Entrevista a David Casademunt

Entrevista a David Casademunt, director de la película «El páramo», en los Jardines de Piscinas y Deportes en Barcelona, el miércoles 12 de enero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Casademunt, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Alfonso Cano de Equipo Singular, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fran Menchón y Martí Lucas

Entrevista a Fran Menchón y Martí Lucas, coguionistas de la película «El páramo», de David Casademunt, en los Jardines de Piscinas y Deportes en Barcelona, el miércoles 12 de enero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fran Menchón y Martí Lucas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Alfonso Cano de Equipo Singular, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El páramo, de David Casademunt

LA BESTIA QUE NOS ACECHA.

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”.

Alejandro Dumas

El convulso y sangriento siglo XIX en España, azotado por tres guerras Carlistas, desterró a muchas familias  que huían de los núcleos urbanos a la protección de las casas aisladas en páramos desiertos. El primer largometraje de ficción de David Casademunt (Barcelona, 1984), se instala en ese período y en ese lugar. Un lugar aislado, un espacio acotado por unas extrañas figuras talladas en madera que, a modo de tótems, acotan una entrada imaginaria, que pone barrera dejando fuera a esa terrible violencia que hay más allá. En ese sito, perdido de la mano de Dios, vive o más bien, sobreviven, una familia compuesta por un meditabundo, callado y rudo padre, una madre, Lucía, el pilar del hogar, y su hijo, Diego, inquieto y temeroso. De Casademunt conocíamos su paso por la Escac, dos de sus estupendos cortometrajes, Jingle Bells (2007), y La muerte dormida (2014), que abordaban las relaciones maternofiliales y las consecuencias de sus ausencias, elementos que continúan muy presentes en El páramo, y finalmente, la película Rumba Tres, de ida y vuelta (2015), que codirigió junto a Joan Capdevila, que a modo de documento, recogía la vida del famoso grupo rumbero barcelonés.

Un guion que firman Fran Menchón, Martí Lucas (que ya había trabajado con Casademunt), también surgidos de la Escac, y el propio director, nos sitúan en un lugar sin lugar, en un tiempo sin tiempo, en un paraje vacío, vasto y seco, donde esta familia vive atenazada por todo ese miedo que nunca vemos y está ahí, o al menos ellos así lo creen. Un aroma denso, de colores terrosos y oscuros, y una ambientación sólida, obra de Balter Gallart (que ha trabajado en thrillers de Paco Plaza, Nacho Cerdà, Oriol Paulo y Guillem Morales, entre otros), una música interesantísima que mezcla lo íntimo con lo más oscuro, con esas melodías de cuento de hadas que casan tan bien, en una banda sonora que firma Diego Navarro, habitual de Mar Targarona, que produce junto a Joaquín Padró y la hija de ambos, Marina Padró, que se incorpora a un equipo que ya había levantado los primeros largos de Bayona, y de los citados Morales y Paulo, y hacen lo propio con Casademunt, a través de Rodar y Rodar. El exquisito y formidable montaje de Alberto del Toro, reconocible por sus trabajos para Javier Ruiz Caldera, y finalmente, la magnífica luz tensa, sensible y atmosférica de Isaac Vila, que ya habíamos visto su talento en películas como Lo mejor de mí, de Roser Aguilar, El silencio del pantano, de Marc Vigil y Bajocero, de Lluís Quílez.

El páramo es un buen cuento de hadas, bien contado y toda una férrea y conseguida fusión entre el drama familiar rural con raíces lorquianas y carpetovetónicas, con el aroma del western crepuscular, donde todo sucede en el interior de los personajes, en sus dramas y tragedias emocionales, y en todos esos monstruos que experimentan y proyectan al exterior, como le sucedía a la heroína de la majestuosa El viento, de Sjöström, en una película que recoge mucho del genio del cineasta sueco, en la que se emula la escena famosa de los hachazos de La carreta fantasma, con esos ambientes claustrofóbicos y asfixiantes, con el interior/exterior cambiante, donde en un principio, el exterior es la amenaza, y el interior, la paz, y viceversa, confundiéndose y confinando a los personajes, amenazados por lo de fuera y por lo de dentro. La película juega con ese miedo que unas veces parece muy real, y otras, no, aunque la verdad, qué más da, porque toda la progresión que van experimentando los personajes es lo que hace sumamente atractiva la película, con un trío de intérpretes que manejan su cuerpo en ese espacio de formas muy interesantes, en unos individuos que hablan muy poco, y todo es muy físico, acarreando sus problemas y aquellos otros que no se ven, pero también están, ese miedo irracional de perder a los tuyos.

Un Roberto Álamo en su línea, con un personaje dolido y silencioso, que no estaría muy lejos de los que interpretó en Alegría Tristeza y El lodo, una Inma Cuesta que no la veíamos tan magnífica y compleja desde que interpretó a la presa y comprometida Hortensia en La voz dormida, y finalmente, Asier Flores, el chaval que conocimos siendo Salvador Mallo de niño en Dolor y gloria, de Almodóvar, aquí siendo la piedra angular del relato, ya que todo lo veremos a través de él, en ese traspaso de la infancia a la adolescencia, cruzando ese puente que jamás olvidará, en esa transición en el que dejará quién ha sido hasta ahora para ser el dueño de su destino en esa tierra hostil, violenta y salvaje. Debemos felicitar a Casademunt por su arrojo y perseverancia para levantar un proyecto de estas características, que si bien podríamos enmarcar en un cuento de terror, se aleja de lo convencional para mostrar el miedo de una forma más emocional, a partir de lo sugerente, de lo que intuimos sin llegar a ver, como hacían en Los otros, de Amenábar, también sostenida en la relación maternofilial,  en la mejor tradición de las clásicas películas de monstruos de la Universal, o aquellas que hacían nombres tan ilustres como los de Tourneur, donde lo importante no estaba en lo que ocurría en la pantalla, sino en todo aquello que imaginábamos que sucedía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Demonic, de Neill Blomkamp

DESPERTANDO LOS DEMONIOS.

“El infierno y los demonios no están en el fondo del abismo de la tierra sino en el corazón del hombre, inclusive del más virtuoso y del más justo”.

Nikos Kazantzakis

District 9 (2009), la opera prima de Neill Blomkamp (Johannesburgo, Sudáfrica, 1979), sorprendió a propios y extraños, ya que nos adentraba en la cotidianidad de unos extraterrestres varados en un barrio, y sus continuos conflictos con la población humana, con un tratamiento cercano al documental de testimonios, en una cinta llena de drama, suspense y tensión. Le siguieron Elysium (2013), y Chappie (2015), producciones con más medios y más ambiciosas, que seguían la misma línea de ciencia-ficción, y las complejas relaciones de poder entre humanos y robots, en unos relatos que, en mayor o menos medida, conectaban con un público que se dejaba llevar por una vuelta de tuerca muy interesante sobre la ciencia-ficción del nuevo siglo. Entre el 2017 y el 2020, el director sudafricano ha continuado produciendo películas cortas con la misma temática que ha caracterizado sus primeros trabajos, añadiendo más sofisticación y espectacularidad en las secuencias de acción y dotando a su cine de un empaque novedoso, ágil y divertido.

Con Demonic, película nacida y desarrollada en plena pandemia, Blomkamp ha echado el freno a sus robots y nos ofrece un cambio de registro en toda regla. El argumento no se aleja demasiado de la película de terror al uso, sin grandes medios y sobre todo, muy próxima a esos productos de los ochenta con el ánimo de entretener un rato al público. Por eso sorprende mucho este cuarto largometraje del cineasta sudafricano, y cuánto más su convencional argumento, que nos cuenta la existencia de Carly, una mujer que recibe la llamada de una empresa que ha creado un simulador virtual en el que interactuará en la mente de su madre, Angela, una mujer en coma, condenada por asesinato múltiple. La novedad de la película es todo el entramado de la virtualidad, que no deja de ser una especie de máquina del pasado de nuestros miedos, monstruos y demás. Es una película al uso de posesiones demoniacas, muy al estilo de ese gran clásico referencial que es El exorcista (1973), de William Friedkin, y Carrie (1976), de Brian de Palma, con esas relaciones complejas y violentas entre madre e hija.

Otros actores de este entramado extraño es el del personaje de Martin, ex novio de Carly, también implicado en la trama, y los tipos que trabajan para la empresa que tiene mucho interés en el proceso virtual al que someten a Carly. Unos individuos que son curas que pretenden atrapar al demonio en cuestión. Blomkamp rescata a dos intérpretes de su cine como Carly Pope en la piel de la desdichada Carly, con la que trabajó en Elysium, y a su alter ego y enemiga, Nathalie Bolt, vista en District 9, que se enfunda en Angela, la madre odiada y siniestra. Y finalmente, Chris William Martin es Martin, el ex novio de Carly, metido en este lío para ayudar a la joven. El director sudafricano no consigue las hechuras y densidad que tenían sus anteriores películas, y parece que Demonic es una película contada de forma muy lineal y llena de referencias, muy alejada del ingenio que se esperaba de un director realmente imaginativo, fresco y constructor de atmósferas densas, caóticas y llenas de complejidad y humanidad.

La película se deja ver, tiene algún que otro momento interesante, pero pronto vuelve a su envoltorio de entretener sin más, y no pretende nada más que eso, un entretenimiento más, con ese look de película alimenticia o divertimento para su director, que nos inquieta de cara a sus futuras producciones, si seguirá en esta línea, o volverá a ese cine más compacto, lleno de brillantez, ingenioso y lleno de tensión, más propia del cine de terror. Quizás el elemento más sobresaliente de Demonic sea su falta de pretensiones, pero abusa de las referencias, y de las situaciones sin alma que pululan durante toda la película, alguna que otra secuencia nos emociona, pero en general, todo está demasiado pensado y ejecutado, dejando nulo todo ese espacio para la imaginación, la construcción de atmósferas, y sobre todo, las composiciones de los intérpretes, que resultan demasiado monótonas. La película se acaba perdiendo en sí misma, que mira demasiado a otras producciones tótem, olvidándose de sí misma, y dejando sin alma todo lo que cuenta y cómo lo cuenta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Corten!, de Marc Ferrer

EL AMOR ES MÁS FRÍO QUE LA MUERTE.

“Todos nos utilizamos mutuamente. El amor es más frío que la muerte”.

El universo de Marc Ferrer (Sabadell, Barcelona, 1984), vive por y para el cine. Sus películas están llenas de referencias cinéfilas, desde las más profundas a las más populares, todo tiene cabida en el mundo de Ferrer, eso sí, posee una sensibilidad especial a todo aquello subgénero y oculto, a todos esos artistas en la sombra, a todo ese otro mundo, que muchas veces queda oculto. Su cine tiene infinitas ramas: el musical, con esas grandes actuaciones a ritmo de pop, sinvergonzonería y mucha pluma, esa comedia petarda y romántica, muy alocada y llena de humor irreverente, simpático y naif, esos toques de thriller, un noir de andar por casa, pero muy sugerente y con su atmósfera particular, y la gran visibilización que hace del mundo no normativo en todos sus aspectos, por donde pululan amores de todo tipo y formas, tanto gay como hetero, y demás, y finalmente, el cine, porque siempre son películas sobre el cine, tanto dentro como fuera, y donde sus personajes son amigos de Marc interpretando a otras personas muy parecidas a su propia realidad. Metrajes breves, apenas rondan la hora de duración. Un gazpacho muy de aquí, especialmente imaginativo, sorprendente y lleno de vitalidad y fiesta, y que se ríe constantemente de sí mismo, sin excepción. Un cine que te atrapa al instante o lo odias para siempre.

Desde el año 2016, Ferrer, licenciado en Comunicación Audiovisual por la UPF, no ha parado y ha despachado cada año su película de turno, ya sea largo o corto. Su opera prima Nos parecía importante (2016), a las que la han seguido La maldita primavera (2017), Puta y amada (2018), Mi odio en tu corazón (2019), Corazón rojo (2020), y ¡Corten!, que el propio Ferrer describe como un “giallo marica”, en la que su cine ha dado un gran paso, introduciendo por primera vez el género de terror, aumenta la duración de la película llegando a los 78 minutos, y pasa del digital al cine, rodando en 16 mm, que firma el cinematógrafo Nilo Zimmerman (que además de actor, ha firmado las películas de Tiger, de Aina Clotet, o Boi, de Jorge M. Fontana), consiguiendo esa textura ochentera que tanto demanda la película de Ferrer, con esa cercanía y esos primeros planos de los intérpretes, la indispensable música de Adrià Arbona, líder de los Papa Topo, que protagonizaban La maldita primavera, y autor de todas las bandas sonoras del cine de Ferrer, una score que va de los ritmos divertidos y desenfadados, a aquellos otros propios del cine giallo, con su suspense y sus lugares tenebrosos desde la cotidianidad. El arte de Erik Rodríguez Fernández, otro cómplice de Ferrer, que vuelve a hacer casi con los mínimos elementos lo máximo, llenando de colorido cada plano y encuadre de la película.

El director sabadellense no oculta sus referentes, sino todo lo contrario, los hace muy evidentes, y los muestra sin ningún tipo de pudor, como las películas de Corman, los universos de Fassbinder, y sus personajes melancólicos, tristes y perdidos, el cine giallo de Argento, en el que se menciona varias veces, incluso aparece un libro dedicado a su obra, el universo cutre de Waters y Divine, con ese aroma del cine trash, basura, y el desenfado de hacer lo que quieras con los medios escasos que tengas, el cine de Zulueta y todo lo cinéfilo que le rodea, como el vampirismo, los primeros Almodóvar y su mundo y submundo, con maricas, travestis y demás seres que pululan llenos de amor, desengaños y desilusión, con ese toque sucio, transgresor y lleno de incorrección y mucha risa y diversión. En ¡Corten!, Ferrer, que interpreta a un director de cine que hace películas de bajísimo presupuesto que no tienen nada de éxito, ha contado con un reparto nuevamente lleno de amigos como Marga Sardà, que interpreta a una deslumbrante secretaria de “Producciones Inmundas”, borde como ella sola, llena de tensión, agitadísima y sobre todo, un pedazo de descubrimiento para el cine de Ferrer, como antes lo habían sido Júlia Betrian y Zaida Carmona.

Acompañan a Sardà, los Gregorio Sanz, María Sola, Saya Solana, Paco Serrano y Álvaro Lucas, entre otros, más a La Prohibida, con la que ya había hecho videoclips, y Samantha Hudson, que se marca una de las grandes actuaciones de la película cuando interpreta el tema “Por España”. Marc Ferrer hace un cine popular, filmado con escaso presupuesto, de que más lejos de suponer un problema, él lo lleva su espacio y además de reírse de todas esas penurias económicas, saca el máximo rendimiento tanto artística como técnicamente, haciendo de sus carencias sus mejores virtudes, en el que la realidad y la ficción, o lo que es lo mismo, la vidas de Marc y sus amigos, no es más que un pretexto para mirarlas a través del cine, donde el reflejo es constante, donde cada espejo encadena las diferentes historias que pululan por sus películas, donde lo coral es una gran baza, donde cada encuadre está lleno de vida y misterio, en el que todo ocurre con una grandísima naturalidad y cercanía, sin sentimentalismos ni aspavientos, y sus defectos y errores están totalmente adaptados a la historia, y lo que pudiera parecer un obstáculo, la película lo acoge y lo adapta sin problemas, y aun más, les da una mirada diferente y muy honesta.

La omnipresente Barcelona, la ciudad-lugar de sus películas, convertida por la cámara de Marc Ferrer en un gran plató, donde visitamos esos pisos pequeños peor con glamur, esos bares de maricas, donde nacen y mueren amores y nos divertimos con esas actuaciones desenfadas de travestis y artistas de lo oculto, y las oficinas de la productora, que lugar y que cutrez, como alude uno de los personajes. Una ciudad que se la quiere y se la odia a partes iguales, porque como evidencia la frase que abre y cerrará la película, es una ciudad que atrae y repele, donde parece tranquila y también, está llena de peligros. Ojala podamos seguir viendo películas de Marc Ferrer, no solo por seguir desmenuzando esos mundos, submundos, y todo lo underground, cutre y bajo coste de su cine, como dice una de las actrices de su película: “Yo por el cine underground español hago lo que sea”, toda una sencilla y directa declaración de intenciones, porque eso sí tiene el cine de Ferrer, honestidad y diversión, y además, una equilibrada y profunda reflexión sobre las relaciones humanas y amores de ahora, con su locura, su naturaleza efímera, y sobre todo, sus caminos laberínticos, que sabes por dónde empiezan y nunca como acaban. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Relic, de Natalie Erika James

LA ABUELA HA DESAPARECIDO.

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”

Pablo Neruda

En las últimas décadas mucho del cine de terror se ha decantado por el susto fácil, llenos de guiones tramposos, abundantes efectos y personajes demasiado planos, alejándose de aquellos títulos clásicos, que colocaron el género en una posición de privilegio durante muchos años dentro del panorama cinematográfico. Relic (que se podría traducir como “reliquia”), viene a alimentar ese espacio de cine de terror bien filmado, con un guion férreo que habla de temas como el envejecimiento o la angustia de la demencia, y cómo esos cambios afectan a los otros familiares, y todo ese entramado narrativo y formal, lo cuecen con un intenso y agobiante cuento de terror con reminiscencias clásicas, como aquellos que producían en los años treinta en la Universal, los góticos de la Hammer, o las producciones independientes estadounidenses de los setenta, incluso podría ser un memorable capítulo de la mítica serie The Twilight Zone (aquí llamada “La dimensió desconeguda”, cuando TV3 la pasó alrededor de la medianoche a mediados de los ochenta).

La cineasta japonesa-australiana Natalie Erika James debuta en el largometraje, con un guion que firma junto a Christian White, en la que parece seguir muchos de los pasos de la película clásica de terror: la casa encantada perdida en uno de esos pueblos aislados donde vive poca gente, una casa habitada por una señora mayor que vive sola y está perdiendo la cabeza, unos vecinos que huyen de ese lugar, y sobre todo, una familia que se relaciona cero. Todos esos ingredientes son comunes en este tipo de cine, aunque la directora afincada en Melbourne, los usa para contarnos un drama familiar muy actual, la de una hija Kay que hace tiempo que no visita a su madre, y cuando la abuela desaparece, se presenta en el lugar junto a su hija Sam. Madre e hija, con la ayuda de otros vecinos, buscarán incansablemente a la abuela desaparecida. Un día, como por arte de magia, la abuela aparece como si nada, pero se comporta de forma extraña e inquietante, madre e hija descubrirán a que se debe lo que está padeciendo la abuela Edna.

Seguramente, el espectador ávido de ese cine efectista, vacío de contenido, y empecinado en descubrir al asesino, no conectará con una película que utiliza el género de terror para hablarnos de una forma honesta y transparente del envejecimiento vivido en soledad, y de todos los males psicológicos que sufren muchas personas mayores, y como se gestionan todos esos cambios y transformaciones que no tienen vuelta atrás, con la duración de esos 89 minutos en los no sobra ni falta de nada. Con una atmósfera sombría, inquietante y doméstica (que firma el cinematógrafo Charlie Sarroff, que ya había trabajado con la directora en sus cortometrajes), ya que buena parte de la película nos encierran en esa casa antigua y decrépita, que guarda muchos secretos y habitaciones y pasadizos ocultos, en la que asistimos en forma de diario a la transformación de la abuela, y las reacciones de la madre como de la nieta, que lentamente se van introduciendo en el mundo que padece Edna, una mujer que asiste a su deterioro físico o mental irreversible.

Una película de estas características que basa toda su fuerza en el espacio y sobre todo, en el aspecto psicológico de los personajes tenía como premisa una buena labor de interpretación por parte del trío de protagonistas, empezando por una Emily Mortimer que demuestra su buen hacer dando vida a esa hija llena de culpabilidad por desatender a una madre que la necesita y mucho, Robyn Nevin es esa abuela que asiste atónita a su transformación, a su cambio físico y mental, envolviéndose en su espacio y su realidad que está muy alejada de la real, y finalmente, la joven Bella Heathcote interpreta a Sam, la nieta que quiere ayudar, que quiere salvar a su abuela, pero quizás, la forma que usa no es la más adecuada, y deberá buscar otras. Una película sencilla, directa y de frente, que habla de todos nosotros, sobre todo, de los mayores y la vejez, que también habla de la memoria, del olvido, y la angustia de la demencia, y lo hace contado de una forma inteligente, humana y envolviéndolo todo en un cuento de terror con todos sus ingredientes, más cercano al clasicismo y al aspecto psicológico que a los sustos de lata de muchas producciones de la actualidad, reivindicando una forma de hacer cine que a muchos, desgraciadamente, se les ha olvidado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Del inconveniente de haber nacido, de Sandra Wollner

MI HIJA HA VUELTO DESPUÉS DE DIEZ AÑOS.   

“Los grillos hacen tanto ruido que me han despertado. Puedo oler la tierra húmeda. Y el bosque. Todas las hojas han caído. Pero el verano acaba de empezar. Y tú estás ahí, esperándome”.

Las primeras imágenes de Del inconveniente de haber nacido, nos revelan una película hipnótica, de una belleza extraña, situada en una cotidianidad muy inquietante, como una especie de sueño perturbador del que parece que no podemos despertar. Una extrañeza que nos acompañará todo el metraje, donde el tiempo y las emociones se envuelven en un estado limbo, en que los personajes parecen moverse dentro de un tiempo indefinido, como si no existiera, inventado otro tiempo, un tiempo que ellos mismos redefinen constantemente, intentando todo el rato rememorar un pasado que solo existe en su memoria. Nos encontramos con una niña que en realidad es un robot antropomorfo, que vive con un hombre al que llama papá, y viven en una casa aislada de todos y todo en mitad del bosque, en un perpetuo verano. Elli, que es como se llama el androide, está para el hombre, recordando cosas del pasado, creando vínculos ya perdidos, sustituyendo a la hija desparecida una década atrás.

Sandra Wollner (Styria, Austria, 1983); debutó con The Impossible Picture (2016), también con una niña llamada Johanna de 13 años, que capturaba con su cámara de 8mm la realidad oculta de su familia allá por los cincuenta. Ahora nos llega su segundo trabajo, un cruce entre los films de robots como podrían ser Inteligencia artificial, Ex Machina o el reciente documental Robots, y un episodio de la histórica The Twilight Zone, una mezcla interesante y profunda sobre la relación de los humanos con los androides, unas máquinas que funcionan como sustitutos de aquellos familiares desparecidos o fallecidos, creando unos vínculos emocionales y recuperando unos recuerdos para así establecer una relación cognitiva plena y satisfactoria, pero claro, este tipo de situaciones pueden crear momentos inquietantes y oscuros, como mencionan las palabras precisas del cineasta Werner Herzog: «Recurrimos a este tipo de sustitutos desde nuestra infancia, desde luego; por ejemplo, con los osos de peluche. Pero engendrar una tecnología y un mercado de osos de peluche para adultos es algo inédito. E insisto: es algo que está abatiéndose sobre nosotros”.

Wollner se erige como una mirada crítica e incisiva sobre este fenómeno que lentamente se va introduciendo en nuestras vidas y cotidianidades, los posibles (des) encuentros y las transformaciones de nuestras relaciones personales, que cambiarán para siempre, ya que abre un debate moral muy importante, cuando alguien no nos guste o no conectemos, podemos llegar a sustituirlo, como ocurría en la magnífica La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, mítico título de la ciencia-ficción de mediados de los cincuenta,  la sustitución como elemento para devolver la vida a los que ya no están y hacerlos a nuestro deseo. La directora austriaca construye un relato lleno de sorpresas, donde la narración camina con pausa y se muestra férrea, con esa cámara que se mueve por la casa, o esos encuadres donde los cuerpos aparecen en el espacio de forma extraña e inquietante, consiguiendo una película de terror cotidiana, sin ningún alarde narrativo y efectista, centrándose en la peculiar y extraña relación del padre y su hija sustituta, como se hacía en la década de los setenta con esas películas maravillosas como La amenaza de Andrómeda, Cuando el destino nos alcance o Naves misteriosas, entre otras, cine sobre la condición humana, sus relaciones con las máquinas y las emociones que se generan.

Sandra Wollner entra de lleno y con galardones a esa terna de grandes cineastas austriacos como Michael Haneke, Ulrich Seidl y Jessica Hausner que, mediante obras sobre la oscuridad del alma humana, investigan las formas de relaciones y cotidianidades diferentes, componiendo películas sobre el lado oscuro y el exceso de ambición en una sociedad cada vez más tecnológica, vacía y deshumanizada. Del inconveniente de haber nacido es una película que no dejará indiferente a cualquier espectador que quiera descubrirla, por su construcción tan cercana y alejada a la vez, por esa luz indefinida, por el espacio y el entorno donde está filmada, y sobre todo, por todo lo que plantea a nivel moral y ético, sobre la psique humana y en que nos estamos convirtiendo como especie, ya que en algunos años todos aquellos espantos que veíamos en el cine de ciencia-ficción dejarán de serlo para convertirse en realidades que con el tiempo estarán al alcance de todos, y entonces, será cuando debamos aprender a relacionarnos con máquinas que se parecen a nuestros seres queridos que ya se fueron, máquinas que actúan y son como ellos, aunque sean porque nosotros lo queremos así, todo esto habrá que gestionarlo emocionalmente y lo que pueda ocurrir a día de hoy será un misterio, quizás demasiado terrorífico. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Host, de Rob Savage

HAY ALGUIEN CONMIGO

“Una de las peores cosas que puedes hacer es tener un presupuesto limitado y tratar de hacer una película grandiosa. Ahí es cuando terminas con un trabajo malísimo”

Roger Corman

El género de terror actual poco o nada tiene que ver con aquel otro género clásico, el que creó toda una legión de millones de seguidores alrededor del mundo. Un género que envolvía al espectador en un espacio en off, en todo aquello que no se veía, que simplemente se escuchaba, en mitad de la oscuridad, la imaginación del público era esencial para sorprenderlos no con sustos o subiendo el volumen del sonido, como se hace ahora, sino creando un espacio de misterio, de miedo y de auténtico terror, donde la máxima no era mostrar, sino todo lo contrario, no mostrar, sugiriendo todo aquello que el espectador inventaría, género de bajo presupuesto en que el estadounidense Roger Corman fue su máximo exponente. Host (que podemos traducir como “Anfitrión”), del joven director británico Rob Savage, es una de esas películas que siendo muy de ahora, se enclava completamente en los parámetros del terror clásico.

Savage empezó precozmente en el cine, ya que dirigió a los 17 años el largometraje Strings, luego continuó dirigiendo cortometrajes de terror, incluso ha dirigido algunos episodios de la serie Britannia. El director norteamericano grabó un video que se convirtió en viral a principios de este fatídico 2020, y en plena pandemia provocada por el Covid-19, ideó una película de terror puro, basada en la exitosa idea, convocando a un grupo de amigas actrices encabezadas por una antigua conocida como Haley Bishop, a la que se unieron Radina Drandova, Jemma Moore, Caroline Ward y Emma Louise Webb, con el añadido de Edward Linard, todos ellos forman el grupo de amigos y amigas que se reúnen para hacer una video llamada conjunta a través de zoom, y consiguió producir una película, un relato sobre una sesión de espiritismo que se va a ir de las manos, y en que las participantes vivirán fenómenos poltergeist en sus hogares. Savage nos encierra en la pantalla de ordenador, en la que miramos a las cinco mujeres en sus respectivas casas, con ese primer arranque en que conocemos brevemente la situación de cada una de ellas, y alguna pincelada de su carácter.

La película entra en acción con la sesión de espiritismo, que empieza como una cosa animada y sin más, para después, adentrarse en otro ámbito, en un espacio donde la realidad ya no existe, donde cada una de las cinco mujeres experimentará el terror en carne propia, donde los objetos de su casa saldrán volando, y su integridad física y psíquica se pondrá gravemente en peligro. Savage juega a sugerir, a través de sonidos, y el movimiento de los objetos, con un espectacular montaje de Breanna Rangot, que va cambiando la perspectiva según la tensión, pasando de las pantallas de las cinco amigas, a una sola, y centrándose en aquella que está experimentando el fenómeno, mientras las otras, completamente aterrorizadas, siguen, desde sus casas, todo lo que le va ocurriendo a su amiga. La película, sencilla hasta la extenuación, consigue clavarnos en la butaca, haciéndonos participes de la experiencia aterradora de las chicas, provocando el mismo estado de nervios, ansiedad y miedo que tienen las mujeres. Host bebe completamente de películas que en su día aterrorizaron al personal, utilizando el mismo dispositivo del fuera de campo y el sonido, donde los espectadores éramos el giro de cámara, como The Blair Witch Project (1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, auténtico fenómeno de masas, que inauguró un sinfín de películas con la misma estructura, la cámara al hombro, el “fake” como bandera, y una innovadora campaña de marketing en internet, cuando las redes no eran lo que son ahora.

La película estadounidense es hija de las circunstancias de la crisis sanitaria de la Covid-19, donde lo virtual ha sustituido a la reunión social, donde internet se ha convertido en aliado para paliar la falta de encuentros, ya que la pandemia nos ha encerrado en casa, con las llamadas zoom como reunión virtual para sobrevivir al aislamiento y la soledad. Una película que, seguramente, generará la aparición de muchas otras imitando su dispositivo, pero Savage ha conseguido que, pese a las enormes dificultades que supone hacer una película desde la distancia, lograr su objetivo, y no solo terminarla, sino convertir la película en un auténtico fenómeno, por su increíble osadía, la valiosísima composición de sus intérpretes y sobre todo, por la asombrosa calidad de sus fx, hechos por las actrices bajo la supervisión de Savage, que las aleccionó para conseguirlo. Host, a través de sus impresionantes 56 minutos, nos habla del miedo, pero sobre todo, de nuestros miedos, de los de cada uno, y sobre todo, también nos habla que hay según que puertas que es mejor no entrar, ni siquiera a atreverse a mirar por la mirilla, porque seguro que nos arrepentiremos lo que podemos encontrar al otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

She Dies Tomorrow, de Amy Seimetz

VOY A MORIR MAÑANA.

“La muerte es una vieja historia y, sin embargo, siempre resulta nueva para alguien”.

Ivan Turgueniev

La extraordinaria película Der Müde Tod (1921), de Fritz Lang, perteneciente a la etapa muda en su Alemania natal, es una de las primeras apariciones de la muerte en el cine. La muerte, esa eterna sombra oscura, con apariencia humana que, sitiaba a una joven pareja, y le ofrecía a ella, la oportunidad de salvar a su condenado enamorado. La muerte, una presencia siempre inquietante, forma parte ineludible de nuestra existencia, no existe una sin la otra, y aunque evitemos pensar en ella, siempre nos ronda, convertida en una amenaza constante, siempre al acecho, lista para intervenir y detener nuestra vida, en el instante menos esperado o no, porque aunque la veamos venir, la muerte siempre actúa en el peor momento, y siempre, nos sorprende su forma de actuar. ¿Qué pasaría si alguien obsesionado con la muerte, convencido que perecerá al día siguiente, pudiera contagiarnos ese desánimo e inculcarnos esa idea con su sola presencia? Esa pregunta, cuanto menos inquietante, es la que se hace la directora Amy Seimetz (Florida, EE.UU., 1981), que la habíamos visto como actriz en títulos del circuito independiente estadounidense como Upstream Color, de Shane Wingard, o Lean on Pete, de Andrew Haigh, entre muchos otros. Hace ocho años, debutó en el largometraje con Sun Don’t Shine, en la que una pareja recorría, a modo de road movie, la Florida Central, en un viaje que destapa un pasado siniestro de ella, protagonizada por Kate Lyn Sheil.

Después de dirigir algunos episodios de la serie The Girlfriend Experience (2016), y trabajar como actriz, Seimetz vuelve a rodar una película sobre la muerte, o podríamos decir, sobre el hecho de morir, y como ese detalle capital en nuestra vida, acaba contagiando a todos los seres que se va encontrando la enigmática Amy, que a su vez, fue contagiada por Graig, un ex. Seimetz, que firma el guión y la producción, en una cinta auto producida por ella misma, por un sueldo ganado por su trabajo en el remake de Cementerio de animales, a la manera de Welles, nos sumerge en un relato sencillo y cotidiano, que se concentra en una noche, que parece no tener fin, o al menos, aparentemente, si que conocemos como finalizará. Amy, interpretada por Kate Lyan Sheil, se siente extraña, deambula por su casa como un fantasma, realiza acciones sin sentido y fuera de lo común, no sabe que hace ni porque, lo único que tiene claro es que morirá al día siguiente. Jane, su mejor amiga, intenta ayudarla, pero al rato, se siente como ella, y sabe que morirá al día siguiente, y así va ocurriendo, Jane contagia la idea de la muerte a su hermano, su cuñada y una pareja de invitados, así como el doctor que la atiende.

El cinematógrafo Jay Keitel, colaborador habitual de Seimetz, consigue una magnífica luz espectral, llena de claroscuros y una capa densa y muy pesada, que aún carga más la atmósfera de la película, convirtiendo unas imágenes azotadas por un ambiento siniestro e inquietante, en la que sus personajes parecen almas que vagan sin descanso ni consuelo, como barcos a la deriva, sin saber qué hacer, ni adónde ir, obsesionados con la inminente muerte. La directora estadounidense se apoya en ese cine de terror cotidiano, sin sobresaltos ni sustos sonoros, un cine protagonizado por gentes corrientes como nosotros, que les ocurrían cosas terroríficas. Un cine más cerca de clásicos como La legión de los hombres sin alma o La noche de los muertos vivientes, y el cine de terror actual como It Follows o La invitación, entre muchas otras, que vuelven a demostrar que el cine de género puede contener crítica social como cualquier otro título aparentemente más social.

Los Siegel, Wise, Arnold, y otros, utilizaron la paranoia de la Guerra Fría, para contarnos amenazas alienígenas y como afectaban al ciudadano medio americano de los cincuenta y sesenta. Por su parte, Seimetz utiliza el miedo a morir que produce una pandemia como la del coronavirus, que mezclado con el vacío existencial actual, ejecuta una película sobre el miedo y la paranoia a una muerte inminente, y las terribles consecuencias que producen en las personas esos pensamientos, sin explicar el origen del suceso, que aún hace del miedo más irracional y malvado, porque a la directora estadounidense le interesa más el qué, y sobre todo, como actúan y socializan las personas que son afectadas por esta idea obsesiva sobre la muerte inminente. Con un reparto excelente que se mete en la piel de estos cotidianos e inquietantes personajes, encabezado por unas magnífica Kate Lyn Sheil, que da vida a la desdichada Amy, bien acompañada por Jane Adams como Jane, con una breve pero interesante aparición del director de cine de terror, Adam Wingard, y la anecdótica presencia de Michelle Rodríguez, en ese epílogo que pone los pelos de punta. Seimetz ha logrado con mínimos elementos y situaciones, una película de gran altura, que inquieta y perturba mucho, utilizando espacios domésticos, y encontrando el equilibrio ideal para mantener una historia que podría resultar muy disparatada, pero que, en ningún momento, resulta superficial, sino que se mantiene en esa idea fija sobre la muerte que desarrollan cada uno de los personajes, y lo va planteando con un desarrollo muy profundo y personal, manteniendo un ritmo pausado y terrorífico, que no decae en ningún instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Urubú, de Alejandro Ibáñez

EL RÍO ESTÁ EXTRAÑO.

“Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”

Karl A. Menninger

Desde el primer momento Alejandro Ibáñez (Madrid, 1980), deja claro el legado de su padre, el gran Chicho Ibáñez Serrador (1935-2019), al que le dedica la película. Y más tarde, en el ejemplar prólogo de la película, cuando muestra unas imágenes de ¿Quién puede matar a un niño? (1976), deja claras las intenciones de la película, rendir un sincero homenaje a su padre y mentor. Hace un año, en el Festival de Sitges, Ibáñez presentaba Historias para no dormir – Reality, un cortometraje de 20 minutos para Save the Children, última producción de Chicho, en el que se denunciaban las penosas situaciones en las que viven cientos de miles de niños en el mundo. El hijo del maestro quería honrar la memoria de su padre, homenajeando una de sus películas para cine más brillante y demoledora, convertida en una cinta de culto, que denunciaba los horrores cometidos por los adultos contra los niños.

Ibáñez nos traslada hasta Manaos, al norte de Brasil, la capital del extenso estado de Amazonas, donde conocemos a Tomás, un fotógrafo y ornitólogo venido a menos que sueña con inmortalizar al urubú albino (Ave rapaz carroñera americana, de plumaje negro brillante, en que el albino es muy difícil de observar), y se lleva consigo a su familia, Eva, su mujer que intenta salvar un matrimonio a la deriva, y Andrea, la hija de ambos, que como cualquier niño de su edad en la actualidad, está obsesionada con lo virtual. Después del empujón del profesor Díaz, se embarcan con el capitán Nauta (segundo apellido del director, en un personaje que se reserva para él), y viajan río abajo, quizás los momentos más intensos y brillantes de la película son los del viaje por el río, donde la cámara se posa y se evidencia la ruptura entre el padre y el resto de la familia, y notamos la angustia y la opresión que lentamente se va apoderando de los personajes a medida que se van adentrando en un universo hostil, solitario y abrasador, que contrasta con la belleza natural y exótica de la zona. O ese momento inquietante en que el río amazonas y el río negro se juntan sin mezclarse.

El director madrileño firma el guión, escrito junto a Carlos Bianchi y Alejandra Heredia, en el que compone su película de manera profunda y atmosférica en este primer tramo, donde encontramos las imágenes más poderosas y sugestivas, donde destaca el trabajo de los cinematógrafos Daniel Úbeda y Diego Barrero, que ya estuvieron en Historias para no dormirReality. Cuando se adentran en el corazón de la jungla, en plena selva amazónica, la película pierde algo de fuerza, cuando quiere parecerse más a su homenajeada, perdiendo un poco el fantástico equilibrio entre homenaje y relato que venía dando. Aunque, su paisaje y el suspense, sobre todo, cuando los personajes empiezan a deambular por la zona, mantiene el interés de la cinta. Ibáñez logra una película honesta, que no quiere ser más que su antecedesora, sino ensalzar sus instantes más tensos y terroríficos que le sobran, reinterpretando algunas secuencias, que todos recordamos, y sumergiéndonos en esa madeja de laberinto infernal del que no hay escapatoria.

El trío protagonista no desluce e absoluto, brillando más en la travesía por el río, y componiendo con raza y energía en los instantes de la selva, con Carlos Urrutia, que interpretó un par de obras teatrales producidas por Chicho, hace del padre moribundo emocionalmente y alejado de su familia, Eva que hace la actriz Clarice Alves, certificando el fin de su matrimonio e intentando salvarse con su hija de la locura de venir a la selva por un maldito pájaro, Jullie D’Arrigo interpreta a Andrea, que descubrirá en la espesura de la selva su verdadero destino, y finalmente José Carabias como el profesor Díaz, un rol breve, pero muy interesante. Chicho Ibáñez Serrador decía: “Solo hay algo que da más miedo que una película de terror, la realidad”, y con esa premisa realizó ¿Quién puede matar a un niño?, en 1976, una película de terror-denuncia, dando voz a unos niños que, cansados de las miserias y horrores de los adultos se revelaban contra ellos. Cuarenta y cuatro años las cosas han cambiado muy poco, todavía existen barbaridades contra los niños, y son los tristes protagonistas de hambrunas, conflictos armados, abusos y abandonos. La tarea del cine es esa, denunciar y promover conciencias, el resto lo tenemos que hacer entre todos, dejarnos de absurdos triunfos personales, egoísmos y demás aspectos oscuros de la condición humana, y empezar a trabajar por un mundo más humano, respetuoso, justo y tolerable. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA