Quién a hierro mata, de Paco Plaza

VENGAR LAS HERIDAS.         

Los primeros minutos de la película evidencian tanto una forma como un fondo de exquisita sobriedad en la que sobresale una imagen estilizada, de planos cortos y elegantes, y de una autenticidad sobrecogedora, en la que la dosificación de la información marcará la película en cada detalle, objeto y mirada de sus personajes y los hechos que nos contarán. El séptimo trabajo de Paco Plaza (Valencia, 1973) se desvía algo de su rumbo trazado porque deja el terror puro y clásico que había formado su carrera con títulos tan renombrados como El segundo nombre, con el que debutó en el 2002, la tetralogía de REC, en la que codirigió con Balagueró algunos títulos, y otros en solitario, y la más reciente Verónica, de hace un par de años, donde ahondaba en el terror de posesiones en el interior de una familia de barrio. Ahora, con A quién hierro mata, basándose en una historia de Juan Galiñanes (editor de Dhogs, ente otras) en un guión escrito por el propio Galiñanes y un tótem como Jorge Guerricaechevarría en un relato muy noir ambientada en la costa gallega, donde conoceremos a Mario, un tipo ejemplar, humilde y excelente profesional como enfermero, que espera junto a Julia, su mujer, su primer hijo. Todo parece andar como de costumbre, cuando Antonio Padín, un famoso narco aquejado de una enfermedad degenerativa ingresa en la residencia donde trabaja Mario.

A partir de ese instante, todo cambiará, y la vida de Mario virará en 180 grados, donde el antiguo capo se convertirá en la diana de sus heridas del pasado. Entre tanto, Toño y Kike, los hijos del narco urden un plan de narcotráfico en el que necesitan la ayuda del padre residente que los rehúye. Plaza toma prestado el paisaje nublado e hierático de las Rias Baixas para situarnos en lo más profundo de una venganza, urdida desde lo invisible por alguien cotidiano, alguien que creía haber resuelto su pasado, alguien que creía vivir en paz, pero con la entrada en su vida del narco, todo su empeño se dirige a vengar su pasado, desde su profesión, desde la oscuridad, sin que nadie se percate, de alguien que se debate entre lo correcto y sus deseos internos y enfermizos de llevar a cabo su plan, una ambigüedad en la que se posa la película y convierte al personaje de Mario en un ser atrayente por su vida, personalidad y trabajo, pero a la vez, alguien que es capaz de algo horrible, la misma ambigüedad en la que se interna el relato en la que la vida y la muerte siempre rondan a los personajes, unos individuos en que constantemente se debaten entre esos dos estados, entre esas dos decisiones, entre el bien y el mal, y en bastantes ocasiones, confunden los dos términos y convierten sus vidas en una lucha interna y constante entre aquello que está bien y aquello otro que desean hacer, donde su moral siempre está en juego y dividida.

El director valenciano se acompaña de este viaje noir a lo más oscuro y profundo del alma humana con algunos de sus cómplices habituales como Pablo Rosso en la cinematografía, Pablo Gallart en el montaje, Gabriel Gutiérrez en el sonido y una colaboradora inédita como Maika Makovski en la música, con esos toques de percusión suave y golpeada, muy tono de duelo, de lucha fratricida muy del western, muy de esa espera tensa y agobiante que se vivía en Sólo ante el peligro o El último tren de Gun Hill, en un thriller tensísimo, sobrio y reflexivo a través de esa complejidad emocional muy de los personajes de Lumet en Serpico o Tarde de perros, o las huellas del hombre traicionado de A quemarropa, de Boorman, o el hombre tranquilo que usa la violencia para defenderse en Perros de paja, de Peckinpah. Plaza ha construido un durísimo y descarnado relato oscuro y lleno de fantasmas que a base de golpes secos y abruptos va llevando a sus personajes a esas zonas que ya no tienen vuelta atrás, lugares a los que es mejor no entrar, quedarse en la puerta.

Otro de los grandes logros de la película es su plantel extraordinario de intérpretes entre los que destaca la inagotable capacidad camaleónica de un grandísimo Luis Tosar, en uno de sus personajes más complejos y difíciles, consiguiendo atraparnos a través de esas miradas y gestos estudiados y detallados, como esa brutal mirada cuando mira por primera vez a Padín en la residencia, bien acompañado por el desaparecido Xan Cejudo (a quién está dedicada la película) mentor de Tosar, que realiza una soberbia interpretación del narco Padín, ese patriarca severo, insensible y bestial, sus dos hijos interpretados por Ismael Martínez como Toño, ese heredero que no está a la altura, y el hermano pequeño Kike, que hace Enric Auquer, puro nervio, inmaduro y salvaje, los dos hijos que nunca desearía un narco como Padín. Y María Vázquez, que después de Trote, vuelve a demostrar que menos es más cuando se interpreta. Los 108 minutos de la película nos envuelven en una montaña rusa emocional de consecuencias imprevisibles para todos sus personajes, en una tragedia familiar, donde padres, hermanos e hijos se envuelven en un halo de destrucción y venganza sin fin, donde alguien sin más, un hombre bueno se mete en la boca del lobo aunque sepa que quizás nunca debería haber entrado en un universo donde nadie sale indemne. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rojo, de Benjamín Naishtat

UNA NOCHE, UN MUERTO.

“Cuando todos callan, no hay inocentes”.

Un incidente en un restaurante por la noche. Quizás, un incidente más. Un incidente protagonizado por Claudio, un abogado reconocido y un desconocido, en uno de esos pueblos perdidos de la provincia en la Argentina en 1975. Todo hubiera acabado ahí, pero no, porque el abogado humilla al extraño y es expulsado de malas maneras del local. A la salida, volviendo a casa, el desconocido asalta a Claudio y a Susana, su mujer, y después de una pelea, el extraño, al que nadie conoce, se dispara y queda gravemente herido. El abogado se hace cargo y lo lleva en su automóvil con la intención de salvarle la vida, pero no lo hace, en cambio, lo hace desaparecer en un desierto de la zona. ¿Por qué motivo un abogado reconocido y de vida acomodada hace semejante acto de crueldad abandonando a alguien a una muerte segura? El director Benjamín Naishtat (Buenos Aires, Argentina, 1986) vuelve a indagar en la condición humana como ya lo había hecho en sus dos anteriores trabajos. En Historia del tiempo (2015) nos situaba en la psicosis y temores actuales de buena parte de la ciudadanía, y en El movimiento (2016) se trasladaba al rural del siglo XIX para sumergirnos en un relato sobre el abuso de poder que unos ejercían sobre los campesinos.

Ahora, y nuevamente en una película de corte histórico y ambientada en la zona rural, nos sumerge en esa Argentina en los albores de la dictadura, mostrándonos la impunidad y la violencia que ejercen unos contra otros para continuar siendo “buenos ciudadanos” a los ojos de todos, retratando esa violencia oculta y soterrada que convive con naturalidad, con una élite dispuesta a todo para mantener sus privilegios y sus ejemplares vidas. El director argentino nos guía por su relato a través de la mirada de Claudio, un abogado de buenas intenciones y familia, aunque de moral oscura, como veremos a lo largo de la película, porque cuando ha de elegir acerca de hacer el bien o su conveniencia no tendrá dudas y siempre opta por su beneficio personal, una idea que se impondrá meses después con el estallido de la dictadura militar donde una parte poderosa del país someterá a todo aquel que piensa diferente. La película ahonda en las contradicciones y miserias humanas, explorando todos esos tejes manejes del abogado y sus amigotes, como ese instante que define a las maneras oscuras de los personajes, cuando apoyándose en triquiñuelas legales se apropian de un inmueble que nadie reclama.

