Un segundo, de Zhang Yimou

LA VIDA EN UNA BOBINA.

“La libertad existe tan sólo en la tierra de los sueños”.

Friedrich Schiller

Desde Regreso a casa (2014), las tres siguientes películas de Zhang Yimou (Xi’An, China, 1950), eran cintas épicas y llenas de acción sobre acontecimientos históricos relevantes de la historia de China, en la que destacaba Sombra (2018), que retrataba las cruentas guerras de clanes en la China medieval, estilizadísima y con una cinematografía espectacular en tonos grisáceos. Con Un segundo, el director chino nos devuelve a la etapa de la Revolución cultural (1966-1978), en la que trabajó como operador textil durante una década, a la que ya ha dedicado algunas de sus historias. En ¡Vivir! (1994), ya tocaba el tema en una película que abordaba cuarenta años de historia política de su país, la citada Regreso a casa, sobre la vuelta al hogar de un disidente después de años encarcelado. En Amor bajo el espino blanco (2010), una sensible historia de amor de una colegiala ingenua que, junto a su familia, ha sido trasladada para su “reeducación”.

En su nueva película, Yimou nos sitúa en el noroeste del país, en una zona muy desértica y hostil, en que un fugitivo huye de su “reeducación” después de atacar a un guardia, porque tiene el propósito de ver la película “Hijos heroicos”, ya que en su noticiario aparece su joven hija, a la que lleva años sin ver. Aunque todo se tuerce, cuando una joven roba la bobina porque quiere hacer una lámpara con el celuloide para que su hermano pequeño pueda estudiar. El cineasta chino vuelve al tono y marco de películas como Happy Times (2000) y La búsqueda (2005), en la que vuelve a contar con Zhou Jingzhi, guionista de la última, para construir un retrato sobre dos desplazados, dos outsiders de aquella China desigual. Dos solitarios que tienen un objetivo que los hace tropezar, en una historia sobre dos individuos que verán que sus diferencias no lo son tanto, y a medida que avanza su relato, se darán cuenta que los dos desean lo mismo, un poco de aliento y la mirada del otro. A través de una grandísima cinematografía que firma Zhao Xiaoding, el fotógrafo de referencia para Yimou, construye una película muy física, muy seca y muy pedregosa, en su primera parte, y más cálida y cooperante, en su segundo tramo. Un ágil y rítmico montaje que hace Du Yuan, viejo conocido de Yimou, así como Tao Jing en sonido, y el arte de Lin Chaoxiang, que ha trabajado con cineastas tan importantes como Lu Chan y Hu Mei.

Yimou ha construido una película humanista y sincera, donde conviven de forma natural el drama íntimo, la comedia burlesca, la road movie, y sobre todo, un grandísimo trabajo de recreación histórica muy alejada de las grandes urbes, centrada en el rural, en esos pequeños pueblos donde cansados de trabajar de sol a sol, tenían en el cine su mayor distracción y su vida. Porque Yimou nos habla de cine, de aquello grandioso que conseguía el cine en el siglo pasado, juntar a decenas de espectadores, reunidos todos en comunión viendo una película, disfrutando de esa compañía, que en muchos casos ya ha desaparecido. El cineasta chino elabora un cuidadísimo y particular homenaje al oficio al que ha dedicado casi 40 títulos como director, y lo hace desde el backstage, desde toda esa maquinaria imaginativa que desarrolla el personaje llamado el Sr. Películas, para limpiar la película que ha sido accidentalmente arrastrada por el desierto. La durísima realidad social de la película deja paso a otra realidad, donde la fraternidad de todos ayuda a limpiar la película, donde la mirada de Yimou nos sumerge en otro mundo, en un universo poético, muy personal y profundo, donde las mujeres del cine, cobran todo el protagonismo, las personas que cuidaban con mimo el celuloide de las películas.

Muchos admirarán los grandes y crudísimos dramas rurales y personales de la primera etapa del cine de Yimou, aquella que comprende la iniciada con Sorgo Rojo (1988), y va hasta la mencionada ¡Vivir!. Otros, posiblemente, se quedarán con sus películas más épicas e historicistas que arrancó con Hero (2002), cintas popularísimas como La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006), aupadas por el boom del género Wuxia. Y solo algunos, admirarán el talento de Yimou para atreverse con todo tipo de marcos y géneros, desde el cine más personal que lo hizo mundialmente conocido y respetado en los festivales más prestigiosos, a las películas de género, donde tanto en unas como en otras, siempre se caracterizaba por ese especial cuidado de la planificación formal, la sofisticación técnica, y la exquisita composición de sus intérpretes, para contarnos su mirada profunda y muy personal sobre la China rural, los cambios de su país del nuevo siglo, con la mirada puesta en el pasado en el convulso siglo XX.

En Un segundo destaca enormemente la naturalidad y la sobriedad