La ola verde (Que sea ley), de Juan Solanas

LA FUERZA IMPARABLE.

“Una no nace mujer, una se hace mujer”

Simone de Beauvoir

Los pañuelos blancos que cubrían las cabezas de las abuelas de la Plaza de mayo nacieron durante la dictadura de Argentina, para protestar contra la desaparición forzada de muchos familiares o amigos.  Más de cuatro décadas después, a esos pañuelos blancos se les han unido otros de color verde, los que reivindican el derecho al aborto libre, legal y gratuito. Una marea de cientos de miles de mujeres argentinas, se lanzaron a la calle a protestar durante el 2018, cuando la ley fue aprobada por el congreso, y tres días después tenía que ser ratificada por el senado. Juan Solanas (Buenos Aires, Argentina, 1966) después de algunos trabajos en la ficción, y el documental Jack Waltzer: On the Craft of Acting (2011) sobre uno de los más famosos profesores del emblemático “Actor’s Studio”, vuelve a la realidad más directa y reivindicativa con La ola verde (Que sea ley), una película que recoge las multitudinarias manifestaciones apoyando el aborto, y además, recoge testimonios de activistas feministas legendarias, jóvenes de ahora, familiares de víctimas de abortos clandestinos, y también, la otra cara, aquellos en contra del aborto.

Un documento necesario y valiente pone rostro y cuerpo a todas aquellas mujeres que han sufrido la falta de una ley que permita el aborto, mujeres en situación de pobreza, mujeres que mueren una a la semana por este motivo, mujeres olvidadas, mujeres que se jugaron la vida, y en muchos casos la perdieron. Mujeres que son recordadas en la película, hablando de sus diferentes circunstancias, reivindicando esa memoria para seguir en pie y en la lucha, para que no cesen las protestas y finalmente, se consiga la ley. Solanas, hijo del legendario Pino Solanas (grandísimo documentalista, autor entre otras de La hora de los hornos o Memorias del saqueo, entre otras, que aparece en la película en su función de diputado defendiendo el derecho al aborto) realiza una película extraordinario y cruda, mostrando realidades que encogen el alma, ejecutando un magnífico documento político sobre una situación inhumana que lleva a la muerte a tantas mujeres, escuchándolas a través de ese cine directo, espontáneo y de guerrilla, un cine militante que pone el foco y la voz a todas aquellas mujeres que luchan con lo que tienen para hacerse notar, armando jaleo en la calle, y gritando las injusticias de un país tan vilipendiado por tantos gobernantes sin escrúpulos.

Un documento azotado por una energía maravillosa y poderosa, se detiene en todos los frentes abiertos, sin dejarse nada en el tintero, contagiada por esa fuerza de las mujeres en pie, abriendo en carnes la cuestión, dando testimonio a las dos caras, con los argumentos de unos y otros, escuchando las dos posiciones antagónicas, y va mucho más allá, porque en realidad no se trata una cuestión de vida sí o vida no, sino que en realidad estamos ante una lucha social, en el que los más privilegiados no quieren perder su status, y los de abajo, se han levantado, cansados de tanta injusticia, y han dicho basta y se han lanzado a las calles a protestar contra la desigualdad y el desamparo legal. La película tiene ritmo y una energía brutal, atrapándonos con su fuerza social, emocionándonos esa marea de mujeres imparable que quizás pierdan muchas batallas, pero finalmente, su empuje y decisión derribará el muro de la hipocresía, la indiferencia y se será ley, contribuyendo con su lucha a que el mundo sea un poco más justo e igualitario.

Solanas ha construido un documento contundente y extraordinario, sus 82 minutos se ven con entusiasmo y amargura, porque por un lado vibramos con la lucha de tantas mujeres en pie y su alegría reivindicativa, peor por el otro, asistimos a tantos casos de mujeres fallecidas en abortos clandestinos y luego, la indiferencia de profesionales médicos u otros ante esa falta de humanidad que provoca que el aborto este penado por la ley. El director argentino se alza como un heredero digno de su apellido con esta película que recoge el sentir humano de las calles, esas protestas y luchas incesantes que no solo dejan claro que el mundo ha cambiado, que el mundo patriarcal tiene los días contados, que las mujeres que luchan por una sociedad más justa se han levantado para no someterse jamás, que los privilegios de unos pocos dejarán paso a los derechos reales, de muchos que han sido pisoteados durante tantos siglos, esos olvidados que necesitan una serie de condiciones legales para que sus existencias sean un poco menos sombrías e invisibles, para que la democracia sea verdadera y no sea una máscara para que los de arriba sigan manteniendo los privilegios de hace siglos sea el sistema gubernamental que sea. Porque como dice la película, por humanidad y empatía. ¡QUE SEA LEY! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vida oculta, de Terrence Malick

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL HORROR.

“Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar”

Marcelino Camacho

El último lustro en la carrera cinematográfica de Terrence Malick (Ottawa, Illinois, EE.UU., 1943) han virado hacia la vorágine, ya que su producción como director ha aumentado considerablemente dirigiendo 5 títulos, producción que contrasta enormemente con la escasa producción hasta el año 2205 cuando sólo contaba 4 títulos en más de tres décadas. Quizás este dato no sea importante en otros directores, pero en el caso de Malick resulta muy significativo, ya que después de El nuevo mundo (2005) su obra se ha encaminado a dramas personales confusos y desorientados que no han acabado de despertar el entusiasmo de sus títulos anteriores. Con Vida oculta rompe esa tendencia y en cierta medida, recupera su gran cine, aquel cine que asombró a crítica y público, y lo encumbró a uno de los cineastas estadounidenses más interesantes desde que debutase en 1973 con Malas tierras, le siguió Días del cielo (1978) lo agrandó con La delgada línea roja (1998) a pesar de esas dos décadas de inactividad cinematográfica, la mencionada El nuevo mundo, y El árbol de la vida (2011) la historia personal de alguien desde niño hasta su edad adulta, en la que repasaba la génesis del universo y todas las etapas de vida y aprendizaje del protagonista.

Vida oculta  recupera ese cine que había en El árbol de la vida, con esos grandes angulares donde rastrea y filma de forma natural toda la belleza natural del paisaje y la fisicidad de sus personajes, involucrando a los espectadores de una manera muy íntima y cercana a la actividad del relato, tanto su trabajo físico en la granja como las miradas y gestos de los personajes, adquiriendo todo el conjunto un nivel de comunicación de gran fuerza expresiva y magnética. Malick recupera el caso real de Franz Jägerstätter, que fue ejecutado en 1943 por los nazis al negarse a ir a la guerra. El cineasta estadounidense nos sitúa en una granja alpina de Sankt Radegund, en Asutria, en aquellos años cuando el país se anexionó a la Alemania nazi, y de repente, tanto los seguidores como los detractores quedaron sometidos al régimen totalitaria de la Alemania de Hitler, situación que se vive en carnes en la película en ese pueblo donde la mayoría aboga por la idea nazi dejando arrinconado y vilipendiado la posición de Franz, declarado pacifista y completamente opuesto a la guerra.

Con algunos flashbacks conocemos la historia de amor de Franz y Franziska, un amor puro, bello y natural como la tierra que pisan, donde la película se viste de romanticismo profundo y sincero para retratarnos a dos personajes buenos, transparentes y sencillos, una almas enamoradas y trabajadoras ajenas a todo el horror que se les viene encima. La sublime y naturalista luz de Jörg Widmer (que debuta con Malick como cinematógrafo, aunque llevaba desde el 2205 trabajando como cámara en sus películas) acoge y presenta a dos seres muy enamorados, que se desean y trabajan codo con codo en su granja y cuidan a sus tres hijas, donde el cuadro escenifica y acerca con inusitada belleza todo lo que va aconteciendo, en que el paisaje adquiere una sutileza maravillosa, donde todo tiene vida y movimiento. Bien acompañado de un montaje preciso y trabajoso que se alargó tres años y contó con tres editores, Rehman Nizar Ali (que lleva siete películas con el director), Joe Gleason (desde el 2016 a las órdenes de Malick) y Sebastian Jones (realizador con Malick que en esta ocasión hace labores de editor) en que Malick nos sumerge en un relato muy despedazado pero capturando toda esa belleza física que se mezcla con la turbación y la oscuridad por la que va adentrándose la película, donde la música de James Newton Howard va acompañando de manera respetuosa dejando al espectador sus propias conclusiones, con las magníficas partituras de Bach, Beethoven, Händel, Arvo Pärt, entre otros.

Malick teje una historia reposada y espiritual, en la que maneja con rigor y serenidad el tempo cinematográfico, elaborando con detalle cada plano y mirada, explorando las emociones con sumo cuidado, sin precipitarse ni sentimentalismos, con orden y aplomo, donde se mezclan romanticismo, naturaleza, cotidianidad laboral y horror, donde la religión, como ocurría en El árbol de la vida, vuelve a convertirse en la luz y guía de los personajes principales, auténtica tabla de salvación de sus vidas, y sobre todo, el lugar donde encontrar ayuda y respuestas a toda la oscuridad y el horror que se les bien encima. Malick ha contado con un reparto que raya a gran altura interpretativa y sabe transmitir toda la alegría y la tristeza que experimentan los personajes, encabezados por el enorme August Diehl como Franz, bien acompañado de Valerie Pachner como Franziska, esa pareja enamorada que lucharán hasta el final por sus valores humanos y por lo que creen siempre juntos y a una, y el resto del reparto con actores de la solvencia de Matthias Schoenaerts, Michael Nyqvist, Jürgen Prochnow o Bruno Ganz, en uno de sus últimos papeles.

Malick ha construido una película magnífica, profunda y sincera, muy sensorial y con unas imágenes que traspasan la pantalla, donde apenas escuchamos diálogos, en que una primera parte estaría contada a través de lo físico, mediante los trabajos en la granja, y una segunda mitad, donde prevalece la palabra escrita, mediante esas voces en off que van leyendo las cartas que se dirigían la pareja enamorada cuando estaban separados. Sus 174 minutos no agotan ni juegan en su contra, sino todo lo contrario, convirtiendo la película en un hermoso canto al amor y a la libertad, con ese aspecto de cotidianidad y de gentes anónimas que desafiaron el terror nazi con las armas que poseían, su dignidad y valentía, en que el relato consigue esa brutal capacidad de transmisión y belleza que tiene la mirada de Malick, sumergiéndonos en un paisaje físico y moral, donde todo pende de un hilo, en que el equilibrio emocional de los personajes interpela directamente a los espectadores, dirigiendo nuestras emociones a la actitud férrea de Franz y su digna decisión de enfrentarse a los malvados y preservar sus valores humanistas y sobre todo, seguir indemne durante todo su cautiverio y condena, siendo fiel a sus principios morales y teniendo a su mujer y familia a su lado, en esa lucha hasta el final contra el fascismo que todo lo devora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Zabou Breitman

Entrevista a Zabou Breitman, codirectora de la película “Las golondrinas de Kabul”, en el Instituto Francés en Barcelona, el miércoles 19 de febrero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zabou Breitman, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, a Mariam Chaïb Babou, por su fantástica labor como intérprete, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Las golondrinas de Kabul, de Zabou Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

BAJO EL YUGO TALIBÁN.

“Ser tirano no es ser, sino dejar de ser, y hacer que dejen de ser todos.”

Francisco de Quevedo

La acción se sitúa en el verano de 1998, en la ciudad de Kabul (Afganistán) bajo el yugo de los talibanes, un régimen de horror que acabó con cualquier atisbo de resistencia, y sobre todo, creo un mundo donde la mujer quedó anulada, al amparo del hombre, oculta bajo el burka, vilipendiada y sometida al amparo del tirano. Habíamos visto películas interesantes y profundas sobre este atroz tiempo de la historia del país árabe como Osama, de Siddiq Barmak, A las cinco de la tarde, de Samira Makhmalbaf o Buda explotó por vergüenza, de Hana Makhmalbaf, donde se daba buena cuenta de la terrible situación de la mujer afgana. Incluso, en junio del año pasado, y también con las técnicas de animación, conocimos el relato de Parvana, la heroína de El pan de la guerra, de Nora Twoney, que al igual que ocurría en Osama, su familia la convertía en chico para poder subsistir. Ahora nos llega, Las golondrinas de Kabul, basada en la novela homónima de Yasmina Khadra, que nos cuenta las peripecias de Zunaira y Mohsen, una joven pareja que vive en Kabul, y cómo su destino hará que la penosa y oscura existencia bajo el régimen talibán les dé una oportunidad diferente a la que tienen.

Los productores de Bienvenidos a Bellevilley Ernest & Celestine, dos de las últimas películas de animación francesas de éxito, confiaron en el talento de Zabou Breitman (París, Francia, 1959) con una extensa filmografía como actriz, y directora de teatro y cine con cinco títulos de acción real en su haber. A través de la técnica de la rotoscopia (filmar con intérpretes acciones reales que después se pasaran a animación) misma técnica utilizada en grandes obras del género como Yellow Submarine,  El señor de los anillos, A Scanner Darkly o Vals con Bashir, y la magia de los dibujos en acuarela de Éléa Gobbé-Mélvellec (Francia, 1985) que ya había trabajado en Ernest & Clestine, la simbiosis perfecta para llevar a cabo la sensibilidad y belleza que requería la novela de Khadra. Un espacio que nos sumerge en la cotidianidad de ese Kabul espectral y vacío, donde apenas se ven rastros de vida, en el que todos sus habitantes se mueven por inercia, desplazándose con miedo, agazapados en una realidad terrorífica y desoladora.

La película de Breitman y Gobbé-Mévellec capta con absoluta precisión y detalle todo ese universo deshumanizado, construido a través de las miradas y gestos de unos personajes encerrados en una existencia desgarradora y asfixiante, en que el dibujo nos muestra la cotidianidad de manera abstracta, situándonos en un paisaje urbano que describe el abatimiento que sienten los protagonistas del relato, vaciándonos el espacio y dejándonos en mitad de ese desgarro infernal en el que los talibanes han convertido Kabul, donde crece la infamia, el dolor, el miedo y la sinrazón a cada instante, como el terrorífico detalle de la mirada de las mujeres a través de la rejilla del burka o esa demoledora secuencia de la lapidación. Las directoras francesas parecen guiarnos por una película muy deudora del cine iraní, con la sombra guiadora de los Kiarostami, Panahi, Makhmalbaf, entre otros, un cine que reflejaba en la infancia los durísimos embates contra la población iraní bajo el régimen de los ayatolás.

La cercanía, el preciosismo y la belleza que hace gala la animación se convierten en el mejor vehículo para contarnos de manera sincera e intimista el infierno cotidiano y existencial que viven los personajes, consiguiendo en muchos instantes que olvidemos la animación y nos sintamos frente a un documento real sobre la situación vital de la población afgana que padeció tamaño sufrimiento, sensación manifiesta gracias a la fantástica ilustración, acompañado de un movimiento y sonido evolventes, con el aroma que desprende y la precisión de su brillante guión, transformando un relato que va más allá de la simple historia, para adentrase en un terreno más universal, con unas personas que sueñan con ser libres y luchan por conseguirlo, donde las circunstancias del momento pueden cambiar de tal forma que el infierno persistente y agobiante de la realidad, abra un resquicio de luz por el que la vida ofrezca una oportunidad inesperada pero real para sus vidas, como ocurría en Funan, de Denis Do, otra impresionante muestra de cómo la animación evocaba los infiernos personales de los camboyanos bajo el yugo de los Jemeres Rojos.

En Las golondrinas de Kabul (bellísimo título que evoca a esa libertad que añoran los personajes de la película) Breitman y Gobbé-Mélvellec consiguen unos personajes diversos y complejos, todos en situaciones difíciles, todos en encrucijadas vitales en las que deberán situarse en aquel lugar de resistencia aunque para ellos tengan que sacrificar muchas cosas, en una trama brutal y magnífica que va in crescendo, con un ritmo desbordante en el que no dejará indiferente a ningún espectador, soportando esa malvada cotidianidad donde solo los valientes y sobre todo, aquellos que nada tienen que perder, se atreverán a ir más allá, a cruzar las líneas que jamás hay que cruzar en situaciones tan horribles, en creer que hay vida tras los muros de la ignominia y la crueldad talibán. Una película humanista, sencilla, honesta, maravillosa e íntima que sabe sumergirse con maestría en la cotidianidad de los afganos bajo el yugo talibán, en sus ilusiones rotas, en sus conciencias abatidas, en sus sentimientos vaciados, y sus dignidades pisoteadas, pero también, nos muestra que todo esa frustración vilipendiada y oculta, puede un día emerger y construir un espacio de libertad y dignidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestras madres, de César Díaz

RESQUICIOS DE LUZ.

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”

José Saramago

Hace dos temporadas, la película Sin miedo, de Claudio Zulian, daba buena cuenta de los desaparecidos de la guerra en Guatemala, a través de los testimonios y acciones de sus familiares, que buscaban incesantemente sus cadáveres y honrar sus memorias. El cineasta César Díaz (Guatemala, 1978) hace su puesta de largo mirando a la memoria histórica de su país y bucea en la guerra que enfrentó al estado contra guerrilleros que se mantuvo desde 1960 hasta 1996, ocasionando unos 200.000 muertos y más de 45.000 desaparecidos. Pero lo hace desde un prisma individual, a través del personaje de Ernesto, un hijo de desparecidos, que trabaja como antropólogo forense recuperando muertos de la guerra y dándoles la dignidad de la que carecieron. Un día, una campesina, que busca a su marido, informa a Ernesto de una fosa de desaparecidos en su pueblo, y se encienden todas las alarmas ya que el joven investigador cree que puede estar enterrado su padre. Paralelamente, se cuentan los días para que su madre Cristina, víctima de las torturas militares, intervenga con su testimonio en un juicio contra los crímenes impunes de la guerra.

Díaz construye una película que es más un documento sobre la memoria de los que ya no están de su país, y sobre todo, de sus supervivientes, de los que sí que están y los buscan, centrándose en todas las acciones que llevan a cabo para desenterrar a tantos desaparecidos condenados al olvido gubernamental. La película sigue a Ernesto, que ya en su arranque deja claras sus intenciones, mostrando al joven sobre una mesa de trabajo reconstruyendo los huesos de alguien encontrado en una fosa. Reconstruir, reparar, y recuperar a los desaparecidos es la cuestión que plantea y aborda la película-documento de Díaz, recuperando la memoria oscura de su país para poder avanzar a un futuro donde la reparación y la dignidad sean motivo de orgullo. El director guatemalteco aborda un tema tan serio y complejo desde la sencillez y la honestidad, planteando las dificultades entre el enfrentamiento interno entre lo personal y lo profesional de Ernesto, un joven que se debate entre encontrar los restos de su padre, un guerrillero muerto, y seguir con la fosa del cementerio municipal como le insta su superior. Y también, la relación con su madre, una mujer que ha sufrido aquellos años terroríficos y ha de volver a ellos, necesita enfrentarse a ellos para recuperar su vida y honrar a los desaparecidos.

Mirar frente a frente a una verdad demasiado incómoda, dolorosa y terrible. Díaz elabora con detalle y sensibilidad un tema duro y difícil, pero lo hace desde la dignidad y el humanismo de los materiales con los que trabaja, extrayendo toda el alma de unos personajes cotidianos, que hablan poco y reflexionan mucho, valientes y temerosos a partes iguales, con aquello a lo que se enfrentan, un espacio donde sus ausencias, los desparecidos que buscan, siguen estando tremendamente presentes en sus vidas y sus quehaceres diarios. Un relato que aborda desde lo humano y lo interior todo aquello que toca, con la distancia necesaria para no dirigir al espectador, y a la vez, la cercanía suficiente para captar todas sus sutilezas y hallazgos. Un buen plantel de intérpretes resulta imprescindible para introducirnos en esas existencias y en sus conflictos interiores, como son Armando Espitia que da vida a Ernesto, un joven que trabaja en la búsqueda de los desparecidos y se encuentra con un hallazgo que le puede llevar a recuperar los restos de su padre, y conocer la verdad enterrada

Frente a Espitia, una actriz de raza y sentimiento como Emma Dib, con un rostro marcado por ese pasado tan brutal, dando vida a Cristina, una madre que lucha contra los fantasmas del pasado, contra tanta sinrazón e ignominia, deberá hacer su trabajo interno para enfrentarse a sus temores y relacionarse con una verdad demasiado violenta y oscura que vivió en sus carnes. Nuestras madres sigue el aroma de ese cine político que se sumerge en la verdad para evidenciar los errores de tantas dictaduras y sobre todo, como la democracia ha sido cómplice en su nula labor para desenterrar la memoria y enfrentarse a su pasado más terrible, un cine en el que Desparecido, de Costa-Gavras o La historia oficial, de Puenzo serían la punta de lanza de un cine sobre la memoria, resistente, necesario y valiente que lucha contra la desmemoria de tantos países y dirigentes que claman por la democracia pero olvidan las necesidades reales de sus habitantes y sobre todo, olvidan su pasado y no lo reparan, inventándose una nueva forma de memoria que solo beneficia a los torturados y asesinos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solo nos queda bailar, de Levan Akin

AMAR Y BAILAR.

“Sentirse plenamente vivo es sentir que todo es posible”

Eric Hoffer

Merab es un joven impetuoso, trabajador y talentoso que sueña con ser un gran bailarín en la Compañía Nacional de Danza de Georgia con su pareja de baile, Mary. Todo cambiará cuando aparece otro bailarín a su altura, Irakli, que se convertirá en su rival y además, es su objeto de deseo. La tercera película de Levan Akin (Tumba, Botkyrka, Suecia, 1979) descendientes de georgianos, vuelve a los elementos y ambientes que ya caracterizaban sus anteriores trabajos, en los que indagaba de forma profunda y personal sobre los problemas de cierta juventud acomodada sueca. En su nuevo trabajo se traslada al país de sus orígenes familiares, Georgia, y concretamente, a su capital Tiflis, para construir una película que nos sitúa entre lo antiguo y lo moderno, entre la tradición y los tiempos actuales, una dicotomía en la que a través del personaje de Merab, uno de esos jóvenes que vive por su pasión por el baile de la danza tradicional, mayormente masculina, anclada en el pasado y en las raíces de un país dominado históricamente, tiene en la danza, al iglesia y el canto sus valores identitarios más fuertes y defendibles para la sociedad.

Merab se siente atraído por Irakli, un tipo alejado a él, alguien que parece despreocupado con su vida y el baile, pero alguien talentoso como Merab. Akin impone un fuerte ritmo a su película, donde no dejan de suceder situaciones que llevan a sus personajes a enfrentarse entre aquello que sienten y deben hacer. Un debate constante que jalona la película, y atrapa al espectador, entre la fuerza de la música y baile tradicional, con esas clases del exigente maestro, la situación familiar de Merab, con pasado de bailarines de danza, pero ahora una mera sombra de aquel esplendor, con una abuela que le apoya, una madre perdida, y un hermano nada serio, convierten la existencia de Merab en una vida donde la danza tradicional es su vía de escape, su forma de expresarse ante el mundo y realizarse emocionalmente, una rebeldía ante tanta imposición, tradición y falta de libertad. El director sueco filma con audacia y fuerza una historia de amor y pasión entre Merab e Irakli, oculta ante todos, con esa efervescencia de la juventud con otras ideas, actitudes y formas diferentes que chocan con ese otro mundo viejuno, que vivió la Unión Soviética y su desaparición, que todavía vive arraigada a unas formas de vida y convenciones sociales arcaicas.

Tiflis se convierte en otro personaje más en la película, erigiéndose en un escenario donde conviven lo antiguo con lo moderno de forma manteniendo las barreras sociales y estructurales, pero que la relación e Merab e Irakli, aunque sea en la clandestinidad, mezcla y funde esos mundos tan opuestos y alejados. Solo nos queda bailar es un relato sobre el amor, la pasión, la necesidad de ser uno mismo aunque eso vaya encontrado de lo establecido, de enfrentarse a lo tradicional, de dejarse llevar por lo que uno siente, de lanzarse al vacío en la vida, en las emociones y sobre todo, en sentir el baile de manera individual, diferente y en libertad. Levan Gelbakhiani es Merab, un actor debutante que compone un personaje lleno de vida, de amor, de libertad, a través de su cuerpo, sus gestos y miradas, a través de la danza georgiana, de la música, que vive, baila y ama con intensidad, como si no hubiese un mañana, con toda la fuerza que es capaz y le dejan, con una carisma que traspasa la pantalla y nos desborda con su fuerza reveladora.

La película de Akin se une a esa corriente de cine LGTBI como La vida de Adèle, Carol, Carmen y Lola, Moonlight, Call me by your name, 120 pulsaciones por minuto, SauvageRetrato de una mujer en llamasEma, entre otras, que viene a ocupar esos espacios vacíos y escasos que el cine convencional se negaba a llenar con historias mayormente enfocadas a la heterosexualidad. Relatos que nos explican con profundidad, complejidad y personalidad historias de amor queer, donde se explora la identidad sexual y de género, tan necesarias y valientes en los tiempo actuales, cuando todavía hay muchos países y sectores reaccionarios que les niegan los derechos y la visibilidad que se merecen como cualquier persona en la sociedad, sin ser juagada por su condición sexual e identidad de género. Akin trata el tema LGTBI de manera sincera y honesta, desde la perspectiva humana y castradora, dejando claro el todavía largo camino que han de hacer tantos gobiernos, instituciones y demás espacios.

Bachi Valishvili como Irakli, el contrapunto de Merab, pero también una fuerza de contención y sobriedad que alimenta la película elevándola a esa energía fascinante y contagiosa que transmite la cinta. Ana Javakishvili es Mary, la compañera de baile y amiga del alma de Mareb, alguien callada y sin hacer ruido, termina sabiendo todo lo que sucede entre Merab e Irakli, bien acompañados por un reparto natural y convincente repleto de intérpretes no profesionales. Esa juventud constataría y rebelde, con nuevas formas de vivir, sentir, bailar y respirar, viene con velocidad de crucero a ponerlo todos patas arriba, a romper las barreras y obstáculos de lo tradicional, a introducir aires diferentes y renovadores a lo anclado, sustituyéndolas por elementos más arriesgados, llenos de esperanza, libertad y con múltiples puntos de vista y miradas inteligentes, imprimiendo aires nuevos y coloridos sobre lo viejuno, una fuerza imparable que se convierte en una ola que provocará nuevas formas de mirar, sentir y vivir, en que el personaje de Merab es el mejor ejemplo, siendo la bandera de libertad, cambio e identidad que propone su forma de ser y vivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Chris el suizo, de Anja Kofmel

DESENTERRANDO LA MEMORIA.  

“Algunos periodistas no aceptaban su papel allí como observadores. Se involucraban mucho en los hechos”

Heidi Rinke, periodista

La muerte de su primo Chris Würtenberg, de 27 años de edad, en enero de 1992 cerca de Vukovar (Croacia) dejó sin referentes a Anja Kofmel (Lugano, Suiza, 1982) que contaba apenas 9 años. Con la desaparición de Chris moría su amigo del alma, su primo favorito, su hermano mayor. La muerte de Chris fue el tema de Chrigi, un cortometraje de animación que fue trabajo de final de carrera. Veinticinco años después, Anja, ya convertida en una cineasta, vuelve a los escenarios de la guerra de los Balcanes (1991-1995) para rastrear las huellas de su primo, aquel joven suizo que dejó su pacifico país para documentar la guerra como reportero. Kofmel se reúne con aquellos que conocieron a Chris, su hermano y sus padres, otros reporteros que compartieron vivencias en la guerra, incluso va más allá, encontrándose frente a un mercenario de guerra que compartió fatigas con Chris, y con el ex terrorista Carlos “El Chacal”. Todos esos encuentros van formando un caleidoscopio humano muy complejo sobre la personalidad de Chris, alguien que en cierto momento, dejó el periodismo para enrolarse en el PIV (Primer Pelotón de Voluntarios Internacionales) un grupo paramilitar fundado por Eduardo Rózsa-Flores, otro periodista, para combatir al ejército serbo-croata apoyado por el Ejército Popular de Yugoslavia.

Kofmel traza un periplo complicado en el que recopila toda la información disponible, volviendo a los lugares donde estuvo su primo, rastreándola incluso debajo de las piedras, recogiendo todos los testimonios de aquellos que trataron a Chris, encontrando las razones de cómo alguien dejó su oficio de narrar los hechos para pasar a la acción y enrolarse en un grupo militar que tenía fama de sanguinario y devastador. La cineasta suiza sigue el curso de los acontecimientos a través del diario de Chris, donde aparecen hechos concretos, lugares y personajes, también vemos imágenes de archivo que van ofreciendo luz a tantas tinieblas, y como otros documentales, nos acordamos de Vals con Vashir o Persépolis, entre otros, ilustra a través de dibujos y animación aquellos instantes y situaciones que surgen a través de la documentación y la imaginación, con una animación espectacular, donde resalta un poderoso blanco y negro, extraordinariamente imaginativo y visual, moviéndose a través de lo onírico, lo abstracto, y construyendo la relación personal entre Chris y Anja.

La película tiene ritmo y energía, combina de manera sobresaliente todos los datos en liza, con esa estructura imaginativa donde la investigación adquiere un in crescendo apabullante, donde no hay tregua, todo sigue un curso emocionante a través de los testimonios, documentos e información. Un documento necesario y valiente que ahonda en la estupidez de las guerras, los innumerables intereses de los estados occidentales, y todos esos grupos paramilitares que utilizan las guerras para hacer sus guerras personales e interesadas, provocando el caos, la violencia y el sinsentido en un país y sus gentes. Kofmel recopila muchísima información, pero no la suficiente para encontrar los responsables del asesinato de su primo Chris, alguien lanza acusaciones pero en el fondo meras hipótesis, aunque quizás el significado de la película de Kofmel va muchísimo más allá, en el sentido en que no solo confecciona un riguroso y documentado thriller de investigación, sino que convoca a todos los actores que concurren en una guerra como los periodistas y paramilitares, y consigue extraerles toda la maraña de intereses, tanto personales como gubernamentales, que concurren en una contienda, donde todos tienen sus motivos para estar ahí. Unos, recopilando información para mostrar al mundo todo lo que allí se cuece, y otros, aprovechando la guerra para dinamitar el estado que sea necesario.

La película deja muchos enigmas sin resolver, pero también aclare otros muchos, dirigiendo sus acusaciones a todos los gobiernos implicados en la guerra de los Balcanes, esos gobiernos que primero provocan la guerra, luego la mantienen, y finalmente, acaban con ella y se hacen los “responsables de la paz”, reconstruyendo y ayudando al país, para seguir embolsándose mucho dinero a costa de los demás. Una película incómoda por todo lo que cuenta y cómo lo cuenta, desde una perspectiva sencilla y directa, intentando esgrimir todo lo vivido y experimentado por un joven aventurero, intrépido y muy idealista que encontró su camino en la guerra como reportero, pero también, en un momento que desconocemos, cruzó unas líneas que no tenían marcha atrás, porque quizás su efervescente juventud le animó para ser testigo directo de la guerra desde una perspectiva más intensa y profunda, porque Chris “el suizo”, como le llamaban sus colegas, quiso ir más allá, quizás su arrojo y carácter lo llevo demasiado lejos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA