El oficio de aprender, de François Favrat

NAËLLE APRENDE A AYUDARSE.

“Me pareció que la vida me hacía una advertencia y me enseñaba para siempre una lección: la lección del honor escondido, de la fraternidad que no conocemos, de la belleza que florece en la oscuridad”.

Pablo Neruda

Erase una vez una chica llamada Naëlle de 19 años de edad, que vive en Bellevue, uno de los barrios más deprimidos de Nantes. Naëlle hace trabajos de reinserción por su mala conducta. Conoce a Heléne, una de sus formadoras que le habla de “Compagnons du Devoir”, una asociación especializada en trabajos artesanales que reivindica la validez de los trabajos manuales, y le da una oportunidad a la chica para que aprenda un oficio. El cuarto trabajo de François Favrat (Lyon, Francia, 1967), después de abordar el drama y el thriller político, se mete de lleno en el drama, pero esta vez con un marcado acento social, porque se detiene en un barrio de chicos con padres inmigrantes, donde hay pocas salidas y la más recurrente, con la droga. Naëlle tiene una vida dura, hace de niñera de su hermana pequeña, no conoce a su padre, y su madre trabaja de sol a sol. Su pasión son los grafitis y sus amigos.

El director francés no hace un relato condescendiente, sino todo lo contrario, mira esa realidad difícil para muchos jóvenes como la protagonista, y no se queda en el marco, sino que va más allá, porque aparece la asociación, y tampoco en su aprendizaje del oficio las cosas resultarán fáciles, porque habrá conflictos, sobre todo, con ella misma, y con el resto. Un guion serio y conciso que firman Johanne Bernard y el propio director, que describe este periodo en la existencia de Naëlle, sin edulcorantes, retratándola a través de esta experiencia de salir del pozo y aprender y aprenderse, descubrir una vida totalmente diferente, y generar lazos de confianza y fraternidad con las personas que quieren ayudarla, porque no es nada fácil aprender a ayudar y ayudarse cuando se ha vivido en un entorno de desconfianza, de soledad y de dolor. Si la parte argumental no desentona en absoluto, la parte técnica no se queda atrás, porque aboga por la naturalidad y las sólidas y profundas relaciones que se van creando, en un estupendo trabajo de cinematografía de una grande como Joanne Lapoirie, con más de ochenta títulos a sus espaldas, con una filmografía con tremendos nombres de la cinematografía francesa como Techiné, Ozon, Valeria Bruni Tedeschi y Robin Campillo, y Paul Verhoeven, ahí es nada.

El conciso y rítmico montaje de Clémence Samson, que sabe contar con detalle y precisión un relato que se va casi a las dos horas de metraje. La excelente música de Éric Neveux, que tiene más de ochenta títulos en su carrera, en películas tan importantes como Intimidad, de Patrice Chéreau y la reciente El insulto, de Ziad Doueiri, que es su segunda colaboración con Favrat después de Boomerang (2015). Una música original que se mezcla con los temas rap que escucha como rebeldía la protagonista. Un excelente trío protagonista encabeza esta sensible y actual historia, donde los personajes son de carne y hueso, con su complejidad y conflictos, tanto internos como exteriores, que ayuda a profundizar en todos los aspectos emocionales que se generan durante el relato, entre los que destaca una magnífica Najaa en la piel de Naëlle, en su tercer trabajo para la gran pantalla, compone un personaje solitario, metido en un pozo, que desea salir pero es muy compleja su existencia y en el complicado barrio en el que vive, donde hay que ser fuerte y parece que los demás valores humanos han pasado largo, en los Compagnons descubrirá otra forma de ser, de mirar, de relacionarse, y sobre todo, de compartir y crecer.

Junto a Najaa, encontramos a dos intérpretes de gran soltura y convicción como una grande del cine francés como Agnès Jaoui como Helène, el ángel de la guarda para Naëlle, con sus conflictos personales y sociales, que repite con Favrat después de la experiencia en Le rôle de sa vie (2004), al igual que Paul que interpreta Pio Marmaï, con amplia experiencia el cine francés, al que hemos visto en películas de Kaplisch, Audrey Diwan, Catherine Corsini, y más recientemente, en Un escándalo de estado, de Thierry de Peretty. Sin olvidarnos del resto de jóvenes que acompañan a la protagonista, chicos y chicas de verdad, que son y están. Favrat ha construido una película social, pero de verdad y muy humana, creando ese espacio de intimidad y cercanía que tanto demandan las historias de estas características, porque lo que cuenta tiene corazón y profundidad, y es una película realmente didáctica en todos los sentidos, porque no solo se cierne en la protagonista, sino que a través de las relaciones que se van exponiendo, vemos los entresijos de cada personaje, con sus verdades y mentiras, con sus defectos y virtudes, y además, nos muestran una asociación como los Compagnons du Devoir, que existe en la realidad, y no solo sacan del atolladero a cientos de jóvenes, sino que les educan en valores, y mucho más, como aprender a ayudar y sobre todo, a ayudarse, que en la sociedad actual hace tanta falta, porque nos hemos vuelto individualistas y competitivos, y ya no miramos al otro, y mucho menos lo que siente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un escándalo de estado, de Thierry de Peretti

LA GUERRA SUCIA DEL ESTADO.

“El ejecutivo del Estado no es otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía”

Karl Marx

Si hay una película por antonomasia sobre el thriller de investigación sobre las miserias del estado esa no es otra que Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula, en el que profundizan sobre las pesquisas de los periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein en el llamado “Caso Watergate”, que provocó la dimisión al presidente Nixon en el verano de 1974. La acción de Un escándalo de estado arranca sin más, con la noticia de la incautación de siete toneladas de cannabis en París. Ese día, Hubert Antoine, antiguo topo de la policía se pone en contacto con Stéphane Vilner, periodista del diario de “Libération”, y le explica que conoce todos los detalles de una trama de tráfico de drogas del estado, liderada por el alto cargo policial Jacques Billar. La película ya deja clara su camino, cuando en su inicio anuncia en dos frases que la película se basa en hechos reales pero inventados, dejando al espectador en la función de desenmascarar los propios hechos, en un interesante y enigmático juego basado en dilucidar si esos hechos relatados  sean reales o no, según su criterio e información.

El director Thierry de Peretti (Ajaccio, Córcega, Francia, 1970), del que conocíamos su faceta como actor en grandes películas como Saint-Laurent, de Bonello y Los que me quieran cogerán el tren, de Chéreau, entre otras, dirige su tercer largometraje como director, después de las interesantes Les apaches (2013) y A Violent Life (2017), donde indaga en las formas de violencia hacia los inmigrantes argelinos en Francia. En Un escándalo de estado, también se sitúa en las formas de violencia, pero en este caso va mucho más allá, porque se mete con las formas criminales del estado, una historia extraída del libro “L’infiltré”, de Hubert Anoine y Emmanuel Fasten, del que ha construido un guion junto a Jeanne Aptekman, en el que deja de lado los estereotipos del género, tan trillados últimamente, para profundizar en la relación entre el infiltrado y el periodista y en las investigaciones llevadas por ambos, o lo que es lo mismo, entre el que tiene información y el que debe corroborar toda esa información.

La trama se instala en París, y en algunos lugares epicentro de la droga como Marbella y Marsella, en el vamos viendo a todos los actores implicados en la guerra sucia del estado contra la droga o a favor de la droga, según se mire. Estamos ante un caso como los GAL en España contra la guerra contra ETA, o cualquier otro caso en que el estado ha dejado de ser un estado de derecho, democrático y transparente para sumirse en una organización fuera de la ley en el que hacer y deshacer a su antojo. De Peretti deja claras las miserias de la política y los gobernantes para someter e inducir a la policía a hacer y deshacer en temas de droga, para así conseguir sus beneficios y réditos de cara a sus influencias económicas y políticas bajo mano. La excelente cinematografía de una súper clase como Claire Mathon, que repite con De Peretti después de A Violet Life, de la ya habíamos disfrutado con sus grandes trabajos con Céline Sciamma y en El desconocido del lago, de Alain Guiraude y en Spencer, de Pablo Larraín, en el que consigue es luz tenue e intimista en que refuerza esa cotidianidad y la fuerza de los rostros y los cuerpos en una película muy física y verbal.

El extraordinario trabajo de montaje que firman conjuntamente Marion Monnier, la editora de Mia Hansen-Love, que ya estuvo en A Violen Life, y Lila Desiles, para construir una película compleja, con multitud de saltos hacia adelante y hacia atrás, muy bien estructurada y concisa en su información para un metraje de un par de horas, en el que no falta ni sobra nada y mantiene la tensión en todo momento. Una película de estas características necesita un par de intérpretes muy buenos, capaces de llevar una trama de investigación que no es nada fácil, y el director corso los encuentra en Roschdy Zem, que tiene en su filmografía directores/as tan grandes como Techiné, Garrell, Beauvois y Zlotowski, entre otros, metiéndose en la piel de Hubert Antoine, el topo de la policía, un ser muy ambiguo y extremadamente complejo, como esa aparición en el arranque saliendo de la oscuridad, un tipo del que dudaremos mucho, pero también, confiaremos en su testimonio tan esclarecedor e impactante. Una especie de Dr. Jekill y Mr. Hide, que parece muy cercano y en otras, muy alejado, uno de esos personajes increíbles que quedan almacenados en la memoria.

Frente a Zem, un actor enorme como Pio Marmaï, al que hemos visto hace poco en El acontecimiento, de Audrey Diwan, y en películas de Kaplisch, metido  en la piel de Stéphane Vilner, el periodista capaz de todo, el intrépido y sagaz reportero que recuerda a aquellos de las películas clásicas americanas, como por ejemplo, el Walter Burns de Luna nueva, capaz de todo para conseguir la información que sabe que será la hostia, en una muy difícil papeleta en su relación con un confidente del que duda, pero no tiene otra cosa, y cree que lo puede ayudar para desenmascarar la terrible corruptela que existe en el seno de la lucha contra la droga del estado francés. Les acompañan en breves presencias, el siempre ejemplar Vincent Lindon como el jefe de policía investigado, Valeria Bruni.Tedeschi, como una fiscal responsable, y Tristán Ulloa, entre otros. Un escándalo de estado habla de Francia y sus terribles tejemanejes, pero se puede extrapolar a cualquier estado occidental, que se vanaglorian de derecho, justicia, democracia y libertad, y optan por lo contrario cuando se les antoja, en fin, un sindiós de gobernantes y de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fantasías de un escritor, de Arnaud Desplechin

EL ESCRITOR QUE AMA A LAS MUJERES.

“No puedes hacer que alguien diga la verdad más de lo que puedes obligar a alguien a amarte”

Philip Roth

En el cine de Arnaud Desplechin (Roubaix, Francia, 1961), encontramos individuos que aman y desaman, nunca en un orden establecido, siempre con dudas, con miedo a perder al amado/a y con miedo a seguir en la relación. Sus personajes son un sinfín de dudas, de idas y venidas, de seres fuera de lugar, que son incapaces de encontrar su lugar en el mundo, y mucho menos, de encontrarse a sí mismos. Un cine que lo ha catapultado al panorama internacional con un cine muy reflexivo, que profundizaba como ningún otro en las relaciones sentimentales, y sobre todo, mira sus historias desde el retratador sin juzgar, solo acompañando, pero con audaz crítica a la sociedad y las personas o no que la juzgan. El director francés ha construido una interesante filmografía con títulos tan recordados como los de Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle) (1996), Reyes y reina (2004), Un cuento de navidad (2008), Recuerdos de mi juventud (2015), Jimmy P. (2013), y Los fantasmas de Ismael (2017), entre otros. Doce películas, o lo que es lo mismo, doce instantes sobre las existencias de un grupo de personas o lo que queda de ellas.

”Engaño”, de Philip Roth (1933-2018), se ha convertido en la obsesión de Desplechin, y ha tenido varios intentos de adaptación a lo largo de su carrera. La pandemia desbloqueó la forma de encarar un relato estructurado a través de las conversaciones entre un maduro escritor y su joven amante en el estudio de trabajo del primero. El realizador francés ha adaptado la novela, junto a la guionista Julie Peyr, que ha trabajado en las cuatro últimas películas del director, en una historia que no solo nos sitúa en los encuentros del escritor con su amante inglesa, sino que tiene algunas salidas a otros lugares, tanto en el tiempo como en sus espacios. Asistimos a la cotidianidad de la vida conyugal del escritor junto a su esposa, a las llamadas de teléfono del escritor a una antigua amante que está tratándose de un cáncer, a un encuentro con una exiliada checa que le explica su historia, otra cita con una antigua alumna del escritor cuando era profesor en la universidad, y algunas llamadas telefónicas y otros tantas citas en cafés con la amante inglesa.

Estamos en el Londres de 1987, en la piel de un casi sesentón escritor estadounidense exiliado en la capital británica, conviviendo junto a él en su estudio de trabajo, austero, lleno de notas, documentos y libros esparcidos, con su amante inglesa, en el que los vemos entregándose al sexo, manteniendo conversaciones sobre las dificultades matrimoniales de la amante, sus tristezas y sus desilusiones, en una relación sexual y emocional que tendrá euforia, parones y sobre todo, muchas idas y venidas. Desplechin es un director que construye sus historias a través de personajes complejos, inquietos y sumamente emocionales, donde los vemos en sus quehaceres diarios y también, en sus deseos ocultos y muy personales, los que solo comparten con ellos mismos y personas muy cercanas, en una total discreción. La película está ambientada a finales del ochenta y siete, con el bloque comunista todavía en pie, y como es inevitable, nos habla de exiliados: en el caso del escritor totalmente decidido y convencido, peor en el caso de las otras, las mujeres, todas son condenadas al exilio: la amante inglesa a uno solitario y oculto y triste, Rosalie, la enferma, al de una habitación fría de hospital, la checa, al forzoso por las autoridades de su país, la estudiante, a la oscuridad de una enfermedad mental.

Fantasías de un escritor (“Tromperie”, engaño, en el original), no es una película sobre la bondad y la belleza femenina, no se habla de las mujeres, sino de la mujer en particular, a través de la visión del escritor, y sus visiones propias, en la se crea esa intimidad de ir más allá de lo mera superficialidad, con esa maravillosa y cercana luz del cinematógrafo Yorick Le Saux, toda una institución en el país vecino, con una filmografía excelente con nombres tan importantes como los de Resnais, Ozon, Denis, y otros, como Jarmusch, Guadagnino y Gerwig, entre otros. Un montaje que firma Laurence Briaud, que ha montado todas las películas de Desplechin,  que brilla por su sencillez y concisión para condensar esos ciento cinco minutos de metraje, con agilidad e interés, en una película en la que el movimiento se traspasa a la palabra, a la escucha, al contenido de las conversaciones y los saltos en el tiempo y en el espacio que la hacen muy interesante todo lo que se cuenta y también, lo que se calla.

La dirección de actores es un elemento importantísimo en el cine de Desplechin, y en Fantasías de un escritor, vuelve a hacer gala de esa maestría que tiene a la hora de elegir a sus intérpretes y sobre todo, dotarlos de vida, humanidad, complejidad e inquietud, como vemos en su elenco, que repiten con el cineasta francés, como Denis Podalydès en la piel de Philip, el maduro escritor y judío, que habla y sobre todo, escucha y toma notas para sus futuras novelas, sobre los judíos, sobre la familia, que siente la cercanía de la muerte, que recuerda su juventud, sus experiencias y sus amantes, a las que llama, o simplemente añora. Emmanuelle Devos, otra de la factory Desplechin desde la primera película, se mete en el cuerpo y el rostro de Rosalie, la amante enferma, en una de las secuencias más sobrecogedoras y divertidas de la película. Anouk Grinberg es la esposa del escritor, una mujer en la sombra o no tanto, Madalina Constantin es la mujer checa exiliada, y Rebecca Marder, la estudiante con problemas mentales. Y finalmente, una cómplice del universo del director como Léa Seydoux, dando vida a la triste, fascinante y reveladora amante inglesa, una mujer sin nombre pero con una vida insulsa, que los encuentros con el escritor le resultan placenteros, pero también, son una especie de huida al abismo, a la nada, a no sabe qué. Desplechin consigue seducirnos con su relato de la palabra y la escucha, con su sencillez y honestidad, envolviéndonos en todo ese pequeño y grandioso universo del mundo del escritor y todas las mujeres que lo componen, las de ahora, las de ayer y sobre todo, toda su imaginación, sus ensoñaciones y sus vidas y no vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El hombre del sótano, de Philippe Le Guay

NEGAR AL OTRO.

“El hombre está dispuesto siempre a negar todo aquello que no comprende”

Blaise Pascal

El filósofo griego Platón ya lo mencionaba en su alegoría sobre la caverna: la humanidad ensimismada en su espacio y construyéndose una realidad que nada tiene que ver con la verdad. Una cosa parecida le ocurre a Jacques Fonzic, el nuevo inquilino del sótano de la familia Sandberg de origen judío. Todo parece ir bien. Simon Sandberg vende su sótano al susodicho, pero ahí viene la sorpresa, el tipo en cuestión es un declarado negacionista que expande su odio por las redes contra los judíos y niega rotundamente la Shoah. El décimo largometraje de Philippe Le Guay (París, Francia, 1956), nace de una experiencia real de un matrimonio de amigos del director, con un guion que firman Guilles Taurand (toda una eminencia en el cine francés que tienen en su haber películas de André Techiné, Christophe Honoré y Benoît Jacuqot, entre otros), Marc Weitzmann y el propio director, en un relato contado en clave de thriller psicológico donde la amenaza del extraño generará todo un cisma en la comunidad de vecinos y sobre todo, en el núcleo familiar de los Sandberg formado por el padre Simon, la madre Hélène y la hija de ambos, la adolescente Justine.

Como ocurría en Teorema (1968), de Pier Paolo Pasolini, la presencia del extraño llevará a los Sandberg a un terreno diferente, alterando completamente su modus vivendi, donde todo se tornará oscuro, lleno de disputas y una odisea de hasta tres abogados, todos muy diferentes entre sí, de encarar el problema de anular el contrato de venta y echar al citado Fonzic, que ha convertido el sótano en su hogar y los lugares comunes de la sociedad en su hábitat natural. El director francés huye de los golpes de efecto tan trillados en el thriller, y se centra en la relación de los personajes, y en sus diferentes actitudes tanto del extraño como de la familia y los de alrededor, en la que cada uno va adoptando sus posiciones que chocan con el otro, porque la película no solo habla de los negacionistas y cómo afecta a los descendientes de los judíos, sino de cómo se cuestiona la verdad oficial y se inventa otra, apoyada en meros argumentos insostenibles ayudados por las redes que ayudan a propagar el veneno, y además, la película también nos habla de cómo nos relacionamos con nuestro pasado, nuestros orígenes y actuamos en el presente.

La excelente cinematografía de Guillaume Deffontaines, todo un experto que hemos visto en muchas películas de Bruno Dumont, juega con la mezcla de la oscuridad del sótano, más propia del cine de terror, con los ambientes de la pequeña burguesía del entrono de los Sandberg y ese patio donde la luz tenue ayuda a crear esa atmósfera compleja en el que se desarrolla la trama. La extraordinaria música de un grande como Bruno Coulais, que muchos recordamos por la banda sonora de Los chicos del coro, amén de haber realizado más de 200 trabajos para el cine en todo tipo de registros, vuelve a trabajar con el director después de Normandía al desnudo (2018), construyendo una música que nos atrapa generando esa constante sensación de misterio, peligro y amenaza, a partir del más mínimo gesto cotidiano. Y finalmente, el gran trabajo de montaje de Monica Coleman, que tiene una filmografía con nombres tan ilustres como los de Amos Gitai y François Ozon, entre otros, en la sexta película con Le Guay, vuelve a demostrar su valía con un gran ritmo, donde ocurren muchas cosas en sus 114 minutos, generando esa relación inquietante entre los personajes.

El estupendo trabajo de los intérpretes ayuda a crear ese ambiente malsano in crescendo que se va instalando en las vidas de los Sandberg a raíz de la llegada del intruso, donde brillan François Cluzet, que repite con Le Guay después de dar vida al alcalde luchador de Normandía al desnudo, aquí en un rol totalmente diferente, porque hace de Fonzic, el negacionista, indigente y encerrado en su mundo donde lanzar mentiras al mundo. Frente a él, un formidable Jérémie Rénier, que lo veíamos como el déspota entrenador de Slalom, ahora como el causante del conflicto con Fonzic, un tipo que se niega a sí mismo y es reacio a la ayuda ajena, que se peleará con todos. Bérénice Bejo hace de Hélène, la esposa de Simon, una mujer que no es judía, pero optará por otro camino, el de entender al negacionista, y la presencia de la joven Victoria Eber como Justine, que simpatizará con el extraño, creando más problemas si cabe a los Sandberg. Amén de otros intérpretes de reparto que están francamente naturales y concisos como Jonathan Zaccai, Patric Descamps, Patrick D’assumçao, entre otros. El cineasta francés ha construido una película con un conflicto atemporal, en el que plantea como gestionamos los hechos del pasado, desde la perspectiva del que los niega y actúa como víctima amparándose en la libertad de expresión, y la gran mayoría, que debe luchar contra el negacionismo, que debe prevalecer los valores humanos y sobre todo, recordar lo que ocurrió para que los jóvenes conozcan los hechos y no se dejen llevar por charlatanes embaucadores. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El caso Villa Caprice, de Bernard Stora

LAS MISERIAS DEL PODER.

“La arrogancia de los poderosos se basa en talentos reales, pero su ceguera es tan sorprendente como su supuesta previsión. La mayor parte de sus esfuerzos se dedican a consolidar su propio poder. Perderlo, aunque sea un poco, les resulta intolerable. Convencidos de que son invencibles, no están preparados para afrontar la derrota, que les sume en una debilidad extrema”.

Bernard Stora

El poderoso empresario Gilles Fontaine ha sido citado por el juez por una caso que investiga la forma ilícita en la que fue adquirida su lujosa mansión de la costa “Villa Caprice”, en la que aparece un político de la zona. Agobiado, asustado y sin salida, el hombre de negocios pone el caso en manos de Luc Germon, un veterano abogado considerado el mejor de París. Lo que empieza como un trato profesional entre un abogado y su cliente, todo irá derivando a una relación muy oscura, donde nunca sabremos quién manipula a quién, y sobre todo, que hay detrás de todo ese mejunje de poderes, algunos claros, otros extraños, y la mayoría muy desconocidos.

El director Bernard Stora, Marsella, Francia, 1942), empezó como ayudante de nombres tan prestigiosos como los de Clouzot, Eustache, Melville, Verneuil, Rappeneau y Frankenheimer, y luego dirigir desde el año 1983, sobre todo, en el campo de la televisión, y paralelamente, desarrollar una interesante filmografía en el cine con títulos como Les amants de mogador (2002), y El sueño de Califa (2019), entre otras. Con El caso Villa Caprice, sexto título cinematográfico, se basa en un caso real para construir una ficción junto a Pascale Robert-Diard, con la que repite después de Le dernière champagne, y Sonia Moyersen, en un interesante y profundo ejercicio de thriller, donde el lujo y al miseria tienen muchas caras y demasiados abismos. Dos individuos muy parecidos entre sí. Dos tipos como un abogado que se mueve entre los hilos del poder, defendiendo a personas muy poderosas, relacionándose en un ambiente ajeno y cotidiano para él. Un tipo solitario, que cuida de su padre anciano enfermo, alguien sin vida social y personal, alguien que solo trabaja. Frente a él, un empresario poderoso y muy famoso, alguien que solo trabaja, que todo es de su propiedad, como su mujer, que todo se mueve y cambia si él lo decide. Dos formas de entender el poder y la riqueza, o simplemente, dos formas de ver lo mismo, aunque en realidad, el poder que ejercen sea muy diferente.

Stora construye muy hábilmente y con gran eficacia una película de pocos personajes, casi un único escenario, la espectacular y espectral Villa Caprice, que no está muy lejos de la mansión junto al mar de Rebeca, de Hitchcock, rodeado de mar, un mar que define mucho a los personajes en cuestión. Una cinta con mucho diálogo, y también, con muchos silencios, porque en estos lugares es tan importante lo que se dice como lo que se calla. Una excelente cinematografía de Thomas Hardmeier, que ayuda a crear esa atmósfera cálida y fría a la vez, donde todo es turbio y nada es lo que parece, como el gran trabajo de montaje de Margot Meynier (que ha trabajado con Polanski), para condensar los ciento tres minutos de metraje, donde en ningún instante baja el interés y sobre todo, el cuidadísimo entramado que encierra esta peculiar y oscura relación. Y finalmente, la magnífica música de Vincent Stora, que desde el primer instante nos atrapa, con esa fascinación que irradia la espectacular y vacía mansión, con todos esos personajes que pululan por este universo paralelo de señores con dinero, pero sin escrúpulos y llenos de maldad.

Una película que juega tanto a las apariencias, a todo lo que se ve, y más importante, lo que significan esas imágenes y todo lo que encierran, necesitaba imperiosamente un grandísimo trabajo de intérpretes como los estupendos trabajos de un grande como Niels Arestrup, que tiene en su haber gente tan ilustre como Aderman, Ferreri, Szabó, Audiard, Schnabel, Tavernier o Schlöndorff, da vida al abogado, al que defiende a estos malvados con dinero y poder, alguien destrozado por la vida, una especie de esos pistoleros cansados y envejecidos que siguen en la brecha solo por dinero, pero cansados de todos y todo. Patric Bruel, que ha desarrollado una carrera como cantante y actor, con trabajos a las órdenes de Miller, Chabrol, Pollack, Varda y Lelocuh, por citar solo algunos, es el empresario que todo lo quiere y todo tiene un precio, un tipo despreciable que siempre se sale con la suya, ya sea por las buenas o por las malas, uno de esos que ha escalado pisoteando a todos los que se ponían en su camino, y que hay tantos en ese mundo de las finanzas.

Mención aparte tiene el tercer vértice de este simulado triángulo, que no es otra que la fascinante y poderosísima Irène Jacob, la inolvidable protagonista de ese monumento cinematográfico que es La doble vida de Verónica (1990), del gran Késlowski, con el que volvió a trabajar en Rojo (1994). La Jacob da vida a Nancy, la esposa del empresario, una mujer misteriosa, pero tremendamente aburrida, sola y cansada de ser tratada como un objeto más por su esposo, alguien que tiene tanto que contar, pero seguramente, se mantendrá en su sitio, aunque eso le obligue a enfrentarse a todo lo que una vez creyó amar. El caso Villa Caprice es un fascinante y brutal ejercicio de intriga, poder, suspense y demás recovecos que encierran una película que atrapa y no te suelta, con el mejor aroma del ya citado Hitchcock, el Mankiewicz de La huella, y demás policiacos clásicos del gran Hollywood. Una cinta que tiene todos los ingredientes necesarios, muy bien mezclados y llenos de sabor, en el que vemos todos los rostros del poder, sus miserias, sus toxicidades, y sobre todo, todos sus personajes, los que tiene el poder, los lameculos que lo ansían, y aquellos otros, que relacionándose con él, simplemente lo acariciarán y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Black Box, de Yann Gozlan

UN HOMBRE SOLO.

“Si los hechos no encajan en la teoría, cambie los hechos”.

Albert Einstein

Mucho se habla de la importancia de escuchar al otro, no para contestarle, sino para algo mucho más esencial, para poder entenderlo y sobre todo, para comunicarse. El trabajo de Mathieu Vasseur se basa principalmente en la escucha, escuchar los diálogos y sonidos que graban las cajas negras de los aviones después de producirse un accidente. No es una tarea fácil, es una actividad que requiere muchísima concentración, escuchar con detenimiento cualquier sonido, y aún más, después de este arduo proceso, sacar conclusiones y elaborar un detalladísimo informe que esclarecerá las causas que han llevado al avión a accidentarse. Vasseur trabaja para la agencia BEA, el organismo que se encarga de la seguridad de la aviación civil. Pero, en este mundo oculto y de difícil acceso como la aeronáutica, hay muchos intereses, demasiados intereses económicos que torpedean el trabajo de la BEA y la finísima línea que separa la dignidad de la corrupción es muy delgada, en muchas ocasiones, transparente.

El cuarto trabajo de Yann Gozlan (Aubervilliers, París, 1977), del que habíamos la interesante El hombre perfecto (2015), también con el protagonismo de Pierre Niney, en la piel de un impostor, de alguien que se hace pasar como escritor con el trabajo de otro. El director francés escribe un guion junto a Simon Moutaïrou (con el que ya hizo Burn Out), y Nicolas Bouret-Leurad, envolviéndonos en un fascinante y oscurísimo thriller de investigación, que protagoniza un tipo joven, brillante y obstinado en conocer la verdad de los hechos que llevó al vuelo de Dubái-París a estrellarse contra los Alpes. Toda la investigación parece llevar a un atentado terrorista, pero Vasseur encuentra anomalías y sospechas muy fuertes, además, la desaparición repentina de su jefe, aún alimenta las dudas. La película se centra en Vasseur, en su investigación, en su soledad, y sobre todo, en su inquebrantable obstinación que le llevará a cruzar todas las líneas habidas y por haber en su afán de saber la verdad. En frente, tiene a su esposa, Noémie, que trabaja para una empresa nacional que da los certificados de seguridad a los aviones, a la que se enfrentará irremediablemente, que está a un paso de marcharse a la gran empresa de fabricación de aviones, dueña de avión siniestrado. También, está Renaud, el cerebrito de la empresa de seguridad de aviación civil, y aún hay más, el jefazo de Vasseur, Monsieur Rénier, bregado en mil batallas que no se fía de la intuición y las pesquisas de su subordinado.

Un formidable trabajo técnico en el que destaca la absorbente y fría cinematografía de Pierre Cottereau, y el estupendo y ágil montaje de Valentin Féron, que ayuda a que sus dos hora y diez pasen de forma vertiginosa, llena de tensión y nos ate a la butaca sin poder perdernos un ápice de lo que pasa en la pantalla. Mathieu Vasseur nos recuerda mucho a Will Kane, el sheriff que interpretaba Gary Cooper en la inolvidable Solo ante el peligro (1952), de Fred Zinnemann, y a Harry Caul, el investigador que escuchaba conversaciones ajenas en la magnífica La conversación (1974), de F. F. Coppola. Dos tipos, al igual que Vasseur, metidos en un fregao de mil pares de demonios, que necesitarán toda la ayuda posible, su inteligencia y muchas dosis de fortuna, para salir aireados del entuerto que se han metido, y porque hay mucha pasta de por medio, y gente que no quiere que las cosas cambien, gentes que quieren seguir ganando cantidades ingentes de dinero a costa de unas cuantas vidas.

Ya hemos hablado de la presencia de Pierre Niney en la piel del joven investigador enfrentado a todos y a él mismo, un actor brillantísimo que da fuerza y vulnerabilidad a un personaje lleno de miedos e inseguridades, pero capaz de todo a pesar de todos y todo, le acompañan una estupenda Lou de Laàge en la piel de Noémie, una mujer demasiado ambiciosa que se olvidará de lo que vale la pena, Sébastien Pouderoux es Renaud, uno de esos tipos que ha conseguido fama y dinero con su negocio, pero quizás a costa de cruzar límites morales que nunca debió traspasar, y finalmente, el gran André Dussollier, que interpreta a Philippe Rénier, uno de esos responsables que confía, pero necesita seguridad. Gozlan ha construido una película llena de tensión, miedo y oscuridad, donde se destaparán actividades muy oscuras que hacen y deshacen en pos de acumular ganancias, aunque siempre hay tipos con voluntad férrea como Mathieu Vasseur, que no miran para otro lado, que no se callan, que siguen en la pelea, aunque sea a costa de quedarse solos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Charlatán, de Agnieszka Holland

ASCENSO Y CAÍDA DE JAN MIKOLÁSEK.

“Nadie es inútil en este mundo mientras pueda aliviar un poco la carga a sus semejantes”.

Charles Dickens

La directora Agnieszka Holland (Varsovia, Polonia, 1948), aunque se graduó en la Academia de Cine de Praga en 1971, empezó su carrera en Polonia como asistente de dirección de cineastas de la talla de Wajda y Zanussi. Después de participar en dos películas colectivas, debuta en solitario con Actores provinciales (1979), a la que le siguió Fiebre (1981), convirtiéndose en una de las miradas más interesantes y profundas de la cinematografía polaca. Será con Amarga cosecha (1985), un durísimo drama sobre la desesperación durante la ocupación nazi, la que le colocará en el panorama internacional, con películas extraordinarias como Europa, Europa (1990), un exitazo sin precedentes sobre como un chaval judío acaba luchando con los nazis y alzado como un héroe. A partir de ahí, se le abren las puertas a las producciones internacionales como El jardín secreto, sobre la infancia de una niña huérfana en la Inglaterra conservadora, Vidas al límite, sobre la vida de Rimbaud, Washington Square, nueva adaptación del universo Henry James, El tercer milagro, sobre la crisis de fe de un sacerdote especializado en milagros. Con el nuevo siglo, la carrera de Holland se concentra en la televisión estadounidense donde dirige episodios de series de culto como The Wire, Treme, House of Cards y The Affair, entre otras.

Con una filmografía que abarca más de treinta títulos, la directora polaca se ha centrado en explicar los avatares históricos de su país, y de esa Europa Central azotada por los continuos cambios políticos, siempre desde la parte de los más indefensos y necesitados, donde la infancia y la mujer han tenido el protagonismo que muchas películas les ha negado injustamente. Una mirada profunda e íntima de las personas humildes que sin quererlo, se han visto envueltas en las tragedias más duras. Con Charlatán recoge la vida y milagros del personaje real, nacido en Checoslovaquia, Jan Mikolásek, un curandero que utilizaba las propiedades de las plantas medicinales para sanar a decenas de miles de personas. Un hombre poco corriente, muy diferente, con unos métodos muy alejados de la medicina convencional. Con ese estilo tan característico de Holland, basado en el estatismo, en la pausa, en la sobriedad, en lo conciso, donde lo realmente importante es conocer el gesto y los detalles de los personajes para conocerlos en profundidad, alejándose de la palabra para describirlos, sino yéndose al otro lado, al de la mirada y la interioridad, de unas almas que deben sobrevivir a pesar de lo que la historia se empeñe en cambiarles la existencia.

La película recorre buena parte del convulso y trágico siglo XX, centrándose en la madurez de Jan Mikolásek, y llevándonos a su pasado desde su juventud, siendo uno de los soldados que participaron en la Primera Guerra Mundial, su amor por las plantas, su encuentro con la curandera que le enseñará todo lo que sabe, como es peculiar forma de diagnosticar a partir de la observación de la orina, la compra y puesta en funcionamiento de su sanatorio, el encuentro con Frantisêk Palko, con el que mantendrá una relación homosexual clandestina, penada por la ley en la época, y sobre todo, las relaciones difíciles con el poder de turno, los de antes de la guerra, con los nazis, y luego, con el estalinismo, y con la muerte del último de sus jerarcas, las dificultades con el nuevo régimen comunista, muy contrario a su vida y su trabajo. Escrita por el joven Marek Epstein, la película destaca, como suele ocurrir en la filmografía de Holland, un grandísimo trabajo de ambientación y detallismo tanto de la reconstrucción de la época histórica del momento, obra del diseñador de producción Milan Bycek, la extraordinaria música de Antoni Komasa Lazarkiewicz, la edición de Pavel Hrdlicka, y la contundente atmósfera y luz que firma Martin Strba, técnicos que ya habían trabajado con la directora polaca en su miniserie Burning Bush (2013), sobre el estudiante Jan Palach, que se prendió fuego en protesta de la ocupación soviética en la Checoslovaquia de los sesenta.

Holland se toma su tiempo para contarnos todos los detalles, sin dejarse nada en el tintero, todo lo que ocurre cuando se cierran las puertas, asistiendo al irregular proceso de arresto y condena de Mikolásek, ejecutado por un poder corrupto y lleno de argucias falsas y sospechas falsas contra alguien que curaba tanto a pobres como poderosos, con métodos muy diferentes, vendiendo sus preparados con plantas que conocía al dedillo, un tipo perseguido por sus habilidades y su condición de homosexual, alguien que Holland retrata desde la complejidad, con sus bondades y oscuridades, sin nunca juzgarlo, no se construye a un santo santorum, no, no hay nada de eso en la película, sino a un ser humano, con sus aciertos y errores. Una cinta donde todo rezuma realidad, controversia, tristeza, dolor, amor, y sobre todo, humanidad, la posición moral se la deja a los espectadores, los únicos, si es que pueden, de tomar partido en las actividades y existencia del personaje en cuestión.

Si la parte técnica es de primer nivel, la parte artística de la película no se queda atrás, con un plantel que borda sus difíciles y controvertidos personajes, encabezados por la sobriedad y la elegancia de la grandísima interpretación de Ivan Trojan en la piel de Jan Mikolásek, un actor venerado en la República Checa, consiguiendo un trabajo concienzudo de un hombre de pueblo, enamorado de las plantas, que construyó todo un aparato para ayudar y aliviar el dolor de las personas que no encontraban esperanza en la medicina tradicional. Bien acompañado por Josef Trojan, el segundo de sus cuatro hijos, que hace de Mikolásek en su juventud, Juraj  Loj, otro actor muy competente checo, da vida a Frantisêk Palko, el ayudante, amante y compañero de fatigas del protagonista. Agnieszka Holland sigue en Charlatán, el  rastro iniciado en otras producciones como Spoor y Mr. Jones, filmadas con producción polaca, en la que tanto en la actualidad como en el pasado, la inquieta y curiosa mirada de la genial directora polaca, sigue rastreando y psicoanalizando la condición humana enfrentada a los conflictos internos y externos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Queridos camaradas, de Andrei Konchalovsky

LA MASACRE DE NOVOCHERKASSK.

“Es más fácil luchar por unos principios que vivir de acuerdo con ellos”.

Alfred Adler

El cineasta Andrei Konchalovsky (Moscú, Unión soviética, 1937), pertenece a esa estirpe de cineastas soviéticos, los Tarkovski, Klimov, Guerman, Sheptiko, Mijalkov y Paradzhánov, entre otros, que siempre han mirado a su país desde un sentido muy crítico, construyendo una filmografía que eran crónicas políticas, sociales y culturales del país, y a su vez, también eran retratos profundos y sinceros sobre hechos históricos a los que vuelven y revisan concienzudamente, dejando patente el poder del estado y su trabajo en ocultarlos. Desde su primera película, la admirada El primer maestro (1966), a la que siguieron muchas otras, que sobrepasan la veintena, entre las que destacan Siberiada (1978), su exilio estadounidense, en las que filma seis títulos, con Los amantes de María (1984), como la más recordada. Su vuelta a Rusia con El círculo del poder (1991), sobre el proyeccionista de Stalin, La gallina de los huevos de oro (1994), secuela treinta años después de La felicidad de Asia (1966), y una mirada diferente a la Rusia actual en El cartero de las noches blancas (2014), en Paraíso (2014), nos seduce con su extraordinaria mirada sobre el holocausto nazi a través de una condesa rusa de la resistencia francesa que acaba en un campo de exterminio, un colaboracionista francés y un oficial nazi.

En Queridos camaradas, Konchalovsky, ya desde su elocuente título, donde ya no todos somos lo mismo, y hay clases, recupera un hecho histórico olvidado, mira al pasado de la Unión Soviética, hacia la ciudad de Novocherkassk, en Rostov, la parte más occidental de la Federación de Rusia, antigua capital de los cosacos del Don (como ejemplificará el anciano, padre de la protagonista), en un caso histórico totalmente silenciado, cuando un grupo de obreros de la Planta Electromotriz se declararon en huelga por los recortes de salarios y la subida de precios, creando el caos de la ciudad, que fue salvajemente repelido por el ejército causando casi la treinta de muertos, dirigidos por los jerarcas soviéticos. El director ruso construye su película, con la complicidad de su guionista habitual, la novelista Elena Kiseleva, un guion con el asesoramiento de Yuri Bagrayev, el mayor general de Justicia que llevó el caso en los noventa después de la desaparición de la URSS. La historia está contada  a través de Lyuda, miembro del comité local del partido comunista, amante de uno de los jefes, como abre el poderoso prólogo de la película, seguido de esa cola por el racionamiento de alimentos y ella, se aprovecha por su posición de privilegio. Estamos en pleno deshielo de Jruschov (1953-1964), y más concretamente, el 1 de junio de 1962.

La película acota el tiempo en tres días, los que van del 1 al 3 de junio, componiendo una película en tres días, tres actos, el alzamiento de la huelga, la masacre del día 2 y deja para el tercer día, la caótica búsqueda de Lyuda que busca desesperadamente a su hija, una de las participante en la huelga. El grandioso blanco y negro y el ratio de 1:33, con el formato cuadrado, obra del cinematógrafo Andrey Naidenov, el mismo que tenía Paraíso, que se asemeja aquel cine de El paso de las cigüeñas y La balada del soldado, realizado en los albores de los sesenta, influencias del director, dota al relato de una fuerza apisonadora y relevante en todo lo que se cuenta, y sobre todo, como se cuenta, como el estupendo montaje de Sergei Taraskin (colaborador en las últimas cuatro películas de Konchalovsky), y Karolina Maciejewska, que recuerda a esa agitación, fisicidad y tiempo directo que tienen las películas de costa-Gavras como Z y Desaparecido, donde el inmenso trabajo de sonido que firma Polina Volynkina, otra fiel colaboradora del cineasta ruso, ayuda a construir esa tensión constante que sufre la protagonista en su kafkiana e incesante búsqueda de su hija desaparecida.

Konchalovsky realiza una mirada revisionista de la Unión Soviética, como otros directores hacen en su país, como el caso de Bagalov y su película Un gran mujer, deteniéndose en el Leningrado después de la guerra. Un cine sin ánimo de venganza, sino de contar y mostrar, en un ejercicio crítico del pasado de su país, que ayuda a mirar el pasado de verdad, con los males que tuvo, y construyendo la historia real de los acontecimientos vividos y sufridos. Un grandísimo reparto que conjuga con acierto, carácter y sensibilidad todo lo que va ocurriendo en la película. Destacan con fuerza y personalidad la grandísima actuación de Julia Vysotskaya siendo una gran Lyuda, una mujer de partido, idealista, que añora los años de Stalin, de la vieja escuela que se enfrentará al caos, a sus propios ideales comunistas y a su papel de madre, una de esas actrices dotada de una gran mirada que ya nos dejó sorprendidos como la condesa rusa de Paraíso. Bien acompañada por intérpretes rusos no muy conocidos, pero formidables en sus roles como Vladislav Komarev y Andrei Gusev y Sergei Erlish, y la joven Yulia Burova como Svetka, la hija revolucionaria de Lyuda, que tiene otro comunismo en sus ideas, muy enfrentado al de su madre, más moderno, más humanista y menos idealista.

Konchalovsky sigue en estado de gracia con su cine, y vuelve a impresionarnos con una película de extraordinaria factura, donde forma y fondo casan a la perfección, con momentos brillantes, agobiantes y llenos de humanidad, creando una película con una fuerza impresionante, mirando al pasado desde el presente, siendo crítico con las grandes tragedias de su país, como hizo Mike Leigh en su reciente La tragedia de Peterloo (2018), recuperando una masacre del ejército al pueblo a principios del XIX. Mirar al pasado para que todo vuelva a encajarse en la historia, en el que la historia debe contarse como sucedió, mostrando el papel del ejército, el de la KGB, principal responsable de lo sucedido, y mirando a aquella URSS, donde ya se empezaba a resquebrajar la idea comunista de pueblo, para crear un país donde las élites imponían su ley. La labor del cine y el arte en general es sacar la mierda de debajo de la alfombra, sin acritud ni violencia, para mostrar los males para que las gentes de ahora los conozcan, y los estudien, para intentar que no vuelvan a suceder, o al menos que esa sea la intención. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quo Vadis, Aida?, de Jasmila Zbanic

SREBRENICA, 11 DE JULIO DE 1995.

“Cuanto más grande es la herida, más privado es el dolor”

Isabel Allende

La guerra de Yugoslavia que se alargo una década, desde el año 1991 al 2001, provocó la desmembración del citado país, cientos de miles de asesinados, muchos más heridos, y sobre todo, unas secuelas físicas y emocionales que todavía resuenan en nuestros días. Muchas películas lo han abordado desde distintos puntos de vista como Underground, de Emir Kusturica, Sueño de una noche de invierno, de Goran Paskaljevic, En tierra de nadie, de Danis Tanovic, entre otras. La directora Jasmila Zbanic (Sarajevo, Bosnia, 1974), le ha dedicado varios trabajos a la guerra también llamada de los Balcanes, con películas como Grbavica (2006), y For those Who Can Tell no Tales (2013), en las que profundiza sobre las huellas de la guerra y las heridas que siguen abiertas. En Quo Vadis, Aida?, se centra en la matanza de Srebrenica, pero no lo hace desde la posición del invasor serbio, sino desde dentro, desde la mirada de Aida, excelentísima la composición de la actriz Jasna Djuricic, una intérprete que trabaja en uno de los campamentos de la ONU, donde cientos de miles de refugiados acuden en auxilio.

La directora bosnia acota su relato a un par de días, pero sobre todo, se centra en el martes 11 de julio de 1995, describiendo minuciosamente, a modo de diario, todos los acontecimientos que se van sucediendo, con la reunión de mandos serbios y militares de la ONU, donde se ven las posturas tan distantes de la situación, pero siempre desde la posición de Aida, que hace lo imposible por salvar a los suyos, su marido y sus dos hijos varones. El caos es absoluto, miles de personas se agolpan en las vallas del campamento de la ONU, que no les deja entrar. La película huye del sentimentalismo y demás argucias emotivas, manteniendo un pulso firme y emocional que nunca se desvía del camino marcado, sosteniendo una película difícil de estructurar y sobre todo, una película muy compleja, donde lo humano trasciende a la situación generada, y la vida pende de un hilo a cada instante. Zbanic sitúa a su personaje en el centro de todo, un personaje que va y viene, que no se está quieto en ningún momento, moviéndose de aquí para allá por ese laberinto que se ha convertido el campamento que se supone que es un refugio y ayuda al necesitado bosnio que huye del invasor serbio.

Como ocurre en el cine de Costa-Gavras, donde la película de Zbanic se mira, y más concretamente, tiene muchas similitudes con Desparecido (1982), donde un padre con la ayuda de su nuera buscan al hijo y pareja, respectivamente, en la dictadura de Chile. Lo humano cuenta lo político y viceversa, lo humano, en medio de una guerra fratricida entre hermanos y amigos, lo humano abriéndose pase entre tanta tragedia y desgarro, entre tanta deshumanización. El manejo excelente de la tensión y el dolor van de la mano, generando esas situaciones dolorosas y potentes que la película describe con astucia y sensibilidad, generando esa coyuntura que se va creando ese fatídico día para tantos habitantes de Srebrenica. La película no esconde la actitud observadora y pasiva de los militares de la ONU, dando vía libre a los serbios y el plan trágico que tenían preparado contra los hombres. Quo Vadis, que viene a traducirse como “¿A dónde vas?, es un título muy esclarecedor a todo lo que aconteció ese maldito día en Srebrenica, y aludiendo a la expulsión de los cristianos por parte de Nerón, como hacen los serbios con los bosnios.

Si una de las funciones del cine es hablar del pasado y las heridas que siguen en el presente, la película de Jasmila Zbanic es un claro ejemplo de toda esa definición, porque no solo nos muestra con inteligencia y dolor lo acontecido en Srebrenica, sino que sabe mostrarlo, dejando los momentos más duros fuera de campo, haciendo una utilización del off de forma magistral y más aterradora, ya que el sonido nos aplasta, nos ensordece, como si el eco de los disparos continuase martilleándonos, y cómo no, a Aida, la protagonista de la historia, como ocurre con su personaje, una persona que debe seguir, que debe seguir caminando a pesar de todo, a pesar de todos, a pesar de sí misma, porque como bien nos muestra la película, las guerras pasan, los vencidos siguen recordando a los suyos, a los que ya no están, y otros, los que vencen, ocupan sus espacios, sus vidas, y su historia, por eso el cine que muestra Quo Vadis, Aida?, no solo sirve para recordar de forma seria y convincente el pasado trágico que nos persigue, sino que también es una forma de terapia para los espectadores, y sobre todo, para todos aquellos supervivientes que aunque siguen hacia delante, también miran al pasado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El palacio ideal, de Nils Tavernier

EL SUEÑO DE UN HOMBRE SENCILLO.

“Hijo de campesino, campesino, quiero vivir y morir para demostrar que en mi categoría también hay hombres de genio y energía. Durante veintinueve años fui cartero rural»

Joseph Ferdinand Cheval

Erase una vez un cartero llamado Cheval, un hombre poco hablador, ensimismado en su mundo, en la naturaleza y los animales que se tropezaba en su andar continuo por los bosques y caminos de la región de Drôme, en el sudeste de Francia, a finales del XIX. Un hombre que rehuía de los humanos y se sentía más cómodo y comunicativo en la naturaleza, donde encontró su inspiración, como los grandes artistas, como ese maravilloso momento que tropieza con una roca, que luego saca de la tierra y se la lleva a su casa, donde la recorre con la palma de la mano, sintiendo la estructura y la forma de la citada roca. La película nos muestra a  alguien golpeado por la vida, que lo dejó viudo y sin su único hijo. Pero, él siguió con su ruta diaria y su amor por el medio ambiente. Un día, conoció a Philomène, una viuda hermosa y se casaron. Nació Alice, que se convirtió en la ternura y el sentimiento de Cheval, que empezó a construir “El Palacio Ideal” para su hija, recogiendo piedras y tomando inspiración en pasajes bíblicos y en palacios hindús. Una obra que, a pesar de las continuas dificultades, logró acabarla después de 33 años.

Nils Tavernier (París, Francia, 1965), hijo del insigne director Bertrand Tavernier, ha construido una carrera como actor en películas de su progenitor como Beatrice o Ley 627, y otros geniales directores como Chabrol y Forman. También ha dirigido documentales de corte social y cultural, junto al guionista Laurent Bertoni. Su debut en la ficción se produce con la cinta Con todas nuestras fuerzas (2013), protagonizada por Jacques Gamblin, que recogía la hazaña de un tetrapléjico, ayudado por su padre, en su cometido de correr la durísima prueba de “Iron Man”, le siguió el thriller con al miniserie En algún lugar del valle, sobre una niña desaparecida. Ahora, llega el turno de la historia real del cartero Joseph Ferdinand Cheval, la  L’incroyable histoire du facteur Cheval, en su título original, contando nuevamente con Bertoni, a la que se une Fanny Desmares, para contarnos un relato romántico, al estilo de El cartero y Pablo Neruda (1994, de Michael Radford, contándonos la pericia de un hombre seco e introvertido, alguien de pocas palabras, alguien en su universo naturalista, que ante los golpes y la dureza de la vida, empieza a crear desde cero un monumento para su hija, un lugar especial como legado para su primogénita.

La acción de la película arranca en 1873 y se desplaza hasta 1924, cuando falleció Cheval, donde conoceremos su entorno, pequeño y rural, en la aldea de Hauterives, donde el cartero alzó su obra, utilizando materiales como piedras, que iba encontrando en su andar como cartero. La película de Tavernier es lineal, ligera y emocionante, sigue un ritmo pausado y romántico, explicándonos los avatares tristes y alegres de la vida de Cheval y su familia, una vida dura y llena de desgracias, que el cartero, con la ayuda de su inseparable Philomène, sigue adelante con su trabajo como cartero y su construcción. La sobria y maravillosa luz obra del cinematógrafo Vincent Gallot, con esos tonos ocres y la intensidad de las velas y la luz del fuego, convierten la cinematografía de la película en uno de sus grandes hallazgos, al igual que la excelente partitura musical que firman los hermanos Baptiste y Pierre Colleu, que saben imprimir el carácter duro y romántico que tiene la existencia del peculiar cartero. Y finalmente, la exquisita edición de la película, de Marion Monestier, que sabe manejar el ritmo y la cadencia en un metraje de los 105 minutos para abordar un relato que abarca más de medio siglo.

Tavernier se rodea de un reparto brillante, en el que destaca la inmensa labor de Jacques Gamblin, con el que repite, en un personaje que le va como anillo al dedo, con una espectacular caracterización, que le llevaba una hora y media cada día antes de empezar a rodar, en uno de esos personajes “Bigger than Life”, al que la sabiduría, el porte y esa forma de caminar y sobre todo, su mirar profundo e inquieto de un grandísimo Gamblin, en uno de sus grandes composiciones, interpretando a un individuo invisible, criticado por las gentes de su pueblo, un ser inadaptado que encontró en su entorno natural, la inspiración ideal para levantar su sueño, un sueño sencillo y humilde, que destapó a uno de los grandes visionarios y creadores del arte naïf, declarada como monumento histórico en 1969 por André Malraux, entonces Ministro de Cultura. A su lado, Laetitia Casta como Philomène, la mujer, esposa fiel y compañera, firme ante los golpes de la vida, y una compañía esencial en la existencia de Cheval, y la actriz Lily Rose Debos, que habíamos visto en Gracias a Dios, de Ozon, da vida a la pequeña Alice con 12 años, creando esa fusión íntima y muy profunda entre padre e hija, y finalmente, la aportación de Bernard Le Coq, un actor dotado de una gran humanidad y elegancia, convertido en una especie de mentor de Cheval en su trabajo.

El palacio ideal se revela como una película conmovedora y honesta, que no sorprende por su narrativa, que resulta clásica, convencional y sin sorpresas, pero aporta una mirada interesante y llena de patices en la psicología de los personajes, donde si destaca, mostrando el lado íntimo, personal y profundo de una serie de personas que vivían en las zonas rurales de aquella Francia de finales del XIX y principios del XX, gentes del campo, alejados de las ciudades y sus formas de vida, centrándose en la existencia de alguien corriente, de un ser sencillo, de alguien que era uno más, de un tipo que no caía simpático, quizás porque en su interior, anidaban esas ideas tan diferentes y especiales, tan especiales que se alejan de su cotidianidad. Un relato lleno de amor y tragedia que desvela la parte extraordinaria de la gente común, la gente de campo, que aparentemente, no parece guardar esos secretos, pero que, de tanto en tanto, surgen personas como Cheval, llenas de luz, trabajo, entusiasmo y sabiduría que, hacen de su sencillez su mejor virtud, alguien sin preparación como arquitecto, que consiguió, solo con sus manos, un gran puñado de piedras, unas cuantas herramientas, imaginación, tiempo y paciencia, una de las obras más significativas del llamado arte marginal de principios del siglo XX en Francia, admirado por Breton y Picasso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA