Nino, de Pauline Loquès

TRES DÍAS, TRES NOCHES.   

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”

Oscar Wilde

En la magnífica Cléo de 5 a 7 (1962), de Agnès Varda, una joven cantante espera impacientemente los resultados de si tiene cáncer o no. Mientras, aparece la vida, el amor, la incertidumbre y los conflictos. Algo parecido le sucede a Nino, un joven de 28 años que un viernes por la mañana es diagnosticado de cáncer al que le sucederán tres días con sus tres noches, donde la vida se impondrá en una existencia, hasta la fecha, bastante oscura, reservada y nada satisfactoria. Estamos ante una película donde la vida se tuerce, es decir, la vida se vuelve muy frágil, una vida que puede terminar, o al menos así lo piensa el protagonista, y es entonces, donde las cosas se tornan diferentes, menos oscuras y sobre todo, donde la vida ya no es una mera existencia insatisfactoria, y nada atrayente, como si la estuviera viviendo otra persona. En ese instante, la vida se vuelve de otro color, más intensa, más sencilla y quizás, de verdad, y con la idea de rodearse de las personas queridas. 

Primero fue el cortometraje La vie de jeune fille (2018), donde se contaba el conflicto de una joven que el día de la despedida es rechazada por su prometido, y no sabe cómo contarlo a sus allegados. Ahora, llega la ópera prima de Pauline Loquès (Cannes, Francia, 1986), que ha tenido la colaboración en el guion de Maud Amelie, que tiene en su haber películas de Noémie Lvovsky, MIkhaël Hers y Balndine Lenoir, entre otros. Una historia que recibe el nombre de su protagonista, Nino, en la que enfrenta en un duro trance a un joven que recibe la peor noticia: tiene cáncer. Los tres días siguientes se reencuentra con su madre, su ex novia, su mejor amigo, un desconocido en un albergue y una antigua compañera de clase. Cinco encuentros en los que mirará al pasado, a sus alegrías, a sus vivencias, y sobre todo, tres días para mirarse frente a los otros, para conocerse mejor, para atreverse a experimentar la vida ahora que parece que termina, o está al borde del precipicio, y no hay marcha atrás para lamentarse, para pensar en lo vivido y lo que no. El relato indaga y se cuestiona, no hace florituras ni sensiblerías sobre la cuestión que trata, y muchos menos, alecciona ni juzga, sino que retrata unos hechos concretos, unas actitudes ante la enfermedad, cuando el peligro acecha y las cosas se tornan más cercanas, más íntimas y más profundas. 

La cámara inquieta que no se separa del protagonista Nino, la conduce la cinematógrafa Lucie Baudinaud, de la que hemos visto sus trabajos en Olga, de elle Grappe, y más recientemente, El profesor de esgrima, de Vincent Pérez. Unos planos cerrados, que tocan al personaje principal, como un compañero más, como una segunda piel, que lo sigue sin descanso, que lo observa y se introduce con él en esa vorágine introspectiva y audaz que experimenta Nino. El montaje de Clémence Diard, con más de 19 títulos en su filmografía, con los que ha trabajado con directores de prestigio como Souleymane Cissé y Céline Sallette, entre otros. Una edición sin estridencias ni subrayados, llevándonos junto a Nino, en su peculiar caminar por la ciudad y sus pisos, sus lugares, en los que hay tiempo para reflexionar, para descansar, para intercambiar, para vivir y para hacer todo aquello que no había hecho hasta entonces, abrirse más y no esconderse. La ciudad es otro elemento importante en la película, un París menos conocido, menos turístico, o al menos, con una luz diferente, más tenue y mucho menos colorista, sino más hacia dentro en consonancia con la película que se cuenta y aquello que se desea transmitir. 

Un reparto encabezado por el fascinante y profundo Théodore Pellerin, que descubrimos de forma arrolladora en Solo, de Sophie Dupuis, en la piel de Simon, una drag queen enfrascada en el conflicto con una madre artista de gran éxito y una relación tóxica. Su Nino es apabullante, con una mirada intensa y un cuerpo que se va camuflando y fusionándose con los otros, en una composición profunda del actor canadiense. William Lebghil es Sofyan, su mejor amigo, que hemos visto en Mentes brillantes y Los buenos profesores. Salomé Dewaels es la ex compañera, vista en Las ilusiones perdidas y Un silencio. Camille Rutherford es la ex, vista en Anatomía de una caída y la protagonista de Jane Austen arruinó mi vida, y finalmente, las excelentes presencias de Jeanne Balibar y Mathieu Amalric. Acérquense a Nino y háganlo sin prejuicios y sin miedo, y vean sus imágenes y acompañen a su personaje, que vive una existencia que, después de su diagnóstico, verá las cosas de otro modo, y es interesante cómo se explica y se expone ese proceso tan íntimo, tan de verdad, sin dar lecciones de qué hacer y qué no, simplemente estando, o intentando estar, vivir y sentir estos tres días que, seguramente, serán los últimos de una forma de ver la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Viva, de Aina Clotet

NORA DESPUÉS DEL CÁNCER. 

“Encuentra el éxtasis de la vida; la mera sensación de vivir es alegría suficiente”. 

Emily Dickinson

Todavía recuerdo las grandes interpretaciones de Aina Clotet (Barcelona, 1982), en películas como 53 días de invierno (2006), Elisa K (2010) y La filla d’algú  (2019), y en las tablas en Escenes d’un matirmoni/Saraband en el TNC. Una actriz de piel, de cuerpo y gestos que traspasan personajes frágiles, vulnerables y humanos. En 2016 debuta como directora en el cortometraje Tiger, para luego codirigir la serie Això no és Suècia (2023), que combinaba drama, comedia y realidad en una pareja que intenta cuidar y educar de forma sana a sus hijas. Viva, su primer largometraje tiene mucho de la citada serie, porque fusiona muchos elementos como la realidad más cotidiana, bien sazonada entre el drama diario con el humor y siempre con una agilidad en la trama e inventada situaciones tan cotidianas como humanas. Un guion coescrito por la propia directora junto a Valentina Viso, también cocreadora y coguionista de la citada serie, en la que siguen ininterrumpidamente la existencia de Nora, una tía de cuarenta y pocos tacos, como cantaba Sabina que, acaba de salir de un cáncer y la vida la sumerge en una dicotomía de vivir como hasta ahora o lanzarse a explorar sin mesura. 

El personaje se lanza a explorar y a explorarse, sin medida, sin seguro y sin nada, en una vida/limbo en el que deja la seguridad y la monotonía de Tom, con el que lleva muchos años, y la aventura y la excitación sexual que significa el joven Max. La vida ya no espera, no se pospone, se vive intensamente, sin saber qué pasará mañana, en un mar de libertad, de exploración íntima, donde el sexo es una forma de libertad y liberarse, de hacer y ser, de no tener miedo a lo que vendrá y a dejarse llevar por las circunstancias, dejando atrás tanto pensar, controlar y planificar. La Nora tiene muchas similitudes con Geni, el personaje de Tots volem el millor per a ella (2023), de Mar Coll, coescrita por la citada Valentina Viso, en el que la mujer de vida marcada y estructurada, tiene un accidente que la hace girar el timón y empezar una vida completamente diferente, menos rígida, menos racional y más vital. Además, Nora es científica y vuelve a trabajar, con vistas de alargar la vida y hacer un futuro mejor. Y cómo no, están sus padres: el padre, científico como ella, y la madre, una locaza que es psiquiatra. Todos los contrapuntos, contradicciones y altibajos de la nueva vida de Nora, como evidencia la fantástica secuencia en la noria y en la feria como una especie de renacer y ser otra.

Para su primera aventura como directora, Clotet se ha rodeado de cómplices como Nilo Zimmerman, que le acompañó en Tiger y la mencionada Això no és Suècia, componiendo una película con una cámara que se pega al personaje principal, con muchísima luz, cegadora y tenue cuando toca, en uno de esos veranos muy calurosos y asfixiantes, con la inclusión de los insectos, tan significativos y reveladores, que recuerda al cine de Buñuel, con unos encuadres en los que la omnipresente Nora traspasa la pantalla, en un personaje que podemos tocar, sintiendo su piel, un cuerpo que respira deseo, libertad y contradicciones. La música de Clara Aguilar, de la que conocemos sus trabajos en Suro, Creatura (otra película hermana en la inmersión en el deseo femenino), y El príncep, entre otras. Unas melodías que, junto con los otros temas dance, van componiendo un mapa lleno de alegrías y tristezas que va exprimiendo Nora. El montaje de Aina Calleja, habitual de la citada Mar Coll y Nely Reguera, amén de estar en Això no és Suècia, en un relato que se va a casi las dos horas de metraje, que tiene intensidad, profundidad y sensibilidad de la que nos hace pensar, sentir y dejarnos llevar, entre el llano y la risa, entre la libertad y la seguridad, entre la vida y la muerte. 

Un reparto magnífico y muy bien escogido en el que encontramos rostros de verdad como Marc Soler que hace el joven bailarín Max, al que hemos visto en series como Celeste. El personaje de Tom, la pareja de años, lo hace Naby Dakhli, que compartió elenco con Clotet en Rastres de sàndal. Tenemos a unos sorprendentes padres de Nora en las interpretaciones de Guillermo Toledo y Lloll Bertran, que transmiten ese espejo/reflejo en el que vive la protagonista. También vemos a una interesante Laura Conejero, y unos estupendos Zaira Pérez y Xavi Daura, uno de los “Venga Monjas”, como una peculiar pareja. He dejado para el final la interpretación de Aina Clotet, que es una maravilla, llena de matices, detalles, amor, sexo, cuerpo, piel, gesto y mirada, en quizás, una de las interpretaciones de su carrera hasta la fecha. No se demoren mucho en ir a ver Viva, porque ya conocen cómo funcionan los ritmos de los estrenos en estos tiempos que corren, porque si llegan tarde, se habrán perdido una película de verdad, uno de esos retratos impecables, contundentes y profundos sobre qué ocurre después de pasar una enfermedad como el cáncer que casi nos mata. Nora, no podía llamarse de otra manera, lo tiene muy claro, va a dejarse de tanta agenda y lista, y va a lanzarse a vivir, pese a quién pese, y pase lo que pase, y a sumergirse en su cuerpo, su piel, su mente y todo el resto, porque vivir es eso disfrutar, equivocarse, reír, llorar, follar, sentir, no saber qué hacer, ser injusto, ser maduro o no, ser generoso y sobre todo, ser y sentir la vida, y todo lo que tiene de bueno y malo, y de qué se yo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Señor, llévame pronto, de Guillermo F. Flórez

CARMEN HA DECIDIDO MORIR. 

“Después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”. 

Mario Benedetti 

Hemos visto muchas películas sobre el significado de morir desde infinidad de puntos de pista, en las que asistimos a interesantes reflexiones sobre el hecho de dejar la vida, de enfrentarse a la muerte y todas las circunstancias que derivan a este suceso tan natural y a la vez, tan enigmático, oscuro y misteriosos. Seguramente nos quedan muchas películas más sobre este hecho, tan trascendental en nuestras existencias. En Señor, llévame pronto, de Guillermo F. Flórez (Madrid, 1983), nos situamos en la vida de Carmen, una mujer de 86 años que ha decidido morir. Cosa que hace en plenitud de facultades mentales y sin coacciones, simplemente como decisión de no querer seguir viviendo y suicidarse voluntariamente. Podríamos pensar que una película centrada en un personaje así, sería un relato triste porque habla del hecho de morir, pero aunque no lo parezca, es una comedia sobre la vida y la muerte, cómo no, sin resentimientos, sin luchas y sobre todo, sin rencor.  

El cineasta madrileño que lleva casi dos décadas dedicado al documental, con películas como Zindabad! (2010), rodada en la India, se encontró con Carmen cuando buscaba una película que hablase sobre a morir dignamente, y no sitúa en los últimos meses de Carmen, filmando una home movie donde la mujer de carácter, rebelde y simpática hace un repaso a su vida. Una vida donde ha pasado de todo: monja de clausura, boda, divorcio, amantes, hijo adoptivo y ex nuera y nieta, todo ello bajo una dictadura represora y una democracia que fue mucho menos de lo esperado. La película adopta el carácter y la vitalidad de Carmen y la retrata en el interior de su piso principalmente, mientras la mujer habla sin parar, dirigiendo y haciendo callar, mientras nos habla de su infancia, juventud y adultez de forma desordenada, yendo de aquí para allá y aún más allá, mientras manosea fotos antiguas e infinidad de objetos en un piso que está vaciando. Carmen es la película. Carmen es alguien que se despide de su vida y de los suyos, firme en su decisión y aceptando una vejez dura con problemas en las piernas, y explicando una vida de forma honesta, cómica y llena de ternura y negrura, en el mismo tono y atmósfera del universo Azcona-Berlanga, en que Carmen podría ser un cruce de alguno de sus personajes como el quijotesco de Bienvenido, Mister. Marshall, el marqués de La escopeta nacional y la Mary Santpere de Patrimonio Nacional

El director madrileño, coproductor de Operación globus (2019), de Ariadna Seuba, adopta por un estilo de cine directo, muy en la mirada y detalle de Moi, un noir (1958), de Jean Rouch, Titicut Follies (1967), de Frederick Weisman y Grey Gardens (1975), de Albert y David Maysles, las películas domésticas de Chantal Akerman todo un género en sí mismas y Agnès Varda con su inolvidable Los espigadores y la espigadora (2000), y los más cercanos Iván Z (2004), de Andrés Duque y La visita y un secreto (2022), de Irene M. Borrego, entre otros. Un cine que capta el encuentro entre cineasta y persona-personaje, de forma espontánea, sin un trazado hablado de antemano, en que el cine queda relegado a la vida y filma lo que se está produciendo, la verdad y la honestidad surgen de unos personajes más grandes que la vida, invisibles y directos que el cine desentierra del olvido y los hace protagonistas, dentro de su sencillez, humildad y humanidad. Un cine que no busca nada en concreto, sino filmar lo que tiene enfrente, y sobre todo, hacerlo desde la coherencia, la fuerza y lo natural, sumergiéndose en los pliegues de la vida y la muerte, en todas esas cosas que quedan ocultas y surgen con tiempo, paciencia y mirar detenidamente.  

Una película como Señor, llévame pronto, de Guillermo F. Flórez, nace del espíritu del cine como el mejor vehículo para acercarse a lo desconocido, y sacando provecho de su fantasmagoría para ver más allá de lo visible, y adaptándose a un personaje como Carmen, con una vida vivida a lo grande en todos los sentidos, seguida de una rebeldía innata, y un carácter que la hizo un ser diferente, contestatario y en continua transformación y una intensa búsqueda interior y exterior donde la vida hay que vivirla, disfrutarla, padecerla y echarse unas risas y unas lágrimas. La película recoge una parte del carácter arrollador y sensible de Carmen. Una parte que nos emociona y nos hace vibrar con un retrato que hace reflexionar con una mujer que ha decidido que hasta aquí hemos llegado y ahora es turno de morir. Seguramente a muchos espectadores les sorprenderá esta actitud ante la vida y la muerte, aunque a otros, en los que me incluyo, nos encantaría llegar a esos años y mirar la muerte con la conciencia, la reflexión y el pensamiento que lo hace Carmen, de frente, sin miedo y muy emocionada con el encuentro con el más allá. Quizás todos y todas deberíamos tomar la actitud de Carmen como guía, peor eso depende de cada uno, aunque, como menciona con humor la protagonista: “No debe ser tan malo porque les ha pasado a muchos antes que nosotros”. Eso mismo, vivamos intensamente, y cuando llegué “el momento”, que llegará, tengamos actitud y buen humor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Last Showgirl, de Gia Coppola

LA ESTRELLA APAGADA. 

“La vida es mucho más pequeña que los sueños”. 

Rosa Montero 

Han transcurrido 30 años desde Showgirls, de Paul Herhoven, en la que conocíamos a una joven Nomi Malone, interpretada por Elizabeth Berkley, que llegaba a Las Vegas con la intención de convertirse en una star como bailarina en uno de los casinos más importantes de la ciudad. En su experiencia encontrará más sombras que luces. En The Last Showgirl, de Gia Coppola (Los Ángeles, Estados Unidos, 1987) conocemos a Shelly Gardner, una cincuentona que bien podría ser el futuro de la citada joven Malone. Los años de esplendor y de las chicas favoritas de la ciudad han pasado a mejor vida, y el espectáculo, en horas bajas, anuncia que en unas pocas semanas cerrará sus puertas para convertirse en otro show muy diferente. No es una película nostálgica ni nada que se le parezca, porque el pasado es un recuerdo muy borroso, como algo de un tiempo que, a día de hoy, parece que nunca existió, o los pocos que quedan de aquella época, ya son demasiado mayores y apenas recuerdan algo, y los que sí, añoran más la juventud que fue y ya no es. 

El tercer largometraje de Gia, nieta del gran Francis Ford Coppola, después de Palo alto (2013) y Popular (2020), deja los conflictos de la juventud que poblaban sus dos primeras películas, para introducir un elemento diferente como el de una bailarina stripper que pasa de los cincuenta. A partir de un guion de Kate Gersten, que la conocemos por sus series Mozart in th Jungle, The Good Place y Up Here, entre otras en el que una mujer debe dejar una vida dedicada al mundo del espectáculo y reiniciarse en otra vida, en otra ocupación, además, de retornar a la relación con una hija que, debido a su empleo nocturno, tuvo que dar a otra familia. Muchas batallas son las que enfrenta Shelly Gardner, la más veterana del lugar, al igual que su inseparable amiga de miles de batallas como Annette, que ahora reparte sus encantos de camarera en un casino de juego. Las dos más que contarse batallitas, ahogan sus penas, pequeñas alegrías y algunas tristezas bebiendo, queriéndose y sobre todo, acompañándose que, en sus circunstancias, ya es mucho. Son dos vaqueros que tanto le gusta retratar al bueno de Peckinpah, barridos por los tiempos, o simplemente, que no se han podido adaptar a unos cambios y una modernidad que va demasiado deprisa, tan veloz que arrasa a aquellos que pertenecen a otro mundo, a otros mundos. 

La cinematografía que firma Autumn Durald Arkapaw, que empezó con el cortometraje Casino Moon (2012), de Gia Coppola, y ha seguido trabajando con ella en sus tres largos, hace un trabajo excepcional al que le ayuda el 35mm que da ese aspecto que consigue sumergirnos en una ciudad vacía, desierta y abandonada, donde las risas, la luz y el color se han trasladado a otras zonas, y los interiores, donde vemos cada detalle, cada matiz y cada arruga, sin caer nunca en la condescendencia ni en el efectismo, sino en contar una verdad, desde lo natural y la transparencia. La música de Richard Wyatt, del que hemos visto Barbie (2023), de Greta Gerwig, aporta una melodía que se adapta a la despedida y el reset que debe de hacer la protagonista, y todo de manera abrupta, sin tiempo ni concesiones. El gran trabajo de montaje firmado por la pareja Blair McClendon, que es el editor de Charlotte Wells, la directora de la magnética Aftersun (2022), y Cam McLaughlin, que ha trabajado con Lone Scherfig, Guillermo del Toro y el citado Coppola, construyen una película de 84 minutos de metraje, en el que todo se cuenta a partir de una sencillez en todos los sentidos, siguiendo la pericia de la protagonista que, no se deja llevar por la desesperación y empieza a levantarse con fuerza. 

Un reparto brillante en el que destaca la poderosa e íntima interpretación de Pamela Anderson, en su mejor papel hasta la fecha, en una gran recuperación como los vividos por Pam Grier en Jackie Brown (1997), de Tarantino, o el más reciente de Demi Moore en La substancia, en una película con la guarda algunas coincidencias. Anderson con sus 57 tacos, sale maquillada y al natural, luciendo arrugas y mucha naturalidad, muy alejada de aquel sex-symbol explotado hasta la saciedad a partir de su presencia en la serie noventera Baywatch. En un camino donde realidad y ficción se cruzan en que la maquinaria de Hollywood explota los cuerpos normativos donde la sexualidad está en venta, como sucede en la película de Gia Coppola. Le acompañan una soberbia Jamie Lee Curtis que hace de Annette, una mujer que se ríe de sí misma y de una ciudad convertida en una caricatura y puro esperpento. Dave Bautista es el encargado del show que desaparece, muy alejado de sus películas palomiteras y haciendo un personaje de carne y huesos. Y luego, actrices jóvenes como Kerman Shipka y Brenda Song, la antítesis de la Anderson, Billie Lourd como la hija reaparecida, y la breve pero interesante presencia del siempre peculiar Jason Schwartzman. 

Muchos espectadores pueden comentar que The Last Showgirl tiene caminos ya recorridos, sí, pero eso no debería suponer ningún agravio hacía la película, sino al contrario, podemos acercarnos a ella sin prejuicios ni convencionalismos que la hagan desmerecer antes de ser vista. Vayan sin ataduras ni ideas preconcebidas, porque la película que protagoniza una espectacular Pamela Anderson que, a pesar de todas las hostias, ha sabido reconducir su carrera y apostar por un cine tranquilo, independiente, y sobre todo, un cine que habla de la verdad de la condición humana, de todas las estrellas fugaces y apagadas que hay entre nosotros, de las que se quedan después que se van todos, las que siguen confiando en su talento, las que se esfuerzan cada día para seguir soñando, aunque todo y todos le digan lo contrario o peor, lo equivocada que está. Gia Coppola ha hecho un retrato de tantos fantasmas y espectros que siguen deambulando por los espacios ya vacíos y sucios de las grandes ciudades, anteriormente escaparates donde todo estaba en venta: los cuerpos de las mujeres y su sexualización, y ahora, lo que queda de todo eso, quizás es la mirada de verdad de alguien como Shelly Gardner, sin maquillaje, sin brillantes, sin plumas, sin focos, con sólo un rostro reflejado en un espejo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Delphine Lehericey y María La Ribot

Entrevista a Delphine Lehericey y La Ribot, directora y actriz de la película «Nuestro último baile», en el Exe Plaza Catalunya Hotel en Barcelona, el lunes 4 de marzo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Delphine Lehericey y La Ribot, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Philipp Engel, por su gran labor como intérprete, y a Alexandra Hernández de LAZONA Cine, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los pasajeros de la noche, de Mikhaël Hers

UNAS VIDAS DURANTE LOS OCHENTA.

“Quedará lo que fuimos para otros. Trocitos, fragmentos de nosotros que quizá creyeron entrever. Habrá sueños de nosotros que ellos nutrieron. Y nosotros no éramos nunca los mismos. Cada vez éramos esos magníficos desconocidos, esos pasajeros de la noche que ellos se inventaron, como sombras frágiles, en viejos espejos olvidados en el fondo de las habitaciones”.

El universo del cineasta Mikhaël Hers (París, Francia, 1975), pivota sobre la idea de la ausencia, la que sufrían Lawrence y Zoé, novio y hermana de la fallecida Sasha en Ce sentiment de l’eté (2015), y David, que perdía a su hermana mayor y debía hacerse cargo de la hija de esta, Amanda en Mi vida con Amanda (2018). El mismo vacío que padece Élisabeth, una mujer a la que su marido acaba de dejar para irse a vivir con su novia en el lejano 1984. Un guion de libro, bien detallado que firman Maud Ameline, que vuelve a trabajar con el director después de Mi vida con Amanda, Mariette Désert y el propio director, que recoge el ambiente de aquellos años con sutileza, con momentos felices, tristes y agridulces.

La película arranca con unas imágenes reales, las de aquel 10 de mayo de 1981, el día que Mitterrand ganaba las elecciones francesas y se abría una etapa de euforia y felicidad. Inmediatamente después, nos sitúan en 1984, en el interior de las vidas de la citada Élisabeth y sus dos hijos, Judith, una revolucionaria de izquierdas en la universidad, y Matthias, un adolescente de 14 años, pasota y perdido. La llegada de Talulah, una chica de 18 años, que vive sin lugar fijo y frecuenta mucho la noche, cambiará muchas cosas en el seno de la familia, y sobre todo, los hará posicionarse en lugares que jamás habían imaginado. La mirada del director, que en la época que se sitúa su película era un niño, es una crónica de los hechos de verdad, muy humana y cercanísima, alejándose de esa idea de mirar el pasado de forma edulcorada y sentimentalista, aquí no hay nada de eso, sino todo lo contrario, en los que nos cuentan la idea de empezar de cero por parte de Élisabeth, una mujer que debe trabajar y tirar hacia adelante su familia, con la inestimable ayuda de un padre comprensivo y cercano.

La historia recoge de forma extraordinaria la atmósfera de libertad y de cambio que se vivía en el país vecino, con momentos llenos de calidez y sensibilidad, como esos momento en el cine con los tres jóvenes que van a ver Las noches de luna llena, de Éric Rohmer, protagonizada por la mítica actriz Pascal Ogier, desaparecida en 1984, una referencia para Talulah, con la que tiene muchos elementos en común, el momento del baile que da la bienvenida a 1988, y qué decir de todos los instantes en la radio con el programa que da título a la película, “Los pasajeros de la noche”, para todos aquellos que trabajan de noche, y todos aquellos otros que no pueden dormir, y necesitan hablar y sentirse más acompañados. A través de dos tiempos, en 1984 y 1988, y de dos miradas, las de madre e hijo, la película nos habla de muchas cosas de la vida, cotidianas como el despertar del amor en diferentes edades, la soledad, la tristeza, la felicidad, la compañía, aceptar los cambios de la vida, aunque estos no nos gusten, y demás aspectos de la vida, y todo lo hace con una sencillez maravillosa, sin subrayar nada, sin dramatizar en exceso los acontecimientos que viven los protagonistas.

Como ya descubrimos en Mi vida con Amanda, que se desarrollaba en la actualidad, Hers trabaja con detalle y precisión todos los aspectos técnicos, donde mezcla fuerza con naturalidad como la formidable luz que recuerda a aquella ochentera, densa y luminosa, que firma un grande como Sébastien Buchman, con más de 70 títulos a sus espaldas, un exquisito y detallista montaje de otra grande como Marion Monnier, habitual en el cine de Mia Hansen-Love y Olivier Assayas, que dota de ritmo y ligereza a una película que abarca siete años en la vida de estas cuatro personas que se va casi a las dos horas. Un reparto bien conjuntado que emana una naturalidad desbordante y una intimidad que entra de forma asombrosa con un excelente Didier Sandre como el padre y el abuelo, ayuda y timón, que en sus más de 70 títulos tiene Cuento de otoño, de Rohmer, Megan Northam es Judith, la hija rebelde que quiere hacer su vida, la breve pero intensa presencia de Emmanuelle Béart haciendo de locutora de radio, solitaria y algo amargada.

 Mención aparte tiene el gran trío que sostiene de forma admirable la película como Quito Rayon-Richter haciendo de Matthias, que encuentra en la escritura y en Talulah su forma de centrarse con el mundo y con el mismo, con esos viajes en motocicleta, que recuerdan a aquellos otros de Verano del 85, de Ozon, llenos de vida, de juventud y todo por hacer, una fascinante Noée Abita, que nos encanta y hemos visto en películas como GénesisSlalom y la reciente Los cinco diablos, entre otras, interpretando a Talulah, que encarna a esa juventud que no sabe qué hacer, y deambula sin rumbo, sola y sin nada, que conocerá el infierno y encontrará en esta familia un nido donde salir adelante, y finalmente, una deslumbrante Charlotte Gainsbourg, si hace falta decir que esta actriz es toda dulzura y sencillez, como llora, como disfruta, ese nerviosismo, esa isla que se siente a veces, como mira por el ventanal, con ese cigarrillo y esa música, que la transporta a otros tiempos, ni mejores ni peores, y ese corazón tan grande, que nos enamora irremediablemente. Nos hemos a emocionar con el mundo que nos propone Mikhaël Hers, que esperemos que siga por este camino, el camino de mirar a las personas, y describiendo con tanta sutileza y sensibilidad la vida, y sus cosas, esas que nos hacen reír, llorar y no saber lo que a uno o una les pasa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a David Martín de los Santos

Entrevista a David Martín de los Santos, director de la película «La vida era eso», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en en Barcelona, el martes 4 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Martín de los Santos, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La vida era eso, de David Martín de los Santos

MARÍA HA EMPEZADO A VIVIR.  

“Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: el despertar”.

Antonio Machado

De todas las grandes frases del imperdible Quino, a través de su memorable personaje de Mafalda, hay una capital como la que la niña le pregunta a su madre: “¿Mamá que te gustaría ser si vivieras”. La pregunta que mejor define a toda una generación de mujeres que solo existieron para complacer a los demás, olvidándose de ellas mismas, y lo que es peor, olvidando sus vidas. El personaje de María es una de esas mujeres, aunque quizás ya haya llegado el momento de abrir la puerta y salir al mundo a vivir. El plano que abre la película define la sobriedad y la concisión con la que está contada todo el film. Un plano quieto, en el interior de un piso, escuchamos a María, la protagonista, como explica por teléfono que está sufriendo un infarto y que le envíen una ambulancia. Corte a habitación del hospital, donde María está acostada en una cama. Inmediatamente después, la cama de al lado se ocupará con Verónica. El director David Martín de los Santos, nacido en Madrid pero criado en Almería, del que habíamos visto sus interesantes películas cortas como Llévame a otro sitio (2004), En el hoyo (2006) y Mañana no es otro día (2015), entre otros. Relatos críticos sobre la sociedad actual, sus miserias económicas y la relación con el otro.

Para su opera prima, Martín de los Santos detiene su mirada en la generación de su madre, esas mujeres siempre al servicio de los demás, con vidas grises y anodinas, siempre calladas y siempre invisibles. María, de más de setenta años, emigró a Bélgica con su marido y allí ha tenido a sus hijos, ya mayores, y vive hace más de tres décadas. Frente a ella, Verónica, su compañera de habitación, veinteañera, también inmigrante, acuciada por los mismos problemas de antaño del país, que parece que nunca se resuelven y la historia vuelve a repetirse. Un encuentro que lo cambiará todo para María. Martín de los Santos construye una película partida en dos. En una primera mitad, somos testigos de la relación de las dos mujeres en la habitación del hospital, de la intimidad que se va generando, de la ayuda y la mirada hacia el otro, de dos mujeres que se llevan más de medio siglo, pero que son dos almas tan distintas, con vidas tan diferentes, pero que encontrarán esa mirada común, de aprendizaje y reconocimiento. En la segunda mitad, con una estructura western, la película se centra más en María, en su viaje buscando las raíces de Verónica en la provincia de Almería, en el Cabo de Gata, en Las Salinas, el pueblo que vivía de la Salinera.

En ese lugar aislado y deshabitado, María se descubrirá y redescubrirá toda esa vida que no ha vivido, todo ese mundo de respeto, de admiración y amistad que no conocía, incluso el sexo desde otro modo, a través de algunos personas que se irá encontrando. Se cruzará con Luca, un rumano de unos cincuenta tacos, excéntrico y motero, y que ahora regenta el único bar del pueblo, que la tratara de tú a tú, y sobre todo, la valorará como mujer. También, se tropezará con Juan, antiguo novio de Verónica, un tipo de la zona, con sus cosillas, como él dice, y con quién entablará una relación sana y cómplice. La parte técnica de la película es brillantísima, se asemeja a las producciones de Querejeta, cuando a los jóvenes directores los acompañaba de técnicos más experimentados, como el caso del gran cinematógrafo Santiago Racaj (que ha trabajado con Javier Rebollo, Jonás Trueba, Carla Simón o Carlos Vermut, entre otros), consiguiendo esa luz contrastada respecto a la grisácea del hospital, con aquella más esperanzadora de Almería, siempre de forma sutil, y el sonido de otra máster como Eva Valiño (con trabajos tan importantes para Icíar Bollaín, Jaime Rosales y Manuel Martín Cuenca y Carla Simón, entre otros), y el estupendo montaje que condensa con serenidad y pausa los ciento nueve minutos de metraje, que firman Lucía Palicio, bregada en muchas series de televisión, y Miguel Doblado, en su haber títulos tan interesantes como Morir, de Fernando Franco y No sé decir adiós, de Lino Escalera.

El director madrileño-almeriense ha creado una película magnífica, un grandísimo debut en el largometraje, que esperemos que tenga continuidad, porque su mirada como la cercanía con la que cuenta su relato es todo una lección de vida y humanismo, en la que se lanza al vacío, ya que situa en el centro de todo a una mujer en su vejez, rara vez vemos que el protagonismo recaiga en las personas de la tercera edad, y no lo ha hecho de un modo triste y final del camino, sino todo lo contrario, envolviéndonos en un relato de oportunidades, de cambios, donde la edad no es un impedimento, donde cualquier edad es buena para despertar a la vida, para ser uno mismo, y sobre todo, para mirar y reconocer, y ser reconocida, como hace una deslumbrante Petra Martínez, curtida en mil batallas, que ahora le llega la increíble oportunidad de un protagonista absoluto, en un reflejo sensacional de lo que le ocurre a su personaje de ficción, creando la intimidad y el aplomo de una María que despertará a todo, peor de forma sencilla, sin aspavientos y comedida, eso sí, llena de vitalidad, alegría y desnudez absoluta.

El resto del reparto brilla por su naturalidad y humanidad, como la siempre natural y cercana Anna Castillo, con un personaje libre, sin complejos, pero igual de perdido que María, aunque en otro aspecto. Las interpretaciones de Florin Piersic Jr, como ese rumano loco y extrovertido, pero de buen corazón y un amigo entrañable, Daniel Morillo es Juan, el pasado de Verónica, un tipo sano y amigo que representa a los pocos que todavía resisten en los pueblos vaciados de la zona. Pilar Gómez es Conchi, una peluquera que ayudará a María en su búsqueda, y finalmente, Ramón Barea como José, el marido de María, un hombre anodino y gris, que sabe estar, y poco más, en las antípodas de lo que está sintiendo el personaje de Petra Martínez. Si tuviéramos que emparentar a La vida era eso con una película que aborda conflictos en la misma línea, nos viene a la cabeza Nebraska (2013), de Alexander Payne, que entre el drama cotidiano, la comedia inteligente y la relación con el otro, se construye también un viaje, tanto físico como emocional, que emprende el anciano protagonista, con un destino final que nos es otra cosa que una excusa para ser uno mismo y adentrarse en todo aquello desconocido de uno mismo. Woody Grant no estaría muy lejos de María, porque siempre hay vida, independiente de la edad que tengamos, porque la vida puede ser muchas cosas, y nunca es tarde para empezar y mirarla con otros ojos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nora, de Lara Izagirre

REENCONTRÁNDOSE EN EL CAMINO.

“A veces, hay que hacer lo que hay que hacer”.

De la cineasta Lara Izagirre (Amorebieta-Echano, Vizcaya, 1985), conocíamos su interesante y audaz opera prima Un otoño sin Berlín (2015), protagonizada por unos excelentes Irene Escolar y Tamar Novas que daban vida a los desdichados June y Diego. Una película íntima, muy de interior, encerrados en un piso de la ciudad, con pocos personajes, que nos hablaba de las dificultades de encontrar nuestro lugar y reencontrarnos con aquellos que creíamos olvidados. A través de su productora Gariza Films ha ayudado a levantar películas tan interesantes y de diversos géneros y tonos como Errementari (2017), Vitoria, 3 de marzo (2018), y Una ventana al mar (2020), entre otros. Con Nora vuelve a ponerse tras las cámaras, pero virando hacia un nuevo lugar y tiempo. Vuelve a centrarse en una mujer, la Nora del título, y con más o menos la edad que tenía June, y en un estado vital parecido, pero las circunstancias han cambiado. Nora vive con su abuelo “aitite” Nicolás en Bilbao, un abuelo entrañable que está delicado de salud. Cuando este muere, Nora necesita cambiar, irse y perderse unos días. Así que, coge el viejo Citroën Dyan 6 azul del abuelo, y se lanza a la carretera sin saber adónde ir, solo hacer kilómetros y dibujar lo que ve y sobre todo, lo que siente.

La directora vizcaína cimenta toda su película a través de su personaje, un personaje que siente más que habla, que se busca más que busca, y que anda rastreando las huellas de su abuelo. Un relato humanista y sencillo que nos habla susurrándonos a la oreja, hablándonos de conflictos emocionales que ya padecían sus anteriores protagonistas de Un otoño sin Berlín, pero con otro tono, más vitalista, menos pesado, más ligero, a través de un verano por el norte, saliendo de Bilbao y va perdiéndose por esos pueblos de mar, llenos de encanto, tranquilos, donde todo sucede a un menor ritmo que la ciudad que ha dejado Nora. La joven necesita eso, paz, soledad, dibujar y olvidarse de quién era para descubrirse, reconocerse y encontrar su camino en continuo movimiento. Tiene la película de Izagirre ese tono y ese marco de las películas de Rohmer, con el dos caballos, esos pueblos de la costa francesa, y esas amistades y relaciones que van y vienen sin un punto al que agarrarse. Nora  no estaría muy lejos de la Eva de La virgen de agosto (2019), de Jonás Trueba, pero en vez de perderse por la ciudad, perderse por los caminos de la costa.

Tiene el aspecto de una road movie, aunque una anti-road movie, más cerca del marco que propone la estadounidense Kelly Reichardt, donde los personajes van acumulando kilómetros sin saber muy bien que hacen ni a qué lugar se dirigen, eso sí, cruzándose con otras personas, descubriéndolas y descubriéndose a través de ellas, en un choque constante con ese reflejo que nos va empujando constantemente, en que el viaje físico es simplemente un adorno para adentrarse en el interior más complejo y en constante ebullición del personaje de Nora. Una película donde la parte técnica resulta brillante y acogedora, ya desde esa limpieza y naturalidad visual en un enorme trabajo de cinematografía de Gaizka Bourgeaud, y la exquisita y rítmica edición de Ibai Elortza, que ambos repiten después de la experiencia de Un otoño sin Berlín. El estupendo trabajo de sonido que firma uno de los grandes como Alejandro Castillo, y la excelente música que nos va sumergiendo y guiándonos de forma natural y sin ataduras, que han compuesto la joven Paula Olaz y un grande como Pascal Gaigne.

La brillantísima interpretación de Ane Pikaza, que habíamos visto en pequeños papeles en Vitoria, 3 de marzo  y Ane, autora también de las maravillosas ilustraciones que le van acompañando en su viaje, en un personaje que le va como anillo al dedo, con esa mezcla de dulzura, enfado consigo misma, y ganas de todo y de nada, con el contraste de ir perdida y a la vez, tener claro que al sitio que más quiere ir es cualquier lugar para estar consigo misma, y mirarse al espejo para saber quién es y quitarse gilipolleces de encima. Le acompaña un monstruo de la interpretación como el veterano Héctor Alterio como el abuelo Nicolás, y otros grandes intérpretes vascos como Ramón Barea y Klara Badiola que hacen de sus padres y una breve, pero intensa intervención de una formidable Itziar Ituño. Nora es una película vitalista, ligera y libre, que habla de ese momento que no sabemos qué hacer con nuestra vida, que debemos recuperarnos por una pérdida, en este caso la del abuelo, y que nos vamos a ir encontrando con otras personas por el camino, unas que nos enseñarán y mostrarán sus vidas, y otras, a las que seremos nosotros que ayudaremos.

Izagirre construye un relato sobre la vida, sobre las emociones, plasmando una mirada sensible e intimista, capturando la vida y las pequeñas cosas que suceden en ella, casi imperceptibles si no nos detenemos y miramos a nuestro alrededor, siguiendo esa idea de la vida como un camino donde hay obstáculos, pero también alegrías, eso sí, más breves, pero muy intensas, porque al igual que le sucede emocionalmente a Nora, todos en algún lugar de nuestras vidas nos hemos sentido así, como Robinson Crusoe perdidos no en una isla, sino perdidos del todo, aunque también sabemos que todo eso pasará, y que mientras tanto, tenemos la obligación de no detenernos, de continuar en movimiento, ya sea en un viejo Citroën, haciendo carretera aunque no sepamos muy bien conducir, conociendo personas que nos agradarán, otras no, y sobre todo, sabiendo que la vida es y será una experiencia, una experiencia que tiene mucho  más que ver con lo que nos pasa por dentro que por fuera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno

LAS MISMAS ILUSIONES, LOS MISMOS MIEDOS.

“Nadie es inútil en este mundo mientras pueda aliviar un poco la carga a sus semejantes”.

Charles Dickens

Hace un par de años vimos No nacimos refugiados, de Claudio Zulian, documento profundo y magnífico sobre las vidas rotas de personas que, por circunstancias ajenas, luchaban por levantarse de nuevo en Barcelona, contadas por ellas mismas. Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno (Talavera la Real, Badajoz, 1982), posa su mirada en la vida de los refugiados también, pero lo hace dese otro prisma, lo hace desde ellos pero en relación a los otros, los de aquí, en este caso, la ciudad de Sevilla. Moreno siempre se ha inclinado por relatos de personas que sufren la guerra, el hambre, la persecución o la inmigración, a través de títulos como Boxing for Freedom (2015), donde exploraba a una mujer boxeadora afgana y sus múltiples problemas para salir adelante. En  Palabras de caramelo (2016), y en Refugio (2020), sendas películas cortas que abordaba la condición de refugiado y el hecho de vivir en otro lugar.

En Bienvenidos a España arranca con un centro de acogida de refugiados de la capital andaluza, que anteriormente fue un nombrado puticlub, para acercarnos en las realidades de diferentes personas a la espera de su legalidad como refugiado. Conocemos a Omnia, una niña que ha llegado del Yemen junto a su familia huyendo de la guerra, a Marouane, un chaval de Marruecos, que su condición de homosexual le ha llevado a España, a Jorge del Prete, empresario huido de Venezuela, a Mady, joven maliense que vive en una pensión a la espera de ser refugiado legal, a Alma y Marta, una pareja lesbiana de El Salvador, que por fin puedo huir de la terrible violencia de su país y pasear su amor sin miedo. La familia Fares de Libia, con sus 11 miembros, dejando una buena vida y empezando de nuevo, y finalmente, Amelia, también venezolana, jubilada que ha llegado a Sevilla para trabajar y enviar dinero a su familia. Vidas que dejan la oscuridad de sus tierras para enfrentarse a una nueva vida, llena de ilusiones y miedos, como se menciona en varios momentos en la película, vidas que fueron muy buenas en un momento, y las consecuencias externas las han cambiado de raíz, llevándolos a sus protagonistas a empezar de la nada.

El director pacense no quiere hacer una película triste y sin esperanza, motivos no le faltan viendo las vidas de sus personajes, sino construir una mirada que los analice desde la verdad, y sobre todo, desde la humanidad, con algún que otro toque de humor, y porque no, hacer una película sobre el encuentro entre los refugiados de naturalezas y culturas muy diferentes, y los de aquí, los sevillanos, donde queda patente en las procesiones de Semana Santa, cuando el recién llegado las mira con asombro e interés, y pregunta por sus orígenes y estructura. Moreno no opta por la condescendencia de la mirada, sino que los mira desde la misma altura, frente a frente, mostrándonos que ellos podemos ser nosotros en cualquier instante, reflejando realidades muy cercanas, personas que tuvieron sus estudios, sus empleos y debido a motivos muy ajenos a ellos, lo han perdido todo, y han tenido que empezar de cero en otro país, conociendo otra cultura, otras costumbres y todo lo que ello conlleva. También, escuchamos a Moreno que asume el rol de narrador, no omnipresente, sino en algunos momentos donde va explicando y analizando algunos aspectos que vemos que necesitan alguna aclaración.

El director extremeño vuelve a contar con algunos de sus antiguos colaboradores que le han ido acompañando a lo largo de su filmografía como el cinematógrafo Alberto González Casal, y el editor Nacho Ruiz Capillas, y la coproductora Silvia Venegas, dándole al acabado de la película ese plus que no solo es interesante y reflexivo lo que cuenta, sino también como lo cuenta, desde la mirada del que muestra una intimidad con muchísimo respeto y además, profundiza tanto a nivel social como humano. Bienvenidos a España es una película realizada desde el alma, desde la emoción, retratando no solo a los que llegan a nuestro país, sino también a nosotros y la relación que mantenemos con ellos, en la película lo vemos, como ese maravilloso instante de la maestra en clase explicando los diferentes cultos religiosos, y ese otro momentazo en el Benito Villamarín con los aficionados de toda la vida, compartiendo sentimiento y emociones viendo a su Betis. Una película que actúa como espejo deformador donde todo se mezcla, todo se funde, y los que vienen somos nosotros y viceversa, porque en realidad todos somos humanos en busca de un hogar, un trabajo y un bienestar, una vida, simplemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA