En realidad, nunca estuviste aquí, de Lynne Ramsay

A MARTILLAZO LIMPIO.

Estamos en New York City, en uno de esos veranos sofocantes, en el que la grasa parece impregnarse en los cuerpos, en el que las noches parecen no tener fin y las calles huelen a podrido. En uno de esos lugares, uno cualquiera, qué más da, encontramos a Joe, de infancia tenebrosa, y veterano de la guerra de Irak, experiencias que les han dejado traumatizado y con tendencias suicidas. Joe vive con su madre anciana y se gana la vida recuperando personas para gente de las altas esferas. En una de esas, se ve involucrado en una trama pedófila que, mira tú por dónde, no será un trabajito más, sino que le despertará su instinto vengativo y tomará cartas en el asunto. El cuarto trabajo de Lynne Ramsay (Glasgow, Reino Unido, 1969) basado en la novela de Jonathan Ames, se mueve en torno a sus anteriores películas, en las que una muerte inesperada enfrentaba a sus protagonistas con sus miedos y traumas, como en su debut, que cosechó un gran éxito en Cannes, Ratcatcher (1999) cuando un adolescente mataba a su vecino accidentalmente, en Morvern callar (2002) Samantha Morton huía a Ibiza después de encontrar a su novio muerto por suicidio, y en Tenemos que hablar de Kevin (2011) una madre entraba en conflicto por el asesinato cometido por su hijo.

Una filmografía repleta de relatos sombríos y atormentados, donde sus personajes entran en terrenos fangosos y oscuros, en los que deberán mirarse hacia su interior y arrastrar el peso de la culpa y sus traumas consabidos. Su nueva criatura Joe es un tipo de melena grasienta, uñas largas, y bastantes kilos de más, de conducta solitaria y silenciosa, y se mueve por espacios terroríficos, tanto físicos como mentales, como evidencian esas secuencias donde realidad y tormentos se mezclan, creando ese terreno neutral, donde el personaje confunde su vida y la de los otros, dentro de esos mundos aparentemente correctos y saludables. Joe realiza ese trabajo sucio, ese que necesita discreción y sin testigos, para que todo, al fin y al cabo, siga manteniendo ese orden limpio y ordenado. Podemos encontrar similitudes con el Travis Bickle de Taxi driver, de Scorsese, haberlas las hay, aunque la justicia impartida, tanto por uno o por otro, difieren en muchos aspectos, quizás lo más evidente es la tendencia de esa atmósfera lúgubre y nocturna que acompañan las existencias atormentadas de ambos personajes.

Ramsay logra construir una película sofocante, dramática, y herida, donde vemos a un personaje que se mueve como alma en pena en un universo catastrófico moralmente hablando, en el que impera un reino de violencia cruel y sanguinaria, donde la miseria se desplaza en una sociedad completamente deshumanizada, donde se trafica con seres humanos y se viola a niñas sin el mayor de los escrúpulos, quizás la figura de Joe es ese espejo justiciero, a golpe de martillo,  completamente devastado, como no podría ser de otra forma, que ejerce una justicia de ojo por ojo en una comunidad terrible que sólo se deja llevar por el placer, la frustración y la bazofia. La inquietante atmósfera, que se mueve entre las sombras y el impresionismo, tanto de de sus imágenes duras y terroríficas (obras del cinematógrafo Thomas Towned) adquiere un carácter abrumador, convirtiendo la película en un viaje hacia las profundidades del infierno más devastador y sucio, donde no hay escapatoria, donde todo se mueve por inercia, en paisajes sin vida, donde las almas se reconocen por su intrínseca maldad, donde la luz, si es que la hubo en algún instante, se ha convertido en tiniebla, en el que la esperanza es salvaje y da poco espacio para la paz y tranquilidad.

La música obra de Johnny Greenwood (guitarrista de Radiohead, y colaborador habitual del cine de Paul Thomas Anderson), se suma, con esos aires barrocos y distorsionados, a construir ese no mundo de decadencia por el que se mueve la película, una música que se mezcla con ese sonio omnipresente y pasado de vueltas que, ayuda a sumergirnos en ese paisaje de terror, donde no hay salida y tampoco formas de salir. Ramsay no ha podido escoger mejor a Joaquín Phoenix para encarnar la figura de este tipo destruido, envuelto en oscuridad y rabia que, se mueve bajo su capa de derrota y locura, manteniéndose en pie a duras penas, a base de frustración, pastillas y deseo de venganza, en un gran transformación, tanto física como emocional que, convierte a Phoenix, por si todavía alguno albergaba alguna duda, en uno de los intérpretes más completos y abrumadores de su edad, porque logra transmitir esa dureza y abatimiento que persigue sin tregua a su personaje, ese alma destructora y arrebatada de vida, de pasado violento y presente sangrante, en una existencia en el que ayudar a la pequeña Nina quizás no lo salve a él, pero si hará que su realidad, o lo que queda de ella, se menos terrible.

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La gran enfermedad del amor, de Michael Showalter

KUMAIL Y EMILY SE CONOCEN Y… ¿ENAMORAN?

Se ha escrito y se escribirá muchísimo sobre el hecho de enamorarnos. Ideas, reflexiones y análisis existen infinidad, tantos como enamorados o no ha habido a lo largo de la historia de la humanidad. Pero que significa “estar enamorado”, lo único que sabemos o no, se basan en nuestras experiencias más íntimas, esa cosa que bulle en nuestro interior cuando nos acercamos o hablamos con esa persona que, de repente un día, penetra en nuestros pensamientos para quedarse, nunca conoceremos qué extraño mecanismo hace que eso suceda, quizás tiene que ver y mucho sobre nuestra emocionalidad o no, lo que sí sabemos con certeza que, cuando se introduce en nuestro interior ese extraño sentimiento que no podemos explicar, pasamos por toda una serie de conflictos internos, algunos placenteros y otros, no. La película dirigida por Michalel Showalter (Princeton, Nueva York, 1970) comediante, actor y director fogueado en televisión, alcanzó cierta notoriedad con la película Hello, My name is doris (2015), donde una Sally Field sesentera reflexionaba sobre lo laboral e intentaba ligar con su compañero joven, y la serie Love, donde coincidió con Judd Apatow, otro neoyorquino que ha dirigido algunas comedias renovadoras del género apostando por un humor irreverente, crítico y audaz como Lío embarazoso o Y de repente tú, entre otras.

En La gran enfermedad del amor anudan sus esfuerzos para hablarnos del amor o algo que se le parece, y lo hace de un modo realista, auténtico, vital o podríamos decir, muy parecido a lo que nos podría ocurrir en algún momento de nuestras vidas, porque su pareja de guionistas Kumail Nanjiani y Emily V. Gordon trasladan sus vivencias a la gran pantalla, nos explican cómo se conocieron y se enamoraron o no. La trama se sitúa en Chicago, donde nuestro protagonista Kumail, de origen pakistaní, se gana la vida como conductor, pero su gran sueño es ser monologuista, sueño que trabaja algunas noches en un club de la ciudad. Una de esas noches, conoce a Emily, una estudiante de psicología, se acuestan y aunque ninguno de los dos lo desea aparentemente, comienzan a salir. Mientras tanto, la familia de Kumail, y su madre en cuestión, de fuertes raíces musulmanas, intenta sin conseguirlo presentarle jóvenes pakistaníes para que Kumail elija esposa y se case. Aunque como suele pasar en estos casos, cuando las diferentes étnicas y culturales son tan grandes, la pareja entra en crisis y las cosas comienzan a ir de mal en peor.

La trama es sencilla y honesta, y reflexiona y mucho sobre la naturaleza del amor, sobre quiénes somos y a qué estaríamos dispuestos a hacer para ayudar a la persona que amamos. Preguntas que tarde o temprano surgen en cualquier relación que tengamos, cuestiones que quizás no nos hemos preguntado nunca, y que las circunstancias, de una manera u otra, nos llevarán a formularnos, quizás la película si bien consigue un ritmo excelente, lleno de situaciones tanto divertidas en el primer tramo, y luego se convierte en un drama realista y emocionante, cuando Emily contrae una grave enfermedad, en el último tramo la película se endulza, no mucho y nos acaba llevando por terrenos más transitados por las comedias románticas que tanto conocemos. Aunque Showalter consigue hacer una película que combina con holgura la comedia y el drama, y en algunos instantes roza la gran comedia clásica, y en otros, se adentra en un drama, donde Kumail se convierte en el intruso incómodo que no solamente tendrá que lidiar con sus sentimiento hacia Emily, sino que circunstancias de la vida, tendrá que relacionarse con los padres de la joven que se supone que ama, y con los suyos, que se empecinan en hacer de su vida algo que él no desea.

Un gran trabajo de la pareja protagonista, por una parte a Kumail Manjiani, surgido de la serie cómica Silicon Valley, que se interpreta a sí mismo, y Zoe Kazan, que compone una Emily divertida y de carácter que, no sólo deberá pasar por una dolencia grave, sino que medirá su amor por Kumail. Les acompañan los padres de ella, Terry, y Beth, que la interpreta la gran Holly Hunter, aquí, en una madre algo arisca e irascible. Una comedia valiente, realista y divertida que, ahonda no sólo en esos sentimientos contradictorios que nos contaminan cuando nos enamoramos o no, sino que también reflexiona sobre las relaciones humanas, nuestras diferencias, y todo aquello que somos, y que a veces nos separa y otras, nos une, aunque nunca lleguemos a saber nuestra naturaleza humana, y sobre todo, nuestra fragilidad emocional, y de esa manera, conocernos profundamente, hasta que nos enfrentemos a esos sentimientos que llamamos amor.

¡Lumière! Comienza la aventura, de Thierry Frémaux.

EL CINEMATÓGRAFO VE LA LUZ.

“Hubo un tiempo en que el cine surgió de los árboles, estalló desde el mar, cuando el hombre con la cámara mágica se paraba en las plazas, los cafés, cuando las pantallas abrían una ventana al infinito. Esa era la época de Louis Lumière”.

Henri Langlois

“Louis Lumière era heredero de Flaubert, a través de los Impresionistas, pero también de Stendhal, cuyo espejo siempre siguió llevando al borde del camino”.

Jean-Luc Godard

El 19 de marzo de 1895, los hermanos Louis (1864-1948) y Auguste Lumière (1862-1954) filmaron La salida de la fábrica, aunque la volvieron a filmar en dos ocasiones más, descubriendo desde el primer instante las inmensas posibilidades de su invento y su capacidad artística. La película, de apenas 17 metros y 35 mm de anchura y 50 segundos de duración, se convirtió en la primera filmación de la historia. A partir de ese instante, el mundo dejará de ser desconocido porque la cámara de los Lumière lo mostrará a los demás. “Mostrar el mundo al mundo”, en palabras del cineasta Bertrand Tavernier (cofundador del Insituto Lumipere). La imagen en movimiento había sido inventada. El cinematógrafo había visto la luz. El día D, el día elegido para que el público viese aquella maravilla fue el 28 de diciembre del mismo año. Aquellos señores todavía no sabían el alcance de su invento, porque más de un siglo después, 122 años para ser exactos, aquel invento que filmaba y recogía escenas cotidianas en su mayoría, se convertiría en la industria cultural más importante del siglo XX.

Para conmemorar esa efeméride, el Instituto Lumière, creado en 1982, y de la mano de su director, Thierry Frémaux (que es a su vez director del Festival de Cannes, el más prestigioso del mundo) y un equipo de colaboradores, han seleccionado 114 películas de las 1422 que componen el inmenso catálogo de los Lumière que abarca un lustro (1895-1905). Frémaux y su equipo han restaurado todas las imágenes, algunas desconocidas o poco vistas, convirtiéndolas en unas imágenes nítidas y excelentes que parecen recién filmadas, manteniendo su blanco y negro. La película se estructura a través de 11 capítulos, en las que recorremos los momentos más significativos del universo de los Lumière, abriéndose con las primeras películas, la comentada salida, la llegada del tren a la estación de Ciorlat, lugar de descanso de la familia Lumière, un desayuno con el propio Lumière, y no sólo filmaciones documentales, sino también, alguna que otra obra de ficción, como El regador regado, que como nos mostrará la película, tendrá diversas versiones, ya que las películas, a parte de su amterial delicado, se estropeaban de tantas ocasiones que se proyectaban.

Luego pasamos a ver Lyon, ciudad donde vivían los Lumière, después la infancia, el trabajo, el ocio de los franceses, o el París de 1900, con el espíritu de Proust, y más tarde, con el apoyo de varios cinematógrafos enviados por el mundo, como Alexandre Promio, Gabriel Veyre, Francesco Felicetti, Constant Girel, Félix Mesguich y Charles Moisson, en su afán de mostrar el mundo a todos, donde desubrimos el Londres con el Big Ben, el Nueva York de primeros de siglo, donde la industrialización avanzaba a pasos agigantados, la Barcelona modernista o popular, la Venecia en gondola, el Japón de las tradiciones milenarias, el mundo de los faraones y sus desiertos, y el África negra… Todos maravillados por las filmaciones, en las que también actúan frente a ellas para captar su atención. También, los cambios del nuevo siglo, su industrialización, su modernidad, y los nuevos inventos mostrados en las exposiciones unviersales que recorrían el mundo, las vanguardias, hasta llegar a su capítulo final, un epílogo, que agradece a los Lumière su cine, su mirada y su valioso e incalculabe legado artístico y documental, un oficio maravilloso y genial de unos inventores que captaron, de manera ingeniosa y artística, un invento que documentaba el mundo que se movía delante de ellos, de manera sencilla, inteligente.

El legado cinematográfico de los Lumipere queda patente en estas imágenes donde podemos apreciar la capacidad creadora de estos cineastas pioneros con los innumerables inventos y elementos cinematográficos  que todavía perviven en la construcción de las películas, como los encuadres, en los que se desarrollan varias situaciones, captando la línea del horizonte (como le mencionó el cineasta John ford a un imberbe Spielberg) en su ingenio para captar varias situaciones colocando la cámara en el ángulo preciso, creando secuencias sociales, divertidas, incluso misteriosas y poéticas, los seguimientos, ahora llamados travelling y en aquella época Panorama, desde plantar la cámara en un barco u otro tipo de vehículo, incluso en un globo aerostático, creando formas vanguardistas y surrealistas, la continuidad en la acción que filman, la ficción, la acutación, el color, el gag, efectos especiales, la acción hacia atrás, y demás elementos.

Pequeñas películas que no sólo documentan la vida cotidiana, y nos devuelven a un tiempo borrado, inexistente, películas de un gran tesoro para la humanidad, que vistas ahora contribuyen un valiosísimo legado histórico, social y sultura, de una época de entre tiempo, de innumerables cambios tecnológicos, industriales, económicos y sociales, unas filmaciones que en la actualidad documentan la vida cotidiana de aquellas personas del XIX que dejaban un siglo oscuro y conservador para adentrarse en el XX, el siglo de la modernidad, de la industrialización y la velocidad, películas, narradas por Frémaux (a través de su propia historia interna, su análisis cinematográfico, su divulgación pedagógica y maravillándose por todas las filmaciones captando la vida, la sencillez y la humanidad a borbotones que desprenden unas imágenes con más de un siglo de historia, pero que siguen emocionándonos como aquellos espectadores sorprendidos que vieron el cinematógrafo por primera vez en sus vidas, un invento que se convertiría en una parte elemental en las vidas de todos aquellos que venimos después.

 

Reparar a los vivos, de Katell Quillévéré

EL LATIR DEL CORAZÓN.

 “Para que una película este lograda y viva, debe contener heterogeneidad”.

Pier Paolo Pasolini

Cuando se publicó en Francia en enero del 2014, la novela Reparar a los vivos, de Maylis de Kerangal, se convirtió en un enorme éxito de crítica y público, convirtiéndose en uno de los libros fenómenos desde entonces. Pronto le surgieron cineastas que quisieron llevar esta historia intimista y humana sobre la vida, la muerte, y la donación y transplante de órganos. El gato al agua se lo llevó Katell Quillévéré (Abiyán, Costa de Marfil, 1980) una directora que ya contaba con dos largos, uno de ellos rodado en el 2010 Un pison violent, y el otro, tres años después, Suzanne, dos dramas centrados en la resilencia y en la vida de dos mundos femeninos que tienen que afrontar la pérdida y el dolor. En su tercer largometraje, vuelve a hacer hincapié en estos temas, por un lado, tenemos a Simón, un quinceañero amante del surf, enamorado que sufre un accidente que pierde la vida, y por el otro lado, a Claire, una mujer madura que está esperando un corazón ya que el suyo ya no aguanta más. La vida y la muerte se mezclan en este retrato actual y universal sobre el significado de nuestras vidas, sobre o que somos y el vínculo social que nos une a todos los seres de este planeta.

Quillévéré construye una película muy orgánica, transparente y muy viva, centrada en 24 horas, y contada en tiempo real, a excepción de un único flashback, una sola jornada que definirá para siempre la vida de las personas implicadas, unos padres rotos por la pérdida de su hija tendrán que decidir donar su corazón para que otra vida, desconocida y ausente de sus vidas, pueda seguir viviendo con un corazón vivo, y al otro lado del espejo, tenemos a una señora, madre de dos hijos jóvenes, que se reencuentra con la que fue su amante en un difícil momento de su vida, cuando se plantea si merece seguir viviendo ahora que se le ha brindado una oportunidad de vivir, un nuevo camino a su vida, un nuevo reto, un empujón vital para seguir caminando. La directora francesa construye un viaje enigmático y lleno de sensaciones, pura magia, donde no es el tiempo el que cuenta, sino nuestras emociones, en una trayectoria sin tiempo ni lugar, sólo llevado por los sentimientos y nuestras pulsiones del momento, en espacios donde la vida y la muerte conviven con naturalidad, sin molestarse, adaptándose y fundiéndose en uno, porque la tristeza de unos se convierte en la alegría de otros, en un gesto de solidaridad entre todos los habitantes que vivimos en armonía vital.

La realizadora, marfileña de nacimiento, cimenta su película a través de las miradas y los gestos de sus criaturas, en una “chanson de geste”, como la define ella, encerrándonos en las paredes de un hospital, con el sonido de las máquinas, asistiendo a las operaciones milimétricas de los cirujanos,  las duras conversaciones de los facultativos hablando con familiares rotos por la tristeza (como ocurría en el prólogo de Todo sobre mi madre, de Almódovar, cuando unos doctores asistían a unos cursos con psicólogos para instruirse en la manera de dar informaciones duras a los familiares) a pisos frente al hospital para esperar lo que puede cambiar la vida, o a trayectos en bicicletas o motos bordeando la ciudad y sintiéndose que la vida se escapa a cada segundo, incluso, agarrándose a una bici para superar una cuesta empinada y encontrarse con el amor, o bordear las olas con el ímpetu de la juventud, de ese instante de la vida que tenemos todo por hacer o eso creemos, en una sucesión de circunstancias vitales en las que se encuentran inmersos emocionalmente los personajes que navegan de lo íntimo a lo general y viceversa.

Momentos cotidianos, bellos y luminosos, emocionantes y líricos, casi metafísicos, algunos de ellos vacíos de silencio y de palabras, sólo sensoriales y vitales, donde la vida y la muerte se funden creando uno sólo, un instante que nos une a todos, ayudados por un elenco de altura con grandes nombres como Tahar Rahim, Emmanuelle Seigner o Anne Dorval, que dan vida a unos personajes que viven al límite de sus emociones y existencias, enfrentados a la pérdida, al dolor y a tener que decidir porque no hay tiempo que perder porque cada segundo cuenta para salvar vidas, y la compañía de la dulce melodía de Alexandre Desplat (colaborador entre otros de Polanski, Audiard, Malick o Fincher) que nos envuelve en ese mundo onírico, en el maremagum de emociones donde transita la película elegantemente captadas y filmadas por la la directora a través de un grupo de existencias en una historia contada en dos partes, en dos tiempos, en dos circunstancias vitales, opuestas pero complementarias a la vez, que acaban fluctuando en una misma, haciendo que ese corazón, órgano complejo y vital para nuestras vidas, no deje de latir, y siga regalando vida, independientemente del cuerpo donde se encuentre, porque este dellate, al fin y al cabo, es lo de menos.

 

Frágil equilibrio, de Guillermo García López

fragilequilibrio_cartel_caramel_goya_af_7207EL MUNDO AQUÍ Y AHORA.

“Las películas explotan el amor para transformarlo en un negocio. Pero el amor es la evidencia más grande que hay de las cosas vivas. Arriba del planeta. Desde el punto de vista humano, el amor y el odio son primos hermanos. Pero la gran diferencia es que el amor es creador. Empuja por la multiplicación. Y el odio, es francamente destructor, y termina destruyendo al porpio agente que lo practica. Es pariente del egoísmo. Y el amor es pareiente de la solidaridad. Que nos igual a altruismo. Altruismo es doy porque doy. Solidaridad es hoy por ti, mañana por mi. Implica alguna forma de interés que no significa que me retribuya directamente y en lo inmeidato. Pero significa una actitud, que si practico solidaridad es posible que otros la practiques en otras circunstancias conmigo. El ser humano es poseedor de todas esas cosas. Todo está tendido en el banquete de la vida. El problema es qué elegimos”

José Múgica

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 Una de las cosas que más llama la atención de esta película es que nos habla a nosotros directamente, articulando un discurso que interpela directamente a los espectadores, pero no lo hace desde un discurso catastrofista y desmoralizante con la situación del mundo, como suelen hacerlo este tipo de películas, con el fin de invadir las emociones del público, sino que lo construye a través de todo lo contrario, sobre un discurso honesto y directo, interpelando a nuestra responsabilidad, dirigiéndose a nuestros actos más cotidianos, más ordinarios, los que hacemos diariamente. Y lo hace a través de una de las figuras políticas más representativas de los últimos años, José Múgica, el presidente de Uruguay en el momento en que tuvo lugar la entrevista, allá por el 2014, y su discurso, lleno de humanismo, de amor y libertad individual responsable, hacía uno mismo, y hacia todos los seres que compartimos este planeta. Múgica, con su voz serena y enriquecedora, actúa como narrador en este viaje que nos lleva hasta lugares extremos del planeta, donde se producen situaciones en las que el ser humano se enfrenta a sí mismo y a todo aquello que lo rodea.

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El director Guillermo García López (Madrid, 1985) con experiencia en publicidad y en departamentos de dirección en películas de Pablo Berger o Julien Leclercq, entre otros, se ha liado la manta a la cabeza en su primera película, viajando por todo el mundo y filmando diversas situaciones extremas de vida de seres humanos y sus conflcitos, colocando el foco en los contrastes del mundo, desde los habitantes del llamado tercer mundo, que nunca tuvieron nada, pasando por aquellos del primer mundo, que tuvieron y las circunstancias los han llevado a perderlo todo y empezar de nuevo, y finalmente, a aquellos que viven teniéndolo todo y aún así tampoco se sienten satisfechos. El primer punto lo ha localizado en el Monte Gurugú, en Marruecos, a 10 kilometros de la valle fronteriza con Europa, un lugar donde se acinan cientos de africanos en condiciones de miseria. García López los filma desde la proximidad, escuchamos su cotidianidad que consiste en alimentarse como pueden, protegerse del intenso frío de las noches, no enfermarse, y prepararse para asaltar la valle de noche y conseguir su ansiado objetivo de entrar en Europa. El segundo lugar es España, y nos muestra a varias familias que han sufrido la crisis en primera persona, personas que han perdido sus trabajos, sus casas, sus ahorros, su vida, y cómo se agrupan y luchan para volver a la vida y sentirse personas. Por último, la película nos lleva al otro extremo de lo que hemos presenciado, a la megalópolis de Tokyo, donde conocemos las vidas de dos ejecutivos de grandes corporaciones que viven en la opulencia, adictos al trabajo y al consumismo más exacerbado, asfixiados por un trabajo y una vida que no les llena, y les produce un vacío infinito.

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García López muestra los extremos del mundo, ha escogido algunos, hay muchos más, aunque la cinta se centra y explora estos, y lo hace desde la cotidianidad, no lanzado discursos aleccionadores, posándose en la guía que proporciona el discurso de Múgica, que profundiza más en la idiosincracia humana, y en todo aquello que tenemos, que nos hace ser como somos, únicos como especie, con nuestras cosas bellas, y nuestras cosas oscuras, no realiza un discurso simplista ni maniqueista, ni mucho menos, explica las cosas como son, explorando todo lo que tenemos a nivel de recursos y medios, y todo aquello que no somos capaces de vivir como especie, la sinrazón de un sistema económico que exclaviza y nos hace más infelices cada día, en el que cambiamos lo más preciado que tenemos, la vida y nuestro tiempo, por un trabajo que no nos llena, y bienes materiales que sólo nos ilusionan, porque en el fondo, tampoco nos hacen felices. Una obra que diagnostica el estado de las cosas, que nos habla del mundo aquí y ahora, y nos invita a reflexionar sobre las situación que entre todos hemos generado, y las causas que nos han lelvado a este punto, y sobre todo, investiga en las herramientas que tenemos para revertir esto y cambiar el rumbo hacia un crecimiento más humano y sostenible con el planeta.


<p><a href=”https://vimeo.com/188185155″>Fr&aacute;gil Equilibrio – Trailer (Castellano)</a> from <a href=”https://vimeo.com/sintagmafilms”>SINTAGMA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Las inocentes, de Anne Fontaine

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“La fe son veinticuatro horas de dudas y un minuto de esperanza”

La película se abre de forma brutal y dolorosa a la vez, en la que vemos a una joven novicia atravesar casi sin aliento un bosque nevado para llegar a un pueblo, donde un niño de la calle la llevará hasta el dispensario de la Cruz Roja francesa que atiende a los soldados franceses para repatriarlos a casa. Allí, explica a una joven médico que una novicia está de parto. Después de dudar en ir o no, Mathilde, la joven médido acude a su ayuda. En ese instante, conoceremos la historia a través de los ojos de Mathilde, la joven médico que asistirá a la monja en el parto. Un relato que nos trasladará a un convento de monjas benedictinas cerca de Varsovia (Polonia) en diciembre de 1945. Un lugar aislado y completamente cerrado al exterior, que esconde tras sus paredes un terrible secreto que descubriremos a través de la mirada de Mathilde y su relación con las monjas y la fe que éstas procesan.

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La directora Anne Fontaine (1959, Luxemburgo) que tras un período dedicada a la interpretación, saltó a la dirección en 1992 con Les histoires d’amour finissent mal, a la que siguieron obras destacadas como Limpieza en seco (1997) en la que un matrimonio aburrido cambia su vida después de conocer a un travesti, Nathalie X (2003) en la que una esposa engañada contrata a una prostituta para vengarse de su marido, con un reparto de órdago: Gerard Depardieu, Fanny Ardant y Emmanuel Béart. En Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel (2009) en la que Audrey Tautou interpretaba los inicios de la diseñadora, en Dos madres perfectas (2013) se centraba en dos amigas que se enamoraban del hijo de la otra, y en Primavera en Normandía, del año pasado, se centraba en un señor (magnífico Fabrice Luchini) enamorado de la literatura de Flaubert y Madame Bovary que encontraba su materialización en su joven vecina inglesa. Ahora, Fontaine, basándose en las experiencias reales de la médico Madeleine Pauliac y su experiencia en un convento cuando atendió a monjas embarazadas por soldados soviéticos, nos descubre un secreto atroz que ocultan las monjas, planteándonos un relato sobre las dudas sobre la fe y la maternidad, en la que sigue interesándose por los temas que estructuran su filmografía, como los agentes externos irrumpen en la tranquilidad y la paz “aparentes” de una casa o lugar aislado,  y terminan provocando una catarsis.

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La mirada de Fontaine, serena y pausada, se centra en las emociones de la propia Mathilde y de las monjas, y cómo aquello que se oculta saldrá a la luz y todo el proceso doloroso en el que se ven inmersas. A través de la sobriedad y la desnudez de la imagen, obra de la cinematografa Caroline Champetier (tercera colaboración con Fontaine, además de haber trabajado con nombres tan ilustres como Lanzmann, Carax o Von Trotta, y Beauvois en De dioses y hombres, del 2010, que también planteaba una historia con similitudes con Las inocentes, en las que unos monjes en el norte de Argelia se mantenían firmes a sus feligreses a pesar de la amenaza de la guerra) Fontaine narra un relato durísimo y asfixiante, aunque la directora francesa huye de convencionalismos y envoltorios emocionales, nada de eso, su propuesta viaje por otros caminos, centrándose sobre todo en la relación que establecen Mathilde y Sor María, y los conflictos internos de cada una de ellas y las demás, que arrecian en la película, y la oposición de la Madre abadesa que, a toda costa, intenta ocultar y mantener el secreto de la vergüenza, que nadie tenga conocimiento del terror que sufrieron las monjas.

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Fontaine construye un relato casi sin música, en el que prevalecen las dudas de sus personajes, con la joven Mathilde que ayuda al médico jefe, con el que mantiene una relación sin compromiso, en su viaje iniciático en el que entenderá el sufrimiento y lel dolor de las monjas después de todo lo que les ha ocurrido, y la actitud de las monjas, tanto de la abadesa, que trata de ocultar una verdad que se niega a asumir, Sor María y las complejas emociones que la atraviesan, y las demás monjas, cada una con sus diversas posturas de afrontar la violación, el embarazo y los hijos que tendrán. Una película austera en su forma, pero complejísima en su contenido, que nos desvela uno de los casos más atroces que vivieron y viven muchas mujeres en zonas de conflicto, perpetrados por los que presumiblemente viene a liberarlas, unos soldados que se convierten en sus verdugos (las mismas características de denuncia sobre la memoria histórica bullían en Katyn, de Andrzej Wajda, en la que nos explicaba una atroz matanza de intelectuales polacos por parte del ejército soviético). Fontaine vuelve a demostrar su maestría en la composición de personajes, y en el detalle de sus emociones, siempre complejas y difíciles, en una atmósfera contundente de miradas y gestos, capturando no sólo las angustias ocultas de cada uno de sus criaturas, a las que nunca juzga, sólo comprende y filma, sino la vida cotidiana del convento, con sus lecturas, paseos, costuras y cantos, acercándose a otros relatos como la sobriedad y la sublime narración de Los ángeles del pecado, de Bresson, o el acercamiento formal de Alain Cavalier en Thérèse.

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Un gran plantel de intérpretes entre las que destaca Lou De LaÀge como Mathilde, que compone un personaje idealista, aparentemente inocente que hará frente a su valentía, y las actrices polacas Agata Buzek y Agata Kulesza (vista en Ida) y la presencia de Vincent Macaigne como Samuel, ayudan a enfrentarnos a una historia sin concesiones, pero tremendamente humana y sencilla. Una retrato femenino emocionante y desnudo, oscuro y penetrante, (muchos integrantes del equipo artístico y técnico son mujeres)  que se acerca de forma humanista y valiente a un caso bárbaro, unas mujeres que han sufrido violaciones y brutalidad, pero en el que destacan la humildad y la entereza de unas mujeres que intentan sobrevivir después de todo, con sus conflictos internos, sus dudas sobre su fe en Dios, pero sabiendo que no se encuentran solas, que tienen a una compañera al lado, que las escuchará y sobre todo, les hará sentir integrada como una más, a través del dolor que todas han sentido, y la alegría de aceptar que serán madres y tendrán que mirar y cuidar a sus hijos, sin reproches ni quejas.

El profesor de violín, de Sérgio Machado

epdv_cartel_online_af_8794ESPERANZA EN LA MISERIA.

La cinematografía brasileña nos llega a nuestras pantallas de forma limitada e inconstante, parece que el verano es la estación elegida por los distribuidores para acercarnos este cine. Tenemos varios ejemplos como Estación Central de Brasil, Ciudad de Dios, Carandiru, Tropa de élite, y los más recientes El lobo detrás de la puerta o Una segunda mujer, entre otros, cine de indiscutible calidad y un fuerte compromiso con su realidad social, económica y cultural de un vasto país sacudido por los cambios políticos de la última década. Siguiendo esta misma estela, nos llega la última película de Sérgio Machado (1968, Salvador de Bahía, Brasil) cineasta curtido en obras como la citada Estación Central de Brasil, en la que hacía labores de ayudante de dirección, o en Madame Satá, en la que aparecía como coguionista. El cine de Machado se instala en lo social, penetrando en esos mundos invisibles y alejados para la inmensa mayoría, en los que se mueven seres desahuciados y a la deriva que sueñan con salir de las situaciones miserables en las que se encuentran, dotados de una humanidad sincera y honesta.

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Ahora, se ha centrado en la historia real del maestro brasileño Silvio Baccarelli, que inspira a su vez la obra “Arcade Brasil”, de Antonio Ermírio de Moraes, centrándose en el drama de Laerte, un violinista de gran talento que se encuentra en plena crisis emocional, es incapaz de extraer una nota de su instrumento, motivo por el que no logra pasar la audición para convertirse en el solista de la orquesta sinfónica de Sâo Paulo, escenario donde se desarrolla la película, en los años 90, incrementado a sus problemas económicos, no tiene más salida que aceptar un trabajo como profesor de música en el Heliópolis, una de las favelas más deprimentes y peligrosas de la ciudad. En ese lugar, perdido y sin futuro, Laerte encuentra los síntomas necesarios para salir de su situación, rodeado de adolescentes en situaciones durísimas de vida: malos tratos, tanto psicológicos como físicos, delincuencia, pobreza y en graves situaciones de vida. Machado huye del sentimentalismo y la condescendencia, su relato se enmarca en un retrato social de gran altura, más cercano a obras como Diario de un maestro o  La clase, películas de excelente factura que se sumergían en el trabajo docente a través de una mirada valiente, honesta y didáctica, cine necesario y humanista, que atrapa desde la sencillez de una historia cercana y emotiva, que explica un terrible drama, pero sin caer en ese dramatismo exacerbado que suele aparecer en muchas producciones que tratan los mimos temas.

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La película se favorece de la impresionante composición de Lázaro Ramos, que ya había estado en Cidade baixa, uno de los grandes éxitos de Machado, y la participación de los niños que forman la orquesta de Heliópolis. Machado nos habla desde el alma, en la que explora situaciones difíciles y terroríficas, pero desde un lado optimista y mirando al futuro de forma positiva, a pesar de los temas tan terroríficos que jalonan su película, niños en riesgo de exclusión social, atrapados por la delincuencia y la muerte, desgraciadamente caldo de cultivo cotidiano en estos lugares. Machado no solamente ha realizado una obra contundente y llena de energía, seduciéndonos con sus momentos íntimos, en los que nos sumerge en una película sobre la educación, la necesidad de encontrar un espacio de libertad y humanista, a través de la música (que actúa como instrumento de grandísimo valor, tanto educativo como espacio artístico de esa libertad individual y colectiva de la que carecen, de la capacidad de supervivencia de los seres humanos en entornos hostiles, y en ser ellos mismos, y en el trabajo cooperativista, el compañerismo y la enorme actitud frente a los avatares que nos azota la vida.