La vida de los demás, de Mohammad Rasoulof

EL VALOR DE RESISTIR.  

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”.

Albert Camus

En El verdugo (1963), de Luis García Berlanga, un pobre diablo que trabaja en una funeraria se enamora de la hija del verdugo, y no le queda otra, que pasar por el aro del sistema, es decir, ser verdugo como el suegro, y así, aprovecharse de las ventajas del puesto, una vivienda asequible y un trabajo con futuro, en un país donde el estado pone trabas para las primeras necesidades. La parte oculta no es otra que encontrar a primos, emborrachándolos de beneficios vitales, para que el estado siga ejecutando a reos, un trabajo que hagan otros, los ciudadanos de a pie. Seguramente, El verdugo, es una de las obras más contundentes y fundamentales, no solo para hablar de las prácticas deshumanizadas del franquismo, sino para reflejar el control estatal contra el ciudadano, y someterlo a sus necesidades. En La vida de los demás, último trabajo de Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), vuelve a los temas sociales y políticos, componiendo una crítica feroz contra su país, que le han llevado a un férreo arresto domiciliario a la espera de sentencia, como nos anuncia el texto que vemos previo a la película.

En Sheytan vojud nadarad, título original de la película, nos habla de forma directa y sin atajos de la pena de muerte y todas las personas que, directa e indirectamente, participan en ella. Somos testigos de las prácticas terroríficas de Irán, de la utilización sistemática de sus ciudadanos, y sobre todo, de su juventud, para alienarlos a través del terror y la manipulación para que cometan actos irreversibles contra sus propios conciudadanos, una práctica horrible que no solo la película muestra de manera fría, sino que nos sumerge en las consecuencias morales y sociales para aquellos que han participado creyendo que cumplían con su deber. La pena de muerte y aquellos que las ejecutan son el eje central de la cinta, pero la película no solo se queda en la denuncia de un estado totalitario y corrupto, sino que profundiza en los conflictos morales de los ejecutores de esas sentencias de muerte, y sobre todo, en las terribles consecuencias que deben arrastrar no solo los protagonistas, sino lo que provocan todos esos actos en su entorno más cercano.

El director de cine iraní construye una película dividida en cuatro relatos, todos dirigidos por él, bajo los títulos de El mal no existe, donde seguimos la cotidianidad de Heshmat, un hombre corriente de cuarenta años, sus quehaceres diarios junto a su mujer e hija, sin más, en la que se nos muestra un día cualquiera, en una ciudad como otra, donde damos cuenta que oculta algo a los demás. En el segundo capítulo de título Ella dijo: “Puedes hacerlo”, nos sitúan en una habitación donde encontramos a cinco jóvenes haciendo el servicio militar obligatorio de dos años de duración que, entre otras cosas, tienen la desagradable tarea de ejecutar a los condenados a muerte. Un joven como otro, Pouya, elegido para llevar a cabo la ejecución,  hará lo imposible para librarse. En el tercer segmento, Cumpleaños, Javad, un joven soldado que ya ha sido verdugo en una ejecución, aprovecha un permiso de tres días para pedir matrimonio a su amada Nana, y se enfrentará a las catastróficas consecuencias de ese acto que lo perseguirá constantemente, cuando el destino se interpone en su camino. Y por último, en Bésame, el acto que cierra la película, que entronca con uno de los capítulos, encontramos a Bahram y Zaman, un matrimonio maduro que viven de las abejas en un pueblo alejados de todo y todos, reciben la visita de la joven Darya, que nos remitirá al pasado y a sus actos, y como repercuten en el presente más inmediato.

Rasouluf usa el cine como vehículo para hablar de las prácticas oscuras y represivas de la dictadura iraní, y sobre todo, como afectan a la vida cotidiana de sus ciudadanos que, al igual que José Luis Rodríguez, el pobre diablo de El verdugo, es usado como mano ejecutora de las leyes injustas y deshumanizadas que se llevan a cabo en el régimen de los Ayatolás. Un cine que nos habla de frente y directamente, sin vericuetos ni estridencias narrativas ni formales, componiendo una forma sencilla y realista, que huye de los subrayados y el discurso malintencionado. La rigurosidad de la película se centra en una narrativa sencilla y naturalista, que imprime la fuerza en la contundencia de su relato y en la actuación de sus intérpretes, y nos sumerge en las cuestiones morales de cada uno de los implicados, de forma compleja e inteligente. Un cine que lo acerca al universo de Panahi, también arrestado por el régimen debido a sus críticas contra un sistema represivo, y Farhadi, cineastas que utilizan un conflicto cotidiano para hablarnos de forma emocional de toda la represión a la que son sometidos los ciudadanos y ciudadanas de Irán. La película se alarga hasta los 150 minutos, pero en ningún momento su fuerza narrativa y argumental decae, todo lo contrario, su in crescendo es demoledor, no hay tregua, ni compasión con todo lo que ocurre y como afecta a sus personajes, y a cada relato de los cuatro que lo componen, su ritmo y sobre todo, su cuestión moral van en aumento, obligándonos al espectador a ser partícipe de sus historias y el contenido de ellas, nos obliga a mirar y conocer la intimidad que deben de arrastrar.

Una película bellísimamente filmada con el inmenso trabajo de cinematografía de Ashkan Ashkani, viejo conocido del director, y el cuidadísimo montaje que firman los hermanos Mohammadreza y Meysam Muini que saben manejar con elegancia el tempo de los diferentes relatos, bien resueltos en sus momentos de pausa y tensión, como su extraordinario reparto, apoyado en las miradas para explicar todo lo que sienten, que sabe dotar de humanismo, complejidad e intimidad a todo lo que les va ocurriendo. El cine de Rasoulof en un inicio se decantó por la alegoría como elemento para criticar el estado, pero a partir de 2010, su cine ha entrado en otro campo, el de la crítica feroz y directa, de forma clara y concisa, eso sí, centrándose en lo humano como espacio para que su crítica sea más realista, donde lo humano y la resistencia ante la injusticia de sus personajes adquiere un gran valor en torno a lo que cuenta y como lo hace, lanzando un motor de fe y algo de esperanza que inevitablemente saldrá de nuestro interior, de todo aquello que nos hace humanos frenteo a un estado de terror. Un cine que se parece a aquel cine italiano de los Bertolucci, Rossi, Bellocchio, Pasolini, y demás, que a través de lo humano, construían relatos del ciudadano pisoteado y reprimido por la maquinaria estatal, una organización que crea y distribuye dinero a su antojo y arbitrariamente, dejando al de abajo, al que realmente trabaja para el futuro del país, totalmente vendido y explotado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Gaza Mon Amour, de Tarzan y Arab Nasser

UN AMOR EN UNA TIERRA DIFÍCIL.

“Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿Qué valdría la vida?”

Jacinto Benavente

Cada vez que llega a nuestras pantallas una película sobre Palestina, cosa que sucede en raras ocasiones, vemos una historia donde el conflicto árabe-israelí tiene una fuerte presencia, como no podría ser de otra manera. Con Gaza Mon Amour, de los hermanos gemelos Tarzan y Arab Nasser (Palestina, 1988), estamos ante una película diferente, una película que tiene el conflicto como telón de fondo, pero su foco de atención se mueve en la ciudad de Gaza, en unos pocos habitantes y en sus existencias cotidianas. El relato narra la vida sencilla y humilde de Issa, un pescador de sesenta años, que tiene una escasa área de kilómetros para pescar, y se relaciona con una hermana que quiere casarle. Issa está enamorado secretamente de Siham, una mujer de su edad que trabaja como modista en un mercado de la zona, que lidia con una hija divorciada demasiado moderna para ella. La vida de Issa dará un cambio radical, cuando por casualidad, saca del fondo del mar una estatua de Apolo que guarda celosamente en su casa. La policía la descubre y el pescador sesentón se verá envuelto en conflictos con la ley.

Los directores palestinos afrontan su segundo trabajo, después de su opera prima Dégradé (2015), construyendo un tono de fábula, de cuento tradicional pero de aquí y ahora, en que los personajes se ven envueltos en la difícil ocupación al que son sometidos, los continuos cortes de luz, y las carencias de una vida que parece anclada en el pasado y en las dificultades continuas. A pesar de eso, el personaje de Issa mantiene una actitud de resistencia, de humanidad, llena de vitalismo, enamorado de las cosas sencillas, como ese “momentazo” en la cocina cuando baila al son  de “Que no se rompa la noche”, de Julio Iglesias. La película mantiene todo el marco de una tragicomedia, donde hay tiempo para el dolor, para la comedia negra, donde los vaivenes de la vida se toman de forma agridulce, donde en mitad de ese caos vital y social que es Gaza, también hay tiempo para la esperanza, para el amor, y la película no lo hace desde el victimismo o la condescendencia, sino desde el otro lado, desde el humanismo rosselliniano, y del tándem Berlanga-Azcona, donde a través de una singular realidad social, donde hay mucho humor, se habla del contexto, con la ocupación y todo aquello que produce dolor a los palestinos.

La luz mortecina y acogedora de la película se convierte en otro elemento indispensable para contar este retrato de gentes sencillas y humildes que a pesar de todo, se levantan cada día para vivir y porque no, también para vivir una historia de amor, porque el amor, sea lo que sea, no tiene tiempo ni edad, sino voluntad y paciencia, y puede ocurrir a cualquier edad, solo se ha de estar vivo e ilusionado para sentirlo, y sobre todo, disfrutarlo, ya sea con veinte, cuarenta o sesenta años. La excelente pareja protagonista formada por Salim Daw, un experimentado actor israelí, que da vida a Issa, el hombre sencillo, humano, valiente, y solitario, frente a él, Hiam Abass, una de las grandes actrices árabes más internacionales, compone una mujer de verdad, con sus inquietudes y complejos. Los dos forman una pareja madura, sensible, que conmueve y nos hace vibrar de vida y amor, que recuerda a aquella otra pareja de la película Solas (1999), de Benito Zambrano, la que formaban María Galiana y Carlos Álvarez-Novoa, una historia de amor madura, construida a base de miradas, gestos y sensibilidades, en la que una mujer que tiene a su marido machista en el hospital, encontraba en un viudo de la escalera donde vivía su hija, el consuelo y el amor que nunca había tenido.

Tarzan y Arab Nasser han hecho una película sencilla y muy íntima, de esas historias en las que no pasa nada y pasa todo, que va creciendo lentamente, sin estridencias ni piruetas narrativas ni formales, solo la vida, y mirada desde el respeto y la honestidad, generando esa verdad en cada detalle, cada objeto, y cada movimiento y mirada, en la que dejan la ocupación como telón de fondo, y se sumergen en las vidas de las personas que viven en Gaza, en su existencia y cotidianidad mientras el mundo se desmorona cada día, y su entorno se convierte en una zona llena de tensión y muerte, donde a pesar de tantas hostilidades, la vida continúa y las personas siguen con sus quehaceres laborales, y también, sentimentales, porque como nos decían Rick e Ilsa en Casablanca: “Nosotros nos enamoramos mientras el mundos e cae en pedazos”, porque cuando llega el amor, o lo que creemos que es amor, el mundo da igual, el entorno más próximo da igual, todo se detiene, y la persona que tienes delante se convierte en todo tu mundo y tu ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La última primavera, de Isabel Lamberti

UN TIEMPO, UNA VIDA.

“Estos son los hechos; si uno los comprende, si toma conciencia de ellos, por fuerza surgen emociones artísticas eficaces y capaces de sensibilizar a la gente sobre estos grandes problemas”.

Roberto Rossellini

A las afueras de Madrid, se encuentra la Cañada Real, un barrio de chavolas donde familias gitanas llevan viviendo toda la vida. Aunque, ese hogar que ellos han construido para vivir con sus familias tiene los días contados, ya que los terrenos han sido vendidos, y los Gabarre-Mendoza, una familia formada por el matrimonio, cinco hijos, nuera y nieto, deberán abandonar una casa en la que han vivido cerca de veinte años y alojarse en una vivienda que les será asignada. La directora Isabel Lamberti (Bühl, Alemania, 1987), que ha trabajado en televisión y en el campo documental en sus cortometrajes, debuta en el largometraje con La última primavera, que viene a documentar esa última estación en que los Gabarre-Mendoza vivirán en la que ha sido su hogar hasta la fecha, y lo hace desde una mirada muy íntima y humanista, generando esa empatía con el espectador desde la distancia, sin caer en ninguna pirueta argumental o estridencias técnicas, sino despojando al relato de cualquier artificio, y generando esa posición de testigo privilegiado para conocer de una forma muy personal y profunda a cada uno de los integrantes del clan familiar.

No obstante, el arranque con el festejo del cumpleaños del nieto, el integrante más joven de la familia, ya deja clara la piña que son y las relaciones intrafamiliares que tienen. La directora alemana mezcla con ingenio y honestidad el documento propiamente dicho, capturando la cotidianidad de una familia y sus circunstancias, peor desde el prisma de la ficción, porque a poco que empieza la película, nos olvidamos de las raíces reales de sus protagonistas, y se va construyendo un planteamiento desde la ficción, en los que vamos conociendo las diferentes realidades del clan, empezando por el padre, entre idas y venidas con el problema de la luz, que siempre salta por su precaria instalación, y las diferentes reuniones con los agentes sociales para el realojo en una vivienda, la madre, preocupada por todos y alejada de sí misma, como dirá en un momento, el hijo mayor, alejado de la vida pendenciera, ahora, marido y padre de familia, y recogiendo chatarra junto a su padre, una de las hijas, a punto de parir, el otro hijo varón se debate entre su curso de peluquero y la vida delictiva, una hija preocupada por su imagen, y el más pequeño de los hijos, entre juegos con su “colega” del alma y luego, echándolo de menos, y por último, la nuera, en su nueva condición de madre, y las tensiones con su madre que le recrimina la vida en una chabola que lleva.

Lamberti sigue con su cámara la vida de esta familia, mostrando sus interioridades, sus relaciones que, a veces no resultan fáciles, con sus dimes y diretes, contando las posiciones y actividades de cada uno, con un naturalidad y aplomo que sorprenden de una debutante, porque la película respira vida, amor, intimidad y fraternidad, y sobre todo, humanismo, no del que hay que provocarlo, sino el que nace y muere cada día, el que la cámara de Lamberti recoge con su exquisita cercanía y transparencia. La directora no oculta sus referentes y además, los acoge de manera directa y muy personal, porque en La última primavera, encontramos la sabiduría y la mirada profunda del Renoir de Toni, el Rossellini y sus retratos de la vida y la sociedad italiana con Ingrid Bergman, o los arrabales y sus gentes que tanto le interesaban a Pasolini, o lo social en el cine de Eloy de la Iglesia y Carlos Saura, adentrándose en ese otro mundo, en ese universo donde familias enteras viven al margen de todo y todos, creando esa comunidad que vemos en la película, donde todos se ayudan y todos son uno, aunque sean con las continuas necesidades a las que tienen que hacer frente diariamente.

La película conmueve desde la sencillez y la humildad, muestra una realidad, unas vidas, con ese tiempo que se finiquita, para empezar otro del que todavía no sabemos qué ocurrirá, pero en el que asistimos como espectadores privilegiados, vemos el final de un camino, los últimos días viviendo de un hogar que dejará de ser para ser otra cosa, con la partida de esta familia, como vemos la despedida de otra familia, emparentada con la protagonista, y luego, con la visita a la nueva vivienda, con sus mejoras y sus tristezas, porque como menciona una de las agentes sociales, todo no son ventajas, la libertad que disfrutan en la Cañada Real, con sus campos abiertos, como quedará demostrado con los juegos de los chavales, y después su contraplano en la ciudad, cuando aburridos, miran a su alrededor lleno de ladrillo y poco terreno para correr. Lamberti ha construido una película sincera y magnífica, que traspasa por su mirada íntima y honesta sobre una de las tantas familias de un barrio que ha sido, y ahora, se está despidiendo para siempre, con el traslado de sus familias, que empezarán otra vida, y otro tiempo, en uno de los tantos barrios que se edifican en la ciudad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Traidores, de Jon Viar

MI PADRE ERA UN TRAIDOR.

“(…) Supongo que el cine me ayudaba a escapar de lo real. La vida cotidiana en aquellos años no era fácil para mí, en el País Vasco. MI padre era psiquiatra y psicoanalista lacaniano. Me animaba a ver películas y realizar mis guiones delirantes. Siempre fue un hombre recto y muy bueno, pero tenía un pasado… muy oscuro. Un pasado que siempre le persiguió. Un pasado del que nunca logró escapar. Lo que más me sorprendía ya entonces, es que para muchas personas mi padre era un traidor”.

El documental, por su estructura e idiosincrasia, es un espacio muy dado para hablar sobre la familia, desde un ámbito íntimo y profundamente personal,un ejercicio de investigación para rebuscar en el archivo doméstico para hurgar en el pasado de los padres y abuelos. Muchos relatos, historias y fábulas enterrados en el olvido que la película ayudará a que tengan esa luz que las circunstancias le han negado, y sobre todo, ayudan a entender mejor los avatares del pasado y sin lugar a dudas, a entender y las razones de los padres. Documentales como Nadar, de Carla Subirana, África 815, de Pilar Monsell, Mudar la piel, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández y Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón, entre otros, son algunas muestras de este proceso de búsqueda de los hijos con el pasado familiar.

Traidores, opera prima de Jon Viar (Bilbao, 1985), se centra en el pasado familiar de su padre Iñaki, y su pertenencia a ETA en aquellos años de mediados de los sesenta, su frustrado intento de bomba en la bolsa de Bilbao, su posterior detención, el proceso de Burgos, su condena a ocho años de prisión, su intento de fuga y demás relatos de aquella España franquista. Y no solo se queda ahí, el recorrido de la película abarca hasta nuestros días, con el abandono de ETA de Iñaki y su posición contraria a los asesinatos de la banda en tiempo de democracia. Viar hijo estructura su película mediante tres pilares básicos, el archivo familiar y el televisivo, su voz en off para, desde una posición íntima como todo lo que ocurría afectaba de forma personal a su familia y a él, con su toma de conciencia a medida que iba creciendo, y la filmación de los testimonios de antiguos camaradas de su padre en ETA y su posterior rechazo a la banda como Mikel Azurmendi, Jon Juaristi, Teo Uriarte, Ander Landaburu, Javier Elorrieta, Lucas Gortazar.

Los testimonios nos ayudan a entender cómo empezó ETA, como continuó, su posición ideológica, y sobre todo, el clima y la atmósfera tan dividida que se vivió casi medio siglo en el País Vasco. Traidores tiene el aroma de “El cuento del traidor y el héroe”, de Borges, donde el insigne escritor argentino recogía la delgadísima línea entre la ideología, las circunstancias personales, y la construcción del pasado. Porque la película de Viar quiere y consigue, de forma directa e íntima, hacer un recorrido exhaustivo desde lo personal, de todos los años desde que se formó ETA, con su antifranquismo, y después, con su lucha por la independencia vasca a punta de pistola, capturando unos testimonios esenciales que estuvieron al principio de todo, y después, su cambio ideológico y su postura ante los asesinatos de la banda. Traidores no es una película de inocentes y culpables, sino que se trata de un documento sincero y transparente de unos hombres que se creían nacionalistas y patriotas, y el tiempo, la cárcel y las actividades de ETA, les hicieron tomar posturas muy diferentes a las que creyeron en la juventud.

La película explica toda aquella atmósfera que durante tantos años se instaló en el País Vasco, donde la cotidianidad se veía muy alterada por las continuas amenazas de muerte a aquellos que criticaban las actuaciones de ETA, los escoltas, los asesinatos de conocidos o amigos, las bombas que explotaban cerca de casa, y demás tensiones, angustia y miedo. Traidores se suma a toda esa filmografía que, desde una perspectiva documental y profunda, recoge la complejidad del conflicto vasco con grandes títulos como Asesinato en febrero, de Eterio Ortega, La pelota vasca, la piel contra la piedra, de Julio Medem, El infierno vasco, de Iñaki Arteta, el citado Mudar la piel, sobre uno de los negociadores entre el gobierno español y ETA, y el más reciente, Non Dago Mikel?, de Miguel Ángel Llamas y Amaia Merino, que rescata la desaparición de Mikel Zabalza confundido con un etarra, entre otros. Solo son una muestra de las diferentes perspectivas y posiciones que los cineastas han asumido para abordar el tema, siempre desde una posición desde lo personal e íntimo, profundizando en los males del pasado y en todas las heridas provocadas y difíciles de cerrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Minari, de Lee Isaac Chung

LA TIERRA PROMETIDA.

“Siempre sueña y apunta más alto de lo que sabes que puedes lograr”.

William Faulkner

La palabra coreana “Minari”, se asocia a una planta o hierba de naturaleza muy peculiar y sorprendente, ya que el vegetal muere, para luego, tener una segunda vida en la que renace más fuerte. Una metáfora ideal para definir el devenir y las circunstancias de la familia coreana protagonista de la película. La historia nos sitúa a mediados de los años ochenta, en un pequeño pueblo de Arkansas, en la falda de las montañas de Ozark, cuando una familia coreana con padre y madre a la cabeza, y pre adolescente y niño, con problemas asmáticos, se instalan en una de esas casas con ruedas con la intención de cultivar vegetales coreanos para los comerciantes de la zona. El director Lee Isaac Chung (Denver, EE.UU., 1978), de padres coreanos, construye una película autobiográfica en torno a su infancia, cuando creció en Lincoln (Arkansas), en la que nos habla a partir de un tono lírico y muy cercano, sobre los avatares de esta familia, con un padre obstinado en cumplir un sueño que se antoja difícil porque es la primera vez que trabaja la tierra, tendrá la ayuda de un sesentón muy particular, una especie de outsider del pueblo, pero con gran sabiduría para la tierra, y por otro lado, el granjero tendrá la resistencia de su mujer, que no ve con buenos ojos la compleja empresa que quiere llevar a cabo, y luego, están los niños, que van a descubrir un mundo ajeno, pero la mar de estimulante.

La aparición de la abuela materna, tornará la cotidianidad más dificultosa, a la vez que enseñará a los más pequeños las costumbres y tradiciones coreanas, igual que le ocurrió al director en su niñez. La abuela, que llegará para ayudar a la familia, es una mujer muy independiente, malhablada, pero con un gran corazón. Chung compone una película muy apegada a la tierra, con esa realidad que se muestra fuerte y resistente ante los deseos del cabeza de familia, que deberá luchar a contracorriente y con muchas dificultades, ya sean naturales, económicas y familiares para seguir peleando por su sueño. Aunque, a pesar de esa tremenda realidad con la que continuamente están tropezando, el relato también encuentra su espacio para hablar de emociones, y lo hace desde la honestidad y la sensibilidad, desde lo humano, explicándonos todos los motivos que mueven a cada uno de los personajes, profundizando en esas similitudes y diferencias que hay entre el matrimonio y las diferentes miradas de cada uno de los personajes, nunca quedándose en la superficie de las cosas, sino escarbando con sabiduría para mostrar la complejidad de la condición humana, sin caer en ningún momento en lo burdo ni el sentimentalismo.

Minari es una película dura y sensible, con momentos poéticos y divertidos, en la que seguimos a modo de diario la fuerza y la valentía de un inmigrante que quiere hacerse un hueco en la difícil tierra que hay que trabajar diariamente y dejarse la piel en cada surco, y una infancia creciendo en la tierra y sus circunstancias. Una película que nos retrae inevitablemente a El hombre del sur (1945), de Jean Renoir, donde nos explicaban las dificultades de un hombre por sacar rendimiento a una tierra dura, resistiendo ante las dificultades naturales y económicas, y Días del cielo (1978), de Terrence Malick, en la que profundizaba en los obstáculos cotidianos de un grupo de inmigrantes trabajadores de la tierra. El buen reparto de la película entre los que destacan Steven Yeun (que habíamos visto en Okja, de Bon Joon-ho, entre otras), también coproductor de la cinta, como el padre luchador que persigue su sueño a pesar de todas las dificultades, Yeri Han, que hace el rol de madre, la otra cara, que mira por el bienestar de su familia y se preocupa por los destinos de la economía familiar, Noel Kate Cho, la hija mayor que cuida y ayuda en todo lo que puede, Alan Kim, el niño de la casa, que se sentirá muy cercano a la abuela, Yuh-Jung Youn, la cercana y divertida abuela que pondrá patas arriba el hogar familiar, y finalmente, Will Patton, el amigo y trabajador estadounidense, que ayuda a levantar el cultivo.

Minari está producida bajo el sello A24, la compañía de Brad Pitt, que ha producido a nombres tan ilustres como Egoyan, Sofia Coppola, Villeneuve, Lanthimos o Baumbach, entre muchos otros, ofreciendo un cine muy alejado de los cánones de Hollywood, más personal y humanista, en el que indagan en el trato humano de las historias y la autoría de los creadores, entre los que se encuentran Lee Isaac Chung, con varias películas de ficción y algún que otro documental a sus espaldas, en una película que se erige como una interesante mezcla entre sus dos culturas, la coreana y estadounidense, investigando todo aquello que les une y separa, y la dicotomía de vivir entre dos mundos, dos culturas y sobre todo, dos formas de vivir y hacer las cosas, que con Minari,  su nuevo trabajo hasta la fecha, logra hablar de los grandes temas de la vida y la condición humana, desde lo más íntimo, a través de una familia coreana que debe vencer muchos obstáculos, como la inmigración, las dificultades económicas, los acondicionamientos naturales, y sobre todo, saber llevar a nivel familiar todo aquello que el exterior les pone en contra, con entusiasmo, valentía, y sobre todo, juntos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ingride Santos

Entrevista a Ingride Santos, directora de la película “Beef”, en la Plaza Catalunya en El Prat, el jueves 25 de de febrero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ingride Santos, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Carla Sospedra, productora de la película, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Marta Figueras y Susana Guardiola

Entrevista a Marta Figueras y Susana Guardiola, directoras de la película “Descubriendo a José Padilla”, en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 4 de febrero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Figueras y Susana Guardiola, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Toni Espinosa de los Cinemes Girona, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Aleixo Paz

Entrevista a Aleixo Paz, protagonsita de la película “El niño de fuego”, de Ignacio Acconcia, en Nanouk Films en Barcelona, el viernes 22 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aleixo Paz, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Marta Borrell

Entrevista a Marta Borrell, protagonista de la película “Una luz en la oscuridad”, de José M. Borrell, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 18 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Borrell, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

El niño de fuego, de Ignacio Acconcia

VIVIR DESPUÉS DEL FUEGO.

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”.

José Saramago

Cuando solo tenía 8 años, Aleixo Paz se quemó el 90% de su cuerpo en un fatídico accidente. Ahora, en plena adolescencia, sus días pasan en casa componiendo música rap, consumido por la rabia y los dolores físicos, debidos a las secuelas del fatal accidente que le han llevado a someterse a más de 40 operaciones. En la pequeña localidad de Salt (Girona), Aleixo vive con su madre, busca trabajo, visita continuamente el hospital, ve a sus hermanos y amigos, e intenta que la rabia y el dolor que siente, le dejen vivir un poco. El director Ignacio Acconcia, después de graduarse en la ESCAC, y pasar por el Máster de Documental de Creación de la UPF, donde tuvo como docente al gran cineasta, Viktor Kossakovski, con el que participó en la película conjunto Demostración (2013), hace su debut en el largometraje documental con El niño de fuego, el A.K.A. de Alexio Paz cuando se sube a rapear.

Acconcia nos sumerge en el relato de un adolescente que cumplirá 18 años durante la filmación de la película, que abarcó cinco años, en el que conoceremos el trágico pasado de Alexio, y su realidad más cotidiana. La película es de una sinceridad e intimidad abrumadoras, olvidándose del físico cicatrizado de Alexio, y centrándose en su alma, un interior roto, lleno de magulladuras y cicatrices, de las que hacen más daño, de alguien que vive arrastrando un dolor y rabia inmensos. Aunque la película muy sabiamente se aleja del producto convencional de superación y sentimentalismo, para centrarse en un viaje muy profundo y sensible, donde el joven va depurando toda esa rabia en la música rap, de la mano de su mentor musical Isaac Real “Chaka”, y también, la ayuda emocional por parte de Jan Millastre, Presidente de “Kreamics”, la Asociación de Quemados creada en Cataluña, una especie de hermano mayor que conoce muy bien lo que es vivir después del fuego.

El director afincado en Barcelona, demuestra un pulso narrativo envidiable y lleno de sabiduría, porque maneja muy bien el ritmo y la delicadeza de su relato, anteponiendo la humanidad de todo lo que cuenta, con esos planos de seguimiento filmando los desplazamientos y encuentros de Alexio. El niño de fuego se destapa como una magnífica lección de humanismo, centrada en esa difícil transición entre la infancia a la edad adulta, entre dejar la adolescencia y aceptar que las cosas funcionan de forma diferente, que ya es un estado complicado para cualquier persona, y más, cuando hemos sufrido un accidente que nos ha desfigurado el rostro y el cuerpo, y debemos trabajar en ese proceso de aceptación, encontrando y encontrándonos esa “ilusión” o “estimulo” para seguir cada día, de la que habla Jan, en la impresionante conversación que mantiene con Alexio. Acconcia se destapa como un director soberbio y humanista, sin guiar su relato y mucho menos su narración, que emana sencillez y cercanía, dejando al espectador espacio libre para que mire su película sin acritud y desprejuiciado, mostrando a un joven que debe seguir peleando por la vida, aunque emocionalmente siga lleno de rabia y dolor.

Un relato donde también hay humor y sentimientos, de los que tocan fuerte, de los que animan a seguir peleando por la vida, generando esa ilusión que a veces nos da esquinazo, llenando los días de objetivos que nos ayuden a levantarnos y pelearnos con nuestros sueños o pesadillas. Alexio con su extrema sencillez, humildad, y su parquedad en palabras, demuestra que hasta las cosas más difíciles y aquellas que cuestan tanto, siempre se pueden reconducir a la música, en este caso el rap, para expulsar toda la rabia y el dolor acumulados, demostrando una vez más que el arte es la mejor terapia para ahuyentar los fantasmas y hacer frente a los miedos e inseguridades. La experiencia de ver una película como El niño de fuego es extraordinaria y vitalista, nos acompañará durante mucho tiempo, y sobre todo, nos hará mirarnos a nuestro interior y a no dramatizar con nuestros problemas, ya que quizás no son tan importantes como creíamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA