Lo que arde, de Oliver Laxe

CAMINANDO CON EL FUEGO.

“Si hacen sufrir es porque sufren”

Cuanta razón tenía mi querido Ángel Fernández-Santos cuando mencionaba que en las primeras imágenes se condensaban el espíritu y las raíces de la esencia del relato que a continuación nos contarían. Lo que arde sigue ese impulso que sostenía el recordado crítico con su arranque poético y cruel con esas imágenes que abren el tercer trabajo de Oliver Laxe (París, 1982) sobrecogidos por su belleza y dureza, cuando observamos como una máquina va cortando sin ninguna piedad un grupo de árboles eucaliptos, arrasándolos literalmente, en que el mal llamado progreso devasta la naturaleza y por consiguiente, su patrimonio. De repente, esa destrucción se detiene en seco, la máquina queda paralizada frente a un imponente y centenario eucalipto, como si la naturaleza, en su último aliento, todavía tuviese fuerzas para doblegar la codicia humana. La primera película que rueda Laxe en Galicia, después de sus dos aventuras con Todos vós sodes capitáns (2010) y Mimosas (2016) ambas filmadas en Marruecos, donde el director residía, el cineasta galego mira hacia su interior, hacia sus orígenes, cuando viajaba los veranos para visitar a sus abuelos en los montes de Os Ancares, provincia de Lugo. Aquella tierra de la infancia se convierte ahora en el paisaje áspero y bello, difícil y dulce, duro y sensible, en el que se desarrolla el relato.

Una historia que arranca con la vuelta de Amador, después de cumplir condena por incendiario, a la aldea junto a su madre Benedicta y sus animales, con el aroma de western, cuando aquellos hijos prodigo volvían a casa, después de conocer la civilización y salir trasquilados, en la piel del Mitchum de Hombres errantes o el McQueen de Junior Bonner. Laxe, a medio camino entre el documento y la ficción, filma con detalle y precisión la cotidianidad del hijo y su madre, cuidando de sus vacas, caminando entre los árboles y los senderos escarpados y agrestes del bosque, subiendo colinas y montes y observando un territorio en continua contradicción, como la relación entre ser humano y naturaleza, un dificultoso enlace entre las necesidades y los intereses de unos contra los elementos naturales que siguen un curso invariable, ancestral y caprichoso. Pero también tenemos el lado humano, ese pueblo que estigmatiza y desplaza a Amador por su condición de incendiario, llevando esa cruz pesada que le ha asignado la sociedad del lugar, como le ocurría a Eddie Taylor en Sólo se vive una vez, de Lang, cuando al salir de la cárcel, intenta sin salida huir de su condición de proscrito.

Laxe arranca en invierno, siguiendo el estado de ánimo que atraviesa Amador, adaptándose lentamente a las condiciones adversas de la estación, con la llegada de la primavera, las lluvias y el frío dejan paso a la luminosidad y el esplendor de un bosque que despierta del letargo hibernal, para cerrar su película con el verano y el fuego como visitante perenne de cada estío, devastando, como la máquina del inicio, todo a su paso, con unos vecinos desesperados intentando salvar sus casas, cuando piensan en ellas como reclamo turístico. El cineasta gallego-parisino se mueve constantemente entre los extremos humanos y naturales, entre aquello que nos atrapa y también, aquello que nos somete, entre lo justo y lo injusto, entre la belleza de la naturaleza y los animales, ante los intereses económicos y el cambio climático que están acabando con el rural, con los paisajes naturales y sobre todo, con la subsistencia de tantas gentes del campo. Laxe lanza una oda hacia estos lugares naturales en vías de extinción, espacios donde la vida se trasluce entre gentes que abren senderos con su caminar diario, que cuidan de los animales y los rescatan de su terquedad o miedo, donde se habla poco y se observa más, donde estos paisajes se ven contaminados con la mano del humano, que encuentra intereses mercantiles en casi todo, como en ese momento doloroso en que Amador y sus vacas se tropiezan con máquinas devastando árboles y recomponiendo la naturaleza.

Laxe nos sumerge en un relato sencillo e intimista, lleno de luz brillante y sombría, en el que indaga sobre la condición humana, sobre el olvido, el perdón, el amor y el estigma, donde la tierra se vuelve tensa e incendiaria, donde todo pende de un hilo muy fino, donde todo puede estallar en cualquier instante, donde las cosas obedecen a una estabilidad frágil. El cineasta vuelve a contar con sus cómplices habituales como Santiago Fillol en la escritura, Mauro Herce en la cinematografía, Cristóbal Fernández en la edición o Amanda Villavieja en el sonido, para dar forma a una película asombrosa, elegante, sobrecogedora y apabullante, tanto en sus imágenes como en su narración, exponiendo toda la complejidad vital de lo humano frente al entorno, un paisaje bello y cruel, con sus cambios climáticos y sus cambios producidos por el hombre, contándonos esta fábula sobre lo rural, libre y salvaje, como lo hicieron en su día gentes como Gutiérrez Aragón en El corazón del bosque, Borau en Furtivos o Armendáriz en Tasio, y tantos otros autores, en que el hombre luchaba contra los elementos naturales y sociales como hacía Renoir en El hombre del sur o Herzog en Aguirre, la cólera de Dios, y ese progreso devastador que aniquila el paisaje para imponer sus normas y leyes que cambian la forma natural con el conflicto que lleva a las gentes que viven de él y los animales que lo habitan.

Una película hermosa y magnífica con esa limpieza visual que ofrece el súper 16, y esos temas musicales que van de Vivaldi a Leonard Cohen, que ayudan a comprender más la complejidad de lo humano que rige la película, para sumergirnos en un universo ancestral lleno de continuas amenazas, a través de Amador, un tipo silencioso y melancólico con ese rostro vivido y marcado por el tiempo y el dolor, con las grietas faciales que da una vida dura y tensa (que recuerda al rostro de Daniel Fanego de Los condenados, de Isaki Lacuesta) junto a su madre Benedicta Sánchez, una mujer sufridora y maternal, que cuando su hijo regresa lo primero que le suelta es si tiene hambre, alguien que ama a su hijo, independientemente de qué se le ha acusado,  un amor maternal sin condiciones ni reglas. Dos intérpretes, que recuerdan a los actores-modelo que tanto mencionaba Bresson, se suman a Shakib Ben Omar, que aparecía en las dos primeras cintas de Laxe, debutantes en estas lides del cine, bien acompañados por sus leves miradas, gestos y detalles, en las que consiguen toda esa complejidad que emana de sus personalidades, de su tierra y su entorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los años más bellos de una vida, de Claude Lelouch

TIEMPO DE AMAR, TIEMPO DE VIVIR. 

“Los mejores años de la vida son aquellos que aún no se han vivido”.

Víctor Hugo

Un par de películas de corte negro y un documental sobre ciclismo era el bagaje profesional de Claude Lelouch (París, Francia, 1937) cuando dirigió en 1966 Un hombre y una mujer, un melodrama romántico de corte naturalista, íntimo y filmado con absoluta libertad, producido por el mismo director, más cercano a las nuevas vanguardias sesenteras que a las modas de entonces. La película protagonizada por Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant describía los encuentros de dos jóvenes viudos junto a sus hijos y el nacimiento de su amor, y la dificultad por llevarlo por consumarlo. El éxito que alcanzó fue abismal, Palma de Oro en Cannes, Oscar de Hollywood, más de 40 premios internacionales, y una película de culto inmediatamente e instalada para siempre en las almas de todos los espectadores del momento y del futuro. 20 años después se hizo una secuela que pasó muy desapercibida. Ahora nos llega la tercera entrega que recupera la primera, combinando secuencias en blanco y negro con unos jóvenes Aimée y Trintignant con las de ahora, 52 años después.

Lelouch filma su película 49 como si fuese la primera, a través de una intimidad y ligereza que desborda cada encuadre, apostando por esa luz natural que baña a sus personajes como ese primer encuentro, bellísimo, romántico y profundo, que protagonizan Anne y Jean-Louis más de medio siglo después, en el jardín de una residencia, ya que él padece muchas lagunas de memoria, que sin reconocer a Anne, a aquel amor de hace 50 años si que la mira y le recuerda a aquel amor sin reconocerla. Una conversación de 20 minutos donde Lelouch imprime una sensación de absoluta libertad formal, contándonos ese reencuentro desde la sinceridad y la belleza, desde lo más íntimo y profundo, desde aquel tiempo donde estas dos personas se amaron aunque de igual que una de ellas no recuerde a la mujer. El cineasta francés con más de 80 años resiste ante estos tiempos actuales tan convulsos en todos los aspectos y más en lo romántico, capturando una idea del amor desde el verbo, desde el recuerdo, de dos intérpretes octogenarios con los 88 de Trintignant y los 87 de Aimée, con esas miradas como si se mirasen por primer vez, con esos gestos cariñosos como si se los dedicaran por primera vez.

La película es un sentido y especial retrato sobre la memoria y aquello que recordamos, donde los dos enamorados vuelven a sentir aquellos encuentros en la playa de Deauville en invierno, o los viajes en automóvil en medio de una intensa lluvia, o ese maravilloso telegrama donde Aimée lo cambiaba todo pronunciando las palabras “Je t’aime”, el viaje nocturno de Jean-Louis imaginando el encuentro por las calles vacías de París, o la habitación de hotel donde no podrá consumarse el amor, recordando aquel sentimiento imperecedero, aquel instante fugaz donde el corazón se acelera, los nervios ahogan, las manos tiemblan, el cuerpo vibra, y las miradas se reencuentran, sonríes y la vida adquiere su verdadero valor, los problemas desaparecen aunque sea por un instante, y todo tiene belleza de repente porque el amor ha despertado y ha comenzado a caminar juntos de la mano, por una calle nocturna, una playa desierta o en el interior de un automóvil mientras suena una música que lo llena todo.

Lelouch huye de la nostalgia y del retrato condescendiente o azucarado, para construir una sincera y conmovedora historia, llena de matices y complejidades, muy de nuestro tiempo, o podríamos decir sin tiempo, porque este encuentro inesperado, propiciado por Antoine, como ayuda a un padre olvidadizo y ausente, para devolvernos a los dos amantes, que jamás hemos podido olvidar desde la primera vez que entraron en nuestras vidas,  que se reencuentran otra vez en la vida en este otoño o invierno de sus vidas, quizás para retomar aquel amor o simplemente para vivir o sentir aquello que sintieron y que no pudieron materializar emocionalmente, quién sabe, por lo pronto cogen el coche, un estupendo dos caballos y se lanzan a pasear, a mirar el paisaje, a vivir, a sentir, a volver a ser ellos, o al menos aquello que tuvieron, ahora diferente, de otra manera, claro está, pero igual de íntimo, sincero y libre, porque como explica el propio Lelouch: El amor es el arte del presente, y el presente es todo lo que tenemos.

Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant retoman sus personajes (al igual que Souad Amidou y Antoine Sire, que daban vida a los respectivos hijos en el 66)  y le dan una calidez y naturalidad extraordinaria, con esa mirada perdida y cercana de él, y esa mirada enternecedora y natural de ella, como si el tiempo hubiese condensado aquellos instantes del 66 para reverdecerlos ahora, en ese instante y en este momento, ofreciéndoles una segunda o tercera oportunidad, en esta primavera bella y llena de luz, inesperado y compleja, como casi todas las cosas buenas que pasan en la vida, como si la vida y todas sus circunstancias hubieran permanecido a la espera de despertar justo en ese momento compartido para los dos amantes, devolviéndose el esplendor de aquellos sentimientos que por motivos ya conocidos no pudieron llevar a cabo (con otro de sus maravillosos flashbacks nos devolverá aquella habitación de hotel en silencio, sólo llena de miradas angustiosas y tristes, con ese ascensor, esa bajada de escaleras y ese rumor de que todo podía haber ocurrido y finalmente, no llegó a producirse) porque así también es la vida y el amor, lo puede ser todo y también, puede ser la nada, aunque para Anne y Jean-Louis hay una puerta inesperada para que el amor volviese a sus vidas, donde lo dejaron, en otro tiempo, en otras circunstancias y en otro momento, como si ese amor los hubiera estado esperando medio siglo después. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Sara Sanz y David Hebrero

Entrevista a Sara Sanz y David Hebrero, actriz y director de la película “Dulcinea”, en el marco del BCN Film Fest. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de abril de 2019 en el Hotel Casa Fuster en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sara Sanz y David Hebrero, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Ariadna Seuba Serra

Entrevista a Ariadna Seuba Serra, directora de “Operació Globus”, en el marco del DocsBarcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 22 de mayo de 2019 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariadna Seuba Serra, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y al equipo de prensa de DocsBarcelona, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Alberto Gracia

Entrevista a Alberto Gracia, director de la película “La estrella errante, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el viernes 3 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto Gracia, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La ceniza es el blanco más puro, de Jia Zhang-ke

VOLVER A LAS TRES GARGANTAS.

“El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón”.

Marcel Proust

El cineasta Jia Zhang-Ke (Fenyang, provincia de Shanxi, China, 1970) lleva desde finales de los 90, más concretamente, desde 1997 cuando debutó en el largometraje con Xiao Wu, el relato de un ratero de poca monta enamorado de una prostituta y envuelto en una maraña de soledad y ostracismo social, viendo el final de su juventud en mitad de los profundos cambios que se producían en el país chino. La primera piedra de su cine marcará considerablemente los elementos enraizados en su universo: el final de la juventud, que conlleva la pérdida de la inocencia y asumir la etapa adulta. El amor, como motor vital para sus personajes, amores casi siempre rotos, frustrados, envueltos en el aroma de la tragedia, separados y reencontrados, amores de verdad, de los que uno siente pocas veces en la vida. El paso del tiempo, como vehículo para no solo envejecer a los personajes y sus recuerdos amontonados, sino también, como retratista y observador crítico e absorbente de los cambios tan profundos producidos en China tanto a nivel económico, social y cultural, con un nuevo mundo, moderno, blanco y vacío, que se impone a ese otro mundo más tradicional y popular, borrando los espacios y minando los recuerdos de sus individuos. Tres vertebras argumentales que sazonan irremediablemente un cine que captura el tiempo en su mínima expresión y cómo afecta a sus personajes, personas que se mueven constantemente por un país en continua transformación, en que el paisaje queda almacenado en la memoria desdibujada, como si el país tuviera prisa para dejar lo que fue para no saber lo que será.

Zhang-Ke se ha convertido en uno de los cineastas chinos más importantes de los últimos tiempos, un poeta y cronista del tiempo y la transformación de su país, una mirada crítica y obsesiva que nos invita a viajar a las entrañas más ocultas de China. Para centrarnos en La ceniza es el blanco más puro nos tenemos que remontar y detener en dos de sus títulos filmados a principios del  nuevo siglo, en las que encontramos similitudes o reflejos, en Placeres desconocidos (2002) nos situaba en una zona minera del norte donde Qiao, una joven enamorada del gánster local soñaba con salir del lugar y conocer mundo, mientras su mejor amigo bebía en secreto los vientos por ella. Y Naturaleza muerta, estrenada cuatro años más tarde, nos envolvía en la mirada de un joven que volvía buscando a un antiguo amor a su pueblo natal,  ahora enterrado por la construcción de “Las tres gargantas”, una mastodóntica presa que sumergía a varios pueblos y sus habitantes eran trasladados a otros lugares.

La película de Zhang-Ke estructurada a través de tres episodios, como ocurría en su anterior película, Más allá de las montañas. En el primero, como ocurría en Placeres desconocidos, nos lleva a Shanxi, una zona rural minera del norte, fría y solitaria, en el año 2001 donde Qiao mantiene una relación con Bin, jefe de una banda local de gánsteres (los llamados “Jianghu”). Todo terminará para ellos de forma brusca y trágica, cuando en una reyerta Qiao es detenida y condenada. En el segundo episodio, Qiao sale de la cárcel cinco años después, y viajamos con ella hasta el suroeste del país, a bordo del río Yangtsé, en la zona de las Tres Gargantas, el mismo espacio de Naturaleza muerta, en que la protagonista viste las mismas ropas y lleva el mismo peinado. Qiao busca a Bin entre ese mundo de muelles, barcos de pasajeros, de trasiego brutal y bullicio eterno. Cuando lo localiza se van a una habitación, en el que el cineasta chico hace alarde de otro de sus elementos característicos, la mise en scène, donde apabulla con sus leves y precios movimientos de cámara y su talento para desdibujar los colores y crear una atmósfera cambiante y cargante que define con sutileza todo el amor y desamor que bulle entre los amantes reencontrados, en una secuencia que recuerda al universo de Antonioni, no obstante, el cine de Zhang-Ke tiene mucho de reflejo en el maestro italiano.

En el último segmento de la película, nos encontramos en la actualidad y viajamos con Bin, que postergado en una silla de ruedas visita a Qiao en una vuelta a los orígenes porque volvemos a encontrarnos en Shanxi, pero completamente transformado por las innumerables construcciones que lo han cambiado por completo, como esa estación híper modernizada en el que se reencuentran los dos amantes y que lo único reconocible son sus emociones o las huellas de éstas. La forma también tiene su importancia en el cine de Zhang-Ke, con el grandísimo trabajo del cinematógrafo Eric Gautier, que trabaja con el realizador por primera vez (colaborador de Asayas, Costa-Gavras, Resnais, Carax, entre otros) porque en esta película combina formatos de filmación diferentes, desde el vídeo doméstico de las primeras imágenes combinado con un sistema de video que logra llevarnos a las texturas e imágenes de aquel momento del 2001. Luego, en las Tres Gargantas opta por el 35mm, en el que nos transporta en un halo de tiempo y misterio donde no solo mira a su cine doce años después, sino que envuelve a Qiao en esa atmósfera de nostalgia, desamor y espectral. Y por último, para filmar la actualidad, opta por un sistema de video de alta definición que casa de manera subyugante con ese paisaje futurista y vacío que muestra la película, enfrentado al local que regenta Qiao que parece instalado en el pasado, como si los personajes quisieran volver a lo que eran, a lo que sintieron, a lo que perdieron.

Zhao Tao, actriz fetiche y musa del director, protagonista de casi todas sus películas, vuelve a brillar enfundándose en una mujer de armas tomar, una mujer enamorada capaz de cualquier cosa por su amor, en una mujer de idas y venidas, de un fantasma que vaga pro esos paisajes ajenos y desconocidos para ella, en un intento vano de capturar ese espacio reconocible que lelva consigo ese amor que, muy a su pesar, sigue bullendo incandescente, como una llama que se resiste a apagarse a pesar de los embates vitales y circunstanciales. A su lado, Liao Fan, que debuta con el director, en un tipo que fue alguien y el tiempo le ha devuelto a una realidad desconocida para él, que ama a Qiao y se resiste a ese amor a pesar de lo sucedido, aunque niegue lo contrario. Zhang-Ke nos envuelve en una historia de amor trágica, de dos seres enamorados a pesar del tiempo, del país cambiante, a pesar de sus buenos recuerdos, a pesar del espacio que los separa, a pesar de ellos y sus deseos e ilusiones, a pesar de todo lo que soñaron, porque quizás lo único que no puede cambiar es el amor, aquello que sentimos por el otro, quizás lo único que tiene sentido en esta vida que llevamos cada día con nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Azul Siquier, de Felipe Vega

LA MIRADA DEL FOTÓGRAFO.

“Cada vez que miramos una fotografía, somos conscientes, aunque sólo sea ligeramente, de que el fotógrafo escogió esa visión entre una infinidad de otras posibilidades. El modo de ver de un fotógrafo se refleja en su elección del tema”.

John Berger

Hay varias teorías respecto al origen de la palabra azul, según se dice, quizás derive del árabe hispánico, este del árabe lāzaward, “lapislázuli”, este del persa laǧvard o lažvard, y este del sáncrito rājāvarta, “rizo del rey”. Sea cual sea su origen, en la RAE tienen más claro su significado, refiriéndose a: Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso. Venga de donde venga y sea cual sea su significado, lo que está claro es que ese color ha sido el inicio, el desarrollo y el motor de la obra del fotógrafo Carlos Pérez-Siquier (Almería, 1930) un color que siempre estará relacionado a su obra, y a él mismo. Aunque, dicho sea de paso, su andadura en el universo de la mirada y la fotografía arranco con el blanco y negro, y más concretamente, en el barrio de su ciudad natal,  “La Chanca”, que ya había sido objeto de estudio por Juan Goytisolo (1931-2017) en su libro homónimo de 1962, donde encontramos definiciones como: “El barrio de la Chanca se agazapa a sus pies, luminoso y blanco, como una invención de los sentidos. En lo hondo de la hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojados allí caprichosamente. La violencia geológica, la desnudez del paisaje son sobrecogedoras “. Doce años dedicó Pérez-Siquier a mirar el barrio, un barrio periférico, pobre y miserable, donde se hacinaban familias y sobrevivían como podían en aquella España del desarrollismo económica que negaba otras realidades más tristes y duras. Pérez-Siquier se detuvo en sus calles, sus casas, sus gentes y su espíritu, indomable y digno, en el que la humanidad radiaba a pesar de todas las penurias acaecidas.

El cineasta Felipe Vega (León, 1952) autor de obras de gran calado humanista y profundamente personales como Mientras haya luz (1987) El mejor de los tiempos (1989) o El techo del mundo (1994) donde explora los temas sociales desde una mirada crítica y honesta, sumergiéndose en mundos olvidados que no están muy lejos de la sociedad bien pensante y moralista. También, se ha acercado al mundo de las emociones y los conflictos personales en películas de la talla de Nubes de verano (2004) o Mujeres en el parque (20016), y también, ha desarrollado una carrera muy interesante en el campo documental con obras acerca de la memoria como Cerca del Danubio (2000) en el que se acordaba de los 142 almerienses que acabaron en el campo de extermino de Mauthausen, y en Eloxio da distancia (2008) junto a la pluma del escrito Julio Llamazares, se adentraba en las costumbres y la cotidianidad de A Fonsagrada, un pequeño pueblo lucense alejado del mundanal ruido.

Vega es un enamorado de la fotografía y de Almería, y conserva una amistad de más de un cuarto de siglo con Pérez-Siquier, así que de recibo dedicarle un tributo-homenaje a su fotografía, a su arte, a su mirada y sobre todo, a su humanismo, en un trabajo que huye de los cánones establecidos para centrarse en la parte humana del que hay detrás de las fotografías, haciendo hincapié a sus fotografías en blanco y negro, donde además de denunciar las condiciones miserables del barrio de “La Chanca”, se esforzaba en extraer la belleza cotidiana de sus gentes, sus casas y su ambiente, creando imágenes de gran belleza pictórica muy sabiamente mezclada en ese durísimo entorno social, como escribía Goytisolo tan acertadamente: “Y no hay nada, sino fuego y líneas de color extremado”.

La película también se detiene en su fotografía en color, importantes para estudiar lo que significó el desarrollismo económico en la España franquista con la llegada masiva de tantos turistas que venían a empaparse de sol y fiesta, con esas fotografías de personas anónimas que se tuestan en las playas, siempre con esa idea de la fotografía social y además, bella visualmente, jugando de manera sencilla y admirable con los colores, con su “azul” omnipresente tan característico de sus imágenes. Luego, la película se detiene en los reconocimientos posteriores, su visibilidad como uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX, el legado de su obra y todos los procesos creativos que lo han acompañado cuando de forma honesta y anónima se acercaba a recorrer las calles de “La Chanca” y toparse con sus habitantes y sus miradas, como la de esa niña, inmóvil que lo mira con la curiosidad del que mira a un extraño, a alguien diferente a su cotidianidad, a un ser, armado por una máquina que quiere retratarla, que años después recupera y vuelve a inmortalizarla, ahora en color.

Vega mira a Pérez-Siquier desde la admiración, desde la sencillez del que se detiene a mirar esa imagen que le cautiva, que le transporta a otra perspectiva, de aquel que mira sin condescendencia ni sentimentalismos, del que se muestra curiosa y atento ante la mirada del fotógrafo, mostrando su humanidad, sus procesos, su alma inquieta y curiosa a robar lo efímero, aquello casi invisible para el resto, aquello que, en un instante casi imperceptible, se convierte en algo bello, intangible y lleno de luces y colores, aquello que advierte algo mágico, algo profundo y algo sentido, aquello que quedará inmortalizado para siempre, para que alguien quiera mirarlo detenidamente, sin prisas, con la pausa que dan la curiosidad y la inquietud de mirar y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA