Entrevista a Maria Pérez

Entrevista a Maria Pérez, directora de “Malpartida Fluxus Village”. El encuentro tuvo lugar el viernes 19 de mayo de 2017, en el patio de la Virreina Centre de la Imatge de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Pérez,  por su tiempo, generosidad y cariño, y al equipo de la Virreina Centre de la Imatge, por su amabilidad, paciencia, y atención.

El cine de fuera que me emocionó en el 2016

El año cinematográfico del 2016 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- EN EL SÓTANO, de Ulrich Seidl

https://242peliculasdespues.com/2016/01/14/en-el-sotano-de-ulrich-seidl/

2.- LOS ODIOSOS OCHO, de Quentin Tarantino

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3.- EL HIJO DE SAÚL, de László Nemes

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4.- CAROL, de Todd Haynes

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5.- NUESTRA HERMANA PEQUEÑA, de Hirokazu Koreeda

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6.- AHORA SÍ, ANTES NO, de Hong Sangsoo

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7.- LA VENGANZA DE UNA MUJER, de Rita Azevedo Gomes

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8.- MÁS ALLÁ DE LAS MONTAÑAS, de Jia Zhang Ke

Jia Zhang Ke, uno de los autores más brillantes del actual panorama internacional, responsable de obras tan contundentes y demoledoras como The world, Nauraleza muerta o Un toque de violencia, vuelve a desmembrar y profundizar sobre la historia reciente de China bajo el prisma político, social y cultural, y cómo todos esos cambios han afectado a sus habitantes. La película se centra en Tao y sus dos amigos de la infancia, Zhang, prometedor propietario de una gasolinera, y Lianzi, minero en condiciones laborales durísimas. Estamos a finales de 1999, cuando Hong Kong se independizó y formó parte de China, cuando Tao elige como marido a Zhang y dejan de ver a Lianzi. Pasan los años, y nos encontramos en el 2015, y Tao y Lianzi vuelven a encontrarse, y aún existe otro capítulo, el que nos lleva al año 2030 cuando conocemos al hijo de Tao y Zhang que vive en el extranjero. Zhang Ke cuenta a través de tres momentos los avatares de tres personas que se separaron y volvieron a juntarse en medio de la profunda transformación sufrida por China, desde el prisma comunista hasta el capitalismo, haciendo hincapié en todo aquello que tenían, que anhelaban y sobre todo, en aquellas cosas que perdieron por el camino. Un melodrama excelente que equilibra de forma magistral lo íntimo y lo colectivo, la historia de tres amigos inmersos en los cambios políticos, económicos y sociales del país en el que viven, que cuenta con una maravillosa interpretación de Tao Zhao, musa del director.

9.- REGRESO A CASA, de Zhang Yimou

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10.- CABALLO DINERO, de Pedro Costa

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11.- ELLE, de Paul Verhoeven

Paul Verhoeven, prolífico autor holandés, después de su amplio periplo en la industria estadounidense, y embarcarse en su país en una historia sobre el colaboracionismo nazi en El libro negro, parece volver a sus orígenes componiendo una película sobre oscuras perversiones sexuales como en sus primeros filmes. Tomando como inspiración la novela de Philippe Djian, y contando con la maravillosa interpretación de una magistral Isabelle Huppert, parte de una situación terrorífica como es una violación al personaje de Huppert, Michelle. Verhoeven traza un magnífico thriller erótico sobre nuestras perversiones sexuales más profundas y oscuras, además de una comedia sobre las costumbres hipócritas y miserables de ciertas clases acomodadas en el seno de un barrio de lujo en Francia. La película de gran carga psicológica y social se mueve entre personajes que mienten y engañan a los otros y a ellos mismos, que se mueven entre las apariencias que ofrece el lujo y la riqueza, pero en el fondo, son incapaces de desarrollar abiertamente sus pasiones e instintos más mundanos o bajos, creyéndose un mundo donde todo lo mueve el dinero, y la familia es un objeto como otro, simplemente para guardar las apariencias de una vida que en el fondo está vacía y es inmensamente triste. Una de las películas del año por su mezcla de géneros, sus ambientes malsanos, donde se destapa una violencia brutal y reprimida, convirtiéndose en uno de los grandes títulos en la carrera tanto como de Verhoeven y Huppert.

12.- PATERSON, de Jim Jarmusch

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13.- LA DONCELLA, de Park Chan-wook

Park Chan-wook, uno de los más brillantes directores asiáticos de la última década, se sirve de la inspiración la novela de la británica Sarah Waters (especializada en erotismo femenino) para situarnos en la década de los 30 en la Corea colonizada por Japón, donde una joven Sookee entra a trabajar como criada en una mansión lujosa para atender a Hideko que vive rodeada de lujo, pero atrapada por su pervertido y sádico tío. Chan-wook toma como referencia la estructura del clásico Rashomon, de Kurosawa, para contarnos un relato construido a partir de tres voces, tres puntos de vista que nos adentrarán en un mundo perverso, erótico y malvado, donde todos parecen decir la verdad y mentir al mismo tiempo. Gracias a un estetecismo brillante, acompañado de una ambientación de lujo, un terrorífico juego de miradas y sombras, el director surcoreano se destapa con una trama de violencia soterrada, pero donde la venganza (leit motiv de su filmografía) vuelve a tener protagonismo en un perverso juego de espejos, en el que las identidades van cambiando y mutando según las circunstancias. Chan-wook combina con audacia y brillantez los diferentes géneros, construyendo un mosaico infinito que camina entre el thriller erótico (con magníficas secuencias sexuales) el terror, el misterio, e incluso el melodrama más íntimo y conmovedor, dentro de un paisaje sucio y concomido, donde los cuatro personajes que pululan por la trama están sedientos de sexo, dinero y venganza, sin importarles su cruel moral para llevarlos a buen término.

14.- THE NEON DEMON, de Nicolas Winding Refn

Nicolas Winding Refn, director danés con una decena de títulos en su filmografía, autor controvertido por desarrollar una estética efectista y  deslumbrante, donde la música electrónica y vanguardista tiene su protagonismo, al servicio de relatos llenos de violencia cruel y extrema, ha creado una narrativa rompedora y provocadora, donde sus personajes, sobre todo, violentos asesinos, se mueven por lugares malsanos, perversos y terroríficos de los submundos de las drogas, la prostitución y la violencia sin sentido. Logró un inusitado éxito con Drive, en la que a partir de la película The driver, de Walter Hill, desarrollaba una trama de amor, violencia y segundas oportunidad contando con la excelente composición de su pareja protagonista, Ryan Gosling y Carey Mulligan. Ahora, nos llega  con un relato ambientado en Los Ángeles, ciudad donde llegan miles de jóvenes con la esperanza de hacerse un hueco en el mundo del espectáculo, a medio camino entre la sordidez de Lynch o Cronenberg, y los ambientes aparentemente dulces de la riqueza y el lujo, tan propios de la ciudad en cuestión. Winding Refn sigue a Jesse, una angelical y joven pueblerina que arriba con el deseo de convertirse en una súper modelo. El director danés construye su película de forma abstracta, casi onírica, donde todo parece desarrollarse desde un lugar mágico y terrorífico a la vez, combinando los sucios moteles regentados por tipos siniestros, o las fiestas de lujo ambientas en una mansión propia de los cuentos de hadas dirigidas por la bruja de Blancanieves. La brillante composición de Elle Fanning convierte la película en una suerte macabra y perversa de “La caperucita roja”, donde los lobos que acechan son aquellas rivales que también ansían el mismo puesto, y harán lo imposible para arrebatárselo.

 

 

 

Entrevista a Leire Apellaniz

Entrevista a Leire Apellaniz, directora de “El último verano”. El encuentro tuvo lugar el martes 2 de mayo de 2017, en el domicilio de unos amigos, en el marco del D’A Film Festival de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leire Apellaniz,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Aritz Moreno de Sr. & Sra., y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Abracadabra, de Pablo Berger

¡ESTÁS BAJO MI PODER!.

“Tus ojos pesan… Tienes sueño, mucho sueño…”

Uno de esos barrios cualquiera del sur de Madrid, uno de esos espacios periféricos quebrados por alguna carretera de circunvalación que dosifica la gran urbe, uno de esos barrios con edificios colmena sin fin atestados de pisos y miles de historias, cafeterías en las que los cafés con leche y porras son lo más demandado por la concurrencia,  donde se ve mucha tele, hay matrimonios que fingen quererse y hay adolescentes enteraos llenos de pircing, además, se suele comer frente a la tele comiendo riquísimas tortillas de patata con cebolla o algo frito para variar. En este ambiente, tan cotidiano y mundano, sitúa Pablo Berger (Bilbao, 1963) su tercer largo, un ambiente muy propio de su cine, como ya dejó claro en sus interesantes cortometrajes, antes de debutar en el 2003 con Torremolinos 73, comedia esperpéntica ambientada a principios de los 70 en mitad del tardofranquismo, donde una pareja desdichada se dedicaba al porno casero para salir de sus aburridas y precarias existencias, le siguió, casi una década después, Blancanieves (2012) una película completamente diferente, filmada en blanco y negro, muda, que recreaba el cuento de los Grimm ambientándose en la España cañí de los 20. Cinta que acumuló un gran éxito, tanto de crítica como de público.

Ahora, llega con un filme en las antípodas del anterior, como una vuelta de tuerca, algo así como el reverso tenebroso del espejo, acercándose más al paisaje de la España de barrio y cutre de sus cortos, y que también pululaba por su opera prima. El conflicto a priori parece bastante disparatado y también, delirante, a saber, un tipo, Carlos, albañil, rudo y de malos modales con los suyos, se desvive por su Real Madrid, y anda a la greña constantemente con su mujer, Carmen, una bondadosa que se desvive por él, y aguanta y aguante, se encuentra deprimida y vacía, aunque ella no lo sabe. Y la hija de ambos, adolescente en plena revolución hormonal, que se cree mucho y no llega a nada, propio de la edad. Pues eso, un día van de boda, un sobrino de ella, y durante el convite, Pepe, primo de ella, aniñado, de ropa ochentera, enmadrada y secretamente enamorado de su prima, aunque ellos lo saben, pues que Pepe, guardia de seguridad de profesión, pero mentalista de sentimiento, hipnotiza a Carlos y parece que algo sale mal, y desde ese instante, Carlos se comporta de manera diferente, tiene alucinaciones y todo empieza a irle mal, aunque su mujer empieza a sentirse muy atraída por la nueva personalidad de su marido o quién sea.

Carmen y Pepe, con los sabios consejos del Dr. Fumetti, mentor de Pepe y aprovechado en todo lo que se menea, se lanzan a una aventura que les llevará por una cafetería de la Gran Vía, al barrio de Carabanchel a desenterrar a un fiambre, a una sala de fiestas a bailar desenfrenadamente o a un salón de fiestas que oculta un pasado siniestro. Berger construye una película casi atemporal (exceptuando el partido de fútbol actual) donde la gente viste muy de ahora, pero también, muy ochentera, sobre todo, Pepe, que parece Pepito Grillo, el que siempre está ahí para lo que haga falta. El cineasta bilbaíno navega por diferentes géneros, creando un batiburrillo que salta sin complejos y con mucho acierto, de un género a otro, de forma sencilla y honesta, sin aspavientos ni filigranas técnicas, casi de una secuencia a otra, creando ese viaje lunático y muy disparatado, con momentos delirantes, que nos lleva desde la comedia negra, el costumbrismo social, el policíaco de investigación, lo fantástico, o el terror (el momento Villagrán mostrándose el piso del muerto es impagable) o los momentos más absurdos (como el piso naif de Javivi, donde se juega a los enredos inequívocos), aunque todo ello para descubrirnos una historia de amor, una de amour fou, una historia bonita y emocionante, donde una mujer, de vida deprimente, redescubre a alguien, que se parece a su marido, y vuelve a ilusionarse, aunque ella misma tenga la cabeza hecha un lío.

Berger vuelve a construir un relato desde lo femenino, como hiciera en sus anteriores trabajos, casualmente, otra Carmen, la de Torremolinos 73, tomaba las riendas para llevar a cabo su sueño, en Blancanieves, eran la madrastra, interpretada por Maribel Verdú, y la protagonista, la que rivalizaban durante todo el metraje. Ahora, es el turno de Carmen, una mujer de cuarenta y tantos, de buen ver, que hará lo imposible para recuperar a su marido de ese espíritu maligno o no que se apoderado de él. El cineasta vasco se inspira desde la comedia clásica hollywoodiense que le dio al terror una forma de comedia fantástica donde los espíritus burlones y las brujas mágicas hacían de las suyas, o más cercanos, desde la literatura esperpéntica y social de los maestros, o las comedias negras escritas por Azcona, o incluso el cine de Lazaga, con sus comedias costumbristas que daban buena cuenta de una idiosincrasia española reprimida y apocada, que buscaba en el sexo con las turistas una manera de abandonar sus vidas tristes y grises, y reencontrarse, en cierta manera, con algunos de sus sueños olvidados, o ciertos aires de algunas películas de Woody Allen con sus comedias fantásticas combinando amor e hipnosis.

Berger vuelve a contar, en su mayoría, con el equipo técnico que tan buenos resultados le dieron en Blancanieves, con la fotografía de Kiko de la Rica, una luz de colores saturados que refleja al detalle esos ambientes cutres, cotidianos, con buses atestados y olor a fritanga. Alain Baineé en el arte, con esos ambientes recargados de objetos, tanto actuales como ochenteros, Paco Delgado en el vestuario creando esos figurines de ropa de oferta de los chinos, sin olvidar la bisutería de pega, mezclado con los colores vivos y llamativos que leva Pepe, el montaje elegante y sutil de David Gallart, y la música tenue y fantasmagórica de Alfonso Vilallonga, acompañada de una score heterogénea, recogiendo el espíritu que respira toda la película, en la que también escuchamos el imprescindible “Abracadabra” de la Steve Miller Band (en un momento brutal del filme con un pedazo de baile incluido) Mike Olfield (banda musical que acompaña los shows domésticos del “mentalista” Pepe) y otros, como 10cc, Camilo Sesto o La Zowi, entre otros…

Una película cómica, pero también elegante y sofisticada, convirtiéndose quizás, en el mejor título de su director, o al menos, en el trabajo que más recrea ese mundo que bebe de la idiosincrasia tan recurrente en su cine, donde combina un reparto ejemplar que brilla a gran altura con un Antonio de la Torre, totalmente desatado en un personaje volátil que unas veces es un gilipollas y otras, el marido perfecto, Maribel Verdú, en otro personaje de gran riqueza en su altura, como los de Amantes o Belle Epoque, sugiriendo los diversos matices y emociones que respira su personaje de ama de casa por obligación que desea ser feliz, aunque sea por un leve suspiro, el buen hacer de José Mota que crea una interpretación magistral de Pepe, ese primo, algo pirado, endeble, y ciegamente enamorado que hará lo que sea por ayudar a su prima-amor, Josep Maria Pou recreando el maestro mentalista, muy esperpéntico y grasiento, que parece salido de algunas de las comedias de Valle-Inclán, que ejerce de cara dura y atento a las necesidades ajenas, las breves y estimulantes apariciones de dos veteranos como Ramón Barea y Saturnino García, y finalmente, el paisaje de barrio que se respira en toda la película, ejerciendo como guía y antena de las miles de historias de gente cotidiana, ordinaria y mundana que se mueve por esos lugares, que al fin y al cabo, sólo desean lo que todos los mortales, querer y que alguien los quiera, sólo eso, aunque a veces, ese sentimiento, es jodido de conseguir.

 

Regreso a Montauk, de Volker Schlöndorff

EL TIEMPO QUE NOS AMAMOS.

“Siempre hay un amor en la vida que nunca se olvida”

Max, un maduro escritor, llega a Nueva York para promocionar su último libro, en el que cuenta de manera autobiográfica, una historia de amor que vivió en la ciudad 17 años atrás, con una bella mujer llamada Rebecca. De casualidad, se encuentra a Walter, un viejo amigo anticuario, que le informa sobre la situación de Rebecca. En ese instante, Max, que se reencontrará con su joven esposa Clara, que vive en la ciudad, se embarca en una aventura para reencontrarse con Rebecca. Este es el arranque de la nueva película de Volker Schlöndorff (Wiesbaden, Hessen, Alemania, 1939) que vuelve casi dos décadas después, a las historias contemporáneas, después de dedicar buena parte de su filmografía a los temas candentes de su país, como la memoria del pasado, como la segunda guerra mundial, la Alemania post nazi, siempre marcado desde un prisma histórico y político, y basándose en grandes novelas de autores tan prestigiosos como Böll, Yourcenar, Grass, Proust, Miller o Atwood, entre otros, en películas que algunas de ellas han pasado a la historia: El joven Törless, El tambor de hojalata, Un amor de Swann o El honor perdido de Katharina Blum, entre muchas otras.

Aunque la historia transcurre en la actualidad, se basa en una novela autobiográfica del escritor Max Frisch (1911 – 1991) con el que Schlöndorff firmó la adaptación de la novela del propio autor Homo Faber, que dio lugar a la película El viajero, de 1991 protagonizada por Sam Shepard. En esta ocasión, las labores de adaptación las ha compartido con otro escritor, el irlandés Colm Toíbín, en la que han prescindido de la estructura ensayística que presidía la obra de Frisch para centrase en las acciones. Schlöndorff cimenta el relato desde el punto de vista del escritor, un hombre que ha dirigido su vida en función de las mujeres con las que ha estado, la mayoría, por no decir todas, han significado poco o nada para él, solo una, Rebecca, la joven que amó 17 años antes, y a la que tiene idealizada, en una love story soñada y que desea volver a vivir, en una idea de no perder aquel amor que todavía le persigue. Su lugar soñado, o el que recuerda, aquel espacio que compartieron se encuentra a dos horas de Nueva York, situado al final de Long Island, en Montauk, un lugar solitario y alejado del mundanal ruido, donde se localiza un faro antiguo, el cielo infinito y unas playas gigantescas e interminables. Pero los años han pasado, y Rebecca ya no es aquella mujer joven que quería comerse el mundo en la abogacía después de huir de la RDA. Ahora es una mujer segura de sí misma, triunfadora en su carrera, y aparentemente ordenada, y de carácter y fuerte.

El realizador alemán cuece una película honesta y sincera, en la que apenas ocurre nada: presentaciones y lecturas del libro, cenas sin sentido, copas en tugurios de diseño medio ocultos, edificios demasiado sofisticados, por un Nueva York diferente, alejado de la imagen turística, y también hay tiempo, para escuchar alguna crítica sobre la idiosincrasia yanqui triunfadora y superficial. Un relato reposado sobre el amor y nuestros sentimientos, en este río sin fin de emociones que desembocará en un par de días en la añorada Montauk, pero las cosas han cambiado, o mejor dicho, ellos han cambiado, el lugar es el mismo, pero las circunstancias, no. Rebecca y Marx volverán a reencontrar aquel amor que tuvieron, se dejaran llevar por el rumor de las olas en invierno, por ese paraje bucólico que atrapa hasta las entrañas, por escuchar “I want you”, de Dylan, o compartir una cena en un bar de carretera mientras escuchan canciones de cuando se amaron, y por supuesto, compartir una cama para sentirse que vuelven a ser jóvenes y tienen el mundo por delante. Pero Max no está sólo, mantiene una relación con Clara, muchos más joven que él, pero que no parece sentirse enamorado, y también, está algo del pasado de Rebecca, algo que la atormenta y sobre todo, algo que la ha cambiado, la ha convertido en esa mujer frágil que no quiere mostrar a los demás, y menos a Max. Schlondörff ha construido una película de pocos personajes, centrados en una pareja casi fantasmal, en un lugar apartado, que también podría pertenecer a esas sombras del pasado que nos engañan y nos hacen creer aquello que nos empeñamos en ver, sin medir las consecuencias emocionales de nuestros actos.

Una película que nos habla de las emociones profundas de unos personajes que no parecen nada satisfechos con sus vidas, aunque aparentemente demuestren lo contrario, donde sus intérpretes brillan a gran altura con Stellan Skarsgard (habitual de Lars Von Trier) sobrio y elegante,  dando vida al escritor, Nina Hoss (actriz fetiche de Christian Petzold) es Rebecca, con esa mirada fascinante y de belleza cautivadora, la mujer soñada que acaba deviniendo en un fantasma triste consumido por el dolor, la efectiva Susanne Wolff es Clara, la enamorada esposa que no acaba de entender las huidas del escurridizo Max, la naturalidad de Isi Laborde-Edozien que da vida a Lindsey, la chica de prensa convertida en faro y confidente de la actitud inmadura de Max, y finalmente, Walter encarnado por el siempre elegante Niels Arestrup (muy solicitado por Audiard, Tavernier o Ferreri, e intérprete para Schlöndorff en su Diplomacia, su penúltimo trabajo) dando vida al enigmático bon vivant y guía de ese pasado turbio, complejo y a la vez soñado, que quiere recuperar Max, aunque hay veces que es mejor revivir en nuestros recuerdos aquellos años y lugares en los que fuimos felices, porque la realidad y la verdad que esta esconde, puede albergar situaciones que no queramos vivir porque nos pueden llevar a lugares contrarios en los que queríamos estar.

Dunkerque, de Christopher Nolan

EL HORROR DE LA GUERRA.

Entre el 26 de mayo y el 10 de junio de 1940, se libró una de las batallas más horribles y espeluznantes de cuantas acontecieron durante la segunda guerra mundial. El lugar elegido de siniestro recuerdo fue Dunkerque, en Francia, donde se agolparon en su playa, desesperados, sucios y hambrientos, más de 300000 soldados británicos y franceses a la espera de ser evacuados debido al imparable avance del ejército de la Alemania nazi. La evacuación, desesperada y plagada de bajas, ya que eran atacados por tierra, mar y aire, sobre todo, por aire, con sus cazas alemanes, a todas las embarcaciones que intentaban salir de esa playa siniestra, que se convirtió en una tumba para muchos de aquellos soldados. La décima película de la filmografía de Christopher Nolan (Westminster, Londres, 1970) describe minuciosamente buena parte de todo lo que aconteció en Dunkerque durante aquellos horribles 15 días, y lo hace desde la parte más primigenia del cine, como un viaje de regresión a la narrativa cinematográfica de los inicios, cuando la pureza de la imagen cimentaban las historias a falta de sonido.

Nolan, apoyándose en el 70 mm (como también hizo Tarantino con Los odiosos ocho) recupera el analógico en su carrera para sumergirnos en el alma de aquellos días, en el interior de cada uno de los personajes que nos cuentan sus íntimas odiseas para librar su batalla. Nolan construye una magnífica epopeya bélica, en la que la gran utilización del sonido y su música, obra del gran Hans Zimmer, nos convierte en un soldado más, en uno de aquellos jóvenes que hizo lo imposible por escavar de aquel maldito infierno de playa. Y sí, la película es espectacular, pero Nolan no sólo se queda en la imagen esteticista, sino que va mucho más allá, las llena de contenido, capturando las emociones íntimas de cada uno de los personajes, y lo hace de manera sencilla y cercana, ya con su arranque deja claro las intenciones de su propuesta, cuando vemos a unos cinco soldados caminando sin temor por las teóricas calles tranquilas de Dunkerque, pero de repente, comienzan a dispararles, y todos salen despavoridos a esconderse, la cámara sigue a uno de ellos, el que sobrevive, y a partir de ese instante, seguiremos el periplo de supervivencia que experimenta el soldado para salir con vida de esa ratonera.

Nolan despieza su película en cuatro voces, o digamos, cuatro segmentos o relatos, del joven soldado pasaremos a un coronel británico que se encarga de la evacuación, de los intentos de evacuar, mejor dicho, porque asistiremos a muchos hundimientos de barcos antes de que tomen alta mar, de ahí, también seguiremos en este caso el viaje de una embarcación civil que sale de Inglaterra para auxiliar a los soldados atrapados, un padre y un hijo que rescatarán a un aviador abatido destrozado psicológicamente, con el que vivirán más de un momento de tensión, y más tarde, a otro, pero este en mejores condiciones de salud, y finalmente, la cuarta de las historias, la viviremos en el aire, a bordo de uno de los aviones ingleses, que libra una batalla a muerte intentando parar a los temibles cazas nazis que bombardean la playa y los buques con soldados. Nolan nos muestra el horror de la guerra, con su locura, caos y supervivencia, dentro de una película fría y siniestra, donde todos los soldados, intentan escapar de ese inferno, utiliando códigos propios del cine de terror, y también el de aventuras, donde penetramos en el alma horrible y caótica de la guerra, de su imapacable deshumanización.

 

El director británico combina lo humano y lo íntimo de cada uno de los personajes, con lo oficial y lo colectivo, y lo hace de una forma sincera y honesta, en una película que parece recuperar ciertas inquietudes que poblaban sus primeras películas, como Memento o Insomnia, incluso El prestigio, relatos de personajes, donde la historia se posicionaba al servicio de las emociones, centrándose en la humanidad y sentimientos de cada uno de ellos, y dejando el espectáculo circense de apabullantes efectos  que si mantienen la trilogía de Batman, exceptuando sus últimas producciones Origen o Interstellar, donde sí que había intentos de construir elementos psicológicos de los personajes que ayudasen a que la historia mantuviera su pulso firme, aunque lastradas por el excesivo metraje y unos guiones desajustados que tendían al espectáculo porque sí. Ahora, Nolan, ha encontrado el ajuste ideal, un metraje que no llega a las dos horas, 106 minutos para ser exactos, muy lejos de los 150 minutos o más, de las películas que comentábamos, un relato de cuatro puntos de vista, donde vamos descubriendo las motivaciones de cada uno de los personajes, un guión no lineal, el detalle al servicio del espectáculo, y sobre todo, la locura y el caos de la guerra, donde todo se mueve a velocidad de crucero, y los pocos respiros que se sobreviven son sólo para contar cadáveres que expulsa el mar.

Nolan respalda sus abrumadoras y terroríficas imágenes con la aportación de unos grandes intérpretes como Mark Rylance (el padre que, junto a su hijo y un amigo, emprende un viaje para salvar a soldados indefensos) Tom Hardy (el valiente aviador que se juega su vida en el aire para derribar cazas alemanes) Cillian Murphy (el aviador muerto de miedo que lucha por huir del infierno) Kenneth Branagh (el coronel que lucha incansablemente para evacuar todos los soldados posibles, contradiciendo los augurios de Churchill) y Fionn Whitehead y Harry Stiles (los jóvenes soldados que luchan infatigablemente para salvar el pellejo), un reparto de grandes intérpretes que ayuda a involucrarnos en el aspecto psicológico de la contienda. El cineasta inglés cuenta de forma ejemplar y brutal una película que se convierte en uno de los títulos de referencia del género bélico como en su día lo fueron El día más largo, Un puente lejano, entre otras, como los primeros minutos de Salvar al soldado Ryan, dando cuenta a la primera gran derrota aliada de la segunda guerra mundial que, entre otras cosas, sirvió para cambiar la estrategia bélica y así devolver el tremendo golpe que costó la vida a muchos hombres, un golpe que tuvo lugar también en Francia, en las playas de Normandía, en el famoso día D,  hora H, de aquel 6 de junio de 1944.

 

Sieranevada, de Cristi Puiu

LA FICCIÓN DE NUESTRA MEMORIA.

El arranque de la película situado en mitad de una calle céntrica de Bucarest, define de manera brillante lo que serán sus características, a saber, primero, percatamos una cierta distancia con aquello que se nos está contando, la cámara filma desde la otra acera de donde se están llevando a cabo los hechos, una madre y su hija esperan supuestamente al automóvil del padre que ha dado la vuelta, no sabemos a ciencia cierta que está ocurriendo, pero el tiempo transcurre y la espera también, y ese tiempo se va dilatando, con esa sensación que las cosas parecen no tener fin, y finalmente, la utilización del sonido, a veces ambiental, y otras, silencioso. Aparece el coche del padre, se suben el matrimonio, después de dejar a la niña y se dirigen a la casa de los padres de él para celebrar un homenaje al padre muerto 40 días después de su fallecimiento. Cristi Puiu (Bucarest, 1967) uno de los grandes nombres de los cineastas surgidos en Rumanía en el nuevo milenio que, a través de propuestas sencillas y cotidianas, pasan revista a los acontecimientos históricos del país desde la época comunista, la caída de Ceaucescu, el gobierno de Iliescu, y los nuevos tiempos, con el capitalismo feroz, y la escasez laboral y económica.

Puiu nos encierra en el piso familiar, donde se ha reunido todo el clan para conmemorar al ausente, ellos son los últimos en llegar, Lary, y su esposa, que se ausentará ya que le urge comprar una serie de cosas. Lary, doctor de profesión, pero obligado por la precariedad a vender máquinas para hospitales, y así sucesivamente, iremos conociendo a todos los miembros allí reunidos. Todo contado a partir de esas dos premisas que comentábamos al inicio, la distancia de la cámara, que filma y capta al detalle todo lo que va aconteciendo, y el tiempo, aquí contado en tiempo real, un metraje que llegará casi a las 3 horas, a través de las planos secuencia interminables, donde la comida se va posponiendo, y no acaba de producirse, primero, por la tardanza en la llegada del cura ortodoxo que presidirá la ceremonia, y luego, por otra aparición, esta inesperada, la del tío, presumiblemente adultero, que viene a reclamar su lugar como jefe del clan,  ahora que el muerto no está. Puiu sigue en las coordenadas dramáticas que le han encumbrado como uno de los nombres indiscutibles del panorama cinematográfico internacional, en La muerte del Señor Lazarescu (2005) nos contaba la odisea de un señor mayor que pasaba de hospital en hospital sin que ninguno pudiese localizar su dolencia, en Aurora, un asesino muy común (2010), filmaba en deambular de un tipo perdido angustiado por el abandono de su mujer, películas que le servían para indagar en la historia reciente de su país, el terrible pasado comunista, la dura transición al nuevo sistema económico, y los restos de aquello que desapareció y lo nuevo que no acaba de ser aquello que tanto deseaban, el desencanto instalado en un país en tierra de nadie, que es europeo, pero parece anclado en fantasmas del pasado y en diferencias irreconciliables entre sus habitantes.

Puiu pone sobre la mesa varios temas, desde el atentado de las torres gemelas, donde algunos opinan sobre la conspiración, también conocemos a una vieja comunista que alardea de ese pasado, enfrentado a otros, más jóvenes que critican su actitud, y demás cuestiones sobre la memoria del país que acaba siendo la memoria de uno mismo, sobre la historia que conocemos, la oficial, y la que hemos leído, sobre la manipulación de la memoria, y todo aquello que desconocemos de los sucesos, y lo mucho que debemos inventar para rellenar esos huecos, tanto históricos como personales, de nuestras vidas, unas vidas expuestas a una historia cambiante, oscura y difícil de conocer en su verdad. Puiu expone todos estos elementos, dentro de ese microcosmos, en la que cada habitación parece un espacio diferente, iluminado de diferentes maneras, espacios a los que es difícil acceder, con esas puertas que constantemente se abren y se cierran, como si estuviésemos viendo una comedia clásica de Lubitsch o Hawks, donde la coreografía de puertas y personas se mueves al compás de unos movimientos que parecen dominarles contra su voluntad.

El cineasta rumano no deja ningún tema sin tratar, aquí hay tiempo para hablar de historia, política, religión, trabajo, familia, dinero y demás cuestiones que, no sólo trazan un marco de los diferentes integrantes de la familia, sino que despieza la reciente historia de Rumania y los diferente hechos internacionales que se han vivido en los últimos años. De lo individual o íntimo a lo colectivo, de lo cotidiano a lo oficial, los diversos contrastes de la película y sobre todo, de todas las relaciones humanas que se van viviendo en la jornada del sábado, un sábado como otro cualquiera, donde cada uno de los componentes de la familia deberá enfrentarse a su verdad y exponerla o no a los otros, desnudarse emocionalmente para ser juzgado. Aunque Puiu parece instalado en situaciones que podríamos llamar de comedia, también hay drama, un conflicto emocional de cada uno de los integrantes que vemos pulular por ese piso. Una comedia amarga, aquella que afloró en los cuarenta o cincuenta en Europa que servía para esconder las miserias de una población derruida por la guerra, o la que ayudó a Berlanga en sus magistrales Plácido o La escopeta nacional, para retratar las miserias del franquismo con su doble moral y una rectitud y buenas formas de pacotilla que aparentaban un país mísero arruinado por el fascismo y el terror. Puiu habla de mucho con muy poco, convocando a un grupo heterogéneo familiar que vive o sobrevive en la Rumanía actual que después de la caída del comunismo creían que los nuevos tiempos les traerían nuevas oportunidades, pero estas, para su desgracia, todavía están por llegar.