Nora, de Lara Izagirre

REENCONTRÁNDOSE EN EL CAMINO.

“A veces, hay que hacer lo que hay que hacer”.

De la cineasta Lara Izagirre (Amorebieta-Echano, Vizcaya, 1985), conocíamos su interesante y audaz opera prima Un otoño sin Berlín (2015), protagonizada por unos excelentes Irene Escolar y Tamar Novas que daban vida a los desdichados June y Diego. Una película íntima, muy de interior, encerrados en un piso de la ciudad, con pocos personajes, que nos hablaba de las dificultades de encontrar nuestro lugar y reencontrarnos con aquellos que creíamos olvidados. A través de su productora Gariza Films ha ayudado a levantar películas tan interesantes y de diversos géneros y tonos como Errementari (2017), Vitoria, 3 de marzo (2018), y Una ventana al mar (2020), entre otros. Con Nora vuelve a ponerse tras las cámaras, pero virando hacia un nuevo lugar y tiempo. Vuelve a centrarse en una mujer, la Nora del título, y con más o menos la edad que tenía June, y en un estado vital parecido, pero las circunstancias han cambiado. Nora vive con su abuelo “aitite” Nicolás en Bilbao, un abuelo entrañable que está delicado de salud. Cuando este muere, Nora necesita cambiar, irse y perderse unos días. Así que, coge el viejo Citroën Dyan 6 azul del abuelo, y se lanza a la carretera sin saber adónde ir, solo hacer kilómetros y dibujar lo que ve y sobre todo, lo que siente.

La directora vizcaína cimenta toda su película a través de su personaje, un personaje que siente más que habla, que se busca más que busca, y que anda rastreando las huellas de su abuelo. Un relato humanista y sencillo que nos habla susurrándonos a la oreja, hablándonos de conflictos emocionales que ya padecían sus anteriores protagonistas de Un otoño sin Berlín, pero con otro tono, más vitalista, menos pesado, más ligero, a través de un verano por el norte, saliendo de Bilbao y va perdiéndose por esos pueblos de mar, llenos de encanto, tranquilos, donde todo sucede a un menor ritmo que la ciudad que ha dejado Nora. La joven necesita eso, paz, soledad, dibujar y olvidarse de quién era para descubrirse, reconocerse y encontrar su camino en continuo movimiento. Tiene la película de Izagirre ese tono y ese marco de las películas de Rohmer, con el dos caballos, esos pueblos de la costa francesa, y esas amistades y relaciones que van y vienen sin un punto al que agarrarse. Nora  no estaría muy lejos de la Eva de La virgen de agosto (2019), de Jonás Trueba, pero en vez de perderse por la ciudad, perderse por los caminos de la costa.

Tiene el aspecto de una road movie, aunque una anti-road movie, más cerca del marco que propone la estadounidense Kelly Reichardt, donde los personajes van acumulando kilómetros sin saber muy bien que hacen ni a qué lugar se dirigen, eso sí, cruzándose con otras personas, descubriéndolas y descubriéndose a través de ellas, en un choque constante con ese reflejo que nos va empujando constantemente, en que el viaje físico es simplemente un adorno para adentrarse en el interior más complejo y en constante ebullición del personaje de Nora. Una película donde la parte técnica resulta brillante y acogedora, ya desde esa limpieza y naturalidad visual en un enorme trabajo de cinematografía de Gaizka Bourgeaud, y la exquisita y rítmica edición de Ibai Elortza, que ambos repiten después de la experiencia de Un otoño sin Berlín. El estupendo trabajo de sonido que firma uno de los grandes como Alejandro Castillo, y la excelente música que nos va sumergiendo y guiándonos de forma natural y sin ataduras, que han compuesto la joven Paula Olaz y un grande como Pascal Gaigne.

La brillantísima interpretación de Ane Pikaza, que habíamos visto en pequeños papeles en Vitoria, 3 de marzo  y Ane, autora también de las maravillosas ilustraciones que le van acompañando en su viaje, en un personaje que le va como anillo al dedo, con esa mezcla de dulzura, enfado consigo misma, y ganas de todo y de nada, con el contraste de ir perdida y a la vez, tener claro que al sitio que más quiere ir es cualquier lugar para estar consigo misma, y mirarse al espejo para saber quién es y quitarse gilipolleces de encima. Le acompaña un monstruo de la interpretación como el veterano Héctor Alterio como el abuelo Nicolás, y otros grandes intérpretes vascos como Ramón Barea y Klara Badiola que hacen de sus padres y una breve, pero intensa intervención de una formidable Itziar Ituño. Nora es una película vitalista, ligera y libre, que habla de ese momento que no sabemos qué hacer con nuestra vida, que debemos recuperarnos por una pérdida, en este caso la del abuelo, y que nos vamos a ir encontrando con otras personas por el camino, unas que nos enseñarán y mostrarán sus vidas, y otras, a las que seremos nosotros que ayudaremos.

Izagirre construye un relato sobre la vida, sobre las emociones, plasmando una mirada sensible e intimista, capturando la vida y las pequeñas cosas que suceden en ella, casi imperceptibles si no nos detenemos y miramos a nuestro alrededor, siguiendo esa idea de la vida como un camino donde hay obstáculos, pero también alegrías, eso sí, más breves, pero muy intensas, porque al igual que le sucede emocionalmente a Nora, todos en algún lugar de nuestras vidas nos hemos sentido así, como Robinson Crusoe perdidos no en una isla, sino perdidos del todo, aunque también sabemos que todo eso pasará, y que mientras tanto, tenemos la obligación de no detenernos, de continuar en movimiento, ya sea en un viejo Citroën, haciendo carretera aunque no sepamos muy bien conducir, conociendo personas que nos agradarán, otras no, y sobre todo, sabiendo que la vida es y será una experiencia, una experiencia que tiene mucho  más que ver con lo que nos pasa por dentro que por fuera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno

LAS MISMAS ILUSIONES, LOS MISMOS MIEDOS.

“Nadie es inútil en este mundo mientras pueda aliviar un poco la carga a sus semejantes”.

Charles Dickens

Hace un par de años vimos No nacimos refugiados, de Claudio Zulian, documento profundo y magnífico sobre las vidas rotas de personas que, por circunstancias ajenas, luchaban por levantarse de nuevo en Barcelona, contadas por ellas mismas. Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno (Talavera la Real, Badajoz, 1982), posa su mirada en la vida de los refugiados también, pero lo hace dese otro prisma, lo hace desde ellos pero en relación a los otros, los de aquí, en este caso, la ciudad de Sevilla. Moreno siempre se ha inclinado por relatos de personas que sufren la guerra, el hambre, la persecución o la inmigración, a través de títulos como Boxing for Freedom (2015), donde exploraba a una mujer boxeadora afgana y sus múltiples problemas para salir adelante. En  Palabras de caramelo (2016), y en Refugio (2020), sendas películas cortas que abordaba la condición de refugiado y el hecho de vivir en otro lugar.

En Bienvenidos a España arranca con un centro de acogida de refugiados de la capital andaluza, que anteriormente fue un nombrado puticlub, para acercarnos en las realidades de diferentes personas a la espera de su legalidad como refugiado. Conocemos a Omnia, una niña que ha llegado del Yemen junto a su familia huyendo de la guerra, a Marouane, un chaval de Marruecos, que su condición de homosexual le ha llevado a España, a Jorge del Prete, empresario huido de Venezuela, a Mady, joven maliense que vive en una pensión a la espera de ser refugiado legal, a Alma y Marta, una pareja lesbiana de El Salvador, que por fin puedo huir de la terrible violencia de su país y pasear su amor sin miedo. La familia Fares de Libia, con sus 11 miembros, dejando una buena vida y empezando de nuevo, y finalmente, Amelia, también venezolana, jubilada que ha llegado a Sevilla para trabajar y enviar dinero a su familia. Vidas que dejan la oscuridad de sus tierras para enfrentarse a una nueva vida, llena de ilusiones y miedos, como se menciona en varios momentos en la película, vidas que fueron muy buenas en un momento, y las consecuencias externas las han cambiado de raíz, llevándolos a sus protagonistas a empezar de la nada.

El director pacense no quiere hacer una película triste y sin esperanza, motivos no le faltan viendo las vidas de sus personajes, sino construir una mirada que los analice desde la verdad, y sobre todo, desde la humanidad, con algún que otro toque de humor, y porque no, hacer una película sobre el encuentro entre los refugiados de naturalezas y culturas muy diferentes, y los de aquí, los sevillanos, donde queda patente en las procesiones de Semana Santa, cuando el recién llegado las mira con asombro e interés, y pregunta por sus orígenes y estructura. Moreno no opta por la condescendencia de la mirada, sino que los mira desde la misma altura, frente a frente, mostrándonos que ellos podemos ser nosotros en cualquier instante, reflejando realidades muy cercanas, personas que tuvieron sus estudios, sus empleos y debido a motivos muy ajenos a ellos, lo han perdido todo, y han tenido que empezar de cero en otro país, conociendo otra cultura, otras costumbres y todo lo que ello conlleva. También, escuchamos a Moreno que asume el rol de narrador, no omnipresente, sino en algunos momentos donde va explicando y analizando algunos aspectos que vemos que necesitan alguna aclaración.

El director extremeño vuelve a contar con algunos de sus antiguos colaboradores que le han ido acompañando a lo largo de su filmografía como el cinematógrafo Alberto González Casal, y el editor Nacho Ruiz Capillas, y la coproductora Silvia Venegas, dándole al acabado de la película ese plus que no solo es interesante y reflexivo lo que cuenta, sino también como lo cuenta, desde la mirada del que muestra una intimidad con muchísimo respeto y además, profundiza tanto a nivel social como humano. Bienvenidos a España es una película realizada desde el alma, desde la emoción, retratando no solo a los que llegan a nuestro país, sino también a nosotros y la relación que mantenemos con ellos, en la película lo vemos, como ese maravilloso instante de la maestra en clase explicando los diferentes cultos religiosos, y ese otro momentazo en el Benito Villamarín con los aficionados de toda la vida, compartiendo sentimiento y emociones viendo a su Betis. Una película que actúa como espejo deformador donde todo se mezcla, todo se funde, y los que vienen somos nosotros y viceversa, porque en realidad todos somos humanos en busca de un hogar, un trabajo y un bienestar, una vida, simplemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Volver a empezar (Herself), de Phyllida Lloyd

CONSTRUIRSE UNA NUEVA VIDA.  

“Lo que cuenta no es de dónde vienes, sino adónde vas”.

Ella Fitzgerald

Sandra vive en Dublín, tiene la treintena de años, y dos hijas adorables. Pero, tiene un marido maltratador, y después de una paliza, decide coger a sus pequeñas y largarse. Pero, no le resultará nada fácil. Sandra vive en un hotel que paga el estado, y mantiene dos empleos, uno como camarera, y el otro, cogiendo el legado de su madre, en las tareas de limpiadora y cuidadora de la Dra. Peggy. Además, mantiene la custodia compartida con su ex. Las jornadas maratonianas y las dificultades se amontonan en la vida de Sandra. Ella hace todo lo que puede, pero quizás no es suficiente. La actriz Clare Dunne imaginó la historia de Sandra y se puso a escribir, una tarea a la se unió Malcolm Campbell, para contar el relato de Sandra, de cómo deja un matrimonio negativo, para comenzar de nuevo, y sobre todo, construir un hogar para sus dos hijas y ella.

Phyllida Lloyd (Bristol, Reino Unido, 1957), se ha pasado toda su carrera entre el teatro y la opera, hasta que en 2008 con ¡Mamma Mia!, la adaptación cinematográfica de la famosa obra de los Abba, consiguió un éxito planetario, que le llevó a repetir con Meryl Streep en La dama de hierro (2011), retratando a la política conservadora Margaret Tatcher. Ahora, Lloy vuelve a ponerse tras la cámara para contar el retrato de otra mujer, Sandra, está más terrenal y de ahora, siguiendo sus momentos agridulces en el sombrío y plomizo Dublín, de alguien que no se rinde, que continua batallando para darles un nuevo hogar a sus hijas, y la tarea no le resultará nada fácil. Herself, en su título original, que se traduciría como “Sí misma”, es toda una declaración de principios del personaje principal, en un viaje emocional en el que será ella misma que tenga que dar un paso al frente y comenzar a caminar un periplo nada sencillo, pero necesario para crecer como persona y seguir remando a contracorriente. Volver a empezar sigue la línea de títulos de creadores como Loach o Leigh, en la que nos hablan de los desajustes sociales a través de personas sencillas, con empleos cotidianos, y que diariamente se levantan para seguir en la lucha, mantener su trabajo e intentar mejorar sus vidas.

El tono de Lloyd es duro, pero también, cercano y más ligero, su intención es retratar a una mujer decidida y valiente, pero también, vulnerable y temerosa ante el abismo al que se enfrenta, dejando una vida acomodada pero tremendamente infeliz, para adentrarse en otra vida, más incierta y con muchísimas dificultades. La película es sensible, sin caer en la sensiblería, cuenta  muestra utilizando un marco directo y transparente, si que encontramos esos instantes en que las sombras se convierten en luces, en que los astros ayudan a Sandra, y lo que parece un callejón sin salida, se convierte en un resquicio de luz pro el que adentrarse. Una historia que mantiene un ritmo que no decae en ningún instante, ya que el personaje de Sandra no se detiene, no puede ni debe permitirse ese lujo, porque el reloj corre en su contra, debe mantenerse activa y accionarse para conseguir su objetivo, a pesar de todos los obstáculos con los que se encontrará.

La directora británica logra de una forma sencilla y cercana, contarnos una realidad en la que muchas mujeres occidentales se encuentran, dejar a su marido y lanzarse sin red a una nueva vida, a una nueva esperanza. Una película de estas características debía encontrar a una actriz de mirada intensa y gesto conmovedor para interpretar a un personaje fuerte y vulnerable como Sandra, y se ha encontrado en la figura de la actriz Clare Dunne, la mujer que empezó a escribir un guión, bien acompañada por Harriet Walter como la Dra. Peggy, esa alma benefactora tan bienvenida para Sandra, o Conleth Hill, el obrero que ayuda a Sandra a levantar una nueva vida. Volver a empezar, coloca el acento irlandés en una problemática muy habitual en este mundo donde cada día es más difícil saber lo que uno quiere, saber querer y saber dónde ir, elementos indispensables contados con sabiduría y sobriedad, en una película que llega al alma, porque nos habla de valentía, de no rendirse, de fraternidad, en estos tiempos donde ayudarse es esencial para vivir y salir del pozo, y sobre todo, nos habla de mirar al otro y tenderle la mano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La lista de los deseos, de Álvaro Díaz Lorenzo

TODAS LAS COSAS QUE SIEMPRE QUISISTE HACER Y NUNCA TE HAS ATREVIDO.

“ (…) disfruta y saborea cada momento con tus amigas, porque la vida es  eso;  Disfrutar  de  las  cosas  buenas  con  la  gente  que  quieres.  Lo  demás,  es mierda.”

En Francia tienen una comedia dramática y comercial muy interesante, que toca temas profundos desde un prisma cómico, divertido y vital, con títulos de gran éxito comercial como pueden ser Salir del armario (donde se tocaba la homosexualidad), Intocable (que tocaba el tema de la discapacidad y la inmigración), Amor sobre ruedas (sobre los prejuicios de lo diferente a través de la discapacidad), entre muchas otras. Un tipo de película que en España cuesta mucho ver, donde la comedia de ese estilo suele llevarse por otros derroteros más superficiales y verbeneros. La lista de los deseos es ese tipo de película deudora de esa comedia dramática francesa, capaz de tratar un tema tan serio como la enfermedad, en este caso, el cáncer de mama, desde una posición más cómica y divertida, en una cinta sobre la vida, las ganas de vivir el momento, de hacer lo que tenga en gana, olvidando los prejuicios y las responsabilidades, esas ilusiones que dejamos en un cajón olvidadas, porque creemos que la vida es muy larga.

El director Álvaro Díaz Lorenzo (Madrid, 1977) arrancó con Café solo o con ellas (2007) comedia generacional sobre asuntos sentimentales, le siguió La despedida (2014) que tendría algún que otro paralelismo con La lista de los deseos, ya que seguía a tres amigos viajando por Europa con la urna de las cenizas de un amigo. Con Señor dame paciencia (2016) y Los Japón (2018), se introducía en esa comedia comercial, deudora de las series televisivas de éxito, donde prima una comedia de puro cachondeo y diversión, sin más. En La lista de los deseos deja de lado esa comedia-producto para adentrarse en otro terreno, más agradecido para el espectador, en el que se atreve a tocar un tema tan serio y espinoso como la enfermedad desde una mirada alegre y vitalista, donde la comedia loca y gamberra tienen mucho que ver, tocando la tragicomedia con astucia e inteligencia, donde la comedia americana “screwball”, tendría ese espejo donde constantemente se mira el relato que cuenta, con esas dosis equilibradas de drama y comedia, mezclándolos con acierto y sensibilidad, sin caer en el sentimentalismo recurrente.

La película, planteada como una road movie,  cuenta la aventura o no de Carmen, cincuentona de buen ver, que lleva un cuarto de siglo enferma de cáncer de mama, que conoce a Eva, en las sesiones de quimio, treintañera y veterinaria, que deciden tomar las riendas de su vida y llevar a la práctica esos deseos no realizados, antes de saber los resultados de sus tratamientos. Les acompaña Mar, amiga de Eva, recién separada, un torbellino y alocada alma capaz de todo, desde lo más inverosímil a lo más complejo, una especie de Susan Vance, el personaje que interpretaba Katherine Hepburn en la maravillosa La fiera de mi niña (1938), de Hawks. Las tres mujeres, como si estuviesen en su último viaje juntas, con esa idea de no cortarse de nada ni con nadie, a bordo de un auto caravana, , deciden viajar saliendo desde Sevilla hasta Marruecos, en un viaje lleno de aventuras y desventuras, pasando por diferentes mundos y universos, viviendo situaciones muy cómicas y locas, y haciendo todo lo posible para llevar a cabo esos deseos soñados, algunos fáciles y otros, inverosímiles, siendo obedientes en llevar a  cabo la lista de tres deseos de cada una.

Díaz Lorenzo pone toda la carne en el asador confiando en el trío protagonista, las increíbles y estupendas Victoria Abril, la hermana mayor de todas, la voz de la experiencia, de vueltas de todo, y serena a pesar de la enfermedad, María León (que repite con Díaz Lorenzo) la otra enferma, llena de pasión por sus animales e independiente, que desea volver a su padre que la abandonó de niña, y finalmente, Silvia Alonso (que también repite con el director) ese huracán capaz de todo y nada tranquilo, que será ese puente agitador que lleva a las otras dos por lugares nunca transitados y haciendo locuras a doquier. Y como comedia con hechuras, el resto del reparto tiene que lidiar con contundencia y energía con las tres protagonistas, tenemos a Boré Buika (que ya estuvo en Los Japón), como ese profe de surf que conocerá a Eva, Salva Reina, ese gaditano aspirante a chef que se tropezará, y nunca mejor dicho, con el tsunami de Mar. Y por último, un actor del calado de Paco Tous dando vida al padre de Eva, y conociendo la verdad de su separación.

Eva, Carmen y Mar se convertirán en confidentes, en una piña, como unas amigas inseparables o una familia bien avenida, tan distintas pero compartiendo ese viaje único, un viaje que les ayudará a mirar la vida de otro forma, quizás desde una posición diferente, como si la mirasen por primera vez, sacándole todo el juego y convirtiéndose en unas almas libres, felices y sobre todo, capaces de todo, experimentando de forma física y muy emocional el viaje de sus vidas, o al menos, ese viaje que siempre han soñado y nunca se han atrevido a hacer, viviendo y compartiendo experiencias inimaginables y llenas de vida, tristeza, con alegrías y amarguras, con momentos divertidos y otros, no tanto, sintiendo que todo aquello que querían hacer estaba demasiado cerca y solo les impedía llevarlo a cabo, aquello que nunca se han atrevido, esos miedos e inseguridades, o quizás, esa idea de que la vida siempre hay tiempo para todo y un día lo tendremos, pero en ocasiones, ese tiempo se vuelve finito y las cosas son ahora o nunca, porque mañana puede que sea tarde o no llegue. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ema, de Pablo Larraín

LA MUJER DE FUEGO.

“Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”

Emily Dickinson

La película arranca con una imagen contundente y esclarecedora sobre el personaje de Ema, cuando ella y un grupo de personas baila en un escenario presidido por un sol abrasador, un sol en llamas que explica las emociones que atraviesan a Ema, una joven de rubio platino. La joven está casada con Gastón, forman un matrimonio de ahora, ella baila y él, 12 años mayor que ella, es el coreógrafo de una compañía de danza experimental. Son una pareja que decide devolver a su hijo adoptivo Polo, después de un desgraciado incidente con su tía. A partir de ese instante, la vida de Ema cambiará radicalmente, y emprenderá un camino de redención y conocimiento interior que la llevará a volar y experimentar a través del reggaetón que lo baila de manera intensa y diferente, materialización de su nueva existencia, una forma de vivir, sentir y amar completamente distinta a la que tenía hasta ahora.

El octavo trabajo como director de Pablo Larraín (Santiago, Chile, 1976) sigue transitando por ese estilo reconocido del retrato personal de alguien desconocido y apartado de una sociedad que ni lo comprende ni pretende hacerlo, a través del contexto histórico en el que vive, deteniéndose especialmente en la dictadura de Chile. Con El club (2015) el retrato se volvió coral y lo hacía a partir de una institución como la iglesia, contando las penitencias de un grupo de sacerdotes que arrastran culpas. Con Neruda y Jackie, y esta última, Ema, vuelve al retrato individual y personal, no interesándose por los méritos del retratado, sino que capturando aquel momento de sus vidas en el que se vieron sometidos a bandazos exteriores con los que tuvieron que lidiar. En el caso de Neruda, el insigne poeta se veía envuelto a un ataque frontal contra su libertad que le obligaban al destierro, en Jackie, la esposa de JKF, la cámara de Larraín se detenía en los días posteriores del asesinato del presidente y cómo los vivió su esposa.

En Ema, escrita por el propio director, junto a Guillermo Calderón (que también hizo lo propio en El Club y Neruda, como en el cine de Andrés Wood) y Alejandro Moreno, es la primera película en la que el cineasta chileno se detiene en la actualidad de su país, en su inmediatez y su juventud, situándonos en la vida de una joven frágil físicamente, pero fuerte emocionalmente, que lo expresa todo a través del baile que hace con sus amigas que, después de una terrible desgracia, emprende un catártico camino de liberación a través del amor y el deseo, liberándose de toda la oscuridad de su vida y dejándose llevar por sus emociones, amando en toda su plenitud, de forma libre y sin ataduras de ningún tipo, una vida donde la música pone el compás y el ritmo, donde cada movimiento es una forma de expresarse ante un mundo demasiado superficial y prejuicioso. Larraín nos invita a liberarnos, a sentir, a perderse en las coreografías del baile del reggaetón, a sentirse libre, a evadirse de nuestras existencias y bucear en aquello que sentimos, en romper las cadenas y sobre todo, en amar libremente, con intensidad y honestidad, a dejarnos llevar como lo hace Ema.

El director chileno habla de la juventud de su país, de esa juventud que lidera Ema, que ha llegado para ponerlo todo patas arriba, con nuevas formas de vivir, bailar, relacionarse, sentir y amar, donde prima lo colectivo y la fraternidad frente al individualismo y la competitividad, donde todas van a una. Un retrato sobre sus pulsiones, anhelos, amor y sexualidad, un retrato de aquí y ahora, capturando esa efervescencia que emana Ema y sus amigas, cuando bailan, aman o follan, sintiendo sus respiraciones, sus movimientos y sus caracteres donde todo se siente, se experimenta y se vive de forma intensa y profunda, a través de todos los sentidos, cuerpo y piel al unísono. La película nos abre nuevos caminos en la manera de enfrentarnos a nuestra propia vida y al mundo que nos rodea, mostrándose nuevas formas, sin fingimientos ni poses, ejemplarizando nuevos visiones sobre la maternidad que abren nuevas vías, a vivirla de manera y formas diferentes y sorprendentes, teniendo claro que la vida hay que vivirla, experimentándola en toda su plenitud, y descubriéndola diariamente, sorprendiéndose de todo aquello que ni imaginamos y dejando atrás tantos miedos inventados que no nos llevan a ningún lugar. Sergio Armstrong, el inseparable camarógrafo de Larraín desde Tony Manero, vuelve a ejecutar una luz brillante, transparente y natural de ese Valparaíso costero y estilizado, y por momentos, artificial, bien acompañado de un montaje fragmentado y electrizante, obra de Sebastián Sepúlveda (que ya trabajó con Larraín en El Club o Jackie) que nos lleva de un sitio a otro sin tregua, y la música de Nicolas Jaar, apabullante, brutal y sensual, acompañada del par de temas de reggaetón del grupo Estado Unido como son “Real” y “Destino”, puro baile lleno de energía, vida y libertad.

La sorprendente, enigmática, brillante, intensa y sexual Mariana di Giromalo en la piel de Ema, en su primer papel protagonista de su carrera, se come literalmente la cámara, convirtiéndose en una animal de escena, en la líder de esta nueva ola de amor, maternidad y sexo, con esa mirada felina y afilada, entre la candidez y la rebeldía que tanto manifiesta y necesita su personaje. Frente a ella, Gael García Bernal (en su tercera película con Larraín) metiéndose en la mirada de Gastón, ese coreógrafo demasiado ensimismado en su pasión que también, y por supuesto a través de Ema, emprenderá su propio camino liberador, Paola Giannini y Santiago Cabrera como Raquel y Aníbal, respectivamente, serán los invitados especiales en ese camino de vida, libertad, amor, sexo y maternidad que emprende Ema, personajes que al igual que su grupo de amigas entrarán de lleno, sin salvavidas ni nada que se le parezca, en este viaje a lo más profundo de nuestra alma, pura visceralidad, un chute de adrenalina y sexualidad (como bien dejará evidente el encadenado de imágenes donde el sexo se vive de manera apasionada y desinhibida) a esa vida de bailar, experimentar, sentir, vivir, emocionarse, donde hay cabida para todo aquello que nos hace vibrar como el amor y el sexo sin complejos, ataduras, y demás convenciones sociales que no solo nos impiden expresarnos como somos, sino que también, nos convierten en alguien amargado, triste y perdido.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Isla bonita, de Fernando Colomo

Cartel_IslaBonitaVOLVER A LOS ORÍGENES

En La fábrica de Cuento de verano, de Jean-André Fieschi y Françoise Etchegaray, documento filmado en el 2005, que recogía el rodaje de Cuento de verano (1996), de Eric Rohmer, veíamos sorprendidos como el cineasta francés, que contaba entonces con 76 primaveras, se mostraba lleno de energía y derrochando juventud, mientras lidiaba con sus dudas personales y profesionales. Un viaje parecido experimenta el director Fernando Colomo (Madrid, 1946) en su película número 20 de su carrera. Una cinta que reivindica el cine alejado de la industria, un cine libre, dinámico, de bajo presupuesto, filmando el instante, capturando la vida que se desata en cualquier momento, y con la ayuda de amigos que se interpretan a sí mismos. Colomo ha vuelto a empezar, ha hecho un viaje en el tiempo, a reencontrarse consigo mismo como cineasta, a recuperar la ilusión y el atrevimiento de aquel joven que debutase en 1977 con Tigres de papel, y filmase al año siguiente ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?, dos películas fundacionales de lo que se llamó “la comedia madrileña”.El mismo espíritu que bullía en películas como La línea del cielo (1983), donde un joven Antonio Resines intentaba, sin mucha fortuna, abrirse camino como actor en Nueva York.

Ahora, Colomo se interpreta a sí mismo, y de paso se ríe y se ridiculiza cada vez que puede, encarnando a un veterano realizador publicitario que llega a la isla de Menorca, en plena crisis personal, acaba de divorciarse, no tiene trabajo y anda sin un duro, con la intención de recuperarse junto a su mejor amigo Miguel Ángel, y la mujer de éste, y de paso filmar un documental sobre Joan, el sabio jardinero que trabaja para Miguel Ángel. Pero, las circunstancias le obligan a alojarse en casa de Núria, una escultura y su hija Olivia. A partir de ese instante, se irán sucediendo los días de verano, entre chapuzones en la playa, noches sin fin, conversaciones sobre arte, amistad, problemas emocionales y profesionales, y sobre todo, los devaneos amorosos que se desatan entre los personajes. Fer (Colomo) se siente atraído por Núria, Miguel Ángel, que busca paz y tranquilidad, se crispa con su mujer porque ha llegado su suegra y los sobrinos, una legión de ruido que le hacen perder los nervios, y para acabar de adobarlo todo, Olivia está enamorada de dos chicos a la vez, que le tienen preparada alguna sorpresa que le hará replantearse ciertas inquietudes y posturas sentimentales.

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Una obra simpática, alegre, que late con un espíritu de auténtica libertad, que rescata al Colomo cineasta de forma magnífica y emocionante. Unos personajes vivos, complejos, perdidos en sí mismos, y tiernos, envueltos por el especial encanto y romanticismo de una isla que engulle a todos, lugareños y visitantes con el “poc a poc”, una especie de lema vital que evita las prisas y la velocidad urbana, sometiendo a todos los que llegan, y a las cosas que van sucediendo a otro ritmo, en una forma de vivir la experiencia distinta, disfrutando y dejándose llevar. Unas personas/personajes bien dirigidas por la mano firme y especial de Colomo, en un rodaje donde la improvisación era un modo de hacer y sentir, donde destaca de forma maravillosa la belleza y naturalidad de la joven Olivia Delcán, su debut en el cine, que desprende un encanto y vitalidad parecida a la de Pauline en la playa, que arrastra a todos los demás con su juventud e inteligencia, y protagoniza los momentos más vivos y eróticos de la película. Una película humanista que devuelve al mejor Colomo, al de su primer cine, al cineasta veterano que sigue manteniendo el espíritu libre y jovial del creador, como Rohmer o Woody Allen, y es capaz de sorprendernos con una película pequeña, casi minimalista, pero entregada totalmente al amor por la vida y el cine.