Entrevista a Hugo Stuven, director de la película «El nido», en la terraza del Hotel Seventy en Barcelona, el martes 8 de septiembre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hugo Stuven, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El bien y el mal no tienen nada que ver con los dioses. Tiene que ver con nosotros”
Matthew Woodring Stover
El cine de género de los últimos años se ha decantado por un público joven y distraído, olvidándose de lo psicológico y sobre todo, de sugerir, generando atmósferas que atrapen al espectador de forma sutil y construyendo tensiones sorprendentes. Ahora, el cine de género se ha instalado en una comodidad trillada, porque todo se muestra demasiado y el susto facilón se ha convertido en el sello de muchas producciones, recurriendo a tramas en muchos casos inverosímiles y con poca profundidad. Por eso una película como El nido, de Hugo Stuven (Madrid, 1978), coescrita por Santiago Lallana y César de Nicolás (cómplices en los anteriores trabajos de Stuven) y el propio director, es una excepción, porque basa toda su trama en todo aquello que no vemos, y nos construye una asfixiante atmósfera psicológica, tan cotidiana como sorprendente, con pocos personajes, donde todo se sugiere, y sobre todo, en un concepto simple pero muy atractivo: el bien y el mal, dos espejos y dos espacios: interior y exterior. Un interior que es una casa perdida en mitad de una arboleda en la que moran Marta, una mujer acosada por el fatídico mal, su pequeño hijo Óscar, y su madre Elena, que tiene encadenada.
De Stuven conocemos sus películas Anomalous (2016), Solo (2018) y su serie Dime tu nombre (2015), amén de sus documentales sobre ETA y figuras deportivas como Ángel Nieto y Severiano Ballesteros. En sus ficciones se ha decantado por el terror, un terror psicológico, exceptuando Solo, que gira sobre la supervivencia de un hombre accidentado. Un cine de género que huye de lo fácil y lo evidente para rastrear espacios atrayentes y crear atmósferas peculiares como lo que hace en El nido, en un escenario que recuerda a las películas de estudio que se hacían en el Hollywood clásico en los treinta y cuarenta, y las producciones míticas de la Hammer inglesa, porque la casa, donde se desarrolla la trama, sin olvidar su exterior, porque en la película es tan importante lo que se ve como lo que no, y también el citado concepto de dentro y fuera, del mal como personaje o ente que sacude la vida y las circunstancias de todos los personajes, sobre todo, el de Marta, un ser que vive atemorizada por todo ese mal que viene del exterior, y hace y deshace en relación a eso que no sabemos qué es. Lo iremos descubriendo a medida que avanza la trama, sin prisas y con detalle, siendo la sombra del personaje de Marta.
El gran trabajo técnico de la película ayuda a crear las tensiones que se van produciendo, desde la cinematografía de Ángel Iguácel, otro colaborador estrecho del director madrileño, con una luz mortecina que evidencia la atemporalidad del relato, y ayuda a crear ese universo tan íntimo y a la vez, tan siniestro, donde lo cotidiano opta por formas muy oscuras sin perder ningún atisbo de realidad doméstica. La magnífica música de Vanessa Garde, con más de 39 títulos al lado de cineastas como Raúl Arévalo, Jota Linares y Claudia Pinto, entre otros. Una composición que atrapa desde el primer minuto potenciando el entramado psicológico que se cierne sobre la historia. Destacar el arte de una grande como Ana Alvargonzalez y el vestuario de Olga Rodal e Irantzu Ortiz, elementos fundamentales en el terror para definir la ambigüedad de la temporalidad. El montaje de un grande de nuestro cine como Nacho Ruiz Capillas, con más de 140 películas en su filmografía que le ha llevado a trabajar con Amenábar, Bollaín, Léon de Aranoa y muchos más. Una edición que se ve con reposo, sin aceleraciones, dosificando la información con temple y detalle, en sus 109 minutos de metraje que se ven con tensión y ese mal rollo instalado.
La presencia de Michelle Jenner como Marta es todo un acierto, porque la actriz catalana hace uno de sus mejores papeles, porque se aparta de todo lo que había hecho hasta la fecha, en un rol de una mujer obsesionado con el mal de afuera, con su pasado, sus culpas y arrastrando un dolor que le impide estar bien con los demás y consigo misma. Le acompañan Luisa Gavasa como su madre, y el niño Dylan Radley como su hijo Óscar, y hasta aquí puedo leer para no desvelar más de lo necesario. Si tuviésemos que poner algún pero a El nido, sería algún barullo de guion por la acumulación de información, aunque solo es un leve detalle que no desmerece en absoluto el conjunto de la películas, porque nos devuelve el cine de género como se hacía antes, con esas películas que nos sujetaban a la butaca del cine o del sofá de nuestra casa, sin parpadear y sin mover un músculo, ya que las imágenes que veíamos nos paralizaban. Estamos ante un cuento de terror con aroma de Shyamalan y Eggers, que se ve con mucho interés, y no recurre a las trampas de muchas películas, y eso ya es mucho, porque Hugo Stuven quiere que los espectadores disfruten de su película, es decir, que lo pasemos mal durante un rato, en esa casa y con esos personajes y el pasado y las heridas que arrastran que no son pocas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La mayor de las fuerzas no yace en los números, sino en la unidad”
Thomas Paine
En el inabarcable panorama cinematógrafo cuesta encontrar un cine comercial con contenido. Un cine que entretiene y además, tenga un guión que huya de las tramas facilonas, los manidos arquetipos y sobre todo, el abuso indiscriminado de los efectos especiales sin ningún sentido, sólo para levantar de la butaca a los espectadores ansiosos por esos menesteres. Una película como El final de Oak Street, de David Robert Mitchell (Clawson, Michigan, EE. UU., 1974) es una de esas cintas con vocación comercial, en eso no miente en absoluto, porque es muy entretenida y física. Además, tiene un guión coherente, con sentido y que va más allá de unos cuántos efectos espectaculares, y contiene una trama sencilla pero muy inteligente y eficaz, porque mantiene una coherencia en todo lo que se cuenta y cómo se cuenta. La trama no es nada complicada. A saber: en uno de esos barrios residenciales: la suburbia (que fue objeto de una magnífica exposición en el CCCB), una noche de 1982 ocurren sucesos extraños que hacen que la mañana siguiente el barrio residencial se llena de dinosaurios peligrosos.
De David Robert Mitchell hemos visto las dos muy gratificantes It Follows (2014), una muestra sólida de un cine de terror cercano y efectivo, y Lo que esconde Silver Lake (2018), una cinta sorprendente entre el thriller y el fantástico con el mejor aroma de David Lynch. Dos interesantes propuestas donde la suburbia ya estaba presente, en El final de Oak Street, la suburbia es el centro de todo, porque toda la acción se desarrolla en un barrio residencial. Un espacio convertido en una jungla salvaje llena de peligros convertidos en feroces y gigantes dinosaurios. Algunos pensarán en la idea de Jurassic Park (1993), de Spielberg, aunque tiene cosas en común, la cosa va hacia otro lado, estaría más cerca de otras del director de Ohio como Encuentros en la tercera fase (1977), y E.T. el extraterrestre (1982), porque la de Mitchell no se detiene sólo en la mera supervivencia, generando una película de aventuras al uso, sino una historia sobre la unidad de una familia, tal y como sucedía en 28 semanas después (2007), de Fresnadillo, situación que ayuda a profundizar más en las relaciones afectivas entre sus miembros, entre las diferentes tensiones y conflictos. No olvidemos que estamos frente a una película comercial que desea entretener, en ese terreno entra la cabeza de J.J. Abrams, uno de los productores, y películas como Super 8 (2011), del propio director, y su producción en Coverfield (2008), de Matt Reeves, ambas con orígenes parecidos a la que nos ocupa.
El director estadounidense se ha rodeado de cómplices que ya habían trabajado en sus dos anteriores films como la cinematografía de Mike Gioulakis, amén de haber trabajado con Shyamalan en tres películas, ha estado en Nosotros, de Jordan Peele, y en Sasquatch Sunset, de los hermanos Zellner, entre otras. Una luz que va de la cotidianidad doméstica de la luz del arranque pasando por la noche tormentosa y la humedad de la jungla y las salvajes sacudidas de los animales. La música llena de tensión, aventura y fuerza corre a cargo de todo un especialista como Michael Giacchino, con más de 140 películas a sus espaldas, entre las que se cuentan 14 colaboraciones con el mencionado J. J. Abrams, amén de innumerables cintas de animación como Up e Inside Out, entre muchas otras, y un par con Bayona. El montaje lo firma John Axelrad, editor habitual del excelente cineasta James Gray, con el que ha trabajado en 5 de sus trabajos. Una edición que arranca de forma tranquila, con una fiesta en el jardín, donde quedan claras las relaciones de unos y otros componentes de la familia, clave en la trama, y luego, se va llenando de accidentes físicos y emocionales con la llegada de los dinosaurios, y entramos en una gran película de aventuras llena de acción, terror y supervivencia pura en sus interesantes 99 minutos de metraje.
El reparto lo encabezan dos star como mandan los cánones en este tipo de producciones, pero que huyen un poco de ese star system más a la galería que a los buenos trabajos de cine. Unos estupendos Anne Hathaway y Ewan McGregor que son los Platt, es decir, Denise y Greg que ya arrancan con sus distancias, y sus hijos, Maisy Stella, la hija adolescente que lee astronomía bajo las estrellas que hace de Audrey, y Christian Convery es Brian el pequeño de la familia y el vecino Mel que interpreta P.J. Pyrne, y aquí me detengo porque es contraproducente desvelar más datos. Se agradece y mucho el estreno de una película como El final de Oak Street, aunque ya teníamos referencias por los anteriores trabajos de su director, David Robert Mitchell, un cineasta con hechuras y sólidez dentro de una industria como la estadounidense tan competitiva y mercantilizada. El director construye una cinta que estaría cerca de Jurassic Park: El renacer, la última de la saga estrenada en el verano pasado. Un relato que mezcla muchas texturas porque empieza como un drama familiar para envolvernos en una cinta de terror y misterio para luego cruzarnos con la ciencia-ficción y el fantástico más íntimo y doméstico, muy del aroma de la mítica y excelente serie The Twilight Zone, para seguir con el cine de aventuras, lleno de acción y tensión, pero de la buena, la que genera ese mal rollo durante toda la película, y contándonos una historia con fuerza y sensibilidad, sin caer en lo manido y lo esperado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El mal existe, pero no sin el bien, como la sombra existe, pero no sin la luz”
Alfred de Musset
Las leyendas y dichos populares siempre han alimentado que la maldad venía transformada en monstruos de grandes dimensiones, seres malvados que nos acechaban y nos dominaban. Las posteriores investigaciones y la literatura convirtió todo ese imaginario en obras donde el monstruo era una mera máscara en la que se reflejaban todos los males de nuestra especie. La maldad está ahí, muy cerca de nosotros, incluso en nuestro interior. La ventana abierta, la ópera prima cinematográfica de Ana Graciani (Albacete, 1972), es un cuento sobre la maldad contado de forma austera y sencilla, en casi un único escenario, el de una casa frente al mar, ubicada en la costa andaluza, cerca del estrecho, acechada por el agobiante viento de Levante, en la que hay dos personajes principales: Rubén, un tipo acomodado que llega para volver a ver a su relación online Merche, y se encuentra con una casa con un único habitante, Vera, la hija pequeña de Merche. Entre los dos se establecerá un interesante diálogo donde parece ser que las cosas no son como son.
Graciani que tiene una gran experiencia en teatro donde ha escrito y dirigido una veintena de obras, y guiones para documentales y ficciones, amén de haber dirigido un telefilme La boda (2019), se basa en un texto teatral, para construir una película de suspense, de corte psicológico, donde los espectadores somos Rubén, es decir, alguien forastero que llega a un pueblo, y más concretamente a esa casa, y toda la alegría que trae se va tornando de un tono muy oscuro cuando Vera le va contando una historia que nada tiene que ver con lo que le contó Merche en sus charlas online. Con ese aire hitchcockiano, la trama va avanzando linealmente con interesantes flashbacks donde una información se contradice con la otra. La trama opta por no decantarse con una verdad y expone los dos caminos, así el juego de la verdad, la mentira y lo real y lo falso entra en escena, y es el espectador quien deberá discernir quién dice la verdad y quién no. Un juego muy malévolo y a la vez, intrigante, que la película sabe llevar con acierto y mucha inteligencia, haciendo de su modestia su mejor carta, porque no se va por la tangente ni se inventa triquiñuelas para sorprender al espectador. En cambio, con algún desliz de guion, eso sí, nos cuenta una historia acotada en un día y su noche, llena de sorpresas bien escritas y mejor contadas.
Una buena cinematografía que firma Alejandro Espadero, con más de 30 títulos en su filmografía, entre los que destacan las andaluzas Jaulas, El plan, Tin & Tina y Solos en la noche, entre otras. Aquí su planificación se basa en planos cortos y medios, en los que los personajes se ven engullidos tanto por la casa, que es un personaje vital en la trama, como por el escenario, con ese viento molesto y constante, al igual que el mar que van alimentando de ruidos y sonido cada estancia del lugar. La música de la extraordinaria compositora Paloma Peñarrubia, que ha trabajado con Samu Fuentes, la pareja Alvarado-Barquero, y en películas tan sugerentes como excelentes como Destello bravío y Secaderos. Una música que no ejerce de asustadiza, como muchas producciones que confunden la tensión y el suspense con el susto sorpresivo, sino que construye ese mal rollo latente donde todo está raro y a punto de suceder algo, no sabemos qué. El estupendo montaje de una crack como Ana Álvarez-Ossorio, con más de medio centenar de títulos, siendo una habitual del cine de Paco León y Fernando Colomo, y el debut de Paz Vega como directora en Rita, entre otras. Sus 83 minutos de metraje, con una duración exacta, sin añadir nada más, consigue captar nuestra atención e interés con pocos elementos pero sí con inteligencia.
Un excelente reparto encabezado por el siempre estimulante Unax Ugalde como Rubén, el forastero recién llegado a ese microcosmos, que llega con una información y todo se va derrumbando porque recibe otra. La interpretación ayuda a mantener esa incertidumbre y ese caos en el que vive atrapado entre dos situaciones. Le acompañan la sorprendente Adriana Camarena, la hija adolescente de Merche, que vimos en Hermana muerte (2023), de Paco Plaza, que actúa como una convincente antagonista. La ausente/presente Merche es interpretada por Mara Guil, vista en El intercambio, El buen patrón y Alegría, entre otras. Alberto Löpez, popular por su dúo de “Los Compadres”, en un personaje más oscuro. Con la producción de Olmo Figueredo a través de La Claqueta, estamos ante un cuento de terror psicológico bien construido, que usa muy bien sus armas, es decir, un escenario ideal, frente al mar, y en invierno que le da una atmósfera diferente y alejada a lo convencional, creando ese aroma de sombras y fantasmas, y un reparto que refleja toda esa inquietud o esa calma tensa en el que todo puede ocurrir, en este cruce de terror clásico, donde lo sugerente se apropia de la trama, y un western de forastero que nada sabe del lugar y duda de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No confieses tu pecado al que no tiene conciencia del pecado”
Ramón Llull
En El club (2015), de Pablo Larraín, una película que se centra en los abusos a menores dentro de la iglesia, desde la mirada del abusador, en el que cuatro sacerdotes eran recluidos en una casa por sus oscuros pasados y obligados a hacer penitencia para hacer examen de conciencia por sus hechos. Como si fuese un cuento de terror, la aparente reclusión se ve alterada por la llegada de un quinto sacerdote que destapa la caja de los truenos y les obligará a enfrentarse a su pasado. La quinta película como director del magnífico montador Fernando Franco (Sevilla, 1976), también se construye a través del abusador, el de Manuel, un cura de un pequeño pueblo del norte muy querido por su comunidad que, después de solicitar su salida de la iglesia, salen a la luz unos años donde abusó de tres niños. Al igual que sucede en El club, el cineasta sevillano plantea una película a partir del rostro y la mirada del cura que, atrapado en su siniestro pasado, decide confesar sus pecados y desafiar a la institución que lo protege.
Las historias de Franco se desarrollan en pocos espacios, pocos personajes, entornos cerrados y fríos, y un dilema que atrapa y cuestiona la vida y las actitudes de sus individuos. Todo enmarcado en planos y encuadres cerrados, donde el rostro y la mirada se anteponen, en una especie de diario continuo y revelador en el que los acontecimientos van deformando los aspectos humanos de los diferentes personajes implicados en la trama. Son dramas duros, sin concesiones y muy incómodos que hablan de temas muy fuertes como los problemas mentales, la muerte, la discapacidad, los accidentes y los abusos. Elementos tratados en un marco de thriller psicológico, en impecables y sensibles cuentos de terror donde se impone un ritmo pausado, nada artificioso, y mucho menos los típicos giros argumentales tramposos, aquí no hay nada de eso, sino contexto y tratamiento como los films de Hitchcock y Melville, donde el personaje lo es todo, y las circunstancias un provocador y generador de situaciones que los sitúan al bordo de sus propios abismos y creencias, como le sucede al protagonista de La luz, título muy adecuado para el particular vía crucis por el que transita un sacerdote que al contar lo suyo se enfrenta al poder eclesiástico.
Como sucede en las anteriores películas, el marco y el tono de la historia está sumamente cuidado como evidencia la excelente cinematografía de un grande como Santiago Racaj, en una película con muchas caras, porque se desarrolla con el cielo plomizo típico del norte y esa luz, nunca cegadora, del sur, por el viaje emocional y físico que realiza el mencionado cura. La precisa y envolvente música de Maite Arroitajauregui, en la cuarta película con el director después de Morir (2017), La consagración de la primavera (2022), y Subsuelo (2025), que consigue cimentar ese universo íntimo y secreto por el que se mueve el protagonista, en una primera mitad donde todo parece obedecer a un orden cotidiano sin sobresaltos, y en una segunda parte, en que todo se entorna oscuro y emerge la pelea a modo de combate de boxeo entre el curo confesor y la iglesia que se mantiene en su lado más conciliador, y a la vez, acusador con el susodicho y silenciador con los otros casos. El montaje corre a cargo de Miguel Doblado, con medio centenar de trabajos, que ha editado las cuatro películas de Franco menos La herida (2013), en un ejercicio difícil pero lleno de matices y oscuridades, siguiendo incansablemente el rostro de un protagonista, acusado por todos y vilipendiado por el resto, en su afán de contar su verdad que es la de muchos casos en las pausadas pero tensas dos horas de metraje.
En las películas hechas hasta la fecha de Fernando Franco, sus intérpretes siempre están muy bien. Recordada es la composición de Marián Álvarez en la citada La herida, la de Andrés Gertrudix en Morir, así como las de Valèria Sorolla y Telmo Irureta en La consagración de la primavera. La interpretación de Alberto San Juan como Manuel es absolutamente una delicia, llena de miradas desencajadas, gestos torpes y actitudes de puro terror. Uno de los grandes de nuestra cinematografía que puede pasar del maître minucioso Genaro Palazón de la fantástica La cena, a un sacerdote abusador que no se esconde y alza la voz contra sus pecados y los del resto. Le acompañan una retahíla de excelentes cómicos, como se decía antes, encabezados por Pedro Casablanc, Miguel Rellán, Ramón Barea, Luis Calleja, y Maria Galiana como su madre. La luz es una película que nos juzga como sociedad, la de estamentos como la jefatura eclesiástica, tan importante como oculta y cerrada, porque la valentía de Manuel choca frontalmente con una institución que sigue mirando para otro lado y según le conviene, hace y deshace por el bien de Dios, la fe y cómo no, sus propios intereses económicos, sociales y políticos. Como reza el dicho: “Con la iglesia hemos topado”, que se le va hacer, y así nos va. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Catalina Villar, directora de la película «Ana Rosa», en el marco del Brain Film Festival, en un espacio habilitado en el Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 14 de marzo de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Catalina Villar, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto amor, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Y de nuevo volvió a sentirse sola ante la presencia de su eterna antagonista: la vida”.
Virginia Woolf
En la magnífica “Una mujer bajo la influencia” (1974), de John Cassavetes nos tropezamos con Mabel, una mujer que se siente sola, perdida e inestable emocionalmente, vive atrapada por las impecables normas sociales, interpretada por una extraordinaria Gena Rowlands. Una película mítica y fundacional en el hecho de mostrar una realidad que sufrían muchas mujeres, una realidad invisible y oculta que retrataba una cotidianidad que se vivía en silencio y muy dolorosa. Linda, la protagonista de Si pudiera, te daría una patada (en el original, “If I Had Legs I’d Kick You”), es una descendiente directa de Mabel, porque, años después, la situación de muchas mujeres continúa igual. Linda es madre de una niña con una enfermedad rara, el marido trabaja fuera y por ende, se enfrenta sola a la incertidumbre e inquietud de no conocer qué le sucede a su hija pequeña. Además, un extraño agujero en su casa, la lleva a vivir en un motel en que su inestabilidad aún se recrudecerá aún mucho más.
Segunda película de Mary Bronstein(New York, EE. UU., 1979), después de Yeast (2008), protagonizada por una tiránica y emocionalmente inestable que lucha por volver a ser amiga de sus amigos protagonizada por Greta Gerwig y la propia directora. A partir de un guion muy imaginativo en el que se mezclan varios géneros y texturas que van desde del drama íntimo y oscuro, en que lo social ayuda a retratar muchas realidades invisibles, y el fantástico como motor de algo psíquico muy del gusto de Polanski y Lynch, con algunas dosis de humor negro. La película tiene una atmósfera muy conseguida, en la que viajamos por esa otra América, más cotidiana y superficial, donde el traslado al citado motel, envuelve la trama en un cuento de hadas pesadillesco, donde la historia se torna llena de personajes de la noche, que vagan de aquí para allá, donde las adicciones de la protagonista salen a relucir con más fuerza, en ese continuo viaje psicótico por el que se mueve la película, a partir de fuertes contrastes, entre el día y la noche, con esa existencia que deambula, agitadísima y sin consuelo, donde la madre va cayendo a su particular infierno que parece no tener fin, tan sola e incomprendida por todos y por todo.
La directora neoyorquina se ha rodeado de un excelente equipo empezando por la productora Sara Murphy, responsable de las dos últimas películas de Paul Thomas Anderson, y de otros grandes títulos indies como Nunca, casi nunca, a veces, siempre, y El blues de Dale Street, entre otros. El cinematógrafo Christopher Messina, que ha trabajado mucho en los documentales de Adam Bhala Lough, amén de Fourteen, de Dan Sallitt, impone una luz intensa y corporeal por el día, y atmosférica de noche, que traspasa la pantalla situándonos en el epicentro de la protagonista, que la sentimos hasta muy adentro. El sonido de Filipe Messenger, responsable de títulos como El faro, de Robert Eggers, y la más reciente Weapons, contribuye a dotar a la película de esa fuerza caótica y tremendamente física y asfixiante por la que se mueve. El montaje lo filma Lucian Johnston, que edita las películas del reconocido Ari Aster, y La tragedia de Macbeth, de Joel Coen. Un gran trabajo de edición que nos lleva en volandas por casi las dos horas de metraje, llevándonos a través de los altibajos de una mujer que va en modo zombie por su existencia, intentando mantenerse firme en un descenso a las catatumbas en caída libre que no parece acabarse.
Si la elección de cualquier intérprete principal es crucial en el caso de Si pudiera, te daría una patada, resulta definitorio para el devenir de la película, porque la elección de Rose Byrne ha resultado ser un extraordinario acierto porque la composición de la actriz australiana es abrumadora, de una sobriedad absoluta en este viaje-diario a la oscuridad más profunda del alma en esta travesía con una Alicia adulta y madre en su particular experiencia por el país de las oscuridades. A la actriz, después de más de sesenta títulos, casi todos mainstream, le llega una oportunidad que ha sabido aprovechar en uno de los trabajos del año premiado en el prestigioso Festival de Berlín. Le acompañan Conan O’brien, uno de esos secundarios efectivos que hemos visto en muchas películas haciendo de un colega muy curioso, y el rapero ASAP Rocky, que sale en la nueva de Spike Lee, siendo un amigo accidental en su nueva vida en el exilio del motel. Nos quedamos con el nombre de Mary Bronstein, porque su película me ha gustado porque indaga en situaciones poco tratadas en el cine, y que ahora, las directoras están reflejando en películas tan interesantes como Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, La hija oscura, de Maggie Gyllenhaal, y Salve Maria, de Mar Coll. Todas películas que usan el género para sumergirnos en la maternidad mala, aquella apegada a una realidad más cruda, difícil y oscura, muy alejada de lo idílico que nos han vendido siempre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan: Anoche bebí demasiado”.
De la novela “El nadador”, de John Cheever
Hace más de una década que el gran observador que es Carlos Losilla escribió el artículo “Un impulso colectivo” en el que exponía las razones y emociones de ese otro Cine Español, el que se producía con pocos recursos, alejado de modas, tendencias y demás etiquetas, tan propio como personal, muy variado en temas, formas y texturas que a pesar de su invisibilidad empezaba a abrirse camino sobre todo en festivales internacionales. Ahora no voy a nombrarlos a todos/as, pero si que voy a centrarme en un grupo muy heterodoxo que surgió principalmente en la ECAM, con nombres como el Colectivo Los Hijos (Javier Fernández, Luis López Carrasco y Natalia Marín), Miguel Llansó, Velasco Broca, Chema García Ibarra e Ion de Sosa que se ayudaron y fueron cómplices para levantar sus respectivas películas, tan diferentes entre sí, y llenas de entusiasmo, proponiendo un cine del extrarradio, un cine que investigue su propia narrativa y forma, y que plantee múltiples realidades muy apegado a los tiempos actuales.
Con Balearic, el cineasta Ion de Sosa (San Sebastián, 1981), en su quinto trabajo como director, sigue manteniendo esa línea de exploración que le ha llevado a un cine que bebe del género fantástico para generar su propio universo en el que atiza con crítica y sin miramientos las grietas de una sociedad ensimismada, estúpida y extasiada que huye de cualquier atisbo de reflexión y conocimiento interior. Ya lo hizo en sus deslumbrantes Sueñan los androides (2014), filmada en Benidorm, quizás la ciudad por excelencia de lo masivo y lo superficial, siguió con Leyenda dorada (2019), alrededor de una piscina como objeto de lo pretencioso y lo ahogado, y Mamántula (2023), un psychokiller tan abrupto como fascinante. En Balearic, coescrita por Juan González (una de las mitades de los Burnin Percebes), Chema García Ibarra, codirector de Leyenda dorada, Lorena Iglesias y Julián Génisson, que ya estuvieron en la citada Mamántula, y el propio director, nos convocan a dos películas o una dividida en dos, con un primer tercio en el que unos adolescentes se cuelan en una casa vacía con piscina y disfrutan de un baño en el primer día del verano. De repente, unos perros atacan a una de ellas y el resto se refugia en el centro de la piscina mientras grita de horror. Unos gritos que nos llevan a una de las casas cercanas donde unos pijos o lo que pretenden ser se divierten que, por supuesto, no escuchan esos gritos de auxilio.
El cineasta donostiarra plantea una trama de espejos y reflejos de una sociedad carente de empatía, ahogándose en sus propias miserias y codicia malsana, donde todo vale. La cinematografía de Cris Neira, que ha estado en los equipos de cámara de Mamántula y Sobre todo de noche, entre otras, debuta en una película rodada en 16mm, marca de la casa, con ese grano y textura que remarca la luz mediterránea y esa rugosidad de las diferentes situaciones que nos retrotrae al cine español de la transición, y la serie fotográfica «La playa (1972-1980), de Carlos Pérez Siquier, del que la película bebe como las atmósferas turbias de Carlos Saura y de Eloy de la Iglesia, la irreverente Caniche (1979), de Bigas Luna, con la que tiene muchas semejanzas. La música de Xenia Rubio actúa como acicate en esta fiesta de unos alucinados tan alejados de la realidad como de sus propias existencias que, al contrario de los adolescentes tan despreocupados, no pueden disfrutar de la piscina que observan como si un monstruo la habitara, como si estuvieran poseídos como los burgueses de El ángel exterminador (1962), de Buñuel que, al igual que aquellos siguen de fiesta, a pesar de los gritos que no oyen, del fuego que deja caer una ceniza que lo inunda todo, y demás irrealidades que los van asaltando, donde lo cotidiano se mezcla con los inexplicable y viceversa, en ese juego de idas y venidas, de realidad, sueño y fantástico como evidencia el gran trabajo de montaje de Sergio Jiménez, otro de la factory, con esos breves 74 minutos de metraje, lleno de encuadres y planos de cercanía y lejanía que entronca con los universos de Lynch y Haneke donde lo que vemos resulta tan oscuro como asfixiante.
El reparto de la película es otro elemento esencial en el cine de Ion de Sosa, con esa mezcla de intérpretes de su universo, y otros naturales que fusionan muy bien esa idea de cine donde la realidad, documento y ficción se confunden. Tenemos a los cuatro adolescentes casi debutantes: Lara Gallo, Elías Hwidar, Ada Tormo y Paula Gala, y los otros: la artista Maria Llopis, la cantante-actriz Christina Rosenvinge, el croata Luka Peros, que hemos visto en Mientras dure la guerra y series como Matadero, Moises Richart, que era el prota de Mamántula y también estaba en Sueñan los androides, Sofia Asencio, Manolo Marín, y los Mamántula Lorena Iglesias, Julián Génisson y Marta Bassols, y la presencia del único rico Zorion Eguileor, un estupendo actor que hemos visto en El hoyo, y más recientemente en Maspalomas, y muchas más. Un grupo y heterogéneo cast que compone un variopinto grupo humano en una película que profundiza en el clasismo imperante en la sociedad, el hedonismo como única vía de escape de tanta estupidez y la falta de empatía como arma contra la deshumanización donde el yo ha triunfado y el nosotros es solamente una excusa para no matarse, pero sin vínculos ni intimidad.
Ese otro Cine Español del que habla Losilla, un Cine Español que mira de verdad a la realidad que experimentamos, tan cercana como lejana, que se pregunta por sus narrativas, formas y texturas, en un cine que reivindica la cinematografía auténtica que pasa de modas y demás objetos de consumo en forma de películas y series. Un cine que recupera el Cine Español que se investigó y se esforzó por hablar de lo que ocurría, pero sin ser tan evidente, sino buscando y buscándose, a pesar de los pesares, porque el cine de De Sosa y los demás citados, y los que no hemos citado, es un cine que no es invisible, aunque algunos lo quieras así, desconocido, y mi labor como observador del cine que se hace en el país en el que vivo, por pequeña que sea, es mirarlo, estudiarlo y criticarlo y hablar bien si me gusta, que es el caso. Así que, gracias por llegar hasta aquí, y no dejemos que ese otro Cine Español que tan sólido, diferente y brillante sea Cine Español como el resto, y no sufra distinciones de condescendencia por parte de aquellos que se abanderan como lo único, porque hay muchas formas de ser en el Cine Español como reivindica Balearic, de Ion de Sosa y todas las demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Aceptamos la realidad tan fácilmente, tal vez porque sentimos que nada es real…”
Jorge Luis Borges
Hace tres años del estreno de La inquietud de la tormenta (“Gelditasuna ekaitzen”), la ópera prima de Alberto Gastesi. Un extraño y absorbente relato de amour fou sobre dos personajes, Laura y Daniel que se conocen por casualidad en Donosti, o quizás no, tal vez se conocieron tiempo atrás. A partir de un imponente y cálido blanco y negro, la cinta transitaba entre dos tiempos, pasado y presente en la que elaboraba un interesante y peculiar relato sobre las infinitas posibilidades de lo que podía haber ocurrido, o quizás no. En Singular, otra vez escrita junto a Alex Merino, Gastesi vuelve a explorar los límites del tiempo, en el que ahora la pareja protagonista son Diana y Martín, dos personas que en el pasado una tragedia los sumió en la pérdida de su hijo de 6 años. Ahora, en el presente, vuelven a juntarse y acuden a la casa junto al lago, al lugar de los hechos, al lugar al que vuelven en la memoria, al lugar que los unió para siempre, o quizás, vuelven a lo que fueron, a lo que podían haber sido, a todas esas posibilidades que imaginaron.
El director guipuzcoano construye un cuento sobre el pasado y el dolor que arrastramos, y lo hace vistiendo su película de drama, pero rasgando el arquetipo alejándose hacia algo mucho más tenebroso sin ser explícito, sino a través de la sutileza y lo que no se ve. También, encontramos un sencillo y elegante cuento de terror, no del susto chabacano, sino de aquel que nos sujeta y no nos suelta, el que explora de forma admirable lo psicológico, como hacía Hitchcock y Polanski, donde lo cotidiano y lo más cercano va adquiriendo de forma pausada un tono sombrío, con una atmósfera que pesa y muy alejado de los lugares comunes tan denostados del género. Y por si fuera poco, coexisten en la trama elementos de ciencia-ficción que, en la línea del drama y el terror, van apareciendo como cuerdas que van tensando el principal argumento de la historia: la de una antigua pareja que vuelve a enfrentarse con su dolor, sus miedos y con todo aquello que creían haber dejado en el pasado. El director vasco nos envuelve en un ambiente de bosque, donde aísla a sus personajes, dejándolos despojados de todo y todos, sólo con sus reflexiones y emociones expuestas ante el abismo, esa cosa de la que, por mucho que se empeñen, son incapaces de huir. Una propuesta que recuerda en algunos tramos a la magnífica Los cronocrímenes (2007), de Nacho Vigalondo, con bosque, bucles temporales y tragedia.
El aspecto técnico de la película sigue en la misma senda que tenía la mencionada La inquietud de la tormenta, en la que se juega con muy pocos elementos, en los que cada gesto, mirada y detalle resultan cruciales para el devenir de la trama. Si el guionista antes citado vuelve a repetir, lo mismo ocurre con el cinematógrafo Esteban Ramos que, tras envolver de misterio y tensión cada encuadre de la primera película de Gastesi, en Singular vuelve a construir una luz natural nada artificial que ayuda a tensionar a los personajes y sus conductas ante las circunstancias de forma sutil, nada enrevesada y sobre todo, generando esa idea de oscuridad que lo va envolviendo todo. Una trama de estas características huye de la noche y nos atrapa mediante el día, una luz plomiza muy del norte donde la intriga se apodera de todo. La excelente música del dúo Jon Agirrezabalaga y Ana Arsuaga se erige como el complemento perfecto para unas imágenes que nos van sujetando casi sin darnos cuenta. En tareas de montaje encontramos a Javi Frutos, un editor del que conocemos sus trabajos junto a Félix Viscarret, Calparsono, Segundo premio, de Isaki lacuesta y Pol Rodríguez y la reciente serie Yakarta, en un magnífico edición en el que mantiene sin estridencias una trama sutil nada complaciente donde en forma de bucle se va contando el despertar que sufre cierto personaje, en unos sólidos 100 minutos de metraje.
La pareja protagonista no podía ser más potente con las presencias de Patricia López de Arnaiz, qué puedo decir de una actriz tan versátil, tan fuerte y que sabe transmitir desde el lado que la sitúes, como deja claro en la recién estrenada Los domingos que hacía de tía mala oponiéndose por completo a la decisión de su sobrina. Aquí, es una madre rota, una madre sin hijo, alguien que debe sumergirse en el dolor para salir de él. Alguien que, en la piel de la actriz vitoriana, todo se mueve entre las brumas del no tiempo. A su lado, tenemos a Javier Rey, que muestra todo su poderío para la gestión de las emociones y expresarlo todo con la mirada y el gesto. El gallego muestra toda una serie de matices de transmitir sin necesidad de palabras. Les acompañan el debutante Miguel Iriarte en un personaje vital para la trama, así que, es mejor no desvelar más detalles para de esa forma contribuir a la exploración de los futuros espectadores, que ellos mismos lo descubran. Iñigo Gastesi que fue el chico de La inquietud de la tormenta tiene aquí un papel breve pero importante para la historia como técnico de IA, sí, de Inteligencia Artificial y ahí lo dejo, para no levantar más sospechas de cara a lo que se cuenta.
Después de dos películas de Alberto Gastesi en el que nos sumerge en dilemas de la existencia como por ejemplo, todo aquello que fuimos o que creíamos ser y cómo el tiempo ha vapuleado lo que somos, y sobre todo, cómo gestionamos el dolor y el peso del pasado y todo lo que arrastramos, esas cicatrices que no cesan de volver y demás, sólo nos queda celebrar con entusiasmo para el panorama del cine español la aparición de una cineasta que a partir de relatos sencillos y directos, nos sumerge en tramas donde lo mezcla todo, cogiendo de aquí y de allá, y además, creando un sólido, extraño y extraordinario lenguaje nada enrevesado en el que se atreve con todo, donde hay espacio para todo, del que beben los Sci-fi domésticos de los setenta que tanto furor tuvieron los países del este y en EE. UU. Un cine que a través de la fusión de varios géneros advertía de la deriva ultra consumista y tecnológica que ya se imponía hace medio siglo. Me gustaría que Singular encontrase su público porque la película seguro que gusta, porque a pesar de su aparente extrañeza, oculta uno de los mejores títulos de la temporada, y si no me creen, corran a verla, y si ya lo han hecho, podemos hablarlo cuando gusten. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Paul Urkijo Alijo, director de la película «Gaua», en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el lunes 10 de noviembre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paul Urkijo Alijo, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA