El faro, de Robert Eggers

EL GUARDIÁN DE LA LUZ.  

“La oscuridad no existe, la oscuridad es en realidad ausencia de luz.”

Albert Einstein

Hace cinco años, Robert Eggers (Lee, New Hampshire, EE.UU., 1983) sorprendió a todos con La Bruja, su opera prima como director, un fascinante y perturbador cuento gótico y terrorífico ambientado en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, protagonizado por una familia puritana desterrada de la comunidad, que obligados a vivir frente a un bosque misterioso se verán sometidos a unas fuerzas del mal que erosionan la armonía familiar. El cineasta estadounidense vuelve a situar su segunda película El faro, en esa Nueva Inglaterra, pero deja la tierra firme para trasladarse a una isla de la costa de Maine, y también cambia de tiempo histórico, ambientado su nueva aventura a finales del siglo XIX. El conflicto transformador que recorre ambas películas no ha cambiado, Eggers somete a sus personajes a un viaje a lo desconocido, más allá de cualquier razonamiento, un enfrentamiento en toda regla con aquello que nos aterra y perturba, a los miedos que anidan en lo más profundo de nuestra alma, donde la realidad pierde su solidez para convertirse en un flujo interminable de imágenes y sombras que provienen de lo psicológico, lo onírico y lo imaginado, donde la realidad se transmuta en algo diferente, en algo que atrae y perturba por partes iguales a los personajes.

La familia del siglo XVII deja paso a dos fareros, dos fareros antagónicos, uno, Thomas Wake, es un viejo lobo de mar, el guardián de más entidad, el que impondrá sus normas y su criterio frente al otro, Effraim Winslow, el joven, el subordinado, antiguo leñador y con pasado muy oscuro. Wake es el guardián del faro y por ende, el guardián de la luz, esa luz resplandeciente, cautivadora y fascinante, convertida en el centro de la isla y de ese mundo, algo así como el poder en la condenada roca, como la llama el farero más veterano. Un objeto de poder, de privilegios, de vida en esa durísima vida de custodia del faro. En cambio, Winslow vive ocupado en los trabajos más duros y desagradables como alimentar de queroseno el faro para que siga funcionando, deshacerse de los restos fecales, arrastrar pesos, arreglar desperfectos en lugares difíciles, limpiar el latón y demás tareas solitarias que no le agradan en absoluto, solo las noches se convertirán en el instante donde los dos fareros se reúnen para beber, hablar de ellos, de su pasado, de su estancia en la isla y demás cosas que les unen y separan.

Eggers es un creador extraordinario construyendo atmósferas perversas e inquietantes, donde la aparente cotidianidad está rodeada constantemente de misterio y aire malsano que va asfixiando lentamente a sus personajes como si de una serpiente se tratase. Un ambiente de pocos personajes, sobre todo, construido a partir de acciones mundanas, donde lo fantástico va apareciendo como una especie de invasor silencioso hasta quedarse en esos espacios cambiándolo todo. Todo bien sugerido y alimentado por medio del sonido, un sonido industrial, ambiental, mediante el ruido capitalizador del faro, la fuerza del agua rompiendo contra las rocas, o las gaviotas revoloteando constantemente en el cielo que envuelve la isla, unos animales con connotaciones fantásticas como Black Phillip, el macho cabrío de La bruja. Si en La bruja, nos enmarcaba en un paisaje nublado y nocturno, donde primaban la luz de las velas, en El faro, deja el color, para sumirnos en un poderoso y tenebroso blanco y negro, bien acompañado por 1.33, el aspecto cuadrado, que aún incide más en esa impresión de cine mudo con ese aroma intrínseco de Sjöström, Stiller o Murnau, donde reinan el mundo de las sombras, lo onírico y lo fantástico, donde la luz deviene una oscuridad en sí misma, donde las cosas pierden su naturaleza para convertirse en otra muy distinta.

Un relato sencillo y honesto donde pululan los relatos marinos psicológicos de Melville o Stevenson, bien mezclado por las leyendas de ultratumba de Lovecraft o Algernon Blackwood, donde realidad, mito y leyenda se dan la mano, creando imágenes que no pertenecen a este mundo o esas imágenes que creemos que tienen una naturaleza real. Eggers combina de forma magnífica un relato donde anidan varios elementos que describen la sociedad en la que vivimos, como las relaciones de poder, el combate dialecto y físico entre dos hombres desconocidos que tienen que convivir lejos de todos y todo, el aspecto psicológico lejos de la civilización, soportando el aislamiento y sus respectivas demencias, situación que ya trataba la inolvidable El resplandor, de Kubrick, con la que se refleja la cinta de Eggers, la difícil convivencia entre aquello que se desea y aquello que es la realidad, las pulsiones salvajes que anidan en nuestro interior, las mentiras que nos imponemos, y sobre todo, lidiar con un pasado traumático, sea real o no. La película está edificada a través de una atmósfera brutal e inquietante, en un in crescendo abrumador y afilado, donde la isla se convierte en un laberinto físico y psicológico que, irá lentamente anulando a los dos fareros y convirtiéndolos en dos meras sombras invadidas por todo aquello real o no que les rodea y acabará sometiéndolos.

Quizás, una película de estas características necesitaba a dos intérpretes de la grandeza de Willem Dafoe, extraordinario como el farero veterano enloquecido, viviendo en su propia mugre y fantasía, una especie de Long Silver seducido por esa luz resplandeciente, pero también cegadora y peligrosa, una luz que guarda como si fuera su vida. Frente a él, Robert Pattinson, ya muy alejado de las producciones comerciales que lo convirtieron en el nuevo chico guapo de la clase, metido en roles más interesantes, intensos y profundos, dando vida a ese farero joven metido en camisas de once varas, rodeado de misterio y parco en palabras, que también desea esa luz que no tiene, como único medio para seguir respirando en esa condenada roca. Eggers seduce y provoca a los espectadores con su singular relato, una historia anidada en esos lugares donde lo real, lo fantástico y lo que desconocemos se unen para satisfacer y martirizar a todos aquellos ilusos que se sienten cautivados por lo desconocido, por lo prohibido, por todo aquello que quizás no sea tan resplandeciente y resucite sus peores pesadillas, aunque algunos les merecerá la pena correr tanto riesgo y experimentar con el mal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mujercitas, de Greta Gerwig

LAS HERMANAS MARCH.

“Las mujeres han sido llamadas reinas durante mucho tiempo, pero el reino que se les ha dado no merece la pena ser gobernado”

Louisa May Alcott

Louisa May Alcott (1832-1888) publicó en 1868 Mujercitas, una novela que hablaba sobre las jóvenes estadounidenses de manera clara, sencilla e íntima, reivindicando su rol en la sociedad, alejado de las convenciones de la época, un relato que por primera vez se centraba en las mujeres, mirándolas de frente, explorando sus secretos más ocultos, sus ilusiones y sus sueños, capturando sus capacidades como personas y no como mujeres a la sombra de los hombres. La novela no tardó en convertirse en un éxito, muchas norteamericanas se vieron reflejadas en la historia de las hermanas March, un cuarteto de jovencitas que deseaban ser artistas, soñaban con ser ellas mismas, costase lo que costase, y sobre todo, querían seguir sus caminos por muy diferentes que fuesen para la mayoría. En la época muda ya hubieron dos adaptaciones al cine, peor será en el 1933 cuando Cukor dirigiría la primera versión sonora con Katherine Hepburn, entre otras. En 1949 de la manod e Mervin LeRoy apareció la versión más famosa con Elizabeth Taylor. En el nuevo siglo aún llegaron dos versiones más, sin tanto encanto y sensibilidad que sus antecesoras.

Ahora, nos llega la última adaptación de la novela dirigida por Greta Gerwig (Sacramento, EE.UU., 1983) después de las inmejorables sensaciones que dejó con su debut en solitario con Lady Bird (2018) el relato de una adolescente triste, incomprendida y aburrida en el Sacramento vacío, triste y aburrido, protagonizada por una magnífica Saoirse Ronan, que en Mujercitas recoge el testigo de la rebelde e ingobernable aspirante a escritora, un alter ego de Alcott, donde la película se sitúa en el metalenguaje cinematográfico porque la historia que escribe Jo es su propia historia que más adelante será Mujercitas, un elemento moderno que incluyó Alcott en el que relataba su propia experiencia familiar. Meg, la hermana mayor sueña con ser actriz de teatro, aunque el amor la convertirá en esposa y madre, su carácter más tradicional y hogareño le apartó del camino soñado. Beth la más frágil y sensible de las cuatro hermanas tiene un talento especial para la música a través del piano. Y Amy, la pequeña de las March le encantaría ser una gran pintora pero deberá aceptar que es buena y nada más. Junto a ellas la matriarca, cariñosamente llamada Marmee, que será el timón y el oráculo en una familia en plena Guerra de Secesión con el padre ausente en la contienda.

La película arranca en aquellos años de la guerra que fue entre 1861 y 1865, y sus años posteriores, en el pequeño pueblo de Concord, Massachusetts, donde los March viven con penurias económicos debido la ausencia paterna, y se ganan la vida con remiendos de aquí y allá, junto a ellas los parientes ricos de la familia, que enfadados por la decisión del padre, les ayudan de tanto en tanto, peor aún así, tienen tiempo de ayudar a los más pobres de la zona. Todas forman un grupo unido e irrompible, unas niñas que irán dejando la infancia llena de disfraces, juegos y libertad, para enfrentarse a un mundo machista, tradicional y lleno de prejuicios. Jo será la primera en ejercer sus ideas, trasladándose a New York para trabajar como escritora, experiencia que le traerá sabores y sinsabores, aunque deberá volver por la enfermedad de Beth. Gerwig actualiza la novela convirtiendo el final del siglo XIX en un relato moderno y libre, donde se habla de unas mujeres que quieren ser libres y tendrán que luchar con uñas y dientes para conseguirlo, porque la sociedad que les ha tocado no está adaptada a este tipo de cambios.

La directora estadounidense se aleja de la linealidad de la novela para contarnos una historia desestructurada llena de saltos temporales, donde el relato que nos cuentan se hace en pasado, reconstruyendo los momentos más significativos de estas jóvenes haciéndose mujeres. La película tiene un ritmo vibrante y espectacular, las acciones ocurren de manera brillante y ligera, con ese trasfondo de pérdida de la inocencia que atraviesa la película, donde las cuatro hermanas se verán en la tesitura de hacerse mayores y tomar decisiones que marcarán sus vidas, algunas entendibles y otras, realmente sorprendentes para la sociedad bostoniana obsoleta y anticuada. A través del personaje de Jo, auténtico timón de la familia y de la película, tendremos la visión del conjunto, donde conoceremos el amor, la pérdida, el vacío, la tristeza, la ilusión, el trabajo, el maldito dinero, la vida al fin y al cabo, desde una perspectiva íntima y sensible, experimentando los aspectos más agradables de la vivir, y también, aquellos momentos oscuros de la existencia que nos van moldeando nuestra personalidad y por ende, la vida que vamos viviendo.

Gerwig se ha rodeado de un equipo técnico magnífico encabezado por un brillante trabajo en ambientación con Jess Gonchor (habitual de los hermanos Coen) y en vestuario con Jacqueline Durran (colaboradora de Mike Leigh y Joe Wright) con la excelente música conmovedora e intensa de Alexandre Desplat (que tiene en su currículum a autores de la talla de Frears, Fincher, Malick, Polanski o Audiard) con esa maravilla de síntesis y ritmo del montaje obra de Nick Houy, que ya estaba en Lady Bird, y la especial, clara y sombría luz de Yorick LeSaux (cómplice de Guadagnino, Denis, Ozon, Assayas, Jarmusch, por citar solo algunos de su brillante carrera). Y su excelente reparto capitaneado por una espectacular y fantástica Saoirse Ronan, que conmueve y hace saltar chispas con esa para envolvernos con lo mínimo en la piel de una Jo que nos hace volar pero también hundirnos en el vacío. Emma Watson hace una Meg señora, enamorada y tranquila, Elisa Scanlen da vida a Beth, la hermana más sensible, frágil y silenciosa de todas, Florence Pugh es Amy, la que rivaliza y quiere ser como Jo, con talento pero demasiado crítica consigo misma, y Laura Dern haciendo de esa madre protectora, sensible y sobre todo, líder de este grupo de mujeres a contracorriente y libres. Con Merl Streep como esa tía rica que en la sombra tiene un ojo para sus niñas.

Qué decir de los hombres de la película, bien explicados y dibujados, que no son meros clichés si no compañeros y testigos de la agitación femenina, con Timothée Chalamet como amigo, fiel y pretendiente de Jo, Louis Garrel como el amigo neoyorquino de Jo que la lee y la aconseja. Y Chris Cooper como ese tío viudo que aunque tiene enemistad con el padre ayudará a las March siempre que se lo pidan. Gerwig ha hecha una película fantástica y bien contado, situada en el hogar familiar de cuatro hermanas que conocerán la edad adulta a marchas forzadas, experimentando sus dulzura y amargura, tropezándose con muros que en apariencia parecen infranqueables peor con fuerza y tesón serán derribados, aunque por el camino haya que dejar muchas cosas, con el espíritu libre y desobediente que lidera el personaje de Jo que algún momento exclama una frase que define esa alma inquieta y curiosa en un mundo dominado por hombres: “Me encantaría ser un hombre”. No como inclinación sexual, sino como reivindación feminista para sentir el poder de la libertad y decidir la vida por uno mismo, sentimiento y leitmotiv que recorre toda la película en la que nos habla de unas mujeres que sobretodo, y por encima de todo, quieren ser ellas mismas y decidir la manera de vivir sus vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Curiosa, de Lou Jenuet

L’AMOUR DE MARIE.

“El erotismo es como el baile: una parte de la pareja siempre se encarga de manejar a la otra”

(En La inmortalidad, de Milan Kundera)

La película nos sitúa en el bullicioso y febril París de 1895, en plena “Belle Époque”, donde los tiempos avecinaban cambios profundos en la sociedad y sus valores, donde la ciencia y el progreso están a la orden del día, la sociedad moderna se abre paso dejando atrás a los conservadores y furibundos nostálgicos de otros tiempos. Todo cambia muy rápidamente, la modernidad es un hecho, y las inquietudes culturales avanzan en un tiempo en el que todo está por hacer, en que lo viejo deja paso a lo nuevo y moderno, donde hay una efervescencia social, cultural y económica como jamás la había habido antes. Entre muchos de aquellos jóvenes con ideas y valores diferentes, encontramos a Marie de Hérédia (1875-1963) una joven inquieta y contestataria enamorada del joven poeta Pierre Louÿs (1870-1925). Un amor imposible por las deudas del Sr. De Heredia que provocará que acepten la proposición de matrimonio del escritor Henri Régnier (1864-1936) un enlace sin amor por parte de Marie, que muy a su pesar, se convertirá en la señora de Régnier. Marie es ante los ojos de todos, una esposa enamorada y dedicada a su esposo pero ante la pasión y el amor, ante lo oculto, se debe en cuerpo y alma a Pierre Louÿs, con el que empezará una relación sexual, escondidos de todos en las paredes de la buhardilla donde mora el poeta.

La directora francesa Lou Jeunet hace su puesta de largo en cine, porque ya tiene en su haber cuatro largos para televisión, centrándose en Marie Régnier, una mujer fascinante y enigmática, apasionada y osada, que rompió normas y convicciones de la todavía social burguesa y añeja del París de finales del XIX. Marie no se rindió, combatió ferozmente por un amor alejado de las convenciones sociales de la época, se lanzó al vacío en una aventura que la llevó a descubrir un amor fou, que diría Buñuel, un amor lleno de pasión, donde prevalecía la carne, el erotismo y el sexo, descubriendo su piel, sus gemidos, su sexo y demás, entregándose a un amor cruel, apasionante, fantasioso y terrorífico, donde hubo de todo, desde fotografías eróticas y sexuales, ya que la fotografía era una de las otras grandes pasiones de Pierre Louÿs, hasta tríos, junto a Zohra, la concubina exótica que se agenció Louÿs, incluso otras relaciones sexuales mientras los amantes enamorados se distanciaban por las ausencias viajeras.

Jeunet ha escrito un guión junto a Raphaëlle Desplechin, donde prevalece el punto de vista y la mirada de Marie Régnier, una mujer que tuvo que ir a contracorriente por materializar aquello que sentía, metiéndose en dificultades, no solo con su esposo, un anodino y aburrido escritor que la consiguió por su dinero y las deudas familiares, sino también en la relación con Pierre, un bon vivant demasiado enfrascado en su deseo sexual, ligero como una pluma y esquivo con el amor, una especie de sosías del Vizconde de Valmont, en lo que se refiere a las mujeres, prevaleciendo la carne, el placer y el sexo a los devaneos y avatares del amor. La película está bien contada, en las que las secuencias sexuales están llenas de sensibilidad e intimidad, donde prevalecen los cuerpos desnudos, la agitación sexual, y el encantamiento de un amor loco, sin tiempo ni espacio, ajeno al mundo y a sus sentimientos, dejándose llevar por todo lo que sienten en ese instante y sumergiéndose en el placer más intenso y en el sexo más húmedo y extasiado.

El maravilloso reparto de la película que interpretan con maravillosa naturalidad y encanto encabezado por la extraordinaria Noémie Merlant (que ya nos había dejado fascinados en la reciente Retrato de una mujer en llamas) componiendo a una Marie Régnie bellísima, llena de vida, de amor, de sexo y pasión arrebatadora. A su lado, Niels Schneider (que lo habíamos visto en películas de Xavier Dolan, L’âge atomique, de Héléna Klotz, Bella durmiente, de Adolfo Arrieta entre otras) Benjamin Lavernhe como el aburrido y tieso esposa de Marie, el exotismo y la sexualidad que irradia la sensual Camélia Jordana (que brillaba en Le brio, de Yvan Attal) y finalmente, la presencia fascinante de Amira Casar, como la madre de Marie, una de las grandes actrices europeas en películas con autores tan interesantes como Guy Maddin, Bonello, Gatlif, Hermanos Quay o Carlos Saura, entre otros. Amén de una música disco obra de Arnaud Rebotini, que casa maravillosamente con todos los laberínticos sentimentales de la película, y la   extraordinaria ambientación, como esos paseos por las calles de París, donde absorbemos todo el ambiente de la bohème sórdida y cultural, con el grandísimo trabajo en la caracterización y el vestuario que eleva la película.

La fotografía naturalista y cercana de Simon Roca ( con películas como 9 dedos, de F. J. Ossang o La chica del 14 de julio, de Antonin Peretjatko, entre sus trabajos) está cuidada al detalle, prevaleciendo los rostros y los cuerpos frente a lo demás, convirtiendo la buhardilla del sexo y la fotografía en un espacio donde dar riendas sueltas a los instintos más bajos y sucios, donde los dos amantes se desean, se sienten, se sumergen el uno en el otro, donde todo es posible y nada tiene límite. La cineasta francesa ha construido una película bellísima, reposada, inteligente y evocadora, que no solo recoge la ebullición brutal que se vivía entre los albores del siglo XX, vividos por una mujer encantadora y magnífica, viviendo su vida a su antojo, aunque fuese a escondidas, enfrentándose a ese marido y a esa sociedad burguesa y vacía, llena de prejuicios y valores anticuados, lanzándose sin red, al abismo a un amor difícil, desgastador y sucio, iniciándose en el deseo y el sexo de forma libre, sin ataduras y febril, exponiendo su cuerpo, sus emociones y su placer para el hombre al que deseaba. Después de aquello Marie Régnier se puso a escribir y publicó con pseudónimo masculino, siguiendo la estela que tanto trabajo y miseria costó a otras celebres escritoras como Mary Shelley o George Sand. Mujeres valientes, mujeres pasionales, mujeres decididas, mujeres inteligentes, mujeres enamoradas y sobre todo, mujeres libres y llenas de vida y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mike Leigh

Entrevista a Mike Leigh, director de la película “La tragedia de Peterloo”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 25 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mike Leigh, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Haizea G. Viana de Diamond Films España, y al equipo de prensa del BCN Film Fest, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Encuentro con Haifaa Al-Mansour

Encuentro con Haifaa Al-Mansour, directora de “Mary Shelley”. El encuentro tuvo lugar el viernes 15 de junio de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Haifaa Al-Mansour, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Filmax,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Mary Shelley, de Haifaa Al-Mansour

LA MUJER QUE ESCRIBIÓ FRANKENSTEIN.

“No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”.

Mary Wollstonecraft Godwin

Hay películas que se definen desde su primer instante, a través de su primera imagen, una imagen en la que se apoyará el resto del metraje, como una piedra angular donde reconocer la película, una imagen que nos acompañará siempre que recordemos la película. En Mary Shelley, esa primera imagen acontece en un cementerio, en el que vemos a la joven protagonista, con sólo 16 años, allá por el año 1813, leyendo junto a la tumba de su madre, Mary Wollstonecraft (1759-1797) escritora, filosofa, ensayista y feminista, que murió durante el parto de Mary. Esta imagen, en la que Mary, que no conoció a su madre, tiene en esa figura, el apoyo a enfrentarse a un mundo hostil, un mundo dominado por hombres, un mundo que ensombrece a las mujeres, que las oculta y las invisibiliza. La primera película rodada en inglés de la directora Haifaa Al-Mansour (Al Zulfi, Arabia Saudita, 1974) habla de una joven que deberá enfrentarse a su entorno para que le dejen ser ella misma, con sus sueños e ilusiones, transgrediendo las normas imperantes de una sociedad conservadora y acomodada en sus tradiciones. Algo parecido ya ocurría en su película debut, La bicicleta verde (2012) primera obra filmada por una mujer en Arabia Saudita, y rodada en condiciones muy adversas, en la que retrataba a una niña que quería montar en bicicleta, situación que le estaba completamente prohibida, pero ella no cejaba en su empeño por ser ella misma.

Al-Mansour nos sitúa en aquel Londres sucio, grotesco, barrizal y vivo del primer tercio del siglo XIX, en la que la joven Mary vive junto a su padre y su madrastra y hermanos, y la situación no es nada amable, la joven Mary se verá sometida a las intransigencias de la esposa de su padre, y le provocará sentirse más aislada y solitaria, situación que la llevará a la lectura y al mundo de los libros. La aparición de Percy Bysshe Shelley, poeta y atractivo, en su vida, le da amor, matrimonio, hijos, y aliento de libertad, pero que poco a poco, la volverá a arrinconar y la llevará a soportar las infidelidades de su marido, los traumas por las muertes de sus hijos y a encontrar la indiferencia propia de los hombres de aquel tiempo, más dados al libertinaje y la aventura. La directora saudí nos cuenta cinco años de la vida de Mary Shelley, y sobre todo, centrada en el proceso de creación de su novela más legendaria Frankenstein o el moderno Prometeo, que escribió con 18 años, y fue publicada en 1818 con el nombre de su esposo, una obra en la cual Mary aprovechó para escribir todos sus sentimientos, amarguras, soledades y contradicciones representados en una criatura solitaria e incomprendidad, que no entendendia un mundo que lo rechazaba.

La película está ambientada con gusto y sobriedad, centrándose en los mínimos detalles que remarcan la verosimilitud de sus objetos, muebles, vestuario y escenarios. Vamos observando las diferentes situaciones vitales y emocionales, que irán provocando en el alma de Mary la escritura de la novela, las diferentes tragedias personales que deberá hacer frente en una existencia, en muchos momentos amarga y solitaria, encontrándose desubicada y perdida, intentando hacerse un hueco y un nombre como escritora en una sociedad muy machista que apartaba a las mujeres al matrimonio y la maternidad. Al-Mansour filma su película de forma pausada y sobria, sin estridencias ni subrayados sentimentales, sino centrándose en el alma de sus personajes, sus inquietudes e inseguridades, capturando la complejidad de las situaciones y esas relaciones vaivén que pululan por todo su metraje.

Sus 120 minutos se miran con expectación y carácter, la cámara se mueve con elegancia y aplomo, contándonos la trama con naturalidad y delicadeza, sumergiéndose en ese universo del siglo XIX, muchas veces sombrío y lúgubre para las mujeres. Una película de corte social, en el que seguimos la existencia de una mujer, que al igual que su madre, fue una adelantada a su tiempo, una mujer frágil en lo emocional, pero fuerte en su voluntad de hacer aquello en lo que creía y con la firmeza de derribar muros, aunque para ello tuviese que enfrentarse a todos y todo. La película se centra en el episodio en casa de Lord Byron, en Ginebra, cuando una noche de tormenta, el insigne poeta desafió a los presentes en escribir un cuento de terror, aquella noche de la imaginación y talento de Mary Shelley nació Frankenstein (Episodio magníficamente retratado por Gonzalo Suárez en su película Remando al viento).

La maravillosa y delicada interpretación de Elle Fanning, aportando las dosis necesarias de calidez y carácter que requiere un personaje atrapado en un mundo de hombres, un personaje que plantó cara a todos para llevar a cabo su sueño, bien secundada por Douglas Booth como Percy, su marido, atractivo y elegante, pero engreído y liberal, Bel Powley como Claire, la hermanastra de Mary, que entenderá que el amor es una cosa, y los intereses particulares otra bien distinta, y finalmente, Tom Sturridge como Lord Byron, el malcarado, vanidoso e impertinente talentoso poeta, que vive en la opulencia, mujeriego declarado e irritante cuando lo pretende. Al-Mansour ha realizado una película fantástica, sombría en su aspecto, pero irradiante en su contenido, que nos lleva a un viaje introspectivo por el alma de Mary Shelley, una mujer inquieta, inteligente, decidida, y sobre todo, alguien que abrió muchas puertas a las mujeres que vinieron más tarde, otras que siguen abriendo puertas para que la igualdad y equidad sea una realidad, no un gesto de buena voluntad.

 

Entrevista a Aitor Arregi

Entrevista a Aitor Arregi, codirector de “Handia”. El encuentro tuvo lugar el martes 17 de octubre de 2017 en el hall de los Cines Verdi en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aitor Arregi,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Nuria Costa y Katia Casariego de Working at Weekend, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

El jardín de Jeannette, de Stéphane Brizé

LA DESILUSIÓN DE VIVIR.

“Aquí he venido a refugiarme de un mal de amores que parece matarme. Un mundo plácido lleno de calidez, virtud, fuerza y poder. No es más que mi niñez. Débil, inmadura y sin capacidad de poder percibir nuestra divinidad. Cuando la primavera lleva con toda su virilidad la tierra queda yerma la intenta en vano amar. ¿Para qué tantas flores que luego no dan fruto? ¿Para qué tanto trigo de grano diminuto? Cada cosa tiene su fin. Todo un porqué tiene. El destino así lo quiere. Y así el mundo fue creado bajo fatales ordenanzas. La naturaleza la creó Dios a su imagen y semejanza”

En la Normandía de 1819 vivía Jeanne, una joven baronesa de 20 años de pureza infinita, llena de ilusión y extrema confianza hacia los demás. Rodeada de un edén ideal y acogida con unos padres sencillos pasan el tiempo entre los cuidados a sus innumerables granjas, los frutos y hortalizas del huerto, los paseos alegres por el campo, la visión de las olas rompiendo en la playa y las largas conversaciones junto a la chimenea. Días con mucha luz, amor y divinidad por todo aquello que Dios les ofrece cada día. Un día, llega Julien de Lamare, un vizconde local que enamorará a Jeanne y juntos emprenderán una nueva vida alejada del paraíso de la infancia. Pero las cosas no son lo que parecen, la armonía y la paz que reinaba en la existencia de Jeanne se ven truncadas por las mentiras, la hipocresía del mundo de los adultos. Su bondad se ve perjudicada y su vida comienza a teñirse de un color muy oscuro.

La segunda adaptación en la carrera de Stépahne Brizé (Rennes, Francia, 1966) después de Mademoiselle Chambon, donde adaptaba a Enric Holder, se trata de Guy de Maupassant, uno de los novelistas más adaptados en la historia del cine por nombres tan ilustres como Stenberg, Rohmer, Ford, etc… Aquí adapta “Un vie” (Una vida) pero lo hace, como mandan las buenas adaptaciones, traicionando el texto original y extrayendo todo aquel espíritu que ronda en el imaginario del célebre escritor. La película de Brizé se centra en un único punto de vista, el de la joven Jeanne a la que seguiremos durante 27 años, y lo haremos a través de un formato singular, el 1:33, donde el plano se torna cuadrado, muy alejado de la forma habitual para mostrar la belleza de formas y colores que encierran la luminosidad de las películas de época. Brizé se centra en su anti heroína de una forma muy cercana, filmando su intimidad, en su encarcelamiento vital y emocional, su poderosa luz del inicio y la oscuridad que va rodeando toda su existencia, en ese mundo que no logra entender, y sobre todo, no encuentra su lugar, siendo rechazada y vilipendiada por aquellos que los rodean con sus sucias mentiras.

Si en la anterior película de Brizé, La ley del mercado, nos describía hasta donde llegaba moralmente un trabajador para conservar su empleo, ahora, también nos envuelve en la mirada de una idealista, alguien que confía en los suyos pero estos la traicionan una y otra vez. El cineasta francés evoca a todos aquellas personas que sufren y mueren en un mundo donde todo es pura apariencia, en el que las cosas se mueven por intereses viles y canallas, y la bondad y la humanidad, muy propias de nuestro ser han sido desterradas y olvidadas para dejar paso a comportamientos inmorales y egoístas que dañan y hacen sufrir a los demás. La trama se nos muestra desestructurada, hay continuos cambios en el tiempo, tanto atrás como adelante, dejándonos llevar por los continuos devaneos emocionales de la protagonista, en el que el amor y la muerte centran su existencia, la cual muestra su confianza al resto, pero continuamente es contaminada y violada. Un mundo donde la paz y tranquilidad de la naturaleza no contagia los comportamientos de los personajes, que engañan y mienten siguiendo sus más bajos instintos, en un mundo de juegos, risas y palabras amables que se torna en engaños e hipocresía cuando se sienten libres de los demás.

Brizé toma como inspiración a grandes autores como Chabrol o los Taviani, y otros que se han sumado a la larga tradición de recuperar ese contexto histórico del XIX,  en la que nos plantea una cinta de cuidadísima planificación formal, donde cada detalle de la naturaleza y el tiempo es captado de forma sencilla e íntima, donde escuchamos el rumor del campo, y todo aquello que se mueve a nuestro alrededor, haciendo muy visibles el inevitable paso del tiempo, desde los días largos del verano con su maravillosa luz a los días lentos y oscuros del frío invierno, acompañados por un plantel de intérpretes entre los que destaca Judith Chemla como la desdichada y engañada Jeanne, en una interpretación llena de belleza y matices, junto a sus padres, los encantadores y vitales Yolande Moreau y Jean-Pierre Darroussin. Brizé nos adentra de manera naturalista y austera a ese mundo en el que parece que todo sigue una armonía social aparente, pero más lejos de la realidad, todo resulta pura fachada, donde se tejen mentiras por doquier, donde la virtud y la inocencia de una joven se verán continuamente engañadas y sometidas al yugo de un universo oscuro, falso y puramente hipócrita.

El renacido, de Alejandro González Iñárritu

El-renacido-posterTODOS SOMOS UNOS SALVAJES.

“A las Tierras Vírgenes no les gusta el movimiento. La vida es una ofensa para ellas, pues la vida es movimiento; y el objetivo de las Tierras Vírgenes es siempre destruir el movimiento. Hielan las aguas para impedir que corran hasta el océano, chupan la savia de los árboles hasta que congelan sus esforzados corazones vegetales; pero con quien son más feroces y hostiles es con el hombre, al que acosan y aniquilan hasta que lo someten; al hombre que es el más inquieto de los vivos, siempre rebelde con el dictamen que proclama que todo movimiento debe, al final, desembocar en la quietud”.

(Extracto de “Colmillo Blanco”, de Jack London)

El 6º título de la carrera de Alejandro González Iñárritu (1963, México) se basa en las experiencias reales de Hugh Glass, legendario explorador que sobrevivió al ataque de un oso “grizzly” y se convirtió en una leyenda de las montañas y del río Missouri, experiencias que fueron recogidas en la novela de Michael Punke, en la que se basa parcialmente la película de Iñárritu, que además, tuvo una adaptación anterior en la película El hombre de una tierra salvaje (1971), de Richard C. Sarafian, escrita por Jack DeWitt, y protagonizada por Richard Harris (parte de este equipo realizó la trilogía Un hombre llamado caballo). Con estos antecedentes, la última película del realizador mexicano, – rodada inmediatamente después de Birdman (La inesperada virtud de la ignorancia), que le valió el reconocimiento de la Academia -, es una historia como le gustan al cineasta, personajes en situaciones extremas, donde el entorno es marcadamente hostil, en el que impera un excesivo tremendismo, donde la violencia extrema, seca y bruta no tarda en imponer su voluntad.

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Iñárritu deja claras sus intenciones en el arranque de la película, nos sitúa en las heladas y extremas llanuras de Dakota del Sur en 1823, donde los tramperos cazadores de pieles son atacados salvajemente por los indios Arikara. El realismo exacerbado se mezcla con un espectáculo de horror, sangre y muerte. Todo está contado para desparramar al espectador de su asiento, no hay tiempo para pensar en las imágenes, todo sucede a una velocidad de vértigo, el espectáculo tiene la palabra, todo se enmarca en la grandiosidad del mainstream hollywoodiense. Ahí, damos paso al ataque del oso, – una secuencia de verdadera angustia que no tiene fin – , la expedición, maltrecha por el ataque de los indios, y debido a las dificultades extremas del camino, deciden dejar el malherido y terminal cuerpo de Glass al cuidado de unos voluntarios, sólo uno, John Fitzgerald, que se erigirá como el antagonista y pieza clave en la trama, lo hará por un buen puñado de dólares. Circunstancias y motivos inmorales, llevarán a Glass a quedarse sólo a su suerte. A partir de ese instante, la película adquiere su verdadero desarrollo, Iñárritu nos enfrenta a varios puntos de vista, por un lado, tenemos a la expedición que continúa su camino, luego, los indios Arikara, que tras robar las pieles, se las venden a un grupo de franceses, y mientras buscan a la hija del jefe que ha sido secuestrada, y la peripecia solitaria y condenada al fracaso de Glass. Iñárritu se queda con este último, sigue sus pasos, de olor a muerte, la supervivencia en condiciones extremas se sucede de forma contundente y visceral, sobrevivir es el objetivo para enfrentarse al temido y malvado Fitzgerald (un personaje de una sola pieza, que echa en falta un enfoque más humano y profundo).

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El caminar lento y terrible de Glass está filmado por Iñárritu como es costumbre en su cine. Un fatalismo llevado a la desesperación, y una grandilocuencia formal, donde además se recrea en capturar el horror como si de un espectáculo se tratase. La natural y bellísima luz del cinematógrafo Emmanuel Lubezki (habitual de Iñárritu y de las últimas películas de Malick), y los planos largos, retratan de forma realista el cuerpo malherido que lucha con todo para no morir, el primitivismo y la brutalidad están filmados sin concesiones, dejando todo el salvajismo y encarnizamiento al descubierto. La única ley del salvaje oeste es matar para que no te maten. Aunque toda esta cercanía y proximidad, queda deslucida cuando Iñarritu se pone profundo, y mediante secuencias oníricas, nos descubre el pasado del personaje, casado con una nativa Pawnee con la que tenía hijos, uno de ellos, tendrá un protagonismo importante en el transcurso de la trama. Di Caprio cumple con su cometido, su interpretación del no muerto Glass está basada más en miradas y gestos que en la palabra, y tiene un antagonista, interpretado por Tom Hardy, que a pesar que su personaje no tiene mucha combatividad emocional, deja algún detalle interesante. Iñárritu sigue fiel a su estilo, entiende el cine como un espectáculo de masas, donde todo tiene cabida, la violencia explicita con lo romántico, el ensimismamiento retorcido de la miseria y animalidad humana en contacto con un entorno extremo y salvaje, y se ha enfrascado en una película muy al estilo western, con venganza de por medio, que pedía más contención, sobriedad e interioridad, como hacía Pollack con Las aventuras de Jeremiah Johnson, o Penn con Pequeño Gran hombre, por ejemplo. Aunque su mirada sigue al servicio de la grandilocuencia y la exageración formal, en la que tiene cabida la épica, no de los hombres corrientes, que trabajan sin descanso, sino la de las grandes leyendas de redención y superación.

La historia de Marie Heurtin, de Jean-Pierre Améris

La_historia_de_Marie_Heurtin-814895053-largeCANTO A LA EDUCACIÓN

Cuando el cineasta Jean-Pierre Améris (1961, Lyon. Francia), -autor de películas muy notables como La vida (2001), Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y Tímidos anónimos (2010)-, conoció la historia de Marie Heurtin, una niña de 14 años sorda y ciega, que a finales del siglo XIX fue recluida en un asilo de monjas para recibir educación, no lo dudó un instante, y se trasladó hasta los escenarios reales donde aconteció la historia, en el Instituto de Larnay, cerca de Poitiers. En ese espacio, Améris edifica el entramado argumental de su película. La historia arranca cuando los padres de Marie incapaces de educar a su hija, la llevan hasta el asilo, allí, debido a su grave minusvalía, la madre superiora rechaza su ingreso, pero la obstinación y perseverancia de la monja Sor Marguerite la hacen cambiar de opinión y la llevan a aceptar a la niña.

Así empieza este cuento hermosísimo sobre la superación de un ser que vive en la más absolutas de las oscuridades y silencios, una niña a la que se le ha negado la capacidad de comunicarse, y además se ha pasado casi toda su vida viviendo como una animal salvaje. El trabajo incansable, paciente y extraordinario de la monja, que en algunos momentos más que sesiones de aprendizaje, parecen combates de lucha, harán posible que Marie se convierta en una persona, primero, y luego, en una mujer inteligente, sensible y humana. Améris sustenta su película a través de sus dos personajes, y la amistad y el amor que entablan la monja Sor Marguerite (estupenda Isabelle Carré) y Marie (cálida la debutante Ariana Rivoire), que se erigen como el pilar de esta historia emocionante y contenida. El realizador francés adopta la línea emprendida por obras antecesoras que planteaban historias similares como El milagro de Anna Sullivan (1962, Arthur Penn), donde una institutriz se enfrentaba a una niña, Helen, también sorda y ciega, o El pequeño salvaje (1970, François Truffaut), donde el genial cineasta francés recogía la historia de Victor de Aveyron, un niño criado solo en el bosque, que era rescatado por un doctor que lo educaba.

El punto de partida de las tres obras es similar, aunque Améris ofrece una mirada propia, abre una senda diferente, sitúa su historia en la naturaleza, al principio, una parte de la educación se ubica en las cuatro paredes del convento, pero el desarrollo de los sentidos y su interrelación se produce en la naturaleza, en el contacto con los rayos de luz, la brisa que acaricia el rostro, las  hierbas que se mecen por el viento, las flores que adoptan formas, colores y multitud de significados… La desbordante e indescriptible emoción de quién aprende algo por primera vez, que relaciona las cosas que le rodean, que las conoce y sabe relacionarlas entre sí. Un cuento humano y poético, donde los pequeños e insignificantes detalles de los que estamos rodeados adquieren una gran importancia, en el que asistimos a la emocionante alegría que siente el que enseña con cada pequeñísimo paso que obtiene el que está aprendiendo. Un espacio donde el sentido del tacto lo es todo, y onde Marie se enfrentará al descubrimiento de la alegría y la felicidad, pero también a los sinsabores y la ausencia. Un delicado y dulce relato sobre la voluntad de superación de cada uno a pesar de los obstáculos más firmes y difíciles que nos podamos encontrar. Una maravillosa lección de pedagogía que rubrica el grandísimo valor del lenguaje, sea de la forma que sea, como elemento indispensable para que todo ser humano pueda comunicarse y relacionarse entre sí y los demás.