Happy End, de Michael Haneke

DISECCIONANDO A LA FAMILIA BURGUESA.

“Son una llamada a un cine que aporte insistentes cuestiones en lugar de respuestas falsas (por lo excesivamente rápidas), que clarifique las distancias en lugar de violar la cercanía, que abogue por la provocación y el diálogo en lugar de la consunción y el consenso”.

Michael Haneke

Las primeras imágenes de la película nos introducen en el objetivo de un Smartphone, en el que vemos situaciones cotidianas de una mujer, y una voz en off de una niña nos va relatando esos actos de forma mecánica y fría. Este prólogo nos evidencia una característica común en el cine de Michael Haneke (Múnich, Alemania, 1942) el interés del cineasta por reformular las imágenes contemporáneas introduciendo en sus películas los diversos formatos domésticos que van apareciendo, y la interactuación de sus personajes en su vida cotidiana, y cómo esas imágenes captadas desde la inmediatez y la improvisación acaban redefiniendo nuestras relaciones con los demás, y sobre todo, explorando aquello más oscuro del alma humana.

Haneke se erige como uno de los observadores de la sociedad contemporánea más incisivos y críticos sobre los comportamientos de los individuos, siempre en entornos burgueses, aquellos que aparentemente tienen resueltos todos sus problemas económicos, aunque, más allá de proporcionarles estabilidad y paz, los convierte en unos seres egocéntricos, falsos e hipócritas, incapaces de relacionarse con los suyos, y sobre todo, torpes en revolver sus problemas emocionales, porque todos sus actos les hacen convertirse en seres resentidos, tristes y solitarios, atrapados en la maraña de sus espacios y aburridos de ellos mismos, apartados de los problemas sociales, y completamente perdidos en su descontrol y miseria. Aunque Haneke huye de todos los convencionalismos narrativos para contarnos la existencia de sus criaturas, sumergiéndonos en ambientes reconocibles, a los que introduce elementos distorsionadores y perturbadores que rompen esa aparentemente armonía planteada en un inicio.

En Happy End, nos sumerge en el ambiente doméstico de una familia burguesa francesa que vive en Calais (que no es para nada arbitrario el lugar elegido, ya que es una ciudad costera donde llegan inmigrantes ilegales) y allí conoceremos a los integrantes de esta familia: Georges (interpretado por Jean-Louis Trintignant, que repite con Haneke después de la excelente Amor) el patriarca familiar, viudo y sólo, con la idea fija de quitarse la vida, también nos encontraremos con Anne (Isabelle Huppert, una de las habituales de Haneke, con aquella grandísima composición de la masoquista perturbada de La pianista) es la responsable de una empresa con problemas, con mala relación con su hijo díscolo Pierre (que da vida el actor alemán Franz Rogowski) y enamorada de un abogada estadounidense (que interpreta Toby Jones), y el otro vástago, Thomas (con la sobriedad de Mathieu Kassovitz) cirujano reconocido, casada en segundas nupcias con Anaïs (Laura Verlinden) que recibe la visita de Eve (maravillosa la interpretación de Fantine Harduin, uno de los grandes logros de la película, con esa mirada inocente y a la vez, maligna) la hija adolescente de su primer matrimonio.

Haneke a través de su estilo frío y alejado, adoptando el papel de observador, algo así como un testigo que mira sin inmiscuirse, captando cada detalle, cada mirada, cada gesto, con esa capacidad para sumergirnos hasta lo más profundo, con lo más mínimo, consiguiendo esa aparente tranquilidad y paz, y diseccionando con maestría de cirujano experto los problemas emocionales de esta prole, a la que no veremos nunca reunida, salvo en muy pocas ocasiones, alguna que otra cena, y esa reunión y los diálogos que se producen, aún nos evidenciaran más su desencanto, incomunicación y desesperación como grupo, situándonos en el epicentro de sus males, de esa oscuridad inquietante que tan bien maneja Haneke, provocándonos a cada momento, obligándonos a mirar, a explorar la miserable vida de sus personajes, de sus mentes perversas y de sus indiferencias ante los problemas sociales, imbuidos en esa vida de oropel, de lujo y de mierda.

El cineasta alemán disecciona los males contemporáneos de la bienintencionada Europa, con su cinismo de ayuda y colaboración con el desprotegido, pero en el fondo, toda ausencia de empatía con el necesitado, enfrascado en sus vidas, en sus intereses y en sus existencias ociosas, apartadas de todos y todo, mirándose a sus espejos de falsedad, aburrimiento y maldad, incapaces de expresar sus sentimientos y alejados de aquellos que aman, o simplemente, creen amar, porque cómo nos evidenciará la película en uno de sus momentos memorables, sólo nos queremos a nosotros mismos, incapaces de aceptar nuestra terrible soledad, y la soportamos mintiendo a los demás, y sobre todo, autoengañarnos a nosotros mismos. Haneke nos habla de inmigración sin casi aparecer inmigrantes, ni tampoco ese tipo de discursos amables y falsos de tantas películas, con esa idea de buenísimo, aunque esos actos aparentemente de ayuda y amistad, carezcan, en el fondo, de solidez y amor.

Los universos que nos cuenta Haneke son inquietantes, sombríos y extremadamente turbios, en los que los ambientes malsanos recorren todos sus espacios, en los que, en cualquier instante, puede producirse un estadillo de violencia, de horror, que late en el interior esperando su oportunidad, como si fuese un asesino a la espera de reventar su sed de sangre, aunque el cineasta alemán opta por una forma cotidiana e íntima, alejándose de las formas convencionales narrativas, en su cine, el plano y su duración consiguen inquietarnos de manera brutal, de agobiarnos, de hacernos daño con sus imágenes, a través de planos generales, donde sus espacios, ya sean urbanos o domésticos, parecen aparentemente tranquilos y en paz, pero más lejos de eso, están hirviendo y apunto para estallar y sobrecogernos a todos, aunque, en ocasiones todo continua igual, capturando de manera magistral la atención del espectador, seduciéndolo con esas imágenes repetitivas donde parece que algo va a suceder, que todo cambiará, pero, en ocasiones, esto no sucede, y esa imaginación, nos inquieta aún más.

En este sentido, la mirada inquisidora y siniestra de Haneke hacia la burguesía se acerca al cine de Antonioni o Chabrol, donde esa manada burguesa, perdida, solitaria y vacía, se mueve casi por inercia, incapaz de sentirse bien, y abrumada por los problemas emocionales, en el que viven o simplemente, existen, en los que la incapacidad para comunicarse, para hablar de lo que sienten, de ayudarse y ayudar a los otros, en donde la maldad o la muerte, en muchas ocasiones, es la única salida que tienen para soportar esas existencias tan mundanas, egoístas y estúpidas, movidas por su ambigüedad y constradicciones, aunque, estas decisiones tan oscuras y a la par, que sinceras, los lleven a sumergirse en más oscuridad y terror, pero, en su existencia ensimismada en ellos mismos y sus cosas tan lujosas, y a la vez, tan vacías, sean tan miserables para aceptar sus problemas y encontrar soluciones a sus situaciones, enfrentándose a sí mismos, pero en cambio, optan por actos irracionales que les hacen más daño, y sobre todos, a los suyos, a esos que tienen a su alrededor, a ese escenario inventado y construido a su imagen, lleno de su egoísmo y vanidad.

La revolución silenciosa, de Lars Kraume

UN GESTO POLÍTICO.

No hay ningún gesto inocente, cualquier gesto, por ínfimo que sea, siempre esconde otra intención, y en algunos casos, una intención mayor, porque ese gesto pretendidamente inocente, tiene dos situaciones completamente diferentes, una, el propio gesto en sí, y el otro, aún mayor, el escenario elegido, el lugar donde se perpetran los hechos, que provoca que ese gesto inocente alcance dimensiones políticas de primer orden, porque el gesto en sí se convierte en un acto de protesta contra algo o alguien, y el contexto histórico del momento, será el que finalmente elija las consecuencias políticas de ese gesto. El nuevo trabajo de Lars Kraume (Chieti, Italia, 1973) se enmarca en un escenario político, como su celebrada película El caso Fritz Bauer (2015) en que el Fiscal General trabajaba en detener criminales nazis en la Alemania de los cincuenta, con especial dedicación a la localización de Adolf Eichmann. El cineasta alemán se inspira en la novela autobiográfica La revolución silenciosa, escrita por Dietrich Garstka (uno de los alumnos protagonista de los hechos reales) para volver a los cincuenta, y más concretamente al 1956, a la Alemania del Este, la conocida RDA, donde un grupo de alumnos de último curso escuchan en una radio clandestina y prohibida, la RIAS (la emisora de la Alemania del Oeste) los terribles acontecimientos de Hungría, cuando la población se levantó contra el invasor soviético, hechos que produjo unas represalias terribles en el que murieron 25000 y provocó el exilio de unos 250000 más. Los alumnos de último curso, ante estos hechos, se comprometen a realizar un minuto de silencio en mitad de una clase, en solidaridad con los húngaros. Este gesto en principio inocente, provoca un cisma político que llega a los dirigentes de la RDA, que emprenden una exhaustiva investigación para aclarar los hechos ocurridos.

Kraume nos sitúa en una atmósfera política de primer orden, en el que nos sumergimos en un país quebrado y dividido, con los acontecimientos cercanos del levantamiento del 53, donde se respira una agitación política entre sus ciudadanos (para muestra el significativo arranque de la película, en el que los dos protagonistas pasan al otro lado para visitar la tumba del abuelo nazi de uno de ellos). Estamos ante una película de corte político, un thriller de grandísima tensión y fuerza, con nervio y objetiva, explorando todos las posiciones que se explican en la película, una de ellas, el poder de la información mediante la propaganda, ahora llamada “fake news”, donde tantos unos como otros, la utilizan para sus propios beneficios, manipulando a sus ciudadanos y agitándolos hacia el lado que más les convenga, y sobre todo, el miedo en el que conviven unos alumnos y sus familias, adeptos al nuevo régimen, y esa mirada inquisidora y oculta del pasado nazi, donde unos y otros, tienen mucha culpa que tapar, como explicaba Borges en su célebre cuento Tema del traidor y héroe, donde daba buena cuenta de las múltiples interpretaciones del pasado, sus protagonistas y los hechos ocurridos.

Kraume ha hecho una película magnífica, brutal y de grandes hechuras, donde sus jóvenes protagonistas, sin quererlo, se enfrentan al aparato del estado, que elimina cualquier atisbo de resistencia, sean del origen y naturaleza que sea, convirtiéndose en enemigos del estado, en aquella Alemania rota, todavía sin muro, que será construido cinco años después de estos hechos, pero en la que podemos alumbrar ese ambiente social y político que se palpaba en cada rincón del país, en el interior de los hogares, en las casas apartadas de aquellos resistentes silenciosos (como el tío de uno de los alumnos, aquel que no se habla con nadie, el apartado, el apestado, el que piensa diferente) o en los pasillos y clases de un instituto, donde seguir las reglas y las obligaciones te convierten en uno de ellos, y no en un enemigo al que hay que eliminar.

Kraume da buena cuenta de todos los puntos de vista de los personajes, sin caer en el maniqueísmo de ciertas películas de índole político, donde hay unos buenos, y otros que son malísimos, aquí, nos cuentan las argucias de unos y otros, y todos salen mal parados, donde la definición de libertad acaba siendo un estado de ánimo, muy personal, muy alejado de lo que proponen los respectivos estados. El director teutón combina un excelente reparto en el que sobresalen los jóvenes protagonistas que dan vida a los alumnos, Tom Gramenz, Leonard Scheicher, Jonas Dassler y Lena Klenk, entre otros, bien mezclados por los intérpretes adultos, Jördis Triebel, Ronald Zehrfeld o Florian Lukas… Kraume nos sumerge en años de oscuridad, años de terror, años de miedo, a través de unos estudiantes valientes y de coraje, que pensaron en la solidaridad y el compañerismo, y en el grupo, como arma contra el estado, sin estudiar sus consecuencias, y sobre todo, el ejemplo de lucha y resistencia política como única arma del ciudadano contra la injusticia ya sea del ideario político del estado, porque sea de donde venga, el ciudadano siempre se verá encadenado a aceptar las reglas de los estados, privándolos de su vida, su tiempo y sus ideas, y claudicando a las reglas impuestas.

La cámara de Claire, de Hong Sangsoo

CUENTO DE PRIMAVERA.

“Hago fotos porque para cambiar las cosas hay que volver a verlas lentamente”

Si leemos la definición de variación musical, nos explica que:   Se trata de una composición por contener un tema musicalizador que se imita en otros subtemas o variaciones, los cuales guardan el mismo patrón armónico del tema original, y cada parte se asocia una con la otra. Difieren entre ellas los patrones melódicos y el tempo de cada variación” Dicho esto, si mirásemos el cine de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) como una partitura musical, encontraríamos en la variación su espíritu, esa naturaleza irreductible que emanan las imágenes de un cineasta peculiar, intenso y natural, en la que todas sus películas se mueven en un marco parecido, tragicomedias sobre la vida y el amor, a saber, personajes relacionados con el mundo del cine, conversaciones infinitas sobre el cine, la vida y el amor, y todas sus “variaciones” sentimentales, desde la fragilidad de las emociones, los combates internos entre aquello que deseamos o sentimos, la vulnerabilidad de los affaire amorosos, y la incapacidad de enfrentarse a aquello que sentimos y la torpeza en las relaciones sentimentales, y todo estos elementos nos lo cuenta mientras sus criaturas comen y beben, y a través de una planificación extremadamente sencilla, emulando a sus referentes franceses de la Nouvelle Vague, donde la cámara quieta se muestra desde la distancia, a modo de observadora, de testigo impertérrito que captura todo aquello que acontece frente a su objetivo, a los que acompañan leves movimientos como esos característicos zooms, muy populares en el cine de antaño, así como otros movimientos que van, tanto a izquierda como a derecha, como en una forma de corregir el plano o mostrarnos algo que ha quedado fuera de campo.

La incansable y prolífica carrera de Sangsoo parece no tener descanso, porque acumula más de 20 títulos desde su primer largometraje allá por 1996 (casi a película por año) sólo el año pasado presentó En la playa sola de noche, en la Berlinale, y otros dos títulos en Cannes, The day after y La cámara de Claire (alusión explicita a la película La rodilla de Clara, de Rohmer). En su nuevo trabajo, recupera a Isabelle Huppert (con la que ya trabajó en En otro país, de 2012, donde la imbuía en un fascinante juego de dobles, en el que la maravillosa actriz francesa juega a ser quién no era y viceversa). El juego del doble, en el que los personajes asumen un doble rol, el que tienen en la vida real, y luego el que SangSoo les da en la ficción, en el que vida y cine, o lo que es lo mismo, realidad y ficción se fusionan, donde todo lo que vemos parece tener origen en la vida propia de SangSoo, para luego, transmutarse en una película donde se reflexiona profundamente sobre lo acontecido en la vida real, a modo de terapia personal para el director y aquellos que lo rodean.

Las consencuencias derivadas del sonado romance vivido por el propio Sangsoo y su actriz fetiche Kim Min-Hee, roto por el matrimonio del director, ha sido reflejado en varias de sus últimas películas. Aquí, vuelve a ese mismo esquema, pero mirado desde otro ángulo, dando otra visión, y sobre todo, en otro país, en la ciudad de Cannes, en que el festival cinematográfico actúa como marco invisible, porque apenas se aprecia, en el que Jeon Manhee (interpretada por Kim Min-Hee) que está trabajando en la comunicación de un director coreano que presenta una película, es despedida por su jefa, después que está se ha enterado que ha tenido un romance con el director, que a su vez tiene una relación con la productora, jefa de Jeon. A partir de ese instante, y de modo fugaz, la joven coreana se encuentra con Claire (el personaje de Isabelle Huppert) y entre las dos nace una amistad, a los que hay que añadir que Claire también se encuentra casualmente con el director. Todos estos encuentros fugaces durante el festival, nos conducen por una ciudad donde todos sus personajes están de paso, vemos la vitalidad y la naturalidad de Claire, frente a la melancolía y la desazón de Jeon Manhee, y los diferentes encuentros con otros personajes, se mostrarán íntimas y emocionales, abriéndose entre ellas y reconociéndose entre esos dos mundos que las separan en un instante, y después, las acerca.

Sangsoo sólo necesita de 69 minutos para hablarnos de lo más profundo de nuestras emociones, pero enmarcado desde la más pura sencillez, desde esa naturalidad de unos personajes que hablan de cine, de literatura (ese mágico momento en la biblioteca ojeando un libro de Duras) de fotografía (la alusión a esa fugacidad que queda impregnada en las polaroids que dispara con amor y sencillez la Claire) y sobre todo, de sentimientos, emociones y amor, y todas esas variaciones y devaneos intensos y ambiguos que sentimos. Los personajes de Sang-Soo hablan de todo aquello que sienten de manera abierta, sin lanzar discursos pesados, y sin encontrar respuestas a tantas preguntas y males sentimentales, sólo se mueven enfrentándose a aquello que sienten, de forma torpe, natural y humilde, provocándonos esa afinidad que consigue el cine de Sangsoo sin en ningún instante caer en la artificialidad, la impostura o la falsa intelectualidad, su cine respira vida, cercanía, amor y sobre todo, esa sensación que todo fluye y todo puede cambiarse si sabemos mirar la vida desde un tiempo quieto, lento y sin prisas, donde todo a nuestro alrededor es maravilloso y especial, dejándonos llevar por aquello más leve e íntimo.

Encuentro con Haifaa Al-Mansour

Encuentro con Haifaa Al-Mansour, directora de “Mary Shelley”. El encuentro tuvo lugar el viernes 15 de junio de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Haifaa Al-Mansour, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Filmax,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Diálogo entre LAV DIAZ y ALBERT SERRA

Diálogo entre los cineastas Lav Diaz y Albert Serra, con motivo de la retrospectiva que le dedica la Filmoteca de Cataluña al director filipino, en la Filmoteca, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca. El diálogo tuvo lugar el martes 10 de julio de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lav Diaz y Albert Serra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Mary Shelley, de Haifaa Al-Mansour

LA MUJER QUE ESCRIBIÓ FRANKENSTEIN.

“No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”.

Mary Wollstonecraft Godwin

Hay películas que se definen desde su primer instante, a través de su primera imagen, una imagen en la que se apoyará el resto del metraje, como una piedra angular donde reconocer la película, una imagen que nos acompañará siempre que recordemos la película. En Mary Shelley, esa primera imagen acontece en un cementerio, en el que vemos a la joven protagonista, con sólo 16 años, allá por el año 1813, leyendo junto a la tumba de su madre, Mary Wollstonecraft (1759-1797) escritora, filosofa, ensayista y feminista, que murió durante el parto de Mary. Esta imagen, en la que Mary, que no conoció a su madre, tiene en esa figura, el apoyo a enfrentarse a un mundo hostil, un mundo dominado por hombres, un mundo que ensombrece a las mujeres, que las oculta y las invisibiliza. La primera película rodada en inglés de la directora Haifaa Al-Mansour (Al Zulfi, Arabia Saudita, 1974) habla de una joven que deberá enfrentarse a su entorno para que le dejen ser ella misma, con sus sueños e ilusiones, transgrediendo las normas imperantes de una sociedad conservadora y acomodada en sus tradiciones. Algo parecido ya ocurría en su película debut, La bicicleta verde (2012) primera obra filmada por una mujer en Arabia Saudita, y rodada en condiciones muy adversas, en la que retrataba a una niña que quería montar en bicicleta, situación que le estaba completamente prohibida, pero ella no cejaba en su empeño por ser ella misma.

Al-Mansour nos sitúa en aquel Londres sucio, grotesco, barrizal y vivo del primer tercio del siglo XIX, en la que la joven Mary vive junto a su padre y su madrastra y hermanos, y la situación no es nada amable, la joven Mary se verá sometida a las intransigencias de la esposa de su padre, y le provocará sentirse más aislada y solitaria, situación que la llevará a la lectura y al mundo de los libros. La aparición de Percy Bysshe Shelley, poeta y atractivo, en su vida, le da amor, matrimonio, hijos, y aliento de libertad, pero que poco a poco, la volverá a arrinconar y la llevará a soportar las infidelidades de su marido, los traumas por las muertes de sus hijos y a encontrar la indiferencia propia de los hombres de aquel tiempo, más dados al libertinaje y la aventura. La directora saudí nos cuenta cinco años de la vida de Mary Shelley, y sobre todo, centrada en el proceso de creación de su novela más legendaria Frankenstein o el moderno Prometeo, que escribió con 18 años, y fue publicada en 1818 con el nombre de su esposo, una obra en la cual Mary aprovechó para escribir todos sus sentimientos, amarguras, soledades y contradicciones representados en una criatura solitaria e incomprendidad, que no entendendia un mundo que lo rechazaba.

La película está ambientada con gusto y sobriedad, centrándose en los mínimos detalles que remarcan la verosimilitud de sus objetos, muebles, vestuario y escenarios. Vamos observando las diferentes situaciones vitales y emocionales, que irán provocando en el alma de Mary la escritura de la novela, las diferentes tragedias personales que deberá hacer frente en una existencia, en muchos momentos amarga y solitaria, encontrándose desubicada y perdida, intentando hacerse un hueco y un nombre como escritora en una sociedad muy machista que apartaba a las mujeres al matrimonio y la maternidad. Al-Mansour filma su película de forma pausada y sobria, sin estridencias ni subrayados sentimentales, sino centrándose en el alma de sus personajes, sus inquietudes e inseguridades, capturando la complejidad de las situaciones y esas relaciones vaivén que pululan por todo su metraje.

Sus 120 minutos se miran con expectación y carácter, la cámara se mueve con elegancia y aplomo, contándonos la trama con naturalidad y delicadeza, sumergiéndose en ese universo del siglo XIX, muchas veces sombrío y lúgubre para las mujeres. Una película de corte social, en el que seguimos la existencia de una mujer, que al igual que su madre, fue una adelantada a su tiempo, una mujer frágil en lo emocional, pero fuerte en su voluntad de hacer aquello en lo que creía y con la firmeza de derribar muros, aunque para ello tuviese que enfrentarse a todos y todo. La película se centra en el episodio en casa de Lord Byron, en Ginebra, cuando una noche de tormenta, el insigne poeta desafió a los presentes en escribir un cuento de terror, aquella noche de la imaginación y talento de Mary Shelley nació Frankenstein (Episodio magníficamente retratado por Gonzalo Suárez en su película Remando al viento).

La maravillosa y delicada interpretación de Elle Fanning, aportando las dosis necesarias de calidez y carácter que requiere un personaje atrapado en un mundo de hombres, un personaje que plantó cara a todos para llevar a cabo su sueño, bien secundada por Douglas Booth como Percy, su marido, atractivo y elegante, pero engreído y liberal, Bel Powley como Claire, la hermanastra de Mary, que entenderá que el amor es una cosa, y los intereses particulares otra bien distinta, y finalmente, Tom Sturridge como Lord Byron, el malcarado, vanidoso e impertinente talentoso poeta, que vive en la opulencia, mujeriego declarado e irritante cuando lo pretende. Al-Mansour ha realizado una película fantástica, sombría en su aspecto, pero irradiante en su contenido, que nos lleva a un viaje introspectivo por el alma de Mary Shelley, una mujer inquieta, inteligente, decidida, y sobre todo, alguien que abrió muchas puertas a las mujeres que vinieron más tarde, otras que siguen abriendo puertas para que la igualdad y equidad sea una realidad, no un gesto de buena voluntad.

 

Entrevista a Júlia Betrian y Zaida Carmona

Entrevista a Júlia Betrian y Zaida Carmona, actrices de “Puta y amada”, de Marc Ferrer. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Parc de L’Estació del Nord en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Júlia Betrian, Zaida Carmona y Marc Ferrer, por su tiempo, amistad, sabiduría, generosidad y cariño.