Tres mil años esperándote, de George Miller

UN DESEO HECHO REALIDAD.

“Ten cuidado con lo que deseas, se puede convertir en realidad”

Oscar Wilde

De la decena de títulos que componen la carrera de Geroge Miller (Brisbane, Australia, 1945), cuatro se los ha dedicado a Mad Max, el relato del vigilante de autopista en un futuro distópico donde escasea el agua, arrancó en 1979, convirtiéndose rápidamente en una cult movie, de la que rodó dos secuelas en 1981 y 1985. En el 2015 volvió a ese futuro que tantas alegrías le había dado con una nueva versión de título Mad Max: furia en la carretera. Entre medias, algunas películas para la gran industria como la comedia fantástica de Las brujas de Eastwick (1987), o el drama familiar de Lorenzo`s Oil (1992), incluso la animación con Babe, el cerdito valiente (1998), y las dos entregas de Happy Feet. Con Tres mil años esperándote, vuelve a su cine más personal, y más arriesgado, alejándose en cierto modo de la maquinaria hollywoodiense. Rescata un proyecto de los noventa, porque fue entonces cuando leyó el relato the Djinn in the Nightingale`s Eye, de A. S. Byatt, publicado en 1994, del que quedó fascinado, pero ha sido ahora, después del éxito de la nueva entrega de Mad Max que ha podido convertirlo en realidad.

Un guion que firman la debutante augusta Gore y el propio director, en la que su estructura recuerda a Las mil y una noches, el relato arranca con Alithea Binnie, una profesora de literatura fascinada con los cuentos y sus historias. De casualidad, en un viaje a Estambul, al que va a dar una conferencia, compra un curioso frasco que, cuando está en la habitación del hotel, lo frota y aparece un genio. A partir de ese momento, todo se agitará en la vida de Alithea, y el genio, también llamado “Djinn”, le concederá tres deseos, pero la mujer cauta y recelosa, no se decide por las consecuencias que le puede traer, así que, el genio le cuenta tres historias que ha vivido sobre los deseos y sus problemas venideros. Tres encuentros con tres mujeres. En el primero le cuenta su amor no correspondido con la reina de Saba y su condena al frasco. En el segundo le explica la frustración de no poder ayudar a una esclava que vivía en la corte de Solimán el Magnífico, y por último, la tristeza que le produjo su encuentro a mediados del XIX con Zefir, una mujer deseosa de conocer la naturaleza, de la que se enamora pero no acaba bien.

Miller construye una película muy íntima, cercanísima, en la que la trama sucede en una habitación de hotel entre los dos protagonistas, eso sí, las historias, esos cuentos maravillosos y tristes a la vez, suceden en otras épocas, cuentos llenos de magia y fantasía, en que la película enarbola una imaginación sublime y poderosísima, donde nos llevan en volandas por esos mundos de palacio movidos por el deseo, el amor, la traición, la  locura y la sabiduría y demás. La película consigue una interesante mezcla de cine hablado, con unos diálogos y unas replicas fabulosas que nos mantienen muy alerta y sobre todo, en la que se plantea numerosas cuestiones sobre nuestra propia naturaleza, aquello que deseamos y aquello otro que tememos y queremos olvidar. Y luego, nos encontramos con ese otro cine, más de acción, espectacular, en el que la fantasía visual se apodera del relato, donde todo parece formar parte de un sueño que se convierte en pesadilla.

La parte técnica brilla con intensidad y espectacularidad en cada secuencia de las historias que cuenta el genio, en la que Miller se ha arropado de viejos cómplices como John Seale, que consigue una depuradísima cinematografía, donde lo íntimo se fusiona con la ingeniería visual y da lugar a un relato lleno de enigmas, hipnótico y magnético, corpóreo y tangible. Al igual, que el montaje de Margaret Sixel que consigue dar mezclar la pausa del hotel con el ritmo vertiginoso que se apodera de los cuentos del genio, en unos inmensos ciento ocho minutos de metraje. También, encontramos con cómplices de Miller como Doug Mitchell en la producción, Roger Ford en el diseño de producción, Lesley Vanderwalt en caracterización, y la excelencia de Kym Barrett en el vestuario. Una excelente pareja de intérpretes como Tilda Swinton y Idris Elba, tan diferentes y a la vez, tan cercanos y especiales, capaces de dar vida y naturalidad a la situación más extraña e inverosímil, bien acompañados por un buen grupo de actores y actrices que, casi sin hablar, dan vida a sus respectivos roles.

Tres mil años esperándote nos habla de nosotros, de nuestra capacidad para imaginar, para escuchar cuentos e historias de otras épocas y de esta, en un mundo cada vez más ensimismado en la tecnología, y menos capaz de detenerse a escuchar, y la película de Miller también, entre otras cosas, reivindica la escucha y la imaginación, y sobre todo, la humanidad, todos los valores que nos han llevado hasta nuestros días, porque como decía el poeta, mientras haya alguien que se detenga y se siente a escuchar mi historia, tengo el deber de contarla, y no solo contarla, imaginarla una y otra vez para que no se pierda en el tiempo, lo mismo que deseaba Ray bradbury en el precioso final de Fahrenheit 451, en el que los libros ya desaparecidos, unos a otros se contaban esas historias que permanecían en sus memorias, el deseo de contar y escuchar, como le ocurre a la protagonista de la película Alithea Binnie, que tiene un deseo, un deseo difícil pero no imposible, un deseo que su genio deberá cumplir, como pueda o como desee. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tenéis que venir a verla, de Jonás Trueba

UN DÍA DE VERANO DESPUÉS DE UNA BREVE NOCHE DE INVIERNO.

“En estos tiempos en los que todo el mundo ansía tener éxito y vender, yo quiero brindar por aquellos que sacrifican el éxito social por la búsqueda de lo invisible, de lo personal, cosas que no reportan dinero, ni pan, y que tampoco te hacen entrar en la historia contemporánea, en la historia del arte o en cualquier otra historia. Yo apuesto por el arte que hacemos los unos para los otros, como amigos”

Jonas Mekas, Manifiesto contra el centenario del cine, 1996

Nunca sabremos dilucidar que partes pertenecen a la vida y qué otras al cine. Quizás la cuestión no va encaminada por ahí, sino que debería darnos igual, porque en el fondo son dos elementos a la par. Es decir: la vida y el cine forman parte de un todo, de una forma de vivir y acercarse a la vida, de mirarla, con sus pequeños detalles cotidianos, invisibles y ocultos, pero que son la verdadera esencia de las cosas. Detenerse a mirar y mirarse y a partir de ahí, construir una película que es un reflejo propio y ajeno de la vida, representarla ante una cámara y registrarla para que otros, los espectadores sean participes de ese trozo de vida, de ese trozo de cine.

El cine de Jonás Trueba (Madrid, 1981), está, como no podría ser de otra manera, íntimamente relacionado con su vida, porque el director madrileño filma su entorno, a sus amigos, donde escuchamos la música que escucha, y leemos los libros que le interesan, donde todo su mundo vital adquiere una transformación cinematográfica. Una vida que mira al cine y se refleja en él. Con Los ilusos (2013), su segunda película, empezó una forma íntima de ser, hacer y compartir el cine. Relatos sobre sus amigos y él, sobre todo aquello que los rodeaba y en especial, la circunstancia obligada, porque la película nacía de una necesidad de devolver al cine su esencia, sus orígenes, en una película que hablaba sobre lo que hace la gente que hace cine cuando no hace cine, toda una declaración no solamente sobre el cine, sino sobre cómo hacer cine. A aquella, que dio nombre a la productora, le siguieron Los exiliados románticos (2015), La reconquista (2016), La virgen de agosto (2019) y Quién lo impide (2021), todas ellas películas que hablan de amistad, de amor, de tiempo, de hacerse mayor, de frustraciones, de (des) ilusiones, de vida y también, de cine.

La pandemia ha afectado a sus dos últimas películas, como no podía ser de otra manera. En Quién lo impide, se iniciaba y finalizaba con una conversación de zoom entre Jonás y sus “adolescentes”, un monumental fresco cotidiano de casi cuatro horas donde se filmaba a un grupo de adolescentes y sobre todo, se les escuchaba. Nuevamente la pandemia ha transformado su nuevo trabajo, Tenéis que ir a verla, todo un no manifiesto ya desde su esclarecedor título. Por un lado, tenemos un aparte central de la trama, porque una de las parejas lanza la frase a la otra pareja amiga en referencia a su nueva casa de fuera de Madrid, a media hora en tren desde Atocha. Y por otro lado, un título que remite al hecho del cine, de ir al cine en las salas de cine, en el que la película en cuestión y el cine de Jonás en general, siempre aboga, y no solo en el hecho de ir a un cine, sino de compartir el cine y disfrutar de ese pequeño gesto que, debido a la pandemia ha provocado que muchos espectadores no vuelvan al cine. Jonás vuelve a contar con sus “Ilusos” habituales, Lafuente en producción, Racaj en cinematografía, Velasco en la edición, M. A. Rebollo en arte, Silva Wuth y Castro en sonido, Renau en gráfica, y sus “ilusos” intérpretes: Itsaso Arana, Francesco Carril y Vito Sanz, y la gran incorporación de Irene Escolar.

¿Qué nos cuenta la última película de Jonás Trueba?.. La trama es muy sencilla, de un tono ligero y cercanísimo, como suele pasar en el cine del director. Empieza en un café de Madrid una noche invierno mientras dos parejas amigas escuchan al genial pianista Chano Domínguez. Escuchamos dos canciones. Luego, escuchamos a las dos parejas. Una, la que vive en una casa fuera de Madrid, le pide a la otra, que vive en un barrio de Madrid, que vayan a visitarles. Seis meses después, vemos a la pareja en un tren camino a visitar la casa de los de fuera de Madrid. Esta vez los personajes de Jonás no van al cine, pero el cine siempre está presente, como esa secuencia en el tren, o ese encuadre cuando llegan a la casa, pero sí que hay esos momentos musicales, como el inicio con música en directo, que remite indudablemente a las canciones del desparecido músico Rafael Berrio, y otras canciones como “Let’s move to the Country”, de Bill Callahan, remitiendo a dejar la ciudad y vivir en el campo. También, hay libros, en este caso, el de “Has de cambiar de vida”, de Peter Slotendijk, del que nos leerán algunos fragmentos, todo un ensayo profundo y analítico sobre las ideologías en este tiempo actual, y la forma de hacer una sociedad más justa, solidaria y equitativa, entre otra muchas cosas.

El día de verano, donde se concentra casi toda la acción, o en el caso del cine de Jonás, podríamos decir el día en que se concentra todo el encuentro o el reencuentro, o quizás, el desencuentro, porque ese día, aparentemente construido con una sorprendente ligereza, hay toda una estructura férrea y profundísima de cuatro amigos, o lo que queda de su amistad, que hablan, también escuchan, de los temas que les atañen como vivir en la ciudad o en el campo, sobre ideologías y lo que queda de ellas, sobre embarazos o no, sobre ellos o lo que queda de ellos, sobre todas esas ilusiones de juventud, de todo lo que la pandemia ha despertado o enterrado, porque sigue tan presente en la película con las mascarillas todavía haciendo acto de presencia. Los cuatro amigos visitan la casa, comen, juegan al ping-pong, y pasean por el bosque, como explica la canción, que quizás no sea volver al campo a vivir o quizás sí, pero también es volver a ser o al menos, parecerse a lo que éramos antes y mejor, aunque esa sea la mayor de las ilusiones.

Tenéis que venir a verla es una película de metraje breve, apenas una hora, suficiente para filmar de forma ligera, transparente e íntima a las cuatro vidas que retrata la película, y hacerlo de una forma tan auténtica, como si pudiéramos tocar la película, olerla y sentirla, despojando al cine de su artificio y dejándolo libre y sin ataduras, como hacían los Rohmer, Tanner, Eustache, las primeras obras de Colomo y Fernando Trueba, Weerasethakul, Miguel Gomes y su reciente Diarios de Ostoga, también parida en pandemia, con muchos trazos, texturas y elementos próximos a la de Jonás, porque como abríamos este texto, el cine y al vida no tienen diferencias, sino todo lo contrario, el cineasta vive y filma, o dicho de otra manera, la vida provoca que se haga cine, un cine de verdad, que hable de nosotros, como hace Jonás, no solo un cineasta genial, sino un excelente cronista vital y sentimental de la gente de su edad, de su entorno y de todas las ilusiones que esperemos que la pandemia no haya acaba por eliminar, porque Tenéis que venir a verla, aboga a volver al cine, los que todavía no lo han hecho, y no solo es una película sobre cuatro personas, sino también, un acto de resistencia, de lucha, de política, de volver al cine, y volver a hacer cine natural, sobre nosotros, sobre todo aquello que sentimos y tan maravilloso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Fantasías de un escritor, de Arnaud Desplechin

EL ESCRITOR QUE AMA A LAS MUJERES.

“No puedes hacer que alguien diga la verdad más de lo que puedes obligar a alguien a amarte”

Philip Roth

En el cine de Arnaud Desplechin (Roubaix, Francia, 1961), encontramos individuos que aman y desaman, nunca en un orden establecido, siempre con dudas, con miedo a perder al amado/a y con miedo a seguir en la relación. Sus personajes son un sinfín de dudas, de idas y venidas, de seres fuera de lugar, que son incapaces de encontrar su lugar en el mundo, y mucho menos, de encontrarse a sí mismos. Un cine que lo ha catapultado al panorama internacional con un cine muy reflexivo, que profundizaba como ningún otro en las relaciones sentimentales, y sobre todo, mira sus historias desde el retratador sin juzgar, solo acompañando, pero con audaz crítica a la sociedad y las personas o no que la juzgan. El director francés ha construido una interesante filmografía con títulos tan recordados como los de Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle) (1996), Reyes y reina (2004), Un cuento de navidad (2008), Recuerdos de mi juventud (2015), Jimmy P. (2013), y Los fantasmas de Ismael (2017), entre otros. Doce películas, o lo que es lo mismo, doce instantes sobre las existencias de un grupo de personas o lo que queda de ellas.

”Engaño”, de Philip Roth (1933-2018), se ha convertido en la obsesión de Desplechin, y ha tenido varios intentos de adaptación a lo largo de su carrera. La pandemia desbloqueó la forma de encarar un relato estructurado a través de las conversaciones entre un maduro escritor y su joven amante en el estudio de trabajo del primero. El realizador francés ha adaptado la novela, junto a la guionista Julie Peyr, que ha trabajado en las cuatro últimas películas del director, en una historia que no solo nos sitúa en los encuentros del escritor con su amante inglesa, sino que tiene algunas salidas a otros lugares, tanto en el tiempo como en sus espacios. Asistimos a la cotidianidad de la vida conyugal del escritor junto a su esposa, a las llamadas de teléfono del escritor a una antigua amante que está tratándose de un cáncer, a un encuentro con una exiliada checa que le explica su historia, otra cita con una antigua alumna del escritor cuando era profesor en la universidad, y algunas llamadas telefónicas y otros tantas citas en cafés con la amante inglesa.

Estamos en el Londres de 1987, en la piel de un casi sesentón escritor estadounidense exiliado en la capital británica, conviviendo junto a él en su estudio de trabajo, austero, lleno de notas, documentos y libros esparcidos, con su amante inglesa, en el que los vemos entregándose al sexo, manteniendo conversaciones sobre las dificultades matrimoniales de la amante, sus tristezas y sus desilusiones, en una relación sexual y emocional que tendrá euforia, parones y sobre todo, muchas idas y venidas. Desplechin es un director que construye sus historias a través de personajes complejos, inquietos y sumamente emocionales, donde los vemos en sus quehaceres diarios y también, en sus deseos ocultos y muy personales, los que solo comparten con ellos mismos y personas muy cercanas, en una total discreción. La película está ambientada a finales del ochenta y siete, con el bloque comunista todavía en pie, y como es inevitable, nos habla de exiliados: en el caso del escritor totalmente decidido y convencido, peor en el caso de las otras, las mujeres, todas son condenadas al exilio: la amante inglesa a uno solitario y oculto y triste, Rosalie, la enferma, al de una habitación fría de hospital, la checa, al forzoso por las autoridades de su país, la estudiante, a la oscuridad de una enfermedad mental.

Fantasías de un escritor (“Tromperie”, engaño, en el original), no es una película sobre la bondad y la belleza femenina, no se habla de las mujeres, sino de la mujer en particular, a través de la visión del escritor, y sus visiones propias, en la se crea esa intimidad de ir más allá de lo mera superficialidad, con esa maravillosa y cercana luz del cinematógrafo Yorick Le Saux, toda una institución en el país vecino, con una filmografía excelente con nombres tan importantes como los de Resnais, Ozon, Denis, y otros, como Jarmusch, Guadagnino y Gerwig, entre otros. Un montaje que firma Laurence Briaud, que ha montado todas las películas de Desplechin,  que brilla por su sencillez y concisión para condensar esos ciento cinco minutos de metraje, con agilidad e interés, en una película en la que el movimiento se traspasa a la palabra, a la escucha, al contenido de las conversaciones y los saltos en el tiempo y en el espacio que la hacen muy interesante todo lo que se cuenta y también, lo que se calla.

La dirección de actores es un elemento importantísimo en el cine de Desplechin, y en Fantasías de un escritor, vuelve a hacer gala de esa maestría que tiene a la hora de elegir a sus intérpretes y sobre todo, dotarlos de vida, humanidad, complejidad e inquietud, como vemos en su elenco, que repiten con el cineasta francés, como Denis Podalydès en la piel de Philip, el maduro escritor y judío, que habla y sobre todo, escucha y toma notas para sus futuras novelas, sobre los judíos, sobre la familia, que siente la cercanía de la muerte, que recuerda su juventud, sus experiencias y sus amantes, a las que llama, o simplemente añora. Emmanuelle Devos, otra de la factory Desplechin desde la primera película, se mete en el cuerpo y el rostro de Rosalie, la amante enferma, en una de las secuencias más sobrecogedoras y divertidas de la película. Anouk Grinberg es la esposa del escritor, una mujer en la sombra o no tanto, Madalina Constantin es la mujer checa exiliada, y Rebecca Marder, la estudiante con problemas mentales. Y finalmente, una cómplice del universo del director como Léa Seydoux, dando vida a la triste, fascinante y reveladora amante inglesa, una mujer sin nombre pero con una vida insulsa, que los encuentros con el escritor le resultan placenteros, pero también, son una especie de huida al abismo, a la nada, a no sabe qué. Desplechin consigue seducirnos con su relato de la palabra y la escucha, con su sencillez y honestidad, envolviéndonos en todo ese pequeño y grandioso universo del mundo del escritor y todas las mujeres que lo componen, las de ahora, las de ayer y sobre todo, toda su imaginación, sus ensoñaciones y sus vidas y no vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Primavera en Beechwood, de Eva Husson

EL AMOR IMPOSIBLE DE JANE FAIRCHILD.

“El espíritu busca, pero el corazón es el que encuentra”

George Sand

La historia arranca el treinta de marzo de 1924, el llamado “El domingo día de las madres”. Ese día será crucial para la vida de Jane Fairchild, la criada de los Niven. Un día que tiene libre. Un día que pasará la mañana en compañía de su amante, una relación que ya dura siete años. Una relación imposible porque su amante, el Sr. Paul Sheringham, un rico heredero de una familia cercana, está a punto de contraer matrimonio. Basada en la novela “Mothering Sunday”, de Graham Swift, los productores de Number 9 Films, Elizabeth Karlsen y Stepehn Woolley, que tienen en su haber grandes títulos como Carol, Byzantium y En la playa de Chesil, entre otros, adquirieron los derechos de la novela y encargaron a la guionista Alice Birch la adaptación, que tiene en su haber el guion de Lady Macbeth, y en las series Sucession y Normal People, y la dirección a Eva Husson (Le Havre, Francia, 1977), responsable de títulos como Bang Gang (une histoire d’amour moderne) de 2015, y Les filles du soleil (2018), en su primera aventura en inglés.

Primavera en Beechwood tiene su pilar en el día citado. Un día que viviremos en primera persona por la desdichada Jane, su encuentro amoroso y sexual con Sheringham, Pero la historia no solo se queda en ese instante, porque a partir de los acontecimientos que se desarrollaran ese día, el relato también se trasladará a finales de la década de los cuarenta, cuando Jane, convertida en una importante escritora, echa mano de sus recuerdos, y mira a su pasado, y más concretamente, a los sucesos del mencionado día. La película está narrada con pulso, intensidad y pausa, con el romanticismo de las novelas de Jane Austen y las hermanas Brontë, y el aroma de los mejores títulos british, como los recordados melodramas de Ivory-Merchant. Todo está en su sitio, pensando en el más mínimo detalle, donde brilla la parte técnica, con esa excelente música de Morgan Kibby, que vuelve a trabar con Husson, al igual que Emilie Orsini, en el apartado de montaje, amén de tener en su filmografía a Sally Potter, la luminosa cinematografía de Jamie Ramsay, y el grandísimo trabajo de arte, caracterización, y vestuario que firma Sandy Powell, la responsable de Carol.

Qué decir de la composición del reparto, con interpretaciones soberbias y sobre todo, concisas y sin estridencias, todo muy comedido, desde dentro a fuera, con toda esa retahíla de estupendos intérpretes, otra de las marca de la casa de este tipo de películas, que todos son importantes, todos. Tenemos a dos grandes en estas lides como son Colin Firth y Olivia Colman, como el matrimonio Niven, riquísimos pero tristes, ya que han perdido a sus tres varones en la maldita guerra. La maravillosa presencia de Glenda Jackson, una de las actrices británicas más importantes de la historia, aquí en un breve pero interesante papel, las interesantes aportaciones de Sope Dirisu como Donald, el novio de Jane en los cuarenta, también escritor como ella. Josh O’Connor como Paul Sheringham, que habíamos visto destacar en Tierra de Dios, Regreso a Hope Gap y Emma, entre otras, y la australiana Odessa Young que se queda el rol protagonista de Jane Fairchild, una actriz que ya nos había llamado la atención en películas como Shirley y Nación salvaje, entre otras. Odessa ilumina cada fotograma y sale muy bien parada del envite que tenía en frente, con una gran composición llena de intensidad, aplomo y formidable, llena de esas miradas y esos silencios arrebatadores y llenos de vida y energía. Todo un acierto por parte de los responsables y un precioso descubrimiento para el que escribe estas palabras.

Husson no lo tenía nada fácil con la empresa que se le venía por delante, y la saca con fuerza y brillantez, con un texto ajeno basado en una novela de éxito, un guion firmado por otra, sus dos anteriores películas estaban escritas por ella misma, un idioma nuevo, una película de época, contada en varios tiempos, y una traba desestructurada, todo un reto que la directora francesa saca adelante con energía y pulso narrativo, creando esa inquietante atmósfera que va desde el romanticismo ya mencionado, y algunas incursiones del thriller, donde el espectador sabe todo lo que ocurre, muy acertado por parte de la película, y los personajes lo irán o no descubriendo, creando ese marco de suspense y nerviosismo que ayuda a entender ese universo burgués donde todo se oculta bajo la alfombra, una alfombra llena de mugre, que desprende un olor demasiado pestilente, y todo eso la película lo hace desde la naturalidad y sin caer en el sentimentalismo o el dramatismo exacerbado, todo contado con ritmo, pausa y amor, todo el que se procesan los protagonistas, todo ese amor que deben de ocultar, que deben callar, que deben sentir sin demostrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Viaje a alguna parte, de Helena de Llanos

LO QUE NOS DEJAN LOS QUE YA NO ESTÁN.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”

Gabriel García Márquez en “Vivir para contarla”

La verdad es que, aunque muchos se nieguen a reconocerlo, lo que verdaderamente somos, se lo debemos a otros, a todos aquellos que nos precedieron, a todos aquellos que nos dieron la vida, a todos aquellos que estuvieron aquí antes que nosotros. En realidad, somos la suma de todos nuestros antepasados. Solo somos porque ellos fueron alguna vez. Ahora, que somos, la idea de cómo los recordamos siempre está en nosotros. Todos los recuerdos, objetos, documentación y memoria que dejan cuando ya no están. El nuevo trabajo de Helena de Llanos (Madrid, 1983), transita por ese lado. Porque la directora es la nieta de Fernando Fernán Gómez (1921-2007), y su objetivo, nada fácil, es hacer una película sobre el insigne actor, director, escritor, dramaturgo y muchísimas cosas más. Viajar por un legado muy prolífico que abarca la inmensidad de más de 200 películas como actor, 28 títulos como director, amén de muchos trabajos para la televisión, abundante obra en forma de novela, teatros y demás. Un trabajo nada fácil, lo dicho.

Un trabajo muy costoso en el que la directora-nieta ha invertido cinco años clasificando el material infinito, una quimera el de bucear por el inmenso legado en forma de objetos, documentación e imágenes, del que ya vimos un adelanto en el imprescindibles que TVE le dedicó a José Sacristán, cuando el gran actor se veía con Helena y mostraban algo de toda aquella documentación. La directora que tiene una trayectoria en la que ha hablado de política, perspectiva de género y lo rural siempre en un tratamiento de la no ficción, se instaló en el 2016 en la casa de los abuelos, el citado Fernando y Emma Cohen (1946-2016), no de sangre, pero sí de amor. De Llanos plantea una película-recorrido por la casa, tanto exterior como interior, pero no un recorrido al uso, sino todo lo contrario, un itinerario que nos recuerda a aquel otro de la Alicia de Carroll, donde la realidad y la imaginación se presentan constantemente, se mezclan, se fusión, nos confunden y además, se van bifurcando en infinitos caminos, donde Fernando Fernán-Gómez y Emma Cohen están presentes y ausentes, como nos adelante una de las frases con las que se inicia la película. La función muestra el trabajo de los dos, todo su legado y su memoria, con la que nos cruzamos a cada paso y suspiro que damos por la casa.

Helena es a su vez la directora y la protagonista, que deambula por la casa, establece diálogos con sus abuelos, en el caso de Fernando capturando minuciosamente fragmentos de sus películas, obras de teatro y novelas, y en el de Emma, algunas imágenes con ella viva, y desentierra muchas de sus obras, tanto cinematográficas como literarias, desconocidas en su mayoría. Y no solo eso, recupera el personaje de Juan Soldado, que interpretó Fernando en televisión, en la piel de Tristán Ulloa que se pasea por la casa, con su cuerpo y la voz del desaparecido actor. Invita a los intérpretes de esa mítica película El viaje a ninguna parte, de la que extrae su título, como son José Sacristán, Juan Diego, Nuria Gallardo y Tina Sainz y Óscar Ladoire, que interpretan algunos fragmentos de su obra, así como Verónica Forqué. También, otros intérpretes, todos pelirrojos como el abuelo de joven, escenifican otras partes de la obra tanto de Emma como de Fernando. De Llanos se acompaña de excelentes técnicos como Almudena Sánchez en la cinematografía, que ha trabajado con Chus Gutiérrez, y gran trabajo de edición en el que están Emma Tusell, montadora de Cuerda y Vermut, entre otros, Adrián Viador y la propia directora, para organizar o desorganizar un hermosísimo, trepidante, intenso, desordenado y emocionante collage en el que todo vale, todo se enreda, y sobre todo, se siente el amor y la memoria de los abuelos que ya no están.

Viajamos por un inmenso rompecabezas donde no hay tiempo, porque todo vive, en que todo lo que vemos no es real, o sí, todo lo que vemos pertenece a la fábula, al mundo de los sueños, de la reinterpretación, donde el archivo cobra vida y se mueve y se percibe en cada rincón de la casa. Y no solo eso, también hay reflexión y discusión, porque se plantea la cuestión de cómo hacer una película con todo ese inmenso archivo sin caer en los tópicos, en los lugares trillados y en ese sentimentalismo tan horrible, sino hacer una película sobre como recordamos a los que ya no están, usando su trabajo, su legado y su memoria, donde el cine sea cine, teatro, literatura, imaginación, ensoñación, fabulación, verdades a medias y enteras, y mentiras auténticas o deshonestas, todo al servicio para recordar y resucitar a los abuelos Fernando y Emma, y sobre todo, tenerlos en un mismo espacio, un espacio invisible, oculto, un espacio que no pertenece a este mundo, solo al mundo de los que se atreven a soñar y sobre todo, a invocar a los ausentes y presentes, o diciéndolo de otra manera, un espacio solo existente en nuestros corazones, en ese espacio donde todos los sueños son posibles, en ese espacio donde solo los valientes se atreven a soñar, a volar, a recordar de verdad, y se atreven a vivir y sentir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La casa del caracol, de Macarena Astorga

LOS LOBOS QUE NOS ACECHAN.

“Tengo miedo de escribir, es tan peligroso. Quien lo ha intentado, lo sabe. Peligro de revolver en lo oculto y el mundo no va a la deriva, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que colocarme en el vacío”.

Clarice Lispector

La película se sitúa en la España de principios de los setenta, más concretamente en el verano del 73, en uno de esos pueblos perdidos en la serranía de Málaga, de nombre Quintanar, en uno de esos lugares en los que aparentemente nunca pasa nada, o tal vez sí, porque en Quintanar, se cierne una leyenda macabra, un mito alimentado por las supersticiones de sus habitantes, una leyenda en torno a un ser que las noches de San Juan asesina niños. A ese lugar llega Antonio Prieto, un tipo de la ciudad, alguien que escribe, o al menos, escribió con éxito. Ahora está en mitad de una crisis literaria, y ha buscado una casa aislada para perderse en sus obsesiones, miedos, entre soledad, paz y mucho mezcal. La directora Macarena Astorga (Madrid, 1970), tiene una larga y variada trayectoria en el documental con trabajos sobre la memoria y las cineastas españolas, en la enseñanza como profesora de imagen y sonido, y en la ficción, con cortometrajes tan exitosos como Tránsito (2013).

Para su debut en el largometraje de ficción, Astorga ha elegido una historia basada en la novela homónima de Sandra García Nieto, que se encarga de firmar el guion, en un cuento de los de toda la vida, con alguien llegando a un pueblo que esconde un secreto, un enigma que iremos conociendo a medida que el protagonista lo va descifrando. La película se mueve entre el thriller psicológico, tanto los habitantes de la zona como el escritor tienen muchas cosas que ocultar y sobre todo, que callar, el drama rural a lo Lorca, Ramón J. Sender, y el “Pascual Duarte”, de Cela, con esa rabia, salvajismo y carpetovetónico, sin olvidar, lo más arraigado de los pueblos y las zonas rurales, todo ese misterio y leyenda que se cierne en sus espacios, como si las cosas imposibles de explicar o entender, siempre tuviesen un origen ancestral, más misterioso y fuera de este mundo. Juntando toda esa mezcla de texturas, acompañando una atmósfera asfixiante y unos personajes misteriosos, la trama avanza con aplomo y llena de tensión, manejando con soltura los diferentes ambientes del lugar, como esa taberna donde se corta con una navaja todo lo que allí se cuece, o ese bosque lleno ruidos extraños que separa el pueblo de la casa donde mora el escritor, y la casa, con esos caracoles que nos van dejando pistas por la historia del pasado que desvelarán los acontecimientos.

Un exquisito y sobrio ejercicio de luz que firma el cinematógrafo Valentín Álvarez, del que hemos visto trabajos tan fabulosos como los de Vidrios partidos, de Erice, y El Rey, que firmaban él mismo, y Alberto San Juan. El trabajado montaje de Beatriz Colomar, que ayuda a envolvernos en esa trama de deformes, al estilo del Jorobado de Notre Dame, encerrados en cobertizos, lobos y bestias que acechan el pueblo, y personas oscuras como la ciega que ve todo lo que quiere, o esos lugareños que odian a los forasteros preguntones. La sombra de El inquilino (1976), de Polanski, y El resplandor (1980), de Kubrick, sobrevuelan por La casa del caracol, que no rehúye de sus referentes, al contrario, los abraza y consigue mezclarlos sabiamente con esas películas tan setenteras del cine español como las de Saura, Borau y Gutiérrez Aragón que sabían explicar nuestra idiosincrasia más profunda, con la fantasía y la fábula más imaginativa.

Quizás la parte más inverosímil del relato es la inclusión del metalenguaje, elemento que resulta demasiado ajeno a todo aquello que se cuenta y sobre todo, le resta fuerza a ese ambiente negro y maldiciente que se respira en toda la película. Aunque, el grandísimo trabajo del plantel interpretativo con un superlativo Javier Rey, que no solo da naturalidad, oscuridad y complejidad a su escritor triste y solitario, sino que consigue una credibilidad absoluta, mostrando un personaje débil, cobarde y sobre todo, lleno de traumas sin resolver. A su lado, brilla intensamente una Paz Vega, que sabe ser de ese pueblo, mostrar dulzura y también, esconder alguna que otra cosa, las dos niñas que se mueven con soltura y naturalidad, que interpretan con gracia Luna Fulgencio y Ava Salazar, y luego la retahíla de lugareños que desde sus rostros marcados y sus cuerpos de vida y misterio, entre los que destacan Norma Martínez como Justa, esa criada callada y madre de las dos niñas, Carlos Alcántara como el cura, un personaje de esos que calan fondo, la pareja que forman Elvira Mínguez, que siempre está extraordinaria desde que nos dejase sin palabras en Días contados (1994), de Uribe, y Vicente Vergara, que regentan el bar del pueblo, y custodian al Esteban, el deforme que tienen encerrado, no solo una metáfora del pueblo, sino de todas esas creencias que más tienen que ver con el miedo a vivir que con la realidad que se vive en el lugar.

Finalmente, las presencias estimulantes de esos intérpretes mal llamados secundarios, que en realidad, en ocasiones, acaban aportando mucho y salvan muchas de esas tramas menos evidentes, dotando a esos momentos en apariencia intrascendentes, mucha vida y mucho armatoste para el resultado final que se persigue. Gentes como las grandes aportaciones de María Alfonso Rosso como la ciega, uno de esos seres que hablan poco y dicen mucho, y se erigen como uno de los personajes más tenebrosos de la película, y Pedro Casablanc como sargento de la Guardia Civil, uno de esos tipos que con unas pocas secuencias dejan huella en cualquier trabajo que se precie. La directora madrileña ha debutado con un buen relato, bien ejecutado, con algún elemento innecesario, pero en su conjunto una obra primeriza que sabe sacar el jugo a su inquietante atmósfera, una trama sencilla pero llena de tensión y oscuridad, y sobre todo, un grandísimo trabajo interpretativo que luce con gran intensidad, sumergiéndonos en mitos, leyendas y alguna que otro golpe de realidad, de esos que duelen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Charulata, la esposa solitaria, de Satyajit Ray

LA MUJER ENAMORADA.

“A finales de los años cincuenta y durante la década de los sesenta, la obra de Satyajit Ray evidenció tal contraste en relación a las películas que nos llegaban de la India, que parecía más bien alguien de una cultura extranjera, más próximo a la nouvelle vague francesa o a autores europeos como Bergman o Antonioni que a sus compatriotas. La grandeza de Ray estriba en esta capacidad de trascender, sin la menor pretensión, el marco bengalí para hablar a todos los espectadores de las debilidades humanas, de sus aspiraciones, locuras y obsesiones, de la misma manera que Chejov o Mizoguchi se dirigen a nosotros a través de la espesa niebla de una lengua extraña”.

Peter Cowie, crítico e historiador de cine

Como otros muchos amantes del cine, descubrí el cine de Satyajit Ray (Calcuta, India, 1921-1992), con la trilogía de Apu: Pather Panchali (1955), Aparajito (1956), y Apu Sansar (1959), primera, segunda y quinta película del cineasta indio. El enamoramiento fue instantáneo, una especie de fuerza arrolladora me hipnotizaba con unas imágenes de una belleza abrumadora, una música que no solo se mimetizaba con la atmósfera, sino que nos explicaba todo aquello que ocultaban sus personajes. Un microcosmos de verdad, de vida, de humanismo, con grandes influencias del neorrealismo italiano, esos niños de De Sica, la cotidianidad de las costumbres y formas de vida rurales de la India más escondida, y sobre todo, el nacimiento de una mirada que traspasaba la propia vida para hablarnos del alma, del mundo espiritual, y de las propias contradicciones de la existencia.

Luego, y siempre gracias a la Filmoteca de Cataluña, el lugar sagrado de todos los cinéfilos que vivimos cerca, llegaron a algunas otras, ya en pantalla grande, como El salón de música (1958), La gran ciudad  (1963) y Charulata (1964), obras que certificaban que aquellas primeras películas de Ray, no solo mostraban a un cineasta de los pequeños lugares y las pequeñas cosas que le ocurren a los seres humanos, sino que esas cosas podían tratarse desde la belleza, la poesía y el mundo interior. Hoy, Domingo, 2 de mayo de 2021, se cumplen 100 años del nacimiento de Ray, y la distribuidora A Contracorriente Films estrena, muy acertadamente, y con una copia excelente, que a sus casi sesenta años, parece recién salida del horno, por su calidad técnica, y todo lo que se avanza por y para la imagen de la mujer y su forma de mostrarlo, centrándose en el adulterio frente a la sociedad conservadora india, tan brutal, más allá de cualquier modernidad pasajera, evidenciando la mirada profunda de Ray. Charulata, la esposa solitaria, la onceava película que dirigía Ray, una película en la que volvía al mundo de Rabindranath Tagore (1861-1941), uno de los más grandes artistas bengalíes de la historia, al que ya había adaptado en Tres mujeres (1961), y dirigido un documental sobre su figura el mismo año, adaptando El nido roto, publicado en 1901.

Ray traslada la acción de la novela hasta el año 1879, y nos encierra en las cuatro paredes de un matrimonio sin hijos de clase media-alta, situándonos en la mirada de Charulata, en la que a través de ella conoceremos su mundo, un mundo de soledad y hastío, ya que su marido, Bhupati Dutt, un acaudalado editor está demasiado ensimismado en su trabajo y olvida frecuentemente a su mujer. La llegada de Amal, primo y antítesis del marido, y entusiasta escritor, lo cambiará todo, porque la esposa encontrará en el recién llegado, una gran distracción, en el que pasarán horas hablando de música, literatura, historia, espiritualidad, vida y demás. Ray compone una pieza de cámara, un film-cámara, con aroma brechtiano, al estilo de los de Bergman, en la que todo el relato acontece en las paredes de la casa, donde la cámara encuadra de manera magistral a los personajes, y su relación con los objetos, y la música que escuchamos, compuesta por el propio Ray, que como ocurre en sus películas, siempre va más allá del mero acompañamiento, y profundiza en el interior de los personajes, donde teje un gran contraste entre lo exterior e interior, entre aquello que dicen y su forma de actuar, y sus verdaderos sentimientos que anidan en su interior. La literatura, centro de todo, vuelve a ser omnipresente en el universo de Ray, como lo fue en la trilogía de Apu.

En Charulata añade, como sucedía en La gran ciudad, una figura femenina de gran personalidad y libertad interior, que no quiere estar sometida a la voluntad masculina, que valora el arte y tiene aspiraciones literarias, que además, se le da mejor que a los hombres. El uso del zoom añade un elemento distorsionador a los largos planos secuencias, donde el diálogo se apodera del relato, y las miradas de los personajes evidencian ese mundo cerrado, aburrido y falto de vida y alegría, un mundo lleno de comodidades, pero al que le falta setnir, compartir, calor humano, y sobre todo, amor. Ray construye unos personajes complejos, unos personajes humanos, que sienten, sufren, se apasionan y pierden el tiempo con distracciones que les alejan de su realidad, y de sus sentimientos, unas emociones soterradas que los espectadores conocemos, pero como suele ocurrir en el cine de Ray, los hombres no logran interpretarlas, demasiado ensimismados en sí mismos y en su tarea, hombres apasionados por la vida, el compromiso político, que suele ser siempre teórico, por la historia, por su arte y su coraje, más atentos al gran suceso de la política y a la sociedad, a lo de fuera que a los detalles cotidianos que ocurren en su casa y sobre todo, a su mujer.

Ray nos habla de su país, a través de lo doméstico, convirtiéndolo en universal, de la vida, de su efimeridad, de sus contradicciones, de sus alegrías, de sus pequeños instantes, de sus detalles, de la apesadumbre de vivir y del plomo de la cotidianidad y las costumbres y tradiciones que siempre van en contra del amor y la felicidad, y unos personajes que sienten en grande, pero viven reducidos a unas existencias sin más. Si la música, la planificación formal, y el relato son elementos característicos de la filmografía de Ray, las interpretaciones de sus criaturas son hermosísimas, centradas en todo aquello que no se ve, que se esconde, basada en sus miradas profundas, unas formas de mirar que traspasan, que encogen el alma, y sobre todo, que explican sutilmente, sin estridencias, sus mundos interiores. Madhabi Mukjerhi, la impresionante actriz que se mimetiza con la desdichada Charulata, segunda película con Ray después de La gran ciudad –haría una tercera, El cobarde (1965), – en la que deja de ser la madre coraje que luchaba por sacar adelante a su familia, para encerrarse en el matrimonio-cárcel, en una vida no vida, en la que los espejos y los objetos, formulan unos sentimientos que estallan de amor al llegar Amal, esa especie de invitado a lo Teorema, de Pasolini, que no solo viene a dar vida a la casa triste y mortecina, sino a avivar un fuego, el fuego de Charu, que se encontraba reducido a pocas cenizas. Mukherji no solo sabe mirar, sino sabe expresar con apenas nada, ese mundo oscuro y oculto del personaje central de la película, un personaje que habla de todas esas mujeres indias y no indias, que ansiaban y daban sus primeros pasos para liberarse del yugo masculino y una vida atada a la vida doméstica.

Bien acompañada por Sumitra Chatterji como Amal, el joven apasionado y entusiasta por la vida, la música y la literatura, pero de una enorme torpeza y cobarde en los sentimientos, un tipo que teoriza demasiado sobre la vida pero vive muy poco, y utiliza el extranjero no para formarse, sino como refugio para no afrontar el deseo que le ofrece sin condiciones Charulata, y finalmente, Sailen Mukherji como Bhupati Dutt, el esposo entregado y comprometido a la causa contra el imperialismo británico, a través de su diario contestatario, donde la política es el centro de sus reivindicaciones, que desatiende a su esposa y sobre todo, al amor, dos polos opuestos en un matrimonio, como evidencia el clarividente diálogo entre Charulata y su marido, donde uno cree que la política es el motor para el cambio, y la esposa le dice que hay otras cosas de las que también se puede hablar. Un contraste que el director bengalí no solo hace evidente en el diálogo, sino también en la forma, situando a sus personajes, y sobre todo, al personaje de Charulata bajo los marcos, frente a los espejos, siendo otra en su interior, y también, en un lado del cuadro, junto a otros personajes, sumergida en su mundo, en ese mundo que parece ser que nadie comprende, y lo que es más triste, en ese mundo donde no encuentra consuelo y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Curiosa, de Lou Jenuet

L’AMOUR DE MARIE.

“El erotismo es como el baile: una parte de la pareja siempre se encarga de manejar a la otra”

(En La inmortalidad, de Milan Kundera)

La película nos sitúa en el bullicioso y febril París de 1895, en plena “Belle Époque”, donde los tiempos avecinaban cambios profundos en la sociedad y sus valores, donde la ciencia y el progreso están a la orden del día, la sociedad moderna se abre paso dejando atrás a los conservadores y furibundos nostálgicos de otros tiempos. Todo cambia muy rápidamente, la modernidad es un hecho, y las inquietudes culturales avanzan en un tiempo en el que todo está por hacer, en que lo viejo deja paso a lo nuevo y moderno, donde hay una efervescencia social, cultural y económica como jamás la había habido antes. Entre muchos de aquellos jóvenes con ideas y valores diferentes, encontramos a Marie de Hérédia (1875-1963) una joven inquieta y contestataria enamorada del joven poeta Pierre Louÿs (1870-1925). Un amor imposible por las deudas del Sr. De Heredia que provocará que acepten la proposición de matrimonio del escritor Henri Régnier (1864-1936) un enlace sin amor por parte de Marie, que muy a su pesar, se convertirá en la señora de Régnier. Marie es ante los ojos de todos, una esposa enamorada y dedicada a su esposo pero ante la pasión y el amor, ante lo oculto, se debe en cuerpo y alma a Pierre Louÿs, con el que empezará una relación sexual, escondidos de todos en las paredes de la buhardilla donde mora el poeta.

La directora francesa Lou Jeunet hace su puesta de largo en cine, porque ya tiene en su haber cuatro largos para televisión, centrándose en Marie Régnier, una mujer fascinante y enigmática, apasionada y osada, que rompió normas y convicciones de la todavía social burguesa y añeja del París de finales del XIX. Marie no se rindió, combatió ferozmente por un amor alejado de las convenciones sociales de la época, se lanzó al vacío en una aventura que la llevó a descubrir un amor fou, que diría Buñuel, un amor lleno de pasión, donde prevalecía la carne, el erotismo y el sexo, descubriendo su piel, sus gemidos, su sexo y demás, entregándose a un amor cruel, apasionante, fantasioso y terrorífico, donde hubo de todo, desde fotografías eróticas y sexuales, ya que la fotografía era una de las otras grandes pasiones de Pierre Louÿs, hasta tríos, junto a Zohra, la concubina exótica que se agenció Louÿs, incluso otras relaciones sexuales mientras los amantes enamorados se distanciaban por las ausencias viajeras.

Jeunet ha escrito un guión junto a Raphaëlle Desplechin, donde prevalece el punto de vista y la mirada de Marie Régnier, una mujer que tuvo que ir a contracorriente por materializar aquello que sentía, metiéndose en dificultades, no solo con su esposo, un anodino y aburrido escritor que la consiguió por su dinero y las deudas familiares, sino también en la relación con Pierre, un bon vivant demasiado enfrascado en su deseo sexual, ligero como una pluma y esquivo con el amor, una especie de sosías del Vizconde de Valmont, en lo que se refiere a las mujeres, prevaleciendo la carne, el placer y el sexo a los devaneos y avatares del amor. La película está bien contada, en las que las secuencias sexuales están llenas de sensibilidad e intimidad, donde prevalecen los cuerpos desnudos, la agitación sexual, y el encantamiento de un amor loco, sin tiempo ni espacio, ajeno al mundo y a sus sentimientos, dejándose llevar por todo lo que sienten en ese instante y sumergiéndose en el placer más intenso y en el sexo más húmedo y extasiado.

El maravilloso reparto de la película que interpretan con maravillosa naturalidad y encanto encabezado por la extraordinaria Noémie Merlant (que ya nos había dejado fascinados en la reciente Retrato de una mujer en llamas) componiendo a una Marie Régnie bellísima, llena de vida, de amor, de sexo y pasión arrebatadora. A su lado, Niels Schneider (que lo habíamos visto en películas de Xavier Dolan, L’âge atomique, de Héléna Klotz, Bella durmiente, de Adolfo Arrieta entre otras) Benjamin Lavernhe como el aburrido y tieso esposa de Marie, el exotismo y la sexualidad que irradia la sensual Camélia Jordana (que brillaba en Le brio, de Yvan Attal) y finalmente, la presencia fascinante de Amira Casar, como la madre de Marie, una de las grandes actrices europeas en películas con autores tan interesantes como Guy Maddin, Bonello, Gatlif, Hermanos Quay o Carlos Saura, entre otros. Amén de una música disco obra de Arnaud Rebotini, que casa maravillosamente con todos los laberínticos sentimentales de la película, y la   extraordinaria ambientación, como esos paseos por las calles de París, donde absorbemos todo el ambiente de la bohème sórdida y cultural, con el grandísimo trabajo en la caracterización y el vestuario que eleva la película.

La fotografía naturalista y cercana de Simon Roca ( con películas como 9 dedos, de F. J. Ossang o La chica del 14 de julio, de Antonin Peretjatko, entre sus trabajos) está cuidada al detalle, prevaleciendo los rostros y los cuerpos frente a lo demás, convirtiendo la buhardilla del sexo y la fotografía en un espacio donde dar riendas sueltas a los instintos más bajos y sucios, donde los dos amantes se desean, se sienten, se sumergen el uno en el otro, donde todo es posible y nada tiene límite. La cineasta francesa ha construido una película bellísima, reposada, inteligente y evocadora, que no solo recoge la ebullición brutal que se vivía entre los albores del siglo XX, vividos por una mujer encantadora y magnífica, viviendo su vida a su antojo, aunque fuese a escondidas, enfrentándose a ese marido y a esa sociedad burguesa y vacía, llena de prejuicios y valores anticuados, lanzándose sin red, al abismo a un amor difícil, desgastador y sucio, iniciándose en el deseo y el sexo de forma libre, sin ataduras y febril, exponiendo su cuerpo, sus emociones y su placer para el hombre al que deseaba. Después de aquello Marie Régnier se puso a escribir y publicó con pseudónimo masculino, siguiendo la estela que tanto trabajo y miseria costó a otras celebres escritoras como Mary Shelley o George Sand. Mujeres valientes, mujeres pasionales, mujeres decididas, mujeres inteligentes, mujeres enamoradas y sobre todo, mujeres libres y llenas de vida y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Juan Tomás Ávila Laurel

Entrevista a Juan Tomás Ávila Laurel, escritor y protagonista de la película «El escritor de un país sin librerías», de Marc Serena, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 3 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Tomás Ávila Laurel, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Carla Gómez de Comunicación de la película, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El escritor de un país sin librerías, de Marc Serena

LA GUINEA SILENCIADA.

“Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio”.

Mario Benedetti

Guinea Ecuatorial ha sufrido dos siglos de dominación colonial por parte de Portugal y España. En 1968 con la recién inaugurada independencia y un camino por delante de ilusión y reparación, recuperó una libertad que le fue arrebata en 1979 con el golpe de estado de Teodoro Obiang, que instauró una dictadura que se ha convertido con cuatro décadas en el poder es la más longeva del mundo. Un país que sigue sufriendo, aunque eso no haya sido impedimento para que unos cuántos sigan reclamando derechos y democracia, y sigan creyendo que hay un futuro mejor para su Guinea Ecuatorial. Entre aquellos que siguen en la lucha encontramos a Juan Tomás Ávila Laurel (Annobón, Guinea Ecuatorial, 1966) nacido en plena colonia española, de infancia difícil, pero ahora convertido en escritor reconocido internacionalmente, que vive exiliado en España desde 2011 debido a su manifestante condena al régimen autoritario de Obiang que le llevó a una huelga de hambre. Ahora, volvemos a Guinea de la mano de Juan Tomás Ávila, a través de su experiencia y a través de sus amigos, de aquellos activistas que siguen en la brecha intentando ofrecer ventanas de resistencia, aunque mínimas, mediante la política, la cultura y el activismo social.

El director Marc Serena (Manresa, 1983) autor del largo Tchindas (2015) que ponía el foco en Tchinda Andrade, un transexual de una pequeña isla de Cabo Verde, también codirigió junto a Biel Mauri el documental sobre autismo Peces de agua dulce (en agua salada) y ha escrito varios libros entre ellos ¡Esto no es africano!, un recorrido sobre amores prohibidos en el continente africano. Ahora vuelve a África para presentarnos El escritor de un país sin librerías, significativo título que pone de manifiesto las dificultades que anidan en un país sin libertad, derechos ni cultura. Un viaje de Barcelona a Guinea que hacemos a través de la mirada y la voz de Juan Tomás Ávila, en el cual conoceremos el pasado colonial español, su independencia y la llegada al poder de Obiang, la dictadura y sobre todo, el activismo de conocidos y amigos de Juan Tomás Ávila, que frente a la cámara explican sus actividades, entre las que destaca la función teatral que habla del pasado y presente de Guinea, y escucharemos a ex presos políticos que explican sus experiencias en la política y en la cárcel.

Haremos un repaso por la historia de Juan Tomás Ávila, un niño de una pequeña isla que creció y se convirtió en escritor, su literatura muy crítica contra Obiang y a su familia, a través de imaginativas y coloridas animaciones que dibujan su vida, acompañadas de música autóctona con artistas como Concha Buika o Negro Bey, entre otros. Serena nos cuenta de manera sencilla y honesta la realidad triste y silenciada de Guinea, a través de la mirada de Juan Tomás Ávila, un escritor humilde y reposado que se mueve por Guinea como alguien que sabe que su país ha quedado lejos de su vida, que está sin estar, como le espeta uno de sus amigos, alguien que conoce una realidad amarga y desesperanzadora de su tierra, que la mira con orgullo y pasión, pero se siente triste por la situación que atraviesa, que no tiene signos de mejoría, debido principalmente del apoyo que recibe Obiang de países como España y compañía. El director manresano se centra en las personas, en la actividad resistente de seres humanos que a pesar de la situación política de Guinea, siguen empecinados de mostrar otras realidades más humanitarias que viven, aunque sea medio en la sombra y ocultas en la realidad imperante de un país silenciado y vacío, que rinde culto y pleitesía a su dictador como si fuese una especie de mesías redentor.

La película muestra un activismo real y cercano, lleno de entusiasmo y humanista, y las personas que lo practican, haciéndose eco de una realidad que no llega a los medios internacionales, por falta de veracidad y atada a intereses económicos, recorriendo un país donde la gente vive a pesar de las restricciones, de los conflictos sociales y demás problemas que atraviesa el país. Un obra necesaria y valiente que ayuda a enseñar una realidad silenciada, una realidad oculta, una realidad que existe, que se mueve y sigue luchando, ofreciendo una vida diferente y ajena a la realidad de oropel para unos cuantos privilegiados que vende el régimen autoritario de Obiang, como los fastos pro su cumpleaños o las ristras de hoteles y residencias de la élite del país, una realidad falsa, vacía y superficial que dista mucho de la realidad de la mayoría de ciudadanos que se levantan cada día trabajando por un poco y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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