Y llovieron pájaros, de Louise Archambault

EL OASIS DE LOS RESISTENTES. 

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”

(De Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes)

No es nada habitual, desgraciadamente, encontrarnos con películas que aborden los conflictos de la gente madura, en contadas ocasiones nos topamos con retratos del calado como los de En el séptimo cielo, de Andreas Dresen,  Amor, de Haneke, A propósito de Scmidt, y Nebraska, ambas de Alexander Payne, por citar algunas de las más relevantes de los últimos años. Parece ser que la última etapa de la vida no despierta inquietudes o reflexiones a los cineastas actuales. La directora Louis Archambault (Montreal, Cánada, 1970) llegó con fuerza e intensidad a nuestras pantallas con Gabrielle (2013) su segunda película, en la que abordaba de forma íntima y transparente las vicisitudes de una joven con una rara enfermedad, el “síndrome de Williams”, que luchaba contra su entorno para conseguir su libertad e independencia personal.

Su tercer trabajo, Y llovieron pájaros, basada en la novela homónima de Joelyne Saucier, vuelve a centrarse en la libertad personal e individual, pero en este caso se trata de un trío de ancianos que han dejado sus vidas y circunstancias en la sociedad y se han instalado en los bosques de Abitibi, en cabañas de madera y rodeados de un inmenso lago. Aunque la película va mucho más allá de la intención de retratar a este trío alejados de todos y todo, porque ahonda en temas como el peso del pasado, la existencia como camino de deambular o huida, en este caso el bosque, o la redención a través del arte, la pintura. Porque la vida apacible de los tres ancianos se ve alterada por la muerte de uno de ellos, y la posterior visita de una anciana que anda perdida después del fallecimiento de su esposo, y aun más, la de otra visita, una joven fotógrafa que busca al fallecido y su tremebunda historia para documentarla, la de unos incendios que asolaron la zona en el pasado.

La directora canadiense vuelve a hacer gala de una mirada exquisita y sensible a la hora de adentrarse en el paisaje natural y las interiores cotidianas de la vida en el bosque, capturando de forma reposada y suave las vidas de estos tres ancianos, hablándonos de su pasado, su presente y ese incierto futuro, en el que, entre otras cosas, se avecinan nuevos incendios y la hostilidad de las leyes y demás. Unas personas en las que la tranquilidad y la pausa se han convertido en motor de sus existencias, en el remanso de paz y recuerdos en el que viven, como si se hubiesen impermeabilizado de una sociedad desigual, injusta y deshumanizada, y hubieran encontrado esa paz buscada y alejada de tanta ingratitud y sin sentido, almacenando su memoria y guardando su dolor. Las visitas inesperadas les harán reabrir heridas pasadas y deberán enfrentarse a ellas, mirándose en ese espejo de la memoria que tenemos todos guardado en algún lugar de nuestra alma.

Archambault nos habla de la vida, de sus quehaceres diarios y también, de sus gestos cotidianos, de la amistad como forma de conciencia humana, incluso social, atreviéndose a plantear ciertos conflictos en los que el compañerismo y la fraternidad se muestran y enfrentan debido a las distintas formas de ver y experimentar las diversas situaciones que plantea la película, como la actitud ante los extraños, la despedida de la vida, o la relación con la memoria incómoda y dolorosa, también, nos habla de amor, del amor maduro, de ese amor inesperado, libre y profundo, mostrando los cuerpos mayores, con sus grietas y arrugas vitales que el tiempo ha marcado y señalado, en una de las más bellas y sentidas secuencias de amor y sexo que hemos visto en la pantalla desde En el séptimo cielo, mostrando la belleza de los cuerpos envejecidos amándose libremente y sin prejuicios. La exquisita y maravillosa luz del cinematógrafo Mathieu Laverdière, que baña con esa luz cálida y natural el bosque, la cabaña y los rostros de los ancianos, convirtiéndolos en esas figuras fantasmales, apartadas y en vías de extinción.

Una historia de esta sensibilidad y humanidad necesitaba de un gran reparto para dar vidas a estos ancianos y sus complejas circunstancias, encabezados por Andrée Lachapelle como Gertrude, Gilbert Sicotte y Rémy Girard (uno de los actores fetiche de Arcand en sus inolvidables El declive del imperio americano y Las invasiones bárbaras) dan vida a esos ancianos retirados que viven en consonancia con la naturaleza y sus recuerdos, y los jóvenes Rafaëlle, a la que interpreta Eve Landry, esa fotógrafa que viene a desenterrar ese pasado que los ancianos no quieren remover, y finalmente, Éric Robidoux como Steve, que regenta un pequeño hotel en el bosque y conoce a los ancianos, que respeta y venera. Archambault ha construido una película muy intensa y profunda sobre esas cosas que nos hacen vivir en plenitud y relacionarnos con nosotros mismos, observándonos y observando el paisaje del bosque y el lago, dejándonos llevar por su belleza y quietud, perdiéndonos en el infinito y relacionándonos con aquello que habíamos olvidado y abandonado, como una forma de vuelta a nuestros orígenes ancestrales y permitiéndonos vivir el tiempo que nos queda rodeados de la vida y el amor que nos profesamos y nos profesan sin más, tranquilos y bañándonos al amanecer desnudos, cantando viejas baladas alrededor del fuego, compartiendo una comida con amigos entre risas y confidencias, o simplemente, sentados cómodamente frente al lago, mientras asistimos atónitos a la belleza de un atardecer despidiendo un nuevo día, una nueva oportunidad, un nueva experiencia… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lila Avilés

Entrevista a Lila Avilés, directora de la película “La camarista”, en el Soho House en Barcelona, el jueves 7 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lila Aviles, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La camarista, de Lila Avilés

LA SOLEDAD DE LA EMPLEADA DE HOTEL.

“Los trabajadores seguimos siendo el pariente pobre de la democracia”

Marcelino Camacho

Eve entra en una habitación a oscuras, levanta la persiana automática, y empieza a limpiar el lugar. Sus actos y movimientos son mecánicos, vaciados de cualquier atisbo de pasión en lo que hace, la mujer se esfuerza y no se detiene en su quehacer. De repente, cuando recoge las sábanas del suelo, descubre a un anciano que se despierta y atónita le pregunta, el señor no contesta, simplemente la mira y responde con gestos, en una actitud de indiferencia total. Eve tiene 24 años y es camarista en un hotel lujoso en la Ciudad de México. La primera secuencia con la que se abre La camarista, opera prima de Lila Avilés (Ciudad de México, 1982) expone con precisión y sobriedad, elementos que nos acompañarán durante todo su metraje, las estructuras en las que se sustentan la propuesta de la cineasta mexicana. Una mise en scène basada en dos características principales, el nulo movimiento de los planos, donde abundan los cuadros intensos y agobiantes, acompañado del vacío y la desnudez de los espacios, de colores grises oscuros, como el uniforme de Eve, y blancos, como las habitaciones, colores apagados y faltos de vida, y la ausencia total de música diegética, en una banda sonora de grandes silencios, solo rota por el trabajo cotidiano de Eve.

Eve es muy observadora e introvertida, de pocas palabras, invisible y ausente, con dos objetivos principales en su trabajo, conseguir un vestido rojo que alguna clienta del hotel olvidó, y sobre todo, hacer méritos para conseguir un puesto mejor como camarista limpiando las suties principales, para eso hace larguísimas jornadas laborales, que le impide estar junto a su hijo pequeño con el que se comunica vía teléfono. Avilés nos encierra literalmente entre las paredes del hotel lujoso, como si fuesen las murallas de una fortaleza para Eve, pero consiguiendo el efecto contrario, porque más bien parece una prisión donde vive y duerme Eve. Eve limpia las habitaciones de forma robotizada, consumida en su cotidianidad laboral, deteniéndose en los objetos de los clientes, imaginando unas vidas que ella nunca tendrá, perdiéndose en esos espacios en los que la vida ajena ayuda a paliar una realidad bien difícil y muy solitaria.

Entre los empleados del hotel hay poquísima camaradería, la misma indiferencia y hostilidad que Eve recibe de los clientes del hotel las pocas veces que coinciden, se ve muy bien reflejada en el trato con los demás empleados, en los que Eve le cuesta encajar y se siente una extraña, aunque ella lo intenta, haciendo alguna que otra amistad que a la postre será frustrante y vacía, apuntándose a clases para adultos, o coqueteando con algún empleado, que tampoco la llevará a ningún lugar, como demuestra la significativa secuencia de Eve con el limpiador de cristales. Avilés se inspira en el trabajo de la artista visual Hotel, de Sophie Calle, que fotografió la basura y los objetos olvidados de los clientes de un hotel, convirtiendo a Eve en una especie de náufraga que se mueve sin descanso por un universo ajeno y abstracto, proyectando todas esas vidas mediante los restos de esos huéspedes que la utilizan para sus fines.

La película muestra el otro lado del espejo, deteniéndose en aquellos que no se ven, pero están, como Eve, observando sin condescendencia pero con humanidad, a todos esos trabajadores que diariamente cumplen con un trabajo extenuante e invisible, pero importante, siguiendo sin descanso a una empleada encerrada en un espacio de cristal, encerrada y asfixiada por esas habitaciones, pasillos, comedores, ascensores o esos cuartuchos donde almacenan los repuestos, mirando como un voyeur esas otras vidas, o esa ciudad en la siempre hay un obstáculo que las separa, como las ventanas o esa línea invisible que divide el mundo en posiciones sociales, los que se hospedan en el hotel y los otros, como Eve, que limpian sin descanso sus desechos, donde convergen en espacios ajenos y vacíos de humanidad, en el que unos viven y respiran y cuentan sus conflictos, mientras el resto, los empleados como Eve, se limitan a trabajar, a callar y a imaginar las vidas que no tendrán a través de esos otros que si las tienen.

La inmensa capacidad interpretativa de Gabriela Cartol, componiendo una inconmensurable y magnífica Eve, transmitiendo todo ese mundo interior deseando salir y explayarse, pero limitado a su trabajo y a ese vacío y soledad en la que vive, deseando momentos que se quedan dentro, una actriz que demuestra su capacidad para transmitir desde lo más difícil, casi sin expresar palabras y mediante los gestos y las acciones, y sobre todo, las miradas que va proyectando a lo largo de la película, como esos maravillosos instantes donde se queda traspuesta mirando la ciudad a través de esos grandes ventanales  o aquellos otros donde juega a mirar esas vidas y a jugar con los objetos en su intimidad. Avilés ha construido una película imponente e inteligente, apoyándose en lo mínimo, encerrándose con Eve en esa caja de cristal brillante, que esconde demasiados silencios y soledades, en un mundo cada vez más incapaz de mostrar un mínimo de humanidad y empatía hacía el otro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vida oculta, de Terrence Malick

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL HORROR.

“Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar”

Marcelino Camacho

El último lustro en la carrera cinematográfica de Terrence Malick (Ottawa, Illinois, EE.UU., 1943) han virado hacia la vorágine, ya que su producción como director ha aumentado considerablemente dirigiendo 5 títulos, producción que contrasta enormemente con la escasa producción hasta el año 2205 cuando sólo contaba 4 títulos en más de tres décadas. Quizás este dato no sea importante en otros directores, pero en el caso de Malick resulta muy significativo, ya que después de El nuevo mundo (2005) su obra se ha encaminado a dramas personales confusos y desorientados que no han acabado de despertar el entusiasmo de sus títulos anteriores. Con Vida oculta rompe esa tendencia y en cierta medida, recupera su gran cine, aquel cine que asombró a crítica y público, y lo encumbró a uno de los cineastas estadounidenses más interesantes desde que debutase en 1973 con Malas tierras, le siguió Días del cielo (1978) lo agrandó con La delgada línea roja (1998) a pesar de esas dos décadas de inactividad cinematográfica, la mencionada El nuevo mundo, y El árbol de la vida (2011) la historia personal de alguien desde niño hasta su edad adulta, en la que repasaba la génesis del universo y todas las etapas de vida y aprendizaje del protagonista.

Vida oculta  recupera ese cine que había en El árbol de la vida, con esos grandes angulares donde rastrea y filma de forma natural toda la belleza natural del paisaje y la fisicidad de sus personajes, involucrando a los espectadores de una manera muy íntima y cercana a la actividad del relato, tanto su trabajo físico en la granja como las miradas y gestos de los personajes, adquiriendo todo el conjunto un nivel de comunicación de gran fuerza expresiva y magnética. Malick recupera el caso real de Franz Jägerstätter, que fue ejecutado en 1943 por los nazis al negarse a ir a la guerra. El cineasta estadounidense nos sitúa en una granja alpina de Sankt Radegund, en Asutria, en aquellos años cuando el país se anexionó a la Alemania nazi, y de repente, tanto los seguidores como los detractores quedaron sometidos al régimen totalitaria de la Alemania de Hitler, situación que se vive en carnes en la película en ese pueblo donde la mayoría aboga por la idea nazi dejando arrinconado y vilipendiado la posición de Franz, declarado pacifista y completamente opuesto a la guerra.

Con algunos flashbacks conocemos la historia de amor de Franz y Franziska, un amor puro, bello y natural como la tierra que pisan, donde la película se viste de romanticismo profundo y sincero para retratarnos a dos personajes buenos, transparentes y sencillos, una almas enamoradas y trabajadoras ajenas a todo el horror que se les viene encima. La sublime y naturalista luz de Jörg Widmer (que debuta con Malick como cinematógrafo, aunque llevaba desde el 2205 trabajando como cámara en sus películas) acoge y presenta a dos seres muy enamorados, que se desean y trabajan codo con codo en su granja y cuidan a sus tres hijas, donde el cuadro escenifica y acerca con inusitada belleza todo lo que va aconteciendo, en que el paisaje adquiere una sutileza maravillosa, donde todo tiene vida y movimiento. Bien acompañado de un montaje preciso y trabajoso que se alargó tres años y contó con tres editores, Rehman Nizar Ali (que lleva siete películas con el director), Joe Gleason (desde el 2016 a las órdenes de Malick) y Sebastian Jones (realizador con Malick que en esta ocasión hace labores de editor) en que Malick nos sumerge en un relato muy despedazado pero capturando toda esa belleza física que se mezcla con la turbación y la oscuridad por la que va adentrándose la película, donde la música de James Newton Howard va acompañando de manera respetuosa dejando al espectador sus propias conclusiones, con las magníficas partituras de Bach, Beethoven, Händel, Arvo Pärt, entre otros.

Malick teje una historia reposada y espiritual, en la que maneja con rigor y serenidad el tempo cinematográfico, elaborando con detalle cada plano y mirada, explorando las emociones con sumo cuidado, sin precipitarse ni sentimentalismos, con orden y aplomo, donde se mezclan romanticismo, naturaleza, cotidianidad laboral y horror, donde la religión, como ocurría en El árbol de la vida, vuelve a convertirse en la luz y guía de los personajes principales, auténtica tabla de salvación de sus vidas, y sobre todo, el lugar donde encontrar ayuda y respuestas a toda la oscuridad y el horror que se les bien encima. Malick ha contado con un reparto que raya a gran altura interpretativa y sabe transmitir toda la alegría y la tristeza que experimentan los personajes, encabezados por el enorme August Diehl como Franz, bien acompañado de Valerie Pachner como Franziska, esa pareja enamorada que lucharán hasta el final por sus valores humanos y por lo que creen siempre juntos y a una, y el resto del reparto con actores de la solvencia de Matthias Schoenaerts, Michael Nyqvist, Jürgen Prochnow o Bruno Ganz, en uno de sus últimos papeles.

Malick ha construido una película magnífica, profunda y sincera, muy sensorial y con unas imágenes que traspasan la pantalla, donde apenas escuchamos diálogos, en que una primera parte estaría contada a través de lo físico, mediante los trabajos en la granja, y una segunda mitad, donde prevalece la palabra escrita, mediante esas voces en off que van leyendo las cartas que se dirigían la pareja enamorada cuando estaban separados. Sus 174 minutos no agotan ni juegan en su contra, sino todo lo contrario, convirtiendo la película en un hermoso canto al amor y a la libertad, con ese aspecto de cotidianidad y de gentes anónimas que desafiaron el terror nazi con las armas que poseían, su dignidad y valentía, en que el relato consigue esa brutal capacidad de transmisión y belleza que tiene la mirada de Malick, sumergiéndonos en un paisaje físico y moral, donde todo pende de un hilo, en que el equilibrio emocional de los personajes interpela directamente a los espectadores, dirigiendo nuestras emociones a la actitud férrea de Franz y su digna decisión de enfrentarse a los malvados y preservar sus valores humanistas y sobre todo, seguir indemne durante todo su cautiverio y condena, siendo fiel a sus principios morales y teniendo a su mujer y familia a su lado, en esa lucha hasta el final contra el fascismo que todo lo devora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sinónimos, de Nadav Lapid

CONSTRUIRSE LA IDENTIDAD.

“Si estamos en contra del estado, somos apátridas. Si hacemos el bien, somos enemigos. Si hablamos la verdad, somos peligrosos. ¡Somos todo menos lo que ellos quieren!

Sócrates

Yoav aterriza, como si fuese un extraterrestre, en el París actual, caminando frenéticamente en mitad de la noche, entrando en una vivienda, sacarse la ropa y ducharse, para más tarde, quedarse dormido en la bañera, cuando alguien le ha quitado la ropa. Emile y Coraline, una pareja de vecinos lo auxilia muerto de frío y le da cobijo, ropa y cariño. De Yoav solo conocemos que es israelí, no sabemos cómo ha llegado a París, si huye de algo o alguien, y sobre todo, ni el mismo sabe quién es ahora mismo. La tercera película de Nadav Lapid (Tel Aviv-Yafo, 1975, Israel) basada en experiencias autobiográficas, sigue la misma senda de sus anteriores trabajos, ejercicios contundentes, profundos y críticos sobre la sociedad israelí y todas sus ataduras culturales, como hacía en Policía en Israel (2011) en la que a través de la experiencia de un policía experto en terrorismo, nos enfrentaba al otro, al desconocimiento del terrorista y sus verdaderos motivos y la naturaleza de sus acciones, en La profesora de parvulario (2014) una maestra se enfrentaba a una sociedad demasiado conservadora en pos de uno de sus alumnos dotados para la poesía.

El director judío sitúa su historia lejos de sus fronteras, en un París alejado de lo conocido y turístico, donde seguimos las peripecias de Yoav, un joven apátrida, alguien que cada paso que da en la ciudad de acogida, le iremos descubriendo, tanto su pasado como su cotidiano presente, acompañándolo en sus paseos por la ciudad eterna, un lugar que se nos muestra con la efervescencia de alguien que solo lo conoce de oídas, llevado por su imaginación, de alguien que lo está descubriendo a cada paso, gesto o mirada, de un tipo que huye de un pasado militar en Israel que odia, que quiere olvidar su cultura judía, su familia, sus orígenes, y empezar de cero en otro paisaje, adoptando su idioma, negándose a hablar en israelí, en una huida hacia delante a través del cuerpo y la palabra, apropiándose de las palabras, esos sinónimos que rezan en el título de la película, repitiéndolos constantemente mientras camina a ritmo frenético por la ciudad, mirando a todos sitios y a ninguno, experimentando en trabajos alimenticios, viviendo como una especie de nómada, de outsider, de fantasma que esta redescubriéndose y sobre todo, construyéndose a medida que conoce su nueva ciudad y vida.

La cámara de Lapid, como una parte del cuerpo más de Yoav, se pega a su personaje y lo sigue en constante movimiento, como una especie de diario personal, donde los espectadores nos movemos al son que esas imágenes van marcando. El cineasta israelí coloca a Yoav en medio de todo, en una estructura que nos irá revelando su pasado, con esa rabia contenida y crítica feroz que hace ante el autoritarismo y militarismo de Israel, del que solo hay un camino posible, huir y dejarlo todo atrás, como veremos en esta nueva etapa que emprende el protagonista, en sus relaciones personales con sus nuevos amigos franceses, Emile y Caroline, dos burgueses hastiados de la existencia y del amor, que lo integran en sus relaciones íntimas como intruso benefactor para sacarlos de su desesperación y frustración vital. Y en el otro lado, Yaron, israelí que trabaja en la embajada como seguridad, que se convierte en el símbolo de esas raíces que Yoav quiere abandonar, peor a la vez, es una especie de fuerza del pasado que le empuja a ser quién quiere dejar ser.

En esa especie de limbo encontramos al joven conductor de esta aventura enmarcada en el retrato social, la profundidad personal a través de la identidad, la pérdida de valores humanos, la desorientación de muchos jóvenes cansados y alejados de una sociedad demasiado consumista y rígida en sus formas y convenciones sociales, donde encontramos drama íntimo y personal, locura, humor, surrealismo, fantasía, violencia, amor, sexo, misterio, y donde todo sucede a velocidad de crucero, donde no hay tiempo, donde todo marcha a contrarreloj, donde todo está a un tris de explotar, donde todo se mueve, se huele, se siente, a través de las palabras, el cuerpo y las emociones libres y disparadas, donde la tensión y lo febril se dan la mano, donde Yoav ha muerto de su patria, y ahora convertido en un náufrago, se reconstruye lejos de su vida hasta ahora, de su infancia, de su familia, y quiere reencontrarse con algo que le haga despertar de este letargo en un proceso muy personal de descubrimiento intrínseco que le lleve a otro lugar con destino incierto y desconocido ahora mismo.

La fascinante, brutal y conmovedora interpretación de Tom Mercier en la piel de un Yoav, uno de esas personas que rechaza totalmente a su patria, un país intolerante, sumido en la autodestrucción y en la paranoia militar, bien acompañado por los Quentin Dolmaire como Emile y Louise Chevillotte como Caroline, en esa pareja de parisinos altivos, culturales, sensuales, perdidos y aburridos que, encuentran en Yoav su propia tabla de salvación, en una cinta sobre náufragos sin patria, sin espacio ni tiempo, que recuerda a algunos títulos de Godard de los sesenta como Bande à part, Pierrot el loco, Masculino, Femenino o La chinoise, entre otros, jóvenes perdidos, alocados, politizados, y desorientados que clamaban por una libertad que desconocían en qué consistía exactamente, u otros con la misma intensidad y tratamiento como Soñadores, de Bertolucci, o trabajos de Garrel como Les Amants réguliers, donde una juventud a la deriva encontraba alicientes para defender la libertad tanto personal como social, intentando rencontrarse y relacionarse con los demás y con ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sobre lo infinito, de Roy Andersson

LA VULNERABILIDAD DE LA EXISTENCIA.

“Si realmente reflexionas, todo es maravilloso en este mundo, todo, excepto nuestros pensamientos y acciones cuando nos olvidamos de reflexionar”

Antón Chéjov

Una imagen bellísima, poética y tremendamente desoladora nos da la bienvenida a la sexta película de Roy Andersson (Gotemburgo, Suecia, 1943) en la que observamos a una pareja enamorada y abrazada flotando en el cielo de Colonia, bajo sus pies la ciudad en ruinas por los bombardeos de la Segunda Guerra mundial, mientras suena una melodía envolvente. Una imagen que reúne todas las imágenes del cine de Andersson, en esa delicada mezcla entre lo banal y lo bello, entre lo poético y lo fútil, entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la derrota, entre la tristeza y la alegría, la compasión y el egoísmo, entre la dualidad y la vulnerabilidad del ser humano, entre todo lo que somos, sentimos y hacemos, entre lo físico y lo espiritual, entre el todo y la nada. Una imagen que volverá a repetirse en el ecuador de la película, como imagen bisagra y tótem que enlaza todo lo que explica la película, con los únicos leves movimientos de cámara que observaremos.

Después de esa magnífica imagen, Andersson nos enmarca en una mañana en lo alto de una colina donde se divisa la ciudad a los pies, otra pareja de enamorados, de espaldas a nosotros, mira la ciudad en silencio. En un instante, ella exclama: ¡Ya estamos en septiembre!, frase extraída del Tío Vania, de Chéjov. Una obra que se detiene en el deterioro de la vida, de sus miserias, hastío y tedio. Temas que podemos encontrar en las imágenes que compone el cineasta sueco, recurriendo a sus reconocidos “Tableaux Vivants”, también presentes en su anterior trabajo Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (2014) en una depuración de un estilo reconocible, donde observamos una secuencia, donde los personas apenas hablan, mostrándose estáticos, en que la profundidad de campo se convierte en una seña de observación en la que Andersson nos muestra otras pequeñas escenas que se desarrollan al igual que la principal.

El tiempo del relato es atemporal, imposible ubicarlo en ningún momento, no obstante, son reconocibles ciertas secuencias en su contexto histórico, ya que asistimos a la representación de la claudicación de Hitler y los suyos en un despacho derrotado acosado por las bombas enemigas, pero en su conjunto, lo que más le interesa a Andersson es la existencia humana, mostrando su cotidianidad más banal, más solitaria y desoladora, una existencia enfrentada a las emociones y las actividades físicas sin sentido, desorientadas y completamente superficiales, situaciones que nos va mostrando mientras escuchamos una voz en off de mujer, con su incansable inicio: Vi a un hombre… , una narradora que con el aroma de Sherezade de Las mil y una noches, que nos va dirigiendo por la película, explicándonos aquello que vemos, aquello que necesitamos saber que no vemos, o aquello otro importante que forma parte del contexto.

Pequeños retazos de vida, fugaces, efímeros, en el que vemos a un pastor que ha perdido la fe, a un hombre que se encuentra con un antiguo compañero de colegio y se siente menospreciado por sus logros, un padre que en mitad de una lluvia torrencial se agacha para atarle los cordones a su hija, unas jóvenes se dejan llevar por la música, unos clientes de un bar observan la nieve que cae en la calle, mientras uno de ellos menciona emocionado la belleza de la vida, pasajeros de un autobús exhortan las lágrimas de tristeza de uno de los pasajeros, una columna de soldados camina derrotada bajo el invierno de Rusia, etc.. Temas, elementos y personajes que se desarrollan bajo un marco de indudable belleza y desolación, en que el director sueco nos muestra la existencia desde todos las miradas, desde todos los ángulos, sin mover la cámara, en un estado anímico tangible, unas emociones que podemos mirar con detenimiento, observándolas sin parpadear, ensimismados por las imágenes reveladores y bellísimas de la película, con esos rostros maquillados y esas ropas de aspecto sombrío, con esos cielos plomizos y nublados, en una ambivalencia tan característica de todos los universos dentro de uno que nos plantea la mirada observadora, narradora y expectante del narrador sueco.

En el cine de Andersson todo se mueve, adquiriendo una vida fugaz, sí, pero muy intensa y profunda, donde cada marco que se desarrolla en el relato, adquiere proporciones impredecibles, donde existe cercanía, pero también lejanía, donde todo está y no está, con esa mezcla que nos empuja a reflexionar sobre sus imágenes, reflejándonos en sus personajes, sus leves y cortas historias que encierran toda una vida y todo un mundo, donde el aroma tragicómico sobrevuela constantemente en cada instante de la película, en sus maravillosos 76 minutos, donde la película muestra todo lo que se ve, lo que no se ve, y todo lo demás, en un existencia donde cohabitan infinitas capas, infinitos lugares, infinitos rostros, donde el título Sobre lo infinito, alude a la vida, a nuestras existencias, a nuestra fugacidad, a todo aquello que somos, que sentimos, no a todo aquello que tenemos, donde cada instante encierra lo infinito y lo efímero, donde Andersson se ríe y se entristece a la vez, donde sus criaturas se preocupan de sus sentimientos y su razón de existir, donde la vida parece lo menos importante, donde arrecian los males de nuestros tiempos y de todos los tiempos, donde nos preocupamos más por las razones de nuestras existencias que de existir, arrastrando lo bello y lo aterrador de nuestras vidas, y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Judy, de Rupert Goold

EL ÚLTIMO APLAUSO.

“En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma.”

Marilyn Monroe

Nos encontramos en 1968, unos años en los que Judy Garland (1922-1969) alejada del cine, deambulaba, junto a sus dos hijos pequeños Lorna y Joey, por pequeños tugurios rememorando sus canciones a cambio de unos pocos de dólares. Una existencia convertida en una mera sombra de aquella actriz relumbrante que rompió taquillas en la década de los treinta y cuarenta, convirtiéndose en una de las estrellas más grandes de Hollywood. De aquel Hollywood dorado quedan muchos fantasmas y los recuerdos de las canciones. Todo dará un vuelco cuando la falta de ingresos y la vida desordenada de Judy, propiciará que su ex marido Sidnye Luft reclame la custodia de los hijos. Sola y desencajada tiene el golpe de suerte de encontrar a Mickey Deans, un joven idealista y desordenado, que le conseguirá un contrato en Londres para cantar en el “The talk of the Town”, el local de moda de la ciudad.

Con una larguísima y exitosa carrera en el teatro londinense, Rupert Goold (Highgate, Londres, Reino Unido, 1972) y después de debutar como director con Una historia real (2015) sobre un periodista desacreditado y un asesino embaucador, vuelve a ponerse tras las cámaras filmando los últimos días de Judy Garland, basándose en la obra teatral Enf of the Rainbow, de Peter Quilter, adaptada por el guionista Tom Edge (exitoso escritor televisivo con series como The Crown o Lovesick). El cineasta británico huye del biopic al uso, apartándose de las luces y alegrías de su vida, para contarnos las miserias y oscuridades de una actriz y cantante llena de miedos, dudas, monstruos y demás conflictos. Una mujer herida, rota, con cuatro matrimonios a sus espaldas, depresiones, intentos de suicidios, y una gravísima dependencia a las pastillas y al alcohol, alguien profundamente inestable y muy triste, una mujer que al igual que le ocurría a Norma Desmond, existe sin más, arrastrada por un show business que la ha olvidado después de exprimirla al máximo, de alguien que nunca estuvo preparada para la presión del éxito.

La película se sitúa en el 1968, con algún que otro salto al pasado, al 1939 cuando una niña Judy Garland presionada por el magnate Louis B. Mayer de la MGM (compañía en la que hizo la friolera de veinte títulos) en el set de la inmortal El mago de Oz, el mayor éxito de la carrera de Judy Garland, la chantajea obligándola a acceder a sus órdenes o por el contrario el despido y el olvido. Una vida marcada ya desde niña, una vida controlada por el estudio en todos los sentidos, un contrato abusivo y dictatorial que la convirtió en alguien con miedo de por vida. Seguimos la existencia de Judy Garland, sufrimos por ella, entre sus continuas caídas y puestas en pie diarias, con la inseparable ayudante de Londres, la señorita Rosalyn Wilder, su sombra y sus manos y piernas cuando le flaquean a la actriz. Y también, el tal Mickey que si bien empieza como un joven amigo y posteriormente amante, más tarde, se convertirá en un estorbo. También escuchamos a Judy cantar, teniendo alguna que otra noche el aplauso de un público entregado, sobre todo cuando Judy interpreta Somewhere over the Rainbow, el tema esencial de su película más inmortal.

La excelente banda sonora de Gabriel Yared (recordado por El paciente inglés, de Minghella, o su trabajo con Dolan) acompañan los últimos días de una mujer que intentó vivir a pesar de todo, a pesar de no haber tenido niñez, a pesar de haber sido un producto más de Hollywood, ese lugar donde todo se compra con dinero, incluso la vida. Una grandísima ambientación, un vestuario enorme y un buen reparto encabezado por la extraordinaria Renée Zellweger, que después de arrasar taquillas con su “Bridget Jones”, vuelve a encarnar esos personajes femeninos de altura, con profundidad, sinceridad y respeto, como la madre soltera decidida de Jerry Maguire, la poderosa granjera de Cold Mountain (con la que arrasó a galardones) la atractiva viuda de Appaloosa, la valiente esposa y madre de Cinderella Man, roles que han hecho de ella una actriz de raza, carácter y fuerza para encarnar a un personaje más complejo, inestable y perdido como el de Judy Garland, en el que nos olvidamos de su rostro y gesto, y nos enfundamos en la piel de esa mujer, con la maravillosa y sobria caracterización, donde no hay máscara sino vida, en la que podemos observar los pliegues de la vida y las huellas de esa mirada, en una grandiosa composición de Zellweger, mostrando todas las heridas y amarguras que atraviesan a Judy, una interpretación que, como ocurrió con Cold Mountain, arrasará en todos los premios.

El resto del reparto también brilla con luz propia, acompañando a Renée Zellweger intérpretes convincentes como Jessie Buckely como Rosalyn Wilder, esa ayudante, amiga y confidente que hace lo que sea para mantener su equilibrio emocional, o al menos lo intenta, Finn Wittrock como Mikey Deans, ese jovenzuelo arrimado a la gran estrella o lo que queda de ella, esperando su oportunidad y su beneficio, y Rufus Sewell como Sidney Luft, el exmarido recto y serio que se quedará con sus hijos, arrebatando a Judy quizás la última ilusión que tiene a la vida. Judy  nos habla de cine, pero no de los aplausos, la alfombra roja, y los reconocimientos, sino lo que hay detrás de todo eso, o podríamos decir que muestra todo aquello que hay y que nunca se muestra, que no es otra cosa que la presión de los estudios a los intérpretes, el lado oscuro de cómo se crean las estrellas del cine, como en el caso de Judy Garland, una jovenzuela que surgió de un pequeño pueblo junto al río Misisipi, haciéndose llamar  Frances Ethel Gumm y llegó a Hollywood y se convirtió en Judy Garland, y él éxito la llevó a ser otra, a rendir cuentas al magnate de los dólares, a vivir otra vida, y sobre todo, a conocer la realidad del otro lado del arco iris que cantaba en El mago de Oz, una ficción donde se hablaba que lo más importante de nuestras vidas había que buscarlo en nuestro interior, Judy Garland busco mucho en su interior,  pero por más que buscó en su alma solo encontró mucha oscuridad y una sensación de amargura, tristeza y soledad que la acompañó hasta su último aliento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA