Sofia, de Meryem Benm’Barek

PERSEGUIDA POR LA LEY.

La película se abre de manera ejemplar y completamente esclarecedora para el devenir de los hechos que se contarán en ella. Vemos a una familia reunida en una mesa en mitad de una celebración, el ambiente es festivo, distendido acompañado de rostros exultantes, celebran la incorporación en una sociedad de los cuñados. El padre llama a su hija Sofia, que entra en el cuadro. Ese gesto cotidiano de la joven rebela mucho más que cualquier explicación detallada, en el que la hija embarazada se muestra ausente, muerta de miedo por la presión social en la que se verá sometida por incumplir las leyes tradicionales de tener un niño fuera del matrimonio. La cámara seguirá a Sofia cuando sale de cuadro con su vuelta a la cocina, y se quedará con ella, que se agarra la barriga ya que está sufriendo fuertes dolores que intenta disimular como puede. Sofia tiene 20 años y está embarazada, un embarazo que niega ya que en Marruecos hay penas de prisión para las madres solteras. Su prima Lena, de madre marroquí y padre francés, y de otro estrato social y económico, con esa mirada altiva hacia su prima, le ayuda y con la excusa del dolor se la lleva a un hospital que le permitirán de forma clandestina parir una hermosa niña. La familia se enterará de la noticia y todo cambiará.

La opera prima de Meryem Benm’Barek (Rabat, Marruecos, 1984) nos habla de la sociedad marroquí actual, y sus roles sociales y económicos, a través de la mirada de Sofia, una joven de 20 años que pare una niña fuera del matrimonio, cisma que convertirá su vida en un infierno, cuando las autoridades y su familia la obligan a casarse con Omar, el padre de la criatura, que vive en Derb Sultan, uno de los barrios más humildes de Casablanca. La directora marroquí va mucho más allá de la situación de Sofía, y nos habla de forma directa y valiente de las estructuras sociales de Marruecos, filmando tres espacios diferentes que entran en liza en la película, primero, el barrio de Sofia y su familia ubicado en el centro de clase media pero de fuerte arraigo tradicional, segundo, el barrio obrero y humilde Omar y su familia, donde los jóvenes se pierden en la desesperanza y la falta de oportunidades laborales, y por último, el barrio de Afna, donde viven Lena, Leila, madre y tía de Sofia, y Jean-Luc, francés, una zona de alto nivel social llena de grandes casas y mansiones junto al mar. Estos tres lugares definen de manera sencilla y contundente las estructuras sociales de un país fuertemente tradicionalista, en el que las leyes gubernamentales ayudan a seguir con lo antiguo y obligando a los jóvenes a casarse si tienen un hijo fuera del matrimonio, para de esta manera salvaguardar el honor de la familia y cumplir con las leyes establecidas.

Benm’Barek no juzga a sus personajes ni mucho menos sus decisiones, muestra sin juzgar, capturando esa sensación de opresión y miedo social que sienten Sofia y Omar, y su entorno, siendo víctimas inocentes de una sociedad tradicional y de unas leyes deshumanizadas, y lo consigue con lo mínimo, a través de una mise-en-scène naturalista y directa, donde la cámara se mueve entre los personajes, a través de esos marcos de puertas y ventanas que escenifican todos sus sentimientos agridulces que experimentan durante todo el metraje, en que los puntos de vista van cambiando a medida que van avanzando las circunstancias de los hechos, arrancando la película como un thriller social para ir hacia el estudio sociológico de la forma de vivir en el Marruecos actual. La directora marroquí imprime fuerza y energía a su relato con herramientas sencillas y muy efectivas, dando la palabra y el gesto a unos personajes complejos que a medida que avanza la película irán desatándose y expresando todo aquello que ocultan celosamente en su interior, que la narración va mostrando reposadamente, sin prisas, dosificando una información que ayuda a cambiar el curso de los acontecimientos, revelando más intrigas ocultas y secretas que guardan cada integrante de esta familia.

La película recupera ese tono neorrealista que también construyó esas miradas críticas ante una sociedad deshumanizada, o el “Free Cinema”, que ayudó a hablar con claridad de los conflictos sociales-económicos de aquella Inglaterra azotada por la terrible posguerra, o los recientes retratos sobre la Rumanía de Ceaucescu y su legado, en esas magníficas producciones que exploran con detalle la sensación de derrota, o el cine de Farhadi, donde un caso violento pone patas arriba lo más terrorífico de los ámbitos familiares. Destacan en el reparto los debutantes Maha Alemi que dota a Sofia de esa mirada fuerte y valiente que le ayudarán a enfrentarse a todo lo que se le viene encima, bien acompañada por Sarah Perles que hace una Lena, muy diferente a su prima, pero también inocente dentro de los parámetros sociales en los que viven, y Hamza Khafif es Omar, una víctima más, que su familia empujará a casarse para salir de su situación humilde, y la gran presencia de Lubna Azabal que interpreta de manera sobria y magnífica a Leila, la tía de Sofia, convertida en la marroquí casada con el francés para salir de su pobreza.

Benm’Barek ha tejido con sensibilidad y fuerza una película que en sus 85 minutos lanza una mirada crítica y contundente a la realidad social-económica de Marruecos, de las vidas depresivas y rotas de unos jóvenes que han de bajar la cabeza ante la persecución estatal y sus leyes opresivas, así como las de sus propias familias, que utilizan la boda para beneficiarse de sus situaciones sociales y escalar en su posición, como ocurre en la familia de Sofia, que ven en la boda de Sofía una salida tradicional y rápida para que este caso no enturbie y ponga en peligro el contrato con el cuñado francés que les sacará de su situación económica maltrecha y les dará una gran oportunidad de escalar económicamente en la sociedad, la misma sociedad que vive anclada en unas formas de vida arcaicas y tradicionales que no han avanzado ni resuelto los problemas actuales de los jóvenes, en una sociedad envuelta en sí misma, llena de apariencias, como la fastuosa boda que esconde una tristeza amarga en sus casados, una sociedad donde la mirada del otro se convierte en fundamental, más que la propia.

Mug, de Malgorzata Szumowska

CUANDO ERES DIFERENTE.

Uno de mis críticos de referencia y guía cinematográfico cuando era un chaval, el desaparecido Ángel Fernández-Santos, defendía con audacia que los primeros minutos de una película eran cruciales para su posterior desarrollo. Pues bien, siguiendo la tesis del reputado cronista, Mug, la séptima película de Malgorzata Szumowska (Cracovia, Polonia, 1973) arranca de una forma peculiar y corrosiva, un inicio que no nos dejará indiferentes, en el que observamos un grupo de personas ateridas de frío mientras esperan delante de un hipermercado. Cuando se abren las puertas, se quitan su ropa y se quedan en ropa interior, y acto seguido, se lanzan como animales enrabietados a la caza del último modelo de televisión, enzarzándose en peleas, empujones y demás gestos violentos para arrebatar a su “contrincante” tan preciado objeto. Entre todo ese barullo, una mujer extremadamente delgada y poco agraciada, se pasea entre ellos, como si aquello no fuese con ella, observando el tumulto, siendo testigo invisible, ya que nadie se ha percatado de su presencia, como un ser sin existencia, alguien que no encaja ante esa maraña de posesos, desatados y salvajes. Esos primeros datos que nos da Szumowska resultan precisos y llenos de profundidad para guiarnos entre las diferentes tensiones emocionales que describe la película.

La cineasta polaca se ha erigido en sus trabajos como una observadora profunda y crítica con las relaciones humanas, retratando personas o grupos encerrados, que tienen poco o nada de contacto con el exterior o con los demás, seres que construyen relaciones muy complejas y difíciles con el resto, mostrándose hieráticos e introvertidos, donde una distensión emocional los cambiará emocionalmente y los trasladará por lugares en los que deberán redefinirse hacia los demás, y sobre todo, a sí mismos. En Mug, nos sitúa en una zona rural del sur de Polonia, donde las tradiciones ancestrales se mantienen como si el tiempo se hubiese congelado, donde la familia, la religión y el clan tienen una importancia capital entre los distintos individuos, en que humano, animales y naturaleza conviven a partir de extremos, donde la belleza y el horror se fusionan, se mezclan, y son el pan de cada día. Conoceremos a Jacek, un veinteañero que trabaja en la granja de su familia, ayuda a construir la estatua de Cristo más grande el mundo, y le encanta amar a su novia Dagmara, pasear con su perro y escuchar música heavy a todo trapo.

Jacek sueña con dejar el pueblo e inmigrar, escapar de allí, reencontrarse a sí mismo, y experimentar otros lugares, personas y demás. Todo, empezando por su familia miran a Jacek como el bicho raro, como la oveja descarriada, el diferente del pueblo. La vida de Jacek y su entorno más íntimo cambiará cuando tiene un accidente en la obra y despertará con el rostro desfigurado. La rareza del principio, ahora se convertirá en el rechazo por su nueva imagen, por ese rostro diferente, tanto de su familia como de los habitantes del pueblo, que lo ven como un pecador, alguien que rechaza los postulados de Dios y vive con otra identidad. La única persona que lo aceptará será su hermana mayor. Szumowska nos cuenta una fábula moderna, un cuento sobre la diferencia, tanto física como emocional, un retrato profundo y crítico sobre la Polonia rural, sobre sus prejuicios, tradiciones, contradicciones, ambientes y espacios, un mundo indómito, bello y cruel, un lugar frío y complejo que puede ser muy acogedor, y a la vez, muy aterrador, donde lo diferente y extraño se rechaza, lo que no encaja se aísla, como si fuese la peste, donde los que hacen y piensan diferente son aquellos que no son aceptados, que se ven de otra manera.

Jacek sufre todas esas miradas de rechazo, incomprensión e inquisidoras, empezando por su novia, presionada por su familia, que no quieren a Jacek, o su propia familia, que lo ven diferente, como si su nuevo rostro, también hubiese cambiado su personalidad, como si lo físico fuese lo más importante, lo que prevalece en la personalidad de alguien. La directora polaca crea una atmósfera inquietante y muy íntima, siguiendo la tragedia social que vive Jacek, sin caer en el sentimentalismo ni la condescendía, sino mirando a cada uno de sus personajes y sus posiciones a la altura de los ojos, donde contribuye la forma que filma la película, a partir de enfocar una parte del plano y dejando desenfocado el resto, obra de su cinematógrafo habitual Michal Englert, coguionista de la cinta, en una idea de extrañeza y rareza que ayuda a sumergirnos en el alma de Jacek y cómo va respondiendo emocionalmente a todo aquello que bulle en el exterior.

Jacek se siente rechazado, le hacen sentir diferente, un extraño en su familia y en su pueblo, un fantasma, un invisible, como aquella mujer en el hipermercado en los primeros minutos, siendo rebautizado como un ser maligno, una especie de monstruo, como dejará evidente la secuencia del exorcismo, que empieza de modo terrorífico para acabar de forma cómica y mordaz. Szumowska ha construida una cinta muy personal y compleja sobre la Polonia rural, tan encerrada en sí misma, tan anclada en el pasado, en sus tradiciones y costumbres, en liza con esa otra Polonia diferente, que encarna el persona de Jacek, una nueva mirada que quiere romper con el pasado y emprender un futuro alejado de todo aquello, siguiendo las necesidades emocionales que hierven en el interior, y dejándose llevar por todo aquello que sienten, experimentando nuevas gentes, mundos y sensaciones.

La favorita, de Yorgos Lanthimos

CON LAS ARMAS AFILADAS.

“Cuando ruedas una película ambientada en otra época, siempre es interesante ver cómo se relaciona con la nuestra. Te das cuenta de cuán pocas cosas han cambiado aparte del vestuario y el hecho de que ahora tenemos electricidad o internet. Hay muchas similitudes aún vigentes en el comportamiento humano, la sociedad y el poder”.

Yorgos Lanthimos

El universo cinematográfico de Yorgos Lanthimos (Atenas, Grecia, 1973) es sumamente peculiar y extraño, sus películas nos sumergen en mundos diferentes y ajenos, a la vez que cercanos, siguiendo a un grupo reducido de seres, preferiblemente una familia, donde sus personajes se muestran misteriosos, ocultos y perversos, donde hacen uso de la maldad para conseguir sus propósitos, unos deseos muy oscuros, frustrados e inquietantes, que sacarán a la luz, guerreando contra todos aquellos que pretendan impedir llevarlos a buen término, donde Lanthimos somete a los espectadores a cuentos morales que radiografían lo más bello y aterrador de la sociedad contemporánea, todos esos instantes donde cada uno se mueve entre las sombras, dejando al descubierto sus más bajos instintos, sean de la naturaleza que sean, transformándose en un salvaje desatado y muy peligroso.

La favorita  es su tercera película rodada en inglés, después de tres primeras cintas filmadas en griego, y su primera película histórica, donde se aleja de lo contemporáneo para llevarnos hasta principios del siglo XVIII durante el reinado de Ana de Inglaterra, en las cuatro paredes de su gran palacio, alejado de todos y todo. Allí, nos presenta a la reina, una mujer oronda, feucha y con terribles ataques de gota, que la mantenía postrada a la cama o moviéndose en silla de ruedas. A su lado, Lady Sarah, amiga de la infancia, convertida en su dama de compañía, asesora política y amante. La armonía de palacio sigue su curso, entre la guerra contra Francia, las distensiones políticas entre lores para conquistar el poder, y las fiestas y demás entresijos de palacio. Todo esa cotidianidad, se verá duramente interrumpida con la llegada de Abigail Masham, prima de Lady Sarah, venida a menos por las malas prácticas de su padre, y ahora, convertida en criada, que es donde empieza en palacio. Con el tiempo, y su sabiduría en el arte de las hierbas, que beneficiarán la gota de la reina, irá escalando posiciones y convertida en alguien cercano a la soberana, desplazando la posición de Lady Sarah, aún más, cuando ésta se ausenta debido a un accidente con su caballo.

Lanthimos es un consumado trabajador en crear atmósferas perversas, frías y terroríficas, provocándonos constantemente, sometiéndonos a ese mundo de intrigas, mentiras y violencia, tanto física como emocional, que se instala alrededor de la reina, ajena a todas las acciones de la trepa Abigail, que con esa carita de buena, hará lo imposible para recuperar su posición social, cueste lo que cueste, y se lleva por delante a quién sea, un personaje que recuerda a Eve Harrington en Eva al desnudo, la mosquita muerta que pretende el puesto de la otra, o el Barry Lyndon, el arribista sin escrúpulos que hará todo lo que esté en su mano para conseguir poder, posición social y dinero, en el siglo XVIII. La película de Kubrick es una clara referencia al universo que construye el director griego, aprovechando al máximo la luz natural como hacía John Alcott en la película del británico, creando esos contrastes y desenfoques en una película que transcurre casi en su totalidad en los interiores del palacio, con la luz de las velas como rasgo significativo durante todo el metraje, utilizando una lente angular para filmar los diferentes espacios, obra del cinematógrafo Robbie Ryan (colaborador de Ken Loach, Stefen Frears, Andrea Arnold, Sally Potter, entre otros) tomando como referente los trabajos de Tilman Büttner en El arca rusa o el de Bruno Delbonnel en Fausto, ambas de Aleksandr Sokurov, donde se evidencia esa imagen ovalada en la que la cámara prioriza los elementos más cercanos, creando una ilusión casi fantasmagórica en todo el espacio, y dotando a los rostros y movimientos de los personajes una extrañeza fantástica y aterradora, sin olvidarnos de los movimientos bruscos de la cámara, de un lado a otro, mediante barridos que imponen un sentido enérgico a todo lo que se nos cuenta.

Lanthimos ha tejido con mimo y sensibilidad una película femenina, donde el trío protagonista, sin quererlo, se sumerge en un ménage à trois intermitente y discontinuo, que va cambiando la amante según el caso, donde Lady Sarah verá que su poder y su mundo se verán seriamente amenazados por la irrupción de Abigail, aquí disfrazada de ese intruso destructor que arriba a poner patas arriba todo, un mundo de mujeres, donde los hombres, soldados, políticos y bellos amantes, parecen sacados del histrionismo más exacerbado, con esos grotescos maquillajes, pelucones ridículos, ropas extravagantes y artes infantiloides. Muy diferentes a la imagen de ellas, más comedidas y sencillas, en todos los sentidos, dejando a Lady Sarah, el rol masculino, con esa ropa de pantalones, levitas y sombreros de soldado, a Abigail, convertida en la hermanastra perversa, con maquillaje y ropa elegante pero sin llamar la atención, y la reina, igual, con la altiveza de su posición, pero una señora amargada y triste, que llegó a sufrir la pérdida de 17 hijos, y eternamente enferma y horonda, que tiene el consuelo de “su dama”.

Un vestuario imponente y lleno de detalles y muy oscuro, obra de la reputada Sandy Powell, de larguísima trayectoria en la que ha trabajado con Haynes, Scorsese o Jordan. Y el detallista y poderoso montaje de Yorgos Pavpropsaridis, responsable en esta tarea en todas las películas de Lanthimos. Qué decir del fantástico trío protagonista encabezado por Rachel Weisz, dando vida a Lady Sarah, llena de pasión, energía e inteligente, Emma Stone, la perversa Abigail, llena de vileza y maldad y con sus armas afiladas, y Olivia Colman, una reina rota, alicaída, con poca ilusión y comilona, con pocos afectos, como una intrusa con ínfimas alegrías. Lanthimos ha vuelto a salirse airoso en otra muestra de su exploración sobre lo más oscuro del alma humana, sin concesiones y saltando al vacío, tejiendo con astucia y “su maldad” correspondiente, como es habitual en su cine, una película de trepas, de intrigas, misterios y violencia, donde se mata a cuchillo, sin miramientos, sin delicadeza, con trampas y maldad infinita, donde todo vale, y todo se ha dispuesto, con los medios más oscuros al alcance, con el fin de conseguir tesoro tan preciado, que no es poco. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tiempo después, de José Luis Cuerda

EL MUNDO, MIL AÑOS ARRIBA, MIL AÑOS ABAJO.

Aunque José Luis Cuerda (Albacete, 1947) haya tocado muchos palos en su filmografía que se remonta allá por el año 1982, adaptando a autores de la talla de Manuel Rivas, Alberto Méndez o Wenceslao Fernández Flórez, en películas con bastante éxito de crítica y público, su peculiar humor y sarcasmo han creado de él un cineasta de culto en esas comedias irreverentes y surrealistas, donde da rienda suelta a su forma muy personal de mirar las vicisitudes del hombre y la mujer moderna, enfrascado en aventuras apocalípticas o no, en un entorno a cada cual más disparatado y absurdo, eso sí, muy crítico con la sociedad actual, esa con la que nos cruzamos a diario. Quizás para hablar de Tiempo después, es de recibo remontarse a sus primeros síntomas, a sus orígenes, a la película Total, realizada para televisión en 1983, donde el año en cuestión era el 2598, año más o año menos, donde en un pueblo muy castellano y cerraíco, un pastor nos explicaba los sucesos extraños que se habían dado antes que acabara el mundo hace tres días y en Londres. En 1989, se estrenaba Amanece, que no es poco, siguiendo ese tejido de sátira, de absurdo y surrealismo, muy de Baroja y Valle-Inclán, nos volvía a sumergirnos en un pueblo muy castellano, donde llegaban dos seres en motocarro, padre e hijo, y se encontraban con un entorno excesivamente raro, como hombres que nacen de la tierra, elecciones para alcalde, cura, guardia civil, maestro o puta, estudiantes americanos de intercambio, o seres que pululan más o menos entre la extrañez y la risa. Película convertida en pieza de culto, adorada por muchos, en la que existe una ruta turística y todo, todo muy cervantino, y también, muy castizo, y esperpéntico.

La tercera en discordia, después del sonoro éxito de esta última, fue Así en el cielo como en la tierra (1995) en la que la imaginación de Cuerda, nos situaba en el cielo, eso sí con pinta de pueblo manchego, donde un Jesucristo apático y temeroso de su destino, se negaba a seguir las órdenes de su padre, o sea Dios, y no veas el pitote que se liaba, ahí es poco. Después de su última película como director, Todo es silencio (2012) un triángulo amoroso envenenado en el tiempo, que se alejaba de su entorno y mirada, un tiempo dedicado a levantar proyectos que no pudieron ver la luz, y la publicación de algún que otro libro, uno titulado Tiempo después, en 2015, germen de la película que tratamos en este texto. A saber, Cuerda, recogiendo el espíritu de esas películas mordaces, disparatadas, surrealistas y estupendas, nos embarca en el año 9177, ahí es nada, creando un mundo retorcido es poco, donde solo existen dos formas de vida, o al menos eso parece, en una, los bien situados, habitan en un edificio en mitad del desierto (muy parecido a las torres blancas de Madrid) donde hay un rey bubón con acento americano (interpretado por Gabino Diego) un alcalde medio lelo que quiere quedar bien, dentro de la ley, con tó Dios (que hace un estupendo Manolo Solo) una pareja de civiles que deambulan por los diferentes pasillos del inmenso edificio, dividido por puertas, donde cohabitan negocios, tres de cada uno, aunque a veces ese reparto sea completamente inútil.

Bueno, seguimos con los civiles, uno general y muy recto con las normas y la tranquilidad (Miguel Rellán, un habitual de Cuerda) acompañada por otro más joven, con falda escocesa y acento inglés (Daniel Pérez Prada) también hay dos municipales (Joaquín Reyes y Raúl Cimas) que más parecen dos deportistas pijos y tontitos que dos representantes de la ley, un cura violento y tirano (Antonio de la Torre) la Méndez (Blanca Suárez) una subalterna muy atractiva mano derecha del alcalde que se ha convertido en el objeto de deseo del rey, dos barberos en litigio, uno (Arturo Valls) que no tiene clientes y hace y deshace lo que puede para competir con el otro (Berto Romero) que está desbordado de clientes, mientras recita poesía o canta zarzuela. Y, aún hay más, como un pastor que sube a su rebaño a la azotea por ascensor, unos chavales que citan a Hegel y Ortega y reflexionan, pero no mueven un músculo cuando hay que hacerlo, y finalmente, el recepcionista (Carlos Areces genial) legal e impertinente, que se cree algo por su puesto, un cenutrio de primer orden, curas revolucionarios, monjas salidas, y alguno que otro fantasma aburrido, muy del universo de Cuerda, sudamericanos que vuelan y eso, y demás cosas graciosas y alocadas, pero siempre con ese transfondo triste, crítico y duro con eso que llamamos humanidad.

Y luego, el exterior, en el que sólo hay un puñado de parados y hambrientos que viven en chabolas cochambrosas, que hablan de filosofía, historia y tienen ideas políticas muy profundas sobre sus derechos, obligaciones y lucha, que sufren la matraca vociferante de una especio de infiltrado de los del edificio, un speaker de nombre imposible a saber,  Zumalacárregui, con cara de Andreu Buenafuente, que desde su chiringuito particular arenga a los más desfavorecidos para aplacar su sed de libertad y justicia. Con sus dos líderes, Galbarriato (César Sarachu) y José María (Roberto Álamo) que con este último arrancará el conflicto que enfrentará a esos dos mundos antagónicos y tan alejados, o no tanto, cuando el susodicho se presenta en la entrada del edificio con la firme idea de vender su riquísima limonada, más que nada para salir de su miserable situación. El cisma que creará será de órdago, donde el primer mundo y único, se verá amenazado y seriamente tambaleado en su orden social o lo que sea, a más, uno de los barberos asesinará al otro, al de la competencia, para haber si sale de su situación tan mala.

Entre tanto maneje, en un sitio y otro, los dos grupos se lanzarán a la guerra, una guerra a lo Cuerda, que parece más una salida campestre cutre, donde hay más griterío que acción. Cuerda ha hecho una película muy política sin las hechuras habituales de este tipo de cine, con ese disparate e irreverencia tan habitual en su cine, donde todo vale y nada parece tener sentido, y lo tiene y mucho, donde se atiza a todo bicho viviente, a los de arriba, a los de abajo, a los buenos bienintencionados, y a los malvados, a esta sociedad injusta e insolidaria, al capitalismo salvaje, o a ese mercado libre, que de libre tiene más bien poco (como demostrará la resolución del conflicto, a males mayores, soluciones peores) en el que la sátira se convierte en el mejor antídoto a un mundo y unas gentes, que hagan lo que hagan, siempre andarán a la gresca, a la tristeza, y sobre todo, en un planeta imposible para vivir y ser un poco más feliz, aunque la mirada desesperanzada, amarga y vacía que lanza Cuerda sobre la humanidad es clara y concisa, a lo Chaplin, Wilder y demás, que si bien nos reímos y hay mucho humor, es de naturaleza cínico, irónico y vapuleante, porque por muchas vueltas que les demos, en este mundo o en otro, y su realidad más cercana y personal,  ya sea de aquí mil años o más, los problemas seguirán, con otros nombre y otras gilipolleces, pero seguirán.

Entrevista a Andrea Jaurrieta

Entrevista a Andrea Jaurrieta, directora de la película “Ana de día”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el domingo 6 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Jaurrieta, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Martín Samper, coproductor de la película, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Mudar la piel, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández

EL AMIGO QUE ME ESPIÓ.

“Detrás de toda cultura, hay inmensas violencias”

Walter Benjamin

La película arranca con una imagen icónica del cine de espías, y reveladora en la película que vamos a ver, observamos dos teleféricos suspendidos en el cielo, desde una distancia prudente desde el suelo, como si estuviésemos espiando a los dos artefactos y sobre todo, a lo que allí acontece (casi como el personaje de Gene Hackman en La conversación, de Coppola) y empezamos a escuchar una conversación entre los dos directores de la película Ana Schulz (Hamburgo, Alemania, 1979) y Cristóbal Fernández (Madrid, 1980) que gira en torno a las dificultades que tienen con la presencia de Roberto en la película y sus diversas exigencias y motivos de su participación en la película. Un teleférico que nos recuerda aquel otro que aparecía en la reciente La próxima piel (con las falsas identidades como nexo común) cuando madre e hijo sentían que sean quiénes fueran, podían amarse sin rencor. Roberto es el espía de los servicios secretos que el gobierno ordenó espiar a Juan Gutiérrez, mediador entre ETA y el estado español en los años 80.

La película se cierne sobre aquella amistad, una amistad férrea e indisoluble que continua después de tantos años, una amistad entre el espía y el hombre al que tenía que espiar, y sobre la reflexión de Ana, hija de Juan, de entender y descubrir la naturaleza de una amistad rodeada de mucha oscuridad, traiciones y mentiras. Ana (fotógrafa de vocación) y Cristóbal (montador de algunos de los autores más interesantes del panorama actual como Oliver Laxe, Juan Barrero, Manuel Muñoz Rivas, Héléna Klotz o Christophe Farnarier, entre otros) debutan en el largometraje con un trabajo en el que se funden elementos tan dispares pero que convergen con absoluta naturalidad y eficiencia, como la home movie (Jonas Mekas y Chantal Akerman) la novela y el cine de espías (con el aroma de las novelas de Frederick Forsyth o Graham Greene) el thriller político (con Costa-Gavras, Lumet, Pakula o Stone) y el cine documental que investiga sobre el hecho cinematográfico y su construcción (con Rouch o Van der Keuken como referentes) todo eso y más es la película.

Mudar la piel es un retrato sobre Juan Aguirre, un hombre de izquierdas, humanista y honesto, que desencadenó un papel crucial en el conflicto vasco, mediando entre los unos y los otros, y que alimentó una estrecha y sincera amistad con Roberto, la persona que enviaron para espiarle, y después de tantos años, continúa la amistad como si nada, sin rencores ni rabia por parte de Juan, como si nada hubiera ocurrido, y ese hecho que pueda sorprender y ser incomprensible, Juan lo toma como algo natural, un hombre que sigue creyendo en la amistad con Roberto y sin entrar en valoraciones morales ni juicios de valor. La película también es una interesante y profunda reflexión sobre la amistad en un entorno hostil, sobre las consecuencias e intereses de unos y otros, sobre dos personajes antagónicos, casi como dos cowboys del far west, distintos, extraños y con intereses en las antípodas, logran conocerse, comprenderse y queriéndose después de todo.

Un personaje como Juan, natural, cercano y sincero, alguien que nada tiene que ver con Roberto, que se encuentra en el otro extremo, con una identidad falsa, con unos intereses oscuros y una mentira urdida desde los mismísimos resortes de las partes más oscuras del estado, un hombre rodeado de misterio y esquivo, alguien borroso, casi invisible, de esos tipos que apenas se ven en algún documento, que parece que alguien conoce, pero que nadie podría decirnos quién es exactamente, como si fuese un fantasmas o producto de nuestra imaginación (como la magnífica y ejemplar fotografía que ilustra si paliativos la relación entre ellos, convertida en la imagen y cartel de la película, en el que Juan, en primer término, muestra con su gesto la transparencia y humanidad que desprende, mientras, Roberto, más alejado que él, apenas se ve, su imagen está difuminada, casi imperceptible, rodeada de ese misterio en el  que indaga la película) junto al collage de imágenes de archivo y testimonios del propio Juan, Roberto, su mujer Frauke Schulz-Utermöhl, y los propios realizadores, logran sumergirnos en ese mundo de apariencias, de no verdades y lugares esquivos.

Schulz y Fernández han construido un hermoso y extraordinario documento que investiga el cine desde sus herramientas más básicas, desde todo aquello que puede filmarse y verse, a todo aquello que resulta esquivo e imposible de filmar, de la fragilidad e incertidumbre que rodea el cine documental, de los curiosos personajes y los intereses que se mueven en las aguas fangosas y negras de la política, y sobre todo, la película es un bellísimo retrato sobre la amistad más puro, honesta y sencilla de dos hombres que las circunstancias hicieron que coincidieran y que ellos creían ir de la mano y en el mismo bando, y la vida y las diferentes situaciones escondían otro desenlace, aunque como explica Ana en la película, en ocasiones, el cine es una herramienta eficaz e interesante para escarbar y desenterrar hechos olvidados y oscuros, pero al fin y al cabo, hay cosas que no pueden llegar a entenderse por mucho que sigas buscando, hay cosas que sólo los principales protagonistas conocen, o no.