El relato se enmarca en aspecto de thriller setentero donde predominan los rojos, ocres y verdes, con esa característica atmósfera del cine negro que también supo retratar cineastas como Coppola, Friedkin, Lumet o Peckinpah, dónde el género era una mera excusa para sacar a la luz todos los males sociales y políticos que anidaban en lo más profundo de la sociedad. La exquisita ambientación, cargada de detalles y elementos que nos llevan a la textura y colores que tan de moda estaban en los setenta, y a través de esa forma tan contrastada con zooms, fundidos encadenados o esas cámaras lentas, nos colocan de manera sencilla y ejemplar en esa época, en todo aquello que se respiraba y esa violencia oculta y a punto de estallar que ya daba cuenta de sus inexistentes principios morales y de más, en una idea espeluznante en que la sociedad se divide entre unos que ejercen poder sobre otros, cueste lo que cueste y no existan escrúpulos de ninguna clase para llevarla a cabo.

Una composición de altura y sobria del siempre magnífico Darío Grandinetti dando vida a esa abogado que parece una cosa y en realidad es otra, como tantos en aquel momento, como demostrará el trato que ejerce cuando está con aquellos más desfavorecidos y cuando trata con sus amigotes de clase, un ser miserable, si, pero también, un profesional ejemplar, dentro de sus principios, y esposo y padre en su sitio, cariñoso y bondadoso, con esos trajes inmaculados, ese bigotito que le da pulcritud, y esa mirada serena y bien pensante. Frente a él, el detective Sinclair, extraordinariamente interpretado por el chileno Alfredo Castro, con esas gafotas, su gabardina y su peinado inmaculado, con esos aires de policía de Scotland Yard, inteligente, observador e impertérrito, que fue policía, pero ahora se gana la vida buscando a desaparecidos para gente acomodada, que investiga con ojo avizor y astucia brillantes. Y Susana, la mujer del abogado, interpretada por Andrea Frigeiro, la esposa comprometida y buena compañera, que seguirá fiel a su esposa y su hogar, aunque viva en otra situación real muy diferente.

Naishtat ha construido una película valiente, inteligente y necesaria que explora la maldad desde la condición humana más miserable, devolviéndonos tiempos atroces que en muchos instantes parece que siguen ahí, de otra forma y a través de otros hilos invisibles y más enmascarados, desenterrando el pasado que tanto nos interpela en estos tiempos confusos, contradictorios y oscuros,  explorando con acierto y sobriedad todos los aspectos más oscuros de lo humano, aquellos que a primera vista no se ven, y mucho menos se reconocen, aquellos que hay que sumergirse en las profundidades del alma para toparse con ellos, definirlos moralmente, y sobre todo, conocerlos para conocernos más, y así descubrir ciertas actitudes de muchas personas en la actualidad, porque la historia siempre se acomoda a sus tiempos, porque las cosas del pasado siempre vuelven con otras caras y cosas, pero lo más intrínseco vuelve a nosotros, porque el tiempo pasa, pero hay cosas que permanecen en nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quiero comerme tu páncreas, de Shinichiro Ushijima

VIVIR CON LA MUERTE.

Sakura Yamauchi es la chica más popular de la clase de instituto, aunque guarda un secreto, tiene una enfermedad pancreática terminal. Todos sus deseos, ilusiones, tristezas y miedos los escribe en un diario que llama “Vivir con la muerte”. Un día, de casualidad, Haruki, un compañero de clase extremadamente introvertido y solitario, encuentra el diario y conoce a Sakura, casi sin quererlo, entre los dos nacerá una amistad y compartirán muchas confidencias, viajes y momentos. Quiero comerme tu páncreas, la novela de Yoru Sumino, un especialista en la materia, se publicó en el año 2015 online, tres años más tarde en físico, cosechando un grandísimo éxito, que pronto se vio reflejado con la adaptación de 2017 en imagen real dirigida por Sho Tsukikawa. Ahora, nos llega la adaptación en animación, dirigida por Shinichiro Ushijima, un joven talentoso fogueado en varias series de animación, y lo hace desde la relación íntima y profunda de dos amigos a su pesar, dos compañeros de clase de instituto que, en otras circunstancias, quizás no se hubieran mirado ni siquiera relacionado, pero, las cosas son de otra manera.

La casualidad hace que Haruki, al que todos llaman “Yo”, descubra el diario y lea el terrible secreto que oculta celosamente Sakura, y donde podría haber rechazado o antipatía, sucede todo lo contrario, y entre los dos, con las reticencias y extrañeza de los inicios, ya que son dos polos opuestos, tanto en carácter como en la relación con su entorno y los demás. Sakura es extrovertida, jovial, explosiva y llena de entusiasmo y alegría, una celebradora de la vida y el hecho de vivir, en cambio, “Yo” es todo lo contrario, sumido en su interior, asume su realidad en soledad, de carácter muy reservado y ajeno al entorno, y sobre todo, a los demás. Dos formas de mirar y relacionarse con la vida y el mundo, dos formas tan diferentes que acaban por relacionarse en una primavera que les cambiará las vidas para siempre. Ushijima hace gala de un virtuosismo plástico, tanto en el dibujo como en la animación, creando un caleidoscopio de colores, texturas y sensaciones inabarcables e infinitas, en la mejor tradición de la animación japonesa de grandes autores como Miyazaki y Takahata, y todos sus predecesores en el Studio Ghibli, y talentos como Mamoru Hosoda, Makoto Shinkai y Hiromasa Yonebayashi, y jóvenes de la talla de Naoko Yamada, Mari Okada, entre otros, cineastas que han construido una animación asombrosa en su forma y contenido, a través de relatos duros y reales, donde la vida se torna agridulce, difícil y alegre, llena de sinsabores e ilusiones.

Un cine de bellísima factura, donde la gama de colores y sensaciones atraviesan a los espectadores, confirmando el grandioso momento de la animación de antes, ahora y siempre, con narraciones asombrosas donde abarcan cualquier tema, por muy duro o complejo que sea, dotando a sus relatos de fuerza, energía y ritmo. En Quiero comerme tu páncreas, el cineasta japonés nos cuenta los últimos meses de Sakura, ya que arranca la película con su funeral, y a través de un largo flashback, que abarca los 108 minutos de su metraje, nos explicarán la relación diferente e íntima que tienen sus dos protagonistas. Dos seres alejadísimos, diferentes y con vidas opuestas, se encontrarán y se conocerán, y verán que tienen más en común de lo que en un principio pensaban, y compartirán todos esos momentos que Sakura verá por última vez, generando multitud de recelos y antipatías con sus más allegados compañeros de clase, como su ex que no ve con buenos ojos la relación, así como la mejor amiga de Sakura, que la rechaza por completo.

Los dos chicos vivirán su relación, a la que todavía nos aben como llamar, pero la sentirán y aprenderán tanto del uno como del otro, dejándose llevar por esa ciudad llena de centros comerciales, donde vivirán las emociones de compartir una comida al vapor, un helado en la cafetería más cool, un viaje en tren que los llevará a caminar por otros lugares, o compartir la cama en una noche de hotel, etc… experiencias de todo tipo que les llevarán a abrir sus corazones, a desenmarañar las emociones que ocultan en su interior, a sentirse más próximos el uno del otro, viviendo una relación de amistad o algo más, porque ni ellos mismos saben que les está ocurriendo, y si eso será el principio o el final de algo, porque su tiempo se agota, su tiempo es limitado, porque cada momento que pasan uno al lado del otro, pueda ser el último instante que vivan juntos, que compartan.

El director japonés ha construido una película que es un hermosísimo canto a la vida a través de la muerte, una emotiva y sensible relación que huye del sentimentalismo y las estridencias argumentales, dos seres que se quieren, que también se aman, aunque todavía no lo saben o quizás, nos e atreven a admitirlo, que se dejan llevar por la vida y todo aquello que les ofrece, como esos naranjos en flor, que celebran la primavera como si fuera la última que vivirán, ajenos al mundo, llenos de alegrías e ilusiones, porque mientras dure la primavera, ellos seguirán floreciendo, con todo su esplendor y belleza, sintiendo que cada espacio recóndito de su tronco, ramas y flores sirven para dar más luz a un mundo tan necesitado de dejarse llevar por la vida y celebrarla a cada instante, a pesar de los pesares y a pesar del tiempo que nos quede. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Boris Lehman

Encuentro con el cineasta Boris Lehman, después de la proyección de su película “Funérailles (De l’art de mourir)”, con motivo de la retrospectiva que le ha dedicado L’ALTERNATIVA 25 Festival de Cinema Independent de Barcelona, el domingo 18 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Boris Lehman, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y al equipo de La Costa Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Pepe Andreu y Rafa Molés

Entrevista a Pepe Andreu y Rafa Molés, directores de la película “Experimento Stuka”, en el marco del Festival DocsBarcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 25 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pepe Andreu y Rafa Molés, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del DocsBarcelona, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Comandante Arian, de Alba Sotorra

 ¡JIN, JIYAN, AZADI! (¡MUJERES, VIDA, LIBERTAD!)

«Echo de menos a mis compañeras, la lucha, la guerra. Echo de menos compartir su dolor y sus dificultades, y compartir también la alegría de la liberación. Sufrir y luego disfrutar de la libertad es algo increíble».

Comandante Arian

Hace tres años, Alba Sotorra (Reus, 1980) sorprendía a propios y extraños con Game Over, en el que nos hablaba de Djalal, un joven que desde pequeño soñaba con ser soldado profesional, pero cuando estuvo en primera línea de fuego, se sintió decepcionado de la guerra que vio y que sólo conocía a través de los videojuegos y su alter ego online, un soldado de élite que se enfrentaba a peligrosos enemigos en sus misiones secretas. Un ejercicio contundente, personal y reflexivo sobre la fascinación de la guerra, la violencia y las imágenes que nos invaden constantemente sobre temas bélicos y violentos. Ahora, Sotorra vuelve con una película que tiene la guerra como foco de atención, pero desde otro punto de vista, el de un grupo de mujeres combatientes en la guerra de Siria, las YPJ (Unidades de Defensa de Mujeres) un grupo  formado en el año 2013 sólo de mujeres, en su mayoría kurdas, para combatir al Dáesh (Isis), para defender su tierra y su condición como mujeres libres.

La película se introduce en la piel de estas mujeres a través de una de sus líderes, Arian Afrîn, la “Comandante Arian”, y nos cuenta de un modo íntimo y personal, su diario de guerra en el asedio de la ciudad de Kobane para reconquistarla y acabar con el Estado Islámico. La película se estructura a través de dos tiempos, en el presente, estamos en el 2016, cuando Arian, que ha recibido cinco heridas de bala, se recupera lejos del frente, y en el pasado, cuando Arian y su batallón de combatientes, emprenden el asedio para liberar Kobane. La cámara de Sotorra, y ella misma,  se camuflan junta a las mujeres, convirtiéndose en unas combatientes más, dejando fiel testimonio de las experiencias sanas y terribles que iremos viendo a lo largo de sus 80 minutos de metraje, en las que habrá momentos de paz interior, o violencia bélica, y también, tiempo para compartir, recordar y sentir, en las que escucharemos sus conversaciones, sus inquietudes, sus soledades, (des) ilusiones, sacrificios e ideales, su pasado bajo el yugo machista, y su futuro, al que todas lo encaran con esperanza por una tierra mejor, más justa, igualitaria y solidaria.

Vemos con detalle y profundo análisis su cotidianidad, su entorno y los compañeros masculinos que las acompañan luchando codo a codo en el campo de batalla, donde escuchamos con precisión el ruido de las bombas, el silbido de las balas, y las continuas refriegas que se van produciendo, dentro de un entorno de camaradería, compañerismo y libertad, una libertad que se ganan diariamente con su kalashnikov y valentía. La directora catalana nos habla de guerra, de vida y muerte, sin caer en el heroísmo y la plasticidad de unas imágenes que no son bellas o complacientes, sino duras, ásperas, y en ocasiones, tremendas, que quitan el aliento por su terrible dureza, pero la película nunca cae en eso, se mantiene firme en contar con alegrías y tristezas las vidas de este batallón feminista de manera clara y precisa, en el que nos la presenta como mujeres de carne y hueso, mujeres que nos podríamos encontrar por la calle en otras circunstancias, despojándolas de cualquier aura de espiritualidad o por el estilo, la cinta extrae su humanidad, su fuerza y su voluntad, esa voluntad de hierro y determinación que las dejar a sus familias, y por ende, su destino marcado como esposas y madres, para liberarse de sus porvenires anulados, y vivir libremente y como ellas quieren, aunque para ello tengan que pegar tiros y jugarse la vida cada día.

Arian y su batallón de mujeres despierta una fuerza brutal y unos ideales perdidos por nuestros lares, donde la fuerza del equipo y la fraternidad se convierten en sólo uno, donde van todas a una, ayudándose y levantándose unas a otras, siguiendo en pie a pesar de las bajas y los problemas de la guerra, porque todas juntas llegarán hasta donde las armas y el coraje les aguante. Sotorra nos brinda una película humanista y cercana, donde se explora con claridad y detalle la condición humana, donde el término libertad adquiere significados distintos a los que nosotros conocemos, donde la individualidad y los conflictos a los que nos enfrentamos diariamente, se diluyen en la nada, observando a estas mujeres y sus circunstancias, unas mujeres de gran fortaleza y virtud, que rompen estereotipos y tradiciones milenarias para ser ellas mismas, y sobre todo, defender aquello que consideran importante para ellas y su tierra, defendiendo a tiros valores humanos que aquí hemos olvidado hace demasiado tiempo.

La directora reusense nos brinda una película necesaria y valiente, una película que le ha llevado tres años de filmaciones, entre idas y venidas, un documento muy alejado de la visión de los informativos occidentales, en los que parece que la guerra siempre la hacen los hombres, y nunca sabemos nada de las mujeres. Un trabajo sincero y honesto, que recuerda a las películas de Rithy Panh o Wang Bing, en la forma de colocar la cámara y filmar las conversaciones y el entorno de estas combatientes kurdas, en las que la relación entre cineasta y el objeto filmado acaba diluyéndose y creando una relación diferente e íntima, en el que todo se mezcla y adquiere una proximidad que nos traspasa y nos acaba convirtiendo a los espectadores en seres activos y reflexivos de las imágenes que estamos viendo, y creando ese vínculo mental entre la cineasta y sus personas. Sotorra construye una cinta emocionante y bella en sus valores humanísticos sobre unas mujeres que viven y guerrean diariamente por su libertad, por su identidad y por vivir en una tierra mejor, aunque para ello tengan que perder su vida o ver como la pierden algunas de sus compañeras.


<p><a href=”https://vimeo.com/290442289″>Comandante Arian – Trailer Oficial</a> from <a href=”https://vimeo.com/albasotorra”>Alba Sotorra Clua</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El fotógrafo de Mauthausen, de Mar Targarona

LAS PRUEBAS DEL HORROR.

“El deber del superviviente es dar testimonio de lo que ocurrió, hay que advertir a la gente de que estas cosas pueden suceder, que el mal puede desencadenarse. El odio racial, la violencia y las idolatrías todavía proliferan.”

    Elie Wiesel

Francesc Boix (Barcelona, 1920 – París, 1951) fue un militante comunista y fotógrafo español, que luchó en la bando republicando durante la Guerra Civil española, posteriormente, al acabar la guerra, se exilió a Francia y se enroló al ejército francés. Pero, en 1940, fue apresado por los nazis y tras pasar por varios campos de prisioneros, a principios de de 1941 fue enviado al campo de concentración de Mauthausen (Austria) junto con más de 7000 españoles, de los que más de 4000 fueron asesinados. Sus años en Mauthausen han constituido la base de la tercera película de Mar Targarona (Barcelona, 1953) productora de éxito con títulos como El orfanato, Los ojos de Júlia o El cuerpo, amén de haber dirigido un par de películas como Muere, mi vida (1996) una comedia negra sobre la venganza de cuatro mujeres engañadas por un seductor Don Juan, y Secuestro (2016) en la que una abogada vive obsesionada con la idea del secuestro de su hijo menor.

Ahora, llega su tercer trabajo, una biografía de Francesc Boix, centrada en sus años en Mauthausen y su odisea para salvar los negativos de las fotografías que realizaban los nazis en el campo, pruebas incriminatorias que sirvieron para juzgarles contra crímenes contra la humanidad en los juicios de Nuremberg en 1946. Targarona construye una película de personajes, y nos habla con sinceridad y aplomo de aquellos hechos, opta por la sobriedad y la sencillez en su puesta en escena, filmando el gesto y del detalle de los acontecimientos en el campo, no cayendo en la sentimentalización de algunos hechos, filmándolos con naturalidad y sin aspavientos, mostrando el horror sin hacer espectáculo, con esa dignidad justa de explicar con inteligencia unos hechos abominables, dejándolos desnudos, sin la utilización de la música ni elementos decorativos. La película requería un esfuerzo de forma que dentro de su sencillez, acaba consiguiendo un digno resultado, ya que la tarea no se antojaba nada fácil, teniendo en cuenta la gran cantidad de películas de toda índole que han plasmado o intentado explicar los sucesos en los campos de exterminio nazis.

El relato nos explica la cotidianidad de Francesc Boix en el laboratorio fotográfico del campo, donde se documentaban a todos los presos que iban llegando, y el posterior revelado y documentación que se iba archivando, Boix es el mano derecha del oficial SS Paul Ricken, el “Oberscharführer”, un obseso de la imagen fotográfica y un perfeccionista de la fotografía, creando abominables cuadros del horror humano, capturando los detalles del infierno de Mauthausen. A partir de algunas líneas argumentales, más o menos interesantes, como la del niño recién llegado que se queda sólo, la del preso fugado que después tendrá su castigo o las sucias artimañas de algún que otro kapo, o el encuentro con la española que ejerce de prostituta, la película se centra en Boix y todos aquellos españoles republicanos como él, que le ayudaron a esconder los negativos y así guardar el testimonio del horror de los nazis. Y lo hace con ese aroma de las películas de intriga, casi de espías, en el que todos y cada uno de ellos forman un equipo colaborativo que ayudan a que esas pruebas del infierno nazi queden a buen recaudo y sirvan para testimoniar ese horror que viven a diario.

Targarona y su equipo han hecho un impresionante trabajo de documentación para dar vida a todas aquellas fotografías que testimonian lo allí sucedido, y siempre con ese acercamiento desde la dignidad y la humanidad, investigando al detalle sus espacios, vestuario y detalles, como esa luz casi natural y oscura del cinematógrafo Aitor Mantxola (autor entre otras de Bajo la piel de lobo o la serie Tiempos de guerra) una luz que daña y también, da algo de humanidad dentro de ese horror. La impresionante caracterización de Mario Casas como Boix, que perdió más de 12 kilos para meterse en la piel del joven fotógrafo (unos 21 años cuando ingresó en Mauthausen) es otro de los elementos significativos de una película que cuida todos los detalles, tantos físicos como emocionales, convirtiendo la interpretación de Mario Casas en uno de sus mejores trabajos hasta la fecha, por su capacidad camaleónica como esas miradas tristes y esperanzadas que va teniendo durante la película.

A su lado, Alain Hernández, interpretando a Valbuena, uno de los trabajadores del laboratorio fotográfico, en otra interpretación digna de elogio, y después un buen puñado de actores de reparto como Marc Rodríguez, Rubén Yuste, Eduard Buch, Joan Negrié, Richard Van Weyden, Stefan Weinert o la colaboración de Macarena Gómez. Un reparto ajustado y sincero que destila verdad y humanidad, personajes que, entre tanto horror y miseria, consiguen transmitirnos con muy pocos diálogos el miedo y el dolor que sentían entre aquellas cuatro paredes de la ignominia humana. Targarona ha construido una relato sencillo y digno, que abre la puerta al conocimiento de la odisea humana de Francesc Boix, alguien completamente desconocido para la gran mayoría de la población, pero que tuvo su coraje y fuerza para derrotar a los nazis, poniendo su vida en peligro para guardar los negativos que mostraban todo el horror y acusaba directamente aquellos que permitieron tanta crueldad.