Celestial Camel, de Yury Feting

EL VIAJE BLANCO.

Cuentan los más ancianos que cuando nació Altynka, un camello albino, el abuelo de Bayir, como suelen hacer los calmucos, predijo años de bonanza, porque así lo dice la tradición de los pastores mongoles que habitan en la estepa rusa. Aunque parece ser que aquellos años de dicha se hacen de esperar, porque la sequía y el nacimiento del cuarto hijo, provocan que los padres de Bayir se vean en la obligación de vender a la cría de camello albina. Cuando los padres se marchan para el nacimiento de su hijo, dejan la responsabilidad a Bayir, el hijo mayor de 12 años. Pero, cuando se preparan para terminar el día, Mara, la camella madre de Altynka se escapa en busca de su hijo, y Bayir, no tiene otro remedio que salir tras ella, dejando en casa a sus dos hermanos pequeños. El cineasta Yuri Feting (Rusia, 1956) con amplia experiencia en el mundo del audiovisual, nos sumerge en un paisaje insólito, un escenario que parece de otro mundo, un lugar casi desértico, en el unos pocos de pastores siguen viviendo de los animales y la naturaleza. Entre ellos, encontramos a Bayir, el protagonista de esta aventura que le llevará a recorrer cientos de kilómetros detrás de la camella, pilar en el sustento de los suyos.

El cineasta ruso cuida cada detalle, tanto formal como argumental, sumergiéndonos en una road movie, donde el tiempo se dilata, en el que las distancias se hacen larguísimas y cada cosa que ocurre contiene en sí misma otra aventura. Bayir a lomos de una antigua moto tándem, emprende su viaje en el que vivirá experiencias de todo tipo y encontrándose con personas de todo calado, como la familia de pastores que le abre su casa para pasar la noche, lugar donde conocerá a una niña de su edad que le hará tilín, o el joven lama que medita en un lugar recóndito de la estepa, que confía en el destino como respuesta a los entuertos, o un narco que al escapar de la policía lo hace cómplice y es detenido, o Talismán, un chaval que desea trabajar en el circo mientras se alimenta de pequeños hurtos. Feting cede la voz a su joven protagonista, en su particular odisea cotidiana, que nos recuerda a aquellos niños de Kiarostami, Pahani, Majidi o Hana Makmalbaf, que se enfrentan a un mundo hostil, lleno de peligros y pequeñas aventuras que les llevarán a lugares extraños, que los exigirá tomar decisiones y hacerse mayores.

Bayir es un chaval espabilado y valiente, no cejará en su empeño de capturar a su camella y de paso, intentar recuperara a Altynka, aunque esto último resulto extremadamente complicado. Feting elabora una cinta que puede verse de varias formas, desde el documento antropológico (en el que asistimos a las formas y costumbres de vida de los pastores mongoles de la estepa rusa) o también, la pérdida de la inocencia de un niño que descubre un mundo que, en ocasiones, no resulta tan amable como cabría esperarse, o incluso, la importancia de la familia como núcleo central para la subsistencia en un territorio hostil y árido, y finalmente, el amor hacía los animales, no como mascotas, sino una parte más espiritual, formando parte esencial del trabajo y la subsistencia de la familia mongol, y finalmente, como una aventura fantástica, donde hay que estar dispuestos a aceptar lo indescifrable, la magia de lo cotidiano o esos sucesos que no tienen explicación, pero ocurrir, ocurren.

El director ruso no necesita de subrayados emocionales, ni tampoco de excesiva información adicional, para profundizar con sabiduría y sencillez en la odisea de Bayir, posando su película en la interpretación sutil y emocionante del joven Mikhail Gasanov, mirando a su protagonista de frente, a la altura de sus ojos, sin aleccionarlo, ni tampoco a los espectadores, a través de un estupendo ritmo que nos lleva de un lugar a otro, tomándose su tiempo y digiriendo cada encuentro y los nuevos personajes itinerantes que se van cruzando en el camino del joven protagonista. Una película honesta y extremadamente sencilla y transparente, donde su limpieza visual como argumental se agradecen, porque no quieren explicar con situaciones facilones todo lo que sienten los personajes, en la película todo es más directo, sus personajes viven su aventura, experimentando cada instante, como si no hubiese nada más, se vive el momento de manera intensa y febril. Estamos ante una cinta que bebe mucho del cine de Rossellini, en su labor humanista en su manera íntima y cálida de contarnos las sencillas odiseas que tienen que enfrentarse sus niños, unos niños que a veces deben vivir situaciones que los hacen crecer de repente, como les ocurría a Pasquale en la Italia en plena guerra o a Edmund en aquella Alemania devastada, niños que apartan sus juegos y su edad, y penetran en un mundo donde deberán tomar decisiones y responsabilizarse de sí mismos.

Pasaje al amanecer, de Andreu Castro

LOS INTERIORES FAMILIARES.

La familia, ese núcleo humano peculiar, necesario, a veces, y en otras, prescindible, del cual, para bien o mal, formamos parte, muy a nuestro pesar, se erige como el pilar que cimenta la primera película de Andreu Castro, actor de oficio, donde se ha labrado una carrera en el teatro, cine y televisión, también, director de vocación, donde ha dirigido tres cortos que han cosechado buenas críticas y premios. Ahora, se enfrenta a su puesta de largo y ha elegido la familia, por un lado, y el día de Navidad, por el otro. Lo que parece una celebración más, sin más sobresaltos que los habituales y previsibles, se va a transformar en un antes y un después en el ámbito familiar. Después de un brillante y breve prólogo, en el que las miradas inundan la ausencia de palabras, Javier, fotoperiodista de profesión y benjamín de la familia, llega a la casa acomodada de la sierra para celebrar la Navidad con los suyos. Allí, les esperan sus padres, su hermana, su cuñado, su sobrina, y la abuela. En plena comida, Javier lanza su bomba, viajará a la guerra de Irak a trabajar. Como es de suponer, semejante noticia no sentará nada bien a los que le rodean, pero en cierta medida, todos deberán enfrentarse, primero, a ellos mismos, y luego, a la drástica decisión que acaba de tomar el pequeño de la familia.

Castro ha construido una película sencilla, situada en el 2004, cuando la guerra de Irak estaba en su fase más cruenta y sangrante, en la que hay solo una localización, y en la que la trama apenas se desarrolla durante un día, un día en el que ya nada volverá a ser igual, en el que todo, aparentemente ordenado, como si el orden pudiese objetivarse, comenzará a resquebrajarse, donde las rencillas, secretos y demás palabras no dichas, emergerán del olvido y sacarán a relucir las diferencias, vacíos y tristezas de cada uno. Castro plantea su película desde los (des)encuentros familiares entre unos y otros y las pertinentes conversaciones que deberán mantener, para así reconciliarse o no, sacar lo que tantos años han guardado por miedo, inseguridad, por no lastimar a alguien o simplemente, porque las cosas parecen más tranquilas si no se habla de ciertos conflictos, pero sólo lo parece, en el fondo, más tarde o más pronto, nos enfrentamos a eso que intentamos inútilmente esconder y no mostrar. La película tiene ese regusto de drama familiar doméstico, como lo tenían aquellos clásicos de Hollywood de los cuarenta, aquellos en los que los conflictos familiares se desataban con virulencia enfrentando a los diferentes personajes, a cual más lleno de dolor e insatisfacción, aunque podríamos emparentarla, más por su contenido, con Celebración, de Winterberg, donde el testimonio de uno de los hijos, desataba un cisma familiar de órdago, de esos que remueven las aguas más tranquilas, dejando de vuelta y media esa apariencia familiar que sólo beneficia a aquellos que más daño han hecho.

Castro cimenta su película a través de un grandísimo plantel de intérpretes entre los que destacan Elvira Mínguez (que después de su Mata Hari en El elegido, vuelve a una madre dura, sufrida y de armas tomar) Lola Herrera (la abuela de la función, que intenta mediar entre madre e hijo, sacando a la luz algo de su pasado) Ruth Díaz (la hermana en plena crisis matrimonial que intenta situarse en su vida) Carles Francino (el cuñado que estalla explicando su ahogo y su falta de cariño) Antonio Valero (el padre comprensible y colaborador) y Nicolás Coronado (el hijo que decide dejarlo todo por su profesión, por la necesidad vital y humana de explicar al mundo el horror y la codicia humana sin límites). Castro hace de su sencillez su mayor virtud, utilizando una luz fría y suave, propia del ambiente familiar que se instala en la casa después de la decisión del joven de la familia. Todos, tantos unos como otros, se remueven en su interior, aceptan o no el camino que ha decidido Javier, aunque todos saben que ese hecho les afecta más de lo que desearían, llevándolos a lugares que no imaginaban que iban a llegar, y sobre todo, sacando a la luz todo aquello que no se atrevían ni siquiera a sentir.

La mina (The Night Watchman), de Miguel Ángel Jiménez

ClvM-9iWAAAV8CUEL ESTIGMA DEL PERDEDOR.

Películas como El sabor de la venganza, de Joaquín Romero Marchent, La sabina, de José Luis Borau,  Angustia, de Bigas Luna, Los otros, de Alejandro Amenábar, Bosque de sombras, de Koldo Serra, entre muchas otras, son algunos ejemplos de cine español, rodado en España y en inglés, con equipo técnico y artístico con representación internacional. La mina, en su versión española, y The night watchman, en su versión inglesa, es la última producción con este tipo de características. La película nace de la cabeza del guionista Luis Moya, que ya había trabajado anteriormente con el director Miguel Ángel Jiménez (1979, Madrid) en las interesantes y premiadas Ori, que nos trasladaba a una devastada Georgia después de la guerra y cómo sobrevivían unos seres castigados y dolientes, en Chaika, la podredumbre de Kazajistán servía como telón de fondo para contarnos un durísimo relato de unas mujeres obligadas a prostituirse. Ahora, nos lleva a Kentucky, en un ambiente podrido, desolado y asfixiante de la América profunda (en realidad filmado en los bosques de Artikutza, en Oiartzun, en el País Vasco) y cómo epicentro de la trama una mina abandonada (localizada en Monsacro, en Asturias).

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El relato arranca con la llegada de Jack, un joven treintañero que vuelve a casa (una especie de Ulises y su Ítaca soñada) después de cumplir condena en la cárcel por su pasado con las drogas, allí se reencuentra a su todavía esposa Alma, y su hijo sordomudo Raymond de 8 años, los acompaña y acoge su hermano mayor Mike, metido a predicador del pueblo. Jack empieza a trabajar como vigilante nocturno en la mina para evitar los saqueos que se producen, la relación distante y tensa con su mujer y su hermano marcan la vida de Jack, que además debe lidiar contra su pasado, de alcohol y drogas, y una extraña aparición en la mina. Jiménez nos adentra en una película densa y siniestra, con una agobiante e inquietante atmósfera, en un paisaje que ahoga y mata lentamente, un lugar perdido, alejado del mundo, y habitado por seres perdidos, en constante espera, y ajados de ilusiones y vida, en el que las apariencias y lo oculto priman sobre la sinceridad y el cariño. La película mantiene la tensión latente durante todo su metraje, sumergiéndonos suavemente en el terror irrespirable que acecha en el pueblo, y sobre todo, en las paredes y galerías olvidadas de la mina.

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El director madrileño crea a partir de la figura del desdichado Jack un relato oscuro y macabro en que el pasado terrorífico de su familia, y los consecuentes traumas del joven juegan una parte importante en el trasfondo psicológico de los personajes. Una cinta sincera y honesta que contiene el inmenso trabajo de luz de Gorka Gómez Andreu, otro habitual de Jiménez, y el preciso montaje de Iván Aledo (fetiche del cine de Medem) y una excelente producción de los veteranos José Luis Olaizola y Edmundo Gil, que nos recupera los ambientes opresivos y con lectura política del cine setentero estadounidense como Yo vigilo el camino, de Frankenheimer, Defensa, de Boorman o Perros de paja, de Pekinpah, un cine que se agarraba en lo más profundo del alma, y exploraba con inteligencia las amarguras y soledades de unos seres atrapados en sus miserables pueblos, donde imperaba el fascismo y el terror inhumano hacía el otro, un cine recuperado por cineastas como Sayles, con el que comparte ciertos elementos, Jeff Nichols y sus excelentes Take Shelter y Mud, o la fascinante Winter’s bone, de Debra Granik. El trabajo interpretativo con unos enormes Matt Horan (que toca a la guitarra un par de temas), como el “losser” que huye de sí mismo, Kimberley Tell, la atractiva y atrapada esposa y madre, Jimmy Shaw, el enviado de Dios con múltiples caras, y Denis Rafter encarnando al viejo minero Stan. Un cine de gran factura que mezcla con sabiduría géneros como el drama social, el western, y el terror psicológico, con buenas dosis de suspense. Cine interesante y entretenido contado con tranquilidad y dosificando inteligentemente la información para atraparnos lentamente en su oscura madeja, expectantes ante todos los hechos  que acontecerán.