The Guilty, de Gustav Möller

SERVICIO DE EMERGENCIAS, DÍGAME.

Los amantes del cine recordarán a Will Kane, el sheriff del pequeño pueblo de Hadleyville, en Solo ante el peligro, de Fred Zinnemann. Un western magnífico que narraba con firmeza la espera de Gary Cooper ante la inminente llegada en tren del criminal fugado de la cárcel que el mismo envió a prisión. Asistíamos con temor a 80 minutos agobiantes donde Kane esperaba sin remedio el fatal desencuentro, sin que nadie del lugar le ayudase. Algo parecido le sucede a otro representante de la ley, el agente Asger Holm en The Guilty, en el que recibe una llamada al servicio de emergencias y deberá lidiar un caso de secuestro, donde hay implicados una mujer que se hace llamar Iben, y su secuestrador, su ex, Michael. El director Gustav Möller (Gotemburgo, Suecia, 1988) que debuta con esta película, enmarca su película en las cuatro paredes del servicio de emergencias, donde a través del teléfono y las conversaciones veremos todo lo que sucede en off, escuchando atentamente todo lo que acontece al otro lado del aparato. La premisa es sencilla y muy efectiva, por un lado, tenemos a Asger Holm, el agente sancionado por un caso de homicidio imprudente, y degradado por sus superiores, y metido a atender llamadas en una sala fría durante la noche.

Avanzada la noche, recibimos la llamada aterrorizada de Iben, una mujer joven que explica su caso, su secuestro y su terror. Entonces, a partir de ese instante, las llamadas irán a velocidad de crucero de un lado a otro, a comisarias, a patrullas, al hogar familiar de los implicados, que han dejado solos a sus dos hijos menores, y a Rashid, un confidente y colaborador de Asger. La película no tiene un minuto de descanso, va de un lugar a otro sin salir de esa habitación a media luz, donde las voces y los sonidos ambientales se van cruzando entre unos y otros, siguiendo una estudiada tensión psicológica que va in crescendo, guiándonos por caminos trillados y nada claros, donde Asger deberá descifrar las claves que se hallan en el suceso, sin más ayuda que su instinto, su inteligencia y su capacidad para dirimir situaciones de peligro. Möller se ha rodeado de un equipo muy joven y profesional, para contarnos en tiempo real (como ocurría en el western de Zinnemann) la peripecia de Asger, contándonos la película a través de planos detalle del rostro y el cuerpo del policía, mezclándolo con planos más abiertos, siempre sin salir al exterior y casi sin diálogos con los otros compañeros de Asger, centrándose solo en las diferentes conversaciones del teléfono, en que el peligro inminente siempre está al acecho.

Möller construye una cinta de fuerte carga psicológica, con ese estilo depurado e inquietante de Hitchcock, en el que todos los personajes tienen algo que esconder, donde nada es lo que parece, y sobre todo, hay que estar muy atentos a todo lo que escuchamos a través del teléfono, siguiendo la montaña rusa de emociones que sienten los personajes, donde Asger pasa por casi todos los estados emocionales existentes durante los 80 minutos que dura la película, sometido a una presión brutal, y ejecutando sus propias órdenes, dejándose llevar por su instinto policial, e intentando sacar adelante semejante entuerto. La película tiene ese aroma que ya impregnaban otros títulos donde el teléfono se convertía en el foco de atención como Buried, de Rodrigo Cortés, donde un enterrado vivo tenía un móvil como único medio para salir de semejante situación, en Locke, de Steven Knight, un tipo con vida aparentemente feliz era manipulado en su coche a través del móvil. Cintas de gran tensión dramática, que manejan las emociones de los espectadores, llevándolos por ese laberinto emocional en el que todo ocurre fuera de ese espacio, pero tiene su raíz en ese ataúd, en ese coche, o en esa habitación de emergencias.

Quizás, otro de los elementos indispensables para los cimientos de la película sea la  soberbia interpretación de Jakob Cedergren (que ya cosechó muchas menciones con su trabajo en Submarino, de Thomas Vinterberg) creando un agente de policía solitario, de mal carácter y aislado, que construye una grandísima composición de sobriedad y detalles con su voz y sobre todo, en su rostro, que en la película se convierte en ese espejo de emociones en el que se reflejan todas las situaciones con las que tiene que lidiar a lo largo y ancho de esta trama peliaguda, oscura y terrorífica. Möller ha cimentado una película de grandes hechuras, sencilla y contenida en su forma, y muy creativa en su fondo, donde ese off acaba contaminando toda la habitación, y donde acabamos viendo aterrorizados todas esas acciones y personajes que solo escuchamos, que ocurren en off, manteniendo con gran habilidad y soltura esa tensión áspera y brutal que tiene toda la película, condensando con eficacia la transmisión de información de todo lo que va ocurriendo y sobre todo, cómo se nos irá desvelando toda esa información que permanece oculta.

Entrevista a Carlos Vermut

Entrevista a Carlos Vermut, director de la película “Quién te cantará”. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Vermut, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Eva Llorach

Entrevista a Eva Llorach, actriz de “Quién te cantará”, de Carlos Vermut. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eva Llorach, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Carme Elías

Entrevista a Carme Elías, actriz de “Quién te cantará”, de Carlos Vermut. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carme Elías, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Quién te cantará, de Carlos Vermut

LA PIEL DEL OTRO.

“Somos nuestra memoria, somos ese museo quimérico de formas cambiantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

Hay una especie de aroma que impregna el cine de Carlos Vermut (Madrid, 1980) invisible a nuestros ojos y difícil de describir y mucho menos de desvelar, que nos atrapa de manera hipnótica, sumergiéndonos en ese universo de formas y texturas invisibles, de gestos y miradas de otra dimensión, como si pudiéramos reconocernos en algunos elementos, aunque en otras ocasiones, asistimos a una serie de acontecimientos que nos revelan más de nosotros mismos de lo que quisiéramos. Un cine construido desde el alma, desde las entrañas de un creador fascinante y revelador, que consigue transmitirnos el miedo y el dolor de unos personajes heridos y a la deriva, criaturas que siempre están buscando algo o alguien, y en muchos casos, esa búsqueda, física y emocional, arrastrando un pasado doloroso, que les lleva a sumergirse en mundos oscuros, dolorosos y sobre todo, terroríficos, donde las más bajas pasiones del alma se apoderarán de esos entornos y espacios vacíos y carentes de alma. Ya demostró sus buenas dotes de narrador visual con la fantástica y enigmática Diamond Flash (2011) una cinta filmada con escasos medios, pero ataviada de una factura y narrativa visual de extraordinario poderío, en la que nos retrataba a cinco mujeres perdidas y rotas que andaban tras de algo, un conflicto que las relacionaría con un complejo personaje que recibía el nombre del título de la película. Tres años después, y con una producción profesional, nos regalaba Magical Girl, que se alzó con la Concha de Oro de San Sebastián, un gran premio que venía a corroborar el estilo y la profundidad del cine de Vermut, en una historia que nos sumergía a los infiernos particulares de tres personajes que se cruzaban en un oscuro y penetrante cuento de dolor y miedos.

Ahora, cuatro más tarde, conoceremos los destinos de cuatro mujeres en Quién te cantará, cuatro almas heridas, cuatro criaturas que parecen existir en esos mundos complejos y oscuros de los que tanto le gusta acercarse al director madrileño. La cinta dividida en tres partes, arranca con Lila Cassen, una cantante que no canta, lleva diez años sin hacerlo, que se recupera de un accidente, alguien que ha olvidado quién era, alguien que tiene que tiene que volver a recordar quién fue, alguien que ha olvidado sus canciones y sobre todo, su vida. Lila obligada por su manager y casi madre, Blanca, acepta prepararse para volver a cantar con la ayuda de Violeta, donde arranca la segunda parte de la cinta, donde conoceremos la existencia de Violeta, una frustrada cantante que tuvo que dejar de hacer su pasión siendo una adolescente ya que nació su hija Marta, una rebelde y amargada hija, que no entiende que su madre le tenga rencor por abandonar su vocación. Violeta se sacude su amargura vital trabajando las noches en un karaoke donde imita a Lila Cassen. En el tercer segmento, Vermut nos habla del encuentro de Lila y Violeta, donde una, Violeta, ayudará a Lila a volver a ser Lila, a cantar sus canciones y a imitar sus movimientos, envueltas en esa enorme casa con el rumor del mar presente, rodeadas del aroma del peso del pasado, los ausentes y las vidas no vividas.

La película se mueve entre las sombras, entre espíritus que vagan sin rumbo a la espera de saber quiénes son y seguir hacia algún lugar mejor, en una madeja de identidades y vidas pasadas, personajes que viven una existencia extraña, como si otros les hubieran robado el alma y viviera por ellos, que sintiera por ellos y fuera feliz por ellos, unas vidas sin paz, en continuo movimiento haciendo cosas por hacerlas, imbuidas en la desazón y la amargura, recordando un tiempo donde sí que fueron ellas, un tiempo imposible de olvidar, pero lejano en el tiempo, como si el recuerdo que les viene fuera de otro, como impostado, de una vida que recuerdan pero no pueden detallarla. Vermut es un director de atmósferas y espacios, sabe sumergirnos con suavidad en sus universos sin tiempo, en esos enredos argumentales de manera sencilla, en el que se toma su tiempo para construir el conflicto, moviendo a sus personajes en una especie de laberinto emocional y físico hasta llegar a esa catarsis donde todos ellos encontrarán alguna cosa, algo diferente pero no aquello que esperaban o creían encontrarse.

El cineasta madrileño disecciona nuestras emociones como si fuera un cirujano preciso, a través de esas imágenes que siempre encierran un enigma, con esa luz cegadora y anímica (grandioso el trabajo de Edu Grau, que ya había firmado a autores tan diversos como Albert Serra, Rodrigo Cortés o Tom Ford) una luz que recuerda el aroma del cine de Antonioni, donde realidad y sueño o pesadilla se fundían en unos personajes que acaban perdidos en su propia identidad, o la excelente música de Alberto Iglesias, en la que nos embulle hacia ese mundo oscuro y cegador en la que pivota toda la trama de la película, creando ese universo cotidiano pero lleno de fantasmas, de sombras que nos envuelven a la luz del sol. Vermut coloca con maestría a sus personajes en el cuadro, solitarios y a la expectativa, como criaturas a la espera de algo, de alguien, pero atormentadas psicológicamente, sin ningún atisbo de mejoría, sólo esperando a que las circunstancias, aunque en la mayoría de los casos, saben que continuarán así, como siempre, en ese eterna espera, amarga y sin futuro.

Unas secuencias que van de un género a otro, con el cambio de encuadre, en el los géneros se mezclan y fusionan, con una simplicidad maravillosa, con unos diálogos escuetos, brillantes y laberínticos que sacuden nuestra alma y convierten a sus personajes en enigmas a descifrar, donde cada palabra que sale de sus bocas parece destinada a provocarnos más rompecabezas en nosotros mismos. Unos personajes que se mueven como almas sin descanso por unos espacios amplios y llenos de luz, pero que no parecen acogerlos, como si nos lo reconociesen, como si fueran de otro. Los referentes en Vermut son amplios y diversos, empezando por clásicos del estilo de Eva al desnudoa través del espejo, con personajes con identidades falsas reflejados en espejos deformantes, pasando por el cine psicológico de los sesenta, con esos personajes propios de Bergman o Antonioni, perdidos y alejados de la realidad y de su propia realidad, que desconocen de cual se trata, que buscan sin saber que buscan, y viven sin saber qué hacer, incluso el cine de Jess Franco, con esas texturas y colores, y esas mujeres heridas y amnésicas perdidas en la inmensidad, o el cancionero popular español, donde caben lo más clásico, lo moderno, y lo kitsch, pasando por los personajes femeninos atormentados e inadaptados de Sirk, Fassbinder o Almodóvar, en la que es tan importante lo que hacen cómo lo que no, en una profunda disección de esos mundos interiores, almas rotas que buscan amar y qué las amen, aunque sea por última vez.

Otro de sus elementos destacados son sus intérpretes, con una fantástica amnésica y perdida Najwa Nimri (que además compone muchas de las canciones que se escuchan) bien acompañada por la magnífica revelación de Eva Llorach, en las tres películas de Vermut, con un personaje llamado Violeta, como el que hacía en Diamond Flash, que buscaba a su hija desaparecida, aquí, otra madre con problemas con su hija, pero en otro contexto, un alma amargada por aquel tren de la música que dejó pasar, aunque ahora la vida le da otra oportunidad, bien secundadas por una elegante y maravillosa Carme Elías, con el papel de Blanca, como la madrastra del cuento, un ser que necesita las canciones de Lila para mantener su status de vida, y finalmente, Natalia de Molina como Marta, esa hija adolescente no querida de Violeta en esa edad difícil y compleja. Vermut ha logrado una película magnífica, envolvente y brutal, manejando espacios que podríamos relacionar con el drama, el thriller o lo romántico, que agarra al espectador durante sus más de dos horas de metraje, para llevarlo de su mano por ese mundo fascinante y atroz, por esos universos cálidos y terroríficos, por esas vidas rotas y ajadas que siguen respirando sin vivir, que miran sin mirar, y sienten por sentir sin saber qué sienten.

Cold War, de Pawel Pawlikowski

UNA CANCIÓN DE AMOR DESESPERADA.

“El amor es el amor y no se puede hacer nada”.

La primeras imágenes de la película nos remiten al cine documental, en el que su protagonista viaja a bordo de una camioneta por las zonas rurales de una Polonia de posguerra ruinosa y fría. Un viaje en el que se dedican a grabar las canciones populares de los campesinos, en que la cámara filma esa inmediatez y fisicidad de los lugareños, imágenes en las que Pawlikowski impone tantos años de experiencia en el documental. Luego, Wiktor, el protagonista del relato, junto a Irene, realizarán un casting donde buscan voces y bailarines entre los campesinos. En una de esas pruebas, quedará prendado de Zula, una enigmática rubia, de carácter y pasado oscuro. Entre los dos, sin que ellos mismos puedan remediarlo, nacerá una intensa y desesperada historia de amor, entre idas y venidas, que abarcará desde el año 1949 hasta el 1964. Pawel Pawlikowksi (Varsovia, Polonia, 1957) había instalado su filmografía en retratos de personajes de naturalezas y personalidades distintas en que las circunstancias los llevaban a relacionarse con todo lo que implica el choque entre dos mundos antagónicos.

Después de algunos títulos interesantes y dotados de personalidad, irrumpe con fuerza en el panorama internacional con Ida (2013) una película que lo devolvía a su país y a su idioma, en un exquisito y elaborado blanco y negro y el formato de 1: 1’33, nos contaba una sobria y amarga historia, con reminiscencias a Viridiana, de Buñuel, donde una novicia descubría su oscuro pasado familiar en la Polonia de los años sesenta. Cold War se sitúa una década anterior, en los cincuenta, y también adopta la plasticidad minuciosa y elegante del banco y negro y el formato cuadrado, para contarnos una historia dura y bella sobre dos amantes en un amor imposible en tiempos de desolación y grises. Viktor y Zula son la pareja de enamorados basados en los padres del director, a los que dedica la película, y en esos amores que se aman y se separan y vuelven a reunirse a lo largo de 15 años, unas veces por sus caracteres diferentes, otras, por las circunstancias políticas que les condicionan terriblemente, y en algunas, por caprichos del destino.

El cineasta polaco sitúa su trama en esa Europa de posguerra, con los dos bloques del este y oeste bien diferenciados, con esa Polonia militarizada y controladora, pasando por el París bohemio y divertido, aunque también, dificultoso para vivir, el Berlín oeste con su libertad, pero imbuido en el miedo, o la Yugoslavia socialista, donde nadie está a salvo de nadie. La película nos habla de una Europa herida y en reconstrucción, donde no hay lugares realmente buenos para vivir, donde todos tienen algo positivo y también, negativo, algunos más que otros. Las diferentes tonalidades de blanco y negro que opta la película describen con naturalidad y sobriedad las diferentes atmósferas que se respiran en uno y otro país, teniendo más contrastes entre la Polonia de tonos grisáceos con ese París libre y musical, donde parecen que las canciones suenan de otra manera. Pawlikowski nos cuenta los amores de Viktor y Zula mediante la música, rodeados de tantos temas que según sus diferentes estados de ánimo y la situación de su amor, nos lleva a sentir una cosa u otra, como por ejemplo el tema “Dos corazones”, de Mazowsze, que escucharemos un par de versiones del mismo tema, como canción popular interpretada por una campesina en Polonia, para luego más tarde escucharla como jazz en los labios de Zula en París. Desde el folklore  polaco hasta los ritmos modernos como el rock, el jazz y demás.

Una imagen pulcra, oscura o etérea, obra de Lukas Zal (que también hizo la de Ida) con esos encuadres majestuosos, donde como ocurría en Ida, casi todo se reduce al primer tercio de la imagen, dejando vacíos los dos tercios restantes, para evidenciar aún más la soledad y desesperación que sienten los protagonistas, como le ocurría a Anna, la joven novicia. El cineasta polaco condensa tantos años en 89 minutos que nos llevan de un espacio a otro, y a un país a otro, con cuidadísimas elipsis, donde es tant importante lo que vemos como aquello que se nos oculta, pasando por diferentes atmósferas y estados de ánimo, donde tanto Viktor como Zula se sienten continuamente amenazados por circunstancias tan adversas, donde el poder político era inmenso, donde la falta de libertad propia y ajena era el común denominador, en el que nada ni nadie se encontraba a salvo en un mundo con miedo, receloso y ruinoso, tanto físicamente como emocionalmente, donde unos y otros luchaban encarnizadamente por liderar los cambios del nuevo orden político, social, económico y cultural.

Pawlikowski se ha rodeado de buena parte de sus colaboradores habituales, muchos de ellos ya estuvieron en Ida, como el mencionado cinematógrafo, los diseñadores de producción Katarzyna Sobanska y Marcel Slawinski, la productora Ewa Puszczynska, y algunos de sus intérpretes como Joanna Kulig que ya estaba en Ida, y ahora da vida a la desdichada y cambiante Zula, bien acompañada por Tomas Kot como Viktor, y a su lado, Agata Kuleska que hace de Irene, y en Ida interpretó a la malvada y déspota tía de la protagonista, y la presencia del director francés Cédric Khan dando vida a otro cineasta parisino, y Jeanne Balibar en un breve pero interesante rol. Cold War, contundente y revelador título para una película de garra y fuerza, tanto plástica como argumentalmente hablando, en la que encontramos a uno de los cineastas europeos más interesantes del momento, con una gran personalidad como autor, que describe con aplomo y detalle de cirujano esos años oscuros de posguerra donde Polonia y sus ciudadanos debían resurgir de pozos muy oscuros para moverse y respirar en un país ruinoso que imponía un orden estricto y férreo, que dejaba a sus habitantes vacíos y encarcelados en vida.

The Rider, de Chloé Zhao

BUSCANDO TU CAMINO.

“Si este mundo es para los que ganan. ¿Qué queda para los que pierden? Alguien tiene que sujetar los caballos”. (Diálogo de la película Junior Bonner)

Brady Jandreau tiene 20 años y era una prometedora figura de los rodeos montando a caballos salvajes. Aunque, esos días de gloria han pasado a mejor vida. Ahora, Bady tiene que asumir su propia vida, ya que se recupera de un accidente sufrido en uno de los rodeos, que le ha provocado una durísima lesión cerebral que le ha afectado a otras partes de su cuerpo. Brady sólo sueña con seguir montando a sus caballos en los rodeos, pero tendrá que asumir su propia condición y en seguir con su vida a pesar de todo. La segunda película de Chloé Zhao (Pekín, China, 1982) se centra en una experiencia real, la del joven Brady y su entorno, la de esa América profunda que vive alejada del mundanal ruido, entre caballos salvajes, llanuras silenciosas y atardeceres solemnes, en el que todas las vidas están relacionadas con los caballos y los torneos de rodeos, donde los sueños, las esperanzas y los miedos se mezclan en una tradición ancestral que nace en los primeros colones de esas tierras rojizas y duras.

Durante la filmación de su primera película Songs My Brothers Taught me (2015) filmada en la reserva india Pine Ridge, en Dakota del Sur, Zhao conoció a los sioux Oglala Lakota (que se traduciría como los vaqueros indios) que viven y trabajan con caballos salvajes y sueñan con ser figuras del rodeo. Uno de esos chicos es Brady Jandreau y después de conocer los pormenores de su grave accidente y su habilidad para la doma de caballos, la directora enfocó su siguiente trabajo en contar su experiencia y su nueva vida. La directora chica-estadounidense nos habla de loosers (perdedores) pero no lo hace desde un prisma vacuo o superficial, sino desde las entrañas (como bien muestra su crudeza en el arranque cuando Brady, frente a un espejo, nos muestra sus heridas) y también, desde lo poético, filmando a su personaje y su entorno desde la intimidad, desde esos silencios que abruman esa tierra difícil de trabajar y de vivir.

Una película sobre la amistad y el compañerismo, como esos momentos donde Brady y sus colegas recuerdan sus hazañas, esas que no todos podrán vivir alguna vez y otros volverán a sentir (mientras un atardecer rojizo los va oscureciendo) filmando esa luz que los baña oscureciendo unos rostros de sueños rotos y esperanzas en el aire (obra del cinematógrafo Joshua James Richards, que vuelve a colaborar con Zhao) a través de ese tiempo detenido   que es ahora la vida de Brady (con esas visitas a su amigo Lane, que un accidente en el rodeo lo ha dejado en estado vegetativo) cuando los dos jóvenes sueñan con esos tiempos donde la luz brillaba con fuerza y el público los adoraba, ahora ya no hay nada de eso, ahora la vida sigue, pero pro otros caminos, unos caminos que deberán a hacer suyos, y sobre todo, adaptarse a que la vida ya es otra cosa. Zhao nos habla de sinceridad, adoptando un realismo que en ocasiones mata de lo sincero y terrible que llega a ser, donde no ha medias tintas, en un mundo feroz y salvaje, en el que humanos y bestias se relacionan de manera extrema, donde el amor y el odio se funden y confunden creando relaciones de fuerte cariño, pero también, de extrema crueldad, donde los animales son sacrificados si se hieren, pero los humanos siguen viviendo aunque estén heridos y no puedan seguir trabajando para su sueño.

Brady aunque le cueste aceptar su nueva vida y siga pretendiendo volver a los rodeos, a pesar de la negativa de su padre y hermana, una hermana que padece el síndrome de Asperger, pero tiene esos momentos emocionales con ese hermano al que adora, y la ausencia de su madre fallecida (con esa visita a su tumba, momento que recuerda al cine de Ford, donde los tipos duros también añoraban a los ausentes que les llevaban a otros tiempos con más luz). La narrativa de Zhao recoge ese aroma de los grandes títulos del western de perdedores, en el que el cine de Peckinpah estaría a la cabeza, con Junior Bonner, título emblemático ambientado en el mundo del rodeo, donde un tipo errante vuelve a su hogar, pero se encontrará una familia dividida y un tiempo que ya no le pertenece, como le ocurría a Jeff Mc Cloud (que interpretaba Robert Mitchum) que un accidente en el rodeo lo incapacita y vuelve a casa, y tiene que afrontar su nueva vida como entrenador de aspirantes al rodeo, en la estupenda The Lusty Men, de Nicholas Ray, o Unforgiven, de Clint Eastwood, buena parte de su cine, en el que retrata a esos hombres a vueltas de todo, donde su tiempo, cuando todo parecía brillar, se terminó y ahora tienen que afrontar el reto de vivir sin más, con otras ilusiones y sueños.

Zhao ha construido una película sencilla y honesta, donde a través de un documento anclado a la realidad, más propio del cine documental, ha creado un relato grandioso sobre los vaqueros actuales, su modo de vida y que se cuece en sus entrañas, que sigue la estela de los grandes western crepusculares, donde veíamos las aristas y sueños rotos de tantos aspirantes a la gloria que por algún motivo, quedaron en el camino, y ahora deben volver a levantarse y encontrar su camino y lugar en el mundo, esos tipos invisibles, sobre todo aquello que quedó truncado, roto en sí mismos, en un fidelísimo y sobrio film sobre esa América que nunca sale en los informativos, a no ser que sea por algún caso violento o cosas parecidas, esa América que vive en el campo, trabajando sus sueños a golpe de rabia y miseria, donde nunca hay tiempo de revolverse, porque la esperanza y los sueños se sujetan por hilos muy finos y frágiles, donde cualquier brizna de viento y mala suerte, puede acabar con ellos de un plumazo.