Las cosas que decimos, la cosas que hacemos, de Emmanuel Mouret

EL AMOR ES FELICIDAD Y TRISTEZA.

“No vamos, somos impulsados; como cosas que flotan… fluctuamos entre varias inclinaciones; no queremos nada libremente, nada absoluta-mente, nada constantemente”

Michel de Montaigne

La primera película que vi de Éric Rohmer (1920-2010), fue Pauline en la playa (1983). Todavía era muy joven para entender que todo lo que se contaba en la película era el amor. Que la verdadera naturaleza del amor era la felicidad y la tristeza, sentimientos en apariencia opuestos, pero en la realidad, muy cercanos, porque en la mayoría de ocasiones no sabemos que estamos sintiendo porque no somos capaces de interpretar aquello que estamos sintiendo, un galimatías que no es otra cosa que vivir y relacionarnos con los demás y sobre todo, con nosotros mismos. Con más edad y sobre todo, cuando empecé a tener relaciones, todo aquello que mostraba con tanta naturalidad, sensibilidad, sencillez y complejidad el maestro francés, se convertía en algo “real” para mí, o al menos así lo sentía. Aunque como describía Rohmer, el amor o la idea que tenemos de él, cuando se agarraba a nuestras vidas, nos convertía en un esclavo de esos sentimientos, imposibles de controlar, un torrente que nos zarandeaba y nos inducía hacia lugares imposibles de describir, una emoción, la emoción, que nos hace intimar o no con personas, desearlas o no, amarlas o no, y sobre todo, nos hacía enfrentarnos a nuestros miedos, inseguridades y demás emociones que ocultamos tanto a los demás. El amor según Rohmer no solo era “real”, sino que era aquello que te ocurría en la existencia, porque lo que nos cuenta Rohmer no son solo relatos sobre el amor y nuestro comportamiento cuando creemos enamorarnos o no, sino que son relatos sobre la vida y todas aquellos sensaciones que nos ocurren cuando vivimos, porque de vez en cuando vivimos, sobre todo, cuando amamos y deseamos, o al menos así lo creemos.

Todas las cuestiones referentes al hecho de amar o sentirse amados han estructurado la filmografía de Emmanuel Mouret (Marsella, Francia, 1970), en todas sus películas, que pasan de la docena a lo largo de algo más de dos décadas, sus personajes aman, desean, mienten, son inseguros, tienen miedo, nos aben si aman, y también, se sienten abandonados o muy perdidos. Películas como Laissons Lucie faire! (2000), Cambio de dirección (2006), El arte de amar (2011), Caprice (2015) y Mademoiselle de Joncquières (2018), basada en un relato de Diderot. Historias donde profundiza en el amor, sus cuestiones, sus desdichados y satisfechos personajes, y demás. En Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, la cuestión radica en dos sentimientos enfrentados constantemente, el amor y el deseo, y sus cercanías y lejanías.  Mouret nos sumerge en un relato aparentemente sencillo. Maxime invita a su primo Maxime a pasar unos días en la campiña francesa junto a su novia embarazada Daphné. Como Maxime se ha ido por temas laborales, Daphné y Maxime pasan cuatro días juntos visitando la zona y contándose su vida, o bien podríamos decir, contándose sus sentimientos y sus amores y desamores.

El magnífico guion del propio Mouret, donde la palabra es la base de su narrativa, reflexiona en nuestro interior, en la imposible coherencia en aquello que decimos y lo que finalmente hacemos, describiendo la contradicción y la complejidad del alma humana, y nuestra propia fragilidad existencial y sobre todo, sentimental. El director y actor en ocasiones marsellés nos traslada al pasado, y al presente inmediato, en que tanto Daphné como Maxime nos explican sus amores y sus deseos, en una película que va de un relato a otro, dejándonos clara una verdad irrefutable Rohmeriana, el sentimiento del amor o cuando creemos estar enamorados es un sentimiento extremadamente frágil, nada claro, y además, siempre se maneja por claroscuros, y la solidez de un sentimiento es una utopía, algo que puede romperse en un suspiro, sin nada ni nadie que lo remedie. Mouret describe con minuciosidad y naturalidad las diferentes historias, mirando con serenidad y humanidad a sus personajes, sin juzgarlos en ningún instante, mostrándonos personas como nosotros, torpes e inseguros en el amor, y en todo lo demás, que dan tres pasos hacia adelante y cuatros hacia atrás, que lo único que tienen claro es que no tienen nada claro, que confunden con muchísima facilidad el amor y el deseo, o incluso, el propio amor, que se mueven por un laberinto sumamente complejo del que además se vendan los ojos para dificultarlo más. Mouret, que construye su banda sonora mediante composiciones clásicas de Purcell, Mozart, Chopin, Tchaikovsky, Poulenc, Satie, Debussy, y un largo etcétera, creando esa dimensión atemporal y onírica que tanto tiene el amor y cuando nos enamoramos, que contrasta muy bien con los conflictos que van sucediendo.

Personajes que se enamoran o creen enamorarse de quién no deben, porque está ocupado, o creen sentir algo por alguien que nos hará felices. Pero, quizás el amor es eso, un camino complicado, un ir y venir, un no saber qué y porqué, o no saber nada, y en el fondo, no tener ni idea de cómo querer y a quién querer. Mouret encaja muy bien sus piezas y elementos, desde la intimidad y la cercanía de esa cinematografía que firma Laurent Desmet y el delicioso y suave montaje de Martial Salomon, dos cómplices que ya habían trabajado en su cine. Seis personajes excelentemente bien interpretados por Camelia Jordana, que hace una Daphné encantadora y misteriosa, Vincent Macaigne es François, con ese aire de señor respetado con una familia que caerá en los brazos de Daphné, Niels Schneider con la imagen de atractivo soñador que nada le sale como quiere, ni escribir, ni amar ni saber su lugar, Jenna Thiam, esa joven promiscua que ama a todos y a todo, sin ataduras, que desea y ama, y como todos, también se equivoca, Guillaume Gouix, el amigo que parece que no, pero si, el que se cansa, pero no, un indeciso como cualquiera.

Finalmente, mención aparte tiene el personaje de Louise, la esposa de François, que interpreta con delicadeza y complejidad una maravillosa Émilie Dequenne (la inolvidable Rosetta, de los Dardenne), uno de esos personajes atemporales, que parecen sacados de la novela romántica del XVIII, de carácter, inteligencia y suavidad, que traza un plan para liberar y sentirse liberada, porque no hay nada más bello en la vida que amar, independientemente que sea recíproco, porque si lo es, ya es otra cosa. Situación que nos devuelve al imaginario romántico de Rohmer, al de verdad, el que habla de personas, situaciones y demás, quizás el amor no es otra cosa que hacer lo imposible para que la persona amada sea feliz, aunque para ello tengamos que renunciar a nuestro amor, no lo sé, porque en ocasiones puedes ser feliz con alguien y las circunstancias ajenas lo hagan imposible, quizás, el futuro nos tiene reservado algo especial en nuestras vidas, la única forma de averiguarlo, como explica Mouret, hay que confiar en el amor, porque quién confía en el amor, esta confiando en la vida, en la alegría y tristeza de vivir, y no nos queda otra que seguir amando, equivocándonos, soñando, tropezando, y sobre todo, queriéndonos porque si no poco podremos dar o no sabremos cuando nos dan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sweat, de Magnus von Horn

LA SONRISA AMARGA.

“La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos”.

Henry Van Dyke

El nuevo milenio es un espacio online, un espacio donde las redes sociales se han convertido en “espacio”, donde millones de usuarios abarrotan de publicaciones sus perfiles, mostrando su vida y mostrándose continuamente, desinhibiéndose a todo trapo, y convirtiendo sus dominios en auténticos escaparates de sus existencias, a nivel físico, emocional y demás. Muchos de ellos han generado auténticos negocios con su contenido, convirtiéndose en los llamados “influencers” para muchos, y empresas han visto una forma de anunciar sus productos promocionando a estas nuevas “stars” de la imagen. Sylwia Zajac es una mujer de treinta años que ha construido toda una legión de cientos de miles de seguidores a través de sus redes, motivándolos a través del fitness, con sus clases, entrenamientos y esa actitud perfecta y llena de felicidad. Pero… ¿Qué ocurre cuando Silwia apaga su móvil?.

El segundo trabajo de Magnus von Horn (Göteborg, Suecia, 1983), después de la interesante e incisiva Después de esto (The Here After), que dirigió en el 2015, en la que retrataba la difícil vuelta a la vida de un joven que ha cumplido condena en un reformatorio. Con Sweat (traducido como “sudor”), el director sueco, afincado en Polonia, que se formó en la prestigiosa Escuela de Lodz, nos sitúa en la vida de Sylwia durante solo tres días, en la ciudad de Varsovia. Tres días en las que la joven experimentará lo feliz y amargo de su existencia. La película tiene un ritmo y una aceleración como la vida de esta joven, una vida “online”, donde todo es carne de publicación, en que el móvil es una parte más de su cuerpo y mente, donde la veremos de aquí para allá, casi sin descanso ni tregua, como ese arranque tan vertiginoso como la clase de entrenamiento que hace en directo con sus seguidoras. Un cámara pegada a ella, metida en su interior, en un gran trabajo del cinematógrafo Michal Dymek, bien acompañado por el inmenso ejercicio de edición de Agnieszka Glinska, que ayudan a convertir Sweat en una película de ahora, con los métodos y elementos que tanto se utilizan, aunque eso sí, también, hay tiempo para plantar la cámara y mirar la vida de Sylwia de forma más pausada.

La joven vivirá una experiencia que solamente no le cambiará su forma de trabajo, sino su interior, un espacio donde no es exitosa, sino todo lo contrario, pero la película no lo transmite de forma simple, sino con estilo y elegancia, con la figura de un acosador, alguien que como ella siente su soledad cuando los focos se apagan, alguien que despertará en la joven cosas que debería empezar a plantearse porque tarde o temprano deberá enfrentarlas para crecer como persona y mejorar en su vida y por ende, en su trabajo. Las miserias de las redes sociales, y todos aquellos que se benefician y las sufren, la dictadura de la felicidad y los cuerpos aceptados por la industria, y todos aquellos que encuentran sentido a sus vidas en los que siguen en redes, son varios de los aspectos en los que incide el director sueco, construyendo una película de aquí y ahora, pero sumamente sobria, sensible y sólida. Secuencias bien planteadas que explican lo necesario pero haciendo hincapié en su estado emocional, son algunas como las de la comida con su madre y familia, y la experiencia con el acosador y otro entrenador colaborador, momentos que la resignificarán hacia otras posiciones que le ayudarán a verse como es, todo aquello que oculta y todo lo que le duele y le impide estar bien consigo misma.

Una estelar y maravillosa Magdalena Kolesnik, en su primer papel protagonista, después de haber trabajado con nombres de la industria polaca tan potentes como Jan Komasa y Krystian Lupa, entre otros, dando vida con convicción y naturalidad a la compleja Sylwia, una mujer exitosa en las redes y los medios de comunicación, una mujer fuerte, segura de sí misma, y alguien capaz de todo, una mujer perfecta, digna de admirar y un ser admirable. En cambio, la real, la del día a día, es alguien frágil, que no muestra sus sentimientos, muy resentida, y con una mala relación con su madre, llena de reproches y errores del pasado. Entre el personaje y la persona, una confrontación en la que deberá lidiar la futura Sylwia que salga mejor de ese trance. Debemos a hacer mención a otra presencia interesante de la película, la del actor Zbigniew Zamachowski, que muchos recordamos como el inolvidable Karol de Blanco, de Kieslowski. La joven deberá buscarse y encontrarse para salir más fuerte, enfrentándose a quién es, qué quiere, y sobre todo, empezar a pretender ser tan perfecta en su vida como en su trabajo, aprender a ser lo más humana posible, sin miedo, dejándose las inseguridades, olvidándose de los “haters”, y sabiendo que siendo ella misma, y aceptándose, podrá mostrarse como lo que es y ser de verdad un referente para todos los que la siguen, y la quieren, en cierta manera, aunque sea a su personaje y no a ella. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El olvido que seremos, de Fernando Trueba

LA BONDAD DEL HUMANISTA.

“Sin justicia no puede, ni bebe, haber paz”

Héctor Abad Faciolince (de la novela “El olvido que seremos”)

El cine humanista de Renoir, ese cine que nos habla de la bondad del ser humano, un cine que aplaudía las bondades y virtudes de los hombres y mujeres, las partes nobles y empáticas de la condición humana. Un cine que está muy presente en muchas películas de Fernando Trueba (Madrid, 1955), ya desde su cortometraje El león enamorado (1979), siguiendo por su mítica Opera prima, del año siguiente, y sobre todo, en sus mejores obras, El año de las luces (1986), Belle Époque (1992), La niña de tus ojos (1998), Chico y Rita (2010) y El artista y la modelo (2012). Cine sobre y para los humanos, con sus pequeñas alegrías y tristezas, con las batallas perdidas, sobre personajes que sienten una cosa y tropiezan siempre con esa realidad deshumanizada. Con El olvido que seremos, basada en la novela homónima de Héctor Abad Faciolince, donde el autor explica la vida de su padre, el cine de Trueba vuelve a transitar por esos lugares que tanto retrataba Renoir, donde asistimos a una celebración de la vida, en el que por supuesto, como no podía ser de otra manera, sobre la tristeza, sobre como recordamos a los que ya no están, su legado y sus huellas en nosotros, atrapados en un relato que escribe el hijo sobre su padre, Héctor Abad Gómez, doctor y profesor universitario, inmenso activista en favor de los derechos humanos, que luchó incansablemente por una salud pública.

Primero fue la novela, convertida en un grandísima éxito y una de los libros capitales de la literatura latinoamericana del nuevo siglo, y ahora llega la película, donde se relatan los hechos que van desde los años setenta y mediados de los ochenta, desde la mirada de su hijo Héctor, en una nueva adaptación que hace la sexta en su carrera, esta vez ha contado con David Trueba para el trasvase del libro al cine, en la que a través de la forma se explican las emociones de los personajes y las circunstancias sociales del país, en el gran trabajo que realiza el cinematógrafo colombiano Sergio Iván Castaño, mezclando sabiamente el color para hablarnos de esos momentos Renoir, donde la vida nos empuja a la casa de los Abad, una familia acomodada de los setenta de Medellín, en Colombia, donde existen los problemas habituales de convivencia, y donde asistimos a la relación estrecha entre padre y su hijo  varón. Y luego el blanco y negro, para retratarnos esa Colombia negra y muy violenta, donde Héctor padre se enfrenta a aquellos que no quieren progreso, a los maleantes de siempre, donde el tono de la película cambia, y la cosa se pone muy oscura.

El estupendo análisis elíptico del montaje que hace Marta Velasco, que ha trabajado en las tres últimas películas de Fernando Trueba, así como la editora de buena parte del cine de David Trueba y todo lo de Jonás Trueba. Y qué decir de la grandiosa composición musical que ayuda a contarnos la complejidad de los sentimientos de los personajes, entre la vida y la tristeza, entre la muerte y la alegría, que es obra de uno de los grandes como Abigniew Preisner, estrecho colaborador de Kieslowski, que ya estuvo con Trueba en La reina de España. Y claro, una película que se basa en las emociones como centro de la vida y la existencia, debía de componer un equipo humano en la interpretación que no solo defendiese sus roles, sino que compusiera unos personajes vivos, complejos, y sobre todo, muy cercanos, y lo consigue sobradamente, con la gran actuación, otra más, de Javier Cámara, convirtiéndose en el Dr. Abad, con su natural acento colombiano, un padre querido, un activista convencido, y un luchador incansable, que ama a los suyos y la justicia por un mundo más justo y solidario.

Bien acompañado por Juan Pablo Urrego, que hace de Héctor hijo de joven, con esa relación íntima, pero también, alejada, entre padre e hijo, con muchos altibajos en los casi veinte años que cuenta la película, Patricia Tamayo como la madre, y un formidable y natural elenco que hacen de las hijas del doctor. Y la agradable sorpresa de Whit Stillman, viejo conocido de Trueba desde Sal gorda (1983), que hace aquí del estadounidense que ayuda al doctor. Trueba ha construido una obra de esas que dicen los americanos “Bigger Than Life”, una película que trasciende a la propia vida, a la realidad en la que se basa, una carta de amor de un hijo a un padre, a un hombre que fue un buen padre, un buen esposo, que creía en la justicia, y en la medicina como arma para acabar contra la injustica, de alguien que también se equivocaba, pero sobre todo de alguien que jamás hizo lo contrario de lo que creía, a pesar de las dificultades, de los enemigos, de esa Colombia ochentera llena de odio y violencia, que puso su vida al servicio de los demás, sin olvidar a los suyos, y a los otros, que también eran suyos. Un tipo que a pesar de todo, y de la catástrofe del mundo, siempre creyó que todo podía empezar con un leve gesto, como el cuidado de una flor, la paciencia exacta para ver las cosas desde puntos de vista diferentes, de mirar el mundo de otro modo, más solidario, más íntimo, pero sobre todo, más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Earwig y la bruja, de Goro Miyazaki

LA HUÉRFANA REBELDE.

“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”.

Jean Jacques Rousseau

Desde 1985, a través del Studio Ghibli, las mentes creativas del desaparecido Isao Takahata, Toshio Suzuki y Hayao Miyazaki, no solo han creado uno de los estudios de animación más grandes, artísticos y venerados de la historia del cine, con grandísimas obras de arte como Nausicaä del valle del viento, La tumba de las luciérnagas, La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro y el viaje de Chihiro, entre muchas otras. El fallecimiento o la edad hacen obligado el relevo en la compañía, y los Miyazaki y Suzuki, dejan la primera línea para ocupar cargos más secundarios como ocurre en Earwig y la bruja, de Goro Miyazaki (Tokyo, Japón, 1967), hijo de Hayao, reticente en principio en seguir los pasos de su progenitor, finalmente, debuta como director con Cuentos de Terramar (2006), le sigue La colina de las amapolas (2011), y después la serie Ronja, la hija del bandolero (2014).

Goro Miyazaki vuelve al largometraje con Earwig y la bruja, basada en la obra de Diana Wynne Jones, la misma autora  en la que se basaron para El castillo ambulante (2004), y deja la animación 2D para introducir la novedosa 3D/CGI, y nos cuenta las desventuras de Earwig, una niña de 10 años que ha crecido en un orfanato, una niña peculiar, de carácter, que siempre se erige como la “jefa” ante los demás, que la obedecen sin rechistar. Pero un día, una extraña pareja formada por una bruja que se hace llamar Bella Yaga y un tipo reservado de formas duras, la adoptan y se la llevan con ella para que la niña sea la ayudante de la bruja, que vive de hacer brebajes para satisfacer los deseos de los demás. La historia mantiene todos los ingredientes que han hecho de Ghibli un referente no solo en el campo de la animación, sino en el mundo del cine, siendo una compañía muy creativa, logrando componer historias de bellísima y ejemplar factura visual y narrativa, construyendo mundos imaginarios y fantasiosos, siempre con el toque humanista y real, llenos de niñas o jóvenes desafiantes ante el orden establecido, y tratando una riqueza de temas que tienen mucho que ver con la infancia, el aprendizaje, el crecimiento, la llegada a la edad adulta, bien ayudadas por la complejidad de sus emociones y relatos sobre la vida y la muerte.

Earwig y la bruja mantiene una primera mitad rica en lo visual y en lo narrativo, erigiéndose digna heredera del Studio que hay detrás de ella. El desajuste narrativo arranca en su segunda mitad, cuando la niña es adoptaba por el par de sujetos excéntricos. En su nueva casa, exceptuando algún instante imaginativo, la historia se detiene, resulta monótona, y va perdiendo interés, como si los personajes vivieran en sus mundos, ajenos a la historia principal que se va diluyendo. En el apartado de producción encontramos a Toshio Suzuki y en la planificación de la película encontramos la mano de Hayao Miyazaki, que echamos en falta en el engranaje del guión, piedra angular de la compañía Ghibli, que en Earwig y la bruja, en su afán de convencer a todos, acaba olvidando a la mayoría, con una historia que aparentemente resultaba interesante, con esa niña marimandona que empieza una nueva vida en la que estará al otro lado del espejo, y en vez de mandar, ahora, deberá obedecer sin protestar, pero toro el ritmo que daba la primera parte, en la segunda no se acaba encontrando su ritmo, y las aventuras domésticas junto a la bruja, que podrían haber dado de sí, y mucho, resultan sin alma y desafortunadas.

Podíamos decir que la película resulta imaginativa en algunos momentos, se agradece y mucho la innovación de la inclusión del nuevo formato 3D, pero se ha perdido la esencia que hizo grande el estudio japonés, aunque quizás, aquellas películas fabulosas de antaño, ya solo pertenecen a nuestra memoria, y ahora Ghibli, debe volver a sus orígenes, sin olvidar la innovación tecnológica, por supuesto, pero logrando que las historias sigan hablando de temas universales, a través de la cotidianidad de sus personajes, su inagotable imaginación y sus cuentos fantásticos, llenos de humor y sobre todo, adorables y muy sensibles. El reto de los herederos de los maestros no va a resultar para nada sencillo, sino todo lo contrario, Earwig y la bruja ha sido un intento que se ha quedado a medio camino, quizás, los próximos trabajos que vengan recogerán el espíritu de Ghibli y seguirán manteniendo una narrativa que no decae, que nos hace soñar y ver el mundo mejor del que es, sin olvidar la tristeza o la tragedia que lo alimentan, si, pero también, sin dejar de soñar con las pequeñas historias en los lugares más ocultos del mundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Otra ronda, de Thomas Vinterberg

BEBERSE LA VIDA.

 “La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada”.

Soren Kierkegaard

El universo cinematográfico de Thomas Vinterberg (Frederiksberg, Dinamarca, 1969), podríamos definirlo mediante dos vertientes bien diferenciadas. Una, el grupo de cuatro de sus películas, filmadas en inglés, a partir de encargos, comprenden cintas como It’s All About Love (2003), Querida Wendy (2005), con historias, más o menos personales, muy alejadas de la estrategia comercial, y con el espíritu de su cine danés. En cambio, las otras dos, Lejos del mundanal ruido (2015), y Kursk (2018), la primera, un remake de la película de Schlesinger, y la segunda, con reparto muy internacional, un producto entretenido sin más. Aunque han sido sus películas danesas las que le han otorgado a Vinterberg su aureola de cineasta personal, como su Celebración (1998), magnifico film que, junto a Los idiotas, de Lars Von Trier, abanderaba la iniciativa “Dogma”, película fundacional en la carrera del director danés, con un poderosísimo drama familiar duro y siniestro, con esa cámara en continuo movimiento que se deslizaba de forma armónica y suave entre los personajes, retratando sin estridencias y con extrema naturalidad las graves tensiones que se producían en los desencuentros familiares.

Celebración es la película que lo lanzó internacionalmente, amén de edificar una forma y una mirada que siguen estando muy presentes en sus siguientes trabajos filmados en su país natal. En Submarino (2010), otra vez drama familiar pero esta vez no entre padres e hijos, sino entre hermanos, y La comuna (2016), donde Vinterberg descargaba sus recuerdos de haber vivido de niño en una comuna hippie. Con La caza (2012), durísimo drama social a través de la acusación injusta de abuso sexual a un maestro de parvulario a una de sus alumnas, retratando de manera concienzuda y profunda toda la respuesta violenta de la comunidad, y las terribles consecuencias que sufre el atribulado maestro. La interpretación inconmensurable de Mads Mikkelsen en la piel del falso culpable hacía el resto de una película extraordinaria, que profundizaba en la parte oscura de la condición humana. Vinterberg, que vuelve a contar con su guionista más estrecho, el también director Tobias Lindholm, que ha estado en cuatro de sus películas danesas, construye en Otra ronda, una película sobre la vida, o podríamos decir sobre el hecho de vivir y sus consecuencias.

Otra ronda se centra en el retrato de cuatro profesores de secundaria con vidas vacías, monótonas y lo que es más grave, sin futuro. Después de una celebración, deciden poner en práctica un experimento, a partir de los estudios del psicólogo noruego Finn Skärderud que explica que el ser humano nace con un déficit del 0’5 de alcohol en la sangre. Los cuatro amigos beberán alcohol en horas de trabajo para mantener esa cantidad de alcohol en su cuerpo. Pronto, experimentarán la desinhibición, la seguridad y la alegría que se apodera de sus existencias, en una explosión incontrolada de actitud, risas, relaciones más personales, y compartir un torrente de emociones y vitalidad. Pero, claro, la película no solo se queda en las virtudes que proporciona el alcohol, porque los amigos envalentonados por los resultados, deciden ir un poco más allá, y aumentan su tasa de alcohol diaria, y todos, empiezan a ver unos efectos negativos, algunos más que otros, y lo que era diversión y seguridad, se convierte en lo contrario.

Vinterberg vuelve a contar con Sturla Brandth Grovlen, su cinematógrafo fetiche, que dota a la película de un torrente de naturalidad, intimidad y luz, donde la cámara se mueve como un personaje más, en escenarios reales y manteniendo esa realidad a flor de piel, donde la cámara actúa como un testigo inquieto y de mirada serena, y el ágil y estupendo montaje, de corte limpio, obra de otros cómplices como Janus Billeskov Jansen (gran veterano que ha trabajado con Bille August, entre muchos otros), y Anne Osterud. El reparto funciona a las mil maravillas, con esos rostros, cuerpos y miradas que dan vida, amor, tristeza y vacuidad a raudales, encabezados por un MIkkelsen, un actor de raza, transparente y un maná de sinceridad, animalidad y profundidad, de la misma estirpe que los Dafoe, Cassel o Bardem. Bien acompañado por otros intérpretes de la factoría Vinterberg como Thomas Bo Larsen, Lars Ranthe y Magnus Millang. Cuatro amigos, compañeros de trabajo, amigos de la infancia, vecinos de esas ciudades pequeñas donde todos se conocen, que habitan el cine del director danés, construyendo relatos sobre el alma humana, sus inquietudes, sus derrotas, sus emociones, y todo lo demás.

Otra ronda es una película que tiene el aroma de la amistad, el amor, la derrota y la tristeza, que se acerca a otras grandes borracheras de amigos como La gran comilona, de Ferreri o Maridos, de Cassavetes, donde la vida se abre paso a pesar de sus maldades y vacíos, porque a veces, la vida es eso, juntarse con los de siempre y beber como nunca. Otra ronda nos invita a beber, eso sí con moderación, y sobre todo, beberse la vida, atreverse, levantarse después de las hostias, resistir ante las dificultades, no venirse abajo cuando todo está en contra, a ser quiénes somos, a ser valientes ante todo y ante cualquiera, a no mentirse, a no vivir por vivir, a volar cuando sea preciso, a compartir con los que más queremos, a soñar, a perder el miedo, a no dejar de saltar y a cruzar puertas que no deberíamos cruzar, a no cumplir con las expectativas, a no tener expectativas, a equivocarse y no hacer un drama, a no vivir por vivir, a trabajar desde la verdad, a mirarse al espejo y saber que esa persona que ves eres tú, y nadie más, que un día fuiste y debes recuperar todo aquello bueno que eras y lo dejaste perder por el camino, a sentir, pero sentir de verdad, a vivir, a llorar, a soportar el dolor, a reírse cuando toca, y a no ser quién no eres, a aceptarse y sobre todo, a vivir sabiendo que cada día puede ser el último. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La nube, de Just Philippot

LA AMENAZA INTERIOR.

“Toda historia no es otra cosa que una infinita catástrofe de la cual intentamos salir lo mejor posible”.

Italo Calvino

Erase una vez una madre soltera llamada Virginie, al cargo de dos hijos, Laura y Gaston, que vivía en su granja, y trabajaba incesantemente para hacer productiva su actividad de saltamontes comestibles. Pero, las cosas no le iban bien, nada bien, las deudas se acumulaban, y los precios de mercado no hacían viable la cría de saltamontes. Un día, todo cambiará, y por casualidad, encontrará el remedio que tanto ansiaba, la sangre hace reproducirse a los acrídidos mucho más rápido y su producción comienza a crecer considerablemente, y su negocio comienza a prosperar. Centrándose en su hilo argumental, La nube, un guión escrito por Jérôme Genevray y Franck Victor, es un retrato social sobre las dificultades de una mujer por sacar adelante su familia y su trabajo, también, nos habla de los cambios en la producción agrícola entre lo convencional y las nuevas formas ecológicas.

Si bien, la película añade el componente thriller y fantástico, cuando los saltamontes se reproducen bebiendo sangre, y sin darnos cuenta, la película se convierte en una oscura y terrorífica película de catástrofes. Aunque estos continuos saltos de género, se hacen desde la sutileza y la sobriedad, sin perder en ningún instante la textura y la intimidad con la que está contada la historia. La opera prima de Just Philippot (París, Francia, 1982), se desarrolla en el marco certero para este tipo de fábulas que hablan de nosotros y nuestra relación con la naturaleza, tiene mucho de ese tipo de cine donde lo social y lo fantástico se anudan de tal forma que coexisten por el bien del relato, como por ejemplo sucedía en Los pájaros, de Hitchcock, en Cuando ruge la marabunta, de Byron Haskin, Alien, de Ridley Scott o Take Shelter, de Jeff Nichols. Cine para explicarnos las devastadores acciones del ser humano en una naturaleza que se rebela en contra de la ambición desmedida o esas ansías de más y mejor de la naturaleza humana, sin prever las terribles consecuencias que generan.

Los pocos personajes también ayudan a cumplir esa máxima del cine, menos es más, y esa otra, la que dice que si todo puede ocurrir en un mismo escenario mucho mejor. Una madre agobiadísima por sus deudas, encuentra una especie de milagro para sus saltamontes, imbuida a esa locura que lentamente se le volverá en su contra. Frente a sus hijos, Laura, en plena adolescencia, rebelde y protestona con su madre, y Gaston, más pequeño, enamorado del fútbol. Dos hijos que crecerán muy rápido en un entorno difícil donde su madre cada vez está más obsesionado con su trabajo, convirtiéndose en una adicción, otro de los males modernos, y olvidándose de los suyos, como ocurre con su vecino y amigo Karim, un viticultor que ayuda a Virginie, una relación ambigua entre la amistad y algo más. La grandísima interpretación de Suliane Brahim dando vida a Virginie, en un proceso parecido al de Dr Jekill y Mr. Hide, que deberá afrontar las consecuencias de sus actos, y cuidar de su familia ante la amenaza que les acecha, bien acompañada por Sofian Khammes como Karim, el amigo, el posible amor y el confidente ante tanta penuria y oscuridad, y finalmente, Marie Narbonne es Laura, la hija rebelde, y Rapahel Romand es Gaston.

La cámara que se mueve con suavidad, siempre en movimiento y con esa cercanía que traspasa a los personajes con esa luz natural y la vez intensa, obra del cinematógrafo Romain Carcamade, y el ágil y rítmico montaje de Pierre Deschamps, ayudan a La nube a convertirnos a los espectadores en una pesadilla laberíntica de consecuencias irreversibles. Uno de los elementos más elaborados e inteligentes de la película son sus efectos digitales obra de una eminencia como Antoine Moulineau, unos efectos que recuerdan a los de las películas de Cronenberg, porque casan completamente con el relato, esos organismos que van mutando, aportando esa sensación de oscuridad y suciedad, con esa tormenta que se avecina, el mal que sobrevuela constantemente en el aire malsano que se va apoderando de la película. La nube tiene la textura y el aroma de fábula, de esas donde los animales nos están contando cosas de nosotros, y de nuestra idiosincrasia, y sobre todo, de nuestra forma de vivir y trabajar, de nuestro tratamiento en pos a la naturaleza y de todos los seres vivos que la habitan, porque como nos mencionaban en Frankenstein, de Mary Shelley, no hay más monstruo siniestro y violento que el que habita en nosotros, y alimenta nuestras pesadillas más reales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La gomera, de Corneliu Porumboiu

SI ME NECESITAS, SILBA.

“Ni aún permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino”.

Esquilo de Eleusis

El régimen corrupto y militarizado de Ceausescu, que durante más de cuatro décadas gobernó autoritariamente Rumanía, ha sido objeto de estudio, investigación y crítica en el llamado “Nuevo Cine Rumano”, cineastas como Cristian Mungiu, Radu Muntean, Cristi Puiu, Anca Damian, y Corneliu Porumboiu (Vaslui, Rumanía, 1975), han construido películas de corte social, muy apegadas a la realidad, comedias para hablar de temas muy serios, con toques de humor negro, sátira y esperpento, mirando a la historia reciente de Rumanía, que les ha valido un espacio muy reconocido en los festivales  internacionales más prestigiosos de todo el mundo. Poromboiu ha creado hasta la fecha algunas ficciones de la talla de 12:08 al este de Bucarest (2006), Policía, adjetivo (2009), Cae la noche en Bucarest (2013), y El tesoro (2015), amén de un par de documentales relaciones con el fútbol.

Ahora, nos llega La gomera, que nos traslada a la isla de las Canarias, y nos enfrenta a Cristi, un policía demasiado serio, amargado y completamente a la deriva, alguien que en su día creyó en algo, pero ahora mismo, todo eso se ha esfumado. Cristi trabaja para la policía, pero también para el narcotráfico, es una especie de pistolero sin rumbo ni vida, al estilo de esos vaqueros que tanto han pululado por esas llanuras, como el John Wayne de Centauros del desierto, a la que se homenajea en la película, que el único consuelo que encuentra es con su madre, el personaje más libre y cercano de todos los que aparecen en la película. En la Gomera se reencontrará con Gilda, una mujer bellísima, elegante y muy enigmática, de la que está profundamente enamorado, pero, Gilda, al igual que Cristi, juega sus cartas y todas están marcadas. En la isla se pondrá a las órdenes de Paco, un gánster que más parece un gentleman, escapando así del estereotipo del matón al uso. Todo gira en torno a Zsolt, un turbio businessman que conoce el paradero de 30 millones de euros.

Porumboiu construye su película más de género, un film noir en toda regla, pero subvirtiendo las narrativas y estructuras del asunto, porque juega a muchas cosas, creando una mezcla de géneros más que evidente, muy al servicio, eso sí, al juego psicológico de los personajes, donde todos se mienten, se ocultan, y nunca acabas por reconocer ni intuir sus próximos movimientos y alianzas. La gomera tiene el regusto de ese cine policíaco clásico, desde Tener y no tener, de Hawks, con ese silbido, ya que el famoso silbo gomero tendrá una importancia capital en los tejemanejes que se traen los fuera de la ley, o Gilda, con la clara referencia en el nombre de la protagonista, una femme fatale en toda regla, o el universo de Melville, con ese Cristi muy cercano a Lino Ventura o el maduro Jean Gabin, de hecho se hace mención a una famosa película rumana policiaca de mediados de los setenta. Porumboiu nos sitúa en la isla, que se retrata de forma abstracta, casi de una forma espiritual, muy alejada a esa idea de paraíso que tenemos, si no todo lo contrario, una especie de paraíso, si, pero perdido, más cerca del infierno, con esa maravillosa luz etérea y naturalista de Tudor Mircea, cinematógrafo habitual del director.

Contada a través de episodios que cada lleva el nombre de los personajes principales, en los que iremos conociendo más sobre ellos, sin llegar a conclusiones evidentes de sus verdaderas intenciones, porque todos se investigan y se persiguen unos a otros, con un exquisito y fragmentado montaje de Roxana Szel, en casi toda la filmografía de Poromboiu. Misterio, y sobre todo, humor, como no podía faltar en una película del director rumano, peor ese humor a lo Buster Keaton, muy serio, muy negro, y muy en consonancia con las situaciones ridículas que se van dando en la película. La gomera guarda muchas similitudes a la trama que planteaba Kurosawa en Yojimbo, con ese juego a dos y tres bandas, o incluso más, que muy bien no se sabe a qué lugar nos llevará todo este tinglado, desde la música que recorre estilos tan diferentes como el pop de Iggy Pop, las rancheras de Lola Beltrán o la clásica de Richard Strauss, entre otros. Protagonizada por unos gánsteres muy atípicos, que usan el silbo gomero para fines criminales, una policía que lleva una operación que graba todos los movimientos de Cristi, porque desconfían de él, una mujer arrolladora, peligrosa y llena de misterio, que no resulta un buen cómplice para este embrollo, unos secuaces que nos e andan con hostias, y por último, un “macguffin”, en forma de tipo corrupto y un montón de pasta, oculta como un tesoro que hace ir y venir a todos los personajes en litigio.

Un reparto heterogéneo y a la altura de la acción planteada, como no podía ser menos. Tenemos a Vlad Ivanov como Cristi, un habitual en el universo de Porumboiu, la mujer es Catrinel Marlon, bella y de armas tomar, como toda mujer metida en un asunto masculino, o muerdes o te muerden, Rodica Lazar como la jefa de policía, otra mujer de órdago, tan fría y calculadora como se espera de una representante de la ley, que para los negocios oscuros sale al pasillo porque dentro del despacho también la observan, Antonio Buíl, actor oscense afincado en Suiza, de gran trayectoria teatral, es Kiko, un matón de esos al servicio de la causa de Paco, que interpreta magistralmente un Agustí Villaronga, que a su gran carrera como director, añade algunas intervenciones, pero no lo veíamos en un rol más extenso desde Perros callejeros II, cuando hacía de mangui que intentaba pirulear al Torete. The Whistlers (Los silbadores, en su título internacional), nos remite a aquella maravilla que supuso Los timadores, de Frears, una de esas magníficas reinterpretaciones del film noir clásico, adaptándolo a los nuevos tiempos, los noventa de entonces, y en el caso de la película de Porumboiu, a los actuales, convulsos, raros y tan extraños como todo lo que se cuece en la trama. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crash, de David Cronenberg

LOS DEMONIOS Y LA CARNE.

“Las marcas triangulares del coche se habían formado con la muerte de una criatura anónima, de identidad desvanecida, inscrita abstractamente en la geometría del vehículo. ¿Cuánto más misteriosas podían ser nuestras propias muertes, y las de los afamados y poderosos?”

J. G. Ballard de la novela “Crash”

El término “ballardiano” es recogido por el diccionario Collins bajo la siguiente definición “una modernidad distópica, un paisajismo inhóspito creado por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o medioambiental”. J. G. Ballard (1930-2009), describió de forma intensa y profunda los males del ser humano moderno ante una sociedad superficial, consumista y aterradora que, eliminaba el humanismo para abrazar como un salto al abismo la superficialidad y lo material como síntoma de poder, ambición y locura. Un universo peculiar, muy personal y alejado de convencionalismos, modas y demás estupideces, en títulos como La exhibición de las atrocidades, Rascacielos, Hola, América o Noches de cocaína, entre muchas otras.

Los mundos distópicos demasiado “reales” del genial novelista británico que profundiza de manera extraordinaria en todos los males de nuestra sociedad. Universos no muy alejados de los que filma David Cronenberg (Toronto, Canadá, 1943), que en su primera etapa despachó títulos como Crimes of the Future (1970), Vinieron de dentro de… (1975), Rabia (1975), Scanners (1980), o Videodrome (1983), donde implantaba los elementos que han definido su filmografía, la llamada “nueva carne”, en la que retrata de forma admirable los miedos humanos, tanto los cambios físicos y psicológicos ante la transformación física y la infección, en el que se desvanecen los límites entre lo mecánico y lo orgánico, moviéndose en dramas con tintes de terror, ciencia-ficción y el fantástico, dentro de una cotidianidad de horror. Cronenberg ha adaptado autores tan relevantes como Burroughs, King, DeLillo, entre otros. En 1996 adapta “Crash”, novela de Ballard publicada en 1972 (que tuvo una adaptación televisiva protagoniza pro el propio autor), poniendo en imágenes un relato muy oscuro y tremendamente físico y psicológico.

En Crash nos tropezamos con James Ballard, alter ego del propio autor, dedicado a la dirección televisiva, casado con Catherine, que han basado su relación en el sexo como principal estructura, un sexo liberal entre ellos y con otros. Después de un accidente automovilístico, Ballard entra en contacto con Helen Remington y entre los dos nace una atracción mutua a través del sexo y los coches. Más tarde, entrará en juego Vaughan, un tipo apasionado de los accidentes de coches, que además de escenificar accidentes históricos de grandes estrellas del cine clásico, su vida gira en torno a los accidentes, las cicatrices y el sexo, al igual que Gabrielle, una amiga que lleva una prótesis debido a un accidente. Veinticinco años después, Crash  sigue manteniendo su vigencia, quizás las psicopatías siguen igual o incluso más de acentuadas, retratando una serie de personajes abocadaos al constante peligro, en un viaje a las profundidades del alma, a su parte más oscura, más horrible, a aquello que nos negamos a admitir, a lo prohibido, a nuestras pulsiones sexuales, las más ocultas, las que no queremos desvelar.

Cronenberg se acompaña de los cómplices más cercanos como el cinematógrafo Peter Suschitzsky, el editor Ronald Sanders y el músico Howard Shore, la película nos sumerge en un mundo de poder y ambición, donde el automóvil como objeto de posición social se ha convertido en una metáfora del sexo más sucio, más animal y más pueril, donde ya no existen fronteras entre lo real y lo soñado, donde la vida carece de sentido sino es una existencia de constante peligro, donde la muerte bordea a cada instante, donde cada cicatriz y herida se convierte en una pulsión sexual, en una marca más de ese desenfreno alucinatorio y autodestructivo por el que se mueven estas criaturas atrapadas en su sexualidad y en sus objetos mecánicos, en unos automóviles que se funden en falos y vaginas, expuestas y dispuestas para ir más allá, sin pausa, a velocidad vertiginosa, donde velocidad, o lo que es lo mismo, el peligro de morir, deviene la única forma de soportar y llenar ese vacío de vidas opulentas, sí, donde falta tanto a nivel interior. Con un reparto heterodoxo y nada comercial con un James Spader en la piel del atribulado y frío Ballard, la escenificación del tipo que se adentra en la oscuridad, en su propia oscuridad, sin miedo, como si la cosa no fuese con él, pero con la determinación de que no hay marcha atrás, Deborah Kara Unger como su esposa, su amante y la compañera perfecta que también se lanza al abismo para aceptarse y descubrirse a través del sexo y lo prohibido, Holly Hunter como la Dra. Helen Remington, también abocada a la locura sexual, a ir más allá, a olvidarse de los convencionalismos y dejarse arrastrar por el sexo más superficial y la morbosidad.

Y los dos personajes más siniestros, dementes y robotizados de la película como el que hace Rosanna Arquette como Gabrielle, con esa aparatosa prótesis que le cubre las dos piernas y la profunda cicatriz que le cubre media extremidad, uno de esos personajes reservados que tanto le gustan al cineasta canadiense, ya que tiene todo aquello que le interesa, la sexualidad de un ser casi autómata, donde cada movimiento y gemido duele e hiere. Y finalmente, Elias Koteas da vida al siniestro Vaughan, un tipo que ha ido más lejos que nadie, su escenificación de los accidentes es toda una declaración de principios de un personaje psicópata convertido en la figura de macho alfa, de un tótem sexual, donde su cuerpo y todo su ser emanan sexualidad y velocidad, una especie de gurú de esta peculiar aquelarre de sexo, automóviles y muerte. El binomio Ballard-Cronenberg sigue levantándonos de la butaca, incomodándonos, martirizando nuestras pesadillas y pulsiones, y sobre todo, mostrando la oscuridad más profunda y siniestra de lo que somos, de todo aquello que nos autocensuramos, de todos nuestros miedos, de nuestros deseos, pasiones, y nuestra sexualidad, tan llena de tabúes, prejuicios y convencionalismos. Crash  se mueve entre todo lo diferente, todo aquello no aceptado por una sociedad llena de miseria moral tanto a nivel físico como emocional, en un retrato sobre la vida y la muerte, la eterna lucha entre eros y tánatos, entre nuestra existencia aceptada y todos esos infernos que habitan en nuestro interior y gritan sin cesar para salir al exterior y escenificarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fellini de los espíritus, de Anselma Dell’Olio

FELLINI AL OTRO LADO DEL ESPEJO.

“Hablar de sueños es como hablar de películas, ya que el cine utiliza el lenguaje de los sueños: años pueden pasar en segundos y se puede saltar en un lugar a otro”

Federico Fellini

En la mítica serie francesa “Cineastas de nuestro tiempo”, muchos autores se acercaban a las figuras míticas de grandes directores de cine, y lo hacían desde ángulos y reflexiones que se alejaban del simple reportaje que aglutinaba vida y milagros del personaje en cuestión. En Fellini de los espíritus, que conmemora el centenario de su nacimiento, la figura que nos muestran del genial autor italiano es cuanto menos muy novedosa y especial, ya que la película bucea en aquello que el propio Fellini se refería como “el misterio”, todos esos universos invisibles del director, desde el mundo de los sueños, capital en su cine, el psicoanálisis, de la mano de Jung, el espiritismo y lo esotérico, todas aquellas materias sensibles en las que el cine del maestro italiano convocaba en cada una de sus películas. La directora Anselma Dell’Olio (Los Ángeles, EE.UU., 1941), con toda una vida dedicada al mundo del cine, despuntó como codiciada directora de doblaje para autores de gran prestigio como Antonioni, Fellini, Valerio Zurlini, William Friedkin y Stanley Kubrick, y autora de diversos documentales sobre cine, entre los que destaca el que dedicó a la figura de Ferreri bajo el título de La lucida follia di Marco Ferreri (2017), de la que fue amigo personal.

Dell’Olio, como si se tratase de Alicia, nos muestra “el otro lado del espejo”, adentrándose en el inabarcable universo felliniano adoptando un título mítico en la carrera del cineasta italiano, el de Giuletta de los espíritus (1965), una película poliédrica, barroca y profunda sobre una mujer que, en un matrimonio en crisis, bucea en su psique y se adentra en una búsqueda incesante y espiritual, a través de su vida, su tiempo, sus sueños, el más allá, y todo aquellos mundos imperceptibles en esta dimensión, donde vida, ficción, realidad y sueño se confunden y mezclan de manera sorprendente y delicada, de ese modo tan característico en Fellini, que aunaba lo personal con lo espiritual y lo onírico. Fellini de los espíritus se impregna de manera sobresaliente y transparente del universo felliniano, creando una película muy barroca y laberíntica, que repasa todos los ámbitos de la vida y los sueños del maestro, y lo hace echando mano a múltiples materiales de archivo, desde imágenes de sus películas, como Los inútiles, La strada, La dolce vita, Fellini 8 ½, La voz de la luna, entre otras, entrevistas al propio Fellini, algunas imágenes del rodaje de sus películas, otras imágenes de Nino Rota, su músico, de Jung.

Las imágenes están bien acompañadas por un gran número de entrevistas que abarcan desde amigos y colaboradores de sus películas, o incluso historiadores de cine y expertos en su cine, como Gianluca Farinelli, Vincenzo Mollica, Annalisa Carlucci, Marina Cicogna, Nicola Piovani, Maurizio Porro, Serge Toubiana, entre otros, y directores admiradores de Fellini como William Friedkin, Damien Chazelle y Terry Gilliam, testimonios que nos muestran ese “otro lado” del director italiano, todos esos universos sin fin que se convirtieron en materia para su cine, donde todo ese mundo invisible guiaba sus pasos y el de sus criaturas. La película investiga, profundiza y deja constancia de la peculiar forma felliniana convocarnos a otros mundos, otras posibilidades, otras miradas, otros cuerpos, y otros lugares, ya sean imaginados, soñados, espirituales, de este mundo y de otros, en una mezcla y fusión sin estridencias ni sentimentalismos, solo un camino real o no, o la mezcla de ambos, en que sus personajes se adentraban en otros territorios, en sus vidas, las pasadas y las venideras, y las de ahora, creando una forma honesta y prodigiosa de mirar el mundo y como nos relacionamos con el entorno.

La película muestra “el otro lado”, ese que tanto fascinaba a Fellini, descubriendo todo lo que somos, desde el que fuimos y nunca seremos, todas esos viajes, aventuras, partidas, estados, regresos y derrotas, que conforman nuestras existencias, en una profunda y sincera búsqueda en todo aquello misterioso de nuestras vidas, adentrándonos en lo más profundo de nuestra alma, para seguir descubriendo y descubriéndonos, adoptando las vidas que dejamos, las que somos ahora, y las que seremos o no en el futuro, creando de esa manera todos los reflejos de un espejo con infinitas posiciones, ángulos y demás derivaciones y miradas. Fellini de los espíritus  es una película fascinante y maravillosa, que no solo nos muestra el cine visible del maestro italiano, sino que va más allá, mostrándonos esos otros mundos invisibles, eso misterios de la vida y la existencia que tanto le fascinaban, y lo hace desde su cine, y sus inquietudes, miedos, amores, alegrías y tristezas, con la estupenda aportación de todos aquellos que lo trataron, lo conocieron y lo soñaron, porque si Fellini dejó un grandiosa filmografía que seguimos disfrutando, también, dejó toda una sincera y profunda reflexión sobre la condición humana, y todo aquello que somos, soñados, sentimos y vemos de los demás y sobre todo, de nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vacaciones contigo… y tu mujer, de Caroline Vignal

A SOLAS CON MI BURRO.

“El que pertenece realmente a la hermandad no viaja en busca de lo pintoresco, sino de ciertos humores joviales: de la esperanza y energía con que se inicia la marcha por la mañana, y la paz y la saciedad espiritual del descanso vespertino. No puede decir qué le da más placer, si ponerse la mochila a la espalda o descargarse de ella”.

(“Excursiones a pie”, de Robert Louis Stevenson)

En 1878, cansado de sus numerosos problemas de salud, amores y económicos, Robert Louis Stevenson (1850-1894), se lanzó a descubrir la zona montañosa de Cévennes, en el centro-sur de Francia, junto a una burra de nombre Modestine. La andadura a pie, las emociones que experimentó y el descubrimiento emocional se plasmaron en el libro “Viajes con una burra por las Cévennes”, publicado en 1879. La ruta de Stevenson a día de hoy se ha convertido en reclamo turístico para numerosos urbanitas con ganas de olvidar la ciudad y vivir la naturaleza.

Vacaciones contigo… y tu mujer (“Antoinette dans les Cévennes”, en el original), de la directora francesa Caroline Vignal, también guionista, que debutó en el largometraje con la película Les Autre Filles (2000), donde abordaba los problemas y contradicciones de la adolescencia. Veinte años después, en los que ha trabajado en televisión, Vignal se centra en las peripecias de Antoinette Lapouge (maravillosa la comicidad y la sensibilidad de la actriz Laure Calamy), una maestra de escuela que lo tiene todo preparado para una escapada de vacaciones con su amante Vladimir (en la piel del intérprete Benajmin Lavernhe, notable y asustado, que estaba encantador en la película Pastel de pera con lavanda) pero las cosas se tuercen, y Antoinette se queda compuesta y sin novio, pero aún así, decide ir a la zona de Vécennes, a seguir el itinerario planeado, y de paso, tropezarse con su amante que ha ido con su mujer e hija a hacer la misma ruta. La cosa se complica un poco más, cuando a Antoinette le asignan un burro de nombre Patrick, con el que hará la ruta juntos, y como con todas las relaciones tendrán sus altibajos correspondientes.

Ciento cuarenta y dos años después que Stevenson hiciera la misma ruta, nos encontramos con Antoinette haciendo lo mismo, aunque claro está, Patrick no lo pondrá nada fácil, ya que el asno tiene su forma peculiar de caminar por el monte. Vignal ha construido una película al servicio de una actriz portentosa y magnífica, consiguiendo esa difícil mezcla entre la comedia más disparatada, llena de tropezones y equivocaciones, con el melodrama romántico más sincero y personal, y en algunos momentos se fusionan de tal manera que no sabemos si reírnos o llorar o viceversa. Lo que un principio iba encaminado a una peripecia para conseguir estar con su amante, la ruta de Antoinette, llena de desventuras muy inesperadas, enfados con el burro y consigo misma, (des) encuentros agradables y otros, que no lo son tanto, alguna noche a la intemperie, y sobre todo, una ruta que para Antoinette significará algo más, mucho tiempo para estar sola, para pensar, reflexionar, y quizás, no sentirse tan sola como se siente. Unos días en un entorno natural y maravilloso, lleno de belleza y poesía, y también, unos días para estar consigo misma, evaluarse, diseccionarse y sobre todo, encontrarse, que buena falta le venía haciendo.

Vignal teje con sensibilidad y cercanía una película con el tono preciso de una comedia romántica, pero va un poco más allá, ejecutando con brillantez una cinta amable, llena de intensidad emocional, y porque no decirlo, un retrato honesto y muy íntimo sobre la identidad y las relaciones personas de hoy en día, con sus dimes y diretes, con todas sus luces y sombras, y todas aquellas cosas que hacemos por amor o por aquello que creemos amor. La directora francesa impone un ritmo ágil, lleno de momentos divertidísimos, noches románticas, días aciagos, carreras sin permiso, y demás situaciones que nos llevan de un lado a otro, donde las emociones nos guían y sobre todo, el diario a pie de Antoinette Lapouge, una mujer de carácter, independiente, pero con una carrera en el amor para lanzarse al contenedor más cercano, llena de aventuras muy diversas, condenadas al olvido. En la película empieza llena de vida y dispuesta a todo por amor, para lentamente, entrar en otro tiempo y espacio, más hacia dentro, más con ella, convertida, a su pesar, en una heroína de las montañas de Cévennes, que en busca del reencuentro con su amor, acaba encontrándose a sí misma, e incluso, yendo mucho más allá, descubriendo a una persona que se había olvidado muchísimo de quién era y quién quería ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA