L’ALTERNATIVA 26: REENCUENTRO CON EL CINE.

El pasado domingo 17 de noviembre finalizaron las proyecciones y actividades de la edición número 26 de l’Alternativa, después de la celebración el pasado año de su edición número 25. L’Alternativa es un certamen plenamente consolidado en el panorama cinematográfico de la ciudad que, sigue manteniéndose fiel a un estilo marcado por un cine diferente, alejado de la bienintencionada industria, y nacido en los márgenes, en la resistencia y la disidencia. Un cine alejado de un entramado cinematográfico, casi un coto cerrado, demasiado obsesionado en embellecerse y dar la espalda a la reflexión y el conocimiento del mundo en el que vivimos, alejándose de las realidades del ser humano y su tiempo. L’Alternativa propone cine resistente, cine furioso, cine complejo, cine guerrillero, cine abierto a todas las miradas inquietas y curiosas, lleno de energía. Un cine venido de diferentes lugares del mundo, heterogéneo en su esencia, rabiosamente contemporáneo y atemporal, cercano en su materia y su naturaleza Un cine que nos mira y propone nuevos caminos vistos desde infinidad de miradas diferentes, cine próximo e íntimo, un cine que nos acerca y nos transporta a universos imperceptibles e invisibles, mundos que buscan miradas críticas que los miren con atención y reposo. Unos trabajos muy necesarios que nos muestran realidades complejas, oscuras y tremendamente vivas, orgánicas y sinceras. Cine con espíritu dialoguista que huye de convencionalismos y sentimentalismos, construido en base a una identidad muy personal que lo hace muy reivindicativo, profundo y bello. Este año el  certamen cumple 26 ediciones, casi nada, 26 citas a favor de otro cine, de aquel que apenas tiene visibilidad, aquel que triunfa en festivales internacionales, el que grita sin que se lo oiga, en que un festival tan necesario como este le ofrece ventanas para mostrarse y compartir. Un cine que sorprende y deja huella, 26 citas que iluminan el otoño de la ciudad, que alumbran con cine los primeros fríos y lluvias.

El lunes 11, a media tarde, como suele ser habitual, arrancó la nueva edición con la película de inauguración, que en este caso se desmarcaron con una película para ofrecernos algo diferente, la propuesta ANDREI RUBLEV, una paniconografia (versión radiofónica), de Societat Doctor Alonso. La performance no dejó a nadie indiferente, todo el mundo se levantó diferente y especial, porque la propuesta era aguerrida y sorprendente, en el que a partir de la película de Tarkovski, en la que retrataba el viaje del pintor de iconos de la Rusia medieval para colorear los frescos de la catedral del Kremlin, de la que veremos imágenes fragmentadas y proyectadas en distintos lugares como tablets, pantallas y paredes, con su sonido en versión original, y mediante un sonido envolvente y fascinante, acompañado de una escenografía particular e íntima, nos hacen un recorrido sobre el arte, a través de sus diferentes realidades y formatos, donde la realidad muta, se muestra diferente y compleja. El martes 12 arrancaban las programaciones de películas de las diferentes secciones, así como sus talleres, seminarios y las actividades de profesionales. Mi segunda cita fue con LAS LETRAS DE JORDI, de Maider Fernández Iriarte. La directora una vieja conocida del festival por sus primeros cortometrajes, vuelve con su primer largo en la que aborda la palabra como medio de comunicación y sobre todo, la comunicación y el diálogo como herramienta fundamental para entenderse y compartir, a través de Jordi, que tiene parálisis cerebral, y las conversaciones que mantiene con la directora a través de un abecedario escrito en una cuartilla. Seguimos esta crónica diaria en la que descubrimos un ser humano con una gran comunicación y sentido del humor, en la vicisitud de dejar la vivienda con sus padres e ingresar en una residencia. La directora donostiarra crea un espacio sensible e íntimo donde captura la verdad y la humanidad de alguien discapacitado que da lecciones de vida y muestra su inmensa capacidad emocional, en una película bellísima, necesaria y sincera.

ERDE, de Nikolaus Geyrhalter. El director austriaco filma una película bestial y necesaria para contarnos de forma pausada e incisiva las acciones del ser humano en remover las tierras y construir túneles y subterráneos en una codicia sin fondo en dominar la tierra para conseguir crecer y crecer y capturar los minerales preciados como el cobre. Geyrhalter lo hace de una forma innovadora, porque mezcla los trabajos mediante máquinas y tecnología de última generación con los diferentes testimonios de los trabajadores que en muchos casos son conscientes del daño al planeta con su trabajo y en otros, los pocos, se consideran unos privilegiados y disfrutan de su trabajo. La película nos muestra diferentes países y lugares, interviniendo lo mínimo y capturando todo ese sin sentido en que se ha convertido el trabajo y nos habla con sinceridad de las terribles consecuencias para el medio ambiente. CAMPO, de Tiago Hespanha. Trabajo surgido del Máster de Documental de creación de la UPF, el director portugués nos sitúa en las afueras de Lisboa en el campo de tiro más grande de Europa, en el que a partir de una forma y narrativa reposado y contemplativa, nos va mostrando las diferentes realidades que en ese espacio magnético y bello conviven, como las maniobras militares con sus quehaceres cotidianos, aficionados a la astronomía que reflexionan sobre el espacio y sus estrellas, y demás moradores de un lugar que en ocasiones parece fuera de este planeta, como suspendido en el cielo, donde las cosas más mundanas y complejas se dan la mano de forma natural, donde el día y la noche parecen obedecer a un tiempo sin tiempo, a un lugar con memoria, que alberga todas las contradicciones humanas.

ZUMIRIKI, de Oskar Alegria. El director navarro ya estuvo en L’Alternativa con su primer largo La casa de Emak Bakia (2012). Ahora vuelve a deleitarnos con un trabajo inmenso y especial, lleno de sabiduría y esplendor cinematográficos, con un dispositivo sencillo y muy profundo, en que Alegria se marcha cuatro meses del verano de 2018 a reencontrarse con su memoria, al lugar donde siendo niño pasaba los veranos con su familia, frente al río y la pequeña isla, ahora sumergida por la construcción de una presa, pero todavía visibles las ramas de los árboles que se erigían en la isla. Como si fuese un Robinson Crusoe diferente, más cercano a Viernes, el director pamplonés nos seduce con sensibilidad y magnetismo en una película sobre el tiempo, la naturaleza, los animales, el conocimiento, la búsqueda personal y los recuerdos que están presentes aunque sean a través de unas pocas ramas. De la sesión de Cortos que vi el viernes 15, me detengo en PADRE NO NUESTRO, de María Cañas. La archivera de Sevilla vuelve al festival que en 2014 se le dedicó una retrospectiva dando buena cuenta de la presencia de los robots en nuestras vidas en consonancia con la transformación de las relaciones afectivas en tiempos de apps y demás. Como es habitual en su cine, Cañas muestra un sentido del humor desbordante en un mosaico infinito de imágenes que dialogan, disputan y reflexionan entre ellas, de toda índole capturadas de Youtube, esa nueva caja de pandora donde se publican los interminables deseos, frustraciones y desesperanzas de una sociedad vacía, caótica y sin rumbo. Otro de los trabajos de la sesión fue BUBOTA, de Carlota Bujosa. El primer trabajo de la mallorquina se adentra en la memoria y la construcción de la identidad, a través de un recorrido heterogéneo y sincero por su archivo familiar, en un viaje a su intimidad y a su familia, redescubriendo unas imágenes que a la vez son cercanas y lejanas, en una manera de recuperar la memoria y su propia identidad de sus dos padres, ahora convertidos en meras figuras, sombras y fantasmas que pululan por esas imágenes y encuentran su sentido en esas ausencias que conviven en el presente de la directora. DE UNA ISLA, de José Luis Guerín. Hace cuatro años La academia de las musas, el anterior trabajo de Guerin, cerró L’Alternativa. Ahora vuelve al certamen con una película bellísima y enigmática en la que hace un recorrido con una imagen cautivadora en 16 mm y en blanco y negro, en el que a través de intertítulos nos va explicando los orígenes y el presente de la isla de Lanzarote, filmando de forma poética y maravillosa toda su naturaleza, en un trabajo sencillo, sincero y magistral, donde Guerin vuelve a deleitarnos con su inmensa capacidad para ver lo oculto y ocultar aquello que no hace falta mostrar.

SWARM SEASON, de Sarah J. Christman. La directora estadounidense regresa al festival con una película de corte ecológico y fascinante en que nos sitúa en Hawaii en las proximidades del volcán Mauna Kea, donde conoceremos a una madre y su hija que cuidan con detalle y mimo a sus abejas, mientras el padre protesta por la construcción de un gran telescopio en la montaña, y más allá, seguimos los experimentos de unos científicos con la idea de viajar a Marte. Todo ese microcosmos, lleno de contradicciones, donde los autóctonos luchan por preservar su modo de vida en consonancia con la naturaleza en pos a ese progreso que antepone el ser humano a la vida y los animales, nos lo cuenta Christman de un modo sencillo, íntimo y existencialista, capturando al detalle toda el esplendor de las abejas y la naturaleza, y todo aquello que parece olvidarse de lo que somos y hacia dónde vamos. DE NUEVO OTRA VEZ, de Romina Paula. La actriz, escritora y directora teatral argentina se funde en un retrato sincero e íntimo, entre el documento y la ficción, en una vuelta a sus orígenes para hablarnos de la feminidad, la maternidad, crecer emocionalmente y la búsqueda de uno mismo, en una película sencilla y honesta donde vuelve al hogar familiar junto a su madre y su hijo pequeño, intentando poner en orden su vida y su tiempo, en una catarsis emocional donde se mezclan las relaciones afectivas de hoy en día, la amistad, las dificultades para encontrar trabajo y sentirse bien contigo mismo, en una cinta que huye de convencionalismos y constantemente se está haciendo preguntas e interpelando a los espectadores, a partir de un tono ligero y tranquilo, acercándose de forma natural a las grandes cuestiones de la existencia, a través de una profunda reflexión sobre la vida y las emociones. EL CUARTO REINO, de Adán Aliaga y Àlex Lora. https://242peliculasdespues.com/2019/11/23/el-cuarto-reino-de-adan-aliaga-y-alex-lora/. https://242peliculasdespues.com/2019/11/24/entrevista-a-adan-aliaga/

BAIT, de Mark Jenkin. El cineasta británico nos sitúa en Cornualla, un pequeño pueblo de pescadores inglés, donde a partir de la rivalidad de dos hermanos con distinta suerte, nos habla de tiempo, memoria, tensiones y conflictos emocionales, amor, amistad, choque de clases entre aquellos que se niegan al cambio de las cosas, y a los otros, que invaden ese espacio ancestral con su turismo y sus necesidades tan diferentes. Todo contado de forma brutal e íntima con un brutal 16 mm en blanco y negro, cercano al estilo de los primeros filmes de Loach, Leigh o Frears, en el que podamos contar su grano, que casa con naturalidad con esa dureza y violencia física y emocional que recorre toda la película, con ese tono de ilusiones rotas y deseperanza. LE MER DU MILIEU, de Jean-Marc Chapoulie. El artista y director de cine francés, que ha trabajado en la serie Cinéma, de notre temps, nos propone una película innovadora y muy sorprendente, porque rescata todas esas imágenes del circuito cerrado de los hoteles encaradas al mar mediterráneo, a partir de la correspondencia que mantiene con la escritora Nathalie Quintane, destinada a Siria durante la guerra, nos va explicando la memoria y el presente de un mar que simboliza las contradicciones y la miseria de nuestro tiempo, bien complementado con los humorísticos diálogos que mantiene el director junto a su hijo adolescente, en un retrato íntimo y profundo sobre los males de nuestro tiempo a partir de las diferencias entre capitalismo y vida.

Hasta aquí mi camino por L’Alternativa 26, que ha ofrecido una gran programación en esta edición, como suele ser habitual, con un nivel altísimo de gran cine, de ese cine reflexivo, auténtico, sincero, duro, inquieto y sobre todo, cine imperdible y sensible, lleno de retratos de personas de toda condición y lugar, dejando el listón muy alto para la próxima edición, que desde este momento esperamos con expectación, y nos vamos muy contentos por haber vivido la experiencia de esta, porque L’Alternativa sigue más enérgica, más audaz, y provocadora que nunca, manteniéndose firme en sus principios y, caracterizándose como un festival fiel a su idiosincrasia, ofreciendo un cine que gustará más o menos, pero que sigue fiel a su espíritu contestatario, complejo y sumamente radical tanto en su forma como en su contenido. GRACIAS POR TODO A AQUELLOS QUE HAN HECHO POSIBLE L’ALTERNATIVA 26, muchísimas felicidades por el cumpleaños, y nos vemos el año que viene…

Estafadoras de Wall Street, de Lorene Scafaria

LAS REINAS DE LA NOCHE.

“Esta ciudad, este país entero, es un club de striptease. Hay gente arrojando dinero y gente bailando”.

Desde que estalló la última crisis económica mundial, hemos visto muchas películas en las que se retrataba de una forma más o menos precisa, los dramas y tragedias que han sufrido muchos desde miradas muy diferentes y extremas, en algunas de ellas se analizaban desde las perspectivas de los brokers de las finanzas, esos tipos de altos cargos que se hincharon a ganar cantidades ingentes de dinero en el tiempo donde todo valía. Pero todavía faltaba el otro lado del espejo de esos ejecutivos, el devenir de las bailarinas de striptease que los destensaban y los relajaban de sus vidas frenéticas de dólares. Mujeres que durante los años de vacas gordas, también se embolsaron mucho dinero acosta del disfrute de los tipos de taje y corbata y engominados. Pero, que pasó cuando en septiembre de 2008 llegó la crisis y todo bajó o simplemente, las cosas volvieron a una realidad demasiado cruda y triste. Y el dinero despareció. Hustlers (estafadoras en inglés) pone de relieve las vidas y las existencias de todas esas mujeres que utilizaban su cuerpo y su baile para entretener a estos tiburones de las finanzas y nos explica el destino que les deparó después de la crisis, en el que se reinventaron profesionalmente.

A partir del artículo publicado en la New York magazine  titulado  “The Hustlers  at  Scores”  escrito  por  Jessica  Pressler (como ocurriera con The Bling Ring, de Sofia Coppola, inspirada en otro artículo) Lorene Scafaria (Holmdel, New Yersey, EE.UU., 1978) autora de un par de películas enmarcadas en una suerte de comedia dramática en las que habla de segundas oportunidades y de reconciliaciones personales, ha escrito y dirigido una película basándose en las experiencias reales de un grupo de striptease desde el 2007 hasta el 2014, a través de una entrevista a una de ellas, Destiny, de origen asiático, que relata el caso desde que se mal ganaba la vida trabajando en un club de striptease, y conoce a Ramona, de origen latino, que es la gran atracción del local, y enseñará a Destiny todos los trucos y las formas de ganar dinero en ese ambiente. Pero estalla la crisis y a partir del 2008, las cosas se vienen abajo y el tiempo separará a las dos amigas. Scafaria construye una película de continuos saltos en el tiempo, donde las peripecias están contadas bajo la mirada de Destiny, que cuida de su abuela y de su hija pequeña, y la directora estadounidense lo hace con un ritmo endiablado y espectacular, a ritmo de música pop y rock y una steady cam que se va colando en todos los rincones de ese club de striptease que acaba siendo un reflejo fehaciente de la realidad de EE.UU. y del mundo capitalista.

Scafaria retrata ese mundo nocturno de ocio, drogas y sexo, donde la pasta va marcando el desenfreno y los aparentemente límites, que se sobrepasan constantemente. La cinta planteada como dos partes bien diferenciadas, con un limbo de por medio, en que en su primera mitad nos hablan del club de striptease y cómo hacer cash, el famoso limbo sería ese intervalo entre que llega la crisis en 2008 y cómo Destiny y Ramona vuelven a encontrarse y junto a Annabelle y Mercedes, dos ex compañeras del club, idean una estafa que consistirá en atraer a ejecutivos solitarios de bares lujosos y entre las cuatro drogarles y sacarles toda la pasta posible. Scafaria explica con todo lujo de detalles el timo de las cuatro mujeres, con una mise en scene fantástica y concisa, muy al estilo de las películas de Scorsese sobre gánsteres, con esas maravillosas entradas a cámara lenta frontales o de espaldas, donde estas reinas de la noche hacen valer su talento para despilfarrar a esos incautos podridos de dinero y mostrar ante el mundo esas riquezas y esos objetos materialistas.

Aunque la película no se queda en la superficialidad de ese universo de la noche donde priman la juerga y el dinero, sino que también indaga en lo más profundo y nos sitúa durante el día, donde conoceremos las duras realidades de cada una de ellas, una realidad que se va imponiendo, y conoceremos la parte más personal del cuarteto, sus vidas, sus deseos e ilusiones, sus frustraciones y tristezas, unas existencias vacías que llenan con materialismo y ese peculiar cuento de hadas que se tornará en pesadilla,  a la que se añadirán algunas “colaboradoras”, que no resultarán del todo recomendables, todas ellas secuencias filmadas con nervio y apoyándose en un tono muy sombrío, donde los conflictos entre ellas se van sucediendo y los timos no siempre salen como esperaban, metiéndose en situaciones difíciles. Scafaria se centra en la relación de amistad de Destiny y Ramona, en sus experiencias conjuntas, y en sus idas y venidas, y en como los lazos construidos se van resquebrajando cuando aparecen los problemas y la policía. Scafaria impone una película detallista y llena de glamour y tinieblas, donde los espejos brillantes, la purpurina, los zapatos de tacón, los vestidos de seda brillantes, y las joyas de infarto, se volverán contra ellas, en una especie de cuento moderno de Cenicienta, y no sólo deberán enfrentarse a ellas sino también a la cruda realidad en forma de delito.

Un reparto magnífico entre las que destacan una estupenda Jennifer López interpretando a Ramona, la líder natural de este cuarteto de estafadoras, una interpretación brillante como los vestidos de lentejuelas que porta, una composición de la estadounidense puertorriqueña que no la veíamos tan grande desde su impresionante Grace McKenna de Giro al infierno, bien acompañada por Constance Wu como la menuda y valiente Destiny, con las agradables aportaciones de Keke Palmer como Mercedes y Lili Reinhart como Annabelle, y la presencia de Mercedes Ruehl como una especie de matriarca mentora de todas ellas. Scafaria ha construido una película de grandes hechuras, bien contada y resuelta, describiendo con detalle y minuciosidad el ascenso y caída de este cuarteto de la noche, donde hay tiempo para todo, pasta, lujo, despilfarro, drogas, sexo, conflictos personales y humanos, y sobre todo, amistad y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La trinchera infinita, de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga

30 AÑOS DE OSCURIDAD.

A finales de los sesenta, con la ley franquista que amnistiaba todos los delitos cometidos durante la guerra, empezaron a aparecer casos de hombres ocultos en falsas paredes en sus propias casas escondiéndose para no ser represaliados por el franquismo. Los topos, ensayo periodístico obra de Jesús Torbado y Manuel Leguineche daba buena cuenta de todas aquellas personas vinculadas con la República que se ocultaron en sus casas. Un libro que daba buena cuenta del miedo y la realidad de las dos Españas durante la dictadura de Franco. Una de las películas que daba buena cuenta de estos hechos fue Mambrú se fue a la guerra (1986) de Fernando Fernán Gómez, donde se explicaban los sucesos de Emiliano, oculto en su casa, después vino Los girasoles ciegos (2008) basada en la novela de Alberto Méndez, en que José Luis Cuerda, en la que un hombre también se escondía en su casa, y finalmente, 30 años de oscuridad (2011) de Manuel H. Martín, que a través de la animación, y con la voz de Juan Diego, nos contaban el caso real de Manuel Cortés, antiguo alcalde de la localidad malagueña de Mijas, que al acabar la guerra civil, estuvo oculto en su casa. Misma experiencia real ha servido de guía para los directores Jon Garaño (Donosti, 1974) Aitor Arregi (Oñati, 1977) José Mari Goenaga (Villafranca de Ordicia, 1976) para desarrollar su cuarto largometraje de ficción, La trinchera infinita, con un gruión que firman Luiso Berdejo, especialista en el cine de terror, y Goenaga, donde colocan el foco en la vida de Higinio Blanco, un republicano que se esconde en su casa con la ayuda de su mujer Rosa y permanece en ese agujero-zulo durante treinta años.

Los tres directores guipuzcoanos llevan desde el 2007 en la que alumbraron el documental Lucio, una trayectoria muy ascendente convirtiéndose en tres miradas muy interesantes y reflexivas de la cinematografía actual. A Lucio, retrato sobre la vida de un anarquista, le siguieron 80 egunean (2010) retrato de la amistad y el amor de dos septuagenarias, con Loreak (2014) rompieron la baraja con una historia sencilla y profunda sobre la relación de tres mujeres solitarias y las flores, la buena estrella les acompañó con Handia (2017) donde rescataban la vida de “El gigante de Altzo”, un hombre que alcanzó la estatura de 230 cm, que le valió salir de su aldea en compañía de su hermano y recorrer mundo a finales del XIX. Obras rodadas en euskera, de gran belleza visual y técnica, intérpretes vascos poco conocidos, y relatos de fuerte carga emocional sobre la condición humana. Ese gran camino lo continúan con La trinchera infinita, rodada en andaluz, y ambientada en aquella Andalucía de 1936, un polvorín en toda regla, donde la República agonizaba y los nuevos “jefes” aterrorizaban la zona, cazando “rojos” e implantando un régimen de terror, vengativo y asesino.

Higinio se esconde en su casa, en un agujero-zulo donde escapar de las garras franquistas. Los tres realizadores vascos plantean una película muy profunda e intensa bajo la mirada del propio Higinio, a través de los agujeros estratégicos por los cuales mira esa vida que se está perdiendo, la que no vive, la que no está, como le reprochará su mujer Rosa en algún momento. Seguimos la cotidianidad de un hombre encerrado en un cubículo, con poca luz, en el que la indefensión a ser descubierto, como ese miserable vecino, uno más del nuevo régimen autoritario, clama venganza y no cejará en su empeña de verlo muerto. Las dos vidas que separan a este matrimonio, esas dos realidades que viven, convirtiendo el exterior en un espacio siniestro, de sombras y sobre todo, de miedo, ese miedo que puede colarse en cualquier instante en sus vidas, en el interior de su casa. Una película de susurros, de vidas agitadas, en constante tensión, llenas de horror y miedo, cargadas de una esperanza que con el paso de los años, y disipándose esa ayuda internacional tan ansiada, se irá recomponiendo en una realidad miserable, donde las relaciones harán mella en el matrimonio, y los conflictos, a más con la llegada del hijo, se envolverán en un aura de amargura y soledad.

Con esa luz velada y sombría obra de Javier Agirre, cómplice en la obra de los directores, una luz que recorre los diferentes espacios de esa casa, donde la poca luz del agujero, o la escasa vela de las noches, se convierten en la única esperanza, eso sí, muy leve y casi imperceptible, en la única compañía de estos vencidos casi derrotados, a los que el paso del tiempo obligará a mantenerse en pie con extremas dificultades. El minucioso montaje de otros colaboradores del equipo como Raúl López y Laurent Dufreche mantienen el ritmo cansino y terrible que constantemente azota las pobres vidas de Higinio y Rosa, marcando con elegancia y agilidad los diferentes tiempos en los que se va desarrollando la película, con ese sonido obra de Alazne Ameztoy e Iñaki Díez, otro cómplice, en un minucioso trabajo en que el sonido se va maleando según conveniencia de forma sensitiva y elegante, en que la música delicada y suave de Pascal Gaigne, uno más de este excelso equipo, en la que los éxitos de música pop como Campanera, de Ana María o La vida sigue igual, de Julio Iglesias, entre otros, nos van abriendo las diferentes épocas a lo largo de las tres décadas que abarca la narración fílmica, con esas definiciones acertadas de varios términos, que actúan a modo de capítulos, que cobran importancia en el relato como oculto, desenterrar, etc…

Una película de estas características basada en el relato y en los personajes debía de tener una ambientación exquisita como la que atesora, unos secundarios de órdago como los que aparecen y una pareja protagonista como Antonio de la Torre, demostrando una vez su extensa versatilidad y su talento para descubrirnos el alma de un Higinio que va minándose con el tiempo, alguien que se va agujereando la vida y convirtiendo su cotidianidad en un pozo muy oscuro. A su lado Belén Cuesta, habituado a los roles cómicos, aquí rompe todas las reglas y alza a Rosa a los altares de la interpretación abriéndonos a una mujer sencilla, costurera, con una bondad a prueba de bombas, que deberá sortear las habladurías del pueblo, lidiar con los miserables franquistas en forma de chivatos o guardia civiles que quieren atentar contra su condición de mujer sola, y sobre todo, relacionarse con un hombre que no está, oculto en las sombras y llevar hacia adelante un hijo que a su debido tiempo hará preguntas demasiado incómodas que la llevarán a respuestas muy dolorosas.

Una película magnífica y compleja, llena de alma y miserias, indagando en las emociones de ese matrimonio que capea como pueden tantos sinsabores y soledades, unas épocas mejor que otros, viendo como sus vidas se han detenido y continúan casi por inercia, llevada por un imponente ritmo sus 147 minutos de metraje, con momentos tristes, alegres, oscuros o muy oscuros, que nos habla con sensibilidad y conmueve con este retrato sobre todo lo que se perdió, sobre aquellos que tanto perdieron y cómo afectó a sus vidas o a sus existencias, y lo hacen a tumba abierta deteniéndose en tantas barbaridades cometidas por el franquismo, a través de los vencidos de la guerra, de tantos derrotados que desaparecieron para continuar viviendo, aunque tuvieron que pagar un altísimo precio como simplemente respirar y no estar, alejados de sus familias aunque las tuvieran al otro lado de la pared, vidas tristes, oscuras, con ese miedo que se pega a las entrañas y no te deja viví, ni respirá ni ná de ná. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El viaje de Marta, de Neus Ballús

EL (DES) ENCUENTRO CON EL OTRO.

“Nada es más difícil que aprender a mirar a alguien, a ser mirado de cerca por otro.”

 Antonio Muñoz Molina

Corría el año 2013 cuando apareció La plaga, del tándem Neus Ballús (Mollet del Vallés, 1980) y Pau Subirós (Barcelona, 1979). Ballús en la dirección y comontaje, y compartiendo producción y guión con Pau. La plaga nos hablaba de un país en crisis, a partir de un retrato naturalista y sensible, a medio camino entre la ficción y el documento, para hablarnos de la difícil cotidianidad de unos supervivientes en los márgenes. Seis años después nos llega el segundo trabajo del tándem Ballús-Subirós, pero esta vez han dejado la periferia del Vallés para viajar hasta Senegal, situándonos en uno de esos resorts en los días previos a la Navidad. En semejante espacio, lugar idílico para el turista occidental, donde transita alejado de la realidad social del país para enfrascarse en su aventura más superficial, en aburridas rutas de safari, en paseos para conocer el entorno más amable, realizar juegos acuáticos en el hotel y conocer el folclore más exótico y simpático.

En ese entorno occidental en África, conoceremos a una peculiar familiar a través del punto de vista de Marta, una chica de 17 años, asqueada por el viaje y compartir con su padre, al que hacía tiempo que no veía, uno de esos blancos que hacen negocio con el turismo, algo simpático, y más preocupado de sus business que de sus hijos y sus problemas, y también anda Bruno, el hermano pequeño de Marta, convertido en un aliado imbuido por la tecnología. Y así andan las cosas, los días en el resort van cayendo uno tras otro mientras el agobio y la desazón de Marta van en aumento, cada vez más ausente y distante, y más tiempo alejado de los suyos, hasta que cruza la frontera, sumergiéndose en el “Staff Only” (al que hace referencia el subtítulo de la cinta) donde conocerá a Khouma, un joven mayor que ella que se dedica a realizar esos vídeos para sacarles un cuántos euros de más a los turistas, y a Aissatou, una limpiadora de habitaciones. Marta profundizará con sus “nuevos” amigos y descubrirá una cara diferente de Senegal, que la llevará a alejarse de su familia, y dejarse llevar con sus amigos, experimentando esa realidad que el turista nunca ve, esa que está afuera, lejos del ideal falso del resort.

De la mano de Marta, o mejor podríamos decir, que a través de su mirada, iremos conociendo el otro rostro menos amable y más real, los verdaderos intereses de los autóctonos, una realidad muy diferente a la suya, una realidad que chocará con los valores y costumbres occidentales de Marta. Situación que la llevará a replantearse las cosas, sus sentimientos y a acercarse más a su padre, a sus ideas y a reconciliarse con él. Ballús vuelve a mostrarnos diferentes realidades que se nos escapan, que viven invisibles dentro de un mismo entorno, mostrando las múltiples cotidianidades tan desiguales e injustas que conviven en el mismo espacio, pero no lo hace desde la condescendencia o el sentimentalismo, sino todo lo contrario, que recuerda en ciertas formas y narrativas al cine de Ulrich Seidl y su aproximación al turismo occidental en África en su Paraíso­: Amor (2012) explorando de forma sincera, profunda y honesta todas sus realidades, todos sus personajes, todos sus intereses, los choques culturales e idiomáticos, y al diversidad de intereses de unos y otros, consiguiendo un retrato certero y conciso de todo ese universo complejo y multicultural que se mueve en estos espacios hoteleros.

La joven protagonista no solo crecerá a un nivel físico, sino también emocional, valorando todo lo que tiene y sobre todo, conociendo todas esas realidades que se mueven en su vida y en su mirada, porque lo que nos explica de forma clara y apabullante Ballús es que para ver a los demás y conocerlos en sus realidades y complejidades, primero deberíamos conocernos a nosotros mismos, entendiéndonos profundamente, y viviendo con nuestras emociones volubles, nuestras vidas vulnerables y toda esa extrañeza que nos atrapa en situaciones en las que nos cuesta reconocernos en los demás y sobre todo, a nosotros mismos. La luz cálida e íntima de Diego Dussuel, que repite con Ballús, crea ese ambiente amable, pero también oscuro que se va desarrollando a lo largo del metraje entre los personajes y sus derivas emocionales, con el preciso montaje que deja que las situaciones se vayan desarrollando en una especie de laberinto, tanto físico como emocional por donde se van desplazando los personajes, con esa interesante mezcla entre las diferentes texturas de cine y video, que acaba creando un espejo deformante donde libertad y prisión emocionales se miran, se reconocen, pero también se alejan y discuten. Sin olvidarnos la cercanía del sonido obra de Amanda Villavieja que captura de forma extraordinaria la diversidad sonora y los contrastes que conviven en la cinta.

El fantástico reparto que ha logrado reunir Ballús emana espontaneidad, veracidad y cercanía, con un natural y estupendo Sergi López, único actor profesional de la película, que se mueve en su salsa, dando vida a ese padre que también deberá aprender a acercarse a su hija y sobre todo, a conocerla y a hablarle de otra forma, como una mujer, la magnífica debutante Elena Andrada dando vida a esa Marta en pleno apogeo de descubrimiento y hastiada de su padre, que deberá reencontrarse con los suyos y con ella, y los formidables intérpretes africanos con Ian Samsó que interpreta a Khouma, un buscavidas que encuentra en los turistas una forma de subsistir en un entorno difícil, y Madeleine Codou Ndong que hace una Aissatou que mostrará a Marta esa realidad que se escapa del turismo modelo. Ballús-Subirós vuelven a demostrar que con poco se puede hablar de mucho, desde la sinceridad y la honestidad, sin olvidar que en las situaciones más difíciles también hay espacio para lo humano, a través de la sensibilidad y el encuentro con el otro donde nos reflejamos a través de lo que somos y lo que sentimos. El viaje de marta es una película valiente y necesaria, llena de vericuetos narrativos y emocionales, repleta de situaciones complejas y difíciles, que no se olvida del sentido del humor en una película que explica tantas realidades e intereses diversos, en un entorno de múltiples rostros y entornos, explicándonos con arrebatadora naturalidad y sencillez el choque con el otro, las relaciones con el diferente, que quizás no lo es tanto, confrontando esos espejos físicos y sobre todo, emocionales que tanto nos ayudan a seguir creciendo y conociéndonos más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Samal Yeslyamova

Entrevista a Samal Yeslyamova, actriz de la película “Ayka”, de Sergey Dvortsevoy, en el marco del Asian Film Festival Barcelona. El encuentro tuvo lugar el martes 29 de octubre de 2019 en el Hotel Actual en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Samal Yeslyamova, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, a Ulpan Iskakova del Consulado de la República de Kazajstán, por su gran labor como intérprete, a Menene Gras, directora del Asian FF BCN, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Nuestro tiempo, de Carlos Reygadas

LAS CUESTIONES SOBRE EL AMOR.

“El amor es dúctil y ante todo es imperfecto”

Desde Japón (2002) su primera película, el cineasta Carlos Reygadas (Ciudad de México, 1971) se ha convertido en un inquieto y curioso explorador de las relaciones humanas y la pasión amorosa como epicentro emocional en sus obras. En su puesta de largo, nos hablaba del retiro a lo rural de un señor de ciudad junto a una india, en Batalla en el cielo (2005) un crudísimo relato sobre el poder, la culpa y el sexo, se centraba en la desventura de un chófer que secuestraba a la hija de su patrón, en Luz silenciosa (2007) nos descubría a la comunidad de los Menonitas en una historia que giraba en torno al amor y la pasión, y en Post Tenebras Lux (2012) en la que una familia disfrutaba y sufría en dos mundos diferentes. El cine de Reygadas se mueve entre paisajes rurales imponentes, muy alejados del mundanal ruido, en los que naturaleza, animales y personas se mezclan de manera intensa y febril, en el que el interior de los personajes acaba siendo un reflejo en las bestias y los cambios en la naturaleza, una especie de espejo deformador y brutal de sus existencias.

Su cine está poblado de personajes sumamente contradictorios, seres que piensan de manera racional y coherente, pero que se pierden en sus ideas y acciones, que poco o nada tienen que ver con aquello que razonan, una lucha encarnizada entre su deseo y la realidad convulsa, variable y compleja. Su último trabajo, Nuestro tiempo, tiene mucho que ver con su anterior trabajo, Post Tenebras, en la que ya aparecía un ranchero llamado Juan, ahora interpretado por el propio Reygadas, un tipo que destaca como poeta, que vive con su mujer Esther, que interpreta Natalia López, que se dedica a las cuentas del rancho, su mujer en la vida real, y como ocurría en la citada película, Rut y Eleazar, hijos del director, vuelven a interpretar los hijos de Juan en la ficción. Ya desde su espectacular e intenso arranque precioso, íntimo y naturalista, en el que unos niños y niñas juegan en un inmenso lodazal, entre ellos los hijos de Juan y Esther, la cámara se mueve entre ellos, entre sus cuerpos y sus juegos, libres y sin ataduras. Luego, nos vemos unos metros más allá y observamos unos pre-adolescentes, entre ellos, un chico enamorada de una chica que no le corresponde, que minutos más tarde, sabremos que se trata del hijo de Juan y Esther.

Más allá, nos tropezaremos con los adultos, que se divierten cabalgando a toda prisa intentando cazar toros de lidia, y en la que conoceremos a Phil, un “gringo”, como lo llaman en la película, que ayuda a domar a caballos. Todo parece tranquilo, cotidiano, un día más o menos en el rancho donde personas, animales y naturaleza se distraen y se mezclan unos a otros. Toda esa aparentemente calma y orden natural, se verá fuertemente golpeado, en una especie de intruso destructor, en la figura de Phil, una especia de extranjero que viene a perturbar la paz aparente del hogar, como ocurría en Teorema, de Pasolini, ya que entra en ese hogar con un matrimonio liberal en su relaciones, aunque todo ese asunto de la relación sexual de Esther y Phil, provocará un cisma en la vida de Juan de consecuencias emocionales complejas. Reygadas, que aparece por primera vez como actor protagonista en una de sus películas, filma en un prodigioso formato panorámico, donde el paisaje, inmenso, bello y brutal, engulle a sus personajes, como los elementos naturales condicionan y nos muestran su vulnerabiblidad, tanto física como emocional, a unos individuos plácidos y cercanos en su cotidianidad, pero envueltos en la bruma cuando se desatan las cuerdas que los atan, cuando lo que parecía inamovible comienza a emerger en forma de pasión arrebatadora y desenfrenada, en que el personaje de Juan se verá perdido, a la deriva, temeroso, arrogante e incapaz de sujetar su matrimonio, al que creía liberal, y lidiar de forma más cuidadosa con sus emociones, desbordadas por este asunto de su mujer.

El cineasta mexicano se toma su tiempo, la película alcanza los 177 minutos, para contarnos ese cisma emocional casi como un diario filmado, buceando con reposo en las emociones profundas y confusas de sus personajes, sus encuentros furtivos sexuales y todo aquello que va cociéndose a fuego lento en sus miradas, sentimientos y acciones, viendo como las consecuencias se van apoderando de la paz del hogar, conociendo y descubriendo de primera mano las relaciones dificultosas entre un matrimonio, que se verá enfrentado a sus ideas teóricas sobre su amor y la realidad abrumadora de lo que sienten y cómo actúan ante los conflictos que se generan. La película ahonda en profundidad e intensidad en las relaciones humanas de nuestro tiempo, como reza el título de la película, un tiempo en el que parece que seamos más liberales y modernos, o al menos así nos definimos y nos creemos ante las miradas ajenas, y luego, en la intimidad del hogar, todas esas ideas sobre el amor libre, se vienen abajo en un suspiro, y nos encontramos perdidos, a la deriva, una especie de robinsones crusoe atemorizados por el intruso que nos “roba” a nuestro amor, y acabamos en un pozo de ideas antiguas sobre el amor, los sentimientos, y lo que es más grave, incapaces de hacer frente a aquello que nos debilita y a  nuestras propias contradicciones en cuestiones sobre aquello que sentimos, y la incapacidad de resolverlo ante los demás y ante nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Wonder Wheel, de Woody Allen

LA RUEDA DEL AMOR.

“Con mi primer marido conocí lo que es amor, con mi segundo marido he conocido lo que no es”

Si tuviésemos que elegir el argumento modelo que estructura el cine de Woody Allen (Brooklyn, New York, 1935) sería el de una mujer adulta que ha pasado la juventud, y ahora, se encuentra en un matrimonio o relación que no le satisface y sueña con aquellos años donde sí conoció el amor. Aunque, circunstancias de la vida, conoce a alguien que la devolverá a aquellos años y la ilusionará como no esperaba, pero la cosa se complicará, y lo que para ella era amor, para la otra persona era una tabla de salvación o un entretenimiento. Finalmente, la mujer volverá a su matrimonio infeliz, del que nunca pudo despegarse, a su rutina, y a seguir soñando con aquellos años donde si conoció el amor. Desde que debutase en el cine con Toma el dinero y corre hace ya casi medio siglo, la filmografía de Woody Allen, con casi 50 títulos, que sigue fiel a su cita anual, se ha movido por distintos y complejos caminos, donde podríamos acercarnos a ella de innumerables formas y maneras, quizás su momento más álgido sería en las décadas de los 70 y 80 con títulos de enorme calidad como Annie Hall (1977) Interiores (1978) Manhattan (1979) Zelig (1983) La rosa púrpura del Cairo (1985) Hannah y sus hermanas (1986) películas que han llevado a Allen a considerarlo uno de los grandes de la cinematografía mundial, en las que a través de comedias agridulces o melodramas arrebatados y sobrios, ha explorado con detalle y sutileza la tragedia y el drama de la condición humana, planteando relatos donde el amor y la traición son su caldo de cultivo.

En su nueva aventura, nos transporta a la costa de New York (el paisaje de su cine) y más concretamente al Coney Island de los años 50 (¿Recuerdan la casa “vibrante” debajo de la noria donde pasó su infancia Alvyn Singer?) el famoso parque de atracciones que ahora sólo es una sombra de aquellos años dorados donde su luz brillaba con intensidad y la gente abarrotaba sus atracciones y disfrutaba con sus juegos y pasatiempos. Este Coney Island, lleno de fantasmas en forma de promesas incumplidas, arranca con Carolina, un joven que huye de su marido gánster ya que lo ha delatado al FBI, la chica llega a esconderse junto a su padre Humpty (el dueño del tiovivo que apenas tiene clientes) al que hace mil años que no ve. Humpty ya no bebe y quiere construir un futuro para su “nueva” hija. También, conoceremos a Ginny (la esposa de Humpty) y al hijo de ésta Richie (un chaval pirómano que la traerá de cabeza). Ginny trabaja de camarera sirviendo pescado, y dejó atrás una carrera como actriz de teatro y un matrimonio feliz que ella misma se encargó de fastidiar, y ahora, frustrada e inestable emocional, se debate en unos días rutinarios y un matrimonio de conveniencia que la ayudó a sobrevivir, tanto a él como a ella. Y para postre, conoceremos a Mickey (que nos contará el relato) un aspirante a dramaturgo que se gana la vida como socorrista en la playa 7.

Todo parece como siempre, los días pasan en el diminuto piso rodeado del bullicio de las atracciones y con la noria como escenario omnipresente en el drama doméstico que vamos a presenciar. Carolina encuentra trabajo en el restaurante con Ginny, ésta empieza una relación con Mickey y Humpty parece interesado en el futuro de su hija, y a parte de pasar las horas en el tiovivo, va a pescar con sus amigotes más que nunca. Todo parece en su sitio, o al menos, todo parece avanzar hacia un lugar del que todavía no conocemos su destino, pero como suele ocurrir en el cine de Allen, el destino nos tendrá reservado un giro inesperado, Mickey empieza a sentirse fuertemente atraído de Carolina, y el supuesto futuro con Ginny parece esfumarse, mientras Ginny acaba viendo en la intrusa hija de su marido una rival difícil de ganar. Y así se suceden las cosas. Un grandísimo reparto encabezado por una brillante Kate Winslet (que recoge el testigo de otras heroínas infelices de Allen como Diane Keaton, Mia Farrow o Cate Blanchett) en un personaje frustrado, con una vida ensombrecida por el fracaso personal de su matrimonio anterior, y que ve en Mickey más que una tabla de salvación para su vida, se enfrasca en esa infidelidad como una última oportunidad para volver a enamorarse y volver a la interpretación.

Jim Belushi da vida a Humpty, un tipo gordinflón y bonachón, y aparentemente feliz en su vida, ya no bebe y sale a pescar con sus amigos, y la aparición de su hija le lleva a una nueva ilusión, protegerla y ahorrar para que estudie. Juno Temple, con su belleza y candidez es Carolina después de un matrimonio fracasado siendo demasiado joven, intenta rehacer su vida al lado de Mickey, aunque los matones de su ex la siguen para acabar con ella. Y finalmente, Mickey, el apuesto aspirante a escritor (que recuerda al David Shayne de Balas sobre Broadway o al Bobby Dorfman de Café Society) que enamora tanto a Ginny como a su hijastra, emtiéndose en un lío de mil demonios a él, y a las mujeres. Allen baña su película con esa luz poética y evocadora, de multiplicidad de colores, no exenta de realismo, obra del prestigioso camarógrafo Vittorio Storaro (segunda colaboración después de Café Society). Woody Allen vuelve a encandilarnos con su sutileza y belleza, en una película que recuerda a la brillantez de Match Point o Blue Jasmine, sumergiéndonos en un paisaje que nos devuelve a aquellos años del American way of life, o podríamos afirmar que aquí estamos ante el reverso del espejo, donde encontramos un parque en horas bajas, gentes que se mueven entre infelices matrimonios, sueños frustrados, y amores de salvación que solo los conducen no a ver la luz, sino a sumergirse más en las tinieblas, a seguir por los caminos transitados que no llevan a ninguna parte, o quizás solo llevan a esos lugares a los que nadie quiere ir, porque como ocurría en las obras de Tennessee Williams, los tranvías pasan cuando menos te los esperas y a veces, aunque logres alcanzarlos, rara vez te llevan a esos lugares donde fuiste feliz o esperas serlo.