Entrevista a Pedro Pinho, director de la película «La risa y la navaja», en el hall del Zumzeig Cinema en Barcelona, el miércoles 23 de abril de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Pinho, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por hacernos el retrato, y a Iñigo Cintas de Nueve Cartas Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Entre colonizador y colonizado no hay más lugar para la concentración que el del trabajo forzado, la intimidación, la presión, la policía, el robo, la violación, los cultivos obligatorios, el desprecio, la desconfianza, la altanería, la suficiencia, la grosería, élites descerebradas, masas avasalladas”.
Aimé Césaire
Con La fábrica de nada (2017), el director Pedro Pinho (Lisboa, Portugal, 1977), sorprendió a propios y extraños con una película radical en su forma y contenido, amén de tres horas de duración. Una obra compleja, magnífica y asombrosa que profundiza en las actividades sociales, humanas y políticas de unos trabajadores que quieren luchar por sus empleos cuando la dirección quiere cerrarla. Una película sobre la política más cercana, más mundana, la del día a día, la política que nos afecta a todos, la que se ejerce desde la palabra y los hechos, desde la dignidad que le queda al que quieren arrebatársela. En La risa y la navaja, el cineasta lisboeta mantiene muchas de las reflexiones y postulados que guiaban la citada película, porque vuelve a producirla a través de la cooperativa Terratreme Filmes, como indican los diez integrantes del guion de la cinta. La política más íntima vuelve a ser piedra angular de la trama, y sobre todo, se estructura a partir de la herencia colonialista y las contradicciones entre colonizador y colonizado.
La acción arranca con la llegada de Sergio a una metrópolis ubicada en África Occidental, más concretamente en Guinea-Bissau, antigua colonia portuguesa, para trabajar como ingeniero medioambiental en una ONG en una gran construcción que conectará el desierto y la selva. Allí, se encontrará una sociedad cosmopolita, diversa y en constante tensión, en la que los conflictos postcolonialistas están muy presentes, y se encenderán las diversas posiciones entre los de fuera, que llegan con todas las buenas intenciones del mundo, casi siempre equivocadas, los de dentro, con sus problemas y sus diferencias, y las comunidades periféricas con sus posturas tan iguales y antagónicas. Un microcosmos en el que Sergio encontrará algo de refugio en la relación con Diara y Gui, donde explorará temas como la identidad y el género, a través de lo físico, con unos cuerpos en ebullición y unas ideas en constante cambio y enfrentadas. Las atmósferas asfixiantes y caóticas que alimentan las novelas de Conrad están muy presentes a partir de tipos que huyen y terminan más perdidos y deambulando por un microcosmos tan extraño como cotidiano, que no comprenden y se muestra caótico, y la mirada de Antonioni, en mostrar un paisaje tan desértico en lo físico como en lo emocional, y la devastación de los cuerpos y los lugares, tan deshumanizados que sus perdidos personajes acaban por no identificar, como le sucede al protagonista.
La cinematografía del brasileño Ivo Lopes Araújo, que ha trabajado bajo las órdenes de grandes nombres como Gabriel Mascaro, Chico Teixeira, Sandra Kogut y Tiago Melo, entre otros, bajo la textura y el grosor del 35 mm, cimenta un ambiente íntimo, que traspasa la pantalla, con sus agitaciones y tensiones, con ese enmascarado thriller que ayuda a seguir el no (viaje) de Sergio, en su odisea diaria de (re) encuentro con el otro/a y quizás con sí mismo, o lo que creía de él. La estupenda música, tan variada y celebrada, como las imágenes que acompañan la historia, genera esa idea de atmósfera asfixiante y tensionada que parece que vaya a estallar en cualquier instante, donde el movimiento es constante creando ese microcosmos tan cercano como alejado. El magnífico trabajo de sonido de Jules Valeur con más de medio centenar de títulos, y las mezclas de Pablo Lamar, construyen los sonidos y ruidos de una ciudad que contrasta con la paz y el vacío de las comunidades. El excelente montaje que firman Rita M. Pestana, Karen Akerman, Cláudia Oliveira y el propio director, conjugan con gran inteligencia y detalle los 210 minutos de metraje que, resultan muy entretenidos, y aunque parezca lo contrario, muy cortos, por la cantidad, densidad y elementos que conforman una historia grande y sencilla a la vez.
Al igual que ocurría con el grandísimo elenco de La fábrica de nada, con unos trabajadores que miraban y nos miraban de verdad, sin condescendencia ni magulladuras argumentales, sino ejerciendo una honestidad que así se transmitía a cada uno de los espectadores. Un reparto en el que confluyen intérpretes profesionales como Américo Silva, Carla Galvâo y Dinis Gomes, con otros que se ponían por primera vez delante de una cámara. en La risa y la navaja se trabaja a partir de la misma premisa, porque encontramos a actores como la sinceridad del protagonista que hace Sérgio Coragem, habitual del cineasta Pedro Cabeleira, la especial Cleo Diára, haciendo de Diara, uno de esos personajes camaleónicos y fascinantes que eleva la película cada vez que llena cada encuadre, y la gran sorpresa del debutante Jonathan Guilherme como Gui, un personaje apabullante por su colorido, su ternura y su sexualidad. Y el resto del reparto, tan natural como generoso, que engrandece una película que muestra las diferentes realidades, tan diversas como complejas de un país africano, azotado por cientos de conflictos, que todavía arrastra tantos errores del pasado, con un neocolonialismo que sigue ejerciendo un poder real y aplstante que deja poco espacio para la libertad de una gran mayoría.
