Entrevista a Zoe Stein, intérprete de la película «Forastera», de Lucía Aleñar Iglesias, en la Calle Sancho de Ávila en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zoe Stein, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque, de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
¿Cómo pueden los muertos estar muertos si siguen viviendo en las almas de los que quedaron atrás?
Carson McCullers
Érase una vez… un verano más de la joven Cata en casa de sus abuelos en Mallorca junto al mar. Junto a su hermana pequeña Eva pasan los días con los iaios Tomeu y Catalina, entre las costuras y los guisos de la abuela y las partidas de mus con el abuelo. Todo parece un verano más hasta que la iaia Catalina cae y fallece. A partir de este sorprendente y chocante momento, y con la llegada de Pepa, la mamá de Cata y Eva, e hija de la fallecida, la casa se tornará de otro tono, en el que la joven Cata pasará su duelo particular, tan misterioso como extraño. Forastera, la ópera prima de Lucía Aleñar Iglesias (Madrid, 1993), se inspira en el cortometraje homónimo que la propia directora dirigió en 2020 y se presentó con mucho reconocimiento en la Semana de la Crítica del prestigioso Festival de Cannes. La premisa es sencilla, envolvente y muy íntima, llena de sensibilidad y de sombras, donde los roles familiares cambiarán y la propia Cata no sólo experimentará situaciones cada vez más ajenas y a la vez, muy cercanas, como revela el primer plano con el que arranca la trama.
Al entrar en una atmósfera propia del género de terror porque se habla de pérdidas, duelo, identidades y fantasmas, muchos espectadores creerán que estamos en un cuento de terror al uso, aunque se van a ver muy decepcionados, porque la directora madrileña y formada en New York, rompe con los cánones establecidos del género y se va hacia otros territorios, los que tienen que ver con las sensaciones y con todo aquello que no vemos, con lo invisible, con los conflictos sobre el alma y cómo percibimos nuestro dolor y cómo lo afrontamos en cuestión a los demás y al propio difunto. La experiencia de Cata, el hilo conductor de este cuento de terror, sí, pero desde una ambivalencia rara y sugerente, en el que, como si fuese una novela de Gabriel García Márquez, la línea que separa la vida de la muerte se desvanecen y entramos en una atmósfera muy cálida, que nos va atrapando en una maraña de situaciones donde Cata va asumiendo un rol que comparte con otros. Aquí no hay sustos ni trucos de pacotilla para hacer saltar de la butaca al respetable. Estamos más cerca de la atmósfera de The innocents (1961), de Jack Clayton, donde los vivos y los muertos intercambian sus roles, sus aspectos y demás, generando una cotidianidad extraña, que reconocemos pero a la vez nos genera inquietud y calma.
La exquisita y elaborada cinematografía de Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto sus trabajos con Laura Ferrés, en Las novias del sur, de Elena López Riera, Siempre es invierno, de David Trueba, y Esmorza amb mi, de Iván Morales, amén de estupendos documentales como Canto cósmico. Niño de Elche y Mientras seas tú, entre otros. Una luz elegante, sin fisuras y sólida, que nos envuelve en una atmósfera hipnotizante dentro de la realidad cotidiana de casa, playa y paseos en bici y pueblo de lo más cotidiano, donde los espejos y sus reflejos, así como los diferentes idiomas adoptan un doble juego de presencias y ausencias. La excelente música del dúo Filip Leyman y Anna von Hausswolff, que ya coincidieron en Coutre, de Alice Winocour, construye un espacio cálido y sobrecogedor donde cada encuadre rezume vida, muerte y esa otra cosa instalada en la casa y en la vida del personaje de Cata en consonancia con su abuelo Tomeu. El montaje lo firma la italiana Paola Feddi, con más de un cuarto de siglo de carrera y más de 40 títulos en su filmografía entre los que destacan cineastas como Piero Messina, Andrea Pallaoro y Krzysztof Zanussi, entre otros. Su edición es reposada, sin prisas y muy sobria, deteniéndose en cada detalle, narrando con suavidad y elegancia cada plano y encuadre que evoca la vida y la muerte en cada instante, en sus contenidos y emocionantes 97 minutos de metraje.
En el plano interpretativo la protagonista recae en la mirada, el gesto y el silencio de una extraordinaria Zoe Stein, que vuelve a enfundarse en la piel y las texturas de Cata, la nieta que pasa un duelo muy particular en el que su abuela fallecida está muy cerca de ella. A su lado, Lluís Homar hace del abuelo Tomeu, que vuelve al cine después de un tiempo dedicado al teatro. El actor catalán se mete en el rostro y piel de un hombre que también pasa un duelo extraño. Núria Prims es la hija y madre, alguien ajeno, quizás demasiado, un visitante extraño que parece que está y no está. Martina García es la hermana pequeña y Marta Angelat es la abuela Catalina. Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias es una película atípica dentro del panorama actual, porque se atreve a penetrar mundos poco explorados en el cine que se hace ahora, y nos remite al cine de antes como el de Carlos Saura y concretamente a Cría cuervos… (1976), incluso en muchos aspectos a El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y el aroma tan característico de cierto cine independiente estadounidense como A Ghost Story (2017), de David Lowery, sin olvidar la atmósfera y la cercanía que tiene la magnética Estiu 93 (2017), de Carla Simón, en su forma de abordar el duelo y la ausencia y la pérdida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Gabriel Azorín, director de la película «Anoche conquisté Tebas», en el marco del D’A Film Festival, en la imperdible sección de «Un impulso colectivo», en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gabriel Azorín, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”
Rabindranath Tagore
Hay muchos Cine Español, tantos como cineastas existen. Hay uno que hace mucho ruido, dicho sea de paso, por la cobertura de medios, instituciones y demás escaparates. Aunque eso no significa que sea el cine que más representa el cine que se hace por estos lares. Es un cine más. Porque no hay duda que lo que llamamos Cine Español no es más que una etiqueta, porque el cine hecho aquí es muy diverso, heterogéneo y sobre todo, tan complejo como la historia de este país. Dicho sea de paso, una película como Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín (Hellín, Albacete, 1981), es todo lo que el cine debería ser, y no lo digo de forma categorizante, para nada. Si no que lo digo por su audacia e inteligencia en devolver al Cine, y esto lo digo con “mayúsculas”, el Cine de los orígenes, tan radical, imaginativo y sorprendente, donde la herramienta cinematográfica era un medio de exploración infinita, donde cada encuadre era un viaje en sí mismo, donde aquello que se llama “fantasmagoría” crecía en cada película, resignificando una nueva forma de narrar, de contar, de experimentar y sobre todo, de romper y atreverse con todo.
A Azorín llevamos tiempo siguiéndole la pista, desde su formación en la ECAM, por ser miembro de lacasinegra, un colectivo que forma junto a Elena López Riera, Carlos Pardo Ros y María Antón Cabot. Un cuarteto de cineastas exploradores de la imagen y todas sus múltiples variedades, conceptos y texturas como demuestran en su largometraje Pas à Geneve (2014), que siguen retroalimentándose en sus respectivas películas. Como director en solitario con Los galgos (2012), El ruido del universo (2022), y Los mutantes (2016). Con Anoche conquisté Tebas hace su puesta de largo en solitario y nos convoca en un lugar fascinante y magnético como las termas romanas de Bande, en Ourense (Galicia), y nos sitúa a través de unos amigos portugueses que las visitan. Un arranque extraordinario con esos citados amigos caminando por unos barros fangosos de difícil tránsito, y luego, esa cámara cenital que los observa y los diminuta mientras juegan por los restos pedregosos de las termas. Una película de descubrimiento, de volver a ver el cine de verdad, de encantarse con cada plano, cada mirada y cada leve gesto, porque la película devuelve al cine a su esencia: a la palabra, al agua y a la amistad. Un cine que se quita el artificio para sólo observar la película, su historia, a sus personajes, a escuchar sus diálogos tan cotidianos como reveladores, con esas conversaciones tan importantes como difíciles, a las que nadie se atreve a penetrar.
El cineasta manchego ha vuelto a contar con el cinematógrafo Giuseppe Truppi, el italiano afincado en España que tiene en su filmografía a la citada López Riera, con la que ha hecho casi toda su carrera, amén de Léon Siminiani y Guillermo Benet, que colabora en la película. La cámara se posa en la historia, en su relato, en su espacio y los hace míticos, como si el tiempo, la memoria y sus gentes se evaporan en sintonía con el agua, como si todo se detuviera, como si lo que vemos fuese como una sensación entre la razón y el sueño, entre estar despierto y la vigilia, con una hipnotizante atmósfera nocturna que lo inunda todo, donde habita un espacio intermedio repleto de sombras y fantasmas. La falta de música ayuda a construir ese espacio cinematográfico, con el tenue y leve sonido del agua, casi como a hurtadillas, con una constante que varía según los acontecimientos. El magnífico trabajo de arte de Miguel Ángel Rebollo, ayuda a construir ese espacio intermedio entre lo que vemos, lo que imaginamos y lo demás allá, en un lugar que va variando y va dejando pasar como los vapores que no cesan emanando del agua. El montaje corre a cargo de la gran Ariadna Ribas, con unos impresionantes 111 minutos con un ritmo reposado, imperceptible y mágico, donde la única jornada va pasando como a escondidas, dejando el mundo y lo demás fuera, y dejándonos sólos con los personajes y sus conversaciones y sus silencios.
Entre los intérpretes encontramos a los portugueses Santiago Mateus y António Gouveia, por un lado, y por el otro, a Oussama Asfaraah, y el serbio Pavle Cemerikic, que hemos visto en películas de su país como La carga y La patria perdida, entre otras. Sin olvidar la breve pero estimulante presencia de Lorena Iglesias. Unos actores que se metamorfosean con el ambiente, y sobre todo, con su atmósfera y se convierten en “otros”, en unos hombres que hablan de amistad, de miedos, de guerras, de soledad, y de la vida que nos aleja y de los sueños que tenemos, que ya no tenemos y que nunca tendremos. Un cine que nos retrotrae al cine de los Rossellini, Pasolini y Tarkovski, y demás, donde la palabra y el espacio era el epicentro de la narración. Hay pocas películas que necesitan de su visión como esta, y no lo digo con ánimo de llamarla “necesaria”, que es un término que se usa con demasiada gratuidad. Lo digo como una experiencia alucinante su visionado, porque Azorín consigue algo tan difícil en una sociedad tan mercantilizada y sobreestimulada como la que vivimos, porque nos aleja de todo eso, y nos invita a escuchar las conversaciones de unos hombres jóvenes durante su descanso dentro del agua, y lo hace despojando el cine de todo su maraña artificiosa, y desnudando cada plano y cada mirada, dejándonos solos ante la cotidianidad de un diálogo, entre la vigilia y el sueño, entre la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras existencias, del constante juego de vivir y no vivir, de todo aquello que somos y lo que no, y todo aquello que deseamos y que no se producirá, y todo aquello que nos atrevemos hablar y nunca lo hacemos. Una película que recupera el cine en su esencia, en su primigenia, en su labor de mirarlo y dejarse llevar por lo más sencillo, lo más transparente y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a María Esparcia, montadora de la película «Pastoris», en el marco del ciclo Assumpta Serna en el Cineclub Sabadell con la proyección de «Red de libertad», del propio director, en uno de los espacios de los Cines Imperial de dicha ciudad, el jueves 18 de junio de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Esparcia, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Esteve Badia de Cineclub Sabadell, por sus gestiones, tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Pablo Moreno, director de la película «Pastoris», en el marco del ciclo Assumpta Serna en el Cineclub Sabadell con la proyección de «Red de libertad», del propio director, en uno de los espacios de los Cines Imperial de dicha ciudad, el jueves 18 de junio de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Moreno, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Esteve Badia de Cineclub Sabadell, por sus gestiones, tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”
Carl Jung
En El regreso de Martin Guerre (1982), de Daniel Vigne, un soldado, después de varias guerras, regresa a su pueblo natal donde nadie lo reconoce. Algo parecido le sucede a Domingo, un pastor que, después de la Guerra de la Independencia con los franceses de principios del siglo XIX, vuelve a su casa cansado, perdido y sin reconocerse, y se encuentra con un entorno extraño, donde es un desconocido para su mujer y su hijo. Alguien que ya no pertenece a ese lugar, alguien con heridas interiores, alguien que ni él mismo se reconoce. El terrateniente del lugar, instado por su mujer, le propone un viaje con su rebaño de ovejas desde su pequeño pueblo en el suroeste de Salamanca a través de las antiguas cañadas reales hasta los pastos de invierno de Extremadura. Un viaje difícil, muy peligroso y extraño en el que existen multitud de enemigos como el lobo, los hombres y las circunstancias que marcarán su destino.
El director Pablo Moreno (Ciudad Rodrigo, Salamanca, 1983) lleva desde hace 18 años en la que ha construido una interesante filmografía con 16 títulos, entre ficción y documental, en las que produce y dirige películas que recogen historias reales desconocidas, a partir de un gran rigor histórico, de carácter humanista y muy inspiradores. Con Pastoris se adentra en un período de reconstrucción después de la guerra, tanto a nivel físico como emocional, con aires de western crepuscular, acompañando a Domingo, un pastor que está desorientado y sin su lugar, porque él que tenía se ha ido o simplemente, ha sido expulsado. Seguimos la travesía de este pastor a través de una época donde impera una atmósfera de supervivencia, el hombre contra la naturaleza y sobre todo, el hombre contra el hombre, porque somos testigos de la bondad y la maldad humana. Un viaje físico y emocional recorriendo pueblos, lugares solitarios, y gente de toda índole, a través de un paisaje bello y salvaje, de grandes texturas agrestes en el que cada paso es una experiencia desconocida. También está el camino interior del personaje principal, un pastor que ha sido soldado, que arrastra los demonios de los horrores de la guerra, y sigue paso a paso intentando convertirse no ya en la persona que fue, sino en otra persona sin miedo.
El cineasta salmantino se ha vuelto a rodear de un equipo magnífico y cómplice que le ha acompañado en muchas de sus películas como el cinematógrafo Rubén D. Ortega, con 13 títulos compartidos, en un gran trabajo de cinematografía donde recoge con precisión y detalle cada espacio natural y sigue con audacia y solidez la andadura del pastor en el que vemos al hombre con y contra la naturaleza. La magnífica música de Óscar M. Leanizbarrutia, 9 películas con Moreno que, impregna de tiempo, memoria e historia cada acorde, consiguiendo una composición que recuerda a las de Milladoiro para La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón, y la de Trevor Jones para El último mohicano (1992), de Michael Mann. El sonido corre a cargo de un grande como Juan Borrell, con más de 128 títulos en su extensa filmografía, otro colaborador del realizador de Salamanca, donde la pantalla se llena de cada leve ruido sumergiéndonos en toda su extensión. El montaje lo firma María Esparcia, 10 películas junto al director, amén de coproducir también en compañía, construyendo un ritmo reposado y en calma, en que se explica con atención cada gesto, mirada y silencio en sus 108 minutos de metraje.
Con el reparto sucede lo mismo que con el equipo técnico, porque está lleno de colaboradores de Moreno como Sergio Cardoso que compone un inolvidable protagonista Domingo, que también compone la música de los créditos. Un personaje que cala en lo más hondo, por su conflicto personal, por su pérdida, su soledad, su desgracia, su habilidad y su inmensa capacidad para seguir caminando a pesar de los pesares, y su profunda y sensible armonía con la naturaleza y su entereza para afrontar los peligros de la existencia. A su lado, otro de esos personajes que se clavan en el alma, como el que hace Laura Contreras, una mujer solitaria, valiente e inteligente, nada convencional que se tropezará con el protagonista dejando algo en su interior. Marian Arahuetes es la esposa de Domingo, una mujer que espera y hace lo imposible para mantener la casa y el sustento. Pablo Viña hace de padre del pastor, tan enfermo como terco como desagradable, Joaquín Reyes es el cacique de turno, esos que, pase lo que pase, siempre ganan, y la breve pero arrolladora presencia de Assumpta Serna que protagonizó la interesante Red de libertad, de Moreno.
No quisiera despedirme sin hacer mención especial a los excelentes trabajos que han salido de los departamentos de arte, vestuario y ambientación, porque no solo nos trasladan al rural, natural y salvaje siglo XIX, sino que construyen una atmósfera absorbente que nos va sumergiendo en las diferentes estaciones, la película se rodó durante un año en lugares reales, acompañadas de sus correspondientes jornadas donde asistimos a una experiencia muy física y también, muy emocional. Si están buscando una película diferente, y muy alejada de lo convencional, no se pierdan una historia como la que nos cuenta Pastoris, filmada en la zona del rebollar, que recupera la parla del Rebollar, una variante del asturleonés, que se encuentra en peligro de desaparición, que aún dota a la película de una veracidad y honestidad muy importantes. Una película como Pastoris, de Pablo Moreno, nos remite a cierto cine español que ya no se practica, donde se recogen historias rurales con un gran rigor histórico que ayudan a conocer cómo vivíamos, que hacíamos y sobre todo, observan con atención, profundidad y sensibilidad nuestra identidad como pueblo eminentemente rural, en contacto con la naturaleza, los animales y sus peligros como los que hicieron Ana Mariscal, el citado Manuel Gutiérrez Aragón, Mario Camus, Víctor Erice, Montxo Armendaríz… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todos los espacios íntimos son los que se relacionan con la sensualidad, con la vida, con un orden mucho más cósmico”
Laura Esquivel
Las anteriores películas de ficción de David Pablos (Tijuana, México, 1983), van sobre un viaje de dos hermanas en busca de su madre desaparecida en La vida después (2013), en Las elegidas (2015), se metía de lleno en el mundo sórdido de la prostitución y el tráfico de mujeres, y en El baile de los 41 (2020), rescatba un suceso real que sucedió a principios del siglo XX cuando la policía de forma ilegal entró en una vivienda y descubrió a una veintena de hombres vestidos de mujer. En su cuarto trabajo de ficción, amén del par de documentales que arrancaron su filmografía, se adentra en el mundo salvaje y peligroso de los camioneros del norte de México, y añade la mirada a la comunidad LGBTQ+, en una historia que va de Veneno, un joven vagabundo que se acuesta con camioneros ávidos de sexo y compañía. Veneno conoce a Muñeco, un rudo y solitario camionero, tan quebrado como el muchacho, con el que compartirá viaje e intimidades, y no a lomos de sendos caballos sino subidos en un camión que lleva mercancías de aquí para allá, initerumpidamente.
El director mexicano nos sitúa en un entorno muy hostil, de una cierta masculinidad dura y de apariencias, en un viaje continuo que no parece acabarse nunca. Una travesía sin fin y sin destino aparente, en el que las diferentes etapas nos hablan casi en tono documental de una forma de vivir y de idiosincrasia en que los camioneros viven y sufren una vida dura, llena de peligros y conflictos. Además, el relato incorpora el western y el noir, un thriller seco, de polvo y arena, de carreteras solitarias, y lugares malolientes y aislados donde encontrar un poco de cariño y calor. El tercer vértice de la película es la mirada a la comunidad homosexual en un entorno en el que parece ser lo contrario, aunque las apariencias engañan, y los duros camioneros y molidos por la vida tienen su parte oculta que solo conocen ellos y su camión. Pablos habla de soledad, de masculinidad normativa y su contrario, de la complejidad humana y todo lo que rodea a dos seres quebrados por la vida y en situación de fuga o de viaje muy lejano en el que nada ni nadie les espera. Una travesía a los confines de la psicología humana y a esos no lugares, que parecen islas con pocos habitantes y los que hay parecen seres tan rotos que están como olvidados, como que nadie los reclama y si alguna vez lo hicieron ahora ya no.
La cinematografía la firma Ximena Amann, con una filmografía que abarca más de 20 títulos, al lado de directores como Alejandro Zuno y Astrid Rondero, en sus segunda colaboración con Pablos después de la serie La cabeza de Joaquín Murrieta (2023). Una luz llena de encuadres y planos muy cercanos y asfixiantes que ayuda a traspasar a los protagonistas, y a dotar de fuerza y mirada cercana a esa intimidad privada y hacia adentro por la que navega la historia, capturando todo ese submundo y agreste por el que transita el relato. La música de Andrea Balency-Béarn, tercera película con Pablos, después de El baile de los 41 y la mencionada serie, con unas composiciones que se camuflan con el áspero y sucio territorio, amén de temas tan populares como “Los caminos de la vida” y “Ojitos mentirosos”, en unos espacios donde abundan esos bares de carretera en el que pasa y se ve de todo, con esos temas propios del western crepuscular muy propio de finales de los cincuenta y sesenta cuando los cineastas miraron de frente alejándose de la épica y del mito. El montaje lo firman el dúo Jonathan Pellicer, con más de 27 títulos en su carrera, y Paulina del Paso, que ha trabajado con Tatiana Huezo, entre otros. Una edición modélica y sin fisuras, sobria y concisa, en el que nada está por estar, en un metraje que se va a los 93 minutos.
Destaca la presencia de Diego Luna como coproductor, en una película protagonizada por un dúo rompedor y magnífico como el debutante Víctor Prieto dando vida al joven buscavidas Veneno, todo un acierto la estupenda interpretación del actor primerizo. Le acompaña Osvaldo Sánchez, que parece sacado directamente de una película de Peckinpah, que interpreta al rudo y quebrado Muñeco, un actor con más de 100 producciones teatrales y 25 películas a sus espaldas. Y luego toda una retahíla de intérpretes, magníficos y cercanos que transmiten toda esa furia, dureza, rabia y pérdida por una tierra seca, dura y salvaje. La película En el camino me ha descubierto un cineasta extraordinario como David Pablos, que no conocía hasta la fecha, porque su film es un viaje por ese maldito norte mexicano donde dos pobres y perdidas almas encuentran un consuelo y un cariño que no esperaban, en una atmósfera de película de terror donde las amenazas son de carne y hueso, porque estamos ante un ambiente en que la vida pende de un hilo, y cada paso se mide y mucho, porque a parte de carretera, algunos tequilas, un poco de guiso, y algunas rayas de cocaína, y unos pocos polvos con alguna mujerzuela, la vida vale bien poco o quizás, vale algo pero todavía no saben el qué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, directora y actrices de la película «Apuntes para una ficción consentida», en el marco del D’A Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Me llamo Violeta Miraballes Llanera. Soy actriz y comparto esta casa con una actriz suiza, Lea Grand. Pero, qué hace un actriz suiza en Madrid. Me dijo que se había enamorado de nuestra lengua y que el acento no era ni lengua, ni texto ni teatro. Además, iba a fulminarlo en cualquier caso. Estaba en ello”.
Hay comienzos y comienzos en el cine. Por eso, viendo la apertura de la película de bellísimo y revelador título Apuntes para una ficción consentida, nos quedamos hipnotizados desde ese primer cuadro en el que observamos un balcón. De repente, una mujer abre la ventana y se posa delante de nosotros, mirándonos sin pestañear. Un personaje que se presenta y actúa como narrador no de su propia vida, sino que nos cuenta la existencia y cotidianidad de Lea Grand, una actriz suiza en Madrid, y sus pormenores de intentar ser actriz en una profesión extremadamente difícil, y más aún cuando no saben ubicarte. El relato se decanta por lo sencillo e íntimo, explicándonos de frente y a hurtadillas una historia particular y muy personal sobre una mujer extranjera en todos los sitios, incluso de sí misma, que no encuentra su lugar, o quizás, está llamando en los lugares equivocados.
La directora Ana Serret Ituarte (Madrid, 1970) se fogueó como asistente y directora de segunda unidad junto a directores como Mario Camus, Fernando Colomo, Gerardo Vera y Mariano Barroso. Ha dirigido un par de documentales La fiesta de otros (2015) y El señor Liberto y los pequeños placeres (2017), y desde hace once años colabora en el imperdible proyecto Cinema en Curs. Lea tiene mucho de Delphine, la mujer que no encontraba a nadie para viajar y lo hace sola en la magnífica El rayo verde (1986), de Éric Rohmer, y no lo digo porque vivan experiencias parecidas, sino por la actitud ante los problemas, ya que ambas resisten ante la adversidad, y lo hacen desde la serenidad y la reflexión, sin hacer aspavientos ni lamiéndose las heridas, sino continuando firmes a pesar de los pesares, firmes en su camino aunque la mochila lleven dudas, miedos y demás. El relato sigue a Lea, que va de aquí para allá con su inseparable bicicleta para conseguir su lugar como actriz, incluso viaja a su país natal, Suiza, para un proyecto. Lea vivirá sus experiencias a modo de capítulos, los apuntes del mencionado título, encontrándose con personajes como su ex, que la sigue dirigiendo en teatro, una joven actriz y compañera de piso, la narradora que hemos citado, un pianista que apenas habla, y un enfermero especialista en murciélagos.
La cinematografía exquisita y cercana, con ese cielo mortecino que acompaña toda la película, que le otorga un aroma romántico y de verdad a la historia, con una Lea metida en una vida en el que continuamente su reflejo la lleva a cuestionarse y lanzarse en libertad. Una luz bien ejecutada que transmite el desasosiego y alegría que siente la protagonista que firma Almudena Sánchez, que tiene en su haber a cineastas como Pablo Llorca, Chus Gutiérrez y documentales tan interesantes como a media voz y Viaje a alguna parte, entre otros. La banda sonora de la película es otro de los elementos rompedores y nada convencionales, porque se usan composiciones clásicas que firman Brahms, Beethoven, Chopin y Bach, interpretados por el músico Javier Porro, que le dan esa dicotomía en la que transita la suiza-madrileña. El montaje lo firma una grande como Marta Velasco, sobran presentaciones, con una larga trayectoria muy reconocida que le ha llevado a trabajar con grandes cineastas, en una elaborada y cuidada edición que nos lleva despacio y sin prisas por este deambular de la citada Lea, en su aventura cotidiana que tiene mucho de antiheroína que no se detiene, y cuando lo hace es para coger impulso y volver a lanzarse y vuelta a empezar, en sus 81 minutos de metraje que pasan volando, donde hay tiempo para charlar, reencuentros y demás sorpresas.
Una película de estas características, tan íntima y tranquila, debía tener una gran actriz como Isabelle Stoffel, habitual del cine de Jonás Trueba, con el que la película tiene cierta fraternidad, componiendo un personaje de verdad, con algún toque de su propia realidad, metido en una trama de cómo ser actriz y no morir en el intento. Le acompañan Violeta Rodríguez como joven y aspirante a actriz, la estimulante presencia de Álex Brendemühl como el ex, y los intérpretes suizos Manfred Liecht y Mona Petri, Francesca Piñon como vecina, y la aparición en un par de secuencias del director Sigrid Monleón. Resulta muy agradable el estreno de una película como Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte que debuta en la ficción con toques de realidad, o mejor dicho, ese cine que vive de lo cotidiano, de la verdad de sus entornos, personajes y demás accidentes vitales, porque el cine puede ser muchas cosas, y también, una excelente herramienta para mirarnos, para que nos miren, y sobre todo, aprender de los demás y de nosotros mismos, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos, o quizás, lo que pretendemos ser, entre sueños y realidades, entre lo que somos y lo que imaginamos, entre nuestros deseos y las malditas realidades que se interponen en nuestro camino. Todos esos palos toca la película, con su aroma de fábula de tantos actores y actrices que, por azares o destinos o cómo vds. deseen, aterrizan en un país tan ajeno que acaban de ser de allí aunque los demás crean lo contrario y eso provoque una eterna extranjería allá donde vaya y haga lo haga y sienta lo que sienta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA