Celestial Camel, de Yury Feting

EL VIAJE BLANCO.

Cuentan los más ancianos que cuando nació Altynka, un camello albino, el abuelo de Bayir, como suelen hacer los calmucos, predijo años de bonanza, porque así lo dice la tradición de los pastores mongoles que habitan en la estepa rusa. Aunque parece ser que aquellos años de dicha se hacen de esperar, porque la sequía y el nacimiento del cuarto hijo, provocan que los padres de Bayir se vean en la obligación de vender a la cría de camello albina. Cuando los padres se marchan para el nacimiento de su hijo, dejan la responsabilidad a Bayir, el hijo mayor de 12 años. Pero, cuando se preparan para terminar el día, Mara, la camella madre de Altynka se escapa en busca de su hijo, y Bayir, no tiene otro remedio que salir tras ella, dejando en casa a sus dos hermanos pequeños. El cineasta Yuri Feting (Rusia, 1956) con amplia experiencia en el mundo del audiovisual, nos sumerge en un paisaje insólito, un escenario que parece de otro mundo, un lugar casi desértico, en el unos pocos de pastores siguen viviendo de los animales y la naturaleza. Entre ellos, encontramos a Bayir, el protagonista de esta aventura que le llevará a recorrer cientos de kilómetros detrás de la camella, pilar en el sustento de los suyos.

El cineasta ruso cuida cada detalle, tanto formal como argumental, sumergiéndonos en una road movie, donde el tiempo se dilata, en el que las distancias se hacen larguísimas y cada cosa que ocurre contiene en sí misma otra aventura. Bayir a lomos de una antigua moto tándem, emprende su viaje en el que vivirá experiencias de todo tipo y encontrándose con personas de todo calado, como la familia de pastores que le abre su casa para pasar la noche, lugar donde conocerá a una niña de su edad que le hará tilín, o el joven lama que medita en un lugar recóndito de la estepa, que confía en el destino como respuesta a los entuertos, o un narco que al escapar de la policía lo hace cómplice y es detenido, o Talismán, un chaval que desea trabajar en el circo mientras se alimenta de pequeños hurtos. Feting cede la voz a su joven protagonista, en su particular odisea cotidiana, que nos recuerda a aquellos niños de Kiarostami, Pahani, Majidi o Hana Makmalbaf, que se enfrentan a un mundo hostil, lleno de peligros y pequeñas aventuras que les llevarán a lugares extraños, que los exigirá tomar decisiones y hacerse mayores.

Bayir es un chaval espabilado y valiente, no cejará en su empeño de capturar a su camella y de paso, intentar recuperara a Altynka, aunque esto último resulto extremadamente complicado. Feting elabora una cinta que puede verse de varias formas, desde el documento antropológico (en el que asistimos a las formas y costumbres de vida de los pastores mongoles de la estepa rusa) o también, la pérdida de la inocencia de un niño que descubre un mundo que, en ocasiones, no resulta tan amable como cabría esperarse, o incluso, la importancia de la familia como núcleo central para la subsistencia en un territorio hostil y árido, y finalmente, el amor hacía los animales, no como mascotas, sino una parte más espiritual, formando parte esencial del trabajo y la subsistencia de la familia mongol, y finalmente, como una aventura fantástica, donde hay que estar dispuestos a aceptar lo indescifrable, la magia de lo cotidiano o esos sucesos que no tienen explicación, pero ocurrir, ocurren.

El director ruso no necesita de subrayados emocionales, ni tampoco de excesiva información adicional, para profundizar con sabiduría y sencillez en la odisea de Bayir, posando su película en la interpretación sutil y emocionante del joven Mikhail Gasanov, mirando a su protagonista de frente, a la altura de sus ojos, sin aleccionarlo, ni tampoco a los espectadores, a través de un estupendo ritmo que nos lleva de un lugar a otro, tomándose su tiempo y digiriendo cada encuentro y los nuevos personajes itinerantes que se van cruzando en el camino del joven protagonista. Una película honesta y extremadamente sencilla y transparente, donde su limpieza visual como argumental se agradecen, porque no quieren explicar con situaciones facilones todo lo que sienten los personajes, en la película todo es más directo, sus personajes viven su aventura, experimentando cada instante, como si no hubiese nada más, se vive el momento de manera intensa y febril. Estamos ante una cinta que bebe mucho del cine de Rossellini, en su labor humanista en su manera íntima y cálida de contarnos las sencillas odiseas que tienen que enfrentarse sus niños, unos niños que a veces deben vivir situaciones que los hacen crecer de repente, como les ocurría a Pasquale en la Italia en plena guerra o a Edmund en aquella Alemania devastada, niños que apartan sus juegos y su edad, y penetran en un mundo donde deberán tomar decisiones y responsabilizarse de sí mismos.

Tres anuncios en las afueras, de Martin McDonagh

UNA MADRE ENFURECIDA, UN POLICÍA VIOLENTO Y UN ASESINATO SIN REVOLVER.

“¿Qué dice la ley sobre qué se puede poner o no en una valla?”

En Ebbing, Misuri, un pueblo del medio oeste de Estados Unidos casi nunca pasa nada, es uno de esos lugares de la América profunda donde todo parece pasar de largo, los forasteros no lo conocen ni por casualidad. En ese lugar todos se conocen, la vida o algo parecido a ella, sigue su curso cotidiano y anodino, donde parece que las cosas le pasan a otro, y la mayoría simplemente se entera por casualidad. Aunque, hace unos meses, la aparente tranquilidad del lugar ha quedado ensombrecida, porque una adolescente Angela Hayes fue encontrada violada y asesinada, y la policía no tiene ningún sospechoso y además, parece muy perdida. Cosa que Mildred Hayes, la madre de Angela, no puede soportar, y debido a la inexactitud policial, decide tomar cartas en el asunto, y contrata tres vallas publicitarias en desuso evidenciando la incompetencia de la policía. Hecho que la pondrá en contra de la policía y algunos habitantes. El tercer trabajo en la filmografía de Martin McDonagh (Camberwell, Londres, 1970) es un sobrio y enérgico retrato del aroma del sur estadounidense, en el que mezcla diversas texturas como el drama y la comedia negra, muy en la línea de sus anteriores películas, como la fantástica Escondidos en Brujas (2008), que significó su debut cinematográfico (después de una larga trayectoria en las tablas donde cosechó grandes éxitos de crítica y público) donde seguía los problemas existenciales de dos asesinos a suelo, y su siguiente trabajo Siete psicópatas (2012) en el que un guionista en crisis encontraba inspiración en el descabellado plan de dos amigos con secuestro peligroso de por medio. Retratos violentos y grotescos, azotados de una violencia dura y áspera, donde la existencia de sus personajes se ve envuelta en situaciones tragicómicas, dentro de su aparentemente cotidianidad, encerrándoles en situaciones de difícil encaje y no menos solución.

En Tres anuncios en las afueras se centra en tres personajes y el enfrentamiento que se produce entre ellos, un entuerto en el que conoceremos a Mildred Hayes (divorciada, mujer de armas tomar, madre de un hijo adolescente, que hará lo indecible para conseguir capturar al asesino de su hija) el jefe de policía Willoughby (dialogante y comprensivo, padre de familia y querido en el pueblo, que oculta un galopante cáncer terminal) y el tercero en discordia, el oficial Dixon (racista y violento que vive al amparo de una madre alcohólica). El cineasta anglo irlandés construye una retrato complejo y de ritmo sobrio, donde los personajes se mueven casi por instintos, dejándose llevar por la situaciones que experimentan, con ese aroma tan sureño, ese olor putrefacto donde las cosas no se resuelven con buenas palabras, sino a pistoletazo limpio, como los antiguos pobladores, en el que todos luchan incansablemente por defender su lugar en la comunidad, pese quién pese, y según las circunstancias que se produzcan. Un retrato contundente y demoledor sobre una madre enfurecida, una madre que debe levantarse cada día y trabajar como empleada en la tienda de souvenirs a pesar de lo sucedido, sin poder dormir, acarreando el dolor de una madre que ha perdido a su hija y no ha pasado nada, nadie ha pagado por ello, y además, parece que la policía no hace nada para resolver el crimen.

McDonagh ha construido una película donde su argumento tiene nervio y fuerza, dónde sus personajes, complejos y vivos, podrían tener cada uno de ellos su propia película, unos individuos que se mueven con decisión, que se muestran contundentes y violentos si la ocasión lo merece, defendiendo lo que es suyo y lo que creen justo, aunque, en ocasiones, pierdan los estribos y la cosa se líe demasiado. El director británico impregna su cinta del sello de los westerns de los setenta, en los que el crepúsculo absorbía todas las vidas que no encontraban su lugar, donde sus maduros pistoleros se movían sin saber hacia dónde, casi en bucle, añorando viejos tiempos, y queriendo inútilmente seguir el ritmo de los acontecimientos, y percatarse que la modernidad los había desplazado para siempre. Esos títulos como Yo vigilo el camino, El fuera de la ley, Missouri, Los vividores, La balada de Cable Hodge o El último pistolero, donde los Frankenheimer, Eastwood, Penn, Altman, Peckinpah o Siegel (testigo que han heredado los hermanos Coen con inteligencia y aplomo) no retrataban las heroicidades de los pistoleros legendarios, sino todo lo contrario, lo más íntimo de unos tipos cansados, viejos y sin lugar, con demasiado polvo en las botas, camisas roídas, pistolas oxidadas y canas, hombres que en su día fueron alguien a base de tiros, y ahora, simplemente son objetos oxidados que el tiempo va borrando de un plomazo. Mildred Hayes podría ser uno de estos individuos, pasados de vueltas, a los que la vida ha zurrado de lo lindo, que tienen que aguantar como su ex marido maltratador y pusilánime la ha dejado por una niña de 18 años, y encima viene a darle lecciones de moralidad y demás, o las difíciles relaciones con su hijo, y para colmo de males, soportar con dignidad la inoperancia policial y demás miradas inquisidoras del maldito poblacho.

McDonagh ha construido un relato inmenso, de gran elegancia formal y argumento poderoso, con esa fotografía de Ben Davis, que captura el aroma setentero de luces apagadas y lugares sombríos (con esos espacios tan característicos como los bares nocturnos grasientos, las casas con porche en las que se divisa el pueblo, o los días en familia con el lago como testigo) la excelente score de Carter Burwell, que nos atrapa y nos describe el ritmo ausente y lúgubre de esos pueblos tan perdidos y cercanos a la vez, en un guión brillante que firma en solitario el propio McDonagh, donde prima la fuerza y el interior de sus incómodos personajes, a cuál más complejo y enrevesado, donde el trío protagonista raya a una altura impresionante, como la sublime y cautivadora Frances McDormand, que compone esas miradas duras, ausentes y ásperas, o Woody Harrelson y Sam Rockwell (segunda colaboración de ambos con el director) que son los personajes antagónicos, dos polis frente a frente, en las antípodas de cómo llevar su trabajo, muy diferentes en modos y ejecuciones, sin olvidarnos de los maravillosos secundarios, como suele pasar en este tipo de películas, com el hijo de Mildred, la esposa maternal y abnegada de Willoughby, el ex marido de Mildred interpretado por el correcto John Hawkes o Peter Dinklage como ese amigo de Mildred que le echa mas de un capote.

McDonagh se afianza en esta película como un gran director, un cineasta que necesita de muy poco para sumergirnos en un ambiente tranquilo y hostil, en una atmósfera cadente y putrefacta, donde los personajes no siempre se muestran obedientes y sumisos, sino que asumen la realidad injusta y la conducen a su terreno, haciendo lo posible para cambiarla, aunque para ello deban enfrentarse a ellos mismos y a un entorno muy hostil, miserable, hipócrita y violento. La película nos azota e incómoda, y nos sumerge en el sur, el maldito sur, lleno de enfrentamientos y heridas sin revolver,  en el que nos impregnamos del espíritu de los westerns desmitificadores del American New Wave, donde las heroicidades y patriotismo dejó espacio a uan realidad viva y diferente, un tiempo de personas comunes, sencillas y solitarias, que pueblan lugares vacíos y tranquilos, con el único entretenimiento que fumarse un cigarro en el porche mientras la carretera se muestra cada vez más extraña, personas que la vida con demasiada frecuencia les violenta con demasiada fuerza y brutalidad, aunque son gentes de corazón inquieto y carácter rudo que seguirán, aunque duela mucho, derribando todos los muros que se les pongan por delante.

 

Call Me by Your Name, de Luca Guadagnino

EL VERANO DEL PRIMER AMOR.

“El amor, al no entender de geografía, no conoce fronteras”

Truman Capote

Una mañana de verano de 1983, en una villa familiar del siglo XVII, cerca del pueblo de Crema, en la región de la Lombardía italiana. Cuando todo parece tranquilo, sin más ruido que la música de la naturaleza, llega, como cada año, el nuevo alumno del profesor Sr. Perlman, en este caso se trata de Oliver, un joven norteamericano de 24 años que realiza su doctorado sobre cultura grecorromana. Elio, el hijo del profesor, que pasa el tiempo reescribiendo música junto a su piano, se lanza escaleras abajo, a saludar al nuevo invitado que pasará 6 semanas de verano estudiando, conociendo y descubriendo el bucólico, apasionante y bellísimo paisaje del lugar. El quinto trabajo de Luca Guadagnino (Palermo, Italia, 1971) en palabras del propio director, cierra una trilogía sobre el descubrimiento del deseo, que se iniciaría con Yo soy el amor (2009) en el que una familia burguesa de la Lombarda más tradicional se veía trastocada por el amor de dos de sus empleados, a la que seguiría Cegados por el sol (2015) en el que exploraba las turbulentas relaciones de dos parejas durante unas vacaciones en una villa, que bebía libremente de la película La piscina, de Jacques Deray. Si en aquellas el deseo y las relaciones eran apasionadas, aunque de cariz turbulento, doloroso y enfermizo, en Call me by your name, el deseo estaría en el otro lado del espejo, en el que se explora la naturaleza apasionada del deseo, del primer amor, del descubrimiento de nuestros sentimientos y sobre todo, de nosotros mismos, la primera vez que experimentamos unas sensaciones agradables y apasionantes hacia alguien, al que deseamos y amamos.

Basándose en la novela de André Aciman, y con un guión del reputado y veterano cineasta James Ivory, que también actúa como coproductor, autor de celebres obras como Las bostonianas, Una habitación con vistas, Regreso a Howards End o Lo que queda del día, entre muchas otras, y Maurice (1987) la historia del primer amor entre dos chicos en la moralista Inglaterra de primeros del siglo XX, una película en la línea de la de Guadagnino. El cineasta italiano parece emular a sus dioses cinematográficos como Renoir, Rivette, Rohmer o Bertolucci, y nos introduce de forma tranquila, como una brisa de verano, casi sin tocarnos, como un caricia,  en una película que nos habla de muchas cosas, como el arte y su historia, y su importancia en la actualidad (como ese impagable momento en el lago cuando “resucita” de las profundidades una obra perdida, que interpela directamente a sus protagonistas, como ocurría en el descubrimiento de los amantes calcinados en Pompeya en Viaggio in Italia), o esas largas conversaciones con amigos mientras degustan un vino tinto, o los paseos en bicicletas recorriendo caminos entre naturaleza salvaje (como otro instante bellísimo, cuando los dos jóvenes piden agua a una señora que parece sacada de Novecento o El árbol de los zuecos), tradición y modernidad, pasado y presente, se mezclan en un relato sobre el amor, nuestras emociones y nuestras relaciones, donde el amor se cuece a fuego lento, como casi sin querer, quizás la verdadera naturaleza del amor, ese sentimiento invisible que sin ser conscientes de ello, se va apoderando de nosotros mismos, de lo que somos, de nuestra voluntad, arrastrados a esa persona desconocida que lentamente se va convirtiendo en el protagonista de nuestros sueños y deseos.

La sencilla y naturalista fotografía de Sayombu Mukdeeprom (hatual del cine de Apichatpong Weerasethakul) construye el marco ideal para el desarrollo de esa vida del amor y el deseo, acompañado del arte de Violante Visconti (sobrino de Visconti) donde descubrimos obras de arte, mapas históricos, muebles tradicionales e infinidad de libros, consiguiendo el hogar ideal donde historia y personajes se mezclan con detalle, y el audaz y ligero montaje de Walter Fasano (habitual de Guadagnino), que consiguen ese ambiente ideal, donde el amor nace y se reproduce, en el que el impecable trabajo de los intérpretes hace el resto, como la fresca y natural composición de Timothée Chalamet dando vida a Elio, Armie Hammer como Oliver, con la madurez y el cuerpo del joven estadounidense, que llega a la villa como una luz cegadora dispuesto a enamorar a propios y extraños, la ingenuidad y belleza de Marzia, la joven enamorada de Elio, interpretada por Esther Garrel (de familia cineasta) y los padres de Elio, interpretados por los siempre convincentes Michael Stuhlbarg y Amira Casar.

Guadagnino ha hecho una película bellísima, llena de sensualidad y amor, donde su ligereza y complejidad se mezclan de manera sencilla y sobresaliente, un retrato sobre el amor y sus consecuencias, sus dudas y tormentos, en el que sus más de dos horas de metraje se pasan como una brizna de aire, ese viento que acaricia nuestros sentidos, mientras nos quedamos absortos mirando como el sol se pone frente a nosotros, mientras baña de un caleidoscopio de colores en un nuevo día que se nos va, en el que nos trasporta a ese verano de estudio, de sol y frutas (como el melocotón que hace descubrir nuevas cosas del joven Leilo) de visitas a ruinas, de paseos en bicicleta que acaban en lagos solitarios donde dar rienda suelta a lo que sentimos, sin preocuparnos de lo que dirán, o esas fiestas nocturnas de borracheras y besos entre sombras, o ese deseo sexual inconsciente del primer polvo entre Leilo y Marzia, y sobre todo, el descubrimiento de lo desconocido, del primer instante que sentimos algo diferente por alguien, en el que el adolescente Leilo siente por Oliver, ese amor puro, de amistad, y sexual que sienten los dos jóvenes, sin más verdad que la que sienten, y sin más tiempo que el que tienen en ese instante, en el que hay noches eternas, donde es imposible dormir, abrazados para la eternidad en el verano del amor, en el verano de bañarse al amanecer o sentir que el mundo y el tiempo se han detenido, y sólo hay tiempo para el amor, para amarse y descubrir a la otra persona, su interior y a nosotros mismos, en un eterno balanceo de amor y sexo, de sentimientos que deseamos eternos, pero quizás la única eternidad es el instante que vivimos con intensidad.

Zama, de Lucrecia Martel

EL OFICIAL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA.

“En la desolación, necesito que alguien me mire”

La película se abre de forma significativa y abrumadora, sin dejar ningún resquicio de luz, con esa oscuridad interna que agobia y martiriza a su protagonista, Don Diego de Zama, un oficial de la Corona española, en mitad de la nada, en un puesto fronterizo en la Asunción (Paraguay) de finales del siglo XVIII. Frente al mar, de pie, tenso, y en eterna espera, una rutina que será el pan de cada día, espera y espera esa carta que le asignará un nuevo puesto lejos de allí. Pero la dichosa carta no llega, y lo que si llegan cambios de gobernadores que le ordenan encargos a cual más soporífero e inútil. La cuarta y esperadísima película de Lucrecia Martel (Salta, Argentina, 1966) después de unos años dedicada a la docencia, a dirigir piezas cortas y trabajando en otros proyectos que no llegaron a buen término, vuelve a transitar por los espacios y atmósferas que ambientaron sus anteriores películas, La ciénaga (2001) impactante debut, en el que exploraba la decadencia de dos familias, una burguesa y otra humilde, en un tiempo detenido, denso y triste. Su siguiente trabajo, La niña santa (2004) nos contaba la realidad de una adolescente que deseaba convertir al pretendiente de su madre, y por último, en La mujer sin cabeza (2008) un fortuito accidente destapa los miedos e inseguridades de una mujer acomodada.

El cine de Martel se mueve en ese tiempo incierto, un tiempo en el que no hay tiempo, en el que todo se cae lentamente, el entorno se convierte en ruina y decadencia, rodeado de animales, indios, podredumbre, malos espíritus y violencia, en el que sus personajes están sumidos en conflictos internos de los que no pueden escapar, y su entorno sucumbe junto a ellos, en el que por mucho que lo intenten nunca logran salir indemnes de las situaciones. La cineasta argentina introduce en su cine un par de elementos novedosos y significativos, su película es una adaptación de la novela homónima de Antonio di Benedetto, y deja sus ambientes actuales e inmediatos de sus películas, para trasladarse al pasado, a un viaje de más de dos siglos, en una atmósfera colonial, o lo que queda de ella, porque esa Asunción que nos describe con vocación naturalista y minuciosamente, parece un tiempo de continua decadencia, desencantando, una especie de purgatorio donde las almas perdidas como las de Zama se encuentran atrapadas y sin vida, vagando entre montañas de suciedad y miseria de un mundo en descomposición.

Martel no pretende hacernos una revisión historicista de los males del colonialismo, ni tampoco un estudio profundo de las formas de vida cotidianas de esos lugares, sino que ella quiere centrarse en el mundo interior de sus personajes, el ambiente solo le sirve de excusa, solamente para reflejar lo que les ocurre a sus criaturas, como un espejo deformador que nos revela aquello que está sintiendo el personaje, en el que el paisaje irá cambiando en consonancia de lo que va ocurriendo al susodicho. Un cine construido a través de capas, tanto en la forma (como sus encuadres y planos, fijos y largos, con poca luz algunos, como si estuviéramos encarcelados) o su sonido (en fuera de campo y denso, como esa música paradisíaca, completamente irónica, que contrapone el sentido de unas imágenes que van en otra dirección) que se van acumulando creando ese efecto hipnótico y devastador, donde todo se envuelve en un aura de incertidumbre y pobreza espiritual, donde sus personajes se mueven por inercia, intentando sobrevivir donde ya no se puede, creyéndose aquello que ya no creen, y obligándose a sentir cuando ya no sienten, como si ese fuese el único elemento que los mantiene con vida, aunque quizás ya hace tiempo que dejaron de tener una vida, y ahora simplemente la recuerden y fingen seguir con ella.

Zama (excelente el trabajo de Daniel Giménez Cacho con esa mirada ausente y ese gesto de caballero venido a menos) es es un pobre diablo, atrapado en sí mismo, un sosías de los Aguirre o Fitzcarraldo, personajes lunáticos y perdidos que Herzog los maleaba y llevaba por lugares salvajes y exóticos, viendo como ese mundo catastrófico y miserable se ha convertido en su quehacer diario, llevado por su locura y vacuidad, en el que no sabe qué hacer, porque mentalmente hace años que dejó de estar allí, y sigue manteniendo unas funciones que ya no tienen utilidad, e intenta saciar su aburrimiento y vacío existencial dejándose llevar por la lujuria y la apatía. Un hombre que de tanto esperar se olvidó de esperarse, que sigue con su casaca roja y sus botas de cuero, paseándose por el lugar, como manteniendo unas formas que no sabe para qué, ni con qué objetivo. Un reparto de gran calidad en el que sobresale el ya citado Daniel Giménez Cacho, y la presencia agradable y seductora de Lola Dueñas interpretando a Luciana Piñares de Luengo, esas señoras de interminables pelucas blancas, vestidos de seda prominentes, y fiestas lujuriosas por doquier, invadidas por un erotismo y una sexualidad embriagadoras, que coqueteaban y fornicaban con propios y extraños, mientras sus maridos ganaban dinero a costa de los indios y sus vidas.

La devastación del colonialismo y sus gravísimas consecuencias en la población indígena, a merced del imperialista blanco, los funcionarios adictos al juego, a las riñas, al sexo y a la insustancialidad, y la estupidez burocrática, que deja sin salida y al borde de la locura a aquellos que desean cambiar de aires, son otros de los temas que abundan en la película, como todo eso afecta, y de qué manera, a la conducta de los personajes, que se mueven en un mundo ajeno a toda la miseria que viven los indígenas, en otra de las características del cine de Martel, donde todos los mundos conviven, se mezclan, y acaban por construir uno nuevo, que se parece demasiado a los anteriores, aunque es diferente, porque Zama, atrapado y perplejo por su situación que parece eternizarse, opta por la aventura, por embarcarse en una empresa peligrosa, pero que le saque de sus laberinto kafkiano que la Corona le ha destinado. Aunque, a veces es mejor perderse en tu propio caos y sufrimiento interno que enfrentarse a fantasmas externos, porque nunca sabrás hasta dónde puede llegar tu decadencia, y sobre todo, tú desesperación por seguir vivo alimentando una vana esperanza, que en el fondo sabes que hace tiempo dejaste de creer en ella.

Loving Vincent, de Dorota Kobiela y Hugh Welchman

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL ARTISTA.

“No podemos expresarnos mejor que a través de nuestros cuadros”

Vincent Van Gogh

Nos encontramos en Francia, en el verano de 1891, cuando el cartero Joseph Roulin encarga a su hijo Armand que le llevé a Theo Van Gogh una carta escrita por su hermano Vincent, fallecido un año antes. A partir de esta premisa, seguimos a Armand, primero por París y luego por Auvers-sur.Oise, localidad cercana a París, donde el pintor pasó sus últimos días, y en la que se va a ir encontrando con personas que conocieron a Van Gogh y de esta manera, reconstruir los pasajes más interesantes de su vida y sobre todo, sus últimos días y las extrañas circunstancias que acabaron con su vida, al igual que otros autores de la grandeza de Minnelli, Kurosawa o PIalat ya habían reflejado el mundo visual de luz y colores del genio holandés, a través de grandes películas que exploraban su mundo. Aunque este nuevo trabajo es diferente, pero no por lo que cuenta, sino el cómo lo cuenta, porque quizás la trama detectivesca que sigue a Armand resulte más interesante o no, aquí el mayor atractivo de la película reside en su construcción, porque es la primera película de la historia pintada al óleo, en la que 125 artistas de todo el mundo han pintado 65000 ilustraciones que posteriormente se han animado con la ayuda de intérpretes reales, en la que podemos ver 94 fotogramas muy cercanos a los originales del pintor, y unos 31, donde hay una representación parcial de sus pinturas. Una técnica artesanal, de prodigio visual, extraordinariamente elaborada que consigue seducirnos de inmediato, y sobre todo, introducirnos en el mundo plástico de extraordinaria belleza del arte de Van Gogh.

Los artífices de semejante propuesta son la polaca Dorota Kobiela que debuta como directora después de un puñado de cortometrajes animados reconocidos internacionalmente, y también, el británico Hugh Welchman, que también hace su debut en la dirección, después de una larga trayectoria en el mundo de la producción animada de éxito mundial. Dos cineastas que ya habían colaborado en otros trabajos, y ahora emprenden su primer largometraje juntos, y se enfrascan en un viaje emocional a la vida y el arte de Vincent Van Gogh (Zundert, Países Bajos, 1853 – Auvers-sur-Oise, Francia, 1890) uno de los estandartes de la pintura moderna que empezó a pintar a los 28 años y en sus escasos diez años de trabajo dejó unos 900 cuadros y 1600 dibujos, y un prolífico material epistolar que alcanza las 800 cartas, de las que escribió unas 650 a su hermano Theo. A partir del contenido de estas premisas, Kobiela y Welchman construyen algunos de los momentos más significativos de la vida del pintor, un hombre atormentado por sus problemas mentales que tuvo que lidiar con sus grandes dificultades por encajar en un mundo que rechazaba su arte.

A través de Armand, seguimos su periplo por aquellos barrios bohemios de París, a través de su vendedor de materiales para la pintura, o de todos aquellos personajes que se relacionaron en aquellos últimos días de su vida, en Auvers-sur-Oise, pequeña localidad francesa, cercana a París, donde el pintor encontró esa luz necesaria para construir su arte, a través de la recreación vanguardista que imprimía en sus pinturas, ilustrando campos, campesinos, y las personas que conocía e inmortalizaba en sus cuadros, como el Dr. Gachet, amigo de su hermano que lo acogió, y la hija de éste, Marguerite Gachet, a la que llegó a pintar en tres ocasiones, o Adeline Ravoux, la hija del dueño de la posada Ravoux, donde el pintor se alojaba y fue encontrado muerto, una muerte que algunos creen que fue un suicidio y otros, que fue asesinado por un joven maleante de la zona. Misterios sin resolver que la película utiliza de excusa para contarnos esos últimos días de Van Gogh, su arte, sus amistades, sus tormentos, y la soledad que le perseguía sin descanso, y la falta de interés que tenía su obra en la época, todo lo contrario que en el actualidad, convertido en uno de los mayores pintores de la historia, y uno de los máximos exponentes de la pintura moderna.

Kobiela y Welchman nos invitan a maravillarnos con la especial delicadeza y sensibilidad que destilan cada uno de sus fotogramas, convirtiendo su película en un joya visual sin precedentes, en un extraordinario viaje a los sentidos que recoge con sinceridad y honestidad el espíritu del arte de Van Gogh, a través de su pintura, de su maravillosa luz, colores y detalle en las formas y el rostro de sus retratados, y conociendo aún más si cabe, las relaciones que tuvo en su vida, y más concretamente, en sus últimos días, en el que la película construye un calidoscopio, tanto audiovisual, por su magnífica técnica que recuerda a los grandes de la animación que han creado trabajos vanguardistas, revolucionarios, sensibles y conmovedores, como Lotte Reiniger, Jan Svankmajer o Hayao Miyazaki, por citar a algunos (donde la animación ha alcanzado espectaculares maravillas visuales a través de la sencillez del dibujo y una formalidad que nada tiene que envidiar al cine real) y argumental, a través de los testimonios de todos aquellos que lo conocieron y trataron, creando un Van Gogh diferente y extraño según la persona y la relación que tuvo con él, desde los ya citados, como el barquero que lo veía de tanto en tanto, o la ama de llaves que lo trataba de loco, todos ellos, en su medida, nos descubren o no a una persona y artista que la película describe a través de muchas personas, sin saber con exactitud cómo era, y muchísimo menos, las circunstancias oscuras que envuelven su fallecimiento.

Una vida a lo grande, de Alexander Payne

LA VIDA DESDE OTRO PRISMA.

“Nos vemos al otro lado”

Habíamos visto películas donde se empequeñecían a los seres humanos en contra de su voluntad y las tremendas dificultades que generaban en sus vidas semejante tamaño reducido, siempre bajo un prisma de terror y supervivencia, como ocurría en la terrorífica Dr. Cyclops (1940) de Ernest B. Schoedsack, en la maravillosa serie B de El increíble hombre menguante (1957) de Jack Arnold, o la simpática aventura Disney de Cariño, he encogido a los niños (1989). De la mano de Alexander Payne (Omaha, Nebraska, EE.UU., 1961) descubrimos otra variante del tema, quizás más siniestra, como la reducción del tamaño como medida contra la sobreexplotación humana del planeta y así generar menos basura y sociedad, en un mundo donde unos científicos noruegos han logrado lo imposible y reducir el tamaño de los humanos a los 12 centímetros y medio, y construir sociedades a su medida en la que con sus recursos podrán vivir holgadamente y ayudar a la preservación del planeta. Payne se detiene en la vida corriente de Paul Safranek (estupendo Matt Damon) un ergoterapeuta casado con Audrey y bastante agobiado por las deudas, situación que les llevará a tomar la decisión de reducirse para empezar una nueva vida.

El cineasta estadounidense construye sus tragicomedias a partir de un viaje, tanto físico como emocional, donde sus personajes, habitantes de la América profunda, tienen vidas normales que rara vez les satisface, en comedias tristes alimentadas por una mezcla de alegría y melancolía, en el que sus individuos andan dando tumbos y buscándose constantemente a sí mismos, en las que Payne utiliza para satirizar el modelo de sociedad estadounidense, esa sociedad donde se mueven personajes como Jim McAllister, el profesor de instituto de Election (1999) que utiliza su excesivo trabajo para esconder sus frustraciones, o Warren Schmidt, el jubilado solitario y perdido de A propósito de Schmidt (2002) o el par de amigotes, el pesimista y el seductor, tan diferentes pero igual de fracasados en sus existencias de Entre copas (2004) o la Carol tan solitaria y amargada del magnífico segmento 14e arrondissement de la película colectiva París Je T’aime (2006) o la hipócrita vida de Matt King, el marido engañado de Los descendientes (2011) o el jubilado senil de Nebraska (2013).

Criaturas del universo Payne a los que hay que unir a Paul Safranek, que deseoso de cambiar de vida para huir de los agobios económicos, se ve envuelto en una situación irreversible que le lleva a sentirse vacío y solo, en un mundo no tan brillante y fantástico como creía, y deberá empezar casi de cero a mirar más hacia dentro y dejándose de sentir compasión por sí mismo. Payne junto a su habitual guionista Jim Taylor, y sus más fervientes colaboradores como Phedon Papamichael en la fotografía y Kevin Tent en el montaje, consigue construir relatos de personajes bien definidos, llenos de matices y complejidades, que interpelan directamente a los espectadores, en su acompañamiento a sus criaturas por este nuevo mundo, que desgraciadamente, acaba repitiendo los mismos errores de injusticia e insolidaridad, y en esa visagra física y emocional, se verá empujado la vida de Safranek en su nueva vida y tamaño, buscando allá donde desconocía su lugar en el mundo, y rehaciendo su existencia.

Sefranek que emprende su aventura junto a su mujer, que en el último instante se apeará de su decisión, deberá descubrirse a sí mismo y luego, conocer la realidad social de su mundo miniaturizado. En este camino de introspección le ayudará su vecino Dusan (brillante Christoph Waltz) un jeta simpático que ha generado una especie de contrabando internacional de productos de lujo, junto a su socio Konrad (interpretado por el sobrio Udo Kier) y también, se tropezara con la dura realidad con Ngoc Lan (cálida y sensible Hong Chau) una refugiada política, reducida por su gobierno como castigo y luego huida, que le enseñará la durísima realidad de los pequeños que no tienen dinero y viven de forma inhumana en un edificio junto al muro que acota este mundo de fantasía para unos, y pobreza y enfermedad para otros. Payne indaga como nadie en la naturaleza humana, en su complejidad y contradicciones, sumergiéndonos en las emociones de sus personajes, en su periplo existencial, sin olvidarse de su implacable sentido del humor, generando situaciones cálidas, divertidas y tristes.

Sefranek es uno de estos tipos del montón, que cree emprender la verdadera búsqueda de su vida al reducirse de tamaño, pero se inmiscuirá en un viaje que le hará conocerse y conocer su entorno, también los orígenes del proyecto de reducción, encontrándose con todo aquello que aparentemente ha buscado y ha querido encontrar, aunque, a veces, no siempre lo que se busca es aquello que nos hace estar felices, y sobre todo, no con aquellos que deseamos estar, resultan que son siempre la mejor compañía. Payne sumerge a sus personajes en situaciones incómodas para ellos, y para los demás que lo rodean, extrayendo lo más profundo de sus emociones, en películas que podríamos enmarcar en viajes emocionales donde hay tiempo para el drama y la comedia, y la estupenda mezcla de ambas, en un espacio fílmico  de una cotidianidad que los enfrenta a sus necesidades más personales e íntimas, en el que la magia del cine de Payne se manifiesta en lo humano, dotando sus películas-retratos-aventuras en exploraciones precisas y honestas del deambular del alma humana.

 

 

Alanis, de Anahí Berneri

RETRATO DE UNA TRABAJADORA SEXUAL.

La película se abre de un modo brillante y demoledor, a través de un plano fijo (asfixiante, sin espacio para respirar) observamos a una mujer de unos 25 años mientras se asea en el lavabo, se desnuda y entra en la ducha, la vemos apenas reflejada en un espejo, por partes (constante que se repetirá a lo largo del metraje, creando esa mirada de vidas a trozos que tienen que recomponerse). Corte a la bañera, donde agachada se frota fuertemente y se vierte agua. Inmediatamente después, descubrimos que tiene un hijo, Dante de año y medio, y comparte piso con Gisela, donde reciben a los clientes. Alanis es trabajadora sexual. La siguiente secuencia es la policía, que pasándose por clientes, irrumpen en la vivienda y las sacan a patadas, llevándose detenida a Gisela acusada de trata. Alanis con su hijo a cuestas se va a vivir con su tía temporalmente. La directora Anahí Berneri (Buenos Aires, Argentina, 1975) afronta en su quinto trabajo, el marco de sus anteriores películas, retratos duros, y en primera persona, de seres en continuo conflicto por encontrar su lugar en la sociedad, y en el mundo. En su debut, Un año sin amor (2005) mostraba la lucha encarnizada de un escritor homosexual enfermo de sida, en su siguiente trabajo, Encarnación (2007) describía la vuelta a su pueblo natal de una ex actriz madura que tuvo su fama en películas de serie B, en Por tu culpa (2010) el conflicto de una mujer divorciada y madre de dos hijos, y en Aire libre (2014) el tedio de una pareja que acaba viviendo separada.

En su nuevo trabajo, continua con sus temas preferidos abordando las cuestiones de género desde una mirada intimista y realista, en la que captura con  su cámara las 72 horas de una mujer joven que se dedica a la prostitución por decisión propia, en una manera de subsistir, de tirar hacia delante. Alanis es despojada de su hogar, de su lugar de trabajo, se ve sacada a golpes de su vida, peor con su carácter de superviviente nata, encuentra lugares para ejercer su trabajo, como en el interior de un coche en las vías muertas de una estación, o por las calles nocturnas, en las que las prostitutas dominicanas ejercen su posición y la echan a patadas. Berneri huye de cualquier posicionamiento moral o subrayados sentimentales, su película es un retrato de una trabajadora sexual, de su personalidad, en continuo movimiento, en su búsqueda de trabajo y de salir de su situación temporal, mientras sigue amamantando a su hijo, y encontrando, por todos los medios a su alcance, el camino a seguir, mostrando una dignidad fuera de lo común.

Alanis es una película de cine directo, cine de guerrilla, de militancia, donde pone en cuestión el trato a las mujeres que ejercen la prostitución por voluntad propia, en el que abre el eterno debate sobre la hipocresía moral de una sociedad que acepta trabajos precarios como legales, mientras, por el contrario, ejerce una mirada ambivalente sobre el trabajo sexual, que sin prohibirlo a nivel gubernamental, lo persigue y lo condena. Alanis está filmada con contundencia, dando golpes en la mesa, con esos planos fijos, algunos muy cortantes, y otros, despiadados y brutales, sin música añadida, apoyando la naturalidad y el realismo que persigue la cineasta, como la inmensa interpretación de Sofía Gala Castiglione, llena de crudeza, realismo y sangre, consiguen emocionarnos y sumergirnos, no solamente a un nivel físico, sino en todos los niveles, penetrando en su cuerpo, su piel, sus pechos, y su sexualidad, como la tremenda escena sexual (la única que veremos en toda la película) donde la violencia ya no es física, sino verbal.

Berneri, con la ayuda de su socio, el guionista Javier Van de Couter (que repite después de Aire libre) realiza un crónica de sucesos, alejada de los informativos moralistas, con toda su crudeza punzando, explorando los pliegues de ese mundo de calle y realista que se nos escapa, que apenas vemos y late en los rincones más oscuros y sucios de nuestras ciudades. En sus apenas 82 minutos, una película-retrato sobre una mujer, su maternidad, su trabajo y sus quehaceres cotidianos haciendo frente a una sociedad moralista y a ese Buenos Aires oscuro, inmigrante y marginal, donde las vidas frágiles y de urgencia, se mueven dando palos aquí y más allá, levantándose del suelo después de recibir todo tipo de golpes, tanto físicos como emocionales, pero siguiendo por el camino elegido, en busca de clientes, y cogiendo unos pesos de la caja si hacen falta, caminando a la vera de una mujer, en este caso trabajadora sexual, a través de su desnudez, su sexualidad, que comete errores y es compleja, como todos nosotros, pero seguirá en pie enfrentándose a todo y todos, en su forma de trabajo, en su manera de afrontar la vida, a ella misma, en su maternidad, y en su trabajo sexual.

Alanis es una película inmensa, llena de honestidad y sinceridad, sin complejos ni añadidos, que rezuma carácter y humanismo por los cuatro costados, de ese cine que corta el alma, pero profundamente necesario y valiente, como aquel cine enmarcado en la más profunda realidad directa que profundizaba en los temas cotidianos, en los más cercanos y en los que tenían que ver con las circunstancias personales, como el que ejercían Renoir, Rossellini, los cineastas del Free Cinema, los de los Nuevos Cines, y tantos otros, en su afán de crear un naturalismo callejero, del aquí y ahora, creyendo en el cine como herramienta social y política de reflexión y conocimiento, en un medio eficaz y de resistencia para retratar a personas, las que el moralismo viejuno y estúpido, que invisibiliza y expulsa a la periferia, criminalizándolos, en muchos casos, solamente por llevar vidas completamente diferentes a los que el orden social burgués ha impuesto como correcto. Vidas que sobreviven a diario, a duras penas, llenas de obstáculos, esas vidas que nos cruzamos cada día por la calle mientras vamos en dirección a nuestras cosas.