A pesar de la apabullante de cine estrenado cada semana que invaden las pantallas, cuesta encontrar cine que mire a la realidad que nos abruma diariamente, y sobre todo, un cine que arriesgue, que se cuestione a sí mismo, y también, no se regodee en su forma y contenido, sino que siga explorando nuevas formas de mise en scène y demás aspectos que hagan de lo contado una mirada personal, de verdad y humanista. Así que, una película como La risa y la navaja (“O riso e a faca”, en el original), es un gran ejemplo de un cine resistente, por lo que cuenta, por cómo lo hace y por su radical duración. Un cineasta como Pedro Pinho es una gran alivio para muchos amantes del cine, entre los que me incluyo, porque evidencia esa creencia tan denostada como magullada en estos tiempos que, el cine es un buen vehículo para hablar de lo que somos, de nuestras mierdas y demás oscuridades. Y por ende, un gran refugio para soportar una sociedad tan clasista, tan estúpida y tan miserable que va a velocidad de crucero pisoteando y atropellando a todo aquel que muestra contrariedad y disiente ante tamaño descalabro, que se detiene y reflexiona, mostrando una actitud revolucionaria como los empleados de La fábrica de nada o los Gio y Diara de La risa y la navaja, personas/personajes alegres y tristes, pero nunca rendidos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Mary Anning es probablemente la fuerza recolectora más importante (e insuficientemente reconocida) en la historia de la paleontología”.
Stephen Jay Gould, paleontólogo estadounidense
Somos una especie que habla mucho de ejercitar la memoria pero no la práctica, porque vivimos apegados al instante y olvidamos con demasiada frecuencia a personas y sus momentos relevantes. A lo largo de la historia encontramos muchos nombres que han quedado en el olvido, personas que, por su capacidad quedaron absorbidos por su tiempo y no reconocidos en vida, situación que sucedió con la mayoría de mujeres libres y luchadoras. Es el caso de Mary Anning (1799-1947), la primera paleontóloga reconocida, además de recolectora y vendedora de fósiles en la Inglaterra del siglo XIX, conocida por sus descubrimientos de los lechos marinos del Jurásico en su localidad natal de Lyme Regis, una pequeña localidad costera del sur de Inglaterra. Hace seis años se estrenó Ammonite, de Francis Lee, que recogía una parte de la vida de Mary Anning y su amor con Charlotte Murchinson en la Inglaterra conservadora y religiosa del XIX.
En Mary Anning y la playa de los dinosaurios, de Marcel Barelli (Lodrino, Suiza, 1985), se sitúa en la infancia de la futura paleontóloga cuando tiene 12 años y vive en la mencionada Lyme Regis, una pequeña sociedad religiosa y cerrada que obedece al reverendo que también es el maestro de los niños y niñas, cosa que choca con el temperamento y tenacidad de la niña Mary que duda de todo ese mundo que predica vehemente el citado sacerdote. La niña que recoge fósiles con la ayuda de su padre y hermano, sufre un shock con la muerte accidental del padre, además de las deudas de su familia, y un enigmático dibujo que la lleva a la búsqueda de un tesoro. Estamos ante una película que bebe mucho de La isla del tesoro, de Stevenson, porque somos testigos de una niña que deberá enfrentarse a los adultos para comprender las reglas sociales y los conflictos de los adultos. Con un guion honesto y brillante, en el que se habla de problemas personales y sociales, desde una perspectiva humana y nada condescendiente, hablando de temas como la muerte, la falta de dinero y demás asuntos interesantes. Un guion firmado por el dúo Magali Pouzol, que la conocemos por su trabajo en Funan, de Denis Do, y Pierre-Luc Granjon, coescritor de El secreto del herrerillo, de Antoine Lanclaux, el anterior estreno de los Pack Màgic.
Un gran trabajo técnico compuesto por infinidad de dibujos pintados a mano animados por la suiza Maëlle Chevallier, en el que se prima la naturalidad, la belleza y la composición reposada y suave. El magnífico montaje de sonido por Jérôme Vittoz, toda una leyenda que ha trabajado en más de 90 títulos, muchos de ellos de animación, entre los que destaca La vida de calabacín, entre otros. La excelente música de Shyle Zalewski, una composición anacrónica llena de pop punk que resulta una fuerza diferente que se fusiona con las imágenes sencillas y visuales de la película. El montaje es del propio director y Julie Brenta, una magnífica editora que ha trabajado con cineastas de prestigio en la cinematografía francesa como Ursula Meier y Guillaume Senez, con el que ha edificado un gran trabajo de colaboración a lo largo de varias películas. Una historia de 72 minutos de metraje que se ve con mucha cercanía y sensibilidad, que se mete de lleno en varios géneros que van desde el drama social, las aventuras, las películas con niños llenas de humanismo y nada complacientes, y además, una cinta que reivindica la figura de una grande como Mary Anning, una olvidada de la historia como muchas otras que esperan ser reconocidas su lugar de la historia.
Amén del personaje de Mary Anning, tenemos a su adorable y cercano hermano, la bondad del padre, una madre desesperada que intenta por todos los medios salir a flote, que no será nada fácil. Y luego los que ayudan a Mary en su loca aventura de encontrar su tesoro-fósil particular, como el pequeño Henry, un niño que se apunta a mil y una aventuras sin miedo. Fanny Miller, una compañera de clase, tan oveja negra como Mary, que le ayudará por su hobby. Elizabeth Philpot, una científica que lucha por ser reconocida en su profesión, un azote que sufrían todas las mujeres que querían hacer cosas diferentes. El Capitán Curioso, un lobo marino, solitario y cascarrabias, con un pasado detrás que le ahoga, echará una mano a Mary y los demás en su afán de aventura y hallazgos. Y finalmente, el “malo” que no es otro que el reverendo, que se erige en figura de la religión como institución conservadora que inutiliza cualquier idea que contradiga su pasado y su credo. Si desean pasar un rato agradable, aprender un poco de historia y saber quién era Mary Anning, y sobre todo, comprobar que la voluntad y la tenacidad y el sueño de una niña de 12 años pueden remover el pasado y de qué forma, su película es Mary Anning y la playa de los dinosaurios, un film de verdad y muy honesto y audaz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Ramón Lluís Bande, director de la película «Retaguardia», en el marco del BCN Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Plaza en Barcelona, el miércoles 2 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramón Lluís Bande, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y al equipo del festival, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Nunca se es demasiado viejo para fijarse otra meta o soñar un nuevo sueño”.
C. S. Lewis
Hay muy pocas películas sobre la vejez, y las que hay, salvo contados excepciones, pertenecen a su ocaso, centradas en la nostalgia, los recuerdos y la falta de futuro. Por eso, celebramos con gran entusiasmo el estreno de una película como El sendero azul (en el original, “O último azul”), porque su protagonista Tereza de 77 años, que trabaja en un centro industrial de carne de caimán, se enfrenta a que el estado la jubila y la envía a una colonia para personas de su edad, y así dejar espacio para los más jóvenes. Ante ese panorama, la mujer hace lo imposible para escabullirse de la decisión del gobierno, y decide emprender una huida por el río Amazonas en busca de su sueño, que no es otro que volar. Una decisión que la llevará a embarcarse, y nunca mejor dicho, en una gran aventura llena de descubrimientos tanto físicos como emocionales, en los que crecerá como persona y, sobre todo, la sumergirá en la vida por primera vez, en vivir en libertad, en vivir plenamente, y en vivir como ella quiera frente a la ley que nos obliga a producir y no ser.
El director Gabriel Mascaro (Recife, Brasil, 1983), que arrancó su filmografía dirigiendo documentales como Avenida Brasilia Formosa (2010) y Doméstica (2012), entre otros, y ficciones vistas por estos lares como Vientos de agosto (2014), Boi neon (2015) y Divino amor (2019), en las que miraba con sentido y crítica lo rural en las dos primeras, y la evangelización de su país con la llega del conservador Bolsonaro al poder. Con El sendero azul, coescrita por Tiberio Azul y el propio director, mezcla muchas cosas diferentes: tenemos el género fantástico, con el líquido azul de un caracol que hace ver cosas futuras, la crítica social, con una sociedad obsesionada con la productividad, el viaje íntimo y personal, con una abuela que se niega a ser un florero y quiere luchar por convertir sus sueños en realidad, y por último, la realidad y contradicciones del río Amazonas, en relación a esa imagen romanizada del foráneo. Y todo, eso en una estructura que bebe mucho del viaje, o cómo la llaman los estadounidense, las road movies, esas historias donde lo importante es el viaje, como el Ulises de Homero, el origen de todo, el héroe, en este caso, la heroína Tereza que quiere seguir soñando en pos a una sociedad estúpida y enloquecida en lo físico y vacía en lo emocional.
El apartado técnico de la película está concebido como las aventuras de antes, con la Panavision como encuadre y el formato de 1.33 y 4/3 que ayuda a penetrar con más naturalidad e intimidad en las relaciones de los diferentes personajes en cuestión, en una cinematografía llena de luminosidad asfixiante y llena de neones durante la noche que firma el mexicano Guillermo Garza, habitual del director Humberto Hinojosa Ozcáriz. La música del mexicano Memo Guerra llena de melodías que mezclan lo misterioso con lo cotidiano se fusiona con gran habilidad con la atmósfera del Amazonas, un personaje más y tan lleno de misterio, tan industrial, tan denso y tan cosmopolita. El montaje que firman la pareja el mexicano Omar Gúzman, habitual de la directora Lila Avilés y el documentalista Javier Toscano, y el chileno Sebastián Sepúlveda, con una gran carrera al lado de cineastas tan reconocidos como Sebastián Leilo, Marialy Rivas y Pablo Larraín, ejecutan una edición concisa, libre y llena de detalles, que consiguen que sus 86 minutos de metraje se vean con interés, en una trama que aborda el género para introducir elementos cercanos y ajenos en una fábula protagonizada por abuelas llenas de vida, entusiasmo y amor por el ser y la vida que ya lo quisiéramos la mayoría.
Para el apartado interpretativo, Mascaro se ha rodeado de un grupo que transmite una naturalidad y sensibilidad en sus respectivos personajes que hacen que la película vuele muy alto. Tenemos a la protagonista Tereza que hace una fascinante y poderosa Denise Weinberg, con más de un cuarto de siglo de carrera al lado de nombres como René Guerra, Sergio Machado, Sergio Rezende, entre otros. Su Tereza es un personaje inolvidable, una mujer de 77 tacos con una vitalidad, fuerza y resistencia que construye una rebeldía que la hace decir NO, y seguir, a pesar del gobierno, de su hija y de una sociedad con miedo a protestar. Su lucha pequeña e invisible es uno de los actos de amor a la vida y al ser humano tan emocionantes y tan poco habituales en la gran pantalla. El actor brasileño Rodrigo Santoro, con más de tres décadas de carrera al lado de grandes directores como Walter Salles, Héctor Babenco, David Mamet, Pablo Trapero, Steven Soderbergh, Fernando Meirelles, entre otros. Su Cadu es una especie de Robinson Crusoe del río, tan lunático como terrenal, uno de esos vaqueros de Peckinpah, tan gastado como humano. La actriz cubana Miriam Socarrás es Roberta, la otra abuela, la compañera de fatigas de Tereza, otra resistente, rebelde y amante de la vida y del río, y por supuesto, de su barco, que es todo su mundo y su vida. Sólo me queda decirles, que no lo piensen más, y se descubran El sendero azul, de Gabriel Mascaro, cine de calidad, cine humanista, cine sobre la vejez, cine sobre los sueños por hacer y cine de verdad del que habla de lo que nos sucede en nuestro interior de un modo tranquilo, sensible y lleno de amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Hay que perder para ganarnos, aunque también lo hayamos perdido todo”.
Eduardo Ramírez
Si pudiéramos hacer una radiografía emocional de los personajes masculinos de las películas de David Trueba (Madrid, 1969), veríamos a tipos sensibles, algo o muy solitarios, frustrados en un empleo insatisfactorio, y sobre todo, individuos incapaces de amar y por ende, ser amados, aunque lo intenten con todas fuerzas, o lo que es lo mismo, como buenamente pueden. El director madrileño adapta su propia novela “Blitz” situándonos en la piel de Miguel que, en Siempre es invierno es la virtud de ese chico triste y solitario, que cantaba Antonio Vega, alguien que anda de aquí para allá, sin ilusión, sin pasión y sin estar convencido de nada ni de sí mismo. Se presenta al concurso de paisajismo más que nada para hacer acto de presencia, en la lejana Lieja, en Bélgica y en invierno. Una ciudad tan fría y desangelada como el estado de ánimo de Miguel, que acaba de saber que Marta, su pareja los últimos cinco años, se ve con su ex y lo acaba de dejar. Ante tamaña mierda, Miguel decide pasar su duelo en Lieja, por unos días o por más, quién sabe. Después de este sencillo y determinante prólogo, la película empieza y no por los cauces de ese tipo de películas de personas que se recuperan tan rápido y se vuelven a enamorar de pronto, otra vez.
Después de la excelente Sabe aquell (2023), sobre el famoso humorista y cómo se convirtió en Eugenio junto a su mujer, y El hombre bueno (2024), donde un aislado de la vida ayuda a una pareja a separarse. Dos películas sobre hombres que aman la vida pero también la odian, en esa dicotomía encontramos a Miguel, y sus cosas, que no está muy alejado del Woody Allen de los setenta, cuando protagonizaba sus propias películas. Podríamos decir que estamos ante una comedia, también una romántica, pero las de verdad, las que vemos al protagonista con mil dudas y tan cercano que asusta. De lo que sí estamos seguros es que la propuesta de Trueba hable de todos nosotros, de todas nuestras imperfecciones, complejidades y tristezas, que las hay, de cómo nos vemos en el espejo, sí es que nos vemos de verdad, porque Miguel es un tipo que está en el trabajo equivocado, en la relación equivocada que, seguramente, no dirige sus pasos hacia esos lugares donde sí que estaría mejor o simplemente, tranquilo, en paz, y no a la greña como siempre anda. Trueba no hace una película triste ni aburrida, reposada y suave sí, porque le mete las dosis de ironía y de sarcasmo, en una película con muy mala uva, pero nada gruesa ni salvaje, sino con esa idea de reírse de todo empezando por uno mismo.
Como es habitual Trueba se ha acompañado de un equipo muy bueno empezando por los productores Jaime Ortiz de Artiñado de Atresmedia Cine y Edmon roch de Ikiru Films, que ya estaban en la citada Saben aquell, la cinematógrafa Agnès Piqué Corbera, que conocemos por Canto cósmico. Niño de Elche, Mientras seas tú, La imagen permanente, Las novias del sur y la reciente Esmorzar amb mi, entre otras. Su luz juega mucho con los contrastes, es fría y cálida, es íntima y alejada, lo que define el estado de ánimo de Miguel y esa sensación de estar perdido conociendo una salida que no le gusta nada. La música de Maika Makovski, que hizo la de A quién hierro mata, de Paco Plaza, es muy suave, que traspasa con cada melodía, ayuda a seguir las excentricidades emocionales de Miguel y su incapacidad para ser él sin arrastrar tanta melancolía y nada, a la vez. Y por último, la presencia de la editora Marta Velasco, una habitual de la Trueba Factory, con más de medio centenar de títulos, entre los que se incluyen 13 trabajos con David Trueba, compone una balada triste o simplemente, una canción de blues muy azul, con tonos muy oscuros, pero con algún destella de comedia agridulce, de esas que hablan tanto de lo que somos y no seremos, en sus reposados 100 minutos de metraje.
En el apartado interpretativo encontramos a un David Verdaguer como el complemento perfecto en el universo de David Trueba, con el que repite después de la gran experiencia de hacer de Eugenio en la mencionada Saben aquell, que le valió todos los premios habidos y por haber de aquel año. Su Miguel le va como anillo al dedo, porque le insufla verdad, perdonen que me ponga tan pesado con la palabra, y humanidad, es decir, muy cercano porque nos vemos reflejado en sus cosas: quedarse helado sentado en un parque muriéndose de frío, su inmadurez tan típica de los soñadores y los realistas de cajón, y esa mirada que recorre todas las inseguridades existentes y las que se inventa. Amaia Salamanca es Marta, la novia que lo deja, la cansada de estar tirando tanto de su chico, su “tirita”, y cuando la vean sabrán porque lo digo, y que se convierte en una gran bendición para Miguel, aunque él todavía no lo sepa, siempre nos cuesta ver lo que nos conviene al momento de producirse. La actriz francesa es Isabelle Renaud, una gran intérprete con una espectacular filmografía que la ha llevado a trabajar con grandes como Angelopoulos, Mihalkov, Chéreau, Doillon, Breillat y Dupeyron. Ella es Olga, la madura que rescata a Miguel en todos los sentidos, y lo dejó ahí, que hablo demasiado. No puedo olvidar las presencias de Jon Arias, el rival del paisajismo de Miguel, Vito Sanz, en una escena marca de la casa, y Violeta Rodríguez como recepcionista de hotel, ya verán dónde.
Estoy convencido que a muchos espectadores les parecerá Siempre es invierno una película demasiado fría y distante, y tendrán razón, porque lo es, aunque eso no es nada contraproducente, porque David Trueba sabe generar esa distancia aparente con el espectador y también, mucha cercanía, pero de otro modo, ya que el personaje acaba resultando entrañable y nada presuntuoso, él se conoce torpe en muchas cosas, en la mayoría, aunque también es un tipo adorable, cuando no siente pena de sí mismo, y Verdaguer le da cuerpo y alma, quizás en la piel de otro, no daría esa sensación de altibajos emocionales, donde la vida es un trozo de grisura y un bosque lleno de oscuridad, pero si miramos desde otro ángulo, lo es más, sí, pero podemos ver otras cosas, menos duras, menos afiladas y tener la capacidad de reírnos de todo y de nosotros mismos, porque esos (des) amores inesperados o eso que nos creemos, nos voltean eso que llamamos vida o existencia, y nos hacen más estúpidos, más (des) ilusionados y sobre todo, nos hace más humanos, porque por mucho que planeamos lo que hacemos, eso que llamamos vida viene a desmontarlo todo y reconstruirnos cada vez con menos trozos, pero aún así, no tenemos más remedio que seguir, y volver a empezar, volver a empezar… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”.
Simone de Beauvoir
Esta es la historia de Bella, una mujer que ha crecido con un padre que no la quería y una madre que los abandonó. También, desgraciadamente, es la historia de muchas mujeres. Mujeres como ella que conocen a alguien que las ama, o eso parece, y las despoja de su vida y las convierte en su mujer, en su esclava, en su criada, en su amor y su odio, y su frustración. La semana que se conmemora el día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer el pasado 25 de noviembre nos llega Bella, de Manuel H. Martín (Huelva, 1980) y Amparo Martínez Barco (Sevilla, 1981), una película de animación de gran factura visual y directa que quiere llegar a todos los públicos, sobre todo, al más joven, para concienciar de la mayor lacra de nuestro tiempo. Inspirada libremente en la vida de Ana Bella Estévez, víctima de malos tratos, creó la Fundación Ana Bella y la Red de Mujeres supervivientes en España.
La pareja de directores al frente de Bella la componen el director de algunas de las obras de animación más importantes de este país como 30 años de oscuridad (2011) sobre Manuel Cortés, el alcalde Mijas escondido en su casa durante el franquismo con la voz del gran Juan Diego, y El viaje más largo (2020), en el que indaga sobre la primera vuelta al mundo que protagonizaron Magallanes y Elcano, y el documental La vida en llamas (2015), donde exploró la cotidianidad de tres bomberos forestales de élite en Andalucía. Martínez Barco lleva trabajando en el departamento de efectos visuales en más de 25 películas y series como Secaderos, de Rocío Mesa y Los tortuga, de Belén Funes, y muchos títulos de Alberto Rodríguez y Santi Amodeo. Con Bella debuta en el largometraje como directora, a partir de un guion del propio H. Martín y Carmen Jiménez, que la conocemos por haber trabajado en Adiós, de Paco Cabezas y series como La novia gitana y La Mesías, y haber dirigido el largo Hoy es todavía (2024). A través de un estilo sencillo y muy directo, y de una gran economía de tiempo, la película es muy breve, apenas 63 minutos, donde la trama avanza sin ataduras donde prevalece lo esencial.
El director de animación es Lisandro Bauk y el cinematógrafo Hilario Abad, que dirigió Parasceve, retrato de una Semana Santa (2021), y el montaje del propio Mauel H. Martín es sumamente clara y transparente, para así mantener la atención frontal del espectador, sobre todo, el de los jóvenes, que están sobreestimulados con tanta tecnología y los stories infinitos y fugaces que contaminan las redes sociales. Por eso, es clara la idea de la película, sin rodeos ni atajos, centrándose en el tema y con un desarrollo muy de frente que traspasa la pantalla, con un lenguaje sencillo y nada farragoso, que cualquier espectador lo pille a la primera. En ese sentido, juega un papel fundamental la banda sonora de la película que firma Beatriz López Nogales, que la conocemos por haber trabajado en las películas y series como Alardea (2020), Los últimos románticos (2024) y Detective Touré (2024), todas dirigidas por David P. Sañudo, amén del temazo “Nunca fuimos 2”, que encabeza este texto, y que deja clara la dirección de la película y los temas tan sensibles que toca, la vida y el horror que vive Bella, como tantas mujeres en tantos países. No se busca la denuncia así sin más, sino que nos sitúan en la mente y el cuerpo de una mujer que no ve su realidad y está metida en un horror que le parece normal para así que el público tome conciencia.
La elección de dos magníficos intérpretes como Michelle Jenner y Víctor Clavijo que ponen sus voces a los protagonistas, la mencionada Bella y Ponce, la pareja de Bella que se va convirtiendo en un monstruo cotidiano. También escuchamos las voces de Juan Carlos Villanueva y Gema Abad en otros personajes del entorno de Bella. Una película que mezcla con inteligencia la cotidianidad con el terror de Lovecraft y esos monstruos con tentáculos que van ahogando a la protagonista genera una idea directa y clara sobre el dolor y sufrimiento de Bella. Me ha encantado la propuesta de Bella, de Manuel H. Martín y Amparo Martínez Barco, porque va a ayudar a que espectadores más jóvenes se acercan a ella y conozcan la horrible experiencia de una mujer maltratada por su marido, y la dificultad que tienen para sobrevivir y poder huir de esa no vida que a muchas las mata y a otras, las deja traumatizadas, y muchas más, lo pueden contar como la verdadera Bella. Bella es una película muy dura, pero vital para que muchos y muchas abramos los ojos y nos concienciemos del horror que viven muchas mujeres que, por desgracia, son muchas. Me encantaría que la película abriera mentes y cambiemos esta situación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Mal que les pese a quienes dicen que el socialismo es una idea foránea, nuestra raíz más honda viene de la comunidad, la propiedad comunitaria, el trabajo comunitario, la vida compartida y tiene la solidaridad por centro”.
Eduardo Galeano
En el panorama cinematográfico actual cuesta encontrar una película que sea diferente, no en el sentido de ir a la contra, sino de apostar por una idea que tenga carácter, potencia y sensibilidad, y sobre todo, que no se aparte demasiado de los problemas reales de tantas familias y tantos niños. Olivia y el terremoto invisible, de Irene Iborra Rizo (Alicante, 1976), es de esas películas a contracorriente por muchas razones: está hecha en stop motion, la protagonizan muppets que son unos niños rebeldes ante la injusticia de no tener casa, y sobre todo, es una película social, del aquí y ahora, centrada en el drama de tantas personas que no pueden pagar los precios abusivos de su vivienda y se ven abocados a vivir de okupas con muy pocos recursos. Tres elementos en los que sustenta una cinta que, además, desprende humanidad y cine de verdad, bien hecho y nada complaciente.
La directora lleva dos décadas dedicadas a la técnica de stop motion y en su ópera prima se revela como una cineasta de gran fuerza y muy sensible a la hora de abordar una historia que no cae en el desánimo ni en la desesperación, sino todo lo contrario, en acercarse a sus jóvenes personajes, a esa idea de comunidad, de familia entre seres de muchas partes del mundo que comparten una vida dura, llena de problemas y de desheredados. Basada en la novela infantil “La película de la vida”, de Maite Carranza, que coescribe junto a la directora y Julia Prats, conocemos a Olivia, una niña que se ve abocada a la expulsión de su casa junto a su hermano pequeño Tim y su madre Ingrid, una actriz en horas muy bajas. La película se posa en la mirada de Olivia que, ante tremendo conflicto, se inventa una idea para que el drama no sea tan heavy para su hermano, y además, ante los momentos más oscuros, el mundo se le parte en dos y la absorbe hacía unas profundidades que dan mucho pavor. La historia combina lo humano, con lo trágico y lo fantástico, con una intimidad que traspasa la pantalla en la que la “familia” de la hablamos un poco más arriba, se juntan en uno y luchan en compañía, un elemento que hace la película muy revolucionaria y ese cariz de diferente, porque ante los abrumadores problemas que tiene frente a sí, optan por ayudarse a pesar de sus diferencias culturales, políticas y demás.
Este film tiene una gran factura técnica y visual que ha significado un enorme esfuerzo que ha aglutinado compañías de cinco países diferentes: España, Francia, Bélgica, Suiza y Chile, y algunos de los mejores técnicos internacionales de la stop motion como los animadores Tim Allen y César Díaz, que han trabajado en grandes producciones como Frankenweenie (2012), de Tim burton, Isle of Dogs (2018), de Wes Anderson y Pinocho (2022), de Guillermo del Toro, entre otras. El diseñador de personajes Morgan Navarro que ha hecho La vida de Calabacín y Sauvages, ambas de Claude Barras, el artista fx Xavi Bastida de El laberinto del fauno y La sociedad de la nieve, los muppetmakers Sonia Iglesias, Víctor Villalba y Eduard Puertas, la cinematografía de Isabel de la Torre, que estuvo como operadora de cámara en la citada Sauvages, la música del dúo Charles de Ville, también en Sauvages, y Laetitia Pansanel-Garric, que conocemos por sus trabajos en L’home dels nassos y otra joya animada como ¡Hola, Frida!. El montaje de Julie Brenta, habitual editora de los grandes cineastas Ursula Meier y Guillaume Senez que, con esos inolvidables 70 minutos de metraje se condensa toda una experiencia vital extraordinaria, donde no se dulcifica la precariedad ni los buenos sentimientos, sino que hay dificultad y complejidad, y una idea de vencer las dificultades ayudándose y acompañándose como forma de resistencia ante la barbarie del capitalismo.
Deseo que Olivia y el terremoto invisible tenga su espacio en la abarrotada cartelera de títulos y el público se acerque a ella sin prejuicios ni dudas porque va a alucinar con sus personajes: amén de Olivia y su familia, encontrará a Lamin, un amigo de Olivia y su mamá Mamafatou que ayudarán a los desdichados protagonistas, a pesar que ellos se encuentran en su misma situación, cosas de la empatía y el buen corazón, Jon, de la plataforma de afectados de la hipoteca, Encarna, una yaya a lo “Pasionaria”, tan delicada como guerrera y por último, Remedios, la asistencia social que es algo así como la que hay que convencer para que no separen a Olivia y a su hermano. Deseamos que Irene Iborra Rizo siga inventando historias con stop motion, porque su primera apuesta me ha entusiasmado y sí, es una de las grandes películas que se han hecho sobre el impacto de un desahucio desde la mirada de una niña, y no lo hace desde la condescendencia ni el buenismo, sino desde una verdad que duele, que congela el alma y que nos da una idea de la falta de humanidad de este planeta. Eso sí, la trama no se regodea en la porno miseria, y si que aporta soluciones ante la barbarie, la ficción como arma para luchar contra una realidad tan injusta y desigual, y la mirada y el amor del otro como sustento frente a la codicia de los abusadores, evidenciando que que la única salida de los “olvidados” es la mencionada, la de juntarse, crear comunidad, crear familia y sobre todo, mantener el humanismo que no podemos perder a pesar de las injusticias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Claudio Zulian, director de la película «Constelación Portabella», en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 29 de octubre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudio Zulian, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada ser humano, pero no la de su codicia”.
Mahatma Gandhi
Si pensamos en cine portugués nos viene rápidamente la película Trás-Os-Montes (1976), de Margarita Cordeiro y António Reis, uno de los grandes monumentos no sólo de nuestro país vecino, sino del cine de los setenta porque, a través de una excelente docuficción observaban de manera profunda y reflexiva las tradiciones de esta parte situada al noreste del país, en un asombroso retrato de lo antiguo y lo moderno centrada en sus ritos religiosos. La película La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro (Lisboa, Portugal, 1990), se mira en la citada película para construir también una docuficción para retratar también el norte, no muy lejos de la mencionada, y más concretamente el pueblo Covas do Barroso, que vive amenazado por la llegada de la Savannah Resources, una compañía británica que quiere instaurar la minería del litio en sus montañas. Ante ese peligro, la población se reúne y lucha contra la industrialización del territorio que perjudica enormemente su agricultura y ganadería y el desastroso impacto en el paisaje.
Carneiro ha cimentado una interesante filmografía, siempre en el campo documental y sus derivaciones como hizo en Bostofrio (2018), su debut en el que recorría las huellas de su abuelo a través de su pueblo, en Périphérique Nord (2022), hablo de los inmigrantes portugueses en Suiza a partir de su pasión por los automóviles. En la película que nos ocupa vuelve a lo rural, y a través de un magnífico híbrido entre el documental observacional, en el que construye una mirada tranquila y sobria en el que muestra la cotidianidad de sus habitantes, sus formas de trabajo, convivencia y amistad siempre con el entorno natural como guía espiritual de todos. Y luego, está la recreación que usa para contarnos el litigio entre el pueblo contra la compañía, y lo hace a partir de los propios habitantes que se interpretan a sí mismos y al “enemigo”, donde se abre una forma de cine dentro del cine, y lo mejor de todo, en que los propios afectados pueden reflexionar su vivencias, su presente y su futuro, con una atmósfera de western donde hay momentos cómicos. A través de un guion que firman el uruguayo Álex Piperno, director, entre otras, de Chico ventana también quisiera tener un submarino (2020), y el propio director, construido inteligentemente pasando por las estaciones de casi un año porque arranca en otoño, pasa por el invierno para terminar en primavera, en el que lo etnográfico, a lo Rouch y Depardon, con sus días, tradiciones e idiosincrasia se mezcla con la “invasión” de la empresa que altera la comunidad y los pone en guardia y lucha.
Una película que recoge unas gentes y su territorio particular, tan natural como salvaje, y una forma de industria invasiva que destruye para romper las leyes ancestrales de la naturaleza no impone reglas, sólo que reivindica nuestra historia y nuestro futuro. Las reivindicativas y conmovedoras canciones de Carlos Libo estructuran la película, convirtiendo cada tema en un himno y clamor del pueblo unido que se reúne y actúa ante la industrialización masiva que no piensa en lo natural y mucho menos, en la vida. Escuchar temas como “Hora de lutar”, “A voz do povo” y “Brigada da foice”, entre otros generan ese sentimiento de unidad, pertinencia y ancestral, de los que están y los ausentes. La música diegética y sensible de Diego Placeres que trabajó en la mencionada Périphérique Nord, acompañan las brillantes imágenes en 35 mm que traspasan cada detalle, cada mirada y cada gesto, que firman el trío Rafael Pais, Duarte Domingos y Francisco Lobo, del que conocemos por su trabajo en El bosque de las almas perdidas (2017), de José Pedro Lopes. El montaje de unos inolvidables 77 minutos de metraje es certero y sensible firmado por el propio director, el citado Álex Piperno y la uruguaya Magdalena Schinca, que tiene en su filmografía compatriotas como Sergio de León y Marcos Vanina, entre otros.
Una película de estas características necesita la ayuda y la complicidad de los habitantes de Covas do Barroso que han sido unos intérpretes por partida doble, siendo ellos mismos y mostrando sus vidas, trabajos y demás, y además, interpretando a “los otros”, el enemigo que amenazaba su tierra. Tenemos al mencionado músico Carlos Libo y Paulo Sanches, Daniel Loureiro, Aida Fernandes, Maria Loureiro, Lúcia Esteves, Nelson Gomes, Benjamin Goncalve. Todos ellos muestran una naturalidad y transparencia que hace del retrato una ensayo ficción de una forma de vida y hacer casi en extinción en muchos lugares de este planeta. No deberían dejar pasar La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro, porque además de descubrir unas vidas muy diferentes a las nuestras, tan sometidas a lo urbano, la industrialización en cadena y el vacío existencial, seguimos atentos a la unidad de una comunidad y su lucha en contraposición a unas ciudades donde el yo y el individualismo ha ganado la partida a la asociación y al otro, donde nos miramos a nosotros. La película es también un gran toque de atención para dejar de vernos tanto y mirar a nuestro alrededor, a lo que somos, a los otros y sobre todo, pararnos para no perder la identidad y nuestro camino, y miremos la actitud y la voluntad de los lugareños de Covas do Barroso, todo un lección de vida y humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA