El niño, de Daniel Monzón

El_nino-701828486-largeNáufragos en la frontera

“Las fronteras son los estercoleros de los países”. Esta frase extraída de la monumental, Sed de mal (1958), de Orson Welles, podría ser un buen titular para El niño, la esperada película de Daniel Monzón, la quinta de su filmografía, después de la revolución cinematográfica que fue Celda 211 (2010), extraordinario thriller carcelario que cosechó excelentes críticas y tuvo un amplio respaldo del público. Igual que el genio norteamericano, Monzón sitúa su trama en un lugar fronterizo, en este caso, el estrecho de Gibraltar, en esos 16 kilómetros que separan el tercer Mundo de la Unión Europea, y con tres países implicados, España, Marruecos y Reino Unido, entre  policías, jóvenes sin futuro, ávidos de dinero fácil, narcotraficantes, contrabando y corrupción. El realizador mallorquín, ayudado por una gran producción que derrocha medios e inteligencia, estructura su relato a través de dos miradas, dos personajes: Jesús, un idealista policía, solitario y cansado de perder siempre contra los peces gordos, que lleva dos años detrás de una red de contrabando de cocaína, con la ayuda de su inseparable compañera, Eva, que entre los dos protagonizan una historia de amor entre líneas, y al otro lado del espejo, El niño (llamado así por su forma temeraria de enfrentarse al riesgo), un joven desarraigado, que vive al margen de la ley, jugándose la vida pasando hachís/cocaína de un lugar a otro con lanchas a gran velocidad. Monzón, con la fiel compañía de Jorge Cuerricaechevarría en la escritura, en su cuarta colaboración juntos, fabrica un buen e intenso policíaco, trepidante, cargado de tensión, y con trepidantes escenas de acción cargadas de adrenalina (resultan espectaculares las protagonizadas por el helicóptero que persigue a la lancha con los cargamentos de droga en alta mar), que mantienen un pulso narrativo de altura, que ya sacó a relucir en su Celda 211. Si en aquella todo se desarrollaba en un único escenario cerrado, ahora las localizaciones son cuantiosas, desde el inmenso aeropuerto de Algeciras, donde se amontonan filas interminables de contenedores a la espera de destino, pasando por los miradores turísticos , las aldeas de Marruecos donde se cultiva el polen a golpe de tambor, sin olvidar el verdadero protagonista de la función, ese mar lleno de incertidumbre y (des) ilusiones que acapara buena parte del conflicto.  Quizás la trama decae en la tercera parte del relato, con esa edulcorada historia de amor que desluce el conflicto que se plantea, aunque dicho sea de paso, la parte final con todos los personajes y tramas implicadas, policías, chavales, británicos, marroquíes y albano-kosovares, elevan el tono de la historia, llenando el relato de grandes dosis de espectáculo y dramatismo, cerrando de forma directa y correcta una buena película más cercana a los policíacos de Tavernier, Ley 627 (1992), que a las películas de acción estadounidenses, donde el protagonismo se centra en los personajes y sus relaciones, y no en las historias. No podemos olvidar el inmenso trabajo actoral de la película, una mezcla formidable entre actores consagrados y juventud, encabezado por un magistral Luis Tosar, que alejado de Malamadre, realiza una gran composición como el policía obstinado que rema río arriba a pesar de las dificultades que se va encontrado, el siempre eficaz Eduard Fernández, y al otro lado, los jóvenes, capitaneados por el debutante Jesús Castro, que con su mirada felina y ese desparpajo, lo convierten en uno de los grandes aciertos de la película, acompañado por el siempre correcto Jesús Carroza (el compi inseparable), ya visto en Celda 211, muy bien secundados por el moro/español, Said Chatiby (Halil), el enlace, y la joven marroquí, Mariam Bachir (Amina). Un película noir, inspirada en hechos reales, que continúa la vía hacía un cine que combina de forma admirable realismo con grandes dosis de acción, un cine europeo de primer nivel, que recoge el guante de aquellos cineastas francotiradores de los años 60 y 70.

Pauline en la playa, de Eric Rohmer

1983 Pauline a la plage - Pauline en la playa (fra) 01Qui trop parle, il se mesfait

(Quién habla mucho, se equivoca)

La frase pronunciada en Perceval, de Chrétien de Troyes, vuelve a servirle a Eric Rohmer, que ya adaptó a este poeta del siglo XII en su Perceval le Gallois, en 1978, vuelve, cinco años después, a utilizarlo, en francés arcaico, para encabezar su relato Pauline à la plage (1983), tercera incursión del maestro de las relaciones amorosas y la ligereza humana, en sus Comedias y proverbios. Aquí no se tratan situaciones morales, como en sus memorables cuentos que tanto éxito proporcionaron al genio francés Rohmer en los años setenta, aquí nos propone situaciones psicológicas, nos adentra en una serie de personajes que pasan unos días, los últimos, en las playas de Normandía, donde conoceremos a Pauline, una adolescente de 15 años, a cargo de su prima Marion (Personaje surgido en los años 50 inspirado en Briggite Bardot), mayor que ella, de exultante belleza y atractivo, diseñadora de moda, que se reencuentra con su viejo amigo Pierre, un joven atractivo, profesor de windsurf, que se siente profundamente enamorado de Marion. Sin embargo, ésta se siente muy atraída por Henri, maduro atractivo, etnólogo de profesión y aventurero de oficio. En este juego amoroso, también intervendrán el adolescente Sylvain, del que se enamora Pauline y, por último, Louissette, una vendedora ambulante por la Henri se siente atraído. Una vez planteados los sentimientos de los personajes, Rohmer, lanza unos a los otros para que estalle, emocionalmente hablando, claro está. Marion cae en los brazos de Henri, y Pierre, como es habitual, estalla en celos, por lo que Marion le invita a seducir a Pauline, pero a Pierre no le atrae su juventud. Por otro lado Pauline se enamora de Sylvain, al que considera más transparente y sincero, pero aquí no cesan los amoríos. Henri seduce a la vendedora, y casualmente Pierre los descubre, pero ante la llegada de Marion, Henri le hace creer que la vendedora y Sylvain se han liado. Marion, al estar enamorada, lo cree, ante los vanos intentos de Pierre de hacerle creer que Henri no es de fiar. En cambio, Pauline se mantiene firme y le cuesta creer que Sylvain sea así. La mentira y las dobles intenciones se han desatado y arrastran a todos los personajes. Rohmer no tiene piedad por ninguna de sus criaturas, si exceptuamos a Pauline, que aquí actúa como testigo mudo de un relato vertebrado a través de la mentira, la desorientación y, sobre todo, de la inmadurez de unos adultos cuyos años no los han llevado a comportarse como tales, como lo señala el crítico J. M. López Llaví: Un agudo episodio en clave de comedia, hecho de anécdotas y de emociones interesantes y corrientes, a vueltas desproporcionadas, en torno al mundo de los sentimientos, que dejan al descubierto, el desconcierto, la soledad y la inmadurez y la falta de puntos de referencia en que se mueven la mujer y el hombre actuales en su relación actual, en una generación i en unos estamentos que han rechazado los moldes morales heredados y el si de una civilización en crisis. Aquí Rohmer, cuyo relato bien podríamos definir como una fábula de los sentimientos, es infiel por primera vez a su quehacer cinematográfico: si bien hasta ahora sus historias se estructuraban a través de un único punto de visto a través del cual seguíamos el relato de un solo narrador, aquí encontramos a un personaje que mira, nuestra querida Pauline. El maestro francés cambia de registro y nos muestra su obra con diferentes puntos de vista, según el personaje que vive la situación o la cuenta. A partir de esta película cambiará esta regla en su cine. Harry Moseby, el detective interpretado por Gene Hackman, protagonista de la excelente La noche se mueve (1975), de Arthur Penn, confiesa no gustarse el cine de Eric Rohmer porque en él “se ven crecer las plantas”. Esta confesión un tanto burlona y caricaturesca, encierra en el fondo un sentido homenaje a ese cine fabricado en el viejo continente que tanto han admirado los cineastas los cineastas como Penn, que hicieron de su cine valiente, arriesgado y alejado de lo establecido, su marca registrada. Rohmer podría asemejarse a esta manera de hacer cine, una contemplación de la vida, de los seres que la habitan y de las relaciones que mantienen los unos con los otros. El crítico Ruíz de Villalobos lo define de la siguiente manera: En el cine de Rohmer lo más asombroso, lo que apasiona más, es la facilidad que tiene para hacernos llegar, a través de la imagen fílmica, esas pequeñas cosas de la vida cotidiana, esos diálogos tan escuchados, esas situaciones tan habituales que él rodea de una aureola mágica, verdaderamente espectacular, aunque su cine, aparentemente, no sea nada espectacular. Pauline à la plage encierra un relato articulado a través de los diálogos que van manteniendo todos los personajes. La palabra es característica fundamental en el cine de Rohmer: qué sería de su cine sin el apoyo incondicional de esta herramienta que tenemos los seres humanos para relacionarnos, o como ocurre en la película, para confundirnos, desorientarnos, no ser sinceros con nosotros mismos ni con los demás, para manifestar todo lo contrario de lo que pensamos, para dar por hechos sentimientos que no tenemos, etc… Rohmer enfrenta a sus criaturas y las hace mentir, ser cómplices de la palabra y, sobre todo, dejarse llevar por los demás y dejar de ser uno mismo. El cineasta nos viene a decir algo así como que deberíamos hablar mucho menos y ser más sinceros con nosotros mismos, y así lo seremos con los demás, o quizás, en el fondo, la materia de la que estamos hecho los humanos no da para más y es éste nuestro destino. Rohmer baña a sus personajes con una luz limpia, luminosa y clara, sacada directamente de los cuadros de Matisse. Una luz blanca, poderosa, atravesada por colores planos como los del cuadro La blouse roumaine que está colgado en casa de Henri. Una fotografía para la que contó con la inestimable ayuda del genio de Néstor Almendros –barcelonés de nacimiento, pero que desarrolló casi toda su carrera en el país vecino trabajando con Truffaut y el propio Rohmer, entre otros- que dotó a la imagen de una gran sencillez, de una gran pureza ausente de grandes contrastes y sombras marcadas. Una luz y una película realizada con muy pocos medios, rodada en su totalidad con una sola toma y con un reducidísimo equipo en el que incluso los actores ayudaban en los decorados o el vestuario. Su excelente trabajo como director se vio recompensado con el premio a la mejor dirección en el Festival de Berlín de 1983. No quisiera olvidarme del excelente reparto en el que todos los actores interpretan sus roles con naturalidad y con unos diálogos y movimientos que los hacen pertenecer a ese mundo tan maravilloso que durante más de cincuenta años fue creando Rohmer a través de sus relatos románticos en los que nada es lo que parece y, por supuesto, todo lo que parece resulta extraído de una realidad maravillosamente cotidiana, por el propio Rohmer, un consumado observador de la vida y un retratista de los paisajes emocionales y naturales. Ya que el cine de Rohmer nace en gran parte de la literatura clásica, quisiera despedirme con una cita de Blaise Pascal: … no tenemos más remedio que admitir que si el corazón tiene sus razones que la razón desconoce, es que ésta es menos razonable que nuestro corazón. Les dejo con la película Pauline à la plage, un retrato agridulce e irónico sobre las relaciones amorosas en el que Rohmer nos llevará de la mano a las playas de Normandía a conocer a unos personajes que aunque parezcan algo patéticos podrían ser alguno de nosotros, o el compañero de butaca que tenemos al lado. Y todo ello baja la atenta mirada de una adolescente de 15 años que nos mira y escucha.

Gabrielle, de Louise Archambault

gab1La Joie de vivre (La alegría de vivir)

 Gabrielle tiene 22 años y vive en un centro para personas con discapacidad intelectual, porque padece el Síndrome de Williams.  Su cotidianidad gira en torno a las clases que recibe, las excursiones que realiza junto a sus compañeros, y los ensayos en el coro de Las musas del centro, donde manifiesta un talento excepcional para el canto. Algunos días los pasa junto a Sophie, su hermana mayor -en conflicto emocional porque se debate entre estar con su pareja en la India de cooperantes o el cuidado de su hermana discapacitada-, que la tutela debido a la ausencia de la madre, que está demasiada ocupada con su profesión y su novio. Su vida toma un giro inesperado cuando se enamora de Martin, uno de sus compañeros con los que comparte confidencias y risas. Pero la relación de los dos jóvenes choca frontalmente contra la oposición materna. Por un lado, la madre de Martin, lo sobreprotege y anula cualquier síntoma de desarrollo emocional de su hijo. Por el otro, Sophie, apoya a Gabrielle a nivel personal y emocional, y se manifiesta a favor de la relación. Louise Archambault, de origen canadiense, nos plantea en su segunda película, hablada en francés, un relato sobre la aceptación de la diferencia, el derecho a ser felices a pesar de  ser “diferentes”. Un relato emotivo y tierno donde emerge la figura de Gabrielle – maravillosa la composición de la joven Gabrielle Marion-Poulin, que padece la misma enfermedad que el personaje- un personaje que nos contagia con sus ganas de vivir, y combate con uñas y dientes por ser aceptada como una más, una joven que luchará a pesar de sus limitaciones para demostrarse a sí misma y a los demás, su capacidad para vivir su vida y disfrutar de su amor con Martin. Filmada de manera naturalista, apoyándose en un estilo directo, cercano y sencillo, la cámara de Archambault no juzga en ningún momento, se reserva el personaje de observadora/cronista del relato. Gabrielle es la figura omnipresente en el transcurso del conflicto, conocemos la historia bajo su punto de vista, reímos y disfrutamos con ella, pero también, nos angustiamos y emocionamos, cuando no sale airosa ante los embates de la vida que se cruzan por su camino. Gabrielle es una soñadora, una persona con grandes dosis de entusiasmo, que a veces se siente incomprendida y sola, y en otras,  se comería su mundo, que es a la vez muy frágil y de una contundencia aleccionadora. Su manera de enfrentarse a sus problemas es contagiosa, de una pureza inocente y fuerte. Destacar la interpretación de Alexandre Landry (Martin), que consiguió el premio al mejor actor en el Festival de Gijón. La cinta premio del Público en Locarno, es un maravilloso cuento contemporáneo fabricado desde la  intimidad y la sensibilidad, que huye de  apuntes condescendientes, mirándonos de frente y apropiándose de nuestra mirada ante esta fábula contemporánea sobre la felicidad, la diferencia y el sentido de la vida, a patalear ante las injusticias y luchar por seguir siendo lo que queremos ser.

Mil veces Buenas noches, de Erik Poppe

Tusen ganger god natt plakatEntre las bombas y el hogar

Sin lugar a dudas, uno de los grandes males que acecha a la sociedad contemporánea,  es la difícil tarea de conciliar vida profesional con vida familiar. Erik Poppe, cineasta noruego -autor de la reconocida trilogía sobre Oslo, que le reportó fama internacional-, se ha basado en sus experiencias personales como reportero de guerra, para hablarnos de un modo directo y sin concesiones del conflicto que se genera entre alguien que ama su trabajo, que le obliga a poner su vida en peligro, y como todo esto afecta en su familia, que como es lógico, sufren por ella y por sus reiteradas ausencias. Poppe coloca el dedo en la llaga, nos habla de Rebecca, una reputada fotógrafa de prensa que está llevando a cabo un reportaje sobre las mujeres suicidas de Kabul (Afganistán), pero todo se tuerce, cuando la mujer se inmola, Rebecca resulta herida de gravedad. Se traslada a Irlanda, donde con la ayuda de su marido, Marcus, un biólogo marino y sus dos hijas, Steph y Lisa, sanará las heridas físicas y emocionales. Aunque esta vez, no resultará una estancia más, sino que tanto Marcus, como su hija mayor, Steph, de 13 años, le reprocharán su modo de vida, así como sus repetidas y largas ausencias. Rebecca, se verá obligada a replantearse su vida, tanto a nivel personal como profesional. Es en ese instante, donde la película genera sus instantes más potentes, las difíciles relaciones que Rebecca mantiene con su marido y su prole, La observan como una desconocida, o como un fantasma, a alguien que está, pero va a desaparecer en cualquier instante. A un ser condenado a su cámara/objetivo, que se proyecta como una extensión de su propio cuerpo, a la que le resulta imposible desprenderse de el. Algo parecido le ocurría a uno de los personajes militares de En tierra hostil (2008), de Kathryn Bigelow. La acción de Poppe huye de todo artifício cómplice, como también de ese aire romántico que acompaña algunas películas de reporteros, plantea su conflicto de una manera madura y eficaz, las dudas y las contradicciones de los personajes. Es de agradecer que Poppe emplee un tratamiento formal sincero y directo, ayuda y de qué manera, que los espectadores seamos partícipes del entramado emocional que rodea todo el relato. En ese sentido, la película no estaría muy alejada del mismo tono realista de El jardinero fiel (2005), de Fernando Meirelles, o Syriana (2005), de Stephen Gaghan, Los gritos del silencio (1984), de Roland Joffé, El año que vivimos peligrosamente (1983), de Peter Weir… Un enfoque naturalista que nos acerca a un personaje en lucha interior constante entre lo que ama y a los que ama. Los planos generales de Kabul, acompañados de una luz abrasadora, que remarcan la inseguridad en la que vive el personaje mientras trabaja, que chocan frontalmente con los medios y primeros planos de Irlanda, junto con esa luz mortecina tan singular de aquellas tierras. Un guión de hierro que desarrolla una historia circular, si bien la película se cierra en el mismo lugar en que se abre, en ese Kabul incendiario en continúa situación bélica, que contrasta como espejo deformante con Irlanda, que constituye la tranquilidad y la convencionalidad familiar. Una bellísima y realista historia de amor que toma su título de la inmortal obra de Romeo y Julieta, quizás la mayor de todas las obras sobre el amor. La presencia y composición de Binoche ayuda muchísimo a conocer a un personaje que en algunos momentos destapa nuestra ira, y en otros, la vemos como una animal herido incapaz de decidirse y saber que camino elegir para su vida.

The extraordinary tale, de Laura Alvea y José F. Ortuño

The_Extraordinary_Tale-760862477-largeFábula sobre soledades y maternidad

Había una vez una chica que vivía en una casita y se sentía muy sola. Debido a su miedo al exterior, se envolvía en numerosas capas de ropa y nunca salía de casa. Para matar su tiempo, se entretenía enviando cartas a desconocidos que escribía en una máquina de escribir- convertida aquí en el único mecanismo de comunicación, ya que el diálogo es inexistente-. Una de esas cartas, por fortuna o error, llegó a un chico y después de cartearse durante un tiempo, se conocieron y se enamoraron. A los pocos días, empezaron a vivir juntos, y casi sin darse cuenta, tuvieron un hijo. José F. Ortuño y Laura Alvea, sevillanos de nacimiento, y con amplia experiencia en el campo audiovisual, debutan en el largo con un cuento de hadas moderno, una historia que nos habla de dos seres solitarios, dos individuos que se necesitan, dos almas que se han creado un mundo propio y personal a su alrededor, y que han huido del mundo y la sociedad, para encerrarse en sí mismos y sentirse más ellos. La trama se centra en la chica, que al igual que sucede en las fábulas carece de nombre, su trastorno compulsivo, alimentado por la sobre protección materna, le han llevado a huir de la realidad y encerrase en sí misma, convirtiéndose en un ser totalmente inocente, desprotegido e ignorante ante los embates de la vida. Filmada en una única localización, y en apenas dos semanas, y en unos estudios en Sevilla. Una cinta rodada en inglés y con clara vocación internacional, tiene en su sencillez argumental y en una elaborada y cuidadísima producción sus cartas de presentación. Sus referentes son fáciles de rastrear, navega desde el cine mudo, y el slapstick, los dibujos animados de la Warner, el imaginario de directores más contemporáneos como Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, con su Delicatessen (1991), o Amélie (2001), o Javier Fesser, en su premiadísimo cortometraje, Aquel ritmillo (1995), o su primer largo, El milagro de P. Tinto (1998), sólo por citar algunas fuentes. Comedia que empieza como una historia de tono romántica y amplitud de colores y luz, para finalizar en un cuento negro, un paranoia de terror doméstico con Repulsión (1965), de Polanski, y Cabeza borradora (1977) de Lynch, como espejos donde mirarse, sobre el hecho de ser padres y asumir la responsabilidad de traer una persona al mundo, cuestión de la que quizás, y como cuestiona la película,  hay personas que no se encuentran totalmente preparadas. Uno de sus referentes más próximos sería El mago de Oz (1939), de Victor Fleming, la maravillosa fábula que empezaba como un viaje romántico a la búsqueda de un sueño, y se acaba convirtiendo en una travesía interior de pesadilla, en la que tenemos que buscarnos a nosotros mismos y enfrentarnos a nuestros miedos más intensos y profundos.

Viajo sola, de Maria Sole Tognazzi

Viajo-sola-CartelIndependiente, madura, sola y ¿feliz?

Irene es una mujer de cuarenta y tantos años, atractiva, elegante y distinguida. Le encanta su trabajo como inspectora de hoteles de lujo para la prestigiosa cadena Leading Hotels. Su tiempo se debate entre hoteles, maletas y viajes, muchos viajes, aunque su profesión ocupa todo su tiempo, en cambio, su vida personal no existe, puede que se encuentre perdida en algún lugar, entre su flamante apartamento que se ha convertido en un lugar sin vida, y las personas de su entorno, las cuáles parece que tampoco  le llenan lo suficiente, o quizás Irene ya no encaja con ellas: Andrea, su ex pareja, que ahora es su mejor amigo y va a ser padre, y Silvia, su hermana pequeña, que es su antítesis, es una esposa aparentemente feliz, y madre de dos niñas. Maria Sole Tognazzi –hija del grandísimo actor Ugo Tognazzi-, y como su personaje, pasa de los cuarenta y no tiene hijos, centra su tercera película (las dos anteriores inéditas en nuestras carteleras) en la figura de una mujer madura, que goza de independencia económica, pero ha elegido estar sola, decisión que choca frontalmente con la idea imperante de la familia tradicional italiana, si bien, encontrarse con hombres maduros en esa situación no sorprende, ocurre todo lo contrario con la visión que tenemos de las mujeres de la misma edad. La opción de no tener hijos, de mantener relaciones esporádicas, y ocupar la mayoría del tiempo en desarrollarse profesionalmente, es una práctica cada vez más empleada por muchos individuos como una opción de vida, alejada del convencionalismo imperante de las sociedades modernas neoliberales. Tognazzi nos conduce de la mano a través de lugares lujosos, empieza en París, pasa por Roma, nos lleva a la exótica Marraquech, para dejarnos en Berlín, y despedirse en un aeropuerto, quizás una bella metáfora del discurrir vital de la protagonista, una vida en constante tránsito. Una comedia ligera, sin artificios, naturalista, la cámara de la realizadora italiana muestra y observa, no juzga y tampoco, se deja llevar, de manera que los espectadores miramos a una mujer que disfruta con su trabajo y se relaciona con muchas personas, y de todas y cada una de ellas, saca una lección positiva o negativa. Las circunstancias que le van a estallar en las narices llevan a Irene a replantearse ciertas actitudes y sentimientos, porque aunque adore su trabajo, también adora que la quieran y le gusta sentirse importante para las personas que la rodean y quiere. Marguerita Buy –actriz de reconocida trayectoria desarrollada principalmente en el país transalpino, donde ha trabajado con directores de la talla de Monicelli, Moretti, Verdone, Luchetti…- nos ofrece una composición maravillosa, interpreta la gran variedad de matices que despliega su personaje, los gestos y las miradas de esta mujer que algunos la verán como una persona solitaria incapaz de amar, y otros, como alguien que vive su vida sin importarte lo que piensen los demás.

El árbol magnético, de Isabel Ayguavives

Cartel 2 (1)Hubo un tiempo y un lugar…

Bruno, después de años de exilio laboral forzoso, vuelve a reencontrarse con Marianela, su prima y el resto de su familia, y con un lugar que ha marcado los años felices de su infancia. Ahora, ese lugar y la casa, testigo de aquellos recuerdos, está a punto de venderse y así, con la desaparición de ese símbolo, perder lo que fue y sí desaparecer una parte de su identidad. Isabel Ayguavives, ferrolana de nacimiento y fogueada en el medio televisivo, se asienta en una historia personal de un amigo chileno, al que acompañó en aquel reencuentro, para contarnos su visión personal e íntima, enfrascándose en una aventura que le ha llevado a cruzar el charco, y filmar en el lejano altiplano chileno, su bautismo cinematográfico. La película se apoya en tres personajes, Marianela, la joven prima magnetizada por el lugar y sus vivos recuerdos, que la aparición de Bruno, además de que ambos se sienten atraídos, le conducirán a aquel tiempo y aquel lugar, que ya sólo pertenece y vive en la memoria. Bruno,  por su parte, es el de fuera, no ha sido testigo de la lenta desaparición de ese lugar, que ya no existe como era, sino que se ha convertido en otra cosa, se parece, todavía permanecen algunas huellas, pero ha cambiado, es distinto, vive en otro tiempo. Y finalmente, el tercer personaje, el que cierra el círculo familiar, la figura de la abuela, que recuerda, pero ya no bien, que está, pero parece que no, que siente y apenas se comunica con el resto de la familia, excepto con Nela y Bruno, con los que mantiene un vínculo conectado directamente con su pasado y secretos, y ese árbol mágico como epicentro y sombra cobijante de ellos tres. Una historia sencilla e intimista, fabricada desde lo más profundo y delicado, atrapando las miradas furtivas que se dedican Nela y Bruno, y todo contado con un toque formalista muy estilizado, que encajona a los personajes en planos medios y cerrados, como si les faltase el aire, ese aire que ya no tiene esa casa y ese lugar, que tanto ha significado para ellos en el pasado. Dos jornadas familiares para despedirse de lo que fueron y empezar a vivir sin aquello, solamente invadidos por recuerdos que ya no tendrán, el escenario que los fundía. Coproducción entre España y Chile, El árbol magnético, su mirada pertenece a esa nueva hornada de cineastas sudamericanos que están agitando el panorama de cine hispano hablante con películas contundentes, formalistas, acompañadas de miradas muy personales,  como  Lucrecia Martel, de la que su película, La ciénaga (2001), sería pariente de ésta, Pablo Trapero con sus historias familiares y sociales, y tantos otros… La película de la cineasta gallega se suma también, a las obras de Mar Coll que con Tres dies amb la familia (2009), y Liliana Torres con Family tour (2014), ofreciéndonos otra interesante exploración del mundo familiar vista a través de jóvenes que vuelven después de un tiempo al seno familiar. Un cine atrevido, que nace desde las entrañas y se cuece a fuego lento para inquietar a los espectadores con historias sencillas que, además de hacernos reflexionar, nos atrapan desde lo más delicado.