Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan

MEMORIA Y SUEÑO.

“Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad.”

Andrei Tarkovski

Hace cuatro años cuando apareció Kaili Blues, de Bi Gan (Kaili, provincia de Guizhou, China, 1989) nos quedamos atónitos con una película de narrativa absorbente, ambientes oníricos que emanaban una verdad naturalista y una realidad espectral, con ese aroma de road movie que seguíamos inquietos a alguien volviendo a sus orígenes en busca de su identidad y de todo aquello que un día dejó. Tanto el paisaje físico como mental del protagonista se convertían en un solo espacio, un lugar abierto a un no tiempo imposible de predecir y ubicar, más cercano al mundo de los sueños y la fantasía que de la realidad, pero con imágenes cotidianas y muy cercanas. Bi Gan entró con fuerza al cine convertido en un autor con su primera película, un autor muy personal y profundo, que seguía una tradición muy arraigada en la cinematografía china evocando a nombres tan ilustres como Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Wong Kar-Wai o Tsai Ming-Liang, entre otros, cineastas que construyen una atmósfera viva y libre en que el espacio y tiempo reconocibles aparentemente, se convierten en premisas próximas a un mundo onírico profundamente imaginativo.

En su segundo trabajo, Largo viaje hacia la noche, Bi Gan vuelve, o podríamos decir, continúa explorando los paisajes de su pueblo natal, un lugar subtropical anclado y perdido de todo, una arcadia perdida en el limbo del subconsciente,  quizás también en el tiempo y el espacio, en que veremos a un hombre, en este caso a Luo Hongwu que llegará con el propósito de encontrar a una mujer, Wan Qiwen, de la que sigue enamorado. Otra vez, como sucedía en su opera prima, alguien busca a alguien y partiendo de los mismos paisajes naturales, que no reales. Si bien el cineasta chino estructura su narración en dos partes. En la primera que llama Memoria, nos sumergimos en un no tiempo, en una crónica de los hechos sucedidos, en que a través de la memoria de Luo Hongwu recuerda el amor que tuvo con Wan Qiwen, en un relato desestructurado, filmado en continuos planos secuencia, uno tras otro, con continuos saltos en el tiempo y en formato 2D, donde seremos testigos de la historia de amor desde el punto de vista del protagonista, real o no, así será como la recuerda, y Bi Gan la filma, en que ya se introduce el concepto de irrealidad de la historia, con esos no lugares, anclados en la inmensidad del tiempo, en espacios donde todo se ha detenido, donde todo parece real, pero no lo es, porque constantemente nos preguntamos si lo que recuerda y cómo lo recuerda el protagonista es lo que realmente sucedió o no, misterio que nos acompañará y que en ningún momento no será revelado.

Gan nos propone confiar en nuestras emociones, en aquello que las imágenes ocultan, en aquello intangible que sucede tanto en el interior de los personajes como en nuestro interior, en ese viaje espiritual que propone la película, en un viaje más allá de las imágenes, un viaje que provocan las imágenes huyendo de su materia física, más cercana al mundo de los sueños, de las evocaciones o del recuerdo. En la segunda mitad, que se desarrolla en unos 55 minutos, titulada Poppy, extraído de una poema de de Paul Celan. Bi Gan nos traslada a Kaili, como en su primera película, a su tierra natal, en una especie de sueño nocturno, donde todo parece real o no, en que la película se sumergirá en un viaje onírico, a través de un majestuoso plano secuencia filmado en 3D, donde el cine se convierte en un estado hipnótico, fascinante y abrumador, como le ocurrirá al personaje, cuando al final de la primera parte entra en un cine, se coloca las gafas 3D y ahí, justo en ese momento, arranca la segunda mitad de la película, en un nuevo estado, filmado de otra manera, creando esa ilusión, entre real y falsa, en donde el tiempo del protagonista se torna diferente, recorrido por una extrañeza singular, como una pieza musical que evoca el mundo de los sueños, el universo oscuro de la noche, donde las almas vagan a la deriva, sin tiempo, ni sobre todo, espacio, porque será cuando Gan convertirá el espacio en su elemento más preciado, con continuas idas y venidas por los mismos paisajes pero cambiando los diferentes puntos de vista entre el protagonista masculino que busca y la protagonista femenina que es encontrada.

Gan construye la película y su narración, como comentábamos al inicio, a través de la mirada, la memoria y los recuerdos de Luo Hongwu, y todo aquello que veremos y sintamos será lo que él vea y sienta, así que tendremos que confiar o no en todo aquello que ve y experimente. El espacio adquiere la dimensión de una ciudad que recibe el nombre de “Dangmai”, como ocurría en Kaili Blues, una especie de Macondo, una ciudad imaginada, una arcadia perdida, no real, de ensueño, imposible de ubicar en un mapa, en el que todo evoca a la ruina y al abandono, perdida en la inmensidad del tiempo y el espacio, un lugar físico en el que vemos pocos habitantes, donde la realidad adquiere dimensiones extrañas y profundas, donde todo es posible y nada es excluyente, en un no lugar donde el paisaje nocturno de calles, canciones de karaoke, habitantes quietos que apenas hablan o se mueven, parecen piezas en un laberinto sin entrada ni salida.

La película mezcla géneros como el realismo mágico con alusiones al universo del escritor Gabriel García Márquez, el fantástico o el noir, en esta fábula de la búsqueda interior y física muy del imaginario de las novelas negras, en que la idea de la búsqueda se torna una búsqueda inabarcable, infinita, emocional y física muy del universo de Antonioni o Tarkovski, donde espacio y tiempo se pierden en el sueño, en la imaginación, donde todo es posible, donde atravesamos un mundo imperceptible para nuestros sentidos, más propio del mundo no tangible, el imaginado o recordado, una especie de poema lírico, donde nos dejamos llevar por lo que soñamos en un espacio físico que evoca constantemente a nuestra memoria, nuestra infancia, y todo aquello que recordamos, sea real o no, sea vivido o no, como le ocurría al joven que buscaba a un antiguo amor en una ciudad cálida y extraña en En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, o los no amantes frustrados en sus vidas de In the mood for love, de Wong Kar-Wai, un cine que estaría muy emparentado a las propuestas formales y conceptuales de Bi Gan (ya que comparten el mismo jefe de iluminación Wong Chi Ming, entre otros elementos) o los universos oníricos y reales de Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang o Tsai Ming-Liang, cineastas donde el espacio y el tiempo se convierten en los centros de sus discursos, llevando a los espectadores a universos físicos reconocibles, donde el abandono y la ruina se convertirían en los elementos primordiales, pero también, espacios alejados de la realidad, no lugares donde la memoria se mezcla, se funde, y se convierte en un no tiempo no cronológico y completamente anacrónico y desestructurado, en un viaje muy profundo donde los sueños adoptan la materia física que estamos viendo o siendo testigos.

Bi Gan con sólo dos películas se ha convertido en un cineasta magnífico y muy sensorial, como el inmenso trabajo con el sonido, con esa música que va y viene, que escuchamos acercarse y alejarse, conduciéndonos en todo momento por ese universo real, soñado, vivo, muerto, fantástico, memorístico, recordado o simplemente, inexistente, nunca lo sabremos, porque la intención de Bi Gan es que nos dejemos llevar, sin más, por esos espacios opresivos y envueltos en la bruma, llenos de colores vistosos y neones fluorescentes, donde las texturas físicas y emocionales nos envuelven, remitiéndonos a un tiempo pasado, o a un tiempo que creemos que vivimos, espacios de estaciones por donde no pasan trenes, subterráneos ocultos de todos y todo, salas de billar vacías donde las paredes son de plásticos transparentes, envueltos en ese viento, en esa lluvia fina que nos acompaña como una sombra maldiciente del pasado o nuestro presente, no lo sabremos, pero ahí está. El cineasta chino ha creado un universo propio y extremadamente personal, construyendo relatos llenos de ironía y extraños, donde nos invita a viajar por no lugares desconocidos y perdidos en el tiempo y en el espacio, no desde los sentidos físicos y reconocibles, sino desde algo más alejado a nosotros, en un estado diferente, más espiritual, onírico, donde ya no somos nosotros, ya no nos reconocemos, en el que nos convertimos en otros, en todo aquello que sigue latiendo en lo más profundo del alma, como aquel amor que jamás hemos podido olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los hermanos Sisters, de Jacques Audiard

EN EL LEJANO OESTE.

Muchos han sido y serán los que vaticinen erróneamente el “The End” del western, quizás, el género por excelencia del cine, ese género que en los cincuenta y sesenta no hubiera otro que le tosiera, un género que tuvo que reinventarse a menudo para continuar cabalgando, y nunca mejor dicho, un género muy personal, íntimo y profundo, una especie de modus vivendi para muchos autores que se acercaron a su naturaleza con resultados en mayor o menor media satisfactorios, una forma de ver el mundo, de enfrentarse a él, de acariciar eso que algunos han llamado libertad o al menos alguna sensación parecida, una idea de ser uno mismo, de sentirse libre cabalgando a lomos de un caballo, sin ataduras de ningún tipo, libre como el viento, sintiendo toda la naturaleza en estado primitivo y salvaje, expuesto a todo tipo de circunstancias adversas, pero, sobre todo, vivo. Quizás muchos serán los sorprendidos cuando vean al mando de Los hermanos Sisters, un director como Jacques Audiard (París, 1952) aunque esa sorpresa inicial quedará disipada cuando penetren en las costuras de la película y se detengan con tiempo.

Lo primero que hay que mencionar es que el relato está basado en la segunda novela homónima de Patrick DeWitt, un escritor canadiense que ha vivido en Oregón y California, lugares donde sucede la narración. Segundo, el guión lo firman el propio Audiard con uno de sus colabores más estrechos, Thomas Bidegain, que curiosamente debutó como director en el 2015 con Mi hermana, mi pequeña, un relato con múltiples resonancias del western. Y tercero, no estamos ante una película más, ni un western más, ni mucho menos, sino en una película de Audiard que alimenta lo noir y carcelario de su cine, un cine de tipos a la deriva, unos fueras de la ley en toda regla, imbuidos por su forma arriesgada y violenta de vida, sino recuerden al delincuente de Lee mis labios, al tipo que se negaba a seguir los pasos paternos en el negocio sucio de la inmobiliaria en De latir, mi corazón se ha parado, el preso convertido en magnate en  Un profeta, el tipo de peleas clandestinas de De óxido a hueso, o el trabajo siniestro en el barrio durísimo de Deephan. Queda claro que Audiard conoce al dedillo esos ambientes hostiles y despiadados que podemos encontrar en su western, el primero de su intensa carrera.

Si bien, Audiard huye de la épica y la aventura, para centrarse en un relato muy reflexivo y muy profundo, más cercano al oeste de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, cuando el género se reinventó por enésima vez para seguir insuflando a la gran pantalla de historias de vaqueros. Esta vez, acercándose a la filosofía, con tipos de vueltas de todo, viejos y cansados, que andaban a paso lento pegando sus últimos disparos, rememorando sus años de gloria o simplemente cuando eran más jóvenes y más fuertes, y sobre todo, yendo a la búsqueda de un lugar para bajarse del caballo y reposar finalmente, una especie de viaje de vuelta a lo Ulises, donde la película da buena cuenta de esa vuelta a casa, a los orígenes después de una y mil batallas, propio de la tragedia griega y de cómo no, de El Quijote. El cineasta francés nos sitúa a mediados del siglo XIX en plena fiebre del oro, y nos llevara viajando por el noroeste americano desde Oregón a las tierras californianas, en compañía de dos hermanos, Charlie, el pequeño y líder de los dos, un tipo violento, malcarado y visceral. A su lado, Eli, el mayor, todo lo contrario, una especie de guardián de su hermano pequeño, más reposado, juicioso y más cometido. Eso sí, los dos asesinos a sueldo de un tal Comodoro, el cacique de la zona, protagonizado por Rutger Hauer.

El nuevo trabajito de  los hermanos consiste en arrebatar a un genio de la química, un tal Hermann Kermit, una fórmula mágica que se vierte en el agua y consigue dejar a la vista las pepitas de oro. Por otro camino, John Morris, detective también pagado por Comodoro, anda en la misma tarea, aunque, como suele ocurrir a veces, las cosas no salen como se esperan y todo se acaba liando de mala manera. El cinematógrafo Benoît Debie, colaborador de Harmony Korine y Gaspar Noé, entre otros, impreime esa luz crepuscular y mortecina que tiene la película, no obstante, el arranque y el cierre llenan de negro toda la pantalla, también, contribuye la película en 35 mm, para dotar al relato como un cuerpo orgánico que vive, se agita y se torna tangible, sudoroso, íntimo y muy profundo, como esa música de Alexandre Desplat, en todas las películas de Audiard, menos en Deephan, que insufla a las imágenes de esa cadencia propia del cine del oeste, donde se mezclan largas cabalgatas por mitad de caminos rocosos y desérticos, con apacibles noches junto al fuego, o enfrentamientos crueles y muy violentos donde los disparos suenan secos, vacíos y nos explotan en el alma.

La octava película de Audiard nos devuelve a nuestra infancia postrados en la tele a media tarde viendo una de vaqueros y de indios (como el magnífico texto que lanza desde lo más profundo del alma el personaje de Phoenix hablando de todo aquello que significa el “far west” para él) devolviéndonos a la memoria el western metafísico, el western clásico pero con armadura contemporánea como los de Ford en Dos cabalgan juntos o Centauros del desierto o Los profesionales, de Brooks, por citar algunos, tipos duros, de infancias más duras, con sus revólveres como único sustento, que andan en busca de otros, pagados por gentuza de la peor calaña, y así van, aniquilando a todo aquel aventurero que quiera liquidarlos, no por su dinero, que lo hay, sino por la fama que le reportaría asesinar a tipos tan famosos, como ocurría en El pistolero, de King. También, hay mucho de El tesoro de Sierra Madre, de Huston, o la incesante codicia del ser humano de conseguir aquello que no tiene, cueste lo que cueste, convertido en un demente peligroso que no tiene fin, ni ningún escrúpulo que lo detenga.

El relato de fraternidad, de largas conversaciones profundas y diferentes que les hablan de ellos mismos o aquello que fueron y nunca serán como en Duelo en la alta sierra, de Peckinpah, o esos títulos aún más reflexivos y desnudos emocionalmente hablando de Monte Hellman, donde el hombre y sus circunstancias, está por encima del pistolero y su leyenda. Un reparto de altura como no podía ser menos con un Joaquin Phoenix convertido en un actor que deslumbra con cada rol que interpreta, dotando de dureza, de caballo salvaje imposible de domar, y encarnando a esos tipos a punto de derrumbarse pero que, sin que nadie lo sepa, continúan resistiendo a pesar de los duros embates de la vida. A su lado, John C. Reilly, originador del proyecto, un actor que sabe interpretar con sencillez y astucia a esos tipos a la vera, como un Sancho Panza bondadoso, inteligente y sagaz a la sombra del jefe, pero con más humanidad que todos los que le rodean. Jake Gyllehaal es el detective Morris, alguien capaz de enfrentarse a quién sea, alguien empático en ese universo híper-violento y muy hostil, y finalmente, Riz Ahmed, el intelectual del circunstancial grupo, alguien diferente, un tipo de otro tiempo y otra realidad, alguien que siente que ha conseguido la gallina de los huevos de oro, y nunca mejor dicho.

Los hermanos Sisters engrosa ipso facto desde su estreno en los westerns míticos, no solo de la historia, sino del nuevo siglo cabalgando a la vera con El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Dominik, Valor de ley, de los Coen, Los odiosos ocho, de Tarantino o Sweet Country, de Thornton, títulos que vienen a regenerar un género en constante ebullición, aunque algunos piensen lo contrario, porque mientras allá alguien capaz de empuñar un revólver y disparar a aquellos que huyen, el género seguirá vivo y latiendo con fuerza. Audiard ha logrado sumergirnos en su relato, en su interior, en todo aquello que no vemos pero está ahí, hablándonos de hermanos, de amistad, de tiempo finito, de tiempo en pausa, de cambiar de vida, de ser más que tener, de olvidarse de quién fuimos para ser quién verdaderamente hemos querido ser, de estar más que ir, de sentir más que guardar, y sobre todo, de devolvernos a lo que éramos y alejarnos de lo que somos, porque lo odiamos, porque nos hemos cansado y porque ya no tiene sentido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Louis Garrel

Entrevista a Louis Garrel, director de la película “Un hombre fiel”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el jueves 25 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Louis Garrel, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Philipp Engel, por su gran labor como intérprete,  y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Un hombre fiel, de Louis Garrel

LAS CUESTIONES DEL AMOR.

“El amor es la más fuerte de las pasiones, porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al cuerpo y al corazón.”

Voltaire.

La película se abre de manera trágica y horrible para el personaje de Abel, porque Marianne, la mujer con la que convive, le confiesa que se ha enamorado de Paul, su mejor amigo y además, está embarazada de él. Aunque, el relato no continúa con la vida a partir de ahí de Abel o Marianne, sino que se traslada a ocho años después, donde, después de la muerte de Paul, Marianne y Abel se vuelven a encontrar y sienten que todavía se aman y vuelven a vivir juntos, junto a Joseph, el hijo de Marianne y Paul. Aunque hay, no acaba la cosa, Eva, la hermana pequeña de Paul, secretamente enamorada de Abel desde que tiene uso de razón, entra en escena con la firme intención de enamorar a Abel. En el debut como director de largometrajes del afamado actor Louis Garrel (París, 1983)  Les deus amis  (2015) se centraba en la tesitura de un joven actor, el propio Garrel, enamoradísimo de una joven atractiva (Golshiften Farahani) que algo oculto le obligaba a rechazar la propuesta, y era entonces, cuando Garrel le pedía ayuda a su mejor amigo (Vincent Macaigne). Unos personajes que expresan sus sentimientos a flor de piel, lanzados a la aventura de amar y ser amados, de una manera febril, alocada y sin pensar en las consecuencias.

Ahora, Garrel con la ayuda en el guión del gran Jean-Claude Carrière (Colombières-sur-orb, Francia, 1931) cambia de tercio y se sumerge en una historia completamente diferente, si bien vuelve a hablarnos de amor, ahora, lo hace desde una perspectiva diferente, podríamos decir más madura y más próxima a la realidad cotidiana, porque ahora sus personajes no expresan sus sentimientos, se los guardan a sí mismos, y sobre todo, a los demás, y encima, son individuos inseguros en el amor, porque dudan y dudan sobre lo que sienten, llevándoles a situaciones complejas, extrañas, cómicas y en ocasiones, ridículas. Garrel ahonda más en este misterio de idas y venidas en el amor, añadiendo una intriga propia del cine negro, ya que las fantasías o no de Joseph, el hijo de Marianne, un pequeño tirano, que en algunos instantes recuerda a Damien, el niño de La profecía,  que juega al engaño o no con Abel, haciéndole creer situaciones malvadas, con la firme intención de echarle de la vida de su madre.

El cineasta francés acorta su película, ya en sus 75 minutos escasos de metraje, como con su trío protagonista, en el que sentiremos que las dos mujeres juegan y manipulan al personaje de Abel, o quizás es al revés, que él las hace creer que se está dejando manipular, Garrel juega a estos equívocos, a estos laberintos sentimentales de ahora sí, y ahora no, en un retrato contemporáneo, reflexivo y muy lúcido sobre la naturaleza de nuestros sentimientos, tan frágiles, vulnerables y efímeros, en un mundo demasiado rápido, donde hay infinidad de cosas por hacer, y quizás, lo más importante, aquello que nos hace latir más fuerte y veloz el corazón, es lo que menos importante le damos, pensando que ya lo arreglaremos o saldremos del entuerto mucho mejor de lo que imaginamos, creyéndonos y haciendo creer a los demás que todo va bien, que sabemos lo que queremos, yendo por el camino correcto, aunque, en el fondo sabemos que estamos muy perdidos y volvemos constantemente a empezar un nuevo camino porque nos asaltan las dudas, las contradicciones y aquellos sentimientos que creíamos tan fuertes, acaban desvaneciéndose como un pluma ligera.

Un trío de intérpretes seguros y firmes en sus composiciones empezando por el aplomo y la seriedad de Laetitia Casta, mujer moderna, gran profesional, y madre enérgica, con la compañía de ese amor del pasado encarnado por Louis Garrel, quizás el personaje más inmaduro en esto del amor, con esa melancolía propia de los que nunca dejan de amar, como le ocurrirá en su reencuentro con Marianne, donde no hay reproches ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, amor sincero, amor de verdad, y finalmente, Lily-Rose Depp, la veinteañera que ama con valentía, como una exhalación, como un torrente sin control, como un viento fuerte que arrasa con todo, quizás demasiado, sin mesura, como esos amores de novela decimonónica, de aquellas heroínas rotas de dolor, del amor romántico que daña y sobre todo, un amor también demasiado voluble, con demasiada prisa, aunque eso sí, los tres aman, eso lo tienen claro, pero con muchísimas dudas, con demasiados impedimentos emocionales, envueltos en un laberinto de idas y venidas, de sentirse perdidos, a la deriva, agobiados y sobre todo, atados a sentimientos que en ocasiones les abruman, les hacen sentir mal y dados a las estupideces, a las inseguridades que atormentan y tantos besos que se dan arrepentidos o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, director y actor de la película “Vitoria 3 de marzo”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el martes 23 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marina Cisa y Sílvia Pujol de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

An Elephant Sitting Still, de Hu Bo

UN VACÍO, UN PAÍS.

“El secreto de la existencia humana no sólo está en vivir, sino también en saber para qué se vive”

Fiódor Dostoievski (1821-1881)

En una de las primeras imágenes de la película, vemos a un tipo que ha olvidado algo en su apartamento y vuelve a buscarlo, y para sorpresa de él, se descubre que su mujer está con otro hombre, sin más dilación, se lanza al vacío desde una altura considerable. La secuencia se queda paralizada, los dos amantes se miran, atónitos, perplejos, sin saber qué decir y hacer. Un personaje, del que desconocíamos por completo su existencia, se acaba de quitar la vida, ese fatalismo que recorrerá el destino de los personajes será el elemento imprescindible del relato que veremos a continuación. Un fatalismo que impregnó la vida de Hu Bo, el director de la película, que se suicidó después de terminar la película por desavenencias con los productores relativas a la duración de la película, los productores querían un metraje de un par de horas y el director los 234 minutos con los que finalmente veremos la película. La opera prima y testamento fílmico de Hu Bo, un creador que hasta la fecha había dirigido un cortometraje, Distant Father (2014) de éxito internacional y publicado un par de novelas en el 2017.

En uno de sus relatos cortos encontró la semilla que después ha dado origen a An Elephant Sitting Still, un título que nos remite a un famoso elefante del circo de la ciudad de Manzholui, el cual para sorpresa de propios y extraños, permanece sentado siempre, impasible y ajeno a todo aquello que le rodea, quizás un enigma del misterio de la vida, ese que anhelan los personajes de la película. Hu Bo plantea una película anclada en el norte de China, una zona posindustrial, quizás perdida en el tiempo y en la historia, con ese cielo nublado, gris y plomo que oscurece y aprisiona a todos sus habitantes, que viven o simplemente, existen, en uno de esos altísimos edificios con minúsculos apartamentos, uniforme y feo, sin nada que llame lo más mínimo su estructura vasta y cotidiana. La película en sus larguísimos e inmensos 234 minutos, se centra en un día, las 24 horas de cuatro personajes: un anciano al que su hijo y su nuera quieren quitárselo de encima llevándolo a una residencia para quedarse con su vivienda, una adolescente con difíciles relaciones con una madre amargada, un adolescente, amigo de la anterior, que se siente un extraño en su casa con sus padres y finalmente, un joven, de negocios ilícitos, que tiene una amante y presencia el suicidio del marido de ella, y a su vez, es rechazado por la mujer que ama.

Un incidente entre adolescentes en el colegio los llevará a buscarse, a encontrarse, a perderse y a sentirse en medio del caos vital y emocional que recorre las calles de esa ciudad. Cuatro vidas o no, cuatro existencias, cuatro formas de no vida, cuatro almas a la deriva, cuatro miradas vacías y melancólicas que andan como no muertos sin saber qué rumbo tomar o cómo sentir unas vidas que parecen alejadas de ellos mismos. Una ciudad asfixiante y opresiva los tiene ahogados, incapaces de sentir algo bello, envolviéndolos en una tristeza profunda que les ha dejado vacíos, inútiles de emociones, carentes de sensibilidad, atónitos a esa existencia que ahoga y mata cada día un poco más, rodeados de esa violencia física y moral que impregna cada lugar de esa urbanidad seca y abrupta en la que viven. Hu Bo nos cuenta su película a partir de una forma estricta, empleando pequeñas secuencias filmadas en planos secuencia uno tras otro, y un encuadre cercano, muy próximo a sus personajes, capturando el más mínimo detalle de sus rostros, sus cuerpos, sus miradas, y sus gestos, envueltos en esa pérdida emocional, en ese ser no ser, en ese deambular como viviendo una vida que no les pertenece, que no les llena, exhaustos de tanta fealdad y podredumbre a nivel físico y emocional. Calles sin alma, sin salida, con la única esperanza en creer en algo asombroso como ese elefante sentado que les ayude a salir cuanto antes de tanta miseria y desánimo.

El cineasta chino evoca a la inmensidad de su país, sus rígidas normas sociales, económicas, culturales y vitales, como metáfora de ese vacío emocional que afecta a los individuos, y lo hace a través de lo mínimo, deteniéndose y mirando a los grandes problemas que asolan su país, a través de la intimidad y la cotidianidad de estos cuatro personajes, de sus vidas vacías, de sus nulos intentos de sentir alguna cosa que no sea tan fea, como ese anciano que tiene a su perro como único amigo, que nos remite al Umberto D, de Vittorio de Sica, con esa idea de que el tiempo cambia pero los conflictos parecen enquistados, sin solución o esa chica, agobiada con su madre, que encuentra en un profesor ese cariño y esa paz que no tiene en casa, aunque su mejor amigo lo vea con tan malos ojos, o ese chaval que no entiende la desidia de sus padres y se siente sólo, sin nadie, y hace frente al matón del instituto con tan mala fortuna que lo lanza escaleras abajo, y por último, el joven gánster con una amante quizás para pasar el rato y llenar ese vacío de manera frugal, y es hermano del matón del colegio y emprenderá la búsqueda del chaval para rendirle cuentas o simplemente para percatarse que todo está muerto y nada ni nadie tiene salvación.

Hu bo y su película recorren lugares propuestas formales y narrativas del cine de Bi Gan y su película Largo viaje hacia la noche, donde manifiesta la buenísima salud de la cinematografía china, la que mira a su país de forma demoledora y con contundencia, describiendo en profundidad ese vacío emocional que duele en el alma. La película de Hu Bo evoca a su mentor Béla Tarr y a sus Armonías de Werckmeister, aquí la ballena se ha convertido en elefante, pero los personajes siguen siendo fantasmas que vagan sin remedio en la inmensidad del tiempo y el espacio, sin más destino que sus desdichas y conflictos emocionales, aunque eso sí, Hu Bo imprime un hálito de esperanza a su película, mínimo, pero quizás un leve aliento de ilusión o quizás podríamos decir, un destino más o menos esperanzador aunque sólo sea ver a una ballena varada dentro de un camión o un elefante que permanece sentado, puede ser que en esas bestias de feria, inmensas y extrañas, encontremos algo a que agarrarnos, quizás un misterio por revelar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vitoria 3 de Marzo, de Víctor Cabaco

EL PUEBLO EN LUCHA.

“A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar! ”

(Fragmento de “Galope”, de Rafael Alberti)

Fue a las cinco y diez de la tarde, de un miércoles 3 de marzo de 1976, en la ciudad de Vitoria, cuando unos botes de humos sacaron a los miles de trabajadores que se habían alojado en asamblea en la Iglesia de San Francisco, en el barrio obrero de Zaramaga. En la calle, les recibieron a tiros agentes de la policía armada, utilizando pelotas de goma y fuego real. El saldo fue demoledor, cinco trabajadores asesinados y cientos de heridos. Los hechos nunca se investigaron y nadie fue enjuiciado. Hacía tres meses y medio que el dictador había muerto y el país todavía arrastraba las barbaridades de la dictadura franquista, con sus líderes todavía en el poder como Fraga como Ministro de gobernación o Martín Villa, Ministro de asuntos sindicales. Vitoria 3 de marzo hace un recorrido histórico y humano de aquellos hechos, aquellas personas que se levantaron contra la tiranía de la patronal que los ahogaba con salarios y condiciones laborales precarias.

Una película que arranca un 25 de febrero, cuando los huelguistas ya llevan casi dos meses de protestas y reivindicaciones. La puesta de largo de Víctor Cabaco (Santander, 1967) con experiencia como ayudante de gente como Kepa Sojo o Koldo Serra, y batallado en las series de televisión, es una crónica de aquellos trágicos sucesos de Vitoria del 3 de marzo, pero desde el lado humano de algunas de aquellas personas, ficcionadas para la ocasión, donde conoceremos a Mikel, un joven líder de la huelga y alma mater de los trabajadores rebelados, que conocerá a Begoña, una estudiante que verá en Mikel la voz de la conciencia, tan alejada a su realidad cotidiana, aquella fuerza soñadora y luchadora para hacer un mundo mejor. El padre de Begoña, José Luis, un periodista de una radio local, sigue el transcurso de la huelga e intenta darles la voz que otros medios generalistas y afines al régimen no les proporcionan, su mujer, Ana, hará lo impensable, como sonreír y algo más a Eduardo, un viejo amigo de la familia, que tiene un puesto de responsabilidad en la gobernación.

Cabaco echa mano a la canción “A galopar”, de Paco Ibáñez, que pone música y cante al poema de Alberti, y a un tema de Georges Moustaki, el de “17 ans”, que aparte de reivindicar un tiempo de lucha y arrastrado del mayo del 68, explica aquellos primeros sentimientos de ese amor adolescente puro y romántico, cuando todo está por hacer y todo es posible. El director santanderino aúna con brillantez y naturalidad los hechos ficticios y la intimidad de los trabajadores, con las relaciones que se van construyendo entre unos y otros, explorando sin manierismo los conflictos internos entre ellos y los conflictos entre las altas esferas, esos empresarios cansados de tanta huelga y las presiones de Madrid para que el gobernador ataje con contundencia tanta algarabía obrera. Además, la película se cuenta a través de una familia, la familia de Begoña, con sus formas de ver su adolescencia, su primer amor, su recién nacida conciencia de clase, y las relaciones difíciles de sus padres que luchan entre el compromiso obrero y el miedo por el trabajo y por su hija. La película arranca esos días antes, con esos colores apagados que irán haciéndose más sombríos a medida que van avanzando los hechos y la explosión final.

A pesar de que conocemos los hechos, la película logra sumergirnos en los hechos y las circunstancias que plantea, construyendo con acierto y brillantez todos los pormenores que llevaron a ese día, cociendo a fuego lento todo lo que estallará esa fatídica tarde del 3 de marzo. Un momento cumbre de la película, astutamente bien filmado, en la que echan mano de las imágenes reales que se conservan de los hechos, las imágenes ficticias construidas de la película, y finalmente, las grabaciones reales de la policía armada, los temidos “grises”, todo ello dentro del caos bélico y humano que se desarrolló aquella tarde, con carreras, gritos, tiros, sangre y muerte. Un reparto alejado de las caras conocidas que transmiten humanidad y complejidad a una serie de personajes que se mueven en la lucha por mejorar unas vidas difíciles y perseguidas, bien encabezado por Mikel Iglesias como Mikel, uno de los líderes obreros, a su lado, Amaia Aberasturi como Begoña, y los adultos como Ruth Díaz y Alberto Berzal como los padres de Begoña, y el malcarado José Manuel Seda como Eduardo, el esbirro del estado, y un buen puñado de intérpretes que saben transmitir esa humanidad y conciencia que requiere la película.

Relato tristemente emparentado con los terribles sucesos de 1972 en Derry, Irlanda del Norte, cuando el ejército británico asesinó a 14 personas que protestaban a favor por los derechos civiles, que el grupo irlandés “U2” reivindicó en la canción “Bloody Sunday”, llevados al cine en la película homónima de 2002, dirigida por Paul Greengrass. Cabaco y su equipo han construido una película humanista, política y honesta, que reivindica la memoria de todos aquellos trabajadores y en especial, a los fallecidos, como da buena cuenta los espectaculares títulos de créditos acompañados por las imágenes reales de los entierros mientras suena el “Campanades a morts”, de Lluís Llach. Un tiempo y una memoria que el cine mira con sinceridad y alma, un tiempo y una memoria que necesita recordase para que no vuelva a ocurrir, para acordarse de todos aquellos que lucharon por un mundo mejor, más justo y más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA