Entrevista a Anxos Fazáns

Entrevista a Anxos Fazáns, directora de la película “A estación violenta”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el viernes 27 de abril de 2018 en la cafetería del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anxos Fazáns, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

A estación violenta, de Anxos Fazáns

BELLOS Y MALDITOS.  

La película se abre con la espalda de Claudia. Nos encontramos en una playa al amanecer, Claudia se mueve ensimismada, dejándose llevar por ese momento, que intuimos agradable y feliz. De repente, cuatro amigos entran en el encuadre, al mismo tiempo que la música apacible, deja paso a un guitarreo. El grupo avanza hasta la playa, desvistiéndose y bañándose entre risas y júbilo, alejados de todo, disfrutando de ese instante, que con el tiempo les parecerá imposible, como si perteneciese a un sueño lejano, como si lo hubiese soñado otro. Una apertura con un significado muy especial al desarrollo de la misma, ya que ese momento que acabamos de presenciar nos habla de tiempo, de amistad, de un tiempo pasado, un tiempo que ya jamás volverá, un tiempo al que sus personajes, en cierta manera, han quedado atrapados, absortos en esa melancolía profunda, sin posibilidad de mirar más allá, como si el futuro de sus vidas hubiese quedado detenido en aquel tiempo, en ese instante de la juventud, en ese tiempo fugaz, donde el mañana no existía y todo se movía a ritmo frenético, sin descanso. La cineasta Anxos Fazáns (Pontevedra, 1992) después de varios trabajos como script, varios cortometrajes, y su trabajo en el equipo de dirección de Las altas presiones (2013) de Ángel Santos, uno de los coguionistas de la película, junto al productor Daniel Froiz, Xacobe Casas, y la propia directora, un relato libremente inspirado en la novela homónima del pontevedrés  Manuel Jabois.

Fazáns nos habla de un reencuentro, o también, podríamos decir de un (des) encuentro entre Manuel, un escritor que ya no escribe, alguien que deambula, como un fantasma, por las calles de su juventud, se mueve por un espacio que ya no reconoce, que le resulta extraño, que ya ha dejado de pertenecer, y se topará con su pasado, con sus amigos de antes, con Claudia, una ex yonqui, y David, su novio y músico. A partir de ese instante, los tres se juntaran, compartir una casa en la playa, y saldrán de fiesta, escucharán música y se moverán juntos, como si fuese un tiempo de recuerdo, un verano para sentir aquello que ya no sienten, un verano de solitud interior, de estados de ánimo tristes, vacíos, anulados, como si aquel tiempo los hubiera consumido para el resto de su vida. Hablarán poco, quizás las palabras ya no salen, o no saben que decirse, porque se les acabaron las ideas, o cualquier cosa que digan les parece de más, o les puede llevar a situaciones incómodas, situaciones para que las que no están preparados, y a recordar momentos a los que no quieren volver, porque el pasado pesa, hace daño, porque ahora, ese tiempo es diferente, oscuro y muy terrible.

Fazáns maneja su película con valentía y aplomo, mueve a sus tres personajes, o lo que queda de ellos, vagando como almas espectrales a la espera de algo o alguien, que saben de antemano que no reencontrarán o se fue para no volver jamás, estructurando esta película sobre el tiempo, sobre lo que fuimos y ya nos seremos, a través de la música, una score de bandas gallegas (incluso la propia directora se pare un tema) en la que escuchamos rock urbano, o el tema de “El huerfanito” (cantada por una increíble Nerea Barros) canción que va como anillo a estos tres huérfanos y náufragos de su propia vida, almas en tránsito a no se sabe a qué limbo o qué dimensión. El trío protagonista encabeza por una inconmensurable Nerea Barros (que ya habíamos tomado medida de su talento como esa mujer rota, sevillana y rural de los setenta que hacía en La isla mínima) se convierte en esa Claudia dolorida, ausente y triste, que se nos muestra cansada y abatida, como buscando un refugio imposible de hallar, en una búsqueda fraudulenta por encontrar algo de paz en su vida, le acompaña Alberto Rolán como Manuel, el viajero sin viaje, el sonámbulo perdido y sin ilusión, el escritor que recuerda que escribía, el vivo-muerto, con ese pelo alborotado, esa barba salvaje y esos polvos de auxilio, y completando el trío tenemos a Xosé Barato, otra alma en pena, otro más, otro que se mueve por inercia, sin apenas ilusión, alejado de lo que fue, de aquel joven que se iba a comer el mundo, aquel joven del que ya no se acuerda nadie, ni él mismo, y la inquietante y oscura presencia del siempre magistral Antonio Durán “Morris” como Dante (una especie de “Madre superiora”, el personaje que interpretaba Peter Mullan en Trainspotting).

El formato 16 mm impone esa intimidad en el interior de los personajes, junto a esa luz rota y dormida, de ese tiempo detenido, sin tiempo y sin vida, obra del cinematógrafo Alberte Branco (autor de la luz de Las altas presiones y Os fenómenos) y su duración, apenas 73 minutos, condensan ese tiempo de espera o de nada, ese tiempo que se va o ya se ha acabado, donde el pasado pesa y daña, el futuro no llegará, y el presente se ha transformado en un día eterno sin más, en una jornada interminable, donde las cosas suceden de forma invisible, casi imperceptible, como si sus vidas, aquellas que antaño estaban llenas de vida, juventud, pero también, de desfase y muchas drogas, como si nada existiera, ni ellos mismos siquiera, hubiese consumido sus almas, las hubiera vaciado, y ahora sólo tienen esos restos del naufragio, restos sin más, cuerpos desnudos y llenos de cicatrices físicas e interiores, que se alimentan de tristeza y dolor, en una marejada ingobernable de recuerdos, de sonrisas tristes, de melancolía, de amigos que se quedaron en el camino, y momentos, sólo momentos amontonados sin capacidad para descifrarlos, para retenerlos de alguna manera, para revivirlos.

Entrevista a Andrés Goteira

Entrevista a Andrés Goteira, director de la película “Dhogs”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el martes 1 de mayo de 2018 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrés Goteira, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo del D’A Film Festival, y a Laura Doval, productora de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Dhogs, de Andrés Goteira

ANIMALES SALVAJES.

“Cielo y Tierra no tienen sentimientos:
tratan todas las cosas como perros de paja. El Sabio no tiene sentimientos: trata a toda su gente como perros de paja”

Tao Te Ching. Lao Tse

Un taxista silencioso conduce por una ciudad cualquiera por la noche, sube a un ejecutivo que dejará en un hotel, mientras que el taxista seguirá conduciendo sin rumbo aparente. En el hotel, el ejecutivo conocerá a Alex, una mujer solitaria y muy atractiva. Aunque todo parece obedecer a una convencionalidad aparentes, a partir de ese instante, la vida de Alex entrará muy a su pesar, en una tremenda espiral de violencia sin sentido donde una serie de personajes, a cuál más rudo y salvaje, se interpondrán en su camino, y donde Alex tendrá que sacar fuerzas de su interior para sobrevivir. La puesta de largo de Andrés Goteira (Meira, Lugo, 1983) es un thriller angustioso y febril, con una personalidad propia que agarra al espectador y no lo suelta en ningún instante, ya desde su título que deja las cosas claras por donde nos llevará su trama, ya que proviene de la fusión anglosajona entre dogs (perros) y hogs (cerdos) que nos viene a decir ese lado animal de los seres humanos, entre la fiereza y la sumisión, entre amos y esclavos, entre los poderosos y los desfavorecidos.

La apuesta de Goteira, tanto por su forma y contenido, podría parecernos a primera instancia, un refrito de grandes títulos de los setenta estadounidenses, pero lo que hace el cineasta lucense es agarrar los referentes para llevarlos hacia otro lugar, hacia su propio terreno, consiguiendo una trama, en la que apenas hay diálogos, y apoyándose en las sutiles y sobrias interpretaciones de su elenco, y construyendo unos espacios cinematográficos con un carácter diferente y sucio, que nos atrapa dejándonos sin aliento. La trama está contada a través de tres relatos, que unos dejarán paso a otro, en el que encontramos dos espacios, lo urbano y lo rural, pero sin grandes diferencias en la miseria humana, entre los perversos y las víctimas de esa perversión, en la que todos se mueven bajo instintos animales, donde no existe empatía, sino seres movidos por su sed sexual o violenta, sin tiempo para la reflexión o el pensamiento. Aquí, todos se mueven por aquello que sienten, por aquello oscuro y profundo de su ser, dando rienda suelta a aquello oculto y cruel, utilizando la violencia si es necesario, mostrando las diversas capas del carácter y conducta humanos.

Pero, Goteira aún retuerce más su espacio y su trama, dando paso al público, a nosotros, a esa cuarta pared que hablan en el teatro, mostrándonos al respetable, a los que se sientan cómodamente para presenciar el espectáculo, envueltos en la penumbra, casi en la invisibilidad, sin individualizarlos, creando una masa que vive grupalmente, y permanece inerte en sus asientos de manera colectiva, a los que intervienen o no en lo que están viendo, a ese grupo de espectadores que el cineasta gallego muestra como pasivo, sumiso y sin intervención alguno, sólo agradecido por el show, dejándose llevar como un espectador privilegiado, sin ningún tipo de intervención o protesta, ante tanta crueldad y violencia desatada, dispositivo que nos trae a la memoria el inicio de Opening Night, de Cassavetes, cuando nos mostraba la acción del teatro desde la mirada del público, para luego pasar a ese interior de lo que no ve el espectador, en el mismo juego de espejos vampírico que ocurría también en el comienzo de Holy Motors, de Carax, en que un público dormido o muerto era testigo de aquello que íbamos a presenciar.

Goteira nos envuelve en una atmósfera fascinante, con esa luz tenebrosa y asfixiante de Lucía C. Pan, tanto la urbana, con esa no realidad de la noche como aliada para los sedientos de sangre, y lo rural, con esas carreteras solitarias rodeadas de montañas, y esas gasolineras, donde todo lo perverso puede estallar en cualquier instante, o el espléndido trabajo de arte de Noelia Vilaboa, con esas casas lúgubres y casi abandonadas, donde hay pieles secándose, perros enfermos, hombres rudos y callados con la escopeta siempre a punto, donde reina el silencio, sólo roto por los graznidos de algún cuervo, sin olvidarnos de esa música rasgada e inquietante que acompaña de forma oscura todo lo que vamos viendo. El excelente reparto de la película que consigue incomodarnos, gracias a unas interpretaciones sencillas y muy sobrias, sin ningún aspaviento, ni nada que le parezca, bien sujetos a ese ambiente malsano y cruel que necesita la película, interpretando a almas solitarias y perversas, con los inmensos y sobrios Antonio Durán “Morris” y Miguel de Lira, muy bien acompañados por Carlos Blanco, y los sorprendentes María Costas, Iván Marcos y Suso López (uno de los productores, que además se reserva un breve papel) y la maravillosa Melania Cruz, que consigue transmitir tanto la dulzura y la rabia.

Goteira ha construido una magnífica e impactante película que se sumerge en la oscuridad de los humanos, en el que ha conseguido un excelente y crudísimo retrato sobre los males del ser humano, esa animalidad y violencia que anida en nuestro interior, que sale en el momento inesperado y haciendo daño aquel o aquella que se cruza en nuestro camino, consiguiendo transmitir esa maldad intrínseca y ese ambiente sucio y maloliente que nos rodea, sin olvidarse de sus referentes, como Peckinpah, Hellman o los tratamientos sobre la violencia de thrillers rurales como Defensa, de Boorman, o Furtivos, de Borau, y el cine de terror malsano y sucio de La matanza de Texas o Las colinas tienen ojos, donde la tranquilidad y la paz de la naturaleza no siempre son sinónimos de buena virtud y benevolencia, sino todo lo contrario, donde las peores pesadillas pueden hacerse realidad y no tener fin.  Y añadiendo a los espectadores, la sumisión y complicidad de toda esa violencia y crueldad que anida en nuestra sociedad, con ese grado de manipulación en el que vivimos diariamente, en un mundo perverso completamente deshumanizado, donde unos y otros, amos o esclavos según la circunstancia, nos movemos como alimañas hambrientas a la espera de atacar o ser atacadas.

Entrevista a Adrián Orr

Entrevista a Adrián Orr, director de la película “Niñato”, en el marco de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona. El encuentro tuvo lugar el lunes 20 de noviembre de 2017 en la cafetería del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Adrián Orr, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de l’Alternativa, al equipo de La Costa Comunicació, y a Eva Calleja de Prismaideas, a todos ellos, gracias por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Niñato, de Adrián Orr

LA BATALLA DIARIA.

Niñato es David Rasanz. David no tiene trabajo y cuida de tres niños pequeños. David mantiene su sueño de adolescente de ser cantante de rap. David vive con sus padres y sigue resistiendo en uno de esos barrios de la periferia de cualquier ciudad. Levantarse cada día, levantar a los pequeños, llevarlos y recogerlos del colegio, componer y cantar, ver a su chica, y seguir adelante con el David padre con el David músico. Adrián Orr (Madrid, 1981) fogueada en equipos de dirección con cineastas de la talla de Javier Rebollo o Alberto Rodríguez, realiza su primer largo, una película que nació hace años, cuando tanto como David y Adrián eran colegas y adolescentes y soñaban con dedicarse al rap. Los años pasaron y David fue padre, como muchos de los amigos de Adrián, pero el sueño del rap no se perdió por el camino y las circunstancias. Siguió ahí. Esa dicotomía que fascinó a Orr fue el germen de uno de sus cortos más celebrados Buenos días resistencia (2013) en el que filma una jornada cualquiera de David y sus tres pequeños, las relaciones de padre e hijos y sus batallas diarias se convertían en el foco de atención (del que veremos algunas de sus secuencias en la película) dispositivo que ha continuado durante 4 años donde Orr ha seguido filmando la intimidad de David y los niños, y ahora se ha convertido en Niñato.

El cineasta madrileño ha contado con la complicidad del amigo de toda la vida, que le ha abierto su casa, su vida y su intimidad, para filmarlos de cerca, tan próximos que la cámara de Orr se convierte en un personaje más, en un testigo privilegiado de una familia diferente, una familia donde todos aprenden diariamente, donde unos y otros aprenden a escuchar, a desarrollarse, a ser autónomos y a crecer como personas, en el que asistimos de una forma privilegiada a unos actos tan cotidianos, como los que cada uno de nosotros hacemos en nuestra vida diaria, pero que la mirada de Orr los convierte en universales, siguiendo aquella premisa que argumentaba Pavese, “Convertir la cotidianidad en universal” , Orr lo hace con su cámara y lo construye sin apenas darnos cuenta, filmando a sus personajes desde la inquietud y la curiosidad de capturar un instante, un momento fugaz de las relaciones de David y los niños, unos niños con sus continuos estados de ánimo, y de humor, con su desgana a hacer sus tareas más básicas como levantarse, vestirse o hacer los deberes, sus enfados y su alegría al jugar o ser ellos mismos, y ante ellos, David, que les habla, les escucha e intenta aprender con ellos difícil y compleja tarea de educar a los niños, donde armarse de paciencia y batallar con sus enfados y demás, se convierten en la cotidianidad diaria, y cada día más de lo mismo, donde los diferentes retos y circunstancias que aparecerán nos volverán a reflexionar y plantearnos métodos y formas de ayudarles de la mejor manera.

Pero, a pesar de las obligaciones como padre de David, aunque los niños en algún momento le llaman papá, sobre todo, los más pequeños Mia y Oro (el más inquieto y el que conlleva más trabajo por su falta de autnomía) se suelen dirigir a Niñato como David, junto a los pequeños como Luna, la mayor. (Orr nunca nos explicará porque David es padre soltero y quiénes son sus hijos y quiénes no).  A pesar de todas estas obligaciones, David no ha olvidado a Niñato (su alter ego musical) ese tipo que trabajará para convertirse en cantante de rap, aunque quizás no lo llegué a conseguir nunca, David no descansará jamás para mantener su sueño de adolescente vivo, intacto a pesar de todo, manteniendo la llama latente, porque renunciar a tus sueños es dejar de ser uno mismo para convertirse en otro. Ese otro en el que David sigue creyendo, en esa dicotomía que explica también la película, el David padre y el Niñato músico de rap, y ahí andaremos, siendo testigos de esas dos realidades de David y Niñato, quizás una más fuerte que la otra, pero ahí estaremos, escuchando sus conversaciones con su novia, y aquello que los une y separa, o las otras conversaciones con la que parece ser su hermana o una amiga, de cómo educar a los niños y las dificultades que acarrea, o la miseria laboral que trata a los seres humanos como objetos.

Orr construye una intimidad que traspasa la atmósfera de sus personajes, de la misma forma que lo hacen Frederick Wiseman o Wang Bing, desenvolviéndose por el espacio como uno más, en un trabajo de estar sin estar, de ser uno más y a la vez, invisible, tejiendo con mimo las relaciones de David/Niñato y los niños, batallando diariamente con sus conflictos cotidianos, capturando un tiempo casi real, como si se tratara de una jornada, en que el magnífico montaje de Ana Pfaff es esencial para conseguir ese tiempo cinematográfico, Pfaff se ha convertido en una de las piezas imprescindibles de este cine realizado a través de la sinceridad, la realidad, donde lo contado traspasa nuestra mirada y asistimos a un fascinante y revelador viaje doméstico, a través de un documento necesario, valiente y sensible, donde la inmensa labor de sonido de Eduardo Castro, captando todos esos sonidos cotidianos, tanto domésticos como callejeros, que acaban inundando con numerosas capas lo que estamos viendo, en el que la imagen de Orr, realizada con luz natural, se ensombrece y se vela según los espacios por los que se mueven esta peculiar familia, en un trabajo magnífico, concienzudo y conmovedor sobre la vida en la periferia, lugares donde la crisis económica ha pegado más fuerte, donde los recursos son escasos, donde cada día es una batalla, en el que la realidad y los sueños conviven como pueden, donde educar y aprender forma parte del aprendizaje diario tanto de adultos como de niños, porque nunca se sabe lo suficiente, y lo que creíamos resuelto, vuelve de otra manera, desde otro ángulo, y tenemos que volver a mirarlo de otra manera, en un continuo vuelta a empezar.


<p><a href=”https://vimeo.com/267575733″>NI&Ntilde;ATO – TRAILER OFICIAL</a> from <a href=”https://vimeo.com/margenescine”>M&aacute;rgenes</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Luis Ospina

Entrevista al cineasta Luis Ospina, con motivo de la proyección de su película “Todo comenzó por el fin”, en el Zumzeig Cinema Cooperativa en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 6 de diciembre de 2017 en su alojamiento en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Ospina, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y al equipo del Zumzeig Cinema Cooperativa, por su amabilidad, generosidad, cariño, programación y su labor con el cine más arriesgado, comprometido y resistente.