Cosmética del enemigo, de Kike Maíllo

MIRARSE EN EL ESPEJO.

“La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar”

Antoine de Saint-Exupéry

El universo cinematográfico de Kike Maíllo (Barcelona, 1975), está repleto de criaturas azotadas por el pasado, hombres que arrastran las consecuencias de unos actos que los martirizan, y que convierten su presente en una huida constante hacia no se sabe dónde, atrapados en un laberíntico limbo de difícil salida. Tanto en Eva (2011), como en Toro (2016), el thriller psicológico inundaba relatos perturbadores y muy inquietantes, donde no había escapatoria posible, solo un camino que enfrentaba a sus atribulados protagonistas a su destino, a enfrentarse a lo que habían sido y a lo que querían ser. Con Cosmética del enemigo, los mundos de Maíllo dan un paso más allá, ya que su nuevo trabajo abre nuevos retos. El primero, trabajar en una idea ajena, como la adaptación de la exitosa novela de Amélie Nothomb, trabajo para el que rescata a dos de sus colaboradores como Cristina Clemente y Fernando Navarro, que estuvieron en los equipos de guionistas de sus anteriores películas, respectivamente. Segundo, rueda en inglés en un proyecto de envergadura con la marca europea, rodado en tres países diferentes como Alemania, Francia y España.

Aunque, quizás el reto más peliagudo para Maíllo sea plantear una película centrada en solo dos personajes, y una sola localización, la sala de espera vip de un aeropuerto como el Charles de Gaulle, en París, a partir de una trama que todo se mueve bajo las apariencias e identidades que muestran y ocultan a la vez sus protagonistas. El director barcelonés vuelve a reunirse de un equipo que pasa con creces el nivel alto, como la tensa y sombría música de Alex Baranowski (que ha trabajado con autores de la talla de Danny Boyle o Wes Anderson, entre otros), la íntima e inquietante luz de la cinematógrafa Rita Noriega (que ya había trabajado con el director en el corto La octava dimensión, y tiene en su haber películas tan recientes como Orígenes secretos o El inconveniente), la interesante y contundente edición de Martí Roca (que ha firmado interesantes thrillers como los Verónica u Hogar, que estuvo como coguionista en Eva), y la labor de sonido de un viejo conocido como Oriol Tarragó, y sin olvidarnos, la compañía en la producción de Toni Carrizosa, elemento crucial en la carrera de Maíllo.

Siguiendo la estela de películas como La huella, de Mankiewicz o Sospechosos habituales, de Bryan Singer, y ese aire hitchcockiano en que el misterio se apodera de todo lo que vemos y lo que no, el relato se desarrolla en un solo espacio y con una conversación entre Jeremiasz Angust, un exitoso arquitecto polaco que después de una conferencia en París, regresa a su casa, pero, circunstancias o no, accede a acompañar a una joven perdida que recibe el extraño nombre de Texel Textor. Finalmente, los dos deben esperar sus vuelos en la sala de espera y ella, molesta a Jeremiasz hasta el punto que le cuenta su vida, desde su infancia triste y desagradable, hasta un encuentro que le cambió la vida en París cuando era adolescente. La película va dando saltos en el tiempo, a través de flashbacks que nos van mostrando los elementos, objetos y los hechos del relato de Texel. La película nos abre muchos caminos y posibles destinos, con esos encuadres cercanos en los que podemos observar detenidamente las diferentes reacciones de Jeremiasz, en un cruel y muy perturbador tour de forcé entre la joven desconocida que quiere contar su historia, y el arquitecto que no quiere escucharla.

Maíllo consigue con pocos elementos y dos almas oscuras un potente y oscuro thriller, que nos va envolviendo en un aura de misterio y terror, donde nada es lo que parece, en que las identidades de sus personajes se disfrazan de un enigma en el cual los espectadores deben descifrarlo, en una especie de juego perverso y muy sombrío en el que todo puede ser o no, en que el relato de Texel guarda importantes secretos y revelaciones. El espacio amplio y de grandes ventanales del aeropuerto se muestra como ese lugar blanco y limpio en el que todo parece encajar y nada malo puede ocurrir, aunque la maqueta del aeropuerto del centro de la sala, en que curiosamente, Jeremiasz fue uno de sus arquitectos, va contándonos a través de sus figuritas y acciones todo lo que va ocurriendo, como si la maqueta conociese el fondo de la cuestión y nos fuese revelando aquello que ocultan los protagonistas. Incluso, las otras localizaciones de la película, como la vecindad triste de las caravanas donde Texel pasó su infancia, o el siniestro y fantástico cementerio de Montmartre, quizás el camposanto más famoso del mundo, donde también se desarrolla una parte fundamental de la historia, donde conoceremos a la enigmática mujer, pieza clave en esta traba de idas y venidas, de pasados ocultos, y de presentes reveladores.

El tándem intenso, sólido e incómodo que debe conversar y sobre todo, mirarse en el espejo, lo forman dos intérpretes que componen unos maravillosos y perversos personajes. Por un lado, tenemos a Tomasz Kot, que muchos todavía recordamos como el desdichado personaje enamorado de Cold War, de Pawel Pawlikowski, en la piel del enigmático y perfeccionista Jeremiasz Angust, con ese semblante de éxito pero que a medida que avanza la película, emergerán sus secretos más ocultos. Delante de él, una soberbia Athena Strates como la extraña Texel Textor (vista con directores de la talla de Bill Condon o Kai Wessel), alguien surgida de la nada o no, un ser que viene a rendir cuentas o no, uno de esos personajes imposibles de olvidar en una cinta de estas características, porque incomoda, perturba y sobre todo, molesta con sus relatos y sus miradas oscuras. También, nos encontramos dos personajes menores, pero igual de importantes, como la presencia siempre fabulosa de una gran actriz como Marta Nieto (que sigue dejando grandes composiciones como la que nos maravilló en Madre, de Sorogoyen), en la piel de la mujer del cementerio, un ser frágil, bello y complejo, crucial en esta trama de miradas, silencios y pasados escondidos, y Dominique Pinon, uno de esos personajes de la conciencia para el personaje del arquitecto. Maíllo ha construido una película sencilla y compleja a la vez, con una trama a modo de puzle que a veces encaja, y otras, no, que algunos instantes te faltan o te sobran piezas, pero solo en un instante, más allá del espacio y el tiempo, todas las piezas del enigmático rompecabezas encajan y ya nada ni nunca volverá a ser igual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Aleixo Paz

Entrevista a Aleixo Paz, protagonsita de la película “El niño de fuego”, de Ignacio Acconcia, en Nanouk Films en Barcelona, el viernes 22 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aleixo Paz, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Ojalá te mueras, de Mihály Schwechtje

REALIDADES ARTIFICIALES.

“Las redes sociales son más sobre sociología y psicología que sobre tecnología”

Brian Solis

Las redes sociales se han convertido en un espejo de una realidad distorsionada, una realidad falsa y de pura apariencia, en la cual todas las experiencias reales, ya sean satisfactorias o no, inmediatamente, se convierten en experiencias maravillosas, un espacio donde no existe el filtro, donde muchísimas personas pueden ver esa “realidad artificial” y criticarla a gusto, disfrazada de realidad, la red social se convierte en un espejo martirizador para aquel o aquella que es objeto de burla, escarnio o alguna cosa peor. Ojalá te mueras, la opera prima de MIhály Schwechtje (Budapest, Hungría, 1978), después de dirigir múltiples cortometrajes, se centra en un grupo de adolescentes en un instituto más de cualquier ciudad del mundo, y más concretamente, en la figura de Eszter, una chica de 16 años secretamente enamorada de su profesor de inglés que anuncia que deja el trabajo para trasladarse a Londres. Esa misma noche, recibe un mensaje del profesor y entre los dos nace una relación íntima totalmente secreta.

El director húngaro plantea una película asombrosa y muy interesante, indagando en el inmenso poder de las redes sociales y la utilización enfermiza de los adolescentes de hoy en día, siempre conectados y sobre todo, reinterpretando la realidad, y su propia realidad, a través de ella, como deja patente la maravillosa y triste secuencia cuando las dos niñas comen con la madre de una de ellas, y están obsesionados con coger el móvil y mirar que se está cociendo. El relato huye de lo lineal para proponernos una estructura elegante en que primero seguiremos, a modo de diario, el affaire on line entre Eszter y el profesor, donde seremos testigos de su evolución, sus momentos “sexting”, su distanciamiento y demás, instante que pasaremos a conocer, también con la utilización de diario la vida de Peter, un compañero  hazmerreír de los demás, que ama secretamente a Eszter. Y finalmente, veremos las consecuencias de todos los actos, y sobre todo, los destinos de los personajes implicados.

Otro elemento muy destacado de la película, es la forma de presentar el relato, con ese cuadro 4/3, completamente cuadrado, que utiliza los bordes para colocar las líneas de conversación de chat, un trabajo exhaustivo y magnífico del cinematógrafo Máté Herbai (responsable de la maravillosa luz de la estupenda película En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi). La cinta se apropia completamente de la estética “teen”, tanto de su forma como contenido, adaptándose al universo de los adolescentes de la película, como el look de la protagonista, amante de las heroínas mangas, con ese cabello azul-lila, y las faldas cortas. Schwechtje apuesta por una película contada a fuego lento con 103 minutos de metraje, donde expone esas dos vidas que tienen sus adolescentes, la real, más aburrida y cotidiana, donde las clases son el centro, y la otra, la artificial, la más atrayente, la que más se mueve, y la que se impone como la única realidad para ellos, un espacio donde hablan, discuten, critican y sobre todo, un lugar donde hay vía libre para todo, para transgredir, para todo lo prohibido y para hundir a cualquiera, donde no hay filtro, donde todo está permitido.

El trabajado y extraordinario reparto joven de la película, entre los que destacan Kristóf Vajda en el rol de Peter, ese chaval apocado, gris y acosado, que quiere ser uno más, pero siempre es rechazado y maltratado por los demás chicos, y sobre todo, la gran interpretación de Szilvia Herr, debutante en el cine, dando vida a Eszter, la protagonista de este enredo on line de consecuencias muy inesperadas. Mihály Schwechtje debuta con nota altísima en su debut, no solo haciendo una radiografía profunda y sobria sobre la adolescencia y su mal uso de las redes sociales, sino construyendo una película llena de ritmo e inteligencia, impregnada en su totalidad del universo teenager, con su estética, colores y pensamientos, y sobre todo, tejiendo con soltura y sabiduría un retrato intenso y nada complaciente de las relaciones de los adolescentes, de su alegría y tristeza, de su fraternidad y crueldad, de la falta de consideración frente al otro, de la monstruosidad de las redes sociales y lo que resulta más grave de todo, la superficialidad de sus relaciones íntimas y afectivas, donde todo vale y todo se permite, eso sí, por el filtro de la red social, exponiendo esa vida a la que todos aspiran, aunque sea mentira, y que se hable de ellos, ya sea bien o mal, para sentirse con vidas plenas, aunque sea la que no quieran. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crash, de David Cronenberg

LOS DEMONIOS Y LA CARNE.

“Las marcas triangulares del coche se habían formado con la muerte de una criatura anónima, de identidad desvanecida, inscrita abstractamente en la geometría del vehículo. ¿Cuánto más misteriosas podían ser nuestras propias muertes, y las de los afamados y poderosos?”

J. G. Ballard de la novela “Crash”

El término “ballardiano” es recogido por el diccionario Collins bajo la siguiente definición “una modernidad distópica, un paisajismo inhóspito creado por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o medioambiental”. J. G. Ballard (1930-2009), describió de forma intensa y profunda los males del ser humano moderno ante una sociedad superficial, consumista y aterradora que, eliminaba el humanismo para abrazar como un salto al abismo la superficialidad y lo material como síntoma de poder, ambición y locura. Un universo peculiar, muy personal y alejado de convencionalismos, modas y demás estupideces, en títulos como La exhibición de las atrocidades, Rascacielos, Hola, América o Noches de cocaína, entre muchas otras.

Los mundos distópicos demasiado “reales” del genial novelista británico que profundiza de manera extraordinaria en todos los males de nuestra sociedad. Universos no muy alejados de los que filma David Cronenberg (Toronto, Canadá, 1943), que en su primera etapa despachó títulos como Crimes of the Future (1970), Vinieron de dentro de… (1975), Rabia (1975), Scanners (1980), o Videodrome (1983), donde implantaba los elementos que han definido su filmografía, la llamada “nueva carne”, en la que retrata de forma admirable los miedos humanos, tanto los cambios físicos y psicológicos ante la transformación física y la infección, en el que se desvanecen los límites entre lo mecánico y lo orgánico, moviéndose en dramas con tintes de terror, ciencia-ficción y el fantástico, dentro de una cotidianidad de horror. Cronenberg ha adaptado autores tan relevantes como Burroughs, King, DeLillo, entre otros. En 1996 adapta “Crash”, novela de Ballard publicada en 1972 (que tuvo una adaptación televisiva protagoniza pro el propio autor), poniendo en imágenes un relato muy oscuro y tremendamente físico y psicológico.

En Crash nos tropezamos con James Ballard, alter ego del propio autor, dedicado a la dirección televisiva, casado con Catherine, que han basado su relación en el sexo como principal estructura, un sexo liberal entre ellos y con otros. Después de un accidente automovilístico, Ballard entra en contacto con Helen Remington y entre los dos nace una atracción mutua a través del sexo y los coches. Más tarde, entrará en juego Vaughan, un tipo apasionado de los accidentes de coches, que además de escenificar accidentes históricos de grandes estrellas del cine clásico, su vida gira en torno a los accidentes, las cicatrices y el sexo, al igual que Gabrielle, una amiga que lleva una prótesis debido a un accidente. Veinticinco años después, Crash  sigue manteniendo su vigencia, quizás las psicopatías siguen igual o incluso más de acentuadas, retratando una serie de personajes abocadaos al constante peligro, en un viaje a las profundidades del alma, a su parte más oscura, más horrible, a aquello que nos negamos a admitir, a lo prohibido, a nuestras pulsiones sexuales, las más ocultas, las que no queremos desvelar.

Cronenberg se acompaña de los cómplices más cercanos como el cinematógrafo Peter Suschitzsky, el editor Ronald Sanders y el músico Howard Shore, la película nos sumerge en un mundo de poder y ambición, donde el automóvil como objeto de posición social se ha convertido en una metáfora del sexo más sucio, más animal y más pueril, donde ya no existen fronteras entre lo real y lo soñado, donde la vida carece de sentido sino es una existencia de constante peligro, donde la muerte bordea a cada instante, donde cada cicatriz y herida se convierte en una pulsión sexual, en una marca más de ese desenfreno alucinatorio y autodestructivo por el que se mueven estas criaturas atrapadas en su sexualidad y en sus objetos mecánicos, en unos automóviles que se funden en falos y vaginas, expuestas y dispuestas para ir más allá, sin pausa, a velocidad vertiginosa, donde velocidad, o lo que es lo mismo, el peligro de morir, deviene la única forma de soportar y llenar ese vacío de vidas opulentas, sí, donde falta tanto a nivel interior. Con un reparto heterodoxo y nada comercial con un James Spader en la piel del atribulado y frío Ballard, la escenificación del tipo que se adentra en la oscuridad, en su propia oscuridad, sin miedo, como si la cosa no fuese con él, pero con la determinación de que no hay marcha atrás, Deborah Kara Unger como su esposa, su amante y la compañera perfecta que también se lanza al abismo para aceptarse y descubrirse a través del sexo y lo prohibido, Holly Hunter como la Dra. Helen Remington, también abocada a la locura sexual, a ir más allá, a olvidarse de los convencionalismos y dejarse arrastrar por el sexo más superficial y la morbosidad.

Y los dos personajes más siniestros, dementes y robotizados de la película como el que hace Rosanna Arquette como Gabrielle, con esa aparatosa prótesis que le cubre las dos piernas y la profunda cicatriz que le cubre media extremidad, uno de esos personajes reservados que tanto le gustan al cineasta canadiense, ya que tiene todo aquello que le interesa, la sexualidad de un ser casi autómata, donde cada movimiento y gemido duele e hiere. Y finalmente, Elias Koteas da vida al siniestro Vaughan, un tipo que ha ido más lejos que nadie, su escenificación de los accidentes es toda una declaración de principios de un personaje psicópata convertido en la figura de macho alfa, de un tótem sexual, donde su cuerpo y todo su ser emanan sexualidad y velocidad, una especie de gurú de esta peculiar aquelarre de sexo, automóviles y muerte. El binomio Ballard-Cronenberg sigue levantándonos de la butaca, incomodándonos, martirizando nuestras pesadillas y pulsiones, y sobre todo, mostrando la oscuridad más profunda y siniestra de lo que somos, de todo aquello que nos autocensuramos, de todos nuestros miedos, de nuestros deseos, pasiones, y nuestra sexualidad, tan llena de tabúes, prejuicios y convencionalismos. Crash  se mueve entre todo lo diferente, todo aquello no aceptado por una sociedad llena de miseria moral tanto a nivel físico como emocional, en un retrato sobre la vida y la muerte, la eterna lucha entre eros y tánatos, entre nuestra existencia aceptada y todos esos infernos que habitan en nuestro interior y gritan sin cesar para salir al exterior y escenificarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marta Borrell

Entrevista a Marta Borrell, protagonista de la película “Una luz en la oscuridad”, de José M. Borrell, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 18 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Borrell, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Ignacio Acconcia

Entrevista a Ignacio Acconcia, director de la película “El niño de fuego”, en Nanouk Films en Barcelona, el viernes 22 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ignacio Acconcia, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

El niño de fuego, de Ignacio Acconcia

VIVIR DESPUÉS DEL FUEGO.

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”.

José Saramago

Cuando solo tenía 8 años, Aleixo Paz se quemó el 90% de su cuerpo en un fatídico accidente. Ahora, en plena adolescencia, sus días pasan en casa componiendo música rap, consumido por la rabia y los dolores físicos, debidos a las secuelas del fatal accidente que le han llevado a someterse a más de 40 operaciones. En la pequeña localidad de Salt (Girona), Aleixo vive con su madre, busca trabajo, visita continuamente el hospital, ve a sus hermanos y amigos, e intenta que la rabia y el dolor que siente, le dejen vivir un poco. El director Ignacio Acconcia, después de graduarse en la ESCAC, y pasar por el Máster de Documental de Creación de la UPF, donde tuvo como docente al gran cineasta, Viktor Kossakovski, con el que participó en la película conjunto Demostración (2013), hace su debut en el largometraje documental con El niño de fuego, el A.K.A. de Alexio Paz cuando se sube a rapear.

Acconcia nos sumerge en el relato de un adolescente que cumplirá 18 años durante la filmación de la película, que abarcó cinco años, en el que conoceremos el trágico pasado de Alexio, y su realidad más cotidiana. La película es de una sinceridad e intimidad abrumadoras, olvidándose del físico cicatrizado de Alexio, y centrándose en su alma, un interior roto, lleno de magulladuras y cicatrices, de las que hacen más daño, de alguien que vive arrastrando un dolor y rabia inmensos. Aunque la película muy sabiamente se aleja del producto convencional de superación y sentimentalismo, para centrarse en un viaje muy profundo y sensible, donde el joven va depurando toda esa rabia en la música rap, de la mano de su mentor musical Isaac Real “Chaka”, y también, la ayuda emocional por parte de Jan Millastre, Presidente de “Kreamics”, la Asociación de Quemados creada en Cataluña, una especie de hermano mayor que conoce muy bien lo que es vivir después del fuego.

El director afincado en Barcelona, demuestra un pulso narrativo envidiable y lleno de sabiduría, porque maneja muy bien el ritmo y la delicadeza de su relato, anteponiendo la humanidad de todo lo que cuenta, con esos planos de seguimiento filmando los desplazamientos y encuentros de Alexio. El niño de fuego se destapa como una magnífica lección de humanismo, centrada en esa difícil transición entre la infancia a la edad adulta, entre dejar la adolescencia y aceptar que las cosas funcionan de forma diferente, que ya es un estado complicado para cualquier persona, y más, cuando hemos sufrido un accidente que nos ha desfigurado el rostro y el cuerpo, y debemos trabajar en ese proceso de aceptación, encontrando y encontrándonos esa “ilusión” o “estimulo” para seguir cada día, de la que habla Jan, en la impresionante conversación que mantiene con Alexio. Acconcia se destapa como un director soberbio y humanista, sin guiar su relato y mucho menos su narración, que emana sencillez y cercanía, dejando al espectador espacio libre para que mire su película sin acritud y desprejuiciado, mostrando a un joven que debe seguir peleando por la vida, aunque emocionalmente siga lleno de rabia y dolor.

Un relato donde también hay humor y sentimientos, de los que tocan fuerte, de los que animan a seguir peleando por la vida, generando esa ilusión que a veces nos da esquinazo, llenando los días de objetivos que nos ayuden a levantarnos y pelearnos con nuestros sueños o pesadillas. Alexio con su extrema sencillez, humildad, y su parquedad en palabras, demuestra que hasta las cosas más difíciles y aquellas que cuestan tanto, siempre se pueden reconducir a la música, en este caso el rap, para expulsar toda la rabia y el dolor acumulados, demostrando una vez más que el arte es la mejor terapia para ahuyentar los fantasmas y hacer frente a los miedos e inseguridades. La experiencia de ver una película como El niño de fuego es extraordinaria y vitalista, nos acompañará durante mucho tiempo, y sobre todo, nos hará mirarnos a nuestro interior y a no dramatizar con nuestros problemas, ya que quizás no son tan importantes como creíamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Héctor Fáver

Entrevista a Héctor Fáver, director de la película “Voces rotas”, en su despacho en Barcelona, el jueves 21 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Héctor Fáver, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de Prensa,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

El profesor de Persa, de Vadim Perelman

LA MEMORIA Y LA PALABRA.

“¿Pero era posible adaptarse a todo en los campos de concentración? Su pregunta es extraña. El que se adapta a todo es el que sobrevive; pero la mayoría no se adaptaba a todo y moría”

Primo Levi

El cine como reflejo de la historia y su tiempo, se ha acercado al holocausto nazi de múltiples formas, miradas e intenciones. No resulta nada sencillo mostrar y contar todo lo que allí sucedió, en muchas ocasiones, se cae en la simpleza y el sentimentalismo, en otras, utilizan el trasfondo para emplazarnos a historias que nada tienen que ver. Pero, en algunas ocasiones, pocas desgraciadamente, en películas como Noche y niebla, de Resnais, La pasajera, de Munk, Shoah, de Lanzmann, La vida es bella, de Benigni o El hijo de Saúl, de Nemes, entre otras. Las historias nos sumergen de manera ejemplar y sobria a un reflejo de una parte de lo que acontecía en esos lugares de la muerte, excelentemente bien contadas, con una mirada profunda y sincera, y sobre todo, alejándose de cualquier sentimentalismo, en películas como Noche y niebla, de Resnais, La pasajera, de Munk, Shoah, de Lanzmann, La vida es bella, de Benigni o El hijo de Saúl, de Nemes, entre otras.

El profesor de persa, de Vadim Perelman (Kiev, Ucrania, 1957), podría formar parte de esta lista con todo merecimiento, porque no solo muestra el horror nazi en los campos, sino que nos brinda un relato sobrio, fascinante y magnífico de supervivencia, pero sobre todo, de la importancia capital de la memoria como única vía, no solo para seguir con vida en el infierno, sino para contar lo que ha sucedido, y que los hechos no se olviden y así, recordar a las víctimas y preservar la memoria para que futuras generaciones conozcan y no repitan los mismos errores. De Perelman, emigrado a Canadá, conocíamos, su extraordinario debut con Casa de arena y niebla (2003), relato de corte social con dos vecinos en la disputa de una casa, en La vida ante sus ojos (2007), nos contaba los traumas de sobrevivir a una tragedia, ambas películas filmadas en EE.UU., y en Buy me (2018), rodada en Rusia, sobre una joven modelo encandilada con el lujo qatarí en un relato de autodestrucción, entre alguna que otra miniserie y película.

Con El profesor de persa, basado en el relato breve “Invención de un lenguaje”, de Wolfgang Kholhaase, el cineasta ucraniano nos traslada a un campo de concentración nazi allá por el año 1942, para contarnos las vicisitudes de Gilles, un joven francés de origen judío, que detenido por las SS, y llevado a un campo de tránsito, se hace pasar por persa para salvar la vida, ya que el capitán Klaus Koch, uno de los oficiales al mano, quiere aprender el idioma para abrir un restaurante alemán en Teherán cuando acabe la guerra. Perelman se toma su tiempo, la película alcanza los 127 minutos de duración, para hablarnos de esta peculiar relación que se irá humanizando entre los dos hombres, entre el carcelero y el preso, pero no solo somos testigos de este encuentro, en el que alguien para sobrevivir inventa un lenguaje a través de su ingenio y astucia, sino también, de la cotidianidad del campo, no solo con los presos y sus constantes humillaciones, estupendamente filmadas, con la distancia y la luz idóneas, además, las relaciones cotidianas de los soldados nazis al cargo del campo, como esa terrorífica jornada en el campo con los nazis comiendo, cantando y confraternizando entre ellos, en una inmensa labor de la película por no mostrar a los nazis como monstruos, sino como seres humanos complejos y oscuros, capaces de humanidad y actos deleznables. Si el sorprendente y elegante guion que firma Ilya Zofin, nos sumerge en un relato lleno de belleza y horror.

 El maravilloso y bien elegido dúo protagonista es otro de los elementos sensacionales de la película. Con Nauel Pérez Biscayart, dando vida al desdichado y listo Gilles, un grandísimo intérprete que nos lleva enamorando en roles como el de Todos están muertos o 120 pulsaciones por minuto, un cuerpo menudo, pero capitalizado por esa mirada que traspasa, en un proceso que irá de menos a más, de objeto a hombre, de sentir que su inteligencia pude salvar no solo su vida, sino recordar la de aquellos que perecieron. Junto a él, otra bestia de la composición, como el actor Lars Eidinger como el capitán Koch, que habíamos visto en películas de Assayas o Claire Denis. Dos intérpretes diferentes de cuerpo, en una especie de lucha muy desigual, que recuerda a la de David y Goliat, que a medida que avanza la película, se irán intercambiando los roles en varias ocasiones, e iremos comprobando que detrás de los papeles que el destino les ha asignado, detrás hay mucho más, y descubriremos a dos seres que tienen en común más de lo que imaginan.

Perelman ha contado con un trabajo de producción fantástico, desde la precisa y atmosférica luz de Vladislav Opelyants (que tiene en su haber grandes trabajos como en 12, de Nikita Mikhalkov o en Leto, de Kirill Serebrennikov, entre otros), o la excelente música absorbente y limpia del tándem de hermanos Evgueni y Sacha Galperine (que han trabajado con nombres tan ilustres como François Ozon, Andréi Zviáguintsev o Kantemir Balagov, etc…), el conciso y rítmico montaje de Vessela Martschewski y Thibaut Hague. Perelman vuelve a conseguir un relato brutal y excelso, lleno de belleza y horror, que se mueve de manera hipnótica y sinuosa, mostrando todo lo que se respiraba en un lugar siniestro y deshumanizado como un campo nazi, con la memoria como punta de lanza en una historia donde alguien ha de inventar y memorizar un lenguaje inventado, su particular pseudofarsi, no solo para seguir con vida, sino para alimentar la esperanza de salir con vida de ese lugar. Frente a él, a un oficial nazi convencido e idealista de la causa que, crecerá como persona y empezará a ver a su “profesor particular” con otros ojos, quizás viéndose en él reflejado o tal vez, recordando a aquello que era o que perdió. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a José M. Borrell

Entrevista a José M. Borrell, director de la película “Una luz en la oscuridad”, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 18 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José M. Borrell, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.