High Life, de Claire Denis

VIAJE AL FIN DEL UNIVERSO.

Las primeras imágenes de la película, además de fascinantes e inquietantes, definen sustancialmente el alma de la cinta que vamos a ver. En la inmensidad del espacio, vemos a un astronauta reparando una avería, casi suspendido en el aire, mientras soluciona el contratiempo. Se comunica con un bebé, al que vemos y escuchamos, que se encuentra en el interior de la nave. A continuación, entra en la nave y lo vemos quitarse muy despacio su traje. Inmediatamente, llega hasta un jardín-huerto botánico en el que empieza a tocar con detalle todo tipo de frutas, verduras y flores. Parece que sólo está con el bebé, quizás haya viajado sin nadie más, quizás el resto de la tripulación ha perecido, lo desconocemos. Se levanta, y con el gesto cansado, acude a la habitación donde se reúne con el bebé. No se tropieza con nadie más, parece que es el único viajero de la nave. Estas primeras imágenes, casi en silencio, más propias del gesto y el movimiento, nos acompañarán el resto del metraje, en un elemento, el del cuerpo y el gesto, muy definibles en el cine de Denis.

Claire Denis (París, 1946) una cineasta que lleva más de tres lustros retratando mundos oscuros y tenebrosos, en que aquellos más desfavorecidos, marginados e inadaptados pueblan sus películas, donde unos pocos personajes se mueven bajo un aura de fatalismo, movidos por un deseo irrefrenable hacia el otro, un deseo de poseer al otro, cueste lo que cueste, donde ha explorado temas como el colonialismo, inmigración, marginalidad, amor y sobre todo, la imposibilidad de ser uno mismo y reconocer a los demás, una lucha casi imposible, un motor que lleva a sus personajes a encerrarse en sí mismos, y a tropezarse con muros difíciles de derribar, superados por las circunstancias. En High Life, título número 13 de sus cintas de ficción, aborda el género, como ya hizo en Trouble Every Day (2001) con una fascinante y compleja cinta de amor fou entre vampiros. Aunque el acercamiento al género que hace Denis no se parece a ningún otro, la cineasta huye de los propios convencionalismos del género para crear un universo extraño, complejo y existencialista, en que la ciencia-ficción se reinventa para ir más allá, se intuyen rasgos, pero sólo es un vehículo para acercarse a otros menesteres de la condición humana, porque si hay algo que define enormemente el universo cinematográfico de Denis es la cuestión de lo humano, todo aquello que nos define como humanos, todo aquello que ocultamos en el alma, todo lo que, en ocasiones, no sólo ocultamos a los demás, sino también a nosotros mismos, aquello que nos empuja a nuestros destinos y circunstancias.

La película nos sitúa en un presente donde Monte, el astronauta solitario convive con un bebé, aunque mediante flashbacks, ya que la narración, como suele ser habitual en el cine de Denis es no lineal, con constantes saltos en el tiempo, vamos descubriendo el resto de la tripulación que arrancó en este viaje de desechos, ya que todos pertenecen a reos condenados a muerte y participan en esta misión científica casi obligados, donde la doctora Dibs, una especie de Dios, malvada y siniestra, les extrae esperma a los hombres para introducírselo a las mujeres para investigar la reproducción en mitad de la nada, en mitad del espacio. Denis nos cuenta su película a través de Monte, un ser callado y reservado, que ha optado por la castidad, y huir de esa máquina llamada “Fuckbox”, donde la tripulación da rienda suelta a su onanismo, ya que las relación sexuales con los demás tripulantes están prohibidas, en mayor parte porque la ciencia es dueña de su esperma.

Denis opta por una narración no lineal para descubrirnos con detalles y gestos todo el ambiente que se palpa en el interior de la nave, las relaciones terroríficas que allí se cuecen, donde la mentira y la animadversión entre unos y otros es patente, en que nos encontramos en una tensión latente, una especie de calma que está a punto de estallar. Denis crea una atmósfera absorbente y magnífica, una de sus características principales, en el que con leves detalles explica todo lo que allí acontece, donde podemos oler todo ese aroma malsano y terrorífico que recorren todos los espacios de la nave. La directora francesa está más cerca de la ciencia-ficción humanista, donde se detalla con precisión y sobriedad todos los males que acechan a las sociedades actuales, como la abundante soledad de unos y otros, el sexo como vía de escape, o la falta de amor sincero y profundo, donde Denis opta por el deseo no correspondido como motor en su película, en el que los diferentes miembros de la misión se mueven casi como animales enjaulados, llevados por esa libido latente en cada uno de sus gestos y movimientos.

Denis construye una película de personajes, de seres difíciles y algunos imposibles, de los que poco o nada conocemos de sus pasados antes de la condena a muerte, que los vemos como almas a la deriva, fantasmas en mitad del espacio infinito, como especímenes que han vuelto a lo más primario, al origen de todo, donde el jardín-huerto parece lo único que verdaderamente se mantiene en su ser, como una llama viva de todo aquello a la tierra, a lo que pertenecen, y el medio para seguir subsistiendo. Denis no esconde sus referentes, aún más, le ayuda a plantearse los conflictos humanos de manera más compleja e interesante, en el que vemos películas como Ikarie XB-1, de Jindrich Polák, la epopeya espacial checoslovaca de 1963, que nos hablaba de cómo un virus extraño azotaba la tranquilidad de una tripulación aparentemente en paz, o 2001, Una odisea en el espacio, donde Kubrick planteaba una lucha entre hombre y máquina en una película que se ha convertido en un referente para todos, o los viajes inquietantes y misteriosos del alma humana de Solaris o Stalker, ambas de Tarkovski, donde nos introducción en caminos laberinticos del ser y el estar, o las películas humanistas tipo Naves misteriosas, que asolaron la ciencia-ficción de los 60 y 70.

Denis ha contado con un gran reparto en el que destaca la interpretación de Pattinson, enorme y cálido, que ya demostró con Cronenberg de lo que era capaz, bien acompaño por una Binoche, que repite con la directora después de la experiencia de Un sol interior, en plan doctora-Dr. Frankenstein que juega a ser Dios contaminando a todos y en pos de la ciencia, con ese brutal momento en la máquina sexual masturbándose, donde su espalda y sus nalgas están filmadas de manera elegante y sexual, y Mia Goth, con esa mirada angelical y fría, que ya nos alumbró en Nynphomaniac o Suspiria, una especie de rebelde con causa y llena de odio y rencor, y el resto del reparto, que brilla y seduce a partes iguales. Denis ha construido una película reposada, brutal y fascinante,  con la intentante luz de Yorick Le Saux (colaborador de Guadagnino, Assayas o Jarmusch) y con su editor habitual Guy Lecorne, y su músico por excelencia Suart Staples de “Tindersticks”, en el que nos sumerge en un viaje a los confines del universo, como esos viajes al estilo de Jarmusch en Dead Man Sólo los amantes sobreviven, entre otras, sumergidos en el interior de una nave, que más parece un cajón de difuntos, donde la comunidad existente no se aguanta en la que todos parecen querer salir de allí a escape, como si la amenaza de terror y bajos instintos estuviera a punto de convertirlos en cenizas. 

Cafarnaúm, de Nadine Labaki

INFANCIA ROTA.

La película se abre con unos niños jugando en la calle, una calle cualquiera del Líbano, sus juegos tienen mucho que ver con el sentimiento malsano que recorren las calles, unos lugares derruidos, rotos y míseros, donde esos niños no son capaces de abstraerse aunque jueguen, ya que sus juegos, simulando la guerra con armas de madera rudimentarias, mucho tienen que ver con ese sentimiento. Después de esta sensación de derrota, de dolor, la cinta sigue a un niño esposado que es conducido ante un tribunal, tras ser preguntado por el juez, culpa a sus padres, presentes en la sala, de haberle dado la vida. Un gesto simbólico, alejado de la realidad, pero enormemente concluyente ante el desamparo en que se encuentra el chaval de 12 años, un niño desposeído de sus juegos, de su amor, y de su vida. De ahí el título de la película, “capharnaüm” , palabra francesa que significa leonera, desorden, caos. Nadine Labaki (Baabdat, Líbano, 1974) que ha cosechado una interesante carrera como actriz con directores de la talla de Hany Abu-Assad o Xavier Beauvois, se lanzó en el 2007 con Caramel, a la que hay que añadir ¿Y ahora adónde vamos? (2011), dos títulos, desde la mirada femenina, en la que explora las dificultades y obstáculos de una población asolada por años de interminables guerras en el Líbano, donde Labaki prevalece una perspectiva dura, pero también, esperanzada.

En su tercer título como directora, la cineasta libanesa va mucho más allá, y nos sumerge en un relato crudísimo, desesperanzador y azotado por una miseria tanto física como moral, en la que conoceremos la no vida de Zain, un niño de 12 años que vive en uno de esos pisos cochambrosos con sus padres y rodeado de un gran número de hermanos pequeños, en cualquier calle de los barrios más pobres del Líbano. La película nos acerca su vida miserable a través de una mirada bella y triste, dulce pero amarga, llena de incertidumbres y descorazonada, donde cada día se convierte en una aventura sin fin en la que ganarse cuatro duros como pueda, junto a sus hermanos, y con unos progenitores sobrepasados por las circunstancias e incapaces de ofrecer a sus hijos un poco de cariño y alimento. Labaki ha construido una película-retrato de una dureza abismal, donde hay muy pocas concesiones, en el que todo se desarrolla dentro de un marco desolador y cruel, en el que Zain se muestra un niño valiente y aguerrido, que planta cara a sus padres ante tantas injusticias y terror cometidos contra él y sus hermanos, en que la venta forzosa de Sahar, su hermana pequeña más querida, estalla la difícil convivencia de por sí, y lleva a Zain a la huida y alejarse de tanta crueldad paterna.

La película sigue la mirada del niño, perdido por las calles e intentando a duras penas llevarse un bocado, aunque, no hay mal que por bien no venga, y Zain, con tantas hostias a sus espaldas, le han formado un carácter duro y fuerte, y es un niño espabilado como pocos, a la fuerza ahorcan, y se tropieza con Rahil, una inmigrante etíope ilegal que se gana la vida limpiando y vive en una barraca junto a su bebé Yonas. Rahil se lleva a Zain a su hogar, y los tres viven como una familia, un entorno más mísero que el que Zain ha dejado, pero con más amor. Labaki ha creado un retrato sobre la angustia y el desamparo de un niño de 12 años, sin más sustento que su ingenio y su carácter, un chaval que se mueve por esas calles desoladas y difíciles de una sociedad machacada y desolado por tanta guerra, donde parece que la ilusión y la esperanza siempre vienen cobrándose muertos, donde todos, y cada uno de sus habitantes, se levanta diariamente con la idea de llevarse algo a la boca, aunque sea poco, porque ya será mucho.

La película muestra miseria y dolor, pero lo hace desde la honestidad y la sinceridad, sin caer en el sentimentalismo o la condescendencia, todo se trata desde el humanismo y la libertad de mirar sin juzgar, de filmar a unos personajes a la deriva, arrastrados ante la maraña de pobreza que asola todo el entorno, tampoco sin caer en lo buenísimo de otras películas, aquí no hay nada de eso, encontramos adultos miserables y también adultos humanos, que dan todo lo que tienen que no es nada, que miran con amor a los demás, que tratan a un niño como una persona y no un mulo de carga, y hay que agradecerle a Labaki y a su equipo el esfuerzo por levantar con seriedad y fuerza una película difícil de realizar, pero que consigue con sobriedad y delicadeza mostrar el rostro más triste de la sociedad, la da los más débiles, huyendo de lo lacrimógeno y lo fácil, abriendo un marco humanista a aquellos que vagan sin rumbo por las calles de cualquier ciudad, dando voz a los invisibles, a los más desfavorecidos, a tantos y tanos niños que se mueren cada día sin que nadie los reclame o se acuerde de ellos, los principales damnificados de los problemas de los adultos, los más vulnerables en una sociedad deshumanizada, enferma y mercantilizada.

El sobrecogedor reparto de la película es todo un grandísimo logro y hallazgo, que consigue imprimir toda la crudeza y humanismo a la amargura que azota todo el metraje, todos ellos no actores profesionales encontrados en la calle que, interpretan un mosaico de personajes de toda condición moral como Zain Al Raffea dando vida a Zain, ese niño que recuerda tanto a los niños que se ganaban la vida en la ruinosa Italia en El limpiabotas, o aquel que callejeaba a la espera de vender algo en Paisà, el Edmund que camina por las ruinas del nazismo, o Antoine, que escapaba del colegio y de sus padres para encontrar algo de libertad, o Polín, el niño solo que nadie reclamaba, o François, sin nadie en la vida y rebelde sin ilusión, tantos y tantos niños que han poblado calles y lugares sin vida, alejados de todos, sin nada más que sus ansias de vivir de otra manera, huyendo de padres y adultos que sólo los reclaman como excusa para ganar dinero. El pequeño Yonas al que da vida Boluwatife Treasure Bankole, Sahar que interpreta haita Izam, y los adultos, los padres de Zain, y Yordanos Shiferaw, una inmigrante de Eritrea, todos ellos componen un caleidoscopio sutil y amargo de esa realidad escondida que se levanta cada día para sobrevivir y poco más, despojados de vida, aquejados por todo y todos, que la película les cede la palabra, o la mirada, para seguirlos un rato y mostrarlos como son, sin efectos ni trucos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El blues de Beale Street, de Barry Jenkins

CONFÍA EN EL AMOR.

“No puede cambiarse todo aquello a lo que te enfrentas, pero nada puede ser cambiado hasta que te enfrentas a ello”

James Baldwin

“Beale Street” es una calle de Memphis (Tennessee) cuna de la música negra, aunque James Baldwin (1924-1987) la localiza en su novela If Beale Street could talk, en una calle del Harlem de los años setenta, un espacio que podría ser cualquier calle del país, una calle donde viven afroamericanos, una calle donde la vida se evapora a cada segundo, donde las oportunidades de prosperar son demasiado ínfimas. Baldwin fue un reputado escritor, su novela inacabada Remember This House, fue llevada al cine por Raoul Peck en el 2016, en el documental I Am Not Your Negro, donde también se hablaba de la vida intensa en los 60 como activista de los derechos civiles de Baldwin. Barry Jenkins (Miami, EE.UU., 1979) que consiguió un gran éxito de crítica y público con su segundo trabajo Moonlight (2016) en la que recogía partes de su vida para retratar tres instantes en la existencia de un joven de Miami. Su tono intimista y humanista, acompañado de unas interpretaciones muy sobrias, le convirtieron en uno de los cineastas más prometedores del actual panorama estadounidense, que validó su primer trabajo Medicine for Melancholy (2008) una película romántica sobre dos jóvenes enamorados en Los Ángeles, filmada con escaso presupuesto.

Ahora, Jenkins se enfrenta al texto de Baldwin, un libro escrito en 1974 en el retiro francés del escritor afroamericano, construyendo una historia que continua su tono conciso e intimista, centrándose en una joven pareja enamorada del Harlem de los 70, Tish, ella de 19 años, y Fonny, el de 22, una historia de amor de verdad, apasionada, delicada y llena de dulzura, como demuestra el excelente arranque de la película, cuando vemos a la joven pareja adentrándose en un parque y bajando sus escaleras, mientras comparten esas miradas cómplices y tiernas, tan propias de la primera vez, de ese primer amor puro, natural y libre. Todo parece estar bien, a pesar de ser tan jóvenes, su amor los hace mejores, más libres y más seguros de sus vidas, a pesar de las dificultades. Aunque, todo se tuerce, todo cambia, y para mal, cuando una joven portorriqueña acusa de violación a Fonny y es encarcelado a la espera de juicio. Tish con la ayuda de su familia, removerá cielo y tierra para probar la inocencia de su amor.

Jenkins da la palabra y el relato a Tish, ya que a partir de su voz en off y sus pesquisas iremos descubriendo el relato, con continuos flashbacks, idas y venidas que nos irán llevando por sus primeros instantes de amor, su primera relación sexual, el embarazo de Tish cuando Fonny ya está en la cárcel, la relación con su familia y el encuentro de las dos familias, el reencuentro con el viejo amigo que acaba de salir de la cárcel, la imposible búsqueda de un apartamento en Green Village, y sobre todo, los prejuicios raciales, la falta de oportunidades vitales y laborales, y el estigma y el rechazo de los blancos hacia los afroamericanos. Pero todo se hace evidente sin serlo, mostrando la injustica sin caer en el panfleto, sino a través de estas dos vidas intimas y las de sus familias, reconstruyendo esa atmósfera de manera sutil, mostrando sin mostrar, dejando que los las circunstancias personales y sus deseos y (des) ilusiones nos lleven de la mano, agarrándonos fuerte o casi dejándonos ir, según el instante, ya que Jenkins nos lleva por ese Harlem pobre, vacío, dejado y triste, con las excelentes fotografías de DeCarava, que también retrató esa sensación de prisión en tu propio país, con la continua amenaza y falta de libertades, como algunas de las maravillosas melodías que escuchamos durante el metraje.

La excelente e intensa banda sonora de Nicolas Britell (que ya había trabajado con Jenkins en sus dos primeras películas) contribuye a crear esa atmósfera sucia, agobiante y romántica que tiene la película, que en algunos pasajes recuerda a la melancolía y potencia que tenía la compuesta por Bernard Herrmann para Taxi Driver, donde también mostraba la tristeza y la miseria del New York setentero. Y qué decir de la asombrosa y asfixiante luz de ese Harlem agridulce que nos muestra el camarógrafo James Laxton, como el preciso y calculado montaje obra del tándem Joi McMillon y Nat Sanders, todos ellos repitiendo en el universo de Jenkins. Un maravilloso reparto encabezado por la debutante Kiki Lane dando vida a esta heroína urbana y sencilla que es Tish, bien acompañada por Stephan James como Fonny, la elegancia y esas miradas de Regina King como la madre de Tish, con ese momentazo que tiene en Puerto Rico, y el resto del elenco, que interpretan con naturalidad y sentimentos sus diferentes roles, creando esas familias rotas pero resistentes frente a las adversidades injustas de una sociedad enferma y brutal contra aquellos que son diferentes.

El cineasta afroamericano ha tejido con paciencia y sensibilidad una cinta hermosísima en sus detalles y magnífica en su contenido, que nos invita a un viaje a nuestros sentidos, a través del amor de Tish y Fonny, a ese amor que alguna vez hemos vivido y nunca conseguiremos olvidar, pero también, a esa parte más dolorosa de la vida, cuando las cosas se tuercen, cuando la oscuridad y el mal se empeñan en hacernos las cosas más difíciles, en que la película se adentra en el cine negro o incluso de investigación, a contra reloj, ya que la vida de Fonny anda en el alambre, donde se nos habla de un mundo, que desgraciadamente continúa vigente en la actualidad, como desgraciadamente intuía Baldwin, donde los derechos de los más desfavorecidos siguen siendo pisoteados y anulados en el país que aire la bandera de la democracia y la libertad. Jenkins habla de la vida, del amor, de resistir frente a todos y todo, confiando en el amor, en nuestros sentimientos, y en apoyarse sin condición en aquellos que nos dan la vida, que nos sacuden el corazón y nos levantan el alma, porque un personaje como Tish que a sus 19 años, embarazada y sin su amor, se enfrenta a sí misma, a los prejuicios sociales, siempre con esa sonrisa que llena la pantalla y todo lo demás.

 

The Old Man and the Gun, de David Lowery

EL CABALLERO ANDANTE.  

“No se trata de ganarse la vida, se trata de vivir”

La película arranca de forma ejemplar y emocionante, cuando vemos a Forrest Tucker, un señor que pasa de los 60 años, de impecable traje, gabardina, sombrero y bigote, entrar en una sucursal bancaria, con toda la tranquilidad y parsimonia del mundo, se acerca a la cajera y le pide amablemente que le dé todo el dinero, mostrándole un revólver que tiene en el cinto. La cajera, entre la estupefacción y el asombro por los modales del atracador, comienza, sin levantar sospechas, a darle una gran cantidad de dinero. Cuando Tucker considera que es suficiente, se despide de la cajera con respecto y se va del banco con la misma tranquilidad y parsimonia con la que había entrado. Estamos a principios de los años 80, en un mundo con ese regusto del tiempo, de cuando las cosas se saboreaban y se sentían de forma especial, en un mundo donde todavía la tecnología no había llegado, en un mundo donde todavía deambulaban viejos atracadores con un historial delictivo a sus espaldas, con unas 18 fugas de prisión, con una vida dedicada al hurto, y con idas y venidas a la prisión.

Forrest Tucker es un personaje quijotesco, uno de esos tipos que parece salido de las películas clásicas de robos, algo así como uno de esos viejos pistoleros a los que los nuevos tiempos ha condenado a una existencia de ostracismo e inadaptación a una sociedad que le es ajena, porque ellos siguen siendo fieles a sí mismos, viviendo al margen de la ley para bien o para mal, porque en realidad, nunca han hecho otra cosa, desde la adolescencia han sido así y ahora ya es tarde para cambiar, si de verdad pretendieran cambiar. The Old Man & the Gun, es la última película en la que actúa Robert Redford, después de una larga trayectoria que abarca casi 6 décadas, en las que ha trabajado con grandes autores como Pollack, Pakula, Penn, Roy Hill, Mulligan, etc… Además, de dirigir 7 títulos como director, y haber cosechado un gran reconocimiento del público y la crítica. Redford dice adiós, y lo hace con una película que resume mucho su filmografía, dando vida a un tipo que ha hecho lo que le ha gustado, que ha sido fiel a su espíritu rebelde y libre, un outsider en toda regla, uno de esos antihéroes que debido a sus condición de delincuente, ha tenido que dejar tantas cosas de su vida, lugares queridos, personas amadas y encuentros inolvidables.

David Lowery (Milwauekee, Wisconsin, EE.UU., 1980) es el encargado de dirigir la película, en su segunda colaboración con Redford después de Peter y el dragón (2016), y de haber dirigido dos interesantes películas como En un lugar sin ley (2013) que retrataba la huida de un fugitivo para reunirse con su esposa en el Texas de los años 70, y A Ghost Story  (2017) donde un músico fallecido volvía como un fantasma a casa con su mujer, dos cintas protagonizadas por la misma pareja, Rooney Mara y Casey Affleck. Este último vuelve a trabajar con Lowery dando vida a John Hunt, el detective que va tras la pista de Tucker, un padrazo y buen tipo, que muy a pesar suyo, admira y respecta a su enemigo, un hombre dado a su condición, aunque esta sea la de delinquir. Lowery construye un relato clásico, escrito junto a David Grann (autor del artículo sobre Tucker publicado en el The New Yorker) una película que no es un vehículo más de la estrella, sino que se esfuerza en contarnos una película que hace un retrato sincero y humanista de un hombre de carne y hueso, uno de esos antihéroes que tanto han inundado las páginas de sucesos de los diarios, un tipo que no sólo vemos atracando en solitario y junto a sus dos compinches ancestrales, que se hacen llamar “Los carrozas”, que no son otros que Danny Glover y Tom Waits, y la breve aparición de Keith Carradine.

También, lo vemos enamorándose de Jewel, una mujer madura e inteligente que interpreta Sissy Spacek, de manera sencilla, sensual y natural como nos tiene acostumbrados, haciendo muy fácil un personaje difícil y nada condescendiente, que lo ama aceptando su peculiar oficio y sin juzgarlo. La película también deja espacio para conocer la trayectoria delictiva y las incontables fugas de prisión de Tucker, haciendo referencia a títulos protagonizados por Redford como Propiedad condenada, La jauría humana o Dos hombres y un destino, en una película-homenaje a la carrera de un gran actor, pero no sólo se queda ahí, va más allá, teje con acierto y habilidad las diferentes capas de la película, preocupándose de su ritmo y las características emocionales de cada personaje, desde el propio Tucker, con su complejidad y soledad, el policía y su familia, en este juego sencillo y humanista del gato y el ratón, para contarnos y rendir homenaje a todos esos outsiders que vivieron diferente en un tiempo que era diferente, donde las cosas tenían otro ritmo y las personas guardaban tiempo para mirar un atardecer sentados en el porche en compañía con una cerveza, ese tiempo pre tecnología que hablan las películas de Lowery, cuando la vida, a pesar de sus altibajos, todavía se parecía a vivir.

Redford se despide del cine a lo grande, con una película a su medida, que huye de la nostalgia, para sumergirnos en una cinta con acierto e inteligente, en la que interpreta a un caballero que siguió atracando hasta los 80 años, resguardado en su amabilidad y respeto, manteniendo un oficio que adoraba y fue su modus vivendi, una forma de no aceptar las reglas del juego, de vivir su vida, de vivir al margen de la ley. La película tiene un corte clásico, con ese carácter crepuscular de las películas de Peckinpah o Yo vigilo el camino, de Frankenheimer, que también interpretaba Gregory Peck, un personaje que tiene mucho en común con el que hace Redford, algo así como una balada agridulce que podría cantar Dylan, o como esa canción de los Kinks donde hace referencia a esa “Lola”, a la mujer que todos amamos, algo así como mirar el tiempo recorrido desde la perspectiva de haber sido fiel a uno mismo, sin miedo a lo que vendrá, que será diferente y sobre todo, más apacible, donde podremos volver a sentarnos en el porche, o levantarnos temprano para ir a pescar en la mejor de las compañías.

La tercera esposa, de Ash Mayfair

EL VIAJE DE MAY.

Nos encontramos a finales del siglo XIX, en una zona rural de Vietnam, y conocemos a May, de 14 años, que se ha convertido en la tercera esposa de Hung, un rico terrateniente mucho mayor que ella, para saldar la deuda de su padre. Las primeras imágenes de la película evidencian su estilo formal y detallista en capturar los movimientos de los personajes, ceremoniosos en los detalles y la gestualidad, y en filmar los escenarios desde la estaticidad de la cámara, que espera pacientemente a los personajes, y documenta las tradiciones y costumbres a los que son sometidos diariamente. La debutante Ash Mayfair (Ho Chi Minh, Vietnam, 1985) se lanza al largometraje, después de dirigir un buen puñado de obras de teatro y cortometrajes, galardonados internacionalmente, con la historia de un viaje, el viaje de May, que llega a ese lugar que será su casa siendo una niña, y la veremos pasando a ser mujer, esposa, amante y finalmente, madre. Para May todo es nuevo, un mundo desconocido y secreto, donde rigen unas normas establecidas y rectas que hay que cumplir, donde el poder masculino no se discute, se obedece, en un sistema patriarcal, machista y conservador, donde la religión y sus ceremonias dictan la vida de las mujeres.

Mayfair aborda su relato desde el alma de May, a partir de sus sentimientos, describiendo con sumo detalle y especial sensibilidad todas las experiencias emocionales de la adolescente, y como su sexualidad se va desarrollando a medida que va teniendo los diferentes descubrimientos que la van sumergiendo en un mundo sensual, erótico y lleno de vida. Asistiremos a la casi invisibilidad del principio, donde May deberá adaptarse a ese nuevo mundo para ella, a los rituales y al mandato de su marido y la convivencia con las otras dos esposas, desde el silencio hasta la visibilidad, la iremos acompañando por las diferentes fases de adentro hacia afuera, como su primera experiencia sexual con su marido, totalmente insatisfactoria, o el descubrimiento de la sexualidad placentera, a través de la relación prohibida de Xuan, la segunda esposa y el hijo del señor, concebido con la primera esposa, y finalmente, el amor puro y sin ataduras que May sentirá por Xuan, y todas las partes positivas y negativas de estar enamorado, un amor oculto, entre las brumas de la noche, un amor imposible, un amor callado, un amor que no puede ser.

Quizás la película, en algunas ocasiones, se ensimisma dentro de su forma, y la contención que imprime a los personajes y las secuencias, pueden resultar demasiado estáticas, como si lo más importante fuese el caparazón y no el contenido, sin embargo, la película consigue introducirnos con suavidad y belleza a ese ritmo de vida, mostrando una visión tradicional y conservadora que sigue rigiendo en muchos países actuales, y la confrontación ancestral entre lo tradicional y la libertad individual de cada uno, esa lucha eterna entre la sociedad y sus costumbres contra la independencia personal de cada individuo, donde la religión como centro de la vida cotidiana marcan la aparente armonía, donde las mujeres son las principales damnificadas, donde su voluntad no existe y están sometidas y esclavizadas constantemente a la voluntad y los deseos de los hombres. Una película deudora de las películas de Mizoguchi, que también exploró el universo interior femenino, a través de sus detalles, de sus gestos y deseos ocultos, con todo aquello que evidenciaban, y aquello que callaban.

La directora vietnamita cuenta con un buen reparto, donde destaca la naturalidad y las miradas que destilan estas mujeres, todo lo que expresan, y tamibén, todo lo que callan, huye de cualquier forma manierista o condescendiente con las mujeres, auténticas protagonistas de la película, sino que opta por una película más compleja y sumamente delicada, su crítica nace desde el alma de sus mujeres, su fábula nos habla a hurtadillas, muy cerca de nosotros, explorando cada poro de sus pieles, cada mirada que se dedican, cada gesto, por banal que sea, sumergiéndonos en la intimidad de cada una de ellas, mostrando su erotismo, su sensualidad y todo el amor oculto y prohibido que desprenden, filmando su invisibilidad durante el día, y haciéndolas muy visibles durante la noche, entre sábanas, entre pieles y a escondidas, ocultas de la mirada masculina, donde el deseo y el amor contaminan cada encuadre, y donde descubrimos el amor de verdad, aquel en que dos seres, en este caso, dos mujeres, se aman en libertad, aunque sea poca, pero con libertad y voluntariamente, como veremos también en los momentos sexuales de Xuan con el hijo del marido.

Mayfair nos habla de May, y por todos los procesos que vivirá, descubrirá, y también, sufrirá, en un mundo apartado para ella, muy ajeno, que iremos de la mano con ella, porque desconocemos su pasado, de dónde viene, y quién era hasta ese momento, una recién llegada, alguien que iremos descubriendo en su intimidad y también, con la relación que mantiene con las otras dos esposas, con la más veterana, la más apartada, la que tuvo su vida marital y ahora, vive en la tristeza por el rechazo y la imposibilidad de traer más hijos. Luego está Xuan, con su belleza plena y sensual, que desprende sexualidad y deseo, que no ha podido darle un varón al marido, y mantiene una relación prohibida, y May, que se enamorará de Xuan, y descubrirá el amor, el deseo y todo lo que eso conlleva, en un cuento femenino sobre el amor, el sexo, lo prohibido y lo oculto, todo aquello que vemos, y todo aquello que oculta vive en nuestra alma, bullendo a cada instante.

Atardecer, de László Nemes

LA DECADENCIA DE UN IMPERIO.

Han pasado tres años desde que apareciera de forma deslumbrante y magnífica la película El hijo de Saúl, de László Nemes (Budapest, Hungría, 1977) una cinta que recogía con las formas del documental, una minuciosa reconstrucción de la aventura de un kapo en el infierno de Auschwitz, a través del fuera de campo, con largos planos secuencia, donde el sonido adquiría una fuerza descomunal, convirtiéndose en una experiencia única, en el que la vida y el horror se mezclaban, sumergiéndonos en ese  lugar maldito de muerte. En su segunda película, Nemes continúa apegado a su forma narrativa, en la que vuelve a coser su cámara a su personaje, si en la anterior seguíamos la cotidianidad de alguien espectral, vacío y deshumanizado. Ahora, el cineasta húngaro nos envuelve en Írisz, una joven de 20 años, que ha pasado toda su infancia y adolescencia recluida en un orfanato, y aparece en el Budapest del 1913, con la intención de ser escogida para trabajar en la sombrereria más importante de la ciudad, “Leiter”, que perteneció a sus padres fallecidos en un incendio. La película captura las desventuras de esta joven en una ciudad que, con Viena, eran en el momento las capitales del mundo, y también, los centros neurálgicos del Imperio Austrohúngaro, una vastísima región que englobaba 12 países, diferentes culturas, idiomas y costumbres, que había sido el corazón y el símbolo del siglo XIX.

Írisz se topa en una sociedad de grandes extremos, en los albores de principios de siglo, el mundo se debate entre las costumbres arrastradas del XIX, donde el vestir y las apariencias lo eran todo, con la aparición de nuevas tecnologías como el automóvil, el teléfono o el cine, los grandes avances científicos y demás. Todo mezclado con un malestar general, una tensión que se palpa en cada rincón de esa ciudad ruidosa y amontonada de gente, donde la debilitación del Imperio, propiciaba, que fuerzas ocultas a la espera de su oportunidad, esperaran su momento de romper ese mundo de luces y sombras, de belleza y terror, de elegancia y pobreza, materialista y profundo. Nemes sigue de forma íntima y personal a Írisz, que después de ser rechazada, descubre, casi por azar, la existencia de un hermano que no conocía, y cómo ocurría en El hijo de Saúl, la joven ingenua e inocente, en un entorno devastador y bello, se lanza a su búsqueda, casi como lo hacía Alicia en ese país de las maravillas, donde nada era lo que parecía, y las cosas se envolvían en una infinita gama de matices y grises, en el que emergerán las múltiples capas ocultas en sus calles y lugares.

La joven huérfana, que tiene que empezar de nuevo, vivir su propia vida, en ese limbo oscuro y decadente por el que se mueve esta Alicia del Budapest del 1913, bien interpretada por la actriz Juli Jakab, que su dulzura y sensiblidad contrasta con el carácter abrupto e impacable de Oszkár Brill (el nuevo propietario de la sombrereria) interpretado por Vlad Ivanov. Írisz se sumerge en un laberinto lleno de espacios cálidos y oscuros, de gentes malvadas con dinero y sin él, donde todo es posible, en el que las cosas ya no se adaptan a un orden social y convencional, sino todo lo contrario, en un mundo decadente, caótico, donde el estallido de la Gran Guerra está a punto de explotar, donde el mundo de trajes y sombreros, y largos paseos a la orilla del río, dejarán paso a la devastación, oscuridad, y muerte. El realizador húngaro vuelve a hacer gala de su exquisitez en su entramado cinematográfico, combinando esa luz apacible y luminosa con aquella negruzca y casi fantasmal, obra de Mátyás Erdély, que ya estuvo en El hijo de Saúl, al igual que el montador Matthieu Taponier, en un ejercicio ejemplar en el corte, cuando se trata de una película donde abundan largos planos secuencias, estupendamente bien coreografiados, una forma que recuerda a Jancso o Tarr (con el que Nemes trabajó como asistente en El hombre de Londres) los nombres más reputados de la cinematografía magiar, y en el Visconti de El Gatopardo o La caída de los dioses, y el Altman de Los vividores, en la precisión y el detalle del retrato de las lentas descomposiciones y agonías de esos reinos desgastados y podridos.

Nemes nos enseña ese mundo a través de los ojos de Írisz, desde su inocencia e ingenuidad, con el sentimiento de alguien que no encuentra su vida ni sus deseos, a la espera de algo que la ate a ese desorden físico y emocional que está asistiendo, un testigo de esos acontecimientos bárbaros, desde el espanto y la sensibilidad, desde todo aquello que se aprecia, y lo que no, lo que se visibiliza y lo oculto, en que el fuera de campo se convierte en todo ese mundo oculto, paranoico y caótico que envuelve a la joven dama, sólo visible por su envolvente y catártico sonido, en el que Nemes logra mostrarnos ese mundo invisible, ese off, donde todo se mueve entre sombras, apariencias y secretos, donde reina el caos, donde la guerra está aporreando la puerta de una civilización enferma, una sociedad en declive, un imperio agonizante, envuelto en su soberbia y su altivez, perdido en unos acontecimientos que ya no tienen freno, que ya están completamente desatados.

La película despliga una gran trabajo de producción, desde su ambientación, vestuario y demás detalles, que recogen con sabiduría y sensiblidad la grandeza y la miseria de todo el ambiente reinante, todo al servicio de este cuento de terror oscuro y bello, donde seguimos a una joven que necesita saber dentro de ese reino del caos, que vuelve a sus orígenes para darse cuenta que todo ha cambiado, que ya no reconoce ese entorno, y ese espacio se ha vuelto demasiado irreconocible, ya queda lejos percepción de las cosas, un ser que no entiende, que no sabe, que se siente perdida, desamparada, donde todo lo que conocía parece evaporado en la indecencia, en la deshumanización de un imperio mugriento y podrido, una forma de vida decadente, aburrida, falsa y completamente imbuida en su mundo, alejada de todo y de todas las injusticias sociales que se manifiestan a su alrededor, en una ciudad llena de espectros sin tiempo, sin alma, llenos de avaricia y codicia, sumergidos en ese mundo de apariencia y vomitivo.

El cineasta magiar envuelve a los espectadores en una película difícil, reposada, que se toma su tiempo, 144 minutos, para contarnos ese ambiente infernal que padece la ciudad y sus habitantes, con firmeza y seguridad, en el que el relato también estallará sometiéndonos en a un drama romántico y oscuro lleno de furia y terror, un relato lleno de vileza y amargura, que tiene su espejo en los tiempos actuales, donde la tecnología avanza a velocidad de crucero, mientras los ideas totalitarias están asumiendo el poder en muchos territorios de la Unión Europea, como ocurre en Hungría o Austria, antiguas sedes del Imperio Austrohúngaro, donde los acontecimientos de la película, que dieron lugar a la Gran Guerra, hasta entonces la contienda más sangrienta de la historia, vuelven a decirnos en la idea de la ciclicidad de la historia, en el que todo vuelve, en el que hay que seguir muy atentos a los avances totalitarias de la política, y los cambios sociales que se van produciendo, ya sean visibles o no.

La quietud, de Pablo Trapero

HERMANAS PARA TODO.

Las primeras imágenes que nos dan la bienvenida a la película 9 ½ de Pablo Trapero (San Justo, Argentina, 1971) nos van descubriendo un entorno espectacular, un espacio a las afueras de Buenos Aires, un lugar rodeado de naturaleza, animales y vida, donde se alza, majestuosamente, una casa señorial de estructura elegante, y bellísima en todos los sentidos. La iremos descubriendo a través de la mirada de Mia, una de las hermanas, a través de un plano subjetivo, que nos la va mostrando, recreándose en cada detalle, avanzando ceremoniosamente por sus largos pasillos y sus estancias exquisitamente decoradas, donde no falta nada, y cada detalle asombra por su belleza. La casa señorial recibe el nombre de “La quietud”, un lugar que alberga toda la historia familiar, tanto sus alegrías como sus tristezas, y aún más, su pasado tortuoso que será desvelado a medida que avanza el metraje. La enfermedad del padre provocará el cisma que reunirá de nuevo a la familia, y más concretamente, a la hermana mayor Eugenia, que reside en París, lugar del exilio familiar durante la dictadura. Trapero es uno de esos cineastas que apoya toda su filmografía en aquello que conoce, en esos lugares comunes que forman parte de su vida y su mirada, en aquellas personas que se manejan en ambientes cotidianos, en sitios de trabajo y en esos barrios donde vivir cada día se hace más difícil.

Trapero hace un cine de cariz social no resuelve dudas ni mucho menos cuestiones, sólo mira a aquello que afecta de manera injusta y cruel a los más necesitados, a esos de abajo que cada se levantan batallando por su vida, en una sociedad cada vez más injusta e insolidaria, como lo demostró en su interesante debut, Mundo grúa (1999) y siguió en El bonaerense (2002), en Familia rodante (2004) y Nacido y criado (2006) introducía a la familia y como los vínculos se tambaleaban sobremanera por la agresión exterior, ya fuese física o emocional, en Leonera (2008) se centraba en las dificultades de una madre que tiene que parir en prisión, en Carancho (2010) exploraba las vicisitudes de un abogado lanzado a la ilegalidad para subsistir, en Elefante blanco (2012) nos hablaba de un barrio social capitaneado por dos sacerdotes que tienen que enfrentarse a la injusticia social, gubernamental y eclesiástica. En El clan (2015) en su primera incursión en la reconstrucción histórica, retrataba la vida criminal de la familia Puccio, durante la dictadura argentina.

En La quietud, vuelve a echar su mirada atrás, a la dictadura, pero desde el presente, desde una actualidad contada a través de las dos hermanas, que parecen idénticas, tanto físicamente como emocionalmente, aunque a medida que avanza la película, nos daremos cuenta de todas las cosas que las separa y unen. El cineasta argentino es un experto en confundir a sus personajes con el paisaje que retrata, en una especie de metamorfosis emocional, en el que unos y otros acaban perteneciendo a ese lugar de manera natural, como si  pudiesen invisibilizarse con ese espacio, como si cada parte de ellos quedará impregnada en los objetos y la naturaleza que los rodea, sabiendo sacar de manera narrativa todos los elementos que transmiten los lugares, como una prolongación de sus personajes, en que la película explica de manera sencilla y natural todo lo que allí se está cociendo, como ese espejo físico que existe entre los diferentes seres que habitan en ese espacio, como esas mañanas tranquilas y apacibles donde todo parece seguir un orden armónico, entre personas, naturaleza y animales, en cambio, cuando llega la noche, y se ha hace el silencio, la casa se transforma en otro lugar, donde las sombras acechan y perturban a cada uno de sus habitantes, desenterrando el paso oscuro y terrorífico que encierran esas paredes, donde todo se confunde, y donde las cosas adquieren una textura extraña, malévola y sangrante.

Trapero focaliza su película en las dos hermanas, en su relación actual, en su pasado, y en todo aquello que parece conducirlas por caminos tortuosos, donde la mentira ha dirigido sus vidas, donde parece que todo ha valido para mantenerse unidas, en el que las cosas nunca son lo que parecen, donde los engaños se han confundido con vivir y amarse. La aparición de Esteban, íntimo amigo de la familia e hijo del antiguo socio del padre, que mantiene una relación de cama hace años con Eugenia, que está casada con Vincent, que también hará su presencia en la casa con la muerte del padre, que es a su vez amante de Mia. Para colmo de males, Graciela, la madre, lanza una confesión que tiene que ver con el pasado familiar durante la dictadura, que trastocará las emociones de todos, y ya nada será igual en esas cuatro paredes, y la quietud que hace referencia el título, y el nombre de la casa, se convertirá en una dolorosa metáfora en los vínculos familiares.

Trapero maneja todos los elementos que tanto utilizan los seriales de sobremesa, pero desde una mirada diferente, a través de la intimidad y la relación de sus personajes, sin ahondar en las heridas de manera evidente, sino que la revelación del pasado, a través de las víctimas y verdugos familiares, adquieren un sentido más amplio, donde le sirve para profundizar en las verdaderas casusas y motivos de esos vínculos emocionales, que han atado a los diferentes integrantes de la familia, donde la mentira, sea histórica o familiar, fue y es el verdadero pilar de esa familia, donde la apariencia es sólo una muestra de la hipocresía y la desesperación de unos y otros. Un reparto magnífico encabezado por Martina Gusman (musa de Trapero que ha participado en 5 de sus películas) y Berenice Bejo, que dan vida a esas hermanas todo corazón, envidia, amor y mentira, bien acompañadas por Graciela Borges, esa madre de corazón roto, de vida en la sombra, que sabrá intervenir y arrojar toda la luz a ese pasado de mierda que habita en su familia y la casa, y bien resueltos los intérpretes masculinos, en una película muy femenina, con Edgar Ramírez y Joaquín Furriel, que mantienen la sobriedad y la contención en una cinta que vuelve a hacernos reflexionar sobre los males del pasado (como ocurría en Los perros, de Marcela Said, que también hablaba de esa burguesía chilena aupada gracias a la dictadura) y sobre la verdad que tan necesaria es, y sobre todo, sobre los tejidos familiares, esos vínculos que a veces se sostienen por finos hilos de mentiras, oscuros secretos y demás fantasmas.