La vida y nada más, de Antonio Méndez Esparza

LAS ENTRAÑAS DE LOS DESFAVORECIDOS.

“La más importante característica e innovación es lo que se llama neorealismo. Para mí, haberme dado cuenta de que la necesidad de una “historia” era solo una inconsciente manera de disfrazar la derrota humana, y ese tipo de imaginación era una simple técnica para autoimponerse fórmulas oxidadas sobre hechos de la vida cotidiana. Ahora se ha percibido que la realidad es enormemente rica, y que la tarea del artista no es hacer que la gente se mueva o se indigne en situaciones metafóricas, sino hacer reflejar estas situaciones (moviéndote e indignándote si te conviene) en aquello que ellos y los demás están haciendo, en lo real, exactamente en como ellos son”

Cesare Zavattini

El primer plano de la película ya deja muy claro el espacio por donde nos veremos a lo largo de su metraje. En una sala de juicio, vemos a Andrew, un adolescente afro-americano que está frente al juez de menores, a su lado, con cara de circunstancias, como no podía ser menos, Regina, su madre. Esos dos elementos, navegarán durante la película vertebrando los dos temas principales de la trama, por un lado, las dificultades vitales de una madre sola, ya que su marido está en prisión, de mantener a su familia, tanto a su hijo adolescente como a la pequeña de tres años, y por otro lado, un sistema legal, inflexible e implacable, que deja con pocas oportunidades a los afro-americanos, abocándolos a vidas duras y pocas expectativas o ninguna de cara al futuro.

El segundo trabajo de Antonio Méndez Esparza, madrileño que ha desarrollado su carrera en EE.UU, y arrancó su filmografía dirigiendo Aquí y allá (2012) en la que se centraba en la vida de los emigrados mexicanos que volvían a su casa y cómo eso les afectaba en la relación con ellos mismos y con su familia. Ahora, Mendéz Esparza ha cruzado la frontera para interesarse por los afro-americanos y sus dificultades por tener una vida digna en el país del Tío Sam. Nos encontramos en uno de esos condados, en este caso el de Leon en florida, donde la vida parece haber pasado de largo, en el que alguno de sus componentes ha estado o está encarcelado, en esos sitios cercanos a campus universitarios, y poblados de casitas con cuatro paredes y poco más, donde las vidas se sustentan con trabajos precarios que dan para poco.

Seguimos a Andrew, que tiene esa edad difícil, de búsqueda de sí mismo y su entorno, en la que sufre la ausencia paterna, al que nunca ve, sólo una leve correspondencia epistolar, y al chico le cuesta encontrar su espacio, en una vida rasgada, en la que tiene responsabilidades familiares, debido al trabajo de su madre, y además, encuentra su leve respiro en otros chavales de su edad que piensan en salir de su vida mísera a costa de pequeños hurtos. Problemas y dificultades que le llevarán a enfrentarse con su madre, una mujer de batalla, que ha tenido que enfrentarse a una vida nada fácil, y levantar un hogar a pesar de la ausencia de su marido. En un momento, le dirá a un tipo que la pretende que, su vida es trabajar y sus hijos, una realidad demasiado frecuente en las madres solas afro-americanas. Pero, Regina quiere algo más, que haga su vida más respirable, conoce a Robert y se enamoran, y vivirá con ellos, aunque esto signifique una olla de conflictos con el joven Andrew y afectará a Regina en su relación con Robert.

Méndez Esparza acota su película en apenas tres personajes, y nos introduce en la intimidad doméstica de sus problemas y las durísimas relaciones que se producen entre ellos, en un paisaje que nada tiene que ver con ese que nos venden otras películas. Aquí, la realidad se palpa en cada rincón, una realidad que duele, que se suda y también, se sangra, que incómoda y da frío. El director madrileño coloca su cámara (penetrante y cruda fotografía del rumano Barbu Balasiou, que ya trabajó en su primer largo, y colaborador de Cristi Puiu) en las entrañas de sus personajes, sin caer en sentimentalismos ni nada por el estilo, centrándose en sus existencias complejas y duras que chocan contra un sistema legal que les deja poco aire que respirar, un sistema que los aparta y los invisibiliza. La elección de actores no profesionales, que se llaman igual que sus personajes, dota a la película de una naturalidad absorbente y una cercanía abrumadora, llevándola a esos terrenos de denuncia y resistencia de un colectivo que, desgraciadamente son carne de cañón y acaba con sus huesos en la cárcel, una triste y terrorífica realidad que la película aborda con seriedad, complejidad y humanidad.

