No creas que voy a gritar, de Frank Beauvais

TODAS LAS PELÍCULAS HABLAN DE MÍ.

«¿Quién ha dicho que el tiempo cura todas las heridas? Sería mejor decir que el tiempo cura todo menos las heridas. Con el tiempo, el dolor de la separación pierde sus límites reales. Con el tiempo, el cuerpo deseado pronto desaparecerá, y si el cuerpo que desea ha dejado ya de existir para el otro, entonces, lo que queda es una herida… sin cuerpo».

Chris Marker en Sans Soleil

Frank Beuavais (Phalsbourg, Francia, 1970) y su pareja se fueron a Alsacia (una región al noreste de Francia, en la frontera con Alemania y Suiza, a 500 km de París), huyendo de la gran urbe al pueblo, debido a razones materiales. Su convivencia se alargó cinco años hasta que el desamor los separó. Cuando la película-documento-diario de Beauvais arranca ya han pasado seis meses de la separación. Estamos en el 2016, en el mes de abril, y se inicia un período en soledad, una aventura cotidiana con uno mismo, una especie de diario del duelo que abarca hasta el mes de octubre del mismo año. Un espacio en el que la vida de Beauvais se remite únicamente a la ingesta de películas, al visionado compulsivo de cine, cine de todas las épocas, géneros, estilos, formatos, nacionalidades y sobre todo, cine para olvidar, o quizás deberíamos decir, cine para olvidarse de uno mismo y pasar el tiempo soñando o desesperándose  con otros, envueltos en otros mundos y en otras circunstancias.

El cine acaba siendo reflejo de nuestro estado de ánimo, convirtiéndose en juez implacable, y acaba impregnándose en aquellas imágenes que estamos viendo, convirtiéndolas en espejos deformantes de nuestra realidad y sobre todo, de nosotros mismos. Ya sea como recuerdo de aquel período vivido en soledad y reflexión en aquel lugar, o como terapia en que el cine nos ayuda o al menos, eso creemos, para solventar las dudas existenciales y llenar ese ánimo tan vacío que a veces se nos queda. Beauvais, que ya experimentó en el formato corto, ha hecho una película de aquello que experimentó, sintió y materializó, ya fuese en forma de idea, pensamiento, reflexión, duda o inquietud, en forma de diario íntimo y personal sobre el duelo, la soledad, la existencia, la incertidumbre, la política, la sociedad, la familia, el cine, su oficio, sus amigos, sus viajes, el desempleo, sobre la acumulación de los objetos, de lo material como modo de existencia,  sobre el despojamiento, ya sea personal o material, y demás pensamientos, a través de una voz en off, la suya propia, que nos va guiando y conduciendo por esta maraña de ideas y reflexiones, algunas alegres, otras tristes, unas esperanzadoras, otras amargas, unas ilusionantes, otras desoladoras.

Durante los 75 minutos del metraje, apoyadas por las imágenes de las más de 400 películas que visionó durante el período mencionado, consistentes en planos breves, de apenas cinco o diez segundos, que van del blanco y negro al color, y viceversa, donde vemos cortes que nos muestran partes del cuerpo, lugares, objetos, acciones, imágenes surrealistas, pictóricas, fantásticas, cotidianas, y de todo tipo, que interpelan con la voz de Beauvais, en un constante y febril diálogo, nunca la ilustran, sino actúan de forma contradictoria, seductora, extravagante y funcionan de forma independiente dentro del todo que es la película, consiguiendo el excelso y rítmico montaje, obra de Thomas Marchand, un aluvión de imágenes poderosas, enérgicas y rompedoras, que nos van sumergiendo en un discurso hipnótico y fascinante, donde se habla de todo y todos, siguiendo la cronología que van marcando los acontecimientos cotidianos, sociales y políticos del país, enarbolando un sinfín de ideas donde conoceremos más a Beauvais y sobre todo, nos introduciremos en ese universo que contempla ese período de seis meses en mitad de la nada, casi en aislamiento, imbuido en el cine y en sus películas.

La película no solo se argumenta con la palabra de Beauvais, sino que recurre, en apenas tres ocasiones, a la palabra de otros, autores que refuerzan y median como Hesse o Perec, ente otros, el diálogo consigo mismo que ejecuta Beauvais, sin vacilaciones ni barreras, hablando de su vida y de todo aquello que le rodea, ya sea pasado, como la relación conflictiva con su padre, o presente, con la mala praxis política de su país, Francia, o la mudanza que realizará a París, etc…La narración prescinde de la música, dando todo el valor a la palabra y a la imagen, una imagen descontextualizada de tal manera que nos resulta imposible relacionarla con el listado interminable de películas que se citan en los títulos finales, con el mismo modelo que tanto caracterizaba la mirada de Chris Marker, el maestro del cine ensayo, y su magnífico empleo del found footage o material de archivo encontrado, extrayendo esas imágenes de su origen y convirtiéndolas en entes individuales y personales que funcionan en otros contextos y películas, mismo trabajo que empleó Godard en su monumental Histoire(s) du cinéma, su personalísima evocación y reinterpretación de las imágenes del cine.

Beauvais ha construido su opera prima en base a dos conceptos bien definidos, uno, su estado anímico de soledad y aislamiento, y dos, el cine y sus películas, porque ya desde su descriptivo título No creas que voy a gritar, habla de todo aquello que necesita decir, explicar y sobre todo, compartir, materializar con su voz y las imágenes troceadas de las películas, ese sentimiento de rabia, una especie de puñetazo de realidad y verdad, con el cuadro de El grito, de Much como referencia, o lo que es lo mismo, un encuentro consigo mismo en el que decir todo aquello que vamos encontrando y reencontrándonos de nosotros mismos. El cineasta francés habla a tumba abierta, al borde del abismo y sin miedo, y consigue entusiasmarnos con su palabra e imagen, desnudándose en todos los sentidos y comprometiéndonos en ese viaje sobre la existencia y la vulnerabilidad. La película consigue su propósito con creces, y lo hace de manera brillante y conmovedora, porque si hay un hecho primordial en el oficio de hacer películas, no es solo hacerlas, sino compartirlas, porque ese hecho marca el destino final de cualquier obra, que puedan verse, en el caso del cine, verse y disfrutarlas, aunque tengan demasiados conceptos en los que nos interpelan directamente, en los que nos miramos y nos descubrimos, en ocasiones, para bien y en otras, no tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El glorioso caos de la vida, de Shannon Murphy

MILLA ESTÁ LOCAMENTE ENAMORADA.

¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?

Hellen Keller

Milla tiene 15 años y está enferma de cáncer. Pero, un día, mientras Milla espera el tren con dirección al colegio femenino, se tropieza con Moses, un pandillero que vende drogas, y se enamora perdidamente de él. Los padres de Milla, Henry, psiquiatra adicto a las pastillas, igual que su esposa, Anna, diagnosticada como enferma mental, no ven con buenos ojos la relación, aunque poco a poco, Moses acaba introduciéndose en el seno familiar. A simple vista, El glorioso caos de la vida, Babyteeth (“Dientes de leche”, en su título original) tiene el tono y el marco de ese cine independiente estadounidense capaz de hablar de cualquier tema que se proponga, por muy duro que éste sea, como hacia Van Sant en Restless (2011) donde también se retrataba la historia de amor de una enferma terminal y un chico que le encanta asistir a funerales. La directora australiana Shannon Murphy, debutante en el largometraje, después de despuntar con cortometrajes, se basa en una obra de Rita Kalnejais, autora del guión, y dota a su relato de un tono diferente a la película de Van Sant, sumergiéndonos en una comedia gamberra e irreverente, pero que conmueve y explica cosas, en la que nos introducimos en una familia completamente disfuncional, de la que conocemos sus pequeñas y grandes miserias cotidianas.

La llegada de Moses, que aparentemente parece el más inadaptado, se convertirá en una especie de testigo, como lo era el joven de Teorema, de Pasolini, de esa familia extraña, compleja y nada común. La película tiene la sabiduría y la sensibilidad para hablarnos de enfermedad y amor en la misma frase, de sacudirnos con un tema serio como el cáncer y su cotidianidad, y a la vez, transformarse en una comedia ácida y crítica, sacarnos una risa cuando todo indicaba que debíamos encogernos el corazón. Kalnejais ya alcanzó un notable éxito cuando la obra se representó en las tablas, con ese aire mordaz y negrísimo en la forma de tratar el drama de la enfermedad, bien adaptado en el cine, con esos rótulos que nos van avanzando el contenido de los diferentes y breves capítulos, así como sus gratificantes momentos musicales llenos de vida, amor y subidón, o las rupturas de la cuarta pared, ingeniosas y estupendas, que nos interpelan constantemente, así como la excelente y dinámica luz de la película, obra de un experimentado cinematógrafo como Andrew Commis, con esa cámara en mano que sabe capturar la alocada e inquieta cotidianidad de los Finley en su entorno y sus relaciones.

Una obra rompedora, acogedora y llena de luz, unas veces cómica y otras, amarga, protagonizada por Milla, una niña que despierta a la vida y de paso, ha de enfrentarse a la muerte, en esa especial y complicada dicotomía se mueve la historia, mezclando esos dos conceptos de forma admirable y conmovedora, como esa maravillosa cena cuando Moses acude por primera vez a la casa de los Finley, o ese arranque cuando nos presentan a los padres en terapia y se disponen a follar, y son interrumpidos por una llamada, o ese otro cuando Milla y Moses se conocen en la estación, y así casi toda la película, conjugando de forma extraordinaria esos momentos tan cotidianos con las diferentes realidades en la que están inmersos cada personaje, sin olvidarnos de los dos personajes más secundarios como Gidon, ese músico filósofo que enseña violín a Milla, o Toby, la vecina embarazada tan rara y tan parecida a los Finley, que podría ser una hermana o cuñada muy cercana.

Y qué decir del fantástico espacio donde está rodada la película, esa calle llena de casas con garaje, jardín y piscina en uno de los barrios residenciales de Sidney, un personaje más, como el interior de la casa de los Finley, con sus grandes cristaleras, su espacioso y frío comedor, o esa piscina que solo usa el invitado. Un reparto brillante y lleno de naturalidad en que fusionan la juventud de Eliza Scanlen como Milla (que hace poco vimos como una de las Mujercitas, de Greta Gerwig), maravillosa, tierna y sensible, un amor especial, en su rol como la desdichada y vitalista Milla. A su lado, otro joven como Toby Wallace interpretando a Moses, el golfillo que acaba siendo un Finley más, tanto para bien como para mal, y esos padres, con intérpretes experimentados como Essie Davis como la madre perdida, amorosa y como un cencerro, y ese padre, que hace Ben Mendelsohn, un psiquiatra que también necesitaría terapia y cuanto antes mejor. Emily Barclay como la vecina Toby, con su enorme panza de buena esperanza y sus excentricidades, y Gidon, que interpreta Eugene Gilfedder, el eterno enamorado de Anna Finley y amigo familiar metido en este caos.

El glorioso caos de la vida es una película que rompe con todo los tópicos sobre la enfermedad y las situaciones dolorosas que la rodean, teniendo la capacidad para colocarnos en una posición completamente distinta a esos dramas lacrimógenos de otras obras, capturándonos a través de la vida, el amor y la locura, y todas esas sensaciones que da la vida cuando empiezas a saborearla, a vivirla de verdad, aunque dure poco. Un fábula de aquí y ahora, sobre la vida o sobre todas esas cosas que sientes cuando vives, de la vida, de ese despertar en la adolescencia al amor, al sexo, a los cambios corporales y emocionales, a sentirse diferente y contrario a las normas e ideas paternas, introduciendo la enfermedad y el dolor a esos cambios que experimentamos, sumergiéndonos en la vida, tanto interior como exterior de Milla, una enamorada del chico menos indicado, pero que es el amor sino, un cúmulo de sensaciones indescriptibles, una forma de sentirse otro, de querer a alguien y no saber por qué, de saber que la vida quizás son ese tipo de sensaciones que no podemos explicar, porque en realidad no tenemos ni pajolera idea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un blanco, blanco día, de Hlynur Pálmason

EL AMOR ES MÁS FRÍO QUE LA MUERTE.

“En los días en que todo es tan blanco que no se distingue entre el cielo y la tierra, los muertos pueden hablar a los vivos”

Anónimo

Dos imágenes. Dos planos secuencia inician el segundo trabajo de Hlynur Pálmason (Hornafjörour, Islandia, 1984). En la primera imagen, en movimiento, seguimos a un automóvil en una mañana nebulosa circulando por una carretera solitaria. En una curva, el vehículo de manera intencionada sigue recto y se despeña por un acantilado perdiéndolo de vista. En la segunda imagen, estática, igual de inquieta, somos testigos del paso del tiempo mientras miramos una casa, en la que no alteramos movimiento. Dos imágenes que a medida que avance el metraje, se irán revelando ante nosotros, destapando aquello que ocultan, aquello que será desvelado, que tendrá una importancia capital en el transcurso de la vida de los personajes. Si en Winter Brothers  (2017), Pálmason indagaba de forma sobria e íntima la tensa y difícil relación de dos hermanos que aparentemente trabajaban juntos, explorando de forma crítica la “falta de amor” entre ellos dos.

En Un blanco, blanco día, sigue investigando las relaciones personales tensas y dificultosas, tanto en el terreno familiar como en el social, pero a través de dos tiempos, el presente y el pasado. El presente, donde conocemos a Ingimundur, un policía retirado que vive entre los arreglos de la nueva casa para su hija, la casa que vimos en la segunda imagen que abre la película, los cuidados de su nieta, y las visitas al psicólogo para superar la muerte trágica de su esposa, el accidente de la primera imagen. Esa aparente cotidianidad en la que nos instala el director islandés, se ve trastocada con el descubrimiento de una caja donde la esposa fallecida guarda objetos personales y recuerdos. Entre esos recuerdos, Ingimundur se tropezará con unas fotos, unos libros y una cámara de video, objetos que ocultan una realidad de su esposa que el protagonista desconocía completamente. La realidad del policía retirado se agita de tal manera que, la vida sencilla y cotidiana de Ingimundur cambia radicalmente, obsesionándose con el pasado de su esposa para encontrar respuestas a muchas inquietudes que lo alteran considerablemente.

En ese instante, Pálmason cambia el tono pausado y relajado de su relato y nos adentra en esa violencia contenida que estallará en la realidad de Ingimundur, obsesionado con el amante de su esposa, en una cruzada personal y violenta por destapar una verdad que le tiene hipnotizado, situación que le enfrentará a sus antiguos compañeros, y a su propia familia, encerrándolo en ese viaje psicótico para resarcir ese pasado que, tanto le inquieta y abruma. El cineasta danés impone un ritmo in crescendo, arranca con esa pausa inquieta y oscura, como si esperásemos que esa violencia contenida explotará en cualquier instante, como sucedía en títulos-espejos como Perros de paja, Defensa  o Furtivos, grandes obras con esa atmósfera rural donde la violencia suavemente va dominando a los personajes y atrapándolos en una espiral sangrienta sin retorno, donde se va rebelando todo aquella rabia oculta que tienen los personajes y estalla cuando las circunstancias se vuelven muy adversas.

El director islandés coloca al actor Ingvar Eggert Sigurosson dando vida a Ingimundur, en el centro del relato, un actor con esa mirada sombría, de talante pausado, y físico imponente, una especie de John Wayne, tanto a nivel físico como emocional, firme en sus propósitos, de pocas palabras y expectante en sus actuaciones y relaciones, fuerte como un roble, y tenaz en sus ideas, sin olvidarnos de ese amor incondicional que tiene a los suyos, convertido en un desatado perro rabioso cuando descubre aquello que tanto tiempo ha sospechado. Pálmason se revela como un cineasta enérgico y magnífico en la construcción de atmósferas y muy sólido y tenaz en mostrar sin evidencias claras y sentimentalismos, las relaciones turbias que hay entre los personajes, como esos maravillosos momentos del partido de fútbol en que la cámara sigue incesante a nuestro protagonista, o los inquietantes planos fijos secuenciales que tanto revelan de la historia, o esos viajes en coche que describen muy bien la tensa calma que se respira en la película, una tensa calma que explotará convirtiendo a los personajes en alimañas, unos, y en cazadores, otros, porque como nos contaba Fassbinder, el amor ha de ser sincero y sin reversas, porque todo lo demás, es exigencia, interés, soledad, vacío y muerte, e Ingimundur debe saber diferenciarlo para no traspasar esa línea de no retorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las vidas de Marona, de Anca Damian

PERRA VIDA.

“Los humanos no se molestan en aprender nuestros ladridos, pero nosotros tenemos que entender lo que nos dicen. Aprended el idioma del hombre para protegeros de él”

Si hay un perro que nos ha conmovido en el cine más personal y comprometido, ese no es otro que Flike, el perrito que seguía a pies juntillas al desamparado y solitario Umberto Domenico Ferrari, el jubilado pobre de Umberto D., de Vittorio de Sica. Flike era fiel a su dueño, a pesar de las injusticias y penumbras por las que pasaban, un perro que era más que un amigo, era el único ser vivo que nunca dejaba a Umberto. Marona, la perrita mestiza, también es un can fiel y resistente, a pesar de que, al contrario que Flike, no suele encontrar en los humanos un aliento cálido y amable. Marona hace lo imposible para ser una más, pero las circunstancias de su existencia resultan hostiles y oscuras. La cineasta Anca Damian (Clujnapoca, Rumanía, 1962) ha combinado la acción real con títulos como Crossing Dates (2008) A Very Unsetted Summer (2013) o Moon Hotel Kabul (2018) con largometrajes de animación como Crulic: The patch to Beyond (2011) donde mezclaba aspectos biográficos, aires kafkianos y experimentales, o The Magic Mountain (2015) la historia de un Don Quijote en Afganistán.

La directora rumana fusiona su fantasía visual con temas universales como el amor y la muerte, cuentos de hadas modernos, en los que prima la verdad, como espejo de la tragedia de la existencia, a través de personajes sumidos en realidades complejas y tristes. En Las vidas de Marona arranca con el atropello de la perra protagonista del relato. A partir de esa imagen tremenda con el animal tendido en el suelo y agonizando en el asfalto, arranca el relato, con la compañía de la voz en off del can, que nos irá explicando las vicisitudes de su vida, incluso antes de nacer. Siguiendo la misma estructura que Sin techo ni ley, de Agnès Varda, por citar una de las películas en las que mejor se refleja la durísima vida de Marona, la película nos irá llevando por un universo laberíntico y vital, con una apabullante y extraordinaria imaginación visual, acompañada de un virtuosismo estético y pictórico, donde se mezclan lo onírico con lo real, las formas extrañas, surrealistas y complejas, dibujando marcos y mundos dentro de este completamente inabarcables, surrealistas y esperpénticos.

Marona vendrá al mundo y será abandonada por la familia de su padre, un dogo argentino racista y malcarado. Sola y abandonada en la calle, será recogida por Manole, un solitario y melancólico acróbata, que vive en un mundo de bohemia, donde la perrita cachorra, vivirá un cuento lleno de colores, formas imposibles y ensoñaciones, aunque todo ese universo de fantasía y amor, no tardará en llegar a su fin. Luego, pasará a manos de Istvan, un conductor amable y patoso, que la llevará a su casa, un hogar lleno de normas y restricciones, donde Marona, en su adolescencia, se sentirá atrapada y desamparada. Finalmente, los huesos de la perrita acabarán en manos de Solange, una niña que a medida que se hace mayor, dejará de lado a su perrita adorable. Una vida, la adulta, en que Marona tendrá que aceptar las cosas como son y soportarlas. Damian construye una película imaginativa y visualmente magnífica, sobre la perra vida de un can que deberá lidiar con el amor y el dolor a partes iguales, o mezclado, donde la hostilidad de los humanos será el pan de cada día, como les ocurría a Baltasar y a Marie, burro y niña, en la maravillosa Au hasard Balthazar, de Bresson, maltratados y vilipendiados por sus amos, unas vidas duras que encontraban poco amor.

Damian ha construido en Las vidas de Marona, un relato humanista y sensible, donde encontramos humor, ternura, dolor y tragedia, que crítica la hipocresía de la sociedad, atizando en ese interés malvado del amor, de la utilización y el abandono, a través de la existencia de un can mestizo, una especie de patito feo, que empieza ser rechazado por su condición diferencial, por no pertenecer a lo auténtico, a lo oficial, y así, comenzará una vida de abandono, solitud y desamparo, en la que su existencia, después de algo de amor y cariño, se instala en la soledad y la tristeza, como único camino insondable en la existencia del cánido, convertida así en un espejo deformante, en que el reflejo existencial del animal, se convierte en los males de nuestra sociedad, en la que, por desgracia, reinan la competitividad, la avaricia, el egoísmo, la soberbia, la hipocresía, y demás males que, ahondan y maltratan a aquellos, como le ocurre a Marona, diferentes, llenos de bondad y fidelidad, seres inocentes, llenos de vida, y sobre todo, amor, que chocan con ese cúmulo de barbaridades tan instaladas en la sociedad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Matthias & Maxime, de Xavier Dolan

DESATAR LAS EMOCIONES.

“La única verdad es el amor irracional”

Alfred de Musset

Los amores imaginarios, segunda película de Xavier Dolan (Montreal, Canadá, 1989) arrancaba con la cita que encabeza este texto. Una cita que asevera que el amor no tiene nada de racional, sino todo lo contrario, una especie de maná de sentimientos contradictorios que llevamos e interpretamos como podemos. La sentencia de Musset podría ser la definición perfecta del cine de Dolan, una obra abundante, 9 títulos en 9 años, en una especie de biografía ficcionada, en la que participan sus amigos y él mismo, sustentada a través de las emociones más fervientes, conflictos sentimentales que llenan un imaginario que ya deslumbró en el 2009, con sólo 19 años, con su impresionante debut Yo maté a mi madre, en que a medio camino entre la realidad y la ficción, el jovencísimo talento canadiense hablaba de la relación dificultosa con su madre. En la citada Los amores imaginarios, del año siguiente, dos amigos, él, homosexual, y ella, hetero, se encaprichaban de una especie de adonis.

En Laurence Anyways (2010), componía un certero retrato sobre la identidad, otra de sus elementos esenciales en su cine, cuando un hombre que parece que ha conseguido su éxito personal y profesional, se destapa ante los suyos explicándoles su intención de cambiar de sexo. En Tom à la ferme (2013), se centraba en el descubrimiento de amores ocultos de un fallecido por parte de su novio.  En Mommy (2014) volvía a las relaciones oscuras de madre e hijo imaginando una distopía. En Sólo el fin del mundo (2016), adaptaba la obra de Jean-Luc Lagarce, para hablarnos de un joven que vuelve a la casa familiar para comunicarles una terrible noticia. En Matthias & Maxime, vuelve a mirar a los suyos y así mismo, para elaborar un retrato de aquí y ahora, en el marco donde se desarrolla su obra, donde un par de amigos de toda la vida, a raíz de un tímido beso en el corto de la hermana de uno de sus colegas, se sentirán diferentes, sentirán que algo ha cambiado, o simplemente, han despertado algo que ocultaban por miedo a convertirse en la persona que han ido construyendo.

Dolan sabe construir imágenes sugerentes y transmisoras, mezclando con habilidad una estética pop, llena de colores y formas, rodeada de una estética sofisticada y nada manierista, que cambia según el estado de ánimo de sus personajes, desde el apartamento lúgubre y oscuro, hasta el colorido de otros pisos, donde la luz y la diversidad nos atrapan, bien combinando con esa música que combina varios estilos desde la música sesentera hasta la electrónica más actual, y el sonido, con el que juega sin prejuicios ni coacciones, sino de una forma libre y armoniosa, que capta la esencia intrínseca de los conflictos interiores que se desatan en sus películas. Tenemos a Matthias, Matt, para los colegas, con un trabajo de abogada en promoción, una mujer a la que ama, una familia que lo quiere, y unos amigos con los pegarse una farra de tanto en tanto, y por el otro lado, tenemos a Maxime, homosexual, ganándose la vida como camarero, con una madre ida, y sus dudas existenciales, aunque ha decidido que pasará los dos próximos años viviendo en Australia.

El relato se centra en ese tiempo de antes del viaje, un tiempo en que, los vemos paralelamente en sus respectivas vidas, imaginándose o soñando al otro en silencio, consigo mismos. Un tiempo en que tanto Matt como Maxime harán lo imposible por encontrarse y hablar sobre lo ocurrido, evitándose constantemente, como si fuesen amantes despechados o algo parecido, aunque el encuentro o mejor dicho, el reencuentro será inevitable y tanto uno como otro, deberán mirarse al espejo de las verdades y expresar todo aquello que sienten y ocultan a los demás y sobre todo, a sí mismos. Dolan rodea el conflicto a través del grupo de amigos, unos descerebrados con muchas ganas de pasarlo bien y disfrutar de las fiestas que asisten, quizás esa despreocupación de alrededor, aún hace más invisible y contundente la tensión sentimental y sexual que existe entre los dos protagonistas.

Dolan que escribe, monta, dirige, y protagoniza muchas de sus películas, toma el rol de Maxime, enfrascado en su propia contradicción de abalanzarse sobre Matt, pero con ganas de huir de una existencia mísera llena de conflictos, bien marcada por esa ausencia interna que refleja constantemente. Por su parte Matt, bien interpretado por Gabriel D’Almeida Freitas, con ese aspecto varonil y fuerte, intentando parecer seguro aunque pro dentro este rompiéndose, es la antítesis de la fragilidad, tanto emocional como física que desprende Maxime, aunque quizás solo sea fachada y los dos están embarcados en  esa fragilidad emocional que tanto enferma a muchos en este mundo contemporáneo donde se habla mucho de banalidades, y se callan las cosas importantes, como las emociones que sentimos por los demás y ocultamos porque aquello no va con nosotros, la sarta de mentiras en las que vivimos, porque lo que se espera de nosotros, no tiene nada que ver con lo que sentimos realmente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan

LOS BAJOS FONDOS.

“Que cada cual siga su inclinación, pues las inclinaciones suelen ser rayas o vías trazadas por un dedo muy alto, y nadie, por mucho que sepa sabe más que el destino”

Benito Pérez Galdós

Hace seis años en el Festival de Berlín se alzó con el primer premio Black Coal, la tercera película de Diao Yinan (Xi’an, China, 1969) un brillantísimo ejercicio noir que nos explicaba con fuerza y contundencia un relato sucio y desolador sobre un complicado caso de asesinatos en la China devastada por el capitalismo. Yinan acogía los elementos del género para revertirlos y darles una mirada distinta, más desgarrada y deshumanizada, en mitad de un paisaje urbano y helado, en el que además, introducía una historia de amor entre dos seres invisibles, rotos y anclados en un pasado traumático. Su nuevo trabajo El lago del ganso salvaje, vuelve a situarnos en el noir, pero esta vez la mezcla entre tipos del hampa y agentes del orden se hace muchísimo más palpable, en el que los dos se mezclan y se confunden durante una larga noche.

El director chino nos acota el relato en tres noches, y alguna que otra mañana, dos funcionarán como flashbacks para explicarnos los pormenores de los dos protagonistas, Zhou Zenong, un líder de una banda criminal, y Liu Aiai, una joven prostituta. La acción arranca cuando después de una pelea entre bandas, Zenong mata accidentalmente a un policía y comienza una huida nocturna imposible por “Jiang Hu” (los bajos fondos) donde se tropezará con la prostituta enviada por el jefe de otra banda que parece querer ayudarle o no. Además, en esta aventura nocturna aparecerá un tercer agente implicado, la policía en el rostro del Capitán Liu, y por último, la esposa de Zenong, contrapunto del personaje de la prostituta, que vive acosada por la policía y a la espera del reencuentro con su marido fugitivo. Dinan nos sitúa su película en una noche eterna que parece no tener fin, y nos enmarca en un paisaje peculiar, el de los alrededores del lago del título, donde se amontonan casas de todo tipo en un meticuloso y desproporcionado laberinto por donde se moverán la pareja de fugitivos, diversos criminales, algunos que pretenden ayudar y otros, acabar con la vida del perseguido, y policías a la caza del asesino.

Todos los agentes implicados se moverán rápido, sin tregua ni descanso, en un continuo movimiento enloquecido donde la vida anda en constante peligro, criaturas rotas y heridas que se moverán por el fango de los arrabales, en las que las aguas turbias del lago serán el reflejo deformador de esos cuerpos y rostros heridos, lugar donde encontramos la miseria de unas existencias a vueltas con un destino incierto e implacable para ellos. La magnífica luz obra de Dong Jinsong (cinematógrafo de la filmografía de Yinan, y de la no menos célebre Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan) que a ratos deslumbra y otros hipnotiza, por su amalgama de colores neón donde abundan los rojos, verdes y amarillos, iconografías imperdibles en las noches asiáticas, creando ese espacio onírico, y a la vez, sucio, donde podemos apreciar con todo lujo de detalles esa sensación de tristeza y pérdida que emana de los personajes. No menos contundente es el preciso y soberbio montaje de Kong Jinlei y Matthieu Laclau (dúo que ha trabajado en el cine de Jia ZhangKe) hilando con absoluta maestría todas las imágenes que componen la película, llevándonos con decisión y fuerza por todos los puntos de vista que acontecen, dotando a la cinta de ese ritmo trepidante y sin aliento que tanto demanda.

Dinan no olvida imponer a su film una suerte de fatalidad donde unos personajes, al igual que ocurría en el cine de Renoir o Lang, están condenados a la desgracia, empujados por un destino que los acecha constantemente, envueltos en una niebla de misterio y muerte a cada instante, en que el lago asume su rol de bestia dormida que los va atrapando suavemente, como una especie de imán imposible de desatarse, y ese amor entre el fugitivo y la prostituta acentúa aún más todas esas claves noir que arrastra al devenir de una pareja que no encuentra lugar donde esconderse. El buen trío protagonista encabezado por un portentoso Hu Ge en la piel del huido Zenong, una alma rota, en quiebra con la vida, azotada por la fatalidad, y a su lado, alguien no mucho menos desgraciado como Gwei Lun Mei (la viuda desolada de Black Coal) en el papel de LIu Aiai, esa prostituta cansada y derrotada, con esa ambigüedad que caracteriza a las mujeres del noir, también decidida a escapar y huir de esa existencia encadenada y mísera, y frente a ellos, la ley que representa el Capitán Liu, en la piel de Liao Fan (el policía traumatizado de Black Coal) con sus peculiares métodos para dar caza del criminal huido.

El lago del ganso salvaje, de Diao Yinan no deja indiferente, sino todo lo contrario, es una punzante mirada sobre China y sus miserias, a través de un potentísimo relato noir que, como los buenos títulos del género se convierten en reflejos de las sociedades, con sus complejidades, oscuridades y bajos fondos. Una película que viene a sumarse al maravilloso momento cinematográfico que vive China con títulos tan memorables vistos durante la última temporada como el citado de Bi gan, La ceniza es el blanco más puro, de Zhangke, An Elephant Sitting Still, de Hu Bo, So Long, My song, de Wang Xiaoshuai, en que a partir de películas de corte noir, plantean situaciones tristes y desgarradoras de una población en continua huida, solitaria y perdida, que se asfixia en una China ahogada por un capitalismo salvaje y deshumanizado, que está desplazando los valores tradicionales por otros menos amables y más competitivos. Un cine que refleja ese aliento de vacío que tanto describe a la población china de estos momentos, desplazada por un continuo y despiadado crecimiento que arrasa con todo lo de antes, sin tiempo para analizar tantos brutales cambios. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Xesc Cabot y Pep Garrido

Entrevista a Xesc Cabot y Pep Garrido, directores de la película “Sense sostre”, en Alhena Production en Barcelona, el viernes 20 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xesc Cabot y Pep Garrido, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Pere Vall de Comunicación de la película, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El hotel a orillas del río, de Hong Sangsoo

MIENTRAS CAE LA NIEVE.

La inmensa capacidad creativa de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) con más de la veintena de títulos en 22 años desde que dirigiese en 1996 su debut con El día que un cerdo cayó a la nieve, ya no asombra a nadie, convertida en una de sus señas de identidad como cineasta, emulando a otros colegas como Fassbinder, Woody Allen o Jess Franco, autores que han hecho de su inagotable producción una de las formas más definibles de su universo cinematográfico. Sangsoo se centra en conflictos emocionales, donde los relatos sentimentales serían uno de sus centros de observación, situados en la periferia de las ciudades o en pequeñas poblaciones, donde sus personajes, gentes dedicadas al cine o al arte, a partir de conversaciones cotidianas y triviales, esparcen sus rupturas emocionales y sus incapacidades para encontrar el amor y sobre todo, para mantenerlo. A través de una forma sencilla y ligera, en el que se cuela lo poético de modo suave y sin estridencias, donde los encuadres obedecen siempre al movimiento y al gesto de los personajes, incluso utilizando el zoom como recurso narrativo, en la que el autor surcoreano indaga en los males modernos de una sociedad cada vez más aislada, perdida y enferma.

En El hotel a las orillas del río, Sangsoo nos convoca en una pequeña ciudad, que apenas veremos, en el interior de un hotel cerca de un río, en mitad del invierno, donde somos testigos del frío que padecen sus personajes, implacable metáfora de los estados emocionales en los que se encuentran. Por un lado, tenemos a un viejo poeta que convoca a sus dos hijos, a los que hace tiempo que no ve,  para despedirse de ellos, ya que sueña con su muerte cercana. Por el otro, tenemos a una joven que pasa su luto junto a su amiga del alma, después de que su chico la abandonará. Dos relatos independientes, que llegarán a cruzarse en algún momento del metraje, componen un relato intimista, sincero y veraz sobre las formas de decir adiós cuando uno sabe que su tiempo ha llegado a su fin, y otra, que también necesita decir adiós y cerrar esa etapa de su vida, ese amor que no fue, para seguir adelante con su vida. Sangsoo mira su película de adentro hacia afuera, a través del interior del hotel, un espacio aislado en el que apenas se divisan los cinco personajes en liza y la recepcionista, personaje que hila los dos relatos y pone esos instantes cómicos en los que asalta a sus huéspedes para solicitarles un autógrafo.

Todo sucede en el salón y las habitaciones del hotel, exceptuando tres momentos de un paseo en la nieve, el trayecto hacia el restaurant y la comida en el restaurant. El cineasta surcoreano evidencia una pureza de estilo que encaja a la perfección con el tipo de historias que cuenta, con ese luminoso y triste blanco y negro, en que la luz natural se cuela invadiendo los espacios de la película, que acompaña aún más si cabe la situación emocional de los dos personajes protagonistas, almas en la nieve, a la deriva, situados en mitad de la nada, en un lugar que hiela el alma, los sentimientos y los sentidos, un espacio no lugar, blanco, sin tiempo ni ubicación, vacío y aislado, como si todo el mundo fuese acorde con lo que ellos sienten, esos sentimientos confusos, de pérdida, de dolor, de final del camino, de no hay nada más, de empezar de nuevo o acabar de una vez. La película se interroga constantemente lanzando ideas e hipótesis, interpelando directamente a los espectadores porque bajo ese manto blando y esas conversaciones sin más, existe un poco oscuro y sin fondo de bandazos emocionales donde los personajes se desplazan sin rumbo, sin voluntad, atados a sus emociones rotas, resquebrajadas y vacías.

Un plantel de intérpretes en estado de gracia donde destacan las presencias de Kim Minhee, musa del director, que vuelve a componer ese personaje ajado, roto  y fantasmal que se mueve por inercia, y cuando lo hace, porque la mayoría del tiempo está tumbado, dormido y sin fuerzas, roto en todos los sentidos, intentando avanzar y a cada paso que da parece dar dos para atrás, y Ki Joobong, ese poeta cansado y triste, que ya no escribe, que anda por un hotel vacío y perdido en el tiempo, invitado por un desconocido, alguien casual en un lugar en el que nada tiene que hacer, quizás sí, quizás tiene que despedirse de los suyos por eso los convoca, o quizás, siente que su vida ya alcanzado su tiempo, y ya nada más tiene que decir ni hacer. Sangsoo vuelve a alimentar nuestra alma con su cine sencillo y honesto, con su capacidad asombrosa e inagotable para seguir sumergiéndose en la psique humana y todas sus contradicciones y demás, a través de aquello más cotidiano y superficial, como compartir una comida, mientras sus personajes conversan de grafología, del tiempo pasado, de la amistad como pilar fundamental en las relaciones humanas, y sobre todo, la incapacidad emocional, como mencionaba Ingmar Bergman en su cine, mal de todos los tiempos, donde los seres humanos no somos capaces de encontrar aquello que nos hace estar bien, y cuando lo encontramos, somos incapaces de valorarlo, de expresarlo a los demás y compartir lo que sentimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ainhoa, yo no soy esa, de Carolina Astudillo

RETRATO DE UN DESENCANTO.

“El significado de una imagen no subyace en su origen sino en su destino”

Sherrie Levine

Las primeras impresiones que me vienen a la mente después de ver la película Ainhoa, yo no soy esa, de Carolina Astudillo (Santiago de Chile, 1975) tienen mucho que ver con la figura de Chris Marker (1921-2012) el cineasta ensayista de la memoria por excelencia, cuando refiriéndose a la naturaleza de las imágenes, mencionó: “Si las imágenes del presente no cambian, cambiemos las del pasado”, en relación a una frase de George Steiner que venía a decirnos que “No es el pasado el que nos domina, sino las imágenes del pasado”. Dicho esto, el concepto de la memoria es la base del trabajo de la cineasta chilena, afincada en Barcelona, ya desde sus primeras piezas, De monstruos y faldas (2008) o Lo indecible (2012) en los cuáles trazaba un profundo y sobrio trabajo sobre sendos casos de carcelación y tortura de las dictaduras españolas y chilenas, protagonizadas por personas anónimas, donde exploraba la memoria personal de aquellos invisibles, de los que nunca protagonizaban portadas de diarios, de tantos ausentes de la historia oficial.

Ya en su primer largometraje El gran vuelo (2014) retomaba lo investigado en el citado De monstruos y faldas, para retomar una de esas historias que pululaban por su pieza para centrarse en la figura de Clara Pueyo Jornet, militante del Partido Comunista que, después de huir de la cárcel de Les Corts en Barcelona, se perdió su pista. Astudillo tejía de manera extraordinaria un brillante y profundo retrato de la desaparecida a través de imágenes ajenas de la época de cuando vivió, ya que no existía material archivo de ninguna naturaleza, creando un mosaico magnífico en el que  indagaba en aspectos ocultos y oscuros de su biografía y dejaba abiertos todos los posibles caminos de su destino, a más, de realizar un ensayo sobre la naturaleza de las imágenes utilizadas, en la que realizaba un exhaustivo análisis de las imágenes, deteniéndose en cómo eran filmadas las mujeres, en su mayoría pertenecientes al servicio.

En su segunda película, la directora chilena va mucho más allá, porque vuelve a centrarse en una persona anónima, la citada Ainhoa Mata Juanicotena (1971-2016) una ciudadana más, una desconocida más, aunque el proceso creativo de la película anduvo por otros lares a los empleados en El gran vuelo, porque si en aquella la ausencia de imágenes provocó la búsqueda de otras de la época, en esta ocasión, la abundancia de material significó otro reto, elegir una idea entre tantas posibles, ya que había tantos caminos abiertos como diferentes. Patxi, hermano de Ainhoa, puso en manos de la cineasta material fílmico realizado en Súper 8, registrado por el padre, material en video, filmado por la propia Ainhoa, grabaciones telefónicas, cientos de fotografías familiares y los diarios de la joven citada. Un material inédito y familiar que abarcaba casi 40 años de vida, una vida llena de momentos alegres y divertidos sobre la infancia y la aventura de crecer, y también, esa adolescencia inquieta y esa juventud desencantada de la protagonista.

Astudillo construye una fascinante y maravillosa película fragmentada, grande en su sencillez e inabarcable en su reflexión, llena de idas y venidas por la biografía de Ainhoa, desde su infancia, pasando por la adolescencia y llegando a la edad adulta. Un viaje sin fin, un recorrido por su vida, por la fragmentación de su vida, a través de las películas de Súper 8 del padre, las fotografías y las grabaciones, donde Astudillo reflexiona sobre la naturaleza de las imágenes, su textura, sus imperfecciones producidas por el paso del tiempo y conservación, donde vemos a una familia feliz que disfrutan en vacaciones, con los padres de Ainhoa, sus dos hermanos mayores y ella misma, tanto en el País Vasco y su emigración a Barcelona. Momentos de otro tiempo, de un pasado lejano que jamás volverá, en el que las imágenes familiares dejan paso a una reflexión magnífica sobre la familia y la biografía propia, a la que la directora chilena añade lecturas del diario de Ainhoa, leídos por Isabel Cadenas Cañón, autora de También eso era el verano, un álbum familiar sin fotografías, una estupenda metáfora del viaje que propone Astudillo, en relación a la naturaleza de las imágenes, su destino, nuestra relación con ellas desde el presente, unas imágenes que explican unas vidas, algunas de ellas ausentes, cómo se detalla en la película.

Astudillo plantea una película de múltiples capas, a las que va añadiendo elementos que van añadiendo más piezas al caleidoscopio complejo de la existencia de Ainhoa y su familia,  como añadir su propia presencia, donde la directora, filmada en Súper 8, con el mismo formato cuadrado que acompaña a esas imágenes encontradas de la familia, en las que la directora se convierte en interlocutora con la propia Ainhoa, a la que escribe una carta que sabe que jamás leerá, en la que reflexiona en primera persona sobre acciones y decisiones comunes con la propia Ainhoa,  también leerá diferentes textos procedentes de diarios de artistas insignes como Frida Kahlo, Simone de Beauvoir, Susan Sontag, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik o Anne Sexton, algunas de ellas suicidas, como el fatal destino de Ainhoa, textos que, al igual que el de Ainhoa, se convierten en textos muy íntimos, donde descubrimos pensamientos, reflexiones y sensaciones sobre la maternidad obligada, la menstruación o el aborto, explicado de manera natural y sincera. También, escucharemos diferentes testimonios que nos hablan de otros aspectos y elementos de la propia Ainhoa, como los de su hermano Patxi, Esther, Lluís o Dave, personas que en algún momento u otro de sus existencias se cruzaron en la vida de Ainhoa.

Astudillo vuelve a contar con su equipo cómplice y habitual que raya a una altura inconmensurable, con el montaje de Ana Pfaff que realiza un trabajo memorable que entrañaba muchas dificultades, llevándonos de un tiempo a otro de manera sencilla y bella, haciéndonos reflexionar, a través de la naturaleza de las imágenes y su diálogo con el pasado y el presente, y Alejandra Molina en la edición de sonido, otro apartado esencial en el universo caleidoscopio y laberíntico de Astudillo, y la aportación en el Súper 8 de Paola Lagos, así como la suave y delicada música de La Musa, que añade otra lectura más si cabe en la vida de Ainhoa. Así como sus objetos más íntimos, como discos de grupos de rock radical vasco, fotografías, sus pinturas, pipas, y su cartera, objetos de alguien que vivió a su ritmo, que mostraba dos caras, la del exterior, donde era alguien duro y frívolo, y la del interior, que conocemos a través de sus diarios, donde se mostraba solitaria, sensible, angustiada y torturada, una persona que no encontraba el amor, que se sentía insatisfecha con su vida, con su trabajo, y quería escapar de todo y acabó con malas compañías, drogas y demás pozos oscuros, que quiso vivir demasiado deprisa, lanzándose al vacío, como le ocurrió a tantos de su generación, unos seres con inquietudes artísticas, curiosos pero perdidos en sí mismos y a la deriva en una sociedad que prometía tanto y finalmente ofreció tan poco y acabó desaparecida en su abismo, en aquellos años de finales de los 80, cuando Ainhoa se va aislando de todo y todos, marginándose en un bucle peligroso que la llevó a tomar una decisión irreversible y mortal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Winter Flies, de Olmo Omerzu

LA ESCAPADA DE NUESTRAS VIDAS.

El arranque de la película deja bien claro por dónde irán los tiros y nunca mejor dicho. Vemos a Hedus, un chaval de 12 años vestido de camuflaje y con fusil en mano, en plan de misión secreta por el bosque y buscando una posición cómoda que encuentra en unos grandes tubos de obra. Se acomoda y apunta a los automóviles que vienen de frente, y seguidamente, descargará toda su rabia agitando el gatillo con vehemencia. La ráfaga de disparos sale despavorida en forma de ruido incesante, propio de las armas de imitación. Quizás podríamos pensar que se trata de una chiquillada sin más, aunque la acción esconde algo más, la propia naturaleza escondida del chaval, el sueño de Hedus de convertirse en un soldado profesional en misiones secretas. De repente, Hedus salta de su escondite y detiene a un automóvil, y se dirige a su conductor,  Marek, un chaval de 14 que ha robado el coche, un viejo audi y se dispone hacerle kilómetros. Finalmente, Hedus sube al vehículo y los dos desaparecen carretera abajo. El cineasta Olmo Omerzu (Ljubljana, Eslovenia, ex Yugoslavia, 1984) arrancó su carrera en el largometraje con A night too young (2012) en la que se centraba en la primera experiencia sexual de dos adolescentes en una gélida celebración de Nochevieja, le siguió tres años después, Family Film, en la que exploraba una tragedia en el seno familiar.

Ahora, vuelve a mirar al mundo de la adolescencia y los deseos e ilusiones que ese tiempo comportan en dos chavales que sueñan con alistarse a la Legión francesa. Ahí es nada. Y lo hace a bordo de un viaje por el gélido invierno de la República Checa, por esas carreteras comarcales, cruzando pueblos y pequeñas ciudades perdidas en el mapa, deteniéndose en esos lugares de las afueras donde pasar la fría noche, y soñando con una realidad menos dura o más amable. Omerzu se centra en dos adolescentes, Marek y Hedus, uña y carne, amigos para siempre, o al menos a esa edad así se siente, que han cogido carretera y manta y se han lanzado a su aventura, con la inconsciencia y el ímpetu propios de la edad, entre juegos y la valentía de esa edad en que empiezas a dejar la infancia para convertirte en un adulto, un tiempo de transición, donde todavía no has decidido que serás, porque todavía lo desconoces, un tiempo incierto, en el que te sientes mayor, pero todavía no lo eres.

El director esloveno plantea una road movie, una película de carretera, que tiene mucho de aventura sin fin, o de realidad más dura, a modo de Llueve sobre mi corazón (1969) en que aquella Nat embarazada y perdida emprendía un viaje en coche sin rumbo fijo y se iba topando con individuos a cual más perdido que ella, como les ocurre a los dos adolescentes, cuando se cruzan con un adulto insensato que se deshace de su perro y los niños lo adoptan después de salvarlo, o con Bára, una adolescente de su misma edad, que tiene problemas con su novio y hace autostop, y la recogen con la ilusión que se acueste con ellos dos. Omerzu plantea una narración sobria y sincera, sin estridencias, sobre el choque entre deseo contra realidad, en la que estos dos jóvenes recién salidos del cascarón, desbordan una imaginación sorprendente, inventándose su propia realidad y los hechos de su aventura, como podremos escuchar cuando Marek explica los detalles de su escapada a la oficial de policía Freiwaldova cuando es interrogado, porque la película pivota entre esos dos tiempos, la escapada y el interrogatorio a Marek, en el que vemos antes o después las explicaciones del chico que poco o nada tienen que ver con lo que hemos visto o veremos.

Marek y Hedus son dos chavales que se muestran inocentes en sus ideas y sueños, que chocan irremediablemente con la realidad que se van encontrando, como esas moscas, a las que alude el título, que escapando del frío acaban encontrando su destino. Aunque toda la inocencia que despiertan en sus ilusiones, se ve contrariada por su forma de empatizar con los otros seres que se van encontrando en dificultades, tienden su apoyo a ese perro abandonado o socorren a Bára que encuentran sola en mitad de una carretera solitaria, no podríamos decir que se muestren malvados, sino todo lo contrario, su escapada y el robo del coche son fruto de su edad, de esas ansías de ver mundo, de salir de su entorno desangelado y anodino, de enfrentarse al mundo, de encontrar una aventura que les lleve a otros lugares, aunque acaben siendo igual de fríos y poco reales a como ellos los habían imaginado.

Omerzu se ha acompañado de un buen trío de jovencísimos intérpretes como Tomás Mrvík que da vida a Marek, que todo lo que sabe es por su abuelo, Jan Frantisek Uher interpreta a Hedus, rechoncho y fiel escudero de Marek, al que sigue a pie juntillas, y la tercera en discordia Bára, interpretada por Eliska Krenková, convertida aquí en objeto de deseo sexual de los dos adolescentes, aunque ella tiene otros planes acerca de su relación con ellos. Y la participación de Lenka Vlasáková dando vida a la oficial de policía (a la que ya vimos no hace mucho como amargada cajera de supermercado en Nunca estamos solos, de Petr Vaclav). El cineasta esloveno ha construido una película sobre los sueños e ilusiones de unos adolescentes cuando se tiene toda la vida y el mundo por delante, cuando todavía todo es posible, en ese tiempo en que nada nos detiene, para bien o para mal, un tiempo en que todo es posible, aunque luego la realidad nos contradiga, peor mientras tanto, son nuestros y muy posibles, donde la amistad lo es todo, donde los amigos son nosotros, donde las cosas están ahí para nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/303666557″>Winter Flies Trailer VOSE</a> from <a href=”https://vimeo.com/user92268680″>ramon vidal</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>