El huevo del dinosaurio, de Quan’an Wang

UNA GRAN MUJER.

“Con el neorrealismo nos “vimos” desde fuera, de modo despejado, casi con descuido, castigando con ese descuido todas nuestras ambiciones creativas. Así le fue devuelta su autenticidad a las cosas, llegando a una función del cine que ya no era personal, egoísta, sino social”

Roberto Rossellini

Una mañana aparece el cadáver de una mujer en mitad de la estepa de Mongolia. La policía ordena a un joven agente custodiar el cuerpo durante la noche, una joven pastora de la zona le ayudará a pasar en compañía las horas nocturnas, para protegerle de los lobos. Una noche donde intimarán, abrazando sus cuerpos y dejándose llevar. A la mañana siguiente, sus caminos se separarán. El séptimo trabajo de Quan’an Wang (Yan’an, China, 1965) vuelve a las áridas y desiertas tierras gélidas de la estepa de Mongolia, como lo hiciera anteriormente con su recordada película La boda de Tuya (2006) para volverse a centrar en una mujer, como acostumbra en su cinematografía, llena de personajes femeninos de carácter y solitarios, de condición humilde y sencilla, que deben enfrentarse a las vicisitudes de la vida, las injusticias y desigualdades de una China cada vez más polarizada e individualista.

El cineasta chino, al igual que sus coetáneos como Wang Xiaoshuai o Jia Zhangke, exploran con actitud crítica, profundidad y belleza formal los grandes cambios sociales y económicos de su país, deteniéndose en las clases más vulnerables y condicionadas por ese crecimiento desaforado. Quan’an arranca su película a modo de thriller rural, mostrándonos un cadáver, un caso de asesinato según los indicios de la policía, peor pronto descubriremos que las intenciones del relato se encamina por otros derroteros, más condicionados por la vida y todas sus consecuencias y conflictos. El huevo del dinosaurio también funciona como ejercicio de etnografía, mostrándonos la cotidianidad del pastoreo de corderos a lomos de un camello, actividad en vías de extinción por sus dificultades y restricciones legales, así como la matanza del cordero, y la monotonía de una vida solitaria de pastorear entre la largas caminatas por la estepa soportando las bajas temperaturas y la soledad imperante.

Pero, la película de Quan’an va mucho más allá, el thriller rural del inicio deja paso a un relato profundo y sincero sobre la vida, el amor y la muerte, un western minimalista en la que vuelve a incidir en la dificultad de la mujer de vivir sin un hombre en tierras tan inhóspitas como ocurría en La boda de Tuya, en la búsqueda del amor, y sobre todo, en la necesidad de compartir como forma necesaria de vivir y enfrentarse a los embates de la existencia. El director chino vuelve a hacer gala de un preciosismo formal deslumbrante, en un trabajo exquisito y detallista en que el paisaje de la estepa se convierte en un personaje más con sus extensas llanuras, su aire gélido, sus amaneceres y atardeceres de inusitada belleza, el viento arreciante, y el incesante caminar de los corderos y del camello, con la mirada avizora de la pastora. El relato imprime ese tempo cinematográfico lento y pausado, acompañándonos en la monotonía de los quehaceres diarios de la pastora, sus encuentros furtivos sexuales con su pastor amado, en una relación difícil que arrastra un hecho traumático del pasado, en esas idas y venidas donde el amor y al vida, y las circunstancias particulares se mezclan, siguiendo también la experiencia del joven policía que, después de su encuentro con la pastora, se ve envuelto en otro affaire con una compañera.

Quan’an se toma su tiempo para constarnos su relato, obedeciendo al tiempo de la estepa, donde el día es trabajo y caminatas, y las noches, junto al fuego, se enmarcan en otro tiempo, más recóndito y de piel y cuerpos entrelazándose. Con especial cuidado con el sonido del relato, dejando el ambiental como forma única, real y cotidiana de aquello que va sucediendo, arrastrando al espectador a ese vaivén de luces y sonidos que alimentan cada instante de la película, haciéndola única, necesaria, sencilla y apabullante. Como viene siendo habitual en su cine, Quan’an vuelve a contar con intérpretes profesionales mezclados con personas de la zona que interpretan roles, creando ese vínculo esencial y vital para la construcción del relato, donde emerge la composición fascinante y conmovedora de Dulamjav Enkhtaivan como esa pastora valiente, generosa y trabajadora, que se enfrenta a todas las circunstancias con una entereza elogiable, capaz de todo y con todos, Gangtemuer Arild como ese Jefe de Policía en las puertas del retiro, con su forma particular de trabajar y hablar, Norovsambuu como el policía joven, conociendo el amor, el sexo, la pérdida y la vida en toda su plenitud y oscuridad, y finalmente, Aorigeletu el pastor amante de la pastora, un tipo que cabalga con su moto por la estepa, solitario y sencillo.

El director chino ha construido un relato humanista, sobre la Mongolia rural y actual, sobre los deseos y las ilusiones de tantos que batallan en paisajes tan agrestes y difíciles, donde lo humano y lo salvaje se mezclan y funden. Un relato que  nos lleva de la mano acariciándonos nuestros sentidos y nuestra forma de observar la estepa y sus moradores, en este impresionante retrato sobre los ciclos de la vida, situándonos en el centro de la acción, siendo espectadores privilegiados en los que asistimos a la vida, al amor y la muerte, donde el proceso nunca termina, donde todo se mezcla, se funde con el paisaje, y todo parece obedecer unas leyes naturales donde vida y muerte es uno solo, haciendo gala de un sentido del humor crítico y cínico, donde cada personaje, según sus vivencias toma un partido u otro. La pastora a la que llaman “Dinosaurio”, y ese huevo que hace referencia al título, nos muestra que a veces la vida nos condiciona y nos va llevando al lugar que debemos estar, en un acto de generosidad y valentía, en el que nosotros debemos dejarnos llevar y no resistirnos a lo que sentimos y sobre todo, no sentir miedo por lo que vendrá, porque seguro que cuando sea no será ni mucho menos como lo habíamos imaginado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solo nos queda bailar, de Levan Akin

AMAR Y BAILAR.

“Sentirse plenamente vivo es sentir que todo es posible”

Eric Hoffer

Merab es un joven impetuoso, trabajador y talentoso que sueña con ser un gran bailarín en la Compañía Nacional de Danza de Georgia con su pareja de baile, Mary. Todo cambiará cuando aparece otro bailarín a su altura, Irakli, que se convertirá en su rival y además, es su objeto de deseo. La tercera película de Levan Akin (Tumba, Botkyrka, Suecia, 1979) descendientes de georgianos, vuelve a los elementos y ambientes que ya caracterizaban sus anteriores trabajos, en los que indagaba de forma profunda y personal sobre los problemas de cierta juventud acomodada sueca. En su nuevo trabajo se traslada al país de sus orígenes familiares, Georgia, y concretamente, a su capital Tiflis, para construir una película que nos sitúa entre lo antiguo y lo moderno, entre la tradición y los tiempos actuales, una dicotomía en la que a través del personaje de Merab, uno de esos jóvenes que vive por su pasión por el baile de la danza tradicional, mayormente masculina, anclada en el pasado y en las raíces de un país dominado históricamente, tiene en la danza, al iglesia y el canto sus valores identitarios más fuertes y defendibles para la sociedad.

Merab se siente atraído por Irakli, un tipo alejado a él, alguien que parece despreocupado con su vida y el baile, pero alguien talentoso como Merab. Akin impone un fuerte ritmo a su película, donde no dejan de suceder situaciones que llevan a sus personajes a enfrentarse entre aquello que sienten y deben hacer. Un debate constante que jalona la película, y atrapa al espectador, entre la fuerza de la música y baile tradicional, con esas clases del exigente maestro, la situación familiar de Merab, con pasado de bailarines de danza, pero ahora una mera sombra de aquel esplendor, con una abuela que le apoya, una madre perdida, y un hermano nada serio, convierten la existencia de Merab en una vida donde la danza tradicional es su vía de escape, su forma de expresarse ante el mundo y realizarse emocionalmente, una rebeldía ante tanta imposición, tradición y falta de libertad. El director sueco filma con audacia y fuerza una historia de amor y pasión entre Merab e Irakli, oculta ante todos, con esa efervescencia de la juventud con otras ideas, actitudes y formas diferentes que chocan con ese otro mundo viejuno, que vivió la Unión Soviética y su desaparición, que todavía vive arraigada a unas formas de vida y convenciones sociales arcaicas.

Tiflis se convierte en otro personaje más en la película, erigiéndose en un escenario donde conviven lo antiguo con lo moderno de forma manteniendo las barreras sociales y estructurales, pero que la relación e Merab e Irakli, aunque sea en la clandestinidad, mezcla y funde esos mundos tan opuestos y alejados. Solo nos queda bailar es un relato sobre el amor, la pasión, la necesidad de ser uno mismo aunque eso vaya encontrado de lo establecido, de enfrentarse a lo tradicional, de dejarse llevar por lo que uno siente, de lanzarse al vacío en la vida, en las emociones y sobre todo, en sentir el baile de manera individual, diferente y en libertad. Levan Gelbakhiani es Merab, un actor debutante que compone un personaje lleno de vida, de amor, de libertad, a través de su cuerpo, sus gestos y miradas, a través de la danza georgiana, de la música, que vive, baila y ama con intensidad, como si no hubiese un mañana, con toda la fuerza que es capaz y le dejan, con una carisma que traspasa la pantalla y nos desborda con su fuerza reveladora.

