Cuentos de Tokio, de Yasujiro Ozu

18888484.jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxRecupero el comentario de Cuentos de Tokio, de Yasujiro Ozu, que hice para Cineclub Sabadell el Jueves, 28 de Junio del 2012, con motivo del estreno de Una familia de Tokio, de Yôji Yamada, película que rinde homenaje a la cinta de Ozu.

“Toda gloria está condenada al polvo, a la nada; nada hay eterno en este mundo.”  Yasujiro Ozu

El cine de Yasujiro Ozu, considerado uno de los cineastas más grandes de la historia del cine, es único. Su propia experiencia vital, los hechos históricos acaecidos en Japón durante la primera mitad del siglo XX, y su personal e intransferible concepción cinematográfica, amén de su fascinación en sus años mozos por el cine norteamericano: Chaplin, Lubitsch, Vidor… le llevaron a dejar una filmografía magnífica, plagada de historias sencillas, humanas y tremendamente cotidianas y corrientes. Algunos críticos lo han considerado el cineasta de la verdad, de la vida. Ozu, desde sus años de aprendizaje hasta su última película creyó en el cine por encima de todo, apoyándose en la materia prima que más conocía: su propia vida y su mirada. Con su cine nos invita a reflexionar, a pensar en nosotros mismos, a formar parte de su mundo, pero sobretodo nos abre una puerta a mirar, a contemplar sus historias, a dejarnos llevar por su mirada. Ozu, como ocurre con los grandes autores, siempre hizo la misma película. Durante su carrera le obsesionaron los mismos temas: las relaciones entre padres e hijos, la occidentalización de Japón, lo viejo y lo nuevo, el fluir de la historia, la fugacidad el tiempo, la lenta extinción de los valores ancestrales, y su progresiva sustitución por un nuevo modelo de sociedad. En definitiva, el conflicto entre hombre y naturaleza. Todas estas obsesiones las trasladó a la pantalla utilizando los mínimos elementos: la utilización de la posición baja de la cámara, a 90 centímetros sobre el suelo, planos estáticos -son contadas las ocasiones dónde mueve la cámara – y sus muy característicos planos-telón, esas imágenes desnudas o con gente que utiliza como transición entre plano y plano, los trenes y los barcos como incesantes metáforas del transcurrir del tiempo, etc… Los objetos del decorado adquieren en el universo ozuniano una gran importancia, ya que el rodaje casi siempre tiene lugar en unos pocos interiores. Destaca la virtuosidad de su montaje, la utilización de planos generales y medios, el rechazo a elementos de uso corriente en el lenguaje cinematográfico institucionalizado, como son el flashback, los fundidos o encadenados. El crítico Antonio Santos lo argumenta de la siguiente manera: Un cine que nace de su tiempo, del que es así mismo reflejo y crónica; un testimonio vivaz de la situación difícil que arrastran muchas familias japonesas debido a las vicisitudes históricas del país. En consecuencia, irá evolucionando al tiempo que lo hacen la sociedad y la economía japonesas. Cabe considerarlo, pues, un emotivo retrato intrahistórico de Japón a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. Todas sus historias ocurren en tiempo presente y durante, por lo general, un breve período de espacio. La presencia del verano o del tiempo soleado es casi obsesiva en su cine. Sus relatos giran en torno0-tokio a la familia, que actúa como parábola incesante del tiempo. Historias críticas, nunca se detienen, continúan. Cineasta formalista, todo está controlado, pensado y meditado. Ozu utiliza la realidad como materia primera para sus películas, pero la recrea, la modula, como si de un escultor se tratase. Sus actores hacen interpretaciones no naturales, no empatizan con el público y todos mantienen el mismo tono, ninguno de ellos sobresale. Ozu no busca la capacidad interpretativa del actor sino lo que era. Con el paso del tiempo, siempre se rodeó del mismo equipo técnico: el guionista Kogo Noda, el fotógrafo Yuharu Atsuta, el montador Yoshiyasu Hamamura, el equipo artístico con Chishu Ryu, Setsuko Hara, Sô Yamamura… Todos ellos formaron la familia artística del maestro nipón. De su vida personal se conoce muy poco; que vivió junto a su madre y se mantuvo soltero. Podríamos decir que es el cineasta del vacío, de la contención, de la brevedad, de lo esencial, de lo intuitivo y de lo no explicado. Sus historias callan más que hablan. Su espacio escénico es de 360º – alejándose del habitual que es de 180º- y lo va desgajando en cuadrantes de 45º. En el espacio cinematográfico de Ozu todo funciona, la profundidad de campo es una de sus señas de identidad y es un consumado perfeccionista de la misè en scene. Sus películas son ejercicios de formalismo llevadas hasta la máxima pureza. Ozu transgredió las reglas del cine del momento para depurar y descubrir su propia gramática. Su película número 46, Cuentos de Tokio, quizás el título más representativo de toda su filmografía. También es su película más conocida a nivel internacional, una obra que habla de padres e hijos, de la distancia abismal que existe entre ambos. Los ancianos que viajan a la gran megalópolis a visitar a sus hijos se sienten ignorados y desplazados, sólo encontrarán el consuelo y la compañía de Noriko, interpretada por Setsuko Hara -que protagoniza una curiosa trilogía que había empezado con Primavera tardía, seguido con Principios de Verano y acabado con Cuentos de Tokio– la nuera viuda de uno de sus hijos fallecido en la guerra. El crítico Dennis Honshak definía la película de esta manera: Un cuento moral sobre el envejecimiento y la devoción. El cine de Yasujiro Ozu se asemeja narrativamente a otros grandes cineastas como Robert Bresson y Carl Theodor Dreyer, en su continua obsesión por representar el eterno conflicto entre el hombre y su entorno, utilizando los mínimos elementos cinematográficos. Entre los autores modernos podríamos encontrar cineastas admiradores de su trabajo que han homenajeado al cineasta como Jim Jarmusch, Wim Wenders – que filmó Tokio-ga (1985)- Claire Denis, Hou Hsiao Hsien con Cafè Lumière (2003), Aki Kaurismaki o Abbas Kiarostami (Five dedicated a Ozu, 2003). el japonés Hirokazu Kore-eda rindió tributo a Ozu con Still Wlking (2008), en la que a partir de planteamientos narrativos similares, relataba una historia inversa a la que hizo Ozu en Cuentos de Tokio. Voy a dejarles con Tokyo monogatari, una película de padres e hijos, sobre la tradición y la modernidad, que habla de la familia y sus problemas cotidianos. Pónganse cómodos, relájense y disfruten del maestro Yasujiro Ozu, porque hoy, más que nunca, sí que van a mirar el cine, a disfrutar de él y, sobretodo, a dejarse llevar por el constante fluir de la vida…

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El nacimiento del amor, de Philippe Garrel

p6“Tú no te irás, mi amor, y si te fueras, aún yéndote, mi amor, jamás te irías”. 

Rafael Alberti

Tarde de cine en la Filmoteca. La elegida ha sido El nacimiento del amor (La Naissance de l’amour, 1993), de Philippe Garrel. El relato arranca con dos amigos de mediana edad que se reúnen en una cafetería, Paul (Lou Castel), actor, se siente en vía muerta en su matrimonio y su labor paterna, tiene un hijo y otro de camino, que nacerá durante el relato, tiene una amante que no le corresponde porque se siente traumatizado por una anterior relación; el otro, Marcus (Jean Pierre Léaud), escritor, todavía ama a la mujer que lo ha abandonado por otro. Estas dos almas frustadas por el amor se sienten perdidas, sin rumbo, atados emocionalmente a unas mujeres que no los aman o no saben hacerlo. Philippe Garrel, nacido en París en 1948, adolescente durante la eclosión de la Nouvelle Vague, trabaja de meritorio con sólo 16 años en Le vieil homme et l’enfant, de Calude Berri, con los fragmentos de película desechados hace su primer trabajo, un cortometraje de título Les enfants désaccordés (1964). Desde aquel primer trabajo, las dos pasiones de Garrel, la vida y el cine, se unirán para siempre. El cine de Garrel no es fácil de ver, requiere de mucha atención. Un cine que no deja indiferente, basado principalmente en el diálogo, en el gesto y la palabra, lo que escuchamos nos hace reflexionar y nos atrapa como si fuese una tela de araña. Un cine rodado, principalmente, en blanco y negro, que lo aproxima a Béla Tarr, el cineasta húngaro que ha filmado siempre en blanco y negro. Resulta paradójico pues que su penúltima película, Un verano ardiente (Un été brûlant, 2011), rodada en color, haya sido la primera de Garrel estrenada comercialmente en nuestro país, dónde se reflexiona sobre la vida, el amor y el cine. El crítico francés, Philippe Azoury, habitual en Cahiers du Cinema, lo definía de la siguiente manera: “Garrel se ha convertido en el más grande cineasta de la pareja, en el más secreto de los grandes cineastas”. Quizás, junto a  Jacques Rivette son los cineastas que más continúan el espíritu de la Nouvelle Vague, aunque esto es una reflexión que podría ser muy debatida.  Sus personajes hablan del amor, siempre de los amores pasados, ya vividos, quizás el amor es nostálgico, el amor vivido; el tiempo presente del amor es frustrante, no les llena, es un amor ausente, ininterrumpido, no vivido, quizás lo único que queda es hablar de ello, aunque me temo que no llegaremos a conclusiones que nos hagan cambiar de actitud cuando volvamos a enamorarnos. Garrel confía a dos grandes actores estos personajes anclados en una manera de amar. Por un lado, tenemos a Jean Pierre Léaud, el actor de Truffaut, que también ha trabajado con Pasolini, Bertolucci, Godard, Kaurismäki, y Assayas, e interpreta a un escritor enamorado de su mujer quién ya no le ama, y quiere saber los motivos. Quizás dejar de amar es como amar por lo que no se pueden explicar los motivos; por el otro lado, tenemos a Lou Castel, que ha actuado en películas de Fassbinder, Bellocchio, Wenders, Chabrol, y ya había trabajado con Garrel en Elle a passé tant d’heures sous les sunlights, de 1985, e interpreta el rol de un actor que no quiere estar ni con su mujer ni con su familia y encuentra en su joven amante una vía de escape, pero ésta se lo niega, ya que por miedo a volverse a enamorar, ya que sufrió la anterior vez, lo rechaza. Dos almas que se necesitan, quizás para comprenderse. Son dos cowboys modernos, que podríamos hallar como protagonistas de algún western crepuscular, errantes, con el corazón pataleado, recordando cuando una vez amaron y les amaron.