Les dues nits d’ahir, de Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena

LOS QUE SE QUEDAN.

“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos”.

Carlos Fuentes.

Películas como Les amigues de l’Àgata (2015), de Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen, Júlia ist (2017), de Elena Martin, Yo la busco (2018), de Sara Gutiérrez Galve, Ojos negros (2019), de Marta Lallana e Ivet Castelo y Les perseides (2019), de Alberto Dexeus e Ànnia Gabarró, tienen en común que son proyectos surgidas del grado de comunicación audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, tutorizadas por nombres tan importantes de nuestro cine como Gonzalo de Lucas, Javier Rebollo, Jonás Trueba, Carla Simón, entre otros. Un cine que habla de personas jóvenes que oscilan entre los 20 y 30 años de edad, con temas que rondan sobre la muerte, el amor, la pérdida, la amistad, la memoria, entre otros temas, y sobre todo, es un cine que capta la vida en toda su plenitud, su negrura, su vitalidad y su dolor. Cinco películas a las que se añade una más de esta maravillosa cantera de talento y trabajo de la UPF, con el inquietante y atractivo título de Les dues nits d’ahir, un trabajo de guerrilla, sin pasta, con audacia y resistencia, que firman Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena, igual de jóvenes que su terna de protagonistas, los Eric, Ona y Marcel, que ya evidencian ese estado de nervios y excitación que muestran en el febril arranque de la película, cuando sustraen las cenizas de Pol, el amigo que acaba de fallecer.

A partir de ese instante, y con la complicidad de la noche, las tres almas en pena se lanzan a vivir un itinerario hacia la nada, o mejor dicho, hacia ninguna parte, sin rumbo fijo, simplemente una huida para soportar el dolor o simplemente, para ocultarlo o quizás, para darle esquinazo, una forma de digerir el conflicto generando una partida entre colegas para olvidarse por unas horas o unos días de ese dolor inmenso por la pérdida del amigo fallecido. La cámara y esa luz sombría, firmada por Ignasi Àvila Padró, también surgido de la UPF, se convierte en una piel más, en una segunda textura de ellos mismos, capturando toda esa huida, o ese camino sin retorno, como unos fugitivos huyendo de ellos mismos, de su propio dolor y tristeza, intentando despedir al amigo ausente o simplemente, compartiendo unas noches con la esperanza de que aquello que tanto duele, duela menos. Acompañados de un montaje obra de Carlos Murcia Sánchez, muy fragmentado y cortante, que nos sitúa en el centro de todo, entre los personajes, viviendo intensamente su escapada o su deambular casi espectral, convertidos en una especie de zombies, de seres que quieren recordar y a la vez soportar tanta desazón, metiéndose en muchos líos y conflictos, tanto entre ellos, como con alguno que otra persona que se van encontrando por su no camino.

Personajes descontrolados, fumados, rabiosos, perdidos y a la deriva, con sus traumas interiores y enfrentados entre sí y contra los otros, que caen bien y mal, y a veces, ni sabemos cómo o porque actúan de tal o aquella manera, sometidos a un duelo que deben compartir, soportar y lidiar con él. Tres excelentes intérpretes tan jóvenes como sus directores, que saben encauzar todo esa montaña rusa de emociones y conflictos que están sintiendo, bien compuestos y sobre todo, una forma de transmitirlos muy natural y realista, encabezados por Arnau Comas Quirante que da vida a Eric, el más colega del fallecido, el que más se culpabiliza de su muerte, y el más visceral y animal de los tres, después esta Judit Cortina Vila que es Ona, la mujer del grupo, la que tuvo una relación más íntima con Pol, y también se machaca por su falta de sinceridad, y finalmente, Oriol Llobet Avellaneda que interpreta a Marcel, el más ausente, el más isla del grupo, el que tiene una relación más distante con todos, quizás por eso ahora se siente mal por la pérdida irreversible.

Les dues nits d’ahir esta ciertamente emparentada con El camí més llarg per tornar a casa (2014), de Sergi Pérez, otra cinta de guerrilla y en los márgenes, con un tipo a la deriva, igual que los tres protagonistas, incapaz de asumir la pérdida y el dolor, con toda su opresión y devastación. El tándem que forman  Cruanyes Garrel y Vidal Barrena, atentos a estos nombres que darán que hablar si la suerte y la industria les acompaña. Dos veinteañeros que han construido una película desde lo más profundo, mostrando todo ese mar de conflictos y de dudas por las que pasan las personas cuando perdemos a un ser querido, fijándose en los que se quedan, en los que deben despedirse del ausente, con todo lo que eso conlleva, que no es nada fácil, que comporta asumir la pérdida y sobre todo, el dolor que rasga el alma, quizás junto a los colegas de siempre, la cosa se hace más llevadera, pero pasar hay que pasar por todo, con la culpa que arrastramos y demás, y soportarlo, porque no queda otra, y de esa manera aprender a vivir con esa ausencia, que ahora martiriza y paraliza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crash, de David Cronenberg

LOS DEMONIOS Y LA CARNE.

“Las marcas triangulares del coche se habían formado con la muerte de una criatura anónima, de identidad desvanecida, inscrita abstractamente en la geometría del vehículo. ¿Cuánto más misteriosas podían ser nuestras propias muertes, y las de los afamados y poderosos?”

J. G. Ballard de la novela “Crash”

El término “ballardiano” es recogido por el diccionario Collins bajo la siguiente definición “una modernidad distópica, un paisajismo inhóspito creado por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o medioambiental”. J. G. Ballard (1930-2009), describió de forma intensa y profunda los males del ser humano moderno ante una sociedad superficial, consumista y aterradora que, eliminaba el humanismo para abrazar como un salto al abismo la superficialidad y lo material como síntoma de poder, ambición y locura. Un universo peculiar, muy personal y alejado de convencionalismos, modas y demás estupideces, en títulos como La exhibición de las atrocidades, Rascacielos, Hola, América o Noches de cocaína, entre muchas otras.

Los mundos distópicos demasiado “reales” del genial novelista británico que profundiza de manera extraordinaria en todos los males de nuestra sociedad. Universos no muy alejados de los que filma David Cronenberg (Toronto, Canadá, 1943), que en su primera etapa despachó títulos como Crimes of the Future (1970), Vinieron de dentro de… (1975), Rabia (1975), Scanners (1980), o Videodrome (1983), donde implantaba los elementos que han definido su filmografía, la llamada “nueva carne”, en la que retrata de forma admirable los miedos humanos, tanto los cambios físicos y psicológicos ante la transformación física y la infección, en el que se desvanecen los límites entre lo mecánico y lo orgánico, moviéndose en dramas con tintes de terror, ciencia-ficción y el fantástico, dentro de una cotidianidad de horror. Cronenberg ha adaptado autores tan relevantes como Burroughs, King, DeLillo, entre otros. En 1996 adapta “Crash”, novela de Ballard publicada en 1972 (que tuvo una adaptación televisiva protagoniza pro el propio autor), poniendo en imágenes un relato muy oscuro y tremendamente físico y psicológico.

En Crash nos tropezamos con James Ballard, alter ego del propio autor, dedicado a la dirección televisiva, casado con Catherine, que han basado su relación en el sexo como principal estructura, un sexo liberal entre ellos y con otros. Después de un accidente automovilístico, Ballard entra en contacto con Helen Remington y entre los dos nace una atracción mutua a través del sexo y los coches. Más tarde, entrará en juego Vaughan, un tipo apasionado de los accidentes de coches, que además de escenificar accidentes históricos de grandes estrellas del cine clásico, su vida gira en torno a los accidentes, las cicatrices y el sexo, al igual que Gabrielle, una amiga que lleva una prótesis debido a un accidente. Veinticinco años después, Crash  sigue manteniendo su vigencia, quizás las psicopatías siguen igual o incluso más de acentuadas, retratando una serie de personajes abocadaos al constante peligro, en un viaje a las profundidades del alma, a su parte más oscura, más horrible, a aquello que nos negamos a admitir, a lo prohibido, a nuestras pulsiones sexuales, las más ocultas, las que no queremos desvelar.

Cronenberg se acompaña de los cómplices más cercanos como el cinematógrafo Peter Suschitzsky, el editor Ronald Sanders y el músico Howard Shore, la película nos sumerge en un mundo de poder y ambición, donde el automóvil como objeto de posición social se ha convertido en una metáfora del sexo más sucio, más animal y más pueril, donde ya no existen fronteras entre lo real y lo soñado, donde la vida carece de sentido sino es una existencia de constante peligro, donde la muerte bordea a cada instante, donde cada cicatriz y herida se convierte en una pulsión sexual, en una marca más de ese desenfreno alucinatorio y autodestructivo por el que se mueven estas criaturas atrapadas en su sexualidad y en sus objetos mecánicos, en unos automóviles que se funden en falos y vaginas, expuestas y dispuestas para ir más allá, sin pausa, a velocidad vertiginosa, donde velocidad, o lo que es lo mismo, el peligro de morir, deviene la única forma de soportar y llenar ese vacío de vidas opulentas, sí, donde falta tanto a nivel interior. Con un reparto heterodoxo y nada comercial con un James Spader en la piel del atribulado y frío Ballard, la escenificación del tipo que se adentra en la oscuridad, en su propia oscuridad, sin miedo, como si la cosa no fuese con él, pero con la determinación de que no hay marcha atrás, Deborah Kara Unger como su esposa, su amante y la compañera perfecta que también se lanza al abismo para aceptarse y descubrirse a través del sexo y lo prohibido, Holly Hunter como la Dra. Helen Remington, también abocada a la locura sexual, a ir más allá, a olvidarse de los convencionalismos y dejarse arrastrar por el sexo más superficial y la morbosidad.

Y los dos personajes más siniestros, dementes y robotizados de la película como el que hace Rosanna Arquette como Gabrielle, con esa aparatosa prótesis que le cubre las dos piernas y la profunda cicatriz que le cubre media extremidad, uno de esos personajes reservados que tanto le gustan al cineasta canadiense, ya que tiene todo aquello que le interesa, la sexualidad de un ser casi autómata, donde cada movimiento y gemido duele e hiere. Y finalmente, Elias Koteas da vida al siniestro Vaughan, un tipo que ha ido más lejos que nadie, su escenificación de los accidentes es toda una declaración de principios de un personaje psicópata convertido en la figura de macho alfa, de un tótem sexual, donde su cuerpo y todo su ser emanan sexualidad y velocidad, una especie de gurú de esta peculiar aquelarre de sexo, automóviles y muerte. El binomio Ballard-Cronenberg sigue levantándonos de la butaca, incomodándonos, martirizando nuestras pesadillas y pulsiones, y sobre todo, mostrando la oscuridad más profunda y siniestra de lo que somos, de todo aquello que nos autocensuramos, de todos nuestros miedos, de nuestros deseos, pasiones, y nuestra sexualidad, tan llena de tabúes, prejuicios y convencionalismos. Crash  se mueve entre todo lo diferente, todo aquello no aceptado por una sociedad llena de miseria moral tanto a nivel físico como emocional, en un retrato sobre la vida y la muerte, la eterna lucha entre eros y tánatos, entre nuestra existencia aceptada y todos esos infernos que habitan en nuestro interior y gritan sin cesar para salir al exterior y escenificarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

2020, de Hernán Zin

EL LADO HUMANO DE LA TRAGEDIA.

“Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino cuando la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”.

Gabriel García Márquez

El sábado 14 de marzo de 2020, con el anuncio del gobierno del “Estado de alarma”, arrancaron unos meses de incertidumbre y auténtico terror en el país. Mientras todos estábamos confinados en casa, la vida continuaba, y muchos trabajadores luchaban incansablemente contra la pandemia del Covid-19, un virus contagioso que se propagaba por el mundo a velocidad de crucero, dejando en su recorrido millones de enfermos y cientos de miles de fallecidos. El director Hernán Zin (Buenos Aires, Argentina, 1971), con experiencia de más de una década como camarógrafo de guerra y documentalista, con trabajos sobre derechos humanos y países en guerra como en Nacido en Gaza (2014) y Nacido en Siria (2016), donde niños nos explican su terrible cotidianidad, y Morir para contar (2017), en el que dio voz a los periodistas de guerra, como él, contando sus experiencias y traumas.

Ahora nos llega 2020, en la que Zin y su reducido equipo, se han sumergido en Madrid, el epicentro de la tragedia, en las entrañas de la pandemia y en la primera ola de contagios, documentando el lado humano de la tragedia, en los profesionales que diariamente batallaban para salvar vidas. La película narra en un tono realista e íntimo, todo lo que se ha vivido en los espacios del Covid-19, lugares como hospitales, residencias, funerarias y cementerios, calles vacías, y cómo los familiares de enfermos o fallecidos han vivido ese tiempo. El director bonaerense captura la vida y el trabajo de tantas personas implicadas en el proceso, mientras las escuchamos, en las que nos cuentan sus reflexiones, miedos e inseguridades, todo lo vivido, todo lo experimentado, y lo hacen de frente, relatándonos toda la vida y la muerte que vivieron, que lucharon y sintieron. 2020, no es un documental que muestra heroicidades ni nada semejante, huye de toda esa idea romántica de la batalla contra la pandemia, mostrando todo su humanismo y crudeza, toda la miseria, pero sin caer nunca en el tremendismo o lo sentimental, hay sensibilidad, como no podía ser de otra manera, pero bien entendida, aquella que nos hace conmovernos y provoca reflexión. La cinta captura toda la verdad y realidad vivida y experimentada, o al menos, una parte de esa realidad que tantos vivieron en la primera línea de la enfermedad.

La mirada de Zin nos habla de humanidad, de trabajo extenuante, de organización cuando reinaba el caos, y faltaban herramientas y utensilios para trabajar, de personas que trabajaban con lo que disponían para salvar vidas. El director, afincado en Madrid, construye un complejo y crudo retrato-caleidoscopio, en el que filma con respeto y sobriedad, como demuestra en el encuadre que abre la película, llenando la pantalla de diversas vidas y experiencias de profesionales sanitarios, empleados de funerarias, fuerzas del orden, familiares de residentes, y un largo etcétera. Un grupo humano que trabaja y siente todo lo que experimenta, que explican sin tapujos la dureza de un virus muy fuerte y aniquilador, que ha destapado las miserias de una sociedad demasiado preocupada por el éxito individual y en lo económico, que desprecia la parte humana, y sobre todo, lo colectivo, partes esenciales que nos están salvando de esa tragedia, una tragedia que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. Zin y su equipo nos muestran el cuaderno diario de esos dos primeros meses, imágenes espeluznantes que tardarán en marcharse de nuestra memoria colectiva, cuando se amontonaban los fallecidos, con las enormes dificultades que vivieron los sanitarios, el inmenso pabellón de feria de Ifema convertido en hospital, las hileras de ataúdes, el trabajo a destajo de los enterradores, las tristes y solitarias despedidas de los familiares a sus difuntos, las terribles consecuencias en las residencias con tantos mayores fallecidos, y muchas más derrotas que ha provocado el dañino virus.

El director argentino y su equipo, se han convertido en uno más, en esa mirada de complicidad que tanto necesitaban los profesionales, sintiendo ese amor que en estos momentos trágicos necesitaban. Una película construida sobre la memoria de ese tiempo, un tiempo que jamás habíamos vivido, un tiempo en que, cuando la vida se había detenido, otros seguían con sus vidas, y sobre todo, con sus trabajos, luchando contra la pandemia, siendo testigos de la magnitud de la tragedia, siendo testigos de tanta fatalidad. La película reivindica el trabajo de estos profesionales, y lo hace desde la honestidad y la sencillez, mostrando su trabajo y su lado humano, porque como ha demostrado la pandemia, es de vital necesidad para la vida la gestión pública, y el inmenso trabajo de tantos profesionales que, sobre todo, necesitan más y mejores recursos para seguir trabajando en mejores condiciones laborales, porque si queremos una sociedad justa e igualitaria, hay que seguir trabajando para eliminar tantas desigualdades, para estar mejor preparados para la próxima vez que lo necesitemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/479792841″>Tr&aacute;iler 2020 documental Hern&aacute;n Zin</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El viaje más largo, de Manuel H. Martín

LA CONQUISTA DEL MUNDO.

“Todo  lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.”

Julio Verne

Con la llegada de occidente al “Nuevo Mundo”, cuando las naves de Cristóbal Colón alcanzaron América en 1492, las coronas portuguesas y españolas, las dos más potentes del mundo por aquel entonces, se lanzaron a la conquista por mar del mundo, y con la firma del Tratado de Tordesillas en 1494, se repartían el océano Atlántico como una forma de mantener la paz entre las dos potencias. Colón había encontrado oro en sus viajes, pero no especias, auténtico oro para el comercio internacional, y los españoles no querían bordear África para llegar a Asia, donde estaban las Islas Molucas, las islas de las especies, ubicada en el archipiélago de Indonesia, sino abrir una nueva ruta por América del Sur, donde se creía que había un estrecho por el que cruzar. Idea que vino de la mano de Fernando de Magallanes en 1518. El marino portugués le propuso al rey Carlos I la travesía que abriría un nuevo camino para conseguir especies y así, evitar el conflicto con los portugueses. La expedición zarpó del puerto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), el 10 de agosto de 1519, con cinco naos, y 239 hombres. Volvió, más de tres años después, el 6 de septiembre de 1522, con solo 17 supervivientes, capitaneados por Juan Sebastián Elcano, siendo la primera embarcación conocida que dio la vuelta al mundo.

El director Manuel H. Martín (Huelva, 1980), conocido por sus trabajos documentales como 30 años de oscuridad (2011), en el que rescataba la triste historia de Manuel Mijas, que estuvo oculto en su casa durante treinta y años, escondido de los franquistas. Le siguió La vida en llamas (2015), sobre la cotidianidad de tres bomberos en su lucha contra el fuego. Ahora, y con un guión que firman Antonio Fernández-Torres y el propio director, nos llega El viaje más largo, que no solo retrata la odisea de un viaje lleno de peligros, de hambre, muerte, miedo, aventura, de los marinos Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, sino que se centra en la cotidianidad del larguísimo viaje, a través de lo humano, de los más de doscientos hombres que zarparon de Cádiz, y los pocos 17 supervivientes que volvieron tres años después. Y lo hace, siguiendo el mismo patrón que con 30 años de oscuridad, con la ayuda de entrevistas a historiadores, científicos y militares, que nos van explicando los vivencias diarias del viaje, con todo lujo de detalles, contextualizando la época, explorando las diferentes personalidades de los marinos, las disputas entre ellos, los conflictos a los que se enfrentaron por lo desconocido de la travesía y las tremendas dificultades a las que se tuvieron que enfrentar.

También, hay material de archivo, y nuevamente, se vuelve a recurrir a escenas animadas para mostrar la realidad que vivieron estos hombres de hace 500 años. La película hace una analogía entre aquella expedición pro conquistar el mundo con la conquista del espacio, cuando el hombre llegó a la luna hace medio siglo, mostrándonos el afán del ser humano por abrir nuevos horizontes, derribar fronteras y llegar más lejos si cabe para seguir imaginando, explorando y descubriendo los límites de la tierra y el universo. La película es didáctica, entretenida y magnífica, porque deja el romanticismo de la aventura, para contarnos una odisea por el infierno, donde las tripulaciones tuvieron que soportar cientos de calamidades, hablándonos con profundidad de la psicología humana, del miedo y el peligro al que se enfrentaban, y sobre todo, pone en cuestión, como explica alguna de las personas entrevistadas, si valió la pena tanta muerte y terror para conseguir realizar el viaje.

Un relato en el que se mezclan la aventura hacia lo desconocido, en un tiempo donde la gloria y el honor se ganaban en el mar, en expediciones suicidas que muchas fracasaban, la convivencia, el thriller, la tragedia, en un descenso a los infiernos como retrató Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, donde hombres en busca de aventura y nuevas tierras, se enfrentaron a lo más oscuro y profundo del alma humana, y es ahí donde la película muestra todo su potencial, sumergiéndonos en la tragedia que vivieron estos marinos, nombres desconocidos en su mayoría, que perdieron su vida, por el afán oscuro de muchos que creyeron en su idea y la llevaron a cabo, sin tener en cuenta las terribles consecuencias a las que se enfrentarían. H. Martín vuelve a asombrarnos con un retrato humanista, profundo y esencial, ejecutado con brillantez, en el que hay historia, y una reivindicación a todos aquellos a los que nadie escribe su historia, no solo para conocer la historia de nuestro país, y aquel viaje que cambió la humanidad, sino para mostrarnos la realidad que esconde la gloría y la propia historia, la de tantos hombres y mujeres olvidados por el relato oficial, y yacen ocultos en las marañas del tiempo y el olvido, que también forman parte de ese rostro menos conocido, pero igual de importante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/473329934″>EL VIAJE M&Aacute;S LARGO – TRAILER – ES</a> from <a href=”https://vimeo.com/laclaquetapc”>La Claqueta PC</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

No matarás, de David Victori

UNA PUTA PESADILLA.

“No puedes cambiar todo en una noche pero una noche puede cambiar todo”.

John Updike

Dani es un treintañero con una vida dedicada exclusivamente a cuidar de su padre enfermo. Cuando su padre muere, Dani vuelve a su trabajo como vendedor de viajes, y su quehacer cotidiano, sombrío, y sin sobresaltos de ningún tipo. Pero, una noche todo cambia, porque conoce a la inquietante Mila, una joven atractiva y enigmática, con la que Dani se deja enredar y la acompaña, hasta llegar a su apartamento donde se lían. En ese momento, aparece un invitado inesperado que cambiará todo el panorama, sobre todo, la existencia de Dani. Segundo largometraje de David Victori (Barcelona, 1982), después de El pacto, de hace un par de años, en la que nos conducía por un acuerdo con el maligno de una mujer, la siempre interesante Belén Rueda, para salvar la vida de su hija enferma. En No matarás, Victori se aleja del efectismo de su primera película, para adentrarse por otros derroteros, centrándose en una noche, la noche que Dani vivirá una auténtica pesadilla, en la que se irá metiendo en la boca del lobo, y deberá esforzarse mucho para salir con vida.

Filmada con cámara en mano y largos planos secuencias, para transmitir el nerviosismo y el agobio que sufre Dani durante la noche, en la que seguimos sin descanso al personaje por su travesía por el infierno, en esa Barcelona nocturna, una Barcelona de sombras inquietantes, oscuros apartamentos, callejones sucios y malolientes, y calles llenas de problemas para Dani, una Barcelona muy alejada del turismo, del escaparate, capturada por la cámara de forma intensa y llena de energía. Siguiendo una estructura parecida a After Hours, de Scorsese, donde el protagonista se ve inmerso en una pesadilla, donde va conociendo personajes extraños en una noche que parece no tener fin, ni salvación, algo parecido le ocurre al personaje de Dani, con esas llamadas SOS a su hermana, con esa especie de huida hacia no se sabe dónde, como cuando se topa con la policía, o sus idas y venidas recorriendo algunos lugares de esa noche infernal, donde un hombre bueno y sencillo se ve inmerso en una noche de locura, miedo y muerte, donde su oscura existencia, se pone en el ojo del huracán, como si el mal lo siguiera y lo hubiera puesto en liza, sin pretenderlo, ni buscarlo.

Victori vuelve a contar en la escritura con Jordi Vallejo (que ya estuvo en El pacto), y Clara Viola (que coescribió Zero, cortometraje con la que el director ganó el concurso internacional de Ridley Scott), en la cinematografía encontramos a Elías M. Félix, que hizo lo propio en El pacto, ahora envuelto en un trabajo más inmersivo, brutal y lleno de dificultades, y finalmente, un nuevo fichaje, el de Alberto Gutiérrez en la edición (colaborador de Dani de la Orden, o los Javis), en un estupendo trabajo para conseguir el ritmo que tanto le obsesiona a Victori, en un thriller psicológico de aquí y ahora, que podría desatarse en cualquier noche, en una de esas noches que parece que va a ser tranquila, como tantas otras, sin nada que hacer, comiéndose otra hamburguesa en el bar de siempre, pero, quizás, no, y esa chica que se acerca pidiendo que se le pague la comida porque ha olvidado su dinero, pueda ser el detonante para que todo cambie, algo tan sencillo como una mujer que se nos acerca, una mujer rara pero atractiva, alguien desconocido al que seguimos sin más, solo para pasar un buen rato, o no.

El director barcelonés consigue una película excelente, llena de tensión y terror, que no decae en ningún instante, que nos va devorando, y sumergiéndonos en esa puta pesadilla sin descanso, sin tregua, hundidos en esa hipérbole del demonio, en el que sobrevivir es solo cuestión de suerte, y sobre todo, de astucia y no tener miedo, porque las amenazas son constantes y muy peligrosas, donde la vida pende de un hilo, donde no hay más ayuda que la de tu voluntad y no tener miedo. Una película basada en el texto, condicionada por el aquí y ahora, y centrada en la noche, necesitaba un reparto bien engrasado y que brillará, para conseguir esa naturalidad, intensidad y sobriedad que necesitan los personajes, con un Mario Casas desatado y muy creíble, dando vida a Dani, ese tipo apocado, de vida rutinaria, que se verá inmerso en una noche llena de peligros y angustiosa, recordándonos en cada nuevo trabajo, que aquel chico que enamoraba a las chicas pasó a mejor vida, y de unos años ahora, su carrera se ha convertido en un nuevo reto a cada película que interpreta, consiguiendo roles auténticos, potentes y complejos.

El resto del reparto también luce con seriedad y convicción, arrancando con la debutante Milena Smit que interpreta a Mila, esa chica fascinante y peligrosa a la vez, que conducirá a Dani a lo más oscuro, demostrando una naturalidad y magnetismo sorprendentes, convirtiéndose en otro acierto en la película, caminando por esa línea tan delgada entre la vida y la muerte. En roles más pequeños, pero también, interesantes, destacan las presencias de Elisabeth Larena como la hermana de Dani, ese vínculo que le ayuda a dejar lo de atrás y atreverse a vivir, y la de Ray, que hace Fernando Valdivielso, en un rol muy inquietante. Victori consigue lo que se propone, en un relato directo, sin concesiones y de frente, sin titubeos ni atajos, solo de cara, en un viaje a lo más oscuro e inquietante de la noche, sus figuras y sus sombras, en un film de grandísima altura, que no dejará a nadie indiferente, que te atará a la butaca, y sufrirás de lo lindo, siguiendo a un personaje metido en un pozo de maldad y sangre sin buscarlo, o quizás sí, quizás un no a tiempo siempre es importante, y sobre todo, vital. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez, director de la película “Una ventana al mar”, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Ángel Jiménez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Gaizka Ugarte

Entrevista a Gaizka Ugarte, actor de la película “Una ventana al mar”, de Miguel Ángel Jiménez, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gaizka Ugarte, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Una ventana al mar, de Miguel Ángel Jiménez

MARÍA SE ATREVE A VIVIR.

“La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”.

George Santayana

María tiene cincuenta y cinco años, trabaja de funcionaria en Bilbao, donde vive, se pasa los días ausente y ensimismada en todo aquello que podría haber sido y nunca será. Sus fieles amigas, su hijo y sus nietos pequeños llenan algo de ese vacío que siente. Toda su vida se pone patas arriba, cuando le diagnostican cáncer, hecho que no le impide viajar a Grecia con sus amigas. Bajo esa premisa sencilla, la película sigue el recorrido emocional de una persona que, la vida, como tantos otros, ha pasado por encima, como si no fuera con ellos, incapaces de sentirla en toda su plenitud, de seguir peleándola, de no darse por vencido. El director Miguel Ángel Jiménez (Madrid, 1979), que habíamos conocido con Ori (2009), y Chaika (2012), dos cintas filmadas en antiguas repúblicas soviéticas, relatos duros y complejos, donde habitaban personajes con fuertes heridas emocionales, le siguió The Night Watchman. La mina (2016), rodada en EE.UU., bajo el atuendo de film independiente y de thriller psicológico.

Ahora, con Una ventana al mar, Jiménez realiza su película más personal e íntima, que nace de una experiencia real, y vuelve a contar con parte de su equipo técnico colaborador como Luis Moya, que escribe el guión, junto a Luis Gamboa y él mismo, la cinematografía de Gorka Gómez Andreu, la música de un grande como Pascal Gaigne, y el montaje de otro grande como el recientemente desaparecido Iván Aledo. Un equipo de primera división para contarnos la vida de María, que en su peor momento vital, decide soltar amarras y lanzarse al mar, pero dejando el oscuro y frío mar Cantábrico, y descubrir el luminoso y cálido mar Mediterráneo, cambiando el lluvioso Bilbao por la soleada isla de Nysiros, en Grecia, un lugar que emana paz, tranquilidad y descanso, y lo hará junto a Stefanos, un maduro marinero, de aspecto rudo, y de corazón enorme, que arrastra cicatrices, y pasa sus días pescando a bordo de su barco. El relato viaja tranquilo, se olvida de sobresaltos y argucias argumentales, para dejarnos tiempo para mirar, para sentir la isla griega, para seguir los pasos, cada vez más lentos, de María, alguien que ha decidido vivir, haciendo caso omiso a las advertencias de Imanol, ese hijo obstinado con la cura de su madre, alguien que no acepta, que se obceca en una pared sin puerta.

María ha tomado una decisión, el tiempo que le quede, quiere vivir, disfrutar la vida, sentirse bien y hacer lo posible para conseguirlo, dejándose llevar por el viento mediterráneo, por la vida apacible y serena que tiene Nysiros. La cinta de Jiménez habla sobre la vida, de su condición efímera, de disfrutar del aquí y el ahora, de aceptar la muerte, de no luchar cuando ya es inútil, de dejarse llevar por el viento y la luz, de bañarse en el mar desnuda, de sentir que no hay un mañana, de tomarse la enfermedad con dignidad y tranquilidad, de luchar por vivir, por sentir la vida en toda su plenitud, escuchando agradables canciones griegas que hablan del alma, de quiénes somos, olvidarse del tiempo, caminar por el pueblo, recorriéndolo y recorriéndonos a nosotros mismos, descubriéndonos a cada instante, a cada detalle, sabiendo que toda nuestra existencia puede concentrarse en un instante, y ese instante pasará, y quedaremos nosotros, o aquello que fuimos cuando ya no estemos.

Una película que habla sobre la muerte, peor a través de la vida, de la sensación única e incomparable de vivir, de sentir, de emocionarnos, de amar y ser amados, de comprender, y que nos comprendan, de hacer con nosotros mismos, todas aquellas cosas que nunca nos atrevimos, a veces por miedo, por falta de tiempo, o llevados por nuestro entorno y al vida que nos habíamos construido, que a la postre, no era nunca aquella con la que soñamos cuando éramos más jóvenes. La presencia de una grandísima Emma Suárez, dando vida a María, una actriz especialmente dotada por una magnética e hipnotizante mirada, que no le hace falta pronunciar una sola palabra, para transmitir todas las emociones que está sintiendo su personaje, como camina bajo la luna, y como se baña desnuda en el mar, o esos instantes donde se habla con su hijo, o esos otros, donde Stefanos y ella, sienten que la vida les ha brindado una oportunidad de estar bien, de disfrutar de la compañía y de sentir un amor puro, sereno y especial.

Akilar Karazisis da vida a Stefanos (actor que ha trabajado con cineastas tan importantes como Yorgos Lanthimos, entre otros), un intérprete que también mira con aplomo y sobriedad, ese compañero de viaje para María, la persona que aparecerá para conducirla por esa isla fascinante, no por su belleza, otras lo son más, sino por todos los sentimientos que une siente cuando la mira y al disfruta, y finalmente, Gaizka Ugarte es Imanol, el hijo de María, que también, necesitará su viaje personal para comprender la actitud de su madre y dejarla vivir. Miguel Ángel Jiménez ha construido una película brillante y llena de paz, como es la isla de Nysiros, como es la actitud de María, la compañía de Stefanos, como son las canciones de Mikel Balboa, un relato de llenos de silencios, de miradas, de gestos que se cogen al vuelo, de mirar al mar, de sentirlo, de dejarse llevar por su belleza, por su azul, por su sonido, descubriendo todos los tesoros que oculta y que tanto tiempo hemos esperado, sin saberlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Human Lost, de Fuminori Kizaki

MORIR PARA VIVIR.

“De hecho, ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre viene la resurrección de los muertos”

Corintios 15:21

La novela Indigno de ser humano, de Osamu Dazai (1909-1948) considerada una de las mejores obras desde su publicación en 1948, durante la terrible posguerra japonesa, nos remite, en un tono desolador y decrépito, el vacío del ser humano, la sociedad decadente y la occidentalización de Japón. Una obra de tales características ya había tenido varias adaptaciones en forma de anime, serie o película. Ahora, nos llega una nueva versión de la mano del guionista Tow Ubukata (uno de los escritores de la serie de Ghost in the Shell) y del director Fuminori Kizaki (Fukuoka, Japón, 1969), autor de series tan importantes como X-Men. Human Lost, el título elegido para la película, nos remite a los “Lost”, una transformación en monstruo que sufren los humanos cuando se desconectan de la red S.H.E.L.L., una red que junto a las nano máquinas han conseguido que el Japón del 2036 sea un mundo donde las personas alcanzan los 120 años tranquilamente, alejados de enfermedades y llenos de felicidad. Eso sí, esos avances científicos solo está reservado para las clases pudientes que pueden pagar los altísimos costes. A pocas semanas del aniversario que celebra tales hallazgos, surge la figura de Yôzô Oba, un ser deprimido que habita en una de las zonas más empobrecidas de la ciudad de Tokio.

Oba, junto a su amigo Takeichi, planean atacar la zona llamada “Inside” para acabar con las injusticias sociales de la red S.H.E.L.L., guiados por la mano de Masao Horiki, uno de los creadores de la red, pero ahora enemigo acérrimo de un sistema que quiere poseer. La operación no sale según lo previsto, y Oba pierde a su amigo, situación que lo lleva a experimentar una tristeza que lo lleva al suicidio, pero vuelve a la vida con una fuerza descomunal que utilizará para vengar a su amigo. También, surge la figura de Yoshiko Hiiragi, una superdotada, al igual que Oba, que trabaja para la red. Human Lost es una película de ciencia-ficción que toca el tema filosófico, y aboga por mostrar un mundo contaminado, caótico, y desolador, donde las clases dominantes siguen aumentado sus privilegios en todos los sentidos, a costa de una población adormecida, empobrecida y vacía, que sigue compitiendo unos contra otras por no se sabe muy quién para qué.

Quizás la película abandona demasiado pronto el discurso profundo para abrazar la acción como mejor arma, donde las batallas entre unos y otros se suceden, eso sí, creando unas inmejorables y apabullantes coreografías visuales, llenas de colorido, sonido y acrobacias a cual más imposible. La película tiene todos los ingredientes para convertirse en una nueva muestra de la ciencia-ficción profunda, oscura y magnífica animación japonesa, en sus retratos de esos futuros distópicos llenos de amargura y violencia como nos contaron la imprescindible Akira (1988), de Katsuhiro Otomo, auténtica revelación en este tipo de cine, o Ghost in the Shell (1995), de Mamoru Oshii. Dos obras imprescindibles para dejarse llevar por esos Tokios, en una estamos en 2019, y en otra, en 2029, donde tanto los Kaneda como la cyborg, se convierten en una especie de “elegidos”, únicos en su especie, como en el caso de Oba o Yoshiko, capaces de revertir un mundo que se cae en pedazos y huele a autodestrucción.

Human Lost, sin llegar a tener la excelencia de las citadas, se convierte en un fascinante y brutal compendio de imaginación visual extraordinaria y fascinante, con momentos donde describe con exactitud los objetivos de cada personaje, sus historias pasadas y esos futuros que perciben cada uno, en un macabro y laberíntico juego de identidades, transformaciones, tristezas y soledades, como la historia de amor amarga e imposible entre los protagonistas, o el instante, donde Oba debe caminar hacia su destino inevitable. Por el contrario, adolece de esos momentos de guión apresurado y extraño, donde nos perdemos con tantos datos técnicos y recovecos del relato. No obstante, Human Lost  es una película que hará las delicias de los amantes del género, que podrán comprobar cómo la maquinaria industrial del cine de animación japonesa sigue jugando en otra liga, con un altísimo nivel técnico y artístico, y porque no, a los menos amantes, a aquellos que quieren pasar un buen rato con su lenguaje visual y sus personajes atormentados y oscuros, una legión de ángeles caídos que no encuentran su lugar en el mundo,  y de paso, llevarse alguna reflexión sobre ese mundo distópico tan parecido al nuestro.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un blanco, blanco día, de Hlynur Pálmason

EL AMOR ES MÁS FRÍO QUE LA MUERTE.

“En los días en que todo es tan blanco que no se distingue entre el cielo y la tierra, los muertos pueden hablar a los vivos”

Anónimo

Dos imágenes. Dos planos secuencia inician el segundo trabajo de Hlynur Pálmason (Hornafjörour, Islandia, 1984). En la primera imagen, en movimiento, seguimos a un automóvil en una mañana nebulosa circulando por una carretera solitaria. En una curva, el vehículo de manera intencionada sigue recto y se despeña por un acantilado perdiéndolo de vista. En la segunda imagen, estática, igual de inquieta, somos testigos del paso del tiempo mientras miramos una casa, en la que no alteramos movimiento. Dos imágenes que a medida que avance el metraje, se irán revelando ante nosotros, destapando aquello que ocultan, aquello que será desvelado, que tendrá una importancia capital en el transcurso de la vida de los personajes. Si en Winter Brothers  (2017), Pálmason indagaba de forma sobria e íntima la tensa y difícil relación de dos hermanos que aparentemente trabajaban juntos, explorando de forma crítica la “falta de amor” entre ellos dos.

En Un blanco, blanco día, sigue investigando las relaciones personales tensas y dificultosas, tanto en el terreno familiar como en el social, pero a través de dos tiempos, el presente y el pasado. El presente, donde conocemos a Ingimundur, un policía retirado que vive entre los arreglos de la nueva casa para su hija, la casa que vimos en la segunda imagen que abre la película, los cuidados de su nieta, y las visitas al psicólogo para superar la muerte trágica de su esposa, el accidente de la primera imagen. Esa aparente cotidianidad en la que nos instala el director islandés, se ve trastocada con el descubrimiento de una caja donde la esposa fallecida guarda objetos personales y recuerdos. Entre esos recuerdos, Ingimundur se tropezará con unas fotos, unos libros y una cámara de video, objetos que ocultan una realidad de su esposa que el protagonista desconocía completamente. La realidad del policía retirado se agita de tal manera que, la vida sencilla y cotidiana de Ingimundur cambia radicalmente, obsesionándose con el pasado de su esposa para encontrar respuestas a muchas inquietudes que lo alteran considerablemente.

En ese instante, Pálmason cambia el tono pausado y relajado de su relato y nos adentra en esa violencia contenida que estallará en la realidad de Ingimundur, obsesionado con el amante de su esposa, en una cruzada personal y violenta por destapar una verdad que le tiene hipnotizado, situación que le enfrentará a sus antiguos compañeros, y a su propia familia, encerrándolo en ese viaje psicótico para resarcir ese pasado que, tanto le inquieta y abruma. El cineasta danés impone un ritmo in crescendo, arranca con esa pausa inquieta y oscura, como si esperásemos que esa violencia contenida explotará en cualquier instante, como sucedía en títulos-espejos como Perros de paja, Defensa  o Furtivos, grandes obras con esa atmósfera rural donde la violencia suavemente va dominando a los personajes y atrapándolos en una espiral sangrienta sin retorno, donde se va rebelando todo aquella rabia oculta que tienen los personajes y estalla cuando las circunstancias se vuelven muy adversas.

El director islandés coloca al actor Ingvar Eggert Sigurosson dando vida a Ingimundur, en el centro del relato, un actor con esa mirada sombría, de talante pausado, y físico imponente, una especie de John Wayne, tanto a nivel físico como emocional, firme en sus propósitos, de pocas palabras y expectante en sus actuaciones y relaciones, fuerte como un roble, y tenaz en sus ideas, sin olvidarnos de ese amor incondicional que tiene a los suyos, convertido en un desatado perro rabioso cuando descubre aquello que tanto tiempo ha sospechado. Pálmason se revela como un cineasta enérgico y magnífico en la construcción de atmósferas y muy sólido y tenaz en mostrar sin evidencias claras y sentimentalismos, las relaciones turbias que hay entre los personajes, como esos maravillosos momentos del partido de fútbol en que la cámara sigue incesante a nuestro protagonista, o los inquietantes planos fijos secuenciales que tanto revelan de la historia, o esos viajes en coche que describen muy bien la tensa calma que se respira en la película, una tensa calma que explotará convirtiendo a los personajes en alimañas, unos, y en cazadores, otros, porque como nos contaba Fassbinder, el amor ha de ser sincero y sin reversas, porque todo lo demás, es exigencia, interés, soledad, vacío y muerte, e Ingimundur debe saber diferenciarlo para no traspasar esa línea de no retorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA