Entrevista a Celia Freijeiro y Aixa Villagrán

Entrevista a Celia Freijeiro y Aixa Villagrán, actrices de la serie “Vida perfecta”, de Leticia Dolera. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Celia Freijeiro y Aixa Villagrán, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Lo que arde, de Oliver Laxe

CAMINANDO CON EL FUEGO.

“Si hacen sufrir es porque sufren”

Cuanta razón tenía mi querido Ángel Fernández-Santos cuando mencionaba que en las primeras imágenes se condensaban el espíritu y las raíces de la esencia del relato que a continuación nos contarían. Lo que arde sigue ese impulso que sostenía el recordado crítico con su arranque poético y cruel con esas imágenes que abren el tercer trabajo de Oliver Laxe (París, 1982) sobrecogidos por su belleza y dureza, cuando observamos como una máquina va cortando sin ninguna piedad un grupo de árboles eucaliptos, arrasándolos literalmente, en que el mal llamado progreso devasta la naturaleza y por consiguiente, su patrimonio. De repente, esa destrucción se detiene en seco, la máquina queda paralizada frente a un imponente y centenario eucalipto, como si la naturaleza, en su último aliento, todavía tuviese fuerzas para doblegar la codicia humana. La primera película que rueda Laxe en Galicia, después de sus dos aventuras con Todos vós sodes capitáns (2010) y Mimosas (2016) ambas filmadas en Marruecos, donde el director residía, el cineasta galego mira hacia su interior, hacia sus orígenes, cuando viajaba los veranos para visitar a sus abuelos en los montes de Os Ancares, provincia de Lugo. Aquella tierra de la infancia se convierte ahora en el paisaje áspero y bello, difícil y dulce, duro y sensible, en el que se desarrolla el relato.

Una historia que arranca con la vuelta de Amador, después de cumplir condena por incendiario, a la aldea junto a su madre Benedicta y sus animales, con el aroma de western, cuando aquellos hijos prodigo volvían a casa, después de conocer la civilización y salir trasquilados, en la piel del Mitchum de Hombres errantes o el McQueen de Junior Bonner. Laxe, a medio camino entre el documento y la ficción, filma con detalle y precisión la cotidianidad del hijo y su madre, cuidando de sus vacas, caminando entre los árboles y los senderos escarpados y agrestes del bosque, subiendo colinas y montes y observando un territorio en continua contradicción, como la relación entre ser humano y naturaleza, un dificultoso enlace entre las necesidades y los intereses de unos contra los elementos naturales que siguen un curso invariable, ancestral y caprichoso. Pero también tenemos el lado humano, ese pueblo que estigmatiza y desplaza a Amador por su condición de incendiario, llevando esa cruz pesada que le ha asignado la sociedad del lugar, como le ocurría a Eddie Taylor en Sólo se vive una vez, de Lang, cuando al salir de la cárcel, intenta sin salida huir de su condición de proscrito.

Laxe arranca en invierno, siguiendo el estado de ánimo que atraviesa Amador, adaptándose lentamente a las condiciones adversas de la estación, con la llegada de la primavera, las lluvias y el frío dejan paso a la luminosidad y el esplendor de un bosque que despierta del letargo hibernal, para cerrar su película con el verano y el fuego como visitante perenne de cada estío, devastando, como la máquina del inicio, todo a su paso, con unos vecinos desesperados intentando salvar sus casas, cuando piensan en ellas como reclamo turístico. El cineasta gallego-parisino se mueve constantemente entre los extremos humanos y naturales, entre aquello que nos atrapa y también, aquello que nos somete, entre lo justo y lo injusto, entre la belleza de la naturaleza y los animales, ante los intereses económicos y el cambio climático que están acabando con el rural, con los paisajes naturales y sobre todo, con la subsistencia de tantas gentes del campo. Laxe lanza una oda hacia estos lugares naturales en vías de extinción, espacios donde la vida se trasluce entre gentes que abren senderos con su caminar diario, que cuidan de los animales y los rescatan de su terquedad o miedo, donde se habla poco y se observa más, donde estos paisajes se ven contaminados con la mano del humano, que encuentra intereses mercantiles en casi todo, como en ese momento doloroso en que Amador y sus vacas se tropiezan con máquinas devastando árboles y recomponiendo la naturaleza.

Laxe nos sumerge en un relato sencillo e intimista, lleno de luz brillante y sombría, en el que indaga sobre la condición humana, sobre el olvido, el perdón, el amor y el estigma, donde la tierra se vuelve tensa e incendiaria, donde todo pende de un hilo muy fino, donde todo puede estallar en cualquier instante, donde las cosas obedecen a una estabilidad frágil. El cineasta vuelve a contar con sus cómplices habituales como Santiago Fillol en la escritura, Mauro Herce en la cinematografía, Cristóbal Fernández en la edición o Amanda Villavieja en el sonido, para dar forma a una película asombrosa, elegante, sobrecogedora y apabullante, tanto en sus imágenes como en su narración, exponiendo toda la complejidad vital de lo humano frente al entorno, un paisaje bello y cruel, con sus cambios climáticos y sus cambios producidos por el hombre, contándonos esta fábula sobre lo rural, libre y salvaje, como lo hicieron en su día gentes como Gutiérrez Aragón en El corazón del bosque, Borau en Furtivos o Armendáriz en Tasio, y tantos otros autores, en que el hombre luchaba contra los elementos naturales y sociales como hacía Renoir en El hombre del sur o Herzog en Aguirre, la cólera de Dios, y ese progreso devastador que aniquila el paisaje para imponer sus normas y leyes que cambian la forma natural con el conflicto que lleva a las gentes que viven de él y los animales que lo habitan.

Una película hermosa y magnífica con esa limpieza visual que ofrece el súper 16, y esos temas musicales que van de Vivaldi a Leonard Cohen, que ayudan a comprender más la complejidad de lo humano que rige la película, para sumergirnos en un universo ancestral lleno de continuas amenazas, a través de Amador, un tipo silencioso y melancólico con ese rostro vivido y marcado por el tiempo y el dolor, con las grietas faciales que da una vida dura y tensa (que recuerda al rostro de Daniel Fanego de Los condenados, de Isaki Lacuesta) junto a su madre Benedicta Sánchez, una mujer sufridora y maternal, que cuando su hijo regresa lo primero que le suelta es si tiene hambre, alguien que ama a su hijo, independientemente de qué se le ha acusado,  un amor maternal sin condiciones ni reglas. Dos intérpretes, que recuerdan a los actores-modelo que tanto mencionaba Bresson, se suman a Shakib Ben Omar, que aparecía en las dos primeras cintas de Laxe, debutantes en estas lides del cine, bien acompañados por sus leves miradas, gestos y detalles, en las que consiguen toda esa complejidad que emana de sus personalidades, de su tierra y su entorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hasta siempre, hijo mío, de Wang Xiaoshuai

RETRATO DE UNA FAMILIA.

“El tiempo pasa muy rápidamente, pero la vida sigue”.

Proverbio chino

El universo cinematográfico de Wang Xiaoshuai (Shanghái, China, 1966) está situado en la periferia, en aquellos espacios anodinos y fríos, poblados por gentes corrientes, de vidas sombrías y extremadamente cotidianas, personas que pertenecen a la gran masa de población que trabaja, come y duerme sin más, con existencias invisibles, eternamente desplazados y sin un lugar donde quedarse, sujetos a las reformas políticas, económicas y sociales del estado y las múltiples transformaciones que provoca en sus vidas, en la sociedad que viven, en sus empleos y sobre todo, en su identidad personal. Eso mismo les ocurría a los chavales que tenían una bicicleta como objeto de distensión y división social en La bicicleta de Pekín (2001) y las dos familias obligadas a desplazarse y todos los problemas de clase que sufrían en Sueños de Shanghái, por citar dos trabajos de Xiaoshuai de una filmografía de 13 títulos, en los que siempre ha explorado como los cambios políticos afectan de manera crucial a la vida cotidiana y personal de aquellos que la sufren en silencio, recuperando aquella mención que hacía Gramsci que “Lo humano es político”, en que la persona y su vida están completamente condicionadas al estado, como algo indisoluble.

En Hasta siempre, hijo mío, el cineasta chino, uno de los máximos exponenntes del cine independiente chino, construye un fresco histórico que abarca tres décadas de su país desde los años ochenta hasta la actualidad, situándonos en el marco de una pequeña ciudad sobre dos matrimonios que trabajan en la siderurgia y sus respectivos hijos. Toda esa aparentemente tranquilidad del trabajo diario y lo sombrío de sus vidas, se verá profundamente marcado por la tragedia, cuando Xing Liu, el hijo de Yaojun y Liyun muere trágicamente ahogado en un embalse mientras jugaba con Hao, el hijo de su matrimonio amigo. Este suceso marcará completamente las existencias de Yaojun y Liyun y su relación con el otro matrimonio, donde ella Haiyan, ocupa un puesto de relevancia donde vigila a los demás trabajadores para que mantengan la obligación de solo tener un hijo como marca el estado. La ley del único hijo, la reforma económica de los ochenta y la presión en el entorno cambiarán la actitud, las necesidades y las relaciones entre los dos matrimonios, que obligará a Yaojun y Liyun a poner tierra de por medio y emigrar a una pequeña ciudad costera y empezar una nueva vida alejados de la tragedia y el dolor.

Xiaoshuai construye de forma íntima y profunda un relato sobre el peso del pasado, sobre el hecho de ser padres y las relaciones que se construyen y se rompen debido a esas emociones que se guardan, que no se dicen, que se ocultan a los demás por miedo o por supervivencia, contándonos a través de ese cineasta que observa desde la puerta, de forma invisible, que mira la vida de sus personajes, desde la más absoluta de las cotidianidades, desde lo más íntimo, desde el silencio, desde todo aquello que se guarda silencio, se calla, a través de leves gestos o miradas que sin hablar se dicen todo, un cine humanista, donde lo humano adquiere una presencia palpable, donde todo es conocido, donde todo es tangible, un cine que en muchos instantes recuerda a Yasujiro Ozu, en su sensibilidad para tratar temas profundamente complejos desde un prisma naturalista y muy cercano, explicando de forma íntima todos los conflictos que se sucedían entre padres e hijos con el telón de fondo de los cambios estructurales en la sociedad.

La película nos cuenta en sus 180 minutos intensos y magníficos treinta años de un país, y lo hace con una narrativa desestructurada con continuos saltos en el tiempo, peor con una forma recia y casi inamovible, donde la cámara describe desde el silencio, mostrándose presente y oculta a la vez, relatándonos los dos matrimonios como protagonistas en un relato social, dramático y profundamente conmovedor, pero sin resultar en ningún momento en la condescendencia ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, Xiaoshuai opta por la sutileza y los silencios, describiendo con minuciosidad los espacios, las relaciones y todo aquello que no se dice pero se siente, rebuscando en las emociones palpables y calladas de sus personajes, con esos instantes de puro documento como su descripción de la vida en la fábrica, los exiguos momentos de ocio, con ese baile multitudinario donde parece que la tragedia se puede olvidar por el hecho de no hablar de ella, pero más lejos de la realidad, o esos impagables recorridos por la cotidianidad en el taller de reparaciones, las comidas o los conflictos con ese niño que viene a llenar el vacío del otro, donde la vida y el cine parecen decirnos que no hay vida sin reconstruir el pasado como fue, sin huir de él, sin cortapisas ni tablas de salvación, sino mirándolo de frente, siendo valientes para afrontar nuestros errores para así seguir caminando con dignidad y valentía a los avatares que vendrán en el presente.

Un reparto brillante y profundamente conmovedor encabezado por esa pareja protagonista que tanto recuerdan al matrimonio de Cuentos de Tokio, interpretados por Wan Jingchun y Yong Mei, dos actuaciones memorables, llenas de sutileza y silencios devastadores, como esos instantes en que vuelven a la ciudad y visitan lo que fueron, y les cuesta reconocerse debido a los grandes cambios urbanísticos de la ciudad. Xiaoshuai ha cosido con delicadeza y paciencia un relato amargo y sombrío sobre la vida, sobre todos aquellos que como sus padres trabajaron y fueron sometidos a los designios de un estado que como se explicará en la película sus intereses están por encima de los intereses de los trabajadores, esos trabajadores expuestos a toda imposición legal donde aceptas y te vuelves invisible o simplemente abandonas, dejándolo todo y empezando una vida más mísera y sobre todo, alejada de aquellos que considerabas tus amigos, quizás como explica la película, el tiempo coloca la verdad en su lugar y la vida nos brindará oportunidades para escucharla y reconfortarnos de tanto dolor y vacío. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rojo, de Benjamín Naishtat

UNA NOCHE, UN MUERTO.

“Cuando todos callan, no hay inocentes”.

Un incidente en un restaurante por la noche. Quizás, un incidente más. Un incidente protagonizado por Claudio, un abogado reconocido y un desconocido, en uno de esos pueblos perdidos de la provincia en la Argentina en 1975. Todo hubiera acabado ahí, pero no, porque el abogado humilla al extraño y es expulsado de malas maneras del local. A la salida, volviendo a casa, el desconocido asalta a Claudio y a Susana, su mujer, y después de una pelea, el extraño, al que nadie conoce, se dispara y queda gravemente herido. El abogado se hace cargo y lo lleva en su automóvil con la intención de salvarle la vida, pero no lo hace, en cambio, lo hace desaparecer en un desierto de la zona. ¿Por qué motivo un abogado reconocido y de vida acomodada hace semejante acto de crueldad abandonando a alguien a una muerte segura? El director Benjamín Naishtat (Buenos Aires, Argentina, 1986) vuelve a indagar en la condición humana como ya lo había hecho en sus dos anteriores trabajos. En Historia del tiempo (2015) nos situaba en la psicosis y temores actuales de buena parte de la ciudadanía, y en El movimiento (2016) se trasladaba al rural del siglo XIX para sumergirnos en un relato sobre el abuso de poder que unos ejercían sobre los campesinos.

Ahora, y nuevamente en una película de corte histórico y ambientada en la zona rural, nos sumerge en esa Argentina en los albores de la dictadura, mostrándonos la impunidad y la violencia que ejercen unos contra otros para continuar siendo “buenos ciudadanos” a los ojos de todos, retratando esa violencia oculta y soterrada que convive con naturalidad, con una élite dispuesta a todo para mantener sus privilegios y sus ejemplares vidas. El director argentino nos guía por su relato a través de la mirada de Claudio, un abogado de buenas intenciones y familia, aunque de moral oscura, como veremos a lo largo de la película, porque cuando ha de elegir acerca de hacer el bien o su conveniencia no tendrá dudas y siempre opta por su beneficio personal, una idea que se impondrá meses después con el estallido de la dictadura militar donde una parte poderosa del país someterá a todo aquel que piensa diferente. La película ahonda en las contradicciones y miserias humanas, explorando todos esos tejes manejes del abogado y sus amigotes, como ese instante que define a las maneras oscuras de los personajes, cuando apoyándose en triquiñuelas legales se apropian de un inmueble que nadie reclama.

El relato se enmarca en aspecto de thriller setentero donde predominan los rojos, ocres y verdes, con esa característica atmósfera del cine negro que también supo retratar cineastas como Coppola, Friedkin, Lumet o Peckinpah, dónde el género era una mera excusa para sacar a la luz todos los males sociales y políticos que anidaban en lo más profundo de la sociedad. La exquisita ambientación, cargada de detalles y elementos que nos llevan a la textura y colores que tan de moda estaban en los setenta, y a través de esa forma tan contrastada con zooms, fundidos encadenados o esas cámaras lentas, nos colocan de manera sencilla y ejemplar en esa época, en todo aquello que se respiraba y esa violencia oculta y a punto de estallar que ya daba cuenta de sus inexistentes principios morales y de más, en una idea espeluznante en que la sociedad se divide entre unos que ejercen poder sobre otros, cueste lo que cueste y no existan escrúpulos de ninguna clase para llevarla a cabo.

Una composición de altura y sobria del siempre magnífico Darío Grandinetti dando vida a esa abogado que parece una cosa y en realidad es otra, como tantos en aquel momento, como demostrará el trato que ejerce cuando está con aquellos más desfavorecidos y cuando trata con sus amigotes de clase, un ser miserable, si, pero también, un profesional ejemplar, dentro de sus principios, y esposo y padre en su sitio, cariñoso y bondadoso, con esos trajes inmaculados, ese bigotito que le da pulcritud, y esa mirada serena y bien pensante. Frente a él, el detective Sinclair, extraordinariamente interpretado por el chileno Alfredo Castro, con esas gafotas, su gabardina y su peinado inmaculado, con esos aires de policía de Scotland Yard, inteligente, observador e impertérrito, que fue policía, pero ahora se gana la vida buscando a desaparecidos para gente acomodada, que investiga con ojo avizor y astucia brillantes. Y Susana, la mujer del abogado, interpretada por Andrea Frigeiro, la esposa comprometida y buena compañera, que seguirá fiel a su esposa y su hogar, aunque viva en otra situación real muy diferente.

Naishtat ha construido una película valiente, inteligente y necesaria que explora la maldad desde la condición humana más miserable, devolviéndonos tiempos atroces que en muchos instantes parece que siguen ahí, de otra forma y a través de otros hilos invisibles y más enmascarados, desenterrando el pasado que tanto nos interpela en estos tiempos confusos, contradictorios y oscuros,  explorando con acierto y sobriedad todos los aspectos más oscuros de lo humano, aquellos que a primera vista no se ven, y mucho menos se reconocen, aquellos que hay que sumergirse en las profundidades del alma para toparse con ellos, definirlos moralmente, y sobre todo, conocerlos para conocernos más, y así descubrir ciertas actitudes de muchas personas en la actualidad, porque la historia siempre se acomoda a sus tiempos, porque las cosas del pasado siempre vuelven con otras caras y cosas, pero lo más intrínseco vuelve a nosotros, porque el tiempo pasa, pero hay cosas que permanecen en nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestro tiempo, de Carlos Reygadas

LAS CUESTIONES SOBRE EL AMOR.

“El amor es dúctil y ante todo es imperfecto”

Desde Japón (2002) su primera película, el cineasta Carlos Reygadas (Ciudad de México, 1971) se ha convertido en un inquieto y curioso explorador de las relaciones humanas y la pasión amorosa como epicentro emocional en sus obras. En su puesta de largo, nos hablaba del retiro a lo rural de un señor de ciudad junto a una india, en Batalla en el cielo (2005) un crudísimo relato sobre el poder, la culpa y el sexo, se centraba en la desventura de un chófer que secuestraba a la hija de su patrón, en Luz silenciosa (2007) nos descubría a la comunidad de los Menonitas en una historia que giraba en torno al amor y la pasión, y en Post Tenebras Lux (2012) en la que una familia disfrutaba y sufría en dos mundos diferentes. El cine de Reygadas se mueve entre paisajes rurales imponentes, muy alejados del mundanal ruido, en los que naturaleza, animales y personas se mezclan de manera intensa y febril, en el que el interior de los personajes acaba siendo un reflejo en las bestias y los cambios en la naturaleza, una especie de espejo deformador y brutal de sus existencias.

Su cine está poblado de personajes sumamente contradictorios, seres que piensan de manera racional y coherente, pero que se pierden en sus ideas y acciones, que poco o nada tienen que ver con aquello que razonan, una lucha encarnizada entre su deseo y la realidad convulsa, variable y compleja. Su último trabajo, Nuestro tiempo, tiene mucho que ver con su anterior trabajo, Post Tenebras, en la que ya aparecía un ranchero llamado Juan, ahora interpretado por el propio Reygadas, un tipo que destaca como poeta, que vive con su mujer Esther, que interpreta Natalia López, que se dedica a las cuentas del rancho, su mujer en la vida real, y como ocurría en la citada película, Rut y Eleazar, hijos del director, vuelven a interpretar los hijos de Juan en la ficción. Ya desde su espectacular e intenso arranque precioso, íntimo y naturalista, en el que unos niños y niñas juegan en un inmenso lodazal, entre ellos los hijos de Juan y Esther, la cámara se mueve entre ellos, entre sus cuerpos y sus juegos, libres y sin ataduras. Luego, nos vemos unos metros más allá y observamos unos pre-adolescentes, entre ellos, un chico enamorada de una chica que no le corresponde, que minutos más tarde, sabremos que se trata del hijo de Juan y Esther.

Más allá, nos tropezaremos con los adultos, que se divierten cabalgando a toda prisa intentando cazar toros de lidia, y en la que conoceremos a Phil, un “gringo”, como lo llaman en la película, que ayuda a domar a caballos. Todo parece tranquilo, cotidiano, un día más o menos en el rancho donde personas, animales y naturaleza se distraen y se mezclan unos a otros. Toda esa aparentemente calma y orden natural, se verá fuertemente golpeado, en una especie de intruso destructor, en la figura de Phil, una especia de extranjero que viene a perturbar la paz aparente del hogar, como ocurría en Teorema, de Pasolini, ya que entra en ese hogar con un matrimonio liberal en su relaciones, aunque todo ese asunto de la relación sexual de Esther y Phil, provocará un cisma en la vida de Juan de consecuencias emocionales complejas. Reygadas, que aparece por primera vez como actor protagonista en una de sus películas, filma en un prodigioso formato panorámico, donde el paisaje, inmenso, bello y brutal, engulle a sus personajes, como los elementos naturales condicionan y nos muestran su vulnerabiblidad, tanto física como emocional, a unos individuos plácidos y cercanos en su cotidianidad, pero envueltos en la bruma cuando se desatan las cuerdas que los atan, cuando lo que parecía inamovible comienza a emerger en forma de pasión arrebatadora y desenfrenada, en que el personaje de Juan se verá perdido, a la deriva, temeroso, arrogante e incapaz de sujetar su matrimonio, al que creía liberal, y lidiar de forma más cuidadosa con sus emociones, desbordadas por este asunto de su mujer.

El cineasta mexicano se toma su tiempo, la película alcanza los 177 minutos, para contarnos ese cisma emocional casi como un diario filmado, buceando con reposo en las emociones profundas y confusas de sus personajes, sus encuentros furtivos sexuales y todo aquello que va cociéndose a fuego lento en sus miradas, sentimientos y acciones, viendo como las consecuencias se van apoderando de la paz del hogar, conociendo y descubriendo de primera mano las relaciones dificultosas entre un matrimonio, que se verá enfrentado a sus ideas teóricas sobre su amor y la realidad abrumadora de lo que sienten y cómo actúan ante los conflictos que se generan. La película ahonda en profundidad e intensidad en las relaciones humanas de nuestro tiempo, como reza el título de la película, un tiempo en el que parece que seamos más liberales y modernos, o al menos así nos definimos y nos creemos ante las miradas ajenas, y luego, en la intimidad del hogar, todas esas ideas sobre el amor libre, se vienen abajo en un suspiro, y nos encontramos perdidos, a la deriva, una especie de robinsones crusoe atemorizados por el intruso que nos “roba” a nuestro amor, y acabamos en un pozo de ideas antiguas sobre el amor, los sentimientos, y lo que es más grave, incapaces de hacer frente a aquello que nos debilita y a  nuestras propias contradicciones en cuestiones sobre aquello que sentimos, y la incapacidad de resolverlo ante los demás y ante nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La ceniza es el blanco más puro, de Jia Zhang-ke

VOLVER A LAS TRES GARGANTAS.

“El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón”.

Marcel Proust

El cineasta Jia Zhang-Ke (Fenyang, provincia de Shanxi, China, 1970) lleva desde finales de los 90, más concretamente, desde 1997 cuando debutó en el largometraje con Xiao Wu, el relato de un ratero de poca monta enamorado de una prostituta y envuelto en una maraña de soledad y ostracismo social, viendo el final de su juventud en mitad de los profundos cambios que se producían en el país chino. La primera piedra de su cine marcará considerablemente los elementos enraizados en su universo: el final de la juventud, que conlleva la pérdida de la inocencia y asumir la etapa adulta. El amor, como motor vital para sus personajes, amores casi siempre rotos, frustrados, envueltos en el aroma de la tragedia, separados y reencontrados, amores de verdad, de los que uno siente pocas veces en la vida. El paso del tiempo, como vehículo para no solo envejecer a los personajes y sus recuerdos amontonados, sino también, como retratista y observador crítico e absorbente de los cambios tan profundos producidos en China tanto a nivel económico, social y cultural, con un nuevo mundo, moderno, blanco y vacío, que se impone a ese otro mundo más tradicional y popular, borrando los espacios y minando los recuerdos de sus individuos. Tres vertebras argumentales que sazonan irremediablemente un cine que captura el tiempo en su mínima expresión y cómo afecta a sus personajes, personas que se mueven constantemente por un país en continua transformación, en que el paisaje queda almacenado en la memoria desdibujada, como si el país tuviera prisa para dejar lo que fue para no saber lo que será.

Zhang-Ke se ha convertido en uno de los cineastas chinos más importantes de los últimos tiempos, un poeta y cronista del tiempo y la transformación de su país, una mirada crítica y obsesiva que nos invita a viajar a las entrañas más ocultas de China. Para centrarnos en La ceniza es el blanco más puro nos tenemos que remontar y detener en dos de sus títulos filmados a principios del  nuevo siglo, en las que encontramos similitudes o reflejos, en Placeres desconocidos (2002) nos situaba en una zona minera del norte donde Qiao, una joven enamorada del gánster local soñaba con salir del lugar y conocer mundo, mientras su mejor amigo bebía en secreto los vientos por ella. Y Naturaleza muerta, estrenada cuatro años más tarde, nos envolvía en la mirada de un joven que volvía buscando a un antiguo amor a su pueblo natal,  ahora enterrado por la construcción de “Las tres gargantas”, una mastodóntica presa que sumergía a varios pueblos y sus habitantes eran trasladados a otros lugares.

La película de Zhang-Ke estructurada a través de tres episodios, como ocurría en su anterior película, Más allá de las montañas. En el primero, como ocurría en Placeres desconocidos, nos lleva a Shanxi, una zona rural minera del norte, fría y solitaria, en el año 2001 donde Qiao mantiene una relación con Bin, jefe de una banda local de gánsteres (los llamados “Jianghu”). Todo terminará para ellos de forma brusca y trágica, cuando en una reyerta Qiao es detenida y condenada. En el segundo episodio, Qiao sale de la cárcel cinco años después, y viajamos con ella hasta el suroeste del país, a bordo del río Yangtsé, en la zona de las Tres Gargantas, el mismo espacio de Naturaleza muerta, en que la protagonista viste las mismas ropas y lleva el mismo peinado. Qiao busca a Bin entre ese mundo de muelles, barcos de pasajeros, de trasiego brutal y bullicio eterno. Cuando lo localiza se van a una habitación, en el que el cineasta chico hace alarde de otro de sus elementos característicos, la mise en scène, donde apabulla con sus leves y precios movimientos de cámara y su talento para desdibujar los colores y crear una atmósfera cambiante y cargante que define con sutileza todo el amor y desamor que bulle entre los amantes reencontrados, en una secuencia que recuerda al universo de Antonioni, no obstante, el cine de Zhang-Ke tiene mucho de reflejo en el maestro italiano.

En el último segmento de la película, nos encontramos en la actualidad y viajamos con Bin, que postergado en una silla de ruedas visita a Qiao en una vuelta a los orígenes porque volvemos a encontrarnos en Shanxi, pero completamente transformado por las innumerables construcciones que lo han cambiado por completo, como esa estación híper modernizada en el que se reencuentran los dos amantes y que lo único reconocible son sus emociones o las huellas de éstas. La forma también tiene su importancia en el cine de Zhang-Ke, con el grandísimo trabajo del cinematógrafo Eric Gautier, que trabaja con el realizador por primera vez (colaborador de Asayas, Costa-Gavras, Resnais, Carax, entre otros) porque en esta película combina formatos de filmación diferentes, desde el vídeo doméstico de las primeras imágenes combinado con un sistema de video que logra llevarnos a las texturas e imágenes de aquel momento del 2001. Luego, en las Tres Gargantas opta por el 35mm, en el que nos transporta en un halo de tiempo y misterio donde no solo mira a su cine doce años después, sino que envuelve a Qiao en esa atmósfera de nostalgia, desamor y espectral. Y por último, para filmar la actualidad, opta por un sistema de video de alta definición que casa de manera subyugante con ese paisaje futurista y vacío que muestra la película, enfrentado al local que regenta Qiao que parece instalado en el pasado, como si los personajes quisieran volver a lo que eran, a lo que sintieron, a lo que perdieron.

Zhao Tao, actriz fetiche y musa del director, protagonista de casi todas sus películas, vuelve a brillar enfundándose en una mujer de armas tomar, una mujer enamorada capaz de cualquier cosa por su amor, en una mujer de idas y venidas, de un fantasma que vaga pro esos paisajes ajenos y desconocidos para ella, en un intento vano de capturar ese espacio reconocible que lelva consigo ese amor que, muy a su pesar, sigue bullendo incandescente, como una llama que se resiste a apagarse a pesar de los embates vitales y circunstanciales. A su lado, Liao Fan, que debuta con el director, en un tipo que fue alguien y el tiempo le ha devuelto a una realidad desconocida para él, que ama a Qiao y se resiste a ese amor a pesar de lo sucedido, aunque niegue lo contrario. Zhang-Ke nos envuelve en una historia de amor trágica, de dos seres enamorados a pesar del tiempo, del país cambiante, a pesar de sus buenos recuerdos, a pesar del espacio que los separa, a pesar de ellos y sus deseos e ilusiones, a pesar de todo lo que soñaron, porque quizás lo único que no puede cambiar es el amor, aquello que sentimos por el otro, quizás lo único que tiene sentido en esta vida que llevamos cada día con nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan

MEMORIA Y SUEÑO.

“Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad.”

Andrei Tarkovski

Hace cuatro años cuando apareció Kaili Blues, de Bi Gan (Kaili, provincia de Guizhou, China, 1989) nos quedamos atónitos con una película de narrativa absorbente, ambientes oníricos que emanaban una verdad naturalista y una realidad espectral, con ese aroma de road movie que seguíamos inquietos a alguien volviendo a sus orígenes en busca de su identidad y de todo aquello que un día dejó. Tanto el paisaje físico como mental del protagonista se convertían en un solo espacio, un lugar abierto a un no tiempo imposible de predecir y ubicar, más cercano al mundo de los sueños y la fantasía que de la realidad, pero con imágenes cotidianas y muy cercanas. Bi Gan entró con fuerza al cine convertido en un autor con su primera película, un autor muy personal y profundo, que seguía una tradición muy arraigada en la cinematografía china evocando a nombres tan ilustres como Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Wong Kar-Wai o Tsai Ming-Liang, entre otros, cineastas que construyen una atmósfera viva y libre en que el espacio y tiempo reconocibles aparentemente, se convierten en premisas próximas a un mundo onírico profundamente imaginativo.

En su segundo trabajo, Largo viaje hacia la noche, Bi Gan vuelve, o podríamos decir, continúa explorando los paisajes de su pueblo natal, un lugar subtropical anclado y perdido de todo, una arcadia perdida en el limbo del subconsciente,  quizás también en el tiempo y el espacio, en que veremos a un hombre, en este caso a Luo Hongwu que llegará con el propósito de encontrar a una mujer, Wan Qiwen, de la que sigue enamorado. Otra vez, como sucedía en su opera prima, alguien busca a alguien y partiendo de los mismos paisajes naturales, que no reales. Si bien el cineasta chino estructura su narración en dos partes. En la primera que llama Memoria, nos sumergimos en un no tiempo, en una crónica de los hechos sucedidos, en que a través de la memoria de Luo Hongwu recuerda el amor que tuvo con Wan Qiwen, en un relato desestructurado, filmado en continuos planos secuencia, uno tras otro, con continuos saltos en el tiempo y en formato 2D, donde seremos testigos de la historia de amor desde el punto de vista del protagonista, real o no, así será como la recuerda, y Bi Gan la filma, en que ya se introduce el concepto de irrealidad de la historia, con esos no lugares, anclados en la inmensidad del tiempo, en espacios donde todo se ha detenido, donde todo parece real, pero no lo es, porque constantemente nos preguntamos si lo que recuerda y cómo lo recuerda el protagonista es lo que realmente sucedió o no, misterio que nos acompañará y que en ningún momento no será revelado.

Gan nos propone confiar en nuestras emociones, en aquello que las imágenes ocultan, en aquello intangible que sucede tanto en el interior de los personajes como en nuestro interior, en ese viaje espiritual que propone la película, en un viaje más allá de las imágenes, un viaje que provocan las imágenes huyendo de su materia física, más cercana al mundo de los sueños, de las evocaciones o del recuerdo. En la segunda mitad, que se desarrolla en unos 55 minutos, titulada Poppy, extraído de una poema de de Paul Celan. Bi Gan nos traslada a Kaili, como en su primera película, a su tierra natal, en una especie de sueño nocturno, donde todo parece real o no, en que la película se sumergirá en un viaje onírico, a través de un majestuoso plano secuencia filmado en 3D, donde el cine se convierte en un estado hipnótico, fascinante y abrumador, como le ocurrirá al personaje, cuando al final de la primera parte entra en un cine, se coloca las gafas 3D y ahí, justo en ese momento, arranca la segunda mitad de la película, en un nuevo estado, filmado de otra manera, creando esa ilusión, entre real y falsa, en donde el tiempo del protagonista se torna diferente, recorrido por una extrañeza singular, como una pieza musical que evoca el mundo de los sueños, el universo oscuro de la noche, donde las almas vagan a la deriva, sin tiempo, ni sobre todo, espacio, porque será cuando Gan convertirá el espacio en su elemento más preciado, con continuas idas y venidas por los mismos paisajes pero cambiando los diferentes puntos de vista entre el protagonista masculino que busca y la protagonista femenina que es encontrada.

Gan construye la película y su narración, como comentábamos al inicio, a través de la mirada, la memoria y los recuerdos de Luo Hongwu, y todo aquello que veremos y sintamos será lo que él vea y sienta, así que tendremos que confiar o no en todo aquello que ve y experimente. El espacio adquiere la dimensión de una ciudad que recibe el nombre de “Dangmai”, como ocurría en Kaili Blues, una especie de Macondo, una ciudad imaginada, una arcadia perdida, no real, de ensueño, imposible de ubicar en un mapa, en el que todo evoca a la ruina y al abandono, perdida en la inmensidad del tiempo y el espacio, un lugar físico en el que vemos pocos habitantes, donde la realidad adquiere dimensiones extrañas y profundas, donde todo es posible y nada es excluyente, en un no lugar donde el paisaje nocturno de calles, canciones de karaoke, habitantes quietos que apenas hablan o se mueven, parecen piezas en un laberinto sin entrada ni salida.

La película mezcla géneros como el realismo mágico con alusiones al universo del escritor Gabriel García Márquez, el fantástico o el noir, en esta fábula de la búsqueda interior y física muy del imaginario de las novelas negras, en que la idea de la búsqueda se torna una búsqueda inabarcable, infinita, emocional y física muy del universo de Antonioni o Tarkovski, donde espacio y tiempo se pierden en el sueño, en la imaginación, donde todo es posible, donde atravesamos un mundo imperceptible para nuestros sentidos, más propio del mundo no tangible, el imaginado o recordado, una especie de poema lírico, donde nos dejamos llevar por lo que soñamos en un espacio físico que evoca constantemente a nuestra memoria, nuestra infancia, y todo aquello que recordamos, sea real o no, sea vivido o no, como le ocurría al joven que buscaba a un antiguo amor en una ciudad cálida y extraña en En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, o los no amantes frustrados en sus vidas de In the mood for love, de Wong Kar-Wai, un cine que estaría muy emparentado a las propuestas formales y conceptuales de Bi Gan (ya que comparten el mismo jefe de iluminación Wong Chi Ming, entre otros elementos) o los universos oníricos y reales de Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang o Tsai Ming-Liang, cineastas donde el espacio y el tiempo se convierten en los centros de sus discursos, llevando a los espectadores a universos físicos reconocibles, donde el abandono y la ruina se convertirían en los elementos primordiales, pero también, espacios alejados de la realidad, no lugares donde la memoria se mezcla, se funde, y se convierte en un no tiempo no cronológico y completamente anacrónico y desestructurado, en un viaje muy profundo donde los sueños adoptan la materia física que estamos viendo o siendo testigos.

Bi Gan con sólo dos películas se ha convertido en un cineasta magnífico y muy sensorial, como el inmenso trabajo con el sonido, con esa música que va y viene, que escuchamos acercarse y alejarse, conduciéndonos en todo momento por ese universo real, soñado, vivo, muerto, fantástico, memorístico, recordado o simplemente, inexistente, nunca lo sabremos, porque la intención de Bi Gan es que nos dejemos llevar, sin más, por esos espacios opresivos y envueltos en la bruma, llenos de colores vistosos y neones fluorescentes, donde las texturas físicas y emocionales nos envuelven, remitiéndonos a un tiempo pasado, o a un tiempo que creemos que vivimos, espacios de estaciones por donde no pasan trenes, subterráneos ocultos de todos y todo, salas de billar vacías donde las paredes son de plásticos transparentes, envueltos en ese viento, en esa lluvia fina que nos acompaña como una sombra maldiciente del pasado o nuestro presente, no lo sabremos, pero ahí está. El cineasta chino ha creado un universo propio y extremadamente personal, construyendo relatos llenos de ironía y extraños, donde nos invita a viajar por no lugares desconocidos y perdidos en el tiempo y en el espacio, no desde los sentidos físicos y reconocibles, sino desde algo más alejado a nosotros, en un estado diferente, más espiritual, onírico, donde ya no somos nosotros, ya no nos reconocemos, en el que nos convertimos en otros, en todo aquello que sigue latiendo en lo más profundo del alma, como aquel amor que jamás hemos podido olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA