Creative Control, de Benjamin Dickinson

Y SIN EMBARGO… INFELICES.

En la novela “13’99 euros”, de Frédéric Beigbeder, el autor explicaba de manera autobiográfica todos los males habidos y por haber del superficial mundo de la publicidad, con todos sus excesos de drogas, sexo y falsedad laboral y vital. Temas y elementos que podemos encontrar en Creative Control, la segunda película de Benjamin Dickinson, después de su prometedor debut First Winter (2012) donde daba buena cuenta de las complejas y deterioradas relaciones de un grupo de neoyorkinos que acaban atrapados en un cabaña debido a un gran temporal hibernal. Ahora, se plantado en pleno Brooklyn, rodeado de empresas creativas de publicidad, moda y tecnología, en interminables rascacielos acristalados de último diseño, un entorno en el que todo respira a imaginación, creatividad y jóvenes genios de la informática que se han convertido en los nuevos gurús del poder y el dinero. Dickinson aparte de dirigir, coescribe junto a Nicah Bloomerg y además, protagoniza la trama dando vida a David, el nuevo creativo al que se le ha encomendado la nueva misión de un nuevo producto de realidad aumentada mediante unas gafas. Todo parece fantástico, aunque más lejos de la realidad.

David vive junto a su novia, Juliette, una profesora de yoga, metida en mundos espirituales, aunque eso no les impide tener una relación vacía y aislada. El mejor amigo de David, Wim es un fotógrafo de moda, con bigote, y aires de conquistador que se lía con una de sus modelos, aunque también mantiene una relación no comprometida con su chica, Sophie, una joven diseñadora de la que David se siente fuertemente atraído. Y así son las cosas, vidas aparentemente deseadas y felices, pero que no logran serlo, aparentan serlo, David mantiene su entereza con antidepresivos, noches de alcohol, e intentos de rollo sin sentido, mientras fantasea con la vida que le gustaría llevar en ese mundo virtual que se hace a medida. Jóvenes triunfadores en un montaña llena de mierda, de soledad y vacío existencial en unas vidas computarizadas en las que se ven rodeados de una tecnología que crean para ocupar las vidas de otros de vidas tan absurdas y vacías como las de ellos, en un universo cada vez más individualista y menos emocional, donde la verdad acaba encerrada en un móvil o en una realidad falsa tecnológica.

El cineasta californiano nos presenta una película rodada en primoroso blanco y negro de la mano de Adam Newport-Berra, que vuelve a colaborar con Dickinson, una luz con algún momento de color (para afianzar ese otro mundo falso que desean en silencio, y las imágenes ralentizadas que ayudan a crear esa sensación de irrealidad) que recuerda a la trilogía de la incomunicación de Antonioni, dónde sus personajes deambulan por una sociedad cambiante que a pesar de sus bienes materiales no les satisfacía, películas de anclaje de inspiración al igual que el Manhattan, de Woody Allen, en la también retrataba a esos pseudo burgueses hipócritas, con graves problemas existenciales que no eran capaces de ser felices. Una película que nos habla de los deseos reprimidos, de las construcciones falsas en las que apoyamos nuestras vidas, y de todo aquello que hemos construido pero que en realidad no deseamos, en ese mundo de abstracciones, de noches extraños y universos absurdos en los que no existimos cada día, pero aunque podemos apreciar el drama vital de sus protagonistas, que constantemente juegan a ser otros en otros mundos, aunque sean virtuales, pero son los que realmente desean.

Una película de jóvenes exitosos que juegan a ser quiénes no desean, pero se sienten atrapados en ese bucle maléfico e infernal en el que se han protegido de un mundo real que los mata por dentro y les produce ansiedad, pero que tampoco se muestran capaces de abandonarlo, de vivir sus vidas alejados de todo, sin adicciones y siendo honestos y sinceros, primero con ellos y luego con los que les rodean. Desde la banda sonora que mezcla canciones tecno modernas, con clásicos como Vivaldi y Bach, cuando parece que todo funciona, para adentrarse en terrenos más oscuros y siniestros con temas de Schubert o Handel, en clara referencia al universo Barry Lindon, de Kubrick.  Dickinson nos regala una película burlesca, satírica, que se mofa de todos ellos y de ese mundo de oropel y repleto de idiotas, fabricando productos que no necesitamos y haciendo todo lo posible con fuertes campañas de publicidad y marketing para que esas “cosas” materiales se conviertan en indispensables en nuestras vidas, y sobre todo, nos creamos que esos productos que acabamos de adquirir, nos hagan nuestras vidas mejores y a nosotros muchísimo más felices.

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Encuentro con Jean-Gabriel Périot

Encuentro con Jean-Gabriel Périot, director de “Une jeunesse allemande”, con motivo de la sesión organizada por el colectivo OVNI (Observatori de video no identificat). El acto tuvo lugar el domingo 18 de junio de 2017 en el CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Gabriel Périot, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, y al colectivo OVNI, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Entrevista a Leire Apellaniz

Entrevista a Leire Apellaniz, directora de “El último verano”. El encuentro tuvo lugar el martes 2 de mayo de 2017, en el domicilio de unos amigos, en el marco del D’A Film Festival de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leire Apellaniz,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Aritz Moreno de Sr. & Sra., y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Entrevista a Valérie Delpierre

Entrevista a Valérie Delpierre, productora de “Verano 1993”, de Carla Simón. El encuentro tuvo lugar jueves 29 de junio de 2017 en la oficina de la productora Inicia Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Valérie Delpierre,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Montse Pedrós de Inicia Films, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Verano 1993, de Carla Simón

LA NIÑA QUE NO PODÍA LLORAR

Érase una vez, en un pasado no muy lejano, una niña que se llamaba Frida. Frida tenía 6 años y vivía en la ciudad con su madre y abuelos. Un día, su madre murió, pero Frida no podía llorar, no le salían las lágrimas. Entonces, se fue a vivir con sus tíos y su prima Anna a un pueblo rodeado de montañas. A partir de esta premisa, la película se abre de manera concisa y elocuente, situándonos en la noche de San Juan, donde niños y mayores disfrutan de los petardos y la música. Frida, a la que vemos de espaldas, en mitad de la noche, observa a su alrededor, un niño se le acerca y le suelta: ¿Y tú, perquè no plores? Frida no contesta. A raíz de esta dicotomía, subyace toda la propuesta de la opera prima de Carla Simón (Barcelona, 1986) en la que nos invita a recordar su infancia, a volver a aquel verano de 1993, cuando su vida cambió, su vida dio un giro de 180 grados para recomenzar de nuevo, con otra familia, sus tíos Marga y Esteve, y su primita Anna, y en otro ambiente, una masía en mitad del bosque, y con los recuerdos de su vida hasta ese instante. Simón ya había explorado la memoria de su familia en sus anteriores trabajos, en Lipstick (2013) filmada en inglés, abordaba el vacío que dejaba el fallecimiento de la abuela en el entorno familiar, en Las pequeñas cosas (2014) la relación difícil entre una madre e hija, y finalmente, en Llacunes (2016) ejercicio que, a través de un tratamiento experimental, donde construía un dialogo con la memoria de su madre.

La directora catalana se sumerge en su propia vida para contarnos ese tiempo de tránsito, ese tiempo de duelo, en el que Frida deberá enfrentarse a ella misma y al entorno que la rodea, a mezclarse con ese paisaje hostil, y a la memoria de su madre, y el lugar y la familia que deja en la ciudad. Simón mezcla con sabiduría las emociones complejas y extrañas que va experimentando la niña con la época estival, en la que se suceden los diferentes juegos, los baños en el río, los disfraces, la bicicleta, las visitas a la piscina, la diversión en la plaza corriendo y trotando, perderse por el bosque, visitar la huerta y coger coles en vez de lechugas, arreglar la bicicleta, bailar al son del ritmo de moda, disfrutar dels “gegants i capgrossos” y bailar en la verbena de “Festa Major” etc… La experiencia de la vida durante la infancia en verano, en la que la alegría y la diversión forman parte de nuestro mundo, confundido con la tristeza por el dolor, en el que la ausencia y la pérdida van apareciendo en forma de actitudes extrañas que va manifestando Frida, en mostrarse hostil con ciertas cosas, imponer su criterio y engañar a su prima pequeña Anna, y sobre todo, sentirse que no pertenece a ese mundo, un mundo que se le ha impuesto, al que quiere abandonar, volver al piso que compartía con su madre, regresar con la que considera su familia de verdad, que le regalaron la hilera de muñecas que custodia celosamente en el quicio de la ventana, o el intento de fuga en mitad de la noche, o  los instantes que reza frente al altar en un hueco en el bosque, por indicaciones de su abuela (como cuando Wayne le hablaba a la tumba de su mujer en La legión invencible).

Simón logra una película bellísima, logrando capturar la vida en su esencia, con sus pros y contras, acercándose a la infancia quebrada, desde la delicadeza, mostrándose sensible a lo que nos cuenta, sin nunca caer en la excesiva dramatización, apenas hay música añadida, la que escuchamos forma parte del ambiente, como esa música de saxo que entra en los encuadres de forma suave. Simón nos cuenta un drama, donde la muerte tiene una gran presencia, la ausencia de la madre, sí, pero lo hace desde la vida, desde la alegría de vivir, en una cinta luminosa, divertida, pero también oscura, en el que Frida a veces se muestra cariñosa y alegre, y en otras, ausente, como en otro lugar, ensimismada en otro tiempo. Los tíos, Marga y Esteve (magníficos Bruna Cusi y David Verdaguer, demostrando con creces que tenemos intérpretes de gran altura para rato) intentan aportar calor y hogar a Frida, ellos también tienen que adaptarse a la nueva vida, a las emociones contradictorias y extrañas de la niña, a su duelo, a su incapacidad de llorar, a extraño comportamiento, a no entender que el mundo, y sobre todo, la vida nos tiene reservadas situaciones que nunca entenderemos, y más cuando somos niños.

Simón ha parido un cuento enorme, de concisión narrativa y argumental, en el que todo se cuenta a fuego lento, en el que su encuadre, de espíritu libre, se sustenta en la mirada de Frida, en su mirada triste y alegre, en esa complejidad emocional que atraviesa a la niña, y a todos los que le rodean, a su nueva familia, y a la otra que ha dejado, con la que quiere volverse, detener el transcurso de la vida, y sentir que nada ha cambiado, que todo puede volver a ser como antes, deseos insatisfechos de una niña demasiado pequeña que todavía no comprende ciertas cosas y que siempre pregunta por el estado del piso de la ciudad a su tía. Simón nos invoca a otros niños y niñas huérfanos, desamparados y perdidos como los Edmund Kohler, Antoine Doinel, la Paulette (de Juegos prohibidos, con la que guarda cierto paralelismo en muchos aspectos), la Dorothy de El Mago de Oz o la Alicia que se veía sorprendida en el país de las maravillas, o el François de La infancia desnuda, al que le costaba adaptarse a los ambientes familiares, o aquellos rubios que nutrían la memoria de Albertina Carri, o ciertos ambientes y vacíos que experimentan los del cine de Lucrecia Martel.

La cinta de Simón recuerda a aquel cine español de inicio de los setenta en el que autores como Saura o Erice recordaron su infancia, aquella fracturada por la guerra, como el Luis de La prima Angélica, o las Ana, tanto de El espíritu de la colmena, como de Cría Cuervos, niñas que se veían sometidas a la ausencia y la pérdida de un mundo infantil que dejaba paso a un tiempo de incertidumbre, de extrañeza, donde los sueños se convertían en pesadillas, y los monstruos hacían acto de presencia. Y no sólo en planteamientos narrativos, sino en métodos de producción, muy propios de la factoría Querejeta, como rodear a la debutante Simón con profesionales reconocidos como Santiago Racaj, en labores de cinematografía (en un trabajo excelso de naturalismo y detallista, que recoge los instantes fugaces de la vida) o Eva Valiño en el sonido, sin olvidarnos de la interesante labor de Ana Pfaff en montaje. Una fábula intimista y pedagógica, en el que las niñas Laia Artigas como Frida y Paula Robles como Anna, dos niñas en estado de gracia, trasnmitiendo esa naturalidad y vida que traspasa la pantalla, que nos ayudan a vivir esta historia real como parte de nosotros. Un cuento de verano sencillo y honesto, sobre todo lo que fuimos, sobre la pérdida y el dolor de cuando somos niños, cuando el mundo es un lugar inmenso por descubrir y descubrirnos, cuando todo está por hacer e inventar, cuando la vida nos coloca en lugares que no deseamos, cuando las cosas se rompen, y debemos pegar los trozos, volver a hacer, volver a nacer, enfrentarnos con nuestro pequeño mundo e inmenso a la vez, en ese tiempo de juegos, imaginación y diversión,  pero también, de pérdida, oscuridad, dolor, ausencia, en una celebración de la vida, de su alegría y tristeza, de lo que amamos y odiamos, de  lo que reímos y lloramos.

Entrevista a Pedro Aguilera

Entrevista a Pedro Aguilera, director de “Demonios tus ojos”. El encuentro tuvo lugar el viernes 28 de abril de 2017 en el hall del Teatre CCCB, en el marco del D’A Film Festival 2017 en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Aguilera,  por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Alex Tovar de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, generosidad y cariño.

Demonios tus ojos, de Pedro Aguilera

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.

“Cuidado con lo que ves… puede cambiar tu manera de mirar”

La película arranca de manera brillante, con esa atmósfera oscura e inquietante, que no nos abandonará el resto del metraje, en un breve prólogo que deja claro las intenciones del protagonista como de la película que acabamos de empezar a ver. En una noche, en un tren, un director de cine que, viaja acompañado de su novia, duerme. Se despierta y observa a una mujer mayor que comienza a grabar con el móvil, la mujer se levanta molesta y se va. Inmediatamente después, un periodista lo entrevista y le pregunta sobre cuando perdió su inocencia, y Oliver, que es como se llama el cineasta, le explica una historia de niño cuando murió accidentalmente su mascota. A partir de ese instante, y después de visionar un video sexual explícito de Aurora, su hermanastra pequeña, siente la necesidad de viajar a su encuentro en Madrid. La tercera película de Pedro Aguilera (San Sebastián, 1977) explora los límites del deseo, las perversiones oscuras y demoledoras que nos atrapan y nos arrastran hasta lugares oscuros y profundos, también remite a nuestra forma de mirar y relacionarnos con las imágenes, en un mundo contaminado y devastado de vídeos que muestran con vehemencia la intimidad de cualquiera, donde nuestra vida y nuestros cuerpos están expuestos a lo público, observados por múltiples miradas desconocidas.

Aguilera ya había dado cuenta de su talento con La influencia (2007) donde seguía los pasos de una madre perdida, sin nada que intentaba salir adelante con la ayuda de sus hijos, le siguió Naufragio (2010) en la que se adentraba en la dura existencia de Robinson, un sin papeles que se buscaba la vida en una España vacía y sin sentimientos. El cineasta donostiarra sigue acercándonos a personajes a la deriva, náufragos de nuestro tiempo, personas buscándose a sí mismas, sin rumbo fijo, de pasados turbulentos y terribles, que hacen todo lo posible por relacionarse de manera sana con los demás, aunque muy raras veces lo llegan a conseguir. Oliver es un tipo que se presenta en Madrid, después de muchos años de ausencia y casi sin saber nada de su familia, dice que anda buscando la inspiración para su próxima película, o anda buscándose a sí mismo, o quizás ambas cosas a la vez, quién sabe. Fascinado por la belleza e inocencia de Aurora comienza a espiarla a través de una cámara que filma su habitación. Oliver mira las imágenes que descubren la intimidad de Aurora, en un provocador y perverso juego de voyeur, en el que no puede dejar de mirar e inquietarse con aquello que ve.

La inocencia imperturbable de Aurora se ve amenazada por el deseo animal y visceral de Oliver que lentamente va traspasando los límites del simple voyeur para traspasar la pantalla y adentrarse en ese mundo prohibido, inmoral y siniestro que representa Aurora. La forma en la que miramos las imágenes, nuestro imaginario, y la fantasía que nos provocan estas imágenes son la parte estructural de la película de Aguilera, una cinta que juega a los contrastes, desde su peculiar formato, el 1:33, y esa imagen, más propia del cine setentero o principios de los ochenta, donde los colores vivos se mezclan con la oscuridad de la noche, donde parecen suceder todas las perversiones que no pueden controlar sus personajes. El director nos encierra casi en las cuatro paredes de esa casa acomodada de las afueras, de familia con pasado turbio, con un padre en común, que se mueve entre lo afable y lo siniestro, y unas vidas en tránsito, donde nada es lo que parece y los más bajos instintos se ocultan bajo el amparo de la comodidad de la intimidad.

Una película que nos devuelve el cine que transita por nuestros más bajos instintos sexuales y depredadores de la condición humana, remitiéndonos a títulos como Peeping Tom (donde los rostros femeninos asesinados provocaban el placer del individuo) o la atmósfera terrorífica de juegos eróticos de las películas de Hitchchock como Vértigo (donde el protagonista se sentía fascinado por resucitar a una muerte)  Psicosis (en el que el torturado Norman Bates era un mirón que acababa con las vidas de las mujeres que despertaban su deseo) e incluso La sombra de una duda (donde la amenaza de un tío dejaba a su sobrina a su merced), o el deseo sexual reprimido del cine de Buñuel como Belle de jour, Susana (Demonio y Carne) o Ese oscuro objeto del deseo (que curiosamente también arrancaba en un tren), o los viajes psicóticos de Arrebato, de Zulueta, donde el cine transformaba a sus espectadores llevándolos a traspasar la imagen y formar parte de ella, o el cine español de los sesenta, y sobre todo de los setenta, en sus relatos de tipos amargados reprimidos sexualmente, sin olvidarnos de cierto cine underground, donde el sexo es un motor de desinhibición y escapismo ante las frustraciones vitales,  o las películas más oscuras y tenebrosas de Almodóvar como La ley del deseo o Los abrazos rotos (con el cine como motor de oscuras perversiones) o La piel que habito (en el que un ser atormentado emprendía una venganza siniestra).

Una pareja protagonista de altos vuelos interpretados por los estupendos Julio Perillán (con ese aspecto varonil, animal y misterioso, de lobo hambriento, que se adentra en el bosque para seducir lo prohibido) e Ivana Baquero (la lolita frustrada en una relación monótona con un novio pavo que descubre junto a su hermanastro cineasta las perversiones sexuales más oscuras). Aguilera nos invita a un cuento erótico, a cine dentro del cine, una fábula de cazadores, de pasiones desatadas, y deseos que se buscan irremediablemente, que destila una sensualidad desbordante, de calor sofocante, de cuerpos calientes, y sentidos a flor de piel, en un inquietante juego sexual en el que desconoces quién atrapa a quién y quién busca a quién, donde todo se mezcla y los dos hermanastros se sumergen a un perverso descenso a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, en este viaje endiablado hacia el interior, en el que no existen fronteras ni límites, en el que tampoco hay luz, sólo oscuridad y tinieblas,