Encuentro con Marin Karmitz

Encuentro con el productor Marin Karmitz en el marco del ciclo dedicado a la figura del cineasta Alain Resnais. El evento tuvo lugar el miércoles 27 de mayo de 2015, en la Filmoteca de Cataluña.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marin Karmitz por su tiempo, sabiduría y su maravillosa carrera cinematográfica, y al equipo de la Filmoteca, con su director Esteve Riambau al frente, por acogerme y tratarme con afectuosa amabilidad.

El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez

el-mundo-sigue-POSTERLA MISERIA DE AYER… Y SIEMPRE

“Verás maltratados los inocentes, perdonados los culpados, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos; verás los pobres y humildes abatidos. Y poder más en todos los negocios el favor que la virtud”

 Fray Luis de Granada

(Guía de pecadores, 1556)

Fernando Fernán Gómez (Lima, 28 de agosto de 1921 – Madrid, 21 de noviembre de 2007) es una de las figuras más brillantes y geniales que ha dado la cultura de este país. En sus diversas facetas como escritor, dramaturgo, actor, y director de cine y teatro ha destacado en su buen oficio y en acometer una carrera profesional muy acorde con sus principios personales y humanos. En 2011, cuando la Academia de las Artes y las ciencias Cinematográficas de España, le entregó la X Medalla de Oro, Marisa Paredes, la presidente de la institución, lo describió de la siguiente forma: “Por anarquista, por poeta, por cómico, por articulista, por académico, por novelista, por dramaturgo, por único y por consecuente». Debutó como actor a primeros de los 40 en el teatro de la mano de Enrique Jardiel Poncela, en el cine lo haría casi al unísono, en 1943, esta vez con Juan de Orduña, en un papel secundario. Desde entonces en el medio cinematográfico ha protagonizado cientos de películas donde ha trabajado con los cineastas más grandes del cine español, Berlanga, Bardem, Neville, Nieves Conde, Erice, Saura, Gutiérrez Aragón, Trueba, Almodóvar, entre muchos otros… Su puesta de largo como director se produjo en 1954 con Manicomio (co-dirigida con Luis María Delgado). En 1958, realiza La vida por delante, a la que siguió La vida alrededor (1959), películas disfrazadas de comedia o melodrama, y costumbrismo, que retratasen las penurias y dificultades que vivían los españoles para tirar pa’lante bajo el régimen franquista.

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El mundo sigue (que junto a El extraño viaje, de 1964, son dos de los títulos más celebrados de la carrera como director de Fernán Gómez) basada en la novela de Juan A. de Zunzunegui (escritor de una publicación de Falange), rodada en 1963, (del mismo año son El verdugo, de Berlanga y Del rosa al amarillo, de Summers), cerraba esta peculiar y excepcional trilogía. Filmada en el barrio de Maravillas de Madrid (casi dos décadas después, Manuel Gutiérrez Aragón rodaba en el mismo lugar Maravillas, con el propio Fernán Gómez en el reparto). Esta fábula moral de su tiempo, y de cualquier tiempo, se centra en una familia cualquiera, los padres, Eloísa, la esposa y madre abnegada y servicial, el padre, un funcionario de orden que impone benevolencia fuera y autoridad en casa, luego está Agapito, religioso hasta la médula que fue despedido del seminario, y en el centro de la familia, las dos hijas, Eloísa y Luisita, dos caras de la misma moneda, dos fieras que se odian, se pegan y se acuchillan cada vez que se encuentran. Eloísa, que fue la guapa del barrio hace 10 años, ha caído en desgracia, casada con Faustino, un ludópata enfermizo que trabaja de camarero, pero sólo tiene una obsesión, las quinielas y ser millonario. Además del marido, Eloísa acarrea con dos criaturas, y no tiene otra salida que acudir a casa de sus padres a pedir limosna, algo de dinero para seguir respirando. La otra cara es Luisita, la hermana que trabaja en una boutique, y no duda en prostituirse para buscar al mejor postor que la mantenga y de esta manera, salir de esa miseria que recorre sus vidas o digamos mejor, las existencias de todos los personajes que describe con tanta crudeza y realismo la película. También, está Don Andrés, el vecino enamorado de Eloísa, que trabaja como crítico de teatro en un diario de derechas que le impone lo que tiene que escribir. Fernán Gómez describe en un primoroso blanco y negro, la injusticia, la hipocresía y la miseria moral esparcida por todos los agujeros y pozos de la sociedad. La negrura que recorre toda la cinta es abrumadora, no hay futuro, no hay piedad entre los seres humanos, se machacan y se matan entre ellos, todos quieren mejorar, vivir mejor, aunque sea acosta del prójimo, eso no les importa, les da igual con tal de estar bien ellos y sobre todo, mejor que el otro. No hay salvación, se condena al desdichado y se gratifica al ruin.

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El genio del cineasta brilla en toda la película, hace gala de recursos narrativos que aunque en la época eran todo un signo de modernidad cinematográfica, siguen manteniéndose como la obra de un grandísimo narrador, como el flashback (recordarán la famosa secuencia de las escaleras cuando Eloísa sube atropelladamente y se intercala con planos del pasado, de aquella flor que relucía esplendorosamente y que ahora ha quedado se ha marchitado, quedando reducida a la amargura y la tristeza), y la multiperspectiva, donde desarrolla varias secuencias a la vez. Una elección de actores magnífica, donde cada uno de ellos compone un personaje visceral y lleno de fuerza, como Lina Canalejas (la querida Prima Angélica), encarnando a Eloísa, que luchará sin remedio para salir de su triste y oscura existencia, Gemma Cuervo como Luisita, que ambicionará dinero y lujo, y para conseguir eso no le importará vender su cuerpo y su vida, o el propio Fernán Gómez, que interpreta a Faustino, a ese ser infecto y malsano, enfermo por el juego, que llegará a hacer cosas ilegales y tener querida para salir de su miseria. Seres de aquella España sumida en la autarquía, en aquella dictadura católica, represora y asesina, en una sociedad sin esperanza ni ilusión, donde reinaba la pobreza no sólo física, sino también moral de una sociedad miserable, triste y sin humanidad. Una película enclavada en aquel nuevo cine español, donde se empezaba a describir la realidad miserable y oscura de un país que se alejaba de la propaganda oficial del régimen que vendía desarrollismo y milagro económico al mundo. Una cinta que habla de adulterio, de ambición, hambre, violencia y maltrato a la mujer… Todo este contenido tan durísimo se reflejó en los múltiples problemas con la censura franquista durante todo el proceso de la película, que obligó a retrasar su estreno dos años, que se produjo en muy malas condiciones, con una doble sesión en Bilbao en julio del 65. Medio siglo después, el estreno de la película es todo un gran acontecimiento para todos aquellos que amamos el cine en general, y el español en particular. Triste pero cierto, una miseria que continúa en el mundo, en la sociedad, sigue instalada en todos nosotros, en cada cosa que hacemos, en la vida que llevamos, en todo y cada una cosa que nos rodea… porque tristemente hay cosas que nunca se borran. Recuerden el final de Plácido (1961), de Berlanga, y su famoso villancico, (…) en un mundo sin caridad, que nunca la hubo y nunca la habrá

Lío en Broadway, de Peter Bogdanovich

LIOENBROADWAY_POSTER1-e1435582680900NUECES A LAS ARDILLAS

Después del crack del 29, en EE.UU. surgieron las screwball comedy, comedias que mediante talento e ingenio burlaban el recién aparecido Código Hays, que se dedicaba a censurar el contenido de las películas. Sus argumentos solían girar en torno a personajes femeninos de fuerte carácter y liberales que se relacionaban con el protagonista que acababa en noviazgo y posterior boda, tenían diálogos rápidos, situaciones ridículas, y una clara vocación de evadir al espectador.  Sus guionistas fueron Dudley Nichols, Ben Hecht y Billy Wilder, entre otros, que escribieron películas para directores de la talla como Frank Capra en Sucedió una noche (1934), Gregory La Cava en Al servicio de las damas (1936), Howard Hawks en La fiera de mi niña (1938), Ernest Lubitsch en El bazar de las sorpresas (1940), Leo McCarey en Mi mujer favorita  (1940) o George Cukor en Historias de Filadelfia (1940), entre muchos otros…

Toda la esencia y el aroma de aquella época irrepetible ha sido recogida por el cineasta, crítico, historiador Peter Bogdanovich (Kingston, New York, 1939) en su última película, no obstante siempre ha sido uno de los grandes defensores de la época clásica de Hollywood. Desde que debutase en 1968 de la mano de Roger Corman en Targets, Bogdanovich ha tenido una carrera llena de obstáculos, si bien es cierto que sus primeros años fueron realmente brillantes, en 1971 con The last picture show, alcanza un gran éxito, que repetirá al año siguiente con ¿Qué me pasa, doctor?, donde homenajeaba a La fiera de mi niña, en 1973, realiza Luna de papel, que cosechó buenas críticas y el favor del público. Después llega un período en que su carrera se entronca y sus películas son vapuleadas. Cogerá un poco de aire con la deliciosa comedia  Todos rieron (1981), pero a partir de ese instante, ya serán contadas las ocasiones donde su cine alcance la excelencia de sus primeros años de carrera. En 1990, Texasville, una secuela de The last picture show, logrará buenos resultados. Bogdanovich llevaba 13 años sin dirigir, si exceptuamos la dirección de un capítulo para la serie Los soprano, donde además actuaba, y una tv movie sobre Natalie Wood. Ahora se enfrenta a una película que nació en 1979, mientras rodaba en Singapur, tuvo que contratar a dos prostitutas que le produjeron tal lástima porque las jóvenes se apenaban por la vida que llevaban, y Bogdanovich les dio dinero para que cambiasen de vida. Pensó en dirigir la película pero John Ritter, su actor escogido para el protagonista, murió súbitamente y dejó aparcado el proyecto.

 Ahora recupera una historia, financiada por dos de los directores más interesantes del cine estadounidense, Wes Anderson y Noah Baumbach, y nos presenta a Isabella, una joven prostituta que pasa una noche con un director teatral que le da un cheque de 30000 dólares para que cambie de vida. Hasta ahí el cuento de cenicienta parece encajar bien, pero todo se desmorona cuando la joven se presenta a un casting del director teatral, en una obra que trabaja su mujer, otro actor que fue amante de su mujer, y el dramaturgo que se enamora de la actriz en ciernes, además este último tiene una ex que es psiquiatra y está loquísima que además ha tratado a la actriz, y también a un abuelo salido que está obsesionado con Isabella, inlcuso aparece un detective, que es padre del dramaturgo. Presentado los actores de la farsa, tanto dentro como fuera del escenario, la trama no tiene más que empezar. Bogdanovich hace un ejercicio profundo de nostalgia y recupera el espíritu de las screwball comedy con todos sus ingredientes, no falta de nada, enredos, vodevil, situaciones rocambolescas, persecuciones, amor, mucho amor y pasión, más pasión, y personajes perdidos y alocados, al borde de una neurosis o un ataque de ansiedad. También hay espacio para la comedia sofisticada y el romance, sin olvidarse del cine de Woody Allen. Unos intérpretes encabezados por Owen Wilson y la británica Imogen Poots (magnífica como la heroína llena de energía que arrasará con todo) llenan la pantalla con un derroche de comicidad brutal. El título original ya deja claro los objetivos de la película: She’s funny that way, que sería, “Ella es divertida de esa manera”. Diversión de la buena, carcajadas por doquier, cachondeo puro y duro, disfrute con la pantomima de la vida, directores y actores del teatro, y no sólo del que se finge por dinero, sino del que se practica constantemente en la vida de cada día. Atención al toque final, que bien podría haber firmado el mismísimo Lubitsch, donde se nos desvela el origen de las nueces de las ardillas de Central Park, de la mano de uno de los directores más populares y brillantes de ahora.

 

Todo saldrá bien, de Wim Wenders

158701EL DOLOR QUE NO SE VA

El cineasta Wim Wenders (1945, Dusseldorf, Alemania), autor de un treintena de títulos, realizó en la primera década de su carrera algunos de los títulos más notables del llamado “Nuevo cine Alemán”, con joyas del calibre de Alicia en las ciudades (1974), En el curso del tiempo (1975), El amigo americano (1977), Relámpago sobre el agua (1980), o El estado de las cosas (1982). En los 80, podríamos rescatar dos obras de gran alcance como fueron París, Texas (1984) y El cielo sobre Berlín (1987), todos ellas películas de tono intimista y humano, donde los escenarios jugaban un papel decisivo en el transcurso de cada una de ellas. Títulos que consagraron a nivel internacional al cineasta alemán, alzándole a niveles de grandísimo autor, dotado de un universo propio y muy elaborado.  A finales de los 80, su carrera tomó un nuevo camino adentrándose en otros discursos y propuestas que muchas de ellas no alcanzaron los objetivos deseados. Durante estos dos lustros, el cine de Wenders ha tenido honrosas excepciones como Tierra de abundancia (2004), sobre el post atentados del 11 de septiembre, o Pina (2011), filmada en 3D, sobre la bailarina de danza Pina Bausch, entre alguna otra. Su anterior película La sal de la tierra (2014), sobre la figura del fotógrafo Sebastiao Salgado, se saldó en un retrato plano y bienintencionado, una barbacoa entre amigos, en el que el oficio de fotógrafo se convertía en una mera excusa para engordar el ego y la cartera del afamado fotógrafo.

En su nueva película, Wenders vuelve al 3D, y a un drama intimista en el que el escenario, Montreal juega un papel decisivo, como en muchas de sus películas. El relato se detiene en Tomas Vater, un escritor en crisis existencial, profesional y de pareja, que tiene la mala fortuna de atropellar mortalmente a un niño en un mañana de crudo invierno. Este hecho lo perseguirá durante 12 años, período en el que perderá a su novia, se relacionará con la madre del niño fallecido, e intentará comenzar una nueva vida al lado de otra mujer.  El proyecto llegó a manos de Wenders a través del guionista noruego Bjorn Olaf Johannessen, que coincidió con el director en un festival donde se presentaban proyectos y quedaron que el joven noruego le enviaría su siguiente guión. El conjunto, aunque tiene una cuidada ambientación, un exquisito gusto de la composición, y una historia que arranca de forma contundente y no se desarrolla del todo mal. La película no acaba de funcionar, apenas emociona ni plantea ninguna complejidad emocional, cuando debería provocarlo, quizás el excesivo gusto por la imagen, deja en un segundo plano el planteamiento argumental, que parece supeditado a la exquisita fotografía.

En el apartado interpretativo la cosa es donde parece más desigual, las actrices están correctas y comedidas en unos personajes que juegan un papel secundario en la trama, Rachel McAdams, funciona bien como desdichada novia que no logra penetrar en la mente de Tomas, y lo abandona por imposible, Charlotte Gainsbourg, como la madre del niño muerto, es la que se luce con más imaginación, componiendo un personaje ambiguo y con suficientes aristas como para que cada vez que aparece en pantalla, la película suba de nivel y resulte muy interesante, la tercera mujer, Ann, con la que Tomas emprenderá un nuevo rumbo, la interpreta Marie-Josée Croze, actriz de belleza atrayente que defiende un personaje importante y eficaz en la película, es una mujer que ama a su pareja, pero éste se muestra ausente, y todavía anda metido en rupturas emocionales del pasado, y para finalizar, el protagonista de la función, donde aparecen los síntomas de que la función no acaba de despegar, la interpretación de James Franco no resulta del todo convincente, está perdido en un personaje que pedía más emoción y tristeza, durante buena parte del metraje muestra un rostro impertérrito que no permite introducirse en un psique quebrada, en un personaje que debería mostrar más matices y más dolor. Wenders ha fabricado un trabajo correcto, con demasiados altibajos, que poco tiene que ver con sus grandes trabajos, donde la emoción entusiasmada por sus personajes y relatos se agrandaba mostrando unas historias que han quedado grabadas en buena parte de la cinefilia.

Entrevista a Lupe Pérez García

Entrevista a Lupe Pérez García, directora de “Antígona despierta”. El encuentro tuvo lugar el viernes 15 de mayo de 2015, en la cafetería del CCCB de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lupe Pérez García, por su tiempo, paciencia y generosidad, al equipo del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona, por haber programado la película durante el festival, y a la joven que estaba sentada a nuestro lado y amablemente tomó la imagen que ilustra la publicación.

Mi familia italiana, de Cristina Comencini

Mi_familia_italiana-248488928-largeEL GALÁN QUE NOS AMÓ

En la película de Fellini Y la nave va, un grupo de amigos, familiares y amantes, se embarcaban con los restos mortales de una diva de la ópera para rendirle tributo en su último adiós. Ahora, el homenajeado es un actor, Saverio Crispo (trasunto de los Mastroianni, Delon, Belmondo, Trintignant…) que falleció hace una década, y su pueblo, situado en la región de Puglia, ha preparado una fiesta donde le dedicará una plaza y una proyección, por ese motivo se reúnen sus mujeres: dos de sus ex, y cuatro de sus cinco hijas. Cristina Comencini (Roma, 1956), que comenzó su carrera como guionista junto a su padre a principios de los 80, Luigi Comencini (1916-2007, uno de los padres de la commedia all’italiana, con más de 40 títulos en su filmografía, entre los cuales destacan éxitos del calibre de Pan, amor y fantasía -1953-, Todos a casa  -1960- o Sembrando ilusiones -1972-, producida por Dino de Laurentiis, que contó con un reparto estelar, Alberto Sordi, Bette Davis, Joseph Cotten y Silvana Mangano). Ahora, la Comencini se enfrenta a una  película de mujeres, muy coral y deudora del talento paterno, una comedia con el estilo de las de antes, en el que reúne en una villa italiana a la familia disfuncional y heterodoxa del artista fallecido, que ejemplifica a la perfección la vida díscola del actor, de ahí el título original Latin lover.

Por un lado tenemos la anfitriona, Rita (Virna Lisi), la que se presenta como la esposa oficial, y una hija, Susanna, presidenta de la fundación del actor, organizadora del evento y que mantiene en secreto a su novio de los ojos de su familia, luego, está el paréntesis francés, donde el intérprete tuvo un affaire de un par de años con una actriz, del que no queda rastro, pero si una hija, Stephanie (Valeria Bruni Tedeschi), que ha heredado la promiscuidad paterna, con tres hijos de tres parejas diferentes, después llegó España, y ahí conoció a Ramona (Marisa Paredes), que si se presenta, la acompaña su hija Segunda (Candela Peña), aunque sea la tercera hija, ésta viene con dos hijos y un marido (Jordi Mollà), don juan de tres al cuarto que pondrá sus ojos en Solveig, la cuarta hija, sueca, de la época en que el actor trabajó allí, y de la etapa americana, hay una hija, Shelley, pero no aparece en el homenaje. También, pululan un crítico admirador del divo, un paparazzi que sueña con arrancar algún secreto no desvelado, y por último, Pedro del Río (Lluís Homar), doble del actor en su etapa del spaguetti western en España. Presentados los contrincantes de esta comedia que se mueve por muchos tonos y ambientes, desde la tragicomedia, el vodevil, donde pasa de todo, revelaciones de secretos ocultos, risas por las situaciones disparatadas que van sucediendo, puertas que se abren y cierran, personajes surgidos del pasado que algunas no quieren volver a ver, alguna lágrima por el tiempo pasado, y sobre todo, muchísimo amor por el ausente.

Comencini con un buen plantel de intérpretes, unos comediantes en estado de gracia, que mueven a sus personajes la mar de bien, la directora los pelea, los hace reír, llorar, los discute entre sí, y también, les saca sus miedos y anhelos, porque en el fondo, aunque apenas se conozcan, son una familia, todos pertenecen al mismo hombre, al actor estrella, aclamado por todo el mundo, pero que fuera de los focos, sólo fue alguien que amó de verdad a cada una de las mujeres que conoció, aunque fuera sólo por un tiempo. La cineasta romana se destapa ofreciéndonos un lúcido e interesante tributo a aquel cine europea que asombró a todo el mundo a partir de los años cuarenta hasta finales de los setenta como el cine italiano de comedia, que hacía su padre y sus coetáneos, al cine filosófico y existencial de Bergman, al cine de la Nouvelle Vague en Francia, al spaguetti que se hizo en España, y también un guiño al cine de Hollywood. Una manera de hacer cine ya extinguida y desaparecida que sólo forma parte de los recuerdos, de la memoria, de lo que en cierta medida nos habla la película, somos lo que vivimos y también, como nos recuerdan.

 

 

 

Blind, de Eskil Vogt

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El cineasta noruego Eskil Vogt nos dejó agradables síntomas en los guiones que escribió para su compatriota Joachim Trier, en las películas Reprise (2006), y en Oslo, 31 de agosto (2011), esta última estrenada por estos lares. Ahora se enfrenta a su puesta de largo en la dirección, con esta fábula cotidiana,  fascinante, compleja  y perturbadora, que no deja indiferente a nadie, e indaga de forma ágil y contundente en las complejas relaciones del mundo moderno.

Vogt centra su relato en Ingrid, una mujer atractiva que ha perdido la vista de forma gradual, el conflicto arranca en pleno proceso de adaptación a su nueva vida a ciegas, Ingrid se niega a salir de su apartamento, no quiere abandonar un lugar donde se siente segura, donde no tropieza y conoce todos los detalles. Pero sus miedos e inseguridades están ahí, no desaparecen, desconfía de su marido, Morten, su imaginación algo enfermiza completa esos lugares oscuros y ocultos que su incapacidad le impide ver. Se pregunta si en realidad se va al trabajo, y no se queda observándola, si también, cuando están en la cama, no está chateando con su amante en vez de enviar mails de trabajo como le dice. Ingrid tiene que aceptar su nueva condición y experimentar su propia seguridad desde su interior,  y de esta manera, abrirse a ese mundo exterior que ahora se ha convertido en un poder extraño, que lentamente va desapareciendo de su mente, sus imágenes, las que tiene almacenadas, se van acabando al carecer de nuevos impulsos ópticos.

Vogt encierra a su protagonista en un solo espacio, su composición y planificación ayudan a crear un ambiente de inquietud latente que respira y vive el personaje, además la excelente luz del griego Thimios Bakatakis (fotógrafo de Canino), que consigue atrapar una luz natural que se erige creando una atmósfera entre fría y sofisticada que sobrecoge en el vacío que siente Ingrid. El realizador noruego huye del género de terror, tan recurrente en este tipo de discapacidades, su trama se vale de solo 4 personajes, que le ayudan a exponer los límites de la imaginación, de lo que somos y proyectamos, y de quiénes somos en realidad. La película se manifiesta como un espectáculo sensorial, donde el sonido juega un papel fundamental en su desarrollo, así como el lenguaje corporal, y el movimiento de los cuerpos y lo físico adquieren la sensualidad y la sexualidad que recorre todo el relato. También, se podría mirar como un estudio sobre el subconsciente, sobre el instinto, y las profundidades de nuestros miedos y anhelos secretos que siempre acaban floreciendo de manera terrible cuando nos sentimos desprotegidos y solos por algunas circunstancias terribles que nos ocurren durante el transcurso de la vida.