Brecht

Recuerdo uno de los primeros seminarios sobre cine documental al que asistí, impartido por la cineasta Mercedes Álvarez, donde se habló de la importancia de la historia que se quería contar, y los mecanismos para descubrirla y trabajar en ella, y luego, y en esta parte se hizo especial hincapié, la construcción de la forma para contarla, centrándose en el dispositivo, herramienta básica para encontrar la mejor forma de penetrar en el alma de la historia, de sus personajes y cómo se transmitía al espectador. Hasta ahora el cine de Kaouther Ben Hania (Sidi Bouzid, Túnez, 1977), se ha movido entre el documental puro con películas como Les imams von à l’école (2010), Challat of Tunis (2014), Zaineb Hates the Snow (2016), y la ficción con títulos como Beauty and Dogs (2017), y El hombre que vendió su piel (2020), en los que profundiza en temas sobre el sometimiento y la emancipación de la mujer, la sociedad árabe, las clases sociales, con géneros que van desde el drama al thriller, desde un prisma íntimo, sencillo y humanista. 

Con Las cuatro hijas (Les Filles d’Olfa, en el original), vuelve a su tierra a Túnez, y se centra en Olfa, una madre de cuatro hijas: Rahma y Ghofrane, las mayores y ausentes, y Eya y Tayssir, las pequeñas y presentes. El relato nos cuenta su historia, desde su boda con un marido al que no quería, con el que tuvo las cuatro hijas, después, un amor con un hombre que resultó ser un abusador, y finalmente, la desaparición de sus hijas mayores. Toda una vida centrada en tres momentos esenciales en la vida de Olfa. Ben Hania se aleja del documental y ficción convencionales, y va mucho más allá en su propuesta. Su dispositivo es una fusión entre el documento y la ficción, porque la propia protagonista nos cuenta su existencia, y una actriz, que hace de ella, se reserva  para escenificar los momentos más tensos y violentos, y dos actrices hacen presentes a las hermanas que no están. El dispositivo se complementa con un sólo actor que interpreta a los hombres de la película. Una cinta que habla de la triste realidad de muchas mujeres árabes, casadas a la fuerza, abusadas y violentadas por los hombres, y luego, la propaganda de los más radicales que arrastran con sus falsas proclamas de libertad a jóvenes rebeldes. 

La historia se construye en base a la palabra y algunas secuencias ficcionadas, en una cinta ensayo-error, que no se envuelve en el dramatismo ni en la desesperanza, porque la vitalidad y la esperanza de estas mujeres es de admirar, porque Olfa y sus dos hijas, con una actitud envidiable y sobre todo, reflejan una entereza y fortaleza dignas para enfrentarse al dolor y al recuerdo de las ausentes. Estamos ante una película doméstica y extremadamente íntima, porque su casa actúa de escenario para escucharlas y ficcionar todos los momentos relevantes de una vida difícil y oscura, en un país convulso políticamente, y mucho más para las mujeres. Con una cinematografía natural y transparente, nada artificial, que firma Farouk Laâridh, donde priman los primeros planos, los encuadres cerrados y los ambientes densos y recogidos de la casa, con apenas exteriores. Un gran trabajo de montaje que firman Jean-Christophe Hym (que tiene en su haber grandes nombres como Raoul Ruiz, Hou Hsiao-Hsien y Alain Guiraudie), Qutaiba Barhamji, especializado en documental, y la propia directora, en el que no hay ostentación ni virguerías argumentales, sino una limpieza en el corte y de ritmo pausado en el que dejan que los testimonios y las ficciones se vayan mezclando en un trabajo sólido y vital, en sus 107 minutos de metraje. 

Del reparto puedo decir que la gran aportación es la que hace Olfa Hamrouni que explica a cámara su experiencia vital, los abusos y las violaciones a los que fue sometida, y sobre todo, la tragedia de su vida, la de perder a sus dos hijas mayores. Acompañada en este brete por sus dos hijas Eya y Tayssir, en una película que es toda una catarsis, escenificando en este viaje a su memoria y la de sus hijas, a los avatares y oscuridades de la vida, y sobre todo, a todo ese camino de seguir firme en la vida, a pesar de todo, seguir hacia delante en contra de todo y de todos. Les acompañan las actrices Hend Sabri que hace de Olfa, y Nour Karoui y Ichraq Matar son las actrices que dan vida a las ausentes Raham y Ghofrane, respectivamente, y el actor Majd Mastoura que cómo hemos comentado antes, hace de todos los hombres que aparecen. Resultan magníficos todos esos momentos en que la película se detiene a contarnos su propio documento, es decir, el film-ensayo en el que asistimos como testigos privilegiados al proceso de la película, a las conversaciones de cómo afrontar cada plano y secuencia, toda la parte emocional. 

La propia directora hace referencia a Primer plano (Close-Up)(1990), de Abbas Kiarostami, y F. for Fake (1973), de Orson Welles, como fuentes de inspiración a las que añadiría Yo, el Vaquilla (1985), de José Antonio de la Loma, tres ejemplos en los que se juega con el documento y la ficción para elaborar una obra en que la representación adquiere un fascinante trabajo de espejos y reflejos. Si eligen una película como Las cuatro hijas  para ser testigos de un viaje fascinante que les llevará a lo más profundo del alma de sus protagonistas, en un interesante juego de verdad y mentira, de oscuridad y terror, y también, de esperanza y vitalidad, de presente y pasado, y quizás, futuro, de unas mujeres que tuvieron que lidiar con el dolor, la ausencia y el no futuro, en una película excelente en su forma y terrorífica en su contenido, pero que no practica la “porno miseria”, que nos enseñó nuestro querido Luis Ospina, regodeándose en el tremendismo, sino que nos sitúa de frente ante esta mujer Olfa y sus dos hijas, las que son y las que las interpretan, donde la verdad de los hechos queda refleja en el proceso de ficción que la atrapa. Una película que debería servir de ejemplo para muchos que quieren hacer cine y quieren hacerlo bien. No se pierdan esta película, por todo lo que cuenta y sobre todo, como lo cuenta, esencial en el dispositivo cinematográfico. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA