Charulata, la esposa solitaria, de Satyajit Ray

LA MUJER ENAMORADA.

“A finales de los años cincuenta y durante la década de los sesenta, la obra de Satyajit Ray evidenció tal contraste en relación a las películas que nos llegaban de la India, que parecía más bien alguien de una cultura extranjera, más próximo a la nouvelle vague francesa o a autores europeos como Bergman o Antonioni que a sus compatriotas. La grandeza de Ray estriba en esta capacidad de trascender, sin la menor pretensión, el marco bengalí para hablar a todos los espectadores de las debilidades humanas, de sus aspiraciones, locuras y obsesiones, de la misma manera que Chejov o Mizoguchi se dirigen a nosotros a través de la espesa niebla de una lengua extraña”.

Peter Cowie, crítico e historiador de cine

Como otros muchos amantes del cine, descubrí el cine de Satyajit Ray (Calcuta, India, 1921-1992), con la trilogía de Apu: Pather Panchali (1955), Aparajito (1956), y Apu Sansar (1959), primera, segunda y quinta película del cineasta indio. El enamoramiento fue instantáneo, una especie de fuerza arrolladora me hipnotizaba con unas imágenes de una belleza abrumadora, una música que no solo se mimetizaba con la atmósfera, sino que nos explicaba todo aquello que ocultaban sus personajes. Un microcosmos de verdad, de vida, de humanismo, con grandes influencias del neorrealismo italiano, esos niños de De Sica, la cotidianidad de las costumbres y formas de vida rurales de la India más escondida, y sobre todo, el nacimiento de una mirada que traspasaba la propia vida para hablarnos del alma, del mundo espiritual, y de las propias contradicciones de la existencia.

Luego, y siempre gracias a la Filmoteca de Cataluña, el lugar sagrado de todos los cinéfilos que vivimos cerca, llegaron a algunas otras, ya en pantalla grande, como El salón de música (1958), La gran ciudad  (1963) y Charulata (1964), obras que certificaban que aquellas primeras películas de Ray, no solo mostraban a un cineasta de los pequeños lugares y las pequeñas cosas que le ocurren a los seres humanos, sino que esas cosas podían tratarse desde la belleza, la poesía y el mundo interior. Hoy, Domingo, 2 de mayo de 2021, se cumplen 100 años del nacimiento de Ray, y la distribuidora A Contracorriente Films estrena, muy acertadamente, y con una copia excelente, que a sus casi sesenta años, parece recién salida del horno, por su calidad técnica, y todo lo que se avanza por y para la imagen de la mujer y su forma de mostrarlo, centrándose en el adulterio frente a la sociedad conservadora india, tan brutal, más allá de cualquier modernidad pasajera, evidenciando la mirada profunda de Ray. Charulata, la esposa solitaria, la onceava película que dirigía Ray, una película en la que volvía al mundo de Rabindranath Tagore (1861-1941), uno de los más grandes artistas bengalíes de la historia, al que ya había adaptado en Tres mujeres (1961), y dirigido un documental sobre su figura el mismo año, adaptando El nido roto, publicado en 1901.

Ray traslada la acción de la novela hasta el año 1879, y nos encierra en las cuatro paredes de un matrimonio sin hijos de clase media-alta, situándonos en la mirada de Charulata, en la que a través de ella conoceremos su mundo, un mundo de soledad y hastío, ya que su marido, Bhupati Dutt, un acaudalado editor está demasiado ensimismado en su trabajo y olvida frecuentemente a su mujer. La llegada de Amal, primo y antítesis del marido, y entusiasta escritor, lo cambiará todo, porque la esposa encontrará en el recién llegado, una gran distracción, en el que pasarán horas hablando de música, literatura, historia, espiritualidad, vida y demás. Ray compone una pieza de cámara, un film-cámara, con aroma brechtiano, al estilo de los de Bergman, en la que todo el relato acontece en las paredes de la casa, donde la cámara encuadra de manera magistral a los personajes, y su relación con los objetos, y la música que escuchamos, compuesta por el propio Ray, que como ocurre en sus películas, siempre va más allá del mero acompañamiento, y profundiza en el interior de los personajes, donde teje un gran contraste entre lo exterior e interior, entre aquello que dicen y su forma de actuar, y sus verdaderos sentimientos que anidan en su interior. La literatura, centro de todo, vuelve a ser omnipresente en el universo de Ray, como lo fue en la trilogía de Apu.

En Charulata añade, como sucedía en La gran ciudad, una figura femenina de gran personalidad y libertad interior, que no quiere estar sometida a la voluntad masculina, que valora el arte y tiene aspiraciones literarias, que además, se le da mejor que a los hombres. El uso del zoom añade un elemento distorsionador a los largos planos secuencias, donde el diálogo se apodera del relato, y las miradas de los personajes evidencian ese mundo cerrado, aburrido y falto de vida y alegría, un mundo lleno de comodidades, pero al que le falta setnir, compartir, calor humano, y sobre todo, amor. Ray construye unos personajes complejos, unos personajes humanos, que sienten, sufren, se apasionan y pierden el tiempo con distracciones que les alejan de su realidad, y de sus sentimientos, unas emociones soterradas que los espectadores conocemos, pero como suele ocurrir en el cine de Ray, los hombres no logran interpretarlas, demasiado ensimismados en sí mismos y en su tarea, hombres apasionados por la vida, el compromiso político, que suele ser siempre teórico, por la historia, por su arte y su coraje, más atentos al gran suceso de la política y a la sociedad, a lo de fuera que a los detalles cotidianos que ocurren en su casa y sobre todo, a su mujer.

Ray nos habla de su país, a través de lo doméstico, convirtiéndolo en universal, de la vida, de su efimeridad, de sus contradicciones, de sus alegrías, de sus pequeños instantes, de sus detalles, de la apesadumbre de vivir y del plomo de la cotidianidad y las costumbres y tradiciones que siempre van en contra del amor y la felicidad, y unos personajes que sienten en grande, pero viven reducidos a unas existencias sin más. Si la música, la planificación formal, y el relato son elementos característicos de la filmografía de Ray, las interpretaciones de sus criaturas son hermosísimas, centradas en todo aquello que no se ve, que se esconde, basada en sus miradas profundas, unas formas de mirar que traspasan, que encogen el alma, y sobre todo, que explican sutilmente, sin estridencias, sus mundos interiores. Madhabi Mukjerhi, la impresionante actriz que se mimetiza con la desdichada Charulata, segunda película con Ray después de La gran ciudad –haría una tercera, El cobarde (1965), – en la que deja de ser la madre coraje que luchaba por sacar adelante a su familia, para encerrarse en el matrimonio-cárcel, en una vida no vida, en la que los espejos y los objetos, formulan unos sentimientos que estallan de amor al llegar Amal, esa especie de invitado a lo Teorema, de Pasolini, que no solo viene a dar vida a la casa triste y mortecina, sino a avivar un fuego, el fuego de Charu, que se encontraba reducido a pocas cenizas. Mukherji no solo sabe mirar, sino sabe expresar con apenas nada, ese mundo oscuro y oculto del personaje central de la película, un personaje que habla de todas esas mujeres indias y no indias, que ansiaban y daban sus primeros pasos para liberarse del yugo masculino y una vida atada a la vida doméstica.

Bien acompañada por Sumitra Chatterji como Amal, el joven apasionado y entusiasta por la vida, la música y la literatura, pero de una enorme torpeza y cobarde en los sentimientos, un tipo que teoriza demasiado sobre la vida pero vive muy poco, y utiliza el extranjero no para formarse, sino como refugio para no afrontar el deseo que le ofrece sin condiciones Charulata, y finalmente, Sailen Mukherji como Bhupati Dutt, el esposo entregado y comprometido a la causa contra el imperialismo británico, a través de su diario contestatario, donde la política es el centro de sus reivindicaciones, que desatiende a su esposa y sobre todo, al amor, dos polos opuestos en un matrimonio, como evidencia el clarividente diálogo entre Charulata y su marido, donde uno cree que la política es el motor para el cambio, y la esposa le dice que hay otras cosas de las que también se puede hablar. Un contraste que el director bengalí no solo hace evidente en el diálogo, sino también en la forma, situando a sus personajes, y sobre todo, al personaje de Charulata bajo los marcos, frente a los espejos, siendo otra en su interior, y también, en un lado del cuadro, junto a otros personajes, sumergida en su mundo, en ese mundo que parece ser que nadie comprende, y lo que es más triste, en ese mundo donde no encuentra consuelo y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yalda, la noche del perdón, de Massoud Bakhshi

EL PERDÓN EN DIRECTO.

“La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo”

Gilbert Cesbron

Tanto en las magníficas y contundentes Network (1976), de Sidney Lumet, y La muerte en directo (1980), de Bertrand Tavernier, se abordaban temas como la televisión convertida en un poderosísimo narcotizante, en el que todo vale para conseguir pegar al televisor a millones de espectadores cada noche. La muerte al servicio del espectáculo, la muerte como un objeto o medio más para satisfacer el entretenimiento de masas que sólo ven y disfrutan, sin ver más allá, sin reflexión, sin empatía, sin nada. En Yalda, la noche del perdón, cuarto trabajo de Massoud Bakhshi (Teherán, Irán, 1972), y segundo de ficción, no sitúan en el centro de un programa de televisión, casi en tiempo real, donde florece su experiencia en el documental (porque a veces olvidamos la naturalidad y la intimidad con la que está rodada la película, y es clara la intención de su talante real y humano), encerrados en las cuatro paredes del directo y el backstage, en el que conoceremos una de las muchas realidades que transitan por el país árabe.

Tenemos a Maryam, un joven de veintidós años que ha sido condenada a muerte por la muerte accidental de su marido temporal – en Irán, son comunes los matrimonios temporales, llamados “Sighen”, en los que las mujeres y los hijos nacidos de la unión no tienen ningún derecho sobre la herencia-. La única salvación para la joven es que, Mona, la hija del fallecido, la perdone delante de las cámaras, amén de una cuantiosa económica de por medio. El programa se llama “La alegría del perdón”, basado en reality shows que pululan la franja de la televisión persa. La noche elegida es la denominada:”Yalda” (una celebración zoroástrica que da comienzo al invierno, la noche más larga del año, donde las familias y amigos se juntan para celebrar, mientras recitan poemas del reconocido Hafez). El director iraní envuelve su película en un interesante y potentísimo thriller psicológico, con esa cámara que sigue incansablemente a sus víctimas, convertida en una segunda piel, en un espectacular trabajo de orfebrería del  cinematógrafo Julian Atanassov (que trabajó en la película colectiva Ponts de Sarajevo, entre otras), así como el exquisito, ágil y formidable montaje cortante y sin aliento de Jacques Comets (autor de películas Invitación de boda y Fortuna).

Los ochenta y nueve minutos de la película no dejan respiro, las situaciones se van sucediendo a un ritmo frenético, en que la forma cinematográfica se ve contaminada por el ritmo televisivo, colocando a los espectadores en el centro de todo, convertidos en “jueces” de este litigio, donde la vida y sobre todo, la muerte, se erigen como meros espectáculos para millones de almas vacías. Una película en la que apenas vemos la calle de Teherán, si exceptuamos una secuencia muy descriptiva de esa realidad que vemos a través de la televisión, porque el retrato profundo y descarnado de Irán que hace Bakhshi es descorazonador  y terrorífico -completamente extrapolable a cualquier país occidental, donde la televisión es el medio más potente de información y creadora de opinión-,   donde hay una clara descripción de las clases que dividen el país, entre los que mandan y viven, y los otros, que obedecen y malviven, el poder sobrehumano de la religión, como único límite para sabe aquello que es bueno o malo, donde el perdón es situado en el centro de todo, dotándolo de una importancia por encima de cualquier moral, y finalmente, el tratamiento de la televisión, erigida como la única verdad, donde todo está en venta, con las personas sometidas a su realidad, a su consentimiento, los seres humanos vendidos al dinero y al vacío que deja.

El cuidadísimo estudio psicológico de los personajes, con sus idas y venidas, necesitaba a unos intérpretes a la altura de sus complicados roles, como la brillante interpretación que desarrolla el grupo que vemos en la película, empezando con Sadaf Asgari como la desgraciada Maryam, que implora su perdón, a través de contar una verdad que parece no querer interesar a nadie. Al otro lado, Behnaz Jafari como Mona, la única que puede salvar el pellejo de Maryam, no por humanidad, sino por necesidad, más interesada en el fajo de billetes que tiene por delante si perdona, la madre de Maryam, interpretada por Feresteh Sadre Orafaee, una madre desesperada que hará lo imposible por salvar a su hija, y finalmente, Ayat, el director del programa, que hace Babak Karimi, convertido en una especie de “Dios”, como lo era Ed Harris en El show de Truman, uno más del engranaje de crueldad y fanatismo en que se ha construido la televisión, donde todo vale para generar millones de audiencias y cantidades insultantes de dinero, y no es más que un reflejo de nuestra sociedad, o lo que queda de ella, porque el espectáculo nos ha ensombrecido nuestra capacidad de reflexión, y sobre todo, de empatía y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El fotógrafo de Minamata, de Andrew Levitas

EL FOTÓGRAFO COMPROMETIDO.

“La fotografía es solamente una débil voz, pero a veces, tan sólo a veces, una o varias fotos pueden llevar a nuestros sentidos hacia la conciencia; las fotografías provoca en ocasiones emociones tan intensas que llegan a actuar como catalizadores del pensamiento”

W. Eugene Smith

Gracias a la valentía, el arrojo y el talento de fotógrafos como George Rodger, Robert Capa, Henri Cartier-Bresson, Yevgeni Khaldei y W. Eugene Smith, conocemos el otro rostro de la Segunda Guerra Mundial, una mirada inquisitiva, crítica, íntima y muy dolorosa sobre lo que fue la guerra cuando la televisión no existía, cuando la fotografía era el rostro y la mirada de todos. Uno de ellos, W. Eugene Smith (Wichita, 1918- Tucson, EE.UU., 1978), consagró sus primeros años de carrera a la fotografía de la guerra. La desilusión y el desencanto de las posiciones de las revistas en cuestión, le llevó a emprender nuevos campos donde la fotografía denunciaba y se convertía en una herramienta ética y de compromiso a favor de la humanidad, donde sus frecuentes enfrentamientos con los directores de revistas en las que su compromiso iba mucho más allá, porque se empleaba a fondo para elegir las fotografías y todo el diseño de la publicación, elevando su trabajo y alejándolo del sensacionalismo.

El fotógrafo de Minamata, arranca en 1971, y en Nueva York, nos topamos con un W. Eugene Smith, completamente aislado en su apartamento, en un período profundo de autodestrucción, completamente alcoholizado y lleno de deudas. Mediante la revista Life, le viene el encargo de trasladarse a la pequeña localidad pesquera de Minamata, en Japón, donde una gran empresa verte indiscriminadamente mercurio a las aguas que contaminan a sus habitantes, provocándoles malformaciones físicas y psíquicas terribles. Smith se traslada con su cámara y empieza a sacar fotos. A Andrew Levitas (Nueva York, EE.UU., 1977), lo conocíamos por su carrera como actor y productor, y su anterior película como director Lullaby (2014). En El fotógrafo de Minamata  compone una película de corte clásico, pero llena de vitalidad, compromiso político y humanista, y sobre todo, una película que recupera uno de los ataques indiscriminados contra la población por parte de una empresa, y no lo hace a través del esquemático argumento del hombre contra el sistema, porque aquí no hay ni buenos ni malos, sino seres humanos, y la radiografía que se hace de los jefes de la empresa no es caricaturesco ni mucho menos, sino humano, evidenciando los errores fatales del capitalismo y la libertad que les otorga su activación de la economía y el empleo creado.

La película no juzga, pero se decanta del lado del débil, del que sufre, y lo hace desde la cámara y la mirada de W. Eugene Smith, del recién llegado que conoceremos la vida y el trabajo de pesca de estas personas, a través de su cotidianidad, filmado a modo de documental, como las imágenes reales que se funden con las ficticias, donde la habilidad y la luz naturalista y sombría obra del cinematógrafo Benoît Delhomme (que ha trabajado con nombres tan ilustres como Anh Hung Tran, Schnabel o Corbin), el habilidoso y profundo montaje de Nathan Nugent, y la excelente partitura de una grande como Ryuichi Sakamoto (que muchos recordarán por sus trabajos con Bertolucci, Ôshima o Yamada). El excelente reparto de la película encabezado por un sobrio y camaleónico Johnny Depp, que además de productor, interpreta a un gran Smith, con poca caracterización, sabe extraer esa fuerza y la vez, debilidad, que en los últimos años perseguía al gran fotógrafo, muy alejado de sus caricaturescos personajes como el Capitán Sparrow, y más cercano a los que hizo para Dead Man, Ed Wood¸ Enemigos públicos, entre otros, para enfundarse en la piel de un tipo machacado por el alcohol y la tristeza de unos cincuenta y tantos, que parece un espectro sin consuelo y a la deriva, pero que todavía tiene esa mirada que ve más allá y sabe extraer la humanidad de un rostro o de un lugar.

Bien acompañado por magníficos interpretes japoneses como Hiroyuki Sanada, Tadanobu Asano o Minami, que hace de Aileen, la mujer guía que acompaña a Smith y se convierte en su ángel de la guarda y algo más, y finalmente, la elegancia y habilidad de Bill Nighy como jefe de la revista. Levitas ha conseguido una película fascinante, conmovedora, sensible, muy alejada de las estridencias argumentales y técnicas de mucho cine que pretende ser profundo, El fotógrafo de Minamata llega mucho más lejos de la típica película de denuncia, porque nos habla personas, rostros, y su lucha contra el poderoso, también, del último servicio de uno de los grandes fotógrafos de la historia, de su compromiso, de su humanidad, de su valentía, y sobre todo, de su carácter, y también, nos muestra sus debilidades, sus miedos e inseguridades, porque en ese sentido, la película nos habla de frente, sin titubeos ni medias tintas, expone el conflicto, y los personajes, retratados como seres humanos, con sus aspectos psicológicos y demás, que aciertan y se equivocan, que luchan diariamente por hacer de este mundo un lugar más justo, aunque a veces, quizás la mayoría de ocasiones, solo se consiga hacer mucho ruido y poco más, pero la lucha como mencionaba Galeano, es la utopía que hay que seguir, es el camino que nunca hay que abandonar, es la razón de la existencia, aunque siempre se pierda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Wildland, de Jeanette Nordahl

AMOR Y VIOLENCIA.

“Gente que no conozco de nada me hace todo tipo de preguntas. Sobre mi tía. Y mi madre. Dicen que hay tiempo de sobra. Que descubrimos qué salió mal. Pero algunas cosas salen mal incluso antes de empezar”.

Las primeras imágenes que abren Wildland, de Jeanette Nordahl, son directas e impactantes. Un coche volcado, fragmentos del accidentado en el hospital, mientras escuchamos la voz en off de Ida, un rostro que veremos atónito, impasible y algo magullado. Ida es una adolescente de 17 años que, después de perder a su madre, la llevan con su tía Bodill, y sus tres hijos mayores que ella. Ida, por primera vez, se siente acogida, tranquila y sobre todo, querida. Pero, las cosas no son nunca lo que parecen, y la tía Bodill y sus hijos no son de una pieza, sino de muchas, y se dedican a actividades criminales. Después de pasar con gran éxito por la televisión con series como Borgen, Cuando el polvo se asienta y La ruta del dinero, la directora danesa, con un férreo y directo guión que firma Ingeborg Topsoe, debuta en el largometraje con una película enmarcada en una fábula al estilo de Hansel y Gretel y Alicia en el país de las maravillas, donde una joven de vida difícil, encuentra en el seno de una familia violenta, quién lo diría, el amor y el cariño que nunca ha tenido en su vida.

Todo se filma desde la mirada de Ida que, actúa de forma impasible a todo lo va sucediendo a su alrededor, como un testigo mudo, alguien que mira, observa y sobre todo, calla. Nordahl confía en su elenco su potente y desgarradora historia, que va in crescendo, radiografiando a todos los personajes, sus aspectos psicológicos, esenciales para este tipo de películas, las relaciones que tienen con mujeres y entre ellos, y sobre todo, la relación estrecha y amorosa que mantiene la madre, una auténtica matriarca criminal de armas tomar, con sus hijos. Tenemos a Jonas, el mayor, matón, y muy violento, el digno heredero de la madre, luego, está David, el adicto, el que desaparece sin dejar rastro, el complicado, y por último, Mads, el pequeño, adicto a los videojuegos, alguien fiel y centrado. Con ochenta y ocho minutos de metraje, la cineasta nórdica, establece un retrato muy íntimo y contundente de esta peculiar familia, y el nuevo miembro, una Ida que participará en los delitos criminales, y se mostrará apática ante la violencia, aunque quizás, ha llegado el difícil momento de elegir entre el amor familiar o involucrarse en terrenos que le pueden llevar a pozos más oscuros de los que venía.

Wildland es una película entera, de carácter, que no dejará indiferente al espectador que quería conocer de primera mano una familia danesa muy unida, que se dedican a extorsionar a aquellos que les deben dinero, a hurtos diversos y a la violencia como pan de cada día, porque la película plantea los límites del amor y la familia, vistos desde fuera, desde Ida, una joven que ha encontrado a alguien que la quieren y la respetan, pero quizás para conseguir, y sobre todo, mantener ese amor, debe pagar un precio demasiado alto para su juventud o no. El elemento que más destaca de la película es su extraordinario reparto, encabezado por una grandísima Sidse Babett Knudsen como la gran madre, esa especie de matrona italiana, de extraordinaria belleza física y “jefa” del clan violento y familiar, un pilar irrompible y capaz de todo. A su lado, Joachim Fjelstrup como Jonas, Elliott Crosset Hove como David, y Besir Zeciri como Mads, y la auténtica protagonista de esta fábula moderna que no es otra que la debutante Sandra Guldberg Kampp como Ida, una niña que crecerá de repente, sumergida en un horror que, quizás, le conviene más que le perjudica, aunque eso deberá descubrirlo por ella misma.

Jeanette Nordahl debuta en el cine de forma brillante y concisa, realizando una obra de gran calado no solo cinematográfico, sino también, un ejemplar estudio de personajes que viven situaciones extremas en un entorno donde la familia lo es todo, pero también, la violencia lo es todo. La realizadora danesa nos somete a las cuatro paredes de este núcleo familiar, a sus relaciones y a su relación con Ida, el nuevo huésped que ha venido a quedarse, consiguiendo una película sólida, devastadora y cruda, que no solo describe el amor familiar, sino también, el de una violencia como motor de ese amor y de esa forma de vivir, y frente a ellos, o a su lado, según se mire, Ida, la niña que entrará en ese mundo de amor y violencia, de realidad y fantasía, de sentimientos al límite, y de relaciones enfrentadas, aunque para Ida, todo ese enmarañado de relaciones familiares tan negras y violentas, no son más que otro peldaño hacia el infierno en el que la existencia de Ida está desde que vino al mundo, rodeada de adultos demasiado egoístas, individualistas y violentos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Guerra de mentiras, de Johannes Naber

EL HOMBRE DE IRAK.  

“¿Qué es la verdad? Obviamente, una ilusión. Pero… ¿En qué nos convertimos si dejamos de buscarla?”.

Todos, en mayor o menor media, sabemos que el gobierno de EE.UU. sustentó su ataque a Irak en el 2003 en un montón de mentiras, alimentadas en unos supuestos depósitos de armas químicas de destrucción masiva, ocultos en algún lugar del país. Pero… ¿Cómo se construyó esa información falsa?. La cuarta película de Johannes Naber (Baden-Baden, Alemania, 1971), que cuenta con un guión firmado por Oliver Keidel y el propio director, se basa en todo aquello que no nos contaron de la verdad de todo ese entramado político que hay detrás de esa mentira, centrándose en todos los detalles y las personas implicadas, todo aquello que nunca sale en los medios, la parte oscura y real de toda mentira. La película arranca con imágenes reales del ataque estadounidense a Irak, para inmediatamente pasar a una frase sentenciadora como: “Una historia real. Desafortunadamente”. De inmediato, nos ponen en 1997, en una trama que se alargará hasta el 2003, el año que empezó la guerra de Irak. Conoceremos a Wolf, un experto en armas químicas de Alemania, que, en 1997, junto a un equipo de expertos, no encuentran las citadas armas en Irak. Dos años después, aparece Radif Alwan, un refugiado iraquí que dice conocer el lugar exacto donde se encuentran las armas y como se almacenan.

Wolf, que recibe el nombre en clave de “Curveball” (título original de la película), es el hombre designado para interrogar al supuesto testigo iraquí que dice haber trabajado para el servicio secreto. Naber, que había hecho dramas sobre inmigración, comedias satíricas sobre el capitalismo o cuentos fantásticos, nos convoca en la sede del BND, el servicio secreto alemán, en un relato que consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera, asistimos a todo el proceso de interrogatorio y testimonio del supuesto testigo Radif Alwan, y luego, en la segunda mitad del metraje, una vez descubierta la mentira, la trama estadounidense, por medio de la agente Leslie de la CIA, con la ayuda del la inteligencia alemana, de la construcción de la mentira y su difusión internacionalmente. Naber construye una trama sencilla y honesta, todo está contado a través de los personajes, sustentado en un gran protagonista como Wolf, una especie de hombre de paja en toda esta trama política, llena de intereses económicos, y sobre todo, de una guerra fratricida y muy desigual entre el individuo honesto que se niega a participar en las corruptelas gubernamentales y en cierta manera, se enfrenta a esa mentira y a su propio gobierno, y este dato es muy importante para adentrarnos en la trama que se nos cuenta.

Wolf no es ningún tipo extraordinario ni nada por el estilo, un grandísimo profesional en su trabajo, pero un tipo corriente, alguien que se levantará ante la injusticia, y dentro de sus posibilidades, intentará parar semejante maraña de falsedades. La película va de cara, sin titubeos ni argucias argumentales, todo se cuenta de frente, a través de una frialdad y distancia necesaria para que la empatía vaya en crescendo, sumergiéndonos en esa vorágine oscura y siniestra siguiendo el mismo proceso que el desdichado protagonista, con el magnífico trabajo de luz del cinematógrafo Sten Mede, que vuelve a trabajar con Naber después de su opera prima. El extraordinario elenco de la película entre los que destacan Sebastian Blomberg como Wolf, el científico atrapado en los intereses del estado, que no se quedará inmóvil ante la injusticia, bien acompañado por una gran Virginia Kull como Leslie, una amiga o no, en todo esta locura política, llena de mentiras y falsedades, Dar Salim es Radif Alwan, el pobre diablo que hará lo imposible para mejorar su existencia, aunque tenga que mentir, y Michael Wittenborn y Thorsten Merten, los dos hombres de estado, fieles funcionarios del gobierno, que anteponen todo a los intereses de su país, sea lo que sea y sirva para lo que sirva.

Tiene la película mucho del juego kafkiano que tenía El proceso, de Welles, o el aroma y la distancia que provocaban esas películas realizadas durante la guerra fría, tan estupendas como El espía que surgió del frío, Nuestro hombre en la Habana, El hombre de Mackintosh, Los tres días del cóndor u Odessa, entre muchas otras, con esos tipos del gobierno que resultan amables y cercanos, pero solo en apariencia, porque llegados el momento, se quitarán de encima a quién sea por seguridad del estado, sin olvidar, el rol de Leslie, la americana, que se sitúa en la mente y el cuerpo de Wolf, jugando a dos bandas, erigiéndose en ese tipo de femme fatale indispensables en este tipo de interesantes thrillers políticos que no solo hablan de los tejemanejes de los estados y sus corruptelas, sino de la condición humana, del aspecto psicológico entre quienes quieren salvar los intereses del estado, y su economía, en pos de la humanidad, porque si algo claro deja la película, es que hay intereses más importantes que la propia vida, y toda verdad o mentira, se utilizará según convenga y la circunstancia lo requiera, porque al fin y al cabo, todo puede ser verdad o mentira según quien la mire y la utilice. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Oeconomía, de Carmen Lossman

LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO.

“El sistema capitalista no precisa de individuos cultivados, sólo de hombres formados en un terreno ultraespecífico que se ciñan al esquema productivo sin cuestionarlo”.

Karl Marx

Lo primero que nos llama la atención de Oeconomía, de Carmen Losman (Alemania, 1978), es su entramado o dispositivo, ya que la mayoría de secuencias no son reales, debido a la negativa de los expertos en el tema en participar en la película, y la película se ve obligada a ficcionarlas, ya que  todas sus secuencias son simulaciones de aquello real, interesante paradoja porque el propio dispositivo adquiere una relevancia total, y escenifica en toda su miseria el malévolo juego del capitalismo, en el que todo parece inventado, simulado o falso o quizás, no lo parece, porque como iremos viendo en la película, ni los propios expertos saben definir el capitalismo, y sobre todo, su funcionamiento, otra paradoja más, porque el sistema económico que rige nuestras vidas, parece un magma completamente desconocido para aquellos que viven y se enriquecen de él.

En su primer trabajo, Work Hard Play Hard (2011), la directora alemana exploró los efectos de la gestión de recursos, en su segunda película, también investiga la gestión de otros recursos, el dinero, y como funciona, su creación, su movimiento, la labor de los bancos, el Mercado Central Europeo, las grandes empresas, y demás compañías e instituciones de crear y mover el dinero, pero no solo se queda ahí, porque después de simulaciones y demás, a las preguntas del comienzo se han añadido muchísimas más, creando más confusión y desorientación, por eso, y en un alarde astucia y transparencia, Losmann convoca alrededor de una mesa, en mitad del centro de una ciudad, a una serie de economistas que nos dan algunas claves, no todas, porque a la vista está que resulta imposible desentrañar el capitalismo, de cómo funciona una parte de este entramado económico voraz, sin límites, que consiste en crear deuda para generar dinero, cuanto más deuda más dinero ahí.

La cineasta teutona no ceja en su empeño de hablarnos de todo lo que hay detrás del capitalismo, haciendo las preguntas pertinentes a los expertos, aunque obtenga evasivas y no respuestas a sus demandas, porque Oeconomía trabaja intensamente para que conozcamos más del capitalismo, seguramente todavía hay muchas lagunas que a día de hoy sigue siendo indescifrables, peor algo hemos entendido y sobre todo, algo conocemos más, sobre todo, aquella mesa en medio de todo, porque los expertos allí reunidos conocen el sistema y hablan de él, y lo hacen de una manera clara, concisa y directa, y nos abren nuevas vías para construir un sistema mejor, humano y no agresivo contra la naturaleza y sus recursos. La película no solo nos habla de dinero, balances, ventas y clientes, sino también de cómo vivimos y como trabajamos, de quiénes somos y porque estamos soportando un sistema que solo alimenta a cuatro y somete a la inmensa mayoría vendiéndolos la ilusión que sus vidas mejorarás a golpe de martillo y pasándose la vida trabajando para conseguir productos que venden como primera necesidad, cuando son solo lujos para seguir engordando un sistema agotado, siniestros y devastador, que solo se mantiene gracias a aquellos que lo sufren cada día, quizás la paradoja más humillante y triste de nuestra existencia, y la que deja clara la película.

El relato, a pesar de su dificultad, está bien contado y no se hace pesado ni muchísimo menos, y se muestra inquisitivo en su propuesta, lanzando una serie de cuestiones elementales como: ¿Por qué seguimos trabajando para nuestras vidas aunque sepamos que el sistema nos ayuda a vivir peor? o la más desgarradora aún si cabe: ¿Qué sentido tiene endeudándonos para seguir ilusionándonos con una vida que no mejora, que solo gira alrededor nuestro, como si fuésemos el hámster que rueda sin llegar a ningún lugar?. La película no responde a esas preguntas, esas respuestas solo nos corresponden a nosotros, a nuestra responsabilidad, y sobre todo, a como nos planteamos nuestras vidas y trabajos, si hace la película, es mostrarnos al monstruo, al capitalismo, con toda su miseria, absurdidad, y su funcionamiento indescifrable, estúpido y desgarrador, que no ayuda a las personas a vivir mejor, sino las ayuda a que sigan gastando y les proporciona un dinero para que sigan trabajando y sigan debiéndolo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una niña, de Sébastien Lifshitz

YO SOY UNA NIÑA.

“Cuando crezca, seré una niña”.

Sasha es una niña de 7 años atrapada en el cuerpo de un niño. Sasha padece lo que en medicina se denomina disforia de género. La Dra.  Anne  Bargiacchi  (Psiquiatra infantil  y  especialista  en  disforia  de  género), define la disforia de género de la siguiente manera:  “El  sufrimiento  generado  por  la  discrepancia entre  el  género  asignado  al  nacer  (masculino)  y  el  género  con  que  se  identifica  Sasha (femenino)”.  Desde que debutase en el largometraje con Primer verano (2000), el cine de Sébastien Lifshitz (París, Francia, 1968), ha investigado las cuestiones de identidad y género en su amplio ámbito de personajes, como en su anterior película Adolescentes (2019), donde seguía durante cinco años a dos niñas en su proceso de adultez. Tampoco es la primera vez que profundiza en el universo “trans”, ya que hizo la película Wild Side (2009), en la que a través de la ficción seguía los pasos de Sylvie, una trans prostituta y sus amores. En Les invisibles (2012), daba voz a hombres y mujeres homosexuales maduros, película en la que conoció a una de las primeras trans de Francia, a la que dedicó su siguiente trabajo Bambie (2013). Con Una niña (Petite Fille, en el original), se instala en la familia de Sasha, y a través de la lucha y la resistencia de su madre, Karine, una mujer que luchará incansablemente para que su hija sea reconocida como niña en el colegio, las actividades extraescolares y con sus amigos.

Lifshitz plantea una película ligera y muy transparente en su forma, y compleja en su contenido, filmando la intimidad del hogar de la familia de Sasha, donde allí la niña disfruta de su paraíso particular donde todos sus hermanos y padres la reconocen como niña que se siente, los problemas empiezan en el exterior, donde la siguen tratando como un niño, como demuestra el precioso arranque de la película, en la que Sasha, en la intimidad e su habitación, si puede ser quién siente que es, vistiéndose como una niña, probándose tocados para el cabello y mirándose en el espejo. El director francés explica con una intimidad asombrosa y sobrecogedora, las tremendas dificultades cotidianas, tanto físicas como emocionales, a las que se enfrenta Sasha y su familia, capturando de manera sencilla y humana, toda la complejidad social a la que se enfrentan en su vida, en un mundo todavía con demasiados prejuicios y convenciones sociales que rechazan todo aquello que sea diferente, que rompa con lo establecido, y sobre todo, que plantee una forma de ver las cosas desde puntos de vista no habituales, en los que hay que crear nuevas herramientas para lidiar con problemas de otro cariz humano.

La película es honesta, didáctica y magnífica, y se erige como una hermosísima invitación a entrar en las vidas de Sasha y su familia a través de  una intimidad extraordinaria y devastadora en su contenido, con momentos cotidianos de familiaridad e instantes horribles, cuando Sasha la visten como un niño en sus clases de ballet, o esos emocionantes momentos frente a la psiquiatra donde la niña rompe a llorar incapaz de explicar sus sentimientos enfrentados, cuando es aceptada en su familia y rechaza en el exterior. La capacidad y la inteligencia que desprende la mirada concienciadora y crítica de Lifshitz, en la que en ningún momento se decanta por el panfleto ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, mantiene una actitud humanista y sabe manejar un conflicto complejo que necesita tiempo y comprensión para construirlo. Una de sus muchas virtudes es el posicionamiento  de la cámara a la altura de los ojos de Sasha, para que veamos como la niña, y seamos ella, capturando toda el conflicto interior de alguien que se acepta como es y debe lidiar con una institución como el colegio que se niega a verla como es.

Una niña nos ofrece la grandísima oportunidad, como solo el cine documental es capaz de hacer y construir, de viajar con Sasha y su familia durante el tiempo que dura este arduo proceso de aceptación de la sociedad, con sus idas y venidas, sus diferentes estaciones, sus luchas, su resistencia, como esa madre Karina, una mujer valiente, fuerte y capaz, que hará lo imposible para que la diferencia de su hija sea aceptaba. Hay un instante de esta maravillosa y conmovedora película en que Karina habla de Sasha como su misión en la vida que es la de concienciar a la gente para que sean más empáticos, y sobre todo, habrán sus mentes para los nuevos retos y formas de mirar, entender y sentir la vida a la que deben enfrentarse, y que lo hagan con amor y sin prejuicios. Una niña también nos habla de educación, de respeto, de amor a los otros, de aprender a aceptarse y que los demás nos acepten como seamos y sintamos, sin ningún daño para nuestra persona, quizás la sociedad ha evolucionado muchísimo en otros ámbitos como la ciencia y el pensamiento racional, pero todavía nos queda evolucionar en lo más importante, en el pensamiento emocional, en interpretar como sentimos y cómo sienten los demás, para no herir al resto y sobre todo, seguir avanzando para construir todos juntos una sociedad más justa, más solidaria, más empática, en definitiva, más humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Del inconveniente de haber nacido, de Sandra Wollner

MI HIJA HA VUELTO DESPUÉS DE DIEZ AÑOS.   

“Los grillos hacen tanto ruido que me han despertado. Puedo oler la tierra húmeda. Y el bosque. Todas las hojas han caído. Pero el verano acaba de empezar. Y tú estás ahí, esperándome”.

Las primeras imágenes de Del inconveniente de haber nacido, nos revelan una película hipnótica, de una belleza extraña, situada en una cotidianidad muy inquietante, como una especie de sueño perturbador del que parece que no podemos despertar. Una extrañeza que nos acompañará todo el metraje, donde el tiempo y las emociones se envuelven en un estado limbo, en que los personajes parecen moverse dentro de un tiempo indefinido, como si no existiera, inventado otro tiempo, un tiempo que ellos mismos redefinen constantemente, intentando todo el rato rememorar un pasado que solo existe en su memoria. Nos encontramos con una niña que en realidad es un robot antropomorfo, que vive con un hombre al que llama papá, y viven en una casa aislada de todos y todo en mitad del bosque, en un perpetuo verano. Elli, que es como se llama el androide, está para el hombre, recordando cosas del pasado, creando vínculos ya perdidos, sustituyendo a la hija desparecida una década atrás.

Sandra Wollner (Styria, Austria, 1983); debutó con The Impossible Picture (2016), también con una niña llamada Johanna de 13 años, que capturaba con su cámara de 8mm la realidad oculta de su familia allá por los cincuenta. Ahora nos llega su segundo trabajo, un cruce entre los films de robots como podrían ser Inteligencia artificial, Ex Machina o el reciente documental Robots, y un episodio de la histórica The Twilight Zone, una mezcla interesante y profunda sobre la relación de los humanos con los androides, unas máquinas que funcionan como sustitutos de aquellos familiares desparecidos o fallecidos, creando unos vínculos emocionales y recuperando unos recuerdos para así establecer una relación cognitiva plena y satisfactoria, pero claro, este tipo de situaciones pueden crear momentos inquietantes y oscuros, como mencionan las palabras precisas del cineasta Werner Herzog: “Recurrimos a este tipo de sustitutos desde nuestra infancia, desde luego; por ejemplo, con los osos de peluche. Pero engendrar una tecnología y un mercado de osos de peluche para adultos es algo inédito. E insisto: es algo que está abatiéndose sobre nosotros”.

Wollner se erige como una mirada crítica e incisiva sobre este fenómeno que lentamente se va introduciendo en nuestras vidas y cotidianidades, los posibles (des) encuentros y las transformaciones de nuestras relaciones personales, que cambiarán para siempre, ya que abre un debate moral muy importante, cuando alguien no nos guste o no conectemos, podemos llegar a sustituirlo, como ocurría en la magnífica La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, mítico título de la ciencia-ficción de mediados de los cincuenta,  la sustitución como elemento para devolver la vida a los que ya no están y hacerlos a nuestro deseo. La directora austriaca construye un relato lleno de sorpresas, donde la narración camina con pausa y se muestra férrea, con esa cámara que se mueve por la casa, o esos encuadres donde los cuerpos aparecen en el espacio de forma extraña e inquietante, consiguiendo una película de terror cotidiana, sin ningún alarde narrativo y efectista, centrándose en la peculiar y extraña relación del padre y su hija sustituta, como se hacía en la década de los setenta con esas películas maravillosas como La amenaza de Andrómeda, Cuando el destino nos alcance o Naves misteriosas, entre otras, cine sobre la condición humana, sus relaciones con las máquinas y las emociones que se generan.

Sandra Wollner entra de lleno y con galardones a esa terna de grandes cineastas austriacos como Michael Haneke, Ulrich Seidl y Jessica Hausner que, mediante obras sobre la oscuridad del alma humana, investigan las formas de relaciones y cotidianidades diferentes, componiendo películas sobre el lado oscuro y el exceso de ambición en una sociedad cada vez más tecnológica, vacía y deshumanizada. Del inconveniente de haber nacido es una película que no dejará indiferente a cualquier espectador que quiera descubrirla, por su construcción tan cercana y alejada a la vez, por esa luz indefinida, por el espacio y el entorno donde está filmada, y sobre todo, por todo lo que plantea a nivel moral y ético, sobre la psique humana y en que nos estamos convirtiendo como especie, ya que en algunos años todos aquellos espantos que veíamos en el cine de ciencia-ficción dejarán de serlo para convertirse en realidades que con el tiempo estarán al alcance de todos, y entonces, será cuando debamos aprender a relacionarnos con máquinas que se parecen a nuestros seres queridos que ya se fueron, máquinas que actúan y son como ellos, aunque sean porque nosotros lo queremos así, todo esto habrá que gestionarlo emocionalmente y lo que pueda ocurrir a día de hoy será un misterio, quizás demasiado terrorífico. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Sofi Escudé

Entrevista a Sofi Escudé, montadora de la película “Las niñas”, de Pilar Palomero, en su domicilio en Valldoreix, el sábado 6 de febrero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sofie Escudé, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Aymar del Amo de l’AMMAC, Associació de Muntadores i Muntadors Audiovisuals de Catalunya, por su amabilidad, paciencia y cariño.

El profesor de Persa, de Vadim Perelman

LA MEMORIA Y LA PALABRA.

“¿Pero era posible adaptarse a todo en los campos de concentración? Su pregunta es extraña. El que se adapta a todo es el que sobrevive; pero la mayoría no se adaptaba a todo y moría”

Primo Levi

El cine como reflejo de la historia y su tiempo, se ha acercado al holocausto nazi de múltiples formas, miradas e intenciones. No resulta nada sencillo mostrar y contar todo lo que allí sucedió, en muchas ocasiones, se cae en la simpleza y el sentimentalismo, en otras, utilizan el trasfondo para emplazarnos a historias que nada tienen que ver. Pero, en algunas ocasiones, pocas desgraciadamente, en películas como Noche y niebla, de Resnais, La pasajera, de Munk, Shoah, de Lanzmann, La vida es bella, de Benigni o El hijo de Saúl, de Nemes, entre otras. Las historias nos sumergen de manera ejemplar y sobria a un reflejo de una parte de lo que acontecía en esos lugares de la muerte, excelentemente bien contadas, con una mirada profunda y sincera, y sobre todo, alejándose de cualquier sentimentalismo, en películas como Noche y niebla, de Resnais, La pasajera, de Munk, Shoah, de Lanzmann, La vida es bella, de Benigni o El hijo de Saúl, de Nemes, entre otras.

El profesor de persa, de Vadim Perelman (Kiev, Ucrania, 1957), podría formar parte de esta lista con todo merecimiento, porque no solo muestra el horror nazi en los campos, sino que nos brinda un relato sobrio, fascinante y magnífico de supervivencia, pero sobre todo, de la importancia capital de la memoria como única vía, no solo para seguir con vida en el infierno, sino para contar lo que ha sucedido, y que los hechos no se olviden y así, recordar a las víctimas y preservar la memoria para que futuras generaciones conozcan y no repitan los mismos errores. De Perelman, emigrado a Canadá, conocíamos, su extraordinario debut con Casa de arena y niebla (2003), relato de corte social con dos vecinos en la disputa de una casa, en La vida ante sus ojos (2007), nos contaba los traumas de sobrevivir a una tragedia, ambas películas filmadas en EE.UU., y en Buy me (2018), rodada en Rusia, sobre una joven modelo encandilada con el lujo qatarí en un relato de autodestrucción, entre alguna que otra miniserie y película.

Con El profesor de persa, basado en el relato breve “Invención de un lenguaje”, de Wolfgang Kholhaase, el cineasta ucraniano nos traslada a un campo de concentración nazi allá por el año 1942, para contarnos las vicisitudes de Gilles, un joven francés de origen judío, que detenido por las SS, y llevado a un campo de tránsito, se hace pasar por persa para salvar la vida, ya que el capitán Klaus Koch, uno de los oficiales al mano, quiere aprender el idioma para abrir un restaurante alemán en Teherán cuando acabe la guerra. Perelman se toma su tiempo, la película alcanza los 127 minutos de duración, para hablarnos de esta peculiar relación que se irá humanizando entre los dos hombres, entre el carcelero y el preso, pero no solo somos testigos de este encuentro, en el que alguien para sobrevivir inventa un lenguaje a través de su ingenio y astucia, sino también, de la cotidianidad del campo, no solo con los presos y sus constantes humillaciones, estupendamente filmadas, con la distancia y la luz idóneas, además, las relaciones cotidianas de los soldados nazis al cargo del campo, como esa terrorífica jornada en el campo con los nazis comiendo, cantando y confraternizando entre ellos, en una inmensa labor de la película por no mostrar a los nazis como monstruos, sino como seres humanos complejos y oscuros, capaces de humanidad y actos deleznables. Si el sorprendente y elegante guion que firma Ilya Zofin, nos sumerge en un relato lleno de belleza y horror.

 El maravilloso y bien elegido dúo protagonista es otro de los elementos sensacionales de la película. Con Nauel Pérez Biscayart, dando vida al desdichado y listo Gilles, un grandísimo intérprete que nos lleva enamorando en roles como el de Todos están muertos o 120 pulsaciones por minuto, un cuerpo menudo, pero capitalizado por esa mirada que traspasa, en un proceso que irá de menos a más, de objeto a hombre, de sentir que su inteligencia pude salvar no solo su vida, sino recordar la de aquellos que perecieron. Junto a él, otra bestia de la composición, como el actor Lars Eidinger como el capitán Koch, que habíamos visto en películas de Assayas o Claire Denis. Dos intérpretes diferentes de cuerpo, en una especie de lucha muy desigual, que recuerda a la de David y Goliat, que a medida que avanza la película, se irán intercambiando los roles en varias ocasiones, e iremos comprobando que detrás de los papeles que el destino les ha asignado, detrás hay mucho más, y descubriremos a dos seres que tienen en común más de lo que imaginan.

Perelman ha contado con un trabajo de producción fantástico, desde la precisa y atmosférica luz de Vladislav Opelyants (que tiene en su haber grandes trabajos como en 12, de Nikita Mikhalkov o en Leto, de Kirill Serebrennikov, entre otros), o la excelente música absorbente y limpia del tándem de hermanos Evgueni y Sacha Galperine (que han trabajado con nombres tan ilustres como François Ozon, Andréi Zviáguintsev o Kantemir Balagov, etc…), el conciso y rítmico montaje de Vessela Martschewski y Thibaut Hague. Perelman vuelve a conseguir un relato brutal y excelso, lleno de belleza y horror, que se mueve de manera hipnótica y sinuosa, mostrando todo lo que se respiraba en un lugar siniestro y deshumanizado como un campo nazi, con la memoria como punta de lanza en una historia donde alguien ha de inventar y memorizar un lenguaje inventado, su particular pseudofarsi, no solo para seguir con vida, sino para alimentar la esperanza de salir con vida de ese lugar. Frente a él, a un oficial nazi convencido e idealista de la causa que, crecerá como persona y empezará a ver a su “profesor particular” con otros ojos, quizás viéndose en él reflejado o tal vez, recordando a aquello que era o que perdió. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA