Belle, de Mamoru Hosoda

A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE SUZU ENCONTRÓ ALLÍ. 

“Siempre quiero ver cualquier lado de ti, lo que escondes dentro de tu corazón”

Pudiera parecer a simple vista que Belle, de Mamoru Hosoda (Kamiichi, Prefectura de Tomaya, Japón, 1967), fuese otra versión del clásico cuento de hadas escrito por Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve publicado en 1740. Pero, conociendo la trayectoria del cineasta japonés, la cosa no iba a quedar en una simple traslación en imágenes del imaginario visual que contiene la extraordinaria fábula. Si repasamos la filmografía de Hosoda, en la que después de varias películas cortas, fundó junto a Yuichiro Saito el Studio Chizu con el que nos deslumbró con La chica que saltaba a través del tiempo (2006), en la que abordaba de forma precisa y concisa las consecuencias de manipular el tiempo y sus acontecimientos, en Summer Wars (2009), entraba lleno en las nuevas tecnologías y los conflictos incalculables de las redes sociales, en Los niños lobo (2012), se adentraba en una excelente cuento de niños-lobo y las dificultades de una madre soltera, con El niño y la bestia (2015), nuevamente volvía al tema humano-animal, y todo aquello que nos une y separa, y en Mirai, mi hermana pequeña (2018), un relato de dos hermanos y los viajes en el tiempo como conflicto, que ya había planteado en la citada La chica que saltaba a través del tiempo.

Belle, que se presentó mundialmente en la sección oficial del prestigioso Festival de Cannes, se erige como una película que recoge buena parte de los temas de la filmografía de Hosoda, ya que parece un compendio de sus anteriores trabajos, ya que aparecen dos temas ya tratados como las relaciones de humano con los animales, y las redes sociales, su funcionamiento y las consecuencias que tienen en la vida real. La bella es Suzu, una joven que recuerda a Makoto, la heroína que saltaba en el tiempo, que vive en un pueblo en mitad de unas montañas, junto a su padre, ya que su madre falleció cuando era ella pequeña. Makoto, de vida anodina, triste y vacía, encuentra en “U”, la mayor red virtual del mundo con cinco billones de usuarios. En “U”, Makoto se convertirá en “Belle”, la cantante de moda con sus pegadizas canciones, y con una legión mundial de seguidores. La otra cara de “U”, la encontramos en “La bestia”, una misteriosa criatura que siembra el terror en la red virtual, siendo temida por todos, menos por Belle que, a diferencia de los demás, provocará su fascinación y un misterio que debe resolver.

Vuelven los temas importantes del director nipón como el enfrentamiento de dos mundos en apariencia opuestos: el virtual y el real, y dentro de cada uno de ellos, las diferencias existentes que separan a los personajes, la mezcla de humano y animal, en la que los roles cambian constantemente y las emociones en forma de oscuridades del alma convergen en el tema central de la trama, las dificultades para relacionarse con los demás, las gestiones de la pérdida, y el dolor que están conllevan, y el eterno aprendizaje tanto propio como ajeno, y las relaciones sentimentales como eje para generar movimiento en todo lo que se cuece en el relato. El fondo es complejo y sumamente interesante, pero la forma y la textura de la película no se queda atrás, ya que casan con suma sensibilidad y transparencia con unas imágenes bellísimas y llenas de colorido, formas, sonidos y demás, en un magnífico espectáculo visual que es infinito, apabullante y grandioso, pero no lo hace como algunos otros que se dedican a cuanto más mejor, sino todo lo contrario.

Todo lo que vemos en el cine de Hosoda tiene un porqué, no juega a la complacencia, ni al esteticismo fácil, porque nada está por casualidad, todo tiene su sentido y busca su consecuencia, todo funciona como una armonía serena y constante, como una pieza de orfebrería cuidada al mínimo detalle, donde cada invisible pieza debe funcionar a la perfección para que el conjunto brille en su apariencia y profundidad. Unos profesionales al servicio de la imaginación argumental y visual como los Anri Jôjô y Eric Wong, todo un gran especialista, en el diseño de producción, el montaje de Shigeru Nishiyama, que ha estado presente en todas las producciones de Hosoda, Nobutaka Ike en arte, toda una institución que trabajó en todas las películas del desaparecido Satoshi Kon, y como supervisor de animación, un nombre como el de Takaaki Yamshita, que ha estado en casi toda la filmografía de Hosoda, y nombres tan ilustres como los del mencionado Kon, y Tarantino. La adaptación más sublime y extraordinaria en acción real de La bella y la bestia, la encontramos en la película homónima de Jean Cocteau de 1946, basada en la versión que apareció en 1756 de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. Una poesía de las imágenes, un encuentro especial y humano, y sobre todo, todo un clásico que ha trascendido su tiempo y ha quedado como uno de las grandes obras del cine.

Por su parte, Belle sería un buen ejemplo de cómo abordar un clásico y trasladarlo a nuestros días, con la presencia de las nuevas tecnologías, con sus bondades y males, y no desmejora en absoluto la película de Cocteau, sino que se enriquecen mutuamente, cada una con su forma, estilo y narrativa, pero las dos son miradas interesantes sobre el mismo imaginario. La película de Hosoda confirma a uno de los cineastas que mejor han recogido el relevo de los Miyazaki y Takahata y han construido su propio sello personal, creando mundos y personajes inolvidables, porque con Belle, podemos afirmar que sería la mejor adaptación en animación del famoso cuento, porque recoge con gran sensibilidad esos mundos enfrentados, y a su vez, enfrentados con ese otro mundo, donde todo reside en las apariencias, y en lo físico y en todo aquello que mostramos y por ende, ocultamos a los demás, donde la imaginación de Hosoda y su equipo resulta admirable, ya que han visto que las redes sociales en forma de mundos virtuales que nos vapulean diariamente, sería un buen espacio para volver a hablar de La bella y la bestia, y sobre todo, lo poco que hemos evolucionado en materias de humanismo y empatía, y lo mal que gestionamos el dolor ante los demás y ante nosotros mismos, aunque el ejemplo de Suzu y la criatura, podría servir como ejemplo para tratar estos temas de forma más cercana, transparente y sencilla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ramón Lluís Bande

Entrevista a Ramón Lluís Bande, director de la película «Vaca mugiendo entre ruinas», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el martes 4 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramón Lluís Bande, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

¡Al abordaje!, de Guillaume Brac

LAS CUESTIONES SENTIMENTALES DE LOS JÓVENES FRANCESES.

“Un reposo claro y allí nuestros besos, lunares sonoros del eco, se abrirían muy lejos. Y tu corazón caliente, nada más”.

Federico García Lorca

Todo relato empieza con un encuentro. El de esta película no es otro que un encuentro que se produce una noche parisina mientras Félix baila salsa con la desconocida Alma. Después de pasar la noche durmiendo en un parque, los jóvenes se despiden. Pero, Félix se ha enamorado y decide viajar al sur de Francia a volver a encontrarse con Alma. Convence a Cérif, su mejor amigo y comparten vehículo con Édouard. Las cosas se tuercen y deben compartir una semana con el desconocido acompañante en un camping junto a un río a los pies de una montaña. Las cuatro películas de Guillaume Brac (París, Francia, 1977), nacen a partir del encuentro y desencuentro de los parisinos con la periferia y la provincia, de los habitantes de la ciudad y los pueblos, de unas clases sociales y otras. Y también, muchos de esos (des) encuentros tienen en común las relaciones personales y las cuestiones sobre el amor, y suelen situarse durante las vacaciones de verano.

El universo de Brac nace de la pasión de rodar con los intérpretes Vincent Macaigne, Julien Lucas o Laure Calamy, todos graduados en el CNSAD (Conservatoire National Supérior d’Art Dramatique), protagonistas de sus primeras películas. Del mismo centro también surgió la película Contes de Juillet (2017), a partir de un taller con actores y actrices. ¡Al abordaje!, también ha nacido de un encargo del CNSAD con la premisa de crear una película para una docena de jóvenes intérpretes. El cuento coescrito junto a Catherine Paillé, que ya colaboró en Tonnerre (2013), se compone de un conflicto sencillo y directo, Félix quiere volver a ver a la mujer de la que se ha prendado. Pero, Alma, la joven en cuestión no parece convencida, y allí están, en mitad de la nada, en un lugar que parecía de paso, y se convierte en su lugar durante tres días. Tres personajes, muy distintos entre sí, vivirán circunstancias bien diferentes. Félix, como alma en pena, va de aquí para allá, intentando enamorar a Alma. Chérif comparte ratos con Hélena, una joven mamá que se ha quedado sola, y finalmente, Édouard, que pretendía estar en otro lugar, aprende a relacionarse y a destaparse mucho más.

El director parisino desarrolla su película en un marco donde se impone una naturalidad y frescura sorprendentes y cercanísima, al estilo del cine de Rohmer y sus cuentos, especialmente el de verano, donde Los juncos salvajes, de Techiné, no estaría muy alejada de esa posición de esa luz cálida que acoge la película, un gran trabajo de cinematografía de Alain Guichaoua, que ya había trabajado con Brac, al igual que el sonidista Emmanuel Bonnat y la editora Héloise Pelloquet, esenciales en una historia en continuo movimiento, ya sea físico, con esos paseos por el pueblo, los baños en el río, las subidas en bicicleta, los deportes de riesgo por el río, o esos momentazos en el karaoke, oro puro, y los movimientos emocionales, esos besos fortuitos, y los diferentes estados del amor, el loco, el que no ve ni oye, solo impulsado por la pasión y el deseo sin rumbo, el amor que va creciendo, el que nos sorprende por inesperado, el que no se busca, el que aparece, el que nos conquista sin oposición, y el amor de amistad, el que nos destapa, nos descubre, nos succiona, y sobre todo, nos ayuda a ser mejores, y algunos amores más, quizás menos visibles, menos expuestos, pero igual de intensos y felices.

Unos intérpretes en estado de gracia, todos en el último año del CNSAD, que componen unos personajes de carne y hueso, de esos que puedes tocar, con los que ríes y lloras, tan cercanos como uno mismo, con Eric Nantchouang como el atribulado e impulsivo Félix, Salif Cissé como el reposado y paciente Chérif, Édouard Paillé como el despistado y patoso Édouard, Asma Messaoudene como la infantil y creída Asma, Ana Blajojevic como la solitaria e íntima Hélena, Lucie Gallo como la hermana mayor de Ama y responsable Lucie, Martin Meisner como el ligón y narcisista Martin, y finalmente, Nicolas Pietri como el escudero y currante del camping Nicolas. Brac ha construido una película deliciosa y magnífica, de esas que se quedan en la memoria, una comedia romántica como las de antes, pero con la actualidad de aquí y ahora, atemporal como son las películas con vida y alma, con unas vacaciones en un camping junto a un río, como nos recuerda a La ardilla roja, de Medem, ese verano, esa mujer, esos árboles, esa historia, esa pasión, y el misterio, ese misterio del amor, ese virus desconocido, esa serpiente que por mucho que estemos atentos nos acaba absorbiendo y convirtiéndonos en unas almas sin descanso, alegrándonos y sufriendo por ese amor loco, templado, que nos parte y nos hace vibrar, que nos envuelve y nos abandona, que nos da la muerte pero también la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mujer que escapó, de Hong Sangsoo

TIEMPO EN SOLEDAD, TIEMPO PARA COMPARTIR.

“La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente”.

Carmen Martín Gaite

Erase una vez una mujer llamada Gamhee, casada desde hace cinco años. Por primera vez, se han separado porque su marido se ha ido de viaje. Circunstancia que la mujer ha aprovechado para visitar a tres amigas, tres amigas que hace mucho tiempo que no ve. La primera, Young-Soon, cuida de su jardín y vive tranquilamente, después de un durísimo divorcio. La segunda, Suyong, profesora de pilates, se gana muy bien la vida, vive sola en un estupendo apartamento. La tercera, totalmente inesperada, es Woojin, antigua compañera de clase, que se encuentra en un pequeño cine. Durante las tres visitas se habla mucho, se comparte comida, bebida, e intimidades, se habla de la vida, del tiempo, de la memoria, de comida, de alcohol, de sueños no realizados, de amor, de frustraciones, de errores, de amantes, de soledad, y sobre todo, se habla de todo aquello que nunca decimos, ni a los demás ni a nosotros. Un diálogo sincero y honesto, una conversación dirigida a uno mismo que se comparte con la persona que tenemos delante.

Desde 1996, Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960), sigue al ritmo de una película por año. Sus veintitrés títulos tendrían su reflejo en Las variaciones Goldberg, de Bach, donde un tema único tiene hasta treinta variaciones distintas, donde la música es otra sin dejar de ser la misma. Una filmografía con innumerables espacios y elementos en común, desde Kim Minhee, su inseparable actriz, siete películas juntos. La cálida y sensible forma de filmar, con planos secuencias medios que mediante un zoom inesperado, encuadra a sus personajes, donde el movimiento se impone si el personaje se mueve, y la música aparece para resignificar algún detalle o dar paso a la próxima secuencia. Sus relatos hablan de sí mismo, como sucedía en el cine de Bergman, donde la realidad y al ficción siempre van de la mano, como si cada película fuese una sesión de psicoanálisis donde el propio Hangsoo y sus personajes de ficción trasladan sus vivencias a la pantalla, donde sus conflictos giran en torno al trabajo, la comedia, la bebida, el amor, los encuentros y desencuentros de sus personajes, unos individuos a la deriva, vacíos, que se sienten solos, incapaces de encontrar la felicidad y sobre todo, un amor real, un amor que los llene y los haga mejores.

Cine de ahora, de nuestros males como sociedad, y las continuas torpezas con nuestros sentimientos y nuestro lugar en el mundo, viviendo en esa permanente insatisfacción e impotentes para conocernos mejor, tomar mejores decisiones y amarnos más. En La mujer que escapó se habla muchísimo, como ocurre en el cine del cineasta coreano, pero nada se dice por decir, todo va encajando y todo tiene un sentido, son películas para escucharse, y para ver las reacciones y las pausas de los personajes cuando miran, escuchan y hablan. Cine para mirar con pausa, sin prisas, concentrados, sintiendo unos diálogos que nos dicen mucho más de lo que aparentan, sumergiéndonos en el interior de los personajes, sus sentimientos y en qué momento emocional se encuentran. En esta ocasión Sangsoo también firma el montaje, amén de la música, un cineasta demiurgo total, mira sus relatos a través de los personajes, una forma cada vez más depurada e intimista, donde cada vez hay más personaje y diálogo, llegando a esa forma de cine primitivo, donde la interpretación lo era todo, con esos conflictos que son mucho pero en la película se cuentan sin estridencias argumentales ni sobresaltos formales, todo mediante una comida, una bebida, un cigarrillo, un paseo, una película, y nada más.

Conversaciones que se verán interrumpidas por la aparición de hombres esperados e inesperados que nos llevarán a entender aún más si cabe la situación sentimental de estas mujeres, porque ante todo, el cine de Sangsoo es un cine de mujeres, de la femineidad, pero para todos los públicos, porque el director coreano habla desde el alma, nos habla desde lo más profundo, y esos conflictos que padecen esas mujeres los padecemos todos, eso sí, sintiéndolos de otras maneras. La citada Kim Minhee vuelve a asombrarnos con su suave y cercana interpretación de una mujer que escucha mucho y habla poco de ella que, por primera vez en cinco años, tiene tiempo para ella y sobre todo, para pensar en su matrimonio y en su existencia, Las Seo Younghwa y Song Seonmi, ya vistas en otras películas del director surcoreano, siguen esa estela de mujeres todavía rotas y en encrucijadas sentimentales de difícil solución, y Kim Saebyuk, nueva incorporación al universo peculiar y rohmeriano del cineasta, siendo esa mujer del pasado que tampoco le han ido las cosas como creía. Sangsoo vuelve a enamorarnos con su cine naturalista y especial, porque todo artificio que a otros le funciona o al menos así lo creen, al director coreano le sobra, porque como ocurre en muchas películas del citado Bergman o Woody Allen, es un cine de puertas entre abiertas, entradas que nos permiten escuchar a los personajes y conocerlos en su intimidad y en su profundidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un blues para Teherán, de Javier Tolentino

CANCIONES PARA CONOCER UN PAÍS.  

“La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir”.

Milan Kundera

La película se abre con unos planos que podrían ser de cualquier película de Abbas Kiarostami, con ese río, sus pesadores, esos caminos curvilíneos, la vida y las gentes del mundo rural, la cotidianidad y la intimidad de la vida, para pasar luego a plena urbe de la mano de Erfan Shafei, nuestro guía físico y espiritual por este viaje por la música y la cultura tradicional iraní, en un momento glorioso a bordo de su automóvil, en una película que nos remite a una de las últimas de Jafar Panahi, mientras a grito pelao canta el tema “Ashianeh”, de Reydoon Farrokhzah, una canción pre-revolucionaria que suena de su casete. Dos instantes únicos y espectaculares para abrir Un blues para Teherán, el sentido, personal y sincero homenaje de Javier Tolentino al cine y la cultura iraní, nacida de su fascinación por el cine de Irán, con los citados nombres a los que habría que añadir los de Mohsen Makhmalbaf, Dariush  Mehrjui,  Bahman  Ghobadi  y Mohammad Rasoulof, entre otros. Un cine que ha copado muchas horas de radio en el mítico programa que ha conducido Tolentino desde hace más de dos décadas. Un cine sobre la vida, la cotidianidad y la cultura iraní, lleno de poesía, sabiduría y talento, que, curiosamente, no tiene apenas música.

Tolentino nos ofrece un viaje por sus lugares, tanto del universo rural como urbano, acompañados de su música, sus gentes, como ese impagable momento en que un pescador explica su día a día, reflexionando sobre su familia, el trabajo y la sociedad iraní, o aquellos otros en los que músicos tradicionales muestran su arte, como la actuación de Golmehr Alami, que reivindica su derecho a mostrar su música y su cante, porque en el país se prohíbe la música a las mujeres. Erfan es el guía de este peculiar viaje musical por Irán y Kurdistán, un joven kurdo, que ha tenido que parar el rodaje de su película, por las restricciones y absurdas leyes de Irán, que también le escucharemos tocar y cantar, enfrentado a un futuro difícil, y no sabe nada del amor. La película nos habla de música, de compositores e intérpretes, y claro está, de seres humanos, y política, pero lo hace desde lo humano, como diría Gramsci, desde la vida y la naturaleza, como esos instantes de aves, ríos y mar, donde parece que el tiempo se detiene, donde la intemporalidad del cine iraní va contagiando la película, llevándonos hacia un estado espiritual sin dejar de tener los pies en la tierra.

La película tiene el aroma que recorrían Canciones para después de una guerra (1976), de Patino, y el viaje musical que proponía Cruzando el puente: los sonidos de Estambul (2015), de Fatih Akin, y el inicio de Cold War (2018), de Pawlikowski, donde sus protagonistas grababan música tradicional, retratos íntimos y muy personales de una tierra a través de su música, sus canciones, sus gentes, sus formas de vida, y sobre todo, sus lugares en el mundo, esa cotidianidad llena de trabajo, de política, y de vida. La película tiene momentos alucinantes como ese instante nocturno donde vemos Teherán mientras suena ese fantástico blues “Nostalgia de Teherán”, que ha compuesto especial para la película Walter Geromet, o ese otro, en la barbería, donde Erfan crítica las estúpidas leyes de Irán que le impiden contar con un inversor extranjero para su película, y la razón que en el cine iraní no haya música, y ese otro instante en que el propio Erfan habla del amor con su amiga, o la secuencia divertidísima junto a sus padres y el loro. Una parte técnica de primer nivel con las aportaciones de la extraordinaria luz del cinematógrafo Juan López, que sabe captar la belleza que transmiten los espacios iraníes, el inmenso trabajo de sonido de una grande como Verónica Font, y el magnífico trabajo de montaje de un excelso Sergi Dies, captando el ritmo de lo visual, sonoro y paisajístico del film.

La magia y la honestidad que emanan de las imágenes poéticas y de verdad de Un blues para Teherán,  la convierten en una de las películas de la temporada, por su sencillez y complejidad, por su amor al cine, a la música y al cultura iraníes, y sobre todo, a la vida, como el sentido fragmento del poema que escuchamos extraído de “El pájaro era solo un pájaro, y otros poemas”, de Forugh Farrojzad, la maravillosa poetisa y autora de una de las grandes obras del cine iraní como La casa es negra (1962). La opera prima de Javier Tolentino, coescrita con Doriam Alonso, es un inolvidable viaje musical y vital por Irán y sus gentes, encontrándonos con las diferentes formas de vivir y sobre todo, de expresarse a través de la música, capturando la idiosincrasia de sus gentes, con esa poesía que tanto anidaba en el cine iraní que enamoró a Tolentino y daba buena cuenta en su libro “El cine que me importa”. Todo ese amor es ahora devuelto en una retrato-relato que pretende asomarse de forma sencilla e íntima a todo ese universo y cultural que se oculta en un país dominado por un régimen autoritario, donde sus gentes encuentran su espacio o su libertad en la música, esa herramienta indispensable para conocer, conocerse y sobre todo, relacionarse con los demás, y con uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El teléfono del viento, de Nobuhiro Suwa

JAPÓN, AÑO CERO.

“Vivir para recordar a los que ya no están”.

La película se abre con un texto que nos informa de las víctimas y desparecidos que ocasionó el terrible tsunami que asoló la costa noreste japonesa en marzo del 2011, y el posterior accidente nuclear de la central de Fukushima. Inmediatamente después, el relato se abre con un plano Ozu, ya que nos sitúa en una cocina, mientras Haru, la adolescente protagonista y su tía preparan el desayuno, y luego, se sentarán a consumirlo. Un plano Ozu porque la cámara se encuentra quieta y a la altura de la mirada de las dos mujeres. Una constante que se repetirá durante los 139 minutos de todo el metraje, en la que Nobuhiro Suwa (Hiroshima, Japón, 1960), posiciona su mirada y la de su cámara a la altura de sus personajes, para mirarlos con detenimiento y de igual a igual, para profundizar en aquello que sienten y sobre todo, para seguirlos y ser testigos de forma honesta y transparente de su andadura. Seguiremos a Haru, la joven protagonista que ha perdido a toda su familia en la terrible desgracia, y después de que su tía ha enfermado, con la que vive en Hiroshima, emprenderá un viaje, no muy consciente y dejándose llevar, recorriendo los 800 km que separan ambas ciudades. Hiroshima, lugar de nacimiento de Suwa, y junto a Nagasaki, las dos ciudades que los días 6 y 9 de agosto de 1945, fueron terriblemente golpeadas por sendas bombas atómicas.

Suwa construye sus películas a través de los (des) encuentros entre un par de personajes, sus conflictos suelen moverse por espacios reducidos o lugares alejados de todo y todos, en una intimidad que traspasa tanto los espacios como los contextos sociales donde se ubican, donde la naturalidad, los pocos elementos y las miradas se anteponen a cualquier otro elemento, donde el artificio no tiene ningún tipo de cabida, buscando siempre esa forma naturalista y cercana en todo lo que cuenta y cómo lo cuenta, ya sea en su país natal, como demostró en 2/Dúo (1997), M/Other (1999), H Story (2001), o en sus películas francesas como la extraordinaria Un couple parfait (2005), donde diseccionaba de forma magistral la descomposición del amor, con ecos de Antonioni, la delicada y asombrosa Yukio & Nina (2009), sobre la inocente y mágica amistad entre dos niñas y El león duerme esta noche (2017), su última película, con Jean-Pierre Léaud, donde fusiona de manera magistral su amor al cine, la infancia y el deseo por ser y vivir.

El cineasta japonés nos habla de dolor y tristeza, trazando un puente entre las dos tragedias más terribles de su país, retratando un país, y sobre todo, a sus gentes, en esa herida profunda que deben arrastrar como pueden, con el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial al tsunami de 2011, dos instantes que la película recoge en el viaje de Haru, y todas esas personas que se irá encontrando por su camino, como el señor que la lleva a su casa y ahí conocemos a su madre, aquejada de demencia, que ve en ella a la nieta fallecida, o la pareja de hermanos, ella embarazada, esa familia que ahora no tiene la protagonista, y una leve esperanza a un país todavía sumido en la desesperación por la tragedia, o esos chicos que la asaltan, siendo apáticos con la tristeza de ella. Y finalmente, Morio, un hombre que, al igual que Haru, también perdió a su hija en Fukushima, que convivirá con él parte de su viaje, como ese encuentro con los inmigrantes que tienen un familiar, que ayudó durante la tragedia, en custodia policial por ser ilegal.

Suwa filma de forma intensa y sobria todo el trayecto por Fukushima, desde esa familia que ha vuelto a su casa e intentan mantener cierta normalidad, o esos no lugares, todavía devastados y en ruinas de la ciudad o lo que queda de ella, los reencuentros con conocidos que recuerdan a los que ya no están, o ese momento conmovedor y brutal cuando Haru pasea por las ruinas de su casa, lo que queda de ella, y recuerda a los suyos. El director nipón construye con suma sensibilidad y poesía una pieza de cámara sencilla y abrumadora por su humanismo, muy al estilo de Brecht, con un par de personajes, casi en su totalidad, un espacio físico muy cambiante, eso sí, en un relato lleno de movimiento, ya sea físico y emocional, donde unos personajes hundidos por su duelo, rememoran sus vidas pasadas, diez años atrás, en un presente todavía muy pasado, todavía muy depresivo, todavía intentando levantarse y seguir, aunque duela, aunque solo sea para recordar a los que ya no están, como se menciona en la película, en uno de esos momentos que recoge el espíritu que guía la mirada de Suwa, profundizar en un país azotado por dos grandísimas tragedias, y envolviéndonos en un espacio donde conviven vivos y los que recuerdan, y los muertos, todos aquellos que ya no están, donde el mencionado “Teléfono del viento” del título, se convierte en una metáfora esencial en todo aquello que quiere transmitir una película de exultante belleza, de sensibilidad extraordinaria, y de trayecto vital y humanista sorprendentes, en una vida de piel a piel, de cuerpo a cuerpo, y sobre todo, de emocionalidad y toda la complejidad que conlleva.

Suwa echa mano de viejos y amigos intérpretes como Makiko Watanabe, Tomokazu Miura y Hidetoshi Nishijima para los principales protagonistas, actores y actrices a los que hemos visto crecer, tanto personal como profesionalmente hablando, bajo la mirada de Suwa. Para el personaje de Haru, descubierta en un casting, nos encontramos con Serena Motola, la adolescente que no solo logra transmitir con serenidad y naturalidad toda la tristeza, dolor y desamparo que sufre Haru, sino que lo hace casi como si la película fuese un documento real sobre la tragedia, y ella, un personaje real, donde sus movimientos, escasos diálogos, se envuelven ene sa intensa mirada que apabulla por su sinceridad y cercanía. Suwa ha construida una película sobre el alma, sobre como convivir con la tristeza y el dolor cuando pierdes a los que más quieres, la parte más difícil de la existencia humana, seguir viviendo a pesar de las ausencias y el dolor, pero el director japonés no se regodea en la tragedia, sino lo filma de forma humana, sin apenas música, escuchamos un par de temas, como anunciando o finalizando los diferentes episodios que se vislumbran en la película. Suwa consigue una obra intimista, hablada en susurros, desde la más profunda y sincera intimidad, sin argucias argumentales ni piruetas formales, solo humildad a la hora de acercarse a unos temas y elementos tan duros y complicados, donde Haru, al igual que le sucedía a Edmund, el joven protagonista de Alemania, año cero (1947), de Rossellini, se mueve por las ruinas y la tristeza infinita de una nación sumida en el dolor, capturando un estado anímico de toda una población todavía envuelta en las brumas que debe mirar el dolor, acompañarlo, y para seguir caminando, es necesario no olvidar a los que ya no están. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

First Cow, de Kelly Reichardt

HISTORIA DE UNA AMISTAD

“El  pájaro,  un  nido;  la  araña,  una  tela;  el  hombre,  la  amistad”

William Blake

El western es el género clásico por excelencia del cine estadounidense, un género que mitificó y enarboló hasta la saciedad la conquista del oeste, elevándola hacia aspectos que tenían que ver con el heroísmo y la épica, construyendo una realidad que nada tenía que ver con la historia de verdad. Será a partir de finales de los cincuenta, cuando el tiempo de los grandes estudios estaba llegando a su fin, que aparecerán películas que respondían a toda esa idea de grandeza y conquista, con relatos más sencillos, más sucios, más reales, y sobre todo, más humanistas, donde toda esa épica dejaba paso a una realidad más difícil, compleja y violenta, con un cine que protagonizaban realidades crudas antes ignoradas como la de los buscadores de oro en El tesoro de Sierra Madre (1948), de Huston, los indios en Apache (1954), de Aldrich, la gente negra en El sargento negro (1960), de John Ford. En los sesenta y posteriores décadas serán los Peckinpah, Hellman, Leone y demás, nombres que se acercarán al western desde las entrañas, desde esos tipos malcarados, desde el hombre y la mujer, dejando fuera el mito y la leyenda, hablándonos de la cotidianidad de esas personas, sus dificultades, y sobre todo, sus realidades de carne y hueso.

La cineasta Kelly Reichardt (Condado de Miami-Dade, Florida, EE.UU., 1964), ya desde su opera prima, la inolvidable River of Glass (1994), ha tenido una mirada crítica y honesta hacia esa otra América, la más oculta, la que no protagoniza los grandes titulares, solo si es una tragedia. Una América llena de personas con sus pequeñas cotidianidades, amistades y circunstancias, como las que ha retratado de forma sincera e íntima durante toda su filmografía en películas como Old Joy, Wendy & Lucy, Night Moves, y Certain Woman, gentes con poca suerte en la vida, gentes de realidades oscuras que luchan diariamente para salir adelante en un país tan capitalista, tan plano y tan desigual. En cierta manera, el cine de Reichardt se ha instalado en el western, en un western urbano, pero muy rural, lleno de viajes, de continuo movimiento, donde el estado de Oregón, en su zona del Pacífico Noroeste ha sido su espacio habitual. Historias sobre la amistad, sobre el ser humano en su entorno, sobre todo aquello que anida en nuestro interior.

Reichardt ya había tocado el western de manera más clásica en Meek’s Cutoff (2010), clásica en su decir, porque la cineasta estadounidense va mucho más allá de su contexto y sus circunstancia, porque acoge una caravana de futuros colonos a la caza del oeste, para profundizar en el interior de sus criaturas, donde la llanura desértica donde se desarrolla el relato, escapa de toda épica para enrolarse en un torbellino angosto, devastador y carcelario. Sin dejar el estado de Oregón, lleva a la pantalla la novela “The Half-Life”, de Jon Raymond, con el que ha escrito cinco películas contando esta, en la que deja el desierto para adentrarse en las montañas de un puesto fronterizo, también en el estado de Oregón, pero durante el primer tercio del siglo XIX, en un lugar que nos recuerda mucho al de Los vividores (1971), de Altman, donde conoceremos a Cookie (estupendo el actor John Magaro), un cocinero solitario, taciturno y silencioso que acompaña a un grupo de tramperos, y a King-Lu (emocionante la interpretación de Orion Lee), un inmigrante chino que huye de unos hombres. Entre los dos hombres nacerá una amistad y encontrarán en la venta ambulante de buñuelos y galletas su modus vivendi, pero necesitan leche que sacarán de la única vaca del terrateniente, con nocturnidad y alevosía.

El formato 4:3 del cinematógrafo Christopher Blauvelt, que ya habíamos visto en Meek’s Cutoff, vuelve aquí para darle ese toque donde la cámara a ras del suelo, nos invita a adentrarnos en ese mundo de rostros, cuerpos y pieles que esperan su oportunidad, o su momento, como se dice en la película, gentes de mil millones de sitios que pululan por un lugar embarrado, sucio y oscuro, que trabajan para un señor que habla de la moda en París y demás estupideces, en un país que se construyó a fuerza de trabajo explotado y de sacar réditos a costa de los demás, muy alejado de esa épica y grandeza que hablaban otros. Al Igual que la música de William Tyler, donde se evoca todo ese mundo cotidiano, extremadamente difícil para aquellos que intentan salir adelante, y que da valor a las personas y todo su interior. La vaca como ejemplo de esa riqueza que no se comparte, en la que el excluido y el que vive en los márgenes, que tanto observa el cine de Reichardt, debe de delinquir para sobrevivir, porque con el trabajo no le llega, la base del capitalismo de antes y siempre.

La directora estadounidense que vuelve a firmar el montaje, como en sus anteriores películas, compone en 122 minutos un cine en mayúsculas, magnífico en su composición y desarrollo, donde todo tiene vida y muerte, donde todo tiene alma y poesía, lleno de pliegues, de tiempo, de hombres que más que vivir se arrastran por el barro, donde todos y cada uno de ellos arranca un nuevo día con la esperanza que su suerte cambie, en la que aborda desde la amistad de dos tipos muy diferentes entre sí, pero con el mismo destino de sobrevivir en un universo hostil, desigual y lleno de peligros, donde el western es ya otra cosa, no hay caballos, ni llanuras que cabalgar, ni gestas que conseguir, solo personas, personas ancladas a una aventura o no, donde vivir lo es todo, porque las dificultades se acumulan, donde hay multitud de personas que vienen de diferentes lugares del mundo, al igual que los indios de la zona, donde todos miran de frente, miran con el objetivo de mejorar, aunque quizás no lo consigan nunca. Reichardt conmueve con su sencillez, con su forma de retratar los orígenes de Estados Unidos, con esa suciedad, barro e inmoralidad que campa en ese poblado junto a la frontera, como esa maravillosa secuencia donde Cookie y King-Lu llevan el pastel a casa del hacendado, y las fútiles conversaciones que mantienen, donde unos viven gracias al trabajo esclavo de otros, que nos retrotrae a Pozos de ambición (2007), de Paul Thomas Anderson, que también se centraba en el nacimiento de Estados Unidos, sin grandeza, solo con sangre y muerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fon Cortizo

Entrevista a fon Cortizo, director de la película «9 fugas» en el marco del D’A Film Festival, en la Plaza Joan Coromines en Barcelona, el martes 4 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fon Cortizo, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Wildland, de Jeanette Nordahl

AMOR Y VIOLENCIA.

“Gente que no conozco de nada me hace todo tipo de preguntas. Sobre mi tía. Y mi madre. Dicen que hay tiempo de sobra. Que descubrimos qué salió mal. Pero algunas cosas salen mal incluso antes de empezar”.

Las primeras imágenes que abren Wildland, de Jeanette Nordahl, son directas e impactantes. Un coche volcado, fragmentos del accidentado en el hospital, mientras escuchamos la voz en off de Ida, un rostro que veremos atónito, impasible y algo magullado. Ida es una adolescente de 17 años que, después de perder a su madre, la llevan con su tía Bodill, y sus tres hijos mayores que ella. Ida, por primera vez, se siente acogida, tranquila y sobre todo, querida. Pero, las cosas no son nunca lo que parecen, y la tía Bodill y sus hijos no son de una pieza, sino de muchas, y se dedican a actividades criminales. Después de pasar con gran éxito por la televisión con series como Borgen, Cuando el polvo se asienta y La ruta del dinero, la directora danesa, con un férreo y directo guión que firma Ingeborg Topsoe, debuta en el largometraje con una película enmarcada en una fábula al estilo de Hansel y Gretel y Alicia en el país de las maravillas, donde una joven de vida difícil, encuentra en el seno de una familia violenta, quién lo diría, el amor y el cariño que nunca ha tenido en su vida.

Todo se filma desde la mirada de Ida que, actúa de forma impasible a todo lo va sucediendo a su alrededor, como un testigo mudo, alguien que mira, observa y sobre todo, calla. Nordahl confía en su elenco su potente y desgarradora historia, que va in crescendo, radiografiando a todos los personajes, sus aspectos psicológicos, esenciales para este tipo de películas, las relaciones que tienen con mujeres y entre ellos, y sobre todo, la relación estrecha y amorosa que mantiene la madre, una auténtica matriarca criminal de armas tomar, con sus hijos. Tenemos a Jonas, el mayor, matón, y muy violento, el digno heredero de la madre, luego, está David, el adicto, el que desaparece sin dejar rastro, el complicado, y por último, Mads, el pequeño, adicto a los videojuegos, alguien fiel y centrado. Con ochenta y ocho minutos de metraje, la cineasta nórdica, establece un retrato muy íntimo y contundente de esta peculiar familia, y el nuevo miembro, una Ida que participará en los delitos criminales, y se mostrará apática ante la violencia, aunque quizás, ha llegado el difícil momento de elegir entre el amor familiar o involucrarse en terrenos que le pueden llevar a pozos más oscuros de los que venía.

Wildland es una película entera, de carácter, que no dejará indiferente al espectador que quería conocer de primera mano una familia danesa muy unida, que se dedican a extorsionar a aquellos que les deben dinero, a hurtos diversos y a la violencia como pan de cada día, porque la película plantea los límites del amor y la familia, vistos desde fuera, desde Ida, una joven que ha encontrado a alguien que la quieren y la respetan, pero quizás para conseguir, y sobre todo, mantener ese amor, debe pagar un precio demasiado alto para su juventud o no. El elemento que más destaca de la película es su extraordinario reparto, encabezado por una grandísima Sidse Babett Knudsen como la gran madre, esa especie de matrona italiana, de extraordinaria belleza física y “jefa” del clan violento y familiar, un pilar irrompible y capaz de todo. A su lado, Joachim Fjelstrup como Jonas, Elliott Crosset Hove como David, y Besir Zeciri como Mads, y la auténtica protagonista de esta fábula moderna que no es otra que la debutante Sandra Guldberg Kampp como Ida, una niña que crecerá de repente, sumergida en un horror que, quizás, le conviene más que le perjudica, aunque eso deberá descubrirlo por ella misma.

Jeanette Nordahl debuta en el cine de forma brillante y concisa, realizando una obra de gran calado no solo cinematográfico, sino también, un ejemplar estudio de personajes que viven situaciones extremas en un entorno donde la familia lo es todo, pero también, la violencia lo es todo. La realizadora danesa nos somete a las cuatro paredes de este núcleo familiar, a sus relaciones y a su relación con Ida, el nuevo huésped que ha venido a quedarse, consiguiendo una película sólida, devastadora y cruda, que no solo describe el amor familiar, sino también, el de una violencia como motor de ese amor y de esa forma de vivir, y frente a ellos, o a su lado, según se mire, Ida, la niña que entrará en ese mundo de amor y violencia, de realidad y fantasía, de sentimientos al límite, y de relaciones enfrentadas, aunque para Ida, todo ese enmarañado de relaciones familiares tan negras y violentas, no son más que otro peldaño hacia el infierno en el que la existencia de Ida está desde que vino al mundo, rodeada de adultos demasiado egoístas, individualistas y violentos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sole, de Carlo Sironi

LENA Y ERMANNO.

“Cada pensamiento podría ser el comienzo de la nueva red enmarañada que estás tejiendo, cualquiera podría ser un nuevo amor”.

Brand New Love de Sebadoh

Había una vez un joven veinteañero llamado Ermanno, que vivía en algún lugar olvidado de la periferia, y mataba el tiempo jugando a las tragaperras y con pequeños hurtos. Un día, aparece Lena, una joven de 22 años, polaca, sola y embarazada, que se aviene a vender a su criatura a los tíos de Ermanno, ya que no pueden tener hijos. Ermanno, que después entregará el recién nacido a sus parientes, a cambio de dinero, se convierte en una especie de carcelero de Lena, con la que vive en uno de esos apartamentos de tantos barrios alejados del centro, en el que solo llegan los que viven allí. Carlo Sironi (Roma, 1983), ya había llamado la atención dentro del panorama cinematográfico internacional, con sus tres cortometrajes. En Sofia (2008), explicaba la relación íntima de dos hermanas a través de los objetos, en Cargo (2010), nos hablaba de la relación entre Alina, una prostituta ucraniana, y Jani, su protector rumano, en la periferia romana. Y en Valparaíso (2016), el conflicto de una joven embarazada despedida de su trabajo.

Con Sole, debuta en el largometraje, con un relato nuevamente periférico, centrándose en las existencias y conflictos de unas almas que no tienen a nadie en el mundo, quebrados emocionalmente, que intentan tirar hacia adelante en situaciones muy adversas. Lena y Ermanno pertenecen a esa juventud europea desarraigada, mutilada y sin rumbo, una juventud desorientada que anda de aquí para allá, presa de otros, con más poder y dinero, como el tío de Ermanno, que acaban dirigiendo sus vidas. Sironi construye una película muy estilizada y directa, con el formato 1:33.1, con ese formato cuadrado, que se ciñe a sus personajes, y en esa especie de cueva-cárcel en la que viven, con esa tonalidad de azul que presiden los encuadres, obra del cinematógrafo húngaro Gergely Pohárnok, con esa luz etérea, sin vida, sin alma, con esa cámara casi quieta, que apenas se mueve, con unos personajes que apenas hablan entre sí, solo se miran y se explican casi todo a través de ese lenguaje, porque no saben que decirse, como tratarse, y mucho menos, explicarse lo que sienten, creando ese espacio emocional donde cada movimiento y gesto adquiere una intimidad esencial.

El director italiano nos cuenta una fábula moderna, de aquí y ahora, aunque su forma de capturarla no obedece a ningún tiempo ni a ningún lugar, queriendo transmitir esa sensación de atemporalidad y no lugar que transmite la narración y el conflicto que trata. Una edición sobria y de corte puro, que firma Andrea Maguolo, que ya había estado en los cortometrajes de Sironi, ayuda a sumergirnos en el alma de esas dos vidas desesperadas y desencajadas, como son Lena y Ermanno, dos víctimas más de una Europa que ha olvidado a las personas, y vive hipnotizada por la economía, tratando a muchos de sus habitantes como ciudadanos de segunda, que serían los dos jóvenes, frente a los tíos de Ermanno, que sería toda esa otra Europa, la que somete a los más débiles y necesitados, como planteaba treinta años atrás, la película Trabajo clandestino, de Jerzy Skolimowski, donde unos trabajadores polacos eran encarcelados en una vivienda mientras hacían su remodelación. Personas ocultas, silenciadas, olvidadas, que solo valen si se les puede sacar algún provecho económico o de otra índole, como sucede en Sole, título revelador que alude a toda esa desolación que recorre las tristes existencias de los protagonistas, que cuidan de un embarazo y una niña que será para otros.

Sironi nos conduce por la miseria de su película, a través de una de las más tiernas y conmovedoras historias de amor que se han visto en el cine en los últimos tiempos, en la que dos desesperados y sin futuro, como son Ermanno y Lena, conocen y sienten, por primera vez, eso que llaman amor, o algo que se le parece mucho, y dentro de ese mejunje de realidad durísima, empiezan a plantearse una vida que antes no tenía nada más allá que lo que estaban viviendo. Una pareja protagonista que se convierten en las mejores pieles y aliados para contar un cuento duro y sensible a la vez, con el debutante Claudio Segaluscio, uno de esos personajes que parecen salidos de una película de Pasolini, o de Gomorra, uno de esos que andaban con Accattone, con ese rostro impasible, sin mostrar ni intuir nada, que se desplaza inclinado, con toda esa máscara de dureza que oculta a alguien de gran corazón. A su lado, la actriz Sandra Drzymalska dando vida a Lena, otra joven desamparada, que sueña con llegar a Alemania y empezar de nuevo, y accede a entregar a su bebé para cobrar un dinero vital para ella, con esa mezcla de sensibilidad y dureza, con esa cara de niña que ya ha vivido demasiados golpes. Una pareja que no estaría muy alejada de los Sonia y Bruno de El niño, de los Dardenne.

Sironi mira con profundidad e intensidad a sus personajes y el conflicto que los encierra, como demuestra con su minimalismo, tanto formal como emocional, en el que lo explica todo, de forma sencilla y catalizadora, consiguiendo atraparnos con lo mínimo, en una película admirable y poderosa, ejecutada con detalle e inteligencia, magnífica en su intimidad y reveladora en su composición, que nos habla de frente y con una frialdad que encoge el alma, tratando un tema complejo como la gestación subrogada que está prohibida por ley en muchos países, y haciéndolo con sabiduría y potencia, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, mostrando una realidad que los gobernantes se niegan a ver, pero la necesidad de unos y otros, hace que se siga practicando, y también, nos habla del hecho de convertirse en padres, que significa y que provoca en la vida de dos personas que se tropiezan porque otros lo han decidido, siendo unas víctimas de tanta desigualdad, de tanta violencia, y sobre todo, de tanta falta de amor en las sociedades que vivimos y construimos diariamente, que más nos valdría mirarnos más los unos a los otros, que andar como pollo sin cabeza, ensimismados en nuestra existencia y en nuestros objetivos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA