Border, de Ali Abbasi

LA HUMANIDAD DEL MONSTRUO.

Había una vez una mujer llamada Tina que trabajaba como agente de aduanas y poseía un gran olfato que le permitía oler la culpa de los demás. Un día, se encuentra con Vore, un tipo de aspecto monstruoso como ella, que oculta algo, pero Tina, no logra adivinar. Además, Tina se siente fuertemente atraído por el misterioso personaje. La segunda película de Ali Abbasi (Teherán, Irán, 1981) vuelve a estar enmarcada por los mismos derroteros que su opera prima Shelley (2016) en la que alrededor de un bosque, una pareja que no podía tener hijos, contrata un vientre de alquiler que tendrá consecuencias terribles. Con la apariencia de fábula, en un espacio natural, apartado de todo, vuelve a contarnos el relato de una pareja triste, una pareja sin sexo. Él, un apasionado de las competiciones caninas, vago y aburrido. Ella, Tina, con su quehacer diario en el trabajo, sus largos paseos en el bosque y las visitas al geriátrico donde está su padre. Todo cambiará con la aparición de Vore, con una apariencia física parecida a la de Tina, alguien que repele a Tina, pero a la vez seduce y engancha, y la hará descubrir secretos ocultos de su pasado, una nueva ilusión, su verdadera identidad, y también, el otro lado del espejo, una malévola actividad que realiza Vore y que intentará arrastrar a Tina con él.

Abbasi disfraza su relato de película fantástica, en la que casan de maravilla la parte social con lo terrorífico, para hablarnos de la soledad, la tristeza, el ser diferente, las capacidades naturales, sentirse de otro mundo, la maternidad, la falta de amor, el lado oscuro de la condición humana, y demás temas que nacieron de la novela homónima del escritor sueco John Ajvide Lindqvist, coautor del guión junto al director e Isabella Eklöff. Autor entre otras, de la novela Déjame entrar, que fue adaptada al cine por el director Tomas Alfredson, en la que a través del vampirismo, nos contaban una historia sobre acoso escolar, soledad en la infancia y el deseo de escapar. Muchos de estos temas vuelven a tocarse en Border, título que alude a esa frontera en la que se encuentra Tina en relación a Vore, un ser extraño, repelente y singular, que le cambiará toda su existencia, para bien y para mal, sin medias tintas, que descubrirá placeres como el sexo y la felicidad, y también, tormentos, como la monstruosidad de los seres humanos o no, y las consecuencias de unos actos deleznables.

Abbasi realiza una película de género, sin ser de ningún género en concreto, porque la mezcla es brutal, hay secuencias de cine social que dejan paso a otras más de terror, de puro fantástico, e incluso esa parte thriller de investigación, donde los personajes de un medio u otro, se mezclan, se confunden e interactúan, en cierta manera, estamos ante un cuento fantástico donde humanos y monstruos conviven, se relacionan y viven de manera natural, aunque sin ocultar sus grandes diferencias y secretos, en que la naturaleza se convierte en paradigma de la libertad y la felicidad, pero también, de lo más terrible, donde se ocultan grandes maldades, en que la línea que separa el bien del mal es tan fina que es imposible reconocer, donde seres de diferentes mundos y condición, se mezclan de tal manera que es imposible definirlos, y saber de qué materia están hechos, de qué color es su alma, y cuáles son sus ilusiones y anhelos.

Eva Melander como Tina y Eero Milonoff como Vore son los dos magníficos intérpretes que dan vida a estos seres fantásticos, estos trols, bajo un espectacular maquillaje, en una composición que opta más por las miradas y los gestos que por las palabras, donde los hechos prevalecen al verbo, donde sus acciones describirán sus interiores y aquello que sienten, en una película que recuerda a esas fábulas donde monstruos y humanos convivían y se mezclaban, con una apariencia física que aterra, pero que también atrae, como le sucede al personaje de Tina con Vore, esa frontera, ese muro emocional que deberá franquear o no, en el que se sentirá especial y rota por dentro, en el que descubrirá lo mejor y lo mejor de la condición humana, el alma que se esconde y oculta agazapada en su interior, en un viaje emocional hacia lo más bello y lo más oscuro del alma, en el que la magia y la realidad que Abbasi envuelve toda su película, consiguiendo momentos realmente poéticos y sobrecogedores, como las secuencias sexuales entre los dos trols, que esconden toda la belleza y lo grotesco en un mismo acto, o el tempo narrativo que hace gala la cinta, en la que de forma pausada y detallista nos mueven de un lugar a otro, de una mirada a otra, de un carácter a otro, de un espacio a otro, de forma natural y poética, dejando que el espectador se sumerja en un mundo diferente, salvaje, humanista, y lleno de sensaciones bellas, oscuras y contradictorias, donde la vida y nuestros sentidos palpitan y estallan, a veces de felicidad, y otras de terror.

La quietud, de Pablo Trapero

HERMANAS PARA TODO.

Las primeras imágenes que nos dan la bienvenida a la película 9 ½ de Pablo Trapero (San Justo, Argentina, 1971) nos van descubriendo un entorno espectacular, un espacio a las afueras de Buenos Aires, un lugar rodeado de naturaleza, animales y vida, donde se alza, majestuosamente, una casa señorial de estructura elegante, y bellísima en todos los sentidos. La iremos descubriendo a través de la mirada de Mia, una de las hermanas, a través de un plano subjetivo, que nos la va mostrando, recreándose en cada detalle, avanzando ceremoniosamente por sus largos pasillos y sus estancias exquisitamente decoradas, donde no falta nada, y cada detalle asombra por su belleza. La casa señorial recibe el nombre de “La quietud”, un lugar que alberga toda la historia familiar, tanto sus alegrías como sus tristezas, y aún más, su pasado tortuoso que será desvelado a medida que avanza el metraje. La enfermedad del padre provocará el cisma que reunirá de nuevo a la familia, y más concretamente, a la hermana mayor Eugenia, que reside en París, lugar del exilio familiar durante la dictadura. Trapero es uno de esos cineastas que apoya toda su filmografía en aquello que conoce, en esos lugares comunes que forman parte de su vida y su mirada, en aquellas personas que se manejan en ambientes cotidianos, en sitios de trabajo y en esos barrios donde vivir cada día se hace más difícil.

Trapero hace un cine de cariz social no resuelve dudas ni mucho menos cuestiones, sólo mira a aquello que afecta de manera injusta y cruel a los más necesitados, a esos de abajo que cada se levantan batallando por su vida, en una sociedad cada vez más injusta e insolidaria, como lo demostró en su interesante debut, Mundo grúa (1999) y siguió en El bonaerense (2002), en Familia rodante (2004) y Nacido y criado (2006) introducía a la familia y como los vínculos se tambaleaban sobremanera por la agresión exterior, ya fuese física o emocional, en Leonera (2008) se centraba en las dificultades de una madre que tiene que parir en prisión, en Carancho (2010) exploraba las vicisitudes de un abogado lanzado a la ilegalidad para subsistir, en Elefante blanco (2012) nos hablaba de un barrio social capitaneado por dos sacerdotes que tienen que enfrentarse a la injusticia social, gubernamental y eclesiástica. En El clan (2015) en su primera incursión en la reconstrucción histórica, retrataba la vida criminal de la familia Puccio, durante la dictadura argentina.

En La quietud, vuelve a echar su mirada atrás, a la dictadura, pero desde el presente, desde una actualidad contada a través de las dos hermanas, que parecen idénticas, tanto físicamente como emocionalmente, aunque a medida que avanza la película, nos daremos cuenta de todas las cosas que las separa y unen. El cineasta argentino es un experto en confundir a sus personajes con el paisaje que retrata, en una especie de metamorfosis emocional, en el que unos y otros acaban perteneciendo a ese lugar de manera natural, como si  pudiesen invisibilizarse con ese espacio, como si cada parte de ellos quedará impregnada en los objetos y la naturaleza que los rodea, sabiendo sacar de manera narrativa todos los elementos que transmiten los lugares, como una prolongación de sus personajes, en que la película explica de manera sencilla y natural todo lo que allí se está cociendo, como ese espejo físico que existe entre los diferentes seres que habitan en ese espacio, como esas mañanas tranquilas y apacibles donde todo parece seguir un orden armónico, entre personas, naturaleza y animales, en cambio, cuando llega la noche, y se ha hace el silencio, la casa se transforma en otro lugar, donde las sombras acechan y perturban a cada uno de sus habitantes, desenterrando el paso oscuro y terrorífico que encierran esas paredes, donde todo se confunde, y donde las cosas adquieren una textura extraña, malévola y sangrante.

Trapero focaliza su película en las dos hermanas, en su relación actual, en su pasado, y en todo aquello que parece conducirlas por caminos tortuosos, donde la mentira ha dirigido sus vidas, donde parece que todo ha valido para mantenerse unidas, en el que las cosas nunca son lo que parecen, donde los engaños se han confundido con vivir y amarse. La aparición de Esteban, íntimo amigo de la familia e hijo del antiguo socio del padre, que mantiene una relación de cama hace años con Eugenia, que está casada con Vincent, que también hará su presencia en la casa con la muerte del padre, que es a su vez amante de Mia. Para colmo de males, Graciela, la madre, lanza una confesión que tiene que ver con el pasado familiar durante la dictadura, que trastocará las emociones de todos, y ya nada será igual en esas cuatro paredes, y la quietud que hace referencia el título, y el nombre de la casa, se convertirá en una dolorosa metáfora en los vínculos familiares.

Trapero maneja todos los elementos que tanto utilizan los seriales de sobremesa, pero desde una mirada diferente, a través de la intimidad y la relación de sus personajes, sin ahondar en las heridas de manera evidente, sino que la revelación del pasado, a través de las víctimas y verdugos familiares, adquieren un sentido más amplio, donde le sirve para profundizar en las verdaderas casusas y motivos de esos vínculos emocionales, que han atado a los diferentes integrantes de la familia, donde la mentira, sea histórica o familiar, fue y es el verdadero pilar de esa familia, donde la apariencia es sólo una muestra de la hipocresía y la desesperación de unos y otros. Un reparto magnífico encabezado por Martina Gusman (musa de Trapero que ha participado en 5 de sus películas) y Berenice Bejo, que dan vida a esas hermanas todo corazón, envidia, amor y mentira, bien acompañadas por Graciela Borges, esa madre de corazón roto, de vida en la sombra, que sabrá intervenir y arrojar toda la luz a ese pasado de mierda que habita en su familia y la casa, y bien resueltos los intérpretes masculinos, en una película muy femenina, con Edgar Ramírez y Joaquín Furriel, que mantienen la sobriedad y la contención en una cinta que vuelve a hacernos reflexionar sobre los males del pasado (como ocurría en Los perros, de Marcela Said, que también hablaba de esa burguesía chilena aupada gracias a la dictadura) y sobre la verdad que tan necesaria es, y sobre todo, sobre los tejidos familiares, esos vínculos que a veces se sostienen por finos hilos de mentiras, oscuros secretos y demás fantasmas.

Entrevista a Ramsés Gallego “El Coleta”

Entrevista a Ramsés Gallego “El Coleta”, actor en la película “Quinqui Stars”, de Juan Vicente Córdoba, en la oficina de Madavenue en Barcelona, el martes 27 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramsés Gallego “El Coleta”, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Juan Vicente Córdoba

Entrevista a Juan Vicente Córdoba, director de la película “Quinqui Stars”, en la oficina de Madavenue en Barcelona, el martes 27 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Vicente Córdoba, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Quinqui Stars, de Juan Vicente Córdoba

DE AQUELLOS BARROS, ESTOS LODOS.

“He dicho varias veces como protesta, como total contestación, que habría querido renunciar a la nacionalidad italiana. Haciendo cine, en cierto sentido he renunciado a la lengua italiana, es decir, a mi nacionalidad. Pero hay otra verdad, tal vez más complicada y profunda: la lengua expresa la realidad a través de un sistema de signos. En cambio, un director de cine expresa la realidad a través de la realidad. Ésta es quizás la razón por la cual me gusta el cine y lo prefiero a la literatura, porque expresando la realidad como realidad, opero y vivo continuamente al nivel de la realidad.”

Pier Paolo Pasolini

Cae la nieve, mientras avanzamos por las calles del barrio de Vallecas, en Madrid. Una voz nos va explicando las características y singularidades del barrio y sus habitantes, su memoria, sus construcciones, su idiosincrasia, todo aquello que de un modo u otro, a estado y ha sido el barrio. También, nos habla de tiempo, de aquellos barrios de finales de los setenta y principios de los 80, con la crisis económica y el terrible desempleo que asoló los barrios periféricos como este, y cómo, la crisis actual parece devolvernos al sentir marginal y pobre de estos lugares, donde la falta de trabajo y los problemas económicos que se derivan, provocan un gran fracaso escolar, el más alto de la Unión Europea, y los problemas pasados parecen que nunca se fueron, solo tapados por un tiempo.

El cineasta vallecano Juan Vicente Córdoba (Madrid, 1957) especialmente sensible con los problemas sociales y económicos de la periferia, cómo así lo certifican títulos como Entre Vías (1995) cortometraje que relataba la vida de tres jóvenes sin recursos, en Aunque tú no lo sepas (1999) basado en un cuento de Almudena Grandes, tenía un segmento amplio en el que recordaba el tiempo setentero y “quinqui”, en A golpes (2005) unas mujeres que practicaban boxeo, realizaban hurtos para sobrevivir. En Flores de luna (2008) miraba la vida comunitaria de las chabolas de la periferia de finales de los 50 en adelante. Ahora, el director madrileño, junto a Maria Reyes, su inseparable guionista,  construye un ejercicio que se mueve entre el documental y la ficción, transgrediéndolo y llevándolo a su terreno, yendo de un elemento narrativo a otro con naturalidad, mezclándolos y acercándose a temas sociales candentes de la actualidad, creando un vehículo del tiempo donde todos aquellos conflictos de los setenta y primeros de los años 80, tienen su espejo deformador en los tiempos de ahora, haciendo especialmente hincapié en los jóvenes.

Córdoba mira aquellos años y estos a través de Ramsés Gallego ·El Coleta” (alter ego de sí mismo) un cantante trap (una especie de rap reivindicativo con los más desfavorecidos y los problemas de barrio) que hace música social muy comprometida, haciendo múltiples referencias al cine quinqui y aquellos años de crisis que parecen no terminar, y lo convierte en una simbiosis entre persona/personaje porque El Coleta a parte de su música, y sus problemas laborales, está realizando un documental sobre el cine quinqui, en las que va entrevistando a aquellas personas vinculadas con el fenómeno como los actores José Sacristán, Enrique San Francisco o Paco Catalá, que trabajaron en varias películas de Eloy de la Iglesia, y rememorando los títulos de José Antonio de la Loma, con expertas en el tema como Mery Cuesta (comisaria de la legendaria exposición de “Quinquis de los 80. Cine, prensa y calle”) y todo aquel fenómeno de los Torete, Vaquilla, Jaro y demás héroes de barrio gracias a la prensa amarilla y el cine.

La aparición de periodistas y activistas como Montse Santolino, veterana en los movimientos obreros y vecinales que hace toda una memoria de aquellos años enfrentados con los de ahora. La película también hace un recorrido interesante y profundo sobre los jóvenes de ahora, la herencia quinqui, con el propio El Coleta, junto a Bea Pelea, Blondie, Ira Rap y demás artistas de la corriente Trap, en los que veremos su situación vital, social y económica, en los que veremos sus barrios como Vallecas, Entre Vías, de Madrid, y Bellvitge, La Mina o La Florida, de Barcelona, y escucharemos su música social, feminista y comprometida, y su manera de promocionarla, totalmente ajena a la industria. Córdoba enmarca su película de cinéma verité, al estilo de Jean Rouch en Chronique d’un été (1961) o el Comizi d’amore (1965) de Pasolini, donde tanto uno como otro, realizan una radiografía sobre las ideas, reflexiones y pensamientos de las gentes de a pie.

El cineasta madrileño, recuerda y utiliza el fenómeno del cine quinqui para  traza infinidad de líneas narrativas, a modo de caleidoscopio transversal, donde el tiempo no tiene comienzo ni final, retratando los problemas actuales escarbando en sus orígenes y matrices, donde la película va de un tiempo a otro de un modo natural y sin estridencias, vehiculándolo a través de la película ficticia que realiza El Coleta, esa especie de documental que rescata el cine quinqui hablando con sus protagonistas y las huellas visibles que todavía se mantienen, como ese momento único y especial donde las imágenes reales de la prisión de La Modelo en la actualidad, vacía y a punto de ser derribaba, mezcladas con imágenes de la época, por otro lado, y finalmente, momentos de las películas quinqui ambientadas en la famosa cárcel, en un momento mágico donde realidad, documento y ficción se fusionan creando una especie de nuevo estado en que el cine con sus innumerables narrativas se acerca a infinidad de momentos desde perspectivas diferentes, con el fin de profundizar en aquellos problemas y en los de ahora.

Córdoba nos lanza un metraje de 126 minutos, lleno de nervio y energía, que viaja de un tiempo a otro, y de un barrio a otro, a través de todo y todos, hablándonos de frente y sin tapujos, no hay medias tintas, ni nada que se le parezca, la película va al quid de la cuestión y de frente, siendo honesta y sincera, mostrando la realidad con su cámara y su juego cinematográfico, sin dejarse nada en el tintero, donde el tiempo parece detenido, sin avanzar, estancado e inamovible, como si los problemas de siempre siguieran ahí, sin nada ni nadie que los pudiese eliminar, donde hay referencias sociales, económicos, culturales y políticas, con la situación catalana también, desde la mirada de aquel que se acerca sin prejuicios ni complejos al tiempo que le ha tocado vivir, sabiendo del que venimos, porque él lo ha vivido de primera mano, extrayendo las múltiples posibilidades de su eficaz, fresca e interesante propuesta cinematográfica, sabiendo que el cine es una herramienta maravillosa por la que mirar la vida y la realidad de los otros, y la propia, eso sí, de manera crítica, comprometida y libre.

Morir para contar, de Hernán Zín

EL ALMA DEL REPORTERO DE GUERRA.

“En la guerra, en una semana tienes una vida condensada. No hay engaños, no hay máscaras, hay subidón, hay éxtasis, hay miedo, hay compromiso ético, hay empatía, pero no estás negando la esencia de la vida, que es todo arbitrario, y que es muy efímero y, eso es muy atractivo.”

Hernán Zin

El soldado que desactivaba bombas en Irak en En tierra hostil, la magnífica película de Kathryn Bigelow, se llenaba de dudas, miedos y traumas cuando volvía a casa y se enfrentaba a sus quehaceres diarios con los suyos. En la guerra era todo lo contrario, el peligro cotidiano, las balas silbando y las bombas cayendo, y su temible tarea, le activaban todos sus mecanismos humanos, y el miedo y su temeridad, le hacían vivir con intensidad y lleno de adrenalina. Algo parecido les ocurre a los reporteros de guerra, seres intrépidos que se lanzan a los conflictos armados para narrar lo que ven, para ser testigos de lo que ocurre para contarlo a los demás, profesión que definió Arturo Pérez- Reverte, que se pasó 21 años como reportero de guerra, de la siguiente manera: “Vamos a la guerra en busca de aventuras, pero volvemos con una maleta cargada de cadáveres.”

Las cuestiones que no se ven del reportero de guerra, lo que no recoge su testimonio periodístico y todo lo que les queda en su interior después de haber vivido situaciones de muchísimo peligro, la angustiosa vuelta a la realidad más cotidiana, y mucho más, es lo que recoge el nuevo trabajo documental de Hernán Zin (Buenos Aires, Argentina, 1971) que se pasó durante veinte años de su vida como reportero de guerra, pero un accidente en Afganistán en el 2012, lo retiró, y tras tantos años siento testigo privilegiado de tanta muerte y violencia, todo se desbordó y sufrió los males psicológicos de tantos años de miseria y terror. Todo aquel proceso traumático le ha llevado a hablar en primera persona de sus experiencias como reportero, contando con los testimonios de otros compañeros que también han vivido el reporterismo desde dentro, viendo, escuchando y documentando todas las barbaridades que han visto. Zin sazona la película con sus reflexiones sinceras, críticas y sentidas, abriéndose en canal, hurgando en sus heridas y dejando que los espectadores vean una cara de la guerra completamente diferente a la que conocen, desde la mirada de esos transmisores del horror.

El cineasta bonaerense lo hace con la ayuda de esos 17 testimonios que narran las interioridades de la guerra, de su cotidianidad del horror y la miseria humana, explicando face to face, sin trampa ni cartón, sus verdades, sus miradas, desde el compañerismo entre ellos hasta lo más desgarrador que han presenciado, registrando más de 20 años de guerras en África, Asia y Europa, hablándonos al oído de todo lo vivido, lo sufrido, de aquellos que no están, compañeros que perdieron la vida en la guerra, como Julio Fuentes, Miguel Gil o José Couso, y tantos otros, y de sus traumas derivados a tantos años de dolor ajeno, porque nada es ajeno, o aquellos que sufrieron violencia y fueron secuestrados, nos hablan de frente, sin dejarse nada fuera, narrando su cautiverio físico y emocional, explicando sus batallas íntimas y personales de su alma herida, sus pesadillas, sus noches de insomnio y demás roturas psicológicas. Zin vuelve a adentrarse en una película de anclaje social y humano, siguiendo el camino trazado en sus anteriores trabajos, en los que impone una mirada crítica y sincera sobre los males de este mundo, como la pobreza extrema que relató en Villa miseria (2009) o las consecuencias horribles en los más débiles en los conflictos armados como la violación contra las mujeres en La guerra contra las mujeres (2013) o los niños, tanto palestinos en Nacido en Gaza (2014) como sirios huyendo de la guerra en Nacido en Siria (2017) poniendo voz a aquellos que sufren la guerra cada día, a la deshumanización del individuo enfrentado a la brutalidad de la violencia y la muerte.

Escuchamos los diferentes relatos sobre un oficio que les apasiona, un oficio que consideran útil y necesario,  para todos ellos que sobreviven en el horror para contar lo que ocurre en la guerra, porque si no, no habría testigos, ni fotos, ni documentos que certificaran las atrocidades que allí se cometen, hombres y mujeres que se lanzan a contárnoslo y registrarlo, seres humanos que acaban pagando un precio altísimo de tantos años soportando humillaciones, sufrimientos y dolor, heridas a las que deberán enfrentarse con amor y paciencia, sabiendo que su trabajo, y el de todos los demás haya servido para hacer de este mundo un lugar más habitable y sociable, aunque a veces cueste tanto creer que eso pueda llegar a ser posible. Zin también nos habla de esperanza e ilusión, porque entre tanto caos y destrucción, enfoca su mirada a los niños, los más inocentes y perjudicados en las guerras, porque aunque estén lejos de sus hogares, embarrados y hambrientos, perdidos en un campo de refugiados, siempre habrán niños que quieran seguir siendo niños, y jueguen con aquello que encuentren, con los desechos o la basura, pero sin dejar de sonreír, y mirar la cámara inquietos y agitados,  sin abandonar una actitud alegre y bella.


<p><a href=”https://vimeo.com/296409016″>Trailer MORIR PARA CONTAR</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Con el viento, de Meritxell Colell

MÓNICA Y SU FAMILIA.

La película se abre de forma abstracta y ambigua, en la que vemos a Mónica ensayar una coreografía que la hace ir y venir con movimientos rápidos y bruscos, donde su respiración se mezcla con sus agitaciones corporales. Corte a Mónica caminando de forma agitada por las calles de Buenos Aires con una cámara que se mantiene muy cerca, encima de ella, donde los planos nerviosos y rápidos se amontonan uno tras otro. Sigue a una cena entre amigos distendida. Suena el teléfono, Mónica lo coge, y su hermana Elena le comunica que el padre se está muriendo. Mónica, sin dudarlo un instante, emprende viaje a un pequeño pueblo de Burgos a reunirse con su familia y sus raíces. La puesta de largo de Meritxell Colell (Barcelona, 1983) es una película ambientada en el mundo rural, donde Mónica se reencontrará, no solo con la familia que dejó hace años para convertirse en una bailarina reputada, sino también con sus raíces, aquellos espacios y objetos que formaron parte de su infancia, un tiempo alejado, extraño, como si otro lo hubiese vivido, como si nunca hubiera existido. Mónica es una extraña en ese lugar, alguien que ha perdido el vínculo con esos espacios rurales, con esa casa fría, y con esa forma de vida ancestral que el tiempo está borrando. La muerte del padre y la idea de vender la casa, contribuirán que la relación de Mónica con su familia adquiere elementos diferentes, porque todo ese mundo que le rodea ha comenzado su epílogo, su despedida, casi sin tiempo para volver a relacionarse con la tierra, la casa, su madre y los demás, con ese viento fiel y violento que acompaña  esa atmósfera de silencios y soledad.

La cineasta barcelonesa de raíces burgalesas, hecha la mirada atrás, a su propia infancia, no obstante dedica la película a sus abuelos, para contarnos una herida, una ruptura entre Mónica y su familia, un hilo roto entre el tiempo ausente de Mónica y el tiempo vivido entre esas cuatro paredes cuando Elena, su hermana, y Berta, su sobrina, se hicieron cargo de un padre enfermo. Un tiempo que Mónica, con los días de inviernos que pasa junto a su madre y sus raíces, y las visitas de la hermana y sobrina, tendrá que aproximarse a él desde la quietud, desde lo más profundo de su alma, en silencio, expresando con su cuerpo y su baile, todo aquello que no se puede expresar en palabras, porque no se encuentran o no existen. Colell apoya su relato en el rostro y el cuerpo de Mónica, arrancando con una forma nerviosa y enérgica, de planos cortos y rápidos, una dramaturgia que irá dejando paso a planos secuencia más largos, donde la cámara dejará de ser testigo inmediato para convertirse en observador paciente y certero, convirtiendo este drama femenino de cuatro voces, íntimo y muy personal, en una disección profunda y sobria sobre la condición humana y sobre la (re) construcción de los lazos familiares.

La cinta fusiona de forma natural y magnífica dos mundos, uno vivo y enfrentado, con  las relaciones difíciles y calladas entre las hermanas, en las que existe todo un mundo de separación, y la madre y sobrina, y otro mundo, aquel que de forma antropológica nos retrata esa vida que se extingue, que desaparece, que muere junto al abuelo fallecido y con la venta de la casa familiar, como el toque de campanas a muerto, lavarse el pelo con cazos, recoger patatas, cortar y apilar leña, plantar cebolletas, o toda una serie de objetos que pertenecen a otro tiempo, otro instante que albergó esa casa, como la máquina de hacer chorizos, los arreos propios del trabajo con el trigo o las albarcas, que cómo bien dice la abuela, de poco sirven en la capital. Una relación íntima y personal con unos objetos que ya dejaron de existir, que tuvieron su tiempo, y ahora se encuentran amontonados y llenos de polvo, objetos que las nuevas generaciones como la nieta quiere conservarlos, mientras la abuela quiere desprenderse de ellos, porque sabe que su tiempo de utilidad dejó de tener vida.

Colell ha hecho una película hermosísima y llena de detalles, en la que cimenta este  pequeño y cercano universo de forma natural y concisa, mirándolo de forma honesta e íntima, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, ya desde la ausencia de música extradiegética, sólo algunos temas, pocos, un viejo bolero o algún que otro tema clásico que acompaña a las danzas, una de Pina Bausch y otra, que sólo escucharemos. Los sonidos que escuchamos son aquellos propios de la naturaleza y domésticos, y los pocos diálogos que tiene la película, consiguiendo de esa forma ese entramado emocional de miradas, gestos y detalles por los que camina la película, en un tempo cinematográfico que irá, a medida que avanza el metraje, adquiriendo ese poso reposado, sin prisas, y sin pausa, donde la directora va cociendo a fuego lento la telaraña de relaciones y vínculos familiares que se van tejiendo a poca luz y con paciencia. La magnífica luz que nos atrapa en esa atmósfera sensible y violenta emocionalmente hablando, obra de Julián Elizalde (que también estuvo en Penélope o Las distancias, películas de reencuentros y roturas emocionales entre familia o amigos) y Aurélie Py, consiguen acercarnos de forma sencilla a ese universo de desayunos tranquilos, de partidas a la brisca, o de noches de deseos, donde los habitantes son parcos en palabras y más en gestos.

El extraordinario montaje de Ana Pfaff (imprescindible su mirada en este tipo de relatos íntimos, cargados de profundidad emocional, donde el detalle adquiere una dimensión muy profunda) contribuye a tejer con sensibilidad todo el entramado visual y emocional que arroja la película, construyendo de forma íntima toda la poesía y vida que respira el relato, conmoviéndonos desde lo más profundo, desde aquello que sentimos, donde se tejen con delicadeza los vínculos que nos hacen pertenecer a una tierra, su olor, su viento, su nieve y su aire. Una película que se mira en el neorrealismo en su forma de narrar una vida que desparece y trazar una realidad emocional difícil con múltiples detalles, o el cine de Antonioni en la relación de los personajes con el espacio, o el cine de Saura, en los tejidos familiares y el pasado como forma de entendernos y seguir caminando, donde tendría su más cercana mirada en Elisa, vida mía, donde una hija regresa a la casa del padre envuelta en recuerdos, miedos y relaciones rotas.

El fantástico cuarteto protagonista nos acerca, sin construcciones complejas, a todo ese universo de relaciones difíciles y soterradas que anidan en esa casa y entre las mujeres, empezando por Mónica García, brillante bailarina y coreógrafa,  que debuta en el cine con un personaje complicado, pero que sabe sacar adelante con brillantez, fusionando con matices todo lo que le une y separa con su tierra y los suyos, a su lado, Concha Canal, la maravillosa abuela en su primera incursión en el cine, con su maravillosa naturalidad y belleza que encarna a la tierra y a ese tiempo extinguido, con frases maravillosas como: “El frío nos conserva a todos”, “No te enteras de la fiesta” o “La brisca, mujer. Es más bonito”. A su lado, Elena Martín como esa nieta que no sabe qué hacer con su vida, si quedarse o marcharse fuera, y finalmente, Ana Fernández como Elena, la hermana mayor que ha tenido que hacerse cargo de sus padres con resignación y cariño. Cuatro mujeres, cuatro formas de entender y relacionarse con la tierra y sus raíces, que tejen en silencio y soledad todo aquello que les alegre y entristece, todo aquello que no se ve, todo aquel pasado y presente que vive y respira en esa casa, en esa tierra, en ese frío, y en ese viento.


<p><a href=”https://vimeo.com/290329355″>Trailer CON EL VIENTO (Meritxell Colell, 2018)</a> from <a href=”https://vimeo.com/numax”>NUMAX</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>