Cold War, de Pawel Pawlikowski

UNA CANCIÓN DE AMOR DESESPERADA.

“El amor es el amor y no se puede hacer nada”.

La primeras imágenes de la película nos remiten al cine documental, en el que su protagonista viaja a bordo de una camioneta por las zonas rurales de una Polonia de posguerra ruinosa y fría. Un viaje en el que se dedican a grabar las canciones populares de los campesinos, en que la cámara filma esa inmediatez y fisicidad de los lugareños, imágenes en las que Pawlikowski impone tantos años de experiencia en el documental. Luego, Wiktor, el protagonista del relato, junto a Irene, realizarán un casting donde buscan voces y bailarines entre los campesinos. En una de esas pruebas, quedará prendado de Zula, una enigmática rubia, de carácter y pasado oscuro. Entre los dos, sin que ellos mismos puedan remediarlo, nacerá una intensa y desesperada historia de amor, entre idas y venidas, que abarcará desde el año 1949 hasta el 1964. Pawel Pawlikowksi (Varsovia, Polonia, 1957) había instalado su filmografía en retratos de personajes de naturalezas y personalidades distintas en que las circunstancias los llevaban a relacionarse con todo lo que implica el choque entre dos mundos antagónicos.

Después de algunos títulos interesantes y dotados de personalidad, irrumpe con fuerza en el panorama internacional con Ida (2013) una película que lo devolvía a su país y a su idioma, en un exquisito y elaborado blanco y negro y el formato de 1: 1’33, nos contaba una sobria y amarga historia, con reminiscencias a Viridiana, de Buñuel, donde una novicia descubría su oscuro pasado familiar en la Polonia de los años sesenta. Cold War se sitúa una década anterior, en los cincuenta, y también adopta la plasticidad minuciosa y elegante del banco y negro y el formato cuadrado, para contarnos una historia dura y bella sobre dos amantes en un amor imposible en tiempos de desolación y grises. Viktor y Zula son la pareja de enamorados basados en los padres del director, a los que dedica la película, y en esos amores que se aman y se separan y vuelven a reunirse a lo largo de 15 años, unas veces por sus caracteres diferentes, otras, por las circunstancias políticas que les condicionan terriblemente, y en algunas, por caprichos del destino.

El cineasta polaco sitúa su trama en esa Europa de posguerra, con los dos bloques del este y oeste bien diferenciados, con esa Polonia militarizada y controladora, pasando por el París bohemio y divertido, aunque también, dificultoso para vivir, el Berlín oeste con su libertad, pero imbuido en el miedo, o la Yugoslavia socialista, donde nadie está a salvo de nadie. La película nos habla de una Europa herida y en reconstrucción, donde no hay lugares realmente buenos para vivir, donde todos tienen algo positivo y también, negativo, algunos más que otros. Las diferentes tonalidades de blanco y negro que opta la película describen con naturalidad y sobriedad las diferentes atmósferas que se respiran en uno y otro país, teniendo más contrastes entre la Polonia de tonos grisáceos con ese París libre y musical, donde parecen que las canciones suenan de otra manera. Pawlikowski nos cuenta los amores de Viktor y Zula mediante la música, rodeados de tantos temas que según sus diferentes estados de ánimo y la situación de su amor, nos lleva a sentir una cosa u otra, como por ejemplo el tema “Dos corazones”, de Mazowsze, que escucharemos un par de versiones del mismo tema, como canción popular interpretada por una campesina en Polonia, para luego más tarde escucharla como jazz en los labios de Zula en París. Desde el folklore  polaco hasta los ritmos modernos como el rock, el jazz y demás.

Una imagen pulcra, oscura o etérea, obra de Lukas Zal (que también hizo la de Ida) con esos encuadres majestuosos, donde como ocurría en Ida, casi todo se reduce al primer tercio de la imagen, dejando vacíos los dos tercios restantes, para evidenciar aún más la soledad y desesperación que sienten los protagonistas, como le ocurría a Anna, la joven novicia. El cineasta polaco condensa tantos años en 89 minutos que nos llevan de un espacio a otro, y a un país a otro, con cuidadísimas elipsis, donde es tant importante lo que vemos como aquello que se nos oculta, pasando por diferentes atmósferas y estados de ánimo, donde tanto Viktor como Zula se sienten continuamente amenazados por circunstancias tan adversas, donde el poder político era inmenso, donde la falta de libertad propia y ajena era el común denominador, en el que nada ni nadie se encontraba a salvo en un mundo con miedo, receloso y ruinoso, tanto físicamente como emocionalmente, donde unos y otros luchaban encarnizadamente por liderar los cambios del nuevo orden político, social, económico y cultural.

Pawlikowski se ha rodeado de buena parte de sus colaboradores habituales, muchos de ellos ya estuvieron en Ida, como el mencionado cinematógrafo, los diseñadores de producción Katarzyna Sobanska y Marcel Slawinski, la productora Ewa Puszczynska, y algunos de sus intérpretes como Joanna Kulig que ya estaba en Ida, y ahora da vida a la desdichada y cambiante Zula, bien acompañada por Tomas Kot como Viktor, y a su lado, Agata Kuleska que hace de Irene, y en Ida interpretó a la malvada y déspota tía de la protagonista, y la presencia del director francés Cédric Khan dando vida a otro cineasta parisino, y Jeanne Balibar en un breve pero interesante rol. Cold War, contundente y revelador título para una película de garra y fuerza, tanto plástica como argumentalmente hablando, en la que encontramos a uno de los cineastas europeos más interesantes del momento, con una gran personalidad como autor, que describe con aplomo y detalle de cirujano esos años oscuros de posguerra donde Polonia y sus ciudadanos debían resurgir de pozos muy oscuros para moverse y respirar en un país ruinoso que imponía un orden estricto y férreo, que dejaba a sus habitantes vacíos y encarcelados en vida.

Mal genio, de Michel Hazanavicius

AMANDO A GODARD.

“Al menos dos veces al día, el ser humano más digno es ridículo.”

Ernst Lubitsch

Nos encontramos en el París de 1967, Jean-Luc Godard acaba de finalizar el rodaje de La chinoise y se ha enamorado de Anne Wiazemsky, una chica de buena familia y nieta del gran escritor gaullista y católico François Mauriac, que un año antes había protagonizado Au hasard Balthazar, de Bresson. Godard es reconocido por todo el mundo y está en la cúspide de su carrera cinematográfica. Godard y Anne contraen matrimonio. Michel Hazanivicius (París, Francia, 1967) vuelve a la comedia más irreverente, iconoclasta y paródica con Mal genio, después de su intento fallido en el drama The search (2014) ambientado en la guerra de Chechenia. Un género, el de la comedia, que le ha reputado los mayores éxitos cinematográficos como las dos entregas de OSS 117, filmadas en el 2006, y tres años después, la segunda entrega, en la que parodiaba las películas de espías sesenteras con su actor fetiche Jean Dujardin, con el que repetiría en su mayor éxito hasta la fecha, The artist  (2011) una comedia romántica con tintes dramáticos filmada en blanco y negro y muda sobre la idiosincrasia hollywodiense en la época silente, que lo alzó con un buen puñado de estatuillas.

Ahora, y tomando como inspiración la novela “Un año ajetreado”, de Anne Wiazemsky (donde se explica su amor con Godard) retorna a la comedia y retrata aquellos años pop de finales de los sesenta y comienzos de los stenta, seis años, y lo hace con uno de los cineastas más influyentes y controvertidos de la historia, Jean-Luc Godard, al que vemos con unos 37 años, en plena crisis artística (en la que se planteaba nuevos caminos políticos y renunciar a su cine aburguesado y encontrar un cine más agitado políticamente y outsider)  y con el mayo del 68 en plena ebullición. Hazanavicius opta por la mirada externa, que recae en la joven Anne, una chica de 19 años que se ha enamorado del hombre-cineasta al que admira. Así que vemos a Godard desde la mirada de Anne, y asistimos a su historia de amor, desde los primeras risas y confidencias del comienzo a la destrucción de ese amor, pasando por muchos instantes donde se agita el posicionamiento político, los (des)encuentros con otros cineastas, como los casos de Bertolucci, por ejemplo, con amigos, estudiantes de la Sorbona, y demás personajes y personas que se cruzan en la vida del cineasta francés.

Hazanavicius retrata con detalle y mimo todo aquel instante desde la decoración, los colores, su atmósfera, la vida que empezaba y se desarrollaba entre manifestaciones contra el capitalismo, en cafés de interminables charlas, encontronazos con la ley, roturas de gafas, desayunos escuchando la radio, mítines en la universidad, amor y sexo, y nos lo cuenta tomando como referencia el cine de Godard, como la escena de sexo inspirada de Una mujer casada, o el espíritu y la vida que se detallaba en Pierrot le fou, El desprecio o Dos o tres cosas que sé de ella. Ese Godard sesentero, pop, con ese cine a contracorriente, formalista, y en continua transformación y de resistencia ante el cine imperante y popular. El Godard que vemos en la película es un tipo bregado en mil batallas, que a través de la discusión y el rechazo que provoca se construye su persona, que se mueve entre los extremos, desde encantador, inteligente, audaz y genio a todo lo contrario, a ese ser déspota, engreído, narcisista e insoportable. De ahí el título original “Le redoutable” que se traduciría como “El temible”, tanto para lo bueno como para lo malo, un hombre que no deja indiferente a nadie.

Hazanavicius encara al genio cinematográfico desde la comedia, pero también desde la historia de amor de Jean-Luc y Anne, porque el personaje público da paso al personaje privado en su intimidad, en la que la joven Anne pasa de admirar a su amor y descubrir junto a Godard la vida, el amor, el sexo, un mundo de intelectuales, el cine, la política, la fama y la vida parisina, con sus pros y contras,  a lentamente descubrir a un ser enfrascado en plena crisis creativa, que ya no admira y que ya no se ríe con él, como se comprobará en la secuencia de la habitación de hotel. Un irreconocible Louis Garrel, con calvicie y gafas de pasta negra, da vida a Godard, mostrando su humanidad, para lo bueno y lo malo y su desgaste creativo y personal, a su lado, Stacy Martin (descubierta por Von Trier en Nynphomaniac) da vida a la joven parisina sesentera, con su calidez, dulzura y fragilidad, y su libertad sexual, que descubre la cara amble y amarga de la vida, del cineasta y del amor.

Hazanavicius ha construido una película sobre Godard, Anne y la época en la que se enamoraron y vivieron su amor en el París más convulso del último medio siglo, a través del amor y la comedia más disparatada, pop, divertida, surrealista y desparramada, a lo Jerry Lewis (como el instante del viaje en coche cuando seis personas discuten entre ellas, como si fuesen niños enrabietados o aireados compañeros que les une una sincera amistad, pero también una división política muy aguda) en ese tiempo en el que las cosas parecían que podrían tomar otro rumbo, y lo hace retratando no sólo al cineasta y el genio que hay detrás, sino también a través de su humanidad, sus miedos, alegrías, inseguridades y sobre todo, su persona, que gustará más o menos, o simplemente no gustará, pero en el que todos los amantes del cine estarán de acuerdo, Godard es el cineasta que más ha reflexionado sobre el cine, y todo lo que rodea sobre su imagen, expresión, construcción y posicionamiento político, intelectual, social y cultural.


<p><a href=”https://vimeo.com/231376043″>MAL GENIO – Tr&aacute;iler VOSE</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Théo & Hugo, París 05:59, de Olivier Ducastel y Jacques Martineau

THEO_HUGO_CARTEL_70X1001EL NACIMIENTO DEL AMOR.

La película arranca de forma sorprendente, que no dejará a nadie indiferente, nos introducen en la atmósfera de un club gay, en el que varios hombres desnudos intercambian caricias, besos, felaciones y coitos, de forma desenfrenada y lujuriosa, capturados de forma explícita (que recuerda a Shortbus), durante cerca de 20 minutos. No hay diálogos, sólo escuchamos los sonidos propios del placer y el deseo sexual, que se mezclan con una música electrónica ambiente que los acompaña. Las miradas invaden un escenario pintado de tonos rojos y oscuros. En un instante, la cámara se detiene en la atracción que sienten un par de jóvenes que se dejan llevar por el deseo sexual. La séptima película del tándem formado por los directores franceses Olivier Ducastel (1962, Lyon) y Jacques Martineau (1963, Montpellier) se centra en dos hombres que después de conocerse a través del sexo, salen a la calle y empiezan a conocerse. El ambiente irreal del club dejará paso a un tono realista de las calles del París nocturno. La película está contada a tiempo real (en un claro guiño a Rivette, el cineasta del tiempo real por antonomasia, y a la película de Agnès Varda, Cleo de 5 a 7), se abre a las 4:27 y se cerrará 92 minutos después, a las 5:59.

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Un relato que nos descubre un París poco conocido, la zona oriental, nocturna, un paisaje nocturno, con el que nos cruzamos con luces difusas, algún viandante y la tranquilidad de la ciudad dormida, interrumpida por algún sonido, y nuestros dos almas que comienzan a enamorarse, dos jóvenes inquietos que la cámara los sigue por su deambular por la noche. Se desata un conflicto entre ellos (que no desvelaré) y la historia gira hacia otros derroteros, el drama se convierte en thriller social y personal, algo se interpone entre ellos, algo que los acercará y alejará a partes iguales. Ducastel y Martineau construyen una película sobre los primeros instantes del amor, de una historia que desconocemos su destino, si saldrá adelante o no, los directores se centran en los conflictos emocionales de dos personas que una noche se conocen y descubren algo especial, instante en el que deberán plantearse varias situaciones que están sintiendo, emociones contradictorias que surgen en ese momento, enfrentarse a ellos mismos y sobre todo, a la persona que tienen delante, entablar diálogo con sus sentimientos y saber que desean y que van hacer con ello. Una película sobre el amor, sobre la capacidad de los seres humanos para sentir amor, asumir un riesgo que no sabemos hacía donde nos llevará, dejarnos ir o no, dar rienda suelta q lo que sentimos o pararnos, y dar media vuelta, recogiendo el aroma de obras notables como El hombre herido (1983, Patrice Chéreau) o la más reciente, Weekend (2011, Andrew Haigh), películas de contenido homosexual para todos los públicos.

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Además, la película propone un conflicto personal que llega de forma completamente accidental, que retuerce aún más si cabe la situación que se ha generado, proponiendo una película en la que interpela directamente a los espectadores sobre las decisiones morales y personales que deben de tomar los personajes. El gran trabajo interpretativo de la pareja protagonista Geoffrey Couët y François Nambot (reclutados en un casting) consigue transmitir la veracidad y humanidad necesarias para sumergirnos en su amor naciente y el conflicto que los ata. Ducastel y Martineau nos cogen desde el primer instante de su película, y no nos sueltan en ningún momento, saben involucrarnos de manera sencilla y humana, escarbando en nuestro más profundo interior, a través de una mise en scene pulcra y honesta, construida con tomas largas que acompañan a sus protagonistas, sin abandonarlos a lo largo del metraje, en la que nos movemos por ese paisaje nocturno, lleno de dudas, incertidumbres y demás conflictos humanos. Una película viva, emocionante y contemporánea que se sumerge en la naturaleza de las relaciones humanas, cómo nos enfrentamos a ellas, y también, todo aquello desconocido y oculto que nos descubre y revela de nosotros mismos.


<p><a href=”https://vimeo.com/172598292″>THEO &amp; HUGO, PARIS 5:59 TRAILER V.O.S.E</a> from <a href=”https://vimeo.com/surtseyfilms”>Surtsey Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

 

Un amor de verano, de Catherine Corsini

un_amor_de_verano-cartel-6904_0LIBRES PARA AMAR.

“Me di cuenta de que muchas cosas que hoy doy por hechas se las debo a esas mujeres comprometidas y luchadoras […] es más, las mujeres homosexuales hicieron mucho por la emancipación de la mujer en general”.

Catherine Corsini

La película arranca en plena campiña francesa, allí, conocemos a Delphine, una joven que trabaja en el campo junto a sus padres, y mantiene oculta su condición homosexual. El yugo de la vida en el campo la ahoga, y decide irse a París. Nos encontramos en 1971, en plena efervescencia de los movimientos surgidos a raíz de mayo de 1968. Delphine se tropieza con las feministas en plena calle durante una acción (tocan los traseros de los hombres como protesta) acude a sus reuniones y participa en el activismo para reivindicar los derechos de la mujer, se contagia de su vitalidad e insolencia, de la poderosa energía del grupo, bella y desobediente, en el que discuten y gritan en el paraninfo de la Universidad, rescatan a un amigo homosexual de un psiquiátrico, donde sus padres lo han ingresado debido a su condición, e incluso, tiran carne a un médico abortista, mientras lanzan octavillas y piden lo que se les niega, su derecho a ser mujeres libres, el derecho al aborto y disfrutar de su propio cuerpo. En ese ambiente parisino y de lucha política, Delphine conoce a Carole, maestra de español que vive con Manuel, pero el deseo y la atracción que sienten se desata y la pasión las devora, y se enamoran.

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Catherine Corsini (1956, Dreux, Francia) estructura su cine a través de las relaciones amorosas y homosexuales, dibujando personajes oscuros y sometidos a derivas emocionales de gran calado. En su anterior película, estrenada por estos lares, Partir (2009) se detenía en una burguesa casada, familiar y acomodada que mantenía una relación sexual con un español de oscuro pasado. Ahora, en su décimo título de su filmografía, acota la trama en la primavera y verano del 71, adentrándose en los convulsos años políticos de los 70, y en el movimiento feminista que tanto ayudó a emancipar a las mujeres, junto a su coguionista, Laurette Polmanss han rescatado una época de fuerte liberación del género femenino, sus referentes y fuentes de inspiración fueron Carole Roussopoulos y Delphine Seyrig (cineastas y artistas que hicieron películas feministas, de las que reivindican su figura, no obstante las dos protagonistas adoptan sus nombres), y otras figuras femeninas que, desde otros ámbitos, alzaron la voz sobre la situación discriminatoria de las mujeres, sometidas al yugo patriarcal en una sociedad que las silenciaba y las volvía invisibles.

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Corsini mezcla con naturalidad y sabiduría los contrastes de su propuesta, el bullicio y la libertad de París contra la intemporalidad y el aislamiento del campo, a ritmo de temas rockeros del momento de Janis Joplin, Colette Magny, Joe Dassin, y la música de Grégoire Hetzel, aportando el lirismo que pide en ciertos momentos la película. Dos mujeres que se aman, pero que deberán afrontar sus miedos e inseguridades para ser libres y afrontar su amor sin prejuicios. La cineasta francesa construye un relato bellísimo, vital, de pura energía e intimidad desaforada, sigue a dos almas enamoradas que, no sólo deberán luchas por sus derechos en el ámbito social, sino también en su intimidad, vencer los obstáculos reales e imaginarios que las acosan. La película, a través de una forma transparente, que da protagonismo a los personaes y sus emociones, describe la vida en la granja de forma detallista y realista, componiendo una imágenes bellísimas cargadas de una naturaleza absorbente, sin caer en ningún instante en la imagen edulcorada. La opresión del paisaje rural es evidente, la actitud de asfixia que siente el personaje de Delphine, atada por la enfermedad de su padre, y la mentalidad de su madre, y el miedo a mostrar su identidad homosexual en contraposición con la sensación de libertad de Carol, una mujer que ha vencido sus miedos y contradicciones y ha despertado en ella un mujer diferente, descubriendo un amor lleno de vida y deseo. Una pasión que la ha llevado a vivir en el campo con la persona que ama, dejándolo todo.

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Corsini nos sumerge en la vida rural de forma concisa y libre, desnudándonos los prejuicios, y filmando las escenas sexuales de forma sencilla y honesta, capturando la belleza sexual sin tapujos, mostrando esos cuerpos desnudos entre la hierba amándose libres, mientras las vacas mugen y pastan (con elementos que nos recuerdan a la pintura de Renoir o Manet, y el cine de Renoir o la Agnès Varda de La felicidad), sin olvidar ese ambiente cercado y de apariencias formado a partir de tradiciones ancestrales y conservadoras. El gran trabajo del trío protagonista, que contamina de humanidad y sensibilidad la película, con una maravillosa y lúcida Cécile De France, desnudándose física y emocionalmente, a su lado, Izïa Higelin, su tez morena, carnalidad, y aspecto rudo, componen un interesante contrapunto, y finalmente, Noémie Lvovsky, que interpreta a la madre de Delphine, anclada en una vida rural, de trabajo y supeditación marital. Corsini ha construido una historia de amor bellísima, apasionante y real, con su pasión, sexo, miedos, inseguridades y contradicciones, en un contexto histórico de reivindicaciones, acciones, y política, y sobre todo, impregnado por una lucha que, aunque se hayan conseguido muchos derechos, sigue en plena vigencia, porque hay luchas que continúan, y no sólo las sociales sino también las propias.

Tres recuerdos de mi juventud, de Arnaud Desplechin

poster_tresrecuerdosdemijuventudEL AMOR A LOS VEINTE AÑOS.

” Llevo, desde el vientre materno, un fanático corazón “

W.B. Yeats

(Remordimiento por un discurso inmoderado)

El rasgo que más define el cine de Arnaud Desplechin (1960, Roubaix, Francia) es la pasión, una pasión devoradora y excesiva, que se apodera de sus historias, y sobre todo, de sus personajes, unos individuos intensos, emocionalmente inestables, que viven y sienten de manera diferente a los demás, más propios de personajes literarios, inconformistas que emprenden una aventura, de forma caótica y descerebrada, en la que experimentan deseos personales  que a los demás espantan sólo de pensarlo. Después de su experiencia con Jimmy P. (2013), filmada en EE.UU. y en inglés, sobre la relación entre un ex combatiente indio veterano de la segunda guerra mundial que sufre trastornos mentales, y el doctor que lo trata. Desplechin vuelve a sus orígenes, por así decirlo, a recuperar el personaje de Paul, el profesor de filosofía de Mi vida sexual, que filmó veinte años atrás, con su inseparable Mathieu Amalric. Un especie de precuela que ha filmado entre su pueblo natal y París.

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Vuelve a contar con Amalric, para centrarse en la vida de Paul Dédalus, un diplomático que, tras un período en el extranjero, vuelve a su país, y debido a un problema con su identida, recuerda tres momentos de su juventud. El período más breve, a modo de prólogo, registra su infancia, en la que tiene que superar la muerte de su madre, y soportar la autoridad de un padre ausente. Le sigue el episodio de Rusia, cuando en un viaje estudiantil, ayuda a un compañero judío a entregar una valiosa documentación y dinero a unos refugiados, una parte, que alcanza la media hora, en que Desplechin disfraza su película con la apriencia de una intriga de espías, con la guerra fría de telón de fondo, en la que asistimos a una trama más propia del cine de Hitchcock o las novelas de Frederick Forsyth o John Le Carré. Finalmente, el tercer recuerdo, (que visita al Paul desde los 16 hasta los 21 años), y en el que Desplechin cambia su punto de vista, si en los dos primeros segmentos se centraba exclusivamente en la mirada de Paul, ahora bifurca la trama a través de Esther y sus amigos. La parte más significativa, y compone el grueso de la película, en la que Paul evoca la relación con Esther, el único amor de su vida. Desplechin haciendo gala de una maravillosa sutileza de composición de la mise en scene, en la que  imprime una ligereza y sensibilidad envolventes, nos introduce en aquellos años 80, en los años de juventud ardiente e inquieta, en la que Paul y Esther se enamoran, y viven una relación a distancia, él estudia en París antropología, y ella, va al instituto en Roubaix, una historia de amor pasional y agitada, en la que hay deseo, sexo, crisis, infidelidades, y todo tipo de desequilibrios emocionales.

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Desplechin ha hechado la vista atrás de forma muy personal, una mirada sentimental y amarga de sus años de juventud, en los que salir con amigos, escuchar hip-hop, fumar hierba, seducir a chicas, y soñar con una profesión para cambiar el mundo, formaba parte de la vida cotidiana. Unos años que nos recuerdan quiénes fuimos, que hacíamos, a quién amábamos, y sobre todo, en quién nos hemos convertido. Desplechin filma esta parte homenajeando a sus mentores, recuperando el espíritu que invadía el cine de aquellos años 60, aquel cine está muy presente en toda la trama, y se puede percibir el aroma de las películas románticas filmadas en libertad y por cineastas jóvenes que deseaban contar sus historias a su modo, huyendo de etiquetas y apartándose de lo que imperaba en aquel momento. Los primeros filmes de la Nouvelle Vague, los de Truffaut, Rohmer, Chabrol o Rivette, y sus elementos característicos (la voz en off que nos va explicando lo que hacen y sienten los personajes, las pantallas divididas, una cámara inqueita que sigue incesantemente a los personajes, un enfoque naturalista, la literatura como forma de conocimiento y evasión, la fuerza del erotismo, la luz parisina y los contrastes entre la realidad que viven y la que sueñan), sin olvidarnos de los otros cines que eclosionaron en los 60, con el primer Forman de Los amores de una rubia, o Jîrí Menzel en Trenes rigurosamente vigilados…, y posteriormente, las reflexiones de Pialat, Eustache o Garrel, entre otros, sobre el hecho de enamorarse y demás devaneos sentimentales. Los debutantes Quentin Dolmaire y Lou roy-Lecollinet, que interpretan a la pareja enamorada, aportan la frescura y vitalidad necesaria que impregna el unvierso de la película. Desplechin ha parido una cinta que combina el drama y la comedia, con sus familias disfuncionales, con personajes perdidos y vacíos, que luchan encarnizadamente para entender lo que les rodea, y entenderse a sí mismos, en la que mezcla de forma interesante música clásica y moderna, dotando a la película de un toque surrealista y confuso, muy propio de los años de juventud, años en los que todo parece posible y el futuro no es más que un reproche de los adultos.

Entrevista a Jonás Trueba

Entrevista a Jonás Trueba, director de “Los exiliados románticos”. El encuentro tuvo lugar el martes 8 de septiembre de 2015 en el hall del Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo, simpatía y generosidad, a Eva Herrero de MadAvenue, por su paciencia, amabilidad y cercanía, y al equipo del Cine Zumzeig, por acogerme con tanto cariño y simpatía.

Los exiliados románticos, de Jonás Trueba

Los_exiliados_rom_nticos-624520968-largeLAS MUJERES QUE AMAMOS

El último trabajo de Jonás Trueba (Madrid, 1981) tiene la efervescencia del momento, de la película hecha sobre la marcha, cómo él mismo explica, de extensión leve (70 minutos de duración), esa historia ligada a un instante, a filmar ese momento que no volverá a repetirse, rodeado de unos amigos que emprenden un viaje subidos en una furgoneta Volkswagen modelo California, a los que les envuelve la amistad de muchos años, las conversaciones nocturnas tomando unos vinos, hablando de sus cosas y de las de los demás, de las mujeres que amaron y amaran, y aquellas que creyeron haber amado, y muchas más situaciones y momentos que siguen permaneciendo en el interior de cada uno de ellos.

La película sigue el camino emprendido por el pequeño de los Trueba en sus anteriores trabajos, ya como coguionista junto a Víctor García León, en aquellos brotes de talento que fueron las comedias agridulces Más pena que gloria y Vete de mí, y continuaron ya como director en solitario, en su debut con Todas las canciones hablan de mí, a la que siguió Los ilusos, dos excelentes muestras, concebidas desde puntos de vistas y momentos diferentes, pero las dos forman parte de un ideario que contempla el pulso narrativo de la cinematografía actual. Ahora nos llega una película de carretera, una road movie, donde tres colegas emprenden un viaje que tiene su partida una mañana en Madrid,  que pasará por Toulouse, donde recogerán a Renata, una italiana, que se encontrará con Francesco, y luego seguirán camino hasta París, donde Luis ha quedado con Isabelle, una suiza-alemana, y finalmente, sin dejar la ciudad de la luz, Vito se verá, en los jardines de Luxemburgo, con Vahina, una francesa que conoció ese verano en Salou, y para cerrar el viaje, una parada en un lago de Annecy. Tres citas, tres encuentros con mujeres, con esos amores efímeros, esos romances leves, esos encontronazos con el amor, esos sueños perdidos de una juventud alargada. Trueba, al contrario que ocurrió con Los ilusos, un rodaje que se dilató en el tiempo, filma su película en apenas 12 días, recorre 4000 kms a lomos de sus personajes, que continúan, como hasta ahora en su filmografía, siendo hombres inmaduros, jóvenes perdidos, confusos con ellos mismos y con todo lo que le rodea, incapaces de enfrentarse a sus propias vidas, y encontrando excusas vanales para no tomar decisiones importantes.

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Trueba no hace alarde tratando temas trascendentales ni nada por el estilo, filma con modestia a sus amigos hablando y comiendo, yendo de un lugar a otro, donde ríen y piensan en ellos mismos y en los otros, donde estar con amigos de viaje visitando mujeres sea el único viaje y nada más. Dentro de su aparente ligereza, la cinta contiene temas interesantes y complejos como el final de la juventud, del ocaso de un manera de vivir o simplemente, el tránsito inevitable de convertirse en algo en lo que no habías ni imaginado. Quizás para arribar a un lugar de ti mismo en el que no habías pensado, por miedo a sentir que todo había acabado y que nada volvería a ser como antes. Trueba pare una película donde sus amigos-personajes hablan de cine (el aroma del cine de Rohmer y Truffaut es fácil de reconocer, y  el cine amistad y vida de Tanner, en sus películas setenteras como La salamandra, Jonás que cumplirá 25 años en el año 2000 o Messidor, forman parte de los referentes y el encanto que reside y transita en la película), también hablan de literatura (se cita el libro Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg), hay tiempo para citar a Marx y a otros pensadores, y todo aquello que se soñó pero se quedó en la cuneta, y por supuesto, también hay espacio para la música, incluso se atreven a cantar. Las canciones de Tulsa, que aparece en varios instantes de la película-viaje, actuando ante los personajes o con ellos, y cantando sus emociones y estados de ánimo. La luz de Santiago Racaj ayuda a crear esa atmósfera suave y melancólica que baña todo el metraje.

Un canto no sólo a la vida, sino al cine, a la amistad real y al amor, fabricada desde la inquietud de un creador sincero y honesto, alguien que ama lo que hace y lo explica, y filma de esa forma, sin artificios ni subrayados.  Un cine que se destapa como ligero, que se digiere tranquilo, con pausa, sin sobresaltos, que no hiere, pero que esconde en su forraje e interior, toda una idea o sentimiento que se palpa en los jóvenes actuales, (como aquel cine español de la transición que recogía en su humildad, los temas que estaban candentes en el sentir del momento), una idea sobre esa incertidumbre e invisibilidad que nos condena una sociedad cada vez más moderna, y menos humana.