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Entrevista a Ana Murugarren

Entrevista a Ana Murugarren, directora de “La higuera de los bastardos”. El encuentro tuvo lugar el jueves 16 de noviembre de 2017 en el hall del Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Murugarren,  por su tiempo, generosidad y cariño, al equipo del Cine Phenomena, por su amabilidad, generosidad y atención, y a Stefania Piras de Festival Films, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

L’ALTERNATIVA 24: SUMERGIRSE EN OTRAS REALIDADES.

El pasado domingo 19 de noviembre finalizaron las proyecciones de la edición número 24 de l’Alternativa, certamen plenamente consolidado en el panorama cinematográfico de la ciudad que, sigue manteniéndose fiel a un estilo marcado por un cine diferente, alejado de la bienintencionada industria, y nacido en los márgenes de una entramado cinematográfico demasiado obsesionado en embellecerse y dar la espalda a la reflexión y el conocimiento del mundo en el que vivimos, alejándose de las realidades del hombre y su tiempo. L’alternativa propone cine resistente, cine furioso y lleno de energía, un cine venido de diferentes lugares del mundo, heterogéneo en su esencia, y rabiosamente contemporáneo y atemporal, pero cercano en su materia y su naturaleza. Unos trabajos muy necesarios que nos muestran realidades complejas, oscuras y tremendamente vivas, orgánicas y sinceras. Cine con espíritu dialoguista que huye de convencionalismos, y construido en base a una identidad muy personal que lo hace muy reivindicativo, profundo y bello. El pistoletazo de salida lo dio ZAMA, de Lucrecia Martel. La esperadísima película de Lucrecia Martel nos sumerge a finales del siglo XVIII, en una de esas colonias perdidas por el mundo de la corona española, siguiendo el deambular cotidiano y fantasmal de Don Diego de Zama, un oficial en eterna espera de un traslado hacia un lugar más prestigioso. Con su habitual estilo, de planos asfixiantes, mundo en decadencia y lugares muertos, Martel filma a su personaje y su eterno, en ese espacio vacío, donde las actividades son densas y exasperantes, en el que Zama se mueve en una existencia kafkiana, alejado de las aventuras en un mundo exótico, donde todavía hay tiempo para lo extraño, y la mezcla del mundo de vanidad y vacuidad con aquel más salvaje y pintoresco.

La segunda parada fue TASTE OF CEMENT, de Ziad Kalthoum. En la ciudad de Beirut, unos exiliados sirios trabajan en la construcción de un rascacielos. La cotidianidad del trabajo, sus sonidos estruendosos, la ciudad abajo con sus idas y venidas, alejada de todo ese mundo, y unos obreros, lejos de sus hogares, unos hogares en guerra. El cineasta sirio realiza una película de gran sonoridad e imágenes en suspenso, siguiendo el trabajo físico de sus personajes, en un mundo que, los propios que huyen de la guerra acaban construyendo edificios en un lugar que antes hubo guerra. A través de una forma que rasga la respiración, asistimos a la sinrazón de este mundo, de las injusticias, del exilio, y la miseria de un paisaje, donde los de fuera viven en las catacumbas del edificio, donde reina la oscuridad y unos recuerdos y sueños rotos por la destrucción. ACTS AND INTERMISSIONS, de Abigail Child. La cineasta estadounidense nos cuenta la experiencia en EE.UU. de la anarquista Emma Goldman, a finales del XIX y principio del XX, y lo hace de forma curiosa y entretenida, a partir de fotografías y discursos de la líder anarquista,  imágenes de archivo de la época, mezcladas con imágenes contemporáneas, y el elemento de dramatización con actores, donde realiza un caleidoscopio que dialoga a partir de las luchas obreras, los mítines y las huelgas, los años de cárcel, y la reivindicación de una vida digna, tanto en aquellos tiempos como en los actuales. Child nos convoca a un mundo donde el progreso no ha mejorado mucho las cosas, y donde los derechos de los más humildes se tienen que seguir batallando ante esas clases burguesas que no cejan en engordar sus patrimonios.

EL MAR LA MAR, de Joshua Bonnetta y J. P. Sniadecki. La pareja de cineastas nos sitúa en el desierto de Sonora, lugar delicado de paso entre los inmigrantes mexicanos en su aventura de entrar en EE.UU., y hacen un recorrido emocional y lírico, sin mostrarnos nunca los cuerpos de los inmigrantes, pero si sus voces, donde escuchamos sus testimonios desgarradores y siniestros de sus viajes y el de otros, y sus objetos o pertenencias que han dejado en el camino, donde el paisaje del desierto actúa como un ente complejo y devastador, testigo de mil y una aventuras y sus muertes, en una obra de gran sonoridad, donde sus imágenes nos transportan a una dimensión extraña y compleja, en el que seres humanos deambulan por un terreno peligroso donde se juegan la vida constantemente. STRANGER IN PARADISE, de Guido Hendrikx. El cineasta holandés nos plantea la crisis de los refugiados llegados a Europa y los mecanismos que tienen las autoridades para recibirlos, y lo hace a través de tres tiempos, y repitiendo la misma escena, pero cambiando el trato. En el primero, el recibimiento es reaccionario y conservador, en el segundo, caluroso y solidario, y en el tercero, realista, donde vemos como las leyes duras y poco permisibles, acaban por dar asilo solo aquellos de conflictos bélicos, sin importarles a las autoridades otros conflictos como la pobreza o la violencia, y el sueño de una vida mejor en el viejo continente. Una película reflexiva, en la que hay drama, realidad, y sentido del humor, como el maravilloso epílogo, donde realidad y ficción se confunden,  que nos posiciona ante la mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial, y cómo los gobernantes europeos la afrontan.

CALIFRONIA DREAMS, de Mike Ott. El cineasta estadounidense pone el foco en cinco personajes singulares y atípicos que, sueñan con triunfar en Hollywood, mientras asisten a casting en pequeñas localidades del sur de California. Un documento sobre la influencia de la poderosa fábrica de entretenimiento ejerce en aquellos que ven en la industria del cine una posibilidad de mejorar sus vidas. Ott sigue a sus criaturas desde la simpatía y lo onírico, mostrándolos de manera sencilla y explorando sus diversas contradicciones y miedos, en una industria del espectáculo que parece alejarse cada vez de sus intenciones y capacidades.  También, hubo tiempo para ver algunos cortometrajes (una de las secciones que más visibilidad y cuidado tienen los responsables del Festival). LE BONNE ÉDUCATION, de Gu Yu. A través de la mirada de Peipei, la directora china, que tuvo el asesoramiento del prestigioso cineasta Nicolas Philibert, nos cuenta el periplo de una adolescente que desea ser admitida en la escuela de arte, mientras se muestra apática con sus compañeros y profesores, sin acabar de pertenecer al entorno de la institución, y la directora lo hace con un tono naturalista y agobiante, donde todo se desarrolla con velocidad y sin tiempo para nada. LA DISCO RESPLANDECE, de Chema García Ibarra. El director de la fantástica y cómica Uranes, nos sitúa en Elche (paisaje de su cine) y sigue a cinco jóvenes que se montan su fiesta aunque la discoteca del pueblo lleve años cerrada, en una película donde capta con sinceridad y honestidad los impulsos de una juventud enganchada a la fiesta y a sus propios deseos, aunque estos rara vez sean complacidos, en un mundo que mezcla desde tradiciones eslavas con lo más intrínseco de lo popular del país, siempre desde un lado cómico y audaz.

Volví a los largos con EXPO LIO 92, de María Cañas. La cineasta sevillana pone el foco en el 25 aniversario de la Expo de Sevilla, y lo hace con su habitual humor, sin dejar su crítica y resistencia, en otro de sus vehículos guerrilleros, donde a partir del material de archivo propio y ajeno, en un viaje psicodélico, donde hay espacio para la política, el humor más irreverente y popular, en la que consigue una fábula contemporánea en la que revisa la expo, el choque de culturas, la colonización, la construcción de la identidad,  y la globalización, y todos los mitos y barbaridades que sufrimos en aquella España y ésta que vivimos a diario a partir de un sentido de resistencia, guerilla, y sacar las miserias de un país que se inventó la luna u otro disparate a fuerza de mentiras, corrupción y mucha idiotez. NIÑATO, de Adrián Orr. El debut en el largo de Orr sigue la premisa de uno de sus cortos Buenos días, Resistencia (2013) y captura la cotidianidad de Niñato, un joven desempleado de barrio que sueña con ser rapero, mientras cuida de su hijo Oro y sobrinos. La película capta la intimidad de lo doméstico y sus quehaceres diarios, a través de la educación y los conflictos que surgen entre Niñato y los niños, en un universo de aprender y desaprender, en el que, tanto adultos como niños, se muestran cercanos o alejados, y convierten cada instante en una experiencia enriquecedora basada en el aprendizaje tanto mutuo como hacía los demás, exquisitamente fotografiado y un minucioso y enérgico montaje obra de Ana Pfaff.

EL MAR NOS MIRA DE LEJOS, de Manuel Muñoz Rivas. El primer largometraje del sevillano es una minuciosa e intensa película que nos sitúa en el sur de España, sumergidos en inmensos arenales, donde frente al mar, habitan una serie de personajes, perdidos entre las dunas y ante la extraña mirada de los forasteros que irrumpen en ese paraíso perdido en el que cuentan que bajo sus arenas se encuentran culturas milenarias que otros en otro tiempo vinieron a desenterrarlas. Un viaje hacia otros lugares y espacios dentro de éste, con la bellísima fotografía de Mauro Herce que, investiga y captura de forma natural y onírico el paisaje humano y territorial que esconden mil y una historias, y sobre todo, ese tiempo atemporal que recorre toda la película, donde uno no sabe donde empieza y acaban sus lugareños y sus relatos. Y finalmente, me acerqué a MILLA, de Valérie Massadian. La cineasta franco-armenia vuelve a mostrarnos un retrato femenino, después de su memorable Nana (2011) donde capturaba la vida de una niña de 4 años y su peculiar odisea doméstica. Ahora, se sumerge en la vida de Milla, una adolescente de 17 años y la retrata a través de tres actos: en el primero, huye junto a Leo a vivir sus amor alejados de todo en una casa abandonada, en el segundo, vivimos su embarazo y su vuelta al mundo establecido, y por último, la vemos con su hijo de apenas un año y poco, y los momentos de convivencia.  Massadian capta con sinceridad los detalles cotidianos de un amor contado en tres tiempos, sin sentimentalismos, sino haciendo hincapié en la resilencia de la protagonista de afrontar todos los conflictos, tanto emocionales o exteriores, que construyen su vida, a través de una forma cuidada que genera empatía con el personaje sin caer en convencionalismos.

Hubo tiempo para acercarme a las 8ª Jornada de profesionales, donde se reflexionó sobre el material filmado como herramienta del creador, a través de múltiples puntos de vista que no solamente enriquecieron la jornada, sino que abrieron el debate intenso entre los participantes. A continuación, CIMA Catalunya abrió una mesa reivindicativa, y con razón, de la invisibilidad de las mujeres en el aparato industrial cinematográfico, y una serie de actividades de protesta, reivindicación y actuación, que ponen en marcha para paliar semejantes injusticias. La tarde-noche del viernes asistí a la mesa de “Violencia i seducción de masas”, donde se colocó el foco en como el Daesh ha conseguido, a través de sus imaginario audiovisual todo su entramado de propaganda, en el que los componentes de la mesa, expertos en la materia como Alba Sotorra o Ivan Pintor, entre otros,  hablaron de un entramado de complejidad social, política y cultural, de indudable calado en ciertos sectores y ciudadanía. Y hasta aquí mi periplo por l’Alternativa 24, que sigue más enérgica, más audaz, y provocadora que nunca, manteniéndose firme en sus principios y caracterizándose como un festival fiel a su idiosincrasia, ofreciendo un cine que gustará más o menos, pero que sigue fiel a su espíritu contestatario, complejo y sumamente radical tanto en su forma como en su contenido. GRACIAS POR TODO A AQUELLOS QUE HAN HECHO POSIBLE L’ALTERNATIVA 24 y nos vemos el año que viene…

El autor, de Manuel Martín Cuenca

TODO POR UN SUEÑO.

Pablo López era el tipo que se obsesionaba con la adolescente en La flaqueza del bolchevique. Mikel era el ex presidiario que buscaba a un antiguo compinche para ajustar cuentas. Óscar era el segurata que quería olvidar el pasado y a su hermana en La mitad de Óscar. Carlos era el sastre respetable que comía mujeres en Caníbal. Todos ellos tipos solitarios, amargados, frustrados y obsesivos, encerrados en unas existencias sombrías y oscuras, movidos por la codicia humana, y sobre todo, manipuladores contra todos aquellos que, en algún momento les interese, para materializar sus objetivos insanos y malvados. A esta terna de canallas de nuestro tiempo se une Álvaro, un pobre tipo que se gana la vida como escribiente en una notaría en Sevilla, aunque su sueño es escribir una gran novela, pero a pesar de la pasta gastada en innumerables talleres y cursos de escritura, se muestra incapaz de escribir algo que merezca la pena, y paradojas de la vida, su mujer, Amanda, sin pretenderlo, se ha convertido en una escritora de best seller, y en todo aquello que él solo sueña. Después de perderlo todo, se muda a un apartamento del centro, y guiado por su profesor, se dispone a escribir esa novela personal e intransferible, que rezuma y sangre verdad.

El quinto trabajo de Manuel Martín Cuenca (Almería, 1964) basado en la novela primeriza “El móvil”, de Javier Cercas, se instala en la existencia de Álvaro y su obsesión, pero como no es una persona creativa, ni imaginativa, ni tampoco inteligente, no hace otra cosa que espiar a sus vecinos, como L. B. Jefferies, el personaje que interpretaba James Stewart en La ventana indiscreta. Pero en el caso de Álvaro, su modus operandi va mucho más allá, porque comienza a intervenir en sus vecinos en pos a su novela, interactuando con ellos, manipulando sus vidas y sus realidades para llevarlas a su terreno con el único objetivo de escribir su novela. En este viaje al sinsentido novelístico, a los traumas y frustraciones de una vida que, muy a su pesar, se vuelve obsesiva y vil contra todos aquellos que le rodean y se erigen en su materia de estudio y trabajo. Unos personajes anónimos, terriblemente cotidianos que, arrastran sus conflictos, tanto interiores como exteriores, arrancando con la portera, infeliz en un matrimonio, chismosa y metomentodo, encuentra en el nuevo inquilino un desfogue tanto sexual como de cariño, ya que en su casa hace mucho tiempo que desapareció, luego está el del quinto, el Sr. Montero, militar retirado, fascista de convicción, muy solitario, algo huraño y un hidalgo de capa y espada, que le entusiasma el ajedrez, y además guarda un botín en las paredes de su piso, y finalmente, los vecinos de al lado, un matrimonio de mexicanos y sus hijos (que nunca veremos) y los problemas económicos que atraviesan.

Ese microcosmos cotidiano que podría ser de cualquier comunidad de vecinos, le sirve a Martín Cuenca para crear esa atmósfera de luces y sombras, como las que decoran el piso del protagonista, todo blanco, sin apenas muebles, sólo caracterizado por esa mesa, el ordenador y la impresora, todo a punto para escribir. Y su contrapunto, las oscuras vidas de sus vecinos, empezando con esas figuras humanas en sombras proyectadas en la pared, y las conversaciones que escuchamos, agazapados y en la oscuridad, como hace Álvaro. La realidad, y su posterior manipulación, se convierten en materia de su novela, ejerciendo una influencia terrorífica en las vidas de sus vecinos, moviéndose entre las zonas oscuras del edificio para introducirse en sus vidas y manipularlas a su antojo. Después del mundo sórdido y angustioso de Caníbal, el director almeriense abre las ventanas y deja entrar esa sutil ironía, y deja aparecer la comedia negra en su relato, convirtiendo su historia en una comedia que hace reír, eso sí, pero introduciendo esa amargura que a veces nos hiela la risa, porque a veces no sabremos si nos estamos riendo de Álvaro, de su vida, su novela en ciernes, del ambiente deprimente que lo rodea, o de nosotros mismos, en una trama valiente, sincera y bestial, que nos habla de los procesos creativos, de eso que llamamos talento, y nuestras obsesiones perosnales, sobre a que estamos dispuestos en nuestra vida para conseguir materializar nuestros sueños, y sobre todo, hasta donde estamos dispuestos a llegar.

Un guión (coescrito con Alejandro Hernández, socio y colaborador de toda la filmografía de Martín Cuenca) preciso y sutil que, avanza in crescendo, en una espiral de cada vez un poco más, en este descenso a los infiernos sin tregua ni salvación, en el que todos sus personajes entran, algunos sin saberlo, en la mente enfermiza y salvaje del protagonista, y se convierten en sus almas manipulables de su novela. Un reparto fantástico y heterogéneo que ayuda a la credibilidad de la historia, el fantástico Javier Gutiérrez que, convoca a todos los fantasmas habidos y por haber para conseguir un un tipo mentiroso y enfermizo, de apariencia amable y simpática, los brillantes María León como su mujer, imagen de todo aquello que el protagonista nunca será, y Antonio de la Torre, en un registro diferente a los habituales, la maravillosa Adelfa Calvo como la reportera, un gran descubrimiento, por su fisicidad y mala uva, el matrimonio de mexicanos, encarnados por Tenoch Huerta, y la estupenda Adriana Paz, él, sentido y acompañante de su esposa, y ella, con su atractivo y confianza que, intentará acercarse en todos los sentidos a Álvaro, y finalmente, Rafael Téllez como el Sr. Montero, un señor de los pies a la cabeza y de antigua nobleza. El montaje de Ángel Hernández Zoido (editor de todas las obras de Martín Cuenca) y la fotografía de Pau Esteve (que repite después de Caníbal) convierten la película en un viaje a las obsesiones de la mente, a la capacidad inherente de los seres humanas de materializar nuestros deseos y voluntad, cueste lo que cueste, en pos a nuestro objetivo, sea o no bueno para nuestras vidas. Una obra magnífica y valiente, un relato lleno de personajes vivísimos y humanos, convertidos en títeres de esa alma enfermiza, que lo pierde todo, trabajo, moral, dignidad, que se desnuda en cuerpo y alma para conseguir aquello que lo obsesiona hasta límites insospechados.


<p><a href=”https://vimeo.com/233891432″>ElAutor_TRL_ES-XX_H264_24ips_MixLtRt_1080_20170728</a&gt; from <a href=”https://vimeo.com/iconicafilms”>Iconica Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Rober Calzadilla

Entrevista a Rober Calzadilla, director de “El amparo”. El encuentro tuvo lugar el miércoles  22 de noviembre de 2017 en la terraza de la cafetería del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rober Calzadilla,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Violeta Medina de prensa, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

En realidad, nunca estuviste aquí, de Lynne Ramsay

A MARTILLAZO LIMPIO.

Estamos en New York City, en uno de esos veranos sofocantes, en el que la grasa parece impregnarse en los cuerpos, en el que las noches parecen no tener fin y las calles huelen a podrido. En uno de esos lugares, uno cualquiera, qué más da, encontramos a Joe, de infancia tenebrosa, y veterano de la guerra de Irak, experiencias que les han dejado traumatizado y con tendencias suicidas. Joe vive con su madre anciana y se gana la vida recuperando personas para gente de las altas esferas. En una de esas, se ve involucrado en una trama pedófila que, mira tú por dónde, no será un trabajito más, sino que le despertará su instinto vengativo y tomará cartas en el asunto. El cuarto trabajo de Lynne Ramsay (Glasgow, Reino Unido, 1969) basado en la novela de Jonathan Ames, se mueve en torno a sus anteriores películas, en las que una muerte inesperada enfrentaba a sus protagonistas con sus miedos y traumas, como en su debut, que cosechó un gran éxito en Cannes, Ratcatcher (1999) cuando un adolescente mataba a su vecino accidentalmente, en Morvern callar (2002) Samantha Morton huía a Ibiza después de encontrar a su novio muerto por suicidio, y en Tenemos que hablar de Kevin (2011) una madre entraba en conflicto por el asesinato cometido por su hijo.

Una filmografía repleta de relatos sombríos y atormentados, donde sus personajes entran en terrenos fangosos y oscuros, en los que deberán mirarse hacia su interior y arrastrar el peso de la culpa y sus traumas consabidos. Su nueva criatura Joe es un tipo de melena grasienta, uñas largas, y bastantes kilos de más, de conducta solitaria y silenciosa, y se mueve por espacios terroríficos, tanto físicos como mentales, como evidencian esas secuencias donde realidad y tormentos se mezclan, creando ese terreno neutral, donde el personaje confunde su vida y la de los otros, dentro de esos mundos aparentemente correctos y saludables. Joe realiza ese trabajo sucio, ese que necesita discreción y sin testigos, para que todo, al fin y al cabo, siga manteniendo ese orden limpio y ordenado. Podemos encontrar similitudes con el Travis Bickle de Taxi driver, de Scorsese, haberlas las hay, aunque la justicia impartida, tanto por uno o por otro, difieren en muchos aspectos, quizás lo más evidente es la tendencia de esa atmósfera lúgubre y nocturna que acompañan las existencias atormentadas de ambos personajes.

Ramsay logra construir una película sofocante, dramática, y herida, donde vemos a un personaje que se mueve como alma en pena en un universo catastrófico moralmente hablando, en el que impera un reino de violencia cruel y sanguinaria, donde la miseria se desplaza en una sociedad completamente deshumanizada, donde se trafica con seres humanos y se viola a niñas sin el mayor de los escrúpulos, quizás la figura de Joe es ese espejo justiciero, a golpe de martillo,  completamente devastado, como no podría ser de otra forma, que ejerce una justicia de ojo por ojo en una comunidad terrible que sólo se deja llevar por el placer, la frustración y la bazofia. La inquietante atmósfera, que se mueve entre las sombras y el impresionismo, tanto de de sus imágenes duras y terroríficas (obras del cinematógrafo Thomas Towned) adquiere un carácter abrumador, convirtiendo la película en un viaje hacia las profundidades del infierno más devastador y sucio, donde no hay escapatoria, donde todo se mueve por inercia, en paisajes sin vida, donde las almas se reconocen por su intrínseca maldad, donde la luz, si es que la hubo en algún instante, se ha convertido en tiniebla, en el que la esperanza es salvaje y da poco espacio para la paz y tranquilidad.

La música obra de Johnny Greenwood (guitarrista de Radiohead, y colaborador habitual del cine de Paul Thomas Anderson), se suma, con esos aires barrocos y distorsionados, a construir ese no mundo de decadencia por el que se mueve la película, una música que se mezcla con ese sonio omnipresente y pasado de vueltas que, ayuda a sumergirnos en ese paisaje de terror, donde no hay salida y tampoco formas de salir. Ramsay no ha podido escoger mejor a Joaquín Phoenix para encarnar la figura de este tipo destruido, envuelto en oscuridad y rabia que, se mueve bajo su capa de derrota y locura, manteniéndose en pie a duras penas, a base de frustración, pastillas y deseo de venganza, en un gran transformación, tanto física como emocional que, convierte a Phoenix, por si todavía alguno albergaba alguna duda, en uno de los intérpretes más completos y abrumadores de su edad, porque logra transmitir esa dureza y abatimiento que persigue sin tregua a su personaje, ese alma destructora y arrebatada de vida, de pasado violento y presente sangrante, en una existencia en el que ayudar a la pequeña Nina quizás no lo salve a él, pero si hará que su realidad, o lo que queda de ella, se menos terrible.

Tierra firme, de Carlos Marques-Marcet

LA VIDA EN UN BARCO.

La película se abre en un fondo negro, empieza a sonar una música acogedora y suave, lentamente, muy a lo lejos, en el fondo, vislumbramos una pequeña luz que, a medida que avanzamos, descubrimos que vamos a bordo de un barco en mitad de un túnel y la pequeña luz nos va descubriendo un río, un canal y la vida. Una apertura que nos viene a decir que por muy oscuro que sea el lugar que nos encontremos, si avanzamos con paso firme, podremos encontrar un leve resquicio de luz. Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) sorprendió a propios y extraños con su puesta de largo, 10.000 km (2014) en la que una pareja enamorada debían separarse por el trabajo de ella, y continuaban su relación vía skype, con todos los problemas que se generaban. En su segundo trabajo, Marques-Marcet vuelve a instalarse en el terreno de la pareja, en este caso, dos jóvenes enamoradas, Eva y Kat, dos polos opuestos, Eva, racional y ordenada, y profesora de salsa y su deseo de ser madre, en cambio, Kat, emocional y aventurera, y camarera, que no tiene tan claro lo de ser madre. El deseo individual de cada uno de nosotros y los objetivos como pareja, vuelven a tensionar este segundo trabajo como lo hacía su interesante debut.

Ahora, introduce el conflicto de la maternidad, no ya como obligación en el tiempo de nuestros padres, sino como una opción. El director catalán nos introduce en la intimidad y la cotidianidad de esta pareja y en su hogar, una pequeña embarcación en uno de esos canales de Londres. El conflicto estallará con la llegada de Roger, un tipo peculiar y bohemio de Barcelona, muy amigo de Kat, que será ese espejo transformador en que las dos mujeres reposarán sus dudas y conflictos. Lo que empieza como una broma se convertirá en un objetivo claro, y Roger donará sus pececillos para que Eva se quede embarazada y así ser madre con Kat. Este triángulo amoroso atípico en el que establecen una especie de negocio, parecerá bien avenido hasta que se enfrentan a los conflictos de la empresa que se acaban de embarcar. Marques-Marcet construye su película en la intimidad del barco, de ese espacio reducido y el olor a río, entre idas y venidas, cenas y copas, e introduce la figura de la madre de Eva (estupenda Geraldine Chaplin, su madre en la vida real) en un personaje medio hippie, médium y bohemia.

La fábula contemporánea que construye la cinta se  apoya en las relaciones que se establecen entre sus personajes, entre la distancia que separa los diferentes deseos dentro de la pareja, y la opción de ser madres, y lo hace de manera sencilla enmarcándola en una comedia ligera, con momentos divertidos, y también, en el drama y la tragedia, con otros instantes donde el amor, o los sentimientos se muestran confusos, contradictorios, y la inseguridad y los miedos se muestran de manera íntegra. Recuperando el aroma de aquellas comedias agridulces que Hollywood hacía también en los 30 y 40. Todo ocurre a bordo de ese barco, genial metáfora de esa vida outsider, de incertidumbre y continuo balanceo, donde parece el lugar menos apropiado para tener un hijo. El director barcelonés consigue una película muy de los tiempos que vivimos, sobre los jóvenes actuales, sus necesidades, tanto laborales, individuales y sentimentales, componiendo una sutil mezcla de alegrías y tristezas, penetrando en el alma de esos jóvenes de vidas inciertas, que hoy están aquí y mañana en el otro lado del mundo, en una sociedad cambiante, en continuo movimiento, en tiempos convulsos y extraños que, nos obligan a tomar decisiones que quizás no casan todo lo que nos gustaría con nuestras necesidades personales, que nos enfrentan a lo que sentimos y nos coloca en lugares confusos en el que el amor y nuestras relaciones en pareja se tambalean y peligran.

Una historia sencilla, que conmueve entre risas y lágrimas, donde la música vuelve a tener ese protagonismo especial describiendo los estados de ánima tan cambiantes que viven los personajes, en esos canales de barcos que van y vienen, como ese continuo fluir de la vida que no se detiene, y a veces, debe echar el ancla y en otras ocasiones, despedir a pasajeros con otras opciones de vida. El gran trabajo actoral con Oona Chaplin, Natalia Tena y David Verdaguer, éstos dos últimos repiten con Marques-Marcet, que dotan a sus personajes de vida, tristeza y humanidad,  convirtiendo la película en un viaje de comedia, drama y aventura. Carlos Marques-Marcet se erige como un gran observador de las inquietudes y problemas de los jóvenes de su edad, en cómo nos enfrentamos a las decisiones importantes de nuestra vida en cuestiones de trabajo, amor y paternidad, mirándonos de frente, sin malabarismos ni condescendencias, sino todo lo contrario, penetrando en nuestra alma y todo aquello que no se ve, aquello que nos ocultamos y ocultamos, nuestras inquietudes, inseguridades y miedos, en una fábula contemporánea que nos enfrenta a esas decisiones que debemos tomar en la vida, y que a veces, cuestan tanto, y nos convierten en aquello que no queremos, y nos obliga a enfrentarnos con nuestros miedos e inseguridades, en lo que somos, al fin y al cabo.