Meseta, de Juan Palacios

LO BELLO Y LO TRÁGICO.

“Las fronteras no son el este o el oeste, el norte o el sur, sino allí donde el hombre se enfrenta a un hecho”.

Henry David Thoreau

La película nos da la bienvenida con un mapa cartográfico mirado desde el cielo, donde observamos, mediante un plano lento y conciso, los accidentes geográficos de lo que podemos divisar como una planicie, sinuoso y agreste, una sucesión de líneas curvas e imperfectas, que podría pertenecer a cualquier lugar de la España rural, ese espacio que el tiempo y las necesidades personales va despoblando y alejándolo de todo. Luego, la película bajará a la tierra, para mirar el cielo desde ahí, observando uno de esos pueblos de la meseta castellana, y filmando a sus gentes, a sus pocas gentes, que todavía habitan esos espacios. El cineasta Juan Palacios (Eibar, 1986), había debutado en el largometraje, con Pedaló (2016), un documento sobre tres amigos aventureros que se proponen navegar por el Cantábrico, a bordo de un pedaló de segunda mano.

Cuatro años más tarde, nos propone Meseta, donde firma el guión, el montaje y al dirección, una nueva aventura, esta vez, más hacia adentro, volviendo al terreno del ensayo, del documental observacional, de la experimentación, retratando la España despoblada, en un viaje inmersivo y sensorial, en el que nos va trazando un mapa físico y emocional de los espacios que fueron y quedan, y de las pocas gentes que fueron y quedan, siguiendo el trabajo de un pastor de ovejas, que recorre las llanuras, junto a las autovías, el de un fotógrafo que registra imágenes atávicas que pertenecen a otro mundo, otra historia, a la de un par de niñas que caminan por el pueblo vacío y los alrededores, intentando inútilmente cazar pokémons que no encuentran, un pescador en el río que habla de la dificultad de encontrar pareja, un dúo musical, popular en el pasado, recuerdan quiénes fueron y sobre todo, la historia del pueblo, la carretera nacional que lo atravesaba y regaba de turistas y curiosos el lugar. Ahora, con la autovía, la carretera está desierta y ya no pasa nadie, y esa decisión, para bien o para mal, como explica uno de ellos, ha cambiado radicalmente la fisionomía del pueblo. O el anciano que para combatir el insomnio cuenta las casas deshabitadas del pueblo, peor como hay tantas, nunca llega al final, porque se duerme antes.

Palacios retrata el espacio rural y humano, a través de la mirada crítica, donde hay espacio y tiempo para todo, para la idea romántica del pueblo, y para la tragedia del pueblo, donde se funden belleza y fealdad, en la idiosincrasia cerrada de los habitantes de los pueblos, la belleza intrínseca de un paisaje vasto y natural, la paz y tranquilidad que se respira y se halla, la falta de trabajo que ha empujado a los jóvenes a abandonarlo, la falta de una economía sustituyente al trabajo manual que mantuvo el pueblo tantos siglos, y sobre todo, el envejecimiento de los que quedan, de las pocas personas que siguen en sus casas, siendo testigos de un tiempo que desaparece con ellos, un tiempo que se extingue, un tiempo de la memoria, que la película retrata trazando un mapa humano y emocional, donde lo físico, casi fantasmal, como una película de terror, y lo personal, se mezclan, creando un espacio donde el silencio y el vacío acaban devorándolo. El impecable y sobrio trabajo de sonido que firman el propio director, junto a Fatema Abdoolcarim, Rubén Cuñarro, Alberto Peláez, Julio Arenas, convierten a Meseta, no solo en una muy física, sino también, muy profunda, en esta aventura introspectiva, en que cada plano y encuadre de la película, traspasa la pantalla, alojándose en lo más profundo de todos nosotros.

La película huye completamente de esa mirada romántica del pueblo, para adentrarse en las múltiples miradas y experiencias vividas en el pueblo, desde lo bello y lo trágico, desde tantos puntos de vista, que consiguen crear una idea mucho más amplia y real de lo que han sido, son y desgraciadamente, no serán mucho de los pueblos de la España rural. Palacios consigue lo que se propone, porque sus imágenes no juzgan ni se posicionan, sino que observan y capturan el presente de un pueblo, donde el retrato y su propia cartografía, nos transportan a su pasado, y también, su no futuro, a través de sus gentes, de lo que piensan, lo que hacen, lo que recuerdan, y sobre todo, lo que sienten, porque la película se adentra en lo personal y lo humano, sin dejar de mirar ese paisaje natural y salvaje, un territorio que cuenta muchas cosas si se le mira con tiempo y detenimiento, alejándose de tantas prisas y carreras inútiles de las ciudades, convirtiéndose la película en una oda de la mirada y el tiempo necesario para que ese mirar nos transporte a ver más allá, aquello que sucede tanto en el cielo como en la tierra que pisamos, con sus silencios, sonidos y demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/333812359″>INLAND_Official Trailer II</a> from <a href=”https://vimeo.com/doxa”>Doxa Producciones</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

 

 

 

Entrevista a Paula Palacios

Entrevista a Paula Palacios, directora de la película “Cartas mojadas”, en los Cines Boliche en Barcelona, el viernes 2 de octubre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paula Palacios, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Cartas mojadas, de Paula Palacios

LOS INVISIBLES DEL MEDITERRÁNEO.

“Huimos de una guerra, y nos encontramos con otra en el mar”

Desde que en 2015 estallará la crisis descontrolada de inmigrantes que se lanzaban al mediterráneo, intentando llegar a Europa, utilizando travesías difíciles, y llenas de peligros que costaban la vida de muchos, muchas cámaras se fueron a documentarlo, generando una gran cantidad de trabajos sobre la tragedia de los inmigrantes muertos en el mediterráneo, desde miradas, ángulos y puntos de vista diferentes, quizás faltaba uno que introdujera el elemento humano, el que se sube a bordo de los barcos, y registra la cotidianidad, lo que sucede en su interior de forma sincera y veraz. En Cartas mojadas, de la española Paula Palacios, cumple esa función, de mirar de frente, de filmar los rostros y los cuerpos del mediterráneo, hablando de todo, del inicio del viaje, de todo lo que dejan, las travesías, y los destinos. Un relato que va desde lo más íntimo, a lo más general, deteniéndose en todos las miradas y sentimientos, y no solo muestra lo que sucede en el mar, sino va más allá, dirigiéndose a esos lugares donde van a parar los inmigrantes cuando supera la barrera del mar, mostrándonos las diferentes realidades con las que se encuentran, y todo nos lo cuentan, de forma humanista, rigurosa y sensible. Palacios ha producido y dirigido más de veinticinco documentales para televisión, donde prevalecen los temas sobre migración y mujer, haciendo hincapié en esa parte humana que se oculta con tantas cifras de fallecidos.

En Cartas mojadas, su primera película para cine, nos convoca en tres espacios. En el primero, iremos a bordo del barco humanitario “Open Arms”, en el que rescatarán del mar a más de medio millar de personas, personas que conoceremos y miraremos a sus rostros cansados, mientras la tripulación, intenta por todos los medios un puerto donde recalar. En el segundo espacio, nos llevarán a las calles de París, donde inmigrantes viven al raso, sin nada, en el que son expulsados por la policía. Y en el tercer espacio, nos subimos a bordo de una patrullera de guardacostas libio que, localiza embarcaciones y las devuelve a sitios como Libia, donde los inmigrantes son torturados y esclavizados. Tres miradas de la tragedia que se vive a diario en el mediterráneo, de todos los que sobreviven. Y todo ello, Palacios nos lo cuenta a través de una voz en off, de una niña ficticia que lee una carta de la madre, esas cartas mojadas que elude el título, todas esas cartas que no llegan a su destino, que se pierden bajo las aguas del mar, reivindicando a todos aquellos que mueren, víctimas invisibles de una política europea que ahoga a los países pobres e impide que sus habitantes lleguen a Europa, un continente demasiado ensimismado en su ombligo y en hacer dinero, que salvar vidas.

La película tiene una factura impecable, con esa luz que capta todos los elementos humanos y físicos de la película, una cinematografía que firman Taha Jawashi, Amine Belhouchat y Mikel Landa, que capta con mucho criterio y sobriedad la vida y la muerte del mediterráneo, bien acompañado de un montaje enérgico y brillante, obra de Virginie Véricourt, que sabe contarnos las diferentes realidades sin perder un ápice del contenido de la obra, y la excelente música de Mariano Marín (que muchos recordamos por las score de Tesis y Abre los ojos, entre muchas otras), una música afilada y oscura que describe el terror que muchos viven en su trágico viaje. Palacios ha construido una película de frente, sin recovecos ni sentimentalismos, muestra unas realidades tremendas, las que viven miles de personas que se lanzan al mar para huir de la guerra, la miseria, la violencia y la injusticia que se viven en sus países de origen, huyen de una guerra y se encuentran con otra, la que sufren en el mar, la de aquellos que los rechazan y les impiden llegar a un lugar mejor del que huyen.

Un relato triste y lleno de rabia, desesperanzador y durísimo, que la película consigue mostrar con el equilibrio adecuado, entre esa cercanía para que podamos empatizar con sus imágenes, pero también, la suficiente distancia para la reflexión necesaria, que nos conmovamos con unas imágenes terribles, pero sin caer en la lágrima, sino explorando unas realidades que no acostumbran a mostrarse en los informativos occidentales, siempre tapadas con cifras que no describen el inmenso drama para tantas personas. La película se lanza al vacío, muestra y provoca la reflexión y el pensamiento en los espectadores, sin caer en la superficialidad de otras producciones, aquí no hay épica ni heroísmo, solo unas personas que intentan salvar a otras, personas que actúan con conciencia ante la tragedia del otro, ante la impasibilidad de sus países, y no miran hacia otro lado como hace la mayoría, materializan su ayuda, subiéndose a un barco, enfrentándose a todas las autoridades y trabajando por salvar vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/392949016″>CARTAS MOJADAS – TRAILER stereo VOST</a> from <a href=”https://vimeo.com/moradafilms”>MORADA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Carles Torras

Entrevista a Carles Torras, director de la película “El practicante”, en su domicilio en Barcelona, el martes 22 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carles Torras, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Blanco en blanco, de Théo Court

EN TIERRAS SALVAJES.

“Es un lugar común hablar sobre cómo el colonialismo envilece por igual al colonizador y al explotado…”

Álvaro Mutis

El relato arranca con la llegada de Pedro, un fotógrafo que viene a retratar el matrimonio del latifundista Mr. Porter con una niña. Estamos en la tierra inhóspita, agreste y desoladora de Tierra del Fuego, allá a finales del XIX. Pedro es un alma perdida, un fantasma en mitad de la nada, alguien obsesionado por la luz que invade sus fotografías, y también, por la inocencia y dulzura de la futura esposa del patrón. Pedro es alguien atrapado en esa vasta tierra, rodeado de siervos de un terrateniente ausente, al que nunca vemos, a alguien que más parece otro fantasma, pero que es dueño y señor de todo, incluso de las vidas de los que allí subsisten y trabajan para él, incluido Pedro. Todo es sucio, incómodo, desagradable, parece que el amor y la caricia han abandonada esas tierras, o los nuevos moradores, que colonizan esas tierras y los nativos selknam, han eliminado cualquier atisbo de esperanza y libertad.

Después de realizar Ocaso (2010), en la que nos conducía por los últimos días de un mayordomo al cargo de una casona decadente, el cineasta Théo Court (Ibiza, 1980), de padres chilenos, vuelve al sur de Chile, pero esta vez a Tierra del Fuego, a centrarse en un parte histórica, la del preludio al siglo XX, cuando las tierras salvajes y libres ocupados por nativos, pasaban a manos del invasor, a través de la fuerza, en un relato por el que nos guía Pedro, el testigo presente-ausente, por el que vemos y conocemos un universo sin alma, en lo más crudo del invierno, con esas infinitas planicies nevadas, con esa suciedad física y moral, donde muchos de los personajes, criados o mercenarios, se pasean por esas tierras como lo que son, la imagen del terror para los nativos. Hay tiempo para la belleza, aunque esa belleza, capturada por los retratos de Pedro, como el que hace a la niña, también tiene impregnada ese aroma violento que emana en las tierras de Mr. Porter, como el matrimonio de un adulto con una niña, las cercas que dividen una tierra libre, o la violencia que extermina a los nativos, una violencia intrínseca en el alma oscura del explotador y ocupador.

Court, escritor del guión junto a Samuel M. Delgado, mira ese paisaje violento con distancia, mostrando a sus personajes desde la altura del que no juzga, solo enseña, reflejándolo con esa luz grisácea, oscura y velada que impregna todo el relato, un bellísimo trabajo de José Alayón (director de la interesante Slimane, y coproductor de la cinta) asesorado por el cinematógrafo Mauro Herce (que había trabajado en Ocaso), la desoladora y tenue música de Jonay Armas (autor de La estrella errante, de Albert Gracia, o Europa, de Miguel Ángel Pérez Blanco) convoca esa otra cara de la tierra, la que no vemos peor sigue ahí, latente y cercana, como el espíritu que presencia Pedro en la llanura, el sutil y brillante montaje de Manuel Muñoz Rivas (director de la magnífica El mar nos mira de lejos), y el formidable trabajo con el sonido de Carlos E. García (colaborador de las películas de Ciro Guerra y Cristina Gallego, o en la Ninphomaniac, de Von Trier). Blanco en blanco recoge con astucia y detalle esa atmósfera cruel y desoladora que hervía en esas tierras, donde gentes sin alma y en busca de su dorado particular, trabajaban para enriquecidos sin escrúpulos que construían el nuevo orden capitalista, exterminando indios y borrándolos del mapa, lanzándolos al abismo de la historia, siempre contada por los vencedores.

La película tiene esa amargura y tristeza que también refleja el personaje de Pedro, en la piel de un Alfredo Castro, que explica tanto casi sin hablar, un talento al alcance de muy pocos intérpretes, que recuerda a aquellos antihéroes perdidos, a la deriva y sin futuro, como el John McCabe de Los vividores, de Altman, o el pobre diablo de La balada de Cable Hogue, de Peckinpah, dos cintas que nos hablan de ese final y crepuscular western que dejaba paso a otras formas de vida, menos libres y soñadoras, donde se imponía el dinero como medio para vivir. La inquietante y brillante presencia del actor Lars Rudolph, que habíamos visto en Armonías de Weckmeister, de Béla Tarr, con Sokúrov, en el cine alemán de Tykwer o Akin, haciendo un personaje sucio, maloliente y oscuro, que habla en inglés, de esos tipos odiosos que gusta estar muy lejos de ellos. También, tiene de ese eterno viaje hacia la nada que vivía el oficial de Jauja, de Lisandro Alonso, vagando sin rumbo por esas tierras duras y desoladoras, o de ese otro oficial, en esa espera eterna y decadente en Zama, de Lucrecia Martel, donde la atmósfera engulle y asfixia a esos valientes y temerarios hombres que un día llegaron con la maleta llena de ilusiones y el alma todavía inocente, y con el tiempo y el alrededor, se vieron engullidos por ese universo atroz, vacío y violento, donde parece que solo ganan los menos buenos, donde todo obedece a una idea, la del invasor que todo lo vuelve blanco, a su manera, enterrando todo aquello que no es generador de riqueza.

Court, en su segunda película, se desata como un narrador brillante y sobrio, en el que cada espacio, gesto o mirada adquiere connotaciones más allá de lo que vemos, siguiendo ese tedio que impone a sus personajes, en un relato que va del crudo invierno a una primavera soleada, que sigue manteniendo ese orden social donde la vida de los nativos vale tan poco que cuando desaparece nadie la echa en falta, en un mundo por el que se mueven personajes sin nombre, sin vidas, porque pertenecen a los designios del amo, un amo ausente pero presente con sus tentáculos de poder, riqueza y miseria que deja a su paso. El cineasta chileno-español crea ese mundo abismal, ese mundo desesperanzado, donde toda esa violencia contamina todo lo que ve y toca, como el paisaje, las relaciones humanas y los deseos e ilusiones de un espacio que ya no tiene vida y solo persigue la muerte, como queda patente en la apertura y cierre de la película, con esas dos fotografías que definen con detalle toda la desolación y terror que registran las representaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Bra, de Veit Helmer

EL FERROVIARIO JUBILADO Y EL AMOR. 

“El amor no es algo que has de encontrar, sino algo que te encuentra a ti”

Loretta Young

Había una vez un ferroviario llamado Nurlan, que vivía bajo las montañas del Cáucaso, en un pequeño pueblo llamado Bakú, en Azerbaiyán, que en su último día como maquinista de carga, su locomotora cazó un sujetador de encaje azul. Así que, arrancó su jubilación trasladándose al pueblo pegado a las vías del tren y empezó su búsqueda, intentando localizar a la dueña de la prenda. Desde que debutase como director de largometrajes, Veit Helmer (Hannover, Alemania, 1968), todas sus películas son fábulas atemporales, protagonizadas por personas diferentes, solitarias y muy peculiares, en las que nos sitúa en enclaves perdidos y olvidados, donde confluyen temas y relaciones humanas universales, tales como el amor, la amistad, la fraternidad, etc… valores perdidos y poco usados, que el director alemán reivindica como resistencia a un mundo idiotizado, individualista y sometido al dinero. En The Bra, vuelve a esa sencillez y humanismo que caracteriza su cine, partiendo de una premisa sencilla y directa, encontrar a la dueña del sujetador, cuestión, eso sí, muy delicada y comprometida.

Nurlan, el ferroviario jubilado nos guiará por este microcosmos diferente, extraño y lleno de sorpresas, aunque real, convertido en atemporal por la magia cinematográfica, donde iremos encontrándonos con mujeres que, por una razón u otra, querrán encajar en el famoso sujetador, el revelador macguffin del relato, y harán lo imposible para conseguirlo. Helmer, al igual que hizo en su debut Tuvalu  (1999), prescinde de los diálogos, pero no hace una película muda, sino una obra que se apoya en unas imágenes reveladores y poéticas, acompañadas de un calculado y formidable sonido, que llenan la pantalla, explicándonos muchísimo más si los personajes hablasen. El gesto y el movimiento adquieren una presencia capital, donde todo se explica sin necesidad de recurrir a nada más. Con unos personajes variopintos, solitarios y llenos de humanidad, metidos en situaciones llenas de comicidad, donde el gag adquiere su relevancia. Unos seres como Nurlan, el ferroviario jubilado, silencioso y solitario, una especie de “patito feo” en su pueblo, donde es objeto de burlas, emprende este viaje, tanto físico como emocional, para encontrar a la dueña del sujetador, metiéndose en las vidas y las singularidades de cada mujer que le abre las puertas de su casa con intenciones diversas.

A su lado, el pequeño huérfano Aziz, el niño que duerme en una casa para canes y toca el silbato para advertir de la llegada del tren, que le ayudará en el menester del sujetador. El ferroviario sustituto, enamorado de la música, que vive en un vagón transformado en un laboratorio musical industrial, donde cada maquinaria y objeto es propicio para lograr una melodía. La agente ferroviaria, encargado del cambio de agujas y la señalización del recorrido de los trenes, en su torre de control, mientras bromea con sus compañeros ferroviarios. Y finalmente, las diferentes mujeres que visita Nurlan, donde se tropezará con diversas realidades y soledades, desde la solterona desesperada, la mujer de poco pecho, la esposa triste, la bailarina en busca de un padre para sus tres hijos, la abuela y la nieta que se mofan de él, la viuda llorona, la ama de casa enfadada, y demás mujeres que le abren las puertas amablemente, otras, no, y otras, ni abren.

The Bra recoge la estructura de La cenicienta, de los Hermanos Grimm, aunque aquí cambiamos el zapato de cristal por el sujetador de encaje azul, con ecos del cine de Chaplin o Buster Keaton, donde la torpeza y el gag eran lo que hacía mover la historia, de Tati, y su Monsieur Hulot, desde el tipo de Miki Manojlovic (el actor fetiche de las maravillosas comedias de Kusturica), que da vida a Nurlan, le acompaña su torpeza, su constancia y esa lucha constante contra los elementos, ya sean humanos, físicos u emocionales, un tipo que encajaría perfectamente en los seres solitarios y aburridos, enfrascados en sus tareas laborales, que tanto le gustan a Kaurismäki, incluso algunas de las peripecias sociales de Nurlan podríamos encontrarlas en el imaginario de Azcona con el Rodolfo de El pisito, el Plácido, el José Luis de El Verdugo o el Canivell de La escopeta nacional, pobres diablos detrás de imposibles y sin más suerte que su sombra, sin olvidarnos de cuentos modernos como las magníficas Delicatessen, con la que guarda muchos parecidos, o Amélie, en esa búsqueda incesante de uno mismo y de paso, encontrar a ese ser parejo y deslumbrante que le dé un poco de luz a nuestras oscuras y grises existencias.

Amén de la maravillosa y emocionante composición de un intérprete de la altura de Miki Manojlovic, que resulta imposible no enamorarse de su personaje y sobre todo, de su aventura cotidiana, que resultando muy difícil, no cesará en su empeño, mostrando actitud y una férrea voluntad. También, encontramos a otro actor de una capacidad maravillosa para tipos raros, peculiares y románticos como Denis Lavant, que junto a Chulpan Khamatova, la encargada de la torre de control, ya habían protagonizado Tuvalu, en uno de esos personajes encantadores y locos que tanta falta hacen al mundo, bien acompañados por la maravillosas presencias de Paz Vega, Maia Morgenstern, Irmena Chichikova y Saroya Safarova, un reparto que funciona a las mil maravillas, con esa maravillosa y deliciosa música obra del francés Cyril Morin, en una película que nos habla hacia adentro, a nuestro interior, a aquello que no nos atrevemos a reconocer, en la que hay espacio para la comedia, el romanticismo, la soledad y sobre todo, la búsqueda del amor, que es más agradecido cuando no se busca, y nos tropezamos con esa alma gemela, que no se parece mucho a nosotros, pero esté segura de caminar juntos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Pullman, de Toni Bestard

LA TRASTIENDA DEL PARAÍSO.

“Si la ayuda y la salvación han de llegar sólo puede ser a través de los niños. Porque los niños son los creadores de la humanidad”

Maria Montessori

Daren y Nadia son dos niños de padres inmigrantes que viven del turismo de Mallorca, y habitan los apartamentos Pullman, antaño un lujoso hotel, y ahora, un armatoste de cemento en el que se hacinan familias que inmigraron buscando un futuro mejor, alejado del tumultuoso turismo balear. La película describe un día de verano, un día en el que Daren, de padres africanos, y Nadie, de madre soltera de Europa del Este, deciden escaparse de casa y mirar ese otro mundo que les rodea, descubrirlo con su inocencia, con la mirada del que mira las cosas ajenas por primera vez. Después de años dedicados al cortometraje, formato que compagina con el largometraje, donde cosechó buenas críticas y premios, Toni Bestard (Mallorca, 1973) debutó en el largo con El perfecto desconocido (2011) en la que describía el viaje de Mark O’Reilly (que interpretaba el maravilloso actor irlandés Colm Meaney) llegando a la isla de Palma en una búsqueda interior de su pasado. En el 2015, codirigió, junto a Marcos Cabotá, I am your Father, en la que ponían el foco en David Prowse, el actor enfundado en el traje de Darth Vader, que fue sustituido en El retorno del Jedi, cuando se descubría su verdadero rostro. Una película que bucea en las luces y sombras del mundo del cine y las relaciones humanas.

En Pullman, basado en el cortometraje El viaje (2002) escrito por Arturo Ruiz Serrano, desde entonces estrecho colaborador, Bestard cambia los dos chavales del extrarradio de Madrid que sueñan con otros mundos y viajes increíbles, y vuelve a su casa, a sus orígenes, a mirar a sus calles y ciudades de Mallorca, a retratar ese universo ajeno al turismo y a todo, que escenifica en los niños de los apartamentos de Pullman, en relación a ese mundo del turismo masificado, a las calles llenas de neones y gentes pululando de aquí para allá. Dos mundos ajenos y alejados, dos universos muy diferentes, separados por apenas escasos metros. El cineasta mallorquín acota su película en un escasos días, y más concretamente, en una sola jornada, donde Daren y Nadia, emprenderán un viaje para conocer que hay más allá de su cotidianidad de Pullman, adentrándose en esa otra Mallorca que nunca pisa el turista, repleta de edificios abandonados donde pululan seres que viven por y para el turismo, como la travesti prostituta, el vendedor pedófilo de la playa, el payaso triste y alcohólico vendedor de globos, y el yonqui, seres del extrarradio, almas que van y vienen, que se tropiezan con un par de chavales también ajenos a esa Mallorca turística, quedando patente en las secuencias donde se cuelan en el parque, intentan robar en el centro comercial, o cuando corren atónitos en medio de los neones y el ruido que provoca la masificación turística.

Bestard atiza con fuerza ante esa destrucción de su ciudad, tanto la abandonada como la turística, retratando lo que quedó atrás y todo ese presente infernal que ha hecho del turismo el epicentro de todo, como el famoso “balconing”, donde muchos jóvenes turistas pierden su vida. Pullman aboga por la identidad, tanto física como personal, incidiendo en esas miradas inocentes de los dos chavales, tanto Daren como Nadia miran el mundo desde su ilusión de volar, de viajar, de sentir que el mundo no empieza y acaba en sus apartamentos. El relato huy del sentimentalismo o la postal turística, sumergiéndonos en un mundo donde los padres inmigrantes inculcan valores humanos a sus hijos, mientras ellos trabajan para el turismo, para que sus hijos tengan otro tipo de oportunidades que ellos jamás tuvieron. Daren y Nadia verán la ilusión y el mundo, pero también su crueldad, envidia y egoísmo, conociendo de primera mano toda la verdad, o su verdad, enfrentándose a sus miedos, sus desilusiones y su capacidad de dignidad y entereza ante tanto bullicio del turismo.

Pullman irradia el aroma de películas como El niño y su mundo (2013), de Alê Abreu, fábula animada en la que un niño descubría ese mundo repleto de máquinas y polución, o The Florida Project (2017), de Sean Baker, en el que también se reflejaba esa Florida turística con esa otra cara b, la del extrarradio, la de las familias rotas y desestructuradas, a través de dos niñas, como lo pudieran ser Daren y Nadia. Un reparto cercano y sensible encabezado por Keba Diedhou y Alba Bonnin Ostrem como Daren y Nadia, respectivamente, emanan naturalidad, destreza y armonía, bien acompañados por los adultos Monika Kowalska como la madre de Nadia y Armando Bouika como padre de Daren. Bestard ha construido una película pequeña, sencilla y humana, con una historia que destila cercanía, libertad e independencia, que retrata con dureza y aplomo esa Mallorca masificada por el turismo, y esa otra, que reivindica, la inmigrante que trabaja para el ocio y la diversión de otros, y queda relegada al ostracismo de lo que no se ve, de lo que está ahí, pero se intenta ocultar por todos los medios. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

< 3, de María Antón Cabot

CALEIDOSCOPIO DEL AMOR JUVENIL.

“La verdad no está en un sueño, sino en muchos sueños”

Pier Paolo Pasolini

En 1965 cuando Pasolini estrenó Comizi d’amore, pretendía reflejar la sociedad italiana a través de sus pulsiones y testimonios sobre las cuestiones del amor y el deseo, mediante entrevistas realizadas por él mismo a todo tipo de transeúntes improvisadas en mitad de la calle. Medio siglo después y con el mismo espíritu del poeta italiano,  María Antón Cabot se planta en el parque del Retiro de Madrid durante los tres veranos que abarcan del 2015 al 2017 para retratar su paisaje, en el que encuentra a jóvenes nerviosos, jugando al amor y al deseo, entre risas, obsesionados con las pantallas de sus móviles, parloteando entre ellos sobre sus cuestiones amorosas. Cabot surgida del colectivo lacasinegra, grupo que conocíamos por su largo Pas à Gènève (2014) y sus trabajos experimentales sobre los nuevos conceptos de la imagen en la era digital, echa mano en la producción de Carlos Pardo Ros, otro “casinegra”, para acercarse a ese mundo juvenil y entrevistarlos improvisadamente, como lo hizo Pasolini, sobre sus deseos, amores y sentimientos. Las respuestas son nerviosas, entre risas y miradas confidentes entre ellos, contestan apresuradamente, cortadamente, desde esas primeras veces en el amor y en el deseo, sus primeras alegrías, besos, amores, frustraciones, desilusiones y agitaciones.

Cabot no solo se queda ensimismada en el paisaje estival, sino que lo mira y retrata desde el observador inquieto y paciente, esperando su oportunidad, su momento, su instante, capturando ese universo fugaz y efímero de la juventud, todo se mueve entre la hipérbole, la fantasía y la irrealidad, esa misma irrealidad con la que la directora madrileña nos da la bienvenida a su película-documento, con esas ilustraciones coloridas en movimiento creando esas fantasías y pulsiones que mucho tienen que ver con los sentimientos de los jóvenes que retrata, a partir de los colores que podemos encontrar en los fondos de pantalla de los móviles, indispensables herramientas para conocer, chatear y jugar al amor. El retrato que hace Cabot es sincero e íntimo, se detiene en esa amalgama de vidas e ideas y venidas que es el parque en verano, retratando a como esa juventud de aquí y ahora se mueve en los espacios del amor y el deseo, unas formas muy diferentes a la juventud de antes, pero, como viene a indicarnos la película, las personas siguen queriendo lo mismo que aquellos que los precedieron, esa incesante y compleja búsqueda del amor y sentirse deseados.

A partir de un documento que no solo retrata a la juventud actual y sus cosas del amor, Cabot va mucho más allá, y lo hace, y esto tiene mucho mérito, a través de un dispositivo sencillo y muy acertado, mirar el parque y su colectivo humano, sobre todo, el más juvenil, mirándolos como son, sin etiquetas y convenciones sociales, capturando sus miradas, gestos, cuerpos, movimientos y testimonios, cara a cara, a su misma altura, de manera directa y verdadera, donde no hay filtros ni espejos deformantes, sino una mirada lúcida, limpia y tranquila, desde la inquietud del que mira, observa y pregunta a aquellos que interesan y sobre todo, escucha sus reacciones, pensamientos y sentimientos, dándoles esa voz que quizás deberíamos darle, y no sacar conclusiones apresuradas y poco acertadas cimentadas entre la desconfianza y la desinformación, sin juzgar a las personas anónimas que les ofrecen sus testimonios y un espacio de su privacidad. Y además, el personaje de Ana que abre y cierra la película, encontrando entre tanta maraña de personas anónimas un sentido a su forma de pensar, relacionarse y sentir.

< 3 (que son el símbolo y el número para escribir un corazón rojo en los dispositivos móviles) título claramente clarificador sobre las herramientas que usan los jóvenes para relacionarse, se mira con la belleza de lo cotidiano, hipnotizado por sus cotidianas y naturales imágenes que nos van rodeando y sumergiéndonos en ese universo de primeros deseos y amores, una película que se une a otros espejos sobre la juventud de los últimos tiempos como Quién lo impide, de Jonás Trueba, donde a través de una serie de películas hibridas entre el documento y la ficción, exploran a los jóvenes y sus inquietudes sobre la vida y el amor, así como Las primeras soledades, de Claire Simon, en la que nos introducía en un instituto y daba la palabra a unos jóvenes franceses de barrios en la periferia para escuchar sus testimonios sobre la soledad, el dolor y demás oscuridades de sus vidas. < 3 es una película maravillosa, deslumbrante y viva, sobre los jóvenes de ahora, sus ilusiones y frustraciones a través del amor y el deseo, y también, es un retrato fiel y emocionante sobre la sociedad y nuestras formas de mirar, relacionarnos, amar y desear. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/294018147″>&lt; 3 / Teaser #1</a> from <a href=”https://vimeo.com/dveinfilms”>DVEIN Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Jaione Camborda

Entrevista a Jaione Camborda, directora de la película “Arima”, en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el sábado 8 de febrero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaione Camborda, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Arima, de Jaione Camborda

EL ESPÍRITU DEL BOSQUE.

“Te lo he dicho, es un espíritu. Si eres su amiga, puedes hablar con él cuando quieras. Cierras los ojos y le llamas. Soy Ana…Soy Ana…”

Isabel a Ana en El espíritu de la colmena, de Erice

Arima es aquello que ves a través de la niebla, aquello que intuyes, pero que no consigues ver con claridad. Un sueño, un recuerdo, un deseo. Desde su evocador y misterioso título, la primera película de Jaione Camborda (San Sebastián, 1983) nos traslada a un lugar alejado de lo conocido, un espacio que se instala entre la realidad y lo imaginado, entre aquello que vemos y que intuimos, entre lo que sentimos y soñamos, un paisaje envolvente que nos produce miedo y también fascinación, ese lugar donde los sueños, los espíritus y lo de más allá puede cobrar vida, puede manifestarse o puede evocarnos a ese lugar oculto que anida en nuestro interior, ese lugar en el que solo nosotros podemos ir y estar. Camborda nos había entusiasmado con alguno de sus piezas de corte experimental rodadas en súper 8 como Rapa das Bestas (2017) un trabajo de carácter etnográfico en el que exploraba la relación del hombre con lo animal, en una batalla donde se fundían la violencia y lo atávico.

Siguiendo con el celuloide pero esta vez en el 16mm, con el cinematógrafo Alberte Branco (responsable entre otras de Los fenómenos, Las altas presiones o La estación violenta) la directora donostiarra continúa sumergiéndose en los elmentos que transitaban en sus anteriores trabajos como el paisaje, la relación de lo humano con lo animal y la naturaleza, en un espacio donde confluyen realidad y fantasía, componiendo una sinfonía instalada a media luz, velada, donde la espesa niebla, y la sombras proyectadas van creando ese paisaje fantasmagórico por el que se desplazan las cuatro mujeres de la película, Julia, es una mujer reflexiva, de carácter introvertido y muy observadora, que arrastra la desaparición de su hermano Ángel cuando este era solo un niño, su madre es una mujer que ha huido del centro, está anclada en otro tiempo, perdida y desorientada, incapaz de pertenecer a un lugar que mira extrañada, Nadia es la mujer radiante de juventud, atractiva, que posa su cuerpo desnudo para que la retraten, el objeto de deseo al que todos admiran y desean, y por último, Elena, frágil, sencilla y desamparada, madre de Olivia, esa niña que al igual que sus coetáneas Ana de El espíritu de la colmena, la otra Ana de Cría Cuervos y Olvido de La mitad del cielo, todas ellas niñas capaces de traspasar la vida y transitar por el universo de las ánimas, dejar la realidad para adentrarse en un paisaje diferente, extraño y mágico, en el que obedecen otras leyes, otras emociones, un lugar donde se relacionan con espíritus y seres de otro tiempo y otra vida, con el aroma gótico que reinaba en La hora del lobo, de Bergman. Olivia es la niña que abre esa vía a las mujeres, sobre todo, a Julia, a entrar en ese mundo espectral, donde las cosas se sienten y se ven de otra forma.

Las cuatro mujeres verán su cotidianidad alterada con la presencia de dos hombres, uno que nunca veremos pero intuimos que pueda ser real o quizás no, el otro, David, sí que es real, y aparece herido en la vida de Elena, una especie de salvador para ella, una compañía que Olivia verá como una amenaza y un temor. Ese paisaje onírico y real, que camina entre la nebulosa, la apariencia y lo tangible lo encontró Camborda en el pequeño pueblo de Mondoñedo, en el norte de la provincia de Lugo, un lugar que por su posición geográfica está bañado por una espesa niebla que lo inunda de esa capa ambivalente, ideal para construir esa fascinante y evocadora atmósfera que reina en la película. La directora vasca construye un relato íntimo y breve, apenas el metraje alcanza los 77 minutos, con ese montaje lleno de sutilezas obra de Marcos Florez (que ya estaba en El último verano, de Leire Apellaniz) para mostrar lo sugerido y lo espectral.

Arima es un cuento que camina entre lo cotidiano, lo tradicional, y lo fantasmal, con esos maravillosos dibujos infantiles de Olivia (que recuerdan a aquellos que hacía la niña de El cebo) y se mueve entre la fábula, el terror y la violencia (como ese brutal instante cuando Olivia agarra la escopeta) donde todo se sugiere, se intuye y se escucha, donde el off es de vital importancia. Un relato anclado en una especie de limbo, tanto narrativo como formal, en la que escuchamos pocos diálogos, donde las miradas, los gestos y las acciones de los personajes se imponen a las palabras, donde todo se dice desde lo que cuentan las miradas, en el que sus personajes observan y miran mucho, y también callan más, donde todo se sugiere y se alimenta a través de las emociones que van sintiendo y las situaciones que se van generando, donde la tensión emocional entre las mujeres va en aumento, en una especie de laberinto físico y psíquico en el cada una de ellas encuentra o se tropieza con esa realidad imaginada que van inventando o experimentando. Una película sencilla e íntima, que nos coge de la mano y nos lleva por caminos especiales, alejados de lo conocido, inmersos en una cotidianidad diferente, donde lo mágico y lo fantasmal tiene su espacio y su importancia, donde se alimenta un universo peculiar, fascinante y sugerente, que repele y atrae, a través de una cotidianidad cercana que adquiere otro estado, otra fantasía, convirtiéndose en otro mundo, otro paisaje, donde se viven experiencias únicas y poderosas.

Una película de inusitada belleza y contención necesitaba un reparto conjuntado y sobrio como el que forman las cuatro actrices habituales en las serie gallegas como la maravillosa Melania Cruz, que después de breves pero intensos roles en A esmorga, Trote, o el más protagónico en Dhogs, desplegando una fuerza intensa en su rostro, la mirada y el gesto con su Julia, una mujer que traspasa lo conocido para adentrarse en el universo de lo sobrenatural para reencontrarse con el hermano perdido, Rosa Puga Davila es una Elena convincente y superada por los acontecimientos, tratando de volver a ilusionarse, Iria Parada como Nadia, enigmática, oculta y puro deseo, Mabel Ribera que alcanzó notoriedad con Mar adentro, es una madre que deambula como un fantasma por un lugar que no reconoce, Tito Asorey es David, el hombre que entra en la vida de Elena, parco en palabras que oculta mucho. Y finalmente, la niña Nagore Arias, es la mirada inocente e imaginativa, capaz de penetrar en esos mundos mágicos y oníricos que los adultos son incapaces de ver. Camborda ha construido una película honesta y sencilla, que vuelve a evidenciar la grandísima fuerza que late en el cine gallego de ahora, con grandes nombres y títulos que, no solo cosechan buenos resultados aquí si no también fuera de nuestras fronteras, agrandando un cine cotidiano, de raíces, muy de la tierra, en su idioma, pero con temas y elementos universales e interesantes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA