Benedetta, de Paul Verhoeven

LO MíSTICO Y LA CARNE.

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”.

Franz Grillparzer

El cine de Paul Verhoeven (Ámsterdam, Holanda, 1938), se ha cimentado a través de relatos íntimos, extremadamente psicológicos, sexualmente liberadores y muy oscuros, a través de personajes encerrados en mundos hostiles, sórdidos y tenebrosos, individuos que harán todo lo posible para ser quiénes desean ser y sobre todo, romper unas cadenas demasiado pesadas. Una primera etapa en su país natal con títulos tan reveladores como Delicias holandesas (1971), Delicias turcas (1973), Katty Tippel (1975), Eric, oficial de la reina (1977) y El cuarto hombre  (1993), entre otros, donde la forma y la historia formaban parte de un todo para hablarnos de un modo descarnado y explicito de la condición humana. A partir de 1985 hasta el año 2000, su cine se internacionaliza dirigiendo producciones estadounidenses entre las que destacan Los señores del acero (1985), Desafío total (1990), e Instinto básico (1992). En el 2006 vuelve a su tierra para hacer El libro negro, sobre una espía judía en la Holanda invadida por los nazis. Diez años después realiza Elle, un sofisticado thriller psicológico y sexual sobre malos tratos.

En la filmografía de Verhoeven abundan las mujeres atrapadas en historias turbias y negrísimas, donde las circunstancias las llevan a luchar enérgicamente para sentirse libres, donde siempre se impone la dualidad entre verdad o mentira, entre aquello que nos muestran y aquello que creemos, entre lo psicológico y lo carnal, mujeres que sienten el sexo y lo practican de forma salvaje, sin prejuicios y de forma liberal, y es de esa forma tan natural y descarnada que la muestra el director holandés. En Benedetta, construye su relato basándose en el libro “Afectos vergonzosos”, de Judth C. Brown, un guion escrito con David Birke, su guionista en Elle, para hablarnos de Sor Benedetta Carlini, una monja teatina en la ciudad de Pescia, en la Toscana, durante el siglo XVII; en una atmósfera donde rige el poder sobrenatural de la iglesia, su corrupción e hipocresía, y el catastrófico avance de la peste que asoló Italia. En ese contexto, conocemos a una mujer que dice hablar con el Señor, una mujer al que le brotan estigmas, y parece poseída por el mismísimo Jesucristo. Además, la llegada de Bartolomea, una joven que escapa de los abusos de su padre, aún trastocará la vida de Benedetta, ya que mantendrá relaciones sexuales con la recién llegada.

La férrea vida espiritual y física impuesta por la dictatorial abadesa llevarán a las amantes a rendir cuentas frente al nuncio, en la que Benedetta será juzgada por herejía y relaciones sexuales prohibidas. Verhoeven opta por una estructura clásica, donde vamos conociendo la existencia de Benedetta de primera mano, hurgando en su vida cotidiana, y en sus supuestos milagros, que como era de esperar, dividen a la comunidad, con la oposición de la abadesa y el beneplácito del párroco mayor, aunque el director holandés nunca se decantará por ninguna de las dos opciones, si estamos frente a una farsante y manipuladora, o todo lo que vemos está en manos divinas, en esa cuestión reside la verdadera virtud de la película, dejando esa duda en manos de los espectadores. El contexto social, económico y cultura impuesto por el clero es otro de los elementos más interesantes de la historia, centrándose en todos los tejemanejes de los poderes eclesiásticos ante los estigmas de Benedetta, la reacción de cada uno de ellos, y la supuesta imposición de la que todos hacen gala, en que la película va dejando caer algunas situaciones que nos hacen reflexionar sobre la manipulación construida frente todas aquellas cosas relativas al sexo que rigen en la madre católica apostólica iglesia romana.

El tono naturalista y cercano que usa Verhoeven ayuda a sumergirnos en un relato sobre la fisicidad y psique humana, con una grandísima ambientación de recreación histórica, con la excelente cinematografía de Jeanne Poirier, que ha trabajado con nombres tan importantes del cine francés como Techiné, Ozon, Corsini y Bruni Tedeschi, entre otros, dotando a la historia de esos oportunos claroscuros y ese maravilloso juego con las cortinas, y todo lo relacionado con el interior/exterior, es decir, convento/ciudad. El exquisito y rítmico montaje de Job Ter Burg, que ya estuvo en El libro negro y Elle, que sabe dotar de agilidad y pausa a una historia llena de personajes, intrigas y silencios, y la excelente partitura de Anne Dudley, otra conocida de Verhoeven, ayuda a envolvernos en ese mundo de espiritualidad, hipocresía, manipulación y sexo que anida en toda la película. Benedetta se engloba en todas esas películas que han abordado de manera honesta y realista el mundo de las comunidades de monjas como Los ángeles del pecado, Narciso Negro, La religiosa, Los demonios, Thérèse y Extramuros, entre otras, películas que abordan el universo cerrado de la vida de las monjas desde la naturalidad, desde los deseos reprimidos, las ilusiones no contadas, y toda esa cotidianidad llena de crueldad, sufrimientos y misticismo.

Un reparto asombroso y sobrio interpretan unos personajes que miran y sienten más de lo que hablan, donde sus silencios están llenos de ruido, de rabia y de incomprensión, encabezados por una fascinante y magnética Virginie Efira como Sor Benedetta, llena de vida, mística y sexo, una actriz llena de sabiduría que hipnotiza con su mirada profunda y su cuerpo dolorido y sexual, bien acompañada por la joven Daphné Patakia como Bartolomea, ese cuerpo lujurioso y libre que será clave para la espiritualidad y sexualidad de Benedetta, una llama llena de vida, de amor y de sexo. La grandísima Charlotte Rampling se pone el hábito de la abadesa, recta, rigurosa y atormentada que se impondrá a los supuestos milagros de la protagonista, y hará lo imposible por exterminarlos. Lambert Wilson, con su poderío y elegancia es el Nuncio, que representa toda esa hipocresía y maldad de la iglesia, que debe anteponer el orden a la libertad, y finalmente, Olivier Rabourdin, un actor de gran prestigio en la cinematografía francesa, da vida al cura que defiende los milagros de Benedetta. Verhoeven ha construido una película llena de misterio y enérgica, muy física y espiritual, donde hay tiempo para todo, para conocer los estigmas de Benedetta, su sexualidad de forma natural e íntima, y sobre todo, para conocer el funcionamiento del poder de la iglesia, que se regía por el orden establecido y anulaba de forma tajante cualquier revuelo que tuviese que ver con sentir de forma diferente, hablar fuera de los códigos establecidos, y sobre todo, eliminar cualquier atisbo de pensamiento que condujese a una vida libre y más, si venían de una mujer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Woman, de Anastasia Mikova y Yann Arthus-Bertrand

YO SOY UNA MUJER.

“Yo soy única, OK… pero soy todas las mujeres”

En Notre corps, notre sexe  de Agnès Varda

En 1975, el programa “F come femme”, de la televisión francesa Antenne 2, lanzó al público la pregunta: ¿Qué es ser mujer? La respuesta de la cineasta Agnès Varda (1928-2019), fue Réponse de femmes: Notre corps, notre sexe (Respuesta de las mujeres: Nuestro cuerpo, nuestro sexo), una película corta de 8 minutos que reivindicaba a la mujer, su cuerpo, su sexo, su vida y todo su ser, sometida a una sociedad patriarcal que la convertía en un mero objeto. Cuanto le debe el cine sobre la mujer a una cineasta como la Varda, con su inteligencia, su capacidad para ver aquello que sucedía y plasmarlo de forma tan interesante y concienciadora. Muchas de esas ideas las encontramos en Woman, la nueva película del director y fotógrafo francés Yann Arthus-Bertrand, autor de las imprescindibles Home (2009), en la que plasmaba el efecto demoledor del ser humano en el planeta tierra, y Human (2015), donde retrataba a la humanidad en su diversidad, multiculturalidad, complejidad y humanidad. Ahora nos llega Woman que codirige junto a la ucraniana Anastasia Mikova, que ya fue ayudante de dirección en Human, para hacer un exhaustivo recorrido por la mujer, retratando a más de mujeres diseminadas por cincuenta países del mundo.

El retrato, al igual que sus anteriores trabajos, es cercano, transparente y directo, apoyándose en dos aspectos cruciales como el testimonio, donde escucharemos a mujeres muy diferentes e iguales entre sí, hablándonos de su vida, de su cuerpo, su sexo, y demás aspectos y complejidades de la vida, y por otro lado, mediante “Tableaux Vivants”, nos van mostrando escenas de la vida cotidiana de estas mujeres, sus vidas, sus culturas, su fe y demás aspectos de su realidad. Arthus-Bertrand y Mikova componen una película emocionante, vibrante y magnífica, porque nunca se quedan en la anécdota, siempre van mucho más allá, reivindicando a la mujer y todo su ser, dándoles la palabra y la voz, y mirada y sus ojos, su cuerpo, mujeres de todas las edades, etnias, culturas, religiones y nacionalidades, y sobre todo, caligrafiando un detallado recorrido por todos los aspectos de su vida y existencia, arrancando con el hecho de ser mujer, como tan magníficamente mostraba Agnès Varda, el amor, la maternidad, parejas y matrimonio, el cuerpo y sus tabúes, las mujeres en el poder, emancipación, sexualidad, violencia, política, el trabajo, etc…

Vemos a un sinfín de mujeres, con sus cercanías y diferencias, mirándonos de frente, serenas y firmes, valientes y decididas, resistentes y fuertes, reivindicando su identidad, su ser, su complejidad y su lugar en el mundo, tantas veces invisibilizado y oculto a lo largo de la historia por la sociedad masculina. La película es un cine humanista y político, porque no hace un discurso superficial del asunto, sino que investiga sobre el tema, pone en cuestión los conflictos existentes, y hace un extraordinario e inteligente recorrido sobre la mujer y las sociedades que les ha tocado vivir. La película tiene una fuerza admirable y no se olvida de la emoción, el relato tiene vida, historia, humanismo, y sobre todo, tiene una textura y composición cinematográfica excelentemente bien cuidada, nunca quedándose en el mero detalle, sino que profundiza en los hechos y las causas, abriendo la información para que cada espectador pueda encontrar sus propias respuestas, y provocando la oportuna reflexión en unos temas candentes y llenos de actualidad que parece que las sociedades patriarcales siguen sin ocuparles la importancia que tocaría.

El tándem de cineastas aúnan de forma admirable la belleza y la reivindicación, porque tanta una como la otra son perfectamente compatibles para hablar de las mujeres y su diversidad y su humanidad, sin olvidar el discurso que plantean. Los 105 minutos de duración de la película en ningún momento se hacen pesados o difíciles de seguir, teniendo en cuenta la grandísima cantidad de mujeres y sus respectivos países que desfilan por delante de nuestra mirada, debido principalmente en el impecable sentido del ritmo y el contenido que tiene la película, porque en apariencia parece que todo el mosaico que presenta es demasiado agotador, pero todo lo contrario, la película va creciendo en su contenido y aspecto, dejando a los espectadores ávidos de conocer más y mejor, en una historia que nunca decae, que crece muchísimo, y va a más, como el espectacular arranque de la película, con esa mujer desnuda danzando bajo el agua, quizás la metáfora más terrible y bella a la que la sociedad ha sometido a la mujer, oculta bajo los ojos y bajo los designios económicos utilizada por su aspecto, su cuerpo, pero todo eso está cambiando, aunque queda mucho camino por recorrer y reivindicar, los tiempos están cambiando como cantaba Dylan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El diablo entre las piernas, de Arturo Ripstein

DEL AMOR Y SUS DEMONIOS.

“Lo viejo es bello por feroz, por real… Reivindico la vejez y los cuerpos cuando el tiempo los ha vuelto fláccidos”

“El deseo sexual no se acaba, se modifica; cambian las fuerzas y la forma de encauzarlas”

Arturo Ripstein

Seres amargados y solitarios, gentes de mal vivir, movidos por sus bajos instintos, condenados al abismo, olvidados por todos, incapaces de cambiar su carácter, enjaulados en sus propios destinos, tan negros como los ambientes decadentes y sucios por los que se mueven, con oficios y trabajos, por así llamarlos, que los han llevado a la tristeza y el rencor, arrastrados por sus pasiones enfermizas, esclavos de amores difíciles (el recordado y triste “amor fou”, que acuño Don Luis Buñuel),  llenos de razones y amarguras que, en ocasiones no tienen otra salida que la locura o el crimen, o ambas a la vez. Tipos y viejas de corazón sombrío, de pasiones desatadas y odios deshumanizados, perpetrados en una miseria moral que los debilita y los empuja al abismo.

Desde que debutase en el largometraje allá por el 1965 con Tiempo de morir, un atípico western que escribieron Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, el universo cinematográfico de Arturo Ripstein (Ciudad de México, 1943), se ha llenado de personajes tristes y solitarios, cargados de atmósferas sucias, sombrías y decadentes, seres que luchan con todas sus fuerzas para desviar un destino condenado al olvido y la tragedia, sumidos a espacios llenos de mugre, vacíos y cargados de odio, rencor y mala suerte. Una carrera cinematográfica que abarca casi los sesenta años, con más de treinta títulos, en los que ha habido de todo, desde trabajos con los guionistas “mexicanos” de Buñuel como Luis Alcoriza y Julio Alejandro, producciones internacionales con Peter O’Toole, adaptaciones de novelas con autores del prestigio como G. Gª Márquez, Guy de Maupasant, Mahfuz, Aux o Flaubert, y demás pulsiones cinematográficas que han curtido y sobre todo, convertido a Ripstein en uno de los cineastas mexicanos más importantes de la historia, mundialmente reconocido en certámenes internacionales.

Ripstein es uno de los mejores cronistas de su Ciudad de México, con la inevitable y extraordinaria compañía de Paz Alicia Garciadiego, su guionista y mujer, que lleva desde 1986 con El imperio de la fortuna, escribiendo sus guiones, construyendo con una mirada crítica, feroz y humana sus relatos, mostrando todos esos lugares incómodos, oscuros y malolientes, esos espacios donde la vida pende de un hilo, donde cada paso puede ser el último, donde abundan prostitutas enamoradas del tipo menos recomendable, amas de casa aburridas y deseosas de un amor loco que las saque de su inexistente vida, tipos alimentados de odio, llenos de celos, perdidos en los abismos de la existencia y del deseo, pobres diablos que se arruinan la existencia por un fajo de billetes marcados por un destino fatal, en definitiva, gentes de vidas sombrías, aquellas que se reflejan al otro lado del espejo, el que nadie quiere ver, los que resultan “invisibles”, los que nadie quiere cruzarse, los que están como si no estuvieran, porque malviven en esas zonas donde nadie quiere conocer, esos lugares donde habitan los males humanos, lo que no gusta, lo que aparece en los noticiarios siempre por motivos criminales.

Ahí están sus grandes títulos como El lugar sin límites, La mujer del puerto, Principio y fin, Profundo carmesí, El coronel no tiene quien le escriba o Así es la vida…, entre otros. Con La perdición de los hombres (2000), abre una nueva etapa en que el blanco y negro se impondrá en casi todas sus películas, porque de las cinco que hará hasta la actualidad, tres están filmadas en B/N, donde sigue manteniendo sus señas de identidad evidentes: los incisivos planos secuencia que abren y cierran las secuencias y siguen con transparencia a sus personajes, el espacio doméstico como lugar donde se desatan las pasiones y todos los demás infiernos, historias acotadas en poco espacio de tiempo, algunas pocas jornadas, personajes sedientos de deseo, arrastrados por atmósferas decrepitas y viles, que antaño tuvieron su leve esplendor, y una obsesión certera por interesarse por los más miserables, tanto físicamente como moralmente, componiendo tragicomedias sobre la oscuridad de la condición humana, esa que la mayoría no quiere ver, no quiere saber, y sobre todo, alejándose completamente de esa idea del “buenismo” o “positivismo”, que tanto daño hacen a los tiempos actuales, como si siendo así, el resto ya no existiese.

En Las razones del corazón (2011), nos envuelve en Emilia, una mujer frustrada en un matrimonio vacío, cree encontrar su salvación en un amante cubano que acaba asfixiando de amor. En La calle de la amargura (2015), dos prostitutas de mala muerte acaban encontrando su tabla de subsistencia con dos enanos de la lucha libre. En El diablo entre las piernas (con ese cartel que recoge la composición de “El origen del mundo”, de Courbet), nos enfrentamos a un matrimonio que llevan casados la intemerata y pasan de los setenta. Un matrimonio que convive y apenas se cruzan por la vieja y olvidada casona, y cuando la hacen, estalla la tormenta de reproches de él. El viejo, un tipo malcarado, comido por los celos, que mata su pobre tiempo con una amante tan triste y solitaria como él. Beatriz, que en sus años mozos, fue una devoradora de hombres, ahora, se lame sus heridas y se reconcome con su cuerpo viejo y plegado, aguantando las embestidas verbales de un marido que la despelleja cada vez que se le antoja. Una mujer que mata su tiempo con clases de tango, para sentirse deseada y sobre todo, deseable. Entre medias de todo, Dinorah, la criada que, al igual que Emilio Gutiérrez Caba en La caza, de Saura, es el testigo joven de esta truculenta y malsana historia de amor fou, o quizás sería, un relato sobre el amor y sus demonios esos que no entienden de razones ni nada que se le parezca, llevados y consumidos por la bilis del odio, de la incapacidad de soportar el paso del tiempo, ese tiempo que todo lo reconcome, que todo lo mata, o quizás lo cambia de perspectiva, porque Beatriz, ante tantas injurias del marido podrido, acaba despertándose su deseo, sus “ganas de coger”, su humedad entre sus piernas y se lanza a saciar su sexo. Ripstein.

David Mansfield, el compositor de Cimino, vuelve a poner música, que colabora intermitentemente con el cineasta mexicano desde Profundo carmesí. Mariana Rodríguez se encarga de la edición, y la luz de Alejandro Cantú, vuelve a registrar las sombras y los reflejos desde Las razones del corazón, con sus encuadres llenos de vida y alma, como esos esos espejos de tocador en las habitaciones, en los que se refleja la vida, el pasado y la tristeza más infinita, o los grandes aciertos de composición, como la maravillosa sala de baile, con las tiras de papel brillante, que escenifica la vida por el baile, y unos barrotes de la cárcel en la que se encuentran atrapados sus personajes. No podemos olvidar todo su reparto, transmitiendo verdad y vida, con sus eternos y cómplices intérpretes como Patricia Reyes Espíndola y Daniel Giménez Cacho, con importantes roles, y los de última hornada como Alejandro Suárez y Silvia Pasquel, como la pareja veterana y carcomida, y Greta Cervantes, esa criada metomentodo. Ripstein habla desde lo más profundo del alma, sin artificios, sin maquillaje y sin nada que enturbie la mirada del espectador, rasgado de vida, de carne y sus demonios, de vida ajada y reventada, de pasados revueltos, y presentes descarnados, de purita miseria, de celos que enloquecen y de amor que da vida y muerte a la vez, de sexo en la vejez, mostrando los cuerpos envejecidos de forma directa y sin tapujos, como rara vez se ha visto en el cine, reivindicando la vida y la ancianidad como un paso más en la vida (con esa idea tan interesante de Los olvidados, de Buñuel, donde la pobreza no era síntoma de bondad, sino todo lo contrario), con una vejez sincera, donde hay fealdad y resistencia al olvido, en la que puede haber de todo, pasiones, amores, sexo y lujuria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La chica del brazalete, de Stéphane Demoustier

FLORA ERA MI MEJOR AMIGA.

“Nunca permitas que el sentido de la moral te impida hacer lo que está bien”.

Isaac Asimov

Un día de playa en familia, todo parece ir de forma natural y agradable. De repente, todo va a cambiar, y va a cambiar para siempre. Una pareja de gendarmes se acerca a la hija adolescente y después de intercambiar algunas palabras con los padres, se la llevan esposada. La cámara está alejada, registrándolo todo en plano secuencia general, no escuchamos lo que dicen los personajes, no hace falta, todo lo que ocurre se entiende. Es el primer instante de la película, un momento en que deja claro el devenir de las imágenes, donde se impone la austeridad, la cercanía sin adoptar ningún posicionamiento moral, ni nada que se le parezca, y sobre todo, la ruptura familiar entre los padres y su hija adolescente acusada de asesinato. El tercer trabajo como director de Stéphane Demoustier (Lille, Francia, 1977), nos habla de Lise, una joven de 17 años acusado de asesinar a Flora, su mejor amiga, inspirado libremente en el caso mediático de Amanda Knox que, con 20 años, fue acusada de matar a su compañera de habitación en Italia.

El relato arranca dos años después de la detención de Lise, cuando se celebra el juicio, que abarca la mayoría del metraje de la película, adoptando el punto de vista de los padres, que defienden a ultranza la inocencia de su hija. Demoustier nos posiciona en el centro del juicio, pero en el lado del público, convirtiéndonos en el otro jurado popular, con lo cual también acabaremos con otro veredicto, aunque la película va muchísimo más allá, el conflicto no reside en el típico drama judicial estadounidense que deriva en conocer la inocencia o culpabilidad del acusado, no, ni mucho menos, la cuestión radica en dos elementos sumamente importantes. Por un lado, la compleja relación entre los padres y su hija, la distancia y la confusión que se va generando entre ellos, y la indefensión y terror de unos progenitores que nunca llegarán a conocer de verdad a su hija. Y por el otro, el cuestionamiento moral del juicio por la vida sexual liberal de la acusada, hecho en que la implacable fiscal basa sus acusaciones.

En el juicio no solo se cuestiona la vida sexual de una adolescente, sino el hecho de ser mujer y tener esa posición ante el sexo, ya que si fuese hombre la cosa cambiaría completamente, porque la conducta sexual de un hombre se acepta en todos sus términos, sea cual sea. Demoustier logra una mezcla poderosísima entre sensibilidad y dureza, entre la frialdad y la intimidad, y sobre todo, un retrato lleno de muchas oscuridades y secretos entre padres e hija, cada vez más alejados y desconocidos. El conflicto avanza de forma magistral, con esa tensión que va rasgando la vida de los padres, que cada vez se sienten más perdidos y frágiles ante los hechos que se van sucediendo en la sala, mientras, Lise defiende su vida sexual, su libertad y su identidad, ante una fiscal que le recrimina una conducta moralmente no aceptada, donde el brazalete del título, que porta la acusada, deviene un objeto-yugo psíquico que todavía acarrea una sociedad que defiende una libertad aceptada por una moral conservadora que defienden como correcta.

Una película de estas características necesitaba un reparto sobrio, delicado y muy competente, como lo demuestran unos intérpretes en estado de gracia que, defienden con soltura y aplomo las complejidades de sus personajes, empezando por Anaïs Demoustier como fiscal moralista y encabezonada en una tesis acusatoria basada en la vida disoluta de la acusada, con los Roschdy Zem y Chiara Mastroianni como los padres de la protagonista, en posiciones muy alejadas frente a la acusación de su hija, detalle importantísimo para el devenir de la trama, y finalmente, Melissa Guers en el rol de Lise, debutante en el cine, que destaca por su mirada y gesto, en un personaje callado y sombrío que apenas explica lo que le sucede y mantiene un secretismo perturbador. Si recuerdan la película La herencia del viento (1960), de Stanley Kramer, un excelente drama judicial en que se confrontaba la teoría de las especies de Darwin contra el creacionismo, lo humano contra el dogma, lo liberal contra el conservadurismo, las mismas cuestiones que expone con detalle, intimidad y magnificencia La chica del brazalete, porque no se acusa a alguien de asesinato, sino que su vida sexual liberal, muy contraria a los cánones morales aceptados por la sociedad, la convierten en una asesina, quizás el progreso científico y tecnológico de la sociedad no debería ser solo económico, sino también, de reflexión y pensamiento, que hace más falta, ya que nos haría a todos más libres, y sobre todo, mejores personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ojalá te mueras, de Mihály Schwechtje

REALIDADES ARTIFICIALES.

“Las redes sociales son más sobre sociología y psicología que sobre tecnología”

Brian Solis

Las redes sociales se han convertido en un espejo de una realidad distorsionada, una realidad falsa y de pura apariencia, en la cual todas las experiencias reales, ya sean satisfactorias o no, inmediatamente, se convierten en experiencias maravillosas, un espacio donde no existe el filtro, donde muchísimas personas pueden ver esa “realidad artificial” y criticarla a gusto, disfrazada de realidad, la red social se convierte en un espejo martirizador para aquel o aquella que es objeto de burla, escarnio o alguna cosa peor. Ojalá te mueras, la opera prima de MIhály Schwechtje (Budapest, Hungría, 1978), después de dirigir múltiples cortometrajes, se centra en un grupo de adolescentes en un instituto más de cualquier ciudad del mundo, y más concretamente, en la figura de Eszter, una chica de 16 años secretamente enamorada de su profesor de inglés que anuncia que deja el trabajo para trasladarse a Londres. Esa misma noche, recibe un mensaje del profesor y entre los dos nace una relación íntima totalmente secreta.

El director húngaro plantea una película asombrosa y muy interesante, indagando en el inmenso poder de las redes sociales y la utilización enfermiza de los adolescentes de hoy en día, siempre conectados y sobre todo, reinterpretando la realidad, y su propia realidad, a través de ella, como deja patente la maravillosa y triste secuencia cuando las dos niñas comen con la madre de una de ellas, y están obsesionados con coger el móvil y mirar que se está cociendo. El relato huye de lo lineal para proponernos una estructura elegante en que primero seguiremos, a modo de diario, el affaire on line entre Eszter y el profesor, donde seremos testigos de su evolución, sus momentos “sexting”, su distanciamiento y demás, instante que pasaremos a conocer, también con la utilización de diario la vida de Peter, un compañero  hazmerreír de los demás, que ama secretamente a Eszter. Y finalmente, veremos las consecuencias de todos los actos, y sobre todo, los destinos de los personajes implicados.

Otro elemento muy destacado de la película, es la forma de presentar el relato, con ese cuadro 4/3, completamente cuadrado, que utiliza los bordes para colocar las líneas de conversación de chat, un trabajo exhaustivo y magnífico del cinematógrafo Máté Herbai (responsable de la maravillosa luz de la estupenda película En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi). La cinta se apropia completamente de la estética “teen”, tanto de su forma como contenido, adaptándose al universo de los adolescentes de la película, como el look de la protagonista, amante de las heroínas mangas, con ese cabello azul-lila, y las faldas cortas. Schwechtje apuesta por una película contada a fuego lento con 103 minutos de metraje, donde expone esas dos vidas que tienen sus adolescentes, la real, más aburrida y cotidiana, donde las clases son el centro, y la otra, la artificial, la más atrayente, la que más se mueve, y la que se impone como la única realidad para ellos, un espacio donde hablan, discuten, critican y sobre todo, un lugar donde hay vía libre para todo, para transgredir, para todo lo prohibido y para hundir a cualquiera, donde no hay filtro, donde todo está permitido.

El trabajado y extraordinario reparto joven de la película, entre los que destacan Kristóf Vajda en el rol de Peter, ese chaval apocado, gris y acosado, que quiere ser uno más, pero siempre es rechazado y maltratado por los demás chicos, y sobre todo, la gran interpretación de Szilvia Herr, debutante en el cine, dando vida a Eszter, la protagonista de este enredo on line de consecuencias muy inesperadas. Mihály Schwechtje debuta con nota altísima en su debut, no solo haciendo una radiografía profunda y sobria sobre la adolescencia y su mal uso de las redes sociales, sino construyendo una película llena de ritmo e inteligencia, impregnada en su totalidad del universo teenager, con su estética, colores y pensamientos, y sobre todo, tejiendo con soltura y sabiduría un retrato intenso y nada complaciente de las relaciones de los adolescentes, de su alegría y tristeza, de su fraternidad y crueldad, de la falta de consideración frente al otro, de la monstruosidad de las redes sociales y lo que resulta más grave de todo, la superficialidad de sus relaciones íntimas y afectivas, donde todo vale y todo se permite, eso sí, por el filtro de la red social, exponiendo esa vida a la que todos aspiran, aunque sea mentira, y que se hable de ellos, ya sea bien o mal, para sentirse con vidas plenas, aunque sea la que no quieran. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crash, de David Cronenberg

LOS DEMONIOS Y LA CARNE.

“Las marcas triangulares del coche se habían formado con la muerte de una criatura anónima, de identidad desvanecida, inscrita abstractamente en la geometría del vehículo. ¿Cuánto más misteriosas podían ser nuestras propias muertes, y las de los afamados y poderosos?”

J. G. Ballard de la novela “Crash”

El término “ballardiano” es recogido por el diccionario Collins bajo la siguiente definición “una modernidad distópica, un paisajismo inhóspito creado por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o medioambiental”. J. G. Ballard (1930-2009), describió de forma intensa y profunda los males del ser humano moderno ante una sociedad superficial, consumista y aterradora que, eliminaba el humanismo para abrazar como un salto al abismo la superficialidad y lo material como síntoma de poder, ambición y locura. Un universo peculiar, muy personal y alejado de convencionalismos, modas y demás estupideces, en títulos como La exhibición de las atrocidades, Rascacielos, Hola, América o Noches de cocaína, entre muchas otras.

Los mundos distópicos demasiado “reales” del genial novelista británico que profundiza de manera extraordinaria en todos los males de nuestra sociedad. Universos no muy alejados de los que filma David Cronenberg (Toronto, Canadá, 1943), que en su primera etapa despachó títulos como Crimes of the Future (1970), Vinieron de dentro de… (1975), Rabia (1975), Scanners (1980), o Videodrome (1983), donde implantaba los elementos que han definido su filmografía, la llamada “nueva carne”, en la que retrata de forma admirable los miedos humanos, tanto los cambios físicos y psicológicos ante la transformación física y la infección, en el que se desvanecen los límites entre lo mecánico y lo orgánico, moviéndose en dramas con tintes de terror, ciencia-ficción y el fantástico, dentro de una cotidianidad de horror. Cronenberg ha adaptado autores tan relevantes como Burroughs, King, DeLillo, entre otros. En 1996 adapta “Crash”, novela de Ballard publicada en 1972 (que tuvo una adaptación televisiva protagoniza pro el propio autor), poniendo en imágenes un relato muy oscuro y tremendamente físico y psicológico.

En Crash nos tropezamos con James Ballard, alter ego del propio autor, dedicado a la dirección televisiva, casado con Catherine, que han basado su relación en el sexo como principal estructura, un sexo liberal entre ellos y con otros. Después de un accidente automovilístico, Ballard entra en contacto con Helen Remington y entre los dos nace una atracción mutua a través del sexo y los coches. Más tarde, entrará en juego Vaughan, un tipo apasionado de los accidentes de coches, que además de escenificar accidentes históricos de grandes estrellas del cine clásico, su vida gira en torno a los accidentes, las cicatrices y el sexo, al igual que Gabrielle, una amiga que lleva una prótesis debido a un accidente. Veinticinco años después, Crash  sigue manteniendo su vigencia, quizás las psicopatías siguen igual o incluso más de acentuadas, retratando una serie de personajes abocadaos al constante peligro, en un viaje a las profundidades del alma, a su parte más oscura, más horrible, a aquello que nos negamos a admitir, a lo prohibido, a nuestras pulsiones sexuales, las más ocultas, las que no queremos desvelar.

Cronenberg se acompaña de los cómplices más cercanos como el cinematógrafo Peter Suschitzsky, el editor Ronald Sanders y el músico Howard Shore, la película nos sumerge en un mundo de poder y ambición, donde el automóvil como objeto de posición social se ha convertido en una metáfora del sexo más sucio, más animal y más pueril, donde ya no existen fronteras entre lo real y lo soñado, donde la vida carece de sentido sino es una existencia de constante peligro, donde la muerte bordea a cada instante, donde cada cicatriz y herida se convierte en una pulsión sexual, en una marca más de ese desenfreno alucinatorio y autodestructivo por el que se mueven estas criaturas atrapadas en su sexualidad y en sus objetos mecánicos, en unos automóviles que se funden en falos y vaginas, expuestas y dispuestas para ir más allá, sin pausa, a velocidad vertiginosa, donde velocidad, o lo que es lo mismo, el peligro de morir, deviene la única forma de soportar y llenar ese vacío de vidas opulentas, sí, donde falta tanto a nivel interior. Con un reparto heterodoxo y nada comercial con un James Spader en la piel del atribulado y frío Ballard, la escenificación del tipo que se adentra en la oscuridad, en su propia oscuridad, sin miedo, como si la cosa no fuese con él, pero con la determinación de que no hay marcha atrás, Deborah Kara Unger como su esposa, su amante y la compañera perfecta que también se lanza al abismo para aceptarse y descubrirse a través del sexo y lo prohibido, Holly Hunter como la Dra. Helen Remington, también abocada a la locura sexual, a ir más allá, a olvidarse de los convencionalismos y dejarse arrastrar por el sexo más superficial y la morbosidad.

Y los dos personajes más siniestros, dementes y robotizados de la película como el que hace Rosanna Arquette como Gabrielle, con esa aparatosa prótesis que le cubre las dos piernas y la profunda cicatriz que le cubre media extremidad, uno de esos personajes reservados que tanto le gustan al cineasta canadiense, ya que tiene todo aquello que le interesa, la sexualidad de un ser casi autómata, donde cada movimiento y gemido duele e hiere. Y finalmente, Elias Koteas da vida al siniestro Vaughan, un tipo que ha ido más lejos que nadie, su escenificación de los accidentes es toda una declaración de principios de un personaje psicópata convertido en la figura de macho alfa, de un tótem sexual, donde su cuerpo y todo su ser emanan sexualidad y velocidad, una especie de gurú de esta peculiar aquelarre de sexo, automóviles y muerte. El binomio Ballard-Cronenberg sigue levantándonos de la butaca, incomodándonos, martirizando nuestras pesadillas y pulsiones, y sobre todo, mostrando la oscuridad más profunda y siniestra de lo que somos, de todo aquello que nos autocensuramos, de todos nuestros miedos, de nuestros deseos, pasiones, y nuestra sexualidad, tan llena de tabúes, prejuicios y convencionalismos. Crash  se mueve entre todo lo diferente, todo aquello no aceptado por una sociedad llena de miseria moral tanto a nivel físico como emocional, en un retrato sobre la vida y la muerte, la eterna lucha entre eros y tánatos, entre nuestra existencia aceptada y todos esos infernos que habitan en nuestro interior y gritan sin cesar para salir al exterior y escenificarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

23 paseos, de Paul Morrison

PASEANDO EL PERRO JUNTOS.

“¡Envejece conmigo! Lo mejor está aún por llegar”.

Robert Browning

Erase una vez un tipo llamado Dave, de sesenta y tantos, ex enfermero psiquiátrico, que cada día, como un ritual, pasea a su perra pastor Tillie por un parque del norte de Londres. Entre idas y venidas, conoce a Fern, más o menos de su misma edad, divorciada, que pasea a su terrier yorkshire Henry. Aunque no empiezan con buen pie, irán coincidiendo, intercambiando opiniones, compartiendo paseos, y sobre todo, se irán enamorando. Pero, ni uno ni otro, no han sido todo lo sinceros que podrían ser, y sus secretos y verdades irán floreciendo y colocándolos uno frente a otro, y cuestionando sus vidas y la relación que mantienen. El director Paul Morrison (Londres, Reino Unido, 1944), ha construido una carrera en la que encontramos documentales y ficciones, la última es Sin límites  (2008), filmada en Barcelona, sobre la intensa relación entre Buñuel, Dalí y Lorca. Más de una década de silencio que lo rompe con 23 paseos, una de esas películas con el sello inconfundible “british”, películas cercanas de gentes corrientes, con historias cotidianas,  elegantemente rodadas, con ese peculiar sentido del humor inglés, y llenas de  inconfundibles y maravillosos intérpretes.

Morrison nos habla de esas personas de mediana edad, que conoce muy bien, ya que él tiene esa edad, personas al borde de la jubilación, o recientemente jubiladas, de soledades compartidas, de paseos de perros, y de muchos secretos, de esos secretos que si se cuentan hacen daño o alejan a las personas, aunque los dos protagonistas deberán afrontar esas partes de sus vidas menos amables y más incómodas para mirar al otro, compartiendo todo lo que haya, sin nada que les obstaculice el camino, cara a cara, apechugando con lo bueno y lo malo. A modo de diario, asistimos a sus 23 paseos, a sus intimidades, a su compañía, a su entorno familiar y doméstico, a sus conflictos con los suyos y con su interior, a cada uno de los detalles que muestran y ocultan según la necesidad o el miedo al rechazo. Morrison nos habla de forma sencilla y transparente sobre la vejez, con sus relaciones y sus formas de amar y compartir, hecho que aún hace más brillante y audaz la película, ya que coloca en el centro de la acción a dos personas mayores, sí, pero borrando cualquier atisbo de estereotipo que tanto nos tiene acostumbrado el cine, como la enfermedad o la carga familiar.

En 23 paseos, nos sitúan frente a una comedia romántica con sus dosis de amargura y tristeza, donde encontramos soledad, pero también, alegría, bailes, amor y sexo, elementos que apenas vemos en el cine cuando se trata de personas mayores, si exceptuamos algún caso aislado como la película En el séptimo cielo (2008), de Andreas Dresen, que retrataba la historia romántica y sexual de dos septuagenarios. El director británico consigue un tono y un marco cotidiano y muy cercano, valiéndose de una historia escrita por él mismo, la mar de sencilla, contada de forma lineal, sin ningún efecto narrativo ni nada que se le parezca, solo sus dos maravillosos y magníficos intérpretes. Por un lado, tenemos a Dave Johns, en la piel de Dave, un conocido comediante que lo vimos interpretando de forma excelente al protagonista de Yo, Daniel Blake, de Ken Loach, y frente a él, Alison Steadman, que ha trabajado varias veces con el prestigioso director Mike Leigh, dando vida a Fern, una mujer divorciada, cansada de los hombres, independiente, con su media jornada como oficinista, libre y a su aire, con un ex demasiado pesado, con ese tira y afloja.

Dave y Fern, o Fern y Dave, son dos personas que se gustan, se quieren, se pelean y se reconcilian o no. Dos almas solitarias, dueños de perros, con sus verdades y mentiras, con sus secretos, sus cercanías, sus alegrías y tristezas, con sus miradas cómplices y distantes, que acompañamos en sus 23 paseos, paseos de todo tipo, algunos maravillosos, otros encantadores, otros divertidos, pero también, los hay tristes, complicados y oscuros, unos paseos que irán revelando la verdadera naturaleza de cada uno de ellos, mostrando lo que son, desnudándose emocionalmente frente al otro, eso que cuesta tanto, pero esencial para mantener una relación profunda y sincera, y sobre todo, para llegar a respetarse y a amarse, sin ninguna barrera u obstáculo que lo impida, que no es otra cosa que deseamos todos los seres de este planeta, quizás unos mejor que otros, y con otras habilidades y paciencias, pero al fin y al cabo, el amor que tenemos y compartimos es lo que da sentido a nuestras existencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amor en polvo, de Suso Imbernón y Juanjo Moscardó

QUE LOS ÁRBOLES NO TE IMPIDAN VER EL BOSQUE.

“El sexo sin amor es tan hueco y ridículo como el amor sin sexo”

Hunter S. Thompson

Erase una vez… Pablo y Blanca. Él, el acérrimo inconformista, apasionado de la arqueología y el eterno aspirante a esa vida que tanto se retrasa. Ella, abogada a sol y a sombra, moderna y equilibrada, y sobre todo, valiente. Son pareja y están enamorados, aunque su vida sexual no funciona, o sea, que es un auténtico desastre, monótona, aburrida y cero pasión. Blanca, siempre será ella la que dé el paso, propondrá a Pablo un intercambio de parejas, una nueva forma de revitalizar la pasión y su amor. Quedan con dos amigos solteros, Mia, amiga de Blanca, descreída en el amor y una auténtica devoradora de los sexual, atrevida y muy juguetona. Frente a ella, amigo de Pablo, está Lucas, el publicista de London City, un tipo amante de sí mismo y obsesionado con un polvo en el bosque que lo ha dejado pillado de una mujer. Así están las cosas, unos, la pareja Pablo y Blanca, listos para salir al bar donde han quedado con su intercambio, se lanzan a discutir, una discusión que irá a más, y empezarán a replantearse no solo sus relaciones sexuales, sino su relación. En el bar, ya han llegado Mia y Lucas, que empiezan a hablar, se gustan, y follan.

Los cineastas valencianos Suso Imbernón (que firma el montaje de la película), y Juanjo Moscardó (del que habíamos visto como guionista Juegos de familia, de Belén Macías)  y  después de su exitoso corto Maldita, en el que abordaban el terror desde los ojos de un niño muy fantasioso, realizan su opera prima con un guión escrito por el propio Moscardó, María Laura Garganella (guionista, entre otras, de No tengas miedo, de Armendáriz) y María Mínguez (autora de Vivir dos veces, de María Ripoll) plantean un relato de ahora, entre cuatro personajes y dos espacios, la citada casa de Pablo y Blanca, y el bar de encuentro en el que se conocen Mia y Lucas. Dos lugares en los que unos y otros, se discutirán o se amaran según el caso, en un divertido juego de apariencias y trasparencias en torno al amor en pareja y el sexo, sobre todos aquellos deseos que tenemos y no nos atrevemos porque somos fieles a nuestra pareja, y cómo no, sobre todo aquello que ocultamos a la pareja por miedo a las represalias, al fin y al cabo, a todo aquello que sentimos y deseamos y, como decía Groucho Marx, nunca nos atrevemos a llamarlo por su nombre, por miedo, inseguridad, o simplemente, porque nos cuesta soltarnos, liberarnos y, atrevernos a romper con esa idea de la pareja romántica y fiel para toda la vida.

Imbernón y Moscardó construyen un relato ágil, divertido y sincero, llegando a sus breves y contenidos 78 minutos, con ese aroma de las grandes comedias hollywodienses, o los deliciosos enredos del gran Neil Simon,  en las que no podían faltar los ingredientes mágicos como las verdades, confesiones inesperadas, mentiras, secretos, pasiones desaforadas, autoengaños, y sobre todo, revelaciones que lo cambiarán todo para siempre. Un tono que nos recuerda a esa comedia madrileña ochentera del estilo de Sé infiel y no mires con quién, de Trueba, o La vida alegre, de Colomo, donde modo jocoso y divertido, también se planteaban los juegos del amor y el sexo. O esa comedia fresca y jugosa más reciente como El otro lado de la cama, de Martínez-Lázaro o Kiki, el amor se hace, de Paco León. Una comedia alrededor del amor y el sexo, que tiene ese punto disparatado y salvaje, llenos de enredos y topetazos, para profundizar en un tema tan reflexivo como el amor en los tiempos actuales y el sexo como vehículo esencial en la pareja y en la vida social para cualquier persona.

Amor en polvo  pone sobre la mesa temas candentes y en boca de muchos que forman parte de cualquier relación de pareja como la falta de pasión, la rutina sexual, los prejuicios acerca del amor y del sexo, las ideas prefabricadas sobre lo que debe ser una relación y el sexo, y todas esas cosas e ideas que nos encierran en los autoengaños y represiones que nos imponemos. La película habla de todos estos temas y lo hace desde su modestia y sobre todo, su excelente ritmo y puntos de giro del relato en cuestión. Uno de sus elementos mejor construidos es la elección de su reparto, bien encabezado por una formidable Macarena Gómez como Mia (también como productora asociada) de la que ya conocíamos su vis cómica, pero aquí la lleva hacia otros lugares muy sorpresivos, mostrando las múltiples facetas de una actriz estupenda. A su lado, un Luis Miguel Seguí en Lucas, seductor y elegante, pero muy inseguro, que fabrica un personaje lleno de requiebros y sorpresas.

Frente a ellos, la pareja en crisis, Enrique Arce, la pareja que no defrauda, pero tampoco sorprende, enfrascado en su orden establecido, y en su cotidianidad sin grandes cambios, todo bien ordenado y establecido, el típico looser simpático, pero muy torpe y cobarde, que se lanza al vacío y se arrepiente nada más saltar, bonachón pero predecible. A su vera, Lorena López como Blanca, la auténtica revelación de la película, que ya nos había encantado en la reciente Asamblea. Una mujer auténtica, de bandera, pero no por su físico, sino por su personalidad, un carácter hecho de tiras y aflojas, de obstáculos, encandilándonos con su gesto, llenando la pantalla con esas miradas comprensivas y atizadoras que dedica a su pareja, esa vitalidad, fuerza y echa’pa lante, que es capaz de lo que sea para sacar su relación del pozo en el que se encuentra, una mujer arrolladora, llena de energía y sobre todo, maravillosa revelación de esta comedia que nos abre nuevas ventanas a nuestra perezosa y monótona vida amorosa y sobre todo, sexual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Divino amor, de Gabriel Mascaro

DIOS VELA POR TODOS NOSOTROS.

“Quien ama no traiciona. Quien ama comparte”

Estamos en el Brasil de 2027, un país profundamente conservador y ultra católico, en el que el amor se ha convertido en la fe a Dios y a sus credos. Un país donde conoceremos a Joana, una funcionaria del registro civil que hace lo imposible para no romper los matrimonios cuando se sientan frente a ella para divorciarse. Mientras tanto, en su hogar, Danilo, su pareja dedicado al negocio de las flores, parece reinar una aparente tranquilidad, ya que el matrimonio ansía tener descendencia pero no lo consigue. A su vez, Joana y Danilo forman parte de “Divino amor”, una especie de secta religiosa solo para matrimonios donde consuman su fe a Dios, reanudan los votos del matrimonio y ayudan a las parejas en crisis para encontrar su fe en Dios y seguir amándose con técnicas amatorias como el intercambio de parejas y los ritos religiosos del bien común.

Después de un tiempo abonado al documental, Gabriel Mascaro (Recibe, Pernambuco, Brasil, 1983) debutó con Vientos de agosto (2014) en la que nos hablaba de un relato sobre el Brasil rural a través de una pareja de amantes en un conjunto de sonidos, colores y olores bien filmado, le siguió Boi neon (2015) en la que seguía a un peculiar trío formado por un vaquero, una bailarina exótica y la hija de ésta, en una road movie sobre los cambios políticos, sociales y culturas que estaban transformando Brasil. En su tercer trabajo, Mascaro nos sitúa en una distopía más cercana al presente de Brasil de lo que cabría imaginar, en un relato que piensa el presente a través de un futuro demasiado cercano, en el que nos sumerge en las transformaciones que ha sufrido Brasil en los últimos años, con el auge del conservadurismo del país, donde han emergido el evangelismo, y la ultra derecha, llevando hace apenas un año a Bolsonaro al poder de la nación. El director brasileño analiza todos estos cambios de su país, no desde la parte liberal que lucha contra ese poder fascista, sino todo lo contrario, desde dentro, desde un personaje como Joana que escenifica todos esos valores conservadores, una mujer que ha elevado su fe y ama a Dios por encima de todas las cosas, llevando toda su vida, tanto a nivel profesional como personal, a un amor incondicional a su fe y a Dios.

La película se enmarca en una estética kitsch, sobre todo, en el local de “Divino amor”, con fuerte presencia de colores rosas y azulados neón, como ese maravilloso auto confesionario donde Joana es una asidua total o ese registro civil, que tiene el aroma kafkiano de los edificios excesivamente correctos y pulcros, sin dejar ver las miserias de lo que allí se cuece. Estamos ante una película directa y sin atajos superfluos o tirabuzones en su trama, todo se cuenta a través del personaje de Joana de forma clara y transparente, en el que veremos el trayecto vital y emocional de una mujer que sufrirá en sus carnes una crisis de fe monumental, por un suceso inesperado, algo que ha entrado en la vida de su matrimonio poniéndolo todo patas arriba. Seguiremos las dudas y el derrumbamiento de su vida instalada en su fe y en Dios, enfrentándola a sus propias creencias y a todo ese valor aparente que tanto valoraba en su existencia.

El cineasta brasileño indaga en las circunstancias vitales inesperadas y libres enfrentadas a las creencias más absolutistas de uno mismo, y como todo ese universo creado en el que parece que nada puede ocurrir y Dios siempre velará por nosotros y nos protegerá, se viene abajo irremediablemente, y entonces, se apoderan de nosotros los miedos, las dudas y entramos en un lugar oscuro, sin referentes y sentimos que todo nuestro mundo, trabajado diariamente, deja de tener sentido y todo a nuestro alrededor es una farsa y una mentira despiadada. La película está bien armada argumentalmente, no deja nada al azar. Cuenta su relato íntimo y casi doméstico, de forma precisa y honesta, explorando con sabiduría y paciencia, todos los factores emocionales que sufre la protagonista y su marido, con una  Dira Paes, dando vida a la desdichada Joana, en estado de gracia, interpretando con todo lujo de detalles y miradas una mujer sumergida en la fe que tendrá que rearmarse para seguir creyendo aunque Dios la haya abandonado.

Mascaro construye con paciencia y sensibilidad una historia sobre la condición humana, sobre sus creencias, en este caso religiosas, y sobre sus miedos y actitudes frente al conflicto, conduciéndonos por una interesante muestra sobre el Brasil conservador y ultra católico, que evidencia el  catastrófico auge del fascismo más rancio de los últimos tiempos, apoderándose del poder y estableciendo unas reglas de siglos pasados que recuerdan lo más miserable y terrorífico. Un Brasil no muy alejado del país en el que vivimos. El realizador brasileño vuelve a cuestionarnos con su mirada crítica y honesta sobre las transformaciones sociales, políticas y culturales de su Brasil, hincando el diente en la deriva ultra nacionalista de una gran parte de la población, y sobre todo, en la utilización mercantil y social de la fe en Dios para abanderar todos esos cambios que están llevando a Brasil a una deriva fascista, egoísta y clasista, rememorando los terroríficos años de dictadura que sufrió el país durante dos décadas. Una fábula futurista, pero muy reflejada en la realidad actual del país, pero en un tono cercano y sincero, sumergiéndonos en la fe, su carencia y las reacciones de esa parte de la sociedad que cree más en Dios y en sus privilegios ancestrales que en invertir en sanidad, educación, derechos, en definitiva, en justicia social. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pure, de Rose Cartwright y Kristie Swain

NO SOY YO, ES MI TOC.

“La risa es un tónico, un alivio, un respiro que permite apaciguar el dolor”

Charles Cahplin

La comunidad científica valoró y aplaudió la película Joker, de Todd Phillips, por su forma, sobriedad y transparencia a la hora de abordar y profundizar en la enfermedad mental del protagonista. Muchas películas o series han abordado con inteligencia y profundidad la salud mental, aunque muy pocas se han acercado a la verdadera dimensión del sufrimiento que padecen las personas con algún tipo de trastorno mental. Rose Cartwright lo sabe muy bien, porque padece desde los 15 años TOC (Trastorno Obsesivo compulsivo) popularmente conocido como “Pure O” o “TOC puramente obsesivo”, caracterizado por la presencia permanente de pensamientos intrusivos con los que es difícil convivir. Pueden ser pensamientos que ponen en tela de juicio tus sentimientos hacia tus seres queridos, de naturaleza violenta o, como le ocurre a Rose, de carácter sexual. La experiencia de la enfermedad le llevó a plasmar todas esas vivencias y traumas en el libro Pure, de enorme éxito. Ahora, nos llega la adaptación de la novela en forma de una serie de 6 capítulos de 35 minutos cada uno, con un guión que firman Kristie Swain y la propia Rose Cartwright, en el que nos sitúan en el interior de la mente de Marnie, una joven de 24 años que lleva una década padeciendo TOC, sin saberlo todavía.

La serie arranca en un pequeño pueblo de Escocia, en la fiesta de aniversario de los padres de Marnie, y en el momento que la joven hace su discurso, el TOC le juega una mala pasada y comienza a desvelar secretos a todos los presentes, incluidos sus padres, y sobre todo, a imaginárselos desnudos y en una orgía con todos los presentes. Después de esa experiencia, Marnie pone tierra de por medio y se traslada a la urbe de Londres, donde quizás, siendo una más, pasar desapercibida, conocerse mejor y encontrar su lugar en el mundo. A través de una serie de circunstancias divertidas e incómodas, descubrirá que padece TOC, y empezará a conocerse mejor y ser ella misma. La serie dirigida por Aneil Kara y Alicia MacDonald, sigue la cotidianidad de Marnie, una joven enfrentada a Londres y sobre todo, a su TOC, en un tono de comedia dramática muy interesante y audaz, mostrando sin ningún tipo de tabúes ni prejuicios, la enfermedad mental, y todas las circunstancias angustiosas y hostiles que sufre Marnie, en la que emerge su maravillosa capacidad y resolución en la manera de enfrentarse a la enfermedad, donde el humor, la mejor herramienta para combatir el dolor y al trsiteza, se convierte en norma constante, presidiendo muchos momentos de la serie, y sobre todo, encarando con naturalidad y verosimilitud muchos de los instantes que provoca el TOC. Marnie piensa inicialmente que todo se deriva en problemas de identidad sexual, añadida a la tremenda dificultad para relacionarse con los demás, las incontables meteduras de pata y equívocos en los que acaba la joven, y sobre todo, la complejidad en sus relaciones sexuales, creyendo que es algo que tiene que ver con su trastorno.

Por ese camino tortuoso y difícil, Marnie se cruzará con una serie de personajes muy diferentes a ella, llevándola a situaciones comprometidas y cómicas, tropezándose con Shereen, una antigua compañera de universidad, que es toda bondad, dulce y cariñosa que, le ofrecerá una habitación donde quedarse. También conocerá a Amber, lesbiana y de carácter, que le ofrecerá un empleo como becaria en una revista feminista. Luego aparecerá Charlie, un joven en terapia por una psicopatología sexual, que se convertirá en un aliado con el que poder hablar. Joe, un joven atractivo y simpático, por el que sentirá fuertemente atraída sexualmente, que la llevará a situaciones muy difíciles. Y finalmente, el pasado volverá en forma de Helen, su amiga del alma, que también le provocará experiencias complejas y oscuras. Cartwright y Swain han construido una serie dinámica, ágil y llena de situaciones de toda naturaleza, en que el personaje de Marnie andará de aquí para allá, intentando comprenderse cada día más, y sometiéndose a terapia para vivir con menos dolor y angustia su problema.

Las experiencias londinenses de Marnie se convierten en el centro de la acción, sumergida en una ciudad de ocho millones de almas en busca de cariño, felicidad y compañía, como en cualquier otra parte del mundo, con la enfermedad mental de Marnie como eje de la trama, mostrándola de forma natural y sin tapujos, de manera transparente, y sobre todo, con carácter didáctico, y explorando con clarividencia y sobriedad todos los problemas y situaciones que acarrea a las personas que la padecen, tratándola de un modo personal y social, y la dificultad que tienen los enfermos en su cotidianidad y sobre todo, en sus relaciones sociales y sexuales, como en el caso de Marnie. Otra dificultad que se cernía en la adaptación de la serie era encontrar a la actriz que encarnase a Marnie, y la han encontrado en la joven semidesconocida Charly Clive, que había estado girando por el Reino Unido con el espectáculo “Britney”, escrito y protagonizado por ella misma, en la que abordaba el tema del tumor cerebral que sufrió con 23 años, bautizado con el nombre del espectáculo. Charly Clive se magnetiza con su personaje, desbordando la pantalla con su rostro, gestos y carisma, dotando de naturalidad y comicidad a un personaje que sufre y padece mucho una enfermedad difícil y compleja, convirtiéndose en la mejor imagen que pudiera tener la serie, mostrando no solo la enfermedad y su cotidianidad, sino la dificultad de vernos como somos y toda la complejidad que nos lleva a vernos en los demás y relacionarnos con el otro.

Bien secundada por Kiran Sonia Sawar que hace de Shereen, el contrapunto perfecto a esa vida caótica y dolorosa de Marnie. Niamh Algar como Amber, que introducirá a Marnie en el trabajo y veremos la realidad de muchas mujeres en que el sexo se convierte a veces en un problema para entablar relaciones más sólidas. Joe Cole da vida a Charlie, confidente y amigo de Marnie, que es como ese espejo donde reflejarse cuando las fuerzas decaen y la joven se siente muy perdida y abatida. Joe que interpreta Anthoy Welsh es ese hombre masculino, protector y sexual que se convertirá en un problema para Marnie debido a su enfermedad. Helen que hace Olive Gray, esa amiga del pasado que aparece para desmontarlo todo y crear un cisma entre ellas difícil de resolver. Las tramas secundarias funcionan de forma estupenda, abordando temas de índole sexual, como el trastorno de Charlie, que ayuda a entender mucho más todo lo que le ocurre a Marnie y su entorno.

La deliciosa y magnífica banda sonora con temas sesenteros de Petula Clarck, The Edels, The Stone Ponkeys, The Kinks, The Walker Brothers o Marbara Mason, entre otros, música ochentera de los Altered Images, jugosísimas versiones de temas inolvidables como el “Just Can’t Get Enough”, de Nouvelle Vague y el “It’s a Wonderful Life”, de Sparklehorse, temas de la siempre interesante Julia Holter, el disco de Flicker Music, o ese temazo que es “Jezahel”, de la grandísima Shirley Basey, acompañan a las imágenes de forma intensa, sensible y extraordinaria. La serie, al igual que sucede con Joker, es un excelente y sensible relato sobre la cotidianidad de un enfermo mental, en este caso de TOC, ayudando a visibilizar la enfermedad y sobre todo, a ayudar a las personas de cómo relacionarse frente a una persona con un trastorno mental como este, mostrando todos los problemas internos que padecen y sufren, rompiendo todos los mitos y prejuicios absurdos creados e instalados en la sociedad en relación a la salud mental.  Pure se erige como una magnífica y sorprendente tragicomedia sobre una mujer que, aparte de lidiar con el TOC, que no es poco, deberá redescubrirse a sí misma, en una ciudad ajena a ella, con nuevas amistades, conocerse en profundidad y batallar con su enfermedad y sobre todo, encontrarse a ella misma y seguir avanzando, aunque para ello deba retroceder dos pasos hacia atrás, para así coger impulso y enfrentarse con más y mejores armas a su problema mental y encararlo con valentía y coraje, para ir aceptándolo y sintiéndose más fuerte y vital. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA