Entrevista a Luis Hostalot

Entrevista a Luis Hostalot, actor de la película «Culpa», de Ibon Cormenzana, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el viernes 22 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Hostalot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana

Entrevista a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana, actriz y director de la película «Culpa», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el viernes 22 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Drive My Car, de Ryûsuke Hamaguchi

LA VIDA… Y LUEGO NOSOTROS.

“Cuando se carece de verdadera vida, se vive de espejismos…”

De la obra “Tío Vania”, de Anton Chéjov

Apenas tres meses del estreno de La ruleta de la fortuna y la fantasía, volvemos a cruzarnos con otra película de Ryûsuke Hamaguchi (Kanagawa, Japón, 1978), y como no podía ser de otra manera, volvemos a reencontrarnos con sus personajes de existencias cotidianas, de instantes fugaces, de sentimientos vulnerables, con sus conflictos existenciales, sus continuas derivas emocionales, y sobre todo, volvemos a mirar de frente aquellos problemas invisibles, aquellos que ocultamos a los demás, y también, y sobre todo, a nosotros mismos. El cineasta nipón nos habla sobre la vida, o mejor dicho,  sobre aquello que creemos que es vivir, sobre todo aquello que nos ocurre, sobre todas esas heridas y el dolor que nos producen las situaciones vitales, y sobre como gestionamos ese dolor, la forma en que nos relacionamos con él, y como lo usamos o no frente a los demás. Sus relatos se van sucediendo frente a nosotros como ocurría en las obras de Ozu, casi sin darnos cuenta, aplastadas por la cotidianidad de nuestros quehaceres diarios, unos relatos breves y fugaces que se perdían casi sin llamar la atención, pero que continuaban viviendo en nuestro interior. Esos pequeños conflictos a los que apenas damos importancia, pero acaban dirigiendo nuestras vidas, porque están ahí, quietos, sin revolver, viviendo en nosotros, agazapados y esperando su oportunidad, donde serán expuestos y enfrentados y quizás, resueltos o no.

En esta ocasión, la mirada de Hamaguchi toma prestado un cuento homónimo de Haruki Murakami (de título extraído de una canción de The Beatles), que apareció en el libro “Hombres sin mujeres”, y escribe junto a Takamasa Oe un guion que nos sitúa frente a una pareja dedicada a contar historias. Él, Yusuke Kafuku, actor y director teatral, y ella, Oto, guionista de televisión. Una pareja que se quieren, y poseen una peculiar forma de contarse las diferentes historias que van inventándose. El automóvil de él, un Saab 900 Turbo, un vehículo de más de diez años de vida, es el encargado de acoger esas historias y funciona como espacio donde los personajes se abren mucho más y exponen más sus emociones y por ende, descubrimos lo que son en realidad. Estamos ante una película donde la interpretación y la fabulación son usadas como máscaras, como escaparates ficticios para ocultar los verdaderos sentimientos en forma de heridas. No obstante, veremos dos obras de teatro representadas. La primera, Esperando a Godot, de Beckett, la obra que más ha buceado por el hastío y el vacío vital, que explica con detalles todo lo que le sucede al personaje masculino, y luego, en las dos terceras partes siguientes, asistiremos a los ensayos de Tío Vania, de Chéjov, una de las obras que mejor ha descrito la desesperación y el vacío de la vida, en la que cada uno de los personajes arrastra sus heridas y su desconsuelo vital.

El automóvil actúa como acicate ante tanto dolor no compartido, la parsimonia de la circulación y la paz que le produce al protagonista es usado como bálsamo de paz, porque mientras conduce va escuchando la obra recitada por su mujer Oto. No es casualidad que la acción suceda en Hiroshima, la ciudad junto a Nagasaki, arrasadas por las bombas atómicas. Una ciudad de dolor, sobre el dolor, en la que todavía se perciben las secuelas de la tragedia y el inmenso dolor que produjo. En ese espacio, en sus calles, va a parar Yusuke, arrastrandon su dolor, y mientras trabaja en el montaje de “Tío Vania”, recorrerá sus calles y diferentes espacios con un chófer que le pone el festival de teatro, la elegida que conducirá su coche es Misaki, una joven de veinte años, que será su compañera, confidente y escuchadora durante esos dos meses en Hiroshima. Otro personaje clave en la película es Koshi Takatsuki, un actor que volverá a la vida de Yusuke, que pertenece a su pasado, a ese pasado que compartió con Oto.

Los aspectos técnicos del cine de Hamaguchi son extraordinarios y sumamente elegantes y llenos de matices. Desde todo el anacronismo existente en la película, con ese automóvil en la cabeza, un modelo del pasado, con sus cintas de casete donde vamos escuchando las obras, o ese tocadiscos, con sus discos de vinilo que escucha la pareja. La excelente banda sonora que escuchamos firmada por Eiko Ishibashi, donde se van detallando con suma delicadeza todos los sentimientos de los personajes que van aflorando tímidamente. El ágil, exquisito y rítmico trabajo de edición de Azusa Yamazaki,  como si se tratase de una partitura musical, para aligerar sus ciento setenta y nueve minutos de metraje, que se nos pasan casi sin darnos cuenta, completamente ensimismados por sus imágenes, sus palabras y sus emociones. La cinematografía de Hidetoshi Shimoniya ayuda a armonizar toda esa gama de sentimientos complejos que arrastran los dos personajes principales, donde la ligereza y suavidad de sus imágenes, confronta con todo ese espacio interior, donde todo es complejidad, oscuridad y dolor.

La mirada de Hamaguchi no está muy lejos del cine de Rohmer y Hong Sang-soo, otros dos autores-cronistas sobre las dificultades emocionales ante la vida y sus catástrofes, con sus personajes sin tiempo, que hablan y discuten, y miran y se mueven intentando ser, que nos es poco. Hamaguchi es otro creador maravilloso de personajes, porque es a través de ellos que se cuentan los diferentes conflictos, a través de sus hermosos y transparentes diálogos, y sus importantísimos silencios, quizás más elocuentes y auténticos, con ese revelador detalle del personaje que no habla y solo se comunica con el lenguaje de signos. Sus criaturas son individuos como nosotros, cercanísimos en sus problemas emocionales, en el que cada uno de ellos actúa como reflejo del otro, como espejo deformador de sus propias existencias, donde las diferentes composiciones, en los que abundan los personajes femeninos fuertes y sensibles, como sucede en Drive My Car, con esa Oto y Misaki, quizás dos mujeres muy diferentes o no, que conducirán, y nunca mejor dicho, la existencia y el trabajo de Yusuke. Un grupo de grandes intérpretes como los Hidetoshi Nisgijima, al que vimos recientemente en El teléfono del viento, de Nobuhiro Suwa, da vida a Yusuke, el tipo que encontrará en la actuación la terapia para acompañar y vivir su dolor, aunque quizás la amargura de Vania esté demasiado cerca para poder interpretarlo.

Y los de reparto, igual de importantes que los principales, por la huella y la presencia-ausencia que dejan en estos, como Tôko Miura es Misaki, la joven que también arrastra su herida, y se convertirá no solo en la eficiente chófer de Yusuke, sino en su confidente, y su hermana de dolor, y los dos compartirán mucho más que la mera relación profesional. Reika Kinishima es Oto, una mujer compleja, enamoradísima y una herida difícil de llevar, y finalmente, Masaki Okada es Koshi, el joven actor que aparecerá en las vidas de la pareja de forma inesperada e intensa. Hamaguchi ha vuelto a construir una grandiosa película, como son las grandes películas, de armazón ligero, suave como una brisa frente al mar, y denso y complejo en su interior, con unos personajes cercanos e íntimos, pero convertidos en una especie de islas emocionales, llenos de heridas, llenos de dolor, que les iremos conociendo y sintiendo en su proceso de acompañar el dolor, de mirarlo de frente, de no huir de él, de vivir con ello, porque la vida a pesar de su tristeza y su sin sentido, siempre está ahí para regalarnos una conversación con alguien, una mirada cómplice o simplemente, compartir unas miradas y un silencio que lo dicen todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lizzie, de Craig William Macneill

UNA MAÑANA DE AGOSTO DE FINALES DEL XIX.

“Los hombres no tienen que aprender, Bridget. Nosotras, sí”

El jueves 4 de agosto de 1892, la localidad Fall River, del estado de Massachusetts, en EE.UU., se despertó horrorizada cuando se descubrieron los cadáveres de Andrew Borden, y su segunda esposa Abby, brutalmente asesinados, en el interior de su casa. La situación dio un gran vuelco cuando se supo que Lizzie Borden, una de las hijas, y Bridget Sullivan, la asistenta, se encontraban en el interior de la vivienda cuando se cometieron los crímenes. Las dos mujeres declararon que no escucharon nada ni vieron a nadie. La prensa sensacionalista se hizo eco del asunto y apodaron a Lizzie Borden como “La asesina de el hacha”, y la historia la recuerda así. Pero, realmente solo los implicados saben realmente que ocurrió aquella mañana calurosa del verano de 1892 en la casa de los Borden. En el año 2014, Christina Ricci protagonizó un telefilme que indagaba en los hechos. Unos años más tarde, nos llega una nueva versión del caso de Lizzie Borden de la mano de Graig William Macneill, cineasta nacido en Nueva Inglaterra (EE.UU.), que tiene experiencia en el medio televisivo con series como Westworld o Them, entre otras, y ya había debutado en el cine con la película The Boy (2015), sobre el desamparo de un niño con un padre depresivo.

Con Lizzie, su segundo trabajo para la gran pantalla, reúne un grandioso reparto encabezado por unas maravillosas Chloë Sevigny, que además es productora, junto a Kristen Stewart, en los roles de Lizzie Borden y Bridget Sullivan, respectivamente. Una película asfixiante y muy claustrofóbica, donde abundan los interiores y los planos y encuadres cerrados, capturando toda la intimidad doméstica del hogar férreo y oscuro de los Borden, sin caer en los estereotipos de la oscuridad para crear una atmósfera terrorífica y malsana, en un formidable trabajo del cinematógrafo Noah Greenberg, que ya había trabajado con Macneill en su opera prima, y en Most Beuatiful Island, de Ana Asensio, sobre el lado oscuro de la ciudad de los rascacielos. La música barroca y sutil de Jeff Russo, que conocíamos por sus trabajos en las series de Fargo y Star Trek, entre otras, y el grandísimo trabajo de montaje de Abbi Jutkowitz, que sintetiza y crea esa casa-laberinto en el que hay pocas formas de encontrar luz y paz, con esas palomas, sinónimo de una libertad imposible, y ese granero como lugar-isla de algo de paz, aunque expuesta a las miradas inquisitorias.

Una casa-cárcel y una época de pura apariencia y machismo exacerbado, en la que podemos ver el sometimiento de las mujeres ante los hombres, ese padre, el Sr. Borden, avaro y negociante sin escrúpulos, lleva con mano de hierro su patrimonio y su casa, Abby, su segunda esposa, sumisa y leal, y el tío John, una sanguijuela que quiere ganarse la riqueza de los Borden cuando el padre no este. Ante la conservadora y gris Fall River, que tanto recuerda a ese New York, de por ejemplo, las novelas de Henry James, y la adaptación de La heredera, de Wyler, y las de Edith Wharton en La edad de la inocencia, de Scorsese. La joven Lizzie, aquejada de epilepsia, encuentra en el cariño y la comprensión de la asistenta, una vía de escape ante una existencia invisible y de continuo sometimiento masculino. Un amor prohibido, pero lleno de comprensión y sentimiento. Un guion que firma Bryce Kass, que arranca con una secuencia inquieta y muy bien filmada, para trasladarnos en flashback a seis meses antes de los asesinatos, con la llegada de la asistenta a la casa de los Borden, para luego, contarnos en una segunda mitad, todo lo que ocurrió con la detención de Lizzie Borden como principal sospechosa y los hechos que vinieron luego.

Macneill cuenta la versión de los hechos, los que él cree que sucedieron aquella mañana de finales del XIX. Quizás no son los que realmente pasaron, pero la versión de la película podría estar muy cercana, o no, pero se ajusta bastante al caso en cuestión, mirado desde la perspectiva de ahora, con más de un siglo transcurrido del caso. Una película de estas características, anclada en un fascinante e inquietante thriller psicológico, donde abundan las miradas y los silencios, debía tener un reparto que compusiera unos personajes que miran mucho y callan más. Los estupendos Jamey Sheridan como Andrew Borden, que hemos visto en series, hace un padre malvado, un machista y un señor injusto y abusador, junto a Denis O’Hara como el tío John, un ser repugnante y arribista, y la sumisión y la sombra que es la segunda esposa Abby, que hace con astucia una gran Fiona Shaw, que recordamos como la tía Petunia de la saga de Harry Potter, gran acierto presentando a una mujer que sabe pero calla, alejándose de la idea de malvados y cándidas, sino mostrando los diferentes perfiles psicológicos y como los enfrentan los diferentes personajes.

Y finalmente, las dos grandes de la función. Dos actrices como Chloë Sevigny y Kristen Stewart, de gran fuerza expresiva, que se mueven con pausa y miran con profundidad, en unos personajes complejos y muy bien interpretados, que hacía tiempo que no las veíamos con tanta fuerza, aunque las dos poseen variados y estupendos trabajos. Por un lado, tenemos a una increíble Kristen Stewart, dando vida a la asistenta, callada, sin consuelo, muy reservada, que también aguanta los abusos del lugar, y frente a ella, una grandísima Chloë Sevigny en la piel de Lizzie Borden, una frágil y débil de salud, pero de carácter fuerte y capaz de todo, sobre todo, de enfrentarse a la tiranía de su padre y romper con ese ambiente misógino de un país que todavía arrastraba las costumbres y la hipocresía heredada de Inglaterra. Macneill mantiene un gran pulso narrativo y formal, y construye con pocos elementos una atmósfera de terror, recurriendo a la intimidad de la casa, y unos personajes atrapados en sus ganas de mantener lo tradicional, frente a la libertad e independencia que ansían tanto Lizzie como Bridget. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marcús JGR

Entrevista a Marcús JGR, músico de la película «El vientre del mar», de Agustí Villaronga, en la cafetería del Conservatori del Liceu en Barcelona, el miércoles 10 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcús JGR, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Pep Armengol, estimado amigo, por el retrato que acompaña la publicación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El vientre del mar, de Agustí Villaronga

LA BALSA DEL HORROR.

“Quien ha visto la verdad permanecerá para siempre inconsolable”

El cine de Agustí Villaronga (Palma de Mallorca, 1953), siempre se ha movido, o mejor podríamos decir, que se ha adentrado en todo aquello que no queremos ver, en todos aquellos universos sórdidos y horribles del alma humana. Mundos cotidianos, pero mundos oscuros, donde lo más miserable y terrible de la condición humana hace acto de presencia, con unos personajes a la deriva, condicionados por un entorno durísimo, áspero y sobre todo, unos individuos atrapados en una realidad que ahoga, que no te suelta, y te convierte en un monstruo sin consuelo. Después de unas cuantas películas de presupuesto generoso, como Incierta gloria (2017), y aún más, Nacido rey (2019), la intención del cineasta mallorquín era levantar una obra teatral basándose en un episodio de la novela “Oceano mare”, de Alessandro Baricco, que relata el naufragio de la fragata francesa Alliance en junio de 1816. La pandemia obligó a cambiar los planes, y del teatro pasó al cine. Villaronga vuelve a adaptar un texto ajeno, seis de sus once trabajos lo son, como ya hiciera con Simenon, Blai Bonet y Joan Sales, entre otros,  y nos sitúa en un relato que cuenta lo que sucedió, desde el presente, aunque la estructura viajará indistintamente por diferentes tiempos, creando ese caleidoscopio irreal y de miedo, adentrándose en el alma de los náufragos.

Dos de los nueve supervivientes explican a las autoridades lo sucedido, con esos rostros, mirándose y desafiándose, situados frente al estrado, frente al juicio, frente a los que escuchan. Por un lado, tenemos al oficial médico Savigny, implacable y malvado, y por el otro, Thomas, un marinero raso, que es la otra cara de Savigny, o mejor dicho, la cara más humana de toda la experiencia vivida. La película juega con todos los espacios, el físico y natural, con el mar asfixiando la balsa y sus maltrechos tripulantes, en la que también incluye imágenes de In the Same Boat, de Francesco Zizola, y de la pintura “la balsa de la medusa”, de Théodore Géricault, que evoca el terrible naufragio, y el mental y onírico, situado en una antigua fábrica vitícola, en un trabajo exquisito de Susy Gómez, donde todo acaba convirtiéndose en un único espacio, mezclado entre lo físico y lo psíquico, entre lo natural y lo artificial, entre lo vivido y lo soñado, entre lo humano y lo animal, donde las raíces originarias del proyecto teatral quedan muy presentes, y las del cine primitivo igual, con esas transparencias, donde es tan importante lo que vemos, como aquello que imaginamos, o creemos ver, o vemos sin ver., en una magnífica idea que recuerda los grandes títulos del terror y fantástico, cuando la fuerza era sugerir más que mostrar.

La excelente cinematografía, firmada por Josep M. Civit, cinco trabajos con Villaronga, y Blai Tomàs, que firma su primera codirección, después de algunas películas en el equipo de cámara, ayuda a sumergirnos en todos los mundos que nos presenta la película, con esos juegos de espejos entre el blanco y negro y el color, eso sí, un color apagado, triste y oscuro. El reposado y penetrante montaje de Bernat Aragonés, que condensa con inteligencia los breves pero intensísimos setenta y seis minutos de metraje, que firma su primer trabajo con Villaronga, en una filmografía en la que encontramos trabajos con Isabel Coixet y Belén Funes. Y finalmente, la música de Marcus J.G.R., tercer trabajo con el cineasta mallorquín, captando a la perfección todas las texturas, pieles, cuerpos y sangres que coexisten en una historia que desde el pasado nos habla del presente, de todos los males humanos y no humanos, como la lucha de clases, las continuas inmigraciones, y los más bajos instintos salvajes y animales del ser humano o lo que quede de él, desde la avaricia, la violencia, el egoísmo, el miedo, la desesperación, la locura, la falta de piedad y empatía, entre muchas otras.

Todas esas oscuras emociones que aparecen en una situación donde la vida y la muerte se confunden, donde cada día vivo es un día menos para sobrevivir o morir. Villaronga confía plenamente en sus dos intérpretes principales: vuelve a contar con grandísimo Roger Casamajor, probablemente el mejor actor de toda su generación, en su cuarto trabajo con el director, con el que debutó en el año 2000 con El mar, con su excelente y crápula Ramallo, inolvidable. Ahora se mete, con su peculiar sutileza y profundidad, un actor tan físico y expresivo, en la piel de Savigny, una especie de Coronel Kurtz, completamente ido y lleno de ira y violento, un dictador de la balsa, imponiendo su ley y su voluntad, alzándose en el inquisidor de la travesía, que ya amenaza grandes dificultades externas, por su frágil estructura y los contratiempos del mar, y a más, la balsa convertida en una embarcación, si se le puede llamar así, donde sobrevivir es un milagro, donde cada día se convierte en una odisea, por la falta de todo: compañerismo, hermandad, comida, agua, y esperanza, sobre todo, esperanza.

Frente a Casamajor, la excelente interpretación de Òscar Kapoya, debutante en la gran pantalla, después de trabajar en varias series de TV3, con el que protagoniza un grandioso duelo interpretativo, encarnando las dos formas de ver, sentir y vivir la experiencia del naufragio, que va desde lo humano a lo más alejado, entre todo lo que somos y en que nos convertimos, entre las múltiples facetas que hay entre el bien y el mal, entre lo que queda de nosotros, y en todo aquello en que nos podemos convertir, entre los diferentes tonalidades de lo oscuro y la maldad. Villaronga ha construido una película pequeña y humilde, pero de resultados grandiosos y profundos, donde a partir de un hecho histórico, construye toda una parábola de aquel mundo y de todos los que lo han precedido, porque tristemente los males del hombre nunca terminar, y continúan persistiendo, donde la idea de fraternidad y cooperación ha muerto, y seguimos comiéndonos unos a otros, sea como sea, y donde sea, porque si hay una cosa clara que explica acertadamente El vientre del mar, que no es una cosa de colores, formas y demás diferencias, sino que ante la desesperación y la muerte, todo conocimiento y humanidad desaparecen, y no somos nada, solo animales hambrientos sedientos de sangre y horror. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marc Ferrer y La Prohibida

Entrevista a Marc Ferrer y La Prohibida, director y actriz de la película «¡Corten!», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 7 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Ferrer y La Prohibida, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Prats y Gerard Cassadó de Filmin, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marga Sardà

Entrevista a Marga Sardà, actriz de la película «¡Corten!», de Marc Ferrer, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 7 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marga Sardà, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Prats y Gerard Cassadó de Filmin, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Corten!, de Marc Ferrer

EL AMOR ES MÁS FRÍO QUE LA MUERTE.

“Todos nos utilizamos mutuamente. El amor es más frío que la muerte”.

El universo de Marc Ferrer (Sabadell, Barcelona, 1984), vive por y para el cine. Sus películas están llenas de referencias cinéfilas, desde las más profundas a las más populares, todo tiene cabida en el mundo de Ferrer, eso sí, posee una sensibilidad especial a todo aquello subgénero y oculto, a todos esos artistas en la sombra, a todo ese otro mundo, que muchas veces queda oculto. Su cine tiene infinitas ramas: el musical, con esas grandes actuaciones a ritmo de pop, sinvergonzonería y mucha pluma, esa comedia petarda y romántica, muy alocada y llena de humor irreverente, simpático y naif, esos toques de thriller, un noir de andar por casa, pero muy sugerente y con su atmósfera particular, y la gran visibilización que hace del mundo no normativo en todos sus aspectos, por donde pululan amores de todo tipo y formas, tanto gay como hetero, y demás, y finalmente, el cine, porque siempre son películas sobre el cine, tanto dentro como fuera, y donde sus personajes son amigos de Marc interpretando a otras personas muy parecidas a su propia realidad. Metrajes breves, apenas rondan la hora de duración. Un gazpacho muy de aquí, especialmente imaginativo, sorprendente y lleno de vitalidad y fiesta, y que se ríe constantemente de sí mismo, sin excepción. Un cine que te atrapa al instante o lo odias para siempre.

Desde el año 2016, Ferrer, licenciado en Comunicación Audiovisual por la UPF, no ha parado y ha despachado cada año su película de turno, ya sea largo o corto. Su opera prima Nos parecía importante (2016), a las que la han seguido La maldita primavera (2017), Puta y amada (2018), Mi odio en tu corazón (2019), Corazón rojo (2020), y ¡Corten!, que el propio Ferrer describe como un “giallo marica”, en la que su cine ha dado un gran paso, introduciendo por primera vez el género de terror, aumenta la duración de la película llegando a los 78 minutos, y pasa del digital al cine, rodando en 16 mm, que firma el cinematógrafo Nilo Zimmerman (que además de actor, ha firmado las películas de Tiger, de Aina Clotet, o Boi, de Jorge M. Fontana), consiguiendo esa textura ochentera que tanto demanda la película de Ferrer, con esa cercanía y esos primeros planos de los intérpretes, la indispensable música de Adrià Arbona, líder de los Papa Topo, que protagonizaban La maldita primavera, y autor de todas las bandas sonoras del cine de Ferrer, una score que va de los ritmos divertidos y desenfadados, a aquellos otros propios del cine giallo, con su suspense y sus lugares tenebrosos desde la cotidianidad. El arte de Erik Rodríguez Fernández, otro cómplice de Ferrer, que vuelve a hacer casi con los mínimos elementos lo máximo, llenando de colorido cada plano y encuadre de la película.

El director sabadellense no oculta sus referentes, sino todo lo contrario, los hace muy evidentes, y los muestra sin ningún tipo de pudor, como las películas de Corman, los universos de Fassbinder, y sus personajes melancólicos, tristes y perdidos, el cine giallo de Argento, en el que se menciona varias veces, incluso aparece un libro dedicado a su obra, el universo cutre de Waters y Divine, con ese aroma del cine trash, basura, y el desenfado de hacer lo que quieras con los medios escasos que tengas, el cine de Zulueta y todo lo cinéfilo que le rodea, como el vampirismo, los primeros Almodóvar y su mundo y submundo, con maricas, travestis y demás seres que pululan llenos de amor, desengaños y desilusión, con ese toque sucio, transgresor y lleno de incorrección y mucha risa y diversión. En ¡Corten!, Ferrer, que interpreta a un director de cine que hace películas de bajísimo presupuesto que no tienen nada de éxito, ha contado con un reparto nuevamente lleno de amigos como Marga Sardà, que interpreta a una deslumbrante secretaria de “Producciones Inmundas”, borde como ella sola, llena de tensión, agitadísima y sobre todo, un pedazo de descubrimiento para el cine de Ferrer, como antes lo habían sido Júlia Betrian y Zaida Carmona.

Acompañan a Sardà, los Gregorio Sanz, María Sola, Saya Solana, Paco Serrano y Álvaro Lucas, entre otros, más a La Prohibida, con la que ya había hecho videoclips, y Samantha Hudson, que se marca una de las grandes actuaciones de la película cuando interpreta el tema “Por España”. Marc Ferrer hace un cine popular, filmado con escaso presupuesto, de que más lejos de suponer un problema, él lo lleva su espacio y además de reírse de todas esas penurias económicas, saca el máximo rendimiento tanto artística como técnicamente, haciendo de sus carencias sus mejores virtudes, en el que la realidad y la ficción, o lo que es lo mismo, la vidas de Marc y sus amigos, no es más que un pretexto para mirarlas a través del cine, donde el reflejo es constante, donde cada espejo encadena las diferentes historias que pululan por sus películas, donde lo coral es una gran baza, donde cada encuadre está lleno de vida y misterio, en el que todo ocurre con una grandísima naturalidad y cercanía, sin sentimentalismos ni aspavientos, y sus defectos y errores están totalmente adaptados a la historia, y lo que pudiera parecer un obstáculo, la película lo acoge y lo adapta sin problemas, y aun más, les da una mirada diferente y muy honesta.

La omnipresente Barcelona, la ciudad-lugar de sus películas, convertida por la cámara de Marc Ferrer en un gran plató, donde visitamos esos pisos pequeños peor con glamur, esos bares de maricas, donde nacen y mueren amores y nos divertimos con esas actuaciones desenfadas de travestis y artistas de lo oculto, y las oficinas de la productora, que lugar y que cutrez, como alude uno de los personajes. Una ciudad que se la quiere y se la odia a partes iguales, porque como evidencia la frase que abre y cerrará la película, es una ciudad que atrae y repele, donde parece tranquila y también, está llena de peligros. Ojala podamos seguir viendo películas de Marc Ferrer, no solo por seguir desmenuzando esos mundos, submundos, y todo lo underground, cutre y bajo coste de su cine, como dice una de las actrices de su película: “Yo por el cine underground español hago lo que sea”, toda una sencilla y directa declaración de intenciones, porque eso sí tiene el cine de Ferrer, honestidad y diversión, y además, una equilibrada y profunda reflexión sobre las relaciones humanas y amores de ahora, con su locura, su naturaleza efímera, y sobre todo, sus caminos laberínticos, que sabes por dónde empiezan y nunca como acaban. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Annette, de Leos Carax

LOS ABISMOS DEL AMOR.

“El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio”.

Stendhal

Seis largometrajes en 37 años podría parecer una filmografía escasa, pero claro está, en el cine como en cualquier arte, siempre prima el contenido a la acumulación, y el caso de Leos Carax (Suresnes, Francia, 1960), es paradigmático en ese sentido, porque el cineasta francés ha construido una carrera heterogénea aparentemente, pero llena relaciones y revelaciones entre sus películas y su propia vida, como si hubiese empezado un periplo vital de sus personajes a mediados de los ochenta y hubiera continuado a lo largo de treinta y siete años. Todos los personajes de Carax se enamoran perdidamente. Viven amores mágicos y enfermizos. muy alejados de la realidad, sometidos a un destino implacable donde la tragedia siempre los acompañará. Un amor difícil y complejo, como son los amores más intensos y profundos, amores desgarrados, fascinantes, trágicos, llenos de vida y de muerte, todo es extremo, nada complaciente, todo pende de un finísimo hilo que siempre está a punto de romperse. El amor como motor y representación de la vida, de la propia existencia que nos arrolla, nos divide, nos desarbola, y finalmente, nos mata, convirtiéndonos en otro, en un ser extraño de nosotros mismos, sumergido en una vorágine donde todo vuela y cae al mismo tiempo, donde todo es alegría y tristeza, donde todo es y no es.

Carax siempre anda al borde del abismo, tanto a nivel emocional como formal, ninguna de sus películas se parece y a la vez, todas se parecen, todas nos hablan de tragedias cotidianas, acaso no es el amor una gran tragedia en nuestras existencias, que tiene y saca lo mejor y lo peor de todos nosotros. El amor fou, que acuño Buñuel, es el amor de Carax, tomándolo como una parte fundamental de un todo, donde cada plano y encuadre de sus películas rompe con lo establecido, con lo esperado, con lo inevitable. Todo radica en el misterio, en la aventura, en la trasgresión y sobre todo, en lo siniestro como forma de enfrentarnos a la vida y sobre todo, al amor. Podríamos dividir la filmografía de Carax en un par de bloques. En el primero, encontraríamos una trilogía sobre el amor fou en las que estarían Chico conoce a chica (1984), Mala sangre (1986) y Los amantes de Pont-Neuf. Tres obras protagonizadas por Denis Lavant y Juliette Binoche, las dos últimas, una pareja continuamente en el abismo, enfrentado a situaciones que los superan, desarraigados de la sociedad y a la deriva, pobres diablos con un espíritu batallador que no se saldrán con la suya, pero lo intentarán hasta el último aliento.

El segundo bloque lo inaugura Pola X (1999), una película que ya aventurará un cine mucho más radical si cabe del que había hecho, donde la representación será el centro de todo, el medio de experimentación, adentrándose en otros universos y otras formas de mirar, un cine diferente que irá en consonancia a los vaivenes trágicos de su vida personal. Le sigue Holly Motors (2012), una película radicalmente extenuante, donde recupera a Lavant, interpretando a un tipo que es a la vez muchos personajes, completamente diferentes, que van desde la bondad a la oscuridad. Una propuesta cinematográfica sin término medio, o entras o no, y si entras, es una fascinante aventura arrolladora sobre el cine, sus formas de representación, su misterio, todo aquello que está y es invisible, y todos los demonios que lo encierran. Ahora llega Annette, un musical irreverente, como no podía ser de otro modo, que nace de un álbum de los Sparks, el dúo de los hermanos Ron y Russell Mael. No debería extrañar este giro musical en la filmografía de Carax, porque en el pasado ya filmó secuencias que bien podrían estar en cualquier musical que se precie, muchos recordarán esos grandes momentos con Lavant bailando el “Modern Love”, de Bowie, en el maravilloso plano secuencia de Mala sangre, o el no menos brillante instante de nuevamente Lavant con otros acordeonistas en Holy Motors. Carax nos envuelve en su mundo mágico, tenebroso y gótico ya desde su maravillosa “Apertura”, donde juega a la vida y la ficción, cuando la película se abre con el propio director de espaldas dirigiendo una grabación en un estudio, aparece su hija, Nastya (la que tuvo con la malograda actriz Yekaterina Bolubeva, protagonista de Pola X), que como hacía en Holy Motors, vuelve a darnos la bienvenida a la película. Inmediatamente después, la música empieza, los Sparks se levantan y mientras van cantando un tema con muchísima fuerza arrolladora y rítmica, se les van juntado los Adam Driver, Marion Cotillard, Simon Heldberg, y más interpretes y técnicos de la película, salen del estudio, recorren las calles y despiden a los intérpretes. Títulos que tendrá su reflejo en la escena de “Clausura”, para los espectadores pacientes, que disfrutarán con el mismo grupo despidiendo la función-película.

Annette cuenta un relato sencillo, aunque muy absorbente y fascinante, como todas las películas de Carax. Henry, un humorista de éxito, se enamora de Ann, una cantante de ópera en la cima de su carrera. Se casan y tienen una preciosa hija a la que llaman Annette. La astucia del cineasta francés convierte a la hija en un muñeca de madera con movimiento, una metáfora de la fragilidad y la sensibilidad enfrentado a un padre que se atormenta por el amor que siente, un amor que lo destruye y lo convierte en un ser despiadado, inherente y perdido. Un musical, si, pero más cercano a las ópera rock como Tommy, Hair, Jesucristo Superstar, Quadrophenia o The Wall, y más cercana al tono, la oscuridad y el terror de El fantasma del paraíso de De Palma, y La novia cadáver, de Burton. El romanticismo y la poesía de Hoffman y Rimbaud están muy presentes en esta fábula sobre la vida, la muerte, el amor y la tragedia inevitable, entre los miedos y las alegrías, las tristezas y sobre todo, todos esos fantasmas que nos acechan, que forman parte de quiénes somos y nos van acercando y alejando de aquello que más deseamos.

En Annette hay dos películas. En la primera, asistimos a una historia de amor, un amor diferente, de dos seres antagónicos, pero con la misma pasión de emocionar al público, uno con el humor y la otra con la tragedia, un mismo reflejo para convertirse en otros y emocionar a extraños. Dos seres que son otros, que se aman en algún momento de sus existencias, donde nunca sabemos dónde empieza y acaba el otro, el personaje que son, las múltiples formas de representación que ya había investigado Carax en Holy Motors, donde en muchos momentos de la película volvemos a sus reflejos, a esas secuencias paralelas que nos remiten continuamente a la anterior película, como esa obsesión por el verde neón que continua en esta película. En la segunda mitad, todo cambiará, la luz se volverá más oscura, y Henry, cambiará en una especie de hombre de la noche, como una bestia que va adquiriendo su ser y su maldad, donde la niña Annette, y su prodigiosa voz que los llevará alrededor del mundo adulados por todos.  La noche, una noche fantástica, de sombras y de espectros, muy inquietante, como en las viejas películas mudas y de los treinta, con esa casa con piscina rodeada de vegetación, más propia de las mansiones góticas y cierta casa de Sunset Boulevard donde aparecían guionistas asesinados, una luz que nos envuelve en ese universo oscuro, como ese grandioso instante del barco con la tormenta, donde el cine de los orígenes nos asalta, y el mar y la tragedia se dan la mano, donde la literatura de aventura siniestra y misteriosa envuelven la pantalla.

Una película que sabe jugar con el artífico y la falsedad del cine, que además lo hace evidente, en un grandioso trabajo de la cinematógrafa Carolina Champetier, una grande que ha trabajado con Godard, Rivette, Straub e Huillet, etc…, que repite con Carax después de Holy Motors. El torbellino de imágenes bien encauzadas por el talento de la montadora Nelly Quettier, indispensable para Claire Denis, y con Carax desde Mala sangre. Un gran reparto, que aparte de cantar en directo, unas canciones de gran carácter, ritmo y sensibilidad,  interpretan unos complejos personajes con verosimilitud y cercanía, con un estupendo Adam Driver (que también es coproductor), como el atormentado Henry, un hombre de muchas caras, una especie de fantasma del infierno-paraíso, muy bien acompañado de una dulce e intensa Marion Cotillard, una mujer que muere cada noche para volver a nacer en el amor, con ese peinado cortísimo que nos recuerda tanto a la Binoche o la Minogue, seguramente la misma mujer con sus diferentes capas, aspectos y miradas. Y finalmente, Simon Heldberg, el talentoso músico enamorado de Ann, y fascinado por el talente de la pequeña Annette. Carax ha vuelto a hacer una película brillante, conmovedora, sensible, llena de fantasía, dura, cruel, terrorífica, poética, y sobre todo, muy siniestra, donde el cine, tanto en su forma artificial y real, y la representación y sus formas vuelven a ser parte indiscutible de cada secuencia, donde todo parece indicarnos que el universo de Carax ya no es solo una historia que contar, sino que además, es también muchos universos dentro de este, donde la oscuridad y la luz se unen para crear algo diferente, algo mágico, poético y fantástico, una hermosa metáfora de lo que es el amor o lo que sentimos que es, una plenitud llena y vacía que nos arma y desarma, que nos fascina y aterra, una especie de limbo más allá de nosotros y de este mundo, donde habita el amor, esa extraña sensación que nos condena y nos libera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA