El amante doble, de François Ozon

LOS DESEOS OCULTOS.

La apertura de la película es muy significativa y no deja lugar a dudas a una constante narrativa en el cine de Ozon. Una vagina se adueña de la pantalla y se funde con el ojo de Chloé, la protagonista del relato, que se encuentra tendida en la consulta de un hospital. Dos elementos como el sexo y la mirada, que trascienden nuestro deseo convirtiéndonos en esclavos de nuestras pasiones más íntimas y bajas. La película número 17 de François Ozon (París, 1967) después de Frantz, una película de corte clásico en la forma que también experimentaba con la identidad y el amor como motor de enfrentarse al dolor. Ahora, cambia totalmente de registro, centrándose en Chloé (una nueva chica perdida en su viaje de búsqueda interior, un elemento habitual en el cine de Ozon) empleada de museo, un lugar donde observa y mira a los demás, sin moverse, sólo mirándolos, rodeada de obras de arte. Chloé (la inolvidable Isabelle de Joven y bonita, del propio Ozon) deja su mirada inocente y perversa que lucía con agrado encarnando a la joven prostituta, para introducirse en el mundo de una joven neurótica, con graves problemas depresivos que acude a terapia. Allí, conoce a Paul, su psiquiatra, se enamoran y se van a vivir juntos. Aunque, las sospechas de Chloé sobre la identidad de Paul comienzan a florecer y descubre que tiene un hermano gemelo, Louis, con el que da rienda suelta a sus deseos más ocultos, aquellos que es incapaz de mostrar a Paul.

Ozon siempre interesado en las historias cotidianas que trasgreden los límites de cada uno de nosotros, mezclando con audacia géneros antagónicos, en los que el thriller y el suspense tienen un espacio reconocible, donde reformula los espacios de realidad y fantasía, que logra confundir y crear una nueva dimensión, en la que salen a flote el interior de cada uno de nosotros, esas emociones oscuras, perversas, y sobre todo, sinceras, aquellas que ocultamos a los demás. El director parisino se inspira en una novela corta “Vidas gemelas” de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, para dar rienda suelta a nuestros deseos sexuales más íntimos, componiendo una trama erótica, muy sexual, en el que hay espacio para uno de los temas favoritos del director francés, la identidad, haciéndose las preguntas que tanto nos obsesionan a los seres humanos, ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Preguntas que se hace Chloé, la depresiva crónica, la mujer de apariencia débil, pero que encierra una boma sexual en su interior, aquella que oculta a Paul, el reservado y silencioso, que parece guardar algún que otro misterio, pero encuentra la horma de su zapato en Louis, el hermano gemelo, que es pura pasión, energía, y radia sexo por todos sus poros. Dos almas iguales físicamente, pero completamente diferentes en su interior, que describen a Chloé, una mujer atrapada en su sexo, en lo que siente, arrastrada a una pasión sexual oscura y terrible.

Ozon construye una mise en scene elegante y sofisticada, llena de contrastes y perversiones, incluso en los objetos, como esos gatos disecados, o la calidez que desprende la consulta de Paul, frente a la frialdad que destila la de Louis,  o las obras que cuelgan del museo, que si al principio ofrecen esteticismo, lentamente, y a medida que la neurosis de Chloé va en aumento, vemos obras más orgánicas y rompedoras, situándonos en un ambiente urbano vacío, de calles sin personalidad, y pisos modernos pero carentes de vida, automatismo y predecibilidad, para una vida insulsa, solo rota por los juegos sexuales de Chloé y el otro. Un thriller erótico de fuerza expresiva e intensidad narrativa, que se ve con pausa y que va perforando nuestra psicología adentrándose en terrenos privados donde cada uno se muestra tal y como es, sin prejuicios, amabilidad y respeto, sólo dejándonos llevar por lo que sentimos, por aquello que nos excita y se apodera sexualmente de nosotros.

Ozon se inspira en los maestros como Hitchcock, un cineasta que también supo explorar los espacios oscuros y perversos de los seres humanos a través de inquietantes y terroríficas tramas, o su discípulo más aventajado, Brian de Palma, que recogió su testigo y cosecho buenos thrillers con la firma del maestro, o Cronenberg, en sus relatos psicoanalíticos, donde sus personajes se mueven entre lo real, lo fantástico y sus miedos, donde su Inseparables, protagonizada por Jeremy Irons, sería un espejo transformador y malvado dónde las criaturas de Ozon podrían mirarse, aunque el reflejo que le respondería no sería de su agrado. Marine Vacht compone una Chloé fascinante y muy sexual, una mujer adicta a sus pasiones como vía para escapar de su neurosis, y de esa manera entender lo que no logra con la terapia, aunque en ocasiones no hay nada que comprender, sino dejarse llevar, aunque el viaje sea doloroso, frente a ella, Jérémie Renier (el actor fetiche de los Dardenne, que hemos visto crecer en el cine) juega un doble papel, encarnando a los dos hermanos, diferentes entre sí, pero los dos igual de misteriosos y peligrosos. En un papel breve pero también sumamente interesante encontramos a Jacqueline Bisset, con su madurez que aparece en la vida de Chloé de manera inquietante y para descubrirle aún más el pasado oculto de Paul. Ozon ha vuelto a sumergirnos en un relato complejo y muy oscuro, donde el psicoanálisis ejecuta los elementos en juego, dotando a cada personaje de varias identidades, aquella que vemos, aquello que ocultan, y sobre todo, aquella otra que ni ellos mismos conocen.

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50 primaveras, de Blandine Lenoir

LA VIDA EMPIEZA HOY.

Aurore Tabort acaba de cumplir los 50 tacos, divorciada y madraza, vive con su hija pequeña que se larga del nido familiar porque se ha enamorado de un disc-jockey, además su hija mayor le dice que está embarazada, y para más inri, dimite de su trabajo como camarera por desavenencias con el imbécil de su nuevo jefe. Ante esa sucesión de diversos frentes en su existencia, y no queda ahí la cosa, porque está empezando a sufrir la menopausia, es decir, sofocos, mareos, malestar y otros cambios que sufren las mujeres maduras a cierta edad. Y en ese estado, en ese período de transición, Aurore, por casualidad, se encuentra a su amor de juventud, aquel que abandonó para casarse con su mejor amigo. Así, de esta manera, en un momento de cambios profundos, sitúa la directora Blandine Lenoir su película, mujer de amplia trayectoria, tanto como actriz, que trabajó en un par de películas de Gaspar Noé, y como directora, autora de diez cortos, antes de de debutar en el largo con Zouzou (2012) también ambientada en la familia, y con un caso parecido a la que nos ocupa, en ésta, un padre sesentón informa a sus tres hijas y nieta que se había enamorado de un hombre, el cisma que provocaba en el seno era de órdago, como la situación que vive Aurore.

Agnès Jaoui, maravillosa actriz y directora, que junto a Jean-Pierre Bacri ha dirigido excelentes comedias sobre amigos como Para todos los gustos (2000) o Como una imagen (2004), entre otras, encarna a la heroína cotidiana de esta tragicomedia de Lenoir, que captura con sinceridad y mucha honestidad, los avatares de las mujeres maduras, su posición en la vida, sus alegrías y también sus tristezas, mezclando con sabiduría tanto los momentos cómicos, que los hay, como aquellos que nos arrancan alguna lágrima, pero no lo hace desde la condescendencia, ni mucho menos, sino desde las emociones, desde el respeto hacía sus personajes, porque el microcosmos de Aurore, donde las mujeres muestran una solidadridad entre ellas sin límites, además de sus dos hijas, lo componen una amiga fiel, sus nuevas jefas que son un grupo de abuelas con gran vitalidad, el padre de sus hijas, un tontolaba de mucho cuidado, algún amante que le llena algo, y sobre todo, el primer amor, ahora convertido en atractivo cincuentón, que ella, Aurore, parece negarse a una segunda oportunidad, a creerse que su vida es cuidar a los demás, y no cuidarse a ella misma, como si su vida ya no necesitase emociones sentimentales, como si ya se hubieran extinguido, pero quizás las cosas no son así, y Aurore todavía tiene mucha vida por delante, y puede sentir esas cosas que hace tiempo ya no siente, esas cosas que no solamente le hacen sentir bien a uno, sino que le dan nuevas experiencias vitales.

Una película cercana y emocionante, que tan bien saben construir la cinematografía francesa, con vocación popular, pero que saben hacernos reflexionar, y conmovernos con muy poco, con una cotidianidad de aquí y ahora, capturando la vida de esas ciudades provincianas, alejadas de las grandes ciudades, con su vida de cada día, sin aparentemente sobresaltos. Lenoir ha construido un relato sincero, atrevido, y profundamente bello, donde su cámara se mueve entre sus personajes de forma cálida, penetrando en su cotidianidad,  que pone el foco en las mujeres maduras, en sus problemas y sentimientos, sus conflictos internos y aquellos que experimentan mientras su vida está cambiando, en la que su cuerpo está sufriendo cambios que les afectarán y les hará plantearse su existencia de un modo completamente diferente, y ahí, la interpretación de Agnès Jaoui, es una auténtica delicia, porque sabe componer un personaje frágil y fuerte, a la vez, intenso y delicada, con sus dudas y su humanidad, haciéndonos sentir participes de toda su complejidad y entiendo todo los conflictos, tanto internos como exteriores, que está experimentando en su vida. Una vida que no termina ahí, sino que empieza a partir de ese momento, experimentando nuevas situaciones.

Demonios tus ojos, de Pedro Aguilera

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.

“Cuidado con lo que ves… puede cambiar tu manera de mirar”

La película arranca de manera brillante, con esa atmósfera oscura e inquietante, que no nos abandonará el resto del metraje, en un breve prólogo que deja claro las intenciones del protagonista como de la película que acabamos de empezar a ver. En una noche, en un tren, un director de cine que, viaja acompañado de su novia, duerme. Se despierta y observa a una mujer mayor que comienza a grabar con el móvil, la mujer se levanta molesta y se va. Inmediatamente después, un periodista lo entrevista y le pregunta sobre cuando perdió su inocencia, y Oliver, que es como se llama el cineasta, le explica una historia de niño cuando murió accidentalmente su mascota. A partir de ese instante, y después de visionar un video sexual explícito de Aurora, su hermanastra pequeña, siente la necesidad de viajar a su encuentro en Madrid. La tercera película de Pedro Aguilera (San Sebastián, 1977) explora los límites del deseo, las perversiones oscuras y demoledoras que nos atrapan y nos arrastran hasta lugares oscuros y profundos, también remite a nuestra forma de mirar y relacionarnos con las imágenes, en un mundo contaminado y devastado de vídeos que muestran con vehemencia la intimidad de cualquiera, donde nuestra vida y nuestros cuerpos están expuestos a lo público, observados por múltiples miradas desconocidas.

Aguilera ya había dado cuenta de su talento con La influencia (2007) donde seguía los pasos de una madre perdida, sin nada que intentaba salir adelante con la ayuda de sus hijos, le siguió Naufragio (2010) en la que se adentraba en la dura existencia de Robinson, un sin papeles que se buscaba la vida en una España vacía y sin sentimientos. El cineasta donostiarra sigue acercándonos a personajes a la deriva, náufragos de nuestro tiempo, personas buscándose a sí mismas, sin rumbo fijo, de pasados turbulentos y terribles, que hacen todo lo posible por relacionarse de manera sana con los demás, aunque muy raras veces lo llegan a conseguir. Oliver es un tipo que se presenta en Madrid, después de muchos años de ausencia y casi sin saber nada de su familia, dice que anda buscando la inspiración para su próxima película, o anda buscándose a sí mismo, o quizás ambas cosas a la vez, quién sabe. Fascinado por la belleza e inocencia de Aurora comienza a espiarla a través de una cámara que filma su habitación. Oliver mira las imágenes que descubren la intimidad de Aurora, en un provocador y perverso juego de voyeur, en el que no puede dejar de mirar e inquietarse con aquello que ve.

La inocencia imperturbable de Aurora se ve amenazada por el deseo animal y visceral de Oliver que lentamente va traspasando los límites del simple voyeur para traspasar la pantalla y adentrarse en ese mundo prohibido, inmoral y siniestro que representa Aurora. La forma en la que miramos las imágenes, nuestro imaginario, y la fantasía que nos provocan estas imágenes son la parte estructural de la película de Aguilera, una cinta que juega a los contrastes, desde su peculiar formato, el 1:33, y esa imagen, más propia del cine setentero o principios de los ochenta, donde los colores vivos se mezclan con la oscuridad de la noche, donde parecen suceder todas las perversiones que no pueden controlar sus personajes. El director nos encierra casi en las cuatro paredes de esa casa acomodada de las afueras, de familia con pasado turbio, con un padre en común, que se mueve entre lo afable y lo siniestro, y unas vidas en tránsito, donde nada es lo que parece y los más bajos instintos se ocultan bajo el amparo de la comodidad de la intimidad.

Una película que nos devuelve el cine que transita por nuestros más bajos instintos sexuales y depredadores de la condición humana, remitiéndonos a títulos como Peeping Tom (donde los rostros femeninos asesinados provocaban el placer del individuo) o la atmósfera terrorífica de juegos eróticos de las películas de Hitchchock como Vértigo (donde el protagonista se sentía fascinado por resucitar a una muerte)  Psicosis (en el que el torturado Norman Bates era un mirón que acababa con las vidas de las mujeres que despertaban su deseo) e incluso La sombra de una duda (donde la amenaza de un tío dejaba a su sobrina a su merced), o el deseo sexual reprimido del cine de Buñuel como Belle de jour, Susana (Demonio y Carne) o Ese oscuro objeto del deseo (que curiosamente también arrancaba en un tren), o los viajes psicóticos de Arrebato, de Zulueta, donde el cine transformaba a sus espectadores llevándolos a traspasar la imagen y formar parte de ella, o el cine español de los sesenta, y sobre todo de los setenta, en sus relatos de tipos amargados reprimidos sexualmente, sin olvidarnos de cierto cine underground, donde el sexo es un motor de desinhibición y escapismo ante las frustraciones vitales,  o las películas más oscuras y tenebrosas de Almodóvar como La ley del deseo o Los abrazos rotos (con el cine como motor de oscuras perversiones) o La piel que habito (en el que un ser atormentado emprendía una venganza siniestra).

Una pareja protagonista de altos vuelos interpretados por los estupendos Julio Perillán (con ese aspecto varonil, animal y misterioso, de lobo hambriento, que se adentra en el bosque para seducir lo prohibido) e Ivana Baquero (la lolita frustrada en una relación monótona con un novio pavo que descubre junto a su hermanastro cineasta las perversiones sexuales más oscuras). Aguilera nos invita a un cuento erótico, a cine dentro del cine, una fábula de cazadores, de pasiones desatadas, y deseos que se buscan irremediablemente, que destila una sensualidad desbordante, de calor sofocante, de cuerpos calientes, y sentidos a flor de piel, en un inquietante juego sexual en el que desconoces quién atrapa a quién y quién busca a quién, donde todo se mezcla y los dos hermanastros se sumergen a un perverso descenso a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, en este viaje endiablado hacia el interior, en el que no existen fronteras ni límites, en el que tampoco hay luz, sólo oscuridad y tinieblas,

Venus, de Lea Glob y Mette Carla Albrechtsen

DESNUDANDO EL SEXO FEMENINO.

“No sé hasta qué punto Jens, amigo mío de la infancia, y yo, conocíamos nuestras intenciones cuando, por las tardes, nos metíamos en la alcoba de mi madre. En cualquier caso, aprendimos dónde tocarnos y, claramente, allí sentí mi primer estremecimiento de deseo. Desde aquel momento, supe que lo que sucedía en aquella alcoba acabaría jugando un papel importante en mi vida. Como cuando tienes un nuevo hobby, que no puedes parar de pensar en él”.

 ¿Cada cuanto tiempo piensas en sexo? ¿Qué es lo que más disfrutas en la cama? ¿Has tenido alguna vez algún orgasmo? ¿Con cuántas personas has tenido sexo? Estas series de preguntas, y algunas más, a mujeres entre 18 y 25 años relacionadas con la sexualidad femenina fue el primer punto de partida en la que las directoras danesas Lea Glob, curtida en el medio televisivo, y Mette Carla Albrechtsen, del campo publicitario, se enfrascaron como trabajo de documentación para una película sobre la sexualidad de las mujeres. Aunque después de estudiar la respuesta de las protagonistas, desistieron de la película inicial, y pusieron en marcha una película sobre la sexualidad femenina contada por ellas mismas. El dispositivo es sencillo, convocaron un castin al que se presentaron una serie de mujeres y a través de una entrevista van contestando preguntas relacionas con su sexualidad, en el que hablan abiertamente sobre su sexo, su cuerpo, las relaciones mantenidas, como lo descubrieron, y demás cuestiones.

Observamos a mujeres de distinta sexualidad y diversas maneras de relacionarse con el sexo, desde lo más banal hasta las partes más perversas y oscuras. Una película que muestra el sexo sin discursos ni dogmas, aquí todo vale, todo es escuchado atentamente por las directoras, un salto al vacío en el que se cuentan los secretos más íntimos, las fantasías más ocultas, y sobre todo, cada una de ellas habla a la cámara sin pudor ni timidez, explicando todo aquello que les pone y lo que no, todos los diversos caminos del sexo que les han llevado a conocer mejor sus deseos y sobre todo, a conocerse mejor ellas mismas. La intimidad sexual y el propio cuerpo inundan cada toma, convirtiéndose en los protagonistas absolutos de la película, testimonios directos sobre experiencias vividas, imaginadas o fantaseadas, todo cabe en su declaración-sexual, un testimonio intimo y cercano en el que todas ellas desnudan su sexualidad frente a la cámara, ofreciendo una visión completamente distinta a la que la banalización del sexo, por parte de la moda, la publicidad y de los medios oficialistas, han construido en el imaginario de la población, optando por una falsa masculinidad donde la mujer parte como mero objeto sexual y sumisa.

Una película sobre mujeres, sobre su sexualidad y sus intimidades y secretos, para todos los públicos, para todos aquellos que quieran profundizar en un tema tabú en nuestras sociedades occidentales y bien pensantes, a las que les falta más comprensión, respeto y tolerancia con las mujeres y descubrir sus deseos más íntimos. Glob y Albrechtsen han construido un ensayo fílmico de grandes hechuras, colocando el foco en el interior de la sexualidad de cada mujer que nos habla, que nos cuenta, que nos explica, desnudándose delante de nosotros, en todos los sentidos, descubriéndose a sí misma, hablando de sus momentos de felicidad sexuales, y cómo no, de sus frustraciones, que también las hay, como todo en la vida. Un dispositivo cinematográfico sencillo y directo, en el que, a través del primer plano, y una exquisita sensiblidad y delicadeza, nos hacen participe de un mundo íntimo, en el que nos hacen cómplices, a nosotros los espectadores, que asistimos atentos a escuchar las experiencias sexuales de estas mujeres, en un camino vital de continuo aprendizaje sobre nuestros ser y las partes más profundas de nuestro interior.

Black, de Adil El Arbi y Bilall Fallah

175-cartel-black-okAMOR ENTRE FIERAS.

Mavela tiene 15 años y de raza africana, se siente sola y perdida, rehuye cualquier relación con su madre, y solo encuentra refugio y camaradería en los “Black Bronx”, una banda juvenil de centroafricanos que se dedica al robo y al tráfico de drogas. Un día, por casualidad o no, se encuentra en comisaría con Marwan, marroquí, de su misma edad, y perteneciente al grupo rival, los “1080”. Al poco, se citan y se enamoran. Es un amor sincero, y de verdad, adolescente y libre, pero debido a las circunstancias, deben ocultarlo y mantenerlo en secreto. El segundo trabajo de los realizadores Abil El Arbi y Bilall Fallah, después de la interesante Image (2014), en la que relataban como una periodista se introducía en el complejo mundo de la delincuencia a través de un joven marroquí, sigue en la misma línea, vuelven a situarnos en Bruselas, en la cara oculta y silenciada por los medios, en ese mundo de hijos de inmigrantes, que no pertenecen a ningún lugar, que se mueven en lo ilegal y lo transgreden, carnes de cañón con un no futuro.

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La acción arranca con una joven en medio del caos, necesitada de cariño y comprensión, que con la necesidad de huir de su madre, debido a sus carencias emocionales, acaba en el peor de los lugares, en las fauces de un dragón voraz y terrorífico. En frente, encuentra un leve respiro en Marwan y en los sentimientos que nacen entre los dos. El tono de los realizadores belgas, pero con raíces árabes, es muy seco, su violencia es física y brutal, no hay respiro, todo se desarrolla a través de la acción, una acción vertiginosa y que no deja lugar a ningún tipo de tregua. Todo sucede a un ritmo vertiginoso. La cámara filma de forma realista y transparente a estos jóvenes condenados, unas almas rotas y agazapadas, que se sienten extranjeros en el lugar donde han nacido, que encuentran en la delincuencia su forma de vida, en la que pueden adquirir todo aquello que desean sin necesidad de ninún tipo de esfuerzo y trabajo. Y en medio de toda esta suciedad y terror, algo de humanidad, la historia de amor de Mavela y Marwan, unos actualizados Romeo y Julieta, entre la disputa de sus respectivas familias los Capuleto y los Montesco, aquí, convertidos en bandas rivales a muerte, como ocurría en el inolvidable musical West Side Story, la eterna lucha fraticida entre unos y otros, todos ellos marcados y sin salida, que podría resumirse en el instante que escuchamos el tema “Back to black”, de la desaparecida Amy Winehouse, aquí versionado en forma de balada triste. Alegres pero en el fondo tristes.

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La película está bien construida, muestra un lado oscuro muy alejado de la Europa bienpensante y superficial, la realidad de esos niños en la frontera, niños perdidos en su propio país, que ni se sienten de el ni pertanecen a el, que viven en esos barrios pobres, sin recursos, con indices brutales de desempleo, y olvidados de todos, que encuentran en la amistad y en el compañerismo de apariencias una forma de vida, no trabajan, pero robando consiguen lo que quieren, no hay futuro, sólo viven y disfrutan del presente, un presente lleno de violencia, muerte, sexo y consumo rápido, todo va Deprisa, deprisa como contaba la excelente película de Saura. Quizás la cinta adolece de profundidad en su discurso, más interesada en una forma exquisita y descarnada, a partes iguales Bella y triste, romántica y llena de odio y venganza. Juega a su favor ese aroma naturalista y sangrante que recorrían las calles deshumanizadas de Kids, de Larry Clark o la marginalidad y negritud de El odio, de Matthieu Kassovitz. El trabajo interpretativo, tanto de la maravillosa pareja protagonista compuesta por Martha Canga Antonio y Aboubakr Bensaihi, amén del resto del reparto, ayuda a obtener la veracidad y frescura que se respira en la película. Es una historia conocida, pero no le quita méritos a la valentía y la propuesta de los directores en sumergirnos en este cruel descenso a los infiernos, en un relato que ocurre en todas las ciudades de esta Europa vendida como unida y próspera, pero en realidad, muy clasista, porque esa prosperidad solo levanta y mantiene a unos pocos privilegiados.

 

The Duke of Burgundy, de Peter Strickland

dAgDAYnZjFYdM55arJNkLbbG6koEL RITUAL DEL DESEO.

Rodeadas por un mundo artificial, en el que el tiempo se ha detenido o no existe, en un ambiente en el que se respira pulcritud y excelentes formas, encerradas en las cuatro paredes de una casa en medio de la naturaleza, dos mujeres, Cynthia, estudiosa de las mariposas y las polillas, mantiene una relación peculiar y oscura con su amante Evelyn. Las dos asisten a un juego sexual basado en un ritual que consiste en someter la voluntad del otro, los roles de amo y esclava, en la que una domina y la otra obedece, un extraño ritual en el que las dos se sienten unidas por el placer más profundo.

Peter Strickland (1973, Reading, Reino Unido) se ha situado en la vanguardia del cine contemporáneo con sólo tres obras. Su debut se produjo en Katalin Varga (2012) en el que nos sumergía en un viaje tenebroso en el que se sometía su protagonista para enfrentarse a un pasado terrible que pretendía ocultar en su alma, en su siguiente filme, Berberian Sound Studio (2012) un ingeniero de sonido se trasladaba hasta Italia para trabajar en una película “giallo”, y allí se introducía en un ambiente malsano en el que confundía realidad y ficción. En su nueva película, vuelve a explorar las relaciones humanas, construyendo un relato sobre el amor, y las relaciones de poder que se generan, un amor basado en el placer y en el sadomasoquismo fetichista, en el que todo parece irreal, como si estuviésemos metidos en un sueño macabro, en un lugar muy profundo y oscuro, y en el que parece que no tenemos escapatoria. Strickland nos sumerge con habilidad y elegancia en ese mundo aislado, en el que las leyes naturales han desaparecido o simplemente han dejado de existir, en que el amor se basa en la dominación hacía el otro, que obedece como un simple servidor de nuestros deseos y filias más profundas, como un ser que su única razón de existir fuese únicamente para satisfacer nuestro placer y nada más. Una imagina y la otra escenifica. Un juego macabro y siniestro en que las verdaderas razones del amor quedan supeditadas bajo el yugo del placer y el sexo.

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El cineasta británico prescinde de todos aquellos elementos que nos distraigan de su propuesta, crea una mise en scène ajustada y formalista, en el que asistimos a una amalgama de colores, sonidos y sabores, y de planos cortos y medios, y la importancia esencial del sonido, que refuerza la sensación de irrealidad y capta con detalle todos los elementos sensoriales cruciales en la construcción de la película, en el que la importancia de los detalles inunda la pantalla, los rostros, inertes y doloridos, según el caso, de las protagonistas, la belleza de sus cuerpos, presentados fragmentalmente, los objetos de la casa y las prendas de vestir que funcionan como partes esenciales del juego sucio al que asistimos. Un película eminentemente femenina, la presencia masculina queda anulada, y construida a través de los personajes, y todas sus sensaciones y complejidad psicológica, aparecen algunos personajes más, como la vecina cotilla que intrigada pregunta para conocer los detalles que se cuecen detrás de las puertas de esa casa, o las compañeras amantes de las mariposas y polillas en las conferencias que asisten, filmadas de modo aséptico en las cuales la irrealidad se manifiesta con más firmeza, la seriedad e incapacidad de mostrar emociones de las asistentes, o esos maniquíes adecuadamente situados entre ellas.

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Amén de los rituales de fetichismo que está elaborada con sumo cuidado la película, la ropa, las pelucas, la bisutería y demás detalles y complementes que utilizan las protagonistas para escenificar sus instintos sexuales y de dominación más profundos. Un par de actrices que se desnudan emocionalmente en este descenso a los infiernos (como lo fueron sus anteriores obras), una historia sexual sin ser explícita en el que Sidse Babett Knudsen,  como elegante y dominatrix de la función, y Chiara D’Anna (que ya estuvo en la anterior película de Strickland) como la sometida y aniñada que, reivindicará su condición con una sorpresa. El cine de Buñuel, con su sexualidad oculta y latente, incluso el cine bizarro de los 70 (el proyecto surgió como remake de una película de Jess Franco, con sus mujeres vampiras y sexo sangriento), sin olvidarnos de la música obra de Cat’s Eyes, elemento primordial para adentrarnos en esta historia sobre el amor, el sexo, el poder de las relaciones humanas, y sobre todo, sobre nuestros más bajos instintos sexuales y sociales que se manifiestan en nuestro interior, y se escenifican en las demás personas con las que nos relacionamos.

Esa sensación, de Juan Cavestany, Julián Génisson y Pablo Hernando

esa_sensacion_52885EL INMENSO VACÍO.

Tres directores: Juan Cavestany (1967, Madrid), autor de las imprescindibles Dispongo de barcos, El señor, Gente en sitios, entre otras, películas de costes muy reducidos que, desarrollan a través de breves secuencias, un compendio de lo absurdo de la existencia y cotidianidad, en el contexto de crisis económica, social y vital. Julián Génisson (1982, Madrid) del colectivo audiovisual Canódromo Abandonado, autor de La tumba de Bruce Lee (que se reserva un breve papel), y finalmente, Pablo Hernando (1986, Vitoria-Gasteiz), autor de los largometrajes Cabás y Berserker (2015). Y tres historias: Un extraño virus se propaga silenciosamente por la ciudad contagiando a los ciudadanos, a los que contagia sin remedio, sometiéndolos a situaciones sin sentido, en las que preguntan y formulan cuestiones sin venir al caso, dejándolos fuera de juego, y además, provocando la estupefacción de sus asombrados acompañantes. En la segunda, un hijo, vendedor de pisos, sigue a su padre que parece perdido sin tener muy claro quién es y qué hacer. Y para terminar, una mujer joven y atractiva tiene relaciones sexuales con todo tipo de objetos que se va encontrando en su camino.

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Tres miradas y tres relatos, tres formas de reflexionar y penetrar en el vacío existencial de la cotidianidad y el absurdo de nuestras vidas, desde un punto de vista irónico y sarcástico, situaciones surrealistas, incluso esperpénticas, de las que vemos cada día, pero siempre manteniendo un tono serio en lo que se cuenta. Historias que se narran de forma paralela, a modo de vidas cruzadas, en la que se opta por miradas y acercamientos diferentes: La del extraño virus, da una vuelta de tuerca más al cine reciente que ha ido haciendo Cavestany, un cine focalizado en las miserías y absurdos humanos, se mantiene fiel a sus antecesoras, pero optando por nuevos caminos, mantiene algunas de sus características, eso sí, como las abundantes localizaciones, o las tomas largas, mantiene un tono cercano y transparente, produciendo situaciones incomódas y esperpénticas, y una gran variedad de vaiopintos personajes que abarcan todas las clases de condiciones sociales y carácteres, sigue provocándonos mucha extrañeza y absurdidad, y penetra de modo salvaje, aún más si cabe, en la profunda herida de la desorientación de los ciudadanos. Continuando con la del hijo que intrigado por la actitud extraña de su padre, lo sigue por las calles y lo espía, un relato que nos habla de la fe, del descubrimiento de la fe católica por parte del padre, y el hijo, atónito por el hecho, no cesa de preguntar, buscando respuestas  pero es incapaz de  encontrar la manera de entender. Quizás, padre e hijo, se parecen mucho más de lo que uno u otro desearían. Un relato contado a modo de thriller urbano, con una cámara que funciona como testigo accidental a todo aquello que está sucediendo.

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Y para redondear la función, la de la chica enamorada de objetos, compuesta sólo por acciones, prescindiendo de diálogos, apoyada en una cámara pegada a su personaje, que sigue sin cesar a un personaje ávido de deseo que huye de un pasado que quiere olvidar, describiendo esas zonas oscuras que despiertan nuestro deseo, protagonizada por una actriz en estado de gracia, Lorena Iglesias, que mantiene de forma ejemplar la curiosa desviación sexual de su personaje, dotándolo de humanidad y extrañeza, y haciendo creíbles las situaciones con sólo gestos y miradas. Una cinta que demuestra la capacidad de nuestros creadores, que suplen la falta de medios, con una inagotable energía de talento y sabiduría, para seguir produciendo películas que hablen de los tiempos de ahora, desde miradas y puntos de vista diferentes, que actúa a modo de resistencia contra la corriente generalizada tan vacía y superficial. Cavestany, Génisson y Hernando han construido una película de ahora, contada de forma irónica y muy ácida, en la que ponen el dedo en la llaga en esa inmensa vacuidad instalada en todos nosotros, esa falta de rumbo y valores que se han perdido debido a la crisis. Una obra de nuestro tiempo, demoledora, y sin adornos, que habla de personas como nosotros, seres vacíos que no se encuentran a sí mismos, ni a los demás, que no saben adónde ir ni que hacer, individuos solitarios, faltos de vida, que deambulan como fantasmas por ciudades cada vez más extrañas y automatizadas, en un mundo caótico, materialista y falto de valores.