La película de Akin se une a esa corriente de cine LGTBI como La vida de Adèle, Carol, Carmen y Lola, Moonlight, Call me by your name, 120 pulsaciones por minuto, SauvageRetrato de una mujer en llamasEma, entre otras, que viene a ocupar esos espacios vacíos y escasos que el cine convencional se negaba a llenar con historias mayormente enfocadas a la heterosexualidad. Relatos que nos explican con profundidad, complejidad y personalidad historias de amor queer, donde se explora la identidad sexual y de género, tan necesarias y valientes en los tiempo actuales, cuando todavía hay muchos países y sectores reaccionarios que les niegan los derechos y la visibilidad que se merecen como cualquier persona en la sociedad, sin ser juagada por su condición sexual e identidad de género. Akin trata el tema LGTBI de manera sincera y honesta, desde la perspectiva humana y castradora, dejando claro el todavía largo camino que han de hacer tantos gobiernos, instituciones y demás espacios.

Bachi Valishvili como Irakli, el contrapunto de Merab, pero también una fuerza de contención y sobriedad que alimenta la película elevándola a esa energía fascinante y contagiosa que transmite la cinta. Ana Javakishvili es Mary, la compañera de baile y amiga del alma de Mareb, alguien callada y sin hacer ruido, termina sabiendo todo lo que sucede entre Merab e Irakli, bien acompañados por un reparto natural y convincente repleto de intérpretes no profesionales. Esa juventud constataría y rebelde, con nuevas formas de vivir, sentir, bailar y respirar, viene con velocidad de crucero a ponerlo todos patas arriba, a romper las barreras y obstáculos de lo tradicional, a introducir aires diferentes y renovadores a lo anclado, sustituyéndolas por elementos más arriesgados, llenos de esperanza, libertad y con múltiples puntos de vista y miradas inteligentes, imprimiendo aires nuevos y coloridos sobre lo viejuno, una fuerza imparable que se convierte en una ola que provocará nuevas formas de mirar, sentir y vivir, en que el personaje de Merab es el mejor ejemplo, siendo la bandera de libertad, cambio e identidad que propone su forma de ser y vivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un gran mujer, de Kantemir Balagov

EL ROSTRO DE UNA MUJER.

“No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma.”

Svetlana Alexievich

Hace un par de años Kantemir Balagov (Nálchik, Rusia, 1981) presentó su puesta de largo Demasiado cerca, con el apoyo de su mentor y tutor Aleksandr Sokúrov, un retrato profundo e intenso, filmado en su pueblo natal, sobre las dificultades entre tradición y modernidad en el seno de una familia judía en el contexto de la guerra de Chechenia. Una mirada descarnada y abrupta de esa Rusia apartada e invisible a través del rostro de Iliana (magnífica la composición de la debutante Darya Zhovner) una mujer atrapada en un ambiente durísima y sin expectativas. En su segunda película con el título original de Dylda, traducido como “larguirucha”, se inspira ligeramente en la novela La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Aleksiévich (1985) para retratarnos el horror después del horror, situándose en Leningrado en 1945, en el primer otoño después de la guerra, en un hospital o lo que queda de él, rodeado de una ciudad en ruinas, tanto física como moralmente, una ciudad habitada por desechos humanos, gentes que intentan sobrevivir después del horror de la guerra, sin más futuro que la cotidianidad de sus existencias.

El cineasta ruso se centra en Iya, la larguirucha del título, una joven con estrés postraumático que trabaja como enfermera en el hospital, y de Marsha, una joven soldado que arrastra la descomposición de una pérdida irreparable. Las dos mujeres sobreviven como pueden, intentándose ayudar o compartir ese dolor pegado al alma, ese dolor que te acompañará siempre. Siguiendo la forma de esa cámara inquieta y brutal que seguía sin pestañear a sus personajes en Demasiado cerca, en Una gran mujer, Balagov continúa con esa forma que inquieta y ensombrece a sus criaturas, como ocurre en el cine de los Dardenne o de László Nemes, en que su El hijo de Saúl, sobre el horror, y Atardecer, sobre la descomposición de un universo, a través del rostro de una mujer joven que se siente atrapada en algo que no entiende, tendrían mucho que ver con la forma y la narrativa empleada por Bagalov, en su manera de mover su cámara por ese hospital como un personaje más, observando la vida o lo que queda de ella, siendo testigo de ese espacio del horror donde observamos mutilados de todo tipo, tanto físicos como emocionales, con ese doctor que hace lo que puede.

Balagov imprime esa atmósfera asfixiante, tétrica y sin tiempo, con la inmensa labor de esa luz obra de la camarógrafa Ksenia Sereda, como ese inmenso plano secuencia del tranvía, bien acompañada por esa paleta de colores entre el rojo, el verde y el dorado, creando unos encuadres cromáticos que no atisban ningún tipo de resquicios de luz ni nada que se le parezca sino todo lo contrario, ayudan a imponer ese aislamiento y horror con el que viven cada uno de los personajes su tragedia personal, que recuerda al universo atmosférico que imponía en su cine Kieslowski. El director ruso habla de la crudeza y el horror de una forma natural y sin cortapisas, de frente y sin ataduras, centrándose en el interior de sus personajes a través de esas miradas y rostros encogidos, aislados y castigados, sin moralizarlos, filmándolos en ese paisaje deshumanizado, en ese entorno miserable y de despojos, asumiendo una gran capacidad para mostrar una posguerra cruenta y vacía, que será larga y penosa, en una ciudad que comienza a despertar de todo, arrancando de nuevo, eso sí, arrastrando todo aquello que duele, que mata, compartiendo a los ausentes, a los que ya no están, y a los que están, pero ya no son lo que eran, sobrevivir después del horror en el horror como le ocurría al niño Edmund Kohler y los habitantes del Berlín devastado en la grandiosa Alemania, año cero, de Rossellini.

Balagov aboga por el alma de sus personajes, con las dos magníficas interpretaciones de Viktoria Miroshnichenko dando vida a la rubia larguirucha, y Vasilia Perelýguina como Masha, dos actrices imponentes que casi sin diálogos transmiten todo esas emociones contradictorias que arrastran sus personajes. La película nos expllica la miseria y el horror de la guerra, y el indescriptible dolor después de la guerra, a través de dos mujeres, una que no ha soportado el horror de la guerra y se ha encerrado en el silencio y en cualquier atisbo de vida, y la otra, que como la primera, ha sido mujer de consuelo de los soldados en el frente, que si aguantó, pero también perdió, e intenta sobrevivir a través de todo lo contrario que la primera, a través de la vida concibiendo un nuevo ser, dos formas de afrontar la guerra, de intentar cicatrizar heridas, dos maneras de enfrentarse a la vida o lo que queda de ella, de asumir la pérdida y el dolor como pueden, sin más herramientas que lo que se van encontrando diariamente, porque el futuro ya no existe, el pasado vivido se ha impuesto como una amenaza constante a la vida, a ese presente durísimo y horrible.

Balagov critica duramente a esa idea imperante en la Rusia actual donde el nacionalismo más atroz y abanderado impone esa idea de reconstrucción de la memoria a través de la heroicidad y la tenacidad de tantos hombres que liberaron a su país del invasor nazi, dejando de lado a las mujeres,  y sobre todo, no explicando la guerra y la posguerra a través de la dureza de tantos horrores, sino quedándose con esa falsa idea de patria y héroes, como escenifica esa sensacional secuencia en casa de la madre del chico enamorado de Masha que enfrenta a la Rusia elitista y arribista conta el pueblo mísero. Cine que casa ala perfección con el de Andréi Zviáguintsev, autor de obras tan memorables como Elena (2011), Leviatán (2014) y Sin amor (2017), no obstante comparten el mismo productor Alexander Rodnyansky, y la premisa de hacer un cine crítico con el poder y los discursos ultranacionalistas empeñados por todos los medios en embellecer la historia, en contarla de manera superficial, sin entran en los detalles más horribles, olvidándose de los dolores personales y al tragedia que tantos tuvieron que vivir y sobre todo, sobrevivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Belén Funes

Entrevista a Belén Funes, directora de la película “La hija de un ladrón”, en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el viernes 22 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Funes, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Greta Fernández

Entrevista a Greta Fernández, actriz de la película “La hija de un ladrón”, de Belén Funes, en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el viernes 22 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Greta Fernández, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Eduard Fernández

Entrevista a Eduard Fernández, actor de la película “La hija de un ladrón”, de Belén Funes, en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el viernes 22 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eduard Fernández, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Marçal Cebrian

Entrevista a Marçal Cebrian, coguionista de la película “La hija de un ladrón”, de Belén Funes, en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el viernes 22 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marçal Cebrian, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.