Curiosa, de Lou Jenuet

L’AMOUR DE MARIE.

“El erotismo es como el baile: una parte de la pareja siempre se encarga de manejar a la otra”

(En La inmortalidad, de Milan Kundera)

La película nos sitúa en el bullicioso y febril París de 1895, en plena “Belle Époque”, donde los tiempos avecinaban cambios profundos en la sociedad y sus valores, donde la ciencia y el progreso están a la orden del día, la sociedad moderna se abre paso dejando atrás a los conservadores y furibundos nostálgicos de otros tiempos. Todo cambia muy rápidamente, la modernidad es un hecho, y las inquietudes culturales avanzan en un tiempo en el que todo está por hacer, en que lo viejo deja paso a lo nuevo y moderno, donde hay una efervescencia social, cultural y económica como jamás la había habido antes. Entre muchos de aquellos jóvenes con ideas y valores diferentes, encontramos a Marie de Hérédia (1875-1963) una joven inquieta y contestataria enamorada del joven poeta Pierre Louÿs (1870-1925). Un amor imposible por las deudas del Sr. De Heredia que provocará que acepten la proposición de matrimonio del escritor Henri Régnier (1864-1936) un enlace sin amor por parte de Marie, que muy a su pesar, se convertirá en la señora de Régnier. Marie es ante los ojos de todos, una esposa enamorada y dedicada a su esposo pero ante la pasión y el amor, ante lo oculto, se debe en cuerpo y alma a Pierre Louÿs, con el que empezará una relación sexual, escondidos de todos en las paredes de la buhardilla donde mora el poeta.

La directora francesa Lou Jeunet hace su puesta de largo en cine, porque ya tiene en su haber cuatro largos para televisión, centrándose en Marie Régnier, una mujer fascinante y enigmática, apasionada y osada, que rompió normas y convicciones de la todavía social burguesa y añeja del París de finales del XIX. Marie no se rindió, combatió ferozmente por un amor alejado de las convenciones sociales de la época, se lanzó al vacío en una aventura que la llevó a descubrir un amor fou, que diría Buñuel, un amor lleno de pasión, donde prevalecía la carne, el erotismo y el sexo, descubriendo su piel, sus gemidos, su sexo y demás, entregándose a un amor cruel, apasionante, fantasioso y terrorífico, donde hubo de todo, desde fotografías eróticas y sexuales, ya que la fotografía era una de las otras grandes pasiones de Pierre Louÿs, hasta tríos, junto a Zohra, la concubina exótica que se agenció Louÿs, incluso otras relaciones sexuales mientras los amantes enamorados se distanciaban por las ausencias viajeras.

Jeunet ha escrito un guión junto a Raphaëlle Desplechin, donde prevalece el punto de vista y la mirada de Marie Régnier, una mujer que tuvo que ir a contracorriente por materializar aquello que sentía, metiéndose en dificultades, no solo con su esposo, un anodino y aburrido escritor que la consiguió por su dinero y las deudas familiares, sino también en la relación con Pierre, un bon vivant demasiado enfrascado en su deseo sexual, ligero como una pluma y esquivo con el amor, una especie de sosías del Vizconde de Valmont, en lo que se refiere a las mujeres, prevaleciendo la carne, el placer y el sexo a los devaneos y avatares del amor. La película está bien contada, en las que las secuencias sexuales están llenas de sensibilidad e intimidad, donde prevalecen los cuerpos desnudos, la agitación sexual, y el encantamiento de un amor loco, sin tiempo ni espacio, ajeno al mundo y a sus sentimientos, dejándose llevar por todo lo que sienten en ese instante y sumergiéndose en el placer más intenso y en el sexo más húmedo y extasiado.

El maravilloso reparto de la película que interpretan con maravillosa naturalidad y encanto encabezado por la extraordinaria Noémie Merlant (que ya nos había dejado fascinados en la reciente Retrato de una mujer en llamas) componiendo a una Marie Régnie bellísima, llena de vida, de amor, de sexo y pasión arrebatadora. A su lado, Niels Schneider (que lo habíamos visto en películas de Xavier Dolan, L’âge atomique, de Héléna Klotz, Bella durmiente, de Adolfo Arrieta entre otras) Benjamin Lavernhe como el aburrido y tieso esposa de Marie, el exotismo y la sexualidad que irradia la sensual Camélia Jordana (que brillaba en Le brio, de Yvan Attal) y finalmente, la presencia fascinante de Amira Casar, como la madre de Marie, una de las grandes actrices europeas en películas con autores tan interesantes como Guy Maddin, Bonello, Gatlif, Hermanos Quay o Carlos Saura, entre otros. Amén de una música disco obra de Arnaud Rebotini, que casa maravillosamente con todos los laberínticos sentimentales de la película, y la   extraordinaria ambientación, como esos paseos por las calles de París, donde absorbemos todo el ambiente de la bohème sórdida y cultural, con el grandísimo trabajo en la caracterización y el vestuario que eleva la película.

La fotografía naturalista y cercana de Simon Roca ( con películas como 9 dedos, de F. J. Ossang o La chica del 14 de julio, de Antonin Peretjatko, entre sus trabajos) está cuidada al detalle, prevaleciendo los rostros y los cuerpos frente a lo demás, convirtiendo la buhardilla del sexo y la fotografía en un espacio donde dar riendas sueltas a los instintos más bajos y sucios, donde los dos amantes se desean, se sienten, se sumergen el uno en el otro, donde todo es posible y nada tiene límite. La cineasta francesa ha construido una película bellísima, reposada, inteligente y evocadora, que no solo recoge la ebullición brutal que se vivía entre los albores del siglo XX, vividos por una mujer encantadora y magnífica, viviendo su vida a su antojo, aunque fuese a escondidas, enfrentándose a ese marido y a esa sociedad burguesa y vacía, llena de prejuicios y valores anticuados, lanzándose sin red, al abismo a un amor difícil, desgastador y sucio, iniciándose en el deseo y el sexo de forma libre, sin ataduras y febril, exponiendo su cuerpo, sus emociones y su placer para el hombre al que deseaba. Después de aquello Marie Régnier se puso a escribir y publicó con pseudónimo masculino, siguiendo la estela que tanto trabajo y miseria costó a otras celebres escritoras como Mary Shelley o George Sand. Mujeres valientes, mujeres pasionales, mujeres decididas, mujeres inteligentes, mujeres enamoradas y sobre todo, mujeres libres y llenas de vida y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Albert Serra

Entrevista a Albert Serra, director de la película “Liberté”. El encuentro tuvo lugar el martes 12 de noviembre de 2019 en Andergraun Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albert Serra, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Diana Santamaría de Elamedia Distribución, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar

LOS FANTASMAS DEL CINEASTA.

“Sin el cine, mi vida no tiene sentido”

La primera vez que Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949) habló de un director de cine en sus películas fue en La ley del deseo (1987) con Pablo Quintero, un heroinómano profundamente enamorado de un joven, aunque la vida le colocaba en la tesitura de soportar los arrebatos de Antonio. Le siguieron tres años después Máximo Espejo en ¡Átame!, un veterano realizador encoñado de su actriz, luego vino Enrique Goded en La mala educación (2004) que vivía un sonado romance con su actor protagonista en aquellos años 80, y finalmente, Mateo Blanco en Los abrazos rotos (2009) que después de muchos años, recordaba el único amor de verdad que perdió en la persona de su actriz fetiche. Ahora, nos llega Salvador Mallo, sesentón, cansado y triste, muy diferente a los anteriores retratados, porque este no filma, no encuentra el motivo, el deseo de ponerse tras las cámaras, y además, sufre terribles dolores que aún hacen más difícil su oscura existencia. Aunque, como sucede en el cine de Almodóvar el pasado vuelve a llamar a sus puertas, y la Filmoteca Española restaura una de sus películas, Sabor, rodada 32 años atrás, para organizar un pase con público. Este hecho le pone en el camino de Alberto Crespo, el actor protagonista, una visita muy incómoda y difícil, ya que no se hablan desde entonces. Las visitas y los encuentros entre ambos se ampliarán, y Mallo, debido a sus terribles males, se aficionará al caballo como remedio.

La vida siempre caprichosa y maléfica en el cine del manchego, y caleidoscopia (como los maravillosos títulos de crédito inciales) nos llevará al pasado y el presente de manera desestructurada, personal e íntima,  provocando que el director se suma en sus recuerdos infantiles, cuando creció en aquella España de los 60, en las cuevas de Paterna, escenas que le volverán a su cabeza, entre duermevela y un pasado con muchas cuentas que ajustar, en ese espacio tan blanco, con esas sábanas secadas al sol, ese viento atronador y el tiempo infantil en que Salvador destacaba con la escritura y la lectura, y la relación con su madre Jacinta. Y ahí no queda la cosa, Salvador se reencontrará con su primer amor, Federico, aquel que le devolverá a los primeros años 80 en Madrid, cuando la juventud y la vida andaban con energía y valentía. La película número 21 de Pedro Almodóvar es un ejercicio de introspección, de recogimiento personal, que navega entre la autoficción y los recuerdos, reconocemos al director en la piel de Salvador Mallo pero con indudables diferencias, vemos en Mallo todos aquellos miedos que acechan a Almodóvar, todo aquello que la proximidad de la vejez devuelve a lo más primigenio en forma de deseos, como la infancia, las primeras experiencias, aquel cine con olor a pis, las tardes infinitas en el pueblo, el primer deseo que sintió en su piel, la relación con su madre, los primeros años en Madrid, el cine como forma de vida, los amantes que se fueron, los que no llegaron, y los soñados, y las películas, los relatos en su interior, los deseos que anidan en sus personajes, que antes anidaron en él, en que Sabor, la película de ficción sería una aproximación de La ley del deseo, la primera película que produjo El Deseo, aquella que lo cambió todo, quizás la primera película autobiográfica plena en el cine del manchego.

La aparición de Alberto Crespo, esos personajes del pasado tan almodovarianos, que habla de un monólogo de Cocteau, el mismo autor de La voz humana, que se representaba en La ley del deseo, y sirvió de inspiración para la siguiente película Mujeres al borde un ataque de nervios. Un deseo evocado en el que la película nos habla de las difíciles relaciones entre director y actor, entre aquello que se sueña y aquello convertido en realidad, las diferentes formas de creación en el proceso creativo. Luego, la infancia de Almodóvar, aquí transformada en las cuevas de Paterna, casi como prisiones subterráneas en aquella España gris, católica y triste, sumergidas a la vida, como la maravillosa secuencia de arranque de la película, cuando vemos a Mallo sumergido completamente en una piscina y la cámara avanza a su (re)encuentro, casi como una búsqueda, como una aproximación a alguien sumido en sus recuerdos, sus fantasmas y sus vidas. Una época que Almodóvar la presenta evocando sus recuerdos cinéfilos enmarcándola en el neorrealismo italiano, con su costumbrismo y la vida tan cotidiana y sencilla, con una madre que evoca a Anna Magnani del cine de Visconti o Pasolini, figuras indiscutibles para el cine del manchego que ha recordado en sus películas como Volver, y en la vejez, con sus ajustes entre madre e hijo, entre todo aquello pasado, todo aquello dicho y lo no dicho.

Y la relación con las madres de su cine, que cambiará a partir del fallecimiento de la suya, Francisca Caballero en 1999, relaciones materno-filial sentidas y vividas, muy presentes en su cine desde los inicios, aunque antes las madres almodovarianas eran seres castrantes, imposibles y de caracteres agrios, como recordamos a la Helga Liné de La ley del deseo, la Lucía de Mujeres al borde de un ataque de nervios o la madre del Juez Domínguez en Tacones lejanos. A partir de esa fecha, 1999, y con Todo sobre mi madre, las madres de sus películas adquieren otro rol, la madre protectora, sentida y capaz de cualquier cosa para salir adelante, como la Manuela de la citada película, la Raimunda de Volver o la Julieta. Todas ellas seres bondadosos, con sus defectos y virtudes, pero seres dispuestos a todo por sus hijas, aunque a veces la vida se empeñe en joderlas pero bien. Y finalmente, la visita de Federico, ese amor de Salvador Mallo, quizás el primer y único, el más verdadero, una visita corta pero muy intensa, de esas que dejan una huella imborrable en el alma, las que el tiempo no consigue borrar, aquellas que nos aman y fustigan de por vida, porque amores hay muchos, pero sólo uno que nos rompe el alma y la vida.

Almodóvar vuelve a contar con muchos de sus técnicos-fetiche que han estado acompañándolo en estos casi 40 años de vida haciendo cine como José Luis Alcaine en la luz, con esos colores mediterráneos del pasado evocando su infancia, y el contraste de los colores vivos como el rojo, el color del cine de Almodóvar, con los más apagados, para mostrar el exterior e interior del personaje de Salvador Mallo, o la novedad de Teresa Font, en tareas de montaje, después del fallecimiento de José Salcedo, presente en casi todas sus películas, el arte de Antxón Gómez, otro de sus fieles colaboradores, y con Alberto Iglesias en la música, siempre tan delicada y suave para contarnos las almas que se esconden en el personaje protagonista, o la inclusión del tema “Soy como tú me quieres”, de Mina, que escucharemos en varios instantes, que Almodóvar logra introducirlo en su cine y su relato como si este hubiera sido compuesta para tal efecto.

En el apartado actoral más de lo mismo, intérpretes que han estado en el cine de Almodóvar desde sus inicios, como Antonio Banderas, en 7 de sus películas, dando vida con aplomo y sobriedad al director alter ego de Almodóvar o algo más, un director crepuscular, que nos recuerda al vaquero cansado y dolorido, que sólo quiere sentarse sin más, rodeado de sus libros, de sus autores, recordando su pasado, y sin dolor, y si es posible, mirar la vida, sin nostalgia y rodeado de paz, un director en crisis que recuerda a Guido Anselmi, aquel en Fellini 8 ½, que arrastraba sus vivencias, sus recuerdos y su forma de mirar la vida y sobre todo, el cine, o el director Ferrand de La noche americana, que en mitad de un rodaje caótico le asaltaban las dudas y el valor de su trabajo, el de Opening Night, que acarreaba sus dudas además de lidiar con una actriz alcohólica y perdida, y finalmente, el José Sirgado de Arrebato, que curiosamente interpretaba Eusebio Poncela, que era el director de La ley del deseo, perdido en su crisis y obsesionado con el súper 8.

Con una Penélope Cruz en estado de gracia, fantástica como la madre del protagonista en su infancia, un personaje que recuerda a la Raimunda de Volver  y a tantas madres sacrificadas y currantas con los suyos, y Julieta Serrano en la vejez, haciendo por tercera vez de hijo de Banderas, una mujer delicada peor con carácter, que repasa con azote los actos y no actos de su hijo, y ese Asier Etxeandia, un personaje adicto a la heroína y actor sin actuar, que muestra a un tipo roto y olvidado, y Leonardo Sbaraglia dando vida a Federido, el amor del pasado, el que jamás ha podido olvidar Salvador, protagonizando ese (re)encuentro, uno de los momentos más intensos y bonitos de la película. Almodóvar vuelve a su cine por la puerta grande, en un ejercicio de autoficción brillante y esplendoroso, siguiendo las vicisitudes de alguien con dolor físico y emocional, un ser frágil, perdido, espectral, que evocará sus recuerdos, los buenos y no tan buenos, sus vidas, su cine, sus amores, su madre, su infancia y todo aquello que lo ha llevado hasta justo ese instante, en que su vida parece terminarse, incapaz de encontrar aquel primer instante en que todo cambió, en que su vida adquirió un sentido pleno y gozoso, en que su vida encontró su camino, el más profundo y sentido, aquel que buscaba y no encontraba. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA   

Las herederas, de Marcelo Martinessi

RECUPERAR LOS SENTIDOS.

Chela y Chiquita llevan muchos años de amor y convivencia, aunque en los últimos tiempos las cosas han cambiado. Las deudas se han ido acumulando y han tenido que empezar a liquidar sus muebles y objetos de su casa para seguir manteniendo esa vida pequeño burguesa en la ciudad de Asunción en Paraguay. Todo esto ha contaminado su amor y lo ha conducido a una relación en vía muerta, más fraternal, en una estado de tristeza y apatía generalizada, en la que Chela se ha adormecido en una existencia vacía y rutinaria, y Chiquita, por su parte, de carácter más abierto ha seguido manteniendo la armonía o lo que queda de ella, en las cuatro paredes de su hogar. Todo cambiará cuando Chiquita es acusada de fraude por no hacer frente a los créditos solicitados y es encarcelada. Entonces, la existencia de Chela se ve abocada al más absoluto vacío y soledad. Un día, Pituca, una vecina octogenaria, le pide que le haga de chofer para llevarla a su partida de cartas semanal. Lo que empieza como una forma de ayuda se convertirá en un pequeño trabajo que le proporciona un sustento muy agradecido dada su situación económica. En esas idas y venidas, donde aumentará su “clientela”, conoce a Angy, una de las hijas de las señoras, veinte años más joven que Chela, y entre las dos mujeres se afianzará una relación cada vez más íntima.

Después de realizar cortometrajes donde abordaba la literatura y la memoria, con gran recorrido en festivales internacionales, Marcelo Martinessi (Asunción, Paraguay, 1973) hace su puesta de largo sumergiéndonos en un retrato de mujeres doméstico, muy íntimo y personal, sobre una mujer que pasa de los 60 y su relación con su entorno y los demás. Por un parte, tenemos ese espacio de burguesía venido a menos, que se sustenta como puede debido a sus deudas, cómo estas mujeres afrontan ese cambio de paradigma, ese estado cambiante que ha llevado a Chela a dejarse llevar, sin más, en una vida superficial y triste, una existencia anodina, solitaria e invisible, que todo cuesta y se hace un mundo para ella, incluso las acciones más cotidianas, y un carácter agrio y difícil, como veremos en el trato que le dispensa a la criada Pati. La llegada de Angy a su vida, que viene por la ausencia de Chiquita en la cárcel, será para Chela como un torrente de vida, de juventud, de energía brutal, y de manera pausada la relación entre las dos mujeres se irá acercando y Chela despertará a un mundo que creía olvidado, dormido, cómo un tren que ya había pasado.

Martinessi explora estas vidas con una forma muy ajustada y cerrada, provocando esa asfixia y opresión que se manifiesta en cada mirada, en cada detalle y cada gesto, en la que utiliza pocos decorados, únicamente la casa de Chela y Chiquita, la casa de la partida de cartas, algún que otro exterior, y sobre todo, el interior del automóvil, en una película que aboga por el interior, tanto físico como emocional, en las emociones que se irán abriendo en Chela por sus (des) encuentros con Angy, y sus conversaciones íntimas sobre amor, deseo y sexo, unos diálogos abiertos, sinceros y sin pelos en la punta, sin dejarse ningún detalle, donde Angy explica su despertar al sexo y al amor, a la vida, a la pasión y a todo el torrente de emociones. Chela escuchará y se dejará llevar, poco a poco, por los relatos de Angy, por su manera de explicar y detallar la piel, los sentidos y todo aquello que sentía y siente. La narración es pausada y tranquila, sin prisas, dejando que todos los detalles y las acciones que se explican verbalmente se apoderen de los espectadores y las imagine, las vea y sobre todo, las sienta, acompañando y sintiendo el proceso emocional que experimenta Chela, en ese despertar a la vida, casi sin quererlo, de manera progresiva y natural, sincera y muy íntima, dejándose llevar por sus sentidos, su deseo y sexo.

El realizador paraguayo evoca en sus encuadres y en su narración al cine de Lucrecia Martel en La ciénaga (2001) explicando esos mundos en descomposición de una burguesía en decadencia, con esas piletas llenas de moho y olor a podrido, de recuerdos que ya no se recuerdan, de tiempos olvidados y personas sin nada, o La mujer sin cabeza (2008) en que cualquier incidente, por mínimo que sea, acaba convirtiendo tu existencia en un auténtico tsunami emocional, o ese aire putrefacto y seres perdidos y sin vida que también sabe narrar la directora argentina como lo hace en Zama (2017). También, podríamos añadir a jóvenes cineastas argentinos como Gastón Solnicki, Eugenio Canevari o Martín Shanly, que se mueven en esos entornos que fueron antaño y ahora se limitan en sobrevivir, que no es poco, en los que encontramos a individuos adormecidos, como una especie de zombies modernos, que se mueven casi por inercia, como si la vida les hubiera pasado literalmente por encima y los hubiera dejado vacíos, sin nada, invisibles.

Martinessi cuenta con un maravilloso reparto de actrices veteranas como Ana Brun que da vida a Chela, Margarita Irún como Chiquita, y la belleza y el erotismo de Ana Ivanova es Angy, veinte años más joven, Pituca es María Martins y finalmente, Nilda González da vida a Pati, un grupo de mujeres especial y honesto, interpretando a través de sus cuerpos y sentimientos, de forma muy sobria y contenida, con esa naturalidad que asombra y arrebata, y nos va conduciendo por sus vidas anónimas, unas mejor que otras, aunque todas ellas sumergidas en un fango depresivo, en un momento de vidas, que ni hacia adelante ni hacia atrás, estancadas, sin rumbo, sin vida, en que la película, de forma sutil y elegante, las retrata desde todos los ángulos, haciendo hincapié en ese ámbito tan íntimo y oculto como las emociones, sus sentimientos, aquellos en que en el caso de Chela están tan profundos que ya sin se ven y mucho menos se sienten, todo lo contrario que Angy, que emana deseo y sexualidad en cada poro de su piel. Y el encuentro entre las dos, a la vez tan diferentes y próximas, como ese espejo que nos refleja aquello que sentimos y no somos capaces de sentir y experimentar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

High Life, de Claire Denis

VIAJE AL FIN DEL UNIVERSO.

Las primeras imágenes de la película, además de fascinantes e inquietantes, definen sustancialmente el alma de la cinta que vamos a ver. En la inmensidad del espacio, vemos a un astronauta reparando una avería, casi suspendido en el aire, mientras soluciona el contratiempo. Se comunica con un bebé, al que vemos y escuchamos, que se encuentra en el interior de la nave. A continuación, entra en la nave y lo vemos quitarse muy despacio su traje. Inmediatamente, llega hasta un jardín-huerto botánico en el que empieza a tocar con detalle todo tipo de frutas, verduras y flores. Parece que sólo está con el bebé, quizás haya viajado sin nadie más, quizás el resto de la tripulación ha perecido, lo desconocemos. Se levanta, y con el gesto cansado, acude a la habitación donde se reúne con el bebé. No se tropieza con nadie más, parece que es el único viajero de la nave. Estas primeras imágenes, casi en silencio, más propias del gesto y el movimiento, nos acompañarán el resto del metraje, en un elemento, el del cuerpo y el gesto, muy definibles en el cine de Denis.

Claire Denis (París, 1946) una cineasta que lleva más de tres lustros retratando mundos oscuros y tenebrosos, en que aquellos más desfavorecidos, marginados e inadaptados pueblan sus películas, donde unos pocos personajes se mueven bajo un aura de fatalismo, movidos por un deseo irrefrenable hacia el otro, un deseo de poseer al otro, cueste lo que cueste, donde ha explorado temas como el colonialismo, inmigración, marginalidad, amor y sobre todo, la imposibilidad de ser uno mismo y reconocer a los demás, una lucha casi imposible, un motor que lleva a sus personajes a encerrarse en sí mismos, y a tropezarse con muros difíciles de derribar, superados por las circunstancias. En High Life, título número 13 de sus cintas de ficción, aborda el género, como ya hizo en Trouble Every Day (2001) con una fascinante y compleja cinta de amor fou entre vampiros. Aunque el acercamiento al género que hace Denis no se parece a ningún otro, la cineasta huye de los propios convencionalismos del género para crear un universo extraño, complejo y existencialista, en que la ciencia-ficción se reinventa para ir más allá, se intuyen rasgos, pero sólo es un vehículo para acercarse a otros menesteres de la condición humana, porque si hay algo que define enormemente el universo cinematográfico de Denis es la cuestión de lo humano, todo aquello que nos define como humanos, todo aquello que ocultamos en el alma, todo lo que, en ocasiones, no sólo ocultamos a los demás, sino también a nosotros mismos, aquello que nos empuja a nuestros destinos y circunstancias.

La película nos sitúa en un presente donde Monte, el astronauta solitario convive con un bebé, aunque mediante flashbacks, ya que la narración, como suele ser habitual en el cine de Denis es no lineal, con constantes saltos en el tiempo, vamos descubriendo el resto de la tripulación que arrancó en este viaje de desechos, ya que todos pertenecen a reos condenados a muerte y participan en esta misión científica casi obligados, donde la doctora Dibs, una especie de Dios, malvada y siniestra, les extrae esperma a los hombres para introducírselo a las mujeres para investigar la reproducción en mitad de la nada, en mitad del espacio. Denis nos cuenta su película a través de Monte, un ser callado y reservado, que ha optado por la castidad, y huir de esa máquina llamada “Fuckbox”, donde la tripulación da rienda suelta a su onanismo, ya que las relación sexuales con los demás tripulantes están prohibidas, en mayor parte porque la ciencia es dueña de su esperma.

Denis opta por una narración no lineal para descubrirnos con detalles y gestos todo el ambiente que se palpa en el interior de la nave, las relaciones terroríficas que allí se cuecen, donde la mentira y la animadversión entre unos y otros es patente, en que nos encontramos en una tensión latente, una especie de calma que está a punto de estallar. Denis crea una atmósfera absorbente y magnífica, una de sus características principales, en el que con leves detalles explica todo lo que allí acontece, donde podemos oler todo ese aroma malsano y terrorífico que recorren todos los espacios de la nave. La directora francesa está más cerca de la ciencia-ficción humanista, donde se detalla con precisión y sobriedad todos los males que acechan a las sociedades actuales, como la abundante soledad de unos y otros, el sexo como vía de escape, o la falta de amor sincero y profundo, donde Denis opta por el deseo no correspondido como motor en su película, en el que los diferentes miembros de la misión se mueven casi como animales enjaulados, llevados por esa libido latente en cada uno de sus gestos y movimientos.

Denis construye una película de personajes, de seres difíciles y algunos imposibles, de los que poco o nada conocemos de sus pasados antes de la condena a muerte, que los vemos como almas a la deriva, fantasmas en mitad del espacio infinito, como especímenes que han vuelto a lo más primario, al origen de todo, donde el jardín-huerto parece lo único que verdaderamente se mantiene en su ser, como una llama viva de todo aquello a la tierra, a lo que pertenecen, y el medio para seguir subsistiendo. Denis no esconde sus referentes, aún más, le ayuda a plantearse los conflictos humanos de manera más compleja e interesante, en el que vemos películas como Ikarie XB-1, de Jindrich Polák, la epopeya espacial checoslovaca de 1963, que nos hablaba de cómo un virus extraño azotaba la tranquilidad de una tripulación aparentemente en paz, o 2001, Una odisea en el espacio, donde Kubrick planteaba una lucha entre hombre y máquina en una película que se ha convertido en un referente para todos, o los viajes inquietantes y misteriosos del alma humana de Solaris o Stalker, ambas de Tarkovski, donde nos introducción en caminos laberinticos del ser y el estar, o las películas humanistas tipo Naves misteriosas, que asolaron la ciencia-ficción de los 60 y 70.

Denis ha contado con un gran reparto en el que destaca la interpretación de Pattinson, enorme y cálido, que ya demostró con Cronenberg de lo que era capaz, bien acompaño por una Binoche, que repite con la directora después de la experiencia de Un sol interior, en plan doctora-Dr. Frankenstein que juega a ser Dios contaminando a todos y en pos de la ciencia, con ese brutal momento en la máquina sexual masturbándose, donde su espalda y sus nalgas están filmadas de manera elegante y sexual, y Mia Goth, con esa mirada angelical y fría, que ya nos alumbró en Nynphomaniac o Suspiria, una especie de rebelde con causa y llena de odio y rencor, y el resto del reparto, que brilla y seduce a partes iguales. Denis ha construido una película reposada, brutal y fascinante,  con la intentante luz de Yorick Le Saux (colaborador de Guadagnino, Assayas o Jarmusch) y con su editor habitual Guy Lecorne, y su músico por excelencia Suart Staples de “Tindersticks”, en el que nos sumerge en un viaje a los confines del universo, como esos viajes al estilo de Jarmusch en Dead Man Sólo los amantes sobreviven, entre otras, sumergidos en el interior de una nave, que más parece un cajón de difuntos, donde la comunidad existente no se aguanta en la que todos parecen querer salir de allí a escape, como si la amenaza de terror y bajos instintos estuviera a punto de convertirlos en cenizas. 

Entrevista a Julio Medem

Entrevista a Julio Medem, director de la película “El árbol de la sangre”. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Julio Medem, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Álvaro Cervantes

Entrevista a Álvaro Cervantes, actor de la película “El árbol de la sangre”, de Julio Medem. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro Cervantes, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.