A Land Imagined, de Yeo Siew Hua

LOS QUE NUNCA DUERMEN, LOS QUE NUNCA SUEÑAN.

“¿Acaso el sueño no es el testimonio del ser perdido, de un ser que se pierde, de un ser que huye de nuestro ser, incluso si podemos repetirlo, volver a encontrarlo en su extraña transformación?”

Gastón Bachelard

A principios del verano del año pasado, leía una noticia escalofriante, una noticia que hablaba del elevadísimo índice de mortalidad de obreros en las construcciones del Mundial de Fútbol de Qatar 2022. Más de 1400 fallecidos de países como Nepal, India y Bangladesh. Víctimas invisibles y olvidadas, producidas por las condiciones miserables de trabajo, necesitados y explotados por la codicia y avaricia humana por construir y generar cantidades ingentes de dinero. Vidas casi espectrales, vidas sin vida, vidas ensombrecidas, esas vidas son las que pululan por la segunda película de Yeo Siew Hua (Singapur, 1985), después de su experimental In the House of Straw (2009), en la que el cineasta viste de thriller de investigación, drama realista social y realismo mágico, un relato nocturno, repleto de almas en suspenso, lleno de heridas emocionales, en un espacio singular y fascinante, una de las áreas industriales de Singapur, donde la realidad o lo tangible ha desaparecido, dando dado paso al espejismo, a lo artificial, con acciones surrealistas como traer tierra de países colindantes como Malasia, Laos o Vietnam, para seguir ganando terreno al mar, y construir en esos islotes falsos, donde la línea de la playa es asquerosamente recta, edificios mastodónticos donde albergar ejecutivos o turistas.

Un espacio artificial por donde inmigrantes chinos, bangladenses o de otras regiones necesitadas, se mueven trabajando en condiciones infrahumanas de sol a sol, explotados hasta la extenuación, descansando en cuchitriles que más se parecen a zulos, donde se hacinan trabajadores, o más bien esclavos, que no consiguen dormir y deambulan por las noches sin fin, de aquí para allá, o como hace el protagonista, inventarse identidades falsas mientras chatea en un cibercafé, quizás lo más real y auténtico que tengan sus existencias. Yeo Siew Hua se mueve en un relato marcadamente noir, hipnótico, con esa atmósfera inquietante y cotidiana, casi de ciencia-ficción, con esa luz asfixiante y bellísima obra del cinematógrafo japonés Hideo Urata, construyendo una trama con saltos en el tiempo y onírica, en un misterio que nos va encerrando, con ese policía veterano, que también padece insomnio, como el desaparecido que busca, que se desplaza entre lo real y onírico, como si nada, en un ejercicio absolutamente brillante de clarividencia narrativa, y asombroso domino de la narración, como del entramado visual, con esos neones convertidos en un elemento esencial de este tipo de películas asiáticas, creando esos espacios reales, pero a la vez irreales, en el que sueñan los protagonistas, o sería mejor decir, en el que intentan soñar, o mantienen pesadillas, porque esa realidad mugrosa y sucia en la que viven se lo impide.

Los días son ruidosos, dentro de ese aparato industrial de tierra, máquinas ensordecedoras y empleados de aquí para allá (un espacio que recuerda al filmado en El desierto rojo, de Antonioni, donde la industria y la máquina, acababan absorbiendo al humano), pero en cambio, las noches son otro cantar, las noches es tiempo de lo posible, de soñar con otra identidad en el mundo virtual tecleando compulsivamente un ordenador, bañarse en las aguas con una mujer inteligente, o simplemente, tumbarse en una arena, de vete tú a saber de dónde viene, mirando las estrellas, imaginándose con esa vida-espejismo que nunca tendrás, pero en los sueños, sí. El cineasta singapurense juega a la doble mirada, el día y la noche, lo real y virtual, el trabajo y los sueños, incluso, con los hechos, en los que abre un inquietante acertijo en el que desconocemos si algunos de los hechos que nos cuentan han sucedido realmente o no, en ese especie de limbo donde habitan y se pierden los personajes.

Una trama policial excelentemente narrada, como lo hacían los Carné, Renoir, Hawks o Huston, y tantos maestros del noir, de ese género esencial para hablar de los males de las sociedades, con sus alegrías y tristezas, sus injusticias y pocas verdades, con esos tipos perdidos, a la deriva, sin nada y sin nadie, torpedeados por la vida y por un futuro demasiado incierto, que todavía no ha llegado, almas sin sombra, que siempre buscan a alguien, o quizás, ese alguien que buscan sea una mera excusa para seguir adelante, o tal vez, al que busca, tiene demasiados cosas en común con él, y lo busca, no para localizarlo, sino para verse en él, para compartir algunas cosas en las que se parecen, para encontrar un espejo que soporte una realidad demasiado negra. El excelente reparto encabezado por el veterano actor singapurense Peter Yu, dando vida al poli o lo que queda de él, bien acompañado por una fascinante Luna Kwok, la actriz china que da vida a la enigmática empleada del cibercafé, y Xiaoyi Liu, intérprete chino que hace de Wang, y Ishtiaque Zico, el inmigrante de Bangladesh desaparecido.

A Land Imagined tiene el aroma de esa luz cálida, colorida, penetrante, asfixiante e inquieta que escenifican muchas de las películas chinas de la última hornada, como las de Bi Gan, Hu Bo, Diao Yinan, Jia Zhangke o Wang Xiaoshuai, cine de aquí y ahora, que nos habla de las consecuencias personales, cotidianas e íntimas de las transformaciones estructurales, económicas, sociales y políticas de China y alrededores, donde lo humano ha desaparecido para dejar paso a una economía devastadora, opulenta y catastrófica, de pura explotación, que nunca tiene suficiente, siempre sigue (re)inventando las ciudades en pos de cambiarlas, transformarlas en centros de producción económica, que genere dinero y trabajo, eso sí, trabajo precario, esclavo y explotado, que realizarán inmigrantes, gentes invisibles que no tienen derecho, que les sustraen el pasaporte, chantajeados con la repatriación, desaparecidos si la ocasión se tercia, anulados como personas, y vapuleados en pos de un progreso que más tiene que ver con la autodestrucción de la humanidad que con otra cosa, donde el humano se ha sustituido por la máquina, por el beneficio económico, en que el mundo va de cabeza a la extinción, a la nada absoluta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan

LOS BAJOS FONDOS.

“Que cada cual siga su inclinación, pues las inclinaciones suelen ser rayas o vías trazadas por un dedo muy alto, y nadie, por mucho que sepa sabe más que el destino”

Benito Pérez Galdós

Hace seis años en el Festival de Berlín se alzó con el primer premio Black Coal, la tercera película de Diao Yinan (Xi’an, China, 1969) un brillantísimo ejercicio noir que nos explicaba con fuerza y contundencia un relato sucio y desolador sobre un complicado caso de asesinatos en la China devastada por el capitalismo. Yinan acogía los elementos del género para revertirlos y darles una mirada distinta, más desgarrada y deshumanizada, en mitad de un paisaje urbano y helado, en el que además, introducía una historia de amor entre dos seres invisibles, rotos y anclados en un pasado traumático. Su nuevo trabajo El lago del ganso salvaje, vuelve a situarnos en el noir, pero esta vez la mezcla entre tipos del hampa y agentes del orden se hace muchísimo más palpable, en el que los dos se mezclan y se confunden durante una larga noche.

El director chino nos acota el relato en tres noches, y alguna que otra mañana, dos funcionarán como flashbacks para explicarnos los pormenores de los dos protagonistas, Zhou Zenong, un líder de una banda criminal, y Liu Aiai, una joven prostituta. La acción arranca cuando después de una pelea entre bandas, Zenong mata accidentalmente a un policía y comienza una huida nocturna imposible por “Jiang Hu” (los bajos fondos) donde se tropezará con la prostituta enviada por el jefe de otra banda que parece querer ayudarle o no. Además, en esta aventura nocturna aparecerá un tercer agente implicado, la policía en el rostro del Capitán Liu, y por último, la esposa de Zenong, contrapunto del personaje de la prostituta, que vive acosada por la policía y a la espera del reencuentro con su marido fugitivo. Dinan nos sitúa su película en una noche eterna que parece no tener fin, y nos enmarca en un paisaje peculiar, el de los alrededores del lago del título, donde se amontonan casas de todo tipo en un meticuloso y desproporcionado laberinto por donde se moverán la pareja de fugitivos, diversos criminales, algunos que pretenden ayudar y otros, acabar con la vida del perseguido, y policías a la caza del asesino.

Todos los agentes implicados se moverán rápido, sin tregua ni descanso, en un continuo movimiento enloquecido donde la vida anda en constante peligro, criaturas rotas y heridas que se moverán por el fango de los arrabales, en las que las aguas turbias del lago serán el reflejo deformador de esos cuerpos y rostros heridos, lugar donde encontramos la miseria de unas existencias a vueltas con un destino incierto e implacable para ellos. La magnífica luz obra de Dong Jinsong (cinematógrafo de la filmografía de Yinan, y de la no menos célebre Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan) que a ratos deslumbra y otros hipnotiza, por su amalgama de colores neón donde abundan los rojos, verdes y amarillos, iconografías imperdibles en las noches asiáticas, creando ese espacio onírico, y a la vez, sucio, donde podemos apreciar con todo lujo de detalles esa sensación de tristeza y pérdida que emana de los personajes. No menos contundente es el preciso y soberbio montaje de Kong Jinlei y Matthieu Laclau (dúo que ha trabajado en el cine de Jia ZhangKe) hilando con absoluta maestría todas las imágenes que componen la película, llevándonos con decisión y fuerza por todos los puntos de vista que acontecen, dotando a la cinta de ese ritmo trepidante y sin aliento que tanto demanda.

Dinan no olvida imponer a su film una suerte de fatalidad donde unos personajes, al igual que ocurría en el cine de Renoir o Lang, están condenados a la desgracia, empujados por un destino que los acecha constantemente, envueltos en una niebla de misterio y muerte a cada instante, en que el lago asume su rol de bestia dormida que los va atrapando suavemente, como una especie de imán imposible de desatarse, y ese amor entre el fugitivo y la prostituta acentúa aún más todas esas claves noir que arrastra al devenir de una pareja que no encuentra lugar donde esconderse. El buen trío protagonista encabezado por un portentoso Hu Ge en la piel del huido Zenong, una alma rota, en quiebra con la vida, azotada por la fatalidad, y a su lado, alguien no mucho menos desgraciado como Gwei Lun Mei (la viuda desolada de Black Coal) en el papel de LIu Aiai, esa prostituta cansada y derrotada, con esa ambigüedad que caracteriza a las mujeres del noir, también decidida a escapar y huir de esa existencia encadenada y mísera, y frente a ellos, la ley que representa el Capitán Liu, en la piel de Liao Fan (el policía traumatizado de Black Coal) con sus peculiares métodos para dar caza del criminal huido.

El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan no deja indiferente, sino todo lo contrario, es una punzante mirada sobre China y sus miserias, a través de un potentísimo relato noir que, como los buenos títulos del género se convierten en reflejos de las sociedades, con sus complejidades, oscuridades y bajos fondos. Una película que viene a sumarse al maravilloso momento cinematográfico que vive China con títulos tan memorables vistos durante la última temporada como el citado de Bi gan, La ceniza es el blanco más puro, de Zhangke, An Elephant Sitting Still, de Hu Bo, So Long, My song, de Wang Xiaoshuai, en que a partir de películas de corte noir, plantean situaciones tristes y desgarradoras de una población en continua huida, solitaria y perdida, que se asfixia en una China ahogada por un capitalismo salvaje y deshumanizado, que está desplazando los valores tradicionales por otros menos amables y más competitivos. Un cine que refleja ese aliento de vacío que tanto describe a la población china de estos momentos, desplazada por un continuo y despiadado crecimiento que arrasa con todo lo de antes, sin tiempo para analizar tantos brutales cambios. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El silencio del pantano, de Marc Vigil

LAS MISERIAS DEL PODER.

“Valencia nunca ha sido una ciudad marítima. Es una urbe fluvial construida sobre un descomunal pantano. Y que el pantano ya no se vea no quiere decir que haya desaparecido. La única diferencia es que está más abajo. Sigue dando su fango para hacer ladrillos con los que construir edificios junto al mar, parques temáticos, complejos culturales y, al final, la ruina y el sonrojo. Es un cenagal que abona la codicia, el orgullo o el odio, para que florezcan la envidia, el rencor, la violencia y la muerte”.

La serie Crematorio (2011) de los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, partía de la novela homónima de Rafael Chirbes, para trazar un relato intenso y magnífico sobre las oscuras relaciones entre la política y la corrupción en un lugar ficticio de la Comunidad Valenciana, en el que quedaba demsotraba que el thriller era el mejor vehículo para desarrollar tramas sobre tantas miserias y violencias, erigiéndose en la primera obra de ficción en fijar su mirada en ese lugar endémico de corrupción. Unos años atrás, Enrique Urbizu con La caja 507, ya se había centrado en las relaciones fangosas entre política, terrenos y corrupción.

En el 2018, curiosamente se estrenaron dos cintas que abarcaban de manera directa y extraordinaria las conexiones entre política y corrupción en tierras valencianas a través de El desentierro, de Nacho Ruipérez y El reino, de Rodrigo Sorogoyen, dos muestras muy interesantes de la amalgama de poder, mentiras y corrupción de cierto partido político, de sobra conocido por todos,  en la zona valenciana. Partiendo de estas premisas, y basándose en la novela homónima de Juanjo Braulio, y un guión escrito por Carlos de Pando y Sara Antuña (ambos con amplia trayectoria en series) convertidos  en los elementos que se hace servir para su puesta de largo Marc Vigil (Avilés, 1975) creador consumado que lleva 15 años dirigiendo series como Siete vidas, Aída, Águila Roja o El ministerio del tiempo, entre otras. El director asturiano nos presenta a Q, un escritor de éxito que está enfrascado en la escritura de su tercera novela de crímenes y las conexiones que se irán produciendo con la trama corrupta.

El guión plantea que la trama ficticia de la novela se confunda y mezcle con la real, en la que el personaje de la novela secuestra a un político, ahora convertido en respetado profesor pero con pasado turbio de consejero de la Generalitat en el que, entre otras cosas, lavaba dinero negro venido del narcotráfico. Secuestro inesperado que alterará a todos los personajes en cuestión, una circunstancia que hace saltar las alarmas al gobierno de ahora, compañeros de partido que necesitan que todo ese pasado oscuro siga enterrado para que no los incrimine, pero para salvaguardarse las espaldas, moverán a La Puri, una gitana jefa del clan de la droga a través de un bar del Cabanyal, y está, a su vez, pondrá en acción a Falconetti (nombre que muchos recordarán como el siniestro villano de la mítica serie Hombre rico, hombre pobre) un gitano duro y violento que no se anda con hostias.

Vigil maneja muy bien un guión lleno de secretos, grandes giros de guión y una trama interesante, que va creciendo con sigilo y laberíntica, con esos personajes de toda índole que, a todos les une esa desmesurada ambición que los llevará a cometer los actos más viles y canallas. Por un lado, gentes con traje que dirigen el poder, empresarios y políticos, y por el otro, gentuza de la peor calaña que maneja los hilos de la droga en los barrios más deprimidos. Frente a ellos Q, ese enigmático escritor que parece llevar muy lejos su oficio e involucrarse demasiado en sus tramas. Quizás es esa parte la menos atractiva de la película, la trama del escritor, que sin ella, la película funcionará igual de bien, bien apoyada en la búsqueda incesante y maligna del tal Falconetti por dar con el empresario desaparecido, que no tiene fin, que cada vez va a más, sin camino de retorno, utilizando esa violencia seca, durísima y brutal para conseguir sus objetivos siniestros. Vigil comparte este viaje de su primer largometraje con algunos de sus colaboradores más fieles en el medio televisivo, desde los guionistas, hasta la luz de Isaac Vila, la edición de Josu Martínez, el sonido de Sergio Bürmann, y la incorporación a este equipo de la música de Zeltia Montes, que después de su grandioso trabajo en Adiós, de Paco Cabezas, sigue en el thriller asfixiante, muy negro y humano.

El silencio del pantano es un intenso y trágico descenso a los infiernos, jugando muy bien sus bazas, no da más de lo que pretende, y se centra en contarnos un relato lleno de poderes, miserias y terror en que la corrupción se ha convertido desgraciadamente en el mal endémico con el que se identifica el país. La película consigue una atmósfera y una ambientación digna de los grandes títulos del género como aquellos que se produjeron en EE.UU. durante la gloriosa década de los setenta, donde se daba buena cuenta de la sociedad y la política a través de los putrefactos tejemanejes del poder. La película de Vigil entra de lleno en los grandes títulos del cine español de los últimos años en el terreno noir, por su trama y aliento, bruto y violento, agrupando un excelente reparto encabezado por un digno Pedro Alonso como el escritor oscuro, el convincente José Ángel Egido como político corrupto, la inmensa Carmina Barrios como La Puri, los jóvenes Zaida Romero (vista en Carmen y Lola) y Àlex Monner, como patas de la gitana matriarca, y por último, un  extraordinario Nacho Fresneda dando vida a ese Falconetti, con esa cicatriz que el cruza la cara que ya lo define como lo que es, alguien violento y sin escrúpulos, brazo ejecutor de esta maraña de poderes en la sombra, siendo el gran acierto del reparto, un actor de raza y sangre capaz de hacerse con cualquier personaje. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Crack Cero, de José Luis Garci

ARETA INVESTIGACIÓN.

“Cuando le preguntas a alguien por un muerto, lo importante no es lo que diga, sino lo que no te diga”.

Los que amamos el cine, y el cine español en cuestión, tenemos grabado en nuestra memoria cinéfila, como no podía ser de otra manera, a Germán Areta, el investigador privado de aquel Madrid de la transición y comienzos de la democracia, aquel tipo solitario, audaz, inteligente, parco en palabras, calmo, muy observador, fumador empedernido, amante del boxeo, bigotito y gabardina, y un gran olfato para el interior de las personas, con un historial inmaculado en la brigada criminal. A Areta, segundo apellido de Landa, lo conocimos en la piel del gran Alfredo Landa en dos películas, en El crack (1981) y su secuela, dos años después, dirigidas por José Luis Garci (Madrid, 1944). Areta nos conducía por una ciudad corrupta, muy negra y llena de tipos, tipejos y maleantes de toda condición social, el detective se movía por los bajos fondos, con la ayuda del Moro, inolvidable Miguel Rellán, y por las altas esferas, llena de ingentes tipos de corbata, de misa y comunión diaria, y con asuntos ilegales de dinero y abuso de menores y lo que se terciara. De Areta nos fascinaba su integridad personal y social, un tipo como ya no quedan, alguien capaz de mantenerse limpio o todo lo limpio que se pueda, en una sociedad llena de falsedad, corruptela y mucha mierda, tanto física como emocional.

Con El crack cero nos llega una tercera entrega que no continúa lo que dejó la segunda parte, sino que nos antepone en los hechos del discurrir de Areta, cuando arrancaba su agencia de investigación allá por el año 1975, y más concretamente, por los meses de noviembre y diciembre, tiempo en que el dictador agonizaba y todo parecía diferente, y aún más, todo parecía que podía cambiar. Pero, recogiendo las sabias palabras de Areta nunca hay que confiar en las apariencias, y solamente ceñirse a los hechos y las acciones que tenemos delante, eso sí, siempre recordando las tres íes fundamentales que tiene que tener un buen detective, inteligencia, imaginación e intuición, en esa charla magistral que tiene con el abuelo, el antiguo jefe policial de Areta, que interpreta un magnífico Pedro Casablanc, recogiendo el testigo interpretativo del gran José Bódalo. Garci reviste a su detective y su universo de un blanco y negro luminoso y ejemplar, obra de Luis Ángel Pérez, que recuerda a la luz de You’re the one (2000) otra cima en la carrera de Garci, con ese montaje obra del propio Garci y Óscar Gómez, llenos de fade to black y encadenados, remitiéndonos a una forma de ver, interpretar y hacer cine diferente, valiente, a contracorriente, y sobre todo, audaz y sin tiempo en estos tiempos actuales de tanta tecnología y servidumbre comercial.

Garci encuentra en la capacidad interpretativa, en ese gesto tranquilo e impertérrito, y en esa mirada penetrante y cauta de Carlos Santos la mejor versión de Areta actual, resucitando el eterno espíritu de Landa, convirtiéndose en un dignísimo y brillante sucesor de la estirpe de los Areta. A su lado, Miguel Ángel Muñoz que brilla a la perfección con los pelajes y la facha del Moro, convirtiéndose en el ayudante de fatigas experto y Sancho Panza de Areta. El director madrileño con 19 títulos a sus espaldas como director, guionista y productor, escribe un guión junto a Javier Muñoz, en el que imagina el suicido o el asesinato de un afamado sastre de nombre Narciso Benavides, ya que ese será el encargo de una bella mujer, amante del finado, en el que pondrá a Areta bajo la pista de descubrir quién o qué lo mató o no. Garci que dedicaba sus cracks a Dashiell Hammett, en esta ocasión recurre a la pluma de James M. Cain, y a todo ese cine policíaco o film noir que tanto ha admirado en su filmografía, en sus libros y en sus charlas.

La película es un viaje nostálgico y melancólico al clasicismo cinematográfico en una de las mejores obras de la filmografía de Garci, por sus continuos homenajes y su sobriedad y capacidad para envolvernos en ese universo de cine y para el cine, con personajes de carne y hueso y relatos laberínticos, llenos de mentiras, desilusiones y vivencias, sumergiéndonos en ese mundo oscuro, de trapicheos y demás, de habitaciones desordenadas, de pitillos apurados, de mujeres a la caza de algo y alguien, y de tipos sin rumbo, personajes frágiles, solitarios, tristes, como ese piano de Jesús Gluck que Garci recupera para esas maravillosas transiciones donde observamos en planos generales ese Madrid otoñal, tanto de día como de noche, con esos neones, las luces de las avenidas o de los automóviles, un Madrid sin tiempo, una ciudad irrecuperable, un lugar especial para el director madrileño, y de tantos, que ya no están, que compartieron tantos (des) encuentros.

Una travesía por esos cafés de tertulias con amigos hasta las tantas, o los combates de boxeo donde el humo de los cigarrillos ambientaba las peleas, un tiempo que no volverá, un tiempo perdido, un tiempo que añora Garci, y también, el cine clásico de antes, recordando a la película Retorno al pasado, ese mismo camino realiza la película en la que mira atrás, a esa ciudad, a ese cine, y a una manera de hacer cine y hacer películas. Recupera al personaje Rocky por el boxeador Marciano, una recreación casi del propio Garci, que añora ese mundo real o imaginado, vivido o no, pero de aquí y ahora, que habla con pasión desmesurada de sus años en Nueva York, en las tertulias con grandes de Hollywood y periodistas de renombre de los años treinta y cuarenta, de las eternas y recordadas veladas pugilísticas en el Garden o las tardes románticas observando el puente de Brooklyn, quizás ese tipo que en las originales hacía Manuel Lorenzo y ahora recupera Luis Varela, quizás habla de oídas o imbuido en tanta literatura y diarios, quizás nunca vivió aquello pero qué más da.

Algunos diálogos difíciles y demasiado literarios, recurrentes en el cine de Garci, nos descolocan en algún instante la película, pero no desmerecen ni mucho menos a su conjunto. El director madrileño ha construido una película grande, sencilla, honesta, estimable, intensa y llena de grandes aciertos, con una trama digna del mejor Areta, con esa extraña sensibilidad que tiñe de humanidad tanto desatino humano, y tanta maldad oculta y negra, con esos secundarios de oro como Luisa Gavasa, la eterna secretaria amiga y lo que haga falta, Andoni Ferreño haciendo ese ex poli metido a negocios turbios como hacía Manuel Tejada, Macarena Gómez sola y despechada por la muerte de su querido Benavides, Patricia Vico, como la amante del sastre que quiere conocer la verdad, y quizás algo más, y finalmente, María Cantuel como la novia de Areta, resucitando la bondad y el amor de María Casanova, porque entre tanto desbarajuste social, como añade Areta, siempre hay algún resquicio para compartir la soledad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rojo, de Benjamín Naishtat

UNA NOCHE, UN MUERTO.

“Cuando todos callan, no hay inocentes”.

Un incidente en un restaurante por la noche. Quizás, un incidente más. Un incidente protagonizado por Claudio, un abogado reconocido y un desconocido, en uno de esos pueblos perdidos de la provincia en la Argentina en 1975. Todo hubiera acabado ahí, pero no, porque el abogado humilla al extraño y es expulsado de malas maneras del local. A la salida, volviendo a casa, el desconocido asalta a Claudio y a Susana, su mujer, y después de una pelea, el extraño, al que nadie conoce, se dispara y queda gravemente herido. El abogado se hace cargo y lo lleva en su automóvil con la intención de salvarle la vida, pero no lo hace, en cambio, lo hace desaparecer en un desierto de la zona. ¿Por qué motivo un abogado reconocido y de vida acomodada hace semejante acto de crueldad abandonando a alguien a una muerte segura? El director Benjamín Naishtat (Buenos Aires, Argentina, 1986) vuelve a indagar en la condición humana como ya lo había hecho en sus dos anteriores trabajos. En Historia del tiempo (2015) nos situaba en la psicosis y temores actuales de buena parte de la ciudadanía, y en El movimiento (2016) se trasladaba al rural del siglo XIX para sumergirnos en un relato sobre el abuso de poder que unos ejercían sobre los campesinos.

Ahora, y nuevamente en una película de corte histórico y ambientada en la zona rural, nos sumerge en esa Argentina en los albores de la dictadura, mostrándonos la impunidad y la violencia que ejercen unos contra otros para continuar siendo “buenos ciudadanos” a los ojos de todos, retratando esa violencia oculta y soterrada que convive con naturalidad, con una élite dispuesta a todo para mantener sus privilegios y sus ejemplares vidas. El director argentino nos guía por su relato a través de la mirada de Claudio, un abogado de buenas intenciones y familia, aunque de moral oscura, como veremos a lo largo de la película, porque cuando ha de elegir acerca de hacer el bien o su conveniencia no tendrá dudas y siempre opta por su beneficio personal, una idea que se impondrá meses después con el estallido de la dictadura militar donde una parte poderosa del país someterá a todo aquel que piensa diferente. La película ahonda en las contradicciones y miserias humanas, explorando todos esos tejes manejes del abogado y sus amigotes, como ese instante que define a las maneras oscuras de los personajes, cuando apoyándose en triquiñuelas legales se apropian de un inmueble que nadie reclama.

El relato se enmarca en aspecto de thriller setentero donde predominan los rojos, ocres y verdes, con esa característica atmósfera del cine negro que también supo retratar cineastas como Coppola, Friedkin, Lumet o Peckinpah, dónde el género era una mera excusa para sacar a la luz todos los males sociales y políticos que anidaban en lo más profundo de la sociedad. La exquisita ambientación, cargada de detalles y elementos que nos llevan a la textura y colores que tan de moda estaban en los setenta, y a través de esa forma tan contrastada con zooms, fundidos encadenados o esas cámaras lentas, nos colocan de manera sencilla y ejemplar en esa época, en todo aquello que se respiraba y esa violencia oculta y a punto de estallar que ya daba cuenta de sus inexistentes principios morales y de más, en una idea espeluznante en que la sociedad se divide entre unos que ejercen poder sobre otros, cueste lo que cueste y no existan escrúpulos de ninguna clase para llevarla a cabo.

Una composición de altura y sobria del siempre magnífico Darío Grandinetti dando vida a esa abogado que parece una cosa y en realidad es otra, como tantos en aquel momento, como demostrará el trato que ejerce cuando está con aquellos más desfavorecidos y cuando trata con sus amigotes de clase, un ser miserable, si, pero también, un profesional ejemplar, dentro de sus principios, y esposo y padre en su sitio, cariñoso y bondadoso, con esos trajes inmaculados, ese bigotito que le da pulcritud, y esa mirada serena y bien pensante. Frente a él, el detective Sinclair, extraordinariamente interpretado por el chileno Alfredo Castro, con esas gafotas, su gabardina y su peinado inmaculado, con esos aires de policía de Scotland Yard, inteligente, observador e impertérrito, que fue policía, pero ahora se gana la vida buscando a desaparecidos para gente acomodada, que investiga con ojo avizor y astucia brillantes. Y Susana, la mujer del abogado, interpretada por Andrea Frigeiro, la esposa comprometida y buena compañera, que seguirá fiel a su esposa y su hogar, aunque viva en otra situación real muy diferente.

Naishtat ha construido una película valiente, inteligente y necesaria que explora la maldad desde la condición humana más miserable, devolviéndonos tiempos atroces que en muchos instantes parece que siguen ahí, de otra forma y a través de otros hilos invisibles y más enmascarados, desenterrando el pasado que tanto nos interpela en estos tiempos confusos, contradictorios y oscuros,  explorando con acierto y sobriedad todos los aspectos más oscuros de lo humano, aquellos que a primera vista no se ven, y mucho menos se reconocen, aquellos que hay que sumergirse en las profundidades del alma para toparse con ellos, definirlos moralmente, y sobre todo, conocerlos para conocernos más, y así descubrir ciertas actitudes de muchas personas en la actualidad, porque la historia siempre se acomoda a sus tiempos, porque las cosas del pasado siempre vuelven con otras caras y cosas, pero lo más intrínseco vuelve a nosotros, porque el tiempo pasa, pero hay cosas que permanecen en nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ruben Brandt, coleccionista, de Milorad Krstic

EL ARTE Y LOS SUEÑOS.

“Recuerdo cuando miré por una lente de cámara por primera vez. Podía enfocar una flor en medio del campo, de forma que todo lo que quedaba delante y detrás estuviera borroso. La imagen definida, separada del fondo, era incluso más emocionante que la misma flor a simple vista, cuando estaba todo enfocado: la flor, los arbustos de alrededor y el campo entero. Así fue como aprendí, muchos años antes de que me fascinaran las galerías de arte y las salas de cine, que la imagen del mundo pintada o vista a través de una lente puede ser más poderosa que la realidad.”.

Milorad Krstic

Si buscamos el significado de surrealismo, leemos que se trata de un “movimiento literario y artístico que busca trascender lo real a partir del impulso psíquico de lo imaginario y lo irracional”. A partir de esta posición, podríamos decir que el protagonista de la película Ruben Brandt (nombre que viene de la mezcla de dos grandes pintores Rubens y Rembrandt) un famoso psicoterapeuta que mediante técnicas artísticas sana a sus pacientes, tiene un problema que tendría que ver mucho con los surrealistas y su universo, cuando sueña es atacado por personajes de famosas obras de arte.

Personas retratadas que cobran vida y atormentan los sueños de Brandt, gentes como el Retrato de Renoir,  de Frédéric Bazille, El nacimiento de Venus, de Botticelli, Retrato de Antoine Le Bon, Duque de Lorena, de Holbein, Chico silbando, de Duveneck, Mujer con fruta, de Gauguin, Retrato del cartero Joseph Roulin, de van Gogh, Nighthawks, de Hopper, La tradición de las imágenes, de Magritte, Olympia, de Manet, Mujer con libro, de Picasso, Venus de Urbino, de Vecellio, La infanta Margarita en azul, de Velázquez y por último, Doble Elvis, de Warhol. Trece pinturas que recorren buena parte de la historia del arte desde el siglo XVI renacentista, el impresionismo y los postimpresionistas, el surrealismo, el barroco y el arte moderno del siglo XX, trece instantes que perturban la paz de Brandt. Mimi, una de sus pacientes, que padece cleptomanía de guante blanco, propone robar las citadas obras de arte y así enfrentarse a todos los secretos que ocultan para así curar a Brandt. Aunque, la tamaña empresa no será nada sencilla, ya que el hampa ha decidido impedir los hurtos ofreciendo millones de dólares para gratificar quién lo evite o capture a los malhechores, uno de ellos, Kowalski, busca recompensas y antiguo conocido de Mimi, también se lanzará en su búsqueda.

El cineasta Milorad Krstic (Eslovenia, 1952) emigrado a Budapest (Hungría) desde 1989 donde trabaja como pintor y artista multimedia, debuta en el largometraje proponiéndonos una película-artística (como Loving Vincent, que evocaba la figura de Van Gogh a través de sus últimos días capturando visualmente todo su universo pictórico) que toca varios palos, desde el cine de aventuras, donde uno de sus referentes podría ser La pantera rosa, de Edwards o Charada, de Donen, el cine de acción pura y dura, con la saga de Bond o la de Bourne, por citar algunos, el cine noir clásico con aroma francés y fatalista de Duvivier o Carné, o los estadounidenses Hawks o Huston, y algunos westerns como Los profesionales, de Brooks o aquellos más rudos y tristes de Peckinpah. Referentes cinematográficos también en su forma desde Eisenstein, los hermanos Lumière, el expresionismo alemán, Hitchcock (en la figura con forma de cubito de hielo, entre otras) entre otros muchos, con colores sombríos y apagados, donde predomina el blanco y negro. Si de apuntes cinematográficos está plagado, no menos en la pintura, desde las obras citadas que recorren la historia del arte, así como las formas de los espacios y personajes, todos con formas impresionistas, cubistas, abstractas, surrealistas, modernas, figurativas o pop, una especie de película-museo donde todo lo que vemos nos remite a alguna referencia artística, ya sea de pintura o cinematográfica, que parece remitirnos a los sueños, diseñados por Dalí, que padecía Gregory Peck en Recuerda, de Hitchcock.

Krstic impone un ritmo trepidante y frenético, todo sucede a una velocidad de vértigo, la película se mueve por todo el mundo, de un lugar a otro, sin tiempo para descansar, mezclando todos esos espacios y (des) encuentros entre los distintos personajes y sus circunstancias, con persecuciones cargadas de adrenalina, mientras asistimos a los sueños, o más bien pesadillas que sufre Brandt, muchas de ellas tienen que ver con su educación paterna. La excelente composición de Tibor Cári imprime ese universo imposible/posible que propone la película, en la que nada queda al azar, y todo está completamente detallado y estudiado, sin olvidarnos de los temas versionados, como el de Do You Love Me, de The Contours, entre muchos otros. El director esloveno ha optado por un dibujo íntimo y artesanal, que recuerda a los grandes clásicos del género como El planeta salvaje, de René Laloux o Moebius, películas que han ido más allá en el cine de animación, proponiendo ejercicios de grandísima calidad visual y de contenido.

Ruben Brandt, coleccionista, es una magnífica, divertida y destellos de película de culta, una obra para perdurar y adorar, hermosa y triste, profunda y brillante, una obra visualmente grandiosa, con un dibujo magnífico y de finísimo trazo, que abruma al espectador más exigente, y no menos que su contenido, una película sorprendente, imaginativa y arrebatadora, que se mueve entre el mundo de la realidad, la fantasía, los sueños y todo aquello que creemos ver y en realidad, no vemos. Un mundo fascinante de personajes misteriosos, diferentes y extraños, que se mueven por la película como si fuesen fantasmas errantes, individuos desterrados, almas a la deriva en un mundo caótico, lleno de sufrimiento y falto de ilusión, aunque Brandt y sus sueños, encontrarán aliados inesperados, los más inesperados, para al menos, intentar hacer desaparecer esas terribles pesadillas que atormentan a Brandt. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Boi, de Jorge M. Fontana

EXTRAÑO DE SÍ MISMO.

Si pensamos en alguien joven y perdido, abatido, a la deriva, alguien que no reconoce su reflejo al mirarse en un espejo, muchos de nosotros pensaríamos en el Antoine Doinel de El amor en fuga, una especie de individuo solitario, con problemas existencialistas y perdido sin su amor, que acaba introduciéndose en una extraña espiral de inciertas consecuencias, una especie a la que podríamos añadir el Paul Hackett de After Hours o el Doc Sportello de Puro vicio, o el más reciente Sam de Lo que esconde Silver Lake. Tipos de vidas aburridas, perdidas en su inmadurez, agotadas de tantos arranques que quedaron en nada, y sumergidas en la más anodina existencia, se enfrascan, casi sin pretenderlo o si, en esos submundos inquietantes y siniestros, aquellos de los que exploraba David Lynch en sus relatos, de los que saldrán ni mejor ni peor que antes, pero, eso sí, sobrevivirán conociéndose más a sí mismos, y quizás más perdidos que antes. Boi es uno de estos tipos torpes y perdidos, alguien que podría haber llegado más lejos si de verdad así lo hubiera querido, y por lo contrario, se ha quedado ahí, en tierra de nadie, verlas venir y aceptando trabajos de medio pelo, trabajos-refugio como conductor privado. Además, Boi, por su inexperiencia en lides de pareja, se ha quedado solo, añora a su novia y desconoce su paradero. Arranca la película describiendo la actitud y el ala de este tipo, llegando tarde a su cita laboral de recoger a un par de chinos procedentes de Singapur.

Boi los llevará de un lugar para otro de una Barcelona grisácea, muy alejada de la postal turística, en la que sabiamente huye de estos lugares tan reconocibles, moviéndose por la periferia poblada de núcleos con enclaves industriales de gran florecimiento posmoderno. Seguiremos a Boi, como alma perdida que deambula con su automóvil y sus clientes de un sitio a otro, y extraño cuando no está con ellos y lentamente, también lo estará a medida que avanza el metraje de la película. Jorge M. Fontana debuta en el largo después de foguearse en el cortometraje con un relato que arranca como una comedia existencial para lentamente adentrarse en un thriller nocturno de forma pausada y calibrada, sin prisas ni estridencias argumentales, todo va sumergiéndose en esa especie de entramado con varios actores de por medio en estas dos jornadas sin fin. Si bien la primera mitad visitaremos los aledaños de los negocios y mucha calle, en la segunda parte, iremos con Boi y sus extraños y peculiares clientes a esa Barcelona canalla, de locales sacados de Eyes Wide Shut, de Kubrick o Blue Velvet, de Lynch, donde ocurren las cosas más raras y extraordinarias, por su sordidez y tenebrosidad, o esos espacios abandonados que encuentran la nocturnidad su mejor aliado, o negocios de dudosa legalidad como desguaces o cosas por el estilo.

El 35mm obra de Nilo Zimmerman imprime esa naturalidad espectral que también va con el espíritu de la película, dotándole ese magnetismo de extrañeza y locura que sufre el personaje de Boi. Un Bernat Quintana en estado de gracia da vida a Boi, un tipo que hemos sido alguna vez en la vida o todavía lo somos,  con su mirada ausente y observadora, una especie de voyeur en su vehículo, como único lugar en el cual se siente algo bien, su cáscara de protección, que sin comerlo ni beberlo, va participando como testigo presente o no, en las peripecias al más puro estilo noir de sus clientes, sin conocer su contenido, situación que aún lo hace más vulnerable y estúpido, bien acompañado por Mou que interpreta Man Mourentan, como esa especie de hermano mayor de Boi, que parece salido de una película de Tarantino, de esos que viven solos y acompañados de millones de gatos, alguien que parece que no está pero se entera de todo, y la terna de clientes chinos, con sus diálogos que evidencian aún más si cabe ese laberinto sin salida que está metiéndose el peculiar Boi, y finalmente, Miranda Gas hace de Anna, el objeto romántico de Boi, esa mujer que quizás le ha dado más que él mismo en toda su vida.

Fontana debuta en el largo con una película fantástica y bien narrada y filmada, mezclando géneros, estilos musicales y situaciones que acaban casando de forma natural, mostrando sus referencias sin ser explícito ni adulador, consiguiendo dotarlas de su estilo personal e íntimo, en un relato que se ve bien y se disfruta mejor, sin que sus 110 minutos resulten facilones o poco atractivos, sabiendo sacar el máximo provecho a su austeridad, llevándonos sin aspavientos argumentales ni sentimentalismos a ese submundo de otro submundo, a todo aquello que se oculta bajo la alfombra o detrás de los arbustos de una noche desconocida y muy extraña, conduciéndonos a esos sitios a los que alguien prudente y cabal nunca iría,  a los pliegues de las ciudades, alejados de las miradas inquisitivas, a esa noche donde todos somos pardos, incluso los gatos, en una especie de huida consciente o no de Boi, en un viaje a lo oscuro y desconocido como aquel que hacia Alicia casi sin pretenderlo, solo movidos por esa extraña curiosidad cuando la soledad amenaza y parece que o hay nada que perder.

Las grietas de Jara, de Nicolás Gil Lavedra

LAS CUENTAS DEL PASADO.

Pablo Simó es un arquitecto que trabaja para una prestigiosa empresa, está casado y tiene una hija. Todo parece sonreírle, aunque la verdad es que no. Simó pasa sus días sin más, sometido a la monotonía diaria, su mecanismo en el trabajo, y en casa, más de lo mismo, encerrado en una atomización aburrida y sin ningún tipo de aliciente, dejándose llevar como uno más. Un día, todo va a cambiar, la visita de una joven desconocida a la firma de arquitectura donde trabaja, una joven que viene preguntando por Nelson Jara. Jara, un tipo del pasado que devolverá los fantasmas del propio Simó y sus jefes. Las grietas de Jara es una adaptación de la novela homónima de Claudia Piñeiro (autora de la que ha sido adaptada en las películas Las viudas de los jueves, Betibú y Tuya) relatos situados en ambientes burgueses y aislados del mundo, donde la aparición de un cadáver trastoca la aparente armonía de sus vecinos. El director Nicolás Gil Lavedra (Buenos Aires, Argentina, 1983) que debutó con Verdad verdaderas (2011) donde plasmó la autobiografía de Estela de Carlotto, una de las abuelas de Plaza de Mayo.

En su segundo largo, Gil Lavedra, con un guión escrito junto al cineasta Emiliano Torres (del que vimos por aquí El invierno) hace un cambio de registro, centrándose en una película de corte noir, sumergiéndose en las decisiones que tomamos en nuestra vida, en esos instantes donde decidimos tomar partido por unas cosas u otras, y sobre todo, las consecuencias de esas decisiones en el futuro. Nos presenta a Pablo Simó, rodeado de una vida aparentemente feliz, aunque en esa existencia marcada algo falla, y la aparición de esa enigmática joven preguntando por alguien del pasado, desatará esa madeja existencial de Simó, y lo llevará por territorios que jamás debería haber transitado, en una espiral laberíntica sin fin, una especie de Señor K, que deberá, inevitablemente, hacer frente a esas decisiones del pasado que resucitan en el presente para cobrarse sus deudas. Gil Lavedra nos cuenta su película de forma desestructura, con abundantes saltos en el tiempo, rescatando situaciones pasadas mezcladas con ese presente que, cada vez, es más turbio y sombrío, y enmarcándolo en un tono ligero, cotidiano, sin efectos ni subrayados, introduciéndose en el interior de Simó, de un tipo atormentado encerrado en una existencia que no le agrada, que quiere escapar y salir corriendo sin parar, aunque para ello, deberá asumir sus decisiones y quizás, encauzar su vida hacia otros lugares más tranquilos.

El director bonaerense siguiendo las pautas del género, va marcando su película y cociéndola a fuego lento, sin muchos sobresaltos, e investigando los estados de ánimo de cada uno de sus personajes, en especial a Simó, el hilo conductor de esta trama que dejará al descubierto ciertas artimañas de unos, los poderosos, en el que la codicia de ganar más y quitar los obstáculos que se encuentren con el fin de conseguir sus cimas. Gil Lavedra cimenta toda su propuesta en dos pilares básicos, por un lado, en una trama compleja, pero bien acometida y sobre todo, bien explicada, y en sus intérpretes, empezando por la sobriedad y la inquietud de Joaquín Furriel dando vida a Pablo Simó, ese león enjaulado a su pesar, siguiendo con su alter ego en la trama, el tal Nelson Jara, interpretado por el gran actor Óscar Martínez, ese fantasma del pasado, como al que se le aparecía a Ebenezer Srooge, y bien secundados, por la elegancia y la turbiedad de Soledad Villamil y Santiago Segura, como los jefes de Simó, más dados a la apariencia y el deseo oscuro del negocio que a los gestos humanitarios, y por último, la presencia de Sara Sálamo, en un personaje interesante y con ese caparazón de inocencia y carácter, que provocará el conflicto.

Gil Lavedra ha construido una película de cine negro clásico, en el universo de los arquitectos y las consecuencias que tienen esas obras en las estructuras de los vecinos, en la picaresca de unos y otros para sacar tajada, y en la ambigüedad y los intereses de unos pocos, unos privilegiados, como explica en sus novelas Piñeiro, que explotan a la inmensa mayoría para su propio beneficio, haciéndoles creer que con esfuerzo y trabajo podrán conseguir sus objetivos, y sobre todo, la película hace una exploración muy interesante y poderosa de las consecuencias de nuestras decisiones que, al fin y al cabo, nos conducirán por el camino elegido, sino que también, por todos esos caminos que finalmente decidimos no escoger por miedo, interés o por rabia, por creer que pertenecemos a algo, y que todo eso es muy importante para nosotros, o al menos así nos los creemos, o nos mentimos para convencernos de ello.


<p><a href=”https://vimeo.com/268950993″>trailer LAS GRIETAS DE JARA</a> from <a href=”https://vimeo.com/user17601575″>39Escalones</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS.

“El dolor te recuerda que la alegría que sentías era real”

En Testigo de cargo, su director Billy Wilder nos pedía encarecidamente que ningún espectador desvelase la trama tan misteriosa y peculiar que encerraba su película. La misma demanda nos advertía un texto introductorio de Denis Villeneuve en su película Blade Runner 2049. La esperadísima continuación de Blade Runner, de Ridley Scott, una de las cintas que revolucionó el género de la ciencia-ficción a principios de los 80, con su mezcla con el noir, nos sumergía en una atmósfera agobiante, oscura y decadente donde Deckard, un agente policial tenía la misión de “retirar” a unos replicantes amotinados. Si bien es cierto, la apuesta de su director Ridley Scott necesitó su tiempo para convencer a propios y extraños y convertirse en la película de culto, admirada por millones, que es en la actualidad. Quizás su apuesta por lo diferente, lo osado, su estética tenebrosa, más propia del cine de terror, y un protagonista, solitario, con problemas de identidad profundos, sus reflexiones filosóficas, y convertido en un vil asesino, se toparon con un público ávido de una ciencia-ficción más dada al universo de Star Wars y no a cuestiones más complejas sobre el alma humana.

Aunque su fama de gran película, bien ganada, le haya perjudicado a la hora de afrontar una segunda entrega, y han tenido que pasar más de tres décadas, 35 años en concreto para que podamos descubrir que fue de Deckard y Rachael en su desesperada huida de enamorados perseguidos. Ridley Scott, ahora en funciones de producción, ha necesitado un guión de su agrado, que vuelve a recuperar la trama y personajes de la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick, escrito por Hampton Fancher (autor de la primera) con la colaboración de Michael Green (guionista de Logan, entre otras) y un director a la altura como Denis Villeneuve (Gentilly, Canadá, 1967) para dar forma a esta segunda entrega, que mantuviese el espíritu de su predecesora, pero desviando su premisa argumental, no un calco, sino un film con personalidad propia.  La película se abre en el año 2049, treinta años después, donde conocemos a K (como el desdichado hombre de El proceso, de Kafka) un agente “Blade Runner” que tiene que retirar a un modelo antiguo de Nexus 8. Después del trabajo, se encuentra con una flor bajo un árbol, que destapará una caja enterrada que le abrirá un nuevo camino que empezará a desgranar con sus pesquisas.

A través de una atmósfera fascinante, entre la ciencia ficción decadente, el noir más inquietante, el romántico gótico y fou, y el terror más tenebroso, donde la oscuridad, la humedad y la opresión se han adueñado de la ciudad de Los Ángeles, en el que los problemas que anunciaba la primera entrega se han acuciado y nos encontramos en una no ciudad decadente y terrorífica donde existe un deterioro urbano, de ruina total, el cambio climático (no cesa de llover, en un ambiente frío, de nieve y mucho barro, acompañado de un aire denso lleno de partículas contaminantes) en el que la ingeniería genética se ha convertido en el pilar fundamental de la no sociedad, la existencia de una sobrepoblación asfixiante y caótica, adicta a todo tipo de sustancias, que viven en la oscuridad o en subterráneos, donde todo es falso y vacío como la comida, el sexo y demás, y una división social terrorífica y grandes estratos económicos, etc… Por otra parte, nos encontramos a la nueva compañía que juega a ser Dios, la Wallace Corporation que coge el relevo de la Tyrell, en su afán de crear replicantes perfectos que puedan engendrar otros seres, aunque su creador, el oscuro Niander, no ha encontrado la fórmula secreta.

Estamos ante una obra magnífica y maravillosa, donde el policía solitario y silencioso, de vida vacía y entregada a su trabajo, nos recuerda a Jeff Costello, el asesino interpretado por Delon en la estupenda El silencio de un hombre, de Jean-Pierre Melville, donde se recogía lo más clásico del cine noir junto al antihéroe del western, en una mezcla poderosa donde el hermético “retirador” acababa encontrándose con su inevitable destino. Aquí, el agente K deberá vencer a sí mismo y volver a sus orígenes, emprender su propio camino, aunque eso signifique ir en contra de las órdenes de su jefa, y además, tener que enfrentarse a las argucias de la Wallace Corporation que tiene otros planes. Villeneuve construye una película digna sucesora de Blade Runner, imaginando una trama que rescata con acierto la original y sumergiéndonos en un mundo distópico donde todo es artificial y sintético, en el que hay fembot de compañía virtuales que aman, acompañan y escuchan a tantos solitarios de este mundo, y también, otras fembot asesinas que trabajan a sueldo para intereses de compañías ávidas de poder y endiosadas, donde nos encontramos a viejos agentes escondidos y alejados de todo y todos, porque a veces para ser uno mismo, uno tiene que huir y esconderse, olvidándolo todo, incluso aquello que tanto amó.

El cineasta canadiense vuelve a penetrar en el alma humana creando un thriller filosófico intenso, donde la identidad es el armazón donde se sustenta toda su trama, envolviendo su película en un mundo ruinoso, oscuro, industrial, olvidado, que se cae a trozos, donde se mezcla la tecnología más desarrollada con las penurias más brutales, donde todo es extremo y nada parece tener fin, en un no mundo deshumanizado, repleto de fantasmas, de espectros que ya no saben discernir entre lo real y lo construido, donde humanos y replicantes sobreviven sin muy bien saber quiénes son y para qué de su existencia. Una película de una gran calidad técnica donde sobresalen la formidable fotografía de Roger Deakins (colaborador con Villeneuve en Prisioneros o Sicario), el asombroso trabajo en el diseño de producción de la mano de Dennis Gassner (colaborador de los coen, las últimas de Bon o Tim Burton, entre otros) y la elegancia y romántica música de Hans Zimemr, acompañado de un estupendo cast en el que Ryan Gosling ejecuta a la perfección el agente solitario, callado y huidizo. La aparición espectral de Harrison Ford haciendo de Deckard o lo que queda de él, una fría e inquietante Robin Wright como jefa de K, una simpática y hermosa Ana de Armas como Joi (la fembot de compañía de K) y su contrapunto Luv, una Nexus 9 asesina de la Wallace que capitanea su creador, un perverso y siniestro Jared Leto, y otra aparición estelar, Edward James Olmos volviendo a su Gaff o lo poco que sabemos de él.

Después de penetrar en el género de los thrillers potentes y bien contados, con personajes abrumados y sobrepasados por las circunstancias, Villeneuve vuelve a la ciencia ficción después de La llegada, un relato de gran factura técnica que escarbaba en las relaciones entre humanos y extraterrestre a través de la comunicación. Ahora, su cambio ha sido completamente radical, devolviéndonos un clásico que sigue en la retina de muchos, en el que recoge su espíritu construyendo un universo deudor, en el que no hay tiempo para el diálogo, ya no quedan palabras, todo se ha perdido, el tiempo de antes, donde todavía había tiempo para deleitarse con la música escuchando a Sinatra o Elvis, todo ese mundo ha dejado paso a unas máquinas que ya no funcionan bien y ya nadie sabe para qué sirven, en el que los recuerdos sólo sirven para seguir no viviendo los días, porque ya sabemos que nada nos pasará hacia adelante, que todas nuestras vidas se concentran en el pasado, en aquello que vivimos y amamos, sean experiencias reales o no.