Entre dos amaneceres, de Selman Nacar

KADIR Y SU FAMILIA.

“La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica”.

Bertrand Russell

El ruido ensordecedor de unas máquinas fabricando tejidos abre la película, inundando toda la pantalla. El movimiento y la agitación es frenético, tanto de máquinas como de empleados, todo es un continuo torbellino de idas y venidas. Entre todo ese caos, emergen las figuras de los patronos. Dos hermanos: Serpil, el heredero y el mano dura de la empresa, y Kadir, siempre en la sombra, más apartado. Y es en esa última figura, en que la película se posara para contarnos el conflicto. Porque todo se tuerce y de qué manera, cuando uno de los trabajadores se introduce en una máquina para limpiar y un chorro de vapor descontrolado lo quema y es trasladado al hospital. A partir de ahí, la película seguirá a Kadir que, instado por su padre, hermano mayor y abogado de la empresa, tendrá la dura misión de convencer a la familia del accidentado de firmar y así eximir a la empresa de cualquier responsabilidad. Además, ese jornada que sirve de marco y emplazamiento para la película, también, es un día muy importante para el devenir del protagonista, ya que irá a cenar con su novia Esma y los padres de ésta.

La primera película de Selman Nacar (Uçak, Turquía, 1990), cuenta un conflicto moral, pero lo hace como si de un thriller se tratara, muy al estilo de Asghar Farhadi, en el que las veinticuatro horas que dura toda la trama, sirven para ahogar al protagonista literalmente, en una especie de día a contrarreloj en que todo se vuelve del revés y la solución parece imposible. El director turco se acompaña de una cinematografía espectacular, donde priman los planos cortos y medios en sitios cerrados, que aún remarca el aislamiento en el que se ve sometido Kadir. Un gran trabajo del cinematógrafo Tudor Valdimir Panduru, que tiene en su haber películas tan importantes como Los exámenes, de Christian Mungiu y Malmkrog, de Cristi Puiu, entre otras. El detallado y rítmico montaje que firman Bugra Dedeoglu, Melik Kuru y el propio director, acentúa esa carrera de velocidad en el que está envuelto el protagonista, en una especie de laberinto kafkiano donde todo se vuelve en su contra, donde cada vez está más solo y desesperado.

Entre dos amaneceres nos habla muy profundamente de las escalas de poder en la sociedad y en la propia familia, donde los poderosos hacen lo que sea por mantener su estatus y su posición, aún transgrediendo la ley y sobre todo, la moral, que la usan según su conveniencia e intereses personales y económicos. Kadir, un tipo noble e integro que se verá entre la espada y la pared de las artimañas de su familia y de la clase social a la que pertenece, un antihéroe a su pesar, que se verá arrastrado por las miserias de los suyos. Nacar se aleja completamente de los subrayados narrativos y formales, creando un entramado cinematográfico donde prima la sutileza y el detalle, en que las interpretaciones de su poderoso reparto ayuda a manejar el conflicto y desarrollarlo con inteligencia y audacia. Un reparto entre los que destaca Mucahit Kocack que se mete en la piel del desdichado Kadir, un individuo preso de su familia y las circunstancias, alguien que creía que pertenecía a otro mundo y estaba rodeado de otras personas. A su lado, le acompañan Nezaket Erden como Serpil, el hermano, o dicho de otro modo, el otro lado del espejo, el heredero sin escrúpulos capaz de todo para seguir manteniendo su estatus de poder, y finalmente, Burcu Göldegar como Esma, la novia de Kadir, que lo ama y que está a su lado.

Nacar ha construido una ópera prima que brilla en cada plano y encuadre, y sobre todo, en su peculiar descripción de las múltiples oscuridades de la condición humana, alejándose en todos los sentidos de la peliculita moralista de buenos y malos, aquí no hay nada de eso, aquí hay intereses, poder y circunstancias y víctimas, ninguna se lo merece, ninguna ha hecho nada, solo existir y sobre todo, entorpecer, muy a su pesar, los caminos del poder, y sus ansias de riqueza y miseria. Porque lo que cuenta Entre dos amaneceres no es desgraciadamente, algo aislado, sino piedra común en estas sociedades occidentales en las que vivimos o simplemente, sobrevivimos, en las que los poderosos cada vez tienen más poder, y los trabajadores cada vez tienen menos visibilidad, tanta que poco a poco están desapareciendo sus derechos y sus libertades, si es que alguna vez las hubo completamente plenas y de verdad, aunque eso sería otro cantar, y el personaje de Kadir tendría mucho que hablar de su identidad, de cuál es su camino y sobre todo, porque se merece todo eso que le está pasando, sin él ser responsable directo, pero como decía aquel, hay cosas que nunca cambiarán y si lo hacen, siempre será para peor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Algunas Bestias, de Jorge Riquelme Serrano

LOS DEMONIOS QUE NOS HABITAN.

