Las golondrinas de Kabul, de Zabou Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

BAJO EL YUGO TALIBÁN.

“Ser tirano no es ser, sino dejar de ser, y hacer que dejen de ser todos.”

Francisco de Quevedo

La acción se sitúa en el verano de 1998, en la ciudad de Kabul (Afganistán) bajo el yugo de los talibanes, un régimen de horror que acabó con cualquier atisbo de resistencia, y sobre todo, creo un mundo donde la mujer quedó anulada, al amparo del hombre, oculta bajo el burka, vilipendiada y sometida al amparo del tirano. Habíamos visto películas interesantes y profundas sobre este atroz tiempo de la historia del país árabe como Osama, de Siddiq Barmak, A las cinco de la tarde, de Samira Makhmalbaf o Buda explotó por vergüenza, de Hana Makhmalbaf, donde se daba buena cuenta de la terrible situación de la mujer afgana. Incluso, en junio del año pasado, y también con las técnicas de animación, conocimos el relato de Parvana, la heroína de El pan de la guerra, de Nora Twoney, que al igual que ocurría en Osama, su familia la convertía en chico para poder subsistir. Ahora nos llega, Las golondrinas de Kabul, basada en la novela homónima de Yasmina Khadra, que nos cuenta las peripecias de Zunaira y Mohsen, una joven pareja que vive en Kabul, y cómo su destino hará que la penosa y oscura existencia bajo el régimen talibán les dé una oportunidad diferente a la que tienen.

Los productores de Bienvenidos a Bellevilley Ernest & Celestine, dos de las últimas películas de animación francesas de éxito, confiaron en el talento de Zabou Breitman (París, Francia, 1959) con una extensa filmografía como actriz, y directora de teatro y cine con cinco títulos de acción real en su haber. A través de la técnica de la rotoscopia (filmar con intérpretes acciones reales que después se pasaran a animación) misma técnica utilizada en grandes obras del género como Yellow Submarine,  El señor de los anillos, A Scanner Darkly o Vals con Bashir, y la magia de los dibujos en acuarela de Éléa Gobbé-Mélvellec (Francia, 1985) que ya había trabajado en Ernest & Clestine, la simbiosis perfecta para llevar a cabo la sensibilidad y belleza que requería la novela de Khadra. Un espacio que nos sumerge en la cotidianidad de ese Kabul espectral y vacío, donde apenas se ven rastros de vida, en el que todos sus habitantes se mueven por inercia, desplazándose con miedo, agazapados en una realidad terrorífica y desoladora.

La película de Breitman y Gobbé-Mévellec capta con absoluta precisión y detalle todo ese universo deshumanizado, construido a través de las miradas y gestos de unos personajes encerrados en una existencia desgarradora y asfixiante, en que el dibujo nos muestra la cotidianidad de manera abstracta, situándonos en un paisaje urbano que describe el abatimiento que sienten los protagonistas del relato, vaciándonos el espacio y dejándonos en mitad de ese desgarro infernal en el que los talibanes han convertido Kabul, donde crece la infamia, el dolor, el miedo y la sinrazón a cada instante, como el terrorífico detalle de la mirada de las mujeres a través de la rejilla del burka o esa demoledora secuencia de la lapidación. Las directoras francesas parecen guiarnos por una película muy deudora del cine iraní, con la sombra guiadora de los Kiarostami, Panahi, Makhmalbaf, entre otros, un cine que reflejaba en la infancia los durísimos embates contra la población iraní bajo el régimen de los ayatolás.

La cercanía, el preciosismo y la belleza que hace gala la animación se convierten en el mejor vehículo para contarnos de manera sincera e intimista el infierno cotidiano y existencial que viven los personajes, consiguiendo en muchos instantes que olvidemos la animación y nos sintamos frente a un documento real sobre la situación vital de la población afgana que padeció tamaño sufrimiento, sensación manifiesta gracias a la fantástica ilustración, acompañado de un movimiento y sonido evolventes, con el aroma que desprende y la precisión de su brillante guión, transformando un relato que va más allá de la simple historia, para adentrase en un terreno más universal, con unas personas que sueñan con ser libres y luchan por conseguirlo, donde las circunstancias del momento pueden cambiar de tal forma que el infierno persistente y agobiante de la realidad, abra un resquicio de luz por el que la vida ofrezca una oportunidad inesperada pero real para sus vidas, como ocurría en Funan, de Denis Do, otra impresionante muestra de cómo la animación evocaba los infiernos personales de los camboyanos bajo el yugo de los Jemeres Rojos.

En Las golondrinas de Kabul (bellísimo título que evoca a esa libertad que añoran los personajes de la película) Breitman y Gobbé-Mélvellec consiguen unos personajes diversos y complejos, todos en situaciones difíciles, todos en encrucijadas vitales en las que deberán situarse en aquel lugar de resistencia aunque para ellos tengan que sacrificar muchas cosas, en una trama brutal y magnífica que va in crescendo, con un ritmo desbordante en el que no dejará indiferente a ningún espectador, soportando esa malvada cotidianidad donde solo los valientes y sobre todo, aquellos que nada tienen que perder, se atreverán a ir más allá, a cruzar las líneas que jamás hay que cruzar en situaciones tan horribles, en creer que hay vida tras los muros de la ignominia y la crueldad talibán. Una película humanista, sencilla, honesta, maravillosa e íntima que sabe sumergirse con maestría en la cotidianidad de los afganos bajo el yugo talibán, en sus ilusiones rotas, en sus conciencias abatidas, en sus sentimientos vaciados, y sus dignidades pisoteadas, pero también, nos muestra que todo esa frustración vilipendiada y oculta, puede un día emerger y construir un espacio de libertad y dignidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Amor está en el Agua, de Masaaki Yuasa

CABALGAR TUS PROPIAS OLAS.

“El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro”.

Concepción Arenal

Minako se muda a la costa para empezar sus estudios de oceanografía y así poder estar cerca del mar para realizar su gran pasión, surfear las olas. Una noche, unos desalmados provocan un incendio en el edificio que vive, y es rescatada por Minato, un bombero que tiene como objetivo vital ayudar a los demás. Entre los dos jóvenes, surge el amor, y devoran su pasión del mar y las olas. Un día, la tragedia se ceba con ellos y Minato fallece cuando intenta salvar a alguien. A partir de ese instante, la existencia de Hinako se sume en el dolor y la invisibilidad. Pero, un día, la joven empieza a reencontrarse con el espíritu de Minato en el agua mientras interpreta la canción favorita de ambos. El nuevo trabajo de Masaaki Yuasa (Fukuoka, Japón, 1965) uno de los grandes de la animación japonesa a la altura de otros grandes cineastas como Hayao Miyazaki, Keiichi Hara y Mamoru Hosoda, autores que han elevado la animación hacia cotas deslumbrantes donde imponen una gran belleza visual, una imaginación desbordante y sobre todo, unos relatos íntimos, profundos y personales que abarcan historias sobre la infancia, el dolor, la pérdida y la infelicidad, entre muchas otras.

Yuasa que trabaja indistintamente en televisión con magníficas obras como Kemonozume (2006) Kaiba (2008) o The Tatami Galaxy (2010) o en cine con títulos tan celebrados como Night is short, Walk on girl o Lu over the Wall, ambos del 2017. Títulos donde principalmente se explican historias de amor difíciles y complejas en contextos adversos y oscuros. En El amor está en el agua se mezclan elementos característicos del  universo de Yuasa como son el amor, la amistad, el tiempo y la pasión, entre otros, en un relato que pasa de la comedia al drama con una facilidad deslumbrante, para hablarnos desde la sinceridad y la cercanía sobre la pérdida, y sobre todo, la importancia de encontrar las herramientas para enfrentarse al dolor y poder superarlo, con la compañía de los más íntimos que tiene Hinako, en dos posiciones diferentes que funcionan como reflejo en que mirarse. Por un lado, Yoko, la hermana pequeña del fallecido Minato, que opta por una actitud seria y enfadada, y por otro lado, el posicionamiento de Wasabi, el compañero de Minato, con una actitud más dialogante y comprensible.

El cineasta japonés opta por situarnos en el centro del dolor a través del personaje de Hinako, siguiendo en su camino de duelo por el que atraviesa, mirando su rostro, sus recuerdos y los instantes que comparte con el espíritu de Minato, en una senda en la que deberá aprender a despedirse para poder caminar sola, y enfrentarse a sus miedos e inseguridades. Una película que mezcla con absoluta magia, como es habitual en la animación japonesa, la cotidianidad más cercana con la fantasía más deslumbrante, donde todo se mezcla y se funde, en la que cualquier objeto o espacio adquiere connotaciones mágicas en las que los personajes, después del susto inicial, van abrazando adecuándolos a su vida, entrando en ese universo-limbo donde lo fantástico se convierte en cotidiano, un tránsito para vencer esos miedos que nos atenazan y nos impiden avanzar y sobre todo, perdonarnos y perdonar, para seguir con nuestras vidas.

Yuasa nos lleva en volandas por su relato, contándonos una historia compleja y durísima, pero también redentora, alegre y vital, hablándonos de todos los obstáculos emocionales que se nos presentan en la existencia y como debemos enfrentarnos a ellos, con valentía a pesar del dolor, con alegría a pesar del vacío y sobre todo, en pie y firme, para mirar de frente a los sinsabores y encontrar esas ayudas en forma de amistad que nos darán los empujones que necesitamos para volver a ser lo que éramos, y a hacer lo que hacíamos, acompañándonos con lo que se fue, pero sin tristeza, solo con alegría de lo que vivimos, de lo que sentimos y de lo que todo experimentamos y aprendimos junto a esa persona que ya no está. Una película maravillosa y didáctica sobre la vida, el hecho de vivir, crecer, aprender y respirar, de cómo relacionarse en los momentos más difíciles, y también, de volver a aprender, en un aprendizaje constante que es vivir, para volver a surcar las olas desde la libertad de quiénes somos, donde estamos, y donde estuvimos, qué queremos, y teniendo un presente para seguir viviendo, experimentando y sintiendo. JOSÉ A. PEREZ GUEVARA

Chris el suizo, de Anja Kofmel

DESENTERRANDO LA MEMORIA.  

“Algunos periodistas no aceptaban su papel allí como observadores. Se involucraban mucho en los hechos”

Heidi Rinke, periodista

La muerte de su primo Chris Würtenberg, de 27 años de edad, en enero de 1992 cerca de Vukovar (Croacia) dejó sin referentes a Anja Kofmel (Lugano, Suiza, 1982) que contaba apenas 9 años. Con la desaparición de Chris moría su amigo del alma, su primo favorito, su hermano mayor. La muerte de Chris fue el tema de Chrigi, un cortometraje de animación que fue trabajo de final de carrera. Veinticinco años después, Anja, ya convertida en una cineasta, vuelve a los escenarios de la guerra de los Balcanes (1991-1995) para rastrear las huellas de su primo, aquel joven suizo que dejó su pacifico país para documentar la guerra como reportero. Kofmel se reúne con aquellos que conocieron a Chris, su hermano y sus padres, otros reporteros que compartieron vivencias en la guerra, incluso va más allá, encontrándose frente a un mercenario de guerra que compartió fatigas con Chris, y con el ex terrorista Carlos “El Chacal”. Todos esos encuentros van formando un caleidoscopio humano muy complejo sobre la personalidad de Chris, alguien que en cierto momento, dejó el periodismo para enrolarse en el PIV (Primer Pelotón de Voluntarios Internacionales) un grupo paramilitar fundado por Eduardo Rózsa-Flores, otro periodista, para combatir al ejército serbo-croata apoyado por el Ejército Popular de Yugoslavia.

Kofmel traza un periplo complicado en el que recopila toda la información disponible, volviendo a los lugares donde estuvo su primo, rastreándola incluso debajo de las piedras, recogiendo todos los testimonios de aquellos que trataron a Chris, encontrando las razones de cómo alguien dejó su oficio de narrar los hechos para pasar a la acción y enrolarse en un grupo militar que tenía fama de sanguinario y devastador. La cineasta suiza sigue el curso de los acontecimientos a través del diario de Chris, donde aparecen hechos concretos, lugares y personajes, también vemos imágenes de archivo que van ofreciendo luz a tantas tinieblas, y como otros documentales, nos acordamos de Vals con Vashir o Persépolis, entre otros, ilustra a través de dibujos y animación aquellos instantes y situaciones que surgen a través de la documentación y la imaginación, con una animación espectacular, donde resalta un poderoso blanco y negro, extraordinariamente imaginativo y visual, moviéndose a través de lo onírico, lo abstracto, y construyendo la relación personal entre Chris y Anja.

La película tiene ritmo y energía, combina de manera sobresaliente todos los datos en liza, con esa estructura imaginativa donde la investigación adquiere un in crescendo apabullante, donde no hay tregua, todo sigue un curso emocionante a través de los testimonios, documentos e información. Un documento necesario y valiente que ahonda en la estupidez de las guerras, los innumerables intereses de los estados occidentales, y todos esos grupos paramilitares que utilizan las guerras para hacer sus guerras personales e interesadas, provocando el caos, la violencia y el sinsentido en un país y sus gentes. Kofmel recopila muchísima información, pero no la suficiente para encontrar los responsables del asesinato de su primo Chris, alguien lanza acusaciones pero en el fondo meras hipótesis, aunque quizás el significado de la película de Kofmel va muchísimo más allá, en el sentido en que no solo confecciona un riguroso y documentado thriller de investigación, sino que convoca a todos los actores que concurren en una guerra como los periodistas y paramilitares, y consigue extraerles toda la maraña de intereses, tanto personales como gubernamentales, que concurren en una contienda, donde todos tienen sus motivos para estar ahí. Unos, recopilando información para mostrar al mundo todo lo que allí se cuece, y otros, aprovechando la guerra para dinamitar el estado que sea necesario.

La película deja muchos enigmas sin resolver, pero también aclare otros muchos, dirigiendo sus acusaciones a todos los gobiernos implicados en la guerra de los Balcanes, esos gobiernos que primero provocan la guerra, luego la mantienen, y finalmente, acaban con ella y se hacen los “responsables de la paz”, reconstruyendo y ayudando al país, para seguir embolsándose mucho dinero a costa de los demás. Una película incómoda por todo lo que cuenta y cómo lo cuenta, desde una perspectiva sencilla y directa, intentando esgrimir todo lo vivido y experimentado por un joven aventurero, intrépido y muy idealista que encontró su camino en la guerra como reportero, pero también, en un momento que desconocemos, cruzó unas líneas que no tenían marcha atrás, porque quizás su efervescente juventud le animó para ser testigo directo de la guerra desde una perspectiva más intensa y profunda, porque Chris “el suizo”, como le llamaban sus colegas, quiso ir más allá, quizás su arrojo y carácter lo llevo demasiado lejos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Wonderland, de Keiichi Hara

NEKANE EN EL PAÍS DEL AGUA Y EL COLOR.

Nekane finge estar enferma porque no le apetece ir al instituto. Se ha levantado con un día espléndido, pero ella se siente triste y no sabe porqué. La idea de vaguear por casa se trunca cuando su madre le envía a recoger un encargo a la tienda de todo de su tía Chii, una mujer demasiado absorbente para la timidez y apatía de Nekane. Una vez allí, por casualidad, Nekane abre una compuerta secreta del que aparece el alquimista Hipócrates, un ser de otro mundo que le explica a Nekane que ella es la salvadora para el problema terrible que acecha su mundo, un mundo donde el agua está en peligro y eso provoca que el color desaparezca. El entusiasmo de la tía arrastra a Nekane a semejante aventura. El nuevo largometraje de Keiichi Hara (Tatebayashi, Japón, 1959) nos invita a sumergirnos en un viaje fantástico, basado en el libro Chikashitsu Kara no Fushigina Tabi, de Sachiko Kashiwaba, un viaje de consecuencias imprevisibles, un viaje que Nekane y su tía Chii harán junto a Hipócrates y su fiel Pipo, una especie de duende mágico fiel escudero del inventor.

Hara creador de Shin Chan, al que le ha dedicado serie y varias películas, ha saltado a la fama como obras como El verano de Coo (2007) en la que nos hablaba de la amistad sincera entre un ser de la mitología japonesa y un chaval en el Japón actual, en Colorful (2010) indagaba en un tema de gran impacto social como el suicido en su país, a través de la reencarnación y la búsqueda del motivo de alguien que termino con su vida. En Miss Hokusai (2015) rescataba la vida olvidada de una pintora del feudal japonés ensombrecida por su padre. En The Wonderland, vuelve a contar con Miho Maruo, su guionista habitual, para contarnos una película que no estaría muy lejos de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, en la cual una jovencita se interna por azar, en un mundo diferente al suyo, en un universo donde habitan arañas que controlan el espacio-tiempo, pájaros y peces gigantes, ovejas enormes que forman esferas perfectas, y personas como ella que viven aterrorizadas porque la falta de agua está convirtiendo su mundo en un espacio sin colores, en que la vida va desapareciendo y todos los seres se ven avocados al desastre total. Nekane es su salvación, alguien de otro lugar, alguien destinada a encontrar el antídoto contra aquellos que intentan atentar contra el agua como el oscuro Xan Gu y su fiel Doropo.

El cineasta nipón ha contado esta vez con el ilustrador visual ruso Ilya Kuvshinov, para imprimir un estilo visual magnífico e impactante, donde el color brilla en todo su esplendor, donde los personajes, perfectamente ilustrados y encantadores, nos seducen desde el primer instante, dejándonos llevar por esa magia fantástica que tienen las películas de animación japonesas, que tocan con maestría e intimidad cualquier conflicto, por muy arriesgado que parezca a simple vista, para hablarnos de enfermedades, suicido, depresión, aislamiento, miedo, etc… desde lo más profundo y sincero, sin caer en el sentimentalismo o las fórmulas mágicas, sino sumergiéndonos en el problema de una forma veraz y honesta. En The Wonderland, el conflicto radica en el agua, en su falta y sobre todo, en su mala gestión, en la que unos la quieren para sí, y de esa manera arrasar con todo este mundo, relacionando el agua como bien humano, y el color como la consecuencia de ese mundo que sin el preciado tesoro del agua desaparecería irremediablemente.

Como no podría ser de otra manera, entre los personajes impera el conflicto del pasado, de aquello que fueron de todo lo roto entre ellos, donde el presente y el conflicto del agua deberá resolver también muchos conflictos pasados que siguen abriendo las heridas sin cicatrizar. La inagotable imaginación del relato que nos cuentan, así como la gran variedad de espacios, a cada cual más increíble y fantástico, y la oscura relación entre algunos de los personajes, hacen de la película un gran puzle de variedad narrativa y formal, que no solo apabulla sino que también nos convierte en un personaje más de ese universo peculiar, lleno de fantasía, pero también de terror. Nekane al igual que Alicia pasa del estupor y el miedo del principio de su aventura a la decisión y la brillantez a medida que avanza la historia, convirtiéndose en un podríamos decir leitmotiv de mucha de la animación japonesa, donde el/la protagonista no solo se ve envuelta en una aventura de dimensiones grandes sino que también le sirve para crecer como persona, madurar y enfrentarse a los problemas de la vida adulta, envuelta en ese tiempo de tránsito donde deja de ser una niña para emprender la adultez, aunque sea a marchas forzadas.

Hara ha construido una conmovedora e intensa fábula ecologista, llena de humanismo, fraternidad, amor, aventura, color, negrura, drama, amistades de toda índole, que sitúa al agua como centro de la acción, convertida en el tesoro más preciado de la vida, en un elemento indispensable para vivir y sobre todo, en la fuente que da color, luz y alma a los habitantes del mundo. Quizás algunos echarán en falta algo de empaque emocional en el relato, pero no le resta ni un ápice de verosimilitud y tensión dramática, en la que nos seduce con esa sensible mezcla entre realidad y fantasía, entre aquello que nos creemos que somos y lo que en realidad somos, en una aventura a lo desconocido, a convertirse en protagonista, a sentir el miedo, la verdad y la difícil tesitura de tomar decisiones que nos obligan a dejar unas cosas y decidir otras, al fin y al cabo a ser responsables de nosotros mismos y acarrear las consecuencias de las decisiones que tomemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solan & Eri, misión a la luna, de Ramus A. Sivertsen

EL ESPACIO Y MÁS ALLÁ. 

Solan y Eri nacieron alrededor de los años cincuenta en el diario Mannskapsavisa de la mano del dibujante y caricaturista Kjell Aukrust (1920-2002). Pronto las historias del pato Solan y el erizo Eri, junto con su humano creativo e inventor, se convirtieron en muy populares entre la audiencia finlandesa, pasando a libros y otro tipo de publicaciones. En 1975 el director Ivo Caprino ya llevó una de sus historias a la gran pantalla con Grand Prix en la montaña de los inventos, que distribuyó Pack Màgic, en la que el peculiar trío se enfrascaban en la construcción de un coche de carreras para participar en una carrera en su pueblo de Flaklypa. En Solan & Eri, misión a la luna, se basa en los personajes creados por Aukrust pero con la variedad que la historia nace de la imaginación de Ramus A. Sivertsen (Inderoy, Noruega, 1972) director y animador que lleva desde el año 2008 haciendo películas de animación cosechando grandes éxitos como la trilogía de Flaklypa, en la que ya experimentó con los personas de Solan y Eri, o las populares El bosque de Haquivaqui o Dos colegas al rescate, estrenadas en España.

En la nueva aventura, recoge el espíritu de Aukrust para llevarnos a un historia en la que el trío protagonista pretende ir a la luna medio siglo después de la primera llegada. Sivertsen mediante técnicas de stop motion y steampunk, dan vida a estos cercanos y excéntricos personajes, encabezados por Solan, un pato intrépido y valiente, junto a él, su fiel amigo y compañero Eri, un erizo demasiado prudente y acobardado, y para cerrar este terna nos encontramos con el humano con el que viven, un señor que vive en lo alto de una montaña en la que aparte de arreglar bicicletas, es un consumado inventor de todo tipo de artilugios motorizados como coches de carreras y cohetes. La película tiene una retahíla de secundarios que se mueven entre lo excéntrico y la crítica social como el recto y parsimonioso representante del gobierno, que propiciará el viaje con la financiación, la aprovechada y egocéntrica alcaldesa, los reporteros que cubren el viaje a la luna, que parecen una pareja de humoristas, el bobo y el pasota, o ese fabricante de quesos que ve en la luna una forma fácil de sacar dinero.

El relato contiene de todo, humor irónico, muy crítico con los poderes, y también, ese humor irreverente, en el que las situaciones que se van generando tienen mucho de slapstick a lo Keaton, Lewis o Sellers, creando situaciones inverosímiles pero tremendamente divertidas, en este extraño y cercano viaje a la luna, con todo ese funcionamiento del cohete, entre lo más artesano y mecánico, en el que el universo de Julio Verne es una de las grandes fuentes de inspiración. La película tiene ritmo y honestidad, no cesan de suceder situaciones que complican aún más si cabe el viaje, como inesperados tripulantes del viaje, o alguna que otra idea del representante gubernamental que tiene otros planes con la luna. La película es divertida, creativa y extraordinariamente imaginativa, conservando el espíritu productivo y creativo de grandes del género como Svankmajer, Trnka o Nick Park, creador de Wallace & Gromit, pero también muy crítica con los tejemanejes del poder y su forma de embaucar a unos aventureros inocentes como Solan, Eri y el inventor, para que ejecuten, sin saberlo, sus planes demoníacos.

En sus ochenta minutos trepidantes encontramos de todo, amistad, fraternidad, compañía, pero también, intereses, egoísmo, afán de protagonismo y una mala praxis de la utilización de los recursos personales y naturales. Un relato que nos interpela directamente a los espectadores, en cuestiones que nos atañen como la utilización de los recursos económicos por parte del gobierno, las malas prácticas de os recursos naturales, y ese afán de protagonismo y de invasión ajena para embolsar las cuentas, ajenos a las necesidades de la población. Una película que hará disfrutar a los más pequeños de la casa, y a sus padres acompañantes, porque hay para todos, donde la comedia disparatada y de tartazos se mezcla con la crítica al poder, pero haciéndolo de forma divertida y cercana, alejándose de la moralina tan añeja o el sentimentalismo de otros filmes, aquí se habla de amistad y compañerismo, de ir todos a una, ayudándose y siendo uno, creando esa empatía necesaria para vencer los obstáculos que se presenten, y sobre todo, entender al que tenemos delante, sin importarnos sus defectos o debilidades, sino abrazando todas sus virtudes y apoyándolos, creyendo en ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Breadwinner (El pan de la guerra), de Nora Twomey

SOBREVIVIR EN EL HORROR.

En Yentl, de Barbra Streisand, una joven, hija de un rabio judío ortodoxo, se disfrazaba de hombre para acceder a la enseñanza en un pueblo de la Europa oriental de principios del siglo XX. Situación que han tenido que vivir mujeres de toda clase social, cultural y religión a lo largo de la historia de la humanidad. Cambiar su identidad y adoptar la del hombre para romper las barreras impuestas y seguir avanzando a pesar de todas las leyes de los hombres. Algo parecido tendrá que hacer Parvana, una niña de 11 años en el Kabul (Afganistán) dominado por los talibanes, que prohíben a las mujeres toda clase de libertades. Parvana se ve obligado a cambiar su identidad cuando su padre es detenido y encarcelado, convirtiéndose así en su nuevo rol de salir a trabajar para alimentar a su madre, hermana mayor y hermano pequeño. Hace una década cuando todos nos maravillamos con la magnífica obra de animación El secreto del libro de Kells, codirigida por Tomm Moore (Newry, Reino Unido, 1977) y Nora Twomey (Cork, Irlanda, 1971) en la que relataban las vicisitudes que pasaba Brendan, un joven monje que debía de cuidar de un libro mágico en la Irlanda del siglo XI. Su segundo trabajo salido del estudio de animación “Cartoon Saloon”, se materializó con La canción del mar (2014) dirigida por Moore en solitario, en la que nos contaban la peripecia de un Niño Foca, último en su especie por sobrevivir en su regreso a casa.

Ahora, nos llega The Breadwinner  (El pan de la guerra) dirigida por Nora Twomey en solitario, basándose en las novela homónima de Deborah Ellis, para sumergirnos en un ambiente realista y sincero, donde seguimos a Parvana y su familia y como sobreviven bajo el régimen de los talibanes, siguiendo a la niña convertida en chico, en un argumento muy similar al que vimos en la película de acción real Osama (2003) de Siddiq Barmak, en su día a día en ese Kabul de “hombres” en la calle, porque la decisión de Parvana no es la única y encontrará a Shauzia, otra niña convertida en chico para salir a la calle y trabajar para su familia. La intención de Parvana es reunir dinero para liberar a su padre y dar de comer a su familia. Parvana y Shauzia nos recuerdan a los niños de Dickens de la época Victoriana de finales del XIX y su forma de ganarse la vida, yendo de aquí para allá, inteligentes, traviesos y suspicaces ante el horror cotidiano que les ha tocado vivir a tan temprana edad, con la ficción en forma de cuentos como espacio para liberarse del horror cotidiano, y sobre todo, no perder la esperanza.

Twomey, como en las anteriores producciones del estudio, hace gala de un virtuosismo de la ilustración y la animación, recordando en muchos sentidos a la artesanía y fantasía que derrochaba Lotte Reiniger y su adorable Las aventuras del príncipe Achmed (1926) y la profundidad y complejidad que hay en el cine del Studio Ghibli, en el que se hermanaría en el rol femenino como auténtica protagonista del relato y sobre todo la capacidad inventiva del ser humano ante el horror. La directora irlandesa no opta por cambios bruscos en el guión y cosas por el estilo, sino todo lo contrario, en el que la sobriedad y la sinceridad se instalan por completo en la película, llevándonos por el Kabul más transitado o más desértico, mostrándonos de un modo realista y honesto las dificultades para conseguir trabajo remunerado y las circunstancias de un estado de preguerra en el que se encuentra la ciudad.

Conoceremos de primera mano todas las penalidades varias con las que se tropiezan las dos niñas camufladas en su devenir por una realidad durísima y triste, con ese miedo intenso y desesperanzador que en cualquier momento puedan ser descubiertas. Una obra íntima y fascinante que nos habla de la superación del ser humano por sobrevivir cueste lo que cueste y su capacidad imaginativa para salir de los entuertos más hostiles, en la que Parvana demuestra a los demás y a sí misma que es capaz de seguir remando a contracorriente, de seguir avanzando en las condiciones más adversas y sobre todo, de ser un apoyo invencible para los suyos, sin olvidarnos la necesidad de esperanza en un mundo que ya no la tiene, de seguir creyendo que aunque las circunstancias digan lo contrario, siempre hay lugar para la esperanza, para la amistad y el amor.

Twomey en su primera incursión en solitario en el largometraje, demuestra su capacidad innata en el virtuosismo pictórico de la película, que al igual que sus antecesoras, la película consigue un dibujo magnífico y una animación fascinante, con un ritmo trepidante con momentos conmovedores con otros más duros, destapándose como un grandísima narradora de lo cotidiano, creando una película que tiene mucho del cine neorrealista italiano, aquel que mostraba un país desahuciado y como sus habitantes salían cada día a la calle para encontrar el sustento y sonreír aunque el paisaje desolador se empecinase en lo contrario, Parvana podría ser uno de esos niños de El limpiabotas, de De Sica o ese otro niño en Paisà o el Edmund de Alemania, año cero, ambas de Rossellini. Todos ellos infantes sumidos en el abismo, en la cotidianidad más hostil, en un mundo deshumanizado, pero con algo de esperanza, porque siempre la hay, aunque a veces cueste verla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Okko, el hostal y sus fantasmas, de Kitarô Kôsaka

AFRONTAR LA PÉRDIDA.

Los cinéfilos de pro no cabe duda que conocerán a Nausicaä, Mononoke, Momo, Mima Kirigoe, Makoto o Chihiro, todas ellas adolescentes o jóvenes enfrentadas a tesituras de órdago, a estados emocionales difíciles que las llevarán por caminos complejos de transitar, heroínas cotidianas muy a su pesar, envueltas en problemas que les transportarán en viajes emocionales de primer orden, viajes que les ayudarán a conocerse más, a interiorizar más, a descubrirse y sobre todo, a afrontar las pérdidas que en muchos casos padecen. No debería sorprendernos el indudable interés de la animación japonesa en tratar la complejidad de la pérdida a través de la mirada femenina, ya que están pobladas de mujeres sus películas, protagonizadas por chicas sacudidas por el dolor y con un carácter indomable que les hará enfrentarse a todo aquello que les enquista en su existencia. Okko es una chica que viene a sumarse a las anteriormente citadas, ya que después de perder a sus padres en un accidente de tráfico, su vida cambia de raíz y se traslada a vivir junto a su abuela en la ciudad de la primavera llamada Hananoyu, donde trabajará en el pequeño hostal familiar, un ryokan de aguas termales, una posada tradicional japonesa. Allí, las cosas indudablemente que no serán nada sencillas y deberá lidiar con su nuevo hogar, sus nuevas obligaciones y todo lo que ello conlleva.

El cineasta Kitarô Kôsaka (Prefectura de Kanagawa, 1962) miembro durante muchos años del Studio Ghibli, el gran estudio de animación japonés que dirigían Hayao Miyazaki y Isaho Takahata, siendo uno de los más destacados en los equipos de producción de películas tan memorables como La tumba de las luciérnagas, La princesa Mononoke o El viaje de Chihiro, entre muchas otras Su puesta de largo fue en el 2003 con Nasu, verano en Andalucía, sobre la historia de Pepe, un ciclista que participa en la Vuelta de España, le siguió cuatros años después una secuela, Nasu, A Migratory with Suitcase. Ahora, después de años dedicados a la producción y a la dirección de equipos de animación, vuelve a ponerse tras las cámaras adaptando las novelas juveniles Wakaokami wa Shogakusey, de Hiroko Reijo, en un guión firmado por Reiko Yoshida, que está detrás de títulos tan importantes como A Silent Voice.

El director japonés envuelve su película de un cuento sensible y sincero sobre las dificultades de adaptación de una adolescente en el medio rural, en otro ambiente y con la carga de haber perdido a sus padres, con el añadido que en su nueva vida recibe la visita de unos seres peculiares, se les presentan fantasmas que tienen que ver y mucho con su nueva existencia, porque se tratan del amigo de la infancia de su abuela, la hermana mayor de la alumna más repipi y extravagante de clase, que resulta que también es la hija de los propietarios del hotel más lujoso de la zona, y finalmente, un diablillo glotón que atrae a personas con problemas emocionales, porque Okko tendrá que atender a personas con su mismo conflicto, vivir después de una perdida, tales como un chaval que acaba de perder a su madre, una joven que ha roto con su amor, o un padre de familia que se recupera de un aparatoso accidente que costó las vidas de algunas personas. Kôsaka nos cuenta una fábula infantil, haciendo un retrato sencillo y a la vez complejo sobre las vicisitudes de Okko y su nueva vida, donde hay momentos divertidos productos de las relaciones con los fantasmas, que solo ve ella, o con los tira y afloja con su compañera de clase, o con las nuevas obligaciones de Okko, que en algunos momentos se les harán cuesta arriba.

La película, como suele ser habitual en el cine de animación japonés, desborda imaginación por los cuatro costados, una factura visual y sensorial sublime, y una capacidad extraordinaria para envolvernos en un relato de caparazón ligero, pero que oculta en su interior toda la complejidad que siente el personaje de Okko, el descubrimiento de un entorno visualmente arrebatador, en la que la niña deberá interactuar con él, descubrir sus secretos más ocultos, y sobre todo, crecer y sentir que la vida a pesar de los embates difíciles que nos toca experimentar, tiene cosas bellas que nos darán herramientas para seguir batallando en nuestra lucha cotidiana. Kôsaka ha construido una lección de humanidad, una alegoría a los pequeños detalles, a los trabajos sencillos, a escuchar atentamente y relacionarse con los demás, empatizar con ellos, olvidándose del éxito individual, de tomar decisiones, adquirir obligaciones, de hacerse responsable de tu vida, el esfuerzo como camino de exploración y crecimiento personal, el significado de ayudar a los demás como acto de generosidad, respeto a ti mismo y a tu trabajo, y el único camino para alcanzar la felicidad y el bienestar íntimo y profundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA