Entrevista a Gabriel Azorín, director de la película «Anoche conquisté Tebas», en el marco del D’A Film Festival, en la imperdible sección de «Un impulso colectivo», en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gabriel Azorín, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”
Rabindranath Tagore
Hay muchos Cine Español, tantos como cineastas existen. Hay uno que hace mucho ruido, dicho sea de paso, por la cobertura de medios, instituciones y demás escaparates. Aunque eso no significa que sea el cine que más representa el cine que se hace por estos lares. Es un cine más. Porque no hay duda que lo que llamamos Cine Español no es más que una etiqueta, porque el cine hecho aquí es muy diverso, heterogéneo y sobre todo, tan complejo como la historia de este país. Dicho sea de paso, una película como Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín (Hellín, Albacete, 1981), es todo lo que el cine debería ser, y no lo digo de forma categorizante, para nada. Si no que lo digo por su audacia e inteligencia en devolver al Cine, y esto lo digo con “mayúsculas”, el Cine de los orígenes, tan radical, imaginativo y sorprendente, donde la herramienta cinematográfica era un medio de exploración infinita, donde cada encuadre era un viaje en sí mismo, donde aquello que se llama “fantasmagoría” crecía en cada película, resignificando una nueva forma de narrar, de contar, de experimentar y sobre todo, de romper y atreverse con todo.
A Azorín llevamos tiempo siguiéndole la pista, desde su formación en la ECAM, por ser miembro de lacasinegra, un colectivo que forma junto a Elena López Riera, Carlos Pardo Ros y María Antón Cabot. Un cuarteto de cineastas exploradores de la imagen y todas sus múltiples variedades, conceptos y texturas como demuestran en su largometraje Pas à Geneve (2014), que siguen retroalimentándose en sus respectivas películas. Como director en solitario con Los galgos (2012), El ruido del universo (2022), y Los mutantes (2016). Con Anoche conquisté Tebas hace su puesta de largo en solitario y nos convoca en un lugar fascinante y magnético como las termas romanas de Bande, en Ourense (Galicia), y nos sitúa a través de unos amigos portugueses que las visitan. Un arranque extraordinario con esos citados amigos caminando por unos barros fangosos de difícil tránsito, y luego, esa cámara cenital que los observa y los diminuta mientras juegan por los restos pedregosos de las termas. Una película de descubrimiento, de volver a ver el cine de verdad, de encantarse con cada plano, cada mirada y cada leve gesto, porque la película devuelve al cine a su esencia: a la palabra, al agua y a la amistad. Un cine que se quita el artificio para sólo observar la película, su historia, a sus personajes, a escuchar sus diálogos tan cotidianos como reveladores, con esas conversaciones tan importantes como difíciles, a las que nadie se atreve a penetrar.
El cineasta manchego ha vuelto a contar con el cinematógrafo Giuseppe Truppi, el italiano afincado en España que tiene en su filmografía a la citada López Riera, con la que ha hecho casi toda su carrera, amén de Léon Siminiani y Guillermo Benet, que colabora en la película. La cámara se posa en la historia, en su relato, en su espacio y los hace míticos, como si el tiempo, la memoria y sus gentes se evaporan en sintonía con el agua, como si todo se detuviera, como si lo que vemos fuese como una sensación entre la razón y el sueño, entre estar despierto y la vigilia, con una hipnotizante atmósfera nocturna que lo inunda todo, donde habita un espacio intermedio repleto de sombras y fantasmas. La falta de música ayuda a construir ese espacio cinematográfico, con el tenue y leve sonido del agua, casi como a hurtadillas, con una constante que varía según los acontecimientos. El magnífico trabajo de arte de Miguel Ángel Rebollo, ayuda a construir ese espacio intermedio entre lo que vemos, lo que imaginamos y lo demás allá, en un lugar que va variando y va dejando pasar como los vapores que no cesan emanando del agua. El montaje corre a cargo de la gran Ariadna Ribas, con unos impresionantes 111 minutos con un ritmo reposado, imperceptible y mágico, donde la única jornada va pasando como a escondidas, dejando el mundo y lo demás fuera, y dejándonos sólos con los personajes y sus conversaciones y sus silencios.
Entre los intérpretes encontramos a los portugueses Santiago Mateus y António Gouveia, por un lado, y por el otro, a Oussama Asfaraah, y el serbio Pavle Cemerikic, que hemos visto en películas de su país como La carga y La patria perdida, entre otras. Sin olvidar la breve pero estimulante presencia de Lorena Iglesias. Unos actores que se metamorfosean con el ambiente, y sobre todo, con su atmósfera y se convierten en “otros”, en unos hombres que hablan de amistad, de miedos, de guerras, de soledad, y de la vida que nos aleja y de los sueños que tenemos, que ya no tenemos y que nunca tendremos. Un cine que nos retrotrae al cine de los Rossellini, Pasolini y Tarkovski, y demás, donde la palabra y el espacio era el epicentro de la narración. Hay pocas películas que necesitan de su visión como esta, y no lo digo con ánimo de llamarla “necesaria”, que es un término que se usa con demasiada gratuidad. Lo digo como una experiencia alucinante su visionado, porque Azorín consigue algo tan difícil en una sociedad tan mercantilizada y sobreestimulada como la que vivimos, porque nos aleja de todo eso, y nos invita a escuchar las conversaciones de unos hombres jóvenes durante su descanso dentro del agua, y lo hace despojando el cine de todo su maraña artificiosa, y desnudando cada plano y cada mirada, dejándonos solos ante la cotidianidad de un diálogo, entre la vigilia y el sueño, entre la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras existencias, del constante juego de vivir y no vivir, de todo aquello que somos y lo que no, y todo aquello que deseamos y que no se producirá, y todo aquello que nos atrevemos hablar y nunca lo hacemos. Una película que recupera el cine en su esencia, en su primigenia, en su labor de mirarlo y dejarse llevar por lo más sencillo, lo más transparente y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todos los espacios íntimos son los que se relacionan con la sensualidad, con la vida, con un orden mucho más cósmico”
Laura Esquivel
Las anteriores películas de ficción de David Pablos (Tijuana, México, 1983), van sobre un viaje de dos hermanas en busca de su madre desaparecida en La vida después (2013), en Las elegidas (2015), se metía de lleno en el mundo sórdido de la prostitución y el tráfico de mujeres, y en El baile de los 41 (2020), rescatba un suceso real que sucedió a principios del siglo XX cuando la policía de forma ilegal entró en una vivienda y descubrió a una veintena de hombres vestidos de mujer. En su cuarto trabajo de ficción, amén del par de documentales que arrancaron su filmografía, se adentra en el mundo salvaje y peligroso de los camioneros del norte de México, y añade la mirada a la comunidad LGBTQ+, en una historia que va de Veneno, un joven vagabundo que se acuesta con camioneros ávidos de sexo y compañía. Veneno conoce a Muñeco, un rudo y solitario camionero, tan quebrado como el muchacho, con el que compartirá viaje e intimidades, y no a lomos de sendos caballos sino subidos en un camión que lleva mercancías de aquí para allá, initerumpidamente.
El director mexicano nos sitúa en un entorno muy hostil, de una cierta masculinidad dura y de apariencias, en un viaje continuo que no parece acabarse nunca. Una travesía sin fin y sin destino aparente, en el que las diferentes etapas nos hablan casi en tono documental de una forma de vivir y de idiosincrasia en que los camioneros viven y sufren una vida dura, llena de peligros y conflictos. Además, el relato incorpora el western y el noir, un thriller seco, de polvo y arena, de carreteras solitarias, y lugares malolientes y aislados donde encontrar un poco de cariño y calor. El tercer vértice de la película es la mirada a la comunidad homosexual en un entorno en el que parece ser lo contrario, aunque las apariencias engañan, y los duros camioneros y molidos por la vida tienen su parte oculta que solo conocen ellos y su camión. Pablos habla de soledad, de masculinidad normativa y su contrario, de la complejidad humana y todo lo que rodea a dos seres quebrados por la vida y en situación de fuga o de viaje muy lejano en el que nada ni nadie les espera. Una travesía a los confines de la psicología humana y a esos no lugares, que parecen islas con pocos habitantes y los que hay parecen seres tan rotos que están como olvidados, como que nadie los reclama y si alguna vez lo hicieron ahora ya no.
La cinematografía la firma Ximena Amann, con una filmografía que abarca más de 20 títulos, al lado de directores como Alejandro Zuno y Astrid Rondero, en sus segunda colaboración con Pablos después de la serie La cabeza de Joaquín Murrieta (2023). Una luz llena de encuadres y planos muy cercanos y asfixiantes que ayuda a traspasar a los protagonistas, y a dotar de fuerza y mirada cercana a esa intimidad privada y hacia adentro por la que navega la historia, capturando todo ese submundo y agreste por el que transita el relato. La música de Andrea Balency-Béarn, tercera película con Pablos, después de El baile de los 41 y la mencionada serie, con unas composiciones que se camuflan con el áspero y sucio territorio, amén de temas tan populares como “Los caminos de la vida” y “Ojitos mentirosos”, en unos espacios donde abundan esos bares de carretera en el que pasa y se ve de todo, con esos temas propios del western crepuscular muy propio de finales de los cincuenta y sesenta cuando los cineastas miraron de frente alejándose de la épica y del mito. El montaje lo firman el dúo Jonathan Pellicer, con más de 27 títulos en su carrera, y Paulina del Paso, que ha trabajado con Tatiana Huezo, entre otros. Una edición modélica y sin fisuras, sobria y concisa, en el que nada está por estar, en un metraje que se va a los 93 minutos.
Destaca la presencia de Diego Luna como coproductor, en una película protagonizada por un dúo rompedor y magnífico como el debutante Víctor Prieto dando vida al joven buscavidas Veneno, todo un acierto la estupenda interpretación del actor primerizo. Le acompaña Osvaldo Sánchez, que parece sacado directamente de una película de Peckinpah, que interpreta al rudo y quebrado Muñeco, un actor con más de 100 producciones teatrales y 25 películas a sus espaldas. Y luego toda una retahíla de intérpretes, magníficos y cercanos que transmiten toda esa furia, dureza, rabia y pérdida por una tierra seca, dura y salvaje. La película En el camino me ha descubierto un cineasta extraordinario como David Pablos, que no conocía hasta la fecha, porque su film es un viaje por ese maldito norte mexicano donde dos pobres y perdidas almas encuentran un consuelo y un cariño que no esperaban, en una atmósfera de película de terror donde las amenazas son de carne y hueso, porque estamos ante un ambiente en que la vida pende de un hilo, y cada paso se mide y mucho, porque a parte de carretera, algunos tequilas, un poco de guiso, y algunas rayas de cocaína, y unos pocos polvos con alguna mujerzuela, la vida vale bien poco o quizás, vale algo pero todavía no saben el qué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a la actriz Assumpta Serna, con motivo del ciclo que le dedica el Cineclub Sabadell, en las oficinas de la productora esdeMangofilms en Sabadell, el miércoles 4 de febrero de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Assumpta Serna, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Tony Andújar y Carol Garrido de esdeMangofilms, por su hospitalidad y cariño, y a Angie Capretti de Comunicación de la actriz, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Cyril Aris, director de la película «Un mundo frágil y maravilloso», en el marco del D’A Film Festival en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 27 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cyril Aris, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Martin Samper, por su gran labor como intérprete, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Las raíces no están en el paisaje, ni en un país, ni en un pueblo, están dentro de ti”.
Isabel Allende
Después de dos obras como Adam (2019), y El caftán azul (2022), la directora Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ambientadas en Casablanca y la medina de Salé, ancladas a partir de dos tabúes de su país como el embarazo fuera del matrimonio y la homosexualidad, a partir de relatos extremadamente sensibles y profundos, domésticos y naturalistas, donde cada mirada, gesto y silencio se apoyan en unos conflictos trascendentales pero tratados desde lo más íntimo y cercano. Su tercera película, Calle Málaga, se instala en su ciudad natal, y rescata de su pasado a su abuela española, trasladándose a la cotidianidad de María Ángeles, una anciana de 79 años, que nació en la ciudad y ahí sigue como una vecina más, como demuestra el magnífico prólogo, en la que vemos a la mujer comprando y relacionándose con sus convecinos comerciantes, soltando alguna que otra palabra en árabe, y emocionada con la visita de su única hija, Clara, que no traerá las noticias esperadas de reencuentro, sino otras, la intención de vender el piso de María Ángeles y poner a su madre en una residencia, hecho que la madre se negará en redondo.
La película sigue en la intimidad de las anteriores cintas de la cineasta marroquí, aderezada con algo de ligereza, pero que no tomemos como engaño, porque dentro de la historia se confrontan situaciones tan duras y difíciles como sus predecesoras. Tenemos el conflicto intergeneracional, que ya se profundiza en las dos primeras, esta vez entre una madre e hija, demasiado alejadas, tan extrañas como diferentes. Si en las otras el hijo era la raíz, en la segunda, la homosexualidad latente y oculta, en esta, es el piso que separa y alimenta la tensión entre madre e hija. Aunque el espacio exterior es capital en las tres películas, los relatos se instalan en las cuatro paredes de la pastelería de Adam, la sastrería de El caftán azul, y el piso de la discordia habitado por María Ángeles. Tres lugares que escenifican lo compartido y lo alejado en los diferentes personajes. Un lugar doméstico testigo de los conflictos y sobre todo, de las vidas tan distantes que lo habitan, porque en el cine de Touzani nada está al azar, todo lo que vemos está muy pensado, y cada objeto y espacio se ciñe a las emociones por las que están pasando los protagonistas. Un cine que nos habla a hurtadillas, a través de unos seres que se esconden de todos y sobre todo, de sí mismos.
La cineasta árabe vuelve a contar con la cinematografía de la polaca Virginie Surdej, que ya trabajó en sus primeras películas, a la que conocemos por sus trabajos con Nabil Ayouch, coguionista y productor de los tres films de Touzani, y con el guatemalteco César Díaz, La luz tenue y opaca de los interiores, donde predominan las sombras está mezclada con la luz mediterránea de ese Tánger tan vivo, tan cálido y tan íntimo. La música alegre y contenida, según la situación, de Freya Arde, de la que vimos no hace mucho el documental Riefenstahl, de Andres Veiel, ayuda a reflejar las alegrías y tristezas que se mueven por la historia, sin hace hincapié en ninguna de las dos cosas, sino contando esa naturalidad en la que vivimos la mayoría, con esos días buenos, malos y la mayoría sin más. El montaje lo firma una grande de nuestra cinematografía como Teresa Font, con más de 100 títulos al lado de grandes como Aranda, Jordà, Uribe, y más recientemente, Almodóvar. Una edición que se va casi a las dos horas de metraje, en la que todo pasa de forma suave y tranquila, con esos golpes inesperados que vienen por parte de la hija, en la que el montaje capta con atención y sensibilidad todos esos pormenores que agitan tan violentamente la paz de la protagonista.
Si en las dos primeras obras de la directora marroquí el reparto pivota a partir del buen hacer, la mirada, el cuerpo y la gestualidad de la gran Lubna Azabal, en Calle Málaga el testigo lo recoge una excepcional Carmen Maura. La actriz madrileña con más de 165 títulos en una filmografía extraordinaria que arrancó en aquel lejano 1971 en El hombre oculto, de Ungría. Con sus espléndidas 80 primaveras en plena vitalidad cinematográfica después de Vieja loca, nos llega su María Ángeles, uno de esos personajes tan queridos que la Maura lo hace con gran sensibilidad, con elegancia y cotidianidad, tan bello, tan fácil y sobre todo, tan poderoso cuando la cosa se pone dura. Un regalo para los espectadores para una de las actrices más importantes de las últimas cuatro décadas. Le acompañan una magnífica Marta Etura como la hija antipática que viene con la soga al cuello y usa a su madre como revulsivo a su desgraciada existencia. También vemos al estupendo actor/director marroquí Ahmed Boulane como Abslam, el anticuario que tendrá un gran papel en la vida de la Maura, que hemos visto en películas del citado Ayouch, y en la serie Los farad. Completan el elenco Miguel Garcés, que hace poco vimos como padre en Los domingos, y la veterana María Alfonso Rosso, con más de 30 años de carrera.
Si deciden ver una película como Calle Málaga, de Maryam Touzani, se introducirán en un universo como Tánger, que los franceses llamaban “La novia de París”, que se parece muy poco en el creció y vivió María Ángeles, como ese retrato del Gran Teatro Cervantes que tiene en cada, y después el real, lleno de vallas y andamios en pleno derrumbe por unas obras que lo cambiarán. Una metáfora que describe el sentimiento que tiene la protagonista de la película, porque ella se siente de ahí, por mucho que cambie su fisonomía, sus gentes y lo demás. Porque lo que no cambia es el interior de cada uno, eso que no puede explicarse pero sabes que es así. Además, la película la protagoniza una mujer de 80 años, algo que no sucede con frecuencia en el cine ni en otras artes, como si la vejez fuese una condena o una enfermedad que nadie quiere padecer. Cosas estúpidas de nuestra especie sapiens. Porque la vejez de María Ángeles no está nada mal, porque mientras haya ganas de vivir, todo puede ocurrir como descubrir el amor, el sexo, nuevas amistades, nuevas sensaciones y sobre todo, nuevas ganas de seguir viviendo, experimentando, descubriendo la vida y a uno mismo, porque para eso, no hay edad que valga, mientras haya salud, uno es capaz de todo, aunque tarde un poco más en hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Dos personas que se miran a los ojos no ven sus ojos sino sus miradas”.
Robert Bresson
De las 16 películas y media que componen la filmografía de Jim Jarmusch (Cuyahoga Falls, Ohio, EE. UU., 1953), encontramos algunas estructuradas en forma episódica: Mystery Train (1989), breves historias que suceden en Memphis, Noche en la Tierra (1991), pequeñas tramas a bordo de un taxi por medio mundo, y Coffe and Cigarettes (2003), conversaciones alrededor del café y el tabaco. Su última película Father Mother Sister Brother se une a lo episódico a través de tres fragmentos que tiene en común la familia, en la que tres visitas serán el epicentro de las situaciones. En la primera, que ocurre en uno de esos pueblos de montaña en New Yersey, un par de hermanos visitan a su padre. En la segunda, nos trasladamos a Dublín, en la que una madre espera la llegada de sus dos hijas, tan diferentes como distantes. Y en la última, la visita se desarrolla en París, en la que dos hermanos acuden, por última vez, al piso que compartieron con sus padres fallecidos.
Después de una extensa y brillante filmografía como la del cineasta estadounidense sería inapropiado recordar sus grandes virtudes como narrador de la condición humana, aunque sí que podemos detenernos en su forma de representarlas, ya que, en ese sentido resulta uno de los mayores cineastas vivos en detenerse, observar y penetrar en esa oscuridad insondable que somos cada uno de nosotros. A partir de situaciones que se van a ir repitiendo en las tres historias como el agua y sus sabores, o un rolex falso, unos skeaters y los colores de los muebles y objetos, el director traza unas conversaciones a cerca de la familia, la memoria, los recuerdos, y sobre todo, en un leit motiv que se repite en todas sus películas, la relación de los presentes y los ausentes. La representación en el cine del norteamericano se basa en el vaciado, en aquello que Schrader mencionó en su magnífica obra “El estilo trascendental en el cine. Ozu, Bresson y Dreyer.”, donde lo importante es aquello que no se ve, lo tangible y lo más cotidiano como forma de relación entre los personajes, la repetición de los diferentes planos y encuadres, y de las diferentes situaciones para indagar en la forma más pura y honesta de representación y sus múltiples variaciones.
Como es costumbre Jarmusch se rodea de grandes técnicos como los cinematógrafos Frederick Elmes, con más de 60 películas al lado de Lunch, Cassavetes, Ang Lee y Todd Solondz, que ha estado en 6 títulos del director desde que hicieron juntos la citada Noche en la Tierra. El otro director de fotografía es Yorick Le Saux, con más de 40 películas, junto a Ozon, Assayas, Zonca, Guadagnino y Denis, y dos films con “Jimmy”. Los concisos y sobrios encuadres y planos en mitad de un quietud que traspasa, con esos planos cenitales tan hermosos como inquietantes, llena de tonos sombríos y tenues, y la idea de reposo absoluto donde los personajes miran y se mueven al son de una marcha silenciosa y muy cauta. La música la firman el propio director y Anika, artista de música electrónica y psicodelia, abraza ese tono realista y no acción que se impone en el tempo de la película. El montaje de Affonso Gonçalves, 5 películas con Jarmusch, amén de obras con Ira Sachs, Todd Williams y Todd Haynes, consigue esa idea de lo físico con lo metafísico en sus reposadas casi dos horas de metraje, en la que cada personaje asume un rol donde lo que hace y no dice tiene que ver con aquello que quiere expresar, pero no de un modo directo sino a partir de subterfugios inherentes que van emergiendo en las triviales y superficiales encuentros.
Los repartos de las películas desde el lejano debut con Permanent Vacation (1980) siempre han estado poblados de su “rebaño”, es decir, sus amigos músicos y demás artistas de su espacio neoyorquino. El padre no podría ser otro que Tom Waits, desde los inicios en el universo de Jarmusch,. Un actor tan peculiar como los diferentes personajes que ha hecho en las pelis del director afincado en New York. Sus hijos son Adam Driver, que fue el silencioso conductor de autobuses de Paterson (2016), y Mayim Bialik, que muchos recordamos como la brillante Blossom. Charlotte Rampling es la madre dublinesa, y sus hijas son la preferida Cate Blanchett y la rarita Vicky Krieps. Luka Sabbat y Indya Moore son la pareja de hermanos parisinos, amén de la presencia de Françoise Lebrun, la inolvidable amante de La mamá y la puta (1973), de Eustache. Unos intérpretes que se apoyan en los silencios y en la “no actuación” para encarnar a unos personajes que ejercitan la inacción, a través de miradas, gestos y demás acciones invisibles en las que construyen unos personajes que hablan muy poco o lo justo, o quizás, no les hace falta verbalizar lo que ya sus acciones explican.
El largo título de Father Mother Sister Brother no sólo ejemplifica esa idea de análisis certero y directo sobre el significado ya no sólo de la familia, de esos seres extraños que se confunden en la maraña de las relaciones y (des) encuentros, sino de algo mucho más profundo que encontramos en toda la filmografía y brillante de Jarmusch, y no es otra que esa idea de que los pequeños e insignificantes de la vida son la vida, es decir, que lo demás, la mayoría de cosas que hacemos en nuestra existencia, son cosas que sirven para lo que sirven, pero que las otras cosas, las que apenas apreciamos por nuestras estúpidas prisas y demás, son las que hacen la vida un lugar que vale la pena estar, no en un sentido de ociosidad y fervor alucinatorio donde las actividades físicas y experiencias de otra índole nos llenan la vida, pero la alejan del verdadero no significado de la vida, y que no es otro, que la de sentarse frente a un ventanal, con un té en la mano, y mirar detenidamente el agua azul del lago, el caer del día y los diferentes destellos de luz. Quizás de tanto buscar la vida nos olvidamos que la tenemos tan presente que no la miramos, y nos dedicamos a atiborrarla de cosas y más cosas, y nos perdemos la invisibilidad, lo que no vemos, y lo que sentimos en la cotidianidad de la quietud, del silencio y de lo espectral, rodeado de tantos fantasmas que nos acompañan como les sucede a los personajes de Jarmusch, rodeados de lo que no se ve y de los que no se ven. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Se preguntó entonces a sí misma si me quería, y yo, yo no podía saber nada sobre este punto. Tras otro momento de silencio murmuró que yo era extraño, que sin duda me amaba por eso, pero que quizás un día le repugnaría por las mismas razones ”.
De la novela “El extranjero” (1942), de Albert Camus
Las tres últimas películas de François Ozon (París, Francia, 1967), se ejecutan a partir de un crimen: en Mi crimen (2023), una aspirante actriz se ve involucrada en el asesinato de un famoso y odioso productor en el París de los treinta. En Cuando cae el otoño (2024), la cosa gira en torno a una abuela, su hija y su nieto y unas setas tóxicas. Dos películas y dos tonos diferentes. La comedia vodevil de la primera, y la cotidianidad y lo oscuro de la segunda. Ahora toca el turno de El extranjero (“L’étranger”, en el original), basada en la novela homónima de Albert Camus (1913-1960), publicada en 1942 por uno de los padres del existencialismo, el absurdo y el sinsentido de la vida, que ya fue llevada al cine en 1967 con el mismo título y dirigida por Luchino Visconti y protagonizada por Marcello Mastroianni.
En El extranjero, con un guion del propio director con la colaboración de Philippe Piazzo, con el que ha trabajado en 6 películas, el director parisino hace una adaptación fiel a través de su enigmático protagonista Meursault, el oficinista que vive en el Argel francés de los treinta. Un arranque que nos retrotrae al de Casablanca, con dibujos e imágenes de la época para situarnos en una ciudad de franceses e indígenas en las que el citado tipo vive sin más, trabaja, va de aquí para allá pero sin el menor atisbo de esperanza o mera ilusión como demuestra en el contundente arranque en el entierro de su madre, hecho que le resignifica a lo largo y ancho de la trama. Ozon que se ha labrado una interesante filmografía a lo largo de sus 24 títulos en veintisiete años desde que debutara en Sitcom (1998), en la que se ha detenido en lo oculto de la psique humana a través de unos personajes rebeldes y nada convencionales que desean lo imposible, o quizás, lo que menos se ve, aquello que se anhela desde lo más profundo del alma. Su Meursault no está muy lejos de algunos de sus personajes, aunque el citado personaje de Camus podría ser el retrato más complejo y apático que ha hecho en todo su cine, porque lo encontramos cercano y a la vez, muy distante, porque no logramos saber que siente y mucho menos porque hace lo que hace. En realidad, es tan misterioso y oscuro como podemos imaginar, alguien demasiado honesto e indiferente en una sociedad donde todo es superficialidad y aparentar.
El cineasta francés ha vestido su encuadre con un magnífico, cálido y pesado blanco y negro que firma el cinematógrafo Manuel Dacosse, que ha trabajado junto a Hèléne Cattet, Bruno Forzani y Lucile Hadzihalilovic, amén de 5 películas con Ozon. Sus planos llenan cada espacio y se mueven entre la belleza y lo oscuro de la cotidianidad y sobre todo, del alma de Meursault, en una especie de limbo donde lo absurdo de la existencia humana se desprende de una soledad demasiado dura. La música de Fatima Al Quadri, de la que conocemos sus trabajos para Atlantique, de Mati Diop, y La abuela, de Paco Plaza, escenifica esa dualidad por la que se mueve el protagonista, una faceta que ha explorado enormemente en su cine el director galo. El montaje de Clément Selitzki, del que hemos visto sus trabajos con el director Nicolas Bedos en Los amantes del engaño y Alphonse, es metódico, lleno de intensidad y muy físico, en que seguimos incansablemente la inexistencia del personaje principal, que sigue su vida como si nada, abatido en una especie de ensueño falso, a partir de una ilusión inventada y sobre todo, sintiéndose un extranjero de sí mismo en una sociedad en la que no encaja, que va de prisa y no significa nada y que hace pero no siente nada, en una sociedad desesperada por que todo siempre tenga un sentido.
El reparto de la película, como suele suceder en el cine de Ozon, brilla con intensidad, sobre todo, en los detalles, en todo aquel submundo que no vemos pero está ahí, y no resultaba tarea nada fácil encontrar al actor que encarnará al protagonista y se ha encontrado en la mirada y el cuerpo de Benjamin Volsin, que ya nos deslumbró en Las ilusiones perdidas, otro personaje cumbre de la literatura francesa escrito por Balzac. El parisino se mete en la piel de Meursault, en una composición de altura, nada impostada en el que transmite esa desidia y ausencia de su personaje, que vimos en Verano del 85, de Ozon. Le acompaña una sensible y bellísima Rebecca Marder, que estuvo en la mencionada Mi crimen, siendo Marie que conoce al protagonista. Pierre Lottin es un vecino metido en problemas que vimos en la citada Cuando cae el otoño, haciendo un personaje también esencial en la trama. El gran Denis Lavant se mete en la piel de otro vecino que se pelea con su perro. Swann Arlaud es un sacerdote que tendrá su encuentro con el susodicho que tendrá su importancia capital en la historia. Jean-Charles Clichet es otro de los intérpretes que aparecen en la película.
La empresa de adaptar la novela no resultaba nada sencillo para un cineasta como François Ozon, pero la cosa no ha ido mal, todo lo contrario, porque la película sabe captar el alma y la esencia del libro de Camus, y situarnos en la piel de un Meursault que no resulta un personaje que guste, y tampoco disguste, quizás en esa indiferencia, pero no tanto, en una especie de limbo en el que no sabemos si nos agrada o no, o tal vez, no nos gusta porque, en realidad, conocemos que su forma de estar y no relacionarse con la sociedad y el resto tiene mucho que ver con esa estupidez y sin sentido en el que nos vemos cada uno de nosotros en nuestras torpes y vacías existencias, o podríamos decir y citando a Rebecca Solnit, la inexistencia de la que habla en sus memorias, porque como le sucede a Meursault y su crimen del que será juzgado, o no, porque el estado francés colonialista, clasista (como se evidencia en el cine sólo para franceses), y explotador, deviene una forma de ley donde no se espera que seas libre para sentir, sino que sientas lo que está aceptado socialmente, o simplemente, lo que toca en cada momento, sometidos a una moral donde no importa la verdad de cada uno, sino lo que se debe hacer para ser uno más en la sociedad, alineado y sensible a lo que toca, no a lo que uno siente de verdad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Samuel Alarcón, director de la película «El género chico» y «Déjame hablar», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el sábado 16 de noviembre de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Samuel Alarcón, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y al equipo de L’Alternativa, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Claudio Zulian, director de la película «Constelación Portabella», en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 29 de octubre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudio Zulian, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA