El profesor de Persa, de Vadim Perelman

LA MEMORIA Y LA PALABRA.

“¿Pero era posible adaptarse a todo en los campos de concentración? Su pregunta es extraña. El que se adapta a todo es el que sobrevive; pero la mayoría no se adaptaba a todo y moría”

Primo Levi

El cine como reflejo de la historia y su tiempo, se ha acercado al holocausto nazi de múltiples formas, miradas e intenciones. No resulta nada sencillo mostrar y contar todo lo que allí sucedió, en muchas ocasiones, se cae en la simpleza y el sentimentalismo, en otras, utilizan el trasfondo para emplazarnos a historias que nada tienen que ver. Pero, en algunas ocasiones, pocas desgraciadamente, en películas como Noche y niebla, de Resnais, La pasajera, de Munk, Shoah, de Lanzmann, La vida es bella, de Benigni o El hijo de Saúl, de Nemes, entre otras. Las historias nos sumergen de manera ejemplar y sobria a un reflejo de una parte de lo que acontecía en esos lugares de la muerte, excelentemente bien contadas, con una mirada profunda y sincera, y sobre todo, alejándose de cualquier sentimentalismo, en películas como Noche y niebla, de Resnais, La pasajera, de Munk, Shoah, de Lanzmann, La vida es bella, de Benigni o El hijo de Saúl, de Nemes, entre otras.

El profesor de persa, de Vadim Perelman (Kiev, Ucrania, 1957), podría formar parte de esta lista con todo merecimiento, porque no solo muestra el horror nazi en los campos, sino que nos brinda un relato sobrio, fascinante y magnífico de supervivencia, pero sobre todo, de la importancia capital de la memoria como única vía, no solo para seguir con vida en el infierno, sino para contar lo que ha sucedido, y que los hechos no se olviden y así, recordar a las víctimas y preservar la memoria para que futuras generaciones conozcan y no repitan los mismos errores. De Perelman, emigrado a Canadá, conocíamos, su extraordinario debut con Casa de arena y niebla (2003), relato de corte social con dos vecinos en la disputa de una casa, en La vida ante sus ojos (2007), nos contaba los traumas de sobrevivir a una tragedia, ambas películas filmadas en EE.UU., y en Buy me (2018), rodada en Rusia, sobre una joven modelo encandilada con el lujo qatarí en un relato de autodestrucción, entre alguna que otra miniserie y película.

Con El profesor de persa, basado en el relato breve “Invención de un lenguaje”, de Wolfgang Kholhaase, el cineasta ucraniano nos traslada a un campo de concentración nazi allá por el año 1942, para contarnos las vicisitudes de Gilles, un joven francés de origen judío, que detenido por las SS, y llevado a un campo de tránsito, se hace pasar por persa para salvar la vida, ya que el capitán Klaus Koch, uno de los oficiales al mano, quiere aprender el idioma para abrir un restaurante alemán en Teherán cuando acabe la guerra. Perelman se toma su tiempo, la película alcanza los 127 minutos de duración, para hablarnos de esta peculiar relación que se irá humanizando entre los dos hombres, entre el carcelero y el preso, pero no solo somos testigos de este encuentro, en el que alguien para sobrevivir inventa un lenguaje a través de su ingenio y astucia, sino también, de la cotidianidad del campo, no solo con los presos y sus constantes humillaciones, estupendamente filmadas, con la distancia y la luz idóneas, además, las relaciones cotidianas de los soldados nazis al cargo del campo, como esa terrorífica jornada en el campo con los nazis comiendo, cantando y confraternizando entre ellos, en una inmensa labor de la película por no mostrar a los nazis como monstruos, sino como seres humanos complejos y oscuros, capaces de humanidad y actos deleznables. Si el sorprendente y elegante guion que firma Ilya Zofin, nos sumerge en un relato lleno de belleza y horror.

 El maravilloso y bien elegido dúo protagonista es otro de los elementos sensacionales de la película. Con Nauel Pérez Biscayart, dando vida al desdichado y listo Gilles, un grandísimo intérprete que nos lleva enamorando en roles como el de Todos están muertos o 120 pulsaciones por minuto, un cuerpo menudo, pero capitalizado por esa mirada que traspasa, en un proceso que irá de menos a más, de objeto a hombre, de sentir que su inteligencia pude salvar no solo su vida, sino recordar la de aquellos que perecieron. Junto a él, otra bestia de la composición, como el actor Lars Eidinger como el capitán Koch, que habíamos visto en películas de Assayas o Claire Denis. Dos intérpretes diferentes de cuerpo, en una especie de lucha muy desigual, que recuerda a la de David y Goliat, que a medida que avanza la película, se irán intercambiando los roles en varias ocasiones, e iremos comprobando que detrás de los papeles que el destino les ha asignado, detrás hay mucho más, y descubriremos a dos seres que tienen en común más de lo que imaginan.

Perelman ha contado con un trabajo de producción fantástico, desde la precisa y atmosférica luz de Vladislav Opelyants (que tiene en su haber grandes trabajos como en 12, de Nikita Mikhalkov o en Leto, de Kirill Serebrennikov, entre otros), o la excelente música absorbente y limpia del tándem de hermanos Evgueni y Sacha Galperine (que han trabajado con nombres tan ilustres como François Ozon, Andréi Zviáguintsev o Kantemir Balagov, etc…), el conciso y rítmico montaje de Vessela Martschewski y Thibaut Hague. Perelman vuelve a conseguir un relato brutal y excelso, lleno de belleza y horror, que se mueve de manera hipnótica y sinuosa, mostrando todo lo que se respiraba en un lugar siniestro y deshumanizado como un campo nazi, con la memoria como punta de lanza en una historia donde alguien ha de inventar y memorizar un lenguaje inventado, su particular pseudofarsi, no solo para seguir con vida, sino para alimentar la esperanza de salir con vida de ese lugar. Frente a él, a un oficial nazi convencido e idealista de la causa que, crecerá como persona y empezará a ver a su “profesor particular” con otros ojos, quizás viéndose en él reflejado o tal vez, recordando a aquello que era o que perdió. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Deseando amar, de Wong Kar-wai

LA IMPOSIBILIDAD DEL AMOR.

“¿Por qué nos hacemos tantas preguntas? No es necesario conocerse para quererse. Además, quizá no necesitamos querernos”.

Monica Vitti en El eclipse

Hace casi veinte años, en febrero del 2001, conocí a la Sra. Chan, y al Sr. Chow, dos vecinos en aquel Hong Kong de 1962. La primera vez siempre es especial, esa primera vez donde descubres una historia, donde esa historia se apodera de ti, porque la primera vez de una película como In the Mood for Love, de Wong Kar-wai (Shanghái, China, 1958), deja una huella imborrable, una huella que te perseguirá siempre, porque la película no solo cuenta un amor imposible, un amor que no fue, un amor que se perdió, un amor antes del amor, sino que es mucho más, desde sus maravillosos encuadres, su calculadísima composición narrativa, con esos pequeños apartamentos, y ese pasillo con las puertas a un lado u otro, y esas personas que van y vienen, que entran y salen, con los incesantes cambios de puntos de vista, de idas y venidas, que recuerda a la planificación de las películas domésticas de Yasujiro Ozu, los coloridos y estéticos vestidos de cuello hasta las rodillas de la Sra. Chan, que nos van contando el paso del tiempo de la película, ese tiempo de 1962, la interacción con el resto de los vecinos y en las oficinas donde trabajan, donde la vida social e íntima chocan y se reflejan en un sentido capital en sus vidas, porque fingen y mienten una vida para los demás, y realmente, sienten otra más oculta, la verdadera, sentimientos que quedan reflejados en ese magnífico juego con los espejos, donde dobla a sus personajes en conjunción con lo que sienten.

Imposible olvidar la recurrente música del tema de “Yumeji’s Theme”, que compuso Shigeru Umebayashi, que acompaña esas imágenes ralentizadas, imágenes que se repiten, desde diferentes ángulos, pero que siguen siendo el mismo mirado desde otra perspectiva, como si el tiempo se pausara, como si el destino se empeñase en dar una última oportunidad a dos personas que se conocen e intiman porque sus respectivos enamorados se han enamorado, dos individuos que comen, pasean y viajan en taxi juntos, compartiendo un tiempo que no les pertenece, un tiempo que pertenece a otros, a esos otros ausentes que todavía siguen tan presentes en sus almas. Las figuras enigmáticas, rotas y desoladas de Maggie Cheung y Tony Leung, intérpretes fetiche del director, que encarnan de forma sobria y prodigiosa dos almas a la deriva, dos criaturas entre dos mundos, entre el pasado y el presente, arrastrados al dolor, al deseo del otro, y el amor no correspondido y el que puede venir. Fa yeung nin wa, el título original chino, que viene a decirnos algo como “La época de florecer” o “Los años floridos”, adoptó el título internacional por la canción “I’m in the Mood for Love”, de Bryan Ferry, tuvo una primera incursión tanto en ambientes como en personajes en Days of Being Wild (1990), en un marco distinto, en el thriller más oscuro y errante, en 2046 (2004), volverá a los mismos personajes, con el Sr. Chow, que sigue anclado a ese pasado y a la Sra. Chan, intentando encontrarla en otras mujeres.

Kar-wai ha desarrollado una carrera de relatos poliédricos, llenos de desamor, amargura y personajes desolados, movidos por la pasión, las vidas en tránsito, y rotos por el pasado. Con Deseando amar recupera la esencia del Hong Kong colonial, mezclado de occidente y tradición, para introducirla en otro relato, en el de la vida de ciudadanos de Shanghái en el Hong Kong de 1962, para contarnos la infidelidad de un hombre y una mujer casados, a los que solo escucharemos o veremos de espaldas, aunque para el director chino este hecho es solo una mera excusa para centrarse en lo que realmente le interesa, la reacción de los traicionados, los otros, la Sra. Chan, que se llama Su Li-zhen, y el Sr. Chow, que se miran, como se miran, que comparten el tiempo, simulando como actuaron sus respectivas parejas, cómo empezó todo, que hacían, como se miraban, en fin, ser ellos, parecerse a ellos, sentir como ellos, para quizás, llegar a tener algo como ellos. El relato, con la maravillosa y poética luz de Christopher Doyle, que desde Days of Being Wild, trabajaba construyendo de manera precisa y elegante el universo colorido, íntimo, sensual y romántico del autor chino, porque la mirada de Kar-wai del Hong Kong de su infancia, no es una mirada real ni de “verdad”, sino que está impregnada de sus recuerdos infantiles, de esa forma estilizada que tiene cada fotograma de la película, donde brillan los colores de los vestidos de ella, las luces de neón y los ambientes humeantes de las comidas o los espacios claroscuros, todos elementos significativos de su cine, que le han hecho mundialmente descriptivo en su forma de mirar y construir el cine.

Una atmósfera muy personal y característica, donde envuelve a sus personajes en pequeños espacios, cargados y tensos, donde la vida, la cotidianidad y la desesperación personal se mezclan en escasos metros, donde realidad y sueño se mezclan confundiéndolos y confundiéndonos, donde la naturaleza de los personajes y la trama real está escondida, en otra capa, más soterrada y nada complaciente, porque Kar-wai no quiere que nos lancemos al abismo sin más, sino que lo va cociendo a fuego lento, como los guisos que vemos en sus películas, porque en el instante que queremos darnos cuenta, ya estamos en plena caída, impregnados e hipnotizados por sus espacios, por su compleja y excelsa planificación narrativa, donde cada encuadre nos descubre un nuevo universo, donde cada espacio tiene su peculiar luz, ensombrecida como no podía ser de otra manera, con sus personajes envueltos en la bruma del tiempo y del caprichoso destino. Con las oportunas y clarificadoras canciones, algunas chinas muy populares de la época, o las del gran Nat King Cole, con “Aquellos ojos verdes”, “Te quiero dijiste” o “Quizás, quizás, quizás”, magistralmente elegidas que explican con exactitud lo que están sintiendo cada personaje.

Encontramos huellas del romanticismo colorista y sombrío del cine de Douglas Sirk, con esos ambientes de la clase acomodada estadounidense de los cincuenta, que también retrató Yates en sus novelas, donde lo social y lo doméstico, o lo que es lo mismo, la vida de fuera y la íntima, siempre andan en continua disputa, donde las emociones de los personajes se debaten entre lo que sienten y las circunstancias que están viviendo, la eterna lucha entre lo racional y lo emocional. Y cómo podíamos dejar sin mencionar el desamor de Vittoria y Piero, las criaturas de El eclipse, de Antonioni, probablemente una de las historias de no amor más fascinantes y tristes de la historia del cine, en una relación que estaría Deseando amar, sin ningún tipo de dudas, con todo ese amor que sienten, y sobre todo, como lo describe y lo filma Antonioni, con esos espacios cuando los llenan con sus idas y venidas y sus circunstancias, y luego, cuando se quedan vacíos, y todavía los siguen ocupando, ya en la imaginación de los espectadores, lo que fue y ya no es, con toda esa vida no vivida, con todo ese deseo y esa pasión consumida, con todas las huellas y sombras que dejan las emociones que ya no serán, que se perderán en el abismo del tiempo, donde el amor vive en el recuerdo, donde el amor, si realmente hubo, se convertirá en una huella que el tiempo irá borrando sin remedio, o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nuria Giménez Lorang

Entrevista a Nuria Giménez Lorang, directora de la película “My Mexican Bretzel”, en la Plaza de la Vila de Gràcia en Barcelona, el jueves 10 de diciembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nuria Giménez Lorang, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia y cariño.

My Mexican Bretzel, de Nuria Giménez Lorang

LAS VIDAS DE VIVIAN BARRETT.

“La mentira es solo otra forma de contar la verdad. Debajo de todos los fragmentos subyace un mismo flujo. Lo esencial ni se dice ni se ve. Se busca, pero no se encuentra. ¿Qué es la realidad sino una reconstrucción continua e infinita? La voluntad de creer es la mano del hombre que cuelga del precipicio y que se agarra a la única piedra que parece que puede salvarle. Sin embargo, siempre acaba cayendo”

Paravadin Kanvar Kharjappali

Mucho del cine de ahora tiene mucha responsabilidad que el cine haya perdido su verdadera esencia, aquel misterio que impregnaban las imágenes y nos transportaba a otros mundos, otras formas de ver, de mirar, de sentir, de vivir, y sobre todo, durante hora y media, nos trasladaba a lo más profundo de nosotros mismos, imaginando y experimentando otras vidas, otras alegrías, otras tristezas, otras ilusiones, en fin, muchos universos dentro de este. Aunque, cada temporada nos tropezamos con películas que nos devuelven lo perdido, ese maravilloso legado que es mirar cine y verse reflejado.

My Mexican Bretzel, de Nuria Giménez Lorang (Barcelona, 1976), debutante en el largometraje, es una de esas películas especiales que de tanto salen de algún lugar oculto, revelándose en su misterio y su honestidad, envueltas en un aura de búsqueda, de un secreto que desvelar, ya desde su maravilloso cartel, con una mujer en el mar, esperando una ola, ataviada con un traje de baño muy de los años cincuenta, de lado, a la que no podemos ver su rostro. Un imagen que nos seduce e inquieta a la vez, y nos desborda a cuestiones que quizás, la película, nos logre responder o no. Giménez Lorang no fue a buscar una película, la película fue a buscarla a ella. Después de la muerte de sus abuelos, encontró ocultas medio centenar de bobinas de 8 y 16mm filmadas por su abuelo Frank A. Lorang (1913-2010), durante las décadas de los 40, 50 y 60. Imágenes domésticas de los viajes de un matrimonio acomodado.

Unas imágenes bellísimamente filmadas, acompañadas por el diario ficticio de un personaje inventado llamado Vivian Barrett, una esposa elegante y sofisticada, que junto a su marido León, va descubriendo el mundo en sus viajes, y a través de su diario, vamos descubriendo otra vida, u otras vidas, que tienen que ver más con sus deseos, ilusiones, frustraciones e inseguridades, en la que vamos encontrándonos con otra mujer a la de las imágenes, un diario al que le acompañan las reflexiones sobre la condición humana de Paravadin Kanvar Kharjappali. Un ejercicio parecido al de Ainhoa, yo no soy esa (2018), de Carolina Astudillo, donde las imágenes filmadas chocaban de pleno con el diario de la joven, que nos descubría muchas vidas en una. La película opta por la estructura de una película muda, devolviéndonos la artesanalidad del cine, donde vamos leyendo el diario de Barrett sobreimpresionado en las imágenes, con algunos sonidos escogidos, creando esa escala de lecturas y vidas que emanan tanto las imágenes, la escritura y la falta de sonido.

La película nos va llevando sin ruido y con delicadeza hacia un estado hipnótico, subyugante y brutal, donde los espectadores vamos fabulando sobre la vida de Vivian, su esposo, y el amante mexicano, imaginándonos no solo sus vidas, sino el off, lo que no muestran ni desvelan las imágenes, y si el diario, y viceversa, en una película que es muchas películas a la vez, porque va desde un preciso y evocador ejercicio de found footage, fiel heredero del imaginario de Marker, el melodrama romántico y desolador que tanto cosecharon Stahl, Wyler o Sirk, con sus relatos sobre la falsa felicidad de los años cincuenta y sesenta, con sus historias de amor reales o no, en un retrato íntimo sobre las apariencias y tristezas de las mujeres acomodadas, una fantasía sobria al mejor estilo de los cineastas mudos, con sus fantasmas evocados, y sus abundantes secretos y mentiras ocultos o por desvelar, o incluso, todo lo que desvelan y no las filmaciones domésticas de tantos seres anónimos que creyendo que capturan sus vidas, no sabían que estaban también evocando lo que se no se ve, lo ausente, quizás la verdad que se resiste a dejar ver su propia naturaleza.

Una película de montaje tan exhaustivo y sobrio necesitaba a alguien como Cristóbal Fernández, que firma la edición junto a la directora, para ordenar y descifrar todos los enigmas que ocultan sus imágenes, y sobre todo, revelar el misterio que esconden, pero aunque la película encierra muchos misterios y algunos se revelan, y son mostrados frente a nosotros, hay otros, quizás más productos de nuestra imaginación e inventiva, que siguen ocultos, aguardando a otros espectadores, como ocurría con la extraordinaria Tren de sombras (1997), de José Luis Guerín, sincero y rendido homenaje al cine como experiencia personal y universal, donde realidad, ficción y mentira se daban la mano creando un inquietante y fascinante juego de espejos, reflejos y espectros, que al igual que sucede con la película de Giménez Lorang, la experiencia cinematográfica como práctica evocadora a otras realidades y ficciones, en función de cada espectador y su forma de mirar, que desvela otro de los grandes aciertos de esta magnífica y fascinante obra de Giménez Lorang, que contando algo tan íntimo, personal y secreto, la película vuela por sí misma, y sus imágenes y relato se vuelven universales, y todos y cada uno de los espectadores que se acerquen a ella, no solo disfrutarán de sus infinitos misterios, sino que podrán intervenir en ella, fabulando e imaginando todo aquello que revelan sus imágenes, todo el fuera de campo que está ahí, y no vemos, y sobre todo, todos los fantasmas que se evocan, tanto los reales como los inventados, o los que se mantienen ocultos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Human Voice, de Pedro Almodóvar

SOLA ANTE EL ABISMO.

“Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia”.

Henry Miller

El deseo es, probablemente, la única emoción real y auténtica de nuestras vidas, la única capaz de hacernos vibrar, volar y vivir, pero también, la única capaz de destruirnos, de acabar con nosotros, porque el deseo no obedece a ningún aspecto racional, es la aventura, el riesgo, la incertidumbre, es lanzarse al abismo de lo desconocido, de lo que atrae y lo que temes, de un viaje a lo más profundo de tu alma, un viaje que nos desvelará quiénes somos, y quizás, tamaño descubrimiento, se convierta en algo agradable o insoportable. El deseo es la emoción que siempre ha empujado a Pedro Almodóvar (Calzada de  Calatrava, Ciudad Real, 1949), a construir su imaginario audiovisual, a dar vida a sus mujeres, unas mujeres dolientes, rotas por el amor, en ese particular descenso a los infiernos, arrastradas por el desamor, por la ausencia, la falta, el vacío que provoca el amor cuando se acaba, arropadas por su desgarro, su tristeza y su dolor.

El monólogo de Jean Cocteau, escrito en 1930, es la germen de buena parte de las historias del manchego, aunque ya estuvo de forma evidente en La ley del deseo (1987), cuando el director de cine Pablo Quintero convertía a su hermana Tina en la criatura de Cocteau en una representación teatral, donde encontramos el elemento de el hacha, que el director vuelve a recoger en The Human Voice. En su siguiente película, Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), volvía a Cocteau, a través del personaje de Pepa Marcos, la mujer abandonada por su amor, aunque el relato derivaría a una comedia coral y disparatada, y la llamada del ex amante no llegaba a producirse. Ahora, sí, Almodóvar ha encontrado el momento perfecto, y la duración adecuada, 30 minutos que dura el monólogo, para adaptarlo, pero conociendo la imaginación del director, y sus adaptaciones, como hizo con Rendell en Carne Trémula, y con Munro en Julieta, la película se despoja de su original para camuflarse en el universo almodovariano, por eso advierte que la adaptación está libremente inspirada.

The Human Voice no es solo el nuevo trabajo del prolífico director, veintidós títulos como director, es un experimento en toda regla dentro de su filmografía, ya que el director se atreve con muchas cosas que parecían resistírsele, en un trabajo que significa muchas cosas en la carrera del director español, es la primera vez que rueda en inglés, vuelve al cortometraje, que ya estaban en sus inicios con obras como Muerte en la carretera (1976), o Salomé (1978), para volver nuevamente con Trailer para amantes de lo prohibido (1985), que hizo para televisión, estrenado en el mítico programa “La edad de oro”, y volvió otra vez, en La concejala antropófaga (2009), como añadido de Los abrazos rotos, con una desatada y estupenda Carmen Machi, donde Almodóvar rememoraba sus tiempos ochenteros. La palabra toma el pulso narrativo, donde escucharemos siempre a ella, la voz de él desparece. Otro elemento destacado es que el director vuelve a auto referenciarse, capturando elementos, objetos, músicas, y demás características de su filmografía, erigiéndose una piedra angular en su carrera, donde las múltiples miradas al cine, a su oficio, sus pasiones y a sus relatos es constante.

La obra de Cocteau ya tuvo una adaptación cinematográfica en 1948 de la mano de Rossellini y la piel de la Magnani, donde el maestro italiano seguía fiel a la sumisión de la mujer que planteaba el monólogo del francés. Almodóvar, por su parte, rompe ese esquema, conduciendo el relato a otra mujer, una mujer contemporánea, más moderna, de aquí y ahora, una mujer que no es sumisa, que sufre, se siente sola y anda como “vaca sin cencerro”, como diría la madre de Amanda Gris, pero que tiene carácter, es valiente y está dispuesta a no rendirse, a seguir amando cuando se recupere, que lleva tres días esperando inútilmente una llamada del que ha sido su amor durante los últimos cuatro años, que se mueve como un pantera enjaulada por su piso, y sale de él, caminando por ese estudio, en que Almodóvar, nos muestra la trampa, el artificio, rompiendo la “cuarta pared” que se dice en teatro, evidenciando la soledad y la oscuridad que desprende el personaje, del que desconocemos su nombre, vagando por ese espacio cinematográfico lleno de objetos y obras de arte, que explican lo que le está sucediendo a la mujer, como la pintura que preside su cama, “Venus y Cupido”, de Artemisa Gentileschi, u otra de Man Ray, o de Alberto Vargas, fotografías, cartas y notas, que se van apoderando de un lugar que ya no es, un espacio que fue y ahora está muerto, ausente, vacío, como ese traje del hombre que no está tendido en la cama, o el perro, también abducido por el dolor y el vacío, que echa de menos a su dueño, al que huele por cada rincón.

Los elementos técnicos vuelven a lucir, como suele ocurrir en el cine de Almodóvar, su detallismo, intimidad y capacidad para sumergirnos en su imaginario es maravillosa. La luz vuelve a ser brillante, saturada de color y predominio del rojo, obra de José Luis Alcaine, ocho películas con el manchego, y la edición de Teresa Font, que después de la experiencia de Dolor y gloria, vuelve a trabajar en una de Almodóvar, en un ejercicio magnífico, dotando al relato de energía y sensibilidad en la construcción del tempo y el ritmo de la película, la música de Alberto Iglesias recurre a variaciones y líneas propias de películas como Hable con ella, La mala educación, Los abrazos rotos o Los amantes pasajeros, y el imponente trabajo de vestuario de Sonia Grande, con esos vestidos rojo o negro, que explican con todo lujo de detalles el estado de ánimo de un personaje que va caminando, o mejor dicho, desplazándose por su abismo sin voluntad ni conciencia, y finalmente, Gatti, compone unos títulos de crédito y un cartel, marca de la casa, donde se van explicando todos los detalles que veremos en la película.

Almodóvar ha podido ofrecer su visión del texto de Cocteau, a su manera, siendo infiel, capturando su esencia, transmitiendo el dolor, el vacío, la oscuridad y la desolación que experimenta el personaje, en la piel de una extraordinaria Tilda Swinton, como se evidencia en su presentación en la ferretería (una secuencia que vale su peso en oro, que escenifica ese desgarro y la mujer convertida casi en una especie de extraterrestre recién llegada a la tierra), convertida en un modelo-piel de la factoría almodovariana, siguiendo el camino que emprendieron otras como Carmen Maura, Julieta Serrano, Victoria Abril o Marisa Paredes, llenando de vida, pasión y alma esas historias de amor, de desamor, de sentimientos a flor de piel, de mucho pop, kitsch, desgarro, carnes de boleros, objetos en forma de corazón, espejos que nos duplican y deforman el interior, vestidos que parecen de otro tiempo y que reflejan lo que sentimos, instantes que fueron muy intensos, llenos de deseo, pasión y amor,  pero que ya han dejado de ser, realidades y sueños que pertenecen a otro momento, a aquel que fuimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Akelarre, de Pablo Agüero

CONDENADAS POR MUJERES.

“Los hombres temen a las mujeres que no les temen”

Los más inquietos y curiosos recordarán la pintura Aquelarre, que Francisco de Goya pintó entre 1797 y 1798, donde vemos representado al diablo como un macho cabrío negro, rodeado de mujeres, expectantes para ser poseídas por el maligno. Representación de un imaginario popular impuesto por el estado. Durante muchos siglos, el poder, basándose en creencias fútiles y falsas, creó todo un aparato de represión y exterminio contra las mujeres, acusándolas injustamente de ser brujas, que en realidad, encubría una persecución del estado monárquico clerical para eliminar cualquier vestigio de diferencia, libertad y resistencia a lo establecido. Muchas son las crónicas que registran tales hechos, como la que ocurrió en el valle de Araitz (Navarra), en 1595, sucesos que fueron llevados al cine por Pedro Olea en 1984 bajo el título de Akelarre. Recogiendo el mismo título, el cineasta Pablo Agüero (Mendoza, Argentina, 1977), y la guionista francesa Katel Guillou, firman un guión, libremente inspirado en el “Tratado de la inconstancia de los malos ángeles y demonios”, del juez Pierre de Lancre, en el que describe su recorrido por el País Vasco en 1609, en una “Caza de brujas” sistemática, donde condenó a cientos de mujeres a morir en la hoguera por brujería.

De Agüero, conocíamos la película Eva no duerme (2015), donde se recogía la odisea del cadáver embalsamado de Eva Perón, ya que las autoridades deseaban borrar su figura de la cultura popular. Antes, había dirigido Salamandra (2008), sobre el proceso de iniciación de un niño en una comuna hippie perdida en la Patagonia, en 77 Doronship (2009), relataba la difícil convivencia de una parisina a punto de dar a luz y el abuelo de su novio, cuando éste la abandona, en el documental Madre de los Dioses (2015), su primera incursión en el mundo femenino, seguía las diferentes creencias místicas de cuatro mujeres solteras de la Patagonia, y en A son of Man (2018), donde un hijo es invitado por su padre para localizar un tesoro Inca. En Akelarre, el director argentino ha querido ser lo más fiel posible al relato que nos cuenta, empezando por las localizaciones de Navarra, País Vasco y sur de Francia, algunos testigos reales donde se desarrollaron los hechos, y el idioma, donde conviven el euskera, que hablan las seis mujeres, y el castellano, que hablan los inquisidores, el idioma del reino, de la imposición, y de la ley.

La película nos sitúa en las tierras vascas de 1609, los hombres han partido a Terranova a pescar, mientras las mujeres, en tierra, pasan el tiempo tejiendo y compartiendo esa libertad, juventud y belleza, tres aspectos que las llevarán ante la ley, encabezadas por el espíritu combativo y libre de Ana, líder de este grupo de amigas y cómplices, que juegan, ríen, cantan y bailan, por los acantilados, por el bosque, y por cualquier lugar, lejos de las cadenas patriarcales que les impone una sociedad machista y violenta. A Ana le siguen, María, Olaia, Maider, Lorea y la pequeña Katalin. Seis mujeres, seis seres que viven la vida y la felicidad en toda su plenitud, juntas y disfrutando de la impaciencia de la juventud y los deseos de estar bien y seguir disfrutando. Por esos hechos, y no otros, son encarceladas y juzgadas por brujería, por el juez Rostegui y su consejero, bajo el beneplácito de la iglesia. El relato huye de lo artificial y la argucia tenebrosa, más propia del género de terror convencional, para adentrarnos en un mundo muy oscuro y terrorífico, donde la miseria, el miedo y las cadenas eran el pan de cada día.

El relato está bañado de tonos sombríos, pálidos y tenues, con un aorma parecido al representaba la película de El nombre de la rosa, desde la caracterización de los personajes, y los ambientes donde se sitúa la película, así como el inmenso trabajo de luz, obra de un grande como Javier Agirre (autor, entre otras, de Loreak, Handia o La trinchera infinita), componiendo esos tonos lúgubres, con esos cielos nublados y grises, donde la cámara se acerca, escrutando la juventud o las grietas de los rostros y las miradas afiladas, predominando los espacios cerrados, como la celda donde están encerradas las mujeres, o la sala del juzgado. Espacios que nunca veremos en su totalidad, sino fragmentados y en primeros planos de los personajes, en que el excelente montaje, obra de una experta como Teresa Font, con más de cuatro décadas de profesión, consigue esa profundidad y esa tensión que tanto requiere el relato, dando voz y visibilidad a las reflexiones de las seis mujeres, y de los señores inquisidores en el juzgado, con ese juez llevado por el deseo irrefrenable que le provoca la visión de las seis mujeres en movimiento, dejando claro la intención del estado, que no es otra que la de eliminar cualquier vestigio de libertad, y someter y alinear a cualquier ciudadana diferente a las creencias religiosas y conservadoras.

El grandísimo trabajo de arte que firma Mikel Serrano (autor de algunas de las mejores obras actuales de la cinematografía vasca como Loreak, Amama o Handia), nos sitúa en ese contexto histórico, utilizando unos elementos bien escogidos y situados en el ambiente, creando esa idea de terror, sin caer en los golpes de efecto ni en los decorados recargados. Y finalmente, la música que suena en la película, obra de Maite Arroitajauregi –mursego- y Aranzazu Calleja, con esa limpieza y energía vocal y musical, con la maravillosa canción que escuchamos en varias partes de la película, convertida en el leit motiv del relato, que nos habla de amor, de pasión y desenfreno, aspectos de la carne, que hipócritamente perseguía y condenaba el estado-iglesia. Unas melodías, acompañados de las danzas visuales y sensuales, consiguen ese toque onírico de romanticismo vital que acompaña a estas seis mujeres valientes, decididas, inteligentes y libres.

El magnífico y bien elegido reparto, que mezcla con sabiduría un elenco experimentado como Alex Brendemühl como el despiadado juez Rostegui, bien acompañada por el actor argentino Daniel Fanego como consejero, un intérprete con un rostro, y una voz muy marcadas. Las soberbias y magnéticas interpretación de las seis mujeres, que encabeza Amaia Aberasturi (que ya nos encantó en Vitoria, 3 de marzo), aquí consolidándose en un rol que le va genial, siendo esa Ana capaz de enfrentarse al poder y sobre todo, de sentirse firme ante la infamia que se le acusa a ella y las demás. A su lado, cinco chicas elegidas en el extenso casting: María es Yune Nogueiras, Katalin es Garazi Urkola, Olaia es Irati Saez de Urabain, Maider es Jone Laspiur, y Oneka es Lorea Ibarra. Seis mujeres injustamente juzgadas por el hecho de ser mujeres libres y valientes, no sometidas al estado patriarcal que dicta las normas, dando vida a todas esas mujeres injustamente quemadas en la hoguera por brujería, que la película visibiliza y rescata del olvido, dándoles el lugar que se merecen en la historia, convirtiéndolas en lo que eran, unas mujeres dignas, resistentes y fuertes, en un estado y sociedad, que pasados los siglos, sigue tratando con desdén y violencia a las mujeres, negándoles su identidad, espacio y libertad, en este magnífico, íntimo y terrorífico cuento feminista sobre la libertad y la identidad de las mujeres, mostrando una realidad, que como suele ocurrir, da más miedo que cualquier ficción que se precie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

El glorioso caos de la vida, de Shannon Murphy

MILLA ESTÁ LOCAMENTE ENAMORADA.

¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?

Hellen Keller

Milla tiene 15 años y está enferma de cáncer. Pero, un día, mientras Milla espera el tren con dirección al colegio femenino, se tropieza con Moses, un pandillero que vende drogas, y se enamora perdidamente de él. Los padres de Milla, Henry, psiquiatra adicto a las pastillas, igual que su esposa, Anna, diagnosticada como enferma mental, no ven con buenos ojos la relación, aunque poco a poco, Moses acaba introduciéndose en el seno familiar. A simple vista, El glorioso caos de la vida, Babyteeth (“Dientes de leche”, en su título original) tiene el tono y el marco de ese cine independiente estadounidense capaz de hablar de cualquier tema que se proponga, por muy duro que éste sea, como hacia Van Sant en Restless (2011) donde también se retrataba la historia de amor de una enferma terminal y un chico que le encanta asistir a funerales. La directora australiana Shannon Murphy, debutante en el largometraje, después de despuntar con cortometrajes, se basa en una obra de Rita Kalnejais, autora del guión, y dota a su relato de un tono diferente a la película de Van Sant, sumergiéndonos en una comedia gamberra e irreverente, pero que conmueve y explica cosas, en la que nos introducimos en una familia completamente disfuncional, de la que conocemos sus pequeñas y grandes miserias cotidianas.

La llegada de Moses, que aparentemente parece el más inadaptado, se convertirá en una especie de testigo, como lo era el joven de Teorema, de Pasolini, de esa familia extraña, compleja y nada común. La película tiene la sabiduría y la sensibilidad para hablarnos de enfermedad y amor en la misma frase, de sacudirnos con un tema serio como el cáncer y su cotidianidad, y a la vez, transformarse en una comedia ácida y crítica, sacarnos una risa cuando todo indicaba que debíamos encogernos el corazón. Kalnejais ya alcanzó un notable éxito cuando la obra se representó en las tablas, con ese aire mordaz y negrísimo en la forma de tratar el drama de la enfermedad, bien adaptado en el cine, con esos rótulos que nos van avanzando el contenido de los diferentes y breves capítulos, así como sus gratificantes momentos musicales llenos de vida, amor y subidón, o las rupturas de la cuarta pared, ingeniosas y estupendas, que nos interpelan constantemente, así como la excelente y dinámica luz de la película, obra de un experimentado cinematógrafo como Andrew Commis, con esa cámara en mano que sabe capturar la alocada e inquieta cotidianidad de los Finley en su entorno y sus relaciones.

Una obra rompedora, acogedora y llena de luz, unas veces cómica y otras, amarga, protagonizada por Milla, una niña que despierta a la vida y de paso, ha de enfrentarse a la muerte, en esa especial y complicada dicotomía se mueve la historia, mezclando esos dos conceptos de forma admirable y conmovedora, como esa maravillosa cena cuando Moses acude por primera vez a la casa de los Finley, o ese arranque cuando nos presentan a los padres en terapia y se disponen a follar, y son interrumpidos por una llamada, o ese otro cuando Milla y Moses se conocen en la estación, y así casi toda la película, conjugando de forma extraordinaria esos momentos tan cotidianos con las diferentes realidades en la que están inmersos cada personaje, sin olvidarnos de los dos personajes más secundarios como Gidon, ese músico filósofo que enseña violín a Milla, o Toby, la vecina embarazada tan rara y tan parecida a los Finley, que podría ser una hermana o cuñada muy cercana.

Y qué decir del fantástico espacio donde está rodada la película, esa calle llena de casas con garaje, jardín y piscina en uno de los barrios residenciales de Sidney, un personaje más, como el interior de la casa de los Finley, con sus grandes cristaleras, su espacioso y frío comedor, o esa piscina que solo usa el invitado. Un reparto brillante y lleno de naturalidad en que fusionan la juventud de Eliza Scanlen como Milla (que hace poco vimos como una de las Mujercitas, de Greta Gerwig), maravillosa, tierna y sensible, un amor especial, en su rol como la desdichada y vitalista Milla. A su lado, otro joven como Toby Wallace interpretando a Moses, el golfillo que acaba siendo un Finley más, tanto para bien como para mal, y esos padres, con intérpretes experimentados como Essie Davis como la madre perdida, amorosa y como un cencerro, y ese padre, que hace Ben Mendelsohn, un psiquiatra que también necesitaría terapia y cuanto antes mejor. Emily Barclay como la vecina Toby, con su enorme panza de buena esperanza y sus excentricidades, y Gidon, que interpreta Eugene Gilfedder, el eterno enamorado de Anna Finley y amigo familiar metido en este caos.

El glorioso caos de la vida es una película que rompe con todo los tópicos sobre la enfermedad y las situaciones dolorosas que la rodean, teniendo la capacidad para colocarnos en una posición completamente distinta a esos dramas lacrimógenos de otras obras, capturándonos a través de la vida, el amor y la locura, y todas esas sensaciones que da la vida cuando empiezas a saborearla, a vivirla de verdad, aunque dure poco. Un fábula de aquí y ahora, sobre la vida o sobre todas esas cosas que sientes cuando vives, de la vida, de ese despertar en la adolescencia al amor, al sexo, a los cambios corporales y emocionales, a sentirse diferente y contrario a las normas e ideas paternas, introduciendo la enfermedad y el dolor a esos cambios que experimentamos, sumergiéndonos en la vida, tanto interior como exterior de Milla, una enamorada del chico menos indicado, pero que es el amor sino, un cúmulo de sensaciones indescriptibles, una forma de sentirse otro, de querer a alguien y no saber por qué, de saber que la vida quizás son ese tipo de sensaciones que no podemos explicar, porque en realidad no tenemos ni pajolera idea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Under the Skin, de Jonathan Glazer

LA MUJER QUE CAYÓ A LA TIERRA.

“Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”

George Orwell

Tanto el monstruo de Frankenstein, que tuvo su representación moderna en la figura del replicante Nexus 6 de Blade Runner, mostraban más humanidad que los seres humanos propiamente dichos, sus formas de ver su alrededor, sus reflexiones sobre lo efímero de la existencia y sobre todo, la futilidad de nuestras vidas, quedaban reflejado en ambos relatos, y en el caso del replicante, en el recordado y maravilloso discurso final de la película. Under the Skin, tercer trabajo de Jonathan Glazer (Londres, Reino Unido, 1965), recoge muchos de los pensamientos de observar al extraño, al que viene del espacio, para mirar al otro, en este caso a la humanidad, con todo lo que eso conlleva, observar al humano mediante un ser del espacio, un ser de otro planeta. Tarea compleja que requiere un planteamiento sobrio e intenso como planteaba el director británico, aunque sigue su línea narrativa que ya había dejado patente en sus obras anteriores, desde sus inteligentes anuncios, sus elaboradas piezas, tanto de ficción como videos musicales para nombres tan ilustres como Massive Attack, Blur, Radiohead o Jamiroquai, y sus dos largometrajes, en Sexy Beast (2000), imponía el noir para hablarnos de pasados turbios y redención, en Birth (2004), convocaba una extraña fábula sobre la reencarnación y en las creencias de lo invisible.

En Under the Skin, basada en la novela homónima de Michel Faber, a partir de un guión escrito por Walter Campbell y el propio Glazer, se reúne con sus colaboradores más cómplices como Dan Landin en la cinematografía, Paul Watts en el montaje y Mica Levy con una música brutal y extraordinariamente sensorial y corpórea (autor que compuso la magnífica banda sonora de la reciente Monos, de Alejandro Lanes, entre otras). Glazer sigue a una mujer que acaba de aterrizar en la tierra, en la piel de una sólida, cálida y sugerente Scarlett Johansson, que a bordo de una furgoneta va encandilando a hombres solitarios y confiados para alimentar a una especie de reina-madre que los va engullendo. La mujer va experimentando el mundo, sus habitantes y todos los elementos que lo componen, moviéndose por la Escocia urbana y rural, relacionándose con hombres y descubriendo sus vidas, hábitos y traumas. El director londinense compone un hermosísimo cuento, social, inquietante y por momentos, terrorífico, sobre la humanidad y nuestro comportamiento, mirados desde la profundidad, mostrando actitudes humanas o propias del ser humano, que poco o nada tienen que ver con la humanidad, el reflejo y la empatía con el otro, aunque ellos, los humanos, desconozcan que se trate de un ser venido de otro planeta.

El relato está bañado de una sobriedad y quietud deslumbrantes, con esa luz tenue y lúgubre, en muchos momentos, nocturnas o nubladas, que imponen esa idea de oscuridad que existe en el interior y comportamiento de los personajes. La mujer los observa e interactúa con ellos, cada vez sumergiéndose más en esa experimentación que la va atrayendo como un imán, descubriendo sus actitudes y comportamientos de los humanos hacia ella, y experimentando con el amor y el sexo, poniéndolos a prueba y sobre todo, poniéndose a prueba ella, en la que constantemente el relato nos interpela  a nosotros, a nuestras reacciones y reflexiones a través de las imágenes de la película. Si hay una película con la guarda asombroso paralelismo Under the Skin es con la película El hombre que cayó en la tierra (1976), de Nicolas Roeg, protagonizada por David Bowie, quizás el extraterrestre más humano en apariencia, aunque el tono de ambas difiera considerable, pero en el fondo, se imponen una misma mirada crítica y desoladora del comportamiento de los humanos hacia el otro, el diferente, el extraño, al que consideran invasor y violento, solo por el mero hecho de no ser como ellos.

Glazer ha contado con la maravillosa presencia de Scarlett Johansson en quizás el personaje más importante de su carrera hasta la fecha, componiendo a través de la sobriedad y la intuición un rol enigmático y complejo, lleno de matices, que va de la oscuridad a la luz, o podríamos decir, que a su modo va experimentando de un modo emocional su relación con el otro y las consecuencias que eso conlleva. Una penetrante y magnífica fábula que se erige como un imponente relato absorbente, enigmático y magnético, que nos sumerge en su universo particular, extraño y oscuro, una obra dentro de muchas otras, porque por momentos estamos enfrascados en una obra de cinecia-ficción con resonancias psicológicas y filosóficas, una de terror clásica, con el estilo de las películas de serie B de los treinta, cuarenta o cincuenta, y en otros, asistimos a una especie de experimento social, para estudiar los comportamientos humanos, sus deseos, miedos e inseguridades, y en otras, en un thriller con psicópata incluido, quizás la propuesta de Glazer es todas esas historias, y otras que no somos capaces de ver, o tal vez intuimos y sabemos que existen en los pliegues de todo aquello que anida en nuestro interior y apenas se deja ver, lo que ocultamos y guardamos celosos en lo más profundo de nuestra alma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Matthias & Maxime, de Xavier Dolan

DESATAR LAS EMOCIONES.

“La única verdad es el amor irracional”

Alfred de Musset

Los amores imaginarios, segunda película de Xavier Dolan (Montreal, Canadá, 1989) arrancaba con la cita que encabeza este texto. Una cita que asevera que el amor no tiene nada de racional, sino todo lo contrario, una especie de maná de sentimientos contradictorios que llevamos e interpretamos como podemos. La sentencia de Musset podría ser la definición perfecta del cine de Dolan, una obra abundante, 9 títulos en 9 años, en una especie de biografía ficcionada, en la que participan sus amigos y él mismo, sustentada a través de las emociones más fervientes, conflictos sentimentales que llenan un imaginario que ya deslumbró en el 2009, con sólo 19 años, con su impresionante debut Yo maté a mi madre, en que a medio camino entre la realidad y la ficción, el jovencísimo talento canadiense hablaba de la relación dificultosa con su madre. En la citada Los amores imaginarios, del año siguiente, dos amigos, él, homosexual, y ella, hetero, se encaprichaban de una especie de adonis.

En Laurence Anyways (2010), componía un certero retrato sobre la identidad, otra de sus elementos esenciales en su cine, cuando un hombre que parece que ha conseguido su éxito personal y profesional, se destapa ante los suyos explicándoles su intención de cambiar de sexo. En Tom à la ferme (2013), se centraba en el descubrimiento de amores ocultos de un fallecido por parte de su novio.  En Mommy (2014) volvía a las relaciones oscuras de madre e hijo imaginando una distopía. En Sólo el fin del mundo (2016), adaptaba la obra de Jean-Luc Lagarce, para hablarnos de un joven que vuelve a la casa familiar para comunicarles una terrible noticia. En Matthias & Maxime, vuelve a mirar a los suyos y así mismo, para elaborar un retrato de aquí y ahora, en el marco donde se desarrolla su obra, donde un par de amigos de toda la vida, a raíz de un tímido beso en el corto de la hermana de uno de sus colegas, se sentirán diferentes, sentirán que algo ha cambiado, o simplemente, han despertado algo que ocultaban por miedo a convertirse en la persona que han ido construyendo.

Dolan sabe construir imágenes sugerentes y transmisoras, mezclando con habilidad una estética pop, llena de colores y formas, rodeada de una estética sofisticada y nada manierista, que cambia según el estado de ánimo de sus personajes, desde el apartamento lúgubre y oscuro, hasta el colorido de otros pisos, donde la luz y la diversidad nos atrapan, bien combinando con esa música que combina varios estilos desde la música sesentera hasta la electrónica más actual, y el sonido, con el que juega sin prejuicios ni coacciones, sino de una forma libre y armoniosa, que capta la esencia intrínseca de los conflictos interiores que se desatan en sus películas. Tenemos a Matthias, Matt, para los colegas, con un trabajo de abogada en promoción, una mujer a la que ama, una familia que lo quiere, y unos amigos con los pegarse una farra de tanto en tanto, y por el otro lado, tenemos a Maxime, homosexual, ganándose la vida como camarero, con una madre ida, y sus dudas existenciales, aunque ha decidido que pasará los dos próximos años viviendo en Australia.

El relato se centra en ese tiempo de antes del viaje, un tiempo en que, los vemos paralelamente en sus respectivas vidas, imaginándose o soñando al otro en silencio, consigo mismos. Un tiempo en que tanto Matt como Maxime harán lo imposible por encontrarse y hablar sobre lo ocurrido, evitándose constantemente, como si fuesen amantes despechados o algo parecido, aunque el encuentro o mejor dicho, el reencuentro será inevitable y tanto uno como otro, deberán mirarse al espejo de las verdades y expresar todo aquello que sienten y ocultan a los demás y sobre todo, a sí mismos. Dolan rodea el conflicto a través del grupo de amigos, unos descerebrados con muchas ganas de pasarlo bien y disfrutar de las fiestas que asisten, quizás esa despreocupación de alrededor, aún hace más invisible y contundente la tensión sentimental y sexual que existe entre los dos protagonistas.

Dolan que escribe, monta, dirige, y protagoniza muchas de sus películas, toma el rol de Maxime, enfrascado en su propia contradicción de abalanzarse sobre Matt, pero con ganas de huir de una existencia mísera llena de conflictos, bien marcada por esa ausencia interna que refleja constantemente. Por su parte Matt, bien interpretado por Gabriel D’Almeida Freitas, con ese aspecto varonil y fuerte, intentando parecer seguro aunque pro dentro este rompiéndose, es la antítesis de la fragilidad, tanto emocional como física que desprende Maxime, aunque quizás solo sea fachada y los dos están embarcados en  esa fragilidad emocional que tanto enferma a muchos en este mundo contemporáneo donde se habla mucho de banalidades, y se callan las cosas importantes, como las emociones que sentimos por los demás y ocultamos porque aquello no va con nosotros, la sarta de mentiras en las que vivimos, porque lo que se espera de nosotros, no tiene nada que ver con lo que sentimos realmente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Y llovieron pájaros, de Louise Archambault

EL OASIS DE LOS RESISTENTES. 

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”

(De Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes)

No es nada habitual, desgraciadamente, encontrarnos con películas que aborden los conflictos de la gente madura, en contadas ocasiones nos topamos con retratos del calado como los de En el séptimo cielo, de Andreas Dresen,  Amor, de Haneke, A propósito de Scmidt, y Nebraska, ambas de Alexander Payne, por citar algunas de las más relevantes de los últimos años. Parece ser que la última etapa de la vida no despierta inquietudes o reflexiones a los cineastas actuales. La directora Louis Archambault (Montreal, Cánada, 1970) llegó con fuerza e intensidad a nuestras pantallas con Gabrielle (2013) su segunda película, en la que abordaba de forma íntima y transparente las vicisitudes de una joven con una rara enfermedad, el “síndrome de Williams”, que luchaba contra su entorno para conseguir su libertad e independencia personal.

Su tercer trabajo, Y llovieron pájaros, basada en la novela homónima de Joelyne Saucier, vuelve a centrarse en la libertad personal e individual, pero en este caso se trata de un trío de ancianos que han dejado sus vidas y circunstancias en la sociedad y se han instalado en los bosques de Abitibi, en cabañas de madera y rodeados de un inmenso lago. Aunque la película va mucho más allá de la intención de retratar a este trío alejados de todos y todo, porque ahonda en temas como el peso del pasado, la existencia como camino de deambular o huida, en este caso el bosque, o la redención a través del arte, la pintura. Porque la vida apacible de los tres ancianos se ve alterada por la muerte de uno de ellos, y la posterior visita de una anciana que anda perdida después del fallecimiento de su esposo, y aun más, la de otra visita, una joven fotógrafa que busca al fallecido y su tremebunda historia para documentarla, la de unos incendios que asolaron la zona en el pasado.

La directora canadiense vuelve a hacer gala de una mirada exquisita y sensible a la hora de adentrarse en el paisaje natural y las interiores cotidianas de la vida en el bosque, capturando de forma reposada y suave las vidas de estos tres ancianos, hablándonos de su pasado, su presente y ese incierto futuro, en el que, entre otras cosas, se avecinan nuevos incendios y la hostilidad de las leyes y demás. Unas personas en las que la tranquilidad y la pausa se han convertido en motor de sus existencias, en el remanso de paz y recuerdos en el que viven, como si se hubiesen impermeabilizado de una sociedad desigual, injusta y deshumanizada, y hubieran encontrado esa paz buscada y alejada de tanta ingratitud y sin sentido, almacenando su memoria y guardando su dolor. Las visitas inesperadas les harán reabrir heridas pasadas y deberán enfrentarse a ellas, mirándose en ese espejo de la memoria que tenemos todos guardado en algún lugar de nuestra alma.

Archambault nos habla de la vida, de sus quehaceres diarios y también, de sus gestos cotidianos, de la amistad como forma de conciencia humana, incluso social, atreviéndose a plantear ciertos conflictos en los que el compañerismo y la fraternidad se muestran y enfrentan debido a las distintas formas de ver y experimentar las diversas situaciones que plantea la película, como la actitud ante los extraños, la despedida de la vida, o la relación con la memoria incómoda y dolorosa, también, nos habla de amor, del amor maduro, de ese amor inesperado, libre y profundo, mostrando los cuerpos mayores, con sus grietas y arrugas vitales que el tiempo ha marcado y señalado, en una de las más bellas y sentidas secuencias de amor y sexo que hemos visto en la pantalla desde En el séptimo cielo, mostrando la belleza de los cuerpos envejecidos amándose libremente y sin prejuicios. La exquisita y maravillosa luz del cinematógrafo Mathieu Laverdière, que baña con esa luz cálida y natural el bosque, la cabaña y los rostros de los ancianos, convirtiéndolos en esas figuras fantasmales, apartadas y en vías de extinción.

Una historia de esta sensibilidad y humanidad necesitaba de un gran reparto para dar vidas a estos ancianos y sus complejas circunstancias, encabezados por Andrée Lachapelle como Gertrude, Gilbert Sicotte y Rémy Girard (uno de los actores fetiche de Arcand en sus inolvidables El declive del imperio americano y Las invasiones bárbaras) dan vida a esos ancianos retirados que viven en consonancia con la naturaleza y sus recuerdos, y los jóvenes Rafaëlle, a la que interpreta Eve Landry, esa fotógrafa que viene a desenterrar ese pasado que los ancianos no quieren remover, y finalmente, Éric Robidoux como Steve, que regenta un pequeño hotel en el bosque y conoce a los ancianos, que respeta y venera. Archambault ha construido una película muy intensa y profunda sobre esas cosas que nos hacen vivir en plenitud y relacionarnos con nosotros mismos, observándonos y observando el paisaje del bosque y el lago, dejándonos llevar por su belleza y quietud, perdiéndonos en el infinito y relacionándonos con aquello que habíamos olvidado y abandonado, como una forma de vuelta a nuestros orígenes ancestrales y permitiéndonos vivir el tiempo que nos queda rodeados de la vida y el amor que nos profesamos y nos profesan sin más, tranquilos y bañándonos al amanecer desnudos, cantando viejas baladas alrededor del fuego, compartiendo una comida con amigos entre risas y confidencias, o simplemente, sentados cómodamente frente al lago, mientras asistimos atónitos a la belleza de un atardecer despidiendo un nuevo día, una nueva oportunidad, un nueva experiencia… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA