Infierno bajo el agua, de Alexandre Aja

PESADILLA ACUÁTICA.

Haley es una joven nadadora que no logra batir a su compañera de equipo, por mucho que se esfuerce, que nade con todas sus ganas, le resulta imposible imponerse y ser la primera nadadora del equipo. Su padre Dave, su entrenador desde que era una niña, le hizo quién es, pero quizás no la hizo lo suficientemente confiada para conseguir sus objetivos. Un conflicto que todavía mantienen padre e hija y que les ha llevado a una relación compleja desde que sus padres se separaron. Después de un entrenamiento, Haley intenta localizar a su padre que lleva tiempo sin saber nada de él. La joven, desoyendo las indicaciones de las autoridades que han evacuado la zona pantanosa de Florida, ya que se avecina un huracán 5 de consecuencias devastadoras, acude a la casa de su padre, anclada junto al río de caimanes. El director Alexandre Aja (París, Francia, 1978) sitúa sus relatos en el ámbito del terror, un terror de atmósfera, donde sus personajes se enfrentan a una amenaza en forma de maníaco o desconocida, en zonas alejadas de todo, como demostró en Alta tensión (2003) producido en Francia que lo lanzó al cine estadounidense con un cuento de terror donde Marie, una joven se enfrentaba a un psicópata en mitad de unos campos de maíz, parecida estructura a la odisea de Haley y su padre Dave.

En EE.UU. la carrera de Aja se ha debatido entre remakes como Las colinas tienen ojos, el clásico de Wes Craven del 77, Reflejos o Piraña 3D, aprovechando la nueva tecnología para revitalizar el género de Tiburón, donde humanos luchan contra una bestia desatada, tema que recupera en Infierno bajo el agua. Aja se poya en la producción de Sam Raimi, uno de los cineastas iconos  del terror con su clásica trilogía que arrancó con Posesión infiernal o Darkman, y desde años metido en labores de producción, y el guión de los hermanos Michael y Shawn Rasmussen (directores entre otras de sendas historias de terror como Dark Feed y The inhabitants) para contarnos un relato lleno de angustia, tensión y pesadillesca, que cuenta la relación tempestuosa entre una hija y un padre, y esa familia rota, como ese instante con la hermana que define en pocos minutos la relación entre todos y ese pasado oscuro que los ha llevado hasta ese momento. Además de esa relación familiar, la película nos cuenta un fenómeno físico como el huracán catastrófico que provocará que la casa de Dave se convierta en una piscina natural a la que entran voraces caimanes dispuestos a engullir carne fresca.

El relato tiene un ritmo trepidante, no cesan de ocurrir cosas, y los momentos de calma preceden a situaciones cada vez más agobiantes y angustiosas, donde la crecida del agua y el aislamientos que sufren Haley y su padre, sin más ayuda que sus fuerzas y su inteligencia para vencer a una amenaza demoníaca, fuerte e incansable. El hogar, espacio de confort y de paz, se convierte en la película en todo lo contrario, en una isla catastrófica donde cada rincón puede convertirse en un respiro o no donde los caimanes se van multiplicando y las esperanzas de salvación van aminorando. El octavo trabajo de Aja es fiel a su cuaderno de estilo, donde volvemos a encontrarnos la lucha encarnizada entre el humano amenazado por esa criatura venida del más allá, por culpa de la catástrofe ambiental, que usurpan el espacio de la tranquilidad familiar y lo que venía a ser una visita entre una hija preocupada y su padre herido, se convertirá en una pesadilla de consecuencias terribles en que las diferencias deberán dejarse de lado para combatir mano a mano contra esa amenaza implacable que no descansará hasta saciarse.

Eso sí, la película se reserva esos instantes para fans del género donde se desvían de la trama para remarcar esos momentos marca de la casa de las historias de terror donde aumenta la espectacularidad y también, la convencionalidad. No obstante, Infierno bajo el agua (que tiene ese peculiar título original Crawl, que se traduciría como “gatear”) resulta un vehículo acertado y bien contado, con una pareja protagonista que defiende con gracia y tensión sus personajes, con Kaya Scodelario como Haley, esa desdichada heroína a su pesar en la que deberá poner, muy a su pesar, sus dotes no solo como superviviente, sino como hija y nadadora consumada, aguantando bien la tensión y el nerviosismo y luchando a brazo partido por su vida, al igual que Barry Pepper que interpreta a Dave, su padre, un hombre quebrado que no ha superado un matrimonio roto, y se compenetra con su hija para luchar contra esas bestias inesperadas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Utoya. 22 de julio, de Erik Poppe

EL HORROR EN ESTADO PURO.

Era un día como otro cualquiera, un viernes de verano en Oslo (Noruega) aunque iba a ocurrir algo que cambiaría ese día apacible por un día de horror imposible de olvidar. A las 15:17 horas explotó una bomba en la capital noruega derribando varios edificios de oficinas y matando a 8 personas. Aunque lo peor todavía estaba por llegar, porque a las 17h en la isla de Utoya, a 40 km de Oslo, en el campamento de verano del Club Juvenil del Partido Laborista, que en esos momentos se encontraba lleno de más de 500 adolescentes y jóvenes que se divertían comiendo gofres, iban a la playa o pasaban el rato confraternizando con los demás, escucharon unos fuertes sonidos que venían del bosque, esos sonidos se convirtieron en disparos y todos empezaron a huir despavoridos intentando poniéndose a salvo. Annes Bering Brayvik, un joven de 32 de extrema derecha llegó al campamento y empezó a disparar indiscriminadamente contra todas las personas que se cruzaban. El agresor asesinó a 69 personas duramente los 72 minutos que duró el horror. Erik Poppe (Oslo, Noruega, 1960) autor de interesantes películas como Mil veces buenas noches (2013) donde exploraba los traumas de guerra de una periodista fotográfica, o La decisión del rey (2016) cuando el rey noruego se enfrentó a la invasión nazi.

Con Utoya. 22 de julio vuelve a sumergirse en las consecuencias del horror desde la mirada de las víctimas, a través del personaje de Kaja (una delicia de composición y naturalidad la de la joven actriz Andrea Berntzen) a la cual seguiremos allá donde vaya oculta de los disparos, en un magistral plano secuencia que describe sin cortes ni pausas, el horror vivido en la desdichada isla. Poppe apenas enseña al asesino, a la bestia humana, solamente lo vemos en un plano general lejano y borroso, sin apreciar su rostro humano, sabia elección por parte del director, porque lo humano de la propuesta es estar al lado de las víctimas, y convertir al autor material de la masacre en una masa irracional y asesina que va en contra de las políticas progresistas y quiere imponer su miedo a base de asesinatos. La película nos traslada a ese enemigo desconocido, sin rostro ni cuerpo, como hacía Ford en La patrulla perdida o Un paseo bajo el sol, de Lewis Milestone, donde unos soldados se apiñaban ocultos disparando contra un enemigo que no veíamos.

El director noruego impone una película a un ritmo vertiginoso, de las iniciales dudas del ataque, confundiéndolo con un simulacro, hasta ver como todos los jóvenes huyen despavoridos a la playa rocosa escapando como pueden de los disparos, con esa cámara nerviosa e inquieta que se convierte en una parte corporal de Kaja, con esas carreras por el bosque con barro y tensión, cayendo y levantándose, sin tiempo ni siquiera para respirar o hablar, tropezándose con aquellos que han corrido peor suerte y agonizan acordándose de todo aquello que jamás podrán vivir, y martirizándose de la irracionalidad del asesino, o esa idea de Kaja de ir al encuentro de su hermana pequeña que se ha quedado en el campamento, esas idas y venidas sin rumbo, con el horror constante al acecho, sin tiempo para nada, con el miedo en el cuerpo, sin poder articular palabra cuando se pide auxilio a susurros por miedo a ser escuchados o sorprendidos por el asesino.

Poppe nos mete en la piel de una de esas personas que sufrieron el ataque, sintiendo de manera visceral y natural, compartiendo ese miedo irracional y atroz, y convirtiendo esos 72 minutos de tiempo real (como aquellos que vivía la Cléo de 5 a 7, de Varda, esperando la cita con el doctor por si estaba gravemente enferma) un horror indescriptible en una lucha encarnizada pro sobrevivir, por escapar de los disparos, por dejar a la muerte atrás, por seguir con vida, respirando y manteniéndose firme sin decaer en el objetivo, aunque no resulte nada sencillo, porque la muerte acecha a cada instante, en cada momento. El director noruego ha construido una ficción de una realidad triste y horrible, peor lo ha hecho de manera brutal y magnífica, convirtiendo su película en una de las mejores películas de terror de los últimos años, y duele mucho más porque sabemos que lo ocurrido aquella tarde aciaga del 22 de julio fue real. Un relato frenético y apabullante construido desde lo íntimo, desde lo más sencillo y honesto, desde la tensión y el miedo de las víctimas, en el que experimentamos el horror de aquellos chavales que se vieron envueltos en el infierno en un momento. Poppe ha hecho una película magnífica y contundente sobre el horror de unos inocentes, de la deriva extrema de muchos que obstaculizan el progreso y todo aquello que huele a humanidad, aunque el director también crítica al gobierno noruego dejando constancia de la inoperancia de las autoridades en sus actuaciones que se demoraron demasiado tiempo, porque de buen seguro, si el gobierno hubiera actuado con más energía el mal hubiera podido ser de menor cuantía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dolorosa Gioia, de Gonzalo López

UNA HISTORIA DE PASIÓN.

“Fuerte como la muerte es el amor”.

San Agustín

Carlo es un músico joven, un compositor con un extraordinario talento, su piano se ha convertido en una parte más de su alma y su cuerpo. Cada día lo toca incansablemente, sin descanso, con la idea fija de extraer una composición única y muy personal, una música que sacie sus ambiciones musicales. Aunque, esta vida solitaria y abnegada a su arte, se verá truncada con la aparición de María, una bella mujer de la que se enamora y se casan. La vida marital parece llenar a los dos, pero al poco, la vida de Carlo vuelve a sus rutinas musicales, aunque a María parece no importarle, lentamente se siente desplazada y encuentra cobijo en los brazos de un apuesto joven llamado Fabrizio, a espaldas de Carlo. La segunda película de Gonzalo López (Barcelona, 1977) se instala en un marco muy profundo, explorando las pasiones más internas del ser humano, esas obsesiones que alimentan nuestra alma y la convierten en un esclavo sin vida. Después de haber sido ayudante de producción en el mediometraje Génesis (1998) de Nacho Cerdà, y haber debutado en el largometraje con Embrión (2008) remake de la película japonesa The Embryo Hunts in secret (1966) de Koji Wakamatsu, en una interesante mezcla de sexo, deseo y violencia.

Muchas de estas obsesiones vuelven en su segundo trabajo, que coge como guía la vida de Carlo Gesualdo, gran músico del Renacimiento que se vio envuelta en un asunto my trágico, pero adecuándola a nuestros días. Y no sólo acaban ahí los cambios, quizás el más sorprendente es la ausencia de diálogos, en una película estructurada a través de los personajes, la música que escuchamos y sus espacios, en el que la vivienda que comparten Carlo y María se acaba convirtiendo en el centro de la trama, testigo de su historia de amor, distanciamiento, los encuentros de María con su amante, y la resolución final. López junto a su cinematógrafa Gemma Rogés, imprimen a la película una forma muy estilizada y casi desnuda, en la que podemos encontrar pocos elementos en lo físico, que ayuda a incrementar la soledad de los personajes y sus oscuras relaciones, y esa especie de descenso a los infiernos que sufre Carlo, aumentado con sus terribles pesadillas y visiones macabras. Una película desestructurada, con continuos saltos en el tiempo, ya que empieza con el final y va contándonos todos los detalles y elementos que nos van adentrando en su trama convencional, si, pero bien contada y resuelta.

Quizás su excesiva frialdad en los encuadres y espacios podría dejar indiferente a algún espectador, pero si se dejan llevar podrán degustar una película sencilla pero con ingredientes muy interesantes y sugestivos, como ese rojo sombrío, color que no podía faltar en un relato de estas características. López echa mano a sus referentes del Giallo italiano sin esconderse, mirándose a su espejo sin dudar de su herencia, llevando con inteligencia y sobriedad su relato caleidoscópico en el que hay amor, pasión, celos, inseguridad, sexo, envidias, soledad, mentiras, obsesiones, música, y sobre todo, miedo y muerte. Dolorosa Gioia se desenvuelve bien en el thriller psicológico, el terror más puro, y también, porque no decirlo, en la fantasía romántica y  el drama más doméstico, manejándose con soltura y fusionando con audacia los diferentes géneros que recorren la película.

Destaca un reparto desconocido pero que interpreta con naturalidad y sobriedad, a partir de detalles y gestos mínimos pero significativos, en la que las miradas acaban siendo importantísimas para una historia que prescinde de los diálogos, entre los que encontramos a Amiran Winter como el atormentado Carlo, ese músico solitario, introvertido y de pasión enfermiza, bien acompañado por Paula Célières como María, la esposa que se siente sola y desplazada por esas lucha interna de Carlo entre su pasión (alma) y su esposa (cuerpo), y el vértice de este amor confuso, roto y solitario, Fabrizio al que da vida Cristian Monasterio, ofreciendo un tipo bien parecido, una pasión arrebatadora que engatusa a María, y la participación del siempre convincente Pep Tosar. El director barcelonés estructura su película a través de aquello que tanto mencionaba Fritz Lang en su cine, que se contaba a través de tres elementos que se encontraban en su universo cinematográfico: el amor, la venganza y la muerte. La película tiene todo esto y nos explica el enfrentamiento entre aquello que nos apasiona y aquello que amamos, que pudieran parecer compatibles y quizás, para algunas personas, no lo sean tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/320929856″>Dolorosa Gioia (2019 – trailer)</a> from <a href=”https://vimeo.com/avedproductions”>AvedProductions</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Border, de Ali Abbasi

LA HUMANIDAD DEL MONSTRUO.

Había una vez una mujer llamada Tina que trabajaba como agente de aduanas y poseía un gran olfato que le permitía oler la culpa de los demás. Un día, se encuentra con Vore, un tipo de aspecto monstruoso como ella, que oculta algo, pero Tina, no logra adivinar. Además, Tina se siente fuertemente atraído por el misterioso personaje. La segunda película de Ali Abbasi (Teherán, Irán, 1981) vuelve a estar enmarcada por los mismos derroteros que su opera prima Shelley (2016) en la que alrededor de un bosque, una pareja que no podía tener hijos, contrata un vientre de alquiler que tendrá consecuencias terribles. Con la apariencia de fábula, en un espacio natural, apartado de todo, vuelve a contarnos el relato de una pareja triste, una pareja sin sexo. Él, un apasionado de las competiciones caninas, vago y aburrido. Ella, Tina, con su quehacer diario en el trabajo, sus largos paseos en el bosque y las visitas al geriátrico donde está su padre. Todo cambiará con la aparición de Vore, con una apariencia física parecida a la de Tina, alguien que repele a Tina, pero a la vez seduce y engancha, y la hará descubrir secretos ocultos de su pasado, una nueva ilusión, su verdadera identidad, y también, el otro lado del espejo, una malévola actividad que realiza Vore y que intentará arrastrar a Tina con él.

Abbasi disfraza su relato de película fantástica, en la que casan de maravilla la parte social con lo terrorífico, para hablarnos de la soledad, la tristeza, el ser diferente, las capacidades naturales, sentirse de otro mundo, la maternidad, la falta de amor, el lado oscuro de la condición humana, y demás temas que nacieron de la novela homónima del escritor sueco John Ajvide Lindqvist, coautor del guión junto al director e Isabella Eklöff. Autor entre otras, de la novela Déjame entrar, que fue adaptada al cine por el director Tomas Alfredson, en la que a través del vampirismo, nos contaban una historia sobre acoso escolar, soledad en la infancia y el deseo de escapar. Muchos de estos temas vuelven a tocarse en Border, título que alude a esa frontera en la que se encuentra Tina en relación a Vore, un ser extraño, repelente y singular, que le cambiará toda su existencia, para bien y para mal, sin medias tintas, que descubrirá placeres como el sexo y la felicidad, y también, tormentos, como la monstruosidad de los seres humanos o no, y las consecuencias de unos actos deleznables.

Abbasi realiza una película de género, sin ser de ningún género en concreto, porque la mezcla es brutal, hay secuencias de cine social que dejan paso a otras más de terror, de puro fantástico, e incluso esa parte thriller de investigación, donde los personajes de un medio u otro, se mezclan, se confunden e interactúan, en cierta manera, estamos ante un cuento fantástico donde humanos y monstruos conviven, se relacionan y viven de manera natural, aunque sin ocultar sus grandes diferencias y secretos, en que la naturaleza se convierte en paradigma de la libertad y la felicidad, pero también, de lo más terrible, donde se ocultan grandes maldades, en que la línea que separa el bien del mal es tan fina que es imposible reconocer, donde seres de diferentes mundos y condición, se mezclan de tal manera que es imposible definirlos, y saber de qué materia están hechos, de qué color es su alma, y cuáles son sus ilusiones y anhelos.

Eva Melander como Tina y Eero Milonoff como Vore son los dos magníficos intérpretes que dan vida a estos seres fantásticos, estos trols, bajo un espectacular maquillaje, en una composición que opta más por las miradas y los gestos que por las palabras, donde los hechos prevalecen al verbo, donde sus acciones describirán sus interiores y aquello que sienten, en una película que recuerda a esas fábulas donde monstruos y humanos convivían y se mezclaban, con una apariencia física que aterra, pero que también atrae, como le sucede al personaje de Tina con Vore, esa frontera, ese muro emocional que deberá franquear o no, en el que se sentirá especial y rota por dentro, en el que descubrirá lo mejor y lo mejor de la condición humana, el alma que se esconde y oculta agazapada en su interior, en un viaje emocional hacia lo más bello y lo más oscuro del alma, en el que la magia y la realidad que Abbasi envuelve toda su película, consiguiendo momentos realmente poéticos y sobrecogedores, como las secuencias sexuales entre los dos trols, que esconden toda la belleza y lo grotesco en un mismo acto, o el tempo narrativo que hace gala la cinta, en la que de forma pausada y detallista nos mueven de un lugar a otro, de una mirada a otra, de un carácter a otro, de un espacio a otro, de forma natural y poética, dejando que el espectador se sumerja en un mundo diferente, salvaje, humanista, y lleno de sensaciones bellas, oscuras y contradictorias, donde la vida y nuestros sentidos palpitan y estallan, a veces de felicidad, y otras de terror.

Mandy, de Panos Cosmatos

EL INFIERNO ENTRE NOSOTROS.

“Cuando muera. Enterradme hondo. Colocad dos altavoces a mis pies. Ponedme unos cascos en la cabeza. Y rocanroleadme. Cuando esté muerto.”

Mandy y Red son un matrimonio que vive en mitad de un bosque y alejado de todos. Ella, de aspecto frágil y sensible, trabaja en una gasolinera, peor su pasión es la ilustración. Él, de aspecto rudo y fuerte, contrasta con el de su esposa, y trabaja de leñador. Los dos se quieren y dentro de su vida anodina, son todo lo felices que pueden. Aunque, un día, esta tranquilidad y armonía se rompe bruscamente, cuando Mandy se cruza con Jeremiah, un iluminado que se cree un enviado de Dios, y su desquiciada familia de seguidores, a los que con la ayuda de un trío de motoristas invocados del mismísimo infierno, raptarán a Mandy y Red. Después de su debut en Beyond the Black Rainbow (2010) en la que nos hablaba de una estudiante perturbada que era raptada por un diabólico doctor, Panos Cosmatos (Roma, Italia, 1974) vuelve con una película dividida en dos partes bien diferenciadas. En la primera, asistimos a la vida sencilla y cotidiana de Mandy y Red, y el amor romántico que se tienen el uno al otro, donde asistimos a momentos tiernos y sensibles, muy alejados del cine de terror al uso, donde a las primeras de cambio, la trama se desliza por los momentos duros y golpes de efectos.

Cosmatos construye en este primer bloque una fábula romántica, casi fantástica, jugando con esos encuadres llenos de texturas y coloridos, más propios de las leyendas o los cuentos de hadas. Será en el segundo bloque cuando la película cambie completamente, y se torne más oscura y perturbadora, cuando Red busca venganza, y se lanza a una pesadilla sanguinaria para acabar con aquellos que le han robado lo que más quería. Aquí, Cosmatos se enfunda el traje del terror y toma referencias como La matanza de Texas, Las colinas tienen ojos, y otras de Wes Craven, el universo de John Carpenter, o ejercicios que mezclan terror, thriller y ciencia-ficción al estilo de La fortaleza, de Michael Mann, para contarnos la aventura justiciera de Red (un inconmensurable Nicolas Cage, que parece haber vuelto a la senda de sobrias interpretaciones como había hecho en Joe, de David Gordon Green, un personaje que podría recordarnos a Red, con el que mantiene muchos aspectos en común) bien acompañado por Andrea Riseborough haciendo de Mandy, la criatura frágil y sensible, que fantasea con las novelas de misterio para soportar su lúgubre y anodina existencia.

Cosmatos hace uso de toda esa ingeniería visual del propio director, ya desde la ambientación de la película, anclada en el año 1983, una fecha nada casual, porque casi todos los referentes de la cinta andan por esos años, o su inquietante atmósfera, donde predominan esos cielos estrellados que destellan infinidad de cromas y colores, o los espacios naturales del bosque y la casa que habitan sus protagonistas, envuelta en el silencio perturbador del bosque y esa niebla que los oculta, o qué decir del armamento que porta Red, con esa especie de hacha, más propia de los personajes de cómic legendarios, forjada por él mismo, como símbolo de su venganza y el amor que se sentía por Mandy. Sin olvidarnos de los antagónicos, empezando por ese trío de motoristas de riguroso negro, a los que nunca veremos el rostro, criaturas de las profundidades, muy de ese cine setentero thriller de seres vengativos y errantes.

Mención aparte tiene ese iluminado asesino de Jeremiah, demente seguidor de Dios, pero más cerca de Satán y sus paranoias sanguinarias y su familia, que parece recordar a Manson y los suyos, con esa especie de iglesia subterránea, donde hace y deshace todas sus desquiciadas extravagancias, y esos que le siguen, donde abundan las mutilaciones físicas, y sobre todo, las enfermedades mentales, seres malvados, como esa concubina mayor que lo sigue sin rechistar, o la joven doncella que seguirá el mismo camino que la otra. Cosmatos opta por un ritmo pausado y romántico del primer bloque, para cambiar del todo en el segundo bloque, donde el ritmo se vuelve esquizofrénico, al ritmo del personaje de Cage, y su viaje sangriento y paranoico en busca de venganza y muerte, echando mano de lo kitsch, el cómic, videoclip, o gore, con esas cabezas reventadas y esos cuerpos despedazados. Una película entretenida y potente visualmente, con la estupenda score de Jóhan Jóhannsson, que ayuda a crear esa atmósfera oscura, inquietante y fantástica que baña toda la trama, que no se mete en camisas de once varas, sino que hará las delicias de los amantes del género, y no sólo de ellos, sino de otros espectadores que quieran adentrarse en un cine de terror de ahora, pero que no olvida sus referentes, pero no a través de un ejercicio de mera copia, sino creando su propio universo personal y creativo.

Ánimas, de Laura Alvea y José Ortuño

TÚ NO DEBERÍAS ESTAR AQUÍ.

Una de los elementos que más decepciona en las películas de género, sobre todo en el thriller psicológico, no es su desarrollo, sino su desenlace, quizás el apartado más complejo y difícil, presumiblemente son relatos llenos de intriga, donde se crean atmósferas inquietantes, y unas tramas enrevesadas, sí, pero interesantes, es en el momento de cerrar la película cuando todo el entramado argumental cae estrepitosamente y en la mayoría de los casos, salvo contadas excepciones, nos encontramos con resoluciones vacías, inverosímiles y sobre todo, facilonas, que de ningún modo están a la altura de lo que acabamos de ver. Ánimas tiene la estructura de film de género de terror, de corte psicológico, donde abundan las referencias, de las que no escapa ni oculta, en la que entrelaza de manera intensa una trama sencilla, de pocos espacios y realmente muy inquietante, que deja para el final la resolución de su madeja, pero en ningún momento, cae en ese final poco creíble, se le podrá reprochar algún pasaje algo embarrullado y extraño, pero su desenlace está a la altura de lo contado, dejándonos realmente muy satisfechos con su cierre.

Ánimas es el segundo trabajo del tándem formado por Laura Alvea (Sevilla, 1976) y José Ortuño (Sevilla, 1977) después de The Extrarodinary Tale of the Times Table (2013) su sorprendente e imaginativo debut, donde a través de un trama colorida que remitía a los cuentos infantiles, escondía un relato oscuro y tenebroso sobre ser padres y sus consecuencias. Ahora, los directores sevillanos, han cambiado de registro, pero sólo en apariencia,  encontramos que la forma y la atmósfera se han vuelto más oscuras e inquietantes, más fantásticas, donde abundan los juegos con el espacio, el sonido y todo aquellos objetos presentes o no. Aunque el color se haya apagado y todo se haya ensombrecido, y la comedia haya dejado pasó al terror, siguen contándonos un relato muy psicológico, protagonizado por dos almas inquietas que deberán hacer frente a sus miedos, el leitmotiv de las dos películas, para seguir con sus vidas y no detenerse a pesar de sus inseguridades. Estas dos almas son Álex, una adolescente segura y de fuerte carácter, y Abraham, un poco más joven, pero todo lo contrario de personalidad, como si fuese el reverso de Álex, ya que se trata de alguien inseguro e introvertido, debido a la mala situación familiar que tiene que soportar a diario con una madre enloquecida y un padre violento.

Alvea y Ortuño envuelven su película en pocos espacios, un par de viviendas, a cual más inquietante, con esa decoración propia de los setenta con empapelamiento de las paredes y objetos que remiten a un tiempo atemporal y difícil de definir, con los pasillos ominpresentes de un edifico en el que apenas se ven vecinos, y algunas escenas callejeras, situando sus momentos más álgidos en los espacios domésticos, sumergiéndonos en esa atmósfera oscura e inquietante, en el que dos adolescentes vivirán ese tiempo de transición, un tiempo de cambios trascendentales en sus vidas, donde dejarán de ser niños para convertirse en adultos, vivir sus propias vidas, tomar sus decisiones y coger las riendas de su existencia haciendo frente a sus conflictos interiores y exteriores. En la película predominan los colores verde y rojo, en la que crean ese ambiente claustrofóbico y agobiante en el que vive Abraham, donde parece que todas las salidas lo llevan a la soledad, aunque ahí estará Álex para echarle todos los cables que hagan falta, y acompañarlo en este aventura oscura e inquietante.

Los cineastas sevillanos optan por un universo plagado de múltiples referencias al género de terror, desde clásicos imperecederos como Psicosis (adoptando la mítica escena de la ducha) El resplandor (acogiendo la secuencia del baño y esos inacabables pasillos) Al final de la escalera (con esas escaleras y objetos que caen de ellas) o La profecía (en el que los juegos con la presencia del maligno son evidentes) y también, otros grandes nombres míticos del género como Carpenter (y su mítico coche) o la relación entre los niños de Déjame entrar, y muchos más que los espectadores fans del género irán descubriendo. Todas esas referencias, siendo evidentes en algunos casos, no lastran el contenido ni la forma de la película, sino que experimentan el efecto contrario, no creando el recordatorio nostálgico, que sería pernicioso para el resultado, sino dotando a su atmósfera de un juego de referencias que ayudan a dotar de carácter a su forma y fondo, creando un juego deformante de espejos laberínticos, en el que nada paraece lo que es, donde nos sumergimos de forma natural y concisa en aquello que se nos está contando.

Uno de los hallazgos de la película recae en su joven pareja protagonista, que como sucedía en su primera película, son dos actores desconocidos para la gran pantalla. Por un lado, tenemos a Clare Durant, la Álex de la historia, esa mujer de fuerte personalidad, mirada penetrante y gesto enérgico que se convierte en el contrapunto perfecto de Abraham, al que da vida Iván Pellicer, con su gesto apesadumbrado y mirada intensa y triste, bien acompañados por la sobriedad de Liz Lobato, la madre ausente de Abraham, la frescura de Chacha Chuang como la novia de Abraham, y las presencias de dos titanes como Ángela Molina, haciendo de psiquiatra, y Luis Bermejo como ese padre violento. Un buen y audaz cuento de terror psicológico con un inmenso trabajo del equipo técnico y artístico, sin casa encantada, ni fantasmas ni situaciones harto inverosímiles, sino una estupenda e interesante trama que nos habla de todos nuestros miedos, reales e imaginarios, de las dificultades y los fantasmas interiores de hacerse mayor, de entenderse a uno mismo, y sobre todo, de los extraños y complejos mecanismos para manejar situaciones emocionales propias y ajenas cuando todo parece desembocar hacia algo muy oscuro, terrible y atroz.

Entrevista a Mireia Oriol

Entrevista a Mireia Oriol, actriz de la película “El pacto”. El encuentro tuvo lugar el jueves 26 de julio de 2018 en el hall del Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mireia Oriol, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.