Atrapados en la oscuridad, de James Ashcroft

EL PASADO NO OLVIDA. 

“El pasado no solo no es fugaz, es que no se mueve del sitio»

Marcel Proust

Nos encontramos en algún lugar de Nueva Zelanda. Siguiendo en automóvil a la familia que forman los profesores Allan Hoaggie y Jill, y sus dos hijos adolescentes. La idea es pasar unos días experimentando con la naturaleza, caminando entre montañas y lagos, solos con sus cosas. Todo parece ir normal, cuando se les acercan dos tipos malcarados armados. Lo que iba a ser un día de excursión, se convierte en una pesadilla para los cuatros miembros. Lo que parece una situación accidental, pronto derivará en un encuentro que tiene poco de fortuna, porque los dos tipos son viejos conocidos del maduro profesor. El director James Ashcroft (Paraparaumu, Nueva Zelanda, 1978), ha cimentado una carrera como intérprete en el medio televisivo que abarca casi tres décadas. Su labor como director se desarrolla en el largometraje y algún episodio para televisión, así que Atrapados en la oscuridad supone su opera prima. Una película basada en la novela homónima de Owen Marshall, en un guion escrito por el propio director y Eli Kent, que ya trabajó en Ovejas asesinas (2006), donde Ashcroft hacía un personaje.

La historia nos sitúa en un thriller psicológico, de marcada atmósfera muy cargada y asfixiante, con pocos personajes, apenas cuatro, y rodeados de la nada, un ambiente desolado alejados de todos y todo, en un relato enmarcado en una sola jornada, un día en el que sucederán muchas cosas, pero sobre todo, el pasado irrumpirá de forma violenta y seca en el presente. Viendo la película es inevitable pensar en películas como Perros de paja (1971), de Sam Peckinpah, Los visitantes (1972), de Elia Kazan, y Defensa (1972), de John Boorman, tres títulos memorables, rodados en apenas dos años, en el que se plantea el enfrentamiento entre lo rural y lo urbano, entre lo salvaje y lo racional, entre lo ancestral y lo moderno, aunque como pasará en la película de Ashcroft, las apariencias siempre engañan y los roles socialmente establecidos cambiarán según avancen las circunstancias. Estamos ante una cinta que también bebe de las películas de terror que tanto se popularizaron a partir de La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero, a partir de la premisa de urbanitas que visitan la naturaleza y allí, se encuentran con un mal que los violenta, como ocurría en muchas de las películas de Corman, donde deben hacer frente a una amenaza inesperada.

El cineasta neozelandés construye una película de corte clásico, donde todo avanza de forma sencilla y directa, no hay trucos ni atajos. Todo se cuenta desde el presente y a través de los personajes, en un fascinante in crescendo donde a medida que avanza el metraje, vamos conociendo las verdaderas intenciones de los secuestradores, y la sombra oscura que se va cerniendo entre los captores y las víctimas, que quizás no lo son tanto, porque el juego del gato y el ratón que plantea la historia tiene muchas zonas complejas y los personajes no son todo lo claros que pudieran parecer en un principio. Dos elementos brillan en la oscuridad de la película. La atmósfera terrorífica y sus brutales 92 minutos de metraje, y los grandes intérpretes que están muy conectados aunque no lo parezca. Unos intérpretes que brillan dentro de la oscuridad en la que se desarrolla la película consiguen introducirnos en el meollo de la cuestión, con unas composiciones basadas en los silencios y en las miradas, creando esa tensión brutal que te engancha desde el primer minuto.

La estupenda pareja que forman el veterano Erik Thompson y Miriama McDowell como el matrimonio secuestrado, frente a la tenebrosa pareja de psicópatas encabezados por un excelente Daniel Gillies, dando vida a Mandrake, que deja por un instante sus intervenciones en los blockbuster hollywodienses, para crear un personaje torturado por su pasado, muy violento y sin escrúpulos que no se detendrá ante nada ni nadie, bien acompañado por Matthias Luafutu como Tubs, un personaje mudo que solo ejecuta las órdenes del citado Mandrake. Quizás la parte final de la película nos deja un poco extraños, porque la película nos guiaba hacia otro estado, pero un desliz no empaña la película que plantea Ashcroft, que al ser su primera vez en esto de los largometrajes, queda bien servido y su propuesta convence, entretiene, y sobre todo, genera una tensión espectacular en toda la película, con ese regusto inquietante y terrorífico que tenía y tiene Funny Games (1997), de Michael Haneke, donde la atmósfera perversa y violenta nos acompaña durante toda la película, una sensación de miedo que no te suelta, de esas que nunca olvidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La pasajera, de Fernando González Gómez y Raúl Cerezo

VINIERON DE OTRO MUNDO.

“La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”

Gabriel García Márquez

Una película como La pasajera, que quiere contar una historia que entretenga, que distraiga como se decía antes. Aunque, a diferencia de otras por el estilo, su forma radica en algo distinto. A saber, estamos ante un relato que opta por un variopinto grupito de personajes muy distintos entre sí. Tenemos a Blasco, un tipo que habla demasiado, que fuma, que adora su furgoneta de más de veinte años junto a él, y es el conductor de este inusitado viaje por esa España vaciada, y más concretamente, las carreteras secundarias de Navarra. Le acompañan unos pasajeros que comparten viaje a través de una web. Está Mariela, una mexicana que enferma de cáncer quiere reencontrarse con su padre huido años atrás, y luego, tenemos a Lidia, una madre separada que lleva a su rebelde y peculiar hija Marta, junto a su padre. Un cuarteto que pronto verá que su apacible y entretenido viaje derivará en algo turbio y terrorífico, porque recogen a una turista que convierte a la mexicana en una bestia salvaje sedienta de carne humana. Y ahí, empezará una lucha sin cuartel en que la supervivencia será el único viaje posible.

Todo esto arrancó con una idea de Raúl Cerezo (Madrid, 1976), todo un referente en el mundo del cortometraje y en el fantaterror español, que muchos lo conocerán por su prestigioso 8 (2011), que derivó en un guion que firmaron Asier Guerricaechevarría y Javier Echániz, que Luis Sánchez Polack acabó de rematar, en una película que dirigen y coproducen el propio Cerezo que debuta en el largometraje, junto a Fernando González Gómez (Madrid, 1984), con más de una treintena de cortometrajes en su haber, que conocíamos por su sorprendente e hilarante comedia negra Estándar (2020), que supuso su debut en la gran pantalla. A parte de los personajes tan diferentes, otra baza que juega la película es mezclar con acierto y sin prejuicios temas como el slasher, el terror de toda la vida estadounidense donde unos corren porque hay un loco asesino que quiere matarlos, fusionado por lo más intrínseco de aquí, como esa música de Blasco, los pasodobles que le dan un toque nada convencional, y ofrecen otra cosa al relamido tema de los psicópatas asesinos.

La película tiene lugares comunes como el aislamiento, y añade que en La pasajera los asesinos son conocidos de ellos, como ocurría en la inolvidable La noche de los muertos vivientes, todo un referente para el género y para esta cinta, con la noche como aliada, y esa persecución que parece no terminar nunca, donde los que parecían antagónicos acabaran por unir fuerzas por obligación. Como ocurría en la mencionada Estándar, la película se mueve con habilidad e inteligencia por ese terror inquietante bien fusionado con la comicidad, porque la situaciones tienen todos los ingredientes, donde hay poco susto, y esto se agradece, y sobre todo, hay mucha mala uva, donde los roles y los conflictos van cambiando según avanzan los extraños y sorprendentes acontecimientos. Otro de los elementos que hacen de La pasajera una película muy atractiva es su reparto, que se olvida de rostros conocidos, para forman un cuarteto realmente muy interesante. González Gómez rescata de Estándar a Ramiro Blas, en su primer papel protagonista, como el inefable y bondadoso Blasco, un tipo con carisma, muy suyo, muy cañí, amante de los pasodobles, de los toros, y un solitario empedernido con su “Vane”, como llama a su adorada furgoneta, una especie de lobo de mar, en este caso, de carretera, curtido en mil batallas y más.

Acompañan a Blasco tres mujeres, muy diferentes entre sí, como la fabulosa Paula Gallego, que conocíamos como la menor de los Alcántara de Cuéntame cómo pasó, en la piel de la descreída y reacia Marta, que irá dejando su armadura para confiar, y sobre todo, sobrevivir junto a Blasco y los demás, la mexicana Cecilia Suárez como Mariela, una mujer que oculta demasiadas cosas que verá como a medida que avanza la noche todo irá entornándose de otro color, y finalmente, Cristina Álcazar como Lidia, la madre de Marta, muy curtida en series de televisión como la citada Cuéntame cómo pasó y Amar es para siempre, completan este variado y extraño cuarteto que se enfrentará a la noche de sus vidas, perdidos ante todos y todo. La pasajera es un intento loable de hacer un cine entretenido con los referentes del terror, pero añadiendo la idiosincrasia tan de aquí, donde se mueven con naturalidad y buen criterio el terror más reconocible con la comedia más disparatada y negrísima, como ocurría en Abierto hasta el amanecer (1996), de Robert Rodríguez, en que el thriller se convertía en una comedia terrorífica cuando entraban en el famoso local fronterizo de “La teta enroscada”, y la noche de juerga se tornaba una guerra sin cuartel contra unos vampiros sedientos de sangre, en La pasajera son seres de otro mundo, pero también hay que sobrevivir a sus fieros ataques. Disfruten, pasen miedo y sobre todo, ríanse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miquel Fernández y Alberto Evangelio

Entrevista a Miquel Fernández y Alberto Evangelio, actor y director de la película «Visitante», en los Cines Boliche en Barcelona, el martes 8 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miquel Fernández y Alberto Evangelio, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a María Sard y Eva Herrero de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Almudena Amor

Entrevista a Almudena Amor, actriz de la película «La abuela», de Paco Plaza, en el Hotel Seventy en Barcelona, el martes 21 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Almudena Amor, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La abuela, de Paco Plaza

SUSANA Y LA VEJEZ.

“Todo el mundo quisiera vivir largo tiempo, pero nadie querría ser viejo”.

Jonathan Swift

Uno de los primeros trabajos de Paco Plaza (Valencia, 1973), fue el cortometraje Abuelitos (1999), una excelente fábula de terror sobre una misteriosa residencia de ancianos, cargada de una atmósfera inquietante, en la que se sugería mucho, se hablaba poco y se decía más. El tema de la vejez siempre ha estado presente en la filmografía del cineasta valenciano, de una forma u otra, aunque en La abuela, parecen haber convergido dos de los temas que ya había tratado en dos de sus anteriores filmes. En Verónica (2017), producida por Enrique López Lavigne, una adolescente debía hacerse cargo de sus pequeños hermanos en un espacio donde lo doméstico se convertía en una cárcel, donde el más allá irrumpía con fuerza, y en Quién a hierro mata (2019), la vejez en forma de residencia de ancianos era una parte fundamental de la trama, así como el legado y la herencia de nuestros mayores. En La abuela, escrita por el cineasta Carlos Vermut, vuelve a la vejez y al espacio único de lo doméstico, un piso donde habita el tiempo, la memoria y sobre todo, la cárcel de la vejez, y como los jóvenes se relacionan con ella.

La acción es bien sencilla y directa, Pilar, octogenaria sufre un derrame cerebral, y su único pariente es Susana, una modelo que vive en París de su belleza y su cuerpo. Susana viaja a Madrid y cuida de la abuela, como ella hizo a su vez cuando la joven era niña y perdió sus padres. Todos los intentos de Susana se encaminan en deshacerse de esa carga y buscar a alguien que cuide de la abuela, totalmente ausente y dependiente. Con el mismo aroma y tono de las películas inquietantes y domésticas de Polanski, amén de Repulsión, La semilla del diablo y La locataire, el terror irá tomando la casa, igual que le ocurría a Verónica, y convertirá la existencia de Susana en una pesadilla terrorífica, donde confluirán el tiempo, la memoria, la vejez, y sobre todo, la vivienda se tornará una cárcel imposible de escapar de ella. Todos los elementos confluyen para que todo cuadre de forma tenue y cotidiana, empezando por su luz, que en películas de este estilo es fundamental, la textura del 35 mm consigue esa sensibilidad en el espacio, tanto de sus objetos como su atmósfera, con ese peso en el aire y en cada espacio de la casa, un gran trabajo de cinematografía de Daniel Fernández Abelló, que había estado en los equipos de cámara de películas tan interesantes como Blog y Buried.

El ágil y preciso ejercicio de edición que firma David Gallart, un cómplice estrecho de Plaza, que ha estado en varias de sus películas, que usa con pausa e intensidad los cien minutos del metraje, la música de Fátima Al Qadiri, que puntúa con sabiduría y llena todos los silencios que explican mucho más de lo aparentemente parecen, una de las marcas más características que encontramos en la filmografía del autor levantino, como la presencia de esos temas musicales, que tanto dicen, como los de Vainica Doble, Estopa y Los panchos. La gran labor de arte de Laia Ateca, que repite después de Quién a hierro mata, adornada con todos objetos como los espejos y sus reflejos, los objetos del pasado común, y demás detalles que pululan por toda la casa, así como su impactante sonido, que viene de la mano de Diana Sagrista, que en una película de este calibre, donde se sugiere más que se muestra, como el terror más auténtico y clásico, el que hizo grande el género, sino que se lo digan a los monstruos de los treinta de la Universal, o a los grandes títulos de Tourneur o la Hammer. Una producción elegante y cuidadosamente bien ejecutada que corre a cargo del ya citado Lavigne, y la incursión de Sylvie Pialat, mujer del desparecido director francés, con hechuras de una película que toca temas muy cercanos y a la vez, universales y sin tiempo.

La abuela nos habla de grandes temas de ahora y siempre como el inexorable paso del tiempo, con la vejez convertida en una prisión que nos dificulta lo físico y lo emocional, dependiendo de los otros, y convirtiéndonos en espectros de nosotros mismos, y también, como nos relacionamos con todos esos problemas, como los más jóvenes, los que fuimos cuidados, hacemos lo impensable para quitarnos el conflicto de encima, no queriendo ver, no queriendo participar, sacándolo de nuestras vidas, donde la culpa y la traición entran en juego, como bien introduce la trama de la película. Como planteaba Verónica y Quién a hierro mata, la presencia de pocos personajes y dotados de una complejidad que casará con todo lo que se está contando, y lo consigue con dos actrices completamente desconocidas. Por un lado, tenemos a la brasileña Vera Valdez, modelo de profesión que enamoró a Chanel y compañía, con pocos títulos en el cine, consigue con Pilar una interpretación inconmensurable, en un rol mudo, que apenas emite sonidos o algunas risas inquietantes, escenifica una anciana llena de pasado y un presente que lo domina todo, un grandioso acierto de la película, porque llena la pantalla sin emitir ninguna línea de texto, como ocurría con las grandes heroínas del mundo como la Gish o la Swanson.

Frente a Valdez tenemos a la no debutante Almudena Amor, que ya vimos no hace mucho en la mordaz El buen patrón, de Fernando Léon de Aranoa, siendo una paternaire excelente de Javier Bardem, en un personaje de loba con piel de cordera, en La abuela, tiene un rol completamente diferente, siendo esa mujer joven que vive de su cuerpo y belleza, tiene que afrontar la vejez de su abuela, los secretos que se ocultan en esa casa y sobre todo, en la relación enigmática que irá descubriendo a medida que avance la acción. Con muchos elementos que la relacionan con la Verónica que hacía Sandra Escacena, su Susana es otra joven enfrentada a lo maligno, a lo desconocido, pero en su casa, en su pasado, en todo lo que ella fu y es, y no se atreve a reconocerse y admitir. Plaza ha construido un extraordinario cuento de terror, donde se huye del efectismo y lo espectacular, para adentrarse en una atmósfera muy terrorífica, todo muy bien contado, con su ritmo y su pausa, con tranquilidad, con ese tono en el que nada parece estar sucediendo, pero en realidad todo sucede, con ese toque psicológico que hiela la sangre, con ese crujir de puertas y sonidos que no sabemos de dónde proceden, quizás, todo viene de nosotros, o quizás somos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a David Casademunt

Entrevista a David Casademunt, director de la película «El páramo», en los Jardines de Piscinas y Deportes en Barcelona, el miércoles 12 de enero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Casademunt, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Alfonso Cano de Equipo Singular, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fran Menchón y Martí Lucas

Entrevista a Fran Menchón y Martí Lucas, coguionistas de la película «El páramo», de David Casademunt, en los Jardines de Piscinas y Deportes en Barcelona, el miércoles 12 de enero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fran Menchón y Martí Lucas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Alfonso Cano de Equipo Singular, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El páramo, de David Casademunt

LA BESTIA QUE NOS ACECHA.

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”.

Alejandro Dumas

El convulso y sangriento siglo XIX en España, azotado por tres guerras Carlistas, desterró a muchas familias  que huían de los núcleos urbanos a la protección de las casas aisladas en páramos desiertos. El primer largometraje de ficción de David Casademunt (Barcelona, 1984), se instala en ese período y en ese lugar. Un lugar aislado, un espacio acotado por unas extrañas figuras talladas en madera que, a modo de tótems, acotan una entrada imaginaria, que pone barrera dejando fuera a esa terrible violencia que hay más allá. En ese sito, perdido de la mano de Dios, vive o más bien, sobreviven, una familia compuesta por un meditabundo, callado y rudo padre, una madre, Lucía, el pilar del hogar, y su hijo, Diego, inquieto y temeroso. De Casademunt conocíamos su paso por la Escac, dos de sus estupendos cortometrajes, Jingle Bells (2007), y La muerte dormida (2014), que abordaban las relaciones maternofiliales y las consecuencias de sus ausencias, elementos que continúan muy presentes en El páramo, y finalmente, la película Rumba Tres, de ida y vuelta (2015), que codirigió junto a Joan Capdevila, que a modo de documento, recogía la vida del famoso grupo rumbero barcelonés.

Un guion que firman Fran Menchón, Martí Lucas (que ya había trabajado con Casademunt), también surgidos de la Escac, y el propio director, nos sitúan en un lugar sin lugar, en un tiempo sin tiempo, en un paraje vacío, vasto y seco, donde esta familia vive atenazada por todo ese miedo que nunca vemos y está ahí, o al menos ellos así lo creen. Un aroma denso, de colores terrosos y oscuros, y una ambientación sólida, obra de Balter Gallart (que ha trabajado en thrillers de Paco Plaza, Nacho Cerdà, Oriol Paulo y Guillem Morales, entre otros), una música interesantísima que mezcla lo íntimo con lo más oscuro, con esas melodías de cuento de hadas que casan tan bien, en una banda sonora que firma Diego Navarro, habitual de Mar Targarona, que produce junto a Joaquín Padró y la hija de ambos, Marina Padró, que se incorpora a un equipo que ya había levantado los primeros largos de Bayona, y de los citados Morales y Paulo, y hacen lo propio con Casademunt, a través de Rodar y Rodar. El exquisito y formidable montaje de Alberto del Toro, reconocible por sus trabajos para Javier Ruiz Caldera, y finalmente, la magnífica luz tensa, sensible y atmosférica de Isaac Vila, que ya habíamos visto su talento en películas como Lo mejor de mí, de Roser Aguilar, El silencio del pantano, de Marc Vigil y Bajocero, de Lluís Quílez.

El páramo es un buen cuento de hadas, bien contado y toda una férrea y conseguida fusión entre el drama familiar rural con raíces lorquianas y carpetovetónicas, con el aroma del western crepuscular, donde todo sucede en el interior de los personajes, en sus dramas y tragedias emocionales, y en todos esos monstruos que experimentan y proyectan al exterior, como le sucedía a la heroína de la majestuosa El viento, de Sjöström, en una película que recoge mucho del genio del cineasta sueco, en la que se emula la escena famosa de los hachazos de La carreta fantasma, con esos ambientes claustrofóbicos y asfixiantes, con el interior/exterior cambiante, donde en un principio, el exterior es la amenaza, y el interior, la paz, y viceversa, confundiéndose y confinando a los personajes, amenazados por lo de fuera y por lo de dentro. La película juega con ese miedo que unas veces parece muy real, y otras, no, aunque la verdad, qué más da, porque toda la progresión que van experimentando los personajes es lo que hace sumamente atractiva la película, con un trío de intérpretes que manejan su cuerpo en ese espacio de formas muy interesantes, en unos individuos que hablan muy poco, y todo es muy físico, acarreando sus problemas y aquellos otros que no se ven, pero también están, ese miedo irracional de perder a los tuyos.

Un Roberto Álamo en su línea, con un personaje dolido y silencioso, que no estaría muy lejos de los que interpretó en Alegría Tristeza y El lodo, una Inma Cuesta que no la veíamos tan magnífica y compleja desde que interpretó a la presa y comprometida Hortensia en La voz dormida, y finalmente, Asier Flores, el chaval que conocimos siendo Salvador Mallo de niño en Dolor y gloria, de Almodóvar, aquí siendo la piedra angular del relato, ya que todo lo veremos a través de él, en ese traspaso de la infancia a la adolescencia, cruzando ese puente que jamás olvidará, en esa transición en el que dejará quién ha sido hasta ahora para ser el dueño de su destino en esa tierra hostil, violenta y salvaje. Debemos felicitar a Casademunt por su arrojo y perseverancia para levantar un proyecto de estas características, que si bien podríamos enmarcar en un cuento de terror, se aleja de lo convencional para mostrar el miedo de una forma más emocional, a partir de lo sugerente, de lo que intuimos sin llegar a ver, como hacían en Los otros, de Amenábar, también sostenida en la relación maternofilial,  en la mejor tradición de las clásicas películas de monstruos de la Universal, o aquellas que hacían nombres tan ilustres como los de Tourneur, donde lo importante no estaba en lo que ocurría en la pantalla, sino en todo aquello que imaginábamos que sucedía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Demonic, de Neill Blomkamp

DESPERTANDO LOS DEMONIOS.

“El infierno y los demonios no están en el fondo del abismo de la tierra sino en el corazón del hombre, inclusive del más virtuoso y del más justo”.

Nikos Kazantzakis

District 9 (2009), la opera prima de Neill Blomkamp (Johannesburgo, Sudáfrica, 1979), sorprendió a propios y extraños, ya que nos adentraba en la cotidianidad de unos extraterrestres varados en un barrio, y sus continuos conflictos con la población humana, con un tratamiento cercano al documental de testimonios, en una cinta llena de drama, suspense y tensión. Le siguieron Elysium (2013), y Chappie (2015), producciones con más medios y más ambiciosas, que seguían la misma línea de ciencia-ficción, y las complejas relaciones de poder entre humanos y robots, en unos relatos que, en mayor o menos medida, conectaban con un público que se dejaba llevar por una vuelta de tuerca muy interesante sobre la ciencia-ficción del nuevo siglo. Entre el 2017 y el 2020, el director sudafricano ha continuado produciendo películas cortas con la misma temática que ha caracterizado sus primeros trabajos, añadiendo más sofisticación y espectacularidad en las secuencias de acción y dotando a su cine de un empaque novedoso, ágil y divertido.

Con Demonic, película nacida y desarrollada en plena pandemia, Blomkamp ha echado el freno a sus robots y nos ofrece un cambio de registro en toda regla. El argumento no se aleja demasiado de la película de terror al uso, sin grandes medios y sobre todo, muy próxima a esos productos de los ochenta con el ánimo de entretener un rato al público. Por eso sorprende mucho este cuarto largometraje del cineasta sudafricano, y cuánto más su convencional argumento, que nos cuenta la existencia de Carly, una mujer que recibe la llamada de una empresa que ha creado un simulador virtual en el que interactuará en la mente de su madre, Angela, una mujer en coma, condenada por asesinato múltiple. La novedad de la película es todo el entramado de la virtualidad, que no deja de ser una especie de máquina del pasado de nuestros miedos, monstruos y demás. Es una película al uso de posesiones demoniacas, muy al estilo de ese gran clásico referencial que es El exorcista (1973), de William Friedkin, y Carrie (1976), de Brian de Palma, con esas relaciones complejas y violentas entre madre e hija.

Otros actores de este entramado extraño es el del personaje de Martin, ex novio de Carly, también implicado en la trama, y los tipos que trabajan para la empresa que tiene mucho interés en el proceso virtual al que someten a Carly. Unos individuos que son curas que pretenden atrapar al demonio en cuestión. Blomkamp rescata a dos intérpretes de su cine como Carly Pope en la piel de la desdichada Carly, con la que trabajó en Elysium, y a su alter ego y enemiga, Nathalie Bolt, vista en District 9, que se enfunda en Angela, la madre odiada y siniestra. Y finalmente, Chris William Martin es Martin, el ex novio de Carly, metido en este lío para ayudar a la joven. El director sudafricano no consigue las hechuras y densidad que tenían sus anteriores películas, y parece que Demonic es una película contada de forma muy lineal y llena de referencias, muy alejada del ingenio que se esperaba de un director realmente imaginativo, fresco y constructor de atmósferas densas, caóticas y llenas de complejidad y humanidad.

La película se deja ver, tiene algún que otro momento interesante, pero pronto vuelve a su envoltorio de entretener sin más, y no pretende nada más que eso, un entretenimiento más, con ese look de película alimenticia o divertimento para su director, que nos inquieta de cara a sus futuras producciones, si seguirá en esta línea, o volverá a ese cine más compacto, lleno de brillantez, ingenioso y lleno de tensión, más propia del cine de terror. Quizás el elemento más sobresaliente de Demonic sea su falta de pretensiones, pero abusa de las referencias, y de las situaciones sin alma que pululan durante toda la película, alguna que otra secuencia nos emociona, pero en general, todo está demasiado pensado y ejecutado, dejando nulo todo ese espacio para la imaginación, la construcción de atmósferas, y sobre todo, las composiciones de los intérpretes, que resultan demasiado monótonas. La película se acaba perdiendo en sí misma, que mira demasiado a otras producciones tótem, olvidándose de sí misma, y dejando sin alma todo lo que cuenta y cómo lo cuenta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Corten!, de Marc Ferrer

EL AMOR ES MÁS FRÍO QUE LA MUERTE.

“Todos nos utilizamos mutuamente. El amor es más frío que la muerte”.

El universo de Marc Ferrer (Sabadell, Barcelona, 1984), vive por y para el cine. Sus películas están llenas de referencias cinéfilas, desde las más profundas a las más populares, todo tiene cabida en el mundo de Ferrer, eso sí, posee una sensibilidad especial a todo aquello subgénero y oculto, a todos esos artistas en la sombra, a todo ese otro mundo, que muchas veces queda oculto. Su cine tiene infinitas ramas: el musical, con esas grandes actuaciones a ritmo de pop, sinvergonzonería y mucha pluma, esa comedia petarda y romántica, muy alocada y llena de humor irreverente, simpático y naif, esos toques de thriller, un noir de andar por casa, pero muy sugerente y con su atmósfera particular, y la gran visibilización que hace del mundo no normativo en todos sus aspectos, por donde pululan amores de todo tipo y formas, tanto gay como hetero, y demás, y finalmente, el cine, porque siempre son películas sobre el cine, tanto dentro como fuera, y donde sus personajes son amigos de Marc interpretando a otras personas muy parecidas a su propia realidad. Metrajes breves, apenas rondan la hora de duración. Un gazpacho muy de aquí, especialmente imaginativo, sorprendente y lleno de vitalidad y fiesta, y que se ríe constantemente de sí mismo, sin excepción. Un cine que te atrapa al instante o lo odias para siempre.

Desde el año 2016, Ferrer, licenciado en Comunicación Audiovisual por la UPF, no ha parado y ha despachado cada año su película de turno, ya sea largo o corto. Su opera prima Nos parecía importante (2016), a las que la han seguido La maldita primavera (2017), Puta y amada (2018), Mi odio en tu corazón (2019), Corazón rojo (2020), y ¡Corten!, que el propio Ferrer describe como un “giallo marica”, en la que su cine ha dado un gran paso, introduciendo por primera vez el género de terror, aumenta la duración de la película llegando a los 78 minutos, y pasa del digital al cine, rodando en 16 mm, que firma el cinematógrafo Nilo Zimmerman (que además de actor, ha firmado las películas de Tiger, de Aina Clotet, o Boi, de Jorge M. Fontana), consiguiendo esa textura ochentera que tanto demanda la película de Ferrer, con esa cercanía y esos primeros planos de los intérpretes, la indispensable música de Adrià Arbona, líder de los Papa Topo, que protagonizaban La maldita primavera, y autor de todas las bandas sonoras del cine de Ferrer, una score que va de los ritmos divertidos y desenfadados, a aquellos otros propios del cine giallo, con su suspense y sus lugares tenebrosos desde la cotidianidad. El arte de Erik Rodríguez Fernández, otro cómplice de Ferrer, que vuelve a hacer casi con los mínimos elementos lo máximo, llenando de colorido cada plano y encuadre de la película.

El director sabadellense no oculta sus referentes, sino todo lo contrario, los hace muy evidentes, y los muestra sin ningún tipo de pudor, como las películas de Corman, los universos de Fassbinder, y sus personajes melancólicos, tristes y perdidos, el cine giallo de Argento, en el que se menciona varias veces, incluso aparece un libro dedicado a su obra, el universo cutre de Waters y Divine, con ese aroma del cine trash, basura, y el desenfado de hacer lo que quieras con los medios escasos que tengas, el cine de Zulueta y todo lo cinéfilo que le rodea, como el vampirismo, los primeros Almodóvar y su mundo y submundo, con maricas, travestis y demás seres que pululan llenos de amor, desengaños y desilusión, con ese toque sucio, transgresor y lleno de incorrección y mucha risa y diversión. En ¡Corten!, Ferrer, que interpreta a un director de cine que hace películas de bajísimo presupuesto que no tienen nada de éxito, ha contado con un reparto nuevamente lleno de amigos como Marga Sardà, que interpreta a una deslumbrante secretaria de “Producciones Inmundas”, borde como ella sola, llena de tensión, agitadísima y sobre todo, un pedazo de descubrimiento para el cine de Ferrer, como antes lo habían sido Júlia Betrian y Zaida Carmona.

Acompañan a Sardà, los Gregorio Sanz, María Sola, Saya Solana, Paco Serrano y Álvaro Lucas, entre otros, más a La Prohibida, con la que ya había hecho videoclips, y Samantha Hudson, que se marca una de las grandes actuaciones de la película cuando interpreta el tema “Por España”. Marc Ferrer hace un cine popular, filmado con escaso presupuesto, de que más lejos de suponer un problema, él lo lleva su espacio y además de reírse de todas esas penurias económicas, saca el máximo rendimiento tanto artística como técnicamente, haciendo de sus carencias sus mejores virtudes, en el que la realidad y la ficción, o lo que es lo mismo, la vidas de Marc y sus amigos, no es más que un pretexto para mirarlas a través del cine, donde el reflejo es constante, donde cada espejo encadena las diferentes historias que pululan por sus películas, donde lo coral es una gran baza, donde cada encuadre está lleno de vida y misterio, en el que todo ocurre con una grandísima naturalidad y cercanía, sin sentimentalismos ni aspavientos, y sus defectos y errores están totalmente adaptados a la historia, y lo que pudiera parecer un obstáculo, la película lo acoge y lo adapta sin problemas, y aun más, les da una mirada diferente y muy honesta.

La omnipresente Barcelona, la ciudad-lugar de sus películas, convertida por la cámara de Marc Ferrer en un gran plató, donde visitamos esos pisos pequeños peor con glamur, esos bares de maricas, donde nacen y mueren amores y nos divertimos con esas actuaciones desenfadas de travestis y artistas de lo oculto, y las oficinas de la productora, que lugar y que cutrez, como alude uno de los personajes. Una ciudad que se la quiere y se la odia a partes iguales, porque como evidencia la frase que abre y cerrará la película, es una ciudad que atrae y repele, donde parece tranquila y también, está llena de peligros. Ojala podamos seguir viendo películas de Marc Ferrer, no solo por seguir desmenuzando esos mundos, submundos, y todo lo underground, cutre y bajo coste de su cine, como dice una de las actrices de su película: “Yo por el cine underground español hago lo que sea”, toda una sencilla y directa declaración de intenciones, porque eso sí tiene el cine de Ferrer, honestidad y diversión, y además, una equilibrada y profunda reflexión sobre las relaciones humanas y amores de ahora, con su locura, su naturaleza efímera, y sobre todo, sus caminos laberínticos, que sabes por dónde empiezan y nunca como acaban. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA