The Breadwinner (El pan de la guerra), de Nora Twomey

SOBREVIVIR EN EL HORROR.

En Yentl, de Barbra Streisand, una joven, hija de un rabio judío ortodoxo, se disfrazaba de hombre para acceder a la enseñanza en un pueblo de la Europa oriental de principios del siglo XX. Situación que han tenido que vivir mujeres de toda clase social, cultural y religión a lo largo de la historia de la humanidad. Cambiar su identidad y adoptar la del hombre para romper las barreras impuestas y seguir avanzando a pesar de todas las leyes de los hombres. Algo parecido tendrá que hacer Parvana, una niña de 11 años en el Kabul (Afganistán) dominado por los talibanes, que prohíben a las mujeres toda clase de libertades. Parvana se ve obligado a cambiar su identidad cuando su padre es detenido y encarcelado, convirtiéndose así en su nuevo rol de salir a trabajar para alimentar a su madre, hermana mayor y hermano pequeño. Hace una década cuando todos nos maravillamos con la magnífica obra de animación El secreto del libro de Kells, codirigida por Tomm Moore (Newry, Reino Unido, 1977) y Nora Twomey (Cork, Irlanda, 1971) en la que relataban las vicisitudes que pasaba Brendan, un joven monje que debía de cuidar de un libro mágico en la Irlanda del siglo XI. Su segundo trabajo salido del estudio de animación “Cartoon Saloon”, se materializó con La canción del mar (2014) dirigida por Moore en solitario, en la que nos contaban la peripecia de un Niño Foca, último en su especie por sobrevivir en su regreso a casa.

Ahora, nos llega The Breadwinner  (El pan de la guerra) dirigida por Nora Twomey en solitario, basándose en las novela homónima de Deborah Ellis, para sumergirnos en un ambiente realista y sincero, donde seguimos a Parvana y su familia y como sobreviven bajo el régimen de los talibanes, siguiendo a la niña convertida en chico, en un argumento muy similar al que vimos en la película de acción real Osama (2003) de Siddiq Barmak, en su día a día en ese Kabul de “hombres” en la calle, porque la decisión de Parvana no es la única y encontrará a Shauzia, otra niña convertida en chico para salir a la calle y trabajar para su familia. La intención de Parvana es reunir dinero para liberar a su padre y dar de comer a su familia. Parvana y Shauzia nos recuerdan a los niños de Dickens de la época Victoriana de finales del XIX y su forma de ganarse la vida, yendo de aquí para allá, inteligentes, traviesos y suspicaces ante el horror cotidiano que les ha tocado vivir a tan temprana edad, con la ficción en forma de cuentos como espacio para liberarse del horror cotidiano, y sobre todo, no perder la esperanza.

Twomey, como en las anteriores producciones del estudio, hace gala de un virtuosismo de la ilustración y la animación, recordando en muchos sentidos a la artesanía y fantasía que derrochaba Lotte Reiniger y su adorable Las aventuras del príncipe Achmed (1926) y la profundidad y complejidad que hay en el cine del Studio Ghibli, en el que se hermanaría en el rol femenino como auténtica protagonista del relato y sobre todo la capacidad inventiva del ser humano ante el horror. La directora irlandesa no opta por cambios bruscos en el guión y cosas por el estilo, sino todo lo contrario, en el que la sobriedad y la sinceridad se instalan por completo en la película, llevándonos por el Kabul más transitado o más desértico, mostrándonos de un modo realista y honesto las dificultades para conseguir trabajo remunerado y las circunstancias de un estado de preguerra en el que se encuentra la ciudad.

Conoceremos de primera mano todas las penalidades varias con las que se tropiezan las dos niñas camufladas en su devenir por una realidad durísima y triste, con ese miedo intenso y desesperanzador que en cualquier momento puedan ser descubiertas. Una obra íntima y fascinante que nos habla de la superación del ser humano por sobrevivir cueste lo que cueste y su capacidad imaginativa para salir de los entuertos más hostiles, en la que Parvana demuestra a los demás y a sí misma que es capaz de seguir remando a contracorriente, de seguir avanzando en las condiciones más adversas y sobre todo, de ser un apoyo invencible para los suyos, sin olvidarnos la necesidad de esperanza en un mundo que ya no la tiene, de seguir creyendo que aunque las circunstancias digan lo contrario, siempre hay lugar para la esperanza, para la amistad y el amor.

Twomey en su primera incursión en solitario en el largometraje, demuestra su capacidad innata en el virtuosismo pictórico de la película, que al igual que sus antecesoras, la película consigue un dibujo magnífico y una animación fascinante, con un ritmo trepidante con momentos conmovedores con otros más duros, destapándose como un grandísima narradora de lo cotidiano, creando una película que tiene mucho del cine neorrealista italiano, aquel que mostraba un país desahuciado y como sus habitantes salían cada día a la calle para encontrar el sustento y sonreír aunque el paisaje desolador se empecinase en lo contrario, Parvana podría ser uno de esos niños de El limpiabotas, de De Sica o ese otro niño en Paisà o el Edmund de Alemania, año cero, ambas de Rossellini. Todos ellos infantes sumidos en el abismo, en la cotidianidad más hostil, en un mundo deshumanizado, pero con algo de esperanza, porque siempre la hay, aunque a veces cueste verla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Diarios de Kandahar, de Louie Palu y Devin Gallagher

poster_castLA GUERRA EN PRIMERA PERSONA.

“23 de septiembre de 2010. Otro día en Kandahar. Ahora debo concentrarme. Piensa en el encuadre. Piensa en cada lado del rectángulo. Concéntrate en el en encuadre. Mantén la calma bajo el fuego. concentra tu emnte. reconoce el peligro… y trabaja. Todo pasa tan rápido… Debo controlar la mente. Relájate y haz la foto. No debo dejarme dominar por la situación. Debo controlar lo que hay dentro de mi recuadro. Mirar más allá de lo literal. Mantén la calma. Piensa en el rectángulo. Debo buscar la inspiración. Serenidad bajo el fuego. Que no te supere la velocidad de la situación. Repite. Rectángulo, composición. Vuelve a lo básico.

Louie Palu

La Guerra Civil espanyola fue la primera contienda bélica que conoció todo el mundo a través de todos los profesionales que vinieron a cubir todo lo que allí sucedió. Los Robert Capa, Gerda Taro y David Seymur, entre muchos otros, agarraron sus equipos fotógraficos y dispararon para capturar todo el horror que sus ojos vieron. Desde esa guerra y las siguientes que llegaron, la guerra, como la conocíamos, a través del arte, quedo relegada a un segundo termino, ahora, las guerras iban a ser conocidas y presentades al mundo en primera persona, a través de la mirada de un profesional que la vivia en su cotidianidad, mostrándonos los detalles y la íntimidad del horror.

While under fire Afghan soldiers move a comrade to safety after he was hit by shrapnel from rocket fire in a fire fight during an operation in the Makuan area in Zhari District, Kandahar Province, Afghanistan. From the documentary film Kandahar Journals. www.kandaharjournals.com photo Louie Palu/ZUMA Press ©

Louie Palu (Toronto, Cánada, 1968) reconocido fotógrafo con más de un cuarto de siglo de experiencia en temas políticos y sociales, estuvo trabajando en Kandahar (Afganistán) durante cuatro años, los que van desde el 2006 al 2010, disparando su cámara y documentando todos los desastres de una guerra fraticiada que arrancó con el ataque a las torres gemelas de Nueva York en septiembre del 2011, y la estimable ayuda del experimentado documentalista Devin Gallagher construyen un trabajo desde la íntimidad y el relaismo de la cotidianidad de la guerra, filmando a un grupo de soldados aliados destinados en Kandahar, punto estratégico del país y epicentro de la guerra contra los talibanes. Palu, en su primera incursión como director, provisto de una videocámara, y con la idea de capturar las imágenes que se quedan fuera de la fotografía, sigue a los soldados, como uno más, descansando después de días exhaustos de caminatas, esquivando los disparios de los enemigos, inspeccionando las casas de los habitantes, hablando con ellos, y filmando, de manera amateur y directa todo lo que allí acontece.

Still photography for documentary film Kandahar Journals. Medics treating wounded Afghan civilians in a frontline trauma room in Zhari District, Kandahar, Afghanistan. From the documentary film Kandahar Journals. www.kandaharjournals.com (Credit Image: © Louie Palu) For use in film reviews to do with Kandahar Journals only.

Paul y Gallagher muestran la guerra con sus contrastes, la nula visibilidad del enemigo (que parece un ente invisible, como si no existiese, sólo escuchamos sus disparos y lo que el suboficial canadiense nos cuenta), los desastres que sufren los afganos, y el continuo conflicto entre el poderoso y el débil. El documento, muy alejado de la idea sobre la guerra de los medios occidentales, más interesados en el espectáculo y hacer creer a los espectadores que el enemigo es muy poderoso y hay que combatir con las armes más sofisticadas para exterminarlo, toda esa superficialidad queda suprimidad en la película. Nos muestra la guerra como es, sin trampa ni cartón, con toda su crudeza y su sin razón, y sobre todo, el negocio canalla y deshumanizado en que se ha convertido, una excusa para eliminar a esos “témidos terroristas Internacionales” que sirve a los paises ricos a augmentar su riqueza con el negocio vil de las armas.

A wounded soldier in a medevac helicopter after a night raid, Zhari District, Kandahar, Afghanistan. 2010 20 X 24 inch pigment print. Photo © Louie Palu FOR EXHIBITION REVIEWS ONLY. NO OTHER EDITORIAL USE PERMITTED. www.louiepalu.com

Palu no sólo muestra las imágenes, sino que también reflexiona sobre ellas y su trabajo, generando un discurso contradictorio, porque empujado a dar visibilidad para que el mundo sepa que sucede, a su vez, tropieza con el nulo desinterés y desinformación por parte de los estadounidenses y el mundo occidental por conocer la verdad, una triste realidad que parece ser que a nadie le importa. Palu y Gallagher huyen del maniqueismo, de la idea de Buenos y malos, que por otra parte, sería un punto flaco a su propuesta. Los cineastas se muestran críticos con las políticas Internacionales de sus paises, y su documento muestra todo el bullició bélico que se respira en Kandahar, los soldados de diferentes paises que deambulan en busca y captura del enemigo, los afganos inmersos en un conflicto que mata algunos y dificulta la vida a otros, escarbando cada distrito y rincón de la ciudad, incluso, se introduce en el hospital de campaña, donde se atiende a los heridos de los continuos ataques y atentados suicidas que se producen. Una cotidianidad sangrante y malvada, difícil de olvidar, para un profesional como Palu que lleva tantas guerras encima.

Sonita, de Rokhsareh Ghaem Maghmai

aaff_octubre_2016_catVERSOS CONTRA LA INJUSTICA.

“Déjame susurrarte mis palabras, ya que nadie me oye

cuando hablo de las chicas en venta”

Sonita es de Afganistán y tiene 18 años, aunque podría tener algunos menos, ya que no tiene ningún documento oficial que lo certifique. Lleva 11 años refugiada clandestinamente en los suburbios de Teherán (Irán), donde en compañía de su familia huyó de los talibanes y la guerra, mientras subsiste precariamente, junto a su hermana soltera y la hija de ésta, gracias a un centro de acogida de menores. Toda su no vida se materializa a través de su música, un “rap” contundente, enérgico y vital, en el que golpea con fuerza con versos llenos de furia y rabia contra la injusticia y la violencia en su país contra la libertad de las mujeres.

Rokhsareh Ghaem Maghami (Teherán, Irán, 1975) con una trayectoria interesante en el terreno del documental, galardonada en diversos festivales internacionales, se lanza a filmar este viaje emocional y profundo de una niña/mujer, de aspecto menudo y frágil, pero todo lo contrario en su capacidad emocional, que se mueve a impulsos llenos de energía y que, a pesar de su situación, sueña con convertirse en una estrella del rap. La cámara de Rokharesh penetra en su intimidad doméstica y laboral, capturando de forma natural y muy física el entorno de Sonita, una radiografía durísima en la que tiene que moverse diariamente y seguir luchando sorteando los numerosos problemas que la acechan, la falta de dinero se convierte en el mayor, aunque  la idea de su madre (que vive en Afganistán) de casarla para cobrar por ella 9000 dólares se convierte en la mayor de sus dificultades al que tiene que enfrentarse. Sonita compondrá un tema Brides for Sale y grabará un videoclip casero en el que denuncia la violencia contra las mujeres de su país y una tradición horrible que esclaviza a las féminas que sufren la voluntad paterna convirtiéndolas en meros objetos vendidos al mejor postor.

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Rokhaserh ha realizado una película de denuncia, un artefacto incendiario, una película que investiga varios temas: la violencia contra las mujeres, la miseria en la que viven los refugiados políticos,  y también, un tema de suma importancia para el cineasta, el de su implicación moral con aquello que filma, como las vidas de sus personajes, no sólo se convierten en materia de exploración, sino en una forma de actitud política, en la que se pone de manifiesto el verdadero objetivo de la obra que se está realizando, la intervención o no en  las circunstancias que tienen lugar. El discurso de la película está construido a través de la honestidad y sinceridad, nunca cae en sentimentalismos, ni en subrayados, todo se filma de manera directa y sin tapujos, consiguiendo transmitirnos mediante la mirada, los detalles y gestos de Sonita, y su entorno, toda la angustia a la que está sometida la joven. La película cuestiona y, de qué manera, todo un sistema patriarcal que anula la voluntad femenina y convierte a las mujeres en objetos sin voz ni voto. La forma de la película, en un digital transparente y cercano, nos conduce por esa vida mutilada y rota, una vida oscura (como la espeluznante secuencia en la que Sonita escenifica su huida de Afganistán, en la que es detenida por los talibanes) un horror cotidiano y triste, que vuelve a revivir Sonita en su vuelta a Afganistán, un país en continuo estado de guerra que convierte a las personas en almas errantes sin consuelo.

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Rokhsareh se suma a las voces de las hermanas Makhmalbaf, Samira, con La manzana (2008) y A las cinco de la tarde (2003) y Hana, con Buda explotó por vergüenza (2007), cineastas iraníes que han denunciado la terrible explotación que sufren diariamente las mujeres afganesas y de otros países árabes. Un cine valiente, de gran factura, y sobre todo, humanista, que nos habla de personas, sobre mujeres que no pueden ser libres, que cada paso que dan tienen que pedir permiso a su familia, que la sociedad de sus países ha vuelto invisibles, ocultas en telas oscuras, o encerradas en casa al cuidado del hogar y los hijos. Vidas muertas, vidas sin vida, vidas que se convierten en el eje central de las canciones de Sonita, una joven que utiliza su arte para combatir la injusticia social y que su música pueda servir para ayudar a alguna joven (como comenta en algún momento de la película) y de esa manera, continuar vivas las palabras de las que partía Brecht, aquellas en que se refería que el arte debía de ir de la mano del pueblo, denunciando las injusticias y despertando sus conciencias.