Curiosa, de Lou Jenuet

L’AMOUR DE MARIE.

“El erotismo es como el baile: una parte de la pareja siempre se encarga de manejar a la otra”

(En La inmortalidad, de Milan Kundera)

La película nos sitúa en el bullicioso y febril París de 1895, en plena “Belle Époque”, donde los tiempos avecinaban cambios profundos en la sociedad y sus valores, donde la ciencia y el progreso están a la orden del día, la sociedad moderna se abre paso dejando atrás a los conservadores y furibundos nostálgicos de otros tiempos. Todo cambia muy rápidamente, la modernidad es un hecho, y las inquietudes culturales avanzan en un tiempo en el que todo está por hacer, en que lo viejo deja paso a lo nuevo y moderno, donde hay una efervescencia social, cultural y económica como jamás la había habido antes. Entre muchos de aquellos jóvenes con ideas y valores diferentes, encontramos a Marie de Hérédia (1875-1963) una joven inquieta y contestataria enamorada del joven poeta Pierre Louÿs (1870-1925). Un amor imposible por las deudas del Sr. De Heredia que provocará que acepten la proposición de matrimonio del escritor Henri Régnier (1864-1936) un enlace sin amor por parte de Marie, que muy a su pesar, se convertirá en la señora de Régnier. Marie es ante los ojos de todos, una esposa enamorada y dedicada a su esposo pero ante la pasión y el amor, ante lo oculto, se debe en cuerpo y alma a Pierre Louÿs, con el que empezará una relación sexual, escondidos de todos en las paredes de la buhardilla donde mora el poeta.

La directora francesa Lou Jeunet hace su puesta de largo en cine, porque ya tiene en su haber cuatro largos para televisión, centrándose en Marie Régnier, una mujer fascinante y enigmática, apasionada y osada, que rompió normas y convicciones de la todavía social burguesa y añeja del París de finales del XIX. Marie no se rindió, combatió ferozmente por un amor alejado de las convenciones sociales de la época, se lanzó al vacío en una aventura que la llevó a descubrir un amor fou, que diría Buñuel, un amor lleno de pasión, donde prevalecía la carne, el erotismo y el sexo, descubriendo su piel, sus gemidos, su sexo y demás, entregándose a un amor cruel, apasionante, fantasioso y terrorífico, donde hubo de todo, desde fotografías eróticas y sexuales, ya que la fotografía era una de las otras grandes pasiones de Pierre Louÿs, hasta tríos, junto a Zohra, la concubina exótica que se agenció Louÿs, incluso otras relaciones sexuales mientras los amantes enamorados se distanciaban por las ausencias viajeras.

Jeunet ha escrito un guión junto a Raphaëlle Desplechin, donde prevalece el punto de vista y la mirada de Marie Régnier, una mujer que tuvo que ir a contracorriente por materializar aquello que sentía, metiéndose en dificultades, no solo con su esposo, un anodino y aburrido escritor que la consiguió por su dinero y las deudas familiares, sino también en la relación con Pierre, un bon vivant demasiado enfrascado en su deseo sexual, ligero como una pluma y esquivo con el amor, una especie de sosías del Vizconde de Valmont, en lo que se refiere a las mujeres, prevaleciendo la carne, el placer y el sexo a los devaneos y avatares del amor. La película está bien contada, en las que las secuencias sexuales están llenas de sensibilidad e intimidad, donde prevalecen los cuerpos desnudos, la agitación sexual, y el encantamiento de un amor loco, sin tiempo ni espacio, ajeno al mundo y a sus sentimientos, dejándose llevar por todo lo que sienten en ese instante y sumergiéndose en el placer más intenso y en el sexo más húmedo y extasiado.

El maravilloso reparto de la película que interpretan con maravillosa naturalidad y encanto encabezado por la extraordinaria Noémie Merlant (que ya nos había dejado fascinados en la reciente Retrato de una mujer en llamas) componiendo a una Marie Régnie bellísima, llena de vida, de amor, de sexo y pasión arrebatadora. A su lado, Niels Schneider (que lo habíamos visto en películas de Xavier Dolan, L’âge atomique, de Héléna Klotz, Bella durmiente, de Adolfo Arrieta entre otras) Benjamin Lavernhe como el aburrido y tieso esposa de Marie, el exotismo y la sexualidad que irradia la sensual Camélia Jordana (que brillaba en Le brio, de Yvan Attal) y finalmente, la presencia fascinante de Amira Casar, como la madre de Marie, una de las grandes actrices europeas en películas con autores tan interesantes como Guy Maddin, Bonello, Gatlif, Hermanos Quay o Carlos Saura, entre otros. Amén de una música disco obra de Arnaud Rebotini, que casa maravillosamente con todos los laberínticos sentimentales de la película, y la   extraordinaria ambientación, como esos paseos por las calles de París, donde absorbemos todo el ambiente de la bohème sórdida y cultural, con el grandísimo trabajo en la caracterización y el vestuario que eleva la película.

La fotografía naturalista y cercana de Simon Roca ( con películas como 9 dedos, de F. J. Ossang o La chica del 14 de julio, de Antonin Peretjatko, entre sus trabajos) está cuidada al detalle, prevaleciendo los rostros y los cuerpos frente a lo demás, convirtiendo la buhardilla del sexo y la fotografía en un espacio donde dar riendas sueltas a los instintos más bajos y sucios, donde los dos amantes se desean, se sienten, se sumergen el uno en el otro, donde todo es posible y nada tiene límite. La cineasta francesa ha construido una película bellísima, reposada, inteligente y evocadora, que no solo recoge la ebullición brutal que se vivía entre los albores del siglo XX, vividos por una mujer encantadora y magnífica, viviendo su vida a su antojo, aunque fuese a escondidas, enfrentándose a ese marido y a esa sociedad burguesa y vacía, llena de prejuicios y valores anticuados, lanzándose sin red, al abismo a un amor difícil, desgastador y sucio, iniciándose en el deseo y el sexo de forma libre, sin ataduras y febril, exponiendo su cuerpo, sus emociones y su placer para el hombre al que deseaba. Después de aquello Marie Régnier se puso a escribir y publicó con pseudónimo masculino, siguiendo la estela que tanto trabajo y miseria costó a otras celebres escritoras como Mary Shelley o George Sand. Mujeres valientes, mujeres pasionales, mujeres decididas, mujeres inteligentes, mujeres enamoradas y sobre todo, mujeres libres y llenas de vida y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tan cerca, tan lejos, de Cédric Klapisch

RECONSTRUIR LAS EMOCIONES.

“Cuando alguien se va, es como cuando alguien muere, hay un trabajo por hacer…”

Erase una vez… Mélanie, ronda la treintena, investigadora de profesión, con domicilio en París, en uno de esos distritos que todavía conservan lo más antaño con los nuevos comercios multiculturales regentados por personas de diversos orígenes. Mélanie todavía sigue anclada en una relación sentimental que acabó hace un año, y además, mantiene distancia con su madre a la que reprocha cosas del pasado. En cambio, o quizás deberíamos decir, al igual que Rémy, con la misma edad, que vive, sin saberlo, en un edificio junto al de Mélanie, balcón con balcón, mucho tienen en común, pero lo desconocen en absoluto, porque Rémy, se gana la vida como almacenero, aunque ahora lo cambiarán como tele operador en una mastodóntica factoría tipo Amazon, y al igual que Mélanie, atraviesa su particular depresión porque no acaba de conectar con la gente de su alrededor, y menos con su familia, azotada por una tragedia del pasado que no logran superar. Y así están las cosas, más o menos como siempre, con esas ciudades atiborradas de gentes, que van de aquí para allá, sin más, cabizbajos en sus quehaceres diarios, imbuidos por sus existencias vacías, tristes e invisibles.

Dos años después de Nuestra vida en la Borgoña, Cédric Klapisch (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1961) de la mano de su guionista cómplice Santiago Amigorena, vuelve a París, a su barrio, a mirar en sus calles, a sus gentes, y a través de un realismo estilizado, casi como una fábula de nuestro tiempo, explora las vidas de Mélanie y Rémy, interpretados por Ana Girardot y François Civil, estupendos e íntimos en sus roles, que rescata de su película sobre la Borgoña para llevárselos a París, y convertirlos en dos seres deprimidos, que arrastran traumas del pasado, ella, sentimental, que intenta, infructuosamente, llenarlo con rolletes a través de Tinder, y él, familiar, en la que se siente un extraño, un huido de ese pozo de silencio en el que viven sus progenitores. Si hay algo que caracteriza el cine de Klapish es que alrededor de una comedia ligera, incluso con humor negrísimo, se ha sumergido en ambientes opresivos y oscuros donde sus personajes, casi siempre repartos corales, se sienten perdidos, sin rumbo, envueltos en la bruma de la desesperación y la tristeza, unos huidos crónicos que casi siempre están corriendo huyendo de sus propias vidas, como ocurría en la excelente crónica de una familia devastada en Como en las mejores familias, o en la trilogía sobre los jóvenes y sus inquietudes y desilusiones que arrancó con Una casa de locos, le siguió Las muñecas rusas, y finalizó con Nuestra vida en Nueva York, o París, en la que un enfermo cambiaba su visión individualista para ver todo aquello que lo rodeaba, desde su entorno personal a su barrio.

Cine cercano, cotidiano, de aquí y ahora, ese cine donde no descarrilan los trenes, como decía Perec, un cine sobre gentes como nosotros, personas con las que nos cruzamos a diario en nuestro devenir diario. Klapisch nos sumerge en las vidas solitarias de dos jóvenes aislados por la sociedad, y sobre todo, por ellos mismos, discapacitados emocionales, como los mencionaba Bergman, incapaces de afrontar sus traumas, robinsones crusoes de las sociedades actuales, dando palos de ciego por sus vidas, refugiados en sus empleos, y en relaciones superficiales que les llenan el orgullo y poco más. El director francés nos habla de soledad, de aislamiento, de una sociedad hiperconectada a través de móviles, internet y apps, pero incapaces de relacionarse, de explicar sus miedos y de enfrentarse a su dolor. También nos habla de las herramientas que tenemos a nuestro alcance para alcanzar una madurez emocional y ser capaces de vivir la vida sin miedos, a través del psicoanálisis, mediante las terapias a las que asisten los dos protagonistas.

En este caso, el título original francés nos explica aún más si cabe el espíritu de la película con ese Deus Moi, que podríamos traducir como “Dos Yo”, clarividente título que deja claro el conflicto por el que atraviesan los dos protagonistas. La carga emocional de tristeza que estructura la película con dos personajes en proceso de reconstrucción emocional, tiene su ligereza y humor el personaje de Mansour, magníficamente interpretado por Simon Abkarian, ese tendero, que recuerda al mesonero perspicaz de Irma la dulce, dulce con sus clientes de su supermercado cosmopolita, y duro con sus empleados, relaja mucho la tensión que sufren los dos personajes principales y nos ofrecen los momentos más divertidos y sagaces de la película. Kaplisch nos habla de emociones, de curarse emocionalmente, de vivir nuestras propias vidas y tener ilusiones en nuestra vida, peor sanados interiormente, quizás muchos elementos manidos y demasiado vistos en otras películas, pero no por eso importantes, y sobre todo, nunca está de más que nos recuerden que para estar bien con alguien primero debemos estar bien con nosotros mismos, porque si no nada de lo que hagamos o sintamos servirá de mucho, y seguiremos dando vueltas sin sentido por este ancho planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/356649857″>TAN CERCA, TAN LEJOS – Tr&aacute;iler subtitulado</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Los años más bellos de una vida, de Claude Lelouch

TIEMPO DE AMAR, TIEMPO DE VIVIR. 

“Los mejores años de la vida son aquellos que aún no se han vivido”.

Víctor Hugo

Un par de películas de corte negro y un documental sobre ciclismo era el bagaje profesional de Claude Lelouch (París, Francia, 1937) cuando dirigió en 1966 Un hombre y una mujer, un melodrama romántico de corte naturalista, íntimo y filmado con absoluta libertad, producido por el mismo director, más cercano a las nuevas vanguardias sesenteras que a las modas de entonces. La película protagonizada por Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant describía los encuentros de dos jóvenes viudos junto a sus hijos y el nacimiento de su amor, y la dificultad por llevarlo por consumarlo. El éxito que alcanzó fue abismal, Palma de Oro en Cannes, Oscar de Hollywood, más de 40 premios internacionales, y una película de culto inmediatamente e instalada para siempre en las almas de todos los espectadores del momento y del futuro. 20 años después se hizo una secuela que pasó muy desapercibida. Ahora nos llega la tercera entrega que recupera la primera, combinando secuencias en blanco y negro con unos jóvenes Aimée y Trintignant con las de ahora, 52 años después.

Lelouch filma su película 49 como si fuese la primera, a través de una intimidad y ligereza que desborda cada encuadre, apostando por esa luz natural que baña a sus personajes como ese primer encuentro, bellísimo, romántico y profundo, que protagonizan Anne y Jean-Louis más de medio siglo después, en el jardín de una residencia, ya que él padece muchas lagunas de memoria, que sin reconocer a Anne, a aquel amor de hace 50 años si que la mira y le recuerda a aquel amor sin reconocerla. Una conversación de 20 minutos donde Lelouch imprime una sensación de absoluta libertad formal, contándonos ese reencuentro desde la sinceridad y la belleza, desde lo más íntimo y profundo, desde aquel tiempo donde estas dos personas se amaron aunque de igual que una de ellas no recuerde a la mujer. El cineasta francés con más de 80 años resiste ante estos tiempos actuales tan convulsos en todos los aspectos y más en lo romántico, capturando una idea del amor desde el verbo, desde el recuerdo, de dos intérpretes octogenarios con los 88 de Trintignant y los 87 de Aimée, con esas miradas como si se mirasen por primer vez, con esos gestos cariñosos como si se los dedicaran por primera vez.

La película es un sentido y especial retrato sobre la memoria y aquello que recordamos, donde los dos enamorados vuelven a sentir aquellos encuentros en la playa de Deauville en invierno, o los viajes en automóvil en medio de una intensa lluvia, o ese maravilloso telegrama donde Aimée lo cambiaba todo pronunciando las palabras “Je t’aime”, el viaje nocturno de Jean-Louis imaginando el encuentro por las calles vacías de París, o la habitación de hotel donde no podrá consumarse el amor, recordando aquel sentimiento imperecedero, aquel instante fugaz donde el corazón se acelera, los nervios ahogan, las manos tiemblan, el cuerpo vibra, y las miradas se reencuentran, sonríes y la vida adquiere su verdadero valor, los problemas desaparecen aunque sea por un instante, y todo tiene belleza de repente porque el amor ha despertado y ha comenzado a caminar juntos de la mano, por una calle nocturna, una playa desierta o en el interior de un automóvil mientras suena una música que lo llena todo.

