Una razón brillante, de Yvan Attal

EL DISCURSO DE LA RAZÓN.

“La dialéctica erística es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente — por fas y nefas

Arthur Schopenhauer

Neïla Salah, de origen argelina, ha vivido toda su vida en el extrarradio parisino, pero siempre ha querido ser abogada, y de esa manera, romper con lo establecido y llevar una vida diferente a la que dice su condición humilde. Su primer día de clase, en la prestigiosa Facultad de Derecho Assas de París, llega cinco minutos tarde, y entonces su profesor, Pierre Mazard, con formas arrogantes y provocativas, la humilla delante de cientos de alumnos, hecho que derivará en las oportunas sanciones administrativas para el profesor, pero obligado por el decano puede detener si prepara a Neïla para un concurso estatal de oratoria. El profesor no tiene más remedio que aceptar si quiere mantener su cabeza, y la joven hará lo mismo si quiere salvar el curso. El director Yvan Attal (Tel Aviv, Israel, 1965) ha desarrollado una interesante carrera como intérprete dirigido por nombres tan ilustres como Kassovitz, Doillon, Winterbottom, Lelouch o Rappeneau… pero, a su vez, también se ha pasado detrás de las cámaras en tramas de índole social y personal, donde sus personajes se ven inmersos en situaciones graves que les harán tambalear todo su mundo, siempre en un tono cómico.

Ahora, siguiendo ese tono de explorar temas serios pero con momentos divertidos, nos presenta a un solitario profesor, magníficamente interpretado por Daniel Auteuil, cínico como el que más, egocéntrico, y algo mezquino, que micrófono en mano, provoca a su audiencia para levantarlos de sus cómodos asientos de estudiantes y guiarles por otros caminos, a través del conocimiento, la cultura y el lenguaje. En la otra esquina tendrá que batallar con su antítesis, la joven alumna de primero, interpretada por Camélia Jordana, en las antípodas de lo que espera el profesor de su alumna, aunque el trabajo que les ha unido, lentamente les apartará de sus posiciones antagónicas y les llevará hasta ese punto en que sorprendentemente, no somos tan diferentes los unos a los otros. A través del libro “El arte de tener razón”, de Arthur Schopenhauer (1788-1860) Mazard prepara y provoca a Neïla para que argumente sus razones, convenza a su rival, y sobre todo, se convenza ella misma de su potencial, y su discurso, porque es más importante los argumentos y la forma de expresarlos que tener razón, porque no se trata de buscar la verdad, sino convencer al que tenemos delante, y ya que estamos en un concurso de oratoria, dejar claro al jurado que nosotros expusimos nuestro argumento con más claridad y nervio.

El profesor conoce el potencial de su alumna y lo explota hasta sus últimas consecuencias, adoptando métodos que tienen poco de ortodoxos, que seguramente serían rechazados por la comunidad educativa, pero consiguen sus objetivos, despertar a sus alumnos, y provocarles ese pensamiento crítico, que les llevará a replantearse muchísimas cosas y a emprender caminos diferentes, espacios que hasta ahora nunca habían explorados. Attal construye una especie de revisión de Pygmalion, de George Bernard Shaw, moderno y ágil, en el que el burgués se ha convertido en profesor, y la florista ahora es una estudiante, y el objetivo de convertir a una humilde joven en una dama de clase alta y distinguida, pasa a ser en una magnífica concursante de oratoria, seduciéndonos en un emocionante combate dialéctico de primera línea, en un tour de force con dos actores que rayan a una grandísima altura, en largas secuencias donde la palabra se apodera de los encuadres y  de nuestros sentidos, en una película de fuerte ritmo, donde constantemente nos hacemos preguntas.

Del profesor poco sabemos, su soledad es evidente y su forma de protegerse ante ella (resulta muy cómico y relevante el incidente con la señora y el perro por la calle) y sus maneras de profesores, rechazadas por casi todos, aunque sus alumnos lo recuerden como gran provocador de ideas y reflexiones. De la alumna, conocemos que vive a las afueras, donde parece que la vida y la libertad pasan de largo, en esa Francia que aboga por convivencia y fraternidad, pero que separa por clases, aunque Naïla trabaja para salir de ahí, para construirse una vida diferente, como hace con su novio, para que trabaje por su vida, aunque cueste mucho. Attal presenta unos suburbios que huyen de lo convencional y el dramatismo de otras películas, la película va por otro sitio, se plantea los diferentes prejuicios que todavía debemos vencer para liberarnos de nuestras maletas emocionales, y quizás la educación, el conocimiento, y el amor hacía la lengua y la cultura, sea francesa o de cualquier lugar, puede ser el mejor vehículo para crecer como persona y dejar de mirarnos a nosotros constantemente, y empezar a mirar al otro, y no sólo mirarlo, sino también a escucharlo, y a entenderlo, acercarnos más a los otros, y dejarnos esos estúpidos prejuicios convencionales y sociales que arrastramos y nos alejan mucho más de esas personas que también tienen mucho que mostrarnos y amarnos.

El club de los buenos infieles, de Lluís Segura

LA MASCULINIDAD EN PELOTAS.

Las cenas de reencuentros escolares sirven, en la mayoría de casos, para darse cuenta que el tiempo es muy sabio, y nos dice que, con aquellas personas que compartimos casi todo en nuestros años de EGB o Instituto, ya no tenemos nada en común, y se han convertido en verdaderos extraños, y en algunos casos, en unos cretinos de muy padre y señor mío. La película arranca con una cena de esas y claro está, se reencuentran cuatro amigos que formaban una panda. Después de la cena, siguen la marcha y acaban casi de día, colándose en el colegio que los conoció para rendirse cuentas a ellos mismos y mostrarse sinceros con esos desconocidos que hacía la tira que no veían. Cada uno de ellos se sincera de tal manera que evidencia la fatiga del matrimonio, y lo que es más grave, la falta de deseo hacia sus mujeres, que ya no lo hacen por falta de tiempo, sino que no tienen ganas. De esa noche, deciden volverse a verse y salir de marcha para ligar con otras mujeres, “tomatear” lo llaman, aunque como suele ocurrir en estos casos, la teoría anda muy bien aprendida, pero lo que es la práctica, es otro cantar.

La opera prima de Lluís Segura (Barcelona, 1973) después de foguearse en los videoclips, la publicidad, en la Escac como profesor y trabajar como asesor con J. A. Bayona, no es la típica comedia de cuarentones que atraviesan alguna crisis para finalmente solucionarlas al lado de los suyos, no, nada de eso, la película es una comedia, pero no una cualquiera, sino una que contiene una crítica mordaz inteligente sobre el amor, el deseo y la infidelidad en los tiempos actuales. Porque estos cuatro tipos salen una noche de juerga engañando a sus respectivas señoras, pero no mojan, y piden asesoramiento a un experto en seducción, magnífica la composición de Adrián Lastra, cachas y repeinado (algo así como el personaje que hacía Tom Cruise en Magnolia, aunque ahora un rollo youtuber sabelotodo) y se lanzan a la aventura, pero lo que son las cosas, hay más hombres que viven ese conflicto en su matrimonio, y se les adhieren más, como el psiquiatra de uno de ellos, que además les proporciona las pastillas y demás, y el amigo de turno soltero empedernido, y así, nace “El club de los buenos infieles” (algo así como planteaba la película El club de la lucha, pero aquí sin darse hostias, sólo buscando sexo, o al menos intentarlo, que no es poco) unas excursiones a ciudades alejadas donde se dan una fiesta y ligan con otras mujeres, con la firme intención de liberarse de sus matrimonio, y recuperar la lívido, y salvar sus vidas en pareja.

La película está contada como si fuese un fake, los protagonistas se someten a entrevistas donde dan rienda suelta a que era el club, una especie de confesionario donde son capaces de emocionarse, gritar, enfadarse y explicar sus sentimientos, miedos e inseguridades. Segura nos hace reír, reír pero bien, porque estos pobres desgraciados tienen mucho que explicar y desahogarse, y no sólo en el sexo, y lo hace despojando a sus criaturas de lo masculino, de aquello que convencionalmente tienen que ser los hombres, y de cómo actúan cuando están juntos, y de sus secretos y pasiones más ocultas, y haciendo una película sobre hombres y sus problemas, pero que puede ser vista también por las mujeres, porque el director no se detiene en alabar a ellos, sino todo lo contrario, a sumergirse en sus miserias cotidianas y en su vulnerabilidad, dejándolos en pelotas, y profundizando en su patetismo, idiotez e infantilismo, haciéndonos replantear muchas cuestiones sobre el amor, como la fidelidad a uno mismo y la pareja, al amor fiel y duradero para siempre, el sexo en el matrimonio, la pasión y demás conflictos que a más tardar surgen en una convivencia.

Un grupo de intérpretes en estado de gracia ayudan a este juego sobre aquello que sentimos y no decimos, y aquello que queremos hacer y mentimos para llevarlo a cabo, o que aceptamos como real, cuando sabemos que no es así. Cuatro amigos tan diferentes entre sí, pero con el mismo conflicto a cuestas, tenemos a David (Hovik Heuchkerian) que se muestra seguro y uno de los artífices de la broma que acaba siendo casi una multinacional del pecado, Carlos (Raúl Fernández de Pablo) el menos seguro de todo este tinglado y el que más dudas plantea a todo este mejunje de mentirosos y pardillos, Marcos (Fele Martínez) el que finge orgasmos y además, siente que ya no desea ni quiere a su pareja, y por último, Juan (Juanma Cifuentes) el gordito del grupo, que practica sexo telequinético, que mientras lo haces con tu señora piensas en otras, se les sumarán los ya citados anteriormente, el matasanos (Albert Rivalta) y el soltero de siempre (estupendo Jordi Vilches) vaya par también. Segura ha construido una película con mucha gracia, que se ríe de sus criaturas y la manera tan peculiar que tienen de solucionar sus problemas, en una divertidísima sátira sobre esos conflictos propios de años de matrimonio, en una juerga con toda la carretera por delante, birras y a ritmo de La frontera y su himno de principios de los noventa, que decía así: “Te esperaré en el límite del bien y del mal…”, que si bien tiene momentos de comedia alocada y despendolada, no se queda ahí y va mucho más allá, reflexionando sobre el amor, el matrimonio, el sexo y la pasión, desde varios puntos de vista diferentes, en los que cada uno podrá sacar sus propias conclusiones, y sentirse más en la línea de unos u otros, porque como pasa en todo en la vida, las cosas no son nunca lo que parecen, y todo tiene infinitos puntos de vista.

Barbara, de Mathieu Amalric

EL ESPÍRITU DE LA ARTISTA.

“Soy distinta, tengo derecho, y vosotros también”.

Barbara

Existen películas que, en algún instante de su metraje, casi sin pretenderlo, parecen despojarse de su naturaleza cinematográfica para adentrarse en una especie de dimensión, algo así como en un estado diferente, donde la magia se apodera de todo, donde cine y vida se mezclan de manera intrínseca componiéndose en uno solo, como si la materia y el objeto filmados dejarán de ser lo que son para convertirse en otra cosa, algo emocional, espiritual. En Barbara podemos ser testigos de un instante así, cuando Jeanne Balibar que interpreta a una actriz llamada Brigitte que, a su vez está preparándose para interpretar a Barbara, pide que le proyecten imágenes de la cantante, y en ese momento, Balibar se coloca delante de la proyección y la observamos imitando sus gestos, movimientos y miradas. Mathieu Amalric (Nevilly-sur-Seine, Francia, 1965) que comparte una prolífica carrera como actor dirigido por autores del calibre de Desplechin, Maddin, Polanski, Resnais, Klotz, Green… con la de una filmografía como director realmente muy interesante y audaz. Su sexto trabajo es una exploración, como sus anteriores trabajos, sobre la búsqueda de algo o alguien, ya sea física o emocional, donde un oscuro pasado se irá revelando a medida que vaya avanzando una trama que aborda retratos intimistas sobre la condición humana. En Barbara, la intención es construir una biografía de la famosa cantante de la “chanson”, Barbara (1930-1997) denominada con el sobrenombre de “La dama de negro”, y caracterizada por su estilo melancólico, y su voz algo rota, que contra todo pronóstico, conquistó a la audiencia con canciones emblemáticas, que forman parte de la banda sonora de muchos franceses que, al principio no daban un duro por ella.

Pero, Amalric lleva la película hacia otro lugar, a un espacio más sugerente y casi onírico, donde plantea una película donde una actriz, Brigitte, interpretará a la famosa cantante en una película dirigida por Yves Zand, al que dará vida el propio Amalric. La película es un fascinante e intenso juego de espejos donde todo se mezcla, con innumerables capas, en el que la realidad y la ficción desaparecen para sumergirnos en un espacio espectral en el que todo se mantiene vivo y orgánico, donde las situaciones van revelando otras, y así sucesivamente, donde vida, ficción y realidad viajan por los personajes y los espacios de forma natural y extraordinaria. Seguimos las situaciones del rodaje propiamente dicho, sus preparativos y ensayos, y la vida que se va desarrollando fuera y dentro de ese set, junto a imágenes documentales de la propia Barbara, en la que la observamos a ella, antes o después de ser interpretada por Jeanne Balibar. Amalric construye una película sobre fantasmas, donde se evoca la figura y el espíritu de la cantante desparecida, su sensación, donde somos testigos de los detalles del modelaje  de la interpretación de Balibar, que no sólo se convierte en el espectro de Barbara, paseándose casi como una especie de vampiro en las tinieblas (con esos trajes negros que arrastra por el suelo, acompañados de esos cuellos largos) sino que fuera del rodaje, parece poseída y mantiene ese halo de misterio y secretismo que acompañaba a la famosa cantante.

Barbara es la tercera vez que Amalric vuelve a dirigir a Jeanne Balibar (que fue su mujer durante siete años) un dato que añade más complejidad y luz al entramado cinematográfico del filme, donde director y actriz, o Amalric y Balibar, convocan un caleidoscopio mágico y fantasmal donde sus propias vidas añaden más materia orgánica al juego que propone la cinta, donde todo camina entre diversas vidas y tiempos, en un estado hipnótico, de forma inherente, donde no sólo la película va muchísimo más allá de la biografía en sí, porque también rompe cualquier tipo de reglas convencionales, en una delicada y sensible aventura para capturar emociones de la cantante en la imagen de Balibar, sumergiéndose en la propia esencia del cine y del personaje que está convocando y componiendo, en una magnífica y esencial suerte de metacine, en que el propio cine se refleja en la vida y viceversa, creando un mundo lleno de espejos, capas y muñecas rusas inabarcable, que parece no tener fin, en una especie de bucle, donde no sabemos cuándo empieza ni cuando termina.

Jeanne Balibar (que muchos recordarán en La duquesa de Langeais, de Rivette o en Ne change rien, de Pedro Costa) se convierte en la mejor Barbara posible, cuando la interpreta o la ensaya, cuando la piensa o la sueña, en una interpretación íntima y sugerente, en la que asistimos a la elaboración y construcción del personaje, sus ensayos frente a las proyecciones, frente a la cámara, o al piano, mientras escuchamos la sonoridad típica de los sets de rodaje, bien acompañada por Mathieu Amalric, como ese director obsesionado con su materia buscada, en este caso el espíritu de la artista, viendo en la cámara, escuchando sus melancólicas canciones y esa sensibilidad que desprendía en cada palabra o gesto, como un escultor que moldea con mimo y detalle a su actriz-obra para extraer el alma, algo como en un exorcismo creativo donde todo es posible para capturar esa sensación íntima que se convierte en el objeto de la búsqueda. La imposibilidad de construir un biopic convencional (algo parecido experimentó Michael Winterbottom cuando abordó la adaptación de la novela Tristram Shandy: A Cock and Bull Story, de Laurence Stern, en  2005, que viéndose incapacitado para realizar la película, la abordó a través del rodaje de esa adaptación, filmando las dificultades y conflictos personales en los que se veían inmersos sus creadores) ha conducido a Amalric a no solo evocar el fantasma de Barbara, sino a mostrar las entrañas de los procesos creativos, las relaciones personales que se respiran en un rodaje, los vaivenes de los intérpretes y las búsquedas físicas y soñadas de unos y otros, en una película-viaje donde las emociones y los tiempos de antes y ahora se mezclan de manera que todos conviven de forma natural y dotadas de una belleza fascinante que seduce a todo a aquel espectador de alma sensible que quiera dejarse llevar por este universo oírico.

Yo, Tonya, de Graig Gillespie

AMADA POR TODOS, ODIADA POR TODOS.

La sociedad estadounidense es muy proclive a divinizar sus héroes nacionales, ya sean del ámbito que sean (recordarán aquellos cinco minutos de gloria a los que se refería Warhol) en la que por supuesto no hay medida ninguna, todo adquiere una desmedida desproporcionalidad, en buena medida por los medios de comunicación, que se convierten en bestias insensibles construyendo monstruos y sobre todo, guiando los juicios de la opinión pública. Cuando estos juguetes populares se hallan en la cumbre, todos son buenas palabras y golpes en el pecho, síntomas inequívocos de una sociedad necesitada de figuras exitosas de las que emerger su orgullo patrio, pero cuando las cosas se tuercen, cuando caen estrepitosamente, cuando dejan de ser o simplemente se humanizan, aquellos que los abalaban se convierten en Mr. Hyde y disparan a matar, atizándolos con fuerza, de manera terrorífica, sin medida, despedazándolos y arrancándoles la piel a tiras, en un juego macabro y siniestro donde los medios de comunicación vuelven a dirigir a las masas y matando al monstruo. Yo, Tonya se centra en la figura de Tonya Harding, una patinadora artística que alcanzó su cenit a comienzos de los noventa,  que representaba a esa América que las autoridades esconden, la que ocultan, la que no se rige por la convencionalidad de una sociedad que aparenta moralidad y convenciones conservadoras. Tonya es la hija de LaVona Golden, una de esas madres déspota, insensible y autoritaria que ha tenido media docena de maridos y una hija, a la que trata como si fuese un soldado. Quiere que sea esa patinadora de éxito que arrolle y humille a sus rivales sin compasión. Pero, Tonya es una chica palurda, sin modales y sin un centavo, que trabajará duramente para competir con las mejores, una especie de patito feo que podrá nadar en el estanque dorado, aunque metida en un sinfín de dificultades y problemas de todo tipo.

El origen de la historia se remonta a un documental sobre Tonya que hizo Steven Rogers, guionista de la película, especializado en las comedias románticas populares, que aquí cambia completamente de rumbo y compone un retrato sobre una pueblerina don nadie que llegó a la cima y fue amada por todos,  y luego fue explusado del paraíso sin compasión, convirtiéndose en la villana más odiada del país.Graig Gillespie (Sidney, Australia, 1967) dirige la película, un director que aparte de algunas producciones convencionales, había destacado en Lars y una chica de verdad (2007) protagonizada por un imberbe Ryan Gosling. Aquí, hace su trabajo más asombroso realizando un gran biopic, que huye en todos los sentidos de las biografías al uso que nos llegan desde Hollywood. La película va por otro lado, convirtiéndose en todo un hallazgo desde la forma y su fondo, ya desde su estructura y posición ante la historia que nos van a contar, enmarcada en el dispositivo de entrevistas, como si se tratase de un fake, la trama arranca en el 2015, donde escuchamos los testimonios de los implicados en la historia, la propia Tonya, la mencionada madre, Jeff Gillooly, entonces marido, Shawn Eckhard, sus respectivas entrenadoras, el autoproclamado guardaespaldas de Tonya (pero en realidad una bola de sebo con menos cerebro que una mosca y obsesionado con el espionaje) y finalmente, y por último, pequeñas aportaciones de un bronceadísimo y paleto periodista con ganas de exclusivas amarillistas. Porque la película no cuenta la verdad de Tonya y su desgraciado incidente, sino que desdobla el punto de vista en cuatro verdades, las cuatro personas implicadas nos contarán su versión de los hechos y sobre todo, como interpretaron los hechos ocurridos, en este relato que arranca allá por el 1975, cuando LaVona Golden lleva a su pequeña hija a patinar con sólo 4 años.

A medida que avanza la película, seremos testigos de la adolescencia de Tonya junto a su maléfica madre (una especie de mezcla de la ama de llaves de Rebeca y la mala de 101 dálmatas) y su primer amor que se convertirá en su marido, el tal Jeff (un tonto de tres al cuarto, como lo describe la madre, y violento, con un bigotillo ridículo que, además golpea a Tonya) mientras Tonya sigue su camino al éxito entrenando duramente, compitiendo y soñando con ser una de las grandes y ganar una medalla olímpica. Las continuos idas y venidas de la película, no sólo se convierten en la mejor seña de identidad del filme, sino que imponen un ritmo endiablado por sus dos horas de metraje, magnífico y lleno de tensión (un montaje que hubiera firmado el mismísimo Scorsese de Uno de los nuestros o Casino) en el que las cosas suceden de manera vertiginosa, las relaciones malvadas entre los personajes, en los que Tonya parece recibir todas las hostias (como el maravilloso momento cuando se enamoran unos pipiolos Tonya y Jeff , y seguidamente los vemos casados y golpe va y viene, mientras escuchamos el “Romeo and Juliet” de los Dire Straits) los entrenamientos, las competiciones, con esos giros y piruetas imposibles bien filmadas, que nos introducen en el interior de Tonya (acompañada del “Goodbye Stranger”, de Supertram, como ocurría en otro gran momento en Magnolia)  siguiéndola de forma trepidante por la pista de hielo.

Podríamos decir que es una película en muchas, como si fuese una especie de muñecas rusas, ya que en su interior hay otras tramas, desde el drama familiar entre madre e hija, el amor fou y violentísimo, la rivalidad deportiva, las argucias y los límites de la competitividad, y hasta donde uno está dispuesto a llegar para conseguir sus objetivos,  las normas fascistas de las competiciones, donde apoyan a la que mejor representa la idiosincrasia yanqui de dinero, buena familia y éxito, en detrimento de lo que representa Tonya, esa otra América sucia, desestructurada y mugrienta, sin olvidar la elaboración del incidente (algo así como una especie de comedia surrealista con tintes de cine negro cutre y muy absurda) que empieza por el envío inocente de unas cartas amenazantes a Nancy Kerrigan (la rival de Tonya) que acaba derivando en un esperpento (con el mejor estilo de los Hermanos Coen) donde unos trogloditas sin seso acaban agrediendo a la patinadora en cuestión con una barra de hierro, y finalmente, el circo mediático donde Tonya pasa a convertirse en el ser más despreciable de la tierra, y su posterior juicio y olvido.

La película describe con gran verosimilitud y fuerza el ambiente de aquellos finales de los ochenta y comienzos de  los noventa, con la ropa hortera, los peinados con tupes imposibles y coletas al viento, que se gasta la buena de Tonya, esa luz mortecina de la América profunda donde hay bares de mala muerte donde se sirve comida grasienta y recalentada, en los que se retrata un estado de ánimo, una sociedad psicotizada por el maldito éxito, empeñada en descubrir y alentar héroes cotidianos y encumbrarlos, para luego, cuando se convierten en terrenales, bajarlos de un sopapo y quemarlos sin piedad. La impresionante y magnífica interpretación de Margot Robbie, que deja de ser aquella femme fatale florero de El lobo de Wall Street, y la mejor actuación de la olvidable Escuadrón suicida, para lanzarse al abismo en todos los sentidos con Yo, Tonya, donde además de producir una cinta de naturaleza independiente rodada en sólo 31 jornadas, se convierte en una Tonya Harding espectacular y eficiente, interpretándola en tres momentos, la adolescencia, la juventud y en la cuarentena, mostrándose endiabladamente creíble y fascinante, una mujer vapuleada por todos, aunque ella también será bastante responsable, como admite en algún momento, sin convertirla en una víctima, sino en un ser de condición humilde, que lucha por ser alguien en el mundo del patinaje, y atrapada en una espiral violenta y casi suicida que la llevó a convertirse, a su pesar, en un ser despreciable que quizás no supo a tiempo parar toda la locura que se hervía a su alrededor.

La espectacular composición de Allison Janney (que dejó buenos detalles de su talento en la serie El ala oeste de la Casa Blanca) dando vida a la madre-bruja no muy eficaz en las relaciones humanas, que quiere lo mejor para su hija, y acaba traspasando todos los límites, con el fin de que su hija sea alguien en la vida, y que no acabe como ella de camarera en un bar de mala muerte, de una ciudad vacía y poco más, una grandísima interpretación llena de matices y detalles, que casi sin decir ni pio, acaba hablando de todo, a su manera adora a su hija, aunque sus métodos sean salvajes y humillantes. El buen hacer de Sebastian Stan como el marido enamorado, pero también maltratador y pardillo, con esa relación de amor-odio que se profesan. Gillespie ha construido una película emocionante, magnífica y diferente, libre en su argumento, y con esa forma que atrapa su negrura, la cutrez de los personajes, y los diferentes ambientes, desde las luces de las competiciones a esas casas de tres al cuarto donde se cuecen todas las barbaridades habidas y por haber.

Entrevista a Ariane Ascaride

Entrevista a la actriz Ariane Ascaride, con motivo de la presentación de la película “Una casa junto al mar” en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de marzo de 2018 en la sala de invitados de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariane Ascaride, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la maravillosa labor de la traductora, y a Lorea Elso, de Prensa Golem, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Una casa junto al mar, de Robert Guédiguian

EL TIEMPO QUE FUE, EL TIEMPO QUE VENDRÁ.

“El pasado es la única crítica completa del presente”

Pier Paolo Pasolini

En el cine de Robert Guédiguian (Marsella, 1953) podemos encontrar lazos y lugares comunes que se suceden en sus trabajos de manera continua, como si se tratasen de retazos o trozos de vida que funcionan de manera propia, pero que pertenecen a una especie de álbum familiar de un lugar, un tiempo y unas vidas. El lugar sería Marsella y sus barrios, con su puerto y sus cotidianidades, el tiempo, el que abarca su filmografía, con 20 títulos, que arrancó en 1981 con Dernier été (Último verano)  y las vidas, la que conforman su trío actoral cómplice formado por Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan (que aparecen en casi la totalidad de sus películas) que conforman entre todos ellos no sólo un grupo de cineastas que vuelven a reencontrarse para contar historias, sino una familia cinematográfica especial, casi única en toda la historia del cine. Un cine del cineasta marsellés preocupado por los más débiles, los de abajo, aquellos que se levantan cada día con la esperanza de seguir manteniendo su trabajo y que sus ilusiones no caigan en saco roto. Unas gentes que pertenecen a la clase obrera, a la que lucha, a la que protesta, a la que resiste en ese mundo cada vez más deshumanizado y terrorífico.

La casa junto al mar, es una película que podría mirarse como un compendio de muchas de las preocupaciones del cine de Guédiguian, aunque aquí su mirada, aunque sea cargada de melancolía y algo sombría, siempre deja algún lugar, aunque sea minúsculo, para mirar con esperanza los días que vendrán, porque a veces, es lo único que tenemos las gentes de nuestra condición. Ya desde su precioso arranque, cuando Ascaride se baja del taxi y llega a ese escenario, entre bucólico y fantasmal, donde no vemos a nadie a su alrededor, como si el tiempo hubiera aplastado sin contemplación ese lugar, mira a su entorno, como si reconociera el lugar y sobre todo, ese tiempo que pasó allí, cuando fue feliz, cuando todo era diferente, cuando había gente. De repente, bajo ese manto de soledad y quietud, una voz amiga la llama y la reclaman desde la terraza de una vivienda. Le esperan Armand (Gérard Meylan) el hermano que decidió quedarse y llevar el restaurant familiar, Joseph (Jean-Pierre Darroussin) el profesor retirado que tiene una novia muy joven Bérangère (Anaïs Demouster) y el padre, que debido a un ataque se ha quedado postrado y ido. Ella es Angèle, una famosa actriz de teatro que vive en París.

Guédiguian nos sitúa en una pequeña cala, cerca de Marsella, alejada del mundanal ruido, entre un mar abierto y una montaña, con ese omnipresente viaducto por donde pasan trenes a toda velocidad. El lugar donde su padre construyó su casa y el restaurant, ese lugar, una arcadia feliz o lo fue, durante un tiempo, donde pasaron tanto tiempo de infancia y juventud, ese lugar que vivió tantos años de esplendor, pero que ahora parece olvidado, detenido en algún lugar de la memoria, perdido entre las brumas del tiempo, porque la película se detiene en el reencuentro de estos tres hermanos y sus recuerdos, que forman parte de su vida, en un momento de sus vidas que parecen quietos, sin camino que caminar, sin tiempo que vivir, alejados de sus vidas, y sus esperanzas. El mundo cambiante ha pasado por encima de ellos, robándoles aquello por lo que vivían, sus luchas, su trabajo, su vida, conduciéndolos hasta un tiempo y un lugar que ya no existe, sólo en sus memorias, en aquel tiempo, la enfermedad y ausencia emocional del padre es toda una metáfora del estado emocional de sus hijos, con ese contrapunto con los más jóvenes, con otros ideales y otras formas de vida tan diferentes a las de ellos, y la amenaza exterior, como los especuladores a bordo del yate o la polícia.

Pero, Guédiguian no se detiene a juzgar que tiempo fue mejor, si aquel que pasó, o este que vivimos ahora, o el que está por venir, nada de eso, su cine es más complejo y rico en ese sentido, su investigación reside en como ese tiempo ha pasado por estos tres personajes, que ha dejado en ellos, y sobre todo, como lo han vivido, y que recuerdan, que sienten ahora mismo, y si al menos, en el tiempo de la película, en este instante, les queda algo de esperanza. Los vecinos ancianos de toda la vida, representan a aquellos que siguen al pie del cañón, o al menos quieren creerlo así, y sienten que también su tiempo pasó, como cuando uno de los personajes mira a su alrededor y observa todas las casas cerradas y se pregunta por lo ocurrido, y el anciano le exclama en tono triste, que lo que ha pasado es el dinero. El cineasta marsellés nos habla del paso del tiempo, de la vulnerabilidad de la vida y los cambios constantes, y lo hace desde el presente (aunque introduzca dos episodios del pasado, como la fiesta de navidad, cuando la gente poblaba el lugar, o las secuencias de la película Ki lo sa?, el momento más hermoso de la película, protagonizada por los mismos actores y filmada en el mismo lugar, pero en 1985, cuando esos mismo personajes, con 30 años menos, representaban la vida, las ilusiones y la esperanza por un mundo mejor) un presente rodeado de quietud, melancolía y recuerdos, algo así como una caja de pandora del que ninguno de los personajes quiere abrir para no darse de bruces con cosas que quería olvidar o pensaba olvidadas.

La película nos habla de la importancia del teatro o la cultura como medio de refugio para soportar los avatares de la vida y una herramienta esencial para reflexionar sobre nosotros, con esas secuencias de seducción y enamoramiento entre Angèle y el marinero, sobre los amores pasados y presentes, como el amor generacional, en el que somos testigos de uno que se extingue y otro que acaba de arrancar. Guédiguian estructura su película de forma sencilla y honesta, yendo al grano de su exploración, apoyándose en la naturalidad de sus intérpretes, y construyendo a fuego lento su trama, con esos diálogos ingeniosos y algunos llenos de amargura, como  los que va soltando Joseph (el personaje que interpreta Jean-Pierre Darroussin) como esa frase que podría definir muchos de los aspectos de la película y del tiempo en que estamos ahora,  “Piensan a la derecha y se sienten a la izquierda”, sin olvidarnos, de la elegancia y sobriedad de su mise en scène, donde el director francés economiza su narrativa para darnos el tiempo suficiente para conocer a sus personajes, escucharlos y sobre todo, no juzgarlos. Detenerse en sus vidas pasadas, presentes y futuras.

La introducción de los refugiados en el último tramo de la película, parece desenterrar antiguos ideales de los hermanos, que encuentran en el hallazgo de tres niños inmigrantes desamparados la forma de reengancharse a todo aquello por lo que lucharon en el pasado y ahora, parecía olvidado y oxidado, o simplemente sin sentido en esta sociedad individualizada y mecanizada. Podríamos ubicar la película en un melodrama familiar, pero en este caso contadas “a cau d’orella”, recordando aquel tiempo, ese otro tiempo, en que el rumor del mar entraba por la ventana una tarde de verano cálida y tranquila, mientras una leve brisa marina inundaba toda la estancia, y  los últimos rayos de luz iban desapareciendo lentamente, mientras a lo lejos escuchábamos a los últimos bañistas recogiendo sus cosas y encaminándose para encarar la noche que se antojaba larga y alegre, como todas las de verano. Una película política, revolucionaria, de resistencia, contada de manera libre y sencilla, una fábula moral, como todo el cine de Guédiguian, en la que se describe la compleja condición humana, con sus miedos, recuerdos e inseguridades, en la línea de las películas de Renoir, Rossellini o Kiarostami, donde se habla de lugares, personas y vidas, o Kaurismaki y El otro lado de la esperanza, un cine humanista de cualquier tiempo, lugar y vida, en el que los personajes como cualquier ser humano de cualquier época, desean algo tan frágil y ala vez tan difícil como estar bien y rodearse de los suyos.

El aviso, de Daniel Calparsoro

EN EL MISMO LUGAR DIEZ AÑOS DESPUÉS.

Un lugar, una tienda de 24 horas con su gasolinera. Una fecha, 3 de abril. Un suceso, un asesinato a sangre fría. Dos tiempos, el año 2008 y diez años después. Y dos protagonistas, Ion, un joven genio de las matemáticas con problemas emocionales, que es testigo del suceso en 2008, cuando su mejor amigo es disparado, y Nico, un niño de diez años, que en el 2018, será el destinatario de la bala. Ion investigará el suceso con su amigo David, y se dará cuenta, que en el mismo lugar, ha habido sucesos parecidos a lo largo de los años. Entonces, la tarea de Ion será hacer todo lo posible para avisar a Nico, aunque ocurra diez años más tarde. El décimo trabajo de Daniel Calparsoro (Barcelona, 1968) se imprime en el thriller psicológico, con grandes dosis de intriga, misterio y acción, para contarnos un relato de tintes oscuros en los que hay en juego varios elementos como el amor, la amistad, la maternidad, las secuencias numéricas, y contada a través de dos espacios temporales, en los que el fantástico tendrá su dosis de protagonismo.

Partiendo de la novela homónima de Paul Pen, en un guión firmado por Jorge Guerricaechevarría (uno de los guionistas más prolíficos, que ya escribió la anterior película de Calparsoro, Cien años de perdón) Chris Sparling (autor entre otras del libreto de Buried) y Patxi Amezcua (director de las interesantes 25 kilates y Séptimo) conforman una historia de suspense e intriga envolvente que cita a varios personajes, encabezados por Ion, un joven que será el encargado de llevarnos de un lugar a otro mediante la investigación que lleva de los asesinatos cometidos en ese lugar que parece maldito, luego está Andrea, su antiguo amor , ahora novia de su mejor amigo, y por otro lado, en el otro tiempo, diez años después, nos encontramos a Nico, el niño de 10 años que a su pesar, será protagonista del suceso que ha tener lugar ese 3 de abril, y su madre, Lucía, que al principio, no parece dar crédito a la nota amenazante que recibe su hijo, pero poco a poco, se dará cuenta de la gravedad de los hechos.

La película tiene muchos elementos del cine de Calparsoro, en el que conviven relatos de fuerte carga dramática, donde se desata la violencia, en los que suelen haber tríos sentimentales, con unos personajes marginales o pasando por situaciones traumáticas, en los que durante el relato deberán enfrentarse a sus miedos e inseguridades para seguir adelante en los entuertos. Si bien la película está contada con fuerza y sobriedad, describiendo unos personajes complejos y gran intensidad, quizás hay momentos que la trama se encalla y parece que la película se pierde en su argumento, aunque logra desmadejar el entrabado argumental, consiguiendo una narración y ritmo desiguales, pero que alcanza momentos muy intensos, sobre todo, los que protagoniza el buen hacer de Raúl Arévalo (que vuelve a las órdenes de Calparsoro después de Cien años de perdón) y algunos secundarios como las inquietantes presencias de Antonio Dechent, Luis Callejo o Julieta Serrano, que sin llegar a la altura de Cien años de perdón (una película de atracos que describía aspectos tan brutales de la política española como la corrupción) es un estimable thriller vestido de intriga policiaca, donde se ponen en liza varios elementos actuales como el amor hacia los demás, el acoso escolar, o la creencia de aquello que no se ve, lo intangible, lo que no sigue una ciencia cierta o palpable, algo que se nos escapa de nuestro entendimiento, lo que no podemos explicar, pero sabemos que ahí está, que se mueve entre nosotros, aunque seamos incapaces de verlo y mucho más, de entenderlo.

Como suele ocurrir en los trabajos de Calparsoro, la película tiene un excelente empaque narrativo y visual, donde los momentos sombríos y oscuros están bien conseguidos, dotando a su cine de una personalidad propia que no deja indiferente, sin olvidar otro de sus huellas características como su plantel de intérpretes, siempre convincentes y sensibles, aparte de los mencionados, tenemos al niño Huga Arbués, que defiende con solvencia su personaje, o Belén Cuesta, aquí muy alejada de sus personajes cómicos, o la sobriedad de Aura Garrido, una actriz que destila una dulzura y una mirada que pueden sostener cualquier encuadre por muy dificultoso que este se presente. Calparsos sigue en su línea perpetrando thrillers de buen factura y entramados inteligentes, algunos más conseguidos que otros, pero nada desdeñables de aquellas películas del mismo estilo que nos vienen de otras latitudes, más dadas a la espectacularidad porque si, y menos a la elaboración argumental, y sobre todo, dotar a las películas de personalidad y sobriedad, que sus imágenes puedan dar ese plus psicológico por el que atraviesan sus personajes en muchos casos abatidos, perdidos y desolados.