Habitación 212, de Christophe Honoré

EL AMOR DESPUÉS DE VEINTE AÑOS.

“Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender”

Françoise Sagan

El amor, y las cuestiones que derivan del sentimiento más complejo y extraño, y la música, son los dos elementos en los que se edifica el universo de Christophe Honoré (Carhaix-Plouguer, Francia, 1970). Un mundo rodeado de un estética pop y romántica, donde sus personajes aman el amor o eso creen, unos personajes, algunos, algo naif, algo inocentes, muy del amor, porque para el cineasta francés el amor, o un parte esencial de él, se basa en la aventura a lo desconocido, a lanzarse a ese abismo que produce inquietud y temor, pero también placer y felicidad, quizás en buscar ese equilibrio, no siempre sencillo, está ese sentimiento que llamamos amor. Su nuevo trabajo nos habla de amor, claro está, pero de ese amor maduro, ese amor después de veinte años, un amor que ya tiene una edad para mirar hacia atrás, para vernos a nosotros mismos, para cuestionarnos si aquellas decisiones que tomamos fueron las acertadas, o no. El relato arranca con Maria Mortemart (una maravillosa Chiara Mastroianni, en su quinta presencial con Honoré) caminando con paso firme y decidido por las calles céntricas de París, coqueteando con la mirada con chicos mucho más jóvenes que ella, mientras escuchamos a Charles Aznavour cantando “Désormais”, una canción que nos remite al desamor, quizás una premonición de lo que está a punto de llegar.

Cuando Maria llega a casa, se encuentra a Richard (Benjamin Biolay) su marido, que por azar, descubre que Maria tiene un amante. Se enfadan y Maria se va de casa, cruza la calle y se aloja en la habitación 212 del hotel de enfrente (el número hace referencia al artículo del matrimonio que indica obligaciones de los cónyuges como respeto y fidelidad). Mientras observa la tristeza de su marido, Maria, al igual que le sucedía a Ebenezer Scrooge (el huraño y enfadado protagonista de la novela Cuento de Navidad, de Dickens) recibirá unas visitas muy inesperadas que la llevarán a su pasado y presente, con continuas idas y venidas por ese tiempo, de naturaleza mágica y crítica, que le ha tocado vivir: al propio Richard, veinte años más joven, cuando se casaron (interpretado con dulzura y sensibilidad por un enorme Vicent Lacoste, que repite con Honoré después de la imperdible Amar despacio, vivir deprisa), a Irène (una cálida Camille Cottin) la que fue primer amor y profesora de música de Richard, que sigue enamorada de él, y  la agradable presencia de la bellísima Carole Bouquet, la voluntad de Maria, en forma de imitador de Aznavour, y una docena de amantes de Maria, veinte años más jóvenes que ella, en estos veinte años de matrimonio.

Durante la noche, tanto la viviendo como el hotel, y la calle, se convertirán en un decorado de una película de la metro, de esas que se rodaban en EE.UU. durante la época dorada del musical, que también adaptó al cine francés, Jacques Demy, con la nieve cayendo, con esas siete salas de cine, que anuncian una de Ozon, por ejemplo, o ese restaurante que recibe el nombre de “Rosebaud” (haciendo referencia al pasado y a aquello de dónde venimos, como en Ciudadano Kane). Visitas que funcionaran como terapia de pareja y sobre todo, del amor para Maria y Richard, que también se incorporará a la noche del amor y de aquello que dejamos o no, un Richard desorientado y diferente. Honoré construye una deliciosa y acogedora comedia dramática, con momentos de musical puro, sobre el amor y todos los asuntos que encierran a la pareja, a sumergirnos en el verdadero significado del amor y todo lo que significa, haciéndonos reflexionar y también, enamorándonos con sus bellas y románticas imágenes, y la música que escuchamos, desde la canción melódica del propio Aznavour y Serrat, música clásica de Vivaldi al piano, un tema sobre aquellos amores que podían haber sido como el “Could it be magic”, de Barry Manilow o el “How Deep is Your Love”, versión de The Rapture, indagando en la verdad de esos sentimientos que tanto clamamos al amado o amada.

Honoré mira con sinceridad e intimidad la naturaleza humana, mirándonos como verdaderamente somos, seres imperfectos que amamos como sabemos o podemos, equivocándonos y cometiendo muchos errores, o simplemente, dejándonos claro que el amor, ese sentimiento capaz de mover montañas y conciencias, y convertirnos en meras sombras de nuestra voluntad, no es un sentimiento perfecto, ni mucho menos, simplemente es una emoción, con todas sus virtudes y defectos que, en algunas ocasiones acertamos y en la mayoría, erramos, quizás la capacidad de perdonar y perdonarnos será el mejor camino para seguir enamorándonos cada día de ese ser que es tan especial para nosotros, porque nadie, absolutamente nadie, será capaz de mirarlo como lo hacemos nosotros, porque como explica Honoré, después de veinte años, ya somos capaces de amar, porque ya conocemos todas sus imperfecciones y a pesar de todo eso, seguimos sintiendo algo profundo y complejo por esas personas, y todo lo demás, no sirve de nada, porque el amor no es ciego, suele ser real y sobre todo, lleno de imperfecciones, pero no solo el nuestro, sino el de todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un blanco, blanco día, de Hlynur Pálmason

EL AMOR ES MÁS FRÍO QUE LA MUERTE.

“En los días en que todo es tan blanco que no se distingue entre el cielo y la tierra, los muertos pueden hablar a los vivos”

Anónimo

Dos imágenes. Dos planos secuencia inician el segundo trabajo de Hlynur Pálmason (Hornafjörour, Islandia, 1984). En la primera imagen, en movimiento, seguimos a un automóvil en una mañana nebulosa circulando por una carretera solitaria. En una curva, el vehículo de manera intencionada sigue recto y se despeña por un acantilado perdiéndolo de vista. En la segunda imagen, estática, igual de inquieta, somos testigos del paso del tiempo mientras miramos una casa, en la que no alteramos movimiento. Dos imágenes que a medida que avance el metraje, se irán revelando ante nosotros, destapando aquello que ocultan, aquello que será desvelado, que tendrá una importancia capital en el transcurso de la vida de los personajes. Si en Winter Brothers  (2017), Pálmason indagaba de forma sobria e íntima la tensa y difícil relación de dos hermanos que aparentemente trabajaban juntos, explorando de forma crítica la “falta de amor” entre ellos dos.

En Un blanco, blanco día, sigue investigando las relaciones personales tensas y dificultosas, tanto en el terreno familiar como en el social, pero a través de dos tiempos, el presente y el pasado. El presente, donde conocemos a Ingimundur, un policía retirado que vive entre los arreglos de la nueva casa para su hija, la casa que vimos en la segunda imagen que abre la película, los cuidados de su nieta, y las visitas al psicólogo para superar la muerte trágica de su esposa, el accidente de la primera imagen. Esa aparente cotidianidad en la que nos instala el director islandés, se ve trastocada con el descubrimiento de una caja donde la esposa fallecida guarda objetos personales y recuerdos. Entre esos recuerdos, Ingimundur se tropezará con unas fotos, unos libros y una cámara de video, objetos que ocultan una realidad de su esposa que el protagonista desconocía completamente. La realidad del policía retirado se agita de tal manera que, la vida sencilla y cotidiana de Ingimundur cambia radicalmente, obsesionándose con el pasado de su esposa para encontrar respuestas a muchas inquietudes que lo alteran considerablemente.

En ese instante, Pálmason cambia el tono pausado y relajado de su relato y nos adentra en esa violencia contenida que estallará en la realidad de Ingimundur, obsesionado con el amante de su esposa, en una cruzada personal y violenta por destapar una verdad que le tiene hipnotizado, situación que le enfrentará a sus antiguos compañeros, y a su propia familia, encerrándolo en ese viaje psicótico para resarcir ese pasado que, tanto le inquieta y abruma. El cineasta danés impone un ritmo in crescendo, arranca con esa pausa inquieta y oscura, como si esperásemos que esa violencia contenida explotará en cualquier instante, como sucedía en títulos-espejos como Perros de paja, Defensa  o Furtivos, grandes obras con esa atmósfera rural donde la violencia suavemente va dominando a los personajes y atrapándolos en una espiral sangrienta sin retorno, donde se va rebelando todo aquella rabia oculta que tienen los personajes y estalla cuando las circunstancias se vuelven muy adversas.

El director islandés coloca al actor Ingvar Eggert Sigurosson dando vida a Ingimundur, en el centro del relato, un actor con esa mirada sombría, de talante pausado, y físico imponente, una especie de John Wayne, tanto a nivel físico como emocional, firme en sus propósitos, de pocas palabras y expectante en sus actuaciones y relaciones, fuerte como un roble, y tenaz en sus ideas, sin olvidarnos de ese amor incondicional que tiene a los suyos, convertido en un desatado perro rabioso cuando descubre aquello que tanto tiempo ha sospechado. Pálmason se revela como un cineasta enérgico y magnífico en la construcción de atmósferas y muy sólido y tenaz en mostrar sin evidencias claras y sentimentalismos, las relaciones turbias que hay entre los personajes, como esos maravillosos momentos del partido de fútbol en que la cámara sigue incesante a nuestro protagonista, o los inquietantes planos fijos secuenciales que tanto revelan de la historia, o esos viajes en coche que describen muy bien la tensa calma que se respira en la película, una tensa calma que explotará convirtiendo a los personajes en alimañas, unos, y en cazadores, otros, porque como nos contaba Fassbinder, el amor ha de ser sincero y sin reversas, porque todo lo demás, es exigencia, interés, soledad, vacío y muerte, e Ingimundur debe saber diferenciarlo para no traspasar esa línea de no retorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Little Joe, de Jessica Hausner

LA PLANTA DE LA FELICIDAD.

¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que la felicidad no es más que uno de los juegos de la ilusión?

Julio Cortázar

¿Cómo gestionaríamos que alguien muy cercano a nosotros experimentase tales cambios que dudaríamos de su identidad, que lo viésemos como otra persona completamente diferente? A partir de este tipo de cuestiones, se estructura el quinto trabajo como directora de Jessica Hausner (Viena, Austria, 1972) una creadora de universos enfermizos y muy oscuros, de atmósferas inquietantes y fantasmagóricas, que nos remiten directamente a los cuentos de hadas, estéticamente dotadas de una consumada y elegante visualidad, donde los colores pálidos contrastan con los más intensos, en cintas de género fantástico y terror que fusionan la cotidianidad más cercana con los mundos ocultos y ambivalentes, donde la religión adquiere una significación extraña y peculiar, con películas protagonizadas por jóvenes atrapadas y asfixiadas en un entorno en el que no se adaptan y acaban encontrando salidas complejas y muy ambiguas.

Con su sorprendente opera prima Lovely Rita  (2001), nos colocaba en el pellejo de una joven que no encajaba en su entorno, ni familiar ni en la escuela religiosa, en mitad de su despertar sexual. En Hotel (2004), seguíamos la existencia de Irene, una empleada de hotel que se adentraba en lo siniestro huyendo de una realidad triste y amarga, en Lourdes (2009), se metía de lleno con las contradicciones religiosas con el caso de Chritine, una joven discapacitada que logra curarse. Y finalmente, en Amour Fou (2014), inspirándose en el suicidio de Heinrich von Leist de 1811, convocaba a Henriette, una joven casada que accedía a las pretensiones suicidas del poeta. En Little Joe, vuelve a sumergirse en esos mundos cotidianos y artificiales que tanto le agradan, para mostrarnos a un grupo de científicos que han creado una planta que todo aquel que absorbe su aroma se siente feliz, aunque no tienen en cuenta los efectos secundarios, las consecuencias que origina en aquellos que accidental o voluntariamente la huelen.

Hausner vuelve a coescribir con Géraldine Bajard (su coguionista de las últimas tres películas) y como ocurre en sus otras películas, vuelve a centrarse en una joven, en este caso la científica Alice, divorciada y madre de un chaval llamado Joe, en ese mundo artificial donde el trabajo lo es todo, ese espacio horticultural donde se cultivan las milagrosas plantas, un universo donde destacan el color rojo intenso de las plantas, todas puestas en fila, y el color pálido de las batas de color verde menta, y ese espacio de pocas palabras, y mucha distancia física y emocional, como suele ser habitual en el cine de la austriaca, donde sus personajes nunca dicen lo que sienten y ocultan sus emociones, hablando siempre poco y muy adecuadamente, sintiendo ese peso social que coarta y alinea a los seres humanos en esta sociedad superficial y vacía. A partir de esa estética estilizada y esos colores contrastadas, desde el vestuario como de la caracterización, en que esa luz, a veces cegadora, casi artificial, y otras, tenue, obra del cinematógrafo Martin Oschlacht (colaborador en toda la filmografía de Hausner) y el medido montaje obra de Karina Ressler, otra de sus más estrechas cómplices, añade otra elemento perturbador como la música del japonés Teiji Ito, rompiendo todos los esquemas en esa fusión de imágenes silenciosas y confusas con esa música de ritmos samuráis.

La cineasta austríaca toca el género a través de una cinta de terror psicológico, que tendría en La invasiones de los ladrones de cuerpos, su espejo más fiel, en esa alegoría que tiene mucho que ver con una sociedad obsesiva por ser feliz a costa de quién sea o lo que sea. Aunque Hausner, siendo fiel a una de sus premisas, ha construida una fábula llena de puertas oscuras y laberintos sin fin, en que se muestra muy ambigua en la narración, huyendo del clasicismo para adentrarse en otro terreno, en ese espacio estéticamente sobrio e inquieto que tanto le agrada, donde la confusión se erige como un elemento indispensable, jugando con el espectador, en una trama que no desvelará el asunto en cuestión, lanzando varias hipótesis de lo que realmente ocurre sin optar por ninguna en concreto, desconociendo si el virus de las plantas contagia o no, marco que aún hace muchísimo más atractiva y sugerente la propuesta de la películas, sumiéndonos en aquello más racional o no, ene se terreno ambiguo de la psicología entre aquello que vemos, creemos, sentimos o sugestionamos, en esa idea de la incertidumbre como elemento especifico de la existencia, como nexo entre lo que somos y lo que creemos ser.

Hausner convoca un reparto extraordinario, peculiar y muy bien elegido, otra de las muchas cualidades de su cine, entre los que destacan Emily Beecham que interpreta a Alice, la pelirroja científica callada y fría, creadora de la planta y sumida en las consecuencias de su propia creación, que la empareja directamente con el Dr. Frankenstein y su monstruo. A su lado, su alter ego, Ben Whishaw que da vida al Dr. Chris, ese compañero fiel y parco en palabras, admirador ferviente de Alice, las agradables presencias de las veteranas Kerry Fox, como otra de las científicas, clave en la trama, y Lindsay Duncan, la psicoanalista de Alice, convertida en una aliada muy fiel y en ese espejo donde mirarse. Y Finalmente, el niño Kit Connor que hace de Joe, el hijo de Alice. Hausner es una auténtica maestra en crear esos mundos extraños y fantásticos que constantemente rodean nuestra cotidianidad, pero que sometidos a nuestros propios quehaceres y deseos, no nos fijamos en esas señales que nos confunden, y acabamos sumergidos en ellos cuando ya es demasiado tarde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

D’A 2020: Talents, Transicions y Sesiones Especiales (y 3)

Seguimos, desde el sofá de casa, descubriendo películas de la sección TALENTS. Llega el turno de HOMEWARD, de Nariman Aliev. La opera prima del cineasta crimeo se instala en la guerra entre Rusia y Ucrania por el territorio junto al Mar Negro, pero no lo hace desde las trincheras, sino que lo hace desde una familia crimea, que acababa de perder al hijo mayor en la guerra, y el padre y el hijo pequeño, emprenden un viaje para poder enterrarlo en su tierra natal. Con ecos de El regreso, de Andrei Zvyagintsev, o La última bandera, de Richard Linklater, asistimos a una magnífica y sobria road movie en la que veremos las difíciles relaciones familiares, la agresión constante por parte de las autoridades, y las revelaciones de un camino tanto físico como emocional, con una pareja extraordinaria de intérpretes que nos conmueven con sus composiciones. ALL FOR MY MOTHER, de Małgorzata Imielska. Olka tiene 17 años y vive en un orfanato, huérfana de padre y abandonada por su madre, tiene dos obsesiones: participar en los Juegos Olímpicos como corredora y localizar a su madre. Mientras, pasa los días tristes y sombríos en un centro corrupto y soportando a una compañera malvada, y además, tiene que soportar a familias de acogida oscuras. La opera prima de Imielska es un durísimo y descarnado drama social sobre realidades miserables y acerca de la voluntad férrea de una chica que lucha con todas sus fuerzas por ser aceptada y tener algo de cariño ante la situación de desamparo que le ha tocado vivir, y todo contado desde la honestidad sin caer en torpezas sentimentales, con una extraordinaria composición de la joven Zofia Domalik.

MONSTERS, de Marius Olteanu. El primer trabajo del director rumano, asistente de Cristiu Puiu, entre otros, es un retrato íntimo y desolador en el Bucarest actual, a través de un matrimonio desgastado y en descomposición, situado en las últimas 24 horas de una esposa que prefiere dar vueltas en taxi, y su esposo, que decide pasar unas horas en el apartamento de otro hombre. La austeridad y los silencios conforman un relato angustioso y asfixiante sobre todo aquello que ocultamos y callamos y nuestra imposibilidad de relacionarnos con los demás, y poder mirarnos a los ojos y reconocernos con lo que somos. Una película intensa y emocionante que destapa el talento del joven cineasta rumano. OLEG, de Juris Kursietis. La contundencia y la miseria de películas como El silencio de Lorna, de Jean-Pierre y Luc Dardenne y Trabajo clandestino, de Jerzy Skolimowski, se dan cita en la segunda película del director letón, que nos habla con total desnudez y sinceridad sobre la explotación del hombre por el hombre, a través de la triste y descarnada de Oleg, un joven letón que acaba de llegar a Bruselas y se verá envuelto en los sucios trapicheos de un delincuente polaco que lo utiliza a su antojo en sus actos viles y canallas. Una mirada atroz y deshumanizada de la miseria moral y física que viven algunos inmigrantes del este en esa Europa oculta y marginal.

De la sección de TRANSICIONS me detuve en la película LAS BUENAS INTENCIONES, de Ana García Blaya. La opera prima de la directora argentina es una mirada honesta y profunda, con reminiscencias autobiográficas, sobre una niña de 10 años y sus hermanos pequeños que viven entre su madre y su padre, divorciados. La rectitud de la madre choca con la despreocupación del padre, un músico rock que regenta una disquera con sus amigos de siempre. Cuando la madre decide emigrar a Paraguay, debido a la crisis que asola la Argentina de los 90, provocará que la niña quiera quedarse con el padre y decidir su propia vida. La naturalidad y el humor que imprime García Blaya, convierte la película en una mirada profunda y honesta al pasado familiar, huyendo de la nostalgia, y sobre todo, a través de la mirada de una niña y su entorno. ATLANTIS, de Valentyn Vasyanovych. El cinematógrafo de la exitosa The Tribe, debuta en la ficción con una película magnífica, que no deja indiferente, que imagina una Ucrania distópica devastada por la guerra con Rusia, a través de un ex soldado con estrés postraumático que se enrola en una ONG para recuperar cadáveres abandonados. Un relato desolador y profunda sobre las heridas de la guerra, y todo aquello que conlleva, desde la reconstrucción física como psíquica, desde la intimidad y la sencillez de alguien solitario y vacío, igual que la tierra seca y llena de almas sin descanso, que pisa cada día intentando que el paisaje vuelva a respirar y sobre todo, que su trabajo sirva para volver a ser humano.

THE TWENTIETH CENTURY, de Matthew Rankin. La opera prima del director canadiense imagina el ascenso político de William Lyon Mackenzie King, primer ministro de Canadá desde 1935 a 1948, con una estética que bebe de las fuentes del esperpéntico, el surrealismo, el humor negro, y una estética distópica, entre otras, con resonancias a Svankmajer, los hermanos Quay, Jeunet y Caro, el cómic, y el humor crítico y social que ayuda a comprender un mundo de antihéroes, gentuza sin escrúpulos, y demás almas perdidas y desorientadas, en una película alucinógena, brillante y divertida, en la que se ridiculiza a los políticos, los estados y todo aquello que tiene que ver con el poder y las miserias de los comportamientos humanos. GHOST TROPIC, de Bas Devos. El director de Violet (2014) regresa con un drama ambientado en Bruselas sobre una mujer musulmana viuda que tras quedarse dormida en el metro, debe volver a casa caminando. Durante su trayecto nocturno, se tropezará con una fauna nocturna variopinta y oculta como algunos inmigrantes como ella, la pobreza más absoluta, empleadas divorciadas con niños, o su propia hija bebiendo alcohol. Una radiografía certera y honesta sobre esa inmigración poco representada en el cine, desde un prisma humano y sencillo, a través de la intensidad de la actriz Saadia Bentaïeb, que compone un personaje inolvidable, con sus silencios y miradas.

IVANA THE TERRIBLE, de Ivana Mladenović. La directora serbia recupera la crisis psicología que sufrió un verano en su ciudad natal, para convocarnos en una autoficción en la que se interpreta a ella misma, al igual que su familia y amigos, en un retrato lleno de humor y crítica social, en el que se hablan de las relaciones entre Serbia y la vecina Rumanía, las peculiaridades de la fama, los conflictos familiares, los reencuentros con amigos o examantes, y sobre todo, la incapacidad de estar bien con un mismo este donde este, y la libertad individual como hecho primordial en el bienestar personal, en una película naturalista que aboga por unos personajes excéntricos y muy cercanos, que podríamos encontrar en cada una de nuestras familias. Finalmente, terminé mi paso por esta sección con la película THIS IS NOT A BURIAL, IT’S A RESURRECTION, de Lemohang Jeremiah Mosese. La tercera película del director sudafricano se centra en la desaparición de un pueblo que será abnegado por una presa, a través de una octogenaria, viuda que acaba de perder a su hijo, que se opone al proyecto. Filmada en Lesoto, lugar de origen del cineasta, compone una fábula sobre la lucha del hombre contra el sistema capitalista, a partir de imágenes poderosas, un relato fascinante y una sublime atmósfera, tejiendo un magnífico relato sobre la memoria y la identidad, en una obra que recuerda al aroma que emana en el Oncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas, de Apichatpong Weerasethakul. Una obra inolvidable, maravillosa y penetrante, con una cuidada belleza plástica y unos personajes íntimos y humanos, se ha erigido como el mejor descubrimiento de esta edición del D’A.

Del apartado de SESSIONS ESPECIALS me interesaron AZNAVOUR BY CHARLES (LE REGARD DE CHARLES), de Marc Di Domenico. De Charles Aznavour conocíamos su exitosa faceta como cantante e intérprete, pero cuando falleció en 2018, descubrimos que también era un gran aficionado a filmar en súper 8 y 16 mm, un material que legó antes de su muerte al cineasta Di Domenico, que en su tercer trabajo, recopila el material de Aznavour y construye una película que recoge cuatro décadas en la vida del extraordinario músico, desde la inmigración de sus padres de Armenia hasta París, sus años mozos y aquel tiempo de juventud, sus éxitos como cantante, sus canciones, sus amores, sus viajes de trabajo y placer, en fin, su vida, obra y milagros, en el que descubrimos la peculiar y excelente mirada de Aznavour para captar la vida y el frenesí de la existencia en los lugares que visitaba, bien narradas por el actor Romain Duris, en un excelente y pasional film. Finalicé mi paseo por el D’A con la película ANDREY TARKOVSKY. A CINEMA PRAYER, de Andrey A. Tarkovsky. Dirigida por el vástago del mítico cineasta soviético, nos propone un viaje intenso y profundo sobre la vida y obra cinematográfica de su padre, recuperando materiales de archivo y actuales, para componer una película hablado por el propio cineasta, en la que escuchamos sus magníficas reflexiones sobre la vida, su infancia, sus películas, el arte, la religión y demás cuestiones que acompañaron y tuvieron significado en la vida y obra del extraordinario cineasta. Un documento magnífico y extenso que nos acompaña por los lugares en los que vivió el director, capturando su esencia y sus huellas. Una deliciosa obra en el que los admiradores de la obra de Tarkovsky encontrarán aspectos para seguir amando su obra y los que no casen con el cineasta, encontrarán aspectos vitales y espirituales capaces de seducir a cualquier que quiera indagar sobre esos temas.

Y hasta aquí mi paso por la no X Edición (la Décima edición se llevará a cabo el próximo año) Edición del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona. Un festival convertido en un referente magnífico para todos aquellos que amamos el cine, sus buenas historias, reflexivas, comprometidas y valientes, que nos hablan con personalidad y carácter de los problemas más cotidianos, políticos, sociales, económicos y culturales, un certamen que enriquece de manera extraordinaria la primavera cinéfila de Barcelona, y la edición de este año ha ofrecido un nivel cinematográfico altísimo, donde han brillado películas de diferentes lugares del mundo, con la fascinación intrínseca del ser humano por contar historias y otros, por verlas y apreciarlas. Mi enorme agradecimiento al equipo del festival, ya que en estas circunstancias tan raras, se haya podido llevar a cabo esta edición online a través de la imperdible plataforma Filmin. Hasta la edición del año que viene!!! Muchas Gracias por todo D’A FILM FESTIVAL 2020!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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D’A 2020: Un Impulso Colectivo y Extras (2)

La segunda entrega de las reflexiones del D’A Film Festival se posa en UN IMPULSO COLECTIVO, una de las secciones más queridas y admiradas por el que suscribe, porque nos hace descubrir ese cine inquieto, reflexivo y muy alejado de lo comercial, un cine que se le niega su presencia en los circuitos convencionales, y es en los festivales, donde adquiere su relevancia e importancia. Mi paseo, desde el sofá de mi casa, arrancó con VIOLETA NO COGE EL ASCENSOR, de Mamen Díaz. Al llegar el verano, Delphine se encontraba sola para ir de vacaciones en El rayo verde, de Rohmer. Algo parecido anímicamente le ocurre a Violeta, pero sin salir de Madrid, trabajando como becaria en un pequeña editorial. La joven se siente desorientada y sin rumbo, jugando al amor sin ninguna convicción, y teniendo esa sensación extraña que el tiempo pasa por encima. La opera prima de Mamen Díaz es una comedia romántica alejada de los convencionalismos, donde se habla de amor, de relaciones, de sentimientos, de cine, y de estados de ánimo, y también, de verano, con la estupenda Violeta Rodríguez en su primer rol protagonista, mostrando naturalidad y sensibilidad. Tiene ese marco de películas ligeras, frescas y divertidas de Hong Sang-soo o Jonás Trueba, donde cine, vida y amigos se entrecruzan en relatos de aquí y ahora. AS MORTES, de Cristóbal Arteaga Rozas. En El triste olor a carne (2013) Alfredo Rodríguez era un hombre desesperado por conseguir dinero ante el desahucio de su casa. Ahora, es un aldeano gallego que asesina a su mujer y oculta el caso a sus allegados y vecinos. El quinto trabajo del director chileno es un thriller rural filmado en un primoroso blanco y negro. La película se envuelve en silencios, fantasmas y misterios, en una película austera y muy inquietante, con muy pocos personajes, creando esa atmósfera sucia y oscura, que nos atrapa desde el primer instante. Arteaga Rozas maneja como nadie el tempo cinematográfico, con la presencia de unos cuerpos y rostros que construyen con paciencia y cuidado todo lo que va sucediendo de manera sencilla y sobria en la pantalla. Otra grandísima obra de ese cine gallego que brilla con luz propia.

LA REINA DE LOS LAGARTOS, de Burnin’ Percebes. El dúo de cineastas Fernando Martínez y Juan González, vuelven en su tercer largometraje a ese cine low cost, sensible, divertido y atípico, en el que mezclan una tierna historia de amor entre una madre soltera y un extraterrestre, con la ciencia-ficción, el humor más irreverente y el melodrama, en una Barcelona diferente y periférica. Bruna Cusí y Javier Botet son los protagonistas de una cinta que no dejará a nadie indiferente, atemporal y extraña, filmada en Súper 8, y con una banda sonora extraordinaria con temas de notas religiosas, muy al estilo de la semana santa, para contarnos que a veces la vida juega con nosotros y nos depara situaciones y personas que no esperamos en absoluto. VIDEO BLUES, de Emma Tusell. Segundo largo de la montadora de Cuerda o Vermut, en el que nos invita a reflexionar sobre la memoria y sus ausencias y fantasmas, a través de su archivo familiar y personal, en el que reconstruye su identidad a través de grabaciones en video de su niñez y luego sus propias filmaciones en las que indaga en las huellas de sus padres fallecidos, y sus procesos emocionales, a las que añade diálogos junto a su pareja, en una cinta sobre el tiempo pasado y presente, y la memoria como vehículo esencial para buscar, investigar y (re) encontrarse con lo que hemos sido, nuestros recuerdos, y lo que somos.

LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL, de Jorge Juárez. El director madrileño, ayudante de dirección de Rebollo y Veiroj, entre otros, construye una intensa y emotiva opera prima sobre el amor, el cine, la crisis económica y los recuerdos de su infancia y adolescencia, en una cinta autorreferencial, en que en una magnífica voz en off del propio Juárez, nos guía por un viaje sobre la memoria personal, el amor a distancia, y las consecuencias vitales y sentimentales de la crisis, y sobre todo, el cine y su final analógico, a través de ese proyeccionista maravilloso. Una película que recuerda al espíritu que dominaba a Los ilusos, de Jonás Trueba, ese cine que se hace cuando no se hace cine, en que la vida real se filtra entre las imágenes de ficción o no. ACTOS DE PRIMAVERA, de Adrián García Prado. El director madrileño se filma a sí mismo durante la primavera, con abundantes elementos autobiográficos, en los que explora las posibilidades del cine capturando la luz, su cuerpo y el paisaje, tomando prestado de aquí y de allá, en una película absorbente y peculiar, en que el cine adquiere un componente muy importante, como una especie de tabla de salvación, en tiempos de precariedad económica, en tiempos donde la vida necesita ser filmada, al igual que sus reflexiones, descubriéndonos un universo cotidiano y doméstico, sobre lo que nos rodea y sobre nosotros mismos, en un relato sobre aquello que ocultamos y mostramos.

MY MEXICAN BRETZEL, de Núria Giménez. Un maravilloso y fascinante fake, que nos absorbe desde sus primeras imágenes, llevándonos a través de un matrimonio suizo de clase acomodada por los años cincuenta y sesenta, descubriendo el mundo a través de sus vacaciones filmadas en Súper 8, y los textos del diario de ella, en un perverso, inquietante y extraordinario juego de espejos con el aroma del melodrama clásico de Sirk o Wyler, donde no falta de nada, amores apasionados, infidelidades, mentiras, realidades ocultas, obsesiones, tragedias y la descomposición del matrimonio, del amor, y sobre todo, de la vida, en la sugerente y brutal opera prima de la directora barcelonesa, convertida, sin lugar  a ningún género de dudas, en una de las grandes películas del D’A de esta edición. GIRANT PER SANT ANTONI, de Pere Alberó. La monumental y larguísima reforma del Mercat de Sant Antoni de Barcelona, con más de 140 años de historia, sirve a Alberó para acercarse a todos los universos que se mezclan en ese microcosmos, desde las obras del edificio, sus obreros, extranjeros muchos de ellos, los paradistas en su ubicación y la nueva, las tiendas centenarias de la zona, el homeless vendedor de libros, y los vecinos que sufren gentrificación, tanto mayores como jóvenes, a través de sus luchas y reivindicaciones para tener un hogar y futuros dignos. La película se mueve entre el documento que captura una realidad efímera y cambiante, y el ensayo más crítico y social, abordando la memoria e identidad del barrio, mostrando la vida y las diferentes personas, tanto sus pequeñas y grandes realidades, con el aroma de películas como Aquí se construye, de  Agüero o En construcción, de Guerín.

Me acercó a una de las películas de la sección ESPECIALS con JESUS SHOW YOU THE WAY TO THE HIGWAY, de Miguel Llansó. Con Crumbs (2015) el cineasta madrileño demostró que se podían romper todos los esquemas establecidos para contarnos una cinta futurista muy diferente, extraña y romántica, con su inseparable Daniel Tadesse Gagano, su actor fetiche. En su segundo trabajo sigue esa línea en la que los géneros, estéticas y narrativas se mezclan y fusionan creando una cinta que bebe de la ciencia-ficción, al estilo Matrix, la comedia alocada, los relatos de espías, los súper héroes, los videojuegos, etc… Con el aroma sesentero y atemporal, situada nuevamente en Nigeria, y construyendo un universo de múltiples capas donde se ríe de todo, apuntando a lo convencional, y a la cultura popular estadounidense, incluso de sí mismo. De la sección TALENTS me detengo en la película LA MAMI, de Laura Herrero Garvín. En El remolino (2016) centrada en una pequeña comunidad de Chiapas, en México, que convivía con las inundaciones anuales. En su segundo trabajo, la toledana se traslada a la capital mexicana para mostrarnos el “Barba Azul”, un mítico cabaret, para presentarnos a “La Mami”, antigua cabaretera que ahora regenta el backstage del lugar, cuidando a las mujeres que allí trabajan. Herrero teje a fuego lento una obra de gran calado humanista, poderosa y absorbente, por su sencillez y hoenstidad, en la que su observadora e inquieta cámara nos acerca a la realidad de muchas mujeres que se dedican a damas de compañía por apuros económicos, y nos muestran una realidad femenina que debe salir del arroyo con trabajos difíciles, que ocultan a los suyos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

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D’A 2020: Direccions y Talents (1)

La primavera barcelonesa nos brinda cada año el D’A Film Festival, uno de los mejores escaparates cinematográficos del país, ofreciendo una enorme variedad de títulos de cine de autor e independiente, que han pasado por los grandes certámenes del mundo. Este año, la edición del 2020 es muy especial, (la celebración del décimo aniversario tendrá que esperar al año que viene) ya que debido a la crisis sanitaria provocada por el Covid-19, las salas, las presentaciones de cineastas, el reencuentro con amigos o conocidos, ha dejado paso a la intimidad del hogar, porque la decisión del equipo del festival, en un grandísimo gesto de valentía y generosidad, ha decidido optar por vivir el certamen desde la plataforma Filmin, eso sí, con el mismo espíritu de mostrar la sensibilidad, la capacidad y el talento del ese cine alejado de normas y marcas, libre y brillante. Así que, desde el salón de mi casa, sentado o tumbado, arrancamos esta edición especial y diferente con la sección DIRECCIONS, donde se acomodan nombres ilustres y muy personales, con la película LOS SONÁMBULOS, de Paula Hernández. La ciénaga (2001), de Lucrecia Martel, es una de las películas fundacionales de ese cine de la descomposición familiar a través de madres e hijas distanciadas y solitarias, que tienen que batallar con una crisis emocional y física. El quinto trabajo de la bonaerense transita por esos lares, situándonos en un fin de año en que el clan familiar se reúne en la casona entre conversaciones sobre herencias, comidas eternas, baños en la piscina, y juegos perversos en el bosque, en un fábula moderna sobre la familia, las intimidades ocultas y las miradas esquivas y críticas, a partir de la relación fría entre una madre, con un matrimonio en el abismo, y una hija, en pleno despertar a la edad adulta, con el añadido de la presencia de un primo díscolo e impenetrable. NOMAD: IN THE FOOTSTEPS OF BRUCE CHATWIN, de Werner Herzog. Todas las películas del veterano cineasta alemán nos proponen un viaje a la aventura, a lo desconocido, y sobre todo, al descubrimiento de uno mismo. En este caso, rescata la figura de Bruce Chatwin, escritor y fotógrafo, fallecido de Sida en 1989, y amigo personal del director, en un viaje sobrecogedor y deslumbrante, recorriendo los lugares de Chatwin, tanto personales como profesionales, los compartidos y los experimentados, en un documento extraordinario de inusitada belleza, armonía y sensibilidad, en que Herzog no solo viaja físicamente a los sitios más recónditos del planeta, desde Australia a la Patagonia, en que nos descubre tradiciones ancestrales de culturales desconocidas y ocultas, sino que también lo hace de forma espiritual, mostrando el trabajo y el legado del amigo ausente.

TO THE ENDS OF THE EARTH, de Kiyoshi Kurosawa. El veterano director japonés nos sitúa en la lejana Uzbekistán y rompe tópicos y prejuicios, a través de una reportera japonesa (estupenda y sensible la interpretación de la cantante de J-Pop Atsuko Maeda) solitaria, inquieta y en muchas ocasiones, solitaria, en su forma de adentrarse y descubrir la sociedad uzbeka, en un retrato inteligente sobre los choques culturales, que mezcla con sabiduría el descubrimiento interior, el drama intimista, y el musical, consiguiendo conmovernos y ofreciendo una realidad humana y sencilla de quiénes somos y cómo nos miramos en el otro.  ROUBAIX, UNE LUMIÈRE, de Arnaud Desplechin. Si en su anterior trabajo Los fantasmas de Ismael (2017) el director francés miraba hacia el interior de su oficio con las dudas de un cineasta francés con la aparición de una antigua novia que hacía tambalear su vida. Ahora, Desplechin vuelve a su ciudad natal, Roubaix, para construir un inmenso ejercicio noir, muy alejado de los convencionalismos del género, con reminiscencias a Hitchcock, en un grandísimo thriller criminal muy personal sobre un asesinato de una anciana, a través de las pesquisas del caso, encabezado por Roschdy Zem, en un brillante rol como comisario. Una película social, crítica e inteligente que asombra por su intimismo y sobriedad en un drama policial sobre las partes más desfavorecidas de la sociedad.

SAURDAY FICTION, de Lou Ye. Suzhou River (2000) dio a conocer internacionalmente al director chino, que desde entonces es un nombre habitual de los mejores festivales de todo el mundo. Su nuevo trabajo nos traslada al Shanghái ocupado de enero de 1941, a una semana del ataque japonés a Pearl Harbour, en el que a través de una actriz china (imponente el trabajo de Gong Li) que ensaya una obra de teatro dirigida por un ex amante, que es en realidad una espía encubierta de los aliados, nos enfrentamos a una laberíntica trama llena de misterios y perversidad, reunidos en un hotel céntrico de la ciudad, con un blanco y negro imponente, que subraya el carácter personal, histórico y profundo de un relato con aroma clásico sobre amores fou, traiciones y soledad. Sin salir de mi habitación, me trasladé a la sección TALENTS, siempre apostando por carreras incipientes diferentes, que apuestan por miradas muy profundas de realidades cercanas y invisibles. Empecé con NOCTURNAL, de Nathalie Biancheri. La directora italiana, especializada en documentales de ciencia y naturaleza, debuta en el largometraje con un relato intimista, oscuro e inquietante, sobre la relación extraña entre un treintañero solitario obsesionada con una adolescente, en los ambientes costeros de cualquier ciudad inglesa pequeña y aburrida, consiguiendo una asombrosa atmósfera, y grandes interpretaciones de la pareja protagonista, Cosmo Jarvis y Lauren Coe, en un relato que sorprende y seduce, en el que se mezclan pasado, identidades y soledad.

ADAM, de Rhys Ernst. Con el espíritu que caracteriza el mejor cine indie estadounidense, Ernst, productor de la exitosa serie Trasnparent, debuta con un relato ambientado en el Nueva York del verano en el 2006, sobre la transexualidad, uno de los temas recurrentes en su trabajo, cuando un adolescente inexperto conoce a la chica de sus sueños y se hace pasar por chico trans, creando una historia sencilla, sensible y brillante que rompe tópicos y prejuicios sobre la comunidad LGTBI, y abre nuevos caminos en la forma que trata sus conflictos, a través de distintas maneras de presentar las múltiples formas de amar y relacionarse sin importar quién eres y qué haces. DISCO, de Jorunn Myklebust Syversen.  La brillantísima y conmovedora interpretación de la joven Josefine Frida Pettersen destaca en el segundo largo de la noruega, que explica el camino tortuoso de una campeona mundial de baile en la modalidad de disco, cuando cuestiona su fe a Dios, en el seno de una familia con padre evangélico y madre enamorada, y va encontrando otras maneras de conocer a Dios cada vez más radicales y oscuras, en una cuento sobre la fe y sus múltiples formas de conocerla, a través de una experiencia personal a nuestros miedos e inseguridades, en un relato que empieza con diversión y pop y se adentra en terrenos muy pantanosos e inquietantes.

Y para acabar con esta primera crónica personal e intransferible del D’A/Filmin finalizaremos hablando de NEVIA, de Nunzia de Stefano. No es de extrañar que la producción de la película corra a cargo de Matteo Garrone (uno de los cineastas italianos que más mira a la periferia y sus miserias) dándole el testigo a una de sus alumnas más aventajadas, en la que la napolitana Nunzia de Stefano, rescata parte de su atormentada adolescencia, para contarnos a través de Nevia, una chica de 17 años (brillantísima la composición de la joven Virginia Apicella) la sucia, opresiva y tristísima realidad de una niña que sueña con salir de ese mundo aislado con una familia desestructurada que vive en los suburbios, y huir lejos a una realidad más amable y humana. La directora napolitana aporta en esta Rosetta italiana, una mirada diferente añadiendo la fantasía y humor alejándose de los típicos dramas convencionales donde se muestra una crudeza pornográfica. Seguimos viendo películas en el D’A… Hasta pronto!!!

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< 3, de María Antón Cabot

CALEIDOSCOPIO DEL AMOR JUVENIL.

“La verdad no está en un sueño, sino en muchos sueños”

Pier Paolo Pasolini

En 1965 cuando Pasolini estrenó Comizi d’amore, pretendía reflejar la sociedad italiana a través de sus pulsiones y testimonios sobre las cuestiones del amor y el deseo, mediante entrevistas realizadas por él mismo a todo tipo de transeúntes improvisadas en mitad de la calle. Medio siglo después y con el mismo espíritu del poeta italiano,  María Antón Cabot se planta en el parque del Retiro de Madrid durante los tres veranos que abarcan del 2015 al 2017 para retratar su paisaje, en el que encuentra a jóvenes nerviosos, jugando al amor y al deseo, entre risas, obsesionados con las pantallas de sus móviles, parloteando entre ellos sobre sus cuestiones amorosas. Cabot surgida del colectivo lacasinegra, grupo que conocíamos por su largo Pas à Gènève (2014) y sus trabajos experimentales sobre los nuevos conceptos de la imagen en la era digital, echa mano en la producción de Carlos Pardo Ros, otro “casinegra”, para acercarse a ese mundo juvenil y entrevistarlos improvisadamente, como lo hizo Pasolini, sobre sus deseos, amores y sentimientos. Las respuestas son nerviosas, entre risas y miradas confidentes entre ellos, contestan apresuradamente, cortadamente, desde esas primeras veces en el amor y en el deseo, sus primeras alegrías, besos, amores, frustraciones, desilusiones y agitaciones.

Cabot no solo se queda ensimismada en el paisaje estival, sino que lo mira y retrata desde el observador inquieto y paciente, esperando su oportunidad, su momento, su instante, capturando ese universo fugaz y efímero de la juventud, todo se mueve entre la hipérbole, la fantasía y la irrealidad, esa misma irrealidad con la que la directora madrileña nos da la bienvenida a su película-documento, con esas ilustraciones coloridas en movimiento creando esas fantasías y pulsiones que mucho tienen que ver con los sentimientos de los jóvenes que retrata, a partir de los colores que podemos encontrar en los fondos de pantalla de los móviles, indispensables herramientas para conocer, chatear y jugar al amor. El retrato que hace Cabot es sincero e íntimo, se detiene en esa amalgama de vidas e ideas y venidas que es el parque en verano, retratando a como esa juventud de aquí y ahora se mueve en los espacios del amor y el deseo, unas formas muy diferentes a la juventud de antes, pero, como viene a indicarnos la película, las personas siguen queriendo lo mismo que aquellos que los precedieron, esa incesante y compleja búsqueda del amor y sentirse deseados.

A partir de un documento que no solo retrata a la juventud actual y sus cosas del amor, Cabot va mucho más allá, y lo hace, y esto tiene mucho mérito, a través de un dispositivo sencillo y muy acertado, mirar el parque y su colectivo humano, sobre todo, el más juvenil, mirándolos como son, sin etiquetas y convenciones sociales, capturando sus miradas, gestos, cuerpos, movimientos y testimonios, cara a cara, a su misma altura, de manera directa y verdadera, donde no hay filtros ni espejos deformantes, sino una mirada lúcida, limpia y tranquila, desde la inquietud del que mira, observa y pregunta a aquellos que interesan y sobre todo, escucha sus reacciones, pensamientos y sentimientos, dándoles esa voz que quizás deberíamos darle, y no sacar conclusiones apresuradas y poco acertadas cimentadas entre la desconfianza y la desinformación, sin juzgar a las personas anónimas que les ofrecen sus testimonios y un espacio de su privacidad. Y además, el personaje de Ana que abre y cierra la película, encontrando entre tanta maraña de personas anónimas un sentido a su forma de pensar, relacionarse y sentir.

< 3 (que son el símbolo y el número para escribir un corazón rojo en los dispositivos móviles) título claramente clarificador sobre las herramientas que usan los jóvenes para relacionarse, se mira con la belleza de lo cotidiano, hipnotizado por sus cotidianas y naturales imágenes que nos van rodeando y sumergiéndonos en ese universo de primeros deseos y amores, una película que se une a otros espejos sobre la juventud de los últimos tiempos como Quién lo impide, de Jonás Trueba, donde a través de una serie de películas hibridas entre el documento y la ficción, exploran a los jóvenes y sus inquietudes sobre la vida y el amor, así como Las primeras soledades, de Claire Simon, en la que nos introducía en un instituto y daba la palabra a unos jóvenes franceses de barrios en la periferia para escuchar sus testimonios sobre la soledad, el dolor y demás oscuridades de sus vidas. < 3 es una película maravillosa, deslumbrante y viva, sobre los jóvenes de ahora, sus ilusiones y frustraciones a través del amor y el deseo, y también, es un retrato fiel y emocionante sobre la sociedad y nuestras formas de mirar, relacionarnos, amar y desear. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/294018147″>&lt; 3 / Teaser #1</a> from <a href=”https://vimeo.com/dveinfilms”>DVEIN Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Letters to Paul Morrissey, de Armand Rovira

QUERIDO MORRISSEY.

“Un artista es alguien que produce cosas que la gente no necesita tener”

Andy Warhol

Entre el otoño del 2011 y el invierno del 2012, el CCCB de Barcelona albergó la exposición Todas las cartas. Correspondencias fílmicas, comisariada por Jordi Balló, en la que cineastas como Erice, Kiarostami, Guerin, Mekas Isaki Lacuesta, Naomi Kawase, entre otros, se enviaban cartas, en formado de cine y video, donde establecían una comunicación personal e intransferible que remitía al cine, sus estructuras y formas, sus películas, sus vidas cotidianas y demás. Armand Rovira (Barcelona, 1979) en su pirmer largometraje, recoge el testigo de aquel experimento fílmico y hace su propia versión a través de cinco voces diferentes entre sí, proponiendo un largometraje que consiste en cinco cartas, cinco correspondencias en las que personas, relacionadas o no con el universo del cineasta Paul Morrissey (Nueva York, EE.UU., 1938) les envían cinco misivas fílmicas que, posiblemente,  jamás le llegarán al cineasta, pero que hablan de su universo, aquel que compartió con Andy Warhol en “La Factory”, y el que desarrolló en aquel cine underground, vanguardista, subversivo, provocador y radicalmente diferente.

Rovira y su coguionista Saida Benzal, también actriz y directora de una de las cartas, recogen el espíritu formal y narrativo del creador estadounidense para sumergirnos en submundos en el que los personajes nos hablan de soledad, del paso del tiempo, de inadaptados y seres perdidos en un tiempo demasiado fútil, superficial y vacío. El relato arranca con una primera carta ambientada entre Berlín y Madrid, donde un hombre con una severa crisis de identidad, que desprecia la sociedad de consumo, realiza un viaje personal para encontrar aquello que le dé sentido a su existencia, acabando en el monasterio del Valle de los Caídos, para encontrarse con la religión y aflorar su fe. Todo contado en un formato de 4/3, en película de 16 mm, y en un blanco y negro apagado y plagado de sombras, y un marco que incluye momentos del cine mudo con sus intertítulos y otros dialogados. La segunda carta protagonizada por Joe Dallesandro, mítico actor de Morrisey, que relata en off su relación con las drogas, mientras observamos a algunos yonquis frecuentando parques de skaters y espacios urbanos deteriorados, en esos espacios que tanto le interesaban a Morrisey.

La tercera carta la protagoniza una actriz de Chelsea Girls venida a menos, que recuerda mucho la sombra que perseguía a Norma Desmond, aquella vieja actriz de Sunset Boulevard, que existía de recuerdos lejanos. Una actriz que sigue soñando con su vuelta a la interpretación mientras se prepara físicamente, oculta sus arrugas con maquillaje, y pasa noches apasionadas con hombres mecánicos, con la misma atmósfera de una ciudad estadounidense evaporada por el polvo y el paso del tiempo, anclada en un pasado ficticio, donde todo brillaba, que parece vivir en el interior de la actriz, recordando lo que fue y probablemente, jamás volverá, haciendo clara alusión al cine de Morrissey, a todos aquellos intérpretes y técnicos que se olvidaron. La cuarta carta, quizás la más transgresora y rompedora por su forma, dirigida por Benzal, no sitúa en un relato mudo y el universo vampírico, donde dos amantes se ven imposibilitados a estar juntos y todo aquello que intentan resulta completamente infructuoso. Y finalmente, la misiva que cierra la película, recupera el cortometraje Hoissuru (2017) que da nombre al extraño sonido que atormenta a la joven japonesa protagonista, que encontrará en el azar en forma de una amiga la resolución de sus problemas, en un relato que nos habla de amor lésbico, en la que dos mujeres necesitan de su amor para ayudarse y resolver sus enfermedades y traumas.

La luz velada y llena de sombras de Eduardo Biurrun, que asombra por su belleza espectral e inquietante, así como el preciso y perverso montaje del propio Rovira, que combina la pausa con el frenesí, acompañado de la música de fantasía y perturbadora obra de The Youth, y el brutal trabajo con el sonido obra de Jesús Llata, capturando todos esos enigmas que esconde la película,  acaban dotando a la película de múltiples capas y formas que nos perturban y conmueven a partes iguales. Rovira ha construido una obra insólita y radicalmente innovadora, diferente y atemporal, en el que homenajea el universo de Paul Morrissey, y por ende, a todos esos creadores vanguardistas, transgresores y radicales que encontraron en el cine y sus infinitas formas de expresión, una forma de reivindicar otro cine y además, protestar contra el stablisment. El director barcelonés hace gala de una mirada escrutadora y brillante, manejando las formas cinematográficas a su antojo, creando mundos y submundos, a través de una mirada muy personal, profunda e íntima, creando cinco relatos, todos muy diferentes entre ellos, pero con nexos comunes en los que nos habla de crisis de identidad, soledades que no encuentran consuelo, de drogas, sexo, amor, de seres diferentes, complejos y pertenecientes a submundos que habitan en este, pero parecen de otros universos, invisibles y ajenos al que conocemos.

La fuerza expresiva y enigmática de Rovira nos sumerge en ese mundo real o no, abstracto y lleno de excentricidades y contradicciones, atreviéndose a introducir elementos de diferente naturaleza pero que acaban fusionándose con sus historias de manera natural y sincera, como las canciones de amor arrebatado de Françoise Hardy, la literatura feminista de Simone de Beauvouir o el universo plagado de sombras y espectros que habitan en la citada Sunset Boulevard, conformando un puzle magnífico e intenso en un relato dividió en cinco piezas, en cinco formas de mirar, acercarse, recuperar y recordar el universo Morrisey, un mundo que fue creado para romper las normas de lo establecido, a crear obras que relatasen unos submundos que el cine convencional ocultaba, creando películas con carácter, libres y alejadas de convencionalismos y prejuicios, y manifestando su brutal rechazo a una sociedad de consumo vacía, estúpida y a la deriva. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Irene Moray

Entrevista a Irene Moray, directora de la película “Suc de Síndria”. El encuentro tuvo lugar el lunes 28 de octubre de 2019 en la vivienda de la directora.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Irene Moray, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Las niñas bien, de Alejandra Márquez Abella

SE ACABÓ EL PASTEL.

“Los cubiertos de plata. El gran Magnier. Las copas de vino blanco. No me convencen los alcatraces, quiero que me los cambien por tulipanes. Le pido a Mari que le pegue sesenta veces al pulpo porque si no queda duro y es una tristeza. Hay una mariposa negra en la pared de la sala. El jardinero me dice que hay que dejar que se salga sola si no es de mala suerte. Es mi fiesta de cumpleaños. Traigo el vestido marfil que me compré en Nueva York. La casa está preciosa. Llena de gente. Todos me miran. Entre los invitados está Julio Iglesias, se me acerca, me dice que me ama, me toma la mano, me lleva con él a España y vivimos en El Corte Inglés”.

La protagonista de la película se llama Sofía de Garay, casada con un heredero acaudalado y madre de tres hijos pequeños. Sofía es la perfecta anfitriona, ambiciosa, altiva, soberbia y obsesionada con las apariencias y los bienes materiales y la imagen personal. Su vida se reduce a contentar a su marido, ordenar a su servicio, jugar al tenis en el club con sus amigas, asistir a eventos sociales y sobre todo, comprar con el dinero del marido, cuidando al detalle en la burbuja que habita.

Un día, la crisis económica estalla en el México de 1982, encendiendo la mecha de que todo ese mundo de Sofía de Garay tiene los días contados, ha empezado a desmoronarse, pero Sofía seguirá aparentando tranquilidad y paz ante sus conocidas, como si nada estuviera pasando, como si todo su universo quedase intacto ante los problemas económicos. Después de Semana santa (2015) primer largo de Alejandra Márquez Abella (San Luis Potosí, México, 1982) en el que retrataba un viaje familiar que sacaba a la luz tantos secretos reprimidos, que tuvo un gran recorrido internacional, vuelve a la dirección con Las niñas bien, basada en la novela homónima de Guadalupe Loaeza, en la que se lanza al convulso año 1982 para contarnos a modo de crónica social y personal la decadencia de una señora de altos vuelos, contando al detalle las miserias de una clase pudiente mexicana autodestructiva y derrochadora, que ve impotente desmoronarse su castillo de marfil, con un marido inmaduro y cobarde en pleno colapso mental y físico, y unos hijos que empiezan a hacer demasiadas preguntas incómodas con las que Sofía nunca llegó a imaginar.

La directora mexicana nos cuenta su película a través de la mirada de Sofía de Garay, una de esas señoronas insoportables y superficiales que tanto habitan en esos espacios de riqueza abundante y poco más. Una mujer que cuida todos los detalles superfluos y aparentes que tanto se valoran en su mundo, en ese universo alejado de la realidad, ajeno a todos los problemas, o quizás no tanto, como demostrarán los acontecimientos que Sofía se niega a ver, a continuar con su mentira cuando la realidad comienza a ser devastadora. Ese mundo de cuento, de pétalos de rosas, música romántica y champán, al ritmo de la música de Julio Iglesias, con el que Sofía fantasea con una vida al lado del cantante y viviendo en hoteles de lujo, caviar y en El Corte Inglés. La estética naif y pop alimentan el mundo de Sofía, y le quitan amargura y oscuridad a la película, llevándola a ese terreno donde los personajes resultan caricaturas de sí mismas y constantemente el relato cuida los detalles para no caer en la burda crítica o el ensañamiento gratuito, sino describiendo con precisión quirúrgica y aplomo los distintos movimientos y conflictos en los que se va encontrando la caída sin remedio del mundo de Sofía.

Una actriz elegante, inmensa y cercana como Ilse Salas era la guinda del pastel, llevándonos con esa naturalidad que nos sobrepasa, conduciéndonos desde el primer instante, como ese espectacular arranque con esa voz en off, la peluquería y la descripción de los detalles de la fiesta, así como sus movimientos y su forma de mirar a esos invitados que tanto odia, pero a la vez, tanto necesita para seguir reinando en su trono. Márquez Abella ha conseguido hilvanar una película grandiosa a partir de los pequeños detalles, de aquellos que son imperceptibles para el espectador, creando ese universo de apariencias, superficialidad y de vacíos, peor haciéndolo con elegancia, clase y sobriedad, sin convertir a sus personajes en meras figuras, sino yendo mucho más allá y describiendo con valentía y profundidad todo ese mundo clasista que tanto ha vivido en México, y desgraciadamente, en tantos otros países, donde viven ajenos a toda la realidad social, y es de agradecer que la película retrate a una mujer y su reino de cristal romperse, desmoronarse y caerse sin remedio, y cómo la va afectando y lo que trata de mentir y falsear en su círculo social, haciendo creer lo inevitable, agarrándose a la última puerta lujosa aunque ya no quede ni rastro material de la vida que tuvo y sobre todo, de ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA