Solo nos queda bailar, de Levan Akin

AMAR Y BAILAR.

“Sentirse plenamente vivo es sentir que todo es posible”

Eric Hoffer

Merab es un joven impetuoso, trabajador y talentoso que sueña con ser un gran bailarín en la Compañía Nacional de Danza de Georgia con su pareja de baile, Mary. Todo cambiará cuando aparece otro bailarín a su altura, Irakli, que se convertirá en su rival y además, es su objeto de deseo. La tercera película de Levan Akin (Tumba, Botkyrka, Suecia, 1979) descendientes de georgianos, vuelve a los elementos y ambientes que ya caracterizaban sus anteriores trabajos, en los que indagaba de forma profunda y personal sobre los problemas de cierta juventud acomodada sueca. En su nuevo trabajo se traslada al país de sus orígenes familiares, Georgia, y concretamente, a su capital Tiflis, para construir una película que nos sitúa entre lo antiguo y lo moderno, entre la tradición y los tiempos actuales, una dicotomía en la que a través del personaje de Merab, uno de esos jóvenes que vive por su pasión por el baile de la danza tradicional, mayormente masculina, anclada en el pasado y en las raíces de un país dominado históricamente, tiene en la danza, al iglesia y el canto sus valores identitarios más fuertes y defendibles para la sociedad.

Merab se siente atraído por Irakli, un tipo alejado a él, alguien que parece despreocupado con su vida y el baile, pero alguien talentoso como Merab. Akin impone un fuerte ritmo a su película, donde no dejan de suceder situaciones que llevan a sus personajes a enfrentarse entre aquello que sienten y deben hacer. Un debate constante que jalona la película, y atrapa al espectador, entre la fuerza de la música y baile tradicional, con esas clases del exigente maestro, la situación familiar de Merab, con pasado de bailarines de danza, pero ahora una mera sombra de aquel esplendor, con una abuela que le apoya, una madre perdida, y un hermano nada serio, convierten la existencia de Merab en una vida donde la danza tradicional es su vía de escape, su forma de expresarse ante el mundo y realizarse emocionalmente, una rebeldía ante tanta imposición, tradición y falta de libertad. El director sueco filma con audacia y fuerza una historia de amor y pasión entre Merab e Irakli, oculta ante todos, con esa efervescencia de la juventud con otras ideas, actitudes y formas diferentes que chocan con ese otro mundo viejuno, que vivió la Unión Soviética y su desaparición, que todavía vive arraigada a unas formas de vida y convenciones sociales arcaicas.

Tiflis se convierte en otro personaje más en la película, erigiéndose en un escenario donde conviven lo antiguo con lo moderno de forma manteniendo las barreras sociales y estructurales, pero que la relación e Merab e Irakli, aunque sea en la clandestinidad, mezcla y funde esos mundos tan opuestos y alejados. Solo nos queda bailar es un relato sobre el amor, la pasión, la necesidad de ser uno mismo aunque eso vaya encontrado de lo establecido, de enfrentarse a lo tradicional, de dejarse llevar por lo que uno siente, de lanzarse al vacío en la vida, en las emociones y sobre todo, en sentir el baile de manera individual, diferente y en libertad. Levan Gelbakhiani es Merab, un actor debutante que compone un personaje lleno de vida, de amor, de libertad, a través de su cuerpo, sus gestos y miradas, a través de la danza georgiana, de la música, que vive, baila y ama con intensidad, como si no hubiese un mañana, con toda la fuerza que es capaz y le dejan, con una carisma que traspasa la pantalla y nos desborda con su fuerza reveladora.

La película de Akin se une a esa corriente de cine LGTBI como La vida de Adèle, Carol, Carmen y Lola, Moonlight, Call me by your name, 120 pulsaciones por minuto, SauvageRetrato de una mujer en llamasEma, entre otras, que viene a ocupar esos espacios vacíos y escasos que el cine convencional se negaba a llenar con historias mayormente enfocadas a la heterosexualidad. Relatos que nos explican con profundidad, complejidad y personalidad historias de amor queer, donde se explora la identidad sexual y de género, tan necesarias y valientes en los tiempo actuales, cuando todavía hay muchos países y sectores reaccionarios que les niegan los derechos y la visibilidad que se merecen como cualquier persona en la sociedad, sin ser juagada por su condición sexual e identidad de género. Akin trata el tema LGTBI de manera sincera y honesta, desde la perspectiva humana y castradora, dejando claro el todavía largo camino que han de hacer tantos gobiernos, instituciones y demás espacios.

Bachi Valishvili como Irakli, el contrapunto de Merab, pero también una fuerza de contención y sobriedad que alimenta la película elevándola a esa energía fascinante y contagiosa que transmite la cinta. Ana Javakishvili es Mary, la compañera de baile y amiga del alma de Mareb, alguien callada y sin hacer ruido, termina sabiendo todo lo que sucede entre Merab e Irakli, bien acompañados por un reparto natural y convincente repleto de intérpretes no profesionales. Esa juventud constataría y rebelde, con nuevas formas de vivir, sentir, bailar y respirar, viene con velocidad de crucero a ponerlo todos patas arriba, a romper las barreras y obstáculos de lo tradicional, a introducir aires diferentes y renovadores a lo anclado, sustituyéndolas por elementos más arriesgados, llenos de esperanza, libertad y con múltiples puntos de vista y miradas inteligentes, imprimiendo aires nuevos y coloridos sobre lo viejuno, una fuerza imparable que se convierte en una ola que provocará nuevas formas de mirar, sentir y vivir, en que el personaje de Merab es el mejor ejemplo, siendo la bandera de libertad, cambio e identidad que propone su forma de ser y vivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dede, de Mariam Khatchvani

UN ESPÍRITU INDOMABLE.

En un instante de la película, donde asistimos a una carrera de caballos, Dina, la protagonista, cabalga a lomos de un corcel negro, su determinación y sus maneras guiando al caballo, nos devuelven ese aire de libertad y determinación que tienen ciertas personas, desvelándonos algo que ruge en su interior, mostrándonos ese espíritu indomable y rebelde que demostrará a lo largo del metraje, un alma inquieta y fuerte que no se arrodillará frente a nadie ni nada que se le interponga en su camino. La puesta de largo en la ficción de Mariam Khatchvani (Ushguli, Georgia, 1986) después de un período dedicada al documental y al cortometraje, donde ha sido reconocida internacionalmente, es una película inspirada en la vida de su abuela, donde la directora pone el foco en una mujer, la joven Dina, que vive en una de esas aldeas, en la región de Svanetia, entre las montañas del Cáucaso, en Georgia. La directora nos sitúa en los albores de 1992, después del amparo soviético, los georgianos se enfrentaban a una guerra interna y a sus propios conflictos territoriales.

Aunque, Khatchvani nos habla de otra guerra, la que sufre Dina, que obligada por la familia a casarse con David, que vuelve de la guerra, aunque la joven está enamorada de Gegi, compañero de armas de David. Dina no es de esas mujeres obedientes y que se dejan amilanar, su carácter le hará enfrentarse a su familia y su futuro esposo, negándose a seguir la tradición y dispuesta a romper las normas y decidir su propia vida. La directora georgiana construye una ficción, pero que la hermana con el documental en muchos aspectos, y a las formas cinematográficas de Rossellini (por ejemplo en Stromboli, terra di Dio, cuando encerraba en esa isla-cárcel a Ingrid Bergman, extraña de sí misma y extraña para los lugareños) desde la elección del reparto, en el que sólo hay un actor profesional, George Babluani que da vida a Gegi (al que vimos en 13 Tzameti) el resto del elenco lo componen habitantes de la región donde se filmó la película, también, donde pasó la directora su infancia,  y otro dato significativo, la película se rodó en georgiano y en svano, un dialecto hablado por unas 30000 personas muy propio de la zona.

La película obedece a la tragedia clásica, donde alguien que sigue su propio instinto, se enfrenta al poder, aquí el sistema patriarcal atávico que impone su poder al de las mujeres, meros seres obedientes, esposas a su pesar (cuando no acceden son secuestradas, práctica deleznable que sigue vigente en las zonas rurales de otras repúblicas próximas como la de Kirguistán, como explicaba el documental Grab and Run, de Roser Corella) y sobre todo, madres bondadosas al servicio de su esposo y la familia de éste. Dina rompe esas reglas y lucha incansablemente para vivir su propia vida, aunque las cosas no serán nada fáciles y deberá estar alerta en todo momento. La cineasta georgiana compone un retrato fiel y sincero sobre la mujer rural georgiana de finales del siglo XX, sin caer en ningún discurso panfletario o condescendiente, la trama es dura y compleja, y crea una atmósfera inquietante y cruel, ya que mezcla la belleza de sus paisajes tanto primaverales como hibernales, mezclado con la execrable tradición machista que sigue vigente en las diferentes aldeas.

Dina, bellísima y magnífica la interpretación contenida de la debutante Natia Vibliani, que lo expresa todo de manera sobria, nos conduce por su historia, por encontrar su lugar en el mundo, a través de su perseverancia, sus conflictos interiores, y ese entorno conservador, tradicionalista y violento, una mujer vital, llena de energía, de amor y de vida, que no cejará en su empeño, a pesar de todos los reveses y palos que va encontrando en su existencia. Khatchvani construye una película que puede verse como una experiencia antropológica, retratando las formas y costumbres de vida de los habitantes de la zona, en la que hace gala de un gusto exquisito en su forma, combinando excelentemente los colores y el paisaje que rodea los pueblos, desde esos colores apagados y oscuros de las ropas rurales, a ese vestido rojo, que alberga todo el significado de libertad que desprende la protagonista, o esos planos, en sus mayoría fijos, que nos remiten a la prisión en vida que sufren las mujeres del relato, donde la cabeza más visible sería Dina, ya que ella ha decidido enfrentarse a lo inamovible para ser ella misma, tomar sus propias decisiones y mantenerse en pie, cueste lo que cuesto, y a pesar de quién sea, de su familia, su pueblo y sus malditas tradiciones.

Mandarinas, de Zaza Urushadze

image_evento_final_14347_2015-04-21_13_33_04RESQUICIO DE LUZ 

La desaparición de los países de Yugoslavia y la URSS abrió la veda para que las regiones sometidas al yugo, despertasen y se autoproclamasen independientes, pidiendo su legitimación como naciones. En la mayoría de casos provocaron y provocan conflictos bélicos de difícil desenlace. Zaza Urushadze (Tbilisi, 1965) en su quinto título como director de su carrera, se enfrenta y explora uno de estas contiendas armadas. Nos encontramos a principios de los 90 en Georgia, las regiones secesionistas Osetia del Sur y Abjasia reclaman su soberanía, la cual Rusia apoya, aunque Georgia reclama esos territorios como suyos y ahí estalla la guerra. El realizador georgiano nos sitúa en un pueblo desierto, apenas viven dos individuos, Ivo y su amigo Argus, que pertenecen a la minoría estonia. Ellos, a pesar de la guerra, siguen a lo suyo, intentan recolectar, por todos los medios posibles, la cosecha de mandarinas, Ivo fabricando cajas de madera, y Margus recolectándolas. Una tarea nada fácil, si esto fuera poco, una mañana, se produce una refriega en frente de casa de Ivo, y resultan heridos dos soldados de bandos opuestos, un georgiano y un mercenario checheno. Ivo decide acogerlos en su hogar y cuidarlos.

Urushadze construye una fábula antibelicista, un drama íntimo y sencillo, parece que estemos delante de un western crepuscular e Ivo actúa como un trasunto de William Holden en Grupo Salvaje o Gregory Peck en Yo vigilo el camino, aquellos viejos pistoleros desplazados y solitarios que no encuentran su lugar y se ven inmersos en conflictos de los que intentan huir. Un relato pequeño de enorme grandeza humana, donde la fraternidad entre las gentes, a pesar de sus diferencias etnias, religiosas e ideológicas, se convierte en la razón de ser, donde hay un hombre, de oscuro pasado familiar, que rema a contracorriente para que a pesar de la guerra y el entorno tan hostil, en su casa se respire una armonía de paz y tranquilidad, de entendimiento y diálogo. Un cuento moral, una agradable y sentida historia donde no hay buenos ni malos, sino hombres azotados por el sinsentido de la guerra y de unos políticos suicidas que con sus decisiones y órdenes provocan infinidad de cadáveres anónimos y olvidados en las cunetas. Una cinta que estuvo nominada entre las cinco candidatas al Oscar de mejor película extranjera, primera vez en la historia del cine georgiano, que finalmente se llevó Ida. Una muestra de un cine sincero, sin alardes técnicos, de estructura clásica y enormes dosis de contención y sobriedad, una fábula que nos habla, casi susurrándonos, que a pesar de que algunos agoreros piensen que este mundo está abocado a la autodestrucción y el materialismo, todavía quedan personas como Ivo, que demuestran que están equivocados.