Entrevista a Marçal Cebrian

Entrevista a Marçal Cebrian, coguionista de la película “La hija de un ladrón”, de Belén Funes, en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el viernes 22 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marçal Cebrian, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La hija de un ladrón, de Belén Funes

SARA PELEANDO POR LA VIDA.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

(Fragmento de Los Nadies de Eduardo Galeano)

Sara a la fuga (2015) nos situaba en la mirada de una adolescente sola, que soñaba con una llamada de su padre mientras se sentía encarcelada en el centro de menores donde vivía. La inútil (2017) hablaba de Merche, una joven también sola, que se sentía vacía, perdida, como una inútil, alejada de todos y ajena a ese entorno que no comprendía. Dos películas breves de Belén Funes (Barcelona, 1984) que pasó por las aulas de la Escac, donde comenzó a trabajar como ayudante en los largometrajes de Mar Coll, Elena Trapé, Liliana Torres, Marçal Forés y Nely Reguera, y en varias películas de Isabel Coixet.

Con todo ese bagaje profesional y amén de sus películas breves, se puso manos a la obra, y partiendo de Sara a la fuga, junto a su guionista Marçal Cebrian, sacan a la luz La hija de un ladrón, protagonizada por aquella Sara que ha salido del centro de menores y vive en un piso tutelado junto a su bebé, mientras lucha por tener una vida normal. La salida de prisión de su padre provocará un cisma interno y físico en el que Sara intentará por todos los medios alejar a su progenitor de su vida, y sobre todo, de su hermano pequeño que al igual que le pasó a ella, vive en un centro de menores. El relato, seco y asfixiante, se sitúa en la mirada y el cuerpo de Sara, a través de sus movimientos, una existencia de aquí para allá, con esa cámara inquieta y febril que la sigue día y noche, sin tiempo para detenerse, para relajarse, una vida a contrarreloj donde el tiempo prima y la vida de Sara constantemente pende de un hilo muy fino, peleando con uñas y dientes para reconstruir su vida, una vida dura y sola, donde siempre ha echado en falta el cariño y el amor. Una vida sin amor, sin nada, que ahora Sara intenta salir de ahí, convertirse en una persona normal, tirar hacia adelante, encontrar un trabajo y empezar a tener amor, aunque sea muy poco y a su manera, que ya es mucho para alguien que ha sufrido tanto como ella.

Funes ha construido una película muy física y sensible con el material que trata, acercándose con su cámara lo suficiente para describir los deseos e ilusiones de una joven sola y herida, pero manteniéndose en esa posición moral en la que no juzga a su personaje y su situación, cediendo esa posición al espectador que será el que deberá involucrarse. Sara es frágil, arrastra heridas físicas y emocionales de tantos años desprotegida y violentada, pero ella no se rinde, ni puede ni quiere, solo quiere ser ella misma, criar a su hijo, con la ayuda del padre de la criatura que ya no quiera estar con ella como pareja, y ayudar a su hermano pequeño para que no viva lo mismo que ella vivió, y sobre todo, alejar a su padre de su vida, aunque la cueste la vida en ello, y seguir peleando por su vida, por las cosas que quiere y por ser quién quiere ser. La directora barcelonesa localiza su película en las afueras de su ciudad, en esos espacios invisibles y desfavorecidos, en barrios obreros de antaño, ahora convertidos en lugares precarios, donde los trabajos escasean o son paupérrimos, sitios donde la vida se ha convertido en una aventura cotidiana donde la existencia ya es mucho, donde se vive con muy poco, donde cada batalla ganada es la hostia.

Un relato contenido y sensible, hecho con sinceridad y honestidad, deteniéndose en esas partes de la sociedad que poco vemos en la pantalla, protagonizada por una mujer convertida a su pesar en una heroína cotidiana, que arrastra un pasado violento en su entorno familiar, que nos habla de los conflictos en las relaciones de padres e hijos que se centra en la dificultad de amar, en la falta de herramientas para amar a los tuyos, a la torpeza de nuestras emociones, a sentirse faltos de cariño y no saber ni expresarlo ni compartirlo. Cine de aquí y ahora, cine de la calle, cine social bien contado y filmado, cine que recoge mucho de los universos obreros y sociales de Un sabor a miel, de Tony Richardson, donde una chica encontraba el apoyo en un homosexual, el que no tenía en su madre, para criar a su bebé. En Ladybird, Ladybird, de Ken Loach, donde una madre sola con los hijos custodiados por el estado, trataba de rechace su vida junto a un refugiado. En Rosetta, de Jean-Pierre y Luc Dardenne, una chica trabaja duro por encontrar empleo para huir de la precariedad junto a una madre alcohólica. Y finalmente, en Ayka, de Sergei Dvortsevoy, una refugiada ilegal en Rusia peleaba por salir adelante después de parir a su hijo. Todas ellas historias de mujeres solas, de la misma clase social, la que no tiene ni vida, ni hogar, ni amor, aquella que por circunstancias personales o sociales, se han visto abocadas a una vida invisible, durísima y sin nada. Mujeres que intentan, a pesar de las terribles dificultades, seguir en pie, luchando por mejorar su vida y queriéndose un poquito más.

Funes pone en liza un reparto incomensurable y veraz que aportan naturalidad e intimidad a una historia díficil peor cercana encabezados por una extraordinaria Greta Fernández, que hace sencillo lo complejo y demuestra una capacidad para mostrar lo íntimo mezclado con la dureza de su personaje, con esa mirada triste pero valiente que luchará por su vida, junto a ella Eduard Fernández, haciendo de padre e hija por primera vez, aportando esa frialdad y amargura que ha representado la vida familiar, y junto a ellos, Àlex Monner, que sabe transmitir a ese joven que ayudará a Sara aunque ya no la quiera como pareja. Y el equipo técnico, en el que Funes vuelve a acompañarse de sus cómplices habituales que le acompañan desde sus películas breves como el citado Cebrian, en labores de escritura, Neus Ollé en la cinematografía, una indispensable para muchos largos surgidos de la Escac, Bernat Aragonés en la edición, Sergi Rueda y Enrique G. Bermejo en sonido y Marta Bazaco en arte y Desirée Guirao en vestuario, creando ese espíritu de compañerismo y cooperativista que ya se sentía en películas como Tres dies amb la familia, de Mar Coll o Lo mejor de mí, de Roser Aguilar, quizás los dos largos que vislumbraron un camino lleno de talento en el que ahora se incorpora Funes en el largometraje por la puerta grande, conmoviéndonos con su sensibilidad y dureza en un retrato lleno de armonía y brutalidad, un espejo realista de tantas vidas en el fango, de tantas existencias violentadas, de tantos caminos rotos en mil pedazos, de tantas reconstrucciones por hacer, de tanta falta de amor en mundo cada vez más deshumanizado, individualista y competitivo, de tanta soledad que desgarra, en el que emerge una figura frágil pero fuerte como Sara, una mujer que no se detendrá ante nada, ni ante su padre, ni ante las dificultades, porque ella quiere seguir en pie, luchando y sobre todo, quiere ser una persona normal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lo que Walaa quiere, de Christy Garland

QUIERO SER UNA SOLDADO.

“Soñar debería estar prohibido, porque soñar significa casi siempre protestar”.

Emmanuele Arsan

Desde que estalló la guerra árabe-israeliana en 1948, conocida como Al-Nakba (“La Catástrofe”) que supuso la aparición del estado de Israel y condenó al éxodo de buena parte del pueblo palestino, unas gentes que el ACNUR cifra en más de 5 millones los refugiados. En la actualidad, en Cisjordania aún viven más de 800000, repartidos en los campos de refugiados como Balata, en la ciudad de Nablus (Palestina). Una de esas palestinas refugiadas es Walaa Khaled y su familia. Del conflicto árabe-israelí hemos visto muchas películas desde miradas muy diferentes, aunque no muchas desde el punto de vista de la infancia, los más vulnerables a este tipo de conflictos bélicos. De los más recordados serían Promises, de Carlos Bolado, B. Z. Goldberg y Justine Shapiro, del año 2001, un excepcional documento que ponía el foco en testimonios de niños y niñas de entre 9 y 13 años, que explicaban a la cámara sus cotidianidades y sus reflexiones sobre el conflicto desde una sinceridad y honestidad digna de elogio.

La directora Christy Garland (Cánada, 1968) especialista en tratar temas universales desde miradas sinceras y conmovedoras nos habla del eterno conflicto entre árabes y palestinos desde la mirada de Walaa, una niña encerrada en su propio país, de fuerte carácter y obstinada, aunque también rebelde, tiene el sueño de convertirse en policía y trabajar para la Autoridad Palestina, con una madre que acaba de salir de la cárcel después de pasarse 8 años por ayudar a un terrorista suicida, y con un hermano que sueña con convertirse en un luchador callejero. Garland acota su película desde los 15 a los 21 años de Walaa, mostrando una realidad muy íntima y cercana del hogar donde la niña y su familia viven, los sueños de Walaa, su período en la academia policial para realizar su sueño, con sus conflictos internos y externos, soportar los durísimos entrenamientos, su dificultad para aceptar disciplina y aplacar sus ansias de individualismo y rebeldías constantes, su energía y carácter ante las actividades y el orden militar, y luego, cuando una vez convertida en policía, el día a día en esas calles convertidas en un polvorín eterno, y las discusiones con su madre debido a sus choques en la forma de ver el trabajo de Walaa y el incierto futuro que les espera a una gente secuestrada en su propio país y olvidados por la política internacional.

Garland no juzga a su protagonista, la filma en sus quehaceres diarios, ya sean en su hogar como en la academia militar, siguiéndola desde la más absoluta intimidad y mostrando los diferentes estados anímicos por los pasa la niña-joven en su período de aprendizajes y conocimientos, tanto como su crecimiento personal como las adversidades físicas y emocionales con las que se va encontrando en su camino. La novedosa y brutal mirada de Garland al conflicto desde el punto de vista de Walaa resulta un documento excepcional e inaudito, como pocas veces se había visto, con un personaje como el de Walaa lleno de ira y rabia por la situación familiar y de su patria, y seremos testigos privilegiados de ver su evolución de niña a mujer, soportando sus aciertos y debilidades, su vulnerabilidad frente al estamento militar, las propias contradicciones de cómo afrontar un conflicto tan largo en el tiempo y las diferentes formas de verlo y actuar frente a él.

Garland ha construido un diario intenso y profundo sobre todos esos niños y niñas que no conocen otra realidad que la del abuso, persecución e invasión del estado de Israel en su tierra, y nos explica las herramientas que tienen para paliar y sobrevivir entre una crudísima realidad que no tiene vistos de cambio, en que las acciones de Walaa desde el estado chocan frontalmente con las acciones de Mohammed, su hermano que sin trabajo ni futuro a la vista, se echa a las calles a protestar y es detenido. Una película magnífica y honesta, que interpela a los espectadores las diferentes miradas de una lucha constante y triste, que acaba minando las vidas de tantos niños y jóvenes que se sienten atrapados en una tierra ocupada, en una tierra en llamas, en una tierra que sólo les pertenece en sueños o por las historias que contaban esos abuelos que casi ya no recuerdan, una lucha de tantos años como ese retrato de Yasser Arafat que sigue siendo la llama del pueblo palestino, un pueblo que sigue en pie, en lucha y convencido de su destino como el personaje de Walaa, alguien que define muy bien el carácter del pueblo palestino. JOSÉ A. PEREZ GUEVARA

El despertar de las hormigas, de Antonella Sudasassi

DECIDIR QUIÉN QUIERES SER.

“Aprender a amar es un acto político”.

Antonella Sudasassi

Isabel tiene 30 años. Isabel es madre de dos hijas que cuida con ternura y sensibilidad. También, es una esposa complaciente con su marido, al que trata con amor. Limpia la pequeña casa con esmero y dedicación. Y cuando sus quehaceres domésticos la dejan un instante, se introduce en su pequeña habitación de costura donde recibe vecinas a las que arregla y diseña sus vestidos. Isabel ha crecido siendo una mujer servicial, siempre pendiente de los demás, de sus necesidades, de sus deseos, de su bienestar. Aunque, parece que nadie pregunta a Isabel por su situación emocional, incluso nadie le pregunta por ese oculto deseo de Isabel de abrir una tiendecita de costura, un verdadero sueño para su existencia. Isabel vive ausente, callada, casi invisible, a la que todos acuden para resolver sus conflictos, sin darse cuenta que Isabel también tiene conflictos que resolver pero se los calla, no los comparte, porque no fue educada para eso, fue educada para servir a los demás, para seguir la línea trazada, para estar a punto cuando su marido quiere sexo, sin preguntarle a ella pro su satisfacción. Isabel mantiene silencio, porque nadie se ha preocupado de su intimidad, porque su marido quiere un tercer hijo, y varón para más detalle, aunque Isabel no lo ve tan claro, porque ella ha empezado a cuestionarse su vida, su feminidad, su sexualidad y su realización personal, que quizás no es la que tiene en su vida.

La directora Antonella Sudasassi (San José, Costa Rica, 1986) ya exploró todos los temas internos de la mujer en su etapa infantil en su pieza de 17 minutos La niñez (2016) para poner el foco en la mujer, en sus deseos ocultos, los que se calla, porque la realidad se impone, y sobre todo, lo que se espera de ella, como deja claro y con contundencia en el arranque de la película, durante la celebración familiar, en la que Isabel acaba de preparar un pastel y todos y todas le recriminan su tardanza, en una primera secuencia que ya observamos la actitud ausente e invisible de Isabel, en la que su propia familia esperan que reaccione como se le espera, no como ella quisiera, y ese demoledor instante en que la mujer imagina como destroza el pastel con sus propias manos, unos deseos ocultos que a lo largo de la película veremos cómo se materializan en diversos flash mentales de Isabel. Sudasassi nos guía por este disección de la mujer y todo su interior a través de la omnipresente Isabel, conduciéndonos por ese pequeño pueblo costarricense donde se mueve en una armonía establecida, conservadora y anclada desde siglos, donde todo se rige por unas estructuras sociales muy marcadas e inamovibles, donde no hay un leve resquicio para que Isabel y las mujeres digan la suya, sean ellas mismas y puedan decidir alguna cosa, por mínima que sea.

La directora centroamericana debuta en el largometraje con un relato-retrato extraordinariamente sutil y sobrio, alejado de cualquier tipo de pretenciosidad y panfleto feminista, sino todo lo contrario, reivindicando a la mujer con sus deseos y contradicciones,  de forma honesta y sencilla, donde el conflicto se desarrolla en silencio, oculto, alejado de las miradas inquisidoras que pululan por la película, a través de esa cotidianidad que asusta de lo íntima y natural que se muestra, como si la pudiéramos tocar u oler, tan de aquí y ahora que produce escalofríos a pesar del calor insoportable que padece Isabel y los demás personajes, con esas hormigas que se cuelan por cualquier resquicio del hogar, extraordinaria metáfora de esa invasión, tanto física como interna, que ha empezado a producirse en el interior de Isabel, como esos momentos cruciales en la película cuando la protagonista se ducha y no puede desquitarse las pegajosas hormigas, ese calo pegajoso tan agobiante, o esos otros encuentros sexuales con su marido donde Isabel, siempre debajo, más que disfrutar del acto, se encoge con las violentas acometidas del marido.

Una película formalmente muy estilizada, donde el tiempo pesa y todo parece demasiado estático, tanto las cosas como la existencia de Isabel, contándonos toda esa mugre existencial a través de una atmósfera asfixiante, con esos planos estáticos y largos, en los que apreciamos la vida carcelaria en la que vive la desdichada Isabel, donde apenas hay secuencias exteriores, y si las hay todo son prisas e inquietudes, quizás ese instante en el mar cuando Isabel mira desde la horilla la extensión del agua, casi como un grito de libertad, ajena al grupo familiar que se divierte atrás, igual que el arranque de la película, en un claro reflejo del conflicto interior que batalla en el interior de Isabel, entre el deber tradicional como esposa y madre, y esos sentimientos que contradicen toda esa estructura social y grita con fuerza para poder salir y empezar a decidir su vida, su maternidad y sexualidad, como si le apetece echarse unos tragos con una amiga que nadie traga.

Isabel tiene una mirada que difiere de su vida hasta ahora y de su familia, cansada de ser quién no es, y esperanzada de empezar a caminar en otra dirección, cambiar el rumbo, abriendo nuevos senderos, nuevas ilusiones, y sobre todo, nuevos sentidos, porque los que están ya no les seducen, han quedado caducos, donde Isabel (magistral la interpretación de Daniella Valenciano, a través de sus intensas miradas, sus leves gestos, profundos y  detallistas, y su manera de moverse, de aquí para allá, y esa larga melena, rebelde y difícil de sujetar, símbolo de esa prisión, primero y liberación, después de su vida) caminará hacia una vida nueva e ilusionante, en la que quiere despertar a ese ser dormido y servil, experimentando sus deseos e ilusiones y sentir de nuevo, un renacer en el que volver a aprenderlo todo,  reivindicando su forma de sentir y amar, dejar atrás las cargas tradicionales del pasado, y caminando hacia un futuro amplio y diferente que le haga sentir como mujer, libre y en paz con ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/310113395″>ELAMEDIA ESTUDIOS</a> from <a href=”https://vimeo.com/elamedia”>Elamedia Estudios</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Carolina Astudillo

Entrevista a Carolina Astudillo Muñoz, directora de “Ainhoa, yo no soy esa”. El encuentro tuvo lugar el lunes 1 de julio de 2018 en la vivienda de la directora.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carolina Astudillo Muñoz, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Carlos Losilla, impulsor de la sección de “Un impulso Colectivo” en el D’A Film Festival.

La portuguesa, de Rita Azevedo Gomes

LA MUJER LIBRE.

“La grandeza humana tiene raíces en lo irracional”.

Robert Musil

En un tiempo indeterminado, junto a las ruinas que antaño fuera un palacio lujoso, vemos a una mujer de avanzada edad reposando. Un rato después, se levanta y mientras camina comienza a cantar un poema. Ella es una visitante que vaga por el relato, sin destino, con un pie aquí y otro en otro tiempo, alguien sin tiempo ni raíces, alguien que nos irá anunciando los diferentes tramos de la película. Después de este brevísimo prólogo, la película se posa en la Edad Media, tiempos de guerra, convulsos e inestables, en algún lugar de un viaje con rumbo al Norte de Italia, donde Lord Von Ketten disputa el Episcopado al obispo de Trento. Conoceremos a “La portuguesa”, la bella esposa, casi una niña, de Von Ketten, que ha vivido un año de luna de miel junto a su esposo y acaba de dar a luz a su primer hijo. Una vez llegado al destino, un esplendoroso palacio que se alza con siglos de historia familiar, el señor de la casa partirá a la guerra, una guerra que durará once larguísimos años, mientras, “La portuguesa” esperará rodeada de su séquito, y abriéndose a la vida y sus diferentes placeres y emociones.

El nuevo trabajo de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952) vuelve a recoger su materia prima en un relato del escritor austríaco Robert Musil (1880-1942) incluido en su libro Tres mujeres (escritor que ya había ha sido adaptado al cine de la mano de Volker Schlöndorff en El joven Törless en 1966) como ya había sucedido en sus anteriores películas, donde había adaptado a André Gide, Stefan Zweig en A Colecção Invisível (2009) o a Barbey D’Aurevilly en La venganza de una mujer (2012). Después de Correspondencias, de hace tres años, donde a medio camino entre el ensayo documental y la ficción, seguía el doloroso exilio del poeta portugués Jorge de Sena, Gomes vuelve a sus atmósferas asfixiantes y tediosas, a sus relatos protagonizados por mujeres solitarias, despechadas y tristes, a esos espacios donde la vida se detiene, en que las cosas adquieren otra naturaleza, como si significado cambiará y ahora fuesen de otra forma, invisible para los ojos e imperceptible para los sentidos.

La directora portuguesa nos sumerge en la mirada de “La portuguesa”, donde al comienzo la vemos esplendorosa, bella y exultante de alegría, erotismo y amor, peor la iremos viendo, casi al minuto, su descomposición, su tristeza y su soledad, debido a esa guerra que ausenta su marido, si bien su primer retorno, todo parece volver, la sensualidad olvidada renace y los dos amantes practican el juego del amor y el erotismo propio de los enamorados. Pero, después de su marcha, el tedio vuelve a contaminar el espíritu de la joven esposa, los años pasan y nada cambia, aunque la mujer experimenta cambios, nuevas sensaciones, y la vida cambia adquiriendo nuevos sentidos y oportunidades, nuevas maneras de vivir, de reír, de cantar, de nadar, de sentir, y de rehacerse a cada instante, acostumbrándose a la ausencia del esposo, que cuando vuelve, se convierte en un ser espectral, alguien extraño en un palacio casi en ruinas, debido a tanta gasto ocasionado por la guerra, una lucha eterna que mantenía el orden establecido provocado pro años de guerras sin fin. Ahora, con la paz, todo parece haberse roto, una paz que provoca corrupción y miedo, un tiempo olvidado y fantasmal, donde todo parece encogerse lleno de incertidumbre y vacío, donde las cosas atienden a otras formas más frágiles e inquietas.

Gomes opta por una forma quieta y bella, donde sus “Tableaux Vivants”, naturalistas y cotidianos, con el aroma de Vermeer o Zurbarán, con esa profundidad de campo, en que cada figura humana, objeto y colores, donde predominan el azul claro y los oscuros, consiguen sumergirnos en la vida y el alma de “La portuguesa”, una extraña entre todos, y sobre todo, de ella misma, en unos encuadres estáticos obra de Acácio de Almeida, que ha filmado casi todos los trabajos de la directora. Los 136 minutos de metraje nos llevan por ese mundo sin hombres, o sin el señor de la casa, esa ausencia que parece el fin en un primer momento, después, para su joven esposa se convierte en una seña de liberación, de experimentación a la vida y a todas las cosas y objetos que la forman, de arrancarse el corsé, soltarse la melena y llevar ropas sueltas y convertirse en un espíritu libre, brillante y de una fuerza irrompible y llena de vida.

La brillante adaptación obra de la escritora Agustina Bessa-Luís (Amaranto, Portugal, 1928) que ya había trabajado con Gomes en A conquista de Faro (2005) y con Oliveira en dos de sus celebrados dramas como El principio de la incertidumbre (2002) o El valle de Abraham (1993) compone a través de la literatura, la poesía, el teatro y la ópera, una obra compuesta en tres tiempos, en un primer tramo, conoceremos a Von Ketten y a su joven esposa, y el amor que se profesan y el reencuentro después de la guerra. En un segundo tramo, el más extenso de la película, “La portuguesa” experimenta la tristeza y la soledad de sentirse alejada del ser amado, para después experimentar un cambio profundo que la hará liberarse de ella misma y dar rienda suelta a sus emociones, conociendo todas aquellas cosas que antes no era capaz de ver ni de sentir, como nadar desnuda en un río lleno de hojas, cantar a la vida y la luz, llevar ropas holgadas y soltarse el cabello y correr libre por el bosque, moldear con el barro figuras en forma de animal, o incluso, jugar y coquetear con su primo lejano de Portugal, un tiempo en que la añoranza a su marido y tierra desparecen y dejan paso a la vida y la libertad de estar consigo misma sin tener que dar explicaciones a nadie.

Gomes recoge e inserta de forma brillante y natural el aroma que imprimía las imágenes de Manoel de Oliveira, el Bresson de Lancelot du Lac, o el Rohmer de La marquesa de O, o los Taviani de Maravilloso Bocccaccio, entre otros, con la poesía y literatura románticas, en la que jóvenes heroínas solitarias y perdidas en inmensos palacios, aguardan la llegada de maridos en la guerra que parece que nunca regresarán, con la brillante interpretación de la casi debutante Clara Riedenstein, con esa melena rojiza y esa tez pálida, convertida en una extraña y extranjera en su propia casa, por su físico y su forma de enfrentar la ausencia, Marcello Urgeghe, como su esposo, esplendoroso al principio y poco a poco, derrumbándose y convirtiéndose en una especie de fantasma errante sin vida, sin mujer y sin nada, Rita Durão (actriz fetiche de Gomes, protagonista en A conquista de Faro, A Colecção Invisível y La venganza de una mujer) componiendo un personaje de criada enigmático y silencioso) y finalmente, la gran Ingrid Caven como la visitante que vaga por la película anunciando en forma de poema cantado los avatares y circunstancias de la joven protagonista. Una película una grandiosa factura visual y formal, que nos sumerge en un tiempo lejano muy parecido al nuestro, con los mismos conflictos sociales e internos, aquellos en los que el alma sufre y padece, en un camino espiritual en que una joven despertará de su letargo y su condición de tedio y soledad para abrazar a la vida, al entorno natural que la rodea y a sus sentidos más profundos y bellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Como nuestros padres, de Laís Bodanzky

REENCONTRÁNDOSE A SI MISMA.

En un momento de la película, Rosa, la protagonista, le confiesa a un amigo, que es padre de un compañero de su hijo en el colegio, que toda esa fuerza y decisión que parece tener es pura apariencia, que en el fondo es una mujer débil, insatisfecha, llena de miedo e inseguridades. Quizás esta confesión podría tratarse de algo puntual, de alguien que no ha alcanzado esas metas soñadas cuando de joven imaginaba una vida muy diferente a la que tiene ahora, aunque la película no se queda en una mera anécdota de una mujer que vive en Brasil, sino que retrata algo que sucede muy a menudo en mujeres de países desarrollados de unos cuarenta años, las cuales se han casado, han tenido hijos, y además, trabajan en empleos que no resultan de su agrado, porque por el camino se quedó aquel trabajo creativo que tanto les llenaba  ahora tienen aparcado o casi enterrado. Rosa además de trabajar diseñando baños, se hace cargo de su casa, sus dos hijas preadolescentes, ya que su querido esposo pasaba largas ausencias salvando la selva amazónica.

Y con esa situación emocional que vive Rosa, o podríamos decir, a la que Rosa se ha acostumbrado, aunque sea mera fachada, le va a venir algo que la desestabilizará del todo, porque en una comida familiar, la madre le confesará que es hija de una aventura, que su verdadero padre es un alto comisionado del gobierno. A partir de ese instante, la vida de Rosa empezará a sufrir cambios, su vida aparentemente feliz ira transmutando hacia otra, una vida diferente, más liberadora, más sociable, y sobre todo, dejándose llevar, metiéndose en la piel de Nora, la heroína de Ibsen, aquella mujer que dio un golpe en la mesa y abandonó la prisión de la Casa de muñecas, para empezar de nuevo, para abrirse al mundo y buscarse a sí misma. Rosa obligará a su marido a asumir responsabilidades, se lanzará a la aventura de conocer a su verdadero padre, y sobre todo, se sentirá fuertemente atraída por ese padre que se encuentra en el colegio, en el supermercado y demás.

El cuarto trabajo de Laís Bodanzky (Sao Paulo, Brasil, 1969) vuelve a contar con el guionista Luíz Bolognesi, como sus anteriores trabajos, más cercanos a la denuncia social. Ahora, retrata a Rosa, una mujer de unos cuarenta años, que arranca una aventura para encontrarse a sí misma, descubriendo facetas olvidadas de su ser, recuperando esa pasión por la dramaturgia y teniendo bien claro que la vida que lleva no puede continuar así, porque de esa manera, Rosa, se asfixia, se ahoga, y se muere. La película se ve bien, ahonda en temas actuales que afectan considerablemente a muchas mujeres que conviven con esa doble identidad de madre y esposa, y que acaban confundiéndolas y rompiéndose por dentro por querer abarcarlo todo, y además haciéndolo de manera perfecta, sin ningún temor, inseguridad y demás. Bodanzky tiene en María Ribeiro la figura esencial para retratar a esta mujer de ahora, las que nos cruzamos cada día en nuestra cotidianidad, llevándola por distintos estados emocionales, y sobre todo, mirándola al rostro de manera sencilla y de frente, extrayendo sus cualidades que son muchas, pero también, sus debilidades, que también las hay, describiéndolas de manera humanista, y moviéndolas dentro de ese laberinto físico y emocional que, en ocasiones, sienten miedo, otras se pierden, y se acaban encontrando, aunque les cuesta la vida, y en muchas otras, se detienen, se paran en seco, cansadas de ser ellas mismas, o ser aquello que se espera de ellas, dejándose llevar para llegar a ese espacio donde nadie las ve, donde se sienten como verdaderamente son, olvidándose de esa posición social de madre y esposa trabajadora que es un ejemplo para todos.

Quizás la película abre algunos frentes que no casan con el conjunto de la trama o se pierde en su estructura, pero la gran labor del elenco de la película ayuda a conseguir esas situaciones cotidianas de manera eficiente y emocionante, abriendo debates para reflexionar sobre el funcionamiento de nuestras vidas, su naturaleza y la incapacidad que tenemos para afrontar nuestros verdaderos problemas, siendo sinceros con nosotros mismos, y con los demás, porque la actitud de Nora de dar ese golpe a la mesa y salir de ese espacio de confort y enfrentarse a los avatares de la vida, no sea en absoluto sencilla, y sea una experiencia cargada de dolor, pero, hay momentos en tu vida que haces lo que nadie espera de ti, o acabaras lamentándote de vivir una vida ejemplarmente social aceptada, pero llena de vacío y tristeza.