La mujer de la montaña, de Benedikt Erlingsson

MUJER EN GUERRA.

“Pero luego Jonathan dijo que había ciertas cosas que tendrías que hacer, aun siendo difíciles o peligrosas. -¿Y eso por qué? – pregunté sorprendido. -Porque en caso de no hacerlo no serías realmente persona, solo un pedazo de mierda”

(Un diálogo entre hermanos del libro The Brothers Lionheart de Astrid Lindgren)

La película se abre de forma sorprendente y enigmática, en el que Halla, la protagonista,  está en mitad de la montaña, sin más nadie que ella. Se trata de una mujer de unos 50 años lanza con su arco una flecha que arrastra un cable que acaba tirando a tierra una torre de alta tensión. Después de este sabotaje al tendido eléctrico, el pueblo queda sin corriente, y ella, se escabulle campo a través a una velocidad infernal, recibiendo la ayuda de un granjero al que se declara como primos lejanos. Halla, logra llegar al pueblo, cambiarse de ropa y llegar con prontitud a su trabajo como profesora de canto. Quizás, creeremos que hemos sido testigos de un hecho sin más en la vida cotidiana de Halla, pero no es así, la mujer ha emprendido una lucha sin cuartel contra la industria local del aluminio, saboteando e interrumpiendo su marcha normal, resistiendo contra las emisiones perjudiciales para la naturaleza, tamaña empresa y determinación  que recibe la ayuda de un amigo vinculado al gobierno, un estado muy a favor del funcionamiento de este tipo de empresas, que a sabiendas que contaminan y sean un peligro para el medio ambiente y sus habitantes.

Si en su debut en el largometraje, Benedikt Erlingsson (Islandia, 1969) nos sumergía en una tragicomedia sobre la relación de los caballos y los hombres en De caballos y hombres. Cinco años después, vuelve a construir una tragicomedia con tintes ecologistas sobre la peripecia de una mujer resistente, una mujer valiente, y sobre todo, una mujer que lucha contra las empresas que provocan el cambio climático, y lo hace abordando el drama y la comedia, con sentido muy crítico a todos estos cambios tan trascendentales para nuestras vidas, pero sin caer en ningún momento en el discurso ecologista bienintencionado ni tampoco en un falso sentimentalismo. El cineasta islandés nos acerca a la vida de Halla, una mujer independiente, fuerte y liberal, que se ha lanzado con determinación y a por todas en una empresa difícil, sí, pero no imposible, llena de dificultades y grandes obstáculos, también, pero con la fe de la voluntad inquebrantable que puede y quiere hacerlo.

Si bien la película dedica parte de sus 100 minutos de metraje a las operaciones de sabotaje y acoso y derribo de Halla contra la empresa malhechora y capitalista, también, dedica tiempo para conocerla a ella y a su entorno, a parte de su trabajo, como la ilusión de convertirse en madre adoptando una niña de Ucrania, sin olvidarse de la relación con Ása, su hermana gemela convertida en una devota espiritual del hinduismo. La película que se mueve entre el drama ecologista, la comedia negra y esperpéntica, y la realidad social, nos muestra una mujer firme y decidida, una especie de versión femenina de David que lucha a muerte contra Goliat/Empresa, una Agustina de Aragón en armas contra el invasor francés, escenificado en la empresa alidada contra el gobierno que vende verde y naturaleza y en el fondo contamina y mata. Erlingsson acompaña a Halla de un trío de músicos compuesto por acordeón, tuba y percusión, así como de un coro ucraniano, procedencia de la niña que quiere adoptar, que resumen y fortalecen el estado interior de la protagonista, unos músicos invisibles para el resto de los personajes, pero visibles para nosotros, una especie de ángeles de la guarda musicales, no olvidemos que ella es profesora de canto, que la sigue vaya donde vaya y donde nos reencontraremos con ellos a lo largo de todo su viaje, tanto físico como emocional.

El director islandés vuelve a contar con una de sus actrices de su debut Halldóra Geirharósdóttir, aquí convertida en la alma mater del relato, convincente, fabulosa, divertida, angustiada y valiente como ninguna, logra sumergirnos en su viaje vital contra los malvados de la tierra, en una mujer heroica y sensible, en una narración absorbente y magnífica con un ritmo fantástico. Erlingsson ha construido una película que aborda el cambio climático desde lo más íntimo, explorando los temas candentes más cotidianos, aquellos que se desarrollan a escasos metros de la puerta de tu casa, y los muestra y los combate con la mirada y acciones de Halla, alguien que ha preferido tomar partido y activarse que quedarse viendo como todo cambia sin remedio, manteniendo una actitud valiente y fuerte, exponiendo su vida y su trabajo en pos de ayudar a la madre tierra, ayudándola a seguir resistiendo a pesar de tantos ataques gubernamentales y privados, manteniendo una actitud libre, agradecida y enérgica contra todos los enemigos. Una película que gustará muchísimo a todos aquellos que les gustan las buenas historias, esas que están contadas desde lo más profundo, que nos acercan a los males de nuestro tiempo y nuestro planeta, desde una perspectiva diferente, desde el interior de nosotros, de todo aquello que podamos hacer, no sólo por nuestro alrededor, esa naturaleza que ayuda a nuestras vidas, sino también por nosotros, para sentirnos más cercanos a nosotros mismos, a nuestros sueños e ilusiones, a todo aquello que anida en nuestro interior, a aquello que anhelamos, a todo lo que comporta nuestro ser, nuestra vida, nuestra libertad y nuestra forma de relacionarnos con nuestro entorno y los demás.

Atardecer, de László Nemes

LA DECADENCIA DE UN IMPERIO.

Han pasado tres años desde que apareciera de forma deslumbrante y magnífica la película El hijo de Saúl, de László Nemes (Budapest, Hungría, 1977) una cinta que recogía con las formas del documental, una minuciosa reconstrucción de la aventura de un kapo en el infierno de Auschwitz, a través del fuera de campo, con largos planos secuencia, donde el sonido adquiría una fuerza descomunal, convirtiéndose en una experiencia única, en el que la vida y el horror se mezclaban, sumergiéndonos en ese  lugar maldito de muerte. En su segunda película, Nemes continúa apegado a su forma narrativa, en la que vuelve a coser su cámara a su personaje, si en la anterior seguíamos la cotidianidad de alguien espectral, vacío y deshumanizado. Ahora, el cineasta húngaro nos envuelve en Írisz, una joven de 20 años, que ha pasado toda su infancia y adolescencia recluida en un orfanato, y aparece en el Budapest del 1913, con la intención de ser escogida para trabajar en la sombrereria más importante de la ciudad, “Leiter”, que perteneció a sus padres fallecidos en un incendio. La película captura las desventuras de esta joven en una ciudad que, con Viena, eran en el momento las capitales del mundo, y también, los centros neurálgicos del Imperio Austrohúngaro, una vastísima región que englobaba 12 países, diferentes culturas, idiomas y costumbres, que había sido el corazón y el símbolo del siglo XIX.

Írisz se topa en una sociedad de grandes extremos, en los albores de principios de siglo, el mundo se debate entre las costumbres arrastradas del XIX, donde el vestir y las apariencias lo eran todo, con la aparición de nuevas tecnologías como el automóvil, el teléfono o el cine, los grandes avances científicos y demás. Todo mezclado con un malestar general, una tensión que se palpa en cada rincón de esa ciudad ruidosa y amontonada de gente, donde la debilitación del Imperio, propiciaba, que fuerzas ocultas a la espera de su oportunidad, esperaran su momento de romper ese mundo de luces y sombras, de belleza y terror, de elegancia y pobreza, materialista y profundo. Nemes sigue de forma íntima y personal a Írisz, que después de ser rechazada, descubre, casi por azar, la existencia de un hermano que no conocía, y cómo ocurría en El hijo de Saúl, la joven ingenua e inocente, en un entorno devastador y bello, se lanza a su búsqueda, casi como lo hacía Alicia en ese país de las maravillas, donde nada era lo que parecía, y las cosas se envolvían en una infinita gama de matices y grises, en el que emergerán las múltiples capas ocultas en sus calles y lugares.

La joven huérfana, que tiene que empezar de nuevo, vivir su propia vida, en ese limbo oscuro y decadente por el que se mueve esta Alicia del Budapest del 1913, bien interpretada por la actriz Juli Jakab, que su dulzura y sensiblidad contrasta con el carácter abrupto e impacable de Oszkár Brill (el nuevo propietario de la sombrereria) interpretado por Vlad Ivanov. Írisz se sumerge en un laberinto lleno de espacios cálidos y oscuros, de gentes malvadas con dinero y sin él, donde todo es posible, en el que las cosas ya no se adaptan a un orden social y convencional, sino todo lo contrario, en un mundo decadente, caótico, donde el estallido de la Gran Guerra está a punto de explotar, donde el mundo de trajes y sombreros, y largos paseos a la orilla del río, dejarán paso a la devastación, oscuridad, y muerte. El realizador húngaro vuelve a hacer gala de su exquisitez en su entramado cinematográfico, combinando esa luz apacible y luminosa con aquella negruzca y casi fantasmal, obra de Mátyás Erdély, que ya estuvo en El hijo de Saúl, al igual que el montador Matthieu Taponier, en un ejercicio ejemplar en el corte, cuando se trata de una película donde abundan largos planos secuencias, estupendamente bien coreografiados, una forma que recuerda a Jancso o Tarr (con el que Nemes trabajó como asistente en El hombre de Londres) los nombres más reputados de la cinematografía magiar, y en el Visconti de El Gatopardo o La caída de los dioses, y el Altman de Los vividores, en la precisión y el detalle del retrato de las lentas descomposiciones y agonías de esos reinos desgastados y podridos.

Nemes nos enseña ese mundo a través de los ojos de Írisz, desde su inocencia e ingenuidad, con el sentimiento de alguien que no encuentra su vida ni sus deseos, a la espera de algo que la ate a ese desorden físico y emocional que está asistiendo, un testigo de esos acontecimientos bárbaros, desde el espanto y la sensibilidad, desde todo aquello que se aprecia, y lo que no, lo que se visibiliza y lo oculto, en que el fuera de campo se convierte en todo ese mundo oculto, paranoico y caótico que envuelve a la joven dama, sólo visible por su envolvente y catártico sonido, en el que Nemes logra mostrarnos ese mundo invisible, ese off, donde todo se mueve entre sombras, apariencias y secretos, donde reina el caos, donde la guerra está aporreando la puerta de una civilización enferma, una sociedad en declive, un imperio agonizante, envuelto en su soberbia y su altivez, perdido en unos acontecimientos que ya no tienen freno, que ya están completamente desatados.

La película despliga una gran trabajo de producción, desde su ambientación, vestuario y demás detalles, que recogen con sabiduría y sensiblidad la grandeza y la miseria de todo el ambiente reinante, todo al servicio de este cuento de terror oscuro y bello, donde seguimos a una joven que necesita saber dentro de ese reino del caos, que vuelve a sus orígenes para darse cuenta que todo ha cambiado, que ya no reconoce ese entorno, y ese espacio se ha vuelto demasiado irreconocible, ya queda lejos percepción de las cosas, un ser que no entiende, que no sabe, que se siente perdida, desamparada, donde todo lo que conocía parece evaporado en la indecencia, en la deshumanización de un imperio mugriento y podrido, una forma de vida decadente, aburrida, falsa y completamente imbuida en su mundo, alejada de todo y de todas las injusticias sociales que se manifiestan a su alrededor, en una ciudad llena de espectros sin tiempo, sin alma, llenos de avaricia y codicia, sumergidos en ese mundo de apariencia y vomitivo.

El cineasta magiar envuelve a los espectadores en una película difícil, reposada, que se toma su tiempo, 144 minutos, para contarnos ese ambiente infernal que padece la ciudad y sus habitantes, con firmeza y seguridad, en el que el relato también estallará sometiéndonos en a un drama romántico y oscuro lleno de furia y terror, un relato lleno de vileza y amargura, que tiene su espejo en los tiempos actuales, donde la tecnología avanza a velocidad de crucero, mientras los ideas totalitarias están asumiendo el poder en muchos territorios de la Unión Europea, como ocurre en Hungría o Austria, antiguas sedes del Imperio Austrohúngaro, donde los acontecimientos de la película, que dieron lugar a la Gran Guerra, hasta entonces la contienda más sangrienta de la historia, vuelven a decirnos en la idea de la ciclicidad de la historia, en el que todo vuelve, en el que hay que seguir muy atentos a los avances totalitarias de la política, y los cambios sociales que se van produciendo, ya sean visibles o no.

Apuntes para una película de atracos, de Léon Siminiani

EL CINEASTA Y EL ATRACADOR.

No se puede concebir ver y oír la realidad en su transcurrir más que desde un solo ángulo visual: y este ángulo visual siempre es el de un sujeto que ve y oye. Este sujeto es un sujeto de carne y hueso. Porque si nosotros en un film de acción también elegimos un punto de vista ideal y, por lo tanto, en cierto modo abstracto y no naturalista, desde el momento en que colocamos en ese punto de vista una cámara y un magnetófono, siempre resultará algo visto y oído por un sujeto de carne y hueso (es decir, con ojos y oídos).”

Pier Paolo Pasolini

La película nos da la bienvenida con la voz del propio autor explicándonos que siempre ha querido hacer una película de atracos, mientras vemos algunos de esos títulos clásicos que han creado su memoria cinematografía, como Rififí, de Jules Dassin, el clásico por excelencia del método del butrón (en el cual los atracadores utilizan el alcantarillado público para perpetrar sus delitos) también veremos secuencias de atracos de películas españolas como Apartados de correos 1001, de Julio Salvador, El ojo de cristal, de A. Santillán, Los atracadores, de Rovira Beleta o A tiro limpio, de Pérez-Dolz, entre otras, películas referentes para el autor que además, le sirven para introducirnos en su elemento esencial, el cine como reflejo de una sociedad y de su tiempo.

El autor es Léon Siminiani (Santander, 1971) que lleva dos décadas construyendo relatos de ficción, y también, de auto-ficción, enmarcados en el ensayo, en una simbiosis perfecta entre realidad y ficción, en la que nos introduce en su universo cinematográfico donde hay cabida para todo, para la ficción convencional, la autoreferencia, la vida propia, y sus acompañantes que van construyendo su propia realidad ficcionada a medida que avanza el metraje, en el que se interpretan a sí mismos y a otros, en un maravilloso y fascinante juego de espejos donde todo se cruza, y se retroalimenta, en que vida y cine acaban siendo uno sólo, y los dos elementos o medios se lanzan de la mano en pos de la historia que contar. Su serie de Conceptos clave de la vida moderna, con su grupo de cortometraje, evidenciaba esa forma tan natural y personal de abordar temas candentes de los tiempos de ahora, o en su trabajo en Límites 1ª Persona, en el que documentaba la última imagen del ser amado, en su cierre de aventuras junto, un viaje por el desierto. Todas estas reflexiones y pensamientos que ya anidaban en su cine, desembocaron en su primer largo, Mapa (2012) en el cual capturaba el final de una relación sentimental y el posterior desamor del protagonista, interpretado por sí mismo, que vivía su duelo a través de un viaje por la India.

Ahora, para su segundo largo, vuelve a transitar por sus lugares conocidos y nos sumerge en la historia de una amistad, entre el propio director y Flako, un atracador de bancos por el método del butrón, desde sus inicios, cuando supo de su existencia a través de los medios por su detención en el verano del 2013, pasando por sus correspondencias en forma de carta y visitas a la cárcel, hasta sus encuentros face to face cuando Flako empezó a disponer de permisos. Mediante un tono documental, entre la vida y el cine, Siminiani construye una película sobre la representación cinematográfica, cuando las imágenes ideadas no son posibles de materializarlas por no disponer de uno de los personajes en cuestión, también, sobre los límites del propio elemento cinematográfico, en que la visibilidad de ese mismo protagonista podría atentar contra sí mismo, en que la película a modo de diario-ensayo, como ya existe en buena parte del cine de Siminiani, va recogiendo todos los avances, obstáculos y pormenores de estos apuntes, que hace referencia a aquellas películas sesenteras de Pasolini amén de Localizaciones en Palestina para el evangelio según San Mateo (1965) donde recogía el viaje a Tierra Santa y las huellas de Cristo, en Apuntes para una película en la India (1968) viajaba hasta el país asiático para capturar su idiosincrasia, y finalmente, en Apuntes para una Orestíada africana (1970) explicaba los trabajos de preparación para la película frustrada que finalmente no pudo hacer.

Para Siminiani, el ensayo-prueba de la posible película se convierte en la película, donde convergen todo aquello que quería hacer, una película con atracos pasados, y atracadores presentes, y su modus operandi, tanto del atracador como del cineasta, donde la reconstrucción y reelaboración de la pre-película adquiere la dimensión de la película en sí misma, donde la reconstrucción de la biografía de Flako desde su infancia en Vallecas, la compleja relación con sus padres, y más con su progenitor, donde la figura paterna se erige como elemento distorsionador en la vida de Flako y su entorno, y su propio mito, acentúan más si cabe todo el entramado de Siminiani, en que director y personaje se acaban fusionando en uno mismo, en que se reflexiona sobre la paternidad y el legado a los hijos desde todos los ángulos posibles, de los padres ausentes, y los que vendrán, ya que Flako es padre y Siminiani lo va a ser.

Una película sencilla y personal, íntima y transparente, que registra el pre-encuentro y luego, la amistad construida, en el que hay fascinación y rechazo sobre alguien que atraca bancos con violencia y determinación, pero también, es un padre de familia y un esposo enamorado, y quiere llevar otra vida. La cinta rezuma verdad y ficción por los cuatro costados, en que también hay comedia y reflexión, tanto de los límites cinematográficos como de su representación, su reconstrucción y la propia ficción dentro del documento, donde todo se utiliza al servicio de la historia, en una película inquieta, llena de energía y magnética, en el que se narra el encuentro emocionante del cineasta que quiere contar su historia, la del otro y la suya propia, y la del otro, el atracador condenado que (que con esa máscara que utiliza para ocultar su identidad, aún los encuentros adquieres dimensiones más cinematográficas e íntimas) debe confiar y lanzarse al vacío para rememorar y reconstruir sus hazañas delictivas y reflexionar sobre sí mismo, y sobre su futuro.

Climax, de Gaspar Noé

DANZAD, DANZAD, MALDITOS.

“La existencia no es más que una ilusión efímera que todos nos llevamos a la tumba.”

Gaspar Noé

El espectacular y rompedor arranque de la película con los cuerpos de los bailarines danzando al ritmo adrenalínico y frenético de la música, con esa cámara suspendida en el aire que va recogiendo todos sus movimientos a velocidad de crucero, sometiendo a los espectadores en una vorágine brutal y llena de energía que nos deja completamente hipnotizados con su sonio y ritmo. Una apertura de estas características deja muy claras las intenciones de Gaspar Noé (Buenos Aires, Argentina, 1963) de proponer un viaje hipnótico y sensorial a través de la música, en el que tenemos que dejarnos llevar, dejar de lado la racionalidad y que nuestro subconsciente nos guié por ese mundo de sensaciones y de espiritualidad. El cineasta argentino afincado en Francia no hace un cine complaciente y cómodo, sino todo lo contrario, nos sumerge en relatos cotidianos en apariencia, que a medida que avanza el metraje, se irán radicalizándose, en el que sus personajes se sumergirán en un laberinto emocional y complejo donde la violencia más extrema y brutal hará acto de presencia, destapando las partes más oscuras de la condición humana.

Y si esto fuera poco, Noé echa mano de un virtuosismo formal muy radical, marca de su cine, en el que sus planos retratan de forma cruda y realista todo aquello que ocurre, con encuadres imposibles y extremos, en el que capta todos los puntos de vista de los personajes, y sobre todo, sus estados de ánimos, como si la cámara fuese el alma del personaje, moviéndose y captando todo aquello que desprende su interior, siguiendo con crudeza y suciedad todas las acciones violentas y durísimas que viven sus criaturas. En Climax empieza con ese prólogo donde los bailarines hablan a la cámara en una especie de casting sobre sus ilusiones y miedos, para luego pasar al brutal baile de apertura de la película y a la fiesta que vendrá a continuación, donde veremos a los bailarines bailando sin descanso al ritmo de la música en directo, que no dejará de sonar en todo el metraje, también, iremos conociendo las relaciones personales entre ellos, con ese vocabulario de la calle, donde hablan de sexo, alcohol y drogas, entre otras cosas sobre pasarlo bien y disfrutar de la vida.

Estamos a mediados de los 90, la música electrónica y dance francesa es la más rompedora del planeta, con grupos como Daft punk a la cabeza, en un recóndito lugar alejado de todos y todo, en una historia real como nos anuncian en los títulos del inicio de la película, en los que hay alguna que otra broma y nos dan paso al ambiente festivo y alegre que recorre una parte de la película. Noé ha reclutado a un buen puñado de bailares profesionales, encajando su película en un solo espacio, con el epicentro de la sala de baile, en el que podríamos reconocer el Cielo o el Paraíso, donde la danza transporta a todos los jóvenes a sus lugares y estados favoritos, llenos de luz y paz, después pasaríamos a los pasillos y otros espacios, con sus habitaciones, donde entraríamos en una especie de purgatorio, en el que cada uno de los personajes penetra en sus lugares ocultos y personales, donde estallan las diferentes tensiones y conflictos, y por último, nuevamente la sala de baile, ahora convertida en el Infierno, donde todo ha cambiado, en el que cada uno de ellos ya no es el mismo, está poseído por algo, en una especie de trance demoniaco en el que la construcción del inicio ha dejado paso a la destrucción de uno mismo y los de sus alrededor, en un estado zombie de almas desterradas, perdidas y llevadas por el delirio más infernal.

Noé parte su película en muchísimos trozos, aunque podríamos diferenciar un par, en el primero, todo es fiesta, alegría y baile, y en el segundo, después que se dan cuenta que la sangría estaba dopado con un potente LSD, donde cada uno de los personajes se mueve de un lugar a otro de forma anormal, como poseídas por algo, donde sus actos ya no obedecen a la consciencia, sino a otros espíritus, en el que los actos sinsentido y violentos se irán sumando, sin descanso, donde la cámara de Noé, testigo de toda esta locura y paranoia, representará todo estos actos y escenarios de manera inquieta y terrorífica, colocando el punto de vista al revés, y a ras del suelo, en el que nos iremos tropezando con jóvenes arrastrándose por el piso, manteniendo sexo, gritando, rasgándose el cuerpo y la ropa y moviéndose con extrema dificultad, en un estado de trance psicotrópico, donde todo está abierto en canal a lo más oscuro y brutal, en una bacanal de sexo, violencia y horror absolutos, donde la fiesta se convierte en pesadilla, y donde cada uno de los jóvenes se trasnforma en el peor de sus miedos y monstruos. Noé nos habla a la cara, de frente, sin tapujos ni vericuetos, y nos somete a su película, en este viaje psicodélico, para que seamos testigos y vivamos una experiencia algo parecido a lo que viven sus personajes, introduciéndonos en este malvado y cruel descenso a los infiernos, en el que cada uno de nosotros experimentará la película de formas y conceptos realmente muy personales, donde su radicalidad visual ya argumental, gustará más o menos, pero indiferente no dejará a nadie que se atreva a acercarse a este emocionante y sangrante cruce entre drama, terror y paranoia social.

El cine de aquí que me emocionó en el 2017

El año cinematográfico del 2017 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- MIMOSAS, de Oliver Laxe

https://242peliculasdespues.com/2017/01/08/mimosas-de-oliver-laxe/

https://242peliculasdespues.com/2017/01/15/entrevista-a-oliver-laxe/

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2.- PSICONAUTAS, LOS NIÑOS OLVIDADOS, de Alberto Vázquez y Pedro Rivero

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https://242peliculasdespues.com/2017/02/27/entrevista-a-alberto-vazquez-y-pedro-rivero/

3.- INCERTA GLÒRIA, de Agustí Villaronga

https://242peliculasdespues.com/2017/03/18/incerta-gloria-de-agusti-villaronga/

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https://242peliculasdespues.com/2017/03/26/entrevista-a-nuria-prims/

4.- DEMONIOS TUS OJOS, de Pedro Aguilera

https://242peliculasdespues.com/2017/05/11/demonios-tus-ojos-de-pedro-aguilera/

https://242peliculasdespues.com/2017/05/21/entrevista-a-pedro-aguilera/

5.- JULIA IST, de Elena Martín

https://242peliculasdespues.com/2017/06/18/julia-ist-de-elena-martin/

https://242peliculasdespues.com/2017/06/23/entrevista-a-elena-martin/

6.- ESTIU 1993, de Carla Simón

https://242peliculasdespues.com/2017/07/01/verano-1993-de-carla-simon/

https://242peliculasdespues.com/2017/07/24/entrevista-a-carla-simon/

https://242peliculasdespues.com/2017/07/11/entrevista-a-valerie-delpierre/

7.- VERÓNICA, de Paco Plaza

https://242peliculasdespues.com/2017/09/03/veronica-de-paco-plaza/

8.- CONVERSO, de David Arratibel

https://242peliculasdespues.com/2017/09/29/converso-de-david-arratibel/

https://242peliculasdespues.com/2017/10/02/entrevista-a-david-arratibel/

https://242peliculasdespues.com/2017/10/16/encuentro-con-david-arratibel/

9.- HANDIA, de Aitor Arregi y Jon Garaño

https://242peliculasdespues.com/2017/10/22/handia-de-aitor-arregi-y-jon-garano/

https://242peliculasdespues.com/2017/10/27/entrevista-a-aitor-arregi/

10.- MORIR, de Fernando Franco

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11.- TIERRA FIRME, de Carlos Marques-Marcet

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https://242peliculasdespues.com/2017/12/03/entrevista-a-carlos-marques-marcet-2/

12.- LA LIBRERÍA, de Isabel Coixet

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13.- EL AUTOR, de Manuel Martín Cuenca

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14.- MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO, de Gustavo Salmerón

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https://242peliculasdespues.com/2017/12/20/entrevista-a-gustavo-salmeron/

Casi 40, de David Trueba

LAS CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

El viaje, tanto como experiencia geográfica, pero más como descubrimiento interior, una búsqueda de lo que se cuece en nuestra alma, de ponernos frente a ese espejo emocional, de investigarnos y de caminar hacía ese lugar, del que en cierto momento de nuestro vida, tuvimos que huir por miedo, por no seguir nuestras ilusiones, por seguir nuestro instinto, dejándonos llevar por la vida, por materializar nuestros sueños e inquietudes, por ser quiénes deseábamos ser. En los trabajos de David Trueba (Madrid, 1969) tanto en literatura como cine, cohabitan muchos viajes interiores, quizás muchas de sus películas o libros, están estructurados a través de ese caminar interior, ese aspecto del alma que nos convulsiona, nos guía y a veces, nos da de bofetadas o nos alegra. Aunque, en algunas ocasiones, ese viaje interior se mezcla con otro físico, como sucedía en la novela Cuatro amigos (1999) donde un tipo, junto con tres amigos, emprendía un viaje a Santander para impedir la boda de su ex novia a la que todavía amaba, o en la película Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013) donde un maestro de inglés cogía su coche con la intención de conocer a John Lennon en la España gris y triste de los 60, y más recientemente, en su último libro, Tierra de campos, donde a modo de Azcona, un hombre viajaba en un coche fúnebre, junto al cadáver de su padre, por la España interior.

En Casi 40, vuelve a la road movie, o más bien podríamos decir, a la película de carretera, donde cuenta con dos intérpretes (como sucedía en Madrid, 1987, aquella que ocurría en un lavabo donde quedaban encerrados un cascarrabias periodista y una estudiante entusiasta) pero no dos cualquiera, sino los protagonistas de su primera película La buena vida (1996) los Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, la prima Lucía y Tristán, el chaval de 15 años que perdía su espacio de protección y descubría la tristeza, el dolor y el amor. Ahora, recupera aquellos personajes casi en la cuarentena,  reencontrándose con ellos, y los funde con la vida personal de los propios intérpretes, para invitarnos a un viaje que recorre muchos de los espacios que ya encontrábamos en Tierra de campos, a los que podríamos añadir Burgos, Segovia o Salamanca, ciudades de esa España interior, muy alejada del cine actual, pero que en su época, protagonizaron películas del calibre como Nueve cartas a Berta, de Patino o Nunca pasa nada, de Bardem.

Trueba presenta a Lucía (que aquí la conoceremos como Ella) una cantante de guitarra al hombro, que vive junto a su marido e hijos, y retirada de la música, y Fernando (que recibirá el nombre de Él) dedicado a la venta de cosméticos, y viajaremos con ellos en una gira íntima que se desarrollará en pequeños bares y librerías. Los acompañaremos haciendo muchos kilómetros, escuchando conversaciones, y sobre todo, escuchando canciones, canciones que explican tanto de las vidas de su protagonistas y de sus estados de ánimo, en una obra íntima, sencilla y honesta, donde la música estructura su peculiar y sincero entramado narrativo. Trueba nos habla al oído, de gentes humildes, de dos almas inquietas y curiosas, de la vida y la existencia, de conocer y conocerse a sí mismo, y lo hace con ese humor tan característico que practica, entre la ironía y la amargura, entre la crítica y la calidez, entre la reflexión y el sarcasmo, entre la carcajada y la tristeza, ese intermedio, como si cuando antaño las películas hacían descanso, nos quedáramos viendo esas imágenes que no se ven, pero siguen ahí, latiendo en nuestro interior, esas imágenes que sólo los más pacientes y calmados logran ver.

La película se mira bien, con encanto y lucidez, sus 87 minutos pasan sin darnos cuenta, siguiendo las reflexiones y los pensamientos de unas personas que son conscientes del pasado, de su peso, de su memoria, aquella que tenía tantas cosas que contar y tantas canciones que escuchar, aquella que parece alejada, desvanecida, y ha dado paso a un tiempo actual lleno de incertidumbre, de espacios líquidos (como nos explicaba Bauman) de lugares conocidos que ya no nos pertenecen, de canciones que ya no reconocemos, de un tiempo que parecíamos felices, de todas esas cosas que se quedaron por hacer, de un tiempo que ya no vendrá, porque parece tan lejano o más aún, parece que no existió. Trueba nos habla sin melancolía y sin sentimentalismos, nos habla de frente, de cara, explorando nuestras emociones, dejándolas salir sin empujarlas, casi sin querer, hablándonos como si escucháramos una canción a media tarde en la habitación de una pensión de una ciudad cualquiera, de esas donde el turismo pasa de largo, sí, en aquella ciudad donde una vez nos conocimos y nos lo pasamos tan bien.

Trueba se lanza a la carretera desde la sencillez e intimidad, despojándose de cualquier artificio narrativo o cinematográfico, a través de una estructura muy sencilla y cercana, como aquellas películas ochenteras al estilo de Opera prima, La mano negra, Corridas de alegría, o más recientes como Los exiliados románticos o Isla bonita, cine entre amigos, sin discursos ambivalentes ni grandes ambiciones, sino enmarcadas en la tranquilidad, en la experiencia del cine, en la mirada, como si fuera una vuelta a su esencia más primigenia, a su sutilidad, a lo más puro, dejando convencionalismos ni moderneces al uso, sino con personajes de verdad, de esos que nos cruzamos por la calle cualquier momento, o podríamos ser nosotros mismos, escuchando sus miedos, (des) ilusiones, y (des) encuentros, descubriendo que lo que nos ocurre a nosotros no está muy lejos de otros. La película nos habla de vida, de amor, del primer amor, del recuerdo que nos deja, de aquellos sentimientos puros e inocentes, de todo lo que aprendimos de él, y de todo el legado que nos dejó, de los otros amores que vinieron después, de todo lo que vino después, ni mejor ni peor, diferente, y sobre todo, menos feliz e inocente.

Lucky, de John Carroll Lynch

EL ÚLTIMO SUSPIRO.

Muchos lo recordarán como aquel mecánico de la Nostromo del que un alien asesino le salía del estómago en la famosa secuencia de  Alien, de Ridley Scott. Aunque si hay un personaje que ha marcado la filmografía de Harry Dean Stanton (1926-2017) no es otro que Travis, que interpretó en París, Texas, de Wim Wenders, con esa sobriedad y magnetismo que tanto le caracterizaba. Un tipo silencioso y perdido que vagaba sin rumbo por el desierto de Arizona con la inolvidable música de Ry Cooder. Aunque la carrera del insigne actor arrancó a finales de los 50, aunque fue en la década de los sesenta que empezó a intervenir en películas de alto rango como La conquista del oeste, La leyenda del indomable… Fue en la década de los setenta y de la mano de grandes nombres del cine más arriesgado e independiente que empezó a cosechar su gran aura convirtiéndose en habitual de Sam Peckinpah, John Millius, Monte Hellman y David Lynch, con el que trabajó en Corazón salvaje, la serie Twin Peaks o Una historia verdadera, entre otras. En total unos 250 títulos entre los que también habría que destacar algunas películas de Coppola y Scorsese.

En Lucky interpreta su última balada, el último instante de una carrera inolvidable, interpretando a un anciano de 90 años de gran vitalidad, sencillez, de costumbres y aficionado a los concursos televisivos. Aunque, una mañana se cae en casa y acude al médico que le explica que está bien. Pero algo cambia en él, y comienza a sentirse mal consigo mismo y sobre todo con los demás. Su entorno más cercano sufrirá esa desidia y malestar, el camarero negro que le atiende cada mañana en su cafetería preferida, la dependienta latina que le vende su cartón de leche, su amigo del traje blanco (interpretado por David Lynch) que ha perdido su galápago, y aquellos transeúntes con los que se tropieza por la calle. En ese momento, Lucky se descubrirá a sí mismo y emprenderá un viaje emocional que le hará redescubrir su interior que consideraba perdido. El artífice de todo esto es John Carrol Lynch (Boulder, Colorado, EE.UU., 1963) intérprete en más de 50 films, entre los que destaca el Norm de Fargo, de Los Hermanos Coen, aquel hombretón que hacía fotos a pájaros y estaba casado con Frances McDormand, aunque también ha aparecido en títulos de Eastwood, Scorsese o Fincher, en Lucky debuta en la dirección de largometrajes con una película-tributo a Harry Dean Stanton, a una estirpe de intérpretes que ha desarrollado una carrera alejada de los focos y las alfombras rojas, y se han dedicado a hacer de su oficio una manera de vivir, de ser y de estar en un negocio muy dado al espectáculo y los nombres y no las buenas historias que acaricien el alma de los espectadores.

Su Lucky es un tipo de vuelta de todo, de movimientos lentos y firmes, de carácter serio y amigable, de rutinas sencillas y solitarias, que vive en uno de esos pueblos del oeste de cuatro casas, en mitad del desierto, rodeado de cactus y caminos sin caminantes que apenas levantan polvo, espacios de extraña quietud, que a simple vista parecen deshabitados, donde la tranquilidad es un desafío, y en los que las gentes que lo habitan son seres que vienen de muchas vidas, de muchas historias y de muchos palos y alguna alegría, algo así como un reposo bien merecido después de una vida de cabalgar contra el viento, como si ser diferente, rebelde y luchador incansable por las nobles causas, estuviera marcado a fuego en sus entrañas, a ritmo de los temas tan vivos, humanos y oscuros que canta Johnny Cash. Con ese aroma de amargura y honestidad que también construía Peckinpah en sus películas, a través de pistoleros fuera de lugar, extraños de sí mismos y valientes solitarios que luchaban por ellos mismos en una sociedad que nos quiere iguales, callados y obedientes.

En una película-homenaje que nunca sabremos donde termina el actor y empieza la persona y viceversa, donde admiramos y caminamos al lado de Harry Dean Stanton como su sombra, como ese aliento, que sabemos que es el último, pero todavía poderoso y singular, en su peculiar viaje hacia adentro, hacia sus entrañas, hacia ese espíritu imperecedero del que ha vivido acorde con sus principios, porque nunca tuvo o supo de otros.  Ya habíamos visto a la persona en el excelente documental Partly Fiction, de Sophie Huber, donde penetraba en las entrañas del actor a través de un personaje parecido a Lucky, donde lo escuchábamos cantar (como ese momentazo que se marca en Lucky con el tema “Volver”) tocar la armónica y la guitarra o encontrarse con amigos que se han cruzado en su vida como Lynch, Wenders, Shepard, Kristofferson o Debbi Harry, donde hablaban del pasado, del presente y del futuro, de cine, de música y de todo aquello vivido y vivirán, en ese tono de viejos vaqueros que siguen en pie resistiendo a pesar del tiempo, las ausencias y los años.

Carrol Lynch construye una película extraordinaria, sobre la vida y la vejez, donde hay drama íntimo y también, comedia negra, cargada de lirismo y llena de tiempo, que nos hace viajar no sólo a ese Lucky y su conflicto interior, sino también al actor, a todas sus películas, a sus personajes como Travis, a través de ese caminar lento y firme, a ese caminar que nos lleva de un lugar a otro, a emprender una vida diferente cada día, a mirarse al espejo y sentirse nuevo cada día, a cantar a los cuatro vientos que estamos vivos, que deseamos estar con los nuestros, tomando copas, o recordando la guerra (como ese momento con Tom Skerrit, su compañero en Alien, donde parece más que un encuentro de amigos que hace mucho que no se veían) en un retrato con alma sobre los viejos vaqueros que continúan en pie a pesar de todo y todos, donde se recoge el mejor aliento de los grandes westerns, no los épicos y patriotas, sino aquellos que se detenían en los olvidados, en los que no les sale nada bien, porque no se dejan llevar, porque luchan para ser ellos mismos, y que acaban cansados, pero no vencidos, apurando whisky en uno de esos bares rodeado de amigos, contando amores frustrados, leyendas borradas por el polvo del camino, aquellos días cuando todo parecía que iba a ser distinto, y todo aquello que soñaron y vivieron, aunque ahora quede tan lejano e irreal, porque aunque la vida es muy puta, siempre quedará un vaso de whisky para aquellos que no dejarán domar.