Pleasure, de Ninja Thyberg

QUIERO SER UNA PORN STAR.

“Prometieron que los sueños pueden hacerse realidad, pero olvidaron mencionar que las pesadillas también son sueños”.

Oscar Wilde

Habíamos muchas películas que hablan del mundo del porno desde diferentes ámbitos, formas y géneros, adentrándose en el interior de una de las industrias más millonarias del planeta. Pero, quizás, nunca habíamos visto sus entrañas de forma tan cruda, explicita y demoledora como lo hace Pleasure, opera prima de Ninja Thyberg (Gotemburgo, Suecia, 1984), que no es solo una película sobre el mundo del porno, sino que nos sumerge en un universo donde encontramos de todo: neones, éxito, fantasía, miseria, violencia, sexo, y sobre todo, nos tropezamos con una crudísima realidad que se oculta detrás de los focos, detrás de todo ese oropel que vende y vende. Pleasure ya había sido el título de un cortometraje filmado en el 2013, de tan solo 15 minutos, donde Thyberg ya se adentraba en la industria pornográfica, a través de una chica que quería hacer una escena difícil para hacerse un hueco en el sistema.

Ahora se convierte en un largometraje, protagonizado por la debutante Sofia Kappel, de la que luego hablaremos más detenidamente, en la piel de Jessica,  una joven de 19 años que, deja su Suecia natal, para llegar a Los Ángeles convertida en Bella Cherry, y con la firme intención de ser una porn star. El guion escrito por la propia directora y Peter Modestij (que ya estaba en el cortometraje Pleasure), sigue a Bella Cherry por su periplo por la “Big City”, peor muy alejada de los lugares turísticos que tanto se venden, andamos por esas casas en las colinas, donde chicas como ella, veteranas y debutantes, esperan su oportunidad, entrando en ese negocio de exponerse, mostrando carne, acudiendo a fiestas e intentar conectarse con la gente importante. Acompañamos a Bella Cherry a sus pruebas, que siempre van de menos a más, porque no solo hay que demostrar la valía, sino también ser capaz de todo, de participar en escenas duras, donde la joven es humillada, azotada y practicar sexo duro de todas las formas desagradables y dolorosas.

La película se mueve entre un realismo salvaje, son una naturalidad que duele, sin dejarse nada fuera, mostrándolo todo, sin caer en el morbo, sino en captar todos los sentimientos contradictorios de la Bella, que ambiciona un lugar en el porno, pero desconocía por completo todas las pruebas durísimas que tiene que pasar, pero ella sigue adelante, sometida a un grupo de hombres, que dominan el negocio, y dan carnaza y suciedad porque saben que es lo que más vende. La fría y naturalista luz de la cinematógrafa Sophie Winqvist (que también trabajó en el cortometraje Pleasure), capta de manera creíble y sincera todo el interior de la joven protagonista, que se mueve entre la luz mortecina de la casa donde vive, con esa otra luz falsa y artificial de los rodajes, donde todo el resultado final envuelve una realidad muy dolorosa, angustiosa y miserable por la que deben pasar todas las chicas que quieren ser la nueva porn star. El ágil y rítmico montaje que firman Olivia Neerrgaard-Holm (responsable de títulos tan interesantes como Victoria, Holiday y Border, entre otros), y Amalie Westerlin Tjellesen, hacen que el retrato se vea con una gran fuerza, donde las esperas de la casa, y demás, se ven cruzados con todas esas escenas tan viles por las que pasa Bella.

Pleasure sería otra película sin la presencia de Sofia Kappel, auténtica revelación del film, metiéndose en la piel y el cuerpo de Bella Cherry, ambiciosa e ingenua, que transmite todo el esplendor y las pesadillas de su personaje, con esa grandísima fuerza y naturalidad, en continuo debate consigo misma, entre aquel placer que la seduce, y a la vea, todo el dolor y sufrimiento por el que debe pasar para conseguirlo. Kappel muestra toda la vulnerabilidad de un personaje inolvidable, con toda ese ímpetu, su valentía y también, sus miedos, su dolor y sobre todo, su posición de soledad y vacío en ese mundo de sombras, pesadillas y mentira, como les sucedía a otras mujeres que vieron en Los Ángeles y el mundo del cine, una forma de ser felices o no, hablamos de las Betty y Rita de Mulholland Drive (2001), de David Lynch, las mujeres de Maps to the Stars (2014), de David Cronenberg, y la Jesse de The Neon Demon (2016), de Nicolas Winding Refn, entre otras muchas incursiones cinematográficas al mundo de la fábrica de sueños, o pesadillas, porque según se mire y quién lo cuente, porque hay muchas historias, retratos y personajes.

Otro gran acierto de la película es mostrar la industria pornográfica desde dentro y a través de sus personas reales, ya que vemos muchos de ellos interpretándose a sí mismos, como Mark Spiegler, fundador de “Spiegler Girls”, una de las agencias más importantes, o las actrices porno Evelyn Claire, Dana Dearmond y Kendra Spade, entre otras. Ninja Thyberg, auspiciada por el director sueco Ruben Östlund, responsable de grandes títulos como Fuerza mayor y The Square¸ se convierte con Pleasure en una de las directoras más interesantes del actual panorama europeo, porque no solo ha hecho uno de los retratos más profundos, incisivos y brutales del mundo del porno, sino que lo ha construido de forma crudísima y reveladora, con una transparencia que a ratos parece un documento del aquí y ahora, y en otros, una fábula de toda la negritud que encierra ese universo de placer y dolor, con uno de esos personajes que lo tiene todo y le falta todo, alguien capaz de todo y de nada, alguien que se lanza al vacío sin nada que perder, aunque no ha reflexionado en todas esas partes oscurísimas que existen, pero hay que entrar para verlas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Titane, de Julia Ducournau

ALMAS OSCURAS.

“Todo el mundo es un científico loco, y la vida es su laboratorio. Todos nosotros estamos tratando de experimentar para encontrar una manera de vivir, para resolver problemas, para defenderse de la locura y el caos”.

David Cronenberg

Desde sus inicios, la cineasta Julia Ducournau (París, Francia, 1983), ha encontrado en el género fantástico una forma de hablar de las obsesiones y oscuridades de la condición humana. En Junior (2011), un cortometraje de 22 minutos, protagonizado por Justine/Junior, a la que daba vida la actriz Garance Marillier, revelaba los continuos cambios de la pubertad a través de un extraño virus estomacal que provocaba una rara metamorfosis. En su opera prima, Crudo (2016), nuevamente con Garance Marillier en un personaje que volvía a llamarse Justine, nos envolvía en una oscurísima fábula de iniciación en que el fantástico hacía acto de presencia a través del canibalismo, en un viaje muy incómodo y transgresor sobre los cambios en la entrada de la adultez. En su segundo trabajo, Titane, que le ha valido el reconocimiento internacional con la consecución de la última Palma de Oro en el prestigioso Festival de Cannes, sigue la estela y la incomodidad que ya estaba en sus anteriores películas.

Titane es un brutal descenso a los infiernos de Alexia, en la que conocemos a una bailarina asesina que mueve sus caderas encima de coches tuneados para deleite de curiosos, con la peculiaridad de tener incrustada una placa de titanio, junto a su oreja derecha, por a un accidente cuando era niña. Cuando la policía le pisa los talones, Alexia cambia su look y se hace pasar por un niño desparecido y se relaciona con Vincent, el padre del niño. La directora francesa construye una película crudísima, descarnada y muy violenta, sin concesiones y transgresora, con dos vidas al límite, dos existencias autodestructivas que se agarran a un hierro candente para seguir de pie, donde la violencia se hace imprescindible para soportar unas realidades oscuras, con unas mentes muy perturbadas que no tienen descanso. Titane son dos películas en una, en dos partes muy diferenciadas, que va de la oscuridad más violenta y siniestra a una leve esperanza en forma de amor. En la primera, asistimos a la vida de Alexia, en su universo violento y sangriento en el que se mueve, donde la cámara pegada a ella, se convierte en una extremidad más, envuelta en una locura sin fin y sin justificación, sedienta de sangre como si fuera una criatura salvaje que no se detiene en su locura, que no está muy lejos de la Justine de Crudo. En la segunda, la película da una vuelta de giro muy importante, la sangre, la noche, y la extrema violencia, dejan paso a las vidas y sobre todo, al encuentro de dos seres enfermos, dos seres que se necesitan, dos almas rotas, perdidas y autodestructivas.

Alexia encuentra algo de amor en su vida, y Vincent, el padre derrotado por la desaparición de su hijo, vive en un limbo muy oscuro, donde cree en cualquier cosa, aunque sea mentira, con tal de estar mejor. Ducournau vuelve a contar con su equipo de Crudo, en la cinematografía tenemos a Ruben Impens, con una imagen espectacular y tremendamente visual, llena de colores brillantes, neones y claroscuros, donde el contraste es la piedra angular de la película, sustentado entre el frío y el calor, en las múltiples máquinas que vemos durante la historia, ya sean automóviles, equipo de incendios, y demás, y el fuego, como síntoma de esa liberación imposible que tanto les cuesta a los personajes de alcanzar. El rítmico y ágil montaje de la primera mitad, en contraste con el pausado de la segunda parte, en que la cámara se detiene y mira el interior de los personajes,  que firma Jean-Christope Bouzy, y el llamativo diseño sonoro, fundamental en una película de estas características, de Fabrice osinsky y Séverin Favriau, y la banda sonora de Jim Williams, que, juntamente con la variopinta selección de temas de diferentes estilos y formas, acompaña de forma afilada a sus imágenes, convergiendo en una sola, donde imagen y sonido contribuyen a explorar a tumba abierta las dos mentes perversas y complejas de los protagonistas.

La película bebe mucho de los relatos sobre la psique humana de Cronenberg, en los que se aborda la locura, la violencia y el cuerpo como un organismo vivo y putrefacto, de manera directa y sin complejos, así como ocurre en el cine de Claire Denis, donde lo cotidiano acoge con naturalidad lo fantástico, creando mundos imposibles, extraños y envueltos en viajes sobre la identidad, lo psicológico y lo terrible de nosotros mismos, a través de todos esos mundos y especies interiores. Y el cine de Bertrand Bonello, con la referencia evidente, ya que el cineasta se reserva el papel de padre de Alexia, otro de los autores que sabe manejar y retratar todos esos mundos oscurísimos y llenos de monstruos de la mente humana. Titane no es una película que pretenda gustar a una mayoría, porque se trata de una obra profundamente personal y profunda, que nos sumerge en lo peor de todos nosotros, en todos esos habitáculos que también forma parte de lo que somos, aunque nos resulte incomodísimo de aceptar, de hablar de ello, porque tanto Alexia, una chica sometida a una huida imposible y un dolor que mitiga asesinando personas, y luego, adoptando un nueva identidad que engaña a alguien que está en su mismo proceso de dolor, sufrimiento y autodestrucción, solo ese choque de perversión, complejidad y violencia, puede terminar de manera incierta y llena de interrogantes.

En el reparto encontramos al citado Bonello, en un breve pero interesante rol, Garance Marillier que vuelve a encarnar un personaje llamado Justine, que tiene una relevancia importante en la vida de Alexia, Vincent Lindon, con su cuerpo musculado y potente, a lo Harvey Keitel de Teniente corrupto (1992), de Abel Ferrara (otro de los autores no muy lejos del universo infernal de Ducournau), en un personaje totalmente perturbado, que se castiga y se droga para soportar tanto dolor y vacío que, extrañamente encontrará en la nueva identidad de Alexia, una esperanza de seguir hacia adelante, aunque sea a través de la mentira. Y finalmente, la debutante Agathe Rousselle es Alexia, una chica en constante huida malévola y sangrienta, con ese aspecto frágil, llena de rabia y andrógino, que deberá ser otro para huir y sin saberlo, reencontrarse con cosas que creía imposibles, con esa transformación orgánica de su cuerpo, en el que aparece lo visceral fundido en lo metálico, todo contado de forma directa, sin tapujos, salvaje y violento, desde una cotidianidad que nos va envolviendo en el fantástico, para construir una mirada crítica a una sociedad cada vez más alienada, vacía e infeliz, como ocurría en las interesantísimas La región salvaje (2016), de Amat Escalante, y Ema (2019), de Pablo Larraín.

Ducournau no quiere que entendamos a sus protagonistas, sino que los acompañemos en su proceso doloroso y lleno de rabia, miseria y violencia, que no es nada fácil, porque debemos estar dispuestos a ver cosas que no nos gustan, y ser testigos de situaciones demasiado dolorosas y terroríficas, pero que sobre todo, la película es una invitación a lo oscuro del alma, a que no dejemos de mirar sus existencias, y las exploremos, olvidando cualquier tipo de prejuicio y enjuiciamiento, que sepamos acercarnos a sus crudísimas existencias y logremos verlos como dos seres humanos con problemas, llenos de batallas interiores, y sobre todo, que no nos resulte incómodo ni difícil  sus vidas y aquello que hacen y sienten, porque ellos, podríamos ser alguno de nosotros, en algún momento, recorriendo un cuento de monstruos y monstruosidades en este tenebroso y frenético viaje hacia lo más profundo del alma, a esa parte negra que todos tenemos, esa parte terrorífica, donde abundan nuestros fantasmas, nuestros miedos y nuestros infiernos particulares. Titane  no tiene término medio, o gusta o se detesta, porque lo que cuenta tampoco lo tiene, no resulta nada complaciente, sino todo lo contrario, porque indaga en aquello que no queremos ver en el otro, aquello que nos hace ser quién no queremos ser, aquello que nos convierte en un ser abyecto y sin sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Benedetta, de Paul Verhoeven

LO MíSTICO Y LA CARNE.

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”.

Franz Grillparzer

El cine de Paul Verhoeven (Ámsterdam, Holanda, 1938), se ha cimentado a través de relatos íntimos, extremadamente psicológicos, sexualmente liberadores y muy oscuros, a través de personajes encerrados en mundos hostiles, sórdidos y tenebrosos, individuos que harán todo lo posible para ser quiénes desean ser y sobre todo, romper unas cadenas demasiado pesadas. Una primera etapa en su país natal con títulos tan reveladores como Delicias holandesas (1971), Delicias turcas (1973), Katty Tippel (1975), Eric, oficial de la reina (1977) y El cuarto hombre  (1993), entre otros, donde la forma y la historia formaban parte de un todo para hablarnos de un modo descarnado y explicito de la condición humana. A partir de 1985 hasta el año 2000, su cine se internacionaliza dirigiendo producciones estadounidenses entre las que destacan Los señores del acero (1985), Desafío total (1990), e Instinto básico (1992). En el 2006 vuelve a su tierra para hacer El libro negro, sobre una espía judía en la Holanda invadida por los nazis. Diez años después realiza Elle, un sofisticado thriller psicológico y sexual sobre malos tratos.

En la filmografía de Verhoeven abundan las mujeres atrapadas en historias turbias y negrísimas, donde las circunstancias las llevan a luchar enérgicamente para sentirse libres, donde siempre se impone la dualidad entre verdad o mentira, entre aquello que nos muestran y aquello que creemos, entre lo psicológico y lo carnal, mujeres que sienten el sexo y lo practican de forma salvaje, sin prejuicios y de forma liberal, y es de esa forma tan natural y descarnada que la muestra el director holandés. En Benedetta, construye su relato basándose en el libro “Afectos vergonzosos”, de Judth C. Brown, un guion escrito con David Birke, su guionista en Elle, para hablarnos de Sor Benedetta Carlini, una monja teatina en la ciudad de Pescia, en la Toscana, durante el siglo XVII; en una atmósfera donde rige el poder sobrenatural de la iglesia, su corrupción e hipocresía, y el catastrófico avance de la peste que asoló Italia. En ese contexto, conocemos a una mujer que dice hablar con el Señor, una mujer al que le brotan estigmas, y parece poseída por el mismísimo Jesucristo. Además, la llegada de Bartolomea, una joven que escapa de los abusos de su padre, aún trastocará la vida de Benedetta, ya que mantendrá relaciones sexuales con la recién llegada.

La férrea vida espiritual y física impuesta por la dictatorial abadesa llevarán a las amantes a rendir cuentas frente al nuncio, en la que Benedetta será juzgada por herejía y relaciones sexuales prohibidas. Verhoeven opta por una estructura clásica, donde vamos conociendo la existencia de Benedetta de primera mano, hurgando en su vida cotidiana, y en sus supuestos milagros, que como era de esperar, dividen a la comunidad, con la oposición de la abadesa y el beneplácito del párroco mayor, aunque el director holandés nunca se decantará por ninguna de las dos opciones, si estamos frente a una farsante y manipuladora, o todo lo que vemos está en manos divinas, en esa cuestión reside la verdadera virtud de la película, dejando esa duda en manos de los espectadores. El contexto social, económico y cultura impuesto por el clero es otro de los elementos más interesantes de la historia, centrándose en todos los tejemanejes de los poderes eclesiásticos ante los estigmas de Benedetta, la reacción de cada uno de ellos, y la supuesta imposición de la que todos hacen gala, en que la película va dejando caer algunas situaciones que nos hacen reflexionar sobre la manipulación construida frente todas aquellas cosas relativas al sexo que rigen en la madre católica apostólica iglesia romana.

El tono naturalista y cercano que usa Verhoeven ayuda a sumergirnos en un relato sobre la fisicidad y psique humana, con una grandísima ambientación de recreación histórica, con la excelente cinematografía de Jeanne Poirier, que ha trabajado con nombres tan importantes del cine francés como Techiné, Ozon, Corsini y Bruni Tedeschi, entre otros, dotando a la historia de esos oportunos claroscuros y ese maravilloso juego con las cortinas, y todo lo relacionado con el interior/exterior, es decir, convento/ciudad. El exquisito y rítmico montaje de Job Ter Burg, que ya estuvo en El libro negro y Elle, que sabe dotar de agilidad y pausa a una historia llena de personajes, intrigas y silencios, y la excelente partitura de Anne Dudley, otra conocida de Verhoeven, ayuda a envolvernos en ese mundo de espiritualidad, hipocresía, manipulación y sexo que anida en toda la película. Benedetta se engloba en todas esas películas que han abordado de manera honesta y realista el mundo de las comunidades de monjas como Los ángeles del pecado, Narciso Negro, La religiosa, Los demonios, Thérèse y Extramuros, entre otras, películas que abordan el universo cerrado de la vida de las monjas desde la naturalidad, desde los deseos reprimidos, las ilusiones no contadas, y toda esa cotidianidad llena de crueldad, sufrimientos y misticismo.

Un reparto asombroso y sobrio interpretan unos personajes que miran y sienten más de lo que hablan, donde sus silencios están llenos de ruido, de rabia y de incomprensión, encabezados por una fascinante y magnética Virginie Efira como Sor Benedetta, llena de vida, mística y sexo, una actriz llena de sabiduría que hipnotiza con su mirada profunda y su cuerpo dolorido y sexual, bien acompañada por la joven Daphné Patakia como Bartolomea, ese cuerpo lujurioso y libre que será clave para la espiritualidad y sexualidad de Benedetta, una llama llena de vida, de amor y de sexo. La grandísima Charlotte Rampling se pone el hábito de la abadesa, recta, rigurosa y atormentada que se impondrá a los supuestos milagros de la protagonista, y hará lo imposible por exterminarlos. Lambert Wilson, con su poderío y elegancia es el Nuncio, que representa toda esa hipocresía y maldad de la iglesia, que debe anteponer el orden a la libertad, y finalmente, Olivier Rabourdin, un actor de gran prestigio en la cinematografía francesa, da vida al cura que defiende los milagros de Benedetta. Verhoeven ha construido una película llena de misterio y enérgica, muy física y espiritual, donde hay tiempo para todo, para conocer los estigmas de Benedetta, su sexualidad de forma natural e íntima, y sobre todo, para conocer el funcionamiento del poder de la iglesia, que se regía por el orden establecido y anulaba de forma tajante cualquier revuelo que tuviese que ver con sentir de forma diferente, hablar fuera de los códigos establecidos, y sobre todo, eliminar cualquier atisbo de pensamiento que condujese a una vida libre y más, si venían de una mujer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Annette, de Leos Carax

LOS ABISMOS DEL AMOR.

“El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio”.

Stendhal

Seis largometrajes en 37 años podría parecer una filmografía escasa, pero claro está, en el cine como en cualquier arte, siempre prima el contenido a la acumulación, y el caso de Leos Carax (Suresnes, Francia, 1960), es paradigmático en ese sentido, porque el cineasta francés ha construido una carrera heterogénea aparentemente, pero llena relaciones y revelaciones entre sus películas y su propia vida, como si hubiese empezado un periplo vital de sus personajes a mediados de los ochenta y hubiera continuado a lo largo de treinta y siete años. Todos los personajes de Carax se enamoran perdidamente. Viven amores mágicos y enfermizos. muy alejados de la realidad, sometidos a un destino implacable donde la tragedia siempre los acompañará. Un amor difícil y complejo, como son los amores más intensos y profundos, amores desgarrados, fascinantes, trágicos, llenos de vida y de muerte, todo es extremo, nada complaciente, todo pende de un finísimo hilo que siempre está a punto de romperse. El amor como motor y representación de la vida, de la propia existencia que nos arrolla, nos divide, nos desarbola, y finalmente, nos mata, convirtiéndonos en otro, en un ser extraño de nosotros mismos, sumergido en una vorágine donde todo vuela y cae al mismo tiempo, donde todo es alegría y tristeza, donde todo es y no es.

Carax siempre anda al borde del abismo, tanto a nivel emocional como formal, ninguna de sus películas se parece y a la vez, todas se parecen, todas nos hablan de tragedias cotidianas, acaso no es el amor una gran tragedia en nuestras existencias, que tiene y saca lo mejor y lo peor de todos nosotros. El amor fou, que acuño Buñuel, es el amor de Carax, tomándolo como una parte fundamental de un todo, donde cada plano y encuadre de sus películas rompe con lo establecido, con lo esperado, con lo inevitable. Todo radica en el misterio, en la aventura, en la trasgresión y sobre todo, en lo siniestro como forma de enfrentarnos a la vida y sobre todo, al amor. Podríamos dividir la filmografía de Carax en un par de bloques. En el primero, encontraríamos una trilogía sobre el amor fou en las que estarían Chico conoce a chica (1984), Mala sangre (1986) y Los amantes de Pont-Neuf. Tres obras protagonizadas por Denis Lavant y Juliette Binoche, las dos últimas, una pareja continuamente en el abismo, enfrentado a situaciones que los superan, desarraigados de la sociedad y a la deriva, pobres diablos con un espíritu batallador que no se saldrán con la suya, pero lo intentarán hasta el último aliento.

El segundo bloque lo inaugura Pola X (1999), una película que ya aventurará un cine mucho más radical si cabe del que había hecho, donde la representación será el centro de todo, el medio de experimentación, adentrándose en otros universos y otras formas de mirar, un cine diferente que irá en consonancia a los vaivenes trágicos de su vida personal. Le sigue Holly Motors (2012), una película radicalmente extenuante, donde recupera a Lavant, interpretando a un tipo que es a la vez muchos personajes, completamente diferentes, que van desde la bondad a la oscuridad. Una propuesta cinematográfica sin término medio, o entras o no, y si entras, es una fascinante aventura arrolladora sobre el cine, sus formas de representación, su misterio, todo aquello que está y es invisible, y todos los demonios que lo encierran. Ahora llega Annette, un musical irreverente, como no podía ser de otro modo, que nace de un álbum de los Sparks, el dúo de los hermanos Ron y Russell Mael. No debería extrañar este giro musical en la filmografía de Carax, porque en el pasado ya filmó secuencias que bien podrían estar en cualquier musical que se precie, muchos recordarán esos grandes momentos con Lavant bailando el “Modern Love”, de Bowie, en el maravilloso plano secuencia de Mala sangre, o el no menos brillante instante de nuevamente Lavant con otros acordeonistas en Holy Motors. Carax nos envuelve en su mundo mágico, tenebroso y gótico ya desde su maravillosa “Apertura”, donde juega a la vida y la ficción, cuando la película se abre con el propio director de espaldas dirigiendo una grabación en un estudio, aparece su hija, Nastya (la que tuvo con la malograda actriz Yekaterina Bolubeva, protagonista de Pola X), que como hacía en Holy Motors, vuelve a darnos la bienvenida a la película. Inmediatamente después, la música empieza, los Sparks se levantan y mientras van cantando un tema con muchísima fuerza arrolladora y rítmica, se les van juntado los Adam Driver, Marion Cotillard, Simon Heldberg, y más interpretes y técnicos de la película, salen del estudio, recorren las calles y despiden a los intérpretes. Títulos que tendrá su reflejo en la escena de “Clausura”, para los espectadores pacientes, que disfrutarán con el mismo grupo despidiendo la función-película.

Annette cuenta un relato sencillo, aunque muy absorbente y fascinante, como todas las películas de Carax. Henry, un humorista de éxito, se enamora de Ann, una cantante de ópera en la cima de su carrera. Se casan y tienen una preciosa hija a la que llaman Annette. La astucia del cineasta francés convierte a la hija en un muñeca de madera con movimiento, una metáfora de la fragilidad y la sensibilidad enfrentado a un padre que se atormenta por el amor que siente, un amor que lo destruye y lo convierte en un ser despiadado, inherente y perdido. Un musical, si, pero más cercano a las ópera rock como Tommy, Hair, Jesucristo Superstar, Quadrophenia o The Wall, y más cercana al tono, la oscuridad y el terror de El fantasma del paraíso de De Palma, y La novia cadáver, de Burton. El romanticismo y la poesía de Hoffman y Rimbaud están muy presentes en esta fábula sobre la vida, la muerte, el amor y la tragedia inevitable, entre los miedos y las alegrías, las tristezas y sobre todo, todos esos fantasmas que nos acechan, que forman parte de quiénes somos y nos van acercando y alejando de aquello que más deseamos.

En Annette hay dos películas. En la primera, asistimos a una historia de amor, un amor diferente, de dos seres antagónicos, pero con la misma pasión de emocionar al público, uno con el humor y la otra con la tragedia, un mismo reflejo para convertirse en otros y emocionar a extraños. Dos seres que son otros, que se aman en algún momento de sus existencias, donde nunca sabemos dónde empieza y acaba el otro, el personaje que son, las múltiples formas de representación que ya había investigado Carax en Holy Motors, donde en muchos momentos de la película volvemos a sus reflejos, a esas secuencias paralelas que nos remiten continuamente a la anterior película, como esa obsesión por el verde neón que continua en esta película. En la segunda mitad, todo cambiará, la luz se volverá más oscura, y Henry, cambiará en una especie de hombre de la noche, como una bestia que va adquiriendo su ser y su maldad, donde la niña Annette, y su prodigiosa voz que los llevará alrededor del mundo adulados por todos.  La noche, una noche fantástica, de sombras y de espectros, muy inquietante, como en las viejas películas mudas y de los treinta, con esa casa con piscina rodeada de vegetación, más propia de las mansiones góticas y cierta casa de Sunset Boulevard donde aparecían guionistas asesinados, una luz que nos envuelve en ese universo oscuro, como ese grandioso instante del barco con la tormenta, donde el cine de los orígenes nos asalta, y el mar y la tragedia se dan la mano, donde la literatura de aventura siniestra y misteriosa envuelven la pantalla.

Una película que sabe jugar con el artífico y la falsedad del cine, que además lo hace evidente, en un grandioso trabajo de la cinematógrafa Carolina Champetier, una grande que ha trabajado con Godard, Rivette, Straub e Huillet, etc…, que repite con Carax después de Holy Motors. El torbellino de imágenes bien encauzadas por el talento de la montadora Nelly Quettier, indispensable para Claire Denis, y con Carax desde Mala sangre. Un gran reparto, que aparte de cantar en directo, unas canciones de gran carácter, ritmo y sensibilidad,  interpretan unos complejos personajes con verosimilitud y cercanía, con un estupendo Adam Driver (que también es coproductor), como el atormentado Henry, un hombre de muchas caras, una especie de fantasma del infierno-paraíso, muy bien acompañado de una dulce e intensa Marion Cotillard, una mujer que muere cada noche para volver a nacer en el amor, con ese peinado cortísimo que nos recuerda tanto a la Binoche o la Minogue, seguramente la misma mujer con sus diferentes capas, aspectos y miradas. Y finalmente, Simon Heldberg, el talentoso músico enamorado de Ann, y fascinado por el talente de la pequeña Annette. Carax ha vuelto a hacer una película brillante, conmovedora, sensible, llena de fantasía, dura, cruel, terrorífica, poética, y sobre todo, muy siniestra, donde el cine, tanto en su forma artificial y real, y la representación y sus formas vuelven a ser parte indiscutible de cada secuencia, donde todo parece indicarnos que el universo de Carax ya no es solo una historia que contar, sino que además, es también muchos universos dentro de este, donde la oscuridad y la luz se unen para crear algo diferente, algo mágico, poético y fantástico, una hermosa metáfora de lo que es el amor o lo que sentimos que es, una plenitud llena y vacía que nos arma y desarma, que nos fascina y aterra, una especie de limbo más allá de nosotros y de este mundo, donde habita el amor, esa extraña sensación que nos condena y nos libera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Madres verdaderas, de Naomi Kawase

LAS MADRES DE ASATO.

“Yo no te parí, pero te di la luz”

(Frase de la tía abuela en Nacimiento y maternidad)

Si hay una película que define la mirada como cineasta de Naomi Kawase (Nara, Japón, 1969), esa no es otra que Nacimiento y maternidad (2006), un documento de cuarenta minutos, donde la directora condensa su vida del pasado y el presente, contando su propio embarazo y nacimiento de su hijo, y dialoga con su tía abuela, persona que la crió cuando fue abandonada por sus padres. Una obra en la que profundiza en los temas existenciales que ha vivido la propia Kawase y luego ha trasladado a su filmografía. La búsqueda de los orígenes, la construcción de la identidad, la aceptación de la pérdida, el proceso de la maternidad, y esa intensa relación entre las emociones humanas con la naturaleza. Un cine sobre la intimidad, donde las relaciones personales y sus conflictos son tratados desde una sensibilidad estremecedora, sin caer en ningún sentimentalismo donde agradar en exceso al espectador, sino todo lo contrario, acercándose al dolor y la pérdida de forma madura y natural, donde la vida y la muerte continuamente se dan la mano, en que el vacío y la ausencia van estructurando la existencia en un solo espacio, en la que sus personajes viven entre el pasado y el presente, donde vida y muerte se mezcla, se funde y conviven en armonía.

Kawase ha construido una extensa filmografía que roza la treintena de títulos en casi tres décadas. Una carrera en la que nos encontramos tanto cortos como largometrajes, rodados indistintamente, donde conviven obras documentales como de ficción. En Madres verdaderas encontramos los temas y los elementos que constituyen su mirada, esa forma de plantear relatos cotidianos, done el tiempo desaparece y se conforman muchas y variadas capas donde pasado y presente conviven entre los personajes, en que el viaje tanto físico como emocional estructuran fábulas de nuestro tiempo donde las heridas deben acompañarse y cicatrizarse. La maternidad observada desde varias perspectivas, forman la línea argumental de la película, basada en la novela homónima de Mizuki Tsujimura, en un espléndido guion que firman Izumi Takahari junto a Kawase, en un relato construido al detalle y excelentemente bien estructura, donde el tiempo viaja al pasado y circula por el presente indistintamente, en que vamos conociendo los detalles y pormenores del conflicto en el tiempo y la forma que desea la directora para generar esa red de emociones entrecruzadas.

La historia es bien sencilla: Satoko y Kiyokazu Kurihara desean ser padres pero no pueden. Encuentran una empresa que se dedica a la adopción plenaria (acogen a chicas jóvenes en su hogar, las acompañan en su embarazo y cuando dan a luz, la criatura es adoptada por parejas que no pueden tener hijos). La pareja adopta a Asato, hijo de Hikari Katakura, una niña de 14 años que se ha quedado embarazada del compañero de clase con el que sale. Con el tiempo, Hikari quiere conocer a su hijo. Como ocurren en todas las películas de Kawase, el conflicto que se plantea es muy íntimo, corporal y sensorial, donde las emociones tienen mucho que ver, en el que las derivas del tiempo y las circunstancias azotarán a la actitud y gesto de los personajes. Unos individuos en cierta manera desamparados y perdidos, que buscan incesantemente algo de amor, un hogar, un lugar en el que sentirse escuchados y sobre todo, arropados, como le sucede a Hikari, cuando el alud de acontecimientos y experiencias la llevan a volver al hogar de Hiroshima.

Tanto Satoko como Hikari son dos mujeres con una carencia, la primera no puede ser madre, y la segunda, es madre pero no puede cuidar de su hijo por su temprana edad. Las dos son mujeres, las dos son madres, y es ahí, donde Kawase plantea la cuestión principal de su película, la maternidad en todos sus aspectos, tanto en el nacimiento como en el cuidado, sujetadas a las derivas emocionales y sociales con las que deben lidiar los personajes. Una luz mágica, brillante, que traspasa y oscurece que firma Yûta Tsukinaga, dan esa forma donde todo se cuenta desde esa verdad que tanto caracteriza al cine de la japonesa, como ese sutil y conmovedor montaje de una cómplice como Tina Baz, y Yôichi Shibuya, que ya estuvo en Viaje a Nara, en un extraordinario ejercicio de orfebrería donde el tiempo se dilata y la película salta del pasado al presente trazando un intenso y especial forma de encarar el conflicto y sobre todo, en el transcurso del tiempo, una de las características más importantes, ya no solo del cine de Kawase, sino de mucho del cine japonés. La directora japonesa cuida mucho sus detalles y trata con pausa y serenidad el desarrollo de su conflicto, anteponiendo las razones y las circunstancias de sus personajes, donde somos conscientes del paso del tiempo y las emociones que van viviendo sus personajes, cuidando con extrema sensibilidad y delicadeza todo lo que se cuenta y como se cuenta, donde la naturaleza, donde el viento y el agua esenciales como elementos físicos que explican más de los personajes que cualquier línea de diálogo que vayamos a escuchar, detallando toda la complejidad del interior de unos seres que deben lidiar con todo aquello que nos habían contado sobre la maternidad y la adopción.

Otro de los aspectos donde destacan las películas de la cineasta japonesa es la elección y la dirección de su reparto. Hiromi Nagasaku da vida a Satoko, una mujer y madre que deberá enfrentarse al pasado de su hijo, el pequeño Asato, en forma de la visita de su madre biológica, Aju Makita (que hemos visto en varias películas de Hirokazu Koreeda), da vida a Hikari, esa niña madre que con el paso del tiempo, y las hostias de la vida y el desamparo, querrá conocer al hijo que tuvo y no puede olvidar. Y finalmente, Arata Iura como Hiyokazu como el marido de Hiromi, un personaje más testigo de todo el conflicto, porque Kawase nos habla desde la profundidad, sobre el deseo de ser madre, ya sea de forma biológica o desde el cuidado, y de cómo adaptarse a todos los conflictos que vendrán, ya sea internos como exteriores, ya sean provocados por uno o por otros, y como aceptamos todo eso, desde una perspectiva emocional y de aceptación, no de enfrentamiento, porque Kawase lanza una conclusión extraordinaria y humanista en su cine, porque abandona la lucha y al tristeza, proponiendo algo muchísimo más vital y honesto, proponiendo mirar al otro, acompañar, compartir y sobre todo, abrazar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las cosas que decimos, la cosas que hacemos, de Emmanuel Mouret

EL AMOR ES FELICIDAD Y TRISTEZA.

“No vamos, somos impulsados; como cosas que flotan… fluctuamos entre varias inclinaciones; no queremos nada libremente, nada absoluta-mente, nada constantemente”

Michel de Montaigne

La primera película que vi de Éric Rohmer (1920-2010), fue Pauline en la playa (1983). Todavía era muy joven para entender que todo lo que se contaba en la película era el amor. Que la verdadera naturaleza del amor era la felicidad y la tristeza, sentimientos en apariencia opuestos, pero en la realidad, muy cercanos, porque en la mayoría de ocasiones no sabemos que estamos sintiendo porque no somos capaces de interpretar aquello que estamos sintiendo, un galimatías que no es otra cosa que vivir y relacionarnos con los demás y sobre todo, con nosotros mismos. Con más edad y sobre todo, cuando empecé a tener relaciones, todo aquello que mostraba con tanta naturalidad, sensibilidad, sencillez y complejidad el maestro francés, se convertía en algo “real” para mí, o al menos así lo sentía. Aunque como describía Rohmer, el amor o la idea que tenemos de él, cuando se agarraba a nuestras vidas, nos convertía en un esclavo de esos sentimientos, imposibles de controlar, un torrente que nos zarandeaba y nos inducía hacia lugares imposibles de describir, una emoción, la emoción, que nos hace intimar o no con personas, desearlas o no, amarlas o no, y sobre todo, nos hacía enfrentarnos a nuestros miedos, inseguridades y demás emociones que ocultamos tanto a los demás. El amor según Rohmer no solo era “real”, sino que era aquello que te ocurría en la existencia, porque lo que nos cuenta Rohmer no son solo relatos sobre el amor y nuestro comportamiento cuando creemos enamorarnos o no, sino que son relatos sobre la vida y todas aquellos sensaciones que nos ocurren cuando vivimos, porque de vez en cuando vivimos, sobre todo, cuando amamos y deseamos, o al menos así lo creemos.

Todas las cuestiones referentes al hecho de amar o sentirse amados han estructurado la filmografía de Emmanuel Mouret (Marsella, Francia, 1970), en todas sus películas, que pasan de la docena a lo largo de algo más de dos décadas, sus personajes aman, desean, mienten, son inseguros, tienen miedo, nos aben si aman, y también, se sienten abandonados o muy perdidos. Películas como Laissons Lucie faire! (2000), Cambio de dirección (2006), El arte de amar (2011), Caprice (2015) y Mademoiselle de Joncquières (2018), basada en un relato de Diderot. Historias donde profundiza en el amor, sus cuestiones, sus desdichados y satisfechos personajes, y demás. En Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, la cuestión radica en dos sentimientos enfrentados constantemente, el amor y el deseo, y sus cercanías y lejanías.  Mouret nos sumerge en un relato aparentemente sencillo. Maxime invita a su primo Maxime a pasar unos días en la campiña francesa junto a su novia embarazada Daphné. Como Maxime se ha ido por temas laborales, Daphné y Maxime pasan cuatro días juntos visitando la zona y contándose su vida, o bien podríamos decir, contándose sus sentimientos y sus amores y desamores.

El magnífico guion del propio Mouret, donde la palabra es la base de su narrativa, reflexiona en nuestro interior, en la imposible coherencia en aquello que decimos y lo que finalmente hacemos, describiendo la contradicción y la complejidad del alma humana, y nuestra propia fragilidad existencial y sobre todo, sentimental. El director y actor en ocasiones marsellés nos traslada al pasado, y al presente inmediato, en que tanto Daphné como Maxime nos explican sus amores y sus deseos, en una película que va de un relato a otro, dejándonos clara una verdad irrefutable Rohmeriana, el sentimiento del amor o cuando creemos estar enamorados es un sentimiento extremadamente frágil, nada claro, y además, siempre se maneja por claroscuros, y la solidez de un sentimiento es una utopía, algo que puede romperse en un suspiro, sin nada ni nadie que lo remedie. Mouret describe con minuciosidad y naturalidad las diferentes historias, mirando con serenidad y humanidad a sus personajes, sin juzgarlos en ningún instante, mostrándonos personas como nosotros, torpes e inseguros en el amor, y en todo lo demás, que dan tres pasos hacia adelante y cuatros hacia atrás, que lo único que tienen claro es que no tienen nada claro, que confunden con muchísima facilidad el amor y el deseo, o incluso, el propio amor, que se mueven por un laberinto sumamente complejo del que además se vendan los ojos para dificultarlo más. Mouret, que construye su banda sonora mediante composiciones clásicas de Purcell, Mozart, Chopin, Tchaikovsky, Poulenc, Satie, Debussy, y un largo etcétera, creando esa dimensión atemporal y onírica que tanto tiene el amor y cuando nos enamoramos, que contrasta muy bien con los conflictos que van sucediendo.

Personajes que se enamoran o creen enamorarse de quién no deben, porque está ocupado, o creen sentir algo por alguien que nos hará felices. Pero, quizás el amor es eso, un camino complicado, un ir y venir, un no saber qué y porqué, o no saber nada, y en el fondo, no tener ni idea de cómo querer y a quién querer. Mouret encaja muy bien sus piezas y elementos, desde la intimidad y la cercanía de esa cinematografía que firma Laurent Desmet y el delicioso y suave montaje de Martial Salomon, dos cómplices que ya habían trabajado en su cine. Seis personajes excelentemente bien interpretados por Camelia Jordana, que hace una Daphné encantadora y misteriosa, Vincent Macaigne es François, con ese aire de señor respetado con una familia que caerá en los brazos de Daphné, Niels Schneider con la imagen de atractivo soñador que nada le sale como quiere, ni escribir, ni amar ni saber su lugar, Jenna Thiam, esa joven promiscua que ama a todos y a todo, sin ataduras, que desea y ama, y como todos, también se equivoca, Guillaume Gouix, el amigo que parece que no, pero si, el que se cansa, pero no, un indeciso como cualquiera.

Finalmente, mención aparte tiene el personaje de Louise, la esposa de François, que interpreta con delicadeza y complejidad una maravillosa Émilie Dequenne (la inolvidable Rosetta, de los Dardenne), uno de esos personajes atemporales, que parecen sacados de la novela romántica del XVIII, de carácter, inteligencia y suavidad, que traza un plan para liberar y sentirse liberada, porque no hay nada más bello en la vida que amar, independientemente que sea recíproco, porque si lo es, ya es otra cosa. Situación que nos devuelve al imaginario romántico de Rohmer, al de verdad, el que habla de personas, situaciones y demás, quizás el amor no es otra cosa que hacer lo imposible para que la persona amada sea feliz, aunque para ello tengamos que renunciar a nuestro amor, no lo sé, porque en ocasiones puedes ser feliz con alguien y las circunstancias ajenas lo hagan imposible, quizás, el futuro nos tiene reservado algo especial en nuestras vidas, la única forma de averiguarlo, como explica Mouret, hay que confiar en el amor, porque quién confía en el amor, esta confiando en la vida, en la alegría y tristeza de vivir, y no nos queda otra que seguir amando, equivocándonos, soñando, tropezando, y sobre todo, queriéndonos porque si no poco podremos dar o no sabremos cuando nos dan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sweat, de Magnus von Horn

LA SONRISA AMARGA.

“La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos”.

Henry Van Dyke

El nuevo milenio es un espacio online, un espacio donde las redes sociales se han convertido en “espacio”, donde millones de usuarios abarrotan de publicaciones sus perfiles, mostrando su vida y mostrándose continuamente, desinhibiéndose a todo trapo, y convirtiendo sus dominios en auténticos escaparates de sus existencias, a nivel físico, emocional y demás. Muchos de ellos han generado auténticos negocios con su contenido, convirtiéndose en los llamados “influencers” para muchos, y empresas han visto una forma de anunciar sus productos promocionando a estas nuevas “stars” de la imagen. Sylwia Zajac es una mujer de treinta años que ha construido toda una legión de cientos de miles de seguidores a través de sus redes, motivándolos a través del fitness, con sus clases, entrenamientos y esa actitud perfecta y llena de felicidad. Pero… ¿Qué ocurre cuando Silwia apaga su móvil?.

El segundo trabajo de Magnus von Horn (Göteborg, Suecia, 1983), después de la interesante e incisiva Después de esto (The Here After), que dirigió en el 2015, en la que retrataba la difícil vuelta a la vida de un joven que ha cumplido condena en un reformatorio. Con Sweat (traducido como “sudor”), el director sueco, afincado en Polonia, que se formó en la prestigiosa Escuela de Lodz, nos sitúa en la vida de Sylwia durante solo tres días, en la ciudad de Varsovia. Tres días en las que la joven experimentará lo feliz y amargo de su existencia. La película tiene un ritmo y una aceleración como la vida de esta joven, una vida “online”, donde todo es carne de publicación, en que el móvil es una parte más de su cuerpo y mente, donde la veremos de aquí para allá, casi sin descanso ni tregua, como ese arranque tan vertiginoso como la clase de entrenamiento que hace en directo con sus seguidoras. Un cámara pegada a ella, metida en su interior, en un gran trabajo del cinematógrafo Michal Dymek, bien acompañado por el inmenso ejercicio de edición de Agnieszka Glinska, que ayudan a convertir Sweat en una película de ahora, con los métodos y elementos que tanto se utilizan, aunque eso sí, también, hay tiempo para plantar la cámara y mirar la vida de Sylwia de forma más pausada.

La joven vivirá una experiencia que solamente no le cambiará su forma de trabajo, sino su interior, un espacio donde no es exitosa, sino todo lo contrario, pero la película no lo transmite de forma simple, sino con estilo y elegancia, con la figura de un acosador, alguien que como ella siente su soledad cuando los focos se apagan, alguien que despertará en la joven cosas que debería empezar a plantearse porque tarde o temprano deberá enfrentarlas para crecer como persona y mejorar en su vida y por ende, en su trabajo. Las miserias de las redes sociales, y todos aquellos que se benefician y las sufren, la dictadura de la felicidad y los cuerpos aceptados por la industria, y todos aquellos que encuentran sentido a sus vidas en los que siguen en redes, son varios de los aspectos en los que incide el director sueco, construyendo una película de aquí y ahora, pero sumamente sobria, sensible y sólida. Secuencias bien planteadas que explican lo necesario pero haciendo hincapié en su estado emocional, son algunas como las de la comida con su madre y familia, y la experiencia con el acosador y otro entrenador colaborador, momentos que la resignificarán hacia otras posiciones que le ayudarán a verse como es, todo aquello que oculta y todo lo que le duele y le impide estar bien consigo misma.

Una estelar y maravillosa Magdalena Kolesnik, en su primer papel protagonista, después de haber trabajado con nombres de la industria polaca tan potentes como Jan Komasa y Krystian Lupa, entre otros, dando vida con convicción y naturalidad a la compleja Sylwia, una mujer exitosa en las redes y los medios de comunicación, una mujer fuerte, segura de sí misma, y alguien capaz de todo, una mujer perfecta, digna de admirar y un ser admirable. En cambio, la real, la del día a día, es alguien frágil, que no muestra sus sentimientos, muy resentida, y con una mala relación con su madre, llena de reproches y errores del pasado. Entre el personaje y la persona, una confrontación en la que deberá lidiar la futura Sylwia que salga mejor de ese trance. Debemos a hacer mención a otra presencia interesante de la película, la del actor Zbigniew Zamachowski, que muchos recordamos como el inolvidable Karol de Blanco, de Kieslowski. La joven deberá buscarse y encontrarse para salir más fuerte, enfrentándose a quién es, qué quiere, y sobre todo, empezar a pretender ser tan perfecta en su vida como en su trabajo, aprender a ser lo más humana posible, sin miedo, dejándose las inseguridades, olvidándose de los “haters”, y sabiendo que siendo ella misma, y aceptándose, podrá mostrarse como lo que es y ser de verdad un referente para todos los que la siguen, y la quieren, en cierta manera, aunque sea a su personaje y no a ella. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El olvido que seremos, de Fernando Trueba

LA BONDAD DEL HUMANISTA.

“Sin justicia no puede, ni bebe, haber paz”

Héctor Abad Faciolince (de la novela “El olvido que seremos”)

El cine humanista de Renoir, ese cine que nos habla de la bondad del ser humano, un cine que aplaudía las bondades y virtudes de los hombres y mujeres, las partes nobles y empáticas de la condición humana. Un cine que está muy presente en muchas películas de Fernando Trueba (Madrid, 1955), ya desde su cortometraje El león enamorado (1979), siguiendo por su mítica Opera prima, del año siguiente, y sobre todo, en sus mejores obras, El año de las luces (1986), Belle Époque (1992), La niña de tus ojos (1998), Chico y Rita (2010) y El artista y la modelo (2012). Cine sobre y para los humanos, con sus pequeñas alegrías y tristezas, con las batallas perdidas, sobre personajes que sienten una cosa y tropiezan siempre con esa realidad deshumanizada. Con El olvido que seremos, basada en la novela homónima de Héctor Abad Faciolince, donde el autor explica la vida de su padre, el cine de Trueba vuelve a transitar por esos lugares que tanto retrataba Renoir, donde asistimos a una celebración de la vida, en el que por supuesto, como no podía ser de otra manera, sobre la tristeza, sobre como recordamos a los que ya no están, su legado y sus huellas en nosotros, atrapados en un relato que escribe el hijo sobre su padre, Héctor Abad Gómez, doctor y profesor universitario, inmenso activista en favor de los derechos humanos, que luchó incansablemente por una salud pública.

Primero fue la novela, convertida en un grandísima éxito y una de los libros capitales de la literatura latinoamericana del nuevo siglo, y ahora llega la película, donde se relatan los hechos que van desde los años setenta y mediados de los ochenta, desde la mirada de su hijo Héctor, en una nueva adaptación que hace la sexta en su carrera, esta vez ha contado con David Trueba para el trasvase del libro al cine, en la que a través de la forma se explican las emociones de los personajes y las circunstancias sociales del país, en el gran trabajo que realiza el cinematógrafo colombiano Sergio Iván Castaño, mezclando sabiamente el color para hablarnos de esos momentos Renoir, donde la vida nos empuja a la casa de los Abad, una familia acomodada de los setenta de Medellín, en Colombia, donde existen los problemas habituales de convivencia, y donde asistimos a la relación estrecha entre padre y su hijo  varón. Y luego el blanco y negro, para retratarnos esa Colombia negra y muy violenta, donde Héctor padre se enfrenta a aquellos que no quieren progreso, a los maleantes de siempre, donde el tono de la película cambia, y la cosa se pone muy oscura.

El estupendo análisis elíptico del montaje que hace Marta Velasco, que ha trabajado en las tres últimas películas de Fernando Trueba, así como la editora de buena parte del cine de David Trueba y todo lo de Jonás Trueba. Y qué decir de la grandiosa composición musical que ayuda a contarnos la complejidad de los sentimientos de los personajes, entre la vida y la tristeza, entre la muerte y la alegría, que es obra de uno de los grandes como Abigniew Preisner, estrecho colaborador de Kieslowski, que ya estuvo con Trueba en La reina de España. Y claro, una película que se basa en las emociones como centro de la vida y la existencia, debía de componer un equipo humano en la interpretación que no solo defendiese sus roles, sino que compusiera unos personajes vivos, complejos, y sobre todo, muy cercanos, y lo consigue sobradamente, con la gran actuación, otra más, de Javier Cámara, convirtiéndose en el Dr. Abad, con su natural acento colombiano, un padre querido, un activista convencido, y un luchador incansable, que ama a los suyos y la justicia por un mundo más justo y solidario.

Bien acompañado por Juan Pablo Urrego, que hace de Héctor hijo de joven, con esa relación íntima, pero también, alejada, entre padre e hijo, con muchos altibajos en los casi veinte años que cuenta la película, Patricia Tamayo como la madre, y un formidable y natural elenco que hacen de las hijas del doctor. Y la agradable sorpresa de Whit Stillman, viejo conocido de Trueba desde Sal gorda (1983), que hace aquí del estadounidense que ayuda al doctor. Trueba ha construido una obra de esas que dicen los americanos “Bigger Than Life”, una película que trasciende a la propia vida, a la realidad en la que se basa, una carta de amor de un hijo a un padre, a un hombre que fue un buen padre, un buen esposo, que creía en la justicia, y en la medicina como arma para acabar contra la injustica, de alguien que también se equivocaba, pero sobre todo de alguien que jamás hizo lo contrario de lo que creía, a pesar de las dificultades, de los enemigos, de esa Colombia ochentera llena de odio y violencia, que puso su vida al servicio de los demás, sin olvidar a los suyos, y a los otros, que también eran suyos. Un tipo que a pesar de todo, y de la catástrofe del mundo, siempre creyó que todo podía empezar con un leve gesto, como el cuidado de una flor, la paciencia exacta para ver las cosas desde puntos de vista diferentes, de mirar el mundo de otro modo, más solidario, más íntimo, pero sobre todo, más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Earwig y la bruja, de Goro Miyazaki

LA HUÉRFANA REBELDE.

“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”.

Jean Jacques Rousseau

Desde 1985, a través del Studio Ghibli, las mentes creativas del desaparecido Isao Takahata, Toshio Suzuki y Hayao Miyazaki, no solo han creado uno de los estudios de animación más grandes, artísticos y venerados de la historia del cine, con grandísimas obras de arte como Nausicaä del valle del viento, La tumba de las luciérnagas, La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro y el viaje de Chihiro, entre muchas otras. El fallecimiento o la edad hacen obligado el relevo en la compañía, y los Miyazaki y Suzuki, dejan la primera línea para ocupar cargos más secundarios como ocurre en Earwig y la bruja, de Goro Miyazaki (Tokyo, Japón, 1967), hijo de Hayao, reticente en principio en seguir los pasos de su progenitor, finalmente, debuta como director con Cuentos de Terramar (2006), le sigue La colina de las amapolas (2011), y después la serie Ronja, la hija del bandolero (2014).

Goro Miyazaki vuelve al largometraje con Earwig y la bruja, basada en la obra de Diana Wynne Jones, la misma autora  en la que se basaron para El castillo ambulante (2004), y deja la animación 2D para introducir la novedosa 3D/CGI, y nos cuenta las desventuras de Earwig, una niña de 10 años que ha crecido en un orfanato, una niña peculiar, de carácter, que siempre se erige como la “jefa” ante los demás, que la obedecen sin rechistar. Pero un día, una extraña pareja formada por una bruja que se hace llamar Bella Yaga y un tipo reservado de formas duras, la adoptan y se la llevan con ella para que la niña sea la ayudante de la bruja, que vive de hacer brebajes para satisfacer los deseos de los demás. La historia mantiene todos los ingredientes que han hecho de Ghibli un referente no solo en el campo de la animación, sino en el mundo del cine, siendo una compañía muy creativa, logrando componer historias de bellísima y ejemplar factura visual y narrativa, construyendo mundos imaginarios y fantasiosos, siempre con el toque humanista y real, llenos de niñas o jóvenes desafiantes ante el orden establecido, y tratando una riqueza de temas que tienen mucho que ver con la infancia, el aprendizaje, el crecimiento, la llegada a la edad adulta, bien ayudadas por la complejidad de sus emociones y relatos sobre la vida y la muerte.

Earwig y la bruja mantiene una primera mitad rica en lo visual y en lo narrativo, erigiéndose digna heredera del Studio que hay detrás de ella. El desajuste narrativo arranca en su segunda mitad, cuando la niña es adoptaba por el par de sujetos excéntricos. En su nueva casa, exceptuando algún instante imaginativo, la historia se detiene, resulta monótona, y va perdiendo interés, como si los personajes vivieran en sus mundos, ajenos a la historia principal que se va diluyendo. En el apartado de producción encontramos a Toshio Suzuki y en la planificación de la película encontramos la mano de Hayao Miyazaki, que echamos en falta en el engranaje del guión, piedra angular de la compañía Ghibli, que en Earwig y la bruja, en su afán de convencer a todos, acaba olvidando a la mayoría, con una historia que aparentemente resultaba interesante, con esa niña marimandona que empieza una nueva vida en la que estará al otro lado del espejo, y en vez de mandar, ahora, deberá obedecer sin protestar, pero toro el ritmo que daba la primera parte, en la segunda no se acaba encontrando su ritmo, y las aventuras domésticas junto a la bruja, que podrían haber dado de sí, y mucho, resultan sin alma y desafortunadas.

Podíamos decir que la película resulta imaginativa en algunos momentos, se agradece y mucho la innovación de la inclusión del nuevo formato 3D, pero se ha perdido la esencia que hizo grande el estudio japonés, aunque quizás, aquellas películas fabulosas de antaño, ya solo pertenecen a nuestra memoria, y ahora Ghibli, debe volver a sus orígenes, sin olvidar la innovación tecnológica, por supuesto, pero logrando que las historias sigan hablando de temas universales, a través de la cotidianidad de sus personajes, su inagotable imaginación y sus cuentos fantásticos, llenos de humor y sobre todo, adorables y muy sensibles. El reto de los herederos de los maestros no va a resultar para nada sencillo, sino todo lo contrario, Earwig y la bruja ha sido un intento que se ha quedado a medio camino, quizás, los próximos trabajos que vengan recogerán el espíritu de Ghibli y seguirán manteniendo una narrativa que no decae, que nos hace soñar y ver el mundo mejor del que es, sin olvidar la tristeza o la tragedia que lo alimentan, si, pero también, sin dejar de soñar con las pequeñas historias en los lugares más ocultos del mundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Otra ronda, de Thomas Vinterberg

BEBERSE LA VIDA.

 “La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada”.

Soren Kierkegaard

El universo cinematográfico de Thomas Vinterberg (Frederiksberg, Dinamarca, 1969), podríamos definirlo mediante dos vertientes bien diferenciadas. Una, el grupo de cuatro de sus películas, filmadas en inglés, a partir de encargos, comprenden cintas como It’s All About Love (2003), Querida Wendy (2005), con historias, más o menos personales, muy alejadas de la estrategia comercial, y con el espíritu de su cine danés. En cambio, las otras dos, Lejos del mundanal ruido (2015), y Kursk (2018), la primera, un remake de la película de Schlesinger, y la segunda, con reparto muy internacional, un producto entretenido sin más. Aunque han sido sus películas danesas las que le han otorgado a Vinterberg su aureola de cineasta personal, como su Celebración (1998), magnifico film que, junto a Los idiotas, de Lars Von Trier, abanderaba la iniciativa “Dogma”, película fundacional en la carrera del director danés, con un poderosísimo drama familiar duro y siniestro, con esa cámara en continuo movimiento que se deslizaba de forma armónica y suave entre los personajes, retratando sin estridencias y con extrema naturalidad las graves tensiones que se producían en los desencuentros familiares.

Celebración es la película que lo lanzó internacionalmente, amén de edificar una forma y una mirada que siguen estando muy presentes en sus siguientes trabajos filmados en su país natal. En Submarino (2010), otra vez drama familiar pero esta vez no entre padres e hijos, sino entre hermanos, y La comuna (2016), donde Vinterberg descargaba sus recuerdos de haber vivido de niño en una comuna hippie. Con La caza (2012), durísimo drama social a través de la acusación injusta de abuso sexual a un maestro de parvulario a una de sus alumnas, retratando de manera concienzuda y profunda toda la respuesta violenta de la comunidad, y las terribles consecuencias que sufre el atribulado maestro. La interpretación inconmensurable de Mads Mikkelsen en la piel del falso culpable hacía el resto de una película extraordinaria, que profundizaba en la parte oscura de la condición humana. Vinterberg, que vuelve a contar con su guionista más estrecho, el también director Tobias Lindholm, que ha estado en cuatro de sus películas danesas, construye en Otra ronda, una película sobre la vida, o podríamos decir sobre el hecho de vivir y sus consecuencias.

Otra ronda se centra en el retrato de cuatro profesores de secundaria con vidas vacías, monótonas y lo que es más grave, sin futuro. Después de una celebración, deciden poner en práctica un experimento, a partir de los estudios del psicólogo noruego Finn Skärderud que explica que el ser humano nace con un déficit del 0’5 de alcohol en la sangre. Los cuatro amigos beberán alcohol en horas de trabajo para mantener esa cantidad de alcohol en su cuerpo. Pronto, experimentarán la desinhibición, la seguridad y la alegría que se apodera de sus existencias, en una explosión incontrolada de actitud, risas, relaciones más personales, y compartir un torrente de emociones y vitalidad. Pero, claro, la película no solo se queda en las virtudes que proporciona el alcohol, porque los amigos envalentonados por los resultados, deciden ir un poco más allá, y aumentan su tasa de alcohol diaria, y todos, empiezan a ver unos efectos negativos, algunos más que otros, y lo que era diversión y seguridad, se convierte en lo contrario.

Vinterberg vuelve a contar con Sturla Brandth Grovlen, su cinematógrafo fetiche, que dota a la película de un torrente de naturalidad, intimidad y luz, donde la cámara se mueve como un personaje más, en escenarios reales y manteniendo esa realidad a flor de piel, donde la cámara actúa como un testigo inquieto y de mirada serena, y el ágil y estupendo montaje, de corte limpio, obra de otros cómplices como Janus Billeskov Jansen (gran veterano que ha trabajado con Bille August, entre muchos otros), y Anne Osterud. El reparto funciona a las mil maravillas, con esos rostros, cuerpos y miradas que dan vida, amor, tristeza y vacuidad a raudales, encabezados por un MIkkelsen, un actor de raza, transparente y un maná de sinceridad, animalidad y profundidad, de la misma estirpe que los Dafoe, Cassel o Bardem. Bien acompañado por otros intérpretes de la factoría Vinterberg como Thomas Bo Larsen, Lars Ranthe y Magnus Millang. Cuatro amigos, compañeros de trabajo, amigos de la infancia, vecinos de esas ciudades pequeñas donde todos se conocen, que habitan el cine del director danés, construyendo relatos sobre el alma humana, sus inquietudes, sus derrotas, sus emociones, y todo lo demás.

Otra ronda es una película que tiene el aroma de la amistad, el amor, la derrota y la tristeza, que se acerca a otras grandes borracheras de amigos como La gran comilona, de Ferreri o Maridos, de Cassavetes, donde la vida se abre paso a pesar de sus maldades y vacíos, porque a veces, la vida es eso, juntarse con los de siempre y beber como nunca. Otra ronda nos invita a beber, eso sí con moderación, y sobre todo, beberse la vida, atreverse, levantarse después de las hostias, resistir ante las dificultades, no venirse abajo cuando todo está en contra, a ser quiénes somos, a ser valientes ante todo y ante cualquiera, a no mentirse, a no vivir por vivir, a volar cuando sea preciso, a compartir con los que más queremos, a soñar, a perder el miedo, a no dejar de saltar y a cruzar puertas que no deberíamos cruzar, a no cumplir con las expectativas, a no tener expectativas, a equivocarse y no hacer un drama, a no vivir por vivir, a trabajar desde la verdad, a mirarse al espejo y saber que esa persona que ves eres tú, y nadie más, que un día fuiste y debes recuperar todo aquello bueno que eras y lo dejaste perder por el camino, a sentir, pero sentir de verdad, a vivir, a llorar, a soportar el dolor, a reírse cuando toca, y a no ser quién no eres, a aceptarse y sobre todo, a vivir sabiendo que cada día puede ser el último. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA