Entrevista a Louis Garrel

Entrevista a Louis Garrel, director de la película “Un hombre fiel”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el jueves 25 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Louis Garrel, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Philipp Engel, por su gran labor como intérprete,  y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Un hombre fiel, de Louis Garrel

LAS CUESTIONES DEL AMOR.

“El amor es la más fuerte de las pasiones, porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al cuerpo y al corazón.”

Voltaire.

La película se abre de manera trágica y horrible para el personaje de Abel, porque Marianne, la mujer con la que convive, le confiesa que se ha enamorado de Paul, su mejor amigo y además, está embarazada de él. Aunque, el relato no continúa con la vida a partir de ahí de Abel o Marianne, sino que se traslada a ocho años después, donde, después de la muerte de Paul, Marianne y Abel se vuelven a encontrar y sienten que todavía se aman y vuelven a vivir juntos, junto a Joseph, el hijo de Marianne y Paul. Aunque hay, no acaba la cosa, Eva, la hermana pequeña de Paul, secretamente enamorada de Abel desde que tiene uso de razón, entra en escena con la firme intención de enamorar a Abel. En el debut como director de largometrajes del afamado actor Louis Garrel (París, 1983)  Les deus amis  (2015) se centraba en la tesitura de un joven actor, el propio Garrel, enamoradísimo de una joven atractiva (Golshiften Farahani) que algo oculto le obligaba a rechazar la propuesta, y era entonces, cuando Garrel le pedía ayuda a su mejor amigo (Vincent Macaigne). Unos personajes que expresan sus sentimientos a flor de piel, lanzados a la aventura de amar y ser amados, de una manera febril, alocada y sin pensar en las consecuencias.

Ahora, Garrel con la ayuda en el guión del gran Jean-Claude Carrière (Colombières-sur-orb, Francia, 1931) cambia de tercio y se sumerge en una historia completamente diferente, si bien vuelve a hablarnos de amor, ahora, lo hace desde una perspectiva diferente, podríamos decir más madura y más próxima a la realidad cotidiana, porque ahora sus personajes no expresan sus sentimientos, se los guardan a sí mismos, y sobre todo, a los demás, y encima, son individuos inseguros en el amor, porque dudan y dudan sobre lo que sienten, llevándoles a situaciones complejas, extrañas, cómicas y en ocasiones, ridículas. Garrel ahonda más en este misterio de idas y venidas en el amor, añadiendo una intriga propia del cine negro, ya que las fantasías o no de Joseph, el hijo de Marianne, un pequeño tirano, que en algunos instantes recuerda a Damien, el niño de La profecía,  que juega al engaño o no con Abel, haciéndole creer situaciones malvadas, con la firme intención de echarle de la vida de su madre.

El cineasta francés acorta su película, ya en sus 75 minutos escasos de metraje, como con su trío protagonista, en el que sentiremos que las dos mujeres juegan y manipulan al personaje de Abel, o quizás es al revés, que él las hace creer que se está dejando manipular, Garrel juega a estos equívocos, a estos laberintos sentimentales de ahora sí, y ahora no, en un retrato contemporáneo, reflexivo y muy lúcido sobre la naturaleza de nuestros sentimientos, tan frágiles, vulnerables y efímeros, en un mundo demasiado rápido, donde hay infinidad de cosas por hacer, y quizás, lo más importante, aquello que nos hace latir más fuerte y veloz el corazón, es lo que menos importante le damos, pensando que ya lo arreglaremos o saldremos del entuerto mucho mejor de lo que imaginamos, creyéndonos y haciendo creer a los demás que todo va bien, que sabemos lo que queremos, yendo por el camino correcto, aunque, en el fondo sabemos que estamos muy perdidos y volvemos constantemente a empezar un nuevo camino porque nos asaltan las dudas, las contradicciones y aquellos sentimientos que creíamos tan fuertes, acaban desvaneciéndose como un pluma ligera.

Un trío de intérpretes seguros y firmes en sus composiciones empezando por el aplomo y la seriedad de Laetitia Casta, mujer moderna, gran profesional, y madre enérgica, con la compañía de ese amor del pasado encarnado por Louis Garrel, quizás el personaje más inmaduro en esto del amor, con esa melancolía propia de los que nunca dejan de amar, como le ocurrirá en su reencuentro con Marianne, donde no hay reproches ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, amor sincero, amor de verdad, y finalmente, Lily-Rose Depp, la veinteañera que ama con valentía, como una exhalación, como un torrente sin control, como un viento fuerte que arrasa con todo, quizás demasiado, sin mesura, como esos amores de novela decimonónica, de aquellas heroínas rotas de dolor, del amor romántico que daña y sobre todo, un amor también demasiado voluble, con demasiada prisa, aunque eso sí, los tres aman, eso lo tienen claro, pero con muchísimas dudas, con demasiados impedimentos emocionales, envueltos en un laberinto de idas y venidas, de sentirse perdidos, a la deriva, agobiados y sobre todo, atados a sentimientos que en ocasiones les abruman, les hacen sentir mal y dados a las estupideces, a las inseguridades que atormentan y tantos besos que se dan arrepentidos o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

D’A 2019: Un impulso colectivo y Sala Jove (y 2)

Seguimos con los comentarios y reflexiones de lo visto durante los diez días en la IX edición del D’A Film Festival de Barcelona. Toca el turno de UN IMPULSO COLECTIVO, una de las secciones más queridas por el que suscribe, una sección que nació hace seis años, con la intención de dar visibilidad a ese cine de nuestro país más arriesgado, inquieto y curioso que nace desde la vocación más absoluta, movido por la necesidad de contar esas historias, en palabras  extraídas del excelente texto de “Melancolía de la resistencia”, ejemplar título que define el carácter de la sección, firmado por Carlos Losilla, mentor y propulsor de esta sección: “Películas que demuestran una cierta obcecación, un empecinamiento. Aunque en nuestro entorno hacer buen cine sigue siendo muy complicado, en el que los autores jóvenes hayan de superar mil y un obstáculos para poder filmar, eso no es barrera para que lo continúen haciendo. Eso sí, ya no hay lugar para la ingenuidad y el candor, ni tan sólo para las medias tintas. Las cosas son como son y se ha de decir bien alto, todo y el riesgo que a alguien le escueza. Por eso mismo nuestro impulso es cada vez más combativo y menos complaciente”.

Mi viaje por UN IMPULSO COLECTIVO arrancó con la película LOS CAMPOS MAGNÉTICOS, de Lluís de Sola. Partiendo de una situación real vivida por el propio director cuando era adolescente, allá por el año 1994, cuando la dependienta favorita del videoclub donde iba, despareció misteriosamente, la película no reconstruye la vida de alguien desconocido pero importante para el imaginario del director, sino que imagina y recrea esos momentos vividos o no por la desaparecida, explorando de forma observacional esos momentos cotidianos de una vida real o ficticia, una existencia sobre el imaginario de alguien fascinado por una imagen recreada, una vida fantaseada, quizás la vida que no vivió o sí la susodicha. La película crea un ejercicio inquietante y fantasmal sobre las vidas de alguien, consiguiendo unas imágenes fascinantes e hipnóticas de alguien que también jugaba con los elementos sonoros y espacios, quizás en la misma búsqueda en la se sumerge la película, filmar los espacios vacíos, los no transitados y aquellos que se instalan en nuestro subconsciente, con la magnífica interpretación de María García Vera. Continué con YOUNG & BEAUTIFUL, de Marina Lameiro. La directora pamplonesa filma a sus amigos en una retrato-documento de diario íntimo y muy personal, en el que cada uno explica sus momentos vitales, circunstancias y el camino recorrido de un cuarteto de treintañeros que se sienten perdidos y sin futuro, y a través de una naturalidad y realismos aplastantes, sin subrayados ni sentimentalismos, logra una obra bellísima y amarga sobre la vida de cuatro almas que se sienten frustradas por el entorno económico que les rodea, sin ninguna expectativa de futuro, sincerándose a la cámara de Lameiro de forma brutal y elocuente, hablándonos de esa juventud que se va, de aquellos años de fiesta y diversión, y el momento actual, tan diferente y precario, en una obra política sin pretenderlo, que filma a una generación vapuleada por la crisis económica que después de conocer las alegrías y la despreocupación de la juventud, debe reorganizarse y comenzar a elegir una vida en unas circunstancias muy adversas. Una obra inteligente, madura y excelente sobre la juventud perdida, el paso del tiempo y las (des) ilusiones de una vida que parecía que iba a ser de otra manera.

Tuve la oportunidad de ver <3, de María Antón Cabot. La directora, parte del colectivo lacasinegra, no sitúa en el parque del retiro para indagar en las relaciones personales y sentimentales de los adolescentes en estos tiempos de nuevas tecnologías, y lo hace a través de un documental a tumba abierta, filmando a esos jóvenes mientras descansan, se envían mensajes y se (des) enamoran en una tarde verano. Cabot consigue iluminarnos y hacernos reflexionar observando a unos chavales que se sinceran de manera natural delante de la cámara de sus (des) amores y demás experiencias en el terreno amoroso. La película muestra y documenta sin juzgar ni sentimentalizar, erigiéndose como una mezcla de muchos géneros, formas y texturas, desde el cine de Rohmer y un estudio sociológico sobre las relaciones actuales de los adolescentes, en un contenido realista, poético e hipnotizador, en una obra estructurada con el personaje de una adolescente divertida y locuaz, como si fuese un día cualquiera, con las luces del día y la sinceridad, a lo más abstracto e inquietante cuando cae la noche. Me acerqué a la obra CANTARES DE UNA REVOLUCIÓN, de Ramón Lluís Bande. El cineasta gijonés, un clásico en el D’A, vuelve con una película musical y política, recordándonos la huelga de mineros en Asturias de 1934, a través de sus canciones populares que interpreta el músico asturiano Nacho Vegas. La película sigue explorando la memoria histórica de Asturias, con su rigoroso formalismo y su contenido naturalista y próximo, para adentrarnos en un musical político, recuperando la memoria histórica y devolviendo la dignidad a una memoria histórica olvidada y vapuleada por intereses políticos. Bande filma de manera magnífica la interpretación de las canciones de Vegas, desde la mirada del observador inquieto y respetuoso, huyendo del documental político al uso, sino que muestra desde el más absoluto respecto, filmando desde lo más íntimo los espacios de la memoria, y las gentes activistas, deudores de aquellos mineros en huelga, y sucesores de aquellos que alzaron la voz ante la injusticia. Una película reivindicativa, emocionante y sobre todo, muy necesaria, porque devuelve a la actualidad a tantos olvidados del tiempo.

Luego, el turno fue a LA ESTRELLA ERRANTE, de Alberto Gracia. Después de su fascinante debut con O Quinto Evanxeo de Gaspar Hauser (2013) donde nos proponía una reflexión interesante en que el ser aislado devenía en una personalidad fragmentada en cinco personajes arquetipos, filmada en riguroso b/n y en 16mm. Ahora, vuelve a recuperar a otro personaje de las catacumbas del olvido, a Rober Perdut, exlíder de “Los Fiambres”, una banda punk alicantina de principios de los 80, para volver a sumergirnos en una aventura urbana, casi distópica, en el que vemos un mundo en descomposición, como un escaparte incesante de basura y deterioro moral, unos espacios por los que deambula alguien ajeno a todo eso, invisible a su percepción, un espectro olvidado y errante, que vaga sin descanso a la deriva, sin encontrar nada ni tampoco encontrarse, en una película de rigor formal y un envolvente trabajo con el sonido que nos atrapa y nos traslada a lo más profundo de nuestro ser, en un viaje lisérgico, alucinado y espiritual con resonancias a Herzog y sus personajes alejados de la realidad y de sí mismos, y las texturas y formas para fracasar en el compendio de un mundo cada vez más terrorífico (como esos ancianos en la piscina) ajeno a lo humano. Seguí con la película HAMADA, de Eloy Domínguez Serén. Segunda película del director gallego, que cambia los espacios nórdicos, fríos, calmados y el desamor que abundaban en su debut No Cow On The Ice (2015) para trasladarse a un ambiente más cálido, luminoso y jovial, pero sin abandonar la intimidad que se manifestaba en la anterior. Ahora, se acerca a unos jóvenes saharauis de un campo de refugiados en mitad del Sahara, un lugar perdido en mitad de la nada, donde captura sus vidas, sus realidades y sus naturalidades y sinceridad, a través de un documento muy cercano, en el que florecen las (des) ilusiones y las pocas alegrías de unos chavales que sueñan con una vida mejor, alejada de ese espacio abierto pero cerrado, filmando sus rostros, sus cuerpos y sus cotidianidades a través de un ejercicio fílmico alejado del panfleto político y el sentimentalismo, para sumergirnos en un retrato luminoso y vital de los sueños y esperanzas de unos jóvenes que se asemejan a cualquier joven del mundo.

Finalicé mi periplo por la sección con la obra LETTERS TO PAUL MORRISEY, de Armand Rovira. El director barcelonés debutante imagina cinco misivas a uno de los directores más transgresores y salvajes de la historia del cine, que produjo Andy Warhol, alguien que venció prejuicios y reticencias para filmar un cine puro, desinhibido y feroz en aquella América más puritana de los sesenta y setenta. Cinco historias en un cegador y formal b/n y filmadas en 16mm, que nos lleva por varios países del mundo, acompañando a personajes vinculados con Morrisey, o retratos de sus personajes o películas, para adentrarnos en un ensayo cinematográfico sobre el paso del tiempo, la vigencia de las imágenes y la cinefilia más íntima, en una obra artesanal, literaria, hipnótica, perturbadora y llena de capas e innumerables aristas y pliegues, que va desde el noir, el documento en primera persona, el indie sesentero homenajeando a Morrisey, lo más experimental y transgresor o la ciencia-ficción más distópica desde lo humano. Y finalmente, tenía interés en la Sala Jove del D’A, una iniciativa que evidenció su cuidada programación y sus sinceras y estupendas presentaciones y coloquios que acompañaron con las películas.

El sábado 27 de abril, casi arrancando el festival, me acerque a los Aribau Multicines, nueva sede del festival, después del cierre del Club Aribau de Gran Via, para sumergirme en la propuesta de QUIÉN LO IMPIDE, de Jonás Trueba. Compuesta de cuatro películas, el que escribe vio las tres primeras, un proyecto en desarrollo, como nos advierte su texto inicial, en el que se explora a los adolescentes y cómo el cine los ha filmado. Arrancó la maratoniana sesión con sus respectivos descansos, eso sí, con la película Tú también lo has vivido, de 52 minutos de duración, se tratan de entrevistas a adolescentes, en las que se sinceran y hablan sin tapujos delante de la cámara, mostrando sus inquietudes sobre temas como la educación, el amor, el acoso escolar y demás elementos sociales, culturales y económicos. La segunda película Si vamos 28, volvemos 28, de 90 minutos, en el que retratan un viaje de fin de curso de adolescentes por varias ciudades andaluzas, en que se explora la madurez, la desinhibición, la integración, la crueldad, y las relaciones que mantiene el grupo de chavales. La tercera película, Solo somos, se adentra en las formas que se han representado a la adolescencia en el cine, un grupo de chavales reflexionan sobre eso y lanza propuestas e ideas de su forma de verlo, y mantienen interesantes conversaciones sobre ello, el futuro y ellos mismos. El cansancio me apartó de la última película, aunque lo visto y disfrutado fue muy provechoso, como diría Serge Daney, convirtiendo la propuesta en desarrollo en una mirada extraordinaria y reflexiva sobre el cine, la mirada, la adolescencia y todas sus consecuencias, convirtiendo las películas-retrato-documentos de Jonás Trueba y su equipo en un fascinante estudio sobre aquello que miramos y cómo lo miramos, que está definiendo constantemente nuestro comportamiento y cómo nos relacionamos con los demás.

Cerré la Sala Jove con la película UN VIOLENT DÉSIR DE BONHEUR, de Clément Schneider. El director francés imagina la experiencia y la revolución interior de un joven monje cuando las tropas revolucionarias de la Francia de 1792 llegan al monasterio que habita. A partir de una forma 4/3 y una luz luminosa e íntima, en un espacio natural, nos sumerge en el despertar interior del joven, a través de sus experiencias vitales, sexuales y reflexiones sobre lo que está sucediendo, tanto con la revolución que está presenciando, como la suya propia, en un relato político, social y magnífico que nos envuelve en nuestros propios miedos e inquietudes en un entorno muy cambiante y lleno de conflictos, tanto interiores como emocionales, en una película que recuerda a Rohmer, Pasolini y lanza una reflexión madura y cercana sobre lo que somos, lo que nos hierve en el interior y aquello que nos gustaría ser. Y hasta aquí mi paso por la la IV Edición del D’A Film Festival de Barcelona. Un festival convertido en un referente magnífico para todos aquellos que amamos el cine, sus buenas historias, reflexivas, comprometidas y valientes, que nos hablan con personalidad y carácter de los problemas más cotidianos, políticos, sociales, económicos y culturales, un certamen que enriquece de manera extraordinaria la primavera cinéfila de Barcelona, y la edición de este año ha ofrecido un nivel cinematográfico altísimo, donde han brillado películas de diferentes lugares del mundo, y las de aquí, se han convertido en un referente dentro del Festival, convirtiendo las sesiones de UN IMPULSO COLECTIVO, y sus posteriores coloquios en una fiesta del cine, en la pasión que lo envuelve y la fascinación intrínseca del ser humano por contar historias y otros, por verlas y apreciarlas. Hasta la edición del año que viene!!! Muchas Gracias por todo D’A FILM FESTIVAL 2019!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vivir deprisa, amar despacio, de Christophe Honoré

EL CORAJE PARA AMAR.

“A las cuatro de la mañana en verano, el sueño de amor aún persiste”

Arthur Rimbaud

En el universo cinematográfico de Christophe Honoré (Carbaix, Finisterre, Francia, 1970) solemos encontrar jóvenes y adultos que han de sobreponerse después de difíciles rupturas sentimentales, también encontramos amores apasionados, de los que parecen que serán los últimos, y tríos imperfectos en los que se sufre bastante, y sobre todo, jóvenes y adultos inexpertos en el amor, vulnerables y torpes en el hecho de amar y sentirse amados, individuos a la deriva, incapaces de afrontar sus sentimientos y amar sin reservas, libres y siendo ellos mismos. La capacidad artística de Honoré es inagotable, ha publicado novelas que después ha llevado al teatro como director, ha dirigido óperas y ha construido una filmografía muy interesante de 12 títulos desde el año 2002, con películas libres, transgresoras y de su tiempo, componiendo una radiografía vital y crítica con estos tiempos convulsos, veloces y llenos de desilusiones, indagando en temas considerados tabúes como el Sida, la homosexualidad, el incesto y demás elementos incómodos.

En Todos contra Leo (2002) ya había tratado el tema de la enfermedad del Sida en el seno de una familia, en Hombre en el baño (2010) el tema de la homosexualidad, y en Métamorphoses (2014) las relaciones sentimentales de una adolescente con un hombre, todos estos elementos vuelven a aparecer en Vivir deprisa, amar despacio, donde nos tropezaremos con Jacques, un hombre en la treintena, escritor poco conocido, padre soltero, enfermo de Sida, y gay de vida muy promiscua, que apura sus últimos años de forma desenfrenada y muy acelerada, como el último trago, psicótico, sin casi saborear nada del ímpetu que tiene por todo y por nada. Una noche, en Rennes, en una visita breve, ya que representan una de sus obras, conoce a Arthur, de veintipocos años, el chaval de provincias deseoso de salir de su agujero, y que sueña con dirigir cine y convertirse en artista. Entre los dos se desata la pasión y quizás, el amor, aunque Jacques no quiere ese amor, ya no tiene tiempo, su vida se finiquita y pasa de una relación duradera, porque sabe que no lo será, en cambio, Arthur se queda flipado del hombre más maduro, del tiempo más vivido, del hombre que le habla de poetas y autores que desconoce, de alguien con quién aprender, a despertar a la vida, y sobre todo, de alguien que le mostrará una realidad muy distinta a la que él ve a diario.

Honoré instala su película en el año 1993, cuando apareció el Sida, casi siempre en París, en el París nocturno, de besos en la oscuridad, de coitos salvajes, de (des) encuentros sexuales en la noche, de amantes improvisados y relaciones que se acaban antes de que empiecen, del mundo libertino y despreocupado de Jacques, en el que las referencias artísticas son innumerables como los carteles de cine de Querelle, de Fassbinder o el de Chico conoce chica, de Carax, o ese cine de Rennes donde proyectan El piano, de Champion, o esa preciosa y sentida visita de Arthur al cementerio de Montmartre donde acaricia con suavidad las tumbas de Bernard-Marie Koltès o François Truffaut, entre otros, y la música que escuchamos con algún baile improvisado, como en casa de Mathieu, el vecino y fiel amigo gay de Jacques, o aquel que se pegan Arthur y sus colegas en mitad de un parque por la noche en plan capela. Un trío de actores en estado de gracia bien dirigidos por la batuta de Honoré que transmiten intimidad, detalles y miradas de esas que nos e olvidan encabezados por Pierre Deladonchamps como Jacques, con esa vida agitada y en el fondo, muy perdida y desconsolada, Vincente Lacoste como Arthur, la juventud y todo por hacer, con su belleza particular de Adonis, de chico rebelde con causa o sin ella, y finalmente, Denis Podalydès como el maduro amigo inseparable de Jacques, que lo cuida, lo apoya y sobre todo, lo quiere.

Honoré nos sitúa en verano, esa estación tan proclive para los amores, sumergiéndonos en un universo de amores pasajeros, de amores perpetuos, de todos los amores posibles y ninguno, de la vida que empieza en la figura de Arthur, de la despreocupación del que todavía cree que le queda mucho tiempo, que todo está por descubrir, por experimentar, por vivir, en contraposición con la madurez de Jacques y esa vida que se acaba, que ya no queda tiempo para nada, y mucho menos para amar, para volver a sentir, un primer amor adulto en frente del último amor, en un narración libre, sin ataduras e íntima que nos habla entre susurros de amor, de la pérdida, de la juventud y del envejecimiento sin tapujos, a flor de piel, sin florituras ni sentimentalismos, como las escenas sexuales, bellas y sensuales, muy eróticas, con un ritmo trepidante, como atestiguan la rapidez en la que pasan sus 132 minutos de metraje, y una estructura en primera persona donde vamos viendo la vida cotidiana y las circunstancias tanto de Jacques y su implacable deterioro por culpa de la enfermedad, y Arthur, y sus deseos y ansías de estar con su amor y sobre todo, de salir de su agujero y enfrentarse a la vida adulta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ruben Brandt, coleccionista, de Milorad Krstic

EL ARTE Y LOS SUEÑOS.

“Recuerdo cuando miré por una lente de cámara por primera vez. Podía enfocar una flor en medio del campo, de forma que todo lo que quedaba delante y detrás estuviera borroso. La imagen definida, separada del fondo, era incluso más emocionante que la misma flor a simple vista, cuando estaba todo enfocado: la flor, los arbustos de alrededor y el campo entero. Así fue como aprendí, muchos años antes de que me fascinaran las galerías de arte y las salas de cine, que la imagen del mundo pintada o vista a través de una lente puede ser más poderosa que la realidad.”.

Milorad Krstic

Si buscamos el significado de surrealismo, leemos que se trata de un “movimiento literario y artístico que busca trascender lo real a partir del impulso psíquico de lo imaginario y lo irracional”. A partir de esta posición, podríamos decir que el protagonista de la película Ruben Brandt (nombre que viene de la mezcla de dos grandes pintores Rubens y Rembrandt) un famoso psicoterapeuta que mediante técnicas artísticas sana a sus pacientes, tiene un problema que tendría que ver mucho con los surrealistas y su universo, cuando sueña es atacado por personajes de famosas obras de arte.

Personas retratadas que cobran vida y atormentan los sueños de Brandt, gentes como el Retrato de Renoir,  de Frédéric Bazille, El nacimiento de Venus, de Botticelli, Retrato de Antoine Le Bon, Duque de Lorena, de Holbein, Chico silbando, de Duveneck, Mujer con fruta, de Gauguin, Retrato del cartero Joseph Roulin, de van Gogh, Nighthawks, de Hopper, La tradición de las imágenes, de Magritte, Olympia, de Manet, Mujer con libro, de Picasso, Venus de Urbino, de Vecellio, La infanta Margarita en azul, de Velázquez y por último, Doble Elvis, de Warhol. Trece pinturas que recorren buena parte de la historia del arte desde el siglo XVI renacentista, el impresionismo y los postimpresionistas, el surrealismo, el barroco y el arte moderno del siglo XX, trece instantes que perturban la paz de Brandt. Mimi, una de sus pacientes, que padece cleptomanía de guante blanco, propone robar las citadas obras de arte y así enfrentarse a todos los secretos que ocultan para así curar a Brandt. Aunque, la tamaña empresa no será nada sencilla, ya que el hampa ha decidido impedir los hurtos ofreciendo millones de dólares para gratificar quién lo evite o capture a los malhechores, uno de ellos, Kowalski, busca recompensas y antiguo conocido de Mimi, también se lanzará en su búsqueda.

El cineasta Milorad Krstic (Eslovenia, 1952) emigrado a Budapest (Hungría) desde 1989 donde trabaja como pintor y artista multimedia, debuta en el largometraje proponiéndonos una película-artística (como Loving Vincent, que evocaba la figura de Van Gogh a través de sus últimos días capturando visualmente todo su universo pictórico) que toca varios palos, desde el cine de aventuras, donde uno de sus referentes podría ser La pantera rosa, de Edwards o Charada, de Donen, el cine de acción pura y dura, con la saga de Bond o la de Bourne, por citar algunos, el cine noir clásico con aroma francés y fatalista de Duvivier o Carné, o los estadounidenses Hawks o Huston, y algunos westerns como Los profesionales, de Brooks o aquellos más rudos y tristes de Peckinpah. Referentes cinematográficos también en su forma desde Eisenstein, los hermanos Lumière, el expresionismo alemán, Hitchcock (en la figura con forma de cubito de hielo, entre otras) entre otros muchos, con colores sombríos y apagados, donde predomina el blanco y negro. Si de apuntes cinematográficos está plagado, no menos en la pintura, desde las obras citadas que recorren la historia del arte, así como las formas de los espacios y personajes, todos con formas impresionistas, cubistas, abstractas, surrealistas, modernas, figurativas o pop, una especie de película-museo donde todo lo que vemos nos remite a alguna referencia artística, ya sea de pintura o cinematográfica, que parece remitirnos a los sueños, diseñados por Dalí, que padecía Gregory Peck en Recuerda, de Hitchcock.

Krstic impone un ritmo trepidante y frenético, todo sucede a una velocidad de vértigo, la película se mueve por todo el mundo, de un lugar a otro, sin tiempo para descansar, mezclando todos esos espacios y (des) encuentros entre los distintos personajes y sus circunstancias, con persecuciones cargadas de adrenalina, mientras asistimos a los sueños, o más bien pesadillas que sufre Brandt, muchas de ellas tienen que ver con su educación paterna. La excelente composición de Tibor Cári imprime ese universo imposible/posible que propone la película, en la que nada queda al azar, y todo está completamente detallado y estudiado, sin olvidarnos de los temas versionados, como el de Do You Love Me, de The Contours, entre muchos otros. El director esloveno ha optado por un dibujo íntimo y artesanal, que recuerda a los grandes clásicos del género como El planeta salvaje, de René Laloux o Moebius, películas que han ido más allá en el cine de animación, proponiendo ejercicios de grandísima calidad visual y de contenido.

Ruben Brandt, coleccionista, es una magnífica, divertida y destellos de película de culta, una obra para perdurar y adorar, hermosa y triste, profunda y brillante, una obra visualmente grandiosa, con un dibujo magnífico y de finísimo trazo, que abruma al espectador más exigente, y no menos que su contenido, una película sorprendente, imaginativa y arrebatadora, que se mueve entre el mundo de la realidad, la fantasía, los sueños y todo aquello que creemos ver y en realidad, no vemos. Un mundo fascinante de personajes misteriosos, diferentes y extraños, que se mueven por la película como si fuesen fantasmas errantes, individuos desterrados, almas a la deriva en un mundo caótico, lleno de sufrimiento y falto de ilusión, aunque Brandt y sus sueños, encontrarán aliados inesperados, los más inesperados, para al menos, intentar hacer desaparecer esas terribles pesadillas que atormentan a Brandt. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

D’A 2019: Sessions Especials, Direccions, Talents y Transicions (1)

El pasado domingo 5 de mayo, cerró sus puertas la IV Edición del D’A Film Festival de Barcelona. Después de 10 intensos días de cine, presentaciones, mesas redondas, jornadas profesionales y demás actividades relacionadas con el mundo cinematográfico. La retrospectiva de este año estuvo dedicada al cineasta francés Christophe Honoré, bajo el subtítulo Nueve canciones de amor, las secciones, como vienen siendo habituales, se dividieron en Direccions, Talents, Transicions, Un impulso colectivo, programada por Carlos Losilla, y se volvió a apostar por los cortometraje con varias sesiones al respecto. Como ocurrió el año pasado, el D’A se vuelve a confiar en la iniciativa del Tour, excelente iniciativa en que algunas películas del festival se podrán ver en poblaciones fuera del epicentro Barcelona. La noche del sábado, en el Teatre CCCB, antes de la película de clausura, se entregaron los galardones: El Premio Talents y de la Crítica recayó en Familia sumergida, de María Alché, hubo una mención especial por parte de la Crítica a Sophia Antipolis, de Virgil Vernier. El Premio Movistar se lo llevó Letters to Paul Morrisey, de Armand Rovira, el Premio Openecam fue a parar a Hamada, de Eloy Domínguez Serén, que también tuvo una mención para Young & Beautiful, de Marina Lameiro. El Premio del público de los cortometrajes recayó en Suc de síndria, de Irene Moray. La Sala Jove, que repite en el festival, dirigido especialmente para un público de 16 a 25 años, desarrollado por la asociación A Bao A Qu (los impulsores de Cinema en Curs) y Moving Cinema, en la que hubo talleres, otorgó su premio a Ruben Brandt, collector, de Milorad Krstic, y finalmente, el Premio del Público recayó en An Elephant Sitting Still, de Hu Bo. Premios que dieron carpetazo a un sinfín de actividades para todos los paladares, en un festival que después de 9 años, viene dedicándose al cine resistente, diferente, reflexivo y contundente, consolidándose en una ciudad en la que existe un público interesado por este cine, y ha hecho de esta cita, a comienzos de primavera, una concentración del cine que deja huella en los festivales más prestigiosos de todo el mundo.

Mi camino por el D’A arrancó con la película incluida en las SECCIONES ESPECIALES, LOVE ME NOT, de Lluís Miñarro. El cuarto largometraje del cineasta barcelonés, el segundo de ficción después de Stella cadente (2014) vuelve a situarnos en el universo de la realeza, en el que Amadeo de Saboya ha dejado su turno al rey Herodes y su hija Salomé, peor la acción se ha trasladado a la guerra de Irak, en mitad del desierto, en mitad de una nada en el que el deseo y la pasión no compartida serán los ejes de una película inspirada en la obra de Oscar Wilde. Miñarro ha hecho una película valiente, arriesgada e inclasificable, en la que aborda de forma libre y subversiva temas como el erotismo, el sexo, la violencia y el esperpento en una fábula antibelicista que no dejará indiferente a nadie que mezcla política, estética pop, deseo desenfrenado, pasión arrebatadora y mucha frustración en un ambiente opresivo y vacío, donde sus personajes andan perdidos, agobiados de tanta estupidez y ansiosos de dar rienda suelta a sus instintos más profundos y reveladores. De la misma sección descubrí la propuesta de AN ELEPHAN T SITTING STILL, de Hu Bo. https://242peliculasdespues.com/2019/05/04/an-elephant-sitting-still-de-hu-bo/

De la sección DIRECCIONS me acerque a LA PORTUGUESA, de Rita Azevedo Gomes. https://242peliculasdespues.com/2019/04/27/la-portuguesa-de-rita-azevedo-gomes/. De TALENTS abrí la andadura con LURRALDE HOTZAK/COLD LANDS, de Iratxe Fresneda. La cineasta bilbaína sigue en el cine y sus herramientas como hiciera en su primera película Irrintziaren Oihartzunak (Los ecos de Irrintzi, 2016) donde rescataba a la cineasta pionera en euskera Mirentxu Loyarte. Ahora, nos embarca en una road movie que recorre el País Basco, Navarra, Alemania, Suecia, Dinamarca e Islandia para sumergirnos en una película hipnótica, sugestiva y espectral donde aborda la construcción de la mirada cinematográfica recorriendo lugares que sirvieron de espacios cinematográficos, y también, acercarse a otros espacios tanto urbanos como rurales para volver a mirarlos, a redescubrirlos, y sobre todo, a filmarlos, construyendo un envolvente ensayo cinematográfico que explora los mecanismos de la imagen, la mirada y aquello que nos revela de nosotros mismos, sin dejar de abordar el urbanismo codicioso y los males de nuestro tiempo, pero con una voz propia y llena de poesía y amargura a la vez, en un viaje fascinante sobre los lugares, las imágenes que nos los evocan y la capacidad de mirar en libertad, sin prejuicios ni miedos, en un mundo demasiado convulsionado con la fabricación de imágenes sin contenido.

También descubrí la propuesta de JESUS, de Hiroshi Okuyama. El joven cineasta japonés de tan sólo 22 años, nos sumerge en la cotidianidad de un niño que deja Tokio para vivir junto a sus padres y abuela viuda en un pequeño pueblo de montaña. Allí, en un colegio católico se irá enfrentando a su propia identidad cuando se le aparece un Jesucristo en miniatura que le concede todos sus deseos. Con ecos de Ozu y Koreeda, Okuyama construye una fábula realista pero con toques de comedia absurda, fantasía surrealista y apariencia naïf, para acercarnos a la aventura de crecer, a la construcción de nosotros mismos y sobre todo, al descubrimiento de los deseos más profundos de alguien que debe empezar de nuevo, adaptarse a un entorno extraño y diferente para él, en una película que habla de la religión desde su profundidad y contradicción, a través de la mirada de alguien que la está descubriendo y todavía desconoce sus secretos y límites, los ajenos y los propios. Cerré la sección con la película BÊTES BLONDES, de Alexia Walther y Maxime Matray. La primera película de la pareja francesa es un auténtico viaje lisérgico, a través de una comedia absurda y surrealista, en el que mezcla con audacia y humor irreverente a lo Tati y slapstick para hablarnos del amor romántico y la muerte, con dos personajes a cual más extravagante, un antiguo actor de sticom desmemoriado y traumatizado con una pérdida, y un soldado enamorado que pasea la cabeza decapitada de su antiguo amante ahora fallecido. Una película de ritmo frenético, con situaciones extrañas y diferentes que nos acercan a un mundo que encierra almas a la deriva, vacías y solitarias, en un filme que gustará a todos aquellos que flipan con las aventuras sin sentido, los espacios raros de digerir y los personajes antihéroes que parece que nada les saldrá bien, que sobreviven en una huida constante y se irán metiendo en lío tras lío en una película con muchas capas, laberíntica en personajes y situaciones, y sobre todo, en mirar con ternura, pero sin sentimentalismo, a aquellos que se curan las heridas como pueden.

De la sección TRANSICIONS tuve la oportunidad de ver ASAKO I & II, de Ryûsuke Hamaguchi. El director de Happy Hour (2016) vuelve a hablarnos de Asako, una treintañera que rescata las indecisiones, soledades y derivas de aquellas cuatro amigas que relataba en su película anterior. Ahora, nos envuelve en un relato de amor y sobre el amor, en el que la joven citada queda hechizada por un amor apasionado que desaparece de su vida. Tiempo después en otra ciudad conoce a alguien idéntico físicamente a aquel que despareció y emprende un affaire. Hamaguchi nos habla de amor, de inseguridades, de indecisiones y de reencuentros inesperados en una fábula moderna en un marco de exquisita naturalidad y proximidad, un cuento que habla de amor, de tiempo, de relaciones y sobre todo, de fragilidades, de aquello que somos, sentimos y cómo nos relacionamos con los demás, de superaciones o no, de mentiras o no, y de verdades dichas, ocultas y sentimientos tan vulnerables como los tiempos que nos han tocado vivir y sobrevivir. Cerré la sección con la mirada de TARDE PARA MORIR JOVEN, de Dominga Sotomayor. La directora chilena vuelve a centrarse en el ámbito familiar, como hiciera en su debut De jueves a domingo (2012), después del paréntesis que supuso su segundo trabajo, Mar (2014) en la que ahondaba en los conflictos de pareja. Ahora, y a través de la mirada de Sofía, una adolescente que vivirá su propia revolución sentimental y familiar, nos sitúa en el Chile de principios de los noventa, en el que con el final de la dictadura, un grupo de familias decide vivir en una comunidad en armonía con la naturaleza, alejados de la ciudad que vemos a lo lejos. Pronto surgirán los problemas internos de cada familia y los sociales de clase entre los diferentes habitantes, en que la mirada de Sofía articula toda la propuesta en la que a través de una imagen naturalista e íntima vamos descubriendo las contradicciones y conflictos que van padeciendo unos personajes que ocultan sus miserias a través de la mentira y la inseguridad de un tiempo que todavía está por llegar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

An Elephant Sitting Still, de Hu Bo

UN VACÍO, UN PAÍS.

“El secreto de la existencia humana no sólo está en vivir, sino también en saber para qué se vive”

Fiódor Dostoievski (1821-1881)

En una de las primeras imágenes de la película, vemos a un tipo que ha olvidado algo en su apartamento y vuelve a buscarlo, y para sorpresa de él, se descubre que su mujer está con otro hombre, sin más dilación, se lanza al vacío desde una altura considerable. La secuencia se queda paralizada, los dos amantes se miran, atónitos, perplejos, sin saber qué decir y hacer. Un personaje, del que desconocíamos por completo su existencia, se acaba de quitar la vida, ese fatalismo que recorrerá el destino de los personajes será el elemento imprescindible del relato que veremos a continuación. Un fatalismo que impregnó la vida de Hu Bo, el director de la película, que se suicidó después de terminar la película por desavenencias con los productores relativas a la duración de la película, los productores querían un metraje de un par de horas y el director los 234 minutos con los que finalmente veremos la película. La opera prima y testamento fílmico de Hu Bo, un creador que hasta la fecha había dirigido un cortometraje, Distant Father (2014) de éxito internacional y publicado un par de novelas en el 2017.

En uno de sus relatos cortos encontró la semilla que después ha dado origen a An Elephant Sitting Still, un título que nos remite a un famoso elefante del circo de la ciudad de Manzholui, el cual para sorpresa de propios y extraños, permanece sentado siempre, impasible y ajeno a todo aquello que le rodea, quizás un enigma del misterio de la vida, ese que anhelan los personajes de la película. Hu Bo plantea una película anclada en el norte de China, una zona posindustrial, quizás perdida en el tiempo y en la historia, con ese cielo nublado, gris y plomo que oscurece y aprisiona a todos sus habitantes, que viven o simplemente, existen, en uno de esos altísimos edificios con minúsculos apartamentos, uniforme y feo, sin nada que llame lo más mínimo su estructura vasta y cotidiana. La película en sus larguísimos e inmensos 234 minutos, se centra en un día, las 24 horas de cuatro personajes: un anciano al que su hijo y su nuera quieren quitárselo de encima llevándolo a una residencia para quedarse con su vivienda, una adolescente con difíciles relaciones con una madre amargada, un adolescente, amigo de la anterior, que se siente un extraño en su casa con sus padres y finalmente, un joven, de negocios ilícitos, que tiene una amante y presencia el suicidio del marido de ella, y a su vez, es rechazado por la mujer que ama.

Un incidente entre adolescentes en el colegio los llevará a buscarse, a encontrarse, a perderse y a sentirse en medio del caos vital y emocional que recorre las calles de esa ciudad. Cuatro vidas o no, cuatro existencias, cuatro formas de no vida, cuatro almas a la deriva, cuatro miradas vacías y melancólicas que andan como no muertos sin saber qué rumbo tomar o cómo sentir unas vidas que parecen alejadas de ellos mismos. Una ciudad asfixiante y opresiva los tiene ahogados, incapaces de sentir algo bello, envolviéndolos en una tristeza profunda que les ha dejado vacíos, inútiles de emociones, carentes de sensibilidad, atónitos a esa existencia que ahoga y mata cada día un poco más, rodeados de esa violencia física y moral que impregna cada lugar de esa urbanidad seca y abrupta en la que viven. Hu Bo nos cuenta su película a partir de una forma estricta, empleando pequeñas secuencias filmadas en planos secuencia uno tras otro, y un encuadre cercano, muy próximo a sus personajes, capturando el más mínimo detalle de sus rostros, sus cuerpos, sus miradas, y sus gestos, envueltos en esa pérdida emocional, en ese ser no ser, en ese deambular como viviendo una vida que no les pertenece, que no les llena, exhaustos de tanta fealdad y podredumbre a nivel físico y emocional. Calles sin alma, sin salida, con la única esperanza en creer en algo asombroso como ese elefante sentado que les ayude a salir cuanto antes de tanta miseria y desánimo.

El cineasta chino evoca a la inmensidad de su país, sus rígidas normas sociales, económicas, culturales y vitales, como metáfora de ese vacío emocional que afecta a los individuos, y lo hace a través de lo mínimo, deteniéndose y mirando a los grandes problemas que asolan su país, a través de la intimidad y la cotidianidad de estos cuatro personajes, de sus vidas vacías, de sus nulos intentos de sentir alguna cosa que no sea tan fea, como ese anciano que tiene a su perro como único amigo, que nos remite al Umberto D, de Vittorio de Sica, con esa idea de que el tiempo cambia pero los conflictos parecen enquistados, sin solución o esa chica, agobiada con su madre, que encuentra en un profesor ese cariño y esa paz que no tiene en casa, aunque su mejor amigo lo vea con tan malos ojos, o ese chaval que no entiende la desidia de sus padres y se siente sólo, sin nadie, y hace frente al matón del instituto con tan mala fortuna que lo lanza escaleras abajo, y por último, el joven gánster con una amante quizás para pasar el rato y llenar ese vacío de manera frugal, y es hermano del matón del colegio y emprenderá la búsqueda del chaval para rendirle cuentas o simplemente para percatarse que todo está muerto y nada ni nadie tiene salvación.

Hu bo y su película recorren lugares propuestas formales y narrativas del cine de Bi Gan y su película Largo viaje hacia la noche, donde manifiesta la buenísima salud de la cinematografía china, la que mira a su país de forma demoledora y con contundencia, describiendo en profundidad ese vacío emocional que duele en el alma. La película de Hu Bo evoca a su mentor Béla Tarr y a sus Armonías de Werckmeister, aquí la ballena se ha convertido en elefante, pero los personajes siguen siendo fantasmas que vagan sin remedio en la inmensidad del tiempo y el espacio, sin más destino que sus desdichas y conflictos emocionales, aunque eso sí, Hu Bo imprime un hálito de esperanza a su película, mínimo, pero quizás un leve aliento de ilusión o quizás podríamos decir, un destino más o menos esperanzador aunque sólo sea ver a una ballena varada dentro de un camión o un elefante que permanece sentado, puede ser que en esas bestias de feria, inmensas y extrañas, encontremos algo a que agarrarnos, quizás un misterio por revelar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA