Entrevista a Zoe Stein

Entrevista a Zoe Stein, intérprete de la película «Forastera», de Lucía Aleñar Iglesias, en la Calle Sancho de Ávila en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zoe Stein, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque, de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lluís Homar

Entrevista a Lluís Homar, intérprete de la película «Forastera», de Lucía Aleñar Iglesias, en la Calle Sancho de Ávila en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Homar, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque, de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias

LOS ESPEJOS DEL DUELO. 

¿Cómo pueden los muertos estar muertos si siguen viviendo en las almas de los que quedaron atrás?

Carson McCullers

Érase una vez… un verano más de la joven Cata en casa de sus abuelos en Mallorca junto al mar. Junto a su hermana pequeña Eva pasan los días con los iaios Tomeu y Catalina, entre las costuras y los guisos de la abuela y las partidas de mus con el abuelo. Todo parece un verano más hasta que la iaia Catalina cae y fallece. A partir de este sorprendente y chocante momento, y con la llegada de Pepa, la mamá de Cata y Eva, e hija de la fallecida, la casa se tornará de otro tono, en el que la joven Cata pasará su duelo particular, tan misterioso como extraño. Forastera, la ópera prima de Lucía Aleñar Iglesias (Madrid, 1993), se inspira en el cortometraje homónimo que la propia directora dirigió en 2020 y se presentó con mucho reconocimiento en la Semana de la Crítica del prestigioso Festival de Cannes. La premisa es sencilla, envolvente y muy íntima, llena de sensibilidad y de sombras, donde los roles familiares cambiarán y la propia Cata no sólo experimentará situaciones cada vez más ajenas y a la vez, muy cercanas, como revela el primer plano con el que arranca la trama. 

Al entrar en una atmósfera propia del género de terror porque se habla de pérdidas, duelo, identidades y fantasmas, muchos espectadores creerán que estamos en un cuento de terror al uso, aunque se van a ver muy decepcionados, porque la directora madrileña y formada en New York, rompe con los cánones establecidos del género y se va hacia otros territorios, los que tienen que ver con las sensaciones y con todo aquello que no vemos, con lo invisible, con los conflictos sobre el alma y cómo percibimos nuestro dolor y cómo lo afrontamos en cuestión a los demás y al propio difunto. La experiencia de Cata, el hilo conductor de este cuento de terror, sí, pero desde una ambivalencia rara y sugerente, en el que, como si fuese una novela de Gabriel García Márquez, la línea que separa la vida de la muerte se desvanecen y entramos en una atmósfera muy cálida, que nos va atrapando en una maraña de situaciones donde Cata va asumiendo un rol que comparte con otros. Aquí no hay sustos ni trucos de pacotilla para hacer saltar de la butaca al respetable. Estamos más cerca de la atmósfera de The innocents (1961), de Jack Clayton, donde los vivos y los muertos intercambian sus roles, sus aspectos y demás, generando una cotidianidad extraña, que reconocemos pero a la vez nos genera inquietud y calma.

La exquisita y elaborada cinematografía de Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto sus trabajos con Laura Ferrés, en Las novias del sur, de Elena López Riera, Siempre es invierno, de David Trueba, y Esmorza amb mi, de Iván Morales, amén de estupendos documentales como Canto cósmico. Niño de Elche y Mientras seas tú, entre otros. Una luz elegante, sin fisuras y sólida, que nos envuelve en una atmósfera hipnotizante dentro de la realidad cotidiana de casa, playa y paseos en bici y pueblo de lo más cotidiano, donde los espejos y sus reflejos, así como los diferentes idiomas adoptan un doble juego de presencias y ausencias. La excelente música del dúo Filip Leyman y Anna von Hausswolff, que ya coincidieron en Coutre, de Alice Winocour, construye un espacio cálido y sobrecogedor donde cada encuadre rezume vida, muerte y esa otra cosa instalada en la casa y en la vida del personaje de Cata en consonancia con su abuelo Tomeu. El montaje lo firma la italiana Paola Feddi, con más de un cuarto de siglo de carrera y más de 40 títulos en su filmografía entre los que destacan cineastas como Piero Messina, Andrea Pallaoro y Krzysztof Zanussi, entre otros. Su edición es reposada, sin prisas y muy sobria, deteniéndose en cada detalle, narrando con suavidad y elegancia cada plano y encuadre que evoca la vida y la muerte en cada instante, en sus contenidos y emocionantes 97 minutos de metraje. 

En el plano interpretativo la protagonista recae en la mirada, el gesto y el silencio de una extraordinaria Zoe Stein, que vuelve a enfundarse en la piel y las texturas de Cata, la nieta que pasa un duelo muy particular en el que su abuela fallecida está muy cerca de ella. A su lado, Lluís Homar hace del abuelo Tomeu, que vuelve al cine después de un tiempo dedicado al teatro. El actor catalán se mete en el rostro y piel de un hombre que también pasa un duelo extraño. Núria Prims es la hija y madre, alguien ajeno, quizás demasiado, un visitante extraño que parece que está y no está. Martina García es la hermana pequeña y Marta Angelat es la abuela Catalina. Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias es una película atípica dentro del panorama actual, porque se atreve a penetrar mundos poco explorados en el cine que se hace ahora, y nos remite al cine de antes como el de Carlos Saura y concretamente a Cría cuervos… (1976), incluso en muchos aspectos a El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y el aroma tan característico de cierto cine independiente estadounidense como A Ghost Story (2017), de David Lowery, sin olvidar la atmósfera y la cercanía que tiene la magnética Estiu 93 (2017), de Carla Simón, en su forma de abordar el duelo y la ausencia y la pérdida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las corrientes, de Milagros Mumenthaler

LINA EN UN TIEMPO SUSPENDIDO.    

“Hay heridas que nunca aparecen en el cuerpo y que son más profundas e hirientes que cualquier cosa que sangre”. 

Laurell K. Hamilton 

Resulta curioso mi relación con el cine de Milagros Mumenthaler (Córdoba, Argentina, 1977), porque primero vi su segunda película La idea de un lago (2016), la historia de Inés, una fotógrafa de 25 años que emprende un viaje de búsqueda que la lleva a indagar sobre su memoria y pérdida familiar. Luego, se reestrenó Abrir puertas y ventanas (2011), su ópera prima, que nos situaba en la relación de tres hermanas y la casa familiar donde vivieron con su abuela. Dos películas de profunda sensibilidad para hablar de temas sobre los vacíos que deja el que parte y cómo afecta en nosotros, cómo construimos la memoria y la desmemoria, y sobre todo, una mirada muy íntima a lo femenino, lo doméstico y las grietas de los traumas. Su tercera película Las corrientes sigue indagando sobre estos temas, creando un mundo que se mueve entre lo conocido y lo inquietante, entre los pliegues de la razón y la sinrazón, espacios repletos de espectros, en un viaje sensorial, musical y lleno de grietas difíciles de descifrar. 

La directora argentina nos plantea una película muy sutil, sin subrayados y apenas información. Su protagonista Lina ha viajado a Ginebra (Suiza) para recibir un premio por su reconocido trabajo como estilista. En mitad de la celebración, Lina huye y se pierde por las calles de la ciudad y llega a un puente y sin pensarlo, se lanza al río. Cuando vuelve a Argentina, algo ha cambiado en ella, se vuelve una extraña de sí misma, ajena a su vida, a su cotidianidad, a su marido y a su hija, en un estado de letargo, a medio camino de algo, como si estuviese viva y muerta a la vez, en una especie de limbo que no entiende, moviéndose como una zombie, intentando estar sin conseguirlo. No sabemos qué le ocurre, tampoco la película lo explica, ni falta que hace, porque el hecho es que algo tiene y ni ella misma sabe qué, sólo sabe que quiere huir de todo y sobre todo, de sí misma, en una travesía a la deriva que la lleva a lugares y estados nada comunes, sintiendo cosas extrañas y en una deriva en la que no sabemos si el personaje está viviendo aquello o lo otro. Mumenthaler construye un relato que bien podría firmar el propio Hitchcock, con el agua como elemento referencial, en que el cabello tiene una importancia vital, como le sucedía a la protagonista de Vértigo. 

La cineasta cordobesa se ha rodeado de dos anteriores cómplices como el cinematógrafo Gabriel Sandru, que fue el responsable de La idea de un lago, en un trabajo de luz mortecina, típica del norte, que contrasta con los colores azules y rojos de la ropa de la protagonista, en una suerte de espejos-reflejos, en que seguimos a la protagonista, en un relato-limbo en el que es muy difícil de saber qué es real o inventado, donde lo onírico resulta capital en la historia que se nos cuenta, en un viaje hacia adelante donde el pasado trastoca los planes, como una bestia dormida que acaba de despertar así sin más. El montaje lo firma el suizo Guion-Reto Killias, que ha editado las tres películas de la directora, consiguiendo dotar a la película de ese tono y sobre todo, ritmo latente, pausado y corpóreo, donde vemos a Lina en su país de las pesadillas, o quizás, en su país de los recuerdos y la memoria detenida que se abre otra vez, en los 104 minutos de metraje llenos de incertidumbres, acertijos y claroscuros. Una música con composiciones de Gustav Holst, que ayudan a crear ese sueño pesadillesco que sufre la protagonista que recuerda a lo que vivía Laura Dern en Inland Empire, de Lynch.  

Una historia apoyada en el rostro de mirada perdida e incierta de su protagonista, debía acertar con la actriz que encarna a Lina, y lo consigue con creces con la extraordinaria composición de Isabel Aimé González Sola, una actriz argentina afincada en Francia, que hemos visto en películas como Happy Birthday, de Cédric Kahn, y la famosa serie La Révolution. Su composición de Lina es una lección de transmitir toda esa ruptura interior que siente y nos hace partícipes en la deriva en la que está, en un aquí y un allá, en un ser y no ser, en un presente y en un pasado. Esteban Bigliardi es un marido estupendo, tan ajeno como lejano, que ha trabajado con Piñeiro, Moguillansky, Carri, Rodrigo Moreno, Lisandro Alonso, Lerman y demás. Jazmín Carballo es una amiga y Ernestina Gatti es la asistente en el trabajo. Mumenthaler ha vuelta a hacer una película cautivadora y enigmática, que nos sumerge en unas aguas turbulentas y mansas, en la mitad de la nada y de todo eso, en un viaje hacia las profundidades de la mente, de sus mentiras y verdades, de sus heridas y dolor, de un pasado enigmático que agita y de qué manera a Lina, una mujer perdida, angustiada, con un cabello que le pesa como un quintal, sometida a unas emociones perturbadoras, que presagian muchas turbulencias, en un cuento de terror con apariencia de cotidianidad con el aroma de Repulsión, de Polanski y de La posesión, de Zulawski. Mujeres atrapadas por algo muy oscuro como le ocurre a Lina. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nino, de Pauline Loquès

TRES DÍAS, TRES NOCHES.   

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”

Oscar Wilde

En la magnífica Cléo de 5 a 7 (1962), de Agnès Varda, una joven cantante espera impacientemente los resultados de si tiene cáncer o no. Mientras, aparece la vida, el amor, la incertidumbre y los conflictos. Algo parecido le sucede a Nino, un joven de 28 años que un viernes por la mañana es diagnosticado de cáncer al que le sucederán tres días con sus tres noches, donde la vida se impondrá en una existencia, hasta la fecha, bastante oscura, reservada y nada satisfactoria. Estamos ante una película donde la vida se tuerce, es decir, la vida se vuelve muy frágil, una vida que puede terminar, o al menos así lo piensa el protagonista, y es entonces, donde las cosas se tornan diferentes, menos oscuras y sobre todo, donde la vida ya no es una mera existencia insatisfactoria, y nada atrayente, como si la estuviera viviendo otra persona. En ese instante, la vida se vuelve de otro color, más intensa, más sencilla y quizás, de verdad, y con la idea de rodearse de las personas queridas. 

Primero fue el cortometraje La vie de jeune fille (2018), donde se contaba el conflicto de una joven que el día de la despedida es rechazada por su prometido, y no sabe cómo contarlo a sus allegados. Ahora, llega la ópera prima de Pauline Loquès (Cannes, Francia, 1986), que ha tenido la colaboración en el guion de Maud Amelie, que tiene en su haber películas de Noémie Lvovsky, MIkhaël Hers y Balndine Lenoir, entre otros. Una historia que recibe el nombre de su protagonista, Nino, en la que enfrenta en un duro trance a un joven que recibe la peor noticia: tiene cáncer. Los tres días siguientes se reencuentra con su madre, su ex novia, su mejor amigo, un desconocido en un albergue y una antigua compañera de clase. Cinco encuentros en los que mirará al pasado, a sus alegrías, a sus vivencias, y sobre todo, tres días para mirarse frente a los otros, para conocerse mejor, para atreverse a experimentar la vida ahora que parece que termina, o está al borde del precipicio, y no hay marcha atrás para lamentarse, para pensar en lo vivido y lo que no. El relato indaga y se cuestiona, no hace florituras ni sensiblerías sobre la cuestión que trata, y muchos menos, alecciona ni juzga, sino que retrata unos hechos concretos, unas actitudes ante la enfermedad, cuando el peligro acecha y las cosas se tornan más cercanas, más íntimas y más profundas. 

La cámara inquieta que no se separa del protagonista Nino, la conduce la cinematógrafa Lucie Baudinaud, de la que hemos visto sus trabajos en Olga, de elle Grappe, y más recientemente, El profesor de esgrima, de Vincent Pérez. Unos planos cerrados, que tocan al personaje principal, como un compañero más, como una segunda piel, que lo sigue sin descanso, que lo observa y se introduce con él en esa vorágine introspectiva y audaz que experimenta Nino. El montaje de Clémence Diard, con más de 19 títulos en su filmografía, con los que ha trabajado con directores de prestigio como Souleymane Cissé y Céline Sallette, entre otros. Una edición sin estridencias ni subrayados, llevándonos junto a Nino, en su peculiar caminar por la ciudad y sus pisos, sus lugares, en los que hay tiempo para reflexionar, para descansar, para intercambiar, para vivir y para hacer todo aquello que no había hecho hasta entonces, abrirse más y no esconderse. La ciudad es otro elemento importante en la película, un París menos conocido, menos turístico, o al menos, con una luz diferente, más tenue y mucho menos colorista, sino más hacia dentro en consonancia con la película que se cuenta y aquello que se desea transmitir. 

Un reparto encabezado por el fascinante y profundo Théodore Pellerin, que descubrimos de forma arrolladora en Solo, de Sophie Dupuis, en la piel de Simon, una drag queen enfrascada en el conflicto con una madre artista de gran éxito y una relación tóxica. Su Nino es apabullante, con una mirada intensa y un cuerpo que se va camuflando y fusionándose con los otros, en una composición profunda del actor canadiense. William Lebghil es Sofyan, su mejor amigo, que hemos visto en Mentes brillantes y Los buenos profesores. Salomé Dewaels es la ex compañera, vista en Las ilusiones perdidas y Un silencio. Camille Rutherford es la ex, vista en Anatomía de una caída y la protagonista de Jane Austen arruinó mi vida, y finalmente, las excelentes presencias de Jeanne Balibar y Mathieu Amalric. Acérquense a Nino y háganlo sin prejuicios y sin miedo, y vean sus imágenes y acompañen a su personaje, que vive una existencia que, después de su diagnóstico, verá las cosas de otro modo, y es interesante cómo se explica y se expone ese proceso tan íntimo, tan de verdad, sin dar lecciones de qué hacer y qué no, simplemente estando, o intentando estar, vivir y sentir estos tres días que, seguramente, serán los últimos de una forma de ver la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bajo el mismo sol, de Ulises Porra

ÉRASE UNA VEZ DURANTE EL COLONIALISMO…

“El colonialismo visible te mutila sin disimulo: te prohíbe decir, te prohíbe hacer, te prohíbe ser. El colonialismo invisible, en cambio, te convence de que la servidumbre es tu destino y la impotencia tu naturaleza: te convence de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser. 

Eduardo Galeano 

De unos años para acá, las películas que han abordado la representación del colonialismo en la gran pantalla han partido de una base principal: la de la desmitificación, siguiendo la importante senda abierta en los años setenta/ochenta en dos películas claves sobre el tema: Aguirre, la cólera de Dios (1972), y Fitzcarraldo (1982), ambas del cineasta alemán Werner Herzog. Dos películas basadas en historias reales, en las que el explorador fantasioso dejaba paso a una forma de antihéroe de carne y hueso, muy vulnerable y azotada por los demonios ajenos y propios. La primera película en solitario de Ulises Porra (Barcelona, 1982), Bajo el mismo sol, anclada en la isla de La Española durante 1819, se asienta sobre los mismos elementos herzogianos para mostrar un colonialismo desmitificador, donde la supervivencia y la violencia rigen unas vidas con miedo y devastadas. 

El director barcelonés, que conocimos por sus películas codirigidas junto a Silvina Schnicer Tigre (2017), y Carajita (2021) y cómo montador para Schnicer en La quinta, de recién estreno. Un retrato sobre Lázaro, el heredero de un comerciante de seda, que continúa el trabajo de su padre: hacer seda con gusanos en plena selva haitiana, tan densa, calurosa y pegajosa, y llena de peligros, tensiones y enemigos. Le acompañan a tamaña y psicótica empresa la tejedora y silenciosa china Mey, y luego, se cruzarán con Baptiste, un haitiano que ha desertado del ejército francés. Tres formas diferentes de vivir, pensar y sentir que, por azares del destino, se ven envueltos en un negocio que no será nada fácil. Siguiendo la estela de las películas de Lisandro Alonso en Jauja (2014) y Eureka (2023), y Lucrecia Martel en Zama (2017), Lázaro, de nombre insigne y revelador, Mei y Baptiste se van trazando unas relaciones que los confrontan en unas idas y venidas sobre el poder, la codicia, el clasismo, y la idea de una convivencia entre interesada y oscura que se va forjando entre tres personas que pertenecen a mundos opuestos, en una historia donde el entorno asfixiante e inquietante, ayuda a construir una historia que se cuenta de forma reposada, sin artificios ni malabarismos, sino a través de la psicología de los personajes, de sus mundos interiores y exteriores. 

La impecable y poderosa cinematografía de Sebastián Cabrera Chelin, que suele trabajar en la cinematografía dominicana, construida a partir de planos cerrados y cercanos, donde se evidencia la fuerza y avasallador entorno, en un paisaje que es un elemento primordial, por su salvajismo, por su pureza y su confrontación constante. La música que firma la argentina Josefina Barreix es una interesante mezcla de los sonidos ambientales de la jungla espesa y agobiante que acompaña una composición que nos transmite con seguridad y sin alardes, todo el complejo emocional del trío protagonista con una fina sutileza y generando los conflictos que van surgiendo tanto del entorno tan hostil como el débil equilibrio que se teje entre los tres. El montaje lo firman Gina Ciudicelli, Carlos Cañas Carreira (del que conocemos por su trabajo en series como La reina del Sur, y los largometrajes Hija del volcán y de la reciente Yo no moriré de amor), y el propio director que cierra una terna de un montaje que se va a los 103 minutos de metraje por una historia de altibajos emocionales que nos mantiene en constante tensión y una inquietud desde el primer minuto donde el peligro de no lograr la seda y de los ataques, las tensiones con los autóctonos y las relaciones con la iglesia son el caldo de cultivo diario. 

Un magnífico reparto encabezado por un extraordinario David Castillo, surgido de la serie de humor Aída, aquí metido en la piel del introvertido y codicioso Lázaro, que carga sobre sus espaldas un legado que es su peor enemigo. La debutante Valentina Shen Wu hace de la misteriosa Mei, un personaje vital que generará varios conflictos, y Jean Jean es Baptiste, el Viernes de la película, intérprete habitual del cine dominicano con alguna experiencia internacional, se convierte en el tipo de la selva, tan misterioso como colaborador. La película Bajo el mismo sol, de Ulises Porra ha nacido del esfuerzo de tres países como España, República Dominicana y Argentina para tratar un tema tan controvertido como el colonialismo pero haciéndolo desde una mirada poco visitada, la de los seres de identidades diferentes que, por azares, deben convivir, trabajar, sentir y relacionarse, bajo el foco de un lugar hostil, rodeados de grandes amenazas y con el sueño de levantar un negocio de seda con gusanos en el lugar menos adecuado, en el que surgen las diferencias de poder, de codicia, de miedo, vulnerabilidad, y sobre todo, la complejidad del comportamiento humano cuando los diferentes caminos chocan y las múltiples formas de convivencia, necesidad y soledad que todos tenemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hasta la montaña, de Sophie Deraspe

MATHYAS Y ÉLISE QUIEREN SER PASTORES. 

“La mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que resultan un obstáculo evidente para la elevación espiritual de la humanidad”. 

Henry David Thoreau

El publicista Mathias Lefebure, residente en Quebec (Canadá), dejó su trabajo y se marchó a los Alpes franceses con la intención de empezar de nuevo, reconectarse consigo mismo y emprender una nueva vida como pastor de ovejas. La experiencia la escribió en su libro “D’où viens tu, berger?”, que ahora de la mano de la cineasta Sophie Deraspe (Rivère-du-Loup, Canadá, 1973), nos llega convertida en su tercera ficción que aboga por la sencillez, la honestidad y la capacidad del cine de volver a las historias tranquilas, que huyan de la narrativa efectista y hagan de lo convencional una seña de identidad que, en tiempos de algoritmos y de IA, todavía pueden emocionarnos con lo más pequeño, lo más simple y aquello tangible. En Hasta la montaña (en el original, “Begers”, traducido como “Pastores”), seguimos el itinerario del joven Mathyas, alguien que tiene un sueño, que no sabe nada de pastores, pero ante todo, sabe que no desea volver a su Canadá natal a seguir trabajando para otros, ahora quiere trabajar para sí mismo y volver a la naturaleza junto a los animales para ser y sentir. 

La cosa no será como Mathyas creía, o seguramente, el joven aspirante a pastor no conocía toda la verdad de vivir en una granja como pastor y trabajar en un oficio en vías de extinción, que requiere un enorme esfuerzo, sacrificio, largas horas de trabajo, muchísima dedicación y sobre todo, jornadas extenuantes donde el ganado se muestra fiero y rebelde. Ante esa cruda realidad, Mathyas tiene su conexión con lo atávico, con lo más primario, la naturaleza y los animales, y sobre todo, muy alejado del mundanal ruido, las prisas, los ajetreos, las locuras y el consumismo salvaje de occidente donde todo está en compra y se vende. Un contraste que chocará con los lugareños que no lo ven capaz de realizar su hazaña, y también, contra sí mismo, que se verá envuelto en serias dificultades en los varios empleos que tiene en los que debe demostrar su capacidad para ser pastor. Como el hombre propone y Dios dispone, conocerá a Élise, una joven funcionaria que aprovechará la aventura del canadiense para enrolarse en la causa y le acompañará como pastora. Un guion partido en dos mitades coescrito por el propio Lefebure y la directora que,  en su primera mitad, sigue a Mathyas y los tropiezos antes de ser pastor, y en la segunda, seguiremos a los jóvenes citados y su viaje por los Alpes transportando a un rebaño de 800 ovejas.

Una película bellísimamente filmada filmada en parajes naturales que nunca cae en la condescendencia de lo que tiene delante, y sabe extraer todo esa parte de problemas, tensiones y alegría de los dos jóvenes pastores y esa dualidad entre la belleza, lo salvaje y lo dificultoso de su nuevo oficio. El gran trabajo que firma el cinematógrafo Vincent Gonneville, que tiene en su haber trabajos con la cineasta tunecino-canadiense Meryam Joobeur, entre otros, donde no muestra la belleza sin más, sino que la contrasta con la dureza del trabajo como pastor. La excelente música de Philippe Brault, que conocemos por sus colaboraciones con Sebastien Pilote en Maria Chapdelaine, y con Sébatien Manier en El origen del mal. Una composición que consigue fusionar la belleza de los brutales paisajes de montaña con las dificultades y los conflictos propios de enfrentarse a una tarea como pastores primerizos. El estupendo y conciso montaje de Stéphane Lafleur que tiene en su filmografía más de 20 películas entre las que destaca Profesor Lazhar (2011), de Philippe Falardeau que, en sus casi dos horas de metraje, construye una cinta de viaje emocional y profundo en pos a el deseo y el sueño de alguien de ser pastor, y de comenzar de nuevo, de reinventarse y volver a la naturaleza y conocerla, disfrutarla y también, padecerla. 

Con un reparto que tiene al casi desconocido Félix-Antoine Duval como Mathyas, en su segundo protagonista, y Solène Rigot, que hemos visto en Puppylove y Las cartas de amor no existen, entre otras, como los dos aspirantes a pastores. Guilaine Londez, Bruno Raffaelli, Younes Boucif, entre otros, integran un reparto que aboga por la credibilidad y la naturalidad en sus interpretaciones. Después de Les loups (2015) y Antigone (2019), la directora Sophie Deraspe ha construido una película que abraza la vida, y lo hace desde la perspectiva de un par de valientes, de dos almas cansadas y agobiadas por los males de la sociedad moderna, donde todo se hace por y para el dinero, y vive de espaldas a la naturaleza y sobre todo, a lo que somos, a nuestros sentimientos y nuestro pasado. Una historia como la que cuenta Hasta la montaña nos conecta con lo más simple, con aquello que nunca debimos dejar de ser, porque nuestra manía con ser lo que no somos, nos ha llevado a sobrevivir en ciudades que odiamos y que no nos entienden y que marginan lo humano y lo de verdad, pertrechadas en su mercantilismo feroz que expulsa a las personas y ayuda a aquellos consumidores feroces que viven por y para el dinero. Una verdadera tragedia. Quizás los expulsados deberíamos tomar las riendas de nuestras existencias y huir a la vida como hacen Mathyas y Élise y trabajar duro para ser pastores u otra cosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hamnet, de Chloé Zhao

EN EL AMOR Y EN LA MUERTE. 

“¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!”. 

Fragmento de la obra “La tragedia de Hamlet”, de William Shakespeare

Si recuerdan Shakespeare in Love (1998), de John Madden, nos situaban en el Londres de 1593, en la que retrataban al dramaturgo en horas bajas, intentando volver al éxito de sus obras, y se cruzaba una joven Lady Viola que hacía que su comedia sobre piratas se convertiría en “Romeo y Julieta”. En Hamnet nos hacen un recorrido exhaustivo sobre el joven William antes de ser Shakespeare, pero desde la mirada de su amada Agnes, donde la creación de La tragedia de Hamlet tiene especial relevancia. Somos testigos del amor de la pareja de jóvenes, de un amor en contra de todos y todo, entre una joven alimentada por el bosque y sus secretos y un joven diferente, rebelde y escritor. Después, vendrá la boda y sus tres hijos, Susanna, y los gemelos Hamnet y Judith. Más tarde, vendrá la muerte del pequeño Hamnet con tan sólo 11 años, que ocasionará el alejamiento de Agnes y William, y la vida se tornará muy oscura y dolorosa. 

La reconocida novela “Hamnet” de la norirlandesa Maggie O’Farrell. publicada en 2020, que tuvo una adaptación en las tablas, llega al cine con un brillante y conciso guion que firman O’Farrell junto a la directora Chloé Zhao (Pekín, China, 1982), en una magnífica producción que nos traslada a la segunda mitad del siglo XVI hasta principios del XVII. Miramos la historia a través de Agnes, una criatura del bosque, donde ha aprendido todos sus secretos y sabidurías, en una primera mitad de la trama donde la naturaleza y la libertad y el amor se imponen en unos personajes llenos de vida, valentía y humanos. En el segundo tramo, con la muerte del hijo, la cosa se tornará de un color muy oscuro y las tormentas internas se impondrán en las difíciles relaciones entre los personajes. La directora que nos deslumbró con títulos como The Rider (2017), y Nomadland (2020), entre otros, en las que retrata a unos seres que vivían al margen de las normas en consonancia con la naturaleza y sus animales, en unos sentidos y profundos westerns que rompían los cánones establecidos. Su Hamnet bebe de ese cine histórico británico donde todo está en su sitio y hay poco espacio para lo diferente, aunque la asiática sabe que dentro de cierto clasicismo, hay espacio para construir personajes diferentes que rompan lo establecido y se enfrenten a zonas oscuras que poco se dan en una película. 

La producción de la película no tiene ni un pero y está planteada a partir de un gran esfuerzo de producción y un equipo de altos vuelos empezando por la cinematografía excelsa que firma un grande como el polaco Lukasz Zal, responsable de la luz de las películas de Ida y Cold War, de Pawel Pawlikowski, y La zona de interés, de Jonathan Glazer, entre otros. Su imagen capta el espíritu revolucionario de Agnes y una época de la campiña británica en la que abundan los colores y tonos ocres, grisáceos y verdosos. La música ayuda a navegar por esos lados de alegría y amor, y esos otros, más tristes y oscuros que firma otro gigante como el británico Max Richter, que ha trabajado en más de 60 títulos con Ari Folman, André Téchiné, Schlöndorff, James Gray, entre otros. El montaje construido a dúo por la propia directora, como ya había hecho en Songs My Brothers Taught Me y en la citada Nomadland, y el editor brasileño Affonso Gonçalves, que tiene en su haber nombres tan importantes como Tod Williams, Todd Haynes, Ira Sachs y Jim Jarmusch, y otro de los grandes títulos de la temporada pasada Aún estoy aquí, de su compatriota Salles. Un montaje conciso, excelente y de verdad en sus 125 minutos de metraje por esta montaña rusa de emociones que traspasan la pantalla desde el corazón, alejado de la complacencia y el manierismo. 

Elegir a la actriz que encarnará a una mujer como Agnes no era tarea nada fácil, por eso una elección como la de Jessie Buckley es muy acertada, porque la intérprete irlandesa, con unos 30 títulos en su filmografía, se ha erigido en una actriz bestial en todos los sentidos. Su Agnes es puro corazón, alma, naturaleza, animalidad y todo amor, como mira a William, como cuida y habla a sus hijos. A Buckley ya le pueden ofrecer cualquier rol, que ella lo hace suyo y lo transmite de una forma humanista y nada convencional, expresando toda esa alma libre y oscura cuando llega la tragedia. A su lado, Paul Mescal, que sabe manejar la pasión y la oscuridad de su personaje, alguien que está muy ausente y que pasa su duelo de forma muy diferente a su mujer, cosa que alimenta los aspectos del alma humana. Como ocurren en este tipo de producciones, tenemos a un reparto estupendo, que no son intérpretes sino personajes que te crees sólo con su mirada y su forma de moverse como la maravillosa Emily Watson, madre del dramaturgo, el padre que hace David Wilmot, metido en muchas batallas pero siempre desde la verdad y la cercanía. sin olvidar al trío de hijos y demás intérpretes que componen unas almas de verdad y cercanas. 

Muchos espectadores que se aproximen a ver una película como Hamnet seguramente no les convencerá el academicismo que desprende la película y no conectarán con la intimidad de sus personajes. Estoy seguro que otros espectadores, más ávidos a un cine donde el personaje y el actor se convierten en el alma de la función, acompañarán la película y la verán con entusiasmo y llenos de emoción debido a los tristes y trágicos acontecimientos que suceden en su trama. Aplaudimos con vehemencia el carrerón de Chloé Zhao, porque ya sea desde la producción indie estadounidense o lo clásico británico, sabe sacar partido a sus historias y sobre todo, a sus personajes, que los hace muy de verdad, llenos de vida, acogiéndolos en esa zona donde vivir y morir pende de un hilo, en el que trata temas tan fuertes como el amor pasional, desbordante y sexual, las dificultades de la creación artística y lo creativo como herramienta para sacar la mierda y enfrentarse a nuestros monstruos y debilidades y traumas, y las formas de duelo, que ya había tocado en sus anteriores películas, en que los personajes se enfrentan al dolor, pérdida, ausencia y la tristeza de formas muy diferentes y enfrentadas, tan válidas como de verdad, en que la película hay hace una reflexión profunda, sincera y desde lo más intrínseco y sin juzgar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Endara

Entrevista a Ana Endara, directora de la película «Querido Trópico», en el hall del Cinema Maldà en Barcelona, el lunes 29 de diciembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Endara, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Andrés García de la Riva de Nueve Cartas Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  . JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cautivo, de Alejandro Amenábar

DE LO QUE LE SUCEDIÓ A CERVANTES CAUTIVO EN ARGEL.  

“La lectura es el único medio a través del cual nos deslizamos, involuntariamente, a menudo sin poder hacer nada, a la piel del otro, a la voz del otro, al alma del otro”. 

Joyce Carol Oates

Después de tres películas como Tesis (1996), Abre los ojos (1997) y Los otros (2001), que encumbraron a Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972), como uno de los grandes valores del género del terror psicológico, cosechando buenas críticas y excelentes resultados en taquilla. Un período que viró con Mar adentro (2004), donde dejaba la ficción pura y dura para adentrarse en las ficciones sobre personajes reales. A Ramón Sampedro le siguieron la filósofa y atea Hypatia en Ágora (2009), la excepción de Regresión (2015), que volvía a sus orígenes, y la vuelta a los personajes con Miguel de Unamuno en Mientras dure la guerra (2019), para finalizar, de momento, con Miguel de Cervantes (1547-1616) en El cautivo, sobre los cinco años que estuvo preso en Argel. A partir de una historia junto a Alejandro Hernández, que ya lo acompañó en la citada de Unamuno y en la serie La fortuna (2021), el director madrileño imagina al joven Cervantes que, contaba con 28 años cuando fue apresado, y su período y sobre todo, su relación con su captor Hásan, el Bajá de Argel.  

Amenábar construye una eficaz y entretenida fusión de película de aventuras y carcelaria, donde se profundiza sobre las relaciones personales, de poder y necesidad, así como de liberación sexual, en el que la ficción cuenta con un peso enorme en la trama, convirtiéndola en vehículo capital para sobrevivir tanto física como mentalmente. La trama es reposada y nada estridente, no juega con el espectador mediante giros inverosímiles y demás argucias, sino que cimenta un buen ejercicio de miradas y gestos en su primera mitad para después, en su segundo tramo, acentuar lo físico y los deseos y anhelos de los personajes principales y los satélites que los acompañan. Nos encontramos a un Cervantes todavía muy joven, que lee vorazmente y también escribe, junto a su mentor en prisión el fraile Antonio de Sosa, que es quién nos cuenta la película. A su lado, también tenemos la antítesis, Blanco de Paz, otro fraile del Santo Oficio, que se convertirá en el lado oscuro de la trama. A través de un reducido grupo nos van contando las peripecias de Cervantes que, gracias a su ingenio como contador de historias se ganará muchos privilegios del Bajá, levantado muchas ampollas entre sus compañeros de cautiverio. 

Amenábar, como es costumbre, presenta una película que ha contado con una gran producción para trasladarnos al siglo XVI, y más concretamente al Argel de 1575, donde brillan sus apartados técnicos como la cinematografía de Alex Catalán, que ya estuvo en la mencionaba Mientras dura la guerra, con una luz natural y nada estridente que, caza toda la multiculturalidad que reinaba en el lugar, así como la abundancia de colores y texturas que se respiraba en el ambiente. El diseño de producción que firma Juan Pedro de Gaspar, otro habitual en las últimas producciones de Amenábar, y el director de arte Hedvig Király, al que conocemos por sus trabajos en El hijo de Saúl, de Nemes, y La reina de España, de Trueba, y el vestuario de la italiana Nicoletta Taranta, responsable de Romanzo criminale y A ciambra, brillando cada uno/a en sus respectivos apartados. La música del propio Amenábar consigue ese acercamiento a las singularidades y complejidades que se palpan tanto en prisión como en esos “escapes”. El montaje de Carolina Martínez Urbina, conocida por su trabajo en la mítica serie Crematorio, y el cine de Cobeaga, y su segunda experiencia con el director después de la citada Regresión. Un empleo magnífico de realidad-ficción en la que cada secuencia y encuadre nos atrapa hasta el final en sus rítmicos 133 minutos de metraje. 

Otra característica del cine del madrileño es su gran capacidad para componer personajes complejos para los que elige intérpretes que se enfundan con naturalidad consiguiendo que nos olvidemos de la máscara y nos quedemos con el personaje. Como hizo con Nicole Kidman en Los otros, Javier Bardem en Mar adentro, Rachel Weisz en Ágora y con Karra Elejalde y Eduard Fernández en Mientras dure la guerra. El sorprendente Julio Peña, habituado a vehículos comerciales muy poco atractivos, se destaca dando vida al joven Cervantes, en un personaje que va creciendo a lo largo del metraje, mostrando su capacidad inventiva, inteligencia y coraje para salir airoso de varios entuertos. Frente a él, el actor italiano Alessandro Borghi como el Bajá, con más de 30 títulos a sus espaldas,  como el recordado en Las ocho montañas, siendo el señor que todo lo ve y decide desde las alturas que, mantendrá una relación nada convencional entre lo que podría ser captor y reo. Y luego están los “otros”, empezando por un Miguel Rellán, tan grande, tan cálido y un actor que hace de todo y muy bien, Fernando Tejero está muy bien como un fraile altivo. Están Luis Callejo, Roberto Álamo, José Manuel Poga, Albert Salazar, César Sarachu y Mohamed Said, entre muchos otros. 

Polémicas aparte, que además apenas son 10 minutos de película, El cautivo es una excelente película porque aborda un tema que todavía no se había tocado en el cine, la vida del joven Cervantes, quizás el escritor más célebre de la historia por su libro que no necesita presentación alguna. La película lo aborda como un joven en eterna lucha y huida, devorador de libros, escritor empedernido y contador de historias fabuloso, que se las ingenia para entretener a los demás presos, y además, despierta el deseo del Bajá, que también lo pretende como contador de relatos. Además, la película se enfunda el traje de fabulador de su protagonista, y ejerce una trama que va y viene a través de lo real y lo ficticio, de lo que se sabe y lo que se inventa, porque no hay verdad que este cargada de mentira, y viceversa, porque necesitamos la mentira-ficción para soportar tanta verdad, o quizás, lo que inventamos es la verdad para que no parezca tan dura, o tal vez, la mentira es todo lo que vemos y hemos inventado la verdad para vivir con algunas verdades que sabiendo mentiras, las creemos como verdad. Lo que está claro es que, Cervantes y sus cinco años de cautiverio, que para la resolución de la película es un dato que no molesta, ni mucho menos, es la historia de alguien que quería sobrevivir y, al igual que otros, se inventaron una historia, una identidad o lo que fuese. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA