El vacío, de Steven Kostanski y Jeremy Gillespie

VINIERON DE DENTRO.

Una noche como otra cualquiera en uno de esos pueblos aislados de la América profunda, donde nunca pasa nada, o podríamos decir, donde nunca pasa casi nada. La película se abre de modo sangriento, y seguirá con esa premisa a lo largo del metraje. De una granja sale huyendo despavorido un joven que se pierde en la noche, tras él, una chica que después de bajar las escaleras y avanzar unos metros, cae redonda de un disparo en la espalda, le siguen un par de hombres, armas en mano, que cuando la tienen indefensa en el suelo, la rocían con gasolina y le prenden fuego. El chico huido será descubierto por un policía que lo llevará a una clínica. Una película que nos viene de Canadá, en la que rescata ese cine de ciencia-ficción y terror que tuvo su apogeo en los cincuenta y sesenta, y a finales de los setenta y en la década de los ochenta tuvo su auge, en la época de las sesiones dobles y videoclub. Estamos ante un filme independiente, de limitados recursos, aunque sabe conjugar bien sus bazas y consigue crear una atmósfera inquietante, opresiva, de pocos personajes, y crear una amenaza cambiante, que en principio creemos exterior, con esos inquietantes encapuchados  de blanco sin rostro, para luego, a medida que avanza el metraje, descubrir que el auténtico peligro se encuentra en las paredes del hospital.

Steven Kostanski y Jeremy Gillespie son dos cineastas canadienses que se han labrado una carrera interesante en los apartados técnicos como maquillador fx y diseñador visual, respectivamente, en películas “blockbuster” como Pacific rim, Desafio total, Resident evil, Suicide squad o It, entre otras. Kostanski debutó con Manborg (2011) una cinta de culto en reducidos circuitos independientes sobre un policía cyborg venido de la muerte para vengar un asesinato, y los dos, Kostanski y Gillespie compartieron dirección junto a otros directores en la película-homenaje Father’s day (2011) que rendía tributo a la Troma y una de sus emblemáticas películas Mother’s day (1980), de Charles Kaufman. Ahora se han embarcado en una producción independiente que rememora aquel cine de atmósferas inquietantes y terroríficas, donde dejan claro sus referentes sin abusar de ellos, acentuando una película mínima, en el que la tensión va en aumento, y donde la larga noche acaba convirtiéndose en una pesadilla sin fin.

Desde el cine de Carpenter donde La cosa, sería uno de los más evidentes, pasando por La noche de los muertos vivientes (que aparece un momento en la televisión) el cine de Cronenberg o Muertos y enterrados, o pasando por la viscosidad, llena de tentáculos vampíricos y coctel sangriento de esas bestias con las que se tropezarán a lo largo de la película. Una sola localización, la noche como aliada y unos pocos personajes intentando sobrevivir hubiera dado para una película demasiado anclada en sus inspiraciones, pero Kostanski y Gillespie construyen una película de espíritu independiente que, respira tensión y pánico, donde, tanto su trama como sus personajes, cambiarán el rol que creemos para generar ese terror y oscuridad, en unas interesantes vueltas de tuerca, donde nada es lo que parece, y a pesar de ser un lugar pequeño como un pueblo, nunca conoces realmente a esa persona que tienes al lado.

Los directores canadienses envuelven su película con esa luz pavorosa que consigue oscurecer el rostro y los espacios, en unos personajes que se mueven casi sin querer por un ambiente que les resulta muy desconocido, como cuando exploran los distintos niveles desconocidos que esconden las catacumbas del siniestro hospital. Una cinta de monstruos, de más allá, de sectas satánicas y ríos de sangre, en el que se juega a ser Dios, a experimentar con la carne, a resucitar almas para darles una existencia diferente, para crear una nueva raza de seres por encima de la vida y la muerte, y todo ello arropado por unos personajes traumatizados por la pérdida, la desilusión y la amargura de una vida compleja y dura que, parece que nos ataca en aquello que más duelo, en aquello que nos deja malheridos y destrozados como almas en pena dentro de una pesadilla laberíntica en una noche oscura que parece no tener salida.


<p><a href=”https://vimeo.com/239623170″>EL VAC&Iacute;O (THE VOID) – Tr&aacute;iler Oficial HD (VOSE)</a> from <a href=”https://vimeo.com/segarrafilms”>Segarra Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

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En realidad, nunca estuviste aquí, de Lynne Ramsay

A MARTILLAZO LIMPIO.

Estamos en New York City, en uno de esos veranos sofocantes, en el que la grasa parece impregnarse en los cuerpos, en el que las noches parecen no tener fin y las calles huelen a podrido. En uno de esos lugares, uno cualquiera, qué más da, encontramos a Joe, de infancia tenebrosa, y veterano de la guerra de Irak, experiencias que les han dejado traumatizado y con tendencias suicidas. Joe vive con su madre anciana y se gana la vida recuperando personas para gente de las altas esferas. En una de esas, se ve involucrado en una trama pedófila que, mira tú por dónde, no será un trabajito más, sino que le despertará su instinto vengativo y tomará cartas en el asunto. El cuarto trabajo de Lynne Ramsay (Glasgow, Reino Unido, 1969) basado en la novela de Jonathan Ames, se mueve en torno a sus anteriores películas, en las que una muerte inesperada enfrentaba a sus protagonistas con sus miedos y traumas, como en su debut, que cosechó un gran éxito en Cannes, Ratcatcher (1999) cuando un adolescente mataba a su vecino accidentalmente, en Morvern callar (2002) Samantha Morton huía a Ibiza después de encontrar a su novio muerto por suicidio, y en Tenemos que hablar de Kevin (2011) una madre entraba en conflicto por el asesinato cometido por su hijo.

Una filmografía repleta de relatos sombríos y atormentados, donde sus personajes entran en terrenos fangosos y oscuros, en los que deberán mirarse hacia su interior y arrastrar el peso de la culpa y sus traumas consabidos. Su nueva criatura Joe es un tipo de melena grasienta, uñas largas, y bastantes kilos de más, de conducta solitaria y silenciosa, y se mueve por espacios terroríficos, tanto físicos como mentales, como evidencian esas secuencias donde realidad y tormentos se mezclan, creando ese terreno neutral, donde el personaje confunde su vida y la de los otros, dentro de esos mundos aparentemente correctos y saludables. Joe realiza ese trabajo sucio, ese que necesita discreción y sin testigos, para que todo, al fin y al cabo, siga manteniendo ese orden limpio y ordenado. Podemos encontrar similitudes con el Travis Bickle de Taxi driver, de Scorsese, haberlas las hay, aunque la justicia impartida, tanto por uno o por otro, difieren en muchos aspectos, quizás lo más evidente es la tendencia de esa atmósfera lúgubre y nocturna que acompañan las existencias atormentadas de ambos personajes.

Ramsay logra construir una película sofocante, dramática, y herida, donde vemos a un personaje que se mueve como alma en pena en un universo catastrófico moralmente hablando, en el que impera un reino de violencia cruel y sanguinaria, donde la miseria se desplaza en una sociedad completamente deshumanizada, donde se trafica con seres humanos y se viola a niñas sin el mayor de los escrúpulos, quizás la figura de Joe es ese espejo justiciero, a golpe de martillo,  completamente devastado, como no podría ser de otra forma, que ejerce una justicia de ojo por ojo en una comunidad terrible que sólo se deja llevar por el placer, la frustración y la bazofia. La inquietante atmósfera, que se mueve entre las sombras y el impresionismo, tanto de de sus imágenes duras y terroríficas (obras del cinematógrafo Thomas Towned) adquiere un carácter abrumador, convirtiendo la película en un viaje hacia las profundidades del infierno más devastador y sucio, donde no hay escapatoria, donde todo se mueve por inercia, en paisajes sin vida, donde las almas se reconocen por su intrínseca maldad, donde la luz, si es que la hubo en algún instante, se ha convertido en tiniebla, en el que la esperanza es salvaje y da poco espacio para la paz y tranquilidad.

La música obra de Johnny Greenwood (guitarrista de Radiohead, y colaborador habitual del cine de Paul Thomas Anderson), se suma, con esos aires barrocos y distorsionados, a construir ese no mundo de decadencia por el que se mueve la película, una música que se mezcla con ese sonio omnipresente y pasado de vueltas que, ayuda a sumergirnos en ese paisaje de terror, donde no hay salida y tampoco formas de salir. Ramsay no ha podido escoger mejor a Joaquín Phoenix para encarnar la figura de este tipo destruido, envuelto en oscuridad y rabia que, se mueve bajo su capa de derrota y locura, manteniéndose en pie a duras penas, a base de frustración, pastillas y deseo de venganza, en un gran transformación, tanto física como emocional que, convierte a Phoenix, por si todavía alguno albergaba alguna duda, en uno de los intérpretes más completos y abrumadores de su edad, porque logra transmitir esa dureza y abatimiento que persigue sin tregua a su personaje, ese alma destructora y arrebatada de vida, de pasado violento y presente sangrante, en una existencia en el que ayudar a la pequeña Nina quizás no lo salve a él, pero si hará que su realidad, o lo que queda de ella, se menos terrible.

El secreto de Marrowbone, de Sergio G. Sánchez

EL MAL ENTRE NOSOTROS. 

“Nada, nadie, nunca podrá separarnos”

Una madre y sus cuatro hijos llegan una mañana de principios de verano a una antigua casa abandonada que perteneció a la familia. Huyen de alguien, y lo único que desean es empezar una nueva vida, todos juntos, alejados de ese mal que les acecha. Pero, la madre cansada y enferma, muere a los pocos días, y los hermanos tendrán que ocultar su muerte para continuar juntos. Pero, cuando todo parecía alimentarse de armonía y una nueva ilusión, el pasado, personificado en un padre asesino vuelve a penetrar en sus vidas. La primera película cinematográfica de Sergio G. Sánchez (Oviedo, 1973) guionista habitual de J. A. Bayona (ejerciendo como productor) que ya había dirigido un telefilm y un par de cortos, en uno de ellos 7337, supondría el germen argumental de El orfanato (2007) primer largo de Bayona, así que su puesta de largo como director no ha sido una sorpresa, sino que era de esperar. La película mantiene el armazón de su cine predecesor, manteniendo elementos compartidos con la mencionada El orfanato. Volvemos a una casa abandonada que guarda muchos enigmas, también está protagonizada por niños que huyen de algo, y nos cuentan su historia siguiendo los parámetros del cuento de terror, ese que nos contaban en las noches de tormenta.

El cineasta asturiano sitúa su película en la América rural del 1969, donde unos hermanos tendrán que vivir o al menos intentarlo, y hacer frente a las continuas adversidades a las que deberán enfrentarse. Jack, el mayor, se hará cargo de la familia, Jane, la segunda, cuidará de Sam, de 5 años y benjamín de todos, y por último Billy, de 18, el rebelde que generará algún que otro conflicto. En sus vidas, aparecerá Allie, una chica que trabaja en la biblioteca del pueblo, que iluminará y devolverá algo de esperanza a sus existencias, y el marco de esta trama, lo completa Potter, el abogado de la familia que investigará más de lo debido, causando algún que otro problema al secreto que guardan los hermanos. G. Sánchez nos sumerge en una fábula moral, en un relato de terror psicológico siguiendo las leyes del cuento clásico, conduciéndonos por una estructura que nos ocultan una serie de enigmas que la propia trama nos irá desvelando concienzudamente, siguiendo un ritmo pausado, generando con astucia todas las tensiones y conflictos que se producirán en este relato que mezcla diferentes elementos, desde el thriller, algún que otro susto, una historia de amor libre e inocente, y además se adentra en el drama social, distintas situaciones que conviven en una trama in crescendo, en que ese pasado y oscuro, que se nos irá desvelando muy despacio, se acabará adueñando de la casa.

La casa donde se desarrolla este drama, aislada de todo y todos, y no menos que ruinosa, que actúa como un personaje más, como mandan los cánones de los filmes de terror, en un gran trabajo de arte de la mano de Patrick Salvador (habitual del director Gabe Ibáñez) consiguiendo crear un espacio vivo, lleno de grietas, manchas y habitaciones oscuras rodeadas de ruidos extraños, en un inmenso trabajo de luz naturalista (muy setentera, que recuerda al Néstor Almendros de Días del cielo) obra de Xavi Giménez (colaborador de Balagueró, Fresnadillo, que ya cinematografió los dos capítulos de la serie Penny Dreadful, dirigidos por Bayona) y el enérgico e intenso montaje de Elena Martín (que hemos visto en trabajos de Bayona , Kike Maíllo e Isabel Coixet) en un cuento clásico de terror que huye del efectismo, aunque recurre a algún que otro susto muy recurrente a este tipo de películas en el cine actual, y deja algún que otro cabo suelto en un argumento que mantiene su línea de tensión narrativa e inquietud rara, esas situaciones donde en cualquier momento estallará algo aterrador.

La película mantiene su ritmo y pulso narrativo, creando esa atmósfera inquietante y carcomida que se ha instalado en esas cuatro paredes que hablan más de lo que parece y en esos hermanos que callan más de lo que sienten, donde los fantasmas que rodean sus vidas y la casa, tienen que ver más con su pasado que su actual presente. El buen trabajo de los intérpretes jóvenes, británicos y talentosos, protagonistas de la película consigue convencernos en unos personajes huidos, llenos de incertidumbre, que se mueven entre sombras y arrastran la condena de ese pasado terrorífico reencarnado en la figura de ese padre Saturno, y nunca logran mantener por mucho tiempo esa paz que tanto ansían. Rodada en localizaciones de Asturias (raíces del director) la película entretiene, conmueve, y logra introducirnos en esta historia de huérfanos en constante peligro, en un bien contado cuento de terror, recuperándonos nuestros miedos infantiles, donde los fantasmas parecen más reales que lo que nos dicta nuestra imaginación, y el terror y los males siempre se encuentran más cerca de lo que imaginamos, y sólo en nuestro interior, tenemos las respuestas a todo aquello que nos amenaza e inquieta profundamente.

La piel fría, de Xavier Gens

LA CRIATURA DE OTRO MUNDO. 

“Nunca estamos lo suficientemente lejos de aquellos a los que odiamos Por la misma razón, nunca estaremos muy cerca de quiénes amamos”

Un barco llega a una isla perdida alejada de todo situada en el Atlántico Sur. Su misión es dejar en ese trozo de tierra a un joven que permanecerá un año realizando mediciones meteorológicas. Una isla sin más habitantes que un farero de mediana edad, huraño y de carácter indolente. Nos encontramos en los albores de 1914. Allí, en la isla, después de unas noches donde el joven científico es fuertemente atacado por unas extrañas criaturas feroces que provienen del mar, y que dejan inhabitable su casa, es recogido por el farero a cambio de víveres y ayuda para luchar encarnizadamente contra esas bestias anfibias que parecen proceder de otros mundos misteriosos y extraños. Basada en la novela homónima de Albert Sánchez Piñol, de espectacular éxito de crítica y público y traducida a más de 30 idiomas, la adaptación, con las inevitables licencias cinematográficas, mantiene el espíritu de las grandes obras de aventuras, envolviéndonos en el universo de Conrad o Stevenson (curiosamente, algunos de los autores que lee el joven meteorólogo, como el “Infierno” de Dante, extraño anticipo que irá descubriendo a lo largo de su estancia en la isla).

Xavier Gens (Dunkerke, Francia, 1975) director especializado en el género de terror, arrancó con Frontière(s) en el 2007, thriller terrorífico donde unos atracadores aprovechan la confusión social para asaltar un hotel aislado regentados por unos nazis asesinos, y siguió, entre otras, con Aislados (The divide), en el 2011, donde unos supervivientes intentan con grandes penurias sobrevivir a un aterrador apocalipsis, y alguna que otra serie siempre dentro del género del suspense y el terror psicológico. Aquí, aborda el género de aventuras clásico, mezclado con el suspense y sobre todo, el terror de zombies, y el psicológico, en una trama sencilla que cuenta con sólo tres personajes, el joven del que poco sabemos, solamente que huye de algo o alguien, el farero solitario y amargado que arrastra un pasado de abandono y complejo, y la criatura que ha sido adoptado como animal de compañía y concubina sexual por el farero.

Tres almas perdidas y solitarias que deberán convivir por circunstancias en un lugar inhóspito y extraño que oculta un misterio atroz, donde las noches se convierten en un infierno de supervivencia, porque deben enfrentarse a esas criaturas del mar que les atacan sin tregua. La película consigue construir una atmósfera envolvente e inquietante, manejando con audacia los tempos cinematográficos, y consiguiendo algunas secuencias de gran mérito, como los ataques de las criaturas, y sobre todo, los paisajes de Lanzarote que sirven de escenario en esa isla, fría, oscura y alejada de todo mundo civilizado. Dos hombres en las antípodas que tienen que convivir por su supervivencia, que van descubriendo su razón de ser en ese mundo de inquieta paz por el día, y una guerra salvaje y sangrienta por las noches. La película logra introducirnos en esa atmósfera extraña y agobiante en el que se ven sometidos los personajes, quizás demasiado, porque la parte psicológica de los personajes queda algo traslucida por el aparato formal de la cinta, donde se echa en falta toda la parte personal y profunda de la historia que tienen el joven científico y la criatura.

Aunque, bien es cierto, que aunque su ritmo funciona de manera desigual, el tramo final de la película remonta y nos ofrece un cierre sincero, trepidante y emocionante. El buen hacer del intérprete británico Ray Stevenson (visto en innumerables películas de acción en EE.UU., dando vida al malhumorado Grunner, ese farero anclado en la rabia de su pasado y sin más existencia que la muerte de esas criaturas de otro mundo, bien acompañado por su paisano David Oakes, que compone un joven serio y frío que deberá aprender demasiadas cosas y a gran velocidad para convivir con el farero, y por último, una “monstruosa” e irreconocible Aura Garrido, embutida en el maquillaje espectacular de la criatura, que esconde una alma dócil y tranquila dentro de la máscara salvaje que parece haberla condenado Grunner. Gens consigue el aspecto formal de la película, tomando como inspiración a los maestros clásicos antes mencionados, sin olvidarnos de otros autores de corte fantástico como Lovecraft, donde lo cotidiano se mezcla con lo fantástico, en una trama donde lo humano adquiere otro tipo de connotaciones, en las que se confunde y a veces, cuesta saber donde se encuentra y de qué manera.

Madre!, de Darren Aronofsky

EL PARAÍSO INVADIDO.

paraíso.

¿cabe un sonido más ominoso que una llamada imprevista a la puerta?

Una mujer joven, del que nunca se nos desvelará su nombre, se levanta una mañana y recorre su casa, no hay nadie, parece estar buscando a alguien, nerviosa y algo angustiada, abre la puerta, y recorre con su mirada el exterior, no hay rastro de nada ni nadie. De repente, una voz le asusta, es su compañero, del que tampoco conoceremos su nombre. La séptima película de Darren Aronofsky (Brooklyn, Nueva York, 1969) arranca y se desarrolla como un thriller psicológico, donde una joven pareja se ha aislado del mundo habitando una casa, alejada de todo, en mitad de un bosque. Ella se afana por mantener el orden y la confortabilidad del hogar, mientras, él, en plena crisis artística, se muestra incapaz en escribir su nueva novela. La aparente calma y paz se verán interrumpidas por la aparición de una pareja que pasan los cincuenta y que, sin quererlo, y con la amabilidad de él, se instalan en su casa, a pesar de la oposición de ella. Y desde ese instante, ya nada volverá a ser igual.

Aronofsky nos tiene acostumbrados desde que debutase hace casi dos décadas con Pi, una película underground en blanco y negro que seguía la obsesión de un matemático por enocntrar una fórmula secreta que acababa siendo objeto de deseo de malvados gansters, le siguió Réquiem por un sueño (2000) retrato desolador sobre unos jovenes obsesionados con el dinero, las drogas y el sexo,  con La fuente de la vida (2006), Aronofsky se exploró uno de sus elementos caraterísticos, las tramas con resonancias biblicas, donde lo sobrenatural y lo religioso se funden, en una trama sobre viajes en el tiempo y el sentido de la existencia, en El Luchador (2008) se dejó de grandes cuestiones ya abordó las dificultades de un ex luchador que se mantiene a duras penas y quiere recuperar a sus hija, con un grandísima interpretación de un resucitado Mickey Rourke, en Cisne negro (2010) se adentró en el obsesivo y demencial mundo de la danza para describir a una joven luchando en varios frentes que terminaba con una gran confusión mental, y finalmente, Noé, de hace tres años, donde volvía a uno de sus temas predilectos, lo religioso y la espiritualidad, creando un trabajo que mezcla la grandiclocuencia con lo íntimo.

Ahora, nos encierra en cuatro paredes, y nos focaliza la atención en ella, la joven obsesionada con el orden y la limpieza que ansía ser madre. Descubrimos la película junto a este personaje, que da todo a su hombre, al que ayuda en cada momento, y en cierta manera, existe sólo para su felicidad. La aparición de los intrusos la inquieta y la aparta de su lugar, sometiéndola a una voluntad ajena que la lleva a sufrir alucinaciones y sumergirse en un infierno oscuro y horrible, en una espiral de miedos, dolor, locura e invisibilidad. En palabras del propio Aronofsky construyó su película después de cinco interminables días febriles, a partir de una premisa sencilla, la devastación imparable de la naturaleza y la enfermiza obsesión por destrozar lo natural y construir artificialmente, en un mundo cada vez más psicótico donde lo económico ha contaminado nuestras vidas. Si bien la idea está bien identificada, en una alegoría ecologista denunciado los males del hombre, la película, tanto en su forma como en su estructura, puede sugerir a otras interpretaciones, tantas como espectadores se acerquen a sus imágenes, en ese descenso a los infiernos, donde la contención del inicio pasa a una desmesura siniestra donde todo el paraíso se ve sometido a un amor desmedido y obsesivo, que acaba destrozándolo todo.

La atmósfera que se respira en la trama (obra del cinematógrafo Matthew Libatique, colaborador del director) entre una etérea luz que duele y forma ese sensación de irrespirabilida instalada en cada espacio de esa casa) acompañada de la sordidez y las obsesiones mentales de la joven nos acercan al primer cine de Polanski, quedemonos en Repulsión, donde una joven repudiaba de los hombres hasta tal extremo que acababa sufriendo graves alteraciones mentales, siguiendo con Cul-de-sac, donde una joven pareja, pusilánime, él, y ninfómana, ella, se veían secuestrados en su propia casa por un par de bandidos, y finalmente, La semilla del diablo, donde la tierna e inocente Rosemary se veía sometida a una espiral de terror cuando su marido, amigos y vecinos, la utilizaban como madre de belcebú. Aronofsky se inspira en el paestro polaco para guiarnos por ese submundo de obsesiones, alucinaciones y terror, en una película que nos habla sobre la soberbida y el engreimiento de un artista vacío que ataca y utiliza a su mujer para su beneficio, en un grandísima interpretación de Javier Bardem, y no menos inquietantes las presencias de Ed Harris y una maléfica Michelle Pfeiffer, que se apoderan de la inocencia, belleza y ternura de una Jennifer Lawrence en un estado de plenitud interpretativa de órdago, componiendo un personaje central maravilloso, con infinidad de matices, que se mueve por su casa que cada vez reconoce menos, y acaba sucumbiendo a unos acontecimientos de auténtica locura enfermiza y psicosis colectiva, donde imperan el sexo, la violencia y el terror desmesurados, algo así como una orgía de devastación contra la sensibilidad y la ternura de todo aquello amenazado.

 

La región salvaje, de Amat Escalante

LA BESTIA DEL PLACER.

¿Mi hermano estuvo con él? Si.

¿Regresarías? Si.

¿Eso fue lo que lo lastimó?

No. Solo da placer. Nunca ha lastimado a nadie.

La nueva hornada de grandes cineastas mexicanos surgida en el nuevo siglo que componen nombres como Carlos Reygadas, Rodrigo Plá, Fernando Eimbcke, Michel Franco, entre otros, han conseguido a través de un cine de gran profundidad crítica, abordar los problemas sociales de su país, además, de verse altamente reconocido por los festivales internacionales más prestigiosos, ha supuesto un aire renovador en la cinematografía autoral del país centroamericano. Uno de los que pertenece a esa nueva ola es Amat Escalante (Barcelona, 1979) nacido en España, pero criado en Guanajato, espacio esencial en su cine, ya que todas sus historias se desarrollan en ese estado. Un paisaje fuertemente condicionado por la religión, donde la moral y el conservadurismo más estricto se han adueñado de una población deseosa de libertad interior. El cuarto título de Escalante (si exceptuamos el segmento que dirigió para la película colectiva Revolución de 2010) significa un leve pero interesante giro en su carrera, porque si bien sigue ejecutando sus obras en los cauces del realismo social más crudo, ahora añade dos vertientes de índole fantástica, como el misterio y la ciencia ficción.

Su opera prima Sangre (2005), producida por el cineasta Carlos Reygadas se centraba en una pareja de cotidianidad aburrida y sucia, donde la aparición de un tercer personaje, la hija adolescente de él, perturbaba una paz miserable y terrorífica, le siguió Los bastardos (2008) donde ahondaba el tema de la inmigración ilegal de mexicanos en un ambiente opresivo donde una clase pudiente les obligaba a delinquir, y Heidi (2013) donde la crudeza de la violencia del narcotráfico convertía en miseria la vida de los asustadizos habitantes. Cine polémico, perturbador, de violencia seca y durísima, en el que Escalante construye obras contando con actores no profesionales, donde mezcla con gran audacia y crudeza los grandes males de su país, en el que la realidad asfixiante y violenta corrompe las vidas y el paisaje de todo aquello que devora. En La región salvaje, nos sitúa en las vidas de cuatro personajes, tenemos a Alejandra, insatisfecha sexualmente que, además, recibe malos tratos de su marido, Ángel (de clase acomodada, bendecido por sus padres, que desprecian a su mujer) violento y homofóbico, que en cambio, mantiene una relación sexual con Fabián, hermano de su mujer, y Verónica, el cuarto personaje (algo así como un alma en pena que no consigue zafarse de su adicción) amante de la criatura, que aparece en sus vidas para ofrecerles aquello que reprimen, pero a la vez, les atemoriza. Y en la cúspide de todo este ambiente desolador y tenebroso, esta la criatura, un ser primitivo y básico (como lo describe uno de los personajes, una especie de guardián) un alienígena tentacular que produce un placer sexual infinito, algo fuera de lo común, que provoca una adicción placentera y destructora a la vez.

Escalante utiliza la metáfora de la bestia como alegoría de una sociedad represora y moralista que practica sin piedad la violencia machista, la misoginia y la homofobia sin ningún pudor, para mantener ante la comunidad todo aquello que esperan de ellos, para mantener unas formas falsas, de pura apariencia, aunque eso sí, en la intimidad de lo oscuro, cuando nadie los ve, adoptan una personalidad diferente, como si fueran otras personas, donde dan rienda suelta a sus verdaderos deseos, aquellos que reprimen, los que socialmente están prescritos y desterrados. El cineasta mexicano logra construir un paisaje cotidiano, donde todo sucede dentro de un naturalismo sucio y miserable (muy cercano al cine de Pasolini) en el que sus personajes les cuesta enfrentarse a sus sentimientos y encuentran puertas que los llevan a lugares liberadores, pero perturbadores a la vez, en una extraña mezcla de atracción sanadora y maléfica, que los convierte en seres adictos y ausentes de sí mismos.

El director, criado en Guanajato, rinde una especie de homenaje a Andrzej Zulawski (al que dedica la película) y en especial a la película La posesión (1981) donde una jovencísima Isabelle Adjani caía en las fauces de una bestia que la dominaba y la convertía en su concubina. También, encontramos rasgos del cine de Claire Denis, con esa mezcla interesante entre lo real y lo fantástico, y como no, el cine de Cronenberg, donde lo terrorífico y lo cotidiano se fusionaban creando una nueva especie de seres en el que convivían los placeres más profundos y terroríficos. Escalante ha construido una película de grandes hechuras, donde todo se cuenta de forma elegante, con una gran planificación formal, donde se mueven, casi por inercia, unos personajes que huyen de sí mismos, y de una vida asfixiante y vacía, en el que la bestia, esa criatura de otro mundo, viene a convertirse en aquello oscuro, prohibido, que los libera y los convierte en adictos de un placer sexual que los lleva a experimentar sensaciones maravillosas e infinitas, que actúan como espejo transformador de esa realidad violenta, clasista, cruel, hipócrita y conservadora en la que les ha tocado sobrevivir.

The Limehouse Golem, de Juan Carlos Medina

AQUÍ ESTAMOS DE NUEVO.

La película se abre en el interior de una sala barroca de music hall donde un actor, el popular Dan leno, disfrazado de mujer muy burdamente, comienza el relato de unos asesinatos ocurridos años atrás, cuando en el barrio londinense de Limehouse acontecieron una serie de crímenes atroces que mantuvieron en vilo a toda su población. Basada en la novela “Dan Leno and he Limehouse Golem”, escrita por Dan Ackroyd en 1994, y adaptada por la prestigiosa guionista Jane Goldman (autora, entre otras, de La mujer de negro y El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, o la nueva saga de X-men) nos enfrenta a dos vías de investigación, por un lado, la muerte de John Cree, fracasado dramaturgo casado con Elizabeth “Lizzie” Cree, ésta última exitosa actriz de music hall, que es acusada de su asesinato por envenenamiento. Y por el otro, los asesinatos cometidos en el barrio, sin aparente ligazón, pero todos ellos comparten que el asesino dibujó una gran letra “M” en la escena del crimen (referencia al clásico M, de Fritz Lang, donde también se andaba tras la pista de un asesino, en ese caso de niñas en la Alemania pre nazi). La investigación es encargada al inspector maduro John Kildare en una encerrona. Sus pesquisas lo llevan a un libro escrito más de medio siglo atrás, “El asesinato considerado como una de las bellas artes”, de Thomas De Quincey, donde una serie de pistas lo conducirán a esclarecer la identidad del asesino.

Juan Carlos Medina (Miami, EE.UU., 1977) que ya dio buena cuenta de su buena mano en el género de terror y suspense con Insensibles (2012), su opera prima, en la que mezclaba realidad y ficción con un relato oscuro y siniestro que destapa un caso terrible con niños durante la guerra civil española. En su segunda película, hace propio un guión ajeno para convertir una historia convencional en un trabajo serio, personal y profundo, que nos traslada al Londres victoriano de 1880, y más concretamente a Limehouse, uno de aquellos barrios llenos de miseria, inmoralidad, prostitución, suciedad, y mucha gente de baja estofa, donde los asesinatos estaban a la orden del día. En ese ambiente lúgubre, de calles malolientes, tabernas ruidosas, y cuartuchos insalubres, se sitúa la película, teniendo el teatro de music hall como uno de los escenarios principales, donde las obras actúan como reflejos de los ocurre fuera nutriéndose de sus relatos macabros. Kildare se obcecará con salvar la vida de la joven Lizzie, creyéndola inocente de la acusación de asesinato de su marido, mientras que su jefe le hostiga para que encuentre al asesino apodado por la prensa sensacionalista, como Golem (nombre basado en el ser mitológico de la cultura judía, un gigante de barro para defender los edificios de ataques antisemitas).

El director español, plantea una película de interiores, con colores etéreos y oscuros, de gran ritmo y muy agobiante, que asfixia y encoge el alma, de ahí sus planos tan cercanos, que siguen el sudor y las dudas de cada personaje, en un ambiente malsano, de pobreza moral y también física, en el que todo sucede de manera macabra y terrible. Aunque la película se presenta de manera lineal siguiendo el curso de la investigación, hay algunos flashbacks, que nos remiten al pasado tortuoso y miserable de Lizzie, y no sólo seguimos el punto de vista del inspector en su trabajo, sino que escuchamos la narración de Lizzie y todos los sucesos que le llevaron de ser una pobre criatura de los muelles (como la Lillian Gish en Lirios rotos, de Griffith) a convertirse, primero en una gran actriz del music hall y luego, ser la esposa de Cree, aunque permitiendo que la visitara su amante, la acróbata Aveline Ortega. Medina conjuga de forma admirable los distintos escenarios, la investigación policial, los secretos inmundos y las relaciones de los diferentes actores y demás en el teatro, y sobre todo, la miseria moral que reinaba en aquella época, donde todo valía y nadie, absolutamente nadie, estaba libre de caer en las trampas de la corrupción, el chantaje, el deseo o los arducias más siniestras.

Un plantel de intérpretes de auténtico lujo capitaneados por Bill Nighy, dando vida al inspector serio, sagaz y paternal con Lizzie (que recuerda al inevitable Holmes, o a la inteligencia de Laughton en Testigo de cargo) Lizzie, la cándida e inocente actriz traspasada por los acontecimientos, a la que interpreta Olivia Cooke, surgida de la serie Bates Motel, Avelina Ortega, la amante de Cree y rival de Lizzie, interpretada de manera sensual y elegante por María Valverde, Douglas Blooth da vida a Dan Leno, el actor de music hall que actúa como testigo y trovador de las historias que se suceden en el barrio, y las buenas actuaciones de Sam Reid (como el desdichado John Cree), Daniel Mays (como el agente bonachón y fiel escudero del inspector) y finalmente, el siempre efectivo Eddie Marsans, como propietario del teatro que guarda un secreto escabroso. Medina se inspira en los grandes de la cinematografía británica como Hitchcock, Powell, Russell, la Hammer, etc…, y la novela victoriana de Stoker, Poe y compañía, para conseguir ese ambiente malsano y lúgubre que acompaña toda la película, en un interesante y angustiante thriller con toques sociales, en el que las relaciones oscuras y viles entre los personajes ayudan a darle ese toque terrorífico que tanto ayuda a la película, con un grandísimo trabajo de luz y arte, que cimenta ese submundo de miserables y arpías que se mueven por un fajo de libras o por mucho menos.