Yommedine, de A. B. Shawky

LOS OLVIDADOS.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos.Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica. Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

(extracto del poema “Los nadies”, de Eduardo Galeano)

 

En La casa es negra (1962) de Forugh Farrokhzad, nos contaba de forma poética y humanista la cotidianidad de una colonia de leprosos en Irán, en apenas 22 minutos de metraje, la cineasta y poetisa iraní se adentraba en la enfermedad y en todo aquello que anidaba en su interior, sus rostros y sus miradas de una forma íntima y extraordinaria, a través de una película que denunciaba el abandono a los que se veían sometidos estas personas, y también, de toda la humanidad que se ocultaba en su interior, si traspasábamos las cicatrices exteriores. A. B. Shawky (El Cairo, Egipto, 1985) dedicó uno de sus cortometrajes a una colonia de leprosos de su país, The Colony (2008) la de Abu Zaabal, al norte del país, una auténtica comunidad con más de 1500 habitantes, entre enfermos, curados y familiares, un lugar donde muchos de ellos, después de curados, porque la lepra en pocos años será totalmente erradicada, se quedaban en el lugar por miedo al rechazo por culpa de sus cicatrices. A. B. Shawky debuta en el largometraje con Yomeddine (que significa “El día del juicio final”, en árabe) una película protagonizada por un habitante de una colonia de leprosos al norte del país, Beshay, que ya curado, vive de la venta de objetos que encuentra en un vertedero cercano, y se relaciona con otro desahuciado de la sociedad, Obama, un niño huérfano que lo sigue a todas partes.

La rutina de ambos cambiará cuando la mujer de Beshay, recluida en una institución mental, fallece. Entonces el hombre de unos cuarenta años decide buscar sus orígenes, viajar hasta su pueblo y reencontrarse con los suyos, que no ve desde que siendo un niño fue dejado en la colonia de leprosos. Beshay emprende su viaje al sur, bordeando el río Nilo, con su maltrecho carro, su burro fiel y sus contadas pertenencias, y la compañía de Obama, que a modo de polizonte, se oculta en el carro. El cineasta egipcio usa el viaje a modo de itinerario emocional, en el que estos dos apartados del mundo, Beshay como Obama entablarán una relación paterno-filial e iremos descubriendo ese Egipto alejado de los trayectos turísticos, un país desértico, basto y muy cálido, donde se irán tropezando con seres de toda índole, aquellos que les tienden la mano y otros, que les quieren robar lo poco o nada que tienen, en un viaje en el que verán de todo, y se sentirán queridos y también rechazados, debido a las cicatrices, y conocerán la intolerancia religiosa ya que Beshay es cristiano, y pertenece a esa minoría de católicos del país, y sobre todo, el estigma de la lepra, donde veremos el amor, la ignorancia y demás valores de los seres humanos, en un mundo demasiado egoísta e individualista.

A. B. Shawky ha contado con dos actores no profesionales como Rady Gamal como Beshay y Ahmed Abdelhafiz como Obama que desprenden vitalidad, ilusión y sencillez,  a pesar de ser olvidados por todos y todo, como aquellos que relata Buñuel, unos actores que se convierten en las almas que nos acompañarán por una película muy íntima y humanista, como lo eran El chico, de Chaplin, Ladrón de bicicletas, de De Sica, el segmento de Paisà, de Rossellini, protagonizado por el soldado norteamericano y el niño limpiabotas o Mi tío Jacinto, de Vadja, todas ellas películas de adulto con niño, tiernas y sensibles, que huyen del sentimentalismo y la condescendencia habituales en otras producciones, en éstas todo es amor y delicadeza, pero explicando las alegrías y desdichas de la vida, sin ahondar en el miserabilismo, sino creando una película sobre la vida, la vitalidad, hablando de seres humanos que se enfrentan a los estigmas de la sociedad, en este caso, la enfermedad, y cómo afrontan de manera vital esos infortunios y tanto rechazo, sabiendo encontrar el lado bueno de las personas, la humanidad que anida en muchas personas, y el carácter cercano y fraternal de algunos individuos que se encuentran por el camino, como esos tres discapacitados que les dan todo aquello que tienen, compartiendo con ellos sus verdades y miserias, pero siempre con valentía y aplomo ante la vida y sus circunstancias.

A. B. Shawky nos sumerge en un viaje larguísimo donde viajaremos en un carro tirado por un burro, nos pararemos a ver una gran pirámide abandonada que no visitan ni los turistas, nos bañaremos en un río a pesar de las miradas intolerantes de los demás, nos montaremos en trenes soportando el rechazo de los demás viajeros, incluso en barcas ayudados por unos y otros, pediremos limosna para subsistir y descansaremos con la ilusión intacta de recorrer medio país para buscar a los nuestros, a lo somos verdaderamente, nuestros orígenes a lomos de un hombre que estuvo enfermo y lucha por tirar para adelante, y un niño que no conoce ni su nombre ni su pasado, pero sabe que le gusta estar con Beshay, al que adora y respeta, sin juzgarlo, rompiendo con esa frase maléfica que escuchamos más de una vez: Huye del leproso como si huyeras de un león furioso. El director egipcio ha realizado una película magnífica y sencilla, un canto a lo diferente y a la vida, seas quién seas y vengas de dónde vengas, en el que vemos aquello de las personas que siempre se nos escapa, que bajo la apariencia física, sea de la índole que sea, hay una persona con sentimientos, ilusiones, miedos e inseguridades, personas que sobreviven en un mundo cada vez más difícil y ajeno a la diferencia, que aísla todo aquello que considera inútil o enfermo, que hay muchos mundos dentro de éste, y en todos ellos, hay muchas vidas que sienten y padecen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mujer de la montaña, de Benedikt Erlingsson

MUJER EN GUERRA.

“Pero luego Jonathan dijo que había ciertas cosas que tendrías que hacer, aun siendo difíciles o peligrosas. -¿Y eso por qué? – pregunté sorprendido. -Porque en caso de no hacerlo no serías realmente persona, solo un pedazo de mierda”

(Un diálogo entre hermanos del libro The Brothers Lionheart de Astrid Lindgren)

La película se abre de forma sorprendente y enigmática, en el que Halla, la protagonista,  está en mitad de la montaña, sin más nadie que ella. Se trata de una mujer de unos 50 años lanza con su arco una flecha que arrastra un cable que acaba tirando a tierra una torre de alta tensión. Después de este sabotaje al tendido eléctrico, el pueblo queda sin corriente, y ella, se escabulle campo a través a una velocidad infernal, recibiendo la ayuda de un granjero al que se declara como primos lejanos. Halla, logra llegar al pueblo, cambiarse de ropa y llegar con prontitud a su trabajo como profesora de canto. Quizás, creeremos que hemos sido testigos de un hecho sin más en la vida cotidiana de Halla, pero no es así, la mujer ha emprendido una lucha sin cuartel contra la industria local del aluminio, saboteando e interrumpiendo su marcha normal, resistiendo contra las emisiones perjudiciales para la naturaleza, tamaña empresa y determinación  que recibe la ayuda de un amigo vinculado al gobierno, un estado muy a favor del funcionamiento de este tipo de empresas, que a sabiendas que contaminan y sean un peligro para el medio ambiente y sus habitantes.

Si en su debut en el largometraje, Benedikt Erlingsson (Islandia, 1969) nos sumergía en una tragicomedia sobre la relación de los caballos y los hombres en De caballos y hombres. Cinco años después, vuelve a construir una tragicomedia con tintes ecologistas sobre la peripecia de una mujer resistente, una mujer valiente, y sobre todo, una mujer que lucha contra las empresas que provocan el cambio climático, y lo hace abordando el drama y la comedia, con sentido muy crítico a todos estos cambios tan trascendentales para nuestras vidas, pero sin caer en ningún momento en el discurso ecologista bienintencionado ni tampoco en un falso sentimentalismo. El cineasta islandés nos acerca a la vida de Halla, una mujer independiente, fuerte y liberal, que se ha lanzado con determinación y a por todas en una empresa difícil, sí, pero no imposible, llena de dificultades y grandes obstáculos, también, pero con la fe de la voluntad inquebrantable que puede y quiere hacerlo.

Si bien la película dedica parte de sus 100 minutos de metraje a las operaciones de sabotaje y acoso y derribo de Halla contra la empresa malhechora y capitalista, también, dedica tiempo para conocerla a ella y a su entorno, a parte de su trabajo, como la ilusión de convertirse en madre adoptando una niña de Ucrania, sin olvidarse de la relación con Ása, su hermana gemela convertida en una devota espiritual del hinduismo. La película que se mueve entre el drama ecologista, la comedia negra y esperpéntica, y la realidad social, nos muestra una mujer firme y decidida, una especie de versión femenina de David que lucha a muerte contra Goliat/Empresa, una Agustina de Aragón en armas contra el invasor francés, escenificado en la empresa alidada contra el gobierno que vende verde y naturaleza y en el fondo contamina y mata. Erlingsson acompaña a Halla de un trío de músicos compuesto por acordeón, tuba y percusión, así como de un coro ucraniano, procedencia de la niña que quiere adoptar, que resumen y fortalecen el estado interior de la protagonista, unos músicos invisibles para el resto de los personajes, pero visibles para nosotros, una especie de ángeles de la guarda musicales, no olvidemos que ella es profesora de canto, que la sigue vaya donde vaya y donde nos reencontraremos con ellos a lo largo de todo su viaje, tanto físico como emocional.

El director islandés vuelve a contar con una de sus actrices de su debut Halldóra Geirharósdóttir, aquí convertida en la alma mater del relato, convincente, fabulosa, divertida, angustiada y valiente como ninguna, logra sumergirnos en su viaje vital contra los malvados de la tierra, en una mujer heroica y sensible, en una narración absorbente y magnífica con un ritmo fantástico. Erlingsson ha construido una película que aborda el cambio climático desde lo más íntimo, explorando los temas candentes más cotidianos, aquellos que se desarrollan a escasos metros de la puerta de tu casa, y los muestra y los combate con la mirada y acciones de Halla, alguien que ha preferido tomar partido y activarse que quedarse viendo como todo cambia sin remedio, manteniendo una actitud valiente y fuerte, exponiendo su vida y su trabajo en pos de ayudar a la madre tierra, ayudándola a seguir resistiendo a pesar de tantos ataques gubernamentales y privados, manteniendo una actitud libre, agradecida y enérgica contra todos los enemigos. Una película que gustará muchísimo a todos aquellos que les gustan las buenas historias, esas que están contadas desde lo más profundo, que nos acercan a los males de nuestro tiempo y nuestro planeta, desde una perspectiva diferente, desde el interior de nosotros, de todo aquello que podamos hacer, no sólo por nuestro alrededor, esa naturaleza que ayuda a nuestras vidas, sino también por nosotros, para sentirnos más cercanos a nosotros mismos, a nuestros sueños e ilusiones, a todo aquello que anida en nuestro interior, a aquello que anhelamos, a todo lo que comporta nuestro ser, nuestra vida, nuestra libertad y nuestra forma de relacionarnos con nuestro entorno y los demás.

Border, de Ali Abbasi

LA HUMANIDAD DEL MONSTRUO.

Había una vez una mujer llamada Tina que trabajaba como agente de aduanas y poseía un gran olfato que le permitía oler la culpa de los demás. Un día, se encuentra con Vore, un tipo de aspecto monstruoso como ella, que oculta algo, pero Tina, no logra adivinar. Además, Tina se siente fuertemente atraído por el misterioso personaje. La segunda película de Ali Abbasi (Teherán, Irán, 1981) vuelve a estar enmarcada por los mismos derroteros que su opera prima Shelley (2016) en la que alrededor de un bosque, una pareja que no podía tener hijos, contrata un vientre de alquiler que tendrá consecuencias terribles. Con la apariencia de fábula, en un espacio natural, apartado de todo, vuelve a contarnos el relato de una pareja triste, una pareja sin sexo. Él, un apasionado de las competiciones caninas, vago y aburrido. Ella, Tina, con su quehacer diario en el trabajo, sus largos paseos en el bosque y las visitas al geriátrico donde está su padre. Todo cambiará con la aparición de Vore, con una apariencia física parecida a la de Tina, alguien que repele a Tina, pero a la vez seduce y engancha, y la hará descubrir secretos ocultos de su pasado, una nueva ilusión, su verdadera identidad, y también, el otro lado del espejo, una malévola actividad que realiza Vore y que intentará arrastrar a Tina con él.

Abbasi disfraza su relato de película fantástica, en la que casan de maravilla la parte social con lo terrorífico, para hablarnos de la soledad, la tristeza, el ser diferente, las capacidades naturales, sentirse de otro mundo, la maternidad, la falta de amor, el lado oscuro de la condición humana, y demás temas que nacieron de la novela homónima del escritor sueco John Ajvide Lindqvist, coautor del guión junto al director e Isabella Eklöff. Autor entre otras, de la novela Déjame entrar, que fue adaptada al cine por el director Tomas Alfredson, en la que a través del vampirismo, nos contaban una historia sobre acoso escolar, soledad en la infancia y el deseo de escapar. Muchos de estos temas vuelven a tocarse en Border, título que alude a esa frontera en la que se encuentra Tina en relación a Vore, un ser extraño, repelente y singular, que le cambiará toda su existencia, para bien y para mal, sin medias tintas, que descubrirá placeres como el sexo y la felicidad, y también, tormentos, como la monstruosidad de los seres humanos o no, y las consecuencias de unos actos deleznables.

Abbasi realiza una película de género, sin ser de ningún género en concreto, porque la mezcla es brutal, hay secuencias de cine social que dejan paso a otras más de terror, de puro fantástico, e incluso esa parte thriller de investigación, donde los personajes de un medio u otro, se mezclan, se confunden e interactúan, en cierta manera, estamos ante un cuento fantástico donde humanos y monstruos conviven, se relacionan y viven de manera natural, aunque sin ocultar sus grandes diferencias y secretos, en que la naturaleza se convierte en paradigma de la libertad y la felicidad, pero también, de lo más terrible, donde se ocultan grandes maldades, en que la línea que separa el bien del mal es tan fina que es imposible reconocer, donde seres de diferentes mundos y condición, se mezclan de tal manera que es imposible definirlos, y saber de qué materia están hechos, de qué color es su alma, y cuáles son sus ilusiones y anhelos.

Eva Melander como Tina y Eero Milonoff como Vore son los dos magníficos intérpretes que dan vida a estos seres fantásticos, estos trols, bajo un espectacular maquillaje, en una composición que opta más por las miradas y los gestos que por las palabras, donde los hechos prevalecen al verbo, donde sus acciones describirán sus interiores y aquello que sienten, en una película que recuerda a esas fábulas donde monstruos y humanos convivían y se mezclaban, con una apariencia física que aterra, pero que también atrae, como le sucede al personaje de Tina con Vore, esa frontera, ese muro emocional que deberá franquear o no, en el que se sentirá especial y rota por dentro, en el que descubrirá lo mejor y lo mejor de la condición humana, el alma que se esconde y oculta agazapada en su interior, en un viaje emocional hacia lo más bello y lo más oscuro del alma, en el que la magia y la realidad que Abbasi envuelve toda su película, consiguiendo momentos realmente poéticos y sobrecogedores, como las secuencias sexuales entre los dos trols, que esconden toda la belleza y lo grotesco en un mismo acto, o el tempo narrativo que hace gala la cinta, en la que de forma pausada y detallista nos mueven de un lugar a otro, de una mirada a otra, de un carácter a otro, de un espacio a otro, de forma natural y poética, dejando que el espectador se sumerja en un mundo diferente, salvaje, humanista, y lleno de sensaciones bellas, oscuras y contradictorias, donde la vida y nuestros sentidos palpitan y estallan, a veces de felicidad, y otras de terror.

La quietud, de Pablo Trapero

HERMANAS PARA TODO.

Las primeras imágenes que nos dan la bienvenida a la película 9 ½ de Pablo Trapero (San Justo, Argentina, 1971) nos van descubriendo un entorno espectacular, un espacio a las afueras de Buenos Aires, un lugar rodeado de naturaleza, animales y vida, donde se alza, majestuosamente, una casa señorial de estructura elegante, y bellísima en todos los sentidos. La iremos descubriendo a través de la mirada de Mia, una de las hermanas, a través de un plano subjetivo, que nos la va mostrando, recreándose en cada detalle, avanzando ceremoniosamente por sus largos pasillos y sus estancias exquisitamente decoradas, donde no falta nada, y cada detalle asombra por su belleza. La casa señorial recibe el nombre de “La quietud”, un lugar que alberga toda la historia familiar, tanto sus alegrías como sus tristezas, y aún más, su pasado tortuoso que será desvelado a medida que avanza el metraje. La enfermedad del padre provocará el cisma que reunirá de nuevo a la familia, y más concretamente, a la hermana mayor Eugenia, que reside en París, lugar del exilio familiar durante la dictadura. Trapero es uno de esos cineastas que apoya toda su filmografía en aquello que conoce, en esos lugares comunes que forman parte de su vida y su mirada, en aquellas personas que se manejan en ambientes cotidianos, en sitios de trabajo y en esos barrios donde vivir cada día se hace más difícil.

Trapero hace un cine de cariz social no resuelve dudas ni mucho menos cuestiones, sólo mira a aquello que afecta de manera injusta y cruel a los más necesitados, a esos de abajo que cada se levantan batallando por su vida, en una sociedad cada vez más injusta e insolidaria, como lo demostró en su interesante debut, Mundo grúa (1999) y siguió en El bonaerense (2002), en Familia rodante (2004) y Nacido y criado (2006) introducía a la familia y como los vínculos se tambaleaban sobremanera por la agresión exterior, ya fuese física o emocional, en Leonera (2008) se centraba en las dificultades de una madre que tiene que parir en prisión, en Carancho (2010) exploraba las vicisitudes de un abogado lanzado a la ilegalidad para subsistir, en Elefante blanco (2012) nos hablaba de un barrio social capitaneado por dos sacerdotes que tienen que enfrentarse a la injusticia social, gubernamental y eclesiástica. En El clan (2015) en su primera incursión en la reconstrucción histórica, retrataba la vida criminal de la familia Puccio, durante la dictadura argentina.

En La quietud, vuelve a echar su mirada atrás, a la dictadura, pero desde el presente, desde una actualidad contada a través de las dos hermanas, que parecen idénticas, tanto físicamente como emocionalmente, aunque a medida que avanza la película, nos daremos cuenta de todas las cosas que las separa y unen. El cineasta argentino es un experto en confundir a sus personajes con el paisaje que retrata, en una especie de metamorfosis emocional, en el que unos y otros acaban perteneciendo a ese lugar de manera natural, como si  pudiesen invisibilizarse con ese espacio, como si cada parte de ellos quedará impregnada en los objetos y la naturaleza que los rodea, sabiendo sacar de manera narrativa todos los elementos que transmiten los lugares, como una prolongación de sus personajes, en que la película explica de manera sencilla y natural todo lo que allí se está cociendo, como ese espejo físico que existe entre los diferentes seres que habitan en ese espacio, como esas mañanas tranquilas y apacibles donde todo parece seguir un orden armónico, entre personas, naturaleza y animales, en cambio, cuando llega la noche, y se ha hace el silencio, la casa se transforma en otro lugar, donde las sombras acechan y perturban a cada uno de sus habitantes, desenterrando el paso oscuro y terrorífico que encierran esas paredes, donde todo se confunde, y donde las cosas adquieren una textura extraña, malévola y sangrante.

Trapero focaliza su película en las dos hermanas, en su relación actual, en su pasado, y en todo aquello que parece conducirlas por caminos tortuosos, donde la mentira ha dirigido sus vidas, donde parece que todo ha valido para mantenerse unidas, en el que las cosas nunca son lo que parecen, donde los engaños se han confundido con vivir y amarse. La aparición de Esteban, íntimo amigo de la familia e hijo del antiguo socio del padre, que mantiene una relación de cama hace años con Eugenia, que está casada con Vincent, que también hará su presencia en la casa con la muerte del padre, que es a su vez amante de Mia. Para colmo de males, Graciela, la madre, lanza una confesión que tiene que ver con el pasado familiar durante la dictadura, que trastocará las emociones de todos, y ya nada será igual en esas cuatro paredes, y la quietud que hace referencia el título, y el nombre de la casa, se convertirá en una dolorosa metáfora en los vínculos familiares.

Trapero maneja todos los elementos que tanto utilizan los seriales de sobremesa, pero desde una mirada diferente, a través de la intimidad y la relación de sus personajes, sin ahondar en las heridas de manera evidente, sino que la revelación del pasado, a través de las víctimas y verdugos familiares, adquieren un sentido más amplio, donde le sirve para profundizar en las verdaderas casusas y motivos de esos vínculos emocionales, que han atado a los diferentes integrantes de la familia, donde la mentira, sea histórica o familiar, fue y es el verdadero pilar de esa familia, donde la apariencia es sólo una muestra de la hipocresía y la desesperación de unos y otros. Un reparto magnífico encabezado por Martina Gusman (musa de Trapero que ha participado en 5 de sus películas) y Berenice Bejo, que dan vida a esas hermanas todo corazón, envidia, amor y mentira, bien acompañadas por Graciela Borges, esa madre de corazón roto, de vida en la sombra, que sabrá intervenir y arrojar toda la luz a ese pasado de mierda que habita en su familia y la casa, y bien resueltos los intérpretes masculinos, en una película muy femenina, con Edgar Ramírez y Joaquín Furriel, que mantienen la sobriedad y la contención en una cinta que vuelve a hacernos reflexionar sobre los males del pasado (como ocurría en Los perros, de Marcela Said, que también hablaba de esa burguesía chilena aupada gracias a la dictadura) y sobre la verdad que tan necesaria es, y sobre todo, sobre los tejidos familiares, esos vínculos que a veces se sostienen por finos hilos de mentiras, oscuros secretos y demás fantasmas.

Entrevista a Ramsés Gallego “El Coleta”

Entrevista a Ramsés Gallego “El Coleta”, actor en la película “Quinqui Stars”, de Juan Vicente Córdoba, en la oficina de Madavenue en Barcelona, el martes 27 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramsés Gallego “El Coleta”, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Juan Vicente Córdoba

Entrevista a Juan Vicente Córdoba, director de la película “Quinqui Stars”, en la oficina de Madavenue en Barcelona, el martes 27 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Vicente Córdoba, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Quinqui Stars, de Juan Vicente Córdoba

DE AQUELLOS BARROS, ESTOS LODOS.

“He dicho varias veces como protesta, como total contestación, que habría querido renunciar a la nacionalidad italiana. Haciendo cine, en cierto sentido he renunciado a la lengua italiana, es decir, a mi nacionalidad. Pero hay otra verdad, tal vez más complicada y profunda: la lengua expresa la realidad a través de un sistema de signos. En cambio, un director de cine expresa la realidad a través de la realidad. Ésta es quizás la razón por la cual me gusta el cine y lo prefiero a la literatura, porque expresando la realidad como realidad, opero y vivo continuamente al nivel de la realidad.”

Pier Paolo Pasolini

Cae la nieve, mientras avanzamos por las calles del barrio de Vallecas, en Madrid. Una voz nos va explicando las características y singularidades del barrio y sus habitantes, su memoria, sus construcciones, su idiosincrasia, todo aquello que de un modo u otro, a estado y ha sido el barrio. También, nos habla de tiempo, de aquellos barrios de finales de los setenta y principios de los 80, con la crisis económica y el terrible desempleo que asoló los barrios periféricos como este, y cómo, la crisis actual parece devolvernos al sentir marginal y pobre de estos lugares, donde la falta de trabajo y los problemas económicos que se derivan, provocan un gran fracaso escolar, el más alto de la Unión Europea, y los problemas pasados parecen que nunca se fueron, solo tapados por un tiempo.

El cineasta vallecano Juan Vicente Córdoba (Madrid, 1957) especialmente sensible con los problemas sociales y económicos de la periferia, cómo así lo certifican títulos como Entre Vías (1995) cortometraje que relataba la vida de tres jóvenes sin recursos, en Aunque tú no lo sepas (1999) basado en un cuento de Almudena Grandes, tenía un segmento amplio en el que recordaba el tiempo setentero y “quinqui”, en A golpes (2005) unas mujeres que practicaban boxeo, realizaban hurtos para sobrevivir. En Flores de luna (2008) miraba la vida comunitaria de las chabolas de la periferia de finales de los 50 en adelante. Ahora, el director madrileño, junto a Maria Reyes, su inseparable guionista,  construye un ejercicio que se mueve entre el documental y la ficción, transgrediéndolo y llevándolo a su terreno, yendo de un elemento narrativo a otro con naturalidad, mezclándolos y acercándose a temas sociales candentes de la actualidad, creando un vehículo del tiempo donde todos aquellos conflictos de los setenta y primeros de los años 80, tienen su espejo deformador en los tiempos de ahora, haciendo especialmente hincapié en los jóvenes.

Córdoba mira aquellos años y estos a través de Ramsés Gallego ·El Coleta” (alter ego de sí mismo) un cantante trap (una especie de rap reivindicativo con los más desfavorecidos y los problemas de barrio) que hace música social muy comprometida, haciendo múltiples referencias al cine quinqui y aquellos años de crisis que parecen no terminar, y lo convierte en una simbiosis entre persona/personaje porque El Coleta a parte de su música, y sus problemas laborales, está realizando un documental sobre el cine quinqui, en las que va entrevistando a aquellas personas vinculadas con el fenómeno como los actores José Sacristán, Enrique San Francisco o Paco Catalá, que trabajaron en varias películas de Eloy de la Iglesia, y rememorando los títulos de José Antonio de la Loma, con expertas en el tema como Mery Cuesta (comisaria de la legendaria exposición de “Quinquis de los 80. Cine, prensa y calle”) y todo aquel fenómeno de los Torete, Vaquilla, Jaro y demás héroes de barrio gracias a la prensa amarilla y el cine.

La aparición de periodistas y activistas como Montse Santolino, veterana en los movimientos obreros y vecinales que hace toda una memoria de aquellos años enfrentados con los de ahora. La película también hace un recorrido interesante y profundo sobre los jóvenes de ahora, la herencia quinqui, con el propio El Coleta, junto a Bea Pelea, Blondie, Ira Rap y demás artistas de la corriente Trap, en los que veremos su situación vital, social y económica, en los que veremos sus barrios como Vallecas, Entre Vías, de Madrid, y Bellvitge, La Mina o La Florida, de Barcelona, y escucharemos su música social, feminista y comprometida, y su manera de promocionarla, totalmente ajena a la industria. Córdoba enmarca su película de cinéma verité, al estilo de Jean Rouch en Chronique d’un été (1961) o el Comizi d’amore (1965) de Pasolini, donde tanto uno como otro, realizan una radiografía sobre las ideas, reflexiones y pensamientos de las gentes de a pie.

El cineasta madrileño, recuerda y utiliza el fenómeno del cine quinqui para  traza infinidad de líneas narrativas, a modo de caleidoscopio transversal, donde el tiempo no tiene comienzo ni final, retratando los problemas actuales escarbando en sus orígenes y matrices, donde la película va de un tiempo a otro de un modo natural y sin estridencias, vehiculándolo a través de la película ficticia que realiza El Coleta, esa especie de documental que rescata el cine quinqui hablando con sus protagonistas y las huellas visibles que todavía se mantienen, como ese momento único y especial donde las imágenes reales de la prisión de La Modelo en la actualidad, vacía y a punto de ser derribaba, mezcladas con imágenes de la época, por otro lado, y finalmente, momentos de las películas quinqui ambientadas en la famosa cárcel, en un momento mágico donde realidad, documento y ficción se fusionan creando una especie de nuevo estado en que el cine con sus innumerables narrativas se acerca a infinidad de momentos desde perspectivas diferentes, con el fin de profundizar en aquellos problemas y en los de ahora.

Córdoba nos lanza un metraje de 126 minutos, lleno de nervio y energía, que viaja de un tiempo a otro, y de un barrio a otro, a través de todo y todos, hablándonos de frente y sin tapujos, no hay medias tintas, ni nada que se le parezca, la película va al quid de la cuestión y de frente, siendo honesta y sincera, mostrando la realidad con su cámara y su juego cinematográfico, sin dejarse nada en el tintero, donde el tiempo parece detenido, sin avanzar, estancado e inamovible, como si los problemas de siempre siguieran ahí, sin nada ni nadie que los pudiese eliminar, donde hay referencias sociales, económicos, culturales y políticas, con la situación catalana también, desde la mirada de aquel que se acerca sin prejuicios ni complejos al tiempo que le ha tocado vivir, sabiendo del que venimos, porque él lo ha vivido de primera mano, extrayendo las múltiples posibilidades de su eficaz, fresca e interesante propuesta cinematográfica, sabiendo que el cine es una herramienta maravillosa por la que mirar la vida y la realidad de los otros, y la propia, eso sí, de manera crítica, comprometida y libre.