Ray & Liz, de Richard Billingham

HOGAR, AMARGO HOGAR.

Richard Billingham (Birmingham, Reino Unido, 1970) creció en la periferia de Birmingham, en la zona industrial de los Midlands occidentales, denominado  Black Country, en aquellos años de férrea y miserable política del thatcherismo, donde muchas familias obreras sucumbieron al desánimo y la austeridad como forma de vida, a la fuerza ahorcan. Con 18 años el joven Richard cogió una cámara de fotos y empezó a documentar todo aquello que vivía en su casa, con un padre alcohólico y una madre adicta a los puzzles y al tabaco, en medio de una miseria desbordantes, sin ninguna perspectiva de mejora, sino todo lo contrario. Unas fotografías que además de valerle al joven Richard una vía de escape, lo llevaron a ser reconocido y una carrera dedicada a la fotografía, muy bien acompañada de material audiovisual en forma de cortos y mediometrajes donde sigue retratando a su familia, los zoológicos de todo el mundo y el paisaje británico. Ray & Liz es su primer largo de ficción, basado en dos episodios de su infancia y adolescencia. Billingham estructura su película autobiográfica en tres tiempos. En uno vemos a un maduro, enfermo y hecho pedazos Ray, que pasa su tiempo alcoholizándose y tirado en la cama. En el segundo, a comienzos de los ochenta, vemos a Richard con 10 años, su hermano pequeño 2 años, y el incidente con su tío Laurence. En el segundo, Richard tiene 16 años y Jason 8 años.

El cineasta británico compone un relato austero, ya desde el formato de la imagen con ese 16mm, llenando el encuadre cuadrado de 4:3 de las miradas y los cuerpos de sus protagonistas, en un primer tercio donde el hogar parece indicar que las cosas funcionan aunque no del todo, ya en el segundo período el deterioro físico y moral es evidente, con unos padres a la deriva total, inmersos en su cotidianidad miserable y anodina, consumiendo alcohol, perdiendo el tiempo con menudencias, descuidando a sus dos hijos, sobre todo al pequeño Jason, que se siente desamparado y muy perdido, encerrados en el pequeño pido, auto encarcelados y arrastrándose por una existencia muy mísera y pobreza, rodeados de suciedad, animales y objetos mugrientos, con ese aspecto de hedor insoportable y basura por doquier. Billingham apenas nos muestra el exterior, y cuando lo hace, nos enseña un barrio como otro cualquiera, casi siempre nublado, donde la vida y sobre todo, la felicidad han decidido pasar de largo, donde todo se mueve por inercia, sin nada que hacer y soportando los días como una losa aplastante.

A pesar de tanta miseria moral y física, la película tiene algún resquicio de poesía o luz, de la mano de Jason, que encuentra un amigo salvador, una mano tendida que le dé algo de aire dentro de ese pozo oscuro y aterrador que es la vivienda con sus padres, aunque esos momentos son nimios, porque estas dos almas han sido despojadas de una vida acorde con sus edades, una vida cálida y compañía, una vida muy alejada de la que viven diariamente, en la que han sido abandonados como náufragos a su suerte, perdidos en esa maraña y desierto que es la relación con sus padres, con esos seres desconocidos en los que se han convertido, tan alejados de ellos como dos espectros que se desplazan sin más por ese hogar amargo y siniestro, mendigando unas pocas libras para seguir ahogándose en su incapacidad y miseria moral y física, porque la verdadera tragedia de Richard y Jason es que quieren huir de su casa para ser no vivir con dignidad, sino para ser ellos mismos, alejados de unos padres ausentes, ahogados en su miseria y perdidos en sus adicciones.

Billingham construye su relato imponente y magnífico a través de los silencios, de un minimalismo brutal, con unos encuadres brillantes que saben captar todo ese desaliento irrespirable en esas cuatro paredes, donde los planos detalle abundan y describen con minuciosidad los gestos y rostros ajados, rotos y agrietados de los padres, esos Ray y Liz envueltos en su miseria que arrastran a sus dos hijos, lanzando gritos de horror para seguir manteniendo una existencia sucia, durísima y agujereada. Las imágenes crudas y naturalistas de la película nos retroceden a las primeras películas de Loach o Frears, o esos ambientes “working class” de muchas obras de Mike Leigh, y sobre todo, a las películas de Terence Davies como Voces distantes (1988) con una estructura similar, donde dese el presente se recuerda ese pasado doloroso, sombrío y con algo de felicidad, aunque solo sea mínima, porque la mayoría de recuerdos sean tan duros y amargos, en los que destaca la enorme capacidad interpretativa del reparto, desde su físico, su ropa, sus gestos, miradas y su manera de desplazarse, incluso dormir, deviene todo ese ambiente de miseria en el que vivían o simplemente existían.

Un retrato familiar sin concesiones y malabarismos dramáticos, muy acorde con el trabajo fotográfico, un retrato que hace Billingham sin dejarse nada fuera, describiendo su extrema crudeza, tan real, tan cercana, sin sentimentalismos ni nada que se le parezca, con esa cámara escrutadora, testimonial y observadora que refleja la realidad diaria, la descomposición y la falta de aire, y lo hace desde la sinceridad y la honestidad del que retrata aquello que conoce, aquello que ha vivido, aquello que ha respirado muy a su pesar, pero no lo hace desde la venganza, desde el reproche, sino desde la distancia prudente, sin caer en el panfleto o la condescendencia, desde la altura de un chico de 10 y 16 años, desde alguien que conoció ese mundo irreal, doloroso y pobre, desde la perspectiva del que quiere huir como sea de ese hogar, por llamarlo de laguna forma, de ese espacio mugroso y miserable que le había tocado en suerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Buscando la perfección, de Julien Faraut

LA OBSESIÓN DEL GENIO.  

“El cine miente, no el deporte…”

Jean-Luc Godard

La película se abre con una película de Gil de Kermadec titulada Les bases techniques du tennis, filmada en 1966 y en blanco y negro, sobre posiciones y técnicas innovadoras para extraer el máximo rendimiento cuando se practica el tenis. Gil de Kermadec fue un jugador de tenis de primera, más tarde fue Presidente de la Federación de Tenis Francesa durante más de veinte años y también, de la Federación Internacional. Pero, también era un gran director de cine, y cómo otros grandes cineastas del documental como Rouch o Marker buscaron en “lo real” su forma de trasnmitir el detalle y la naturalidad en sus imágenes, como consecuencia de esa búsqueda y como trabajo para la enseñanza del tenis filmó desde 1976 hasta 1985 a un jugador para estudiar su técnica. Las imágenes del tenista John McEnroe (Wiesbaden, Alemania, 1959) son las últimas que Gil de Kermadec filmó, y son la base de la película Buscando la perfección, de Julien Faraut, que ya había trabajado para el INSEP (Instituto Nacional deDeporte) sobre imágenes de archivo a menudo inéditas, sobre los Juegos Olímpicos de París de 1924, el legendario saltador Bob Beamon o sobre el primer largometraje de Chris Marker rodado durante los Juegos Olímpicos de  1952. Recuperando estas filmaciones, más de 20 horas en 16 mm, que estaban almacenadas sin catalogar en una de las estanterías del INSEP.

Faraut les saca el polvo a esas imágenes y recupera una forma de filmar el deporte muy diferente a la que estamos acostumbrados por televisión, donde el resultado es lo primordial. Aquí, estamos ante otra cosa, más íntima, visceral y llena de tensión, donde cada punto del tenis se convierte en una capítulo lleno de suspense, donde todo parece morir en cada punto, y vuelta a empezar. El objetivo sigue como un león enjaulado a John McEnroe durante el Roland Garros de 1984, el año del tenista estadounidense, donde lo había ganado todo, y albergaba el mayor porcentaje de la historia del tenis, que todavía nadie ha podido superar, 82 victorias por solo 3 derrotas. McEnroe llegaba a Roland Garros con el propósito de triunfar en el único Grand Slam que se le resistía. Durante una hora Faraut edita y nos muestra las imágenes de Gil de Kermadec y las eleva a través de un montaje enérgico, vibrante y lleno de espectacularidad, con la compañía de la narración del actor francés Mathieu Amalric, con esa voz cálida y de testimonio omnipresente, que describe con minuciosidad e intimidad el juego del tenista estadounidense, así como sus salidas de tono, marca de su estilo de juego, en el que constantemente discutía airadamente con jueces, cameramans, mostrando una gran hostilidad con el público con el fin de descentrar a sus rivales y llevarse el partido, una mente fría y caliente a la vez, alguien capaz de la diablura técnica más exquisita que se servía de todo tipo de artimañas ajenas al juego para mantener la tensión en el juego y sobre todo, amarillear a sus rivales.

El cineasta francés acompaña la película con música rock, un elemento interesante que retrata la fiera que anida en el interior de McEnroe, con temas de Sonic Youth y Zone Libre, una música alejada también de los partidos convencionales de tenis. Faraut deja para la última media hora de su película, el partido de la gran final de Roland Garros de 1984 que enfrentó a McEnroe con Iván Lendl. En ese instante, la película de planteamiento digresivo, con idas y venidas constantes, convirtiéndose en una especie de caleidoscopio magnífico sobre la forma y concepción cinematográfica y la condición humana, en que deporte y cine se mezclan y funden creando un escenario épico y cercano a la vez, donde el juego del tenis trasciendo a algo más, entre la capacidad de McEnroe de crear su hostilidad marca de la casa, en que todo el mundo lo increpara y se pusiera del lado del contrario como mencionaba el crítico francés Serge Daney: “La hostilidad era su droga, era preciso que todo el mundo estuviera en su contra”.

El partido está en todo su apogeo, cada punto es primordial, se lucha hasta la extenuación para conseguirlo, nada parece suficiente, los golpes se suceden, la tensión aumenta, los tenistas practican su mejor tenis para ganar el duelo fratricida, donde la película va cambiando su tono, más sombrío en una pista bañada por el sol y el calor, envolviéndose en un western fronterizo, muy oscuro y terrorífico, donde los pistoleros más rápidos del lugar se encuentran en mitad de todo, uno a cada lado, se miran, se estudian y se desafían, batiéndose en un duelo sin cuartel, donde habrá gloria para uno y tristeza para otro. Una media hora brutal y llena de tensión, como en una película de Hitchcock, como en Extraños en un tren, con la extraordinaria secuencia del partido de tenis, donde cada juego significa algo mucho mayor, donde la vida y al muerte se suceden casi al instante, donde todo depende de donde bote la pelota, de cómo se devuelva la pelota cuando bota en tu campo, de cómo la tensión y la atmósfera que se ha generado en el partido no nos desconcentre y podamos ganar a nuestro rival.

Centrados en los movimientos y la técnica exquisita de McEnroe, apenas vemos a su contrincante Lendl, vivimos con el tenista norteamericano su rabia, su mal carácter o al menos eso expresaba, sus continuos aspavientos al juez de silla, sus interminables discusiones y sus continuas protestas, y su hostilidad al público, al que siempre colocaba en una posición contraria a él, alguien que a parte de su genio con la raqueta, se desenvolvía como el malo de la película, ese antihéroe con el que el público jamás congenia, una especie de “bad boy” infinito que jamás cambio su forma de ser y jugar en la pista, porque todo su talento extraordinario en el tenis siempre iba junto a esa forma de moverse y discutir en el juego. Faraut ha construido una película bellísima y poética sobre el mundo del deporte y el cine, sobre la capacidad del ser humano de construir la belleza de aquello más insignificante y ajeno a los ojos de los espectadores, porque las preciosistas y esculturales imágenes de Gil de Kermadec se alzan de forma ceremoniosa y nos devuelven a esa magia del cine capaz de todo, de convertir unos movimientos y un juego en toda una lección de humanidad y belleza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Saida Benzal y Armand Rovira

Entrevista a Saida Benzal y Armand Rovira, actriz y coguionista, y director de la película “Letters to Paul Morrisey”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el viernes 3 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Saida Benzal y Armand Rovira, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Mònica Rovira

Entrevista a Mònica Rovira, directora de la película “Ver a una mujer”, en el Parque Jardins de Mercè Vilaret en Barcelona, el lunes 20 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mònica Rovira, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Óscar Fernández Orengo, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Alberto Gracia

Entrevista a Alberto Gracia, director de la película “La estrella errante, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el viernes 3 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto Gracia, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Camille Vidal-Naquet

Entrevista a Camille Vidal-Naquet, director de la película “Sauvage”, en el marco del Fire!! Mostra Internacional de Cinema Gai i Lesbià, en el Instituto Francés en Barcelona, el domingo 9 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Camille Vidal-Naquet, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Elena Gutiérrez de comunicación del Fire!!, y a Javier Asenjo de Elamedia Estudios, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Sauvage, de Camille Vidal-Naquet

TE MERECES QUE TE QUIERAN.

“No había ningún lugar a donde ir excepto a todas partes”

Jack Kerouac

Léo tiene 22 años, un cuerpo deseado y es adicto a las drogas, y se gana la vida de chapero gay, es uno de esos tipos jóvenes y atléticos que desean y aman por unos cuantos billetes a tantos solitarios de la ciudad. Aunque, en el caso de Léo, las cosas son diferentes, no sabemos nada de su pasado, y mucho menos como ha acabado ejerciendo la prostitución masculina, eso sí, lo único que sabemos de su vida, o más bien podríamos decir de su existencia es que está enamorado de Ahd, un chapero como él, que lo trata con cariño pero nada más, pero si en el caso de Léo es una búsqueda desesperada por amar y ser amado, para Ahd es sólo trabajo, un trabajo bien pagado para un día poder cambiar de vida. Léo es uno de esos tipos de gran corazón, necesitado de amor, que deambula a la deriva por su vida, como si fuese otro, como si la vida le pasase por encima cada noche, como si la derrota le consumiera un poco más cada día, en el que descansa sus maltrechos huesos como puede en cualquier callejón oscuro de la ciudad, siempre solo, cansado de ir para aquí y para allá, a la espera de ese amor que parece resistirse, que no siente como él, y mucho menos vive como él, alguien que ama sin barreras, alguien que se lanza al abismo sin más, porque cada noche puede acabarse todo sin más.

La puesta de largo de Camille Vidal-Naquet (Nevers, Francia, 1972) es un retrato durísimo y trágico sobre el alma de un chapero, sobre la sordidez y la deshumanización de un universo donde todo se mueve en el filo, a punto de cortarse y caerse, y el director francés lo retrata de una manera profunda, muy orgánica, muy próxima, penetrando en el interior de este tipo, de este ángel herido caído en este mundo de idas y venidas, de polvos apresurados, de placer carnal instantáneo, de cariño por horas, de almas vagabundas de amor, de seres que se esconden para dar rienda suelta a sus más bajos instintos sexuales, de clientes mayores cansados de todo que solo buscan cariño y compañía o discapacitados deseosos de satisfacer su cuerpo maltrecho. Vidal-Naquet sigue a su criatura por este mundo, por sus calles, por su ruido, por sus actos sexuales, por sus cuerpos tatuados y jóvenes, hincándole la cámara a su espalda o a su vera, como si capturase cada poro y cada pliegue de su piel, de su alma, de esa vida en continuo movimiento, de aquí para allá, en un constante movimiento veloz, sin descanso, sin tiempo para pensar, solo para sentir, gozar y copular.

Léo se parece mucho a la inocencia y la bondad que destilaba Franz en La ley del más fuerte, de Fassbinder, el joven homosexual interpretado por el propio director, una forma de ser recurrente en el universo del cineasta alemán, individuos que daban todo lo que tenían, incluso más, en pos del amor o al menos eso creía él, una especie de bondad a contracorriente frente a un mundo violento, lleno de mentiras, hipócrita y falso. La vida de Léo, ese ir y venir, sin casa, sin dinero y sin dueño, podría recordarnos a Mona, la joven vagabunda de Sin techo ni ley, de Agnès Varda, a ese espíritu indomable y libre que se movía de un lugar a otro, en el que vivía y se relacionaba con personas de toda índole, siendo capaz de romper con lo establecido y viviendo a su manera, sin barreras y ataduras, caminando por la naturaleza sintiéndose libre y viva, como le sucede a Léo cuando se mueve por el mismo entorno, aunque en el caso de este tipo de existencia, quizás conlleve un precio muy alto que pagar. Vidal-Naquet no juzga a su personaje, lo filma y captura una vida al día, una vida que puede cerrarse en cualquier instante, una vida desenfrenada en muchos aspectos, una vida joven y en riesgo, una vida donde las noches pasan fugazmente y los días parecen eternos, una especie de vampiros modernos, donde por las noches son los reyes y por el día son meros zombies cansados y resacosos.

La magnífica y profunda interpretación de Félix Maritaud, que ya nos había enamorado en 120 pulsaciones por minuto, se convierte en el mejor aliado para componer un personaje como Léo, dándole ese aspecto entre vagabundo y atractivo con su vida visceral en el filo de la navaja, unas emociones a flor de piel y esa mirada triste y desesperada por ese amor inconcluso, que no acaba de atrapar, que lo tiene intranquilo, intenso y desesperado, una mezcla explosiva de sentimientos, bien acompañado por Eric Bernard dando vida a Ahd, que escenifica el lado contrario de Léo, más contenido, más reposado y sobre todo, con otras ideas sobre su vida de chapero gay. Una película sobre el amor, sobre nuestro lado salvaje, como cantaba Lou Reed, aunque en ocasiones ese lado tan salvaje nos puede llevar por zonas demasiado oscuras de nuestra existencia, pero eso quizás es lo que necesitamos o simplemente, somos incapaces de vivir de otra manera y cómo le ocurría al can de Jack London, siempre acabamos rompiendo nuestras cadenas y largándonos a ese lugar que nos hace sentir tan bien y al cual pertenecemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA