Mug, de Malgorzata Szumowska

CUANDO ERES DIFERENTE.

Uno de mis críticos de referencia y guía cinematográfico cuando era un chaval, el desaparecido Ángel Fernández-Santos, defendía con audacia que los primeros minutos de una película eran cruciales para su posterior desarrollo. Pues bien, siguiendo la tesis del reputado cronista, Mug, la séptima película de Malgorzata Szumowska (Cracovia, Polonia, 1973) arranca de una forma peculiar y corrosiva, un inicio que no nos dejará indiferentes, en el que observamos un grupo de personas ateridas de frío mientras esperan delante de un hipermercado. Cuando se abren las puertas, se quitan su ropa y se quedan en ropa interior, y acto seguido, se lanzan como animales enrabietados a la caza del último modelo de televisión, enzarzándose en peleas, empujones y demás gestos violentos para arrebatar a su “contrincante” tan preciado objeto. Entre todo ese barullo, una mujer extremadamente delgada y poco agraciada, se pasea entre ellos, como si aquello no fuese con ella, observando el tumulto, siendo testigo invisible, ya que nadie se ha percatado de su presencia, como un ser sin existencia, alguien que no encaja ante esa maraña de posesos, desatados y salvajes. Esos primeros datos que nos da Szumowska resultan precisos y llenos de profundidad para guiarnos entre las diferentes tensiones emocionales que describe la película.

La cineasta polaca se ha erigido en sus trabajos como una observadora profunda y crítica con las relaciones humanas, retratando personas o grupos encerrados, que tienen poco o nada de contacto con el exterior o con los demás, seres que construyen relaciones muy complejas y difíciles con el resto, mostrándose hieráticos e introvertidos, donde una distensión emocional los cambiará emocionalmente y los trasladará por lugares en los que deberán redefinirse hacia los demás, y sobre todo, a sí mismos. En Mug, nos sitúa en una zona rural del sur de Polonia, donde las tradiciones ancestrales se mantienen como si el tiempo se hubiese congelado, donde la familia, la religión y el clan tienen una importancia capital entre los distintos individuos, en que humano, animales y naturaleza conviven a partir de extremos, donde la belleza y el horror se fusionan, se mezclan, y son el pan de cada día. Conoceremos a Jacek, un veinteañero que trabaja en la granja de su familia, ayuda a construir la estatua de Cristo más grande el mundo, y le encanta amar a su novia Dagmara, pasear con su perro y escuchar música heavy a todo trapo.

Jacek sueña con dejar el pueblo e inmigrar, escapar de allí, reencontrarse a sí mismo, y experimentar otros lugares, personas y demás. Todo, empezando por su familia miran a Jacek como el bicho raro, como la oveja descarriada, el diferente del pueblo. La vida de Jacek y su entorno más íntimo cambiará cuando tiene un accidente en la obra y despertará con el rostro desfigurado. La rareza del principio, ahora se convertirá en el rechazo por su nueva imagen, por ese rostro diferente, tanto de su familia como de los habitantes del pueblo, que lo ven como un pecador, alguien que rechaza los postulados de Dios y vive con otra identidad. La única persona que lo aceptará será su hermana mayor. Szumowska nos cuenta una fábula moderna, un cuento sobre la diferencia, tanto física como emocional, un retrato profundo y crítico sobre la Polonia rural, sobre sus prejuicios, tradiciones, contradicciones, ambientes y espacios, un mundo indómito, bello y cruel, un lugar frío y complejo que puede ser muy acogedor, y a la vez, muy aterrador, donde lo diferente y extraño se rechaza, lo que no encaja se aísla, como si fuese la peste, donde los que hacen y piensan diferente son aquellos que no son aceptados, que se ven de otra manera.

Jacek sufre todas esas miradas de rechazo, incomprensión e inquisidoras, empezando por su novia, presionada por su familia, que no quieren a Jacek, o su propia familia, que lo ven diferente, como si su nuevo rostro, también hubiese cambiado su personalidad, como si lo físico fuese lo más importante, lo que prevalece en la personalidad de alguien. La directora polaca crea una atmósfera inquietante y muy íntima, siguiendo la tragedia social que vive Jacek, sin caer en el sentimentalismo ni la condescendía, sino mirando a cada uno de sus personajes y sus posiciones a la altura de los ojos, donde contribuye la forma que filma la película, a partir de enfocar una parte del plano y dejando desenfocado el resto, obra de su cinematógrafo habitual Michal Englert, coguionista de la cinta, en una idea de extrañeza y rareza que ayuda a sumergirnos en el alma de Jacek y cómo va respondiendo emocionalmente a todo aquello que bulle en el exterior.

Jacek se siente rechazado, le hacen sentir diferente, un extraño en su familia y en su pueblo, un fantasma, un invisible, como aquella mujer en el hipermercado en los primeros minutos, siendo rebautizado como un ser maligno, una especie de monstruo, como dejará evidente la secuencia del exorcismo, que empieza de modo terrorífico para acabar de forma cómica y mordaz. Szumowska ha construida una cinta muy personal y compleja sobre la Polonia rural, tan encerrada en sí misma, tan anclada en el pasado, en sus tradiciones y costumbres, en liza con esa otra Polonia diferente, que encarna el persona de Jacek, una nueva mirada que quiere romper con el pasado y emprender un futuro alejado de todo aquello, siguiendo las necesidades emocionales que hierven en el interior, y dejándose llevar por todo aquello que sienten, experimentando nuevas gentes, mundos y sensaciones.

Gauguin, viaje a Tahití, de Édouard Deluc

EL ARTISTA LIBRE.

“No  puedo  ser  ridículo porque soy dos cosas que nunca lo son: un niño y un salvaje”.

  “Regresaré al bosque para vivir la calma, el éxtasis y arte.”

Paul Gauguin

Lo primero que llama la atención de Gauguin, viaje a Tahití  es su naturaleza peculiar y diferente al resto de los biopic al uso, porque su director Édouard Deluc se fija en un par de años, entre 1891 y 1893, el período que describe la estancia en la Polinesia del artista francés, y concretamente en Noa Noa, el diario que el pintor escribió de aquel viaje, del que Deluc adapta libremente, documentándose en otros libros. El cineasta francés describe a un artista atormentado y sólo, que aborrece la superficialidad de su obra, que no logra vender. Un hombre hastiado por los convencionalismos morales y sociales de Europa, su ensimismamiento y su declive burgués, vive casi en la indigencia ganando unos cuántos francos como estibador en los muelles, un alma triste, aburrida y desolada por el cariz de una sociedad convencional y muerta en vida, sin argumentos para convencer a sus allegados artistas que lo acompañen, decide emprender su propia aventura y dejar el mundo oscuro y capitalizado de Francia, y conocer esas lejanas tierras y sobre todo, conocerse como persona y cómo artista.

Deluc despoja su película de toda caparazón sentimental o preciosista, el Tahití que nos retrata huye de cualquier imagen de postal y empática, porque describe la odisea humana de Paul Gauguin (1848-1903) desde la precariedad y el descubrimiento, contándonos su experiencia de un modo íntimo y personal, hay aventura, pero no épica, más cerca de los western crepusculares de Peckinpah, que de las hazañas de los conquistadores o cosas así. Gauguin es un hombre obsesionado con la pureza del alma, de su viaje como vuelta a los orígenes, a ese paisaje salvaje, natural y primitivo con el que sueña, ambientes despojados de la burguesía más hipócrita y sucia de Francia. Su idea es encontrar esas personas ancladas en otro tiempo y en otro mundo para pintarlos, con colores y detalle, llenos de vida y alegría. Aunque, el pintor francés se encuentra un mundo en descomposición, un universo que los misioneros y el colonialismo francés está haciendo desaparecer para sus beneficios económicos.

Gauguin trabaja compulsivamente, su pasión no tiene límites, se mueve de un lugar a otro, su energía es brutal, no tiene descanso, y su encuentro casi fantasmal y onírico con Tehura, la nativa que se convierte en esa Eva primitiva con la que sueña encontrarse, le cambiará profundamente, llevándolo a su etapa más prolífica como artista, y la más genial, Tehura será su musa, la modelo de sus pinturas, y su amor. Aunque, lo demás seguirá igual, las penurias económicas y esa vida despojada casi de cualquier comodidad, seguirán haciendo mella en la salud del pintor y sus problemas de convivencia con Tehura. Deluc construye una película sensorial, en algunos momentos de terror, siguiendo el alma de Gauguin, un ser en ocasiones genio, y en otras, atormentado, un hombre que se buscaba a sí mismo, que no encajaba en una sociedad en descomposición, una sociedad capitalista que arrasaba con lo salvaje y diferente, en pos de su codicia y avaricia.

El Gauguin que nos retrata Deluc es un pintor magnífico, obsesionado con encontrar la pureza de su arte, de pintar aquello más íntimo y sensual, descubrir lo más primitivo de las personas, y el gesto más personal, pero también, alguien encerrado en su soledad, en su abatimiento, y su inadaptabilidad en un mundo superficial y ambicioso económicamente, un mundo contaminante que cambia las formas y la vida de los nativos convirtiéndolos en armas propagandísticas y comerciales según su antojo (como las ventas de tallas que rememoran a los ídolos maoríes). La cinta de Deluc se acerca a la mirada de Malick o Herzog, donde animalidad, locura y salvajismo se cruzan en la figura de Gauguin, en una película que retrata el alma del gran artista, pero también sus sombras y tortura, en una película que ahonda con naturalidad y extrema rigurosidad los temas políticos sobre el colonialismo francés, la religión como arma de aniquilación y deshumanización, y una sociedad, la nativa, en vías de extinción por la fuerza y la muerte del hombre blanco, en la que Gauguin convertido en el último romántico que quiere plasmar todo ese mundo complejo, bello, de colores y primitivo que está desapareciendo irremediablemente.

La inmensa y bestial interpretación de un actor de sangre y fuego como Vincent Cassel, llena de extremos, con esa barba poblada canosa y esa delgadez, de mirada inquieta y curiosa, lleno de vida y amargura, con esas túnicas como el nuevo mesías de conservación de lo primitivo y la libertad de ser quién quieres ser, aunque para ello tengas que desplazarte a la otra parte del mundo. Bien acompañado por la adolescente TuheÏ Adams de 17 años que da vida a Tehura, el amor de Gauguin, que se erige como la niña primitiva que representa la pureza y la humanidad contra un mundo en continua decadencia, que aboga por la avaricia y las falsa moral. Deluc ha hecho una película humanista, honesta y anímica que nos traslada al universo de Gauguin, a su mirada y su pintura, desde lo más íntimo y personal, huyendo de sentimentalismos y convenciones formales, su película es libre, cruda y bella, donde el amor se presenta desde lo más profundo y bello a lo más crudo y tenebroso.

Entrevista a Sergi Portabella

Entrevista a Sergi Portabella, director de la película “Jean-François i el sentit de la vida”. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sergi Portabella, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Max Megias

Entrevista a Max Megias, actor de la película “Jean-François i el sentit de la vida”, de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Max Megias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Claudia Vega

Entrevista a Claudia Vega, actriz de la película “Jean-François i el sentit de la vida”, de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudia Vega, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Jean-François i el sentit de la vida, de Sergi Portabella

EL NIÑO QUE BUSCABA SU CAMINO.

“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”

Píndaro

Antoine Doinel, el niño triste y solitario de Los 400 golpes, de François Truffaut,  leía uno de los libros de La comedia humana de Balzac (ese universo de 85 novelas que sintetizan la historia social de Francia entre 1815 y 1830) amén de velar un retrato del escritor en un espacio de su habitación. Doinel, un niño inadaptado, rebelde e inquieto, se alzaba contra los pocos estímulos en su vida, con una familia distante y un colegio anticuado con maestros severos, encontraba su espacio en el mundo de Balzac, ensimismado en su humanidad, y en la devoción hacia el célebre escritor. Casi sesenta años después, nos encontramos a Francesc, un niño de 13 años, que, al igual que Doinel, se encuentra perdido, huérfano de padre y con una madre ausente, a la que sólo ve de noche, y sufriendo acoso en el colegio y yendo al psicólogo. Un día, cuando se encierra en el aseo escapando de los acosadores, encuentra un libro, El mito de Sísifo, de Albert Camus (ensayo filosófico en el que se incidía, a través del mito griego, en el valor de la vida y en el esfuerzo inútil e incesante el hombre) y su vida cambia, su percepción del entorno es distinto, tiene un nuevo estímulo en su vida, quiere ir a París para conocer a Camus y a los existencialistas en el Café de Floré, y sobre todo, convertirse en uno de ellos.

Así arranca la opera prima de Sergi Portabella (Barcelona, 1980) surgido de la Escac en la especialidad de fotografía, ha trabajado en videoclips, making ofs y guionista de televisión, aparte de dirigir tres cortos con títulos tan estimulantes como El fin del mundo será en Brasil (2013). El director catalán nos lleva de la mirada de su protagonista, el solitario, introvertido y triste Francesc, convertido en Jean-François en su nueva identidad de existencialista, y en su viaje a París, se encontrará con Lluna, una adolescente inquieta y decidida, con esos 17 años, donde todo su entorno parece saber qué vida debe tener, cuando ella tiene otros planes, en ese período donde debes decidir qué hacer con tu vida, y todavía no sabes hacia dónde ir. Los dos emprenderán un viaje hacia París, aunque los dos saben que se necesitan, despertarán entre ellos conflictos, simpatías y aventuras cotidianas en las que se meterán sin saber cómo salir. La película tiene ese tono inocente de la primera aventura vital, de escapar de todo tu entorno para emprender tu camino, para descubrir ese mundo diferente y extraño, y huir de ese entorno cotidiano tan triste, vacío y difícil.

Jean-François y Lluna son dos almas torturadas, inadaptadas en su entorno familiar, que tanto uno como otra, encuentran en el viaje una manera de liberarse de esa carga que les invisibiliza y los oculta, distanciándolos de esa vida tan diseñada para ellos. Los dos niños encuentran en la escapada una toma de decisiones por ellos mismos, sin pensar en los demás, sin pedir permiso, sólo ellos y su objetivo, sin prever los mil y un impedimentos y circunstancias hostiles que se encontrarán en su viaje. Portabella nos sitúa en un relato actual, aunque no podríamos decir que está hablando de ahora, hay un aquí, pero las situaciones se muestran atemporales, remitiéndonos a la ausencia de tecnología, no vemos móviles, ni gps, ni nada que le parezca, los niños utilizan mapas de carretera, escriben cartas o llaman desde cabinas telefónicas, elementos y la ausencia de ellos, que nos ayudan a introducirnos en este viaje inocente sobre la primeras veces, en una película que no olvida su elemento referencial a la literatura, y se muestra estructurada en capítulos, donde asistimos a todos los cambios emocionales y profundos que experimentará Francesc/Jean-François, desde su nueva identidad, su encuentro con LLuna y su viaje, el deseo, el amor, las mentiras, y demás elementos que convierten a la película en una odisea cotidiana.

La película se cuenta a través de las miradas de Jean-François y Lluna, dos chavales inquietos, curiosos y complejos, que se lanzan, como ocurre en esas edades y estados de ánimo, a una aventura, a un viaje desde la inocencia y la fragilidad de sus emociones, dejándose llevar por la carretera y pensando en las mil y una para conseguir su objetivo, como si el mundo se hubiera detenido, o simplemente ellos se hubiesen bajado de él, hartos de tanta vulgaridad y normas. Los intérpretes Max Megias como Jean-François y Claudia Vega como LLuna (la niña de Eva, de Kike Maillo, diez años después) bien secundados por los siempre acertados Àgata Roca como la madre del niño, y Pau Durà como el psicólogo. Max y Clàudia se convierten en una pareja protagonista magnífica y cercana, que desprende naturalidad y complicidad, con sus cargas emocionales en la mochila y escapando de entornos hostiles y desagradables, con la idea de encontrar esa persona que les dé un camino o algo de felicidad y compañía, en el caso de Jean-François, el encuentro soñado con los existencialistas y las preguntas sobre el sentido de la vida, y en el caso de Lluna, ese chico del que se enamoró.

Portabella ha construido una película muy cercana, ligera y conmovedora, en su forma y apariencia, pero que se erige como una estupenda y sensible tragicomedia con road movie incluida, cargada de profundidad, alejándose de esas películas de niños con mensaje y sentimentalistas, en el que siempre hay un discurso vital y esperanzador, muy alejado de la realidad, tanto social como emocional, aquí no hay nada de eso, la película nos cuenta las emociones contradictorias y ambiguas de un par de adolescentes, uno empezando y otra, en plena caldera hirviendo, donde el viaje físico es solamente un reflejo de las emociones de los personajes, donde la música clásica, dialoga de manera compleja y sincera con las imágenes naturales y cotidianas que vemos, con esos espacios periféricos, alejados de todos y todo, como si el tiempo si hubiera aliado con ellos y con su aventura, en una especia de dimensión diferente donde las cosas pueden producirse si les ponemos interés, dejándonos llevar por lo que sentimos, con la experiencia del viaje compartido, y con el recuerdo de Dorothy en su camino a Oz con sus compañeros de viaje.

Corporate, de Nicolas Silhol

LAS MISERIAS DEL SISTEMA.

“Esta película es una obra de ficción, pero está basada en métodos administrativos reales”

Entre los años 2008 y 2009, la empresa de telecomunicaciones francesa France Télécom se convirtió en el ojo del huracán, porque 35 de sus empleados se quitaron la vida. La empresa salió en su defensa aludiendo que acabaría con el mal que le acechaba. Aunque, detrás de todos estos casos de suicidio se ocultaban métodos deshumanizados de la empresa para aniquilar psicológicamente a sus empleados y que ellos mismos optaran por la baja voluntaria. A partir de este caso real, el director francés Nicolas Silhol se ha inspirado para dirigir su puesta de largo adentrándose de forma seria y rigurosa en esta parte oscura de los trabajos sucios que emplean grandes empresas contra sus empleados, a través de un personaje, Emilie, la directora de RRHH contratada para llevar a cabo tal misión, todo parece indicar que la operación marcha bien, hasta que uno de los empleados se lanza al vacío. A partir de ese instante, el ambiente se turbará en las oficinas, y ya nada volverá a ser igual, y la aparición de una inspectora de trabajo que comenzará una investigación para averiguar las causas ocultas del suceso. Silhol nos somete a una trama que casi ocurre en su totalidad en las habitaciones de la empresa, entre pasillos y salones blancos, todo de diseño, pero que esconden las miserias más terribles, donde se suceden las reuniones, los (des) encuentros y la desconfianza que se instala en Esen, el nombre ficticio de la empresa en cuestión.

La película nos habla de la responsabilidad de nuestros actos, y de la naturaleza de nuestro trabajo, de la toma de decisiones personales, y cómo nos afectan a nosotros mismos, de los límites a los que estamos dispuestos a sobrepasar con tal de cumplir con nuestro trabajo, y las consecuencias de obedecer órdenes de los jefes que consideramos injustas y que atentan contra la dignidad de los empleados. Silhol presenta una película de corte negro, donde la investigación de las autoridades lentamente irá sacando lo peor de cada uno, y de su verdadera identidad, primero a un nivel personal, y luego a un nivel colectivo. Todo se nos cuenta a través de una frialdad que espanta, desde un punto de vista ético, donde no hay amigos, donde las cosas funcionan porque es lo mejor para la empresa, en el que el trabajo sucio se hace sin más, como si fuésemos robots, donde no hay espacio para las emociones, en el que vamos eliminando compañeros de trabajo como si fuesen piezas de ajedrez, sin asumir las terribles consecuencias para ellos.

Un sistema podrido, deshumanizado y salvaje, donde el trabajo se ha convertido en una mera excusa para acumular beneficios sin fin, donde tu trabajo y sobre todo, tu dignidad como ser humano, quedan fuera de la empresa, y dejas de ser quién eres para convertirte en un esbirro de la empresa, cumpliendo a rajatabla sus órdenes, y siempre dispuesto a asumir y sin protestar, cualquier deseo de los jefes. Corporate viene a incorporarse a este tipo de películas donde la deshumanización del trabajo convierte a sus empleados en auténticos depredadores que no tendrán ningún problema en eliminar a su adversario de  la mesa de al lado, como explicaban en Glengarry Glen Ross o en Smoking Room, en las que la aparente tranquilidad y compañerismo sólo eran una fachada de la cena de navidad, el resto del tiempo era una jungla laboral, donde se intentaba ser más que el otro, utilizando todos los métodos habidos y por haber. Silhol ha construido una película humanista, de nuestros comportamientos siniestros en el trabajo, y cómo afecta a nuestro entorno, tanto profesional como personal, en el que la investigación del suicidio, se mezcla de manera natural e inteligente en la trama y los acontecimientos del relato, siguiendo la actitud de Emilie, una mujer con carácter que deberá mirar su trabajo y sus emociones con más detalle, y asumiendo su responsabilidad en los actos horribles que ha cometido en nombre de la empresa.

Céline Sallette interpreta a Emilie, dotándola de esa frialdad que suavemente se va despojando de toda ese caparazón de indiferencia, bien acompañada por Lambert Wilson dando vida a ese jefe sin escrúpulos que todo lo hace porque la empresa lo necesita, donde sus decisiones son dolorosas pero necesarias, puro cinismo, y Violaine Fumeau, que compone a la inspectora de trabajo con esa función de ogro del relato, que deja bien claro las deficiencias del sistema para finalizar con los abusos de las empresas, y que se muestra como una mujer decidida y dispuesta a encontrar la verdad. Silhol ha hecho una película valiente, rigurosa y seria, en la que nos habla del ambiente laboral o lo que queda de él, como si estuviésemos delante de un thriller de investigación llena de oscuridad y terror,  para abrirnos los ojos de los métodos brutales y horribles de tantas empresas que campan a sus anchas, o podríamos decir de un sistema laboral que deshumaniza a sus empleados y los convierte en meros entes sin emociones y sin vida que pueden ser despedidos cuando sea necesario.