El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Roberto Bahar

LOS OLVIDADOS EN LAS CUNETAS.

“Qué injusta es la vida… No, qué injustos somos los seres humanos”.

La frase que encabeza este texto y abre la película, la dice María Martín, una anciana que habitualmente se acerca a la curva de una carretera y deposita un ramo de flores  a un quitamiedos, el mismo lugar, Buenaventura (Toledo) donde 82 años atrás asesinaron y enterraron a su madre, Faustina López González. También, señala a en dirección a unos zarzales donde lanzaron su ropa, la anciana tenía entonces 6 años, pero lo recuerda como si fuera ayer. Desde el primer instante, la película nos sumerge en la memoria, en el recuerdo de los que ya no están, en esas ausencias que atormentan a sus descendientes, a aquellos que los recuerdan, a aquellos que jamás los han olvidados, los vivos que claman contra el terror del franquismo, contra aquella dictadura terrorífica que estuvo asesinando durante cuarenta años, y una vez terminada, con la ley de amnistía de 1977, todas esas víctimas fueron condenados al olvido institucional, una injustica inhumana que todavía persiste en la memoria de tantos que nunca los olvidarán. Almudena Carracedo y Roberto Bahar, cineastas residentes en EE.UU., donde cosecharon un gran reconocimiento con su anterior trabajo Made in L.A. (2007) en el que retrataban las visicitudes de tres costureras inmigrantes en los Estados Unidos.

En su nuevo trabajo, construyen un ejercicio humanístico y contundente sobre el pasado, sobre la memoria negra de España, y lo hacen a través de un trabajo de cinema verité e intimismo, retratando la cronología de la llamada “Querella Argentina”, donde un grupo de personas encabezadas por Carlos Slepoy, abogado de derechos humanos, víctimas directas y familiares de asesinados del franquismo emprendieron una lucha silenciada para llevar a los tribunales a aquellos asesinos y verdugos a las ordenes de la dictadura franquista, por medio de una jueza argentina que, al igual que hizo la justicia española con Pinochet, y amparados en un derecho universal de investigar los crímenes contra la humanidad, se lanzan a un proceso largo para contar la verdad, y hacer justicia, por ellos y por los que ya no están. Carracedo y Bahar han filmado durante 6 años todos los momentos de este grupo reducido al principio pero que pasó de más de 600 querellantes contra los verdugos, personas como la citada María Martín, José María “Chato” Galante (con el que recorremos la antigua cárcel de presos políticos) que siendo un joven universitario fue llevado a la Brigada Político Social de Madrid y torturado por Billy “El Niño”, uno de los torturados más significativos de la última década del franquismo, como Felisa Echegoyen, y tantos otros jóvenes en contra de la dictadura, que fueron torturados, encarcelados y algunos, asesinados, o esas madres que descubren que sus hijos dados por muertos en el parto, les fueron robados y con identidades nuevas, donados libremente a familias pudientes del régimen, y bien entrada la democracia.

Cada uno de los represaliados nos ofrece sus testimonios sobre sus casos, y vamos escuchando sus verdades, verdades silenciadas y envueltas en la oscuridad de una democracia que sigue mirando hacia otro lugar, negando la verdad y justicia que tantos claman, enfrentándose de una vez por todas a su memoria más negra y haciendo justicia reparando tantas injusticas del pasado. También, seremos testigos de exhumaciones de fosas comunes, y todas las trabas judiciales de la justicia española para no investigar, para dejar las cosas sin más. Los cineastas nos sumergen en un documento valiente y necesario, un trabajo minucioso de memoria y justicia, poniendo rostros y testimonios a tantos silenciados por el olvido impuesto por los gobiernos de turno, pero la decisión y voluntad de todos ellos sigue en la lucha por la verdad y la justicia, por dejar constancia de su testimonio y seguir en la pelea hasta el final de sus vidas.

Carracedo y Bahar nos conducen por una mirada que por momentos nos indigna, y en otros, nos emociona, y ambas cosas a la vez, donde sin trampa ni cartón, penetran en la intimidad de estas vidas rotas por el terror del franquismo, pero vidas valientes y decididas en seguir en el camino para paliar tantos errores del pasado, cueste lo que cueste, y caiga quien caiga, sin perder las esperanza a pesar de las innumerables trabas judiciales, a pesar de tantos huesos esparcidos por la geografía nacional, algunos historiadores hablan de más de 100000 desparecidos enterrados en las cunetas de tantos lugares, segundo país del mundo después de Camboya. La película nos conduce por un terrible y doloroso viaje sobre las brumas del franquismo y el olvido de la democracia, protagonizados por aquellos que sufrieron ese terror y ese olvido estatal, peor haciéndolo de manera sencilla y honesta, sin sentimentalismos, ni condescendencias, sino con coraje y determinación por dar voz y visibilidad a tantos testimonios valientes y decididos por hablarnos de verdad, justicia y sobre todo, no olvidar a aquellos que corrieron peor suerte y todavía no reposan en un lugar donde los suyos puedan recordarlos como valientes defensores de la democracia y la libertad, y que nos sean ocultados y olvidados debajo de carreteras, como esas estatuas que recuerdan a las víctimas del franquismo, perdidas y olvidadas en un páramo, que una de ellas recibió un disparo, triste metáfora para un país quebrado y errante, que pideo olvidar sin hacer ningún gesto de memoria y justicia, que tiene el deber de recordar y reparar a todos aquellos que sufrieron el franquismo, a todos los que siguen olvidados en tantas cunetas del país.

Entrevista a Arantxa Aguirre y Rosa Torres-Pardo

Entrevista a Arantxa Aguirre y Rosa Torres-Pardo, directora, y coproductora y pianista de la película “El amor y la muerte”, en el Hotel Evenia Rosselló en Barcelona, el miércoles 31 de octubre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Arantxa Aguirre y Rosa Torres-Pardo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Andrea Jaurrieta

Entrevista a Andrea Jaurrieta, directora de la película “Ana de día”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el domingo 6 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Jaurrieta, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Martín Samper, coproductor de la película, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Alba Sotorra

Entrevista a Alba Sotorra, directora de la película “Comandante Arian”, en las oficinas de su productora en Barcelona, el miércoles 17 de octubre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Sotorra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Lazzaro Feliz, de Alice Rohrwacher

UN CUENTO SOBRE LA BONDAD.  

“Lazzaro Feliz es la historia de una santidad menor, sin milagros, sin poderes o superpoderes. Sin efectos especiales. Es la virtud de vivir en este mundo sin pensar mal de nadie y simplemente creer en los seres humanos. Porque otro camino es posible, el camino de la bondad, que los hombres siempre han ignorado, pero que siempre reaparece para cuestionarles. Algo que pudo haber sido pero que ni nos atrevimos a desear.”

Alice Rohrwacher

Con sólo tres películas, Alice Rohrwacher (Fisole, Toscana, Italia, 1981) ha creado un universo muy personal, un mundo de ambiente rural, lleno de ternura y sensibilidad, pero también, lleno de fantasía, donde las cosas más mundanas y cotidianas, esas que pasan desapercibidas, o de muy vistas, ya no se les hace el caso que debieran, van transformándose en otra cosa, adquiriendo una piel distinta, entrando en un estado espiritual, de más adentro, donde las cosas de siempre, feas y tristes, van convirtiéndose en algo diferente, y a la vez, extraño, capturando una magia que sumerge todos nuestros sentidos en un mundo donde todo es posible, donde las tristezas y los pesares del mundo, se vuelven de otro color y texturas, no se resuelven por arte de magia, pero sí se encaran con otro ánimo, porque a pesar de la negrura del mundo, siempre hay un motivo para verlo de manera diferente, más cercana a las emociones.

En su debut con Corpo Celeste (2011) una niña y su madre hacían lo imposible para reintegrarse en una zona rural de Calabria, tradicionalista y de moral católica, después de vivir 10 años en Suiza. En El país de las maravillas (2014) Gelsomina y su familia fabricaban miel en un pueblo, cuando deberán enfrentarse al final de esta forma de vida que parece tener fin. Cuentos inspiradores, fábulas mágicas pero con una base real, donde lo más insignificante adquiere un sentido humano y sobre todo, fantástico, donde las cosas se vuelven de distinta forma, con otro color y con texturas atrayentes y agradables. Rohrwacher continúa en el marco de la fábula en Lazzaro feliz, donde retrata a un joven campesino (interpretado por Adriano Tardiolo en su primera incursión en el cine) que es pura bondad e inocencia, alguien casi místico, un ser lleno de buenos sentimientos, que quiere ayudar a todos, y nunca se niega o se queja por nada ni por nadie, una especie de santidad, pero con los pies en el suelo, humano y cercano a aquellos que más lo necesitan. Aunque, en la pequeña aldea de “La Inviolata” se ha convertido en el chico para todo, donde todos los campesinos se aprovechan de esa bondad sin fin, unos campesinos que cultivan tabaco, en situación de esclavitud y servidumbre para la marquesa Alfonsina de Luna y su hijo Tancredi, un chico díscolo y engreído que intenta llamar la atención con estúpidas travesuras de una madre miserable y clasista.

Lazzaro y Tancredi se hacen amigos y mantienen una relación agradable y de camaradería. Todo cambiará cuando las autoridades descubren la situación de “La Inviolata” y acaban con ella, por estar ya prohibido por ley esa forma de trabajo y vida. La cineasta italiana parte su película en dos. En el primer bloque, asistimos a una película sobre campesinos y sus formas de vida, en un marco antropológico, donde somos testigos de su miseria y relaciones entre ellos, donde Lazzaro es el criado de todos, una condición que asume sin rechistar ni quejas de ningún tipo. En la segunda mitad, la película se ha ido al futuro, donde aquellos niños y niñas ahora son adultos y viven en la periferia de Roma, donde malviven y se dedican al hurto o al trapicheo de objetos y cualquier tipo de cosa que pueda generar dinero, y donde Lazzaro, sigue con la misma edad, a pesar de todos los años transcurridos, y se marcha a la ciudad ya que el pueblo está abandonado, y encuentra a una de esas familias del pueblo y convive con ellos.

La extraordinaria y sublime luz de Hélène Louvert (que ya había trabajado en las dos anteriores películas de Rohrwacher) realizada en 16mm, con todo ese grano y textura, que da vida y proximidad en el mundo rural, en ese campo lleno de colores, tierra, polvo y sudor, contrasta con los grises sombríos de la ciudad, donde a pesar del cambio de lugar y haberse liberado del yugo de la marquesa, las cosas continúan igual, como si el tiempo se hubiera detenido, donde siguen habiendo una sociedad dividida entre amos y esclavos, entre explotados y vividores, donde unos sirven a otros en condiciones miserables y deshumanizadas. El sobrio y brutal montaje de Nelly Quettier (responsable de la edición de Léos Carax o Claire Denis, entre otros) ayuda a seguir la peripecia de Lazzaro y los demás, contribuyendo a ese aire de magia que destila la película, mezclando con delicadeza la triste realidad con los momentos mágicos, fusionándolas de un modo sencillo y natural, creando un nuevo espacio en el que todo es posible, donde suciedad y fantasía conviven junto a los personajes, donde en cualquier momento puede ocurrir lo inesperado y lo sobrenatural.

Rohrwacher aboga por la bondad en este mundo deshumanizado, en una maravillosa y sutil fábula sobre la condición humana, en la que lanza un grito de esperanza e ilusión, sin olvidarse de la tragedia de la sociedad, una sociedad materialista que ha olvidado a los seres bondadosos y de buen corazón, donde éstos no tienen cabida y son arrojados miserablemente. La directora italiana nos cuenta su película desde las emociones, sin caer en aspavientos sentimentalistas ni nada de ese tipo, ni tampoco en discursos moralistas, sólo guiándonos a través de la mirada absorbente del joven Lazzaro, alguien que no parece de este mundo, no por un físico extraño ni fantástico, sino porque la bondad y la inocencia que transmite ya no pertenecen a este mundo, si alguna vez lo hicieron, cualidades humanas que lo hacen de otro mundo, valores que le convierten en un ser puro y santo, donde a pesar de este mundo individualista y clasista, siempre hay espacio para aquellos que son buenos, que hacen el bien, a pesar de los palos que reciban, a pesar de este mundo.

Rohrwacher también realiza una declaración de principios cinematográficos acudiendo a los grandes del cine italiano, enmarcando su aventura humanística tomando como referencias a aquellos que hicieron grande el cine italiano, como La Terra Trema, de Visconti, aquellos pescadores podrían ser los campesinos del tabaco, o del arroz de Arroz Amargo, de De Santis, o aquellos de El árbol de los zuecos, de Olmi, contados de manera neorrealista, capturando la esencia de lo humano como hacían Rossellini o De Sica, o la periferia sucia y fea de la ciudad que podríamos convocar al cine de Pasolini, o esos lugares industriales abandonados, fríos y aislados que tanto le interesaban a Antonioni, o la magia, lo fantástico y los sueños que pululaban por los universos de Fellini. Toda la historia del cine italiano condensada en los 125 minutos de la película, que no copia de modo literal a los maestros, sino que recoge su esencia y el espíritu que recorría aquel cine para llevarlo a su universo de un modo visceral y extraordinariamente personal, convirtiendo así su película en una obra de calado universal y humanístico, donde nos habla de valores humanos que deberían guiar nuestras vidas a pesar del mundo en el que vivimos, porque quizás entre tanta trivialidad y quehaceres vacíos, nos olvidemos de que algún día podemos encontrarnos con un Lazzaro y no seamos capaces de verlo, o peor aún, lo expulsemos de nuestras vidas porque no nos detengamos a valorar todas sus bondades que son infinitas.

El amor y la muerte, de Arantxa Aguirre

GRANADOS Y SU TIEMPO.

“¿Qué es lo que ha interpretado usted, don Enrique? No podría explicarlo…: ese jardín, esas flores, su aroma, el perfume de los naranjos, la paz de los jazmines, el cielo de tonalidades rojizas, el momento… ¡Eso toco!”

Un mar en calma con su sonido apacible y emocionante nos recibe en los primeros minutos del arranque de la película, un mar parecido nos despedirá, un mar que engulló una fatídica tarde de un 24 de marzo de 1916 al pianista y compositor Enrique Granados (1867-1916). El nuevo trabajo de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) vuelve a tener la música como su motor principal, centrándose en la figura de uno de los compositores más importantes de la historia de la música, siguiendo cronológicamente su vida desde su nacimiento en Lleida hasta aquel trágico día en el Canal de la Mancha. El universo de Aguirre tiene mucho que ver con la música y la danza, como dejaba patente en su anterior trabajo Dancing Beethoven (2016) en el que planteaba una película que recogía los ensayos de la Compañía Maurice Béjart (que ya había retratado en El esfuerzo y el ánimo) con la novena sinfonía de Beethoven, así como las relaciones personales y humanas de sus componentes.

Ahora, y recogiendo el testigo que supuso el trabajo de Una Rosa para Soler (2009) donde recuperaban la biografía y el legado de un músico clérigo del siglo XVIII, y con la compañía nuevamente de la pianista Rosa Torres-Pardo (en labores de producción y pianista) nos invitan a un viaje a aquel siglo XIX para seguir las andanzas y desventuras de Enrique Granados, de sus años mozos pasando penurias económicas que lo llevaron a tocar en un café, o aquel viaje a París de veinteañero que le hizo conocer la bohemia, su amor con Amparo y sus seis hijos, o esos tiempos en Madrid de desconsuelo y tristeza, o la vuelta a Barcelona y los años de prestigio después de “Las Goyescas” (1911) y el viaje a Nueva York y estrenar en el Metropolitan y conseguir un gran éxito, amén de sus amistades fieles y entregadas con Albéniz, Falla, Casals, Apel.les Mestres, con el que trabajó en diversas operetas, y su profesor Felip Pedrell, y sus años de reconocimiento y la apertura de su Academia musical.

Toda su vida y los hechos más significativos son narrados con especial sensibilidad y delicadeza por Aguirre, haciendo un magnífico trabajo de archivo en el que nos muestran fotografías, y nos van leyendo las cartas y textos en voz de intérpretes como Jordi Mollà que ofrece la voz a Granados, o Emma Suárez que hace lo propio con Amparo, la mujer del compositor, o las pinturas de Goya, Rusiñol, Casas, Fortuny o Monet, entre otros, junto a las maravillosas ilustraciones de Ana Juan, con animación, del mar o el humo, y los sonidos ambientales, para contrarrestar la falta de imágenes que se conservan del músico, en el que escucharemos constantemente su música, sus delicadas y absorbentes composiciones como las “Danzas españolas” o los valses, o las citadas “Goyescas”, interpretadas por la pianista Rosa Torres-Pardo en solitario, o con un quinteto, o con el cantaor Árcangel, y otros pianistas con el acompañamiento de la cantaora Rocío Márquez, o el arte de Juan Manuel Cañizares en la guitarra, , incluso veremos el ballet de Maurice Béjart a ritmo de la “Danza oriental”, o la bailaora Patricia Guerrero al compás de la “Danza de los ojos verdes”, y muchos más, que interpretarán el maravilloso legado musical de Granados, devolviéndolo a la vida a través de su arte, de sus composiciones y su existencia.

Aguirre ha creado una pieza de cámara maravillosa, una fantasía romántica, contribuyendo a ese aire poético y trágico que tuvo la vida, la música y la muerte de Granados, en un trabajo primoroso de una cineasta que crea magia y fantasía con lo cotidiano y cercano, envolviéndonos en esa proximidad hacia el músico, penetrando en su vida, y sobre todo, en su alma, en aquello más profundo y oscuro de su condición humana, narrándonos con suma delicadeza todas las alegrías y tristezas que conmovieron al músico, sus penurias, frustraciones, decepciones o su amor Amparo y sus hijos, todas las huellas alejadas y próximas que siguen latiendo del músico, construyendo una figura brillante pero humana, con sus reflexiones y dudas, sus abatimientos y risas, con sus miedos y tristezas, y narrando con maestría aquel tiempo modernista de finales del XIX y los nuevos tiempos que parecían venir con el nuevo siglo XX, que truncó estrepitosamente la 1ª Guerra Mundial, y fatalmente, se llevó la vida de uno de los grandes compositores de la historia, porque aquellos miedos que explicaba en vida acerca de los viajes pro mar, acabaron siendo ciertos, ya que fue el mar el que finalmente se llevó a él y su querida esposa, ese mar que le tenía preparado ese trágico final. Aunque, como cuenta la película, a modo de cuento, su legado continúa muy vigente en nuestro tiempo, un tiempo que para Granados y su música, siempre seguirá latiendo y muy vivo.

 

Dogman, de Matteo Garrone

PERROS SALVAJES.

Aunque ya llevaba cinco títulos en su filmografía, fue con Gomorra (2008) un durísimo retrato sobre el hampa napolitana, basada en la novela de Roberto Saviano, inspirada en hechos reales, la película que catapultó el nombre de Matteo Garrone (Roma, Italia, 1968) a nivel internacional. Un cine que ya había dado muestras de su carácter indómito con retratos sobre inmigración y oscuras historias de amor y odio, ancladas en lugares de la periferia o alejados, donde van a acabar aquellos con pocos recursos o marginales, con historias protagonizadas por los más débiles, aquellos invisibles que se mueven entre la suciedad y lo más terrible de la sociedad, con un marcado estilo documental, donde el retrato de los personajes y sus vidas, se acaba fusionando con esos lugares casi ruinosos de sus ambientes, atmósferas duras, ásperas y sucias donde gentes humildes se relacionan con la gentuza más horrible de la sociedad. Un cine que recuerda a la fealdad y pesimismo del cine de Pasolini, donde sus personajes parece ser que tienen marcado un destino negro hagan lo que hagan. En Dogman, noveno título de su carrera, se centra en la vida de unos pequeños comerciantes instalados en las afueras de la ciudad, y más concretamente en uno de ellos, Marcello, un hombrecito enclenque y divorciado, que tiene una relación fraternal con su hija pequeña Alida, y regenta su peluquería canina, y mantiene una relación amable con sus vecinos también comerciantes. Aunque, hay algo que preocupa a Marcello y los demás, y tiene un nombre, Simoncino, una mala bestia que ha creado el terror en el lugar, adicto a la cocaína, que le proporciona Marcello, y con un carácter violento que asola el lugar y tiene muy preocupados a los comerciantes.

Garrone narra un cuento ético, sin moralina, sólo muestra unos hechos, y convoca al espectador para que se mantenga despierto y alerta, donde nos habla de manera sobria y concienzuda sobre las consecuencias de las elecciones en nuestras vidas, y cómo esas decisiones nos convierte en personas que odiamos, en la parte sombría de nuestra alma, y cómo el miedo y la confusión nos lleva a realizar actos impuros y deshumanizados, traicionando a aquellos que más queremos, y provocando terribles consecuencias para nuestras existencias. El cineasta italiano construye una película sobre lo peor de la condición humana, donde no hay esperanza ni salvación, o al menos hay muy poca, y muchos menos para todos. Un cine de personajes enfrentados con aquello más oscuro y terrible, donde la sociedad se vuelve más siniestra y feroz, en el que sobrevivir se convierte en la preocupación diaria, porque hay veces que la razón ya no vale, y la violencia es el único argumento para salir adelante, algo así como una huída por miedo a enfrentarse a esa bestia que cada día nos humilla y nos aniquila más.

Garrone plantea una película de atmósfera agobiante y brutal, que deja sin aliento, donde el tiempo siempre está nublado o lluvioso, con muy pocas horas de sol, con unos personajes que hacen sus típicos trapicheos ilegales para ganarse unos billetes, y que a veces acaban trasgrediendo los límites, y cuando se dan cuenta ya es demasiado tarde. Una trama construida a través de dos ambientes, la primera, observamos la vida cotidiana de Marcello y los demás comerciantes de la zona, con esos momentos tiernos y agradables de Marcello con su hija, planeando viajes que my probablemente nunca realizarán o sí, y luego, tenemos la presencia inquietante y violenta de Simoncino, que se encuentra desatado y sus actitudes violentas van a más, un mundo sórdido y brutal, donde la película vuelve a los ambientes del hampa napolitana de Gomorra, donde traficantes, ladrones y gentuza de la misma calaña, pululan por la vida de Simoncino, y por la de Marcello, a veces a su pesar, cuando el gigante lo mete en sus negocios turbios, porque cada día quiere más, y nunca tiene suficiente.

El cine de Peckinpah, y sus personajes atrapados en la violencia y con esos destinos fatales cargados en su pasado y conciencias, fatalidades de las que no pueden escapar, sería un fiel reflejo al que se mira Garrone, donde la violencia siempre se desata de forma muy violenta y las consecuencias siempre son trágicas, como la espiral violenta que narra el director italiano, que va in crescendo, sin nada ni nada que pueda evitarla, donde cada acto en apariencia inocente, se vuelve turbio y cruel, con la magnífica metáfora de esos perros enjaulados que asisten atónitos a toda la maldad humana. Garrone narra con dureza y contención una venganza, un combate a muerte entre el hombre bueno y la bestia violenta que ataca su mundo humilde y sencillo, en el que sobresalen las dos magnificas interpretaciones de la pareja en cuestión. La cuidada y contenida interpretación de Marcello Fonte (un actor que había trabajado con Scorsese o Scola, entre muchos otros) se convierte en el centro de la trama, bien acompañado por su contrincante en estas lides, el enorme y violento Simoncino, una mala bestia suelta y peligrosa al que da vida Edoardo Pesce, convirtiéndose en un enemigo a la altura de la composición de Fonte. Dos grandes trabajos que nos llevan de un lado al otro, de un extremo a otro, donde ya nada tiene regreso, donde siempre se va hacia adelante, con extrema violencia, en este cuento moderno sobre la amistad, las zonas oscuras del alma, las decisiones que tomamos, y sobre las jaulas que nos inventamos, nos creamos y esas vidas que no llevamos por miedo o por desilusión.