Lelouch huye de la nostalgia y del retrato condescendiente o azucarado, para construir una sincera y conmovedora historia, llena de matices y complejidades, muy de nuestro tiempo, o podríamos decir sin tiempo, porque este encuentro inesperado, propiciado por Antoine, como ayuda a un padre olvidadizo y ausente, para devolvernos a los dos amantes, que jamás hemos podido olvidar desde la primera vez que entraron en nuestras vidas,  que se reencuentran otra vez en la vida en este otoño o invierno de sus vidas, quizás para retomar aquel amor o simplemente para vivir o sentir aquello que sintieron y que no pudieron materializar emocionalmente, quién sabe, por lo pronto cogen el coche, un estupendo dos caballos y se lanzan a pasear, a mirar el paisaje, a vivir, a sentir, a volver a ser ellos, o al menos aquello que tuvieron, ahora diferente, de otra manera, claro está, pero igual de íntimo, sincero y libre, porque como explica el propio Lelouch: El amor es el arte del presente, y el presente es todo lo que tenemos.

Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant retoman sus personajes (al igual que Souad Amidou y Antoine Sire, que daban vida a los respectivos hijos en el 66)  y le dan una calidez y naturalidad extraordinaria, con esa mirada perdida y cercana de él, y esa mirada enternecedora y natural de ella, como si el tiempo hubiese condensado aquellos instantes del 66 para reverdecerlos ahora, en ese instante y en este momento, ofreciéndoles una segunda o tercera oportunidad, en esta primavera bella y llena de luz, inesperado y compleja, como casi todas las cosas buenas que pasan en la vida, como si la vida y todas sus circunstancias hubieran permanecido a la espera de despertar justo en ese momento compartido para los dos amantes, devolviéndose el esplendor de aquellos sentimientos que por motivos ya conocidos no pudieron llevar a cabo (con otro de sus maravillosos flashbacks nos devolverá aquella habitación de hotel en silencio, sólo llena de miradas angustiosas y tristes, con ese ascensor, esa bajada de escaleras y ese rumor de que todo podía haber ocurrido y finalmente, no llegó a producirse) porque así también es la vida y el amor, lo puede ser todo y también, puede ser la nada, aunque para Anne y Jean-Louis hay una puerta inesperada para que el amor volviese a sus vidas, donde lo dejaron, en otro tiempo, en otras circunstancias y en otro momento, como si ese amor los hubiera estado esperando medio siglo después. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vivir deprisa, amar despacio, de Christophe Honoré

EL CORAJE PARA AMAR.

“A las cuatro de la mañana en verano, el sueño de amor aún persiste”

Arthur Rimbaud

En el universo cinematográfico de Christophe Honoré (Carbaix, Finisterre, Francia, 1970) solemos encontrar jóvenes y adultos que han de sobreponerse después de difíciles rupturas sentimentales, también encontramos amores apasionados, de los que parecen que serán los últimos, y tríos imperfectos en los que se sufre bastante, y sobre todo, jóvenes y adultos inexpertos en el amor, vulnerables y torpes en el hecho de amar y sentirse amados, individuos a la deriva, incapaces de afrontar sus sentimientos y amar sin reservas, libres y siendo ellos mismos. La capacidad artística de Honoré es inagotable, ha publicado novelas que después ha llevado al teatro como director, ha dirigido óperas y ha construido una filmografía muy interesante de 12 títulos desde el año 2002, con películas libres, transgresoras y de su tiempo, componiendo una radiografía vital y crítica con estos tiempos convulsos, veloces y llenos de desilusiones, indagando en temas considerados tabúes como el Sida, la homosexualidad, el incesto y demás elementos incómodos.

En Todos contra Leo (2002) ya había tratado el tema de la enfermedad del Sida en el seno de una familia, en Hombre en el baño (2010) el tema de la homosexualidad, y en Métamorphoses (2014) las relaciones sentimentales de una adolescente con un hombre, todos estos elementos vuelven a aparecer en Vivir deprisa, amar despacio, donde nos tropezaremos con Jacques, un hombre en la treintena, escritor poco conocido, padre soltero, enfermo de Sida, y gay de vida muy promiscua, que apura sus últimos años de forma desenfrenada y muy acelerada, como el último trago, psicótico, sin casi saborear nada del ímpetu que tiene por todo y por nada. Una noche, en Rennes, en una visita breve, ya que representan una de sus obras, conoce a Arthur, de veintipocos años, el chaval de provincias deseoso de salir de su agujero, y que sueña con dirigir cine y convertirse en artista. Entre los dos se desata la pasión y quizás, el amor, aunque Jacques no quiere ese amor, ya no tiene tiempo, su vida se finiquita y pasa de una relación duradera, porque sabe que no lo será, en cambio, Arthur se queda flipado del hombre más maduro, del tiempo más vivido, del hombre que le habla de poetas y autores que desconoce, de alguien con quién aprender, a despertar a la vida, y sobre todo, de alguien que le mostrará una realidad muy distinta a la que él ve a diario.

Honoré instala su película en el año 1993, cuando apareció el Sida, casi siempre en París, en el París nocturno, de besos en la oscuridad, de coitos salvajes, de (des) encuentros sexuales en la noche, de amantes improvisados y relaciones que se acaban antes de que empiecen, del mundo libertino y despreocupado de Jacques, en el que las referencias artísticas son innumerables como los carteles de cine de Querelle, de Fassbinder o el de Chico conoce chica, de Carax, o ese cine de Rennes donde proyectan El piano, de Champion, o esa preciosa y sentida visita de Arthur al cementerio de Montmartre donde acaricia con suavidad las tumbas de Bernard-Marie Koltès o François Truffaut, entre otros, y la música que escuchamos con algún baile improvisado, como en casa de Mathieu, el vecino y fiel amigo gay de Jacques, o aquel que se pegan Arthur y sus colegas en mitad de un parque por la noche en plan capela. Un trío de actores en estado de gracia bien dirigidos por la batuta de Honoré que transmiten intimidad, detalles y miradas de esas que nos e olvidan encabezados por Pierre Deladonchamps como Jacques, con esa vida agitada y en el fondo, muy perdida y desconsolada, Vincente Lacoste como Arthur, la juventud y todo por hacer, con su belleza particular de Adonis, de chico rebelde con causa o sin ella, y finalmente, Denis Podalydès como el maduro amigo inseparable de Jacques, que lo cuida, lo apoya y sobre todo, lo quiere.

Honoré nos sitúa en verano, esa estación tan proclive para los amores, sumergiéndonos en un universo de amores pasajeros, de amores perpetuos, de todos los amores posibles y ninguno, de la vida que empieza en la figura de Arthur, de la despreocupación del que todavía cree que le queda mucho tiempo, que todo está por descubrir, por experimentar, por vivir, en contraposición con la madurez de Jacques y esa vida que se acaba, que ya no queda tiempo para nada, y mucho menos para amar, para volver a sentir, un primer amor adulto en frente del último amor, en un narración libre, sin ataduras e íntima que nos habla entre susurros de amor, de la pérdida, de la juventud y del envejecimiento sin tapujos, a flor de piel, sin florituras ni sentimentalismos, como las escenas sexuales, bellas y sensuales, muy eróticas, con un ritmo trepidante, como atestiguan la rapidez en la que pasan sus 132 minutos de metraje, y una estructura en primera persona donde vamos viendo la vida cotidiana y las circunstancias tanto de Jacques y su implacable deterioro por culpa de la enfermedad, y Arthur, y sus deseos y ansías de estar con su amor y sobre todo, de salir de su agujero y enfrentarse a la vida adulta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dobles vidas, de Olivier Assayas

VIDAS REALES, VIDAS DE FICCIÓN.

“Todo debe cambiar para que nada cambie”

(Príncipe Salina en El Gatopardo, de Visconti)

La frase que encabeza el texto mencionada por el Príncipe Salina, que interpretaba Burt Lancaster, al final de la película, tiene mucho que ver con este mundo cambiante, en continua transformación que nos ha tocado vivir, en el que continuamente iluminados de la tecnología vaticinan el fin del producto convencional por lo más nuevo, por la última virguería informática que hará nuestras vidas diferentes, modernísimas y mejores, aunque a la postre nada cambie y todo siga igual, más o menos, como vaticinaba el príncipe Salina. Las nuevas tecnologías en nuestra cotidianidad, las relaciones humanas y demás elementos que conciernen a nuestro tiempo son el marco por el que se guía la nueva película de Olivier Assayas (París, 1955) la decimoséptima de su carrera, que arrancó allá por 1986 con Desorden, en una primera etapa que se extendió hasta El agua fría (1994) en que dedicó cinco películas para hablarnos de la juventud, de sus deseos, ilusiones, infelicidad y vacío existencial, para adentrarse más adelante en terrenos más maduros en los que sus personajes y sus problemas iban haciéndose mayores junto a él, como en Finales de agosto, principios de septiembre (1998) donde exploraría la muerte y la ausencia dejada y cómo afectaba a sus más allegados, elementos que cohabitarán de forma natural y sistemática en su posterior cine con Después de mayo (2012) Las horas del verano (2008) Viaje a Sils Maria (2014) y Personal Shopper (2016).

Ahora, Assayas vuelve con Dobles vidas, donde se detiene en cinco individuos, cinco almas que se mueven en esta sociedad, donde parece que vivimos varias vidas a la vez, porque todo se hace y se vive demasiado intensamente, a una velocidad de vértigo, como si todo se tuviera que hacer deprisa y corriendo y varias cosas a la vez, sin parar, porque todo se acaba o está a punto de acabarse. Assayas nos cuenta las vidas de este grupo de parisinos en la que se sumerge en sus vidas íntimas y públicas, en las que conoceremos a Alain (Guillaume Canet) un exitoso editor que se contradice constantemente, porque tiene una mujer a la que adora, pero tiene un affaire con Laure (Christa Théret) una compañera que viene a digitalizar todo el modelo económico de la editorial, a Leonard (Vincent Macaigne) un escritor que plasma en sus novelas, que se niega a calificarlas de autoficción, todas sus experiencias vitales y sentimentales, y además, se acuesta con Selene (Juliette Vinoche, tres películas con Assayas) mujer de Alain, y actriz estancada en una serie exitosa de acción, pero que se muestra incapaz de dejar la serie. Valérie (Nora Hamzawi) mujer de Leonard, es una agente de campaña de un político integro y concienciado con los problemas más sensibles.

Y así están las cosas, un grupo de personas que viven su vida, la oficial, en la que todo parece ir bien, y por otra parte, la otra vida, la de ficción, o la que ocultan a sus allegados, o la que forma del autoengaño, a saber, porque ellos mismo ni lo saben. El cineasta francés enmarca su película en una comedia ligera, donde impone un ritmo acelerado, quizás contaminado por el sino de los tiempos actuales, donde sus personajes hablan y hablan, y no dejan de hablar, de muchos temas, por ejemplo, la digitalización de la sociedad actual, del futuro o más bien de la especulación, como apunta Alain en una mesa con amigos, donde todo parece que va a estallar de un momento a otro, pero no lo hace, o si lo hace, se trata de forma muy tímida, casi como un remolino intenso pero que se terminará en poco tiempo, algo así como el remolino interno y emocional que viven los personajes llevando adelante sus vidas, las que todos conocen, y las que ocultan, o las que no cuentan, que quizás son menos ocultas de las que creen.

Assayas atiza con vehemencia a nuestra sociedad, a sus rígidas estructuras económicas y al supremacismo del dinero, a esos gurús de la tecnología que vaticinan la defunción de lo tradicional en pos a una sociedad cibernética e hiperconectada, donde todo se hará por internet, en el que nos movemos por el mundo laboral, en este caso la edición de libros, como ocurría en Demonlover (2002) donde Assayas se sumergía en el espionaje industrial entre empresas y la sensación de los dibujos porno en 3D. Aquí, también hay estrategia industrial, entre otras cosas, como escenifican de forma sencilla y magnífica la relación entre Alain, el editor que apuesta por el libro de toda la vida, y se mantiene expectante a tantos cambios que se proclaman a los cuatro vientos como hace Laure, su nueva compañera de trabajo y cama. Unos tiempos convulsos, en los que todavía hay náufragos resistentes de sus novelas como Leonard, que tiene el mismo problema que tenía Harry con sus ex novias y amigos porque no paraba de hablar de ellos en sus libros en Desmontando a Harry, de Woody Allen.

El director parisino también nos habla de cine, como hizo en Irma Vep (1996) donde un director fracasaba en el intento de devolver a la actualidad la serie de Las Vampiras, de Feuillade. Ahora, se acuerda de Bergman y su película de Los comulgantes, donde recuerda al sacerdote sin fe que hablaba a una iglesia vacía, como ese mundo convencional en pos del online que muchos vaticinan que llegará pero que no llega, o a Haneke, con un chiste sexual en un cine viendo una del director austriaco. Assayas se muestra crítico con la sociedad, con la política, con las verdades absolutas, y las mentiras de siempre, encontrando a unos personajes infelices y frustrados, que encuentran en la mentira y las dobles vidas, que habla el título, en su razón de existir, aunque muy bien no sepan porque lo hacen y a qué lugar les lleva todo eso, porque al fin y al cabo, todos nos movemos con prisas en esta vorágine absurda y superficial que alguen llamó vida, porque todo se autodefine constantemente, y lo que ayer era el no va más con mucha energía, ahora se niega o se contradice con la misma fuerza. Un mundo cambiante, en constante ebullición, donde todo parece una cosa y al día siguiente, ya es otra. Quizás, como nos quiere contar Assayas, después de todo, nos quedan los amigos, nuestros amores, los reales y los ficticios, una copa de vino, y una buena charla sobre todo o nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA    

Cold War, de Pawel Pawlikowski

UNA CANCIÓN DE AMOR DESESPERADA.

“El amor es el amor y no se puede hacer nada”.

La primeras imágenes de la película nos remiten al cine documental, en el que su protagonista viaja a bordo de una camioneta por las zonas rurales de una Polonia de posguerra ruinosa y fría. Un viaje en el que se dedican a grabar las canciones populares de los campesinos, en que la cámara filma esa inmediatez y fisicidad de los lugareños, imágenes en las que Pawlikowski impone tantos años de experiencia en el documental. Luego, Wiktor, el protagonista del relato, junto a Irene, realizarán un casting donde buscan voces y bailarines entre los campesinos. En una de esas pruebas, quedará prendado de Zula, una enigmática rubia, de carácter y pasado oscuro. Entre los dos, sin que ellos mismos puedan remediarlo, nacerá una intensa y desesperada historia de amor, entre idas y venidas, que abarcará desde el año 1949 hasta el 1964. Pawel Pawlikowksi (Varsovia, Polonia, 1957) había instalado su filmografía en retratos de personajes de naturalezas y personalidades distintas en que las circunstancias los llevaban a relacionarse con todo lo que implica el choque entre dos mundos antagónicos.

Después de algunos títulos interesantes y dotados de personalidad, irrumpe con fuerza en el panorama internacional con Ida (2013) una película que lo devolvía a su país y a su idioma, en un exquisito y elaborado blanco y negro y el formato de 1: 1’33, nos contaba una sobria y amarga historia, con reminiscencias a Viridiana, de Buñuel, donde una novicia descubría su oscuro pasado familiar en la Polonia de los años sesenta. Cold War se sitúa una década anterior, en los cincuenta, y también adopta la plasticidad minuciosa y elegante del banco y negro y el formato cuadrado, para contarnos una historia dura y bella sobre dos amantes en un amor imposible en tiempos de desolación y grises. Viktor y Zula son la pareja de enamorados basados en los padres del director, a los que dedica la película, y en esos amores que se aman y se separan y vuelven a reunirse a lo largo de 15 años, unas veces por sus caracteres diferentes, otras, por las circunstancias políticas que les condicionan terriblemente, y en algunas, por caprichos del destino.

El cineasta polaco sitúa su trama en esa Europa de posguerra, con los dos bloques del este y oeste bien diferenciados, con esa Polonia militarizada y controladora, pasando por el París bohemio y divertido, aunque también, dificultoso para vivir, el Berlín oeste con su libertad, pero imbuido en el miedo, o la Yugoslavia socialista, donde nadie está a salvo de nadie. La película nos habla de una Europa herida y en reconstrucción, donde no hay lugares realmente buenos para vivir, donde todos tienen algo positivo y también, negativo, algunos más que otros. Las diferentes tonalidades de blanco y negro que opta la película describen con naturalidad y sobriedad las diferentes atmósferas que se respiran en uno y otro país, teniendo más contrastes entre la Polonia de tonos grisáceos con ese París libre y musical, donde parecen que las canciones suenan de otra manera. Pawlikowski nos cuenta los amores de Viktor y Zula mediante la música, rodeados de tantos temas que según sus diferentes estados de ánimo y la situación de su amor, nos lleva a sentir una cosa u otra, como por ejemplo el tema “Dos corazones”, de Mazowsze, que escucharemos un par de versiones del mismo tema, como canción popular interpretada por una campesina en Polonia, para luego más tarde escucharla como jazz en los labios de Zula en París. Desde el folklore  polaco hasta los ritmos modernos como el rock, el jazz y demás.

Una imagen pulcra, oscura o etérea, obra de Lukas Zal (que también hizo la de Ida) con esos encuadres majestuosos, donde como ocurría en Ida, casi todo se reduce al primer tercio de la imagen, dejando vacíos los dos tercios restantes, para evidenciar aún más la soledad y desesperación que sienten los protagonistas, como le ocurría a Anna, la joven novicia. El cineasta polaco condensa tantos años en 89 minutos que nos llevan de un espacio a otro, y a un país a otro, con cuidadísimas elipsis, donde es tant importante lo que vemos como aquello que se nos oculta, pasando por diferentes atmósferas y estados de ánimo, donde tanto Viktor como Zula se sienten continuamente amenazados por circunstancias tan adversas, donde el poder político era inmenso, donde la falta de libertad propia y ajena era el común denominador, en el que nada ni nadie se encontraba a salvo en un mundo con miedo, receloso y ruinoso, tanto físicamente como emocionalmente, donde unos y otros luchaban encarnizadamente por liderar los cambios del nuevo orden político, social, económico y cultural.

Pawlikowski se ha rodeado de buena parte de sus colaboradores habituales, muchos de ellos ya estuvieron en Ida, como el mencionado cinematógrafo, los diseñadores de producción Katarzyna Sobanska y Marcel Slawinski, la productora Ewa Puszczynska, y algunos de sus intérpretes como Joanna Kulig que ya estaba en Ida, y ahora da vida a la desdichada y cambiante Zula, bien acompañada por Tomas Kot como Viktor, y a su lado, Agata Kuleska que hace de Irene, y en Ida interpretó a la malvada y déspota tía de la protagonista, y la presencia del director francés Cédric Khan dando vida a otro cineasta parisino, y Jeanne Balibar en un breve pero interesante rol. Cold War, contundente y revelador título para una película de garra y fuerza, tanto plástica como argumentalmente hablando, en la que encontramos a uno de los cineastas europeos más interesantes del momento, con una gran personalidad como autor, que describe con aplomo y detalle de cirujano esos años oscuros de posguerra donde Polonia y sus ciudadanos debían resurgir de pozos muy oscuros para moverse y respirar en un país ruinoso que imponía un orden estricto y férreo, que dejaba a sus habitantes vacíos y encarcelados en vida.

Mal genio, de Michel Hazanavicius

AMANDO A GODARD.

“Al menos dos veces al día, el ser humano más digno es ridículo.”

Ernst Lubitsch

Nos encontramos en el París de 1967, Jean-Luc Godard acaba de finalizar el rodaje de La chinoise y se ha enamorado de Anne Wiazemsky, una chica de buena familia y nieta del gran escritor gaullista y católico François Mauriac, que un año antes había protagonizado Au hasard Balthazar, de Bresson. Godard es reconocido por todo el mundo y está en la cúspide de su carrera cinematográfica. Godard y Anne contraen matrimonio. Michel Hazanivicius (París, Francia, 1967) vuelve a la comedia más irreverente, iconoclasta y paródica con Mal genio, después de su intento fallido en el drama The search (2014) ambientado en la guerra de Chechenia. Un género, el de la comedia, que le ha reputado los mayores éxitos cinematográficos como las dos entregas de OSS 117, filmadas en el 2006, y tres años después, la segunda entrega, en la que parodiaba las películas de espías sesenteras con su actor fetiche Jean Dujardin, con el que repetiría en su mayor éxito hasta la fecha, The artist  (2011) una comedia romántica con tintes dramáticos filmada en blanco y negro y muda sobre la idiosincrasia hollywodiense en la época silente, que lo alzó con un buen puñado de estatuillas.

Ahora, y tomando como inspiración la novela “Un año ajetreado”, de Anne Wiazemsky (donde se explica su amor con Godard) retorna a la comedia y retrata aquellos años pop de finales de los sesenta y comienzos de los stenta, seis años, y lo hace con uno de los cineastas más influyentes y controvertidos de la historia, Jean-Luc Godard, al que vemos con unos 37 años, en plena crisis artística (en la que se planteaba nuevos caminos políticos y renunciar a su cine aburguesado y encontrar un cine más agitado políticamente y outsider)  y con el mayo del 68 en plena ebullición. Hazanavicius opta por la mirada externa, que recae en la joven Anne, una chica de 19 años que se ha enamorado del hombre-cineasta al que admira. Así que vemos a Godard desde la mirada de Anne, y asistimos a su historia de amor, desde los primeras risas y confidencias del comienzo a la destrucción de ese amor, pasando por muchos instantes donde se agita el posicionamiento político, los (des)encuentros con otros cineastas, como los casos de Bertolucci, por ejemplo, con amigos, estudiantes de la Sorbona, y demás personajes y personas que se cruzan en la vida del cineasta francés.

Hazanavicius retrata con detalle y mimo todo aquel instante desde la decoración, los colores, su atmósfera, la vida que empezaba y se desarrollaba entre manifestaciones contra el capitalismo, en cafés de interminables charlas, encontronazos con la ley, roturas de gafas, desayunos escuchando la radio, mítines en la universidad, amor y sexo, y nos lo cuenta tomando como referencia el cine de Godard, como la escena de sexo inspirada de Una mujer casada, o el espíritu y la vida que se detallaba en Pierrot le fou, El desprecio o Dos o tres cosas que sé de ella. Ese Godard sesentero, pop, con ese cine a contracorriente, formalista, y en continua transformación y de resistencia ante el cine imperante y popular. El Godard que vemos en la película es un tipo bregado en mil batallas, que a través de la discusión y el rechazo que provoca se construye su persona, que se mueve entre los extremos, desde encantador, inteligente, audaz y genio a todo lo contrario, a ese ser déspota, engreído, narcisista e insoportable. De ahí el título original “Le redoutable” que se traduciría como “El temible”, tanto para lo bueno como para lo malo, un hombre que no deja indiferente a nadie.

Hazanavicius encara al genio cinematográfico desde la comedia, pero también desde la historia de amor de Jean-Luc y Anne, porque el personaje público da paso al personaje privado en su intimidad, en la que la joven Anne pasa de admirar a su amor y descubrir junto a Godard la vida, el amor, el sexo, un mundo de intelectuales, el cine, la política, la fama y la vida parisina, con sus pros y contras,  a lentamente descubrir a un ser enfrascado en plena crisis creativa, que ya no admira y que ya no se ríe con él, como se comprobará en la secuencia de la habitación de hotel. Un irreconocible Louis Garrel, con calvicie y gafas de pasta negra, da vida a Godard, mostrando su humanidad, para lo bueno y lo malo y su desgaste creativo y personal, a su lado, Stacy Martin (descubierta por Von Trier en Nynphomaniac) da vida a la joven parisina sesentera, con su calidez, dulzura y fragilidad, y su libertad sexual, que descubre la cara amble y amarga de la vida, del cineasta y del amor.

Hazanavicius ha construido una película sobre Godard, Anne y la época en la que se enamoraron y vivieron su amor en el París más convulso del último medio siglo, a través del amor y la comedia más disparatada, pop, divertida, surrealista y desparramada, a lo Jerry Lewis (como el instante del viaje en coche cuando seis personas discuten entre ellas, como si fuesen niños enrabietados o aireados compañeros que les une una sincera amistad, pero también una división política muy aguda) en ese tiempo en el que las cosas parecían que podrían tomar otro rumbo, y lo hace retratando no sólo al cineasta y el genio que hay detrás, sino también a través de su humanidad, sus miedos, alegrías, inseguridades y sobre todo, su persona, que gustará más o menos, o simplemente no gustará, pero en el que todos los amantes del cine estarán de acuerdo, Godard es el cineasta que más ha reflexionado sobre el cine, y todo lo que rodea sobre su imagen, expresión, construcción y posicionamiento político, intelectual, social y cultural.


<p><a href=”https://vimeo.com/231376043″>MAL GENIO – Tr&aacute;iler VOSE</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>