El fotógrafo de Mauthausen, de Mar Targarona

LAS PRUEBAS DEL HORROR.

“El deber del superviviente es dar testimonio de lo que ocurrió, hay que advertir a la gente de que estas cosas pueden suceder, que el mal puede desencadenarse. El odio racial, la violencia y las idolatrías todavía proliferan.”

    Elie Wiesel

Francesc Boix (Barcelona, 1920 – París, 1951) fue un militante comunista y fotógrafo español, que luchó en la bando republicando durante la Guerra Civil española, posteriormente, al acabar la guerra, se exilió a Francia y se enroló al ejército francés. Pero, en 1940, fue apresado por los nazis y tras pasar por varios campos de prisioneros, a principios de de 1941 fue enviado al campo de concentración de Mauthausen (Austria) junto con más de 7000 españoles, de los que más de 4000 fueron asesinados. Sus años en Mauthausen han constituido la base de la tercera película de Mar Targarona (Barcelona, 1953) productora de éxito con títulos como El orfanato, Los ojos de Júlia o El cuerpo, amén de haber dirigido un par de películas como Muere, mi vida (1996) una comedia negra sobre la venganza de cuatro mujeres engañadas por un seductor Don Juan, y Secuestro (2016) en la que una abogada vive obsesionada con la idea del secuestro de su hijo menor.

Ahora, llega su tercer trabajo, una biografía de Francesc Boix, centrada en sus años en Mauthausen y su odisea para salvar los negativos de las fotografías que realizaban los nazis en el campo, pruebas incriminatorias que sirvieron para juzgarles contra crímenes contra la humanidad en los juicios de Nuremberg en 1946. Targarona construye una película de personajes, y nos habla con sinceridad y aplomo de aquellos hechos, opta por la sobriedad y la sencillez en su puesta en escena, filmando el gesto y del detalle de los acontecimientos en el campo, no cayendo en la sentimentalización de algunos hechos, filmándolos con naturalidad y sin aspavientos, mostrando el horror sin hacer espectáculo, con esa dignidad justa de explicar con inteligencia unos hechos abominables, dejándolos desnudos, sin la utilización de la música ni elementos decorativos. La película requería un esfuerzo de forma que dentro de su sencillez, acaba consiguiendo un digno resultado, ya que la tarea no se antojaba nada fácil, teniendo en cuenta la gran cantidad de películas de toda índole que han plasmado o intentado explicar los sucesos en los campos de exterminio nazis.

El relato nos explica la cotidianidad de Francesc Boix en el laboratorio fotográfico del campo, donde se documentaban a todos los presos que iban llegando, y el posterior revelado y documentación que se iba archivando, Boix es el mano derecha del oficial SS Paul Ricken, el “Oberscharführer”, un obseso de la imagen fotográfica y un perfeccionista de la fotografía, creando abominables cuadros del horror humano, capturando los detalles del infierno de Mauthausen. A partir de algunas líneas argumentales, más o menos interesantes, como la del niño recién llegado que se queda sólo, la del preso fugado que después tendrá su castigo o las sucias artimañas de algún que otro kapo, o el encuentro con la española que ejerce de prostituta, la película se centra en Boix y todos aquellos españoles republicanos como él, que le ayudaron a esconder los negativos y así guardar el testimonio del horror de los nazis. Y lo hace con ese aroma de las películas de intriga, casi de espías, en el que todos y cada uno de ellos forman un equipo colaborativo que ayudan a que esas pruebas del infierno nazi queden a buen recaudo y sirvan para testimoniar ese horror que viven a diario.

Targarona y su equipo han hecho un impresionante trabajo de documentación para dar vida a todas aquellas fotografías que testimonian lo allí sucedido, y siempre con ese acercamiento desde la dignidad y la humanidad, investigando al detalle sus espacios, vestuario y detalles, como esa luz casi natural y oscura del cinematógrafo Aitor Mantxola (autor entre otras de Bajo la piel de lobo o la serie Tiempos de guerra) una luz que daña y también, da algo de humanidad dentro de ese horror. La impresionante caracterización de Mario Casas como Boix, que perdió más de 12 kilos para meterse en la piel del joven fotógrafo (unos 21 años cuando ingresó en Mauthausen) es otro de los elementos significativos de una película que cuida todos los detalles, tantos físicos como emocionales, convirtiendo la interpretación de Mario Casas en uno de sus mejores trabajos hasta la fecha, por su capacidad camaleónica como esas miradas tristes y esperanzadas que va teniendo durante la película.

A su lado, Alain Hernández, interpretando a Valbuena, uno de los trabajadores del laboratorio fotográfico, en otra interpretación digna de elogio, y después un buen puñado de actores de reparto como Marc Rodríguez, Rubén Yuste, Eduard Buch, Joan Negrié, Richard Van Weyden, Stefan Weinert o la colaboración de Macarena Gómez. Un reparto ajustado y sincero que destila verdad y humanidad, personajes que, entre tanto horror y miseria, consiguen transmitirnos con muy pocos diálogos el miedo y el dolor que sentían entre aquellas cuatro paredes de la ignominia humana. Targarona ha construido una relato sencillo y digno, que abre la puerta al conocimiento de la odisea humana de Francesc Boix, alguien completamente desconocido para la gran mayoría de la población, pero que tuvo su coraje y fuerza para derrotar a los nazis, poniendo su vida en peligro para guardar los negativos que mostraban todo el horror y acusaba directamente aquellos que permitieron tanta crueldad.

Entrevista a Carme Elías

Entrevista a Carme Elías, actriz de “Quién te cantará”, de Carlos Vermut. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carme Elías, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Quién te cantará, de Carlos Vermut

LA PIEL DEL OTRO.

“Somos nuestra memoria, somos ese museo quimérico de formas cambiantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

Hay una especie de aroma que impregna el cine de Carlos Vermut (Madrid, 1980) invisible a nuestros ojos y difícil de describir y mucho menos de desvelar, que nos atrapa de manera hipnótica, sumergiéndonos en ese universo de formas y texturas invisibles, de gestos y miradas de otra dimensión, como si pudiéramos reconocernos en algunos elementos, aunque en otras ocasiones, asistimos a una serie de acontecimientos que nos revelan más de nosotros mismos de lo que quisiéramos. Un cine construido desde el alma, desde las entrañas de un creador fascinante y revelador, que consigue transmitirnos el miedo y el dolor de unos personajes heridos y a la deriva, criaturas que siempre están buscando algo o alguien, y en muchos casos, esa búsqueda, física y emocional, arrastrando un pasado doloroso, que les lleva a sumergirse en mundos oscuros, dolorosos y sobre todo, terroríficos, donde las más bajas pasiones del alma se apoderarán de esos entornos y espacios vacíos y carentes de alma. Ya demostró sus buenas dotes de narrador visual con la fantástica y enigmática Diamond Flash (2011) una cinta filmada con escasos medios, pero ataviada de una factura y narrativa visual de extraordinario poderío, en la que nos retrataba a cinco mujeres perdidas y rotas que andaban tras de algo, un conflicto que las relacionaría con un complejo personaje que recibía el nombre del título de la película. Tres años después, y con una producción profesional, nos regalaba Magical Girl, que se alzó con la Concha de Oro de San Sebastián, un gran premio que venía a corroborar el estilo y la profundidad del cine de Vermut, en una historia que nos sumergía a los infiernos particulares de tres personajes que se cruzaban en un oscuro y penetrante cuento de dolor y miedos.

Ahora, cuatro más tarde, conoceremos los destinos de cuatro mujeres en Quién te cantará, cuatro almas heridas, cuatro criaturas que parecen existir en esos mundos complejos y oscuros de los que tanto le gusta acercarse al director madrileño. La cinta dividida en tres partes, arranca con Lila Cassen, una cantante que no canta, lleva diez años sin hacerlo, que se recupera de un accidente, alguien que ha olvidado quién era, alguien que tiene que tiene que volver a recordar quién fue, alguien que ha olvidado sus canciones y sobre todo, su vida. Lila obligada por su manager y casi madre, Blanca, acepta prepararse para volver a cantar con la ayuda de Violeta, donde arranca la segunda parte de la cinta, donde conoceremos la existencia de Violeta, una frustrada cantante que tuvo que dejar de hacer su pasión siendo una adolescente ya que nació su hija Marta, una rebelde y amargada hija, que no entiende que su madre le tenga rencor por abandonar su vocación. Violeta se sacude su amargura vital trabajando las noches en un karaoke donde imita a Lila Cassen. En el tercer segmento, Vermut nos habla del encuentro de Lila y Violeta, donde una, Violeta, ayudará a Lila a volver a ser Lila, a cantar sus canciones y a imitar sus movimientos, envueltas en esa enorme casa con el rumor del mar presente, rodeadas del aroma del peso del pasado, los ausentes y las vidas no vividas.

La película se mueve entre las sombras, entre espíritus que vagan sin rumbo a la espera de saber quiénes son y seguir hacia algún lugar mejor, en una madeja de identidades y vidas pasadas, personajes que viven una existencia extraña, como si otros les hubieran robado el alma y viviera por ellos, que sintiera por ellos y fuera feliz por ellos, unas vidas sin paz, en continuo movimiento haciendo cosas por hacerlas, imbuidas en la desazón y la amargura, recordando un tiempo donde sí que fueron ellas, un tiempo imposible de olvidar, pero lejano en el tiempo, como si el recuerdo que les viene fuera de otro, como impostado, de una vida que recuerdan pero no pueden detallarla. Vermut es un director de atmósferas y espacios, sabe sumergirnos con suavidad en sus universos sin tiempo, en esos enredos argumentales de manera sencilla, en el que se toma su tiempo para construir el conflicto, moviendo a sus personajes en una especie de laberinto emocional y físico hasta llegar a esa catarsis donde todos ellos encontrarán alguna cosa, algo diferente pero no aquello que esperaban o creían encontrarse.

El cineasta madrileño disecciona nuestras emociones como si fuera un cirujano preciso, a través de esas imágenes que siempre encierran un enigma, con esa luz cegadora y anímica (grandioso el trabajo de Edu Grau, que ya había firmado a autores tan diversos como Albert Serra, Rodrigo Cortés o Tom Ford) una luz que recuerda el aroma del cine de Antonioni, donde realidad y sueño o pesadilla se fundían en unos personajes que acaban perdidos en su propia identidad, o la excelente música de Alberto Iglesias, en la que nos embulle hacia ese mundo oscuro y cegador en la que pivota toda la trama de la película, creando ese universo cotidiano pero lleno de fantasmas, de sombras que nos envuelven a la luz del sol. Vermut coloca con maestría a sus personajes en el cuadro, solitarios y a la expectativa, como criaturas a la espera de algo, de alguien, pero atormentadas psicológicamente, sin ningún atisbo de mejoría, sólo esperando a que las circunstancias, aunque en la mayoría de los casos, saben que continuarán así, como siempre, en ese eterna espera, amarga y sin futuro.

Unas secuencias que van de un género a otro, con el cambio de encuadre, en el los géneros se mezclan y fusionan, con una simplicidad maravillosa, con unos diálogos escuetos, brillantes y laberínticos que sacuden nuestra alma y convierten a sus personajes en enigmas a descifrar, donde cada palabra que sale de sus bocas parece destinada a provocarnos más rompecabezas en nosotros mismos. Unos personajes que se mueven como almas sin descanso por unos espacios amplios y llenos de luz, pero que no parecen acogerlos, como si nos lo reconociesen, como si fueran de otro. Los referentes en Vermut son amplios y diversos, empezando por clásicos del estilo de Eva al desnudoa través del espejo, con personajes con identidades falsas reflejados en espejos deformantes, pasando por el cine psicológico de los sesenta, con esos personajes propios de Bergman o Antonioni, perdidos y alejados de la realidad y de su propia realidad, que desconocen de cual se trata, que buscan sin saber que buscan, y viven sin saber qué hacer, incluso el cine de Jess Franco, con esas texturas y colores, y esas mujeres heridas y amnésicas perdidas en la inmensidad, o el cancionero popular español, donde caben lo más clásico, lo moderno, y lo kitsch, pasando por los personajes femeninos atormentados e inadaptados de Sirk, Fassbinder o Almodóvar, en la que es tan importante lo que hacen cómo lo que no, en una profunda disección de esos mundos interiores, almas rotas que buscan amar y qué las amen, aunque sea por última vez.

Otro de sus elementos destacados son sus intérpretes, con una fantástica amnésica y perdida Najwa Nimri (que además compone muchas de las canciones que se escuchan) bien acompañada por la magnífica revelación de Eva Llorach, en las tres películas de Vermut, con un personaje llamado Violeta, como el que hacía en Diamond Flash, que buscaba a su hija desaparecida, aquí, otra madre con problemas con su hija, pero en otro contexto, un alma amargada por aquel tren de la música que dejó pasar, aunque ahora la vida le da otra oportunidad, bien secundadas por una elegante y maravillosa Carme Elías, con el papel de Blanca, como la madrastra del cuento, un ser que necesita las canciones de Lila para mantener su status de vida, y finalmente, Natalia de Molina como Marta, esa hija adolescente no querida de Violeta en esa edad difícil y compleja. Vermut ha logrado una película magnífica, envolvente y brutal, manejando espacios que podríamos relacionar con el drama, el thriller o lo romántico, que agarra al espectador durante sus más de dos horas de metraje, para llevarlo de su mano por ese mundo fascinante y atroz, por esos universos cálidos y terroríficos, por esas vidas rotas y ajadas que siguen respirando sin vivir, que miran sin mirar, y sienten por sentir sin saber qué sienten.

Entrevista a Assumpta Serna

Entrevista a Assumpta Serna, actriz de “Bernarda”, de Emilio Ruiz Barrachina. El encuentro tuvo lugar el miércoles 24 de octubre de 2018 en el hall del Hotel Omm en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Assumpta Serna, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Àlex Tovar de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

La sociedad literaria y el pastel de piel de patata, de Mike Newell

LA ESCRITORA Y LOS HABITANTES DE GUERNSEY.

En la estupenda película Los otros, de Alejandro Amenábar, no situaban en la isla de Jersey, una de esas islas ocupadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Otra de esas islas, la de Guernesy, es la que focalizan en la película La sociedad literaria y el pastel de piel de patata, que también tuvo la mala fortuna de tener como invitados a los alemanes durante la contienda. La nueva película del veterano Mike Newell (St Albans, Reino Unido, 1942) nos habla arranca en 1946, en plena posguerra británica donde conoceremos a Juliet Ashton, una escritora joven de talento que, mientras promociona su nueva novela y mantiene una relación con Mark, un oficial estadounidense, comienza a cartearse con un desconocido que le pide algún que otro libro, ocupaciones que le mantienen distraída mientras le llega la inspiración para su próximo libro, que parece costarle. Cuando Juliet se entera de la sociedad literaria que el desconocido y demás habitantes de la Isla de Guernsey mantienen todos los viernes al atardecer, no lo duda un instante, y acude con premura a conocerlos. Allí, se encontrará no sólo un grupo de entusiastas y peculiares criaturas que aman la literatura, sino que también, conocerá un caso oscuro ocurrido durante la ocupación cinco años atrás que llevó a la desaparición de Elizabeth, una de las integrantes jóvenes del grupo. Dos tiempos diferentes, dos realidades que cambiarán muchas cosas en el interior de la joven escritora.

Newell de dilatada carrera con títulos tan memorables como Bailar con un extraño, Un abril encantado, Donnie Brasco o algún Harry Potter, amén de su mayor éxito que lo obtuvo con la comedia Cuatro bodas y un funeral, convertida en todo un fenómeno internacional, muchas de sus películas están basadas en novelas de autores tan reputados como Charles Dickens o Gabriel García Márquez, adapta otra novela de título kilométrico escrita por una estadounidense, Mary Anne Shaffer y su sobrina, Annie Barrows. Un relato protagonizado por una escritora idealista e inconformista que parece encaminar su vida con la escritura y su amor con el apuesto estadounidense, aunque su crisis como escritora, la llevará hacía lo rural, dejando el asfixiante Londres que tantos recuerdos dolorosos le trae. En la isla de Guernsey encontrará una aventura, su particular catarsis emocional y conocerá otra realidad que la llevará a cuestionarse su vida y sobre todo, su futuro.

El cineasta británico nos cuenta la película a través de la mirada de Juliet, su descubrimiento personal y nos muestra la isla y sus habitantes con esa mirada inquieta, desconocedora y sobre todo, una mirada que quiere saber qué ocurrió en el pasado, un pasado que todos quieren mantener oculto. Se encontrará con Dawsey Adams, el desconocido con el que se escribía que es un granjero algo tímido y retraído, con Eben, el anciano simpático del correo postal, Isola, la solitaria de vida espiritual y amable, y Amelia, la recta que más le duele el pasado y más quiere enterrar. Todos integrantes de la sociedad literario, todos ellos, que de alguna manera u otra, tienen que ver con Elizabeth, todos ellos que prefieren olvidar el dolor y refugiarse en los libros. La película está enmarcada en un tono muy british, fotografía excelente, capturando con sobriedad y naturalidad las diferentes texturas y colores que se manifiestan en la pequeña isla, un relato lleno de intriga, jugando con los tiempos de pasado y presente, una ambientación de primera, en el que cada detalle está resuelto con imaginación y preciosismo, y unos personajes llenos de enigmas, naturales, correctos y sobre todo, amables y algo oscuros. Quizás, algunos espectadores pensarán que todos estos elementos provocan que la película sea plomiza y condescendiente, pero ni mucho menos, estos lugares comunes son interesantes.

El relato nos sumerge en una intriga bien urdida, con esos toques de humor tan british, en el que hay tiempo para descansar del dolor de ese pasado traumático, y también, para hablarnos de temas sobre la condición humana como la mentira, superar el pasado, la dificultad de sentirse bien emocionalmente, o sobre todo, de sentirse perdido cuando presumiblemente tenemos todo aquello que deseábamos tener, o temas tan emocionantes como la literatura puede ser todo en la vida de alguien que su realidad es tan terrorífica como puede ser una ocupación nazi, con el miedo y la escasez, los libros como ese refugio para soñar e ilusionarse por un mundo mejor, y la compañía con otros en semejantes condiciones, compartir la lectura, las reflexiones y los pensamientos que han provocado tantos autores. Una película radiante y cercana, íntima en sus emociones, sin necesidad de recurrir a sentimentalismos de culebrón, sino encontrando ese punto certero donde se puede hablar de todo, con tacto y sobriedad, desde política, sociedad (los cambios de vivir en una isla pequeña o en la gran ciudad) o la fraternidad de sus habitantes y el grupo que forman.

Un reparto lleno de grandes aciertos en esa mezcla interesante entre intérpretes jóvenes y veteranos, vemos a los Tom Courtnay y Penélope Wilton, bregados en mil batallas, o los interesantes Jessica Brown Findlay, Catherina Parkinson, Glen Powell o Michiel Huisman como el granjero enamorado de una fantástica e inolvidable Lily James como esa escritora inquieta y talentosa, que deslumbra con su naturalidad y elegancia y viene a ese grupo selecto de actrices jóvenes que deslumbran con sólo mirar como Saoirse Ronan, Margot Robbie o Elle Faning. Una película humanista y bella, tanto en su forma como en el fondo, que cuenta un trozo de la historia que muchos desconocerán de la Segunda Guerra mundial en una de esas islas que pocos se han parado a conocer, también, nos cuenta una bellísima historia sobre el conocimiento, ya este en los libros o en el pasado, y la fraternidad en estos tiempos modernos de individualismo y solitarios, y porque no decirlo, cuenta una bellísima historia de amor de aquellos que saben que el tiempo sólo es bello y parece mejor, cuando se está con aquellos a los que se ama.

Un día más con vida, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow

EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS.

Un día más con vida es inmensamente personal. No es sobre la guerra o sobre las partes en conflicto, sino sobre estar perdido, sobre lo desconocido, sobre la incertidumbre en la suerte de uno. A menudo vemos en situaciones en las que estamos seguros de que esa vez no vamos a escapar de las garras de la muerte. Y luego al siguiente día nos despertamos aliviados y decimos “Bueno, ha sido un día más con vida, y otro espera por delante”

Ryszard Kapúscinski

El 25 de abril de 1974, en Portugal estalló “La revolución de los claveles”, el levantamiento militar que acabó con la dictadura de Salazar, hecho que propicio la ausencia de poder en las colonias, lugares que se vieron envueltos en estadillos de violencia que provocaron guerras civiles por el control del país en cuestión. Uno de esos países fue Angola, que en 1975 era un hervidero de incesantes focos de guerra y violencia diseminados por diversas partes del país. Un país en el que luchaban el pueblo con ideas revolucionarias contra los poderes facticos que querían a toda costa mantenerse en el poder y seguir sometiendo al pueblo. O dicho de otro modo, las dos grandes potencias mundiales, la Unión Soviética apoyada al pueblo y EE. UU al poder. Angola, un país perdido en el sur de África, al que nadie parecía hacerle caso hasta el año 1975, amén de los portugueses, se convertía en el escenario elegido para dirimir la Guerra Fría. Y cómo no hay guerra, si alguien no la cuenta. Allí, se encontraba Ryszard Kapúscinski (1932-2007) enviado por una agencia polaca, reportero curtido en mil batallas Latinoamérica, Asia y África, que un año más tarde, en 1976, plasmó toda la experiencia vivida en su libro Un día más con vida.

La película arranca de forma brutal y enérgica, sumergiéndonos en el ambiente caótico que se vivía en aquel 1975 en Luanda, la capital de Angola, en un ir y venir de gentes, que se mueven con prisas de un lugar a otro, Kapúcinski lo observa todo desde el balcón de su hotel, como los portugueses abandonan el país, y todo se ha vuelto gris y sangriento de un día para otro. Aunque el reportero polaco es un hombre de acción, alguien que está allí para contar lo que sucede, para vivir en primera línea los acontecimientos, y acaba convenciendo a un colega angoleño, Artur Queiroz para que lo acompañe a conocer al Comandante Farrusco, un portugués que ha desertado y se ha puesto a combatir a favor de los más desfavorecidos. El cineasta español Raúl de la Fuente ya había dado cuenta de su mirada documental en su primera película con Nömadak Tx (2006) un recorrido musical por los espacios más recónditos y atávicos del planeta. Tres años más tarde, funda Kanaki Films con Amaia Rémirez y emprenden la producción del corto Minerita (2013) que cosecha grandes premios internacionales. Ahora, Rémirez , en labores de producción y coguionista, y la ayuda de Damian Nenow, el codirector polaco encargado del 3D de la película, firman su primera película de animación, basada en el libro de Kapúscinski, con 60 minutos de dibujos animados, y 20 minutos de acción real, donde entrevistan a los verdaderos protagonistas que se cruzó Kapúscinski en su aventura suicida por la devastada y caótica Angola.

De la Fuente y Nenow nos enfrascan en una road movie, en que el reportero intrépido querrá ir al lugar más caliente de la guerra, a ese encuentro con Farrusco, el viaje será muy peligroso y lleno de obstáculos, como la desconfianza de los rebeldes, como la joven Carlota, una chica de 19 años que ya es líder de un grupo importante. Siguiendo la línea de la novela de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que sirvió de base argumental para las películas el corazón del bosque, de Manuel Gutiérrez Aragón y Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, De la Fuente y Nenow nos llevan por una película de aventuras, brutal y terrorífica, en el que los momentos de paz y descanso son mínimos, con una extraordinaria imagen visual, llena de colorido y acción, donde la fisicidad de la película, se mezcla con gran acierto con la interioridad de Kapúscinski, creando imágenes psicodélicas y extravagantes, que ayudan a comprender el estado mental de confusión que se palpaba a cada centímetro de tierra.

La propuesta resulta interesante y conmovedora, sin necesidad de recurrir a ninguna artimaña sentimental o del estilo, sino cazando la sinceridad de los personajes, las acciones y la mezcla de puntos de vista en mitad del conflicto, junto a las entrevistas a los verdaderos protagonistas, la documentación gráfica que nos muestran y las imágenes reales de la Angola actual, ofrecen un poderoso abanico de miradas, reflexiones y argumentos que ayudan a mirar el conflicto de Angola, uno de los más longevos del mundo con 27 años de Guerra Civil, desde puntos de vista diferentes y antagónicos, para que nos podamos hacer una idea de la controversia que se vivió en aquellos meses, donde la información que se tenía era escasa y poco fiable. Acompañamos la aventura de Kapúscinski a su par, viendo el horror que él ve y siente, conociendo a tantas personas anónimas que hacen la guerra (como explicaba el Miralles de Soldados de Salamina, tantos y tantos jóvenes que mueren en estúpidas guerras y son olvidados, como le instará Carlota al reportero, que su nombre no se olvide y hable de ella).

Una película emparentada a otros grandes trabajos en la animación sobre el documento histórico, en su revisión y la capacidad de las imágenes animadas para construir universos complejos que mezclan físico e interior de los personajes, como ocurría en La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahada, sobre la supervivencia japonesa de la segunda guerra mundial, o en Cuando el viento sopla, de Jimmy T. Murakami, en la que nos relataban la vida de dos ancianos después de una explosión nuclear, en Persépolis, de Majane Satrapi, nos explicaba la odisea de crecer mujer en Irán, y Vals con Bashir, de Ari Folman, un retrato biográfico de la experiencia bélica en la primera guerra del Líbano. Documentos de animación, donde dejan evidente la capacidad del género para acercarse a realidades difíciles y controvertidas, donde queda plasmado el poder de la imaginación visual para describir el alma de aquellos personajes que viven situaciones angustiosas y horribles, desde miradas sobrias y poéticas.

Un día más con vida es una película poderosamente visual, que la acompaña un ritmo frenético, sin caer en la superficialidad y el aspaviento visual, que destila un magnífico empaque argumental, en el que nos muestran la guerra, tanto su contexto como sus protagonistas, desde infinidad de ángulos y posiciones personales diversas, en la que se habla con esmero y crudeza sobre tantos elementos e intereses que se manejan como política, violencia, sociedad y seres humanos, que nos devuelve la mirada a la guerra, desde la mirada de aquel que la vive para contarla al mundo como Kapúscinski, y el otro, aquel que coge las armas para vivir en un mundo mejor, para construir un país diferente, más humano y más de todos, luchando contra la tiranía y el opresor, amén de profundizar sobre el valor del periodismo, el poder de la información, y la decisión de tomar partido o no, porque a veces las circunstancias te obligan a posicionarte.

Bernarda, de Emilio Ruiz Barrachina

NADIE PUEDE ESCAPAR DE SU DESTINO.

“Nacer mujer es el mayor castigo.”

Trasladar el universo de Federico García Lorca (1898-1936) a los nuevos tiempos nunca ha sido tarea fácil, ya que el complejo y fascinante mundo del genio granadino se mueve entre personajes firmes y tensos, atmósferas llenas de piel y rabia en las que se corta el aire, en la que nos cuenta densos y brutales dramas en los que sus criaturas nacen, viven y mueren bajo las sombras propias y ajenas de un mundo oscuro, sórdido y brutal. El cineasta Emilio Ruiz Barrachina (Madrid, 1963) es un autor al que le gusta desafiarse en su oficio, ya que tiene un buen puñado de documentales, entre los que se ha acercado a temas de la cultura como la música, la pintura o el cine, entre los que ya se aproximó a la figura de Lorca con el documental Lorca. El mar deja de moverse (2006) en el que abordaba los últimos días de vida del poeta y su horrible asesinato. En la ficción también ha tomado el pulso a temas universales de la naturaleza de Jesucristo reformulando su existencia a través de una versión muy libre en El discípulo (2010) o la inmigración en La venta del paraíso (2012) o la despoblación rural en El violín de piedra (2015).

Ruiz Barrachina ya había adaptado a su mirada el universo lorquiano en Yerma, del año pasado, trasladando el infortunio de Yerma a los escenarios londinenses en una meta ficción muy particular. Ahora, el cineasta madrileño vuelve al ambiente lorquiano adaptando La casa de Bernarda Alba, en la que lleva a cabo significativos cambios con respecto a la obra original, el más llamativo es el cambio de escenario, la casa oscura y cerrada de Bernarda donde tiene secuestradas a sus hijas, se convierte en una fábrica abandonada (la antigua factoría azucarera de Guadalfeo localizada en la Caleta de Salobreña, en la costa granadina) donde las hijas se han convertido en prostitutas, también secuestradas, de diferentes razas y lenguas, junto a otro elemento controvertido, ya que María José, la madre senil de Bernarda, es ahora su hermana.  La idea de Ruiz Barrachina se basa en una Bernarda que, sigue siendo autoritaria y brutal, caza a jóvenes desamparadas, con la ayuda de Pepe el Romano, ahora convertido en un subordinado de la matriarca que, como ocurre en el original, se acabará revelando ante tanta injusticia e imposición.

Bernarda con la ayuda de su Poncia fiel y amargada, prepara a las chicas para venderlas al mejor postor (en una ceremonia que recuerda a la de Eyes Wide Shut, con máscaras estilo veneciano y un escenario oscuro y rojizo convertido en mercado de putas). Ruiz Barrachina maneja un relato desigual, que conmueve a ratos, donde brillan esos trajes con reminiscencias góticas, que ayudan a crear esa atmósfera lúgubre y tenebrosa del lugar, y el trabajo impresionante de las actrices, un reparto encabezado por una sobria y enlutada Assumpta Serna, bien acompañada por una fantástica Miriam Díaz-Aroca, que deja salir toda esa amargura y odio hacia su dueña, y Victoria Abril, que defiende con brío e intensidad un personaje difícil y solitario anclado en el pasado y en la rabia hacia su hermana, con esos trajes grotescos (que en muchos instantes tiene el aroma terrorífico que desprendía la Bette Davis de ¿Quién fue de Baby Jane?) o Elisa Mouliaá dando vida a Adela, la menor de las hijas de Bernarda, llevándonos por esa energía y valentía de la juventud y enfrentándose al imperio del terror de Bernarda.

Aunque, la película parece demasiado encorsetada en el texto de Lorca, en el que la puesta en escena adolece porque el espacio industrial y ruinoso no se le acaba sacando el partido esperado, y no acaba de ser ese lugar en el que se respira esa tristeza asfixiante y la cárcel que se siente en la tragedia de Lorca. Un escenario que en su exterior si está filmado con esa idea de aislamiento y soledad que desprenden todos los personajes de la película, unas criaturas encerradas y vapuleadas, en un mundo cruel y maldito, tanto a fuera como dentro, donde la maldad de Bernarda, con su perro fiel negro, no consigue dinamitar las ansias de libertad y vida que sueñan estas mujeres convertidas en prostitutas muy a su pesar. La película se respira negra y oscura en ciertos momentos, donde la interpretación de sus actrices y el texto recitado van cogidos de la mano y la emoción se adueña del relato, en otros, en cambio, todo parece demasiado embarullado y falto de emoción, donde las situaciones ocurren sin más, en una película interesante y desigual, que intenta transportarnos al universo lorquiano manejando otros códigos narrativos y sobre todo, formales, donde no siempre casa con el contenido de la historia.