El tercer asesinato, de Hirokazu Kore-eda

NADIE DICE LA VERDAD.

En la primera secuencia de la película, bajo el manto oscuro de la noche, nos sitúan cerca de un río, en el que vemos a dos hombres caminando uno tras el otro, en un momento, el de atrás, asesta un golpe al otro, que cae al suelo, inmediatamente después, el hombre en pie, se agacha y remata al otro propinándole más golpes que acaban con su vida. Seguidamente, rocía el cuerpo con gasolina y le prende fuego. Somos testigos de unos hechos, si, pero la nueva película de Hirokazu Kore-eda (Tokio, 1962) la número 11 en su filmografía, se centra en las pesquisas de un reconocido abogado Shigemori para esclarecer las causas que han llevado a su defendido Misumi, a cometer semejante crimen, la cosa no resultará nada sencilla ya que el acusado asume su culpa. El cineasta japonés deja de lado sus dramas familiares basados en experiencias muy personales, para adentrarse en otro marco, en el cine de género, el thriller judicial de investigación.

La película se centra en las pesquisas del abogado y su equipo para esclarecer la verdad de los hechos, empresa compleja, por no decir imposible, en un entramado de personajes, La mujer e hija del asesinado, y algún que otro trabajador de la empresa de alimentación de la que era dueño también el muerto. Aunque entre esta tela de personas que callan más que hablan, ocultando una verdad que jamás sabremos con exactitud, y que como es sabido el juicio tampoco la buscará, ya que el proceso judicial de nuestras sociedades existe para dirimir los intereses particulares de las partes implicadas en el proceso, sin ningún atisbo de buscar esa verdad que, por un lado, sería el primer mandato de cualquier proceso judicial, y por otro, nos haría entender el porqué de muchas cosas que ocurren. Kore-eda enmarca su película, como es habitual en su cine, en una trama de pocos personajes, si bien, la película se sitúa en el marco judicial, hay rasgos significativos que anidan en su mirada hacía las familias, centro de análisis de buena parte de su filmografía, aquí, volvemos a encontrarnos con familias desestructuradas, rasgadas por separaciones, odios, mentiras y enormes faltas de cariño entre ellos.

La película avanza en dos direcciones, los careos entre abogado y acusado, en los milimétricos y apabullantes encuentros filmados en la cárcel, donde descubrimos algo más de lo que se cuece en el interior de estos dos personajes, uno intentando levantar aire y mar para desempolvar la verdad de los hechos, que curiosamente, defiende a un hombre que treinta años atrás también, y con su padre de juez, fue condenado por doble asesinato. Y frente a él, al acusado, un hombre solo, contradictorio, que está alejado de su única hija, y parece asumir su destino o no. Kore-eda nos lanza infinidad de cuestiones al aire, sin inmiscuirse en la moral de sus personajes, dejándolos ir y venir, con sus consecuencias, por la película, eso sí, dejándonos a nosotros, sus espectadores, encontrar la verdad o no, a partir de todos los argumentos de unos y otros, y no sólo sus necesidades vitales, económicas y demás, sino aquellas que ocultan, aquellas que mantienen en secreto, que a la postre, son las verdaderas razones que les han llevado a obrar de una manera u otra.

Dejando la fotografía naturalista que nos tenía acostumbrados en sus películas familiares, Kore-eda opta por una luz artificial, obra de Mikiya Takimoto, muy propia de los clásicos americanos, en la que la cámara filma a sus personajes muy cerca, creando esa atmósfera inquieta, plaga de claroscuros que también viste en estas películas, que tanto en argumento como forma nos recuerda a El infierno del odio o Anatomía de un asesinato. Una película de ritmo cadencioso, suave, como susurrándonos al oído, sin esas incomodas sorpresas sacadas de la nada, aquí, no hay nada de eso, Kore-eda nos propone un intenso y emocionante thriller judicial, un apabullante tour de force entre sus dos intérpretes, Masaharu Fukuyama y Koji Yakusho, abogada y acusado, tanto monta, monta tanto, dos personajes atrapados en este entramado de apariencia y mentiras, a través de unos personajes complejos que se mueven entre las tinieblas de una sociedad demasiado agarrotada en sus falsas mentiras, en un mundo de trajes oscuros, pero de doble moral, que contribuye a un mundo cada vez más legal con el sistema e ilegal con las personas, donde convertirse en adulto es comenzar a mentir como mencionaba Pessoa, reflexión que nos debería empezar a replantearnos qué tipo de sociedad estamos creando y para quién demonios sirve.

Your name, de Makoto Shinkai

LOS MUNDOS QUE NOS HABITAN.

“No importa dónde estés, iré a buscarte y te encontraré”

Mitsuha es una adolescente que vive en un pueblo remoto de la campiña japonesa rodeado de un enorme lago, vive con su abuela y su hermana pequeña, y con su padre, alcalde del pueblo, al que nunca ve. A Mitsuha le irritan la paz y tranquilidad, además de las costumbres ancestrales de su pueblo, y además echa en falta espacios como una cafetería, o demás alicientes para pasar el rato con sus amigos cuando salen del instituto. Fantasea con ser un chico guapo en la gran urbe de Tokio. Por su parte, Taki, es un chaval de Tokio, que rehúye de su familia, y que además de ir al instituto, trabaja como camarero en un restaurant. En su caso, odia la híper velocidad de la gran ciudad y le encantaría con ser una chica guapa viviendo en la tranquilidad de un pueblo. Una noche, mientras duermen, sueñan con que sus vidas se intercambian y se convierten en el otro. Bajo la premisa de convertirse en otra persona y llevar una vida deseada, completamente diferente a la que se tiene.

El cineasta Makoto Shinkai (Prefectura de Nagano, Japón, 1973) construye una película romántica sobre el paso del tiempo y los deseos que anhelamos cada uno de nosotros. El universo de Shinkai está poblado de adolescentes vacíos y solitarios que no encuentran alicientes en la sociedad moderna que nos rodea, y acaban convirtiendo sus vidas en fantasías huidizas para soportar la soledad de sus vidas, dentro de un marco romántico, en el que el tiempo es sólo una percepción extraña que se puede manipular y cambiar.  En 5 centímetros por segundo (2007) dos adolescentes alejados desde que dejaron la primaria, se buscan para volver a reencontrarse ya que no han podido olvidarse, en Viaje a Agartha (2011), una joven con una extraña misión acerca de extrañas melodías entra en contacto con un joven que vive en una dimensión paralela, y en El jardín de las palabras (2013), un dibujante de zapatos se encuentra en un parque a una mujer mayor y ambos volverán a reencontrarse. En Your Name, Shinkai ha contado con dos ilustres colaboraciones, con Masashi Ando en la dirección de animación, figura capital del emblemático Studio Ghibli, y la aportación de Masayoshi Tanaka, en el diseño de personajes, otro nombre importante en el anime japonés.

Shinkai ha construido una película bellísima, de grandísima virtuosidad plástica, donde lo visual, un elemento característico de su filmografía, se convierte en una apabullante gama de colores y formas, donde lo cotidiano y lo fantástico se mezclan y funden de manera tan natural que asombra por su sencillez, dotando al relato de múltiples ventanas narrativas que profundizan en el sentimiento de los personajes. Otro de los elementos importantes de la película, lo encontramos en el guión, y sobre todo su estructura, Shinkai nos envuelve de forma enigmática haciéndonos viajar a ese universo que no existe, en un purgatorio de los sueños, donde los jóvenes protagonistas viven otras vidas, las que desean, las que la realidad no hace posible, pero que los sueños, sí. Aunque, Shinkai no sólo se queda así, estos mundos de pura ensoñación, se terminan, y entonces, los dos jóvenes implicados se lanzan a la realidad, o dicho de otra manera, quieren conocerse en el mundo real, que aunque no sea el deseado, es el que les ha tocado vivir.

Y es en ese sentido, donde la película de Shinkai adquiere su maravillosa poética, en el que un cometa que pasa cada mil años cerca de la tierra, las ceremonias ancestrales patrimonio del pueblo (donde Mitsuha tiente un importante protagonismo) y una bellísima creación de personajes, además de unos secundarios que ahondan en la potencia narrativa y argumental de la cinta. El director japonés nos sumerge en un mundo onírico, extraño, de pura fantasía, algo así como el reverso de los sueños que han vivido sus criaturas, una realidad paralela, soñada por ellos mismos,  en la que tendrán que viajar hacía lo más profundo de su ser, desafiando los límites de su propia existencia, incluso al espacio temporal en el que viven, introduciéndose en un marco de no tiempo, en el que las cosas adquieren formas imposibles, para aceptar su propia condición y de esta manera detener el tiempo, para así estar con esa persona que no conocen, que jamás han visto, y tampoco han  escuchado, pero no pueden sacarse de la cabeza, e inician una búsqueda interior, tanto física como emocional para encontrarla. Your Name  es una película encantadora, de poderío visual, y guión de hierro,  que le asemeja al Unvierso Ghibli y a Miyazaki, en el que sus personajes huyen de este mundo soñando universos imposibles y paralelos para soportar la crudeza y soledad de sus vidas.


<p><a href=”https://vimeo.com/200959137″>your name. (Trailer VOSE)</a> from <a href=”https://vimeo.com/selectavision”>SelectaVisi&oacute;n</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Romance en Tokio, de Stefan Liberski

100X70_ROMANCE_TOKIO-01AMÉLIE EN EL PAIS DEL SOL NACIENTE.

“Tout ce que l’on aime devient fiction”

(Todo lo que uno ama se vuelve ficción)

Amélie Nothom

Amélie es belga y tiene 20 años. Nació y estuvo hasta los cinco años en Tokio. Ahora vuelve, fascinada por su cultura y con la intención de empaparse de todo lo que le ofrezca ese país. Pone un anuncio para dar clases de francés y conoce a Rinri, un joven de su misma edad, de familia burguesa y amante de la cultura francesa, y además, está deseando convertirse en su alumno. Se caen bien, quedan y les encanta pasar tiempo juntos hasta que se enamoran y comienzan una relación.

El director Stefan Liberski (1951, Bruselas), graduado en filosofía y literatura, y con experiencia de becario de Fellini, acomete su tercera película (basada en la novela Ni de Eva ni de Adán, de la hipnótica y fascinante Amélie Nothomb), en la que se adentra en una fábula moderna, con una estructura de cuento tradicional, en la que una joven apasionada, espontánea y aventurera se enfrenta a un país diferente al que dejó, en el que tendrá que lidiar con el choque cultural, las diferentes costumbres, el peculiar sentido del humor japonés, y sobre todo, tendrá de dirimir diferencias consigo misma, con sus miedos, contradicciones, ilusiones y demás derivas emocionales. Liberski ha fabricado una película sencilla, directa y mágica, pero también oscura y brumosa, como algunos de los ambientes por los que se mueve nuestra heroína. El relato rezuma vitalidad y sensibilidad, recorre las calles de la inmensa urbe de Tokio a modo de documental, capturando cada rincón, cada mirada, la descubrimos a través de los inquietos ojos de Amélie, su mirada será la que nos muestre ese país lleno de contrastes: por un lado, el respeto hacia los ancestros y las costumbres que conllevan rituales milenarios contrastan con problemas de la modernidad capitalista como los maratonianos horarios laborales y esa obsesión hacía el juego. Pero la piedra angular del relato, reside en la historia de amor romántica y pasional que tienen Amélie y Rinri, que descubre en la joven una sensualidad y sexualidad a través de una belleza que desconocía, y sobre todo, la conduce a un proceso de tránsito, de madurez , en el que abandonará el recuerdo de la infancia en Tokio para introducirse en la difícil existencia de la vida adulta con sus soledades, desilusiones, dudas y otros sentimientos.

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Resulta sumamente revelador, cuando en un momento de la película, Amélie le confiesa a Christine, una amiga belga que reside en Tokio, que ser japonesa es difícil, a lo que la amiga le responde afirmativamente. Situación que perseguirá a Amélie durante todo el metraje, esa sensación de no saber quién eres ni a donde perteneces. La película también juega y muy sabiamente con el humor negro y ácido que alivia ligeramente los momentos difíciles por los que atraviesa la joven protagonista. Es de agradecer la ligereza con la que Liberski cuenta su película, pero que encierra las emociones más profundas, con ese aire poético que impregna toda narración, como cuando nos envuelve entre las brumas del bosque del monte Fuji por el que camina Amélie, ese acento tenebroso que el realizador belga impone a ese instante, que ayuda a descubrir el sentido interior que está viviendo la joven, y también las aguas termales de la isla de Onsen, donde la película desprende sensualidad y serenidad. Otro de los grandes aciertos, es la química que desprenden la pareja protagonista, que componen de forma sincera unos personajes que parecen distantes por momentos, y en otros, muy cercanos, destacando la vitalidad y complejidad de la interpretación de la joven Pauline Étienne (vista en las interesantes La religiosa y Eden). La frialdad e independencia del japonés enfrentada a la sinceridad y espontaneidad de la belga ayuda a conocer la naturaleza de un relato que pretende contarnos eso tan complicado que nos pasa en nuestras vidas, en el instante que dejamos de soñar con el niño que fuimos para convertirnos en el adulto que queremos ser, sin miedos y con la suficientemente valentía para afrontar los retos emocionales y profesionales que nos encontraremos por el camino de nuestras vidas.

Nuestra hermana pequeña, de Hirokazu Koreeda

nuestra-hermana-pequeña-poster-peliculaLAS CUATRO ESTACIONES DE LAS HERMANAS KODA.

“Todo lo que vive requiere esfuerzo”

La cinematografía de Hirokazu Koreeda (1962, Tokio, Japón) se ha caracterizado por profundizar temas como la memoria, la muerte o la aceptación de la pérdida. Sus películas están protagonizadas por personas sumergidas en un proceso de tránsito, un conflicto que les llevará a enfrentarse a las heridas del pasado que todavía arrastran, y se mantienen ocultas, y la llegada de algún elemento externo, ya sea persona o objeto, les llevará a reabrirlas, volver a experimentar ese dolor, y enfrentarse a ellos mismos. Koreeda se ha convertido en uno de los cronistas de las últimas décadas de la vida japonesa, a través de las relaciones de padres e hijos, como lo fue su adorado y querido maestro Yasujiro Ozu del Japón de antes y después de la segunda guerra mundial. Cine poético y liberador, pero también cine social y profundamente inquieto, cine fabricado con extrema delicadeza y belleza, cine del tiempo y de las relaciones humanas, cine sobre el espacio y el paisaje que se mueven unos personajes agarrotados por el pasado y que viven con incertidumbre el futuro.

Koreeda, en su décimo trabajo para el cine, ha recurrido a Umimachi Diary, de Akimi Yoshida, una de las novelas gráficas más exitosas de los últimos tiempos, para hablarnos de tres hermanas, muy diferentes entre ellas. Sachi (que nos recuerda a la Noriko de las películas de Ozu), la mayor, doctora de profesión, ha optado por el rol de la madre que nunca tuvieron, la segunda, Yoshino, empleada en un banco, romántica y alocada en busca de su príncipe azul, y la menor, Chika, que trabaja en una tienda de deportes, inocente y aniñada, pero de corazón puro. Tres hermanas que tras la muerte del padre, que huyó en el pasado con otra mujer, descubren que tienen una hermana pequeña, Suku, de 15 años, una espabilada e inteligente niña algo tímida y muy madura. Sachi decide que vivirá con ellas en Kamamura. El cineasta japonés nos introduce en la cotidianidad de las cuatro hermanas, la casa familiar en la que viven, sus respectivos trabajos, los amores inconclusos que no acaban de fructificar, el restaurante favorito donde comen caballa frita, y sobre todo, en el inexorable paso del tiempo, manejado con perfecta armonía a través de los acontecimientos que se van produciendo: la bravura del océano en verano, cuando arranca la película, el follaje otoñal que inunda cada plano, la exuberante floración de los cerezos, el estallido de las flores en primavera, para volver al verano con los fuegos artificiales que iluminan las noches cálidas.

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La cámara de Koreeda es observadora y paciente, describe el paso de las estaciones y los accidentes ambientales que se originan, introduciendo a sus personajes y sus derivas emocionales en el centro del cuadro, no están filmados en tono documental, sino como seres completamente integrados en un paisaje bello y triste de Kamamura que actúa como el reflejo de lo que sucede en sus interiores. Koreeda cuenta su drama intimista a través de los ojos de Suku, que llega del campo cargada con secretos familiares a la espalda, que lentamente irán conociéndose, y también, a través de la mirada de Sachi, que con la ayuda de su conflicto interior que se desata con el problema con su novio, descubriremos el origen de su compleja relación con su madre. Una película sobre la memoria, sobre la herencia de los que ya no están, el legado que nos dejan, como ese árbol de ciruelas que ya nos es tan productivo como antaño o el maravilloso licor que emana y es producido con cariño y guardado como si de un tesoro se tratase.

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Como suele ocurrir en las películas asiáticas, encontramos muchas secuencias construidas a través de la comida, tanto en su elaboración como en los momentos que se reúnen para ingerirla. Koreeda aprovecha las situaciones que se originan para adentrarse en los conflictos interiores que todavía arden, a través de los objetos, la comida y las miradas. Todo está contado con suma delicadeza y belleza, la poesía inunda de forma cadente, nada sucede forma apresurada, todo se cuece a fuego lento, avivando la llama como un leve susurro, tejiendo como se hacía antaño, hilvanando la historia como lo hacía Ozu (como hiciese Koreeda profundamente en Still walking, que se erigía como una mirada contemporánea del clásico Cuentos de Tokio) mirando a sus personajes desde lo más profundo del corazón, conmoviendo desde el alma, y dejándose llevar por el tiempo que todo lo consume y renueva, como los viajes en tren, el humo de las chimeneas, los paseos en bicicleta, compartir una comida entre miradas y confidencias, presenciar la ciudad desde lo alto de la montaña o un paseo observando como la primavera ha llegado…

El cuento de la princesa Kaguya, de Isao Takahata

poster_elcuentodelaprincesakaguyaLA PRINCESA TRISTE.

El vigésimo primero largometraje del maravilloso y sublime Studio Ghibli retoma un viejo proyecto de hace más de medio siglo de la Tohei Animation, que se basa en un cuento popular llamado El cuento del cortador de Bambú. Isao Takahata (1935, Mie, Japón) cofundador junto a Hayao Miyazki de Ghibli, que creció en el Studio Tohei, y realizó su primera película en 1968, responsable de series de la talla de Lupin III, Heidi o Marco, y realizador de excelentes largometrajes como La tumba de las luciérnagas o Recuerdos del ayer, entre otras, es el responsable de llevar a imágenes la complejidad del espíritu del cuento. El cineasta nipón emprende, en su quinto trabajo como director, la aventura de adaptar un cuento tradicional sobre una heroína desdichada que viene de otro mundo. Las técnicas de animación y dibujo que utiliza Takahata y su equipo recuperan el estilo tradicional japonés Yamato-e de la pintura sobre pergamino, construyendo unas láminas de exultante belleza, trabajando una animación artesanal, muy alejada de las técnicas actuales, un dibujo hecho a mano, en el que predominan los blancos, trazado con carboncillo, y coloreado con acuarelas, en el que prima el detalle y la intimidad, deudor de la pintura impresionista de los Matisse o Monet, en las que consiguen impregnar un relato extraordinariamente poético, que nos envuelve de forma apabullante, hipnotizándonos por ese mundo rural donde crece esta niña que surge de un tallo de bambú.

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El ambiente y agitación de los primeros años, y su rapidísimo crecimiento descubre a una niña diferente y dotada de un aura especial, una vitalidad asombrosa que contagia de forma sencilla y natural, en el que su vida se manifeiesta a través de los juegos con los demás niños, el descubrimiento maravilloso de ese mundo apasionante de la naturaleza, en el que luce el sol, la luna, los animales, las plantas, y todo el esplendor y belleza de la plasticidad con que Takahata nos lo cuenta, centrándose en el mínimo detalle, el gesto que acaricia los encuadres y planos, la brisa que suena, el movimiento de las ramas, la alegría del instante, y el trabajo diario en el bosque de bambús, y sobre todo, la luminosidad de esa vida feliz y cotidiana junto a sus padres adoptivos y sus amigos. Takahata consigue traspasar el alma de la protagonista, debidamente acompañada con la música abrumadora del gran Joe Isaishi (un habitual de Ghibili), una princesa Kaguya que debido a su irreparable destino, se traslada a la ciudad para convertirse en un miembro de la realeza, con una nueva educación, una institutriz que la sigue a sol y sombra, y rodeada de lujo y riqueza, y expuesta para encontrar esposo, el alma alegre y feliz del campo se convierte en un ser triste y desdichado en el palacio de la ciudad.

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Takahata edifica su película desde el punto de vista de la niña, un ser condenado a su destino, a convertirse en quién no quiere, en la persona que no la hace feliz, dejando atrás aquella libertad y felicidad del tiempo en el campo rodeada de sus amigos. Takahata, fiel a sí mismo, y siguiendo la senda de las producciones Ghibli, no sumerge en una historia sobre una heroína triste y atrapada, en la que su existencia se vuelve contra ella, sumiéndola en una vida sin ilusión ni tiempo. Aquí, como ocurre con otras heroínas de la compañía, la niña Kaguya encontrará la manera de soportar su vida y se las ingeniará para sortear los envites que el deseo paternal les pone en su camino, con ese afán enfermizo para que encuentre marido y se case. La joven de exquisita belleza e indudable inteligencia sabrá batallar contra aquellos pretendientes que vienen a agasajarla con su orgullo y tesoros. El cuento de la princesa Kaguya se erige como otra muestra apabullante del trabajo del Studio Ghibli, una compañía que ha conseguido alimentar de sabiduría y generosidad el cine no sólo de animación, sino el cine en general, unas películas de extremada belleza, contadas con una magia envolvente que nos devuelve el cine de los pioneros, el cine en el que se primaba la emoción que exploraba las condiciones humanas desde una mirada poética.

El recuerdo de Marnie, de Hiromasa Yonebayashi

poster_elrecuerdodemarnieDOS ALMAS EN UN TIEMPO.

En 1984 con Nausicaa del Valle del Viento, se colocaba la piedra fundacional que dos años más tarde sería el Studio Ghibli (fundado por Hayao Miyazki e Isao Takahata) que arrancaría con El castillo en el cielo. A partir de este momento, sus producciones de animación de la excelsa compañía se convertirán en un referente mundial en el mundo cinematográfico. Títulos del prestigio de Mi vecino Totoro, Porco Rosso, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro o El viento se levanta, son sólo algunos ejemplos de la calidad y hegemonía de una producción brillante que ha atesorado premios tan importantes como el Oso de Oro en la Berlinale o el León de Oro en Venecia, por citar algunos. Sus películas están protagonizadas, principalmente, por jóvenes heroínas con dificultades físicas o emocionales que, se enfrentan a un mundo hostil en que no encajan, y ellas, al sentirse desubicadas, animadas por ese espíritu de inteligencia y fortaleza interior, encuentran su libertad y bienestar emocional a través de la fantasía. Una fusión ejemplar entre la realidad y la fantasía para escapar de una realidad difícil y adversa, fundamentada en una animación clásica, en la que priman los colores y la definición de las formas, y la naturaleza, su diversidad y belleza, actúa como el escenario esencial de unas historias humanistas y poéticas.

Hiromasa Yonebayashi (1973, Ishikawa-Ken, Japón) uno de sus jóvenes valores, que había debutado con Arrietty y el mundo de los diminutos (2010), vuelve a la dirección con una obra que habla sobre la amistad, el dolor, y la memoria. Basada en la novela infantil de gran éxito, Cuando Marnie estuvo allí de Joan G. Robinson (autora inglesa preferida de Miyazaki), nos lleva a Anna, una niña de 12 años aquejada de asma y encerrada en sí misma, su madre adoptiva opta por enviarla durante el verano junto a unos parientes a Hokkaido, un pueblo junto al mar. Anna se refugia en el dibujo y sus pensamientos, la soledad le lleva a dibujar junto al pantano, y lentamente, se sentirá atraída por una casa de piedra abandonada. Allí, en ese lugar, sin tiempo ni lugar, conocerá a Marnie, una enigmática niña con los mismos conflictos que ella padece.

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La última producción de Ghibli hasta la fecha (después del anuncio de Retirada de Miyazaki, el estudio se encuentra en fase de reestructuración), nos acerca a dos almas doloridas, que arrastran un pasado brutal, una vida llena de ausencias, Anna es huérfana, y Marnie tiene unos padres que continuamente están viajando. Las dos niñas se enfrentan juntas a ese vacío y ausencia, el dolor que sienten se comparte juntas en una amistad llena de alegría. Un encuentro mágico y libre que les ayuda a superar sus miedos y reencontrarse consigo mismas. Yonebayashi sigue el camino de sus maestros, contándonos una película llena de encanto y belleza, en la que realidad continuamente se mezcla con la fantasía, en un tiempo que no existe, que late en el interior de los personajes, en un espacio en que los sueños se materializan y forman parte de la cotidianidad. Dos almas enfrentadas a un entorno complejo que, a través de su complicidad y sus encuentros lograrán sentirse ellas mismas, y escapar de los adultos (que como suele pasar en las películas del Studio no consiguen entenderlas) y disfrutar de su vitalidad y amor, para aliviar un interior dañado por los miedos y la ausencia de cariño.

Una pastelería en Tokio, de Naomi Kawase

una-pasteleria-en-tokio-717x1024EL SABOR Y AROMA DEL DORAYAKI.

En El sabor del té verde con arroz (1952), de Yasujiro Ozu, la suculenta receta servía para que un matrimonio en crisis Taeko y Mokichi, se acercarán, preparando el delicioso manjar y disfrutando de su sabor. En la película número 8 de Naomi Kawase (1969, Nara, Japón) otra receta culinaria, en este caso un dulce, los “dorayaki” (pastelitos rellenos de salsa de frijoles rojos y dulces llamada “an”) sirve para acercar a dos personas aisladas y encerradas en sí mismas debido a las heridas que arrastran. Kawase se vale de la novela “An”, de Durian Sukegawa (que participó como actor en Hanezu, de 2011) para volver a situarnos en los márgenes de una ciudad, como hiciera en Shara, el escenario es una calle y el epicentro de la acción se desarrolla en las cuatro paredes de una pequeña pastelería donde Sentaro, un joven de unos 40 años, fabrica de forma industrial los deliciosos dorayakis.

Un día, aparece por el establecimiento Tokue, una anciana que se ofrece para el puesto de trabajo que se oferta, Sentaro la rechaza, pero acabara aceptándola después de probar su pasta de judías, ingrediente primordial de los sabrosos pastelitos. A estos dos personajes, se les juntará Wakana, una adolescente triste que no soporta ni a su madre ni a la escuela. Kawase vuelve a los temas que cimentan su filmografía: la relación que se establece entre ancianos y jóvenes, la tradición contra la modernidad (igual que el maestro Ozu), la especial manera de filmar la naturaleza (en este caso los cerezos, metáfora de la vida de las personas, que florecen cada primavera para pronto perder sus flores) y sus accidentes, como la lluvia o el viento, y sobre todo, un elemento recurrente en toda su carrera, la transición entre la vida y la muerte, y una dedicación emotiva y delicada por las cosas sencillas y los momentos fugaces que se disfrutan en compañía.

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Puede mirarse como una metáfora del Japón actual, donde Tokue representa ese Japón antiguo, donde la tradición y el deber forman parte de su vida, ella otorga la sabiduría de lo artesanal, del amor por continuar haciendo las recetas de forma ancestral y delicada, y sobre todo, con mucho amor, la anciana arrastra la enfermedad de la lepra, (el instante del libro de fotografías de los enfermos, resulta imposible no recordar el documental La casa es negra, de Forough Farrokhzad) , dolencia que la ha encerrado en un sanatorio y la aislado de los demás. Sentaro, por su parte, es el Japón actual, el que ha perdido la ilusión por vivir, se encuentra atado en un negocio que no ama, que hace para pagar una deuda, que lo realizada de modo monótono e industrialmente, sin esperanza ni pasión, y finalmente, Wakana, el futuro, que se siente triste por esa falta de cariño y pérdida que padece, y no encuentra consuelo ni amparo. Tres formas de mirar diferentes, pero que encontrarán su afinidad y compañía abriéndose entre ellos, limarán sus heridas, y se contarán lo que les entristece para acercarse más y romper las barreras que les separan y aíslan. Una bellísima y poética cinta de Kawase, llena de pequeños e instantes momentos de puro amor y delicadeza que encadena de forma sencilla y humana, filmando de manera especial y muy personal, acariciando y susurrando, sin necesidad de sentimentalismo. Una historia durísima de almas heridas y tristes, que al encontrarse encuentran lo que les hacía falta, lo que no tenían. Kawase nos muestra un mundo invisible, un universo que se pierde por la velocidad de nuestras vidas, nos invita a mirar, a observarnos, y a observar todo lo que nos rodea: los árboles, las plantas, la brizna de viento, el sol bañando las calles, el olor de las flores en primavera, y nos recuerda que toda la felicidad o desdicha de nuestras vidas se encuentra en nuestro interior, y sólo nosotros tenemos la capacidad de revertirlas y cambiarlas para verlas de distinta manera.