Entrevista a María Antón Cabot

Entrevista a María Antón Cabot, directora de la película “<3”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pultizer en Barcelona, el jueves 2 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Antón Cabot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a León Siminiani

Entrevista a León Siminiani, director de la película “Apuntes para una película de atracos”, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el sábado 8 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a León Siminiani, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Marisa en los bosques, de Antonio Morales

PERDIDA FRENTE AL ESPEJO.

Paul Hackett deambula por la noche neoyorquina de arrastrado por una alocada rubia que lo enredaba para su beneficio. Pepa Marcos hacía lo propio, pero por las calles madrileñas, perdiéndose en su desesperación por la usencia de su amante. Tanto uno como otra obedecen a personas confusas, desorientadas y completamente perdidas en la gran ciudad, sino en la existencia de su propia vida. A esta pareja de solitarios sin destino, añadimos a Marisa, una dramaturga de 35 años que, después de las últimas representaciones en un teatro independiente de su obra, se siente frustrada y sin ganas de seguir hacia adelante, aunque las circunstancias le obligan a consolar a Mina, su mejor amiga que acaba de dejarlo con su chico. Entre idas y venidas para ayudar a Mina, Marisa convierte su vida en una tragicomedia en el que cada vez hay menos risas y más tristezas, en una existencia ensombrecida de sí misma, como si otra mujer viviera su propia vida o como si ella se convirtiera en su propia doble que nunca logra alcanzar su verdadero yo.

La puesta de largo de Antonio Morales (Almería, 1977) nace de su propia experiencia como dramaturgo y director en la escena off teatral madrileña, centrándose en la solitud y frustración de una chica que parece que cada cierto tiempo tiene que empezar de nuevo, y al que su entorno siempre la busca para que les solucione sus problemas, olvidándose Marisa de los suyos propios, en una idea de centrarse en los conflictos ajenos para no afrontar los propios. El relato se centra en una noche, una noche donde a Marisa le ocurrirá de todo, en un intento de perderse en su propio laberinto mental hablando con unos y con otros, a través de su propio desconcierto, una noche donde se perderá entre los participantes del orgullo, se tropezará con un antiguo compañero de clase que ahora es una mujer, acudirá al teatro donde actúa una maga cómica, se enrolará en una fiesta en la que no conoce a nadie, y se (des) encontrará con su pasado por casualidad, como si el destino hubiera planeado esa noche para ella, una noche donde perderse de sí misma, sin fuerzas para encontrarse, con esa idea de fundirse con la oscuridad y ocultarse de los demás, y sobre todo, de sí misma.

Morales sigue a su antiheroína con la cámara pegada a su cogote, sin dejarla ni a sol ni a sombra, como ese espejo deformador de su propia vida, siguiéndola sin descanso en este laberinto nocturno que se transforma la noche madrileña, con sus personajes pintorescos, sus situaciones rocambolescas y sus puertas y espacios que se abren y se cierran sin tiempo a descubrirlos y entrar en ellos, casi un mundo fantástico y onírico donde nada de lo que vemos parece real, como si entráramos en un letargo donde todo lo que vemos lo produce el caos mental de la protagonista, como si todas las personas, los espacios y objetos estuvieran ahí porque ella, en cierta manera, lo ah dispuesto de esa manera. El cineasta andaluz se rodea de un nutrido grupo de actores de la escena off teatral madrileña entre los que destaca Patricia Jordá que da vida y cuerpo a Marisa, con sus rostros tristes y esa huida sin fin que emprende esa noche aciaga y extraña, junto a ella Aida de la Cruz, Mauricio Bautista o Yohana Cobo, entre muchos otros, que dan vida a esos personajes que cruzan en la noche de Marisa, sin poder echar un cable, por pequeño que sea, a la incapacidad de Marisa por encontrarse algo a que agarrarse y sobre todo, encontrar a alguien que la escuche (en cierta manera, Marisa se ha convertido en un recurso para sus allegados cuando tienen problemas, como el sucedía a Amélie Poulan, que harta de servir de flotador al resto, empezó a quererse y a ayudarse a sí misma).

Una película donde se mezclan la alegría y la tristeza, la luminosidad de la ilusión o la oscuridad que acompaña la perdida, con un gran esfuerzo técnico y artístico por parte de todo su equipo, que emulando a las comedias clásicas estadounidenses o al cine de Waters, y la comedia madrileña de comienzos de los ochenta con Trueba, Colomo o Almodóvar, ha conseguido una tragicomedia sobre los problemas existenciales y económicos de los jóvenes de hoy en día, cone se tono atemporal, donde coexisten móviles y vinilos, en el que hay cabida para cosas y elementos tan dispares como Broken Blossoms, de Griffith (en la que deja evidente el instante donde Lilian Gish forzaba esa sonrisa ante ese mundo cruel e injusto que le había tocado sufrir) o ese disco de Vainica Doble (dejando entrever que hasta las cosas más complejas siempre tenían un punto sencillo) pamelas en mitad de la urbe (donde la extrañeza y la confusiónd e su mundo se hacen patentes, como taparse la cara con el fular y las gafas) o vestidos ajustados de lentejuelas en un bosque mágico y a la vez, fantasmal, en el que todo parece tener sentido o no.

Verónica, de Paco Plaza

¿HAY ALGUIEN AHÍ?.

“En  Madrid,  a  principios  de  la  década  de  los  90,  se  registraron  una  serie  de  sucesos paranormales que tuvieron un amplio eco en los medios de comunicación y un fuerte impacto  en  la  sociedad  española  del  momento.  Esta  película  está  inspirada  en  dichos acontecimientos-”.-

Cuenta el más anciano del lugar que, a principios de los 90, en un barrio del extrarradio como Vallecas, entre altos edificios de color ladrillo rojo, uniformes escolares, colegio de monjas, ambientes grises, walkman, riejus, anuncios de televisión, padres ausentes y eclipses solares, vivió una joven llamada Verónica, una chica en los albores de la pubertad, en ese camino de tránsito entre la infancia que se acaba y la pubertad que va mostrándose. Una chica que debido al trabajo de su madre Ana en un bar durante todo el día, debía hacerse cargo de sus hermanos pequeños, dos gemelas inquietas y rebeldes, y el pequeño Antoñito. Un tiempo, en el que Verónica, según cuentan, y después de asistir a una sesión con la ouija con dos amigas, para invocar al padre muerto, se vio sometida a una serie de sucesos paranormales que trastocaron su propia existencia y la de los suyos.

El 7º título de la carrera de Paco Plaza (Valencia, 1973) exceptuando algún que otro documental musical, y centrándonos sólo en su género preferido: el terror. Un género que le ha llevado a la cima con una saga antológica en nuestras pantallas, Rec, que se presentó en el 2007, con una cinta que dirigió junto a Balagueró, y le siguieron las secuelas, dirigidas en solitario por Plaza, donde se despertó de nuevo al subgénero de los zombies, pero el director valenciano arrancó su andadura como director con la interesante El segundo nombre (2002) basada en una novela de Ramsey Campbell (otra novela suya sirvió de inspiración a Balaguero para su Los sin nombre), una película rodada en inglés, donde una joven descubría el pasado oscuro de un padre al que creía un santo, le siguió Romasanta (2004) sobre los asesinatos de un hombre lobo del norte, y para televisión, dentro del homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, en la serie “Películas para no dormir”, realizó Cuento de navidad, donde una serie de niños dejaban su candorosa infancia para convertirse en sedientos justicieros, y luego la saga Rec.

En Verónica, Plaza parece volver a sus orígenes, que ya apuntaban El segundo nombre y Cuento de navidad, donde a través de historias cotidianas, pocos personajes, una atmósfera intensa y un terror in crescendo, se centraba en sucesos muy inquietantes que traspasaban los límites del terror, construyendo obras de gran calado cinematográfico a partir de elementos domésticas y lugares comunes con un sello personal y muy oscuro, inspirándose en los grandes del terror. Ahora, nos enfrenta a una serie de sucesos paranormales, situándonos en un piso cualquiera de esos edificios altos de un barrio cualquiera, en el que una chica, la Verónica del título deberá enfrentarse a dos miedos: el paranormal, donde un espíritu maligno se ha apoderado de ella y de sus hermanos, y el otro miedo, este físico, donde se convertirá en mujer, dejando la infancia acomodada, y teniendo que asumir responsabilidades en su familia haciéndose cargo de sus hermanos pequeños. Plaza nos sitúa en los albores de los 90, concretamente en el 1991, en la España preolímpica, y acota su relato en tres días, los que van del 12 al 14 de junio, de un jueves a un sábado de madrugada, en unos sucesos paranormales que asolaron Vallecas en aquellos años, basándose en los informes reales del inspector encargado de aquellos casos.

El realizador valenciano crea esa atmósfera gris desde su primer instante, como viene anunciando el breve prólogo, de cuidada factura, en el que en una pantalla en negro, escuchamos la llamada de teléfono de socorro de la niña a la policía la noche de autos, inmediatamente, vemos coches de policía que cruzan la ciudad nocturna y lluviosa hasta llegar al piso, y nos sobrepasa un grito aterrador mientras miramos los rostros atónitos de los policías, y de ahí, abre al rostro de la protagonista que lentamente se despierta. La película está contada a través de la mirada de Verónica, la adolescente fan de “Héroes del silencio”, que escucharemos en su primer camino a la escuela con sus hermanos, el “Maldito duende”, después volveremos un par de veces más a los Héroes con el tema “Hechizo” en su parte final, y también, habrá otro momento para “El rompeolas” de Loquillo y los suyos. Verónica se mueve en ese tiempo de incertidumbre, de cambios hormonales y físicos, de dejar un tiempo sin fin a otro tiempo, el de la adolescencia, donde todo cambiará, donde se hará mujer (como ilustra una de las secuencias de la películas) en el que lo que empieza siendo un juego se convertirá en unos sucesos malignos que se apoderarán de ella, y la llevarán a un aislamiento mayor, si la ausencia del padre muerto, y la madre trabajadora, ya lo habían convertido en cotidiano.

Plaza construye su trama a partir de dos caminos, si bien, la película arranca como un drama social, en su primera mitad, donde una joven se ve inmersa en cambios y su ya citado aislamiento, y descubrimiento interior, en su segundo bloque, la película se centra en los sucesos paranormales, en el piso donde viven, la presencia de espíritus malignos, puertas y ventanas que se abren y cierran inexplicablemente, manchas oscuras, y movimientos de objetos, etc… Acontecimientos que Plaza va introduciendo lentamente, sin prisas, cogiendo al espectador de la mano y apretándosela cada vez más fuerte, sumergiéndole en un estado de ansiedad y angustia, al unísono de su protagonista, sin muy bien saber que ocurre y porqué. La película no deja de lado sus inspiraciones haciéndolas visibles como el giallo itanliano, con Argento a la cabeza, el universo Carpenter, las obsesiones entre fantásticas y domésticas del cine de los setenta de Saura, en especial Cría Cuervos…  (1975), del que realiza un sentido homenaje, y además, Ana Torrent, aparece como madre y llamándose Ana, y a Chicho Ibáñez Serrador y su maravillosa ¿Quién puede matar a un niño?

El inmenso trabajo de la debutante Sandra Escacena genera ese estado de caos emocional que vive la protagonista, esta princesa atrapada en un infierno doméstico del que no sabe ni como se ha metido, y sobre todo, como escapar de él. La mirada de la chica ahonda en ese descenso al infierno que es la película, su inocencia interrumpida y expuesta a los peligros de la edad adulta, desconociendo como hacer. La inmensa presencia de la gran Consuelo Trujillo (como la Hermana Muerta, en un cruce de la Mrs. Danvers de Rebeca, de Hitchcock, o el venerable Jorge de El nombre de la rosa) una monja ciega, que parece salida de ultratumba, en una presencia mágica y alucinante de la película, y el buen hacer de los niños, creíbles y fantásticos los tres pequeños, sin olvidarnos de las secundarias, la ya mencionada Torrent, y las Leticia dolerá y Maru Valdivieso, que ya habían formado parte del universo Plaza. Un universo inquietante, oscuro, maligno, donde las pesadillas más aterradoras nunca están fuera, sino en nuestro interior, en ese caos inmenso de emociones, angustias y miedos.

Esa sensación, de Juan Cavestany, Julián Génisson y Pablo Hernando

esa_sensacion_52885EL INMENSO VACÍO.

Tres directores: Juan Cavestany (1967, Madrid), autor de las imprescindibles Dispongo de barcos, El señor, Gente en sitios, entre otras, películas de costes muy reducidos que, desarrollan a través de breves secuencias, un compendio de lo absurdo de la existencia y cotidianidad, en el contexto de crisis económica, social y vital. Julián Génisson (1982, Madrid) del colectivo audiovisual Canódromo Abandonado, autor de La tumba de Bruce Lee (que se reserva un breve papel), y finalmente, Pablo Hernando (1986, Vitoria-Gasteiz), autor de los largometrajes Cabás y Berserker (2015). Y tres historias: Un extraño virus se propaga silenciosamente por la ciudad contagiando a los ciudadanos, a los que contagia sin remedio, sometiéndolos a situaciones sin sentido, en las que preguntan y formulan cuestiones sin venir al caso, dejándolos fuera de juego, y además, provocando la estupefacción de sus asombrados acompañantes. En la segunda, un hijo, vendedor de pisos, sigue a su padre que parece perdido sin tener muy claro quién es y qué hacer. Y para terminar, una mujer joven y atractiva tiene relaciones sexuales con todo tipo de objetos que se va encontrando en su camino.

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Tres miradas y tres relatos, tres formas de reflexionar y penetrar en el vacío existencial de la cotidianidad y el absurdo de nuestras vidas, desde un punto de vista irónico y sarcástico, situaciones surrealistas, incluso esperpénticas, de las que vemos cada día, pero siempre manteniendo un tono serio en lo que se cuenta. Historias que se narran de forma paralela, a modo de vidas cruzadas, en la que se opta por miradas y acercamientos diferentes: La del extraño virus, da una vuelta de tuerca más al cine reciente que ha ido haciendo Cavestany, un cine focalizado en las miserías y absurdos humanos, se mantiene fiel a sus antecesoras, pero optando por nuevos caminos, mantiene algunas de sus características, eso sí, como las abundantes localizaciones, o las tomas largas, mantiene un tono cercano y transparente, produciendo situaciones incomódas y esperpénticas, y una gran variedad de vaiopintos personajes que abarcan todas las clases de condiciones sociales y carácteres, sigue provocándonos mucha extrañeza y absurdidad, y penetra de modo salvaje, aún más si cabe, en la profunda herida de la desorientación de los ciudadanos. Continuando con la del hijo que intrigado por la actitud extraña de su padre, lo sigue por las calles y lo espía, un relato que nos habla de la fe, del descubrimiento de la fe católica por parte del padre, y el hijo, atónito por el hecho, no cesa de preguntar, buscando respuestas  pero es incapaz de  encontrar la manera de entender. Quizás, padre e hijo, se parecen mucho más de lo que uno u otro desearían. Un relato contado a modo de thriller urbano, con una cámara que funciona como testigo accidental a todo aquello que está sucediendo.

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Y para redondear la función, la de la chica enamorada de objetos, compuesta sólo por acciones, prescindiendo de diálogos, apoyada en una cámara pegada a su personaje, que sigue sin cesar a un personaje ávido de deseo que huye de un pasado que quiere olvidar, describiendo esas zonas oscuras que despiertan nuestro deseo, protagonizada por una actriz en estado de gracia, Lorena Iglesias, que mantiene de forma ejemplar la curiosa desviación sexual de su personaje, dotándolo de humanidad y extrañeza, y haciendo creíbles las situaciones con sólo gestos y miradas. Una cinta que demuestra la capacidad de nuestros creadores, que suplen la falta de medios, con una inagotable energía de talento y sabiduría, para seguir produciendo películas que hablen de los tiempos de ahora, desde miradas y puntos de vista diferentes, que actúa a modo de resistencia contra la corriente generalizada tan vacía y superficial. Cavestany, Génisson y Hernando han construido una película de ahora, contada de forma irónica y muy ácida, en la que ponen el dedo en la llaga en esa inmensa vacuidad instalada en todos nosotros, esa falta de rumbo y valores que se han perdido debido a la crisis. Una obra de nuestro tiempo, demoledora, y sin adornos, que habla de personas como nosotros, seres vacíos que no se encuentran a sí mismos, ni a los demás, que no saben adónde ir ni que hacer, individuos solitarios, faltos de vida, que deambulan como fantasmas por ciudades cada vez más extrañas y automatizadas, en un mundo caótico, materialista y falto de valores.

Julieta, de Pedro Almodóvar

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“Tu ausencia llena mi vida y la destruye”.

La película número 20 de Pedro Almodóvar (1949, Calzada de Calatrava, Ciudad Real) se abre de forma icónica y relevante. El plano nos muestra la forma de una vagina que inmediatamente, cuando el cuadro se abre, observamos que se trata del albornoz que lleva Julieta, la protagonista, e inmediatamente aparece el título de la película que inunda todo el cuadro. Julieta es el hilo conductor elegido por el cineasta para contarnos tres décadas de su vida, las que abarcan de 1985 hasta el 2015. Almodóvar se vuelve a su universo femenino, a centrarse en la maternidad, en el peso emocional que significa ser madre, el hecho de tener una hija y sobre todo, en las difíciles relaciones materno filiales. No obstante, desde su segunda película Laberinto de pasiones, las madres son una figura crucial e importante en su cine. Exceptuando a Gloria, la heroína de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, que representaba la tristeza y la soledad más extremas, y se debatía en sentirse viva con cualquier extraño o abandonar a su familia y vivir su vida. Las madres que aparecían en sus primeras películas, solían ser madres dominantes, castradoras y tremendamente manipuladoras. Aunque a partir de 1999, con Todo sobre mi madre, la imagen de las madres almodovarianas mudó de piel, se convirtieron en figuras protectoras, luchadoras que se desviven por el bienestar de sus primogénitos, actitudes que en algunos casos les lleva a tener relaciones complejas y dolorosas con sus hijos y entorno. Recordemos a la Manuela de la citada Todo sobre mi madre, la Raimunda e Irene de Volver, o la Julieta de ahora.

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Julieta nace a partir del imaginario de la escritora premio nobel, Alice Munro (1931, Wingham, Cánada), unos relatos cortos que suponen la tercera película de Almodóvar basada en un texto ajeno – las anteriores fueron Carne trémula, de Ruth Rendell y La piel que habito, basada en Tarántula, de Thierry Jonquet -. Una película que originalmente se iba a llamar Silencio e iba a rodarse en inglés, pero el proyecto tomó otra forma muy diferente. La trama arranca en la actualidad, en un piso vacío, en una situación de despedida, de tránsito, de dejar algo, Julieta (maravillosa Emma Suárez, que se convierte en uno de esos personajes femeninos emblemáticos que construyen el universo Almodóvar, mujeres solitarias, perdidas y rotas de dolor) deja Madrid para empezar una nueva vida en Portugal junto a su chico Lorenzo. Un encuentro fortuito cambia sus planes, y decide escribirle una carta a su hija Antía, una carta que llevaba mucho tiempo intentando escribir. Julieta le cuenta una experiencia que le cambió la vida, y arranca treinta años antes. Nos trasladamos a 1985 (no es casualidad que el período temporal de la película sea el mismo período de vida de El Deseo, la productora de los hermanos Almodóvar) y allí, en una noche de temporal, en un tren, Julieta (emocionante Adriana Ugarte) conoce a Xoan del que se enamora (guapísimo y masculino Daniel Grao) un hombre, pescador de oficio, que funciona como arquetipo, como un símbolo premonitorio de la tragedia. Julieta empieza una nueva vida en Galicia, junto al mar. Allí nace su hija Antía y el tiempo va pasando. Algo sucederá que reventará la tranquilidad de la vida de pueblo marina, algo que lo cambiará todo y desencadenará el drama de la película.

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El film viaja de una época a otra de manera sutil y tranquila, Almodóvar nos cuenta, a través de abundantes primeros planos con los que encuadra a su heroína, el drama de forma sencilla, avanzando lentamente, cuidando las situaciones con esmero, no adelantándose a los acontecimientos y dejando que todo vaya fluyendo. En relación a sus últimos melodramas, aquí el drama es diferente, otra vuelta de tuerca sabia de los infinitos recursos cinematográficos del manchego, que en esta ocasión, se cimenta a través del silencio, de la derrota psicológica y el interior emocional. Todo funciona de manera contenida, hay dolor, llanto, culpa y rabia, pero todo se desata en el interior de Julieta. Sí, estamos frente a una alma en pena que vaga sin rumbo y golpeada terriblemente por el peso del pasado, pero todo se sobrevive de manera callada, en silencio, no tiene fuerzas para gritar hacía fuera, y lo hace hacía dentro. El dolor la destruye y la mata, no es vida, se arrastra y no encuentra fuerzas para mantenerse en pie, pero hace todo lo posible para seguir hacía algún sitio, porque no es hacía delante, quizás su camino sea hacía el limbo de la pérdida y el dolor que mata pero no del todo. Almodóvar utiliza dos actrices para encarnar a la desdichada Julieta (cómo hacía Buñuel en Ese oscuro objeto de deseo, o Bergman en Persona, con la que comparte espejos deformantes de similitud y forma), resulta francamente extraordinario el momento que cambia de espacio temporal, en el mismo encuadre, en una elipsis de fuerza sobrecogedora, sólo utilizando una toalla.

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Dos mujeres rubias, dos miradas que abarcan treinta años, tres décadas de cambio, de un país de luz a otro muy oscuro, de aquellos años de vida y alegría, a estos de ahora, invadidos por la negritud y la incertidumbre. El melodrama se siente, se huele, nace desde las entrañas de Julieta, de su dolor, su culpa, y su vida amarrada a una ilusión que se desvanece como las flores en invierno. Aquí no hay espacio para la comedia, Almodóvar prescinde de esos momentos marca de la casa, que contribuían a aligerar peso en medio de la tragedia de sus personajes femeninos, en esta no hay espacio, sólo silencio, no hay tiempo para reír, sólo para penetrar en el interior de Julieta, cómo nos propone desde el primer plano de la película. Almodóvar no quiere que te distraigas, quiere que permanezcas atento a la pantalla, que sólo tengas ojos para Julieta, que sigas su camino redentor, como un barco a la deriva, sin rumbo, que observes sin juzgar esa alma destrozada y apagada, pero fuerte, que se resiste a tirar la toalla.

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Almodóvar viste sus películas con colores fuertes y vivos con predominio del rojo, que ya forman parte de un elemento característico en su cine, cada detalle y objeto están pensados y estudiados, nada es producto del azar, todo tiene su importancia, cada detalle por muy insignificante que parezca, forma parte de un todo. La luz de Jean-Claude Larrieu (habitual del cine de Isabel Coixet) impregna los encuadres de una forma tenebrosa y oscura en la parte de Galicia, (como la secuencia del tren con esa luz abstracta, casi de película de terror, escena que nos recuerda a momentos de la película Una noche, un tren, de André Delvaux) y esa luz apagada, que no brilla en los de Julieta adulta. La música de Alberto Iglesias (habitual del manchego en los últimos 9 títulos) envuelve a los personajes con unas melodías suaves que se agarran a fuego en la piel de Julieta. Como es habitual en el cine de Almodóvar, la dirección de actrices es extraordinaria, el director sabe manejar cada mirada y cada gesto dotándolo de las fuerzas necesarias, que aunque los personajes tengan menos apariciones, cada uno de ellos tenga su peso importante en la trama que se nos cuenta. El personaje de Inma Cuesta como la escultora Ava, o Beatriz, que interpreta Michelle Jenner, amiga de la infancia de Antía o Lorenzo, el hombre que viene al rescate que compone Dario Grandinetti. Almodóvar ha construido un melodrama clásico, como sus añorados Stahl o Sirk (con alusiones claras a Imitación a la vida), ese drama que se agarra al alma y no te suelta, que te conmueve desde la sutileza, sin aspavientos ni exaltaciones, a través de lo contenido, de ese dolor que crece en el interior, que no te deja, que te ahoga y te mata lentamente, cada día un poco más.

 

Joana Biarnés, una entre tots, de Òscar Moreno y Jordi Rovira

image002LA FOTÓGRAFA QUE DISPARA CON EL CORAZÓN.

Joana Biarnés (1935, Terrassa) nunca tuvo vocación de fotógrafa. Siendo niña ayudó a su padre en el laboratorio familiar. De hecho, quería ser telefonista, pero después de probar, y escuchar los sabios consejos de su padre, desistió, y probó en la pintura. Su primer dibujo fue un desastre, y el maestro convenció a su progenitor que su hija buscase otro oficio. Mientras ayudaba a su padre, descubrió la fotografía artística junto a otros colegas, que compaginaba registrando los eventos deportivos de su ciudad a los que su padre no podía acudir. Fue en ese instante, cuando Joana comenzó a apreciar el arte fotográfico y decidió ser periodista, se licenció y empezó a hacerse un espacio en su profesión.

El trabajo de Òscar Moreno (que viene del medio televisivo en el que ha trabajado haciendo reportajes) y Jordi Rovira (periodista de carácter social con reportajes sobre países en guerra y hambrunas) realiza un retrato intimo y cercano de la figura de Joan Biarnés, la primera fotoperiodista que hubo en este país. Con la ayuda de sus innumerables fotografías, archivo de prensa, alguna imagen audiovisual rescatada, y los diversos testimonios, entre los que se incluyen los de ella, y su marido y algunos amigos íntimos de su vida, los directores nos convocan a un recorrido personal y profesional por la mirada de esta mujer avanzada a su tiempo. La película arranca en 1935 con su nacimiento, y los años de hambre y antesala de guerra civil, recorre sus primeros años, el descubrimiento de la fotografía, el paso por la universidad y su reportaje del matadero, y luego su gran reportaje de calado emocional que fue el de las riadas de su ciudad Terrassa en 1962. Su traslado a Madrid para trabajar en el diario Pueblo, el cambio que supuso conocer al hombre de su vida, el reportaje a The Beatles, metiéndose en el lavabo del avión para sacarles fotos, y luego colarse en la suite del hotel de Barcelona para conseguir “La foto”, porque, según dice Joana, siempre puedes tirar muchas fotos, pero necesitas “La foto”, esa imagen que sabe captar ese momento fugaz e inolvidable que se instalará en la memoria.

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Su paso por el cine como foto fija, la cantidad de amigos, artistas y todo tipo de figuras relevantes del toreo, la artistocracia… de los entretenidos años 60, y su amistad con Raphael, al que siguió por todo el mundo. Los baños nudistas de los hippies en los 70, montó con unos colegas su propia agencia, artistas de Hollywood que nos visitaban, todos aquellos que pasaban por el ojo de Joana quedaban seducidos por esta mujer fascinante, moderna e independiente, de espíritu libre y combativo, que supo nadar a contracorriente en un mundo dominado por hombres y prejuicios, siempre con la memoria de su padre por delante, con una gran capacidad emocional y valentía que le permitieron derribar muros y fronteras que existían en su época. A principios de los 80, cuando el mundo del fotoperiodismo se había instalado en la mediocridad y la superficialidad extrema, Joana decidió dejarlo, no iba a convertirse en una paparazzi, y abrió una nueva etapa en su vida, dedicándose a la restauración abriendo un local en Ibiza junto a su marido. Un cuarto de siglo después, unos seguidores de su arte la han devuelto al ruedo y Joana ha vuelto a coger la cámara para hacer lo mejor sabe hacer. Moreno y Rovira han hecho una película de justicia, didáctica, valiente y honesta. Un documento que rescata del olvido una figura esencial, injustamente olvidada, una mujer y su trabajo que nos sirven para entender cómo funcionaba el periodismo de aquellos años. Una película que registra un tiempo perdido, mágico, romántico, de juventud, de libertad interior, de ser uno mismo, y sobre todo, de sentir que el mundo era un lugar al que podía mirarse de frente, con orgullo, sin miedo a nada ni nadie.