Ema, de Pablo Larraín

LA MUJER DE FUEGO.

“Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”

Emily Dickinson

La película arranca con una imagen contundente y esclarecedora sobre el personaje de Ema, cuando ella y un grupo de personas baila en un escenario presidido por un sol abrasador, un sol en llamas que explica las emociones que atraviesan a Ema, una joven de rubio platino. La joven está casada con Gastón, forman un matrimonio de ahora, ella baila y él, 12 años mayor que ella, es el coreógrafo de una compañía de danza experimental. Son una pareja que decide devolver a su hijo adoptivo Polo, después de un desgraciado incidente con su tía. A partir de ese instante, la vida de Ema cambiará radicalmente, y emprenderá un camino de redención y conocimiento interior que la llevará a volar y experimentar a través del reggaetón que lo baila de manera intensa y diferente, materialización de su nueva existencia, una forma de vivir, sentir y amar completamente distinta a la que tenía hasta ahora.

El octavo trabajo como director de Pablo Larraín (Santiago, Chile, 1976) sigue transitando por ese estilo reconocido del retrato personal de alguien desconocido y apartado de una sociedad que ni lo comprende ni pretende hacerlo, a través del contexto histórico en el que vive, deteniéndose especialmente en la dictadura de Chile. Con El club (2015) el retrato se volvió coral y lo hacía a partir de una institución como la iglesia, contando las penitencias de un grupo de sacerdotes que arrastran culpas. Con Neruda y Jackie, y esta última, Ema, vuelve al retrato individual y personal, no interesándose por los méritos del retratado, sino que capturando aquel momento de sus vidas en el que se vieron sometidos a bandazos exteriores con los que tuvieron que lidiar. En el caso de Neruda, el insigne poeta se veía envuelto a un ataque frontal contra su libertad que le obligaban al destierro, en Jackie, la esposa de JKF, la cámara de Larraín se detenía en los días posteriores del asesinato del presidente y cómo los vivió su esposa.

En Ema, escrita por el propio director, junto a Guillermo Calderón (que también hizo lo propio en El Club y Neruda, como en el cine de Andrés Wood) y Alejandro Moreno, es la primera película en la que el cineasta chileno se detiene en la actualidad de su país, en su inmediatez y su juventud, situándonos en la vida de una joven frágil físicamente, pero fuerte emocionalmente, que lo expresa todo a través del baile que hace con sus amigas que, después de una terrible desgracia, emprende un catártico camino de liberación a través del amor y el deseo, liberándose de toda la oscuridad de su vida y dejándose llevar por sus emociones, amando en toda su plenitud, de forma libre y sin ataduras de ningún tipo, una vida donde la música pone el compás y el ritmo, donde cada movimiento es una forma de expresarse ante un mundo demasiado superficial y prejuicioso. Larraín nos invita a liberarnos, a sentir, a perderse en las coreografías del baile del reggaetón, a sentirse libre, a evadirse de nuestras existencias y bucear en aquello que sentimos, en romper las cadenas y sobre todo, en amar libremente, con intensidad y honestidad, a dejarnos llevar como lo hace Ema.

El director chileno habla de la juventud de su país, de esa juventud que lidera Ema, que ha llegado para ponerlo todo patas arriba, con nuevas formas de vivir, bailar, relacionarse, sentir y amar, donde prima lo colectivo y la fraternidad frente al individualismo y la competitividad, donde todas van a una. Un retrato sobre sus pulsiones, anhelos, amor y sexualidad, un retrato de aquí y ahora, capturando esa efervescencia que emana Ema y sus amigas, cuando bailan, aman o follan, sintiendo sus respiraciones, sus movimientos y sus caracteres donde todo se siente, se experimenta y se vive de forma intensa y profunda, a través de todos los sentidos, cuerpo y piel al unísono. La película nos abre nuevos caminos en la manera de enfrentarnos a nuestra propia vida y al mundo que nos rodea, mostrándose nuevas formas, sin fingimientos ni poses, ejemplarizando nuevos visiones sobre la maternidad que abren nuevas vías, a vivirla de manera y formas diferentes y sorprendentes, teniendo claro que la vida hay que vivirla, experimentándola en toda su plenitud, y descubriéndola diariamente, sorprendiéndose de todo aquello que ni imaginamos y dejando atrás tantos miedos inventados que no nos llevan a ningún lugar. Sergio Armstrong, el inseparable camarógrafo de Larraín desde Tony Manero, vuelve a ejecutar una luz brillante, transparente y natural de ese Valparaíso costero y estilizado, y por momentos, artificial, bien acompañado de un montaje fragmentado y electrizante, obra de Sebastián Sepúlveda (que ya trabajó con Larraín en El Club o Jackie) que nos lleva de un sitio a otro sin tregua, y la música de Nicolas Jaar, apabullante, brutal y sensual, acompañada del par de temas de reggaetón del grupo Estado Unido como son “Real” y “Destino”, puro baile lleno de energía, vida y libertad.

La sorprendente, enigmática, brillante, intensa y sexual Mariana di Giromalo en la piel de Ema, en su primer papel protagonista de su carrera, se come literalmente la cámara, convirtiéndose en una animal de escena, en la líder de esta nueva ola de amor, maternidad y sexo, con esa mirada felina y afilada, entre la candidez y la rebeldía que tanto manifiesta y necesita su personaje. Frente a ella, Gael García Bernal (en su tercera película con Larraín) metiéndose en la mirada de Gastón, ese coreógrafo demasiado ensimismado en su pasión que también, y por supuesto a través de Ema, emprenderá su propio camino liberador, Paola Giannini y Santiago Cabrera como Raquel y Aníbal, respectivamente, serán los invitados especiales en ese camino de vida, libertad, amor, sexo y maternidad que emprende Ema, personajes que al igual que su grupo de amigas entrarán de lleno, sin salvavidas ni nada que se le parezca, en este viaje a lo más profundo de nuestra alma, pura visceralidad, un chute de adrenalina y sexualidad (como bien dejará evidente el encadenado de imágenes donde el sexo se vive de manera apasionada y desinhibida) a esa vida de bailar, experimentar, sentir, vivir, emocionarse, donde hay cabida para todo aquello que nos hace vibrar como el amor y el sexo sin complejos, ataduras, y demás convenciones sociales que no solo nos impiden expresarnos como somos, sino que también, nos convierten en alguien amargado, triste y perdido.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dios es mujer y se llama Petrunya, Teona Strugar Mitevska

UNA MUJER VALIENTE.

“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”

Simone de Beauvoir

La sátira, el humor negro y el sarcasmo fueron las herramientas que utilizó el guionista Rafael Azcona (1926-2008) para hablarnos de las injusticias y miserias que campaban durante el franquismo, poniendo el foco en las dificultades de una población que malvivía para adquirir una vivienda, conseguir un trabajo digno o pagar la letra de un motocarro que era el sustento de su existencia. Comedias que además de hacernos reír, vistas hoy en día resultan el mejor retrato de lo que fue España y sus ciudadanos. La misma estela sobre la forma de contar historias sociales es la que sigue Teona Strugar Mitevska (Skopie, Macedonia, 1974) cineasta que ha tocado temas tan diversos como la guerra de los Balcanes, las consecuencias nefastas del régimen comunista, las contradicciones de las generaciones jóvenes frente a lo tradicional, y el combate de unas mujeres por ser ellas mismas, temas que vuelven a sonar en su quinto trabajo como directora.

La cineasta macedonia nos sitúa en el pequeño pueblo de Stip, en el que nos presenta a Petrunya, una mujer poco agraciada y de ideas diferentes a la realidad en la vive que, a pesar de su licenciatura de historia no encuentra trabajo, y además tiene que aguantar las impertinencias y la dureza de una madre anclada en el pasado. Pero todo va a cambiar para ella, cuando en el día de la festividad religiosa ortodoxa, el sacerdote arroja una cruz de madera al río para que cientos de hombres se lancen para conseguirla, aunque este año será Petrunya quién la coja, generando un cisma en el pueblo, convirtiéndose en la ira de los hombres, el sacerdote y la ley. Strugar Mitevska construye una película con el armazón de una comedia satírica e irreverente, que bajo esa capa de ligereza oculta un relato sobre la injusticia en una sociedad sometida a las tradiciones de una mirada completamente machista y patriarcal, donde las mujeres existen bajo la superficie de las hombres y sus ideas, y cualquier cambio provocado se convertirá en una ofensa para los valores tradicionalistas.

El conflicto entre tradición que representan la iglesia, el estado y la madre de Petrunya, y modernidad, que sería lo que combate Petrunya, queda muy bien reflejado en la película, en la que el personaje de Slavica, la periodista vendría a ser esa mujer a la que aspira Petrunya, alguien que tiene un trabajo, lo defiende y se ha convertido en la voz de la injusticia. Petrunya es una especie de patito feo encerrada en un ambiente opresivo y tradicional, alguien que por su forma de ser y carácter se ha erigido como una persona diferente al resto de su pueblo, alguien con ideas y actitudes propias, desde su forma de vestir o su forma de encarar su propia vida, muy alejada del resto, una vida que se verá superada por los acontecimientos en un inicio, para luego demostrar y demostrarse quién es y él porque de su acto, defendiendo con fuerza y decisión, y sobre todo, enfrentándose a todos, no solo la cruz que ha ganado limpiamente, sino también, el hecho de defender que una mujer haya roto las normas injustas de una tradición antidemocrática y en contra de los derechos de libertad individual.

La directora macedonia sigue la tradición de cierta comedia negra balcánica que escondían dramas oscuros y brutales para hablar de los conflictos sociales, económicos y culturales del entorno como hacían Kusturica, Makavejev o Paskaljevic, o los nuevos valores como Tanovic o Cvitkovic, relatos sobre la realidad de los ciudadanos y sus problemas cotidianos, que ahora se miran como reflejos históricos de la época que describen mejor aquellas circunstancias que muchos diarios y ensayos del momento. Un reparto excelente y bien conjuntado que interpreta con brillante naturalidad todos los roles en cuestión del conflicto, sobresaliendo enormemente la protagonista Zorica Nusheva, de trayectoria cómica en el teatro, con esa mirada que traspasa, y esa fuerza intrínseca que despliega durante todo el metraje, luciéndose de forma magnífica creando un personaje sencillo y humilde, que dará un golpe en la mesa para ser quién quiere ser, a pesar de la tradición, y defendiendo con uñas y dientes aquello que considera justo y humano, independientemente de lo que piensan esa mayoría borrega que representan el sacerdote, la policía como el estado a favor de la tradición, o esa jauría de hombres que se dicen religiosos y no respetan ideas diferentes a las suyas.

Dios es mujer y se llama Petrunya es una película fantástica, apasionante y completamente actual, con esa mirada intensa y humanista sobre aquellos cánones estúpidos y fascistas con los que se sustentan muchas sociedades que gritan democracia y la atentan en cada ocasión que pueden, convirtiéndose en meras pantomimas de una libertad en teoría no en la práctica, a través de su sencillez y manifiesta humildad, contándonos un conflicto local que es a la vez un conflicto universal, a partir de alguien que se ha cansado de ser invisible, de alguien que despertará y hará despertar a los demás de esa pesadilla de tradiciones que no respetan a las mujeres y su diversidad. Un relato que viene a tambalear esas estructuras decimonónicas injustas que deben cambiarse ya que atentan contra la modernidad, contra todo lo diferente, contra personas como Petrunya, una mujer valiente, diferente, con coraje y carácter que es una rara avis, un obstáculo para la intolerancia y el borreguismo anclado en la sociedad de hoy en día, siendo esa figura que pone en entredicho todas esas formas tradicionales que atentan contra la libertad de decisión de los seres humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan

LOS BAJOS FONDOS.

“Que cada cual siga su inclinación, pues las inclinaciones suelen ser rayas o vías trazadas por un dedo muy alto, y nadie, por mucho que sepa sabe más que el destino”

Benito Pérez Galdós

Hace seis años en el Festival de Berlín se alzó con el primer premio Black Coal, la tercera película de Diao Yinan (Xi’an, China, 1969) un brillantísimo ejercicio noir que nos explicaba con fuerza y contundencia un relato sucio y desolador sobre un complicado caso de asesinatos en la China devastada por el capitalismo. Yinan acogía los elementos del género para revertirlos y darles una mirada distinta, más desgarrada y deshumanizada, en mitad de un paisaje urbano y helado, en el que además, introducía una historia de amor entre dos seres invisibles, rotos y anclados en un pasado traumático. Su nuevo trabajo El lago del ganso salvaje, vuelve a situarnos en el noir, pero esta vez la mezcla entre tipos del hampa y agentes del orden se hace muchísimo más palpable, en el que los dos se mezclan y se confunden durante una larga noche.

El director chino nos acota el relato en tres noches, y alguna que otra mañana, dos funcionarán como flashbacks para explicarnos los pormenores de los dos protagonistas, Zhou Zenong, un líder de una banda criminal, y Liu Aiai, una joven prostituta. La acción arranca cuando después de una pelea entre bandas, Zenong mata accidentalmente a un policía y comienza una huida nocturna imposible por “Jiang Hu” (los bajos fondos) donde se tropezará con la prostituta enviada por el jefe de otra banda que parece querer ayudarle o no. Además, en esta aventura nocturna aparecerá un tercer agente implicado, la policía en el rostro del Capitán Liu, y por último, la esposa de Zenong, contrapunto del personaje de la prostituta, que vive acosada por la policía y a la espera del reencuentro con su marido fugitivo. Dinan nos sitúa su película en una noche eterna que parece no tener fin, y nos enmarca en un paisaje peculiar, el de los alrededores del lago del título, donde se amontonan casas de todo tipo en un meticuloso y desproporcionado laberinto por donde se moverán la pareja de fugitivos, diversos criminales, algunos que pretenden ayudar y otros, acabar con la vida del perseguido, y policías a la caza del asesino.

Todos los agentes implicados se moverán rápido, sin tregua ni descanso, en un continuo movimiento enloquecido donde la vida anda en constante peligro, criaturas rotas y heridas que se moverán por el fango de los arrabales, en las que las aguas turbias del lago serán el reflejo deformador de esos cuerpos y rostros heridos, lugar donde encontramos la miseria de unas existencias a vueltas con un destino incierto e implacable para ellos. La magnífica luz obra de Dong Jinsong (cinematógrafo de la filmografía de Yinan, y de la no menos célebre Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan) que a ratos deslumbra y otros hipnotiza, por su amalgama de colores neón donde abundan los rojos, verdes y amarillos, iconografías imperdibles en las noches asiáticas, creando ese espacio onírico, y a la vez, sucio, donde podemos apreciar con todo lujo de detalles esa sensación de tristeza y pérdida que emana de los personajes. No menos contundente es el preciso y soberbio montaje de Kong Jinlei y Matthieu Laclau (dúo que ha trabajado en el cine de Jia ZhangKe) hilando con absoluta maestría todas las imágenes que componen la película, llevándonos con decisión y fuerza por todos los puntos de vista que acontecen, dotando a la cinta de ese ritmo trepidante y sin aliento que tanto demanda.

Dinan no olvida imponer a su film una suerte de fatalidad donde unos personajes, al igual que ocurría en el cine de Renoir o Lang, están condenados a la desgracia, empujados por un destino que los acecha constantemente, envueltos en una niebla de misterio y muerte a cada instante, en que el lago asume su rol de bestia dormida que los va atrapando suavemente, como una especie de imán imposible de desatarse, y ese amor entre el fugitivo y la prostituta acentúa aún más todas esas claves noir que arrastra al devenir de una pareja que no encuentra lugar donde esconderse. El buen trío protagonista encabezado por un portentoso Hu Ge en la piel del huido Zenong, una alma rota, en quiebra con la vida, azotada por la fatalidad, y a su lado, alguien no mucho menos desgraciado como Gwei Lun Mei (la viuda desolada de Black Coal) en el papel de LIu Aiai, esa prostituta cansada y derrotada, con esa ambigüedad que caracteriza a las mujeres del noir, también decidida a escapar y huir de esa existencia encadenada y mísera, y frente a ellos, la ley que representa el Capitán Liu, en la piel de Liao Fan (el policía traumatizado de Black Coal) con sus peculiares métodos para dar caza del criminal huido.

El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan no deja indiferente, sino todo lo contrario, es una punzante mirada sobre China y sus miserias, a través de un potentísimo relato noir que, como los buenos títulos del género se convierten en reflejos de las sociedades, con sus complejidades, oscuridades y bajos fondos. Una película que viene a sumarse al maravilloso momento cinematográfico que vive China con títulos tan memorables vistos durante la última temporada como el citado de Bi gan, La ceniza es el blanco más puro, de Zhangke, An Elephant Sitting Still, de Hu Bo, So Long, My song, de Wang Xiaoshuai, en que a partir de películas de corte noir, plantean situaciones tristes y desgarradoras de una población en continua huida, solitaria y perdida, que se asfixia en una China ahogada por un capitalismo salvaje y deshumanizado, que está desplazando los valores tradicionales por otros menos amables y más competitivos. Un cine que refleja ese aliento de vacío que tanto describe a la población china de estos momentos, desplazada por un continuo y despiadado crecimiento que arrasa con todo lo de antes, sin tiempo para analizar tantos brutales cambios. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlota Bujosa

Entrevista a Carlota Bujosa, directora de la película “Bubota”, en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el domingo 17 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlota Bujosa, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Júlia Talarn de La Costa Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

1917, de Sam Mendes

UN PASEO POR EL INFIERNO.

“Descubrir un sistema para evitar la guerra es una necesidad vital para nuestra civilización; pero ningún sistema tiene posibilidades de funcionar mientras los hombres sean tan desdichados que el exterminio mutuo les parezca menos terrible que afrontar continuamente la luz del día”

Bertrand Russell

El interior de la guerra ya había sido tratado por Sam Mendes (Reading, Berkshire, Inglaterra, 1 de agosto de 1965) en Jarhead (2005) en la que ponía el foco en un grupo de soldados estadounidenses destinados en la guerra del golfo que, mientras esperan entrar en combate, mataban el tiempo jugando, confraternizando y esperando. Después de dos películas dedicadas a James Bond, como fueron Skyfall (2012) y Spectre (2015) elogiadas por la crítica, el director británico vuelve a posar su mirada en la guerra, yéndose esta vez a la “Gran Guerra”, la primera Guerra Mundial, donde nuevamente apenas si vemos al enemigo, pero al contrario que en su anterior incursión en el bélico, esta vez sus soldados si entran en el interior de la guerra, en su parte más cruda y desgarradora.

La película arranca un día de la primavera de 1917, cuando dos jóvenes soldados británicos, Schofield y Blake, reciben una misión completamente suicida, a contrarreloj, en que el tiempo es otro enemigo, en la que deberán adentrarse en territorio enemigo para entregar un mensaje crucial para salvar la vida de cientos de soldados, entre los que se encuentran el hermano mayor de Blake. Si bien, el conflicto que plantea la película se convierte en una mera excusa con el que nos adentraremos a través de estos dos soldados en el horror y la miseria de la guerra. Mendes construye una película de acción pura y dura, donde los soldados, en su largo caminar, recorren unos cuántos kilómetros, en los que atravesaremos larguísimas trincheras que parecen no tener fin, pueblos en ruinas y la sensación de que en cualquier momento algo terrible va a suceder, lugares en que el director británico adapta ese movimiento a un plano secuencia que sigue impertérrito a sus personajes, vayan donde vayan y crucen por donde crucen, en un magnífico trabajo técnico que sigue sin descanso lo que va sucediendo, en ese largo día donde se acota la película, donde seguiremos sin respiro las caminatas y desencuentros de los dos soldados protagonistas.

La película nos muestra lo colectivo y lo íntimo de la guerra, todo aquello que quedará reflejado en los libros de historia, cuando se reconquistó aquel lugar o aquel otro, pero también se detiene en la intimidad de los personajes, en todo aquello que son, de dónde vienen, que familias o amigos dejaron en sus hogares, y que ilusiones o sueños albergan cuando todo ese infierno finalice. La cinta combina con audacia y detalle los momentos bélicos, desgarradores y siniestros, con esa humanidad que va escapándose como la amistad y la fraternidad entre los soldados, la esperanza que saca fuerzas donde ya no las hay, algún leve resquicio de amor, alguna canción escuchada en hermandad o la vida que nace entre tanta oscuridad. Mendes escribe un guión junto a Kristy Wilson-Caims (que conocemos por la serie Penny Deadful) que recuerda a aquella misión donde el Capitán Willard tenía que cruzar campo enemigo en la guerra del Vietnam para dar con el Coronel Kurtz en la inmensa Apocalypse Now, de Coppola, estructura parecida a 1917, que nos habla de rostros y cuerpos, y sobre todo, nos hace una descripción detallada de la supervivencia en la guerra, de todo aquello que hacen estos soldados para seguir con vida y cumplir la misión que se les ha encomendado, en este viaje por el infierno, donde sabemos cuando comienza pero no como acaba.

Los 119 minutos del metraje pasan a un ritmo trepidante, en su tensión y atmósfera recuerda sobremanera a Dunkerke, la película de Nolan, ambientada en la famosa batalla de la Segunda Guerra Mundial, donde nos desplazábamos por ese universo del horror donde en cualquier instante podríamos perder la vida, donde cada segundo contaba, en el que la vida y la muerte parecían la misma cosa, en la que también se fusionaba a la perfección lo colectivo con lo individual. Mendes se reúne con algunos de sus colaboradores más estrechos en su carrera como Roger Deakins en la cinematografía (habitual de los Coen o Villeneuve) haciendo alarde de su grandísima maestría a la hora de elaborar una película desde ese brutal plano secuencia que no solo resulta el elemento indispensable para contar este relato de movimiento y paisaje, sino su capacidad para ir generando la tensión y el horror que la historia reclama. En el montaje, también fundamental, encontramos a Lee Smith, uno de los grandes en la materia y habitual de Mendes, así como de Nolan o Weir, y la brillantez de la música de Thomas Newman, con más de 100 títulos a sus espaldas, llenando esa pantalla desde lo grandioso a lo íntimo.

Mendes convoca a dos rostros jóvenes para el dúo protagonista como George Mackay que interpreta al Cabo Schofield (visto en películas como Captain Fantastic o El secreto de Marrowbone, entre otras) y Dean-Charles Chapman como el Cabo Blake (uno de los intérpretes de la exitosa serie Juego de Tronos) y actores más experimentados en roles más breves pero intensos como el actor irlandés Andrew Scott que ya estuvo con Mendes en Spectre, Benedict Cumberbatch y Colin Firth. 1917 devuelve al gran cine a Sam Mendes, aquel que nos deleitó con títulos como American Beauty, con la que debutó, Camino a la perdición o Revolutionary Road, un hombre que compagina con acierto una carrera de cine, teatro y televisión, convirtiendo el octavo trabajo de su cinematografía en uno de los grandes títulos bélicos de la historia y sobre todo, los dedicados a la Primera Guerra Mundial como El gran desfile, Sin novedad en el frente, Adiós a las armas, Las cruces de madera, Senderos de gloria, Gallipoli o Capitán Conan, por citar algunas, todas ellas grandes películas que explican la crudeza y el horror de la guerra, lugar donde no hay ni épica ni ningún tipo de glorificación ni nada por el estilo, solo una realidad atroz y sangrienta que siega la vida de tantos jóvenes, jóvenes que encuentran hambre, suciedad, fatiga, barro, miedo, dolor, tristeza y muerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los consejos de Alice, de Nicolas Pariser

LYON, EL ALCALDE Y LA FILÓSOFA.

“La razón nos engaña a menudo, la conciencia nunca”

Jean-Jacques Rousseau

La política es un universo complejo, porque en muchos ocasiones se convierte en todo lo contrario a su verdadera naturaleza, que no es otra que la de ayudar a la vida de los ciudadanos, proponiendo y ejecutando soluciones a los problemas que vayan surgiendo, desgraciadamente, la política viene a ser un lugar donde muchos encuentran un espacio para hacer sus negocios personales, y sobre todo, hacer creer a los ciudadanos que todo esos intereses benefician al bien social y común. La segunda película de Nicolas Parisier (París, Francia, 1974) nos habla de política, pero no solo de eso, un tema que ya exploró en La République (2010) un mediometraje de 36 minutos enfocado en un joven parlamentario que conoce la noticia de la muerte del presidente. En su puesta de largo El gran juego (2015) explora las vicisitudes de un escritor en crisis que recibía la misteriosa visita de alguien que le trasladaba a su pasado.

En Los consejos de Alice coloca el foco en dos personas aparentemente muy diferentes. Por un lado, tenemos a Alice, un joven filósofa que viene de trabajar como profesora en el extranjero, acepta un curioso y peculiar trabajo que consiste en proponer ideas al alcalde socialista de la ciudad de Lyon, la otra persona que se ha quedado sin ideas. Parisier se centra en la relación que se va construyendo entre dos personalidades tan distintas, desarrolladas en campos tan alejados, en ese enfrentamiento-relación entre las ideas y el pensamiento de la filosofía, o los hechos y la superficialidad de los entresijos políticos. El teórico enfrentamiento devendrá en algo más estrecho y cercano entre Alice y Paul, el alcalde, porque si hay algo que los relaciona y mucho, son sus estados de ánimo, dos personajes encerrados en sus vidas, en sí mismo, bastante frustrados por su trabajo y perdidos en su existencia, que consideran monótona y aburrida. El director francés construye su película con abundantes diálogos, quizás sea la palabra y compartir lo que se cuece en nuestro interior, es el mejor antídoto, aunque también va tejiendo la relación que va acercando tanto a la joven filósofa como al veterano alcalde, que no solamente les une la soledad de sus vidas, sino también, el absoluto desconocimiento sobre qué camino tomar para cambiar ese destino.

Los 105 minutos del metraje se ven con ritmo e inmediatez, como no podía ser de otro modo, donde la política pegada a esa actualidad que siempre hace tarde, encadenada a los múltiples acontecimientos, no solo los propios de las circunstancias del ayuntamiento, sino de lo interno del partido socialista, en una combinación que se fusiona, se mezcla y también, se contamina. Pariser combina con acierto y brillantez todos esos elementos, tomándose su tiempo para contárnoslo, debido a la complejidad que se desarrolla en el ámbito de la política local,  llevándonos de un personaje y de un tema a otro con soltura y agilidad, sin caer en ningún instante en la monotonía ni nada por el estilo, sino creando ese espacio del drama ligero e inteligente, con estupendos diálogos y situaciones complejas, donde esa aparentemente cercanía inmediatez oculta un trasfondo humano, donde la política y la filosofía dejan espacio a las emociones y sentimientos que estos dos seres esconden a los demás, y lo que es más preocupante, a sí mismos.

Viendo la película nos viene a la memoria El árbol, el alcalde y la mediateca (1993) otro cuento moral sobre la política, curiosamente protagonizado por Fabrice Luchini, donde un complejo deportivo, en Los consejos de Alice  se trata de una megalópolis disparatada diseñada por un rico caprichoso, generaba controversia entre el alcalde y los habitantes que se negaban. La propuesta del cineasta francés de mezclar política con filosofía podría parecer en un primer instante demasiado ambiciosa, pero el resultado dice lo contrario, su propuesta resulta interesante en la que teje con crítica y soltura un película-retrato sobre las interioridades de la política local, los personajes que pululan, como esa feroz crítica a esos profesionales de la comunicación, o al menos eso pretenden, más interesados en datos y en eslóganes, que en construir una verdadera imagen cercana del alcalde, donde el ciudadano lo vea como su representante no como su enemigo, donde escuchamos a Wagner, leemos a filósofos como Rousseau y su inmortal “Ensoñaciones del paseante solitario”, Ernst Bloch, o Bartleby, el escribiente, de Melville.

Una película inteligente, audaz y estupenda, que tiene en su pareja protagonista otro de sus grandes alicientes, con el reposado, soberbio y elegante pose de un Fabrice Luchini, que a sus 69 años, sigue siendo uno de los grandes de la interpretación, con esa inmensa capacidad de hacernos creer su personaje con leves detalles o una fugaz mirada, dando vida a Paul Theraneau, ese alcalde socialista que tiene demasiadas batallas de frente, la de gobernar la ville de Lyon, la interna de su partido de cara a liderarlo, y la más difícil, la suya propia, en la que desconoce las herramientas a necesitar. A su lado, la joven filósofa, la joven intelectual, interpretada por una maravillosa Anaïs Demoustier, convertida ya en una grande, siendo esa Alice Heimann, una especie de intrusa en un mundo, el de la política tan diferente al suya, en una lucha encarnizada entre las ideas y el pensamiento, donde el tiempo y la paciencia son indispensables, contra la política, ese universo de la radiante actualidad, donde todo es inmediato, donde no hay tiempo para nada, donde cada día cuenta, en cada segundo te la estás jugando, cualquier leve error se paga con el escarnio y olvido. Entre esos dos trenes a punto de chocar, surge la íntima y emocionante relación entre dos seres solitarios, decepcionados del amor y la vida, perdidos y a la deriva, que quizás encuentren esa tabla que les ayuda a salvarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Richard Jewell, de Clint Eastwood

HÉROES Y VILLANOS.

“Las mentiras se construyen, las verdades se descubren”

Jorge Wagensberg

Muchos de los personajes que pueblan el universo de Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930) la mayoría interpretados por él mismo, son tipos que anteponen las vidas humanas a cualquier interés económico, tipos idealistas, gentes que creen en la verdad y la justicia, y no dudan en enfrentarse a todos aquellos que la utilizan a su conveniencia, ayudando a los desfavorecidos y oprimidos. Nos vienen a la memoria a aquellos vaqueros que pululaban por su cine en los setenta y principios de los ochenta, que se jugaban la vida en pos de un mundo mejor, o aquellos desheredados, de vidas poco recomendables, pero que se alzaban contra la mentira y la manipulación de los poderes económicos. En su trabajo número 38 como director, Eastwood encuentra en un suceso real, a través del artículo American Nightmare: The Ballad of Richard Jewell de Marie Brenner, publicado en 1997, en un guión escrito por Billy Ray (autor entre otras de La sombra del poder o Capitán Phillips) para hablarnos de cómo se utiliza la verdad y la justicia y se manipula a la opinión pública, rescatando el caso de Richard Jewell, un desconocido guardia de seguridad estadounidense que vio como una noche cualquiera, más concretamente la del 27 de julio de 1996, en su lugar de trabajo, el Centennial Olimpic Park en Atlanta durante la celebración de las Olimpiadas, su vida dio un giro inesperado, porque alertó de una mochila sospechosa que contenía una bomba y explotó ocasionando 2 muertos y un centenar de heridos.

Jewell se convirtió primero en héroe y después, en villano investigado por el FBI como principal responsable del atentado. El veterano cineasta arranca su película hablándonos del celo que tiene el tal Jewell en su trabajo como guardia de seguridad, el eterno aspirante a policía federal, se muestra obsesionado con su trabajo y ese ímpetu en su forma de realizarlo le provoca recelos de sus superiores y despidos. Pero, en seguida nos sitúa en un par de noches, en la primera nos va presentando a los personajes implicados en el suceso que será en un par de noches más, colocándonos en esa noche y como se van sucediendo los hechos, dejando claro la profesionalidad de Richard Ewell en todo momento, y sobre todo, dejando clara su inocencia en los hechos. También, asistiremos a la encumbramiento por parte de la prensa sensacionalista del propio Jewell, presentado como un héroe, ese tipo de personas que tanto gustan a la sociedad estadounidense, y después de ese empujón a la cima, y como ocurriese en el mito de Sísifo, la caída a los infiernos, investigado por terrorista, de héroe a villano en cuestión e 72 horas.

Eastwood nos convoca a la crónica de los hechos de los casi tres meses que duró la pesadilla de Jewell y su madre Bobi, donde como suele ser habitual la prensa carroñera empezó a sacar los trapos sucios de su pasado, inventándose muchísimos y ofreciendo una veracidad falsa de la personalidad de Jewell, que tuvo la ayuda del abogado Watson Bryant. La película atiza con vehemencia a esa prensa sensacionalista que hace lo imposible para vender diarios y dejar huella en un periodismo chabacano y deleznable, donde la actualidad se convierte en la premisa y sobre todo, en buscar héroes y villanos a cada paso, bien representado por Kathy Scruggs, una periodista miserable que recuerda en métodos al otro aquel que interpretaba Kirk Douglas en El gran carnaval, de Billy Wilder, gentuza sin escrúpulos que solo atienden a la exclusiva sin importarles la veracidad de la información. Y como no, también hay durísimas críticas al FBI y su miserable investigación, o lo que es lo mismo, al gobierno de EE.UU., más preocupado en encontrar un cabeza de turco que en encontrar la verdad y a los culpables, bien representados por esos dos agentes ineptos e inútiles que reciben los nombres de Tom Shaw y Dan Bennet.

Como es habitual en el cine del californiano la estupenda fotografía, alimentando con esos planos llenos de vida que traspasan a los personajes, obra de Yves Bélanger, que ya estuvo en Mula. Y qué decir del montaje de Joel Cox, con Eastwood desde mediados de los setenta, preciso y sobrio, llevándonos desde la intimidad del hogar de los Jewell acosado por todos, a toda esa calle convertida en opinión pública manipulada a los antojos del poder. Y el estupendo y conjuntando reparto, otra de las marcas de la casa del cine de Eastwood, encabezado por el desdichado Ewell, bien interpretado por Paul Walter Hauser (que habíamos visto en Yo, Tonya) bien secundado por Sam Rockwell, como el abogado defensor deJeEwell, que sabrá conducirlo ante la maraña de sanguijuelas que tiene en frente, Kathy Bates como la madre de Jewell, una mujer fuerte que verá como el sueño se convierte en una pesadilla dolorosa y brutal.

Y al otro lado del espejo nos encontramos con los otros, los personajes ávidos de sangre, como la periodista que hace Olivia Wilde, convertida en una especia de bruja malvada que está dispuesta a todo para conseguir esa exclusiva que le haga ganar el pulitzer, y la pareja de agentes federales, en la piel de Jon Hamm e Ian Gómez, dos tipos sin escrúpulos más interesados en cazar a alguien que en investigar la verdad y hacer justicia. Eastwood vuelve a construir una película magnífica, llena de tensión y amargura, condensando los 131 minutos de metraje a un ritmo apacible y lineal los hechos,  sin sobresaltos, contando de manera clara y sencilla la realidad desde puntos de vista diferentes, entrando en la cotidianidad de un pobre diablo que sin quererlo se topó de bruces con una realidad siniestra y terrorífica, despertando de golpe de ese sueño americano que se había construido durante toda su vida., y conociendo de primera mano los deplorables métodos de su gobierno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA