Ghosts, de Azra Deniz Okyay

JUVENTUD EN LA OSCURIDAD.

“La juventud no es una época de la vida, es un estado mental”

Samuel Ullman

Durante el siglo XXI, ha sido más o menos habitual, que nuestras carteleras albergarán cada cierto tiempo alguna película turca, los Ferzan Özpetek, Nuri Bilge Ceylan o Fatih Akin, se convertían en nombres reconocibles para el público más interesado en el cine reflexivo y humanista. Lo que ya llama muchísimo más la atención, es que aparezca una película turca dirigida por una mujer, que fue el caso de la extraordinaria Mustang (2015) de Deniz Gamze Ergüven, que retrata la sinrazón religiosa que sufría un grupo de hermanas. Ahora, nos llega otra película Ghosts (“Hayaletler”, en el original), dirigida por otra mujer, Azra Deniz Okyay (Estambuel, turquía, 1983), que debuta con una relato acotado en una sola jornada, la del lunes 26 de marzo de 2020, en la que nos sitúan en uno de esos barrios periféricos de Estambul, a punto de desaparecer, acosado por la gentrificación, ya que las autoridades están desalojando a los vecinos para construir la “Nueva Turquía”, como constantemente se anuncia en la radio. Ese día, en el que transcurre la película, la ciudad turca está sufriendo cortes de luces que sume a la ciudad en un tremendo apagón, dejándola completamente a oscuras, sutil y excelente metáfora del futuro que le espera a esa juventud que retrata la película.

La directora turca nos conduce a través de la vida de tres mujeres y un hombre, tenemos a Dilem (interpretada de forma natural y formidable por la debutante bailarina Dilayda Günes), una dancer que se gana la vida como puede y afronta una infidelidad de su novio, a Ela (que hace de forma concisa Beril Kayar), una activista apasionada por los derechos de la mujer y la comunidad gay, también están, Iffet (que compone con sinceridad Nalan Kuruçim),  limpiadora municipal, que está desesperada, ya que su hijo que cumple condena de prisión injusta, está siendo acosado en la cárcel y necesita dinero, un dinero que no tiene su madre y hará lo imposible para conseguirlo, cruzando al otro lado. Y finalmente, Rasit (que hace con contundencia Emrah Ozdemir), el típico crápula del lugar, que además de cobrarles fortunas a los refugiados sirios por alojarlos en pisos patera, está compinchado con otro para derribar edificios en el que viven personas sin hogar. La cámara febril y nerviosa de la película, con planos muy cercanos, convertida en una segunda piel de los personajes, con abundantes planos secuencia, en un gran trabajo del cinematógrafo Baris Özbiçer, ayuda a retratar ese microcosmos muy alejada de la estampa turista de la metrópolis de Estambul, o el cortante y enérgico montaje que firma Ayris Alptekin, que va de un personaje a otro, sin descanso, moviéndose en esa fina línea donde al caer la noche, todo parece que va a explotar de un momento a otro, con los innumerables saqueos que se producen aprovechando las tinieblas que oscurecen la ciudad, y más concretamente el suburbio en ruinas que acoge la película.

El elemento de la música de Ekin Fil, que rasga con transparencia todos los movimientos desesperados de los protagonistas por no ser engullidos por una realidad que los aplasta y ahoga, con esa policía perseguidora y la religión como guardiana de esa moral tradicional que acosa a las mujeres. La primera película de ficción de la productora Heimatlos Films, fundada en el 2017, que cuenta con cortometrajes de ficción y documental, así como el documental Mimaroglu: The robinson of Manhattan Island, que se vio en el prestigioso festival de Visions du Reel, debutan en la ficción con un relato que juega con la fusión del dispositivo documental y ficción para no solo retratar la Turquía invisible que no llena las noticias de los grandes medios, sino aquella otra, que se oscurece, que se ensombrece, esa llena de fantasmas, de espectros sin vida, o con una vida precaria, que se mueven en el alambre de la huida constante, con trabajos legales que no les da para vivir dignamente, y deben recurrir a la ilegalidad como hacer de “mula”, como hacía Clint Eastwood en su última película, para salir adelante o conseguir aquello que legalmente no pueden conseguir, como queda demostrado en la situación que vive Iffet.

Azra Deniz Okyay se desata como una creadora sumamente observadora de todas las realidades consumidas en ese otro Estambul, aquel Estambul más real, más auténtico, muy alejado del estereotipo que nos suelen vender de Turquía. En Ghosts hay autenticidad en todos los aspectos, tanto en lo que se retrata y en la forma que se retrata, convirtiendo la mirada crítica y humanista de la directora turca en una mirada a tener muy en cuenta, y a seguirle la pista porque volveremos a toparnos con su intenso, magnífico y poderoso cine, porque la película no solo nos habla de esa otra Turquía, y los ciudadanos que siguen resistiendo a pesar del acoso constante de las autoridades, sino que también, es un grandísimo reflejo de una juventud enjaulada, moderna que tropieza con esa tradición religiosa tan sumamente anclada en el pasado, y también, es un retrato formidable sobre la mujer turca, esa que ya no lleva velo islámico, la que no solo es moderna, sino que hace lo posible para ser ella misma y sin ataduras de ningún tipo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yalda, la noche del perdón, de Massoud Bakhshi

EL PERDÓN EN DIRECTO.

“La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo”

Gilbert Cesbron

Tanto en las magníficas y contundentes Network (1976), de Sidney Lumet, y La muerte en directo (1980), de Bertrand Tavernier, se abordaban temas como la televisión convertida en un poderosísimo narcotizante, en el que todo vale para conseguir pegar al televisor a millones de espectadores cada noche. La muerte al servicio del espectáculo, la muerte como un objeto o medio más para satisfacer el entretenimiento de masas que sólo ven y disfrutan, sin ver más allá, sin reflexión, sin empatía, sin nada. En Yalda, la noche del perdón, cuarto trabajo de Massoud Bakhshi (Teherán, Irán, 1972), y segundo de ficción, no sitúan en el centro de un programa de televisión, casi en tiempo real, donde florece su experiencia en el documental (porque a veces olvidamos la naturalidad y la intimidad con la que está rodada la película, y es clara la intención de su talante real y humano), encerrados en las cuatro paredes del directo y el backstage, en el que conoceremos una de las muchas realidades que transitan por el país árabe.

Tenemos a Maryam, un joven de veintidós años que ha sido condenada a muerte por la muerte accidental de su marido temporal – en Irán, son comunes los matrimonios temporales, llamados “Sighen”, en los que las mujeres y los hijos nacidos de la unión no tienen ningún derecho sobre la herencia-. La única salvación para la joven es que, Mona, la hija del fallecido, la perdone delante de las cámaras, amén de una cuantiosa económica de por medio. El programa se llama “La alegría del perdón”, basado en reality shows que pululan la franja de la televisión persa. La noche elegida es la denominada:”Yalda” (una celebración zoroástrica que da comienzo al invierno, la noche más larga del año, donde las familias y amigos se juntan para celebrar, mientras recitan poemas del reconocido Hafez). El director iraní envuelve su película en un interesante y potentísimo thriller psicológico, con esa cámara que sigue incansablemente a sus víctimas, convertida en una segunda piel, en un espectacular trabajo de orfebrería del  cinematógrafo Julian Atanassov (que trabajó en la película colectiva Ponts de Sarajevo, entre otras), así como el exquisito, ágil y formidable montaje cortante y sin aliento de Jacques Comets (autor de películas Invitación de boda y Fortuna).

Los ochenta y nueve minutos de la película no dejan respiro, las situaciones se van sucediendo a un ritmo frenético, en que la forma cinematográfica se ve contaminada por el ritmo televisivo, colocando a los espectadores en el centro de todo, convertidos en “jueces” de este litigio, donde la vida y sobre todo, la muerte, se erigen como meros espectáculos para millones de almas vacías. Una película en la que apenas vemos la calle de Teherán, si exceptuamos una secuencia muy descriptiva de esa realidad que vemos a través de la televisión, porque el retrato profundo y descarnado de Irán que hace Bakhshi es descorazonador  y terrorífico -completamente extrapolable a cualquier país occidental, donde la televisión es el medio más potente de información y creadora de opinión-,   donde hay una clara descripción de las clases que dividen el país, entre los que mandan y viven, y los otros, que obedecen y malviven, el poder sobrehumano de la religión, como único límite para sabe aquello que es bueno o malo, donde el perdón es situado en el centro de todo, dotándolo de una importancia por encima de cualquier moral, y finalmente, el tratamiento de la televisión, erigida como la única verdad, donde todo está en venta, con las personas sometidas a su realidad, a su consentimiento, los seres humanos vendidos al dinero y al vacío que deja.

El cuidadísimo estudio psicológico de los personajes, con sus idas y venidas, necesitaba a unos intérpretes a la altura de sus complicados roles, como la brillante interpretación que desarrolla el grupo que vemos en la película, empezando con Sadaf Asgari como la desgraciada Maryam, que implora su perdón, a través de contar una verdad que parece no querer interesar a nadie. Al otro lado, Behnaz Jafari como Mona, la única que puede salvar el pellejo de Maryam, no por humanidad, sino por necesidad, más interesada en el fajo de billetes que tiene por delante si perdona, la madre de Maryam, interpretada por Feresteh Sadre Orafaee, una madre desesperada que hará lo imposible por salvar a su hija, y finalmente, Ayat, el director del programa, que hace Babak Karimi, convertido en una especie de “Dios”, como lo era Ed Harris en El show de Truman, uno más del engranaje de crueldad y fanatismo en que se ha construido la televisión, donde todo vale para generar millones de audiencias y cantidades insultantes de dinero, y no es más que un reflejo de nuestra sociedad, o lo que queda de ella, porque el espectáculo nos ha ensombrecido nuestra capacidad de reflexión, y sobre todo, de empatía y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Woman, de Anastasia Mikova y Yann Arthus-Bertrand

YO SOY UNA MUJER.

“Yo soy única, OK… pero soy todas las mujeres”

En Notre corps, notre sexe  de Agnès Varda

En 1975, el programa “F come femme”, de la televisión francesa Antenne 2, lanzó al público la pregunta: ¿Qué es ser mujer? La respuesta de la cineasta Agnès Varda (1928-2019), fue Réponse de femmes: Notre corps, notre sexe (Respuesta de las mujeres: Nuestro cuerpo, nuestro sexo), una película corta de 8 minutos que reivindicaba a la mujer, su cuerpo, su sexo, su vida y todo su ser, sometida a una sociedad patriarcal que la convertía en un mero objeto. Cuanto le debe el cine sobre la mujer a una cineasta como la Varda, con su inteligencia, su capacidad para ver aquello que sucedía y plasmarlo de forma tan interesante y concienciadora. Muchas de esas ideas las encontramos en Woman, la nueva película del director y fotógrafo francés Yann Arthus-Bertrand, autor de las imprescindibles Home (2009), en la que plasmaba el efecto demoledor del ser humano en el planeta tierra, y Human (2015), donde retrataba a la humanidad en su diversidad, multiculturalidad, complejidad y humanidad. Ahora nos llega Woman que codirige junto a la ucraniana Anastasia Mikova, que ya fue ayudante de dirección en Human, para hacer un exhaustivo recorrido por la mujer, retratando a más de mujeres diseminadas por cincuenta países del mundo.

El retrato, al igual que sus anteriores trabajos, es cercano, transparente y directo, apoyándose en dos aspectos cruciales como el testimonio, donde escucharemos a mujeres muy diferentes e iguales entre sí, hablándonos de su vida, de su cuerpo, su sexo, y demás aspectos y complejidades de la vida, y por otro lado, mediante “Tableaux Vivants”, nos van mostrando escenas de la vida cotidiana de estas mujeres, sus vidas, sus culturas, su fe y demás aspectos de su realidad. Arthus-Bertrand y Mikova componen una película emocionante, vibrante y magnífica, porque nunca se quedan en la anécdota, siempre van mucho más allá, reivindicando a la mujer y todo su ser, dándoles la palabra y la voz, y mirada y sus ojos, su cuerpo, mujeres de todas las edades, etnias, culturas, religiones y nacionalidades, y sobre todo, caligrafiando un detallado recorrido por todos los aspectos de su vida y existencia, arrancando con el hecho de ser mujer, como tan magníficamente mostraba Agnès Varda, el amor, la maternidad, parejas y matrimonio, el cuerpo y sus tabúes, las mujeres en el poder, emancipación, sexualidad, violencia, política, el trabajo, etc…

Vemos a un sinfín de mujeres, con sus cercanías y diferencias, mirándonos de frente, serenas y firmes, valientes y decididas, resistentes y fuertes, reivindicando su identidad, su ser, su complejidad y su lugar en el mundo, tantas veces invisibilizado y oculto a lo largo de la historia por la sociedad masculina. La película es un cine humanista y político, porque no hace un discurso superficial del asunto, sino que investiga sobre el tema, pone en cuestión los conflictos existentes, y hace un extraordinario e inteligente recorrido sobre la mujer y las sociedades que les ha tocado vivir. La película tiene una fuerza admirable y no se olvida de la emoción, el relato tiene vida, historia, humanismo, y sobre todo, tiene una textura y composición cinematográfica excelentemente bien cuidada, nunca quedándose en el mero detalle, sino que profundiza en los hechos y las causas, abriendo la información para que cada espectador pueda encontrar sus propias respuestas, y provocando la oportuna reflexión en unos temas candentes y llenos de actualidad que parece que las sociedades patriarcales siguen sin ocuparles la importancia que tocaría.

El tándem de cineastas aúnan de forma admirable la belleza y la reivindicación, porque tanta una como la otra son perfectamente compatibles para hablar de las mujeres y su diversidad y su humanidad, sin olvidar el discurso que plantean. Los 105 minutos de duración de la película en ningún momento se hacen pesados o difíciles de seguir, teniendo en cuenta la grandísima cantidad de mujeres y sus respectivos países que desfilan por delante de nuestra mirada, debido principalmente en el impecable sentido del ritmo y el contenido que tiene la película, porque en apariencia parece que todo el mosaico que presenta es demasiado agotador, pero todo lo contrario, la película va creciendo en su contenido y aspecto, dejando a los espectadores ávidos de conocer más y mejor, en una historia que nunca decae, que crece muchísimo, y va a más, como el espectacular arranque de la película, con esa mujer desnuda danzando bajo el agua, quizás la metáfora más terrible y bella a la que la sociedad ha sometido a la mujer, oculta bajo los ojos y bajo los designios económicos utilizada por su aspecto, su cuerpo, pero todo eso está cambiando, aunque queda mucho camino por recorrer y reivindicar, los tiempos están cambiando como cantaba Dylan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Manual de la buena esposa, de Martin Provost

MUJERES LIBRES.

“Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”.

Emily Dickinson

Hasta el año 1977, la Sección Femenina, encabezada por Pilar Primo de Rivera, educó y adiestró a cientos de miles de mujeres en la España franquista, reivindicando un modelo de mujer esposa y madre, obediente, educada y sobre todo, sumisa al hombre. En Francia, también funcionaron este tipo de instituciones contra la libertad de la mujer, las llamadas “Escuelas de economía doméstica”, centros en los que mujeres de origen humilde y campesinado en su mayoría, recibían instrucción de cómo ser una buena esposa, bajo un estricto control moral y religioso. En Manuel de la buena esposa conocemos una de estas escuelas tradicionalistas y muy conservadoras, una ubicada en Alsacia-Mosela, en la frontera con Alemania, durante el curso de 1967-68, tiempo de cambios, de reformas y libertad. El director Martin Provost (Brest, Francia, 1957), del que habíamos visto las estimables Séraphine (2008), sobre la sencilla y peculiar vida de la pintora Séraphie de Senlis, Violette (2013), sobre la sincera amistad de Violette Leduc y Simone de Beauvoir, o Dos mujeres (2017) que se adentraba en el reencuentro entre una comadrona y la amante de su difunto padre. Relatos sobre mujeres de carácter, libres y humildes, relatos para todos los públicos, donde se reivindica la necesidad de contar historias de mujeres fuertes y resistentes, y enfrentadas a sus circunstancias.

En su nuevo trabajo, Provst, que coescribe el guion con Séverine Werba, capitanea su relato a través de Paulette Van Der Beck, que protagoniza con sabiduría y cercanía una grandísima Juliette Binoche, que siempre está brillante. Paulette es una de esas mujeres que hizo lo que debía y no lo que sentía, que se casó con Robert y ahora lleva la dirección de la escuela. Con la muerte del muermo y salido de su esposo, empieza tanto su liberación personal, a raíz de André Grunvald (fantástico el actor Edouard Baer, poniendo ese contrapunto masculino al relato), un antiguo amante que llegó tarde de la guerra, y la liberación social, que se avecina en la Francia del revolucionario 1968. A su lado, dos mujeres más, la hermana Marie Thérèse (interpretada por una desatada Noémie Lvovsky), que representa la ejecución de esa moral cristiana sobre las mujeres, con ordeno y mando por bandera, y Gilbert, la cuñada de Paulette, la maestra de la cocina, muy reservada y enamorada en secreto de los hombres que la rechazan, que hace una grandiosa Yolande Moreau, actriz fetiche del director.

En la otra parte de la cancha, encontramos a las alumnas, un buen ramillete de jovencitas con esos aires de cambio, como ese maravilloso momento donde bailan desatadas la canción de moda, encabezadas por Annie (Marie Zabulkovec), la más lanzada y liberal con los hombres, Albane (Anamaria Vartolomei) y Corinne (Pauline Briand), que descubrirán que su relación va más allá de la amistad y sueñan con una vida en común en la bohemia de París, y finalmente, Yvette (Lily Taïeb), más apocada y callada, que quiere liberarse de un matrimonio forzado. Provost nos cuenta la cotidianidad de las clases, con sus conflictos propios de una escuela que inculca sometimiento y cadenas a las mujeres, mientras que, en la Francia de entonces, los cambios sociales, y sobre todo, relacionados con las mujeres están cambiando a pasos agigantados. La mezcla de comedia disparatada, con sus momentos “Slapstick”, sus momentos irreverentes y chocantes entre maestras y alumnas, o esos momentos delicados en los que vamos conociendo mucho más los sentimientos que ocultan los diferentes personajes, en los que su trabajo difiere mucho con su intimidad.

La comedia se mezcla con el melodrama, un melodrama femenino, íntimo y singular, donde cada mujer tiene sus motivos para romper las cadenas, ponerse de pie y abrazar otra vida, más libre, más suya, y sobre todo, mirándose al espejo de frente, y relacionarse con los hombres de otra manera, más humana y por igual. Cuanto más se desata y más loca se vuelve la película, más divertida, comprometida y estupenda se vuelve, como ese extraordinario momento con Paulette y André lanzados a correr y jugar por el prado, solos y sin miradas indiscretas, y sobre todo, sin la moral impuesta, se sienten vivos y libres después de muchísimos años, o ese momento completamente hilarante con el equipo de televisión grabando las buena moral de la escuela. Provost ha construido una película de sentimientos y también, de actrices, como sus trabajos anteriores, donde el relato adquiere toda su fuerza y energía por el magnífico trabajo interpretativo de las actrices en cuestión, generando ese espacio donde intérprete e historia casan a la perfección y donde todo gira hacia donde se desea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Mireia Iniesta presenta “Pechos eternos”, de Kinuyo Tanaka

Presentación de la escritora cinematográfica Mireia Iniesta de la película “Pechos eternos”, de Kinuyo Tanaka, en el marco del ciclo “Fantasmagorías del deseo”, en la Filmoteca de Catalunya, en Barcelona, el jueves 8 de febrero de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mireia Iniesta, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

 

Papicha, de Mounia Meddour

UN ESPÍRITU REBELDE.

“Un verdadero espíritu de rebeldía es aquel que busca la felicidad en esta vida”

Henrik Johan Ibsen

En sus primeros instantes, Papicha, la opera prima de Mounia Meddour (Moscú, Rusia, 1978) deja claros su forma y fondo, cuando arranca en mitad de la noche, filmando de forma inquieta la huida de dos jóvenes universitarias, Nedjma y Wassila, que salen a hurtadillas de la residencia donde viven. Cogen un taxi que les espera y las lleva a una discoteca en plena ebullición, donde en sus lavabos venderán la ropa que diseña y fabrica Nedjma. Estamos en la Argelia de 1997, el peor año de la escalada de violencia que arrancó a principios de la década de los noventa, cuando grupos extremistas religiosos se enfrentaron al gobierno, sembrando el terror en la sociedad con secuestros y asesinatos, la llamada “Década negra”. En ese contexto de conservadurismo atroz y horror, la película cuenta la realidad de Nedjam, a la que todos llaman “Papicha” (palabra típicamente argelina que significa “mujer divertida, bonita, liberada”) una joven universitaria que sueña con ser diseñadora de moda.

La cineasta argelina plasma buena parte de sus experiencias personales para hablarnos de un grupo de jóvenes rebeldes, combativas y resistentes en un país azotado por la violencia extrema, en el que reina el caos y la intolerancia a lo diferente, que persigue a todo aquel o aquella que protesta y crítica los abusos y la violencia que se hace en nombre de Dios. La cámara de Léo Levéfre (debutante en la ficción con Papicha, con amplia experiencia como cámara en las películas de Loach) consigue de forma intuitiva y transparente penetrar en el alma de Papicha y sus amigas, escrutando todas sus ilusiones y esperanzas a pesar del contexto tan hostil en el que viven, desde la mencionada Papicha, la citada Wassila que es una romántica empedernida, Samira, que sueña con exiliarse a Canadá o Mehdi, que desea respirar un poco más ante su inminente boda de conveniencia. Una luz tenue y llena de claroscuros que le viene como anillo al dedo a este relato de luces y sombras, que sigue a una joven que quiere romper las normas establecidas o el menos luchar contra ellas.

El montaje nervioso e incisivo de Damien Keyeux (estrecho cómplice del cineasta Nabyl Ayouch, un cineasta marroquí que crítica con dureza la falta de libertad en su país) se convierte en un elemento primordial, ya que se inserta con astucia y energía a ese rompecabezas troceado que demanda la historia de la película. Una fábula febril y combativa que no descansa en un solo instante, llevándonos de forma concisa e incisiva por todos los lugares en los que se desarrolla la película, en que cada vez la amenaza se cierne sobre Papicha y sus amigas, ya que la violencia extrema de los integristas va acercándose a ellas, como el elemento de los carteles que ordenan vestir el velo negro islámico radical a las mujeres, ejemplificando todo lo que va sucediendo, si en un principio aparece en las calles, pronto en las paredes de la residencia, hasta entrar en la habitación de Papicha y las demás, violentando e invadiendo sus espacios de libertad, donde sueñan, cantan, se visten y vibran, donde son ellas mismas sin ningún tipo de condena y mandato religioso. Meddour capta los detalles de la vida cotidiana de forma especial e íntima, recogiendo todo ese espíritu de documento de aquellos instantes que respira la película, bien enlazados con la ficción que explica la narración.

La joven Papicha tiene garra y fuerza, no se detiene ante las adversidades y la tragedia, su espíritu rebelde y resistente contagia a las demás y todas ellas se rebelan con el desfile de moda que quieren hacer, convertido en una acción política y de protesta contra la injusticia en la que están viviendo, enfrentando el “haik”, la pieza de tela de colores vivos que las mujeres se enrollan sobre el cuerpo, contra el “nicab”, el velo negro islámico importado del golfo, que escenifica la violencia, y el extremismo que quieren implantar los sectores más radicales de la sociedad. Aunque quizás el elemento que eleva la película, a parte de su estupendo y ágil guión firmado por Fadette Drouard y la propia directora, no sea otro que la maravillosa y naturalista composición de la joven intérprete Lyna Khoudri, que al igual que la cineasta vivió en sus carnes el exilio de Argelia, actriz de carácter y muy cercana, que ya había despuntado en la película Les bienheureux, de Sofia Djama. En Papicha se convierte en el alma de la función, en la guía y el motor que necesita la película para explicarnos los deseos y las ilusiones más íntimas de una mujer que no desea abandonar su país para estar bien, sino que quiere quedarse y construir su espacio de felicidad a pesar de todo, una elección que conmueve por su carácter rebelde y sobre todo, por sus ansías de cambiar las normas y luchar contra la injusticia.

Al lado de la magnífica Lyna Khoudri, destacan sus compañeras de rebelión que despuntan igual que ella, aportando naturalidad, energía y transparencia,  como Shirine Boutella como Wassila, la amiga inseparable y compañera de fatigas, muy diferente a Papicha, ya que cree en el amor como acto romántico y lleno de ilusión, aceptando la imposición masculina, bien acompañadas por Hilda Douaouda como Samira y Yasin Houicha en el rol de Mehdi, todas ellas reclutadas a través de las redes sociales. Papicha es una película humanista y certera en su discurso, con ese aroma que recogían las películas iraníes de Kiarostami o Panahi, o las más contemporáneas Bar Bahar, de Maysaloun Hamoud, La bicicleta verde, de Haifaa Al-Mansour o El pan de la guerra, de Nora Twomey, entre muchas otras historias que han querido mostrar la lucha cotidiana y resistente de muchas mujeres árabes que se plantan ante el patriarcado y el extremismo religioso, que imponen su forma de vivir a través de una violencia atroz y horrible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las golondrinas de Kabul, de Zabou Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

BAJO EL YUGO TALIBÁN.

“Ser tirano no es ser, sino dejar de ser, y hacer que dejen de ser todos.”

Francisco de Quevedo

La acción se sitúa en el verano de 1998, en la ciudad de Kabul (Afganistán) bajo el yugo de los talibanes, un régimen de horror que acabó con cualquier atisbo de resistencia, y sobre todo, creo un mundo donde la mujer quedó anulada, al amparo del hombre, oculta bajo el burka, vilipendiada y sometida al amparo del tirano. Habíamos visto películas interesantes y profundas sobre este atroz tiempo de la historia del país árabe como Osama, de Siddiq Barmak, A las cinco de la tarde, de Samira Makhmalbaf o Buda explotó por vergüenza, de Hana Makhmalbaf, donde se daba buena cuenta de la terrible situación de la mujer afgana. Incluso, en junio del año pasado, y también con las técnicas de animación, conocimos el relato de Parvana, la heroína de El pan de la guerra, de Nora Twoney, que al igual que ocurría en Osama, su familia la convertía en chico para poder subsistir. Ahora nos llega, Las golondrinas de Kabul, basada en la novela homónima de Yasmina Khadra, que nos cuenta las peripecias de Zunaira y Mohsen, una joven pareja que vive en Kabul, y cómo su destino hará que la penosa y oscura existencia bajo el régimen talibán les dé una oportunidad diferente a la que tienen.

Los productores de Bienvenidos a Bellevilley Ernest & Celestine, dos de las últimas películas de animación francesas de éxito, confiaron en el talento de Zabou Breitman (París, Francia, 1959) con una extensa filmografía como actriz, y directora de teatro y cine con cinco títulos de acción real en su haber. A través de la técnica de la rotoscopia (filmar con intérpretes acciones reales que después se pasaran a animación) misma técnica utilizada en grandes obras del género como Yellow Submarine,  El señor de los anillos, A Scanner Darkly o Vals con Bashir, y la magia de los dibujos en acuarela de Éléa Gobbé-Mélvellec (Francia, 1985) que ya había trabajado en Ernest & Clestine, la simbiosis perfecta para llevar a cabo la sensibilidad y belleza que requería la novela de Khadra. Un espacio que nos sumerge en la cotidianidad de ese Kabul espectral y vacío, donde apenas se ven rastros de vida, en el que todos sus habitantes se mueven por inercia, desplazándose con miedo, agazapados en una realidad terrorífica y desoladora.

La película de Breitman y Gobbé-Mévellec capta con absoluta precisión y detalle todo ese universo deshumanizado, construido a través de las miradas y gestos de unos personajes encerrados en una existencia desgarradora y asfixiante, en que el dibujo nos muestra la cotidianidad de manera abstracta, situándonos en un paisaje urbano que describe el abatimiento que sienten los protagonistas del relato, vaciándonos el espacio y dejándonos en mitad de ese desgarro infernal en el que los talibanes han convertido Kabul, donde crece la infamia, el dolor, el miedo y la sinrazón a cada instante, como el terrorífico detalle de la mirada de las mujeres a través de la rejilla del burka o esa demoledora secuencia de la lapidación. Las directoras francesas parecen guiarnos por una película muy deudora del cine iraní, con la sombra guiadora de los Kiarostami, Panahi, Makhmalbaf, entre otros, un cine que reflejaba en la infancia los durísimos embates contra la población iraní bajo el régimen de los ayatolás.

La cercanía, el preciosismo y la belleza que hace gala la animación se convierten en el mejor vehículo para contarnos de manera sincera e intimista el infierno cotidiano y existencial que viven los personajes, consiguiendo en muchos instantes que olvidemos la animación y nos sintamos frente a un documento real sobre la situación vital de la población afgana que padeció tamaño sufrimiento, sensación manifiesta gracias a la fantástica ilustración, acompañado de un movimiento y sonido evolventes, con el aroma que desprende y la precisión de su brillante guión, transformando un relato que va más allá de la simple historia, para adentrase en un terreno más universal, con unas personas que sueñan con ser libres y luchan por conseguirlo, donde las circunstancias del momento pueden cambiar de tal forma que el infierno persistente y agobiante de la realidad, abra un resquicio de luz por el que la vida ofrezca una oportunidad inesperada pero real para sus vidas, como ocurría en Funan, de Denis Do, otra impresionante muestra de cómo la animación evocaba los infiernos personales de los camboyanos bajo el yugo de los Jemeres Rojos.

En Las golondrinas de Kabul (bellísimo título que evoca a esa libertad que añoran los personajes de la película) Breitman y Gobbé-Mélvellec consiguen unos personajes diversos y complejos, todos en situaciones difíciles, todos en encrucijadas vitales en las que deberán situarse en aquel lugar de resistencia aunque para ellos tengan que sacrificar muchas cosas, en una trama brutal y magnífica que va in crescendo, con un ritmo desbordante en el que no dejará indiferente a ningún espectador, soportando esa malvada cotidianidad donde solo los valientes y sobre todo, aquellos que nada tienen que perder, se atreverán a ir más allá, a cruzar las líneas que jamás hay que cruzar en situaciones tan horribles, en creer que hay vida tras los muros de la ignominia y la crueldad talibán. Una película humanista, sencilla, honesta, maravillosa e íntima que sabe sumergirse con maestría en la cotidianidad de los afganos bajo el yugo talibán, en sus ilusiones rotas, en sus conciencias abatidas, en sus sentimientos vaciados, y sus dignidades pisoteadas, pero también, nos muestra que todo esa frustración vilipendiada y oculta, puede un día emerger y construir un espacio de libertad y dignidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El huevo del dinosaurio, de Quan’an Wang

UNA GRAN MUJER.

“Con el neorrealismo nos “vimos” desde fuera, de modo despejado, casi con descuido, castigando con ese descuido todas nuestras ambiciones creativas. Así le fue devuelta su autenticidad a las cosas, llegando a una función del cine que ya no era personal, egoísta, sino social”

Roberto Rossellini

Una mañana aparece el cadáver de una mujer en mitad de la estepa de Mongolia. La policía ordena a un joven agente custodiar el cuerpo durante la noche, una joven pastora de la zona le ayudará a pasar en compañía las horas nocturnas, para protegerle de los lobos. Una noche donde intimarán, abrazando sus cuerpos y dejándose llevar. A la mañana siguiente, sus caminos se separarán. El séptimo trabajo de Quan’an Wang (Yan’an, China, 1965) vuelve a las áridas y desiertas tierras gélidas de la estepa de Mongolia, como lo hiciera anteriormente con su recordada película La boda de Tuya (2006) para volverse a centrar en una mujer, como acostumbra en su cinematografía, llena de personajes femeninos de carácter y solitarios, de condición humilde y sencilla, que deben enfrentarse a las vicisitudes de la vida, las injusticias y desigualdades de una China cada vez más polarizada e individualista.

El cineasta chino, al igual que sus coetáneos como Wang Xiaoshuai o Jia Zhangke, exploran con actitud crítica, profundidad y belleza formal los grandes cambios sociales y económicos de su país, deteniéndose en las clases más vulnerables y condicionadas por ese crecimiento desaforado. Quan’an arranca su película a modo de thriller rural, mostrándonos un cadáver, un caso de asesinato según los indicios de la policía, peor pronto descubriremos que las intenciones del relato se encamina por otros derroteros, más condicionados por la vida y todas sus consecuencias y conflictos. El huevo del dinosaurio también funciona como ejercicio de etnografía, mostrándonos la cotidianidad del pastoreo de corderos a lomos de un camello, actividad en vías de extinción por sus dificultades y restricciones legales, así como la matanza del cordero, y la monotonía de una vida solitaria de pastorear entre la largas caminatas por la estepa soportando las bajas temperaturas y la soledad imperante.

Pero, la película de Quan’an va mucho más allá, el thriller rural del inicio deja paso a un relato profundo y sincero sobre la vida, el amor y la muerte, un western minimalista en la que vuelve a incidir en la dificultad de la mujer de vivir sin un hombre en tierras tan inhóspitas como ocurría en La boda de Tuya, en la búsqueda del amor, y sobre todo, en la necesidad de compartir como forma necesaria de vivir y enfrentarse a los embates de la existencia. El director chino vuelve a hacer gala de un preciosismo formal deslumbrante, en un trabajo exquisito y detallista en que el paisaje de la estepa se convierte en un personaje más con sus extensas llanuras, su aire gélido, sus amaneceres y atardeceres de inusitada belleza, el viento arreciante, y el incesante caminar de los corderos y del camello, con la mirada avizora de la pastora. El relato imprime ese tempo cinematográfico lento y pausado, acompañándonos en la monotonía de los quehaceres diarios de la pastora, sus encuentros furtivos sexuales con su pastor amado, en una relación difícil que arrastra un hecho traumático del pasado, en esas idas y venidas donde el amor y al vida, y las circunstancias particulares se mezclan, siguiendo también la experiencia del joven policía que, después de su encuentro con la pastora, se ve envuelto en otro affaire con una compañera.

Quan’an se toma su tiempo para constarnos su relato, obedeciendo al tiempo de la estepa, donde el día es trabajo y caminatas, y las noches, junto al fuego, se enmarcan en otro tiempo, más recóndito y de piel y cuerpos entrelazándose. Con especial cuidado con el sonido del relato, dejando el ambiental como forma única, real y cotidiana de aquello que va sucediendo, arrastrando al espectador a ese vaivén de luces y sonidos que alimentan cada instante de la película, haciéndola única, necesaria, sencilla y apabullante. Como viene siendo habitual en su cine, Quan’an vuelve a contar con intérpretes profesionales mezclados con personas de la zona que interpretan roles, creando ese vínculo esencial y vital para la construcción del relato, donde emerge la composición fascinante y conmovedora de Dulamjav Enkhtaivan como esa pastora valiente, generosa y trabajadora, que se enfrenta a todas las circunstancias con una entereza elogiable, capaz de todo y con todos, Gangtemuer Arild como ese Jefe de Policía en las puertas del retiro, con su forma particular de trabajar y hablar, Norovsambuu como el policía joven, conociendo el amor, el sexo, la pérdida y la vida en toda su plenitud y oscuridad, y finalmente, Aorigeletu el pastor amante de la pastora, un tipo que cabalga con su moto por la estepa, solitario y sencillo.

El director chino ha construido un relato humanista, sobre la Mongolia rural y actual, sobre los deseos y las ilusiones de tantos que batallan en paisajes tan agrestes y difíciles, donde lo humano y lo salvaje se mezclan y funden. Un relato que  nos lleva de la mano acariciándonos nuestros sentidos y nuestra forma de observar la estepa y sus moradores, en este impresionante retrato sobre los ciclos de la vida, situándonos en el centro de la acción, siendo espectadores privilegiados en los que asistimos a la vida, al amor y la muerte, donde el proceso nunca termina, donde todo se mezcla, se funde con el paisaje, y todo parece obedecer unas leyes naturales donde vida y muerte es uno solo, haciendo gala de un sentido del humor crítico y cínico, donde cada personaje, según sus vivencias toma un partido u otro. La pastora a la que llaman “Dinosaurio”, y ese huevo que hace referencia al título, nos muestra que a veces la vida nos condiciona y nos va llevando al lugar que debemos estar, en un acto de generosidad y valentía, en el que nosotros debemos dejarnos llevar y no resistirnos a lo que sentimos y sobre todo, no sentir miedo por lo que vendrá, porque seguro que cuando sea no será ni mucho menos como lo habíamos imaginado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mariana di Girolamo

Entrevista a Mariana di Girolamo, actriz de la película “Ema”, de Pablo Larraín, en el hall del Soho House en Barcelona, el miércoles 22 de enero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marian di Rirolamo, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Lara Pérez Caminha de BTeam Pictures, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Dios es mujer y se llama Petrunya, Teona Strugar Mitevska

UNA MUJER VALIENTE.

“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”

Simone de Beauvoir

La sátira, el humor negro y el sarcasmo fueron las herramientas que utilizó el guionista Rafael Azcona (1926-2008) para hablarnos de las injusticias y miserias que campaban durante el franquismo, poniendo el foco en las dificultades de una población que malvivía para adquirir una vivienda, conseguir un trabajo digno o pagar la letra de un motocarro que era el sustento de su existencia. Comedias que además de hacernos reír, vistas hoy en día resultan el mejor retrato de lo que fue España y sus ciudadanos. La misma estela sobre la forma de contar historias sociales es la que sigue Teona Strugar Mitevska (Skopie, Macedonia, 1974) cineasta que ha tocado temas tan diversos como la guerra de los Balcanes, las consecuencias nefastas del régimen comunista, las contradicciones de las generaciones jóvenes frente a lo tradicional, y el combate de unas mujeres por ser ellas mismas, temas que vuelven a sonar en su quinto trabajo como directora.

La cineasta macedonia nos sitúa en el pequeño pueblo de Stip, en el que nos presenta a Petrunya, una mujer poco agraciada y de ideas diferentes a la realidad en la vive que, a pesar de su licenciatura de historia no encuentra trabajo, y además tiene que aguantar las impertinencias y la dureza de una madre anclada en el pasado. Pero todo va a cambiar para ella, cuando en el día de la festividad religiosa ortodoxa, el sacerdote arroja una cruz de madera al río para que cientos de hombres se lancen para conseguirla, aunque este año será Petrunya quién la coja, generando un cisma en el pueblo, convirtiéndose en la ira de los hombres, el sacerdote y la ley. Strugar Mitevska construye una película con el armazón de una comedia satírica e irreverente, que bajo esa capa de ligereza oculta un relato sobre la injusticia en una sociedad sometida a las tradiciones de una mirada completamente machista y patriarcal, donde las mujeres existen bajo la superficie de las hombres y sus ideas, y cualquier cambio provocado se convertirá en una ofensa para los valores tradicionalistas.

El conflicto entre tradición que representan la iglesia, el estado y la madre de Petrunya, y modernidad, que sería lo que combate Petrunya, queda muy bien reflejado en la película, en la que el personaje de Slavica, la periodista vendría a ser esa mujer a la que aspira Petrunya, alguien que tiene un trabajo, lo defiende y se ha convertido en la voz de la injusticia. Petrunya es una especie de patito feo encerrada en un ambiente opresivo y tradicional, alguien que por su forma de ser y carácter se ha erigido como una persona diferente al resto de su pueblo, alguien con ideas y actitudes propias, desde su forma de vestir o su forma de encarar su propia vida, muy alejada del resto, una vida que se verá superada por los acontecimientos en un inicio, para luego demostrar y demostrarse quién es y él porque de su acto, defendiendo con fuerza y decisión, y sobre todo, enfrentándose a todos, no solo la cruz que ha ganado limpiamente, sino también, el hecho de defender que una mujer haya roto las normas injustas de una tradición antidemocrática y en contra de los derechos de libertad individual.

La directora macedonia sigue la tradición de cierta comedia negra balcánica que escondían dramas oscuros y brutales para hablar de los conflictos sociales, económicos y culturales del entorno como hacían Kusturica, Makavejev o Paskaljevic, o los nuevos valores como Tanovic o Cvitkovic, relatos sobre la realidad de los ciudadanos y sus problemas cotidianos, que ahora se miran como reflejos históricos de la época que describen mejor aquellas circunstancias que muchos diarios y ensayos del momento. Un reparto excelente y bien conjuntado que interpreta con brillante naturalidad todos los roles en cuestión del conflicto, sobresaliendo enormemente la protagonista Zorica Nusheva, de trayectoria cómica en el teatro, con esa mirada que traspasa, y esa fuerza intrínseca que despliega durante todo el metraje, luciéndose de forma magnífica creando un personaje sencillo y humilde, que dará un golpe en la mesa para ser quién quiere ser, a pesar de la tradición, y defendiendo con uñas y dientes aquello que considera justo y humano, independientemente de lo que piensan esa mayoría borrega que representan el sacerdote, la policía como el estado a favor de la tradición, o esa jauría de hombres que se dicen religiosos y no respetan ideas diferentes a las suyas.

Dios es mujer y se llama Petrunya es una película fantástica, apasionante y completamente actual, con esa mirada intensa y humanista sobre aquellos cánones estúpidos y fascistas con los que se sustentan muchas sociedades que gritan democracia y la atentan en cada ocasión que pueden, convirtiéndose en meras pantomimas de una libertad en teoría no en la práctica, a través de su sencillez y manifiesta humildad, contándonos un conflicto local que es a la vez un conflicto universal, a partir de alguien que se ha cansado de ser invisible, de alguien que despertará y hará despertar a los demás de esa pesadilla de tradiciones que no respetan a las mujeres y su diversidad. Un relato que viene a tambalear esas estructuras decimonónicas injustas que deben cambiarse ya que atentan contra la modernidad, contra todo lo diferente, contra personas como Petrunya, una mujer valiente, diferente, con coraje y carácter que es una rara avis, un obstáculo para la intolerancia y el borreguismo anclado en la sociedad de hoy en día, siendo esa figura que pone en entredicho todas esas formas tradicionales que atentan contra la libertad de decisión de los seres humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA