Entrevista a Marcela Matta

Entrevista a Marcela Matta, codirectora de la película “Los Modernos”, en el marco del FIRE!! 23a Mostra Internacional de Cinema Gai i Lesbià. El encuentro tuvo lugar el viernes 15 de junio de 2018 en la terraza del Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcela Matta, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del FIRE!!, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Sergi Portabella

Entrevista a Sergi Portabella, director de la película “Jean-François i el sentit de la vida”. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sergi Portabella, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Max Megias

Entrevista a Max Megias, actor de la película “Jean-François i el sentit de la vida”, de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Max Megias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Claudia Vega

Entrevista a Claudia Vega, actriz de la película “Jean-François i el sentit de la vida”, de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudia Vega, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Jean-François i el sentit de la vida, de Sergi Portabella

EL NIÑO QUE BUSCABA SU CAMINO.

“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”

Píndaro

Antoine Doinel, el niño triste y solitario de Los 400 golpes, de François Truffaut,  leía uno de los libros de La comedia humana de Balzac (ese universo de 85 novelas que sintetizan la historia social de Francia entre 1815 y 1830) amén de velar un retrato del escritor en un espacio de su habitación. Doinel, un niño inadaptado, rebelde e inquieto, se alzaba contra los pocos estímulos en su vida, con una familia distante y un colegio anticuado con maestros severos, encontraba su espacio en el mundo de Balzac, ensimismado en su humanidad, y en la devoción hacia el célebre escritor. Casi sesenta años después, nos encontramos a Francesc, un niño de 13 años, que, al igual que Doinel, se encuentra perdido, huérfano de padre y con una madre ausente, a la que sólo ve de noche, y sufriendo acoso en el colegio y yendo al psicólogo. Un día, cuando se encierra en el aseo escapando de los acosadores, encuentra un libro, El mito de Sísifo, de Albert Camus (ensayo filosófico en el que se incidía, a través del mito griego, en el valor de la vida y en el esfuerzo inútil e incesante el hombre) y su vida cambia, su percepción del entorno es distinto, tiene un nuevo estímulo en su vida, quiere ir a París para conocer a Camus y a los existencialistas en el Café de Floré, y sobre todo, convertirse en uno de ellos.

Así arranca la opera prima de Sergi Portabella (Barcelona, 1980) surgido de la Escac en la especialidad de fotografía, ha trabajado en videoclips, making ofs y guionista de televisión, aparte de dirigir tres cortos con títulos tan estimulantes como El fin del mundo será en Brasil (2013). El director catalán nos lleva de la mirada de su protagonista, el solitario, introvertido y triste Francesc, convertido en Jean-François en su nueva identidad de existencialista, y en su viaje a París, se encontrará con Lluna, una adolescente inquieta y decidida, con esos 17 años, donde todo su entorno parece saber qué vida debe tener, cuando ella tiene otros planes, en ese período donde debes decidir qué hacer con tu vida, y todavía no sabes hacia dónde ir. Los dos emprenderán un viaje hacia París, aunque los dos saben que se necesitan, despertarán entre ellos conflictos, simpatías y aventuras cotidianas en las que se meterán sin saber cómo salir. La película tiene ese tono inocente de la primera aventura vital, de escapar de todo tu entorno para emprender tu camino, para descubrir ese mundo diferente y extraño, y huir de ese entorno cotidiano tan triste, vacío y difícil.

Jean-François y Lluna son dos almas torturadas, inadaptadas en su entorno familiar, que tanto uno como otra, encuentran en el viaje una manera de liberarse de esa carga que les invisibiliza y los oculta, distanciándolos de esa vida tan diseñada para ellos. Los dos niños encuentran en la escapada una toma de decisiones por ellos mismos, sin pensar en los demás, sin pedir permiso, sólo ellos y su objetivo, sin prever los mil y un impedimentos y circunstancias hostiles que se encontrarán en su viaje. Portabella nos sitúa en un relato actual, aunque no podríamos decir que está hablando de ahora, hay un aquí, pero las situaciones se muestran atemporales, remitiéndonos a la ausencia de tecnología, no vemos móviles, ni gps, ni nada que le parezca, los niños utilizan mapas de carretera, escriben cartas o llaman desde cabinas telefónicas, elementos y la ausencia de ellos, que nos ayudan a introducirnos en este viaje inocente sobre la primeras veces, en una película que no olvida su elemento referencial a la literatura, y se muestra estructurada en capítulos, donde asistimos a todos los cambios emocionales y profundos que experimentará Francesc/Jean-François, desde su nueva identidad, su encuentro con LLuna y su viaje, el deseo, el amor, las mentiras, y demás elementos que convierten a la película en una odisea cotidiana.

La película se cuenta a través de las miradas de Jean-François y Lluna, dos chavales inquietos, curiosos y complejos, que se lanzan, como ocurre en esas edades y estados de ánimo, a una aventura, a un viaje desde la inocencia y la fragilidad de sus emociones, dejándose llevar por la carretera y pensando en las mil y una para conseguir su objetivo, como si el mundo se hubiera detenido, o simplemente ellos se hubiesen bajado de él, hartos de tanta vulgaridad y normas. Los intérpretes Max Megias como Jean-François y Claudia Vega como LLuna (la niña de Eva, de Kike Maillo, diez años después) bien secundados por los siempre acertados Àgata Roca como la madre del niño, y Pau Durà como el psicólogo. Max y Clàudia se convierten en una pareja protagonista magnífica y cercana, que desprende naturalidad y complicidad, con sus cargas emocionales en la mochila y escapando de entornos hostiles y desagradables, con la idea de encontrar esa persona que les dé un camino o algo de felicidad y compañía, en el caso de Jean-François, el encuentro soñado con los existencialistas y las preguntas sobre el sentido de la vida, y en el caso de Lluna, ese chico del que se enamoró.

Portabella ha construido una película muy cercana, ligera y conmovedora, en su forma y apariencia, pero que se erige como una estupenda y sensible tragicomedia con road movie incluida, cargada de profundidad, alejándose de esas películas de niños con mensaje y sentimentalistas, en el que siempre hay un discurso vital y esperanzador, muy alejado de la realidad, tanto social como emocional, aquí no hay nada de eso, la película nos cuenta las emociones contradictorias y ambiguas de un par de adolescentes, uno empezando y otra, en plena caldera hirviendo, donde el viaje físico es solamente un reflejo de las emociones de los personajes, donde la música clásica, dialoga de manera compleja y sincera con las imágenes naturales y cotidianas que vemos, con esos espacios periféricos, alejados de todos y todo, como si el tiempo si hubiera aliado con ellos y con su aventura, en una especia de dimensión diferente donde las cosas pueden producirse si les ponemos interés, dejándonos llevar por lo que sentimos, con la experiencia del viaje compartido, y con el recuerdo de Dorothy en su camino a Oz con sus compañeros de viaje.

Una casa junto al mar, de Robert Guédiguian

EL TIEMPO QUE FUE, EL TIEMPO QUE VENDRÁ.

“El pasado es la única crítica completa del presente”

Pier Paolo Pasolini

En el cine de Robert Guédiguian (Marsella, 1953) podemos encontrar lazos y lugares comunes que se suceden en sus trabajos de manera continua, como si se tratasen de retazos o trozos de vida que funcionan de manera propia, pero que pertenecen a una especie de álbum familiar de un lugar, un tiempo y unas vidas. El lugar sería Marsella y sus barrios, con su puerto y sus cotidianidades, el tiempo, el que abarca su filmografía, con 20 títulos, que arrancó en 1981 con Dernier été (Último verano)  y las vidas, la que conforman su trío actoral cómplice formado por Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan (que aparecen en casi la totalidad de sus películas) que conforman entre todos ellos no sólo un grupo de cineastas que vuelven a reencontrarse para contar historias, sino una familia cinematográfica especial, casi única en toda la historia del cine. Un cine del cineasta marsellés preocupado por los más débiles, los de abajo, aquellos que se levantan cada día con la esperanza de seguir manteniendo su trabajo y que sus ilusiones no caigan en saco roto. Unas gentes que pertenecen a la clase obrera, a la que lucha, a la que protesta, a la que resiste en ese mundo cada vez más deshumanizado y terrorífico.

La casa junto al mar, es una película que podría mirarse como un compendio de muchas de las preocupaciones del cine de Guédiguian, aunque aquí su mirada, aunque sea cargada de melancolía y algo sombría, siempre deja algún lugar, aunque sea minúsculo, para mirar con esperanza los días que vendrán, porque a veces, es lo único que tenemos las gentes de nuestra condición. Ya desde su precioso arranque, cuando Ascaride se baja del taxi y llega a ese escenario, entre bucólico y fantasmal, donde no vemos a nadie a su alrededor, como si el tiempo hubiera aplastado sin contemplación ese lugar, mira a su entorno, como si reconociera el lugar y sobre todo, ese tiempo que pasó allí, cuando fue feliz, cuando todo era diferente, cuando había gente. De repente, bajo ese manto de soledad y quietud, una voz amiga la llama y la reclaman desde la terraza de una vivienda. Le esperan Armand (Gérard Meylan) el hermano que decidió quedarse y llevar el restaurant familiar, Joseph (Jean-Pierre Darroussin) el profesor retirado que tiene una novia muy joven Bérangère (Anaïs Demouster) y el padre, que debido a un ataque se ha quedado postrado y ido. Ella es Angèle, una famosa actriz de teatro que vive en París.

Guédiguian nos sitúa en una pequeña cala, cerca de Marsella, alejada del mundanal ruido, entre un mar abierto y una montaña, con ese omnipresente viaducto por donde pasan trenes a toda velocidad. El lugar donde su padre construyó su casa y el restaurant, ese lugar, una arcadia feliz o lo fue, durante un tiempo, donde pasaron tanto tiempo de infancia y juventud, ese lugar que vivió tantos años de esplendor, pero que ahora parece olvidado, detenido en algún lugar de la memoria, perdido entre las brumas del tiempo, porque la película se detiene en el reencuentro de estos tres hermanos y sus recuerdos, que forman parte de su vida, en un momento de sus vidas que parecen quietos, sin camino que caminar, sin tiempo que vivir, alejados de sus vidas, y sus esperanzas. El mundo cambiante ha pasado por encima de ellos, robándoles aquello por lo que vivían, sus luchas, su trabajo, su vida, conduciéndolos hasta un tiempo y un lugar que ya no existe, sólo en sus memorias, en aquel tiempo, la enfermedad y ausencia emocional del padre es toda una metáfora del estado emocional de sus hijos, con ese contrapunto con los más jóvenes, con otros ideales y otras formas de vida tan diferentes a las de ellos, y la amenaza exterior, como los especuladores a bordo del yate o la polícia.

Pero, Guédiguian no se detiene a juzgar que tiempo fue mejor, si aquel que pasó, o este que vivimos ahora, o el que está por venir, nada de eso, su cine es más complejo y rico en ese sentido, su investigación reside en como ese tiempo ha pasado por estos tres personajes, que ha dejado en ellos, y sobre todo, como lo han vivido, y que recuerdan, que sienten ahora mismo, y si al menos, en el tiempo de la película, en este instante, les queda algo de esperanza. Los vecinos ancianos de toda la vida, representan a aquellos que siguen al pie del cañón, o al menos quieren creerlo así, y sienten que también su tiempo pasó, como cuando uno de los personajes mira a su alrededor y observa todas las casas cerradas y se pregunta por lo ocurrido, y el anciano le exclama en tono triste, que lo que ha pasado es el dinero. El cineasta marsellés nos habla del paso del tiempo, de la vulnerabilidad de la vida y los cambios constantes, y lo hace desde el presente (aunque introduzca dos episodios del pasado, como la fiesta de navidad, cuando la gente poblaba el lugar, o las secuencias de la película Ki lo sa?, el momento más hermoso de la película, protagonizada por los mismos actores y filmada en el mismo lugar, pero en 1985, cuando esos mismo personajes, con 30 años menos, representaban la vida, las ilusiones y la esperanza por un mundo mejor) un presente rodeado de quietud, melancolía y recuerdos, algo así como una caja de pandora del que ninguno de los personajes quiere abrir para no darse de bruces con cosas que quería olvidar o pensaba olvidadas.

La película nos habla de la importancia del teatro o la cultura como medio de refugio para soportar los avatares de la vida y una herramienta esencial para reflexionar sobre nosotros, con esas secuencias de seducción y enamoramiento entre Angèle y el marinero, sobre los amores pasados y presentes, como el amor generacional, en el que somos testigos de uno que se extingue y otro que acaba de arrancar. Guédiguian estructura su película de forma sencilla y honesta, yendo al grano de su exploración, apoyándose en la naturalidad de sus intérpretes, y construyendo a fuego lento su trama, con esos diálogos ingeniosos y algunos llenos de amargura, como  los que va soltando Joseph (el personaje que interpreta Jean-Pierre Darroussin) como esa frase que podría definir muchos de los aspectos de la película y del tiempo en que estamos ahora,  “Piensan a la derecha y se sienten a la izquierda”, sin olvidarnos, de la elegancia y sobriedad de su mise en scène, donde el director francés economiza su narrativa para darnos el tiempo suficiente para conocer a sus personajes, escucharlos y sobre todo, no juzgarlos. Detenerse en sus vidas pasadas, presentes y futuras.

La introducción de los refugiados en el último tramo de la película, parece desenterrar antiguos ideales de los hermanos, que encuentran en el hallazgo de tres niños inmigrantes desamparados la forma de reengancharse a todo aquello por lo que lucharon en el pasado y ahora, parecía olvidado y oxidado, o simplemente sin sentido en esta sociedad individualizada y mecanizada. Podríamos ubicar la película en un melodrama familiar, pero en este caso contadas “a cau d’orella”, recordando aquel tiempo, ese otro tiempo, en que el rumor del mar entraba por la ventana una tarde de verano cálida y tranquila, mientras una leve brisa marina inundaba toda la estancia, y  los últimos rayos de luz iban desapareciendo lentamente, mientras a lo lejos escuchábamos a los últimos bañistas recogiendo sus cosas y encaminándose para encarar la noche que se antojaba larga y alegre, como todas las de verano. Una película política, revolucionaria, de resistencia, contada de manera libre y sencilla, una fábula moral, como todo el cine de Guédiguian, en la que se describe la compleja condición humana, con sus miedos, recuerdos e inseguridades, en la línea de las películas de Renoir, Rossellini o Kiarostami, donde se habla de lugares, personas y vidas, o Kaurismaki y El otro lado de la esperanza, un cine humanista de cualquier tiempo, lugar y vida, en el que los personajes como cualquier ser humano de cualquier época, desean algo tan frágil y ala vez tan difícil como estar bien y rodearse de los suyos.

Black, de Adil El Arbi y Bilall Fallah

175-cartel-black-okAMOR ENTRE FIERAS.

Mavela tiene 15 años y de raza africana, se siente sola y perdida, rehuye cualquier relación con su madre, y solo encuentra refugio y camaradería en los “Black Bronx”, una banda juvenil de centroafricanos que se dedica al robo y al tráfico de drogas. Un día, por casualidad o no, se encuentra en comisaría con Marwan, marroquí, de su misma edad, y perteneciente al grupo rival, los “1080”. Al poco, se citan y se enamoran. Es un amor sincero, y de verdad, adolescente y libre, pero debido a las circunstancias, deben ocultarlo y mantenerlo en secreto. El segundo trabajo de los realizadores Abil El Arbi y Bilall Fallah, después de la interesante Image (2014), en la que relataban como una periodista se introducía en el complejo mundo de la delincuencia a través de un joven marroquí, sigue en la misma línea, vuelven a situarnos en Bruselas, en la cara oculta y silenciada por los medios, en ese mundo de hijos de inmigrantes, que no pertenecen a ningún lugar, que se mueven en lo ilegal y lo transgreden, carnes de cañón con un no futuro.

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La acción arranca con una joven en medio del caos, necesitada de cariño y comprensión, que con la necesidad de huir de su madre, debido a sus carencias emocionales, acaba en el peor de los lugares, en las fauces de un dragón voraz y terrorífico. En frente, encuentra un leve respiro en Marwan y en los sentimientos que nacen entre los dos. El tono de los realizadores belgas, pero con raíces árabes, es muy seco, su violencia es física y brutal, no hay respiro, todo se desarrolla a través de la acción, una acción vertiginosa y que no deja lugar a ningún tipo de tregua. Todo sucede a un ritmo vertiginoso. La cámara filma de forma realista y transparente a estos jóvenes condenados, unas almas rotas y agazapadas, que se sienten extranjeros en el lugar donde han nacido, que encuentran en la delincuencia su forma de vida, en la que pueden adquirir todo aquello que desean sin necesidad de ninún tipo de esfuerzo y trabajo. Y en medio de toda esta suciedad y terror, algo de humanidad, la historia de amor de Mavela y Marwan, unos actualizados Romeo y Julieta, entre la disputa de sus respectivas familias los Capuleto y los Montesco, aquí, convertidos en bandas rivales a muerte, como ocurría en el inolvidable musical West Side Story, la eterna lucha fraticida entre unos y otros, todos ellos marcados y sin salida, que podría resumirse en el instante que escuchamos el tema “Back to black”, de la desaparecida Amy Winehouse, aquí versionado en forma de balada triste. Alegres pero en el fondo tristes.

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La película está bien construida, muestra un lado oscuro muy alejado de la Europa bienpensante y superficial, la realidad de esos niños en la frontera, niños perdidos en su propio país, que ni se sienten de el ni pertanecen a el, que viven en esos barrios pobres, sin recursos, con indices brutales de desempleo, y olvidados de todos, que encuentran en la amistad y en el compañerismo de apariencias una forma de vida, no trabajan, pero robando consiguen lo que quieren, no hay futuro, sólo viven y disfrutan del presente, un presente lleno de violencia, muerte, sexo y consumo rápido, todo va Deprisa, deprisa como contaba la excelente película de Saura. Quizás la cinta adolece de profundidad en su discurso, más interesada en una forma exquisita y descarnada, a partes iguales Bella y triste, romántica y llena de odio y venganza. Juega a su favor ese aroma naturalista y sangrante que recorrían las calles deshumanizadas de Kids, de Larry Clark o la marginalidad y negritud de El odio, de Matthieu Kassovitz. El trabajo interpretativo, tanto de la maravillosa pareja protagonista compuesta por Martha Canga Antonio y Aboubakr Bensaihi, amén del resto del reparto, ayuda a obtener la veracidad y frescura que se respira en la película. Es una historia conocida, pero no le quita méritos a la valentía y la propuesta de los directores en sumergirnos en este cruel descenso a los infiernos, en un relato que ocurre en todas las ciudades de esta Europa vendida como unida y próspera, pero en realidad, muy clasista, porque esa prosperidad solo levanta y mantiene a unos pocos privilegiados.