Dancing Beethoven, de Arantxa Aguirre

LAS FORMAS DE LA MÚSICA.

“Oh Providencia! Haz aparecer una sola vez ante mis ojos un día de alegría”.

Ludwig Van Beethoven

En un momento de la película, cuando la narradora e hilo conductor Mayla Roman habla con Zubin Mehta, el director de la orquesta, reflexiona sobre si el espectáculo de danza sobre la novena sinfonía de Beethoven podrían ser las formas de la música, aquellas que el genio podría haber imaginado, ya que cuando compuso la obra estaba completamente sordo. Mehta le responde que no lo había pensado, pero que podría ser. La cineasta Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) fogueada en equipos de dirección de nombres tan importantes como Berlanga, Patino, Saura, Almodóvar o Camus, y directora de una filmografía dedicada a las artes, entre las que destacan películas sobre el teatro, la música, el cine, y la danza, disciplina esta última que, después de un cortometraje, arrancó con El esfuerzo y el ánimo (2009) en la que reflexionaba sobre el legado de Maurice Béjart (1927 – 2007) sobre su compañía, unos meses después de su muerte, colaboración que se extendió a varios proyectos hasta finalmente la película Dancing Beethoven.

La película abarca todo el proceso creativo de un proyecto inmenso que aglutina dos grandes compañías, la compañía de Maurice Béjart y la compañía de Ballet de Tokyo, acompañados por la Orquesta Filarmoníca de Israel dirigidos por el prestigioso director Zubin Mehta, y la participación de un gran número de extras africanos, un espectáculo sobre la alegría, la esperanza y la fraternidad entre los pueblos, en el que encontramos la esencia y el espíritu de Béjart, bailarín y coreógrafo de gran prestigio, convirtiéndose en un auténtico revolucionario de la danza en el siglo XX, en el que resaltaban propuestas eclécticas, vanguardistas y la utilización de música contemporánea, creando una de las compañías de danza más prestigiosas del mundo compuesta por bailarines de múltiples razas en las que todos convergían en proyectos heterogéneos llenos de diversidad, humanismo y espectacularidad.

Aguirre utiliza un narrador en la figura de la actriz Mayla Roman (que es a la vez testigo desde fuera, y también, desde dentro, ya que sus padres fueron bailarines para Béjart, y ahora coreógrafos en su compañía) para mostrarnos todos los entresijos del espectáculo y sus procesos creativos desde la intimidad, a flor de piel, dejándonos llevar por los cuerpos en movimiento y la música que  acaparan el protagonismo de su película, aunque no se queda sólo ahí, el filme va más allá, y rebusca e interioriza en el alma de cada uno de sus principales participantes, manteniendo diálogos con ellos, en los que se reflexiona sobre la música de Beethoven, sobre su poder, alegría y belleza, y también sobre las ideas de humanidad y fraternidad del trabajo de Béjart,  sobre la capacidad del arte para combatir un mundo siniestro, vacío y horrible, y las vidas personales de sus integrantes, como influyen en su trabajo y en los conflictos interiores a los que tienen que enfrentarse en un trabajo tan exigente, pero tan gratificante a nivel humano.

Una película de estructura circular, como la propia idiosincrasia del espectáculo (arrancando en invierno en Lausana, sede de la Compañía de Béjart, siguiendo en primavera en Tokio y así sucesivamente hasta completar el ciclo estacional y vital, finalizando con su estreno)  que se suma a otras propuestas vivas y espectaculares, que también nos invitaron a viajar por los entresijos de los procesos creativos de la danza como La danza, de Frederick Wiseman, sobre el Ballet de la Ópera de París, o Pina, de Wim Wenders, en la que a través de un espectáculo (filmado en 3D) se reflexionaba sobre el legado de la gran Pina Bausch, entre otras. Aguirre ha construido una película sobria y contenida, de exquisita fotografía y encuadres llenos de pasión y belleza, que emana creatividad y esfuerzo, que es un canto, no sólo a la danza y a la música, sino también a la vida, a la energía de los seres humanos para vivir y superarse, a la fuerza de cada uno de nosotros para vivir la vida con todas sus alegría y tristezas, a aquello profundo de nuestra alma, a la inmensa capacidad de creación de todos nosotros, a la energía desbordante que tenemos, y sobre todo, a la inmensa alegría por la vida, el arte y las pequeñas cosas que nos hacen desear seguir hacia adelante a pesar del mundo en el que nos ha tocado vivir.


<p><a href=”https://vimeo.com/201832687″>DANCING BEETHOVEN Trailer Espa&ntilde;ol</a> from <a href=”https://vimeo.com/margenescine”>M&aacute;rgenes</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

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Encuentro con Bulle Ogier

Encuentro con la actriz Bulle Ogier con motivo de la rueda de prensa de la presentación del ciclo “Jacques Rivette Nous appartient”, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya. El acto tuvo lugar el martes 18 de abril de 2017 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Bulle Ogier, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, en especial, a Pilar García de Prensa, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Entrevista a Julien Rappeneau

Entrevista a Julien Rappeneau, director de “Rosalie Blum”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 5 de abril de 2017 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Julien Rappeneau,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su amabilidad, paciencia, generosidad y cariño.

Amar, de Esteban Crespo

MI CORAZÓN ES TUYO.

La película se inicia con una luz cegadora que nos deja entrever a un chico y una chica, con sus cabezas pegadas, mientras escuchamos, entre susurros, todo aquello que se dicen: palabras llenas de amor, de un amor fuerte, intenso, pasional, loco, todo el amor que cabe en la primera vez, en ese primer sentimiento arrebatador, en el que ya no somos nosotros, somos otro, somos ese que tenemos delante, ese que nos ha robado el alma. A continuación, la pareja practica sexo anal, introduciéndole ella un pene de plástico a él, filmado de manera naturalista, huyendo de lo explícito, pero sumergiéndonos en esa maraña de excitación, piel y sexo. Esteban Crespo (Madrid, 1971) debuta en el largo, después de una larga trayectoria en televisión realizando documentales, amén de un filmografía en el cortometraje que culminó con Aquel no era yo (2012) una pieza sobre niños soldado en África que le valió números galardones, encumbrándolo con una nominación a los Oscar. Crespo nos habla de Laura y Carlos, una pareja de jóvenes que se ama, un amor desaforado, muy intenso, en el que se demuestran su amor constantemente, viven el uno para el otro, quizás demasiado, ese amor que se vive sin medida, sin pensar en el mañana, es el aquí y el ahora, no hay nada más.

Un amor que choca con la actitud paternal (que Crespo retrata aturdida y llena de mentiras, y falsedades, unos, los de ella, y otros, los de él, regidos por las formas) ella, 17 años, todavía en el instituto, de padres separados, vive con su madre y su nueva pareja, ya no están tan unidas como lo estaban en el pueblo, ahora parecen dos desconocidas y se sienten muy alejadas. Él, de familia tradicional, ha empezado derecho, aunque quiere hacer Bellas Artes, pero anda perdido, sin muy bien qué hacer. Crespo coge a sus dos criaturas en una época de tránsito, en ese tiempo en el que dejan la infancia, el tiempo acomodadizo, y entran en otro, desconocido y lleno de incertidumbre, en el que deberán hacerse adultos, tomar sus propias decisiones y caminar por si solos, esa transición, llena de posibilidades, pero también de oscuridad, un tiempo en el que la adolescencia se vive al límite, donde la eternidad dura un suspiro, donde ir al insti, salir con los amigos, beber, fumar, o los primeros contactos sexuales definen el tiempo que vivimos, ese tiempo nuestro, donde todavía brilla el sol, donde todavía no nos hemos convertido en adultos, en las que las vidas rutinarias y vacías han llenado nuestra existencias.

Crespo nos sitúa en Valencia, en sus barrios, en sus polígonos de fiesta, en espacios urbanos cerrados, angostos, casi sin aire, como el amor intenso y brutal que viven sus protagonistas, filmándolos desde la intimidad, con la cámara encima de ellos, casi sin dejarles respirar, siguiéndolos a todas partes, descubriéndonos cada aliento que emanan, cada poro de sus pieles, cada susurro, cada gota de sudor, envolviéndonos en ese maremágnum de pasiones, de locura, con esas emociones y sentimientos desbocados, sin control, a velocidad de crucero, a tumba abierta, un viaje al vértigo del amor, cuando todavía somos inocentes, cuando todavía los intereses económicos y la sociedad no nos ha contaminado del todo, cuando todavía creemos en el amor romántico, sincero y pasional. Quizás ese amor vivido sin mesura, en el que nada ni nadie existe, los lleva a separarse, a distanciarse, a agobiarse de lo que sienten, a no entender que el amor que viven los está llevando demasiado lejos a no saben adónde, a un lugar en el que todavía nos están preparados, porque todavía les falta tiempo para vivir, tiempo para saber quiénes son, sobre todo, tiempo para amar.

Crespo disecciona su película en dos mitades, en la primera, asistimos al amor, al enamoramiento, lleno de pasión, en el que el sexo, que se vive a escondidas (sutil y concisos los planos a través del ascensor que sube y baja, metáfora de las propias pulsiones emocionales que vive la pareja) está retratado de forma natural, abriendo cada pliegue de la piel, de la sensualidad de los cuerpos en movimiento, filmado desde la sobriedad, en el que el amor y el sexo forman uno, mezclándose en una simbiosis perfecta. En la segunda mitad, Crespo nos remite al desamor, esa intensidad al límite los separa, viven sus no vidas separados, echándose de menos, intentando probar otras pieles, otros sexos, pero quizás lo que sienten es muy fuerte, muy profundo, y es en ese tiempo en el que deberán conocerse más a sí mismos y descubrir sus verdaderos sentimientos. María Pedraza (de vocación bailarina e instagramer) y Pol Monen (en pequeños papeles hasta la fecha), debutan en el protagonismo cinematográfico componiendo la maravillosa pareja protagonista (amén de las grandes aportaciones de la brillante Greta Fernández, y los adultos, con Natalia Tena y demás) una pareja llena de naturalidad, alegría, vitalidad y pasión ayuda a componer un retrato sincero y honesto sobre el (des)amor adolescente, y esa sensación indescriptible de la primera vez, de experimentar sentimientos honestos, pero también frágiles, que nos invaden y nos convierten en otros, en alguien que jamás habríamos imaginado que pudiese existir.

Encuentro con Josep Maria Pou

Encuentro con Josep Maria Pou con motivo por el reconocimiento del premio Gaudí de Honor, dialogando con Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya. El acto tuvo lugar el jueves 2 de febrero de 2017 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Josep Maria Pou, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki

LA DIGNIDAD DE LOS INVISIBLES.

Desde que irrumpiera en el panorama cinematográfico a principios de los ochenta, Aki Kaurismäki (Orimattila, Finlandia, 1957) ha construido una de las filmografías más estimulantes, interesantes y humanistas (que sobrepasa la veintena de títulos entre largos de ficción y documentales) un universo que no sólo nos remiten al estado actual de las cosas, sino que nos recuerda a grandes cineastas humanistas que han hecho del cine una herramienta crítica, válida para la reflexión y sobre todo, un vehículo capaz de remover conciencias, y dar voz, y por lo tanto visibilidad, a todos aquellos que el sistema les niega su lugar en el mundo. Su cine se centra en individuos solitarios, aislados, los invisibles del sistema, almas en pena, que viven con muy poco o casi nada, que se mueven por barrios obreros y viven en pisos fríos y vacíos, o visitan bares apartados, donde se bebe mucha cerveza y se fuma mucho, se ganan la vida con trabajos precarios, que bordean o entran de lleno en la esclavitud, en los que aflora el individualismo y la servidumbre. Relatos sobre perdedores, a los que se les engaña, algunos acaban maltrechos o con sus huesos tras los fríos barrotes de una cárcel. Tipos parcos en palabras, más bien de mirar o hacer, aunque, el cineasta finés siempre encuentra un resquicio de luz, algún espacio, por pequeño que parezca, para ofrecer algo de calor a sus personajes en el gélido Helsinki, una ilusión, si, aunque frágil a la que agarrarse, como ocurría en las películas sobre Charlot.

Un cine en el que la música, casi siempre de rock y en vivo, se erige como un elemento primordial en su narrativa, actuando como eje vertebrador de lo que se cuenta, explicando más allá de lo que callan y sienten sus personajes. Otra característica esencial en su cinematografía son sus cómplices en los viajes, desde Timo Salminen, su cameraman desde los inicios, y sus intérpretes, los Kati Outinen, Sakari Kuosmanen, Matti Pellonpää, André Wilms, entre otros, actores y actrices que dan vida a esos errantes de vida negra que luchan para encontrar ese espacio que el estado les niega y acaba expulsando del “aparente” paraíso. Y finalmente, el humor que estructura todas sus películas, un sentido del humor nórdico, inteligente, y muy negro, transgresor e hirreverente, en algunas ocasiones, que compone una sinfonía pícara y de mala uva a todo lo que va ocurriendo, dejando una risa a medio hacer que a veces da calor, y otras, congela. En El otro lado de la esperanza, continúa una especie de trilogía (ya había perpetrado otra, sobre “lo proletario”,  compuesta por Sombras en el paraíso, del 86, siguió, dos años después, con Ariel, y finalizó con La chica de la fábrica de cerillas, en el 90) que Kaurismäki ha llamado “portuaria”, iniciada en el 2011 con Le Havre, en la que recuperaba al personaje de La vida de bohemia (1992), el idealista Marcel Marx, para conducirnos por una historia sobre un niño africano, que llega como polizón y necesita refugio,  era acogido por el protagonista, un viejo limpiabotas, hecho que le hacía enfrentarse ante la ley (siempre injusta y desigual con las clases más desfavorecidas).

Ahora, la terna es diferente, el sujeto en cuestión, o digamos, el iniciador del relato es Wikström, un vendedor de mediana edad de trajes y corbatas que, cansado y desilusionado por su vida, decide dejar a su mujer (magnífica, la secuencia que abre la película, por su sobriedad y concisa) y cambiar de trabajo, comprando un restaurante “La jarra dorada”, en el que parece que no frecuenta mucho personal. Paralelamente, Kaurismäki nos cuenta la llegada a Helsinki de Khaled, un inmigrante sirio, que después de perder a toda su familia, ha vagado por toda Europa con el objetivo de encontrar a su hermana. Pide asilo político, y todo su proceso burocrático que lo condena primero a un centro y luego a una espera, para dilucidar si es aprobada su petición. Un día, o mejor dicho, una noche oscura, Wikström descubre a Khaled, que ha tenido que fugarse, porque lo quieren deportar a Alepo, porque según las autoridades no entraña peligro, cuando está siendo devastada, junto a su basurero y le da trabajo. Kaurismäki, quizás, ha hecho la película más cercana a la actualidad que nos asalta diariamente, aunque el genio finlandés no nos habla del drama de los refugiados como los medios lo hacen cada día, no, la película huye completamente de la visión partidista y superficial, y se aleja de los discursos moralizantes de las élites y la mayoría de los medios imperantes, aquí no hay nada de eso.

Kaurismäki construye una película humanista, extremadamente sencilla, y muy honesta, podríamos decir que incluso inocente, pero no en la expresión de escurrir el bulto, sino todo lo contrario, en el que se aboga por una solución al problema de un modo humanista, mirando a todos aquellos que vienen y escuchando sus problemas, no haciendo oídos sordos al conflicto. La película cimenta en la humanidad y la fraternidad las armas contra el problema de los refugiados, sacando a relucir esos valores humanos que parece que la sociedad capitalista, individualizada y de consumo, nos ha arrebatado, o nosotros hemos olvidado. Soluciones sencillas contra males complejos, quizás algunos les parecerá naif, pero no hay nada de eso, el cine de Kaurismäki es profundo, enorme, y mira a la realidad desde el alma, exponiendo todas las posiciones, retratando a los que ayudan a Khaled, como los que no, explicándonos todo lo que le va ocurriendo al refugiado, que se mueve entre sombras y dolor, en esta odisea en la Europa actual, un continente que sólo sabe mirarse a su ombligo y esconder sus miserias, que las hay y muchas, bajo la alfombra sucia y podrida. Kaurismäki vuelve a mostrarnos una mise en scene minimalista (marca de la casa) fundamentadas en tomas largas, en las que apenas hay movimientos de cámara, y vuelve a adentrarnos en sus memorables espacios (desnudos, en las que apenas se observan muebles u otros objetos, en los que conviven anacronismos con la mayor naturalidad, en el que descubrimos sofisticados aparatos que registran huellas dactilares que conviven con máquinas de escribir, lugares en los que sobresalen los colores fuertes, como verdes o rojos, herencia del maestro Ozu).

Kaurismäki vuelve a emocionarnos y a concienciarnos con su cine, creando un hermoso canto a la vida, al humanismo y fraternidad de cada uno de nosotos, anteponiendo lo humano y los valores ante la barbarie deshumanizada que se ha convertido Europa, en la que sus líderes se empeñan en hablar de pueblos y hermandad, pero que la realidad es otra, donde se niega asilo y se expulsa a aquellos que sufren guerras y hambre provocadas por el imperialismo occidental. El cineasta finlandés recoge el testigo de los Chaplin, Renoir, Rossellini, Kiarostami o Jarmusch, entre otros, para contarnos una fábula de nuestro tiempo, en la que aboga por los valores humanistas frente al dolor o el sufrimiento del otro, extraer lo bueno de cada uno para ayudar a quién lo necesita, y sobre todo, una fraternidad valiente y amiga, en la que los más desfavorecidos se ayudan entre sí, a pesar de las dificultades que atraviesen, porque, como explica la película, es lo único que tenemos, porque el poder hace tiempo que ha dejado de interesarse por los que ya no existen, por todos los invisibles, todos los que se levantan cada día para trabajar por cuatro perras mal dadas y existir en una sociedad cada vez más hipócrita, desigual e injusta, por todos aquellos que Kaurismäki ha convertido en los protagonistas de su cine, en la que el genio finés les da voz, palabra, rock and roll y algo de aliento.

Entrevista a Milagros Mumenthaler

Entrevista a Milagros Mumenthaler, directora de “La idea de un algo”. El encuentro tuvo lugar el lunes 10 de abril de 2017 en la Plaza Rovira del Barrio de Gràcia en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Milagros Mumenthaler,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Ramiro Ledo y Xan Gómez de Numax Distribución, por su amabilidad, paciencia y cariño.