Entrevista a Ivet Castelo y Marta Lallana

Entrevista a Ivet Castelo y Marta Lallana, directoras de la película “Ojos negros”, en la terraza del Gran Torino en Barcelona, el miércoles 17 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ivet Castelo y Marta Lallana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Ojos negros, de Ivet Castelo y Marta Lallana

EL PRIMER VERANO.

“Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro.”

Graham Greene

Angélica vivía ajena del mundo de los adultos jugando junto a su primo Luis en La prima Angélica, de Saura. Estrella se sentía desplazada porque su padre le ocultaba el pasado en El sur, de Erice. Y finalmente, Goyita encontraba consuelo en un maduro profesor enfrentada a los prejuicios sociales en El nido, de Armiñán. Tres niñas que empezaban a ser adolescentes, que crecían rodeadas de miradas críticas, de sentimientos contradictorios, de emociones confusas y de actos huidizos, que encontraban afuera, en la escapada, el espacio que tanto ansiaban, ajenas a ese mundo de los adultos tan extraño, tan triste, tan mezquino, tan lleno de recuerdos dolorosos y tan vacío. Ese mundo raro y lleno de confusiones que experimentamos cuando estamos en una especie de tierra de nadie, en un espacio indefinible, en ese período de transición entre el niño o niña que fuimos con ese adolescente que todavía no somos, una transición crucial en nuestras vidas, cuando empezamos a ver las cosas de distinta manera, por primera vez sentimos diferente y queremos hacer otro tipo de cosas, dejamos los juegos infantiles para empezar a mirarnos más a nosotros mismos y a los demás, a jugar a ser adultos, a pesar diferente y sobre todo, todavía estamos en ese tiempo que nos entendemos tantos cambios ya sean físicos como emocionales, y los adultos nos tratan como niños, como lo que ya no somos, y todavía seguimos sin entenderlos, sin saber cómo funciona su mundo, porque el nuestro todavía arrastra esa inocencia, ese momento donde todo todavía es posible, donde la vida empieza a mostrarse frente a nosotros, nuestras miradas, cuerpos y emociones.

Marta Lallana (Zaragoza, 1995) e Ivet Castelo (Vic, 1995) se graduaron en Comunciación Audiovisual por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y debutan con Ojos negros en el largometraje con apenas experiencia en el mundo del cine, siguiendo esa estela maravillosa que arrancó con la película de Les amigues de l’Àgata, a la que siguió Julia Ist, y se apuntó Yo la busco, proyectos surgidos en la universidad que han abierto las puertas al cine a un grandísimo talento femenino, ya que todas las películas están dirigidas por mujeres. A este magnífica terna se añaden Lallana y Castelo, en un guión escrito a cuatro manos por las propias directoras más Iván Alarcón y Sandra García, que también firman como colaboradores de dirección, para contarnos un relato/retrato centrado en Paula, una niña de 14 años de padres divorciados que es enviada por su madre Celia al pueblo materno “Ojos negros” (pueblo familiar de Lallana) en verano, un lugar que Paula solo estuvo de niña. Allí se encontrará a su tía Elba, que nunca ha salido del pueblo y arrastra un resentimiento y hostilidad a la madre de Paula y a su entorno en general, y a su abuela que esta delicada de salud.

La casa familiar se convierte en una especie de prisión emocional para Paula, debido principalmente a tantos recuerdos amontonados que todavía duelen, a tantos objetos familiares que han envejecido como los gestos de cariño de esa tía carcomida y vacía y con esa abuela que ya apenas recuerda lo que fue y lo que fueron. Paula encuentra esa libertad afuera con la aparición de Alicia, una niña de su misma edad, con la descubrirá un universo nuevo, algo muy diferente a esa realidad sombría y oscura de su existencia, como define excepcionalmente el plano inicial de la película cuando vemos el rostro de Paula compungido mientras escuchamos la discusión de sus padres in crescendo dirimiendo lo que es mejor para la niña. Alicia se convierte en esa amiga de juegos, ya no tan infantiles, en que las dos niñas juegan a ser mayores o al menos pretenderlo, corriendo por los campos, tirando piedras a la nada, hablando de sus vidas en la ciudad, bañándose en el río, jugando al amor y sintiéndose lo que todavía no son pero les encantaría ser para entenderse más y así comprender ese mundo adulto tan ajeno y extraño para ellas.

Lallana y Castelo demuestran una madurez cinematográfica fuera de lo común, sumergiéndonos con gran sutileza narrativa y composición formal que ya querrían muchos, a través de planos fijos en el interior de la casa, como ese momento de toque de campanas y vemos el rostro algo triste de Paula, como si el tiempo en el pueblo, su tiempo fuese único, se dilatase o simplemente no avanzase. O esos planos en movimiento en el exterior, donde nos muestran el contraste instalado en las vidas tanto de Paula como de Alicia, un tiempo detenido, donde el verano parece que nunca va a terminar, donde todo es posible, donde la amistad puede ir más allá, donde desconocemos que nos ocurre por dentro, donde no somos capaces de descifrar qué significado tiene aquello o más allá que sentimos, situaciones que retratan ese tiempo sin tiempo que vamos descubriendo y experimentando, donde la rasgada y penetrante música de Raül Refree, que se convierte en la mejor compañía para contarnos todos esos cambios con sutileza y cercanía, que vuelve a participar en una película después de Entre dos aguas. El fantástico buen hacer del reparto con la debutante Julia Lallana a la cabeza, hermana de una de las directoras, impresionante su registro interpretativo, que plasma con sinceridad todo ese mundo cambiante y confuso de su alrededor, bien secundada por la también debutante Alba Alcaine como Alicia, la compañera accidental, y la formidable presencia de Anna Sabaté, la única actriz profesional del elenco, vista en La vida sense la Sara Amat, clavando ese resentimiento que arrastra su personaje, con esa mirada que recuerda a la Lola Gaos de Tristana.

Las directoras noveles encuentran en el silencio y las imágenes la mejor forma de sumergirnos en el retrato de Paula su familia y amigos a través de encuadres que nos introducen en la memoria familiar y esos fantasmas que todavía pululan por las habitaciones de sus casas como esos encuadres nocturnos llenos de imposibles sombras que nos recuerdan a Tren de sombras, de Guerín, y todo ese universo familiar, que contrasta con el mundo de la infancia que tanto ha retratado Carlos Saura en su cine, como la construcción familiar a través del paso del tiempo que vimos en El jardín de las delicias, o los cambios familiares y la indefensión ante ellos que experimentaba la niña  Ana en Cría cuervos o la vuelta al pueblo y a los recuerdos familiares y a los ausentes que había en Elisa, vida mía. Tiempo, memoria, familia, infancia, vida, pueblo, verano son los elementos con los que juega la película de Lallana y Castelo, retrato que podría emparentarse con los firmados por Meritxell Colell en Con el viento, Eva Vila en Penélope y Diana Toucedo en Trinta Lumes, donde la vuelta a casa adquiere connotaciones emocionales muy profundas, donde el misterio se revela a cada mirada, gesto o paso, donde la vida y la existencia se confunden creando espacios mágicos, huidizos y atmósferas más acogedoras y más reconocibles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/216849045″>OJOS NEGROS (Trailer) – V.O.</a> from <a href=”https://vimeo.com/user66475147″>Ojos Negros</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Marcela Matta

Entrevista a Marcela Matta, codirectora de la película “Los Modernos”, en el marco del FIRE!! 23a Mostra Internacional de Cinema Gai i Lesbià. El encuentro tuvo lugar el viernes 15 de junio de 2018 en la terraza del Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcela Matta, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del FIRE!!, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Sergi Portabella

Entrevista a Sergi Portabella, director de la película “Jean-François i el sentit de la vida”. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sergi Portabella, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Max Megias

Entrevista a Max Megias, actor de la película “Jean-François i el sentit de la vida”, de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Max Megias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Claudia Vega

Entrevista a Claudia Vega, actriz de la película “Jean-François i el sentit de la vida”, de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudia Vega, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Jean-François i el sentit de la vida, de Sergi Portabella

EL NIÑO QUE BUSCABA SU CAMINO.

“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”

Píndaro

Antoine Doinel, el niño triste y solitario de Los 400 golpes, de François Truffaut,  leía uno de los libros de La comedia humana de Balzac (ese universo de 85 novelas que sintetizan la historia social de Francia entre 1815 y 1830) amén de velar un retrato del escritor en un espacio de su habitación. Doinel, un niño inadaptado, rebelde e inquieto, se alzaba contra los pocos estímulos en su vida, con una familia distante y un colegio anticuado con maestros severos, encontraba su espacio en el mundo de Balzac, ensimismado en su humanidad, y en la devoción hacia el célebre escritor. Casi sesenta años después, nos encontramos a Francesc, un niño de 13 años, que, al igual que Doinel, se encuentra perdido, huérfano de padre y con una madre ausente, a la que sólo ve de noche, y sufriendo acoso en el colegio y yendo al psicólogo. Un día, cuando se encierra en el aseo escapando de los acosadores, encuentra un libro, El mito de Sísifo, de Albert Camus (ensayo filosófico en el que se incidía, a través del mito griego, en el valor de la vida y en el esfuerzo inútil e incesante el hombre) y su vida cambia, su percepción del entorno es distinto, tiene un nuevo estímulo en su vida, quiere ir a París para conocer a Camus y a los existencialistas en el Café de Floré, y sobre todo, convertirse en uno de ellos.

Así arranca la opera prima de Sergi Portabella (Barcelona, 1980) surgido de la Escac en la especialidad de fotografía, ha trabajado en videoclips, making ofs y guionista de televisión, aparte de dirigir tres cortos con títulos tan estimulantes como El fin del mundo será en Brasil (2013). El director catalán nos lleva de la mirada de su protagonista, el solitario, introvertido y triste Francesc, convertido en Jean-François en su nueva identidad de existencialista, y en su viaje a París, se encontrará con Lluna, una adolescente inquieta y decidida, con esos 17 años, donde todo su entorno parece saber qué vida debe tener, cuando ella tiene otros planes, en ese período donde debes decidir qué hacer con tu vida, y todavía no sabes hacia dónde ir. Los dos emprenderán un viaje hacia París, aunque los dos saben que se necesitan, despertarán entre ellos conflictos, simpatías y aventuras cotidianas en las que se meterán sin saber cómo salir. La película tiene ese tono inocente de la primera aventura vital, de escapar de todo tu entorno para emprender tu camino, para descubrir ese mundo diferente y extraño, y huir de ese entorno cotidiano tan triste, vacío y difícil.

Jean-François y Lluna son dos almas torturadas, inadaptadas en su entorno familiar, que tanto uno como otra, encuentran en el viaje una manera de liberarse de esa carga que les invisibiliza y los oculta, distanciándolos de esa vida tan diseñada para ellos. Los dos niños encuentran en la escapada una toma de decisiones por ellos mismos, sin pensar en los demás, sin pedir permiso, sólo ellos y su objetivo, sin prever los mil y un impedimentos y circunstancias hostiles que se encontrarán en su viaje. Portabella nos sitúa en un relato actual, aunque no podríamos decir que está hablando de ahora, hay un aquí, pero las situaciones se muestran atemporales, remitiéndonos a la ausencia de tecnología, no vemos móviles, ni gps, ni nada que le parezca, los niños utilizan mapas de carretera, escriben cartas o llaman desde cabinas telefónicas, elementos y la ausencia de ellos, que nos ayudan a introducirnos en este viaje inocente sobre la primeras veces, en una película que no olvida su elemento referencial a la literatura, y se muestra estructurada en capítulos, donde asistimos a todos los cambios emocionales y profundos que experimentará Francesc/Jean-François, desde su nueva identidad, su encuentro con LLuna y su viaje, el deseo, el amor, las mentiras, y demás elementos que convierten a la película en una odisea cotidiana.

La película se cuenta a través de las miradas de Jean-François y Lluna, dos chavales inquietos, curiosos y complejos, que se lanzan, como ocurre en esas edades y estados de ánimo, a una aventura, a un viaje desde la inocencia y la fragilidad de sus emociones, dejándose llevar por la carretera y pensando en las mil y una para conseguir su objetivo, como si el mundo se hubiera detenido, o simplemente ellos se hubiesen bajado de él, hartos de tanta vulgaridad y normas. Los intérpretes Max Megias como Jean-François y Claudia Vega como LLuna (la niña de Eva, de Kike Maillo, diez años después) bien secundados por los siempre acertados Àgata Roca como la madre del niño, y Pau Durà como el psicólogo. Max y Clàudia se convierten en una pareja protagonista magnífica y cercana, que desprende naturalidad y complicidad, con sus cargas emocionales en la mochila y escapando de entornos hostiles y desagradables, con la idea de encontrar esa persona que les dé un camino o algo de felicidad y compañía, en el caso de Jean-François, el encuentro soñado con los existencialistas y las preguntas sobre el sentido de la vida, y en el caso de Lluna, ese chico del que se enamoró.

Portabella ha construido una película muy cercana, ligera y conmovedora, en su forma y apariencia, pero que se erige como una estupenda y sensible tragicomedia con road movie incluida, cargada de profundidad, alejándose de esas películas de niños con mensaje y sentimentalistas, en el que siempre hay un discurso vital y esperanzador, muy alejado de la realidad, tanto social como emocional, aquí no hay nada de eso, la película nos cuenta las emociones contradictorias y ambiguas de un par de adolescentes, uno empezando y otra, en plena caldera hirviendo, donde el viaje físico es solamente un reflejo de las emociones de los personajes, donde la música clásica, dialoga de manera compleja y sincera con las imágenes naturales y cotidianas que vemos, con esos espacios periféricos, alejados de todos y todo, como si el tiempo si hubiera aliado con ellos y con su aventura, en una especia de dimensión diferente donde las cosas pueden producirse si les ponemos interés, dejándonos llevar por lo que sentimos, con la experiencia del viaje compartido, y con el recuerdo de Dorothy en su camino a Oz con sus compañeros de viaje.