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”

León Tolstói (Principio de Ana Karenina)

El arranque de una película confiere una importante máxima al contenido de la misma, ya que esa primera imagen alertará a los espectadores de los temas que sobrevuelan por el interior de la obra. La primera imagen de Algunas bestias, de Jorge Riquelme Serrano (Santiago de Chile, 1981), está capturada desde el cielo, quizás es Dios el que mira a los miembros de la familia que conoceremos más tarde, ahora vistos como puntos minúsculos negros imposibles de distinguir. Una imagen cenital que nos sitúa en el espacio de la acción, esa isla, la isla de Chaullín, situada a cinco millas de la costa de Calbuco, al sur de Chile. Un espacio rodeado de agua, un espacio en el que se alza una casa que en el pasado impuso alguna relevancia, ahora, necesita con urgencia una sustancial reforma, y sobre todo, gentes que la habitan en armonía y deseen habitarla.

A través de un plano estático y cerrado, y una toma larga, observamos a esa familia, sentados alrededor de una mesa, mientras acaban de comer, al matrimonio Alejandro y Ana, que quieren convertir el lugar en reclamo turístico, sus dos hijos adolescentes, Máximo, a punto de ingresar en la universidad, y Consuelo, acompañados de Antonio y Dolores, los padres de ella, contrarios a prestar ayuda al negocio, y con la relación de su hija. Por una serie de circunstancias, los personajes no tienen otra salida que permanecer cuatro días encerrados en la isla, sin poder salir ni llamar a nadie, instante que la película se sumergirá en el interior de los personajes y la presión de aislamiento y soledad, destapará los verdaderos instintos de cada uno de los personajes y las terribles tensiones que existen entre suegros y yerno, y nietos. El cineasta chileno nos habla de la intimidad de una familia en descomposición, y las diferencias que los separan, donde prevalecen los conflictos de cada uno, tocando temas espinosos como el clasismo, los abusos sexuales, la falta de amor, azotados por esa malvada competitividad y poder que desangra las relaciones personales y familiares.

Un relato escrito por Nicolás Diodovich, y el propio director, que ahonda en las miserias ocultas de cada uno de los miembros, en especial, de esa pareja de padres de ella, convertidos en unos clasistas de tomo y lomo y unos depravados de mucho cuidado. Bañada con esa luz tenue y velada obra del cinematógrafo Eduardo Bunster Charme, y el cuidadísimo montaje de Valeria Hernández y de Riquelme Serrano, que ahonda en esas tomas largas, muy a lo Haneke, que evidencia el terror y la tensión que existe entre cada uno de los integrantes de esta peculiar y triste familia, arrastrados por la abundancia de lo material y vacíos de amor y de valores emocionales. La calma tensa que cae como una losa en la película, en un encuentro que tiene de todo menos de agradable y empatía, que, a medida que avancen los días y aumente una espera incierta, se desatarán los demonios particulares y estallará la bestia que anida en cada uno, desatando las pasiones más bajas y turbias. En Camaleón (2016), la opera prima del director chileno, ya había indagado en las relaciones oscuras y el intruso como elemento discordante y violento, situadas en espacios cerrados, donde los personajes ocultan demasiado y sentían menos, como ocurre con las almas que habitan Algunas bestias.

Otra de las grandes bazas es su reparto, formado por intérpretes de primer orden, encabezado por dos animales de la escena como Alfredo Castro y Paulina García, dando vida a Antonio y Dolores, respectivamente, una matrimonio de la vieja escuela, llenos de plata pero tan faltos de amor, que miran con desprecio y acritud a su yerno y a su hija y nietos, como si fuesen cobayas para experimentar con sus vidas, que creen insulsas y perdidas. Frente a ellos, Gastón Salgado, que repite con Riquelme Serrano, interpreta al pobre diablo de Alejandro, el yerno, un tipo sin suerte pero tampoco muy hábil, casado con Ana, a la que da vida Millary Lobos, la hija de Antonio y Dolores, esa hija que ven desorientada y encerrada en un matrimonio infeliz, y los dos hijas de la pareja y nietos, como son Máximo (Andrew Bargsted), de carácter y respondón, y Consuelo (Consuelo Carreño), que encuentra en los brazos de su hermano un refugio para soportar a su familia. El director chileno ha construido una película incómoda, sucia y muy oscura sobre el deterioro de las familias modernas o lo que queda de ella, esos restos del naufragio en el que solo habitan monstruos llenos de rabia y maldad, almas vacías y perdidas, llenas de egoísmo e individualistas, capaces de las bajezas más repugnantes contra su sangre, contra los suyos, en un mundo cada vez más deshumanizado, triste y desolador. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lucio Castro y Ramón Pujol

Entrevista a Lucio Castro y Ramón Pujol, director y actor de la película «Fin de siglo», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 15 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucio Castro y Ramón Pujol, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Maite Robles de Filmin, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Galder Gaztelu-Urrutia

Entrevista a Galder Gaztelu-Urrutia, director de la película «El Hoyo». El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Galder Gaztelu-Urrutia, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Ghostland, de Pascal Laugier

HORROR EN LA CASA DE MUÑECAS.

Erase una vez una madre Coleen que junto a sus dos hijas adolescentes, Beth, introvertida e incipiente escritora de terror amante de la literatura de Lovecraft, y Vera, extrovertida y enganchada a las nuevas tecnologías. Las tres llegan a un pequeño pueblo donde les espera una nueva vida en la vieja granja de una tía lejana que coleccionaba muñecas de aspecto diabólico. La primera noche se ven asaltadas por dos psicópatas que las someten a una espiral de horror y violencia. La premisa inicial de Ghostland no parece nada del otro jueves, siendo casi un calco de tantas películas donde inocentes jóvenes son asaltadas por asesinos despiadados. Pascal Laugier, auténtico especialista en el género con títulos tan recordados como El internado (2004) o Matyrs (2008) ambas rodadas en su Francia natal antes de su salto a EE.UU. con El hombre de las sombras (2012), va algo más allá en su propuesta, porque sin pretender originalidad en un género muy machacado, si que abre nuevas ventanas para reformular este tipo de historias. Los relatos de Laugier tienen mucho que ver con los espacios cerrados o alejados del mundanal ruido, sitios oscuros, siniestros y llenos de maledicencia, donde jovencitas se ven inmersas en universos terroríficos en los que deberán sobrevivir cueste lo que cueste.

El director francés nos sitúa en un cuento de nuestro tiempo, donde lo novedoso de la propuesta será el juego con el subjetivismo del personaje principal de Beth, esa niña inquieta y observadora que sueña con escribir historias de terror, introduciéndonos en varias formas de ver y sentir la historia, llevándonos por este laberinto narrativo en el que lo real y lo onírico se dan la mano sin conocer a ciencia cierta en que universo nos encontramos. Laugier nos lelva por dos caminos, cuando Beth es adolescente y sufren el terrible ataque y luego, 16 años después, cuando Beth, convertido en exitosa escritora de novelas de terror, vuelve a su casa, donde su madre sobrevive atendiendo a Vera, la hermana pequeña que vive perturbada y anclada en aquella noche fatídica.

Cinco personajes en el interior de una casa que cruje por todos los lados, que desprende un olor entre rancio y a ambientador añejo, con una decoración de poco gusto, envejecida y carcomida, y llena de muñecas de todos los materiales posibles, abundando las de porcelana y las de aspectos siniestros y diabólicos, muñecas que parecen cobrar vida o simplemente creemos que cobran vida. Quizás para muchos espectadores el juego narrativo que propone la película les resulte ya muy visto, pero Laugier no pretende levantar de la butaca, sino todo lo contrario, cogiendo vías y propuestas ya trilladas para abrir un resquicio de luz, en este caso de oscuridad, para mantener al espectador sometido y anclado a su butaca, inquieto y revolcado entre tanta maldad, siendo testigos del horror más puro encarnado en esos dos tipejos que se enfundan en un ogro, una mala bestia enorme con una fuerza descomunal y feísimo, una especie de jorobado de Notre Dame de la maldad, a su lado, una bruja travestida que se dedica a jugar con muñecas humanas, disfrazando a las dos hermanas y convirtiéndolas en dos marionetas a la merced de ese ogro asesino.

Laugier pone sobre la mesa el secuestro, los abusos pedófilos, la depresión, la locura, los traumas psicológicos difíciles de resolver, o el pasado horrible del que tanto cuesta escapar, y todo contado entre una realidad espeluznante, esa de casos de asesinato y violaciones que podemos escuchar diariamente en los informativos mezclada con ese cuento macabro y espeluznante que traspasa lo grotesco y lo horrible, entre la realidad y el sueño, entre lo que vemos o lo que imaginamos, entre lo que está pasando y lo que nos gustaría que hubiera pasado, entre presente y pasado, con ese aroma de los buenos títulos de terror puro como La noche de los muertos vivientes,  La matanza de Texas, Viernes 13 o Posesión infernal, entre muchos otros, con el impecable reparto de la función, tanto en su adolescencia como la etapa adulta, que saben componer unos personajes reales y muy cercanos, naturales, dentro de esa casa convertida en el infierno donde ninguna muñeca está a salvo, sea real o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA