El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan

LOS BAJOS FONDOS.

“Que cada cual siga su inclinación, pues las inclinaciones suelen ser rayas o vías trazadas por un dedo muy alto, y nadie, por mucho que sepa sabe más que el destino”

Benito Pérez Galdós

Hace seis años en el Festival de Berlín se alzó con el primer premio Black Coal, la tercera película de Diao Yinan (Xi’an, China, 1969) un brillantísimo ejercicio noir que nos explicaba con fuerza y contundencia un relato sucio y desolador sobre un complicado caso de asesinatos en la China devastada por el capitalismo. Yinan acogía los elementos del género para revertirlos y darles una mirada distinta, más desgarrada y deshumanizada, en mitad de un paisaje urbano y helado, en el que además, introducía una historia de amor entre dos seres invisibles, rotos y anclados en un pasado traumático. Su nuevo trabajo El lago del ganso salvaje, vuelve a situarnos en el noir, pero esta vez la mezcla entre tipos del hampa y agentes del orden se hace muchísimo más palpable, en el que los dos se mezclan y se confunden durante una larga noche.

El director chino nos acota el relato en tres noches, y alguna que otra mañana, dos funcionarán como flashbacks para explicarnos los pormenores de los dos protagonistas, Zhou Zenong, un líder de una banda criminal, y Liu Aiai, una joven prostituta. La acción arranca cuando después de una pelea entre bandas, Zenong mata accidentalmente a un policía y comienza una huida nocturna imposible por “Jiang Hu” (los bajos fondos) donde se tropezará con la prostituta enviada por el jefe de otra banda que parece querer ayudarle o no. Además, en esta aventura nocturna aparecerá un tercer agente implicado, la policía en el rostro del Capitán Liu, y por último, la esposa de Zenong, contrapunto del personaje de la prostituta, que vive acosada por la policía y a la espera del reencuentro con su marido fugitivo. Dinan nos sitúa su película en una noche eterna que parece no tener fin, y nos enmarca en un paisaje peculiar, el de los alrededores del lago del título, donde se amontonan casas de todo tipo en un meticuloso y desproporcionado laberinto por donde se moverán la pareja de fugitivos, diversos criminales, algunos que pretenden ayudar y otros, acabar con la vida del perseguido, y policías a la caza del asesino.

Todos los agentes implicados se moverán rápido, sin tregua ni descanso, en un continuo movimiento enloquecido donde la vida anda en constante peligro, criaturas rotas y heridas que se moverán por el fango de los arrabales, en las que las aguas turbias del lago serán el reflejo deformador de esos cuerpos y rostros heridos, lugar donde encontramos la miseria de unas existencias a vueltas con un destino incierto e implacable para ellos. La magnífica luz obra de Dong Jinsong (cinematógrafo de la filmografía de Yinan, y de la no menos célebre Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan) que a ratos deslumbra y otros hipnotiza, por su amalgama de colores neón donde abundan los rojos, verdes y amarillos, iconografías imperdibles en las noches asiáticas, creando ese espacio onírico, y a la vez, sucio, donde podemos apreciar con todo lujo de detalles esa sensación de tristeza y pérdida que emana de los personajes. No menos contundente es el preciso y soberbio montaje de Kong Jinlei y Matthieu Laclau (dúo que ha trabajado en el cine de Jia ZhangKe) hilando con absoluta maestría todas las imágenes que componen la película, llevándonos con decisión y fuerza por todos los puntos de vista que acontecen, dotando a la cinta de ese ritmo trepidante y sin aliento que tanto demanda.

Dinan no olvida imponer a su film una suerte de fatalidad donde unos personajes, al igual que ocurría en el cine de Renoir o Lang, están condenados a la desgracia, empujados por un destino que los acecha constantemente, envueltos en una niebla de misterio y muerte a cada instante, en que el lago asume su rol de bestia dormida que los va atrapando suavemente, como una especie de imán imposible de desatarse, y ese amor entre el fugitivo y la prostituta acentúa aún más todas esas claves noir que arrastra al devenir de una pareja que no encuentra lugar donde esconderse. El buen trío protagonista encabezado por un portentoso Hu Ge en la piel del huido Zenong, una alma rota, en quiebra con la vida, azotada por la fatalidad, y a su lado, alguien no mucho menos desgraciado como Gwei Lun Mei (la viuda desolada de Black Coal) en el papel de LIu Aiai, esa prostituta cansada y derrotada, con esa ambigüedad que caracteriza a las mujeres del noir, también decidida a escapar y huir de esa existencia encadenada y mísera, y frente a ellos, la ley que representa el Capitán Liu, en la piel de Liao Fan (el policía traumatizado de Black Coal) con sus peculiares métodos para dar caza del criminal huido.

El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan no deja indiferente, sino todo lo contrario, es una punzante mirada sobre China y sus miserias, a través de un potentísimo relato noir que, como los buenos títulos del género se convierten en reflejos de las sociedades, con sus complejidades, oscuridades y bajos fondos. Una película que viene a sumarse al maravilloso momento cinematográfico que vive China con títulos tan memorables vistos durante la última temporada como el citado de Bi gan, La ceniza es el blanco más puro, de Zhangke, An Elephant Sitting Still, de Hu Bo, So Long, My song, de Wang Xiaoshuai, en que a partir de películas de corte noir, plantean situaciones tristes y desgarradoras de una población en continua huida, solitaria y perdida, que se asfixia en una China ahogada por un capitalismo salvaje y deshumanizado, que está desplazando los valores tradicionales por otros menos amables y más competitivos. Un cine que refleja ese aliento de vacío que tanto describe a la población china de estos momentos, desplazada por un continuo y despiadado crecimiento que arrasa con todo lo de antes, sin tiempo para analizar tantos brutales cambios. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los consejos de Alice, de Nicolas Pariser

LYON, EL ALCALDE Y LA FILÓSOFA.

“La razón nos engaña a menudo, la conciencia nunca”

Jean-Jacques Rousseau

La política es un universo complejo, porque en muchos ocasiones se convierte en todo lo contrario a su verdadera naturaleza, que no es otra que la de ayudar a la vida de los ciudadanos, proponiendo y ejecutando soluciones a los problemas que vayan surgiendo, desgraciadamente, la política viene a ser un lugar donde muchos encuentran un espacio para hacer sus negocios personales, y sobre todo, hacer creer a los ciudadanos que todo esos intereses benefician al bien social y común. La segunda película de Nicolas Parisier (París, Francia, 1974) nos habla de política, pero no solo de eso, un tema que ya exploró en La République (2010) un mediometraje de 36 minutos enfocado en un joven parlamentario que conoce la noticia de la muerte del presidente. En su puesta de largo El gran juego (2015) explora las vicisitudes de un escritor en crisis que recibía la misteriosa visita de alguien que le trasladaba a su pasado.

En Los consejos de Alice coloca el foco en dos personas aparentemente muy diferentes. Por un lado, tenemos a Alice, un joven filósofa que viene de trabajar como profesora en el extranjero, acepta un curioso y peculiar trabajo que consiste en proponer ideas al alcalde socialista de la ciudad de Lyon, la otra persona que se ha quedado sin ideas. Parisier se centra en la relación que se va construyendo entre dos personalidades tan distintas, desarrolladas en campos tan alejados, en ese enfrentamiento-relación entre las ideas y el pensamiento de la filosofía, o los hechos y la superficialidad de los entresijos políticos. El teórico enfrentamiento devendrá en algo más estrecho y cercano entre Alice y Paul, el alcalde, porque si hay algo que los relaciona y mucho, son sus estados de ánimo, dos personajes encerrados en sus vidas, en sí mismo, bastante frustrados por su trabajo y perdidos en su existencia, que consideran monótona y aburrida. El director francés construye su película con abundantes diálogos, quizás sea la palabra y compartir lo que se cuece en nuestro interior, es el mejor antídoto, aunque también va tejiendo la relación que va acercando tanto a la joven filósofa como al veterano alcalde, que no solamente les une la soledad de sus vidas, sino también, el absoluto desconocimiento sobre qué camino tomar para cambiar ese destino.

Los 105 minutos del metraje se ven con ritmo e inmediatez, como no podía ser de otro modo, donde la política pegada a esa actualidad que siempre hace tarde, encadenada a los múltiples acontecimientos, no solo los propios de las circunstancias del ayuntamiento, sino de lo interno del partido socialista, en una combinación que se fusiona, se mezcla y también, se contamina. Pariser combina con acierto y brillantez todos esos elementos, tomándose su tiempo para contárnoslo, debido a la complejidad que se desarrolla en el ámbito de la política local,  llevándonos de un personaje y de un tema a otro con soltura y agilidad, sin caer en ningún instante en la monotonía ni nada por el estilo, sino creando ese espacio del drama ligero e inteligente, con estupendos diálogos y situaciones complejas, donde esa aparentemente cercanía inmediatez oculta un trasfondo humano, donde la política y la filosofía dejan espacio a las emociones y sentimientos que estos dos seres esconden a los demás, y lo que es más preocupante, a sí mismos.

Viendo la película nos viene a la memoria El árbol, el alcalde y la mediateca (1993) otro cuento moral sobre la política, curiosamente protagonizado por Fabrice Luchini, donde un complejo deportivo, en Los consejos de Alice  se trata de una megalópolis disparatada diseñada por un rico caprichoso, generaba controversia entre el alcalde y los habitantes que se negaban. La propuesta del cineasta francés de mezclar política con filosofía podría parecer en un primer instante demasiado ambiciosa, pero el resultado dice lo contrario, su propuesta resulta interesante en la que teje con crítica y soltura un película-retrato sobre las interioridades de la política local, los personajes que pululan, como esa feroz crítica a esos profesionales de la comunicación, o al menos eso pretenden, más interesados en datos y en eslóganes, que en construir una verdadera imagen cercana del alcalde, donde el ciudadano lo vea como su representante no como su enemigo, donde escuchamos a Wagner, leemos a filósofos como Rousseau y su inmortal “Ensoñaciones del paseante solitario”, Ernst Bloch, o Bartleby, el escribiente, de Melville.

Una película inteligente, audaz y estupenda, que tiene en su pareja protagonista otro de sus grandes alicientes, con el reposado, soberbio y elegante pose de un Fabrice Luchini, que a sus 69 años, sigue siendo uno de los grandes de la interpretación, con esa inmensa capacidad de hacernos creer su personaje con leves detalles o una fugaz mirada, dando vida a Paul Theraneau, ese alcalde socialista que tiene demasiadas batallas de frente, la de gobernar la ville de Lyon, la interna de su partido de cara a liderarlo, y la más difícil, la suya propia, en la que desconoce las herramientas a necesitar. A su lado, la joven filósofa, la joven intelectual, interpretada por una maravillosa Anaïs Demoustier, convertida ya en una grande, siendo esa Alice Heimann, una especie de intrusa en un mundo, el de la política tan diferente al suya, en una lucha encarnizada entre las ideas y el pensamiento, donde el tiempo y la paciencia son indispensables, contra la política, ese universo de la radiante actualidad, donde todo es inmediato, donde no hay tiempo para nada, donde cada día cuenta, en cada segundo te la estás jugando, cualquier leve error se paga con el escarnio y olvido. Entre esos dos trenes a punto de chocar, surge la íntima y emocionante relación entre dos seres solitarios, decepcionados del amor y la vida, perdidos y a la deriva, que quizás encuentren esa tabla que les ayuda a salvarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

El reflejo de Sibyl, de Justine Triet

AL OTRO LADO DEL ESPEJO.

“La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita”.

Oscar Wilde

El concepto del doble ya estaba presente en los dos primeros largos de Justine Triet (Bécamp, Francia, 1978) tanto en La batalla de Solférino (2013) como en Los casos de Victoria (2016) conocíamos a dos mujeres, una reportera de televisión y una abogada penalista, respectivamente, que se las veían y deseaban para conseguir el equilibrio entre vida profesional y personal, arrastrando todos los conflictos emocionales que sufrían por ello. En El reflejo de Sibyl, Triet vuelve a plantear el mismo conflicto, pero esta vez va mucho más allá, convirtiendo a su protagonista, la Sibyl del título, en una mujer que después de siete años alejada de la escritura, su verdadera pasión, tiempo en el que se ha dedicado a trabajar como psicoterapeuta, decide dejar a sus pacientes y volver a escribir. Pero, una llamada desesperada de Margot, una actriz en plena crisis de identidad personal, le obligará a tratarla, más aún cuando la crisis de Margot servirá a Sibyl a utilizarla como elemento de ficción en la novela que escribe, situación que provocará un cisma interior en Sibyl, ya que le resucitará fantasmas del pasado que creía enterrados.

La directora francesa sitúa su película en el marco de un drama personal, intenso y muy volátil, con continuas ideas y venidas de los personajes en cuestión, y sobre todo, del tiempo, tres tiempos mezclados, en el que nos someteremos al pasado de Sibyl, en forma de flashbacks, y al presente, el que viven los personajes de forma personal, y la que viven en la filmación de la película, y la narración ficticia de la novela. Y también, cambiaremos de paisaje, lo iniciaremos en la urbanidad y el caos de París, con esa irrealidad de las habitaciones y consultas, y nos iremos al aire libre, más concretamente a la isla de Estrómboli, famosa por la película de Rossellini, espacio del rodaje, de sol, mar y aire, con ese volcán presidiéndola, y símbolo de todas las pasiones que se desatarán en la isla. La dualidad ya comentada, cine dentro del cine, y conflictos intensos sobre la maternidad, el pasado, la vida presente, las contradicciones, la apropiación de los hechos y personas, el tema del vampirismo que ya se trataba en memorables cintas como Persona, de Bergman, con la isla como centro de la acción, o en Otra mujer, de Woody Allen, donde una escritora utilizaba las sesiones de psicoanálisis, que escuchaba accidentalmente a través de una pared, para convertirlas en ficción.

En ciertos momentos, el drama personal y de identidad de la película, coquetea con elementos del thriller psicológico, donde las dos mujeres se confunden, se mezclan y no sabemos hasta qué punto quién está ayudando a quién, en un juego sutil y desenfrenado del doble, como sucedía en A través del espejo, de Robert Siodmak, donde un investigador debía encontrar a la asesina en dos hermanas gemelas idénticas, en un juego devorador y profundamente mental. La película se sigue con atención y asombro, porque no hay quién la detenga, todo se va enturbiando y cada vez se va complicando mucho más, en este peculiar descenso a los infiernos interpretado por dos mujeres que se reflejan en un mismo espejo que alimenta el pasado, la identidad, la perversidad, la maternidad, el amor y las decisiones que tomamos y tomaremos, moviéndose a través de un hilo muy fino del que pende nuestra frágil existencia, en el que las dos personalidades femeninas se irán apropiándose una de otra según les vaya conviniendo, a veces de manera consciente y otras no, quizás el exceso de información lastra un poco la intensidad en algunos tramos de la película.

La película brilla gracias a una trama íntima y sincera y sobre todo, a la grandísima dirección de actores con un reparto que raya a una gran altura bien encabezado por la admirable Virginie Efira, que ya protagonizó Los casos de Victoria, siendo esa Sibyl, desatada y lanzada al vacío, en pos de la ficción, en un rol de vampira emocional y de ficción que utilizará y también será usada, abriendo esa caja de Pandora, a la que deberá enfrentarse y restablecerse, o al menos intentarlo. A su lado, una convincente y sensual Adèle Exarchopoulos, en el papel de Margot, esa actriz desesperada, embarazada de un hombre que está con otra mujer, hecha un mar de dudas y de conflictos personales y profesionales, quizás más firme de lo que aparenta, pero también superada por las circunstancias, y esa tercera mujer, Mika que da vida una natural y estupenda Sandra Hüller, algo así como una especie de vértice en este triángulo sentimental que se va desarrollando, una directora enamorada y también frustrada personalmente, que hará lo impensable para salvar su película y su amor a pesar de todo. En el otro lado, los hombres, Gabriel, que interpreta Niles Schneider, pertenece a ese pasado turbulento del que no puede escapar Sibyl, e Igor, que hace Gaspar Ulliel, el presente volcánico de todas las mujeres, bello e endiablado por partes iguales, convirtiéndose en el centro de todas las miradas en este fascinante y perverso drama sentimental y psicológico que nos conduce por las contradicciones y oscuridades del alma humana, llevándonos a lomos de un caballo desbocado por una amalgama laberíntica de pasiones, miedos e inseguridades en el que los personajes van experimentando alegrías y dolores a partes iguales, y mezclados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un gran mujer, de Kantemir Balagov

EL ROSTRO DE UNA MUJER.

“No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma.”

Svetlana Alexievich

Hace un par de años Kantemir Balagov (Nálchik, Rusia, 1981) presentó su puesta de largo Demasiado cerca, con el apoyo de su mentor y tutor Aleksandr Sokúrov, un retrato profundo e intenso, filmado en su pueblo natal, sobre las dificultades entre tradición y modernidad en el seno de una familia judía en el contexto de la guerra de Chechenia. Una mirada descarnada y abrupta de esa Rusia apartada e invisible a través del rostro de Iliana (magnífica la composición de la debutante Darya Zhovner) una mujer atrapada en un ambiente durísima y sin expectativas. En su segunda película con el título original de Dylda, traducido como “larguirucha”, se inspira ligeramente en la novela La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Aleksiévich (1985) para retratarnos el horror después del horror, situándose en Leningrado en 1945, en el primer otoño después de la guerra, en un hospital o lo que queda de él, rodeado de una ciudad en ruinas, tanto física como moralmente, una ciudad habitada por desechos humanos, gentes que intentan sobrevivir después del horror de la guerra, sin más futuro que la cotidianidad de sus existencias.

El cineasta ruso se centra en Iya, la larguirucha del título, una joven con estrés postraumático que trabaja como enfermera en el hospital, y de Marsha, una joven soldado que arrastra la descomposición de una pérdida irreparable. Las dos mujeres sobreviven como pueden, intentándose ayudar o compartir ese dolor pegado al alma, ese dolor que te acompañará siempre. Siguiendo la forma de esa cámara inquieta y brutal que seguía sin pestañear a sus personajes en Demasiado cerca, en Una gran mujer, Balagov continúa con esa forma que inquieta y ensombrece a sus criaturas, como ocurre en el cine de los Dardenne o de László Nemes, en que su El hijo de Saúl, sobre el horror, y Atardecer, sobre la descomposición de un universo, a través del rostro de una mujer joven que se siente atrapada en algo que no entiende, tendrían mucho que ver con la forma y la narrativa empleada por Bagalov, en su manera de mover su cámara por ese hospital como un personaje más, observando la vida o lo que queda de ella, siendo testigo de ese espacio del horror donde observamos mutilados de todo tipo, tanto físicos como emocionales, con ese doctor que hace lo que puede.

Balagov imprime esa atmósfera asfixiante, tétrica y sin tiempo, con la inmensa labor de esa luz obra de la camarógrafa Ksenia Sereda, como ese inmenso plano secuencia del tranvía, bien acompañada por esa paleta de colores entre el rojo, el verde y el dorado, creando unos encuadres cromáticos que no atisban ningún tipo de resquicios de luz ni nada que se le parezca sino todo lo contrario, ayudan a imponer ese aislamiento y horror con el que viven cada uno de los personajes su tragedia personal, que recuerda al universo atmosférico que imponía en su cine Kieslowski. El director ruso habla de la crudeza y el horror de una forma natural y sin cortapisas, de frente y sin ataduras, centrándose en el interior de sus personajes a través de esas miradas y rostros encogidos, aislados y castigados, sin moralizarlos, filmándolos en ese paisaje deshumanizado, en ese entorno miserable y de despojos, asumiendo una gran capacidad para mostrar una posguerra cruenta y vacía, que será larga y penosa, en una ciudad que comienza a despertar de todo, arrancando de nuevo, eso sí, arrastrando todo aquello que duele, que mata, compartiendo a los ausentes, a los que ya no están, y a los que están, pero ya no son lo que eran, sobrevivir después del horror en el horror como le ocurría al niño Edmund Kohler y los habitantes del Berlín devastado en la grandiosa Alemania, año cero, de Rossellini.

Balagov aboga por el alma de sus personajes, con las dos magníficas interpretaciones de Viktoria Miroshnichenko dando vida a la rubia larguirucha, y Vasilia Perelýguina como Masha, dos actrices imponentes que casi sin diálogos transmiten todo esas emociones contradictorias que arrastran sus personajes. La película nos expllica la miseria y el horror de la guerra, y el indescriptible dolor después de la guerra, a través de dos mujeres, una que no ha soportado el horror de la guerra y se ha encerrado en el silencio y en cualquier atisbo de vida, y la otra, que como la primera, ha sido mujer de consuelo de los soldados en el frente, que si aguantó, pero también perdió, e intenta sobrevivir a través de todo lo contrario que la primera, a través de la vida concibiendo un nuevo ser, dos formas de afrontar la guerra, de intentar cicatrizar heridas, dos maneras de enfrentarse a la vida o lo que queda de ella, de asumir la pérdida y el dolor como pueden, sin más herramientas que lo que se van encontrando diariamente, porque el futuro ya no existe, el pasado vivido se ha impuesto como una amenaza constante a la vida, a ese presente durísimo y horrible.

Balagov critica duramente a esa idea imperante en la Rusia actual donde el nacionalismo más atroz y abanderado impone esa idea de reconstrucción de la memoria a través de la heroicidad y la tenacidad de tantos hombres que liberaron a su país del invasor nazi, dejando de lado a las mujeres,  y sobre todo, no explicando la guerra y la posguerra a través de la dureza de tantos horrores, sino quedándose con esa falsa idea de patria y héroes, como escenifica esa sensacional secuencia en casa de la madre del chico enamorado de Masha que enfrenta a la Rusia elitista y arribista conta el pueblo mísero. Cine que casa ala perfección con el de Andréi Zviáguintsev, autor de obras tan memorables como Elena (2011), Leviatán (2014) y Sin amor (2017), no obstante comparten el mismo productor Alexander Rodnyansky, y la premisa de hacer un cine crítico con el poder y los discursos ultranacionalistas empeñados por todos los medios en embellecer la historia, en contarla de manera superficial, sin entran en los detalles más horribles, olvidándose de los dolores personales y al tragedia que tantos tuvieron que vivir y sobre todo, sobrevivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Albert Serra

Entrevista a Albert Serra, director de la película “Liberté”. El encuentro tuvo lugar el martes 12 de noviembre de 2019 en Andergraun Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albert Serra, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Diana Santamaría de Elamedia Distribución, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Liberté, de Albert Serra

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.

“Llegamos a amar nuestro deseo, y no al objeto de ese deseo.”

Friedrich Nietzsche

Sentarse en una sala de cine para ver una película de Albert Serra (Banyoles, 1975) es un acto de desnudez emocional, sentirse participe de aquello que estamos viendo, dejándose los prejuicios morales o éticos fuera de la sala, alejados de nuestra mirada, y adentrarnos en su universo, siendo capaces de dejarnos llevar por sus imágenes, liberarnos en cierta forma de toda idea preconcebida de las formas cinematográficas, fusionándonos con sus bellas imágenes y experimentando de forma muy personal aquello que vemos. Las dos primeras películas de Serra Honor de caballería (2006) y El cant dels ocells (2008) bebían de cierto cine contemplativo en el que desmitificaba y pervertía la historia mostrándonos dos viajes, el que emprendían El Quijote y Sancho, y el de los tres reyes magos, para filmar su cotidianidad, aquello que el rumbo de la historia dejaba fuera, capturando la humanidad y las contradicciones.

En el 2013 con Historia de mi muerte, Serra adentraba su cine en el siglo XVIII, en una senda diferente, más oscura y más perversa, en el que la decadencia de la burguesía, el ocaso de los dioses, que diría Visconti, es el centro de la acción, o podríamos decir de la inacción, narrando el imposible encuentro entre Casanova y Drácula, entre lo romántico y la luz en pos a la oscuridad y el terror, en una película bellísima plásticamente, con unos intérpretes, amigos del director en su mayoría, como ocurre en su cine, en estado de gracia, sobre todo Vicenç Altaió, creando un Casanova inolvidable, humano y decadente. Con La muerte de Luis XIV, con un sublime Jean-Pierre Léaud como rey enfermo, decrépito y postrado a una cama, narrando como una pieza de cámara a lo Brecht, la crónica diaria de la enfermedad del monarca en su lenta y dolorosa desaparición.

Con Liberté sigue explorando minuciosamente los terrenos de esa lenta decrepitud de un tiempo que jamás volverá, situándonos en el año 1774, a menos de veinte años de la Revolución, entre Potsdam y Berlín, en un bosque indeterminado durante una noche muy oscura, en el que un grupo de libertinos expulsados de la corte puritana y aburrida de Luís XVI, dan rienda suelta a sus deseos más íntimos y oscuros. El director gerundense reúne a una serie de nobles y criados en los alrededores de las sillas, a los que un grupo de novicias se les unirá, donde a modo de sombras y deseos en danza nocturna, con ese aroma romántico de las fantasías de Goethe, moviéndose de un lugar a otro, como si estuviéramos observando un laberinto infinito, donde desconocemos su inicio y su cierre, mirando y siendo mirados por unos y otros, asistiendo a un lugar donde impera la ley del deseo, un deseo insatisfecho, doloroso e imposible, alejado de toda condición moral o personal, donde nunca sabremos ubicarnos en la noche ni en las acciones sexuales que presenciamos, abarcando múltiples formas de deseo, tanto a nivel sexual como emocional, en la que a medida que avanza la noche veremos el aumento de tono de las acciones sexuales, filmadas por Serra de manera explícita, en la que podremos acercarnos, casi entrando en el espacio, sentirlas, olerlas y casi tocarlas, done lo que prima no es el acto en sí, sino como lo miramos y como nos hace sentir.

Los personajes con sus ropajes abiertos y liberados rompen la barrera social que los separa y tanto amos como siervos se mezclan y se funden donde el deseo los convierte en uno solo, en una masa vulnerable y sudorosa de miradas, gestos, caricias, dolor, sugestión, gemidos, amagos, miembros erectos, eyaculaciones, y sobre todo, seres ávidos de deseo, de sexo, como si fuese su último aliento, expulsados de ese paraíso que querían imponer en la corte de Luis XVI, espectros en la noche, que deambulan intentando materializar ese deseo que les arde en su interior, una fisicidad que no encuentra consuelo, que se revuelve insatisfecha, dolorosa y vacía. El Duque de Walchen interpretado por una leyenda como Helmut Berger es el objeto de deseo y destino de estos libertinos que andan viajando en busca de su lugar en el mundo, perdidos, casi a la deriva en plena huida de la corte falsa e hipócrita de Luís XVI.

La maravillosa y fantástica luz de Artur Tort, cómplice habitual de Serra desde Historia de mi muerte, creando ese magnetismo cercano y alejado a la vez, que crea ese especie de limbo aterrador y bello por el que se mueven estos seres, el preciso y delicado montaje de Ariadna Ribas, que también firman Tort y Serra, convierten la película y su ritmo pausado, fantasmal y velado, en un relato muy profundo, intenso y personal. Una cinta que nos interpela constantemente, en la que reconocemos las diabluras emocionales y la desnudez formal de Fassbinder, los descensos a los infiernos de Visconti, con sus cortes venidas a menos, su decrepitud y decadencia de aquellos reyes o esos señores en su ocaso que deambulaban por ciudades eternas esperando su último amor en forma de deseo no carnal, o los retratos oscuros y dolorosos sobre los que tanto le gustaba indagar a Buñuel, en que El ángel exterminador, aquellos burgueses incapaces de salir de una habitación después de una fiesta, podría ser el espejo deformador por el que se desplazan los libertinos que filma Serra, quizás abandonados a su último paraíso terrenal, experimentando con sus cuerpos, sus deseos, su carne, sus demonios, sus sinrazones, lo que son y lo que no podrán ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Parásitos, de Bong Joon Ho

LA VIDA DE LOS OTROS.

“El desarrollo desarrolla la desigualdad”

Eduardo Galeano

Para alguien que nunca haya visto ninguna película de Bong Joon Ho (Daegu, Corea del Sur, 1969) seguramente le sorprenderá muchísimo su forma de narrar y conducir sus relatos, porque el universo del cineasta surcoreano es muy peculiar, impredecible e inigualable. Un cine que nos habla sobre la condición humana, que en ocasiones resulta cómico, y en otras, aterrador, o ambas cosas a la vez, nunca hay límites, todo se cuenta desde las acciones de los personajes, unos seres sumergidos en situaciones extremas, que los hacen tomar decisiones acertadas en algunas ocasiones, y en otras, muy perjudiciales para sus intereses, para sus planes. Desde su primera película Barking Dogs Never Bite (2000) el director Bong Joon Ho ha demostrado que tiene una mirada exquisita e incisiva sobre los problemas universales de la humanidad, haciendo hincapié en todo aquello que nos separa, nos desplaza y provoca desigualdad, injusticia y miseria.

Con Memories of murder (2003) sorprendió a propios y extraños con una película sobre un crimen violento y las investigaciones de dos policías, uno rural y otro urbano, y todas las diferencias que había entre uno y otro, mostrando las diferentes miradas entre aquello que creemos ser y lo que en realidad somos. Con The Host (2006) un monstruo simbolizaba las consecuencias de ese capitalismo feroz que todo lo contamina creando criaturas voraces y solitarias, en una mezcla de película social, fantástica y tremendamente arraigada en la actualidad de ahora y de siempre. En  Mother (2009) volvía a la suerte de thriller para conmovernos y martirizarnos con la relación de una madre desesperada con un hijo a la deriva plagado de secretos. Sus dos aventuras internacionales filmadas en inglés son Snowpiercer (2013) en la que otra vez en un marco fantástico, construía una distopía sobre los errores económicos de la sociedad y cómo afectan a la vida de los humanos, y Okja (2017) donde otro monstruo, un cerdo gigante, volvía a simbolizar ciertas formas de la condición humana invisibles que una niña trataba de reivindicar de un modo humanista e íntimo.

En Parásitos, Bong Joon Ho vuelve a sus orígenes y a su idioma, para plantearnos una película de corte social, una cinta que retrata las terribles desigualdades cada vez más agudizadas y sus consecuencias en la cotidianidad de las personas, con esa idea terrorífica de que todo lo que viene de los Estados Unidos es de calidad, como centro del capitalismo mundial, como menciona en varias ocasiones la repipi Sra. Park, mostrándonos la vida de una familia que vive en un semisótano en uno de los barrios más masificados y angostos de Seúl, donde los padres no tienen trabajo y los hijos son rechazados continuamente de las universidades a las que aspiran. Ante semejante panorama malviven con trabajos precarios y necesidades constantes. Pero, un día todo cambia para ellos cuando reciben la visita de un joven amigo de Ki-Woo, que le ofrece la posibilidad de trabajar como profesor de inglés particular para una niña, hija del Sr. Park, un nuevo rico de las nuevas tecnologías. El joven acepta y comienza a frecuentar una casa de diseño, que construyó un afamado arquitecto, y conocer a la Sra. Park, al hijo pequeño y a la sirvienta. Las inquietudes artísticas del benjamín de la casa ofrece la posibilidad de que Ki-Jung, la hija, con dones para la falsificación, entre a trabajar como profesora de pintura y psicóloga del chaval.

Y ahí no acaba la cosa, porque mediante una vil estrategia terminan con el trabajo del chofer del Sr. Park, siendo sustituido por Kim Ki-Tek, el padre de la casa. Con el affaire de la sirvienta tienen más problemas y más desgaste, pero finalmente consiguen provocar su despido e introducir a la madre como nueva sirvienta. Ahora toda la familia trabaja para la familia Park, y aprovechan para vivir en la casa cuando los verdaderos dueños se ausentan. Todo parece marchar con una normalidad aparente, porque las situaciones “normales” en las películas de Bon Joon Ho nunca resultan lo que parecen, y todo encierra algo sorprendente y extraordinario, ya que las cosas se torcerán y de qué manera, devolviendo a la realidad más dura y brutal para los nuevos empleados de los Park, porque todo aquello que golpeas te vuelve incluso con más fuerza y de otra manera, y en muchas ocasiones, nunca como la esperabas. Los parásitos a los que se refiere el título de la película lo son todos, unos y otros, nadie se salva, donde unos desean esa vida de lujo y derroche, y otros, utilizan ese poder para decidir y construirse su colmena alejada de toda esa realidad triste e invisible.

El director surcoreano ha construido una película magnífica, intensa e inolvidable, con el aroma de las películas de Chabrol, uno de los cineastas que mejor ha retratado las relaciones duras y oscuras entre señores y criados, como dejó patente en su fantástica La ceremonia, uno de los cenit de su carrera, atrapando toda esa mentira y  mugres instaladas en la que fusiona de forma brillante todos los géneros y formas habidas y por haber, y lo hace de una manera natural y nada artificial, casi sin darnos cuenta, incluso en la misma secuencia mezcla narrativas y miradas antagónicas, que en otras películas chirriarían y no conectarían en absoluto, pero en el cine de Bon Joon Ho casan a la perfección, donde capta extraordinariamente bien la vulnerabilidad de nuestras emociones y nuestras vidas, desde el retrato social más profundo y conciso, pasando por la comedia negra más sofisticada y malévola, con tremendas dosis de suspense y terror, jugando con toda esas miseria humana que vemos cada día en nuestras sociedades, a través de una violencia seca y desgarradora que parece devolvernos a la realidad más oscura cuando la película se mueve dentro del vodevil y lo absurdo, con esa magia con la que se mueve la cámara por la casa, deslizándose entre los diferentes espacios, capturando todos los movimientos, gestos y miradas que se van entrecruzando entre unos y otros, entre poderosos y embaucadores.

La película contiene una maravillosa y exquisita utilización del espacio como símbolo social de lo que separa tanto a unos como a otros, y porque no decirlo, de aquello que les une, con esas escaleras que continuamente suben y bajan unos y otros, donde los diferentes niveles de la casa ocultan otras realidades, igual de terribles y tristes, con secuencias donde todo parece que va a estallar, donde toda la verdad parece que saldrá a la luz de una forma brutal y golpiza, pero la película dosifica la información de manera magistral, dejando un detalle por aquí y otro por allí, sumergiéndonos desde el primer momento en sus propias reglas, amasando la narración desde lo más cercano e íntimo, sin dejar ningún cabo suelto, manejando de forma sobria y ligera las diferentes pequeñas historias dentro de la historia principal, conduciéndonos por ese espacio y por las relaciones de los personajes para mostrar concienzudamente una alegoría siniestra y real de la sociedad actual, rompiendo con habilidad todos los esquemas que nos hayamos hecho al transcurrir de sus imágenes.

Song Kang Ho, actor fetiche de Bong Joon Ho encabeza un reparto estupendo q de buenos intérpretes que asumen sus roles de forma perfecta, sencilla y muy convincente, entre los que destacan Lee Sun Kyun, Cho Yeo Jeong, Choi Woo Sik, Park So Dam y Lee Jung Eun, entre otros, en el que el citado Song Kang Ho da vida a ese padre sin trabajo que le llegará su oportunidad como conductor del Sr. Park de forma ilícita, con la ayuda de sus hijos y junto a su mujer se volverán “ricos” aunque sea aparentemente, pero ellos, como si la vida y la sociedad fuese un espejo donde el reflejo saca a relucir todas las miserias y el alma oscura que ocultamos, todo se volverá en su contra, y tendrán que cambiar de plan, o como dice el padre es mejor no tener planes para no frustrarse y volver a esa realidad tan durísima de la que tanto quieren huir como dejará clara la magnífica secuencia de la inundación, en la que la situación del váter de la casa se convierte en una metáfora de aquello de abajo que irremediablemente acabará subiendo a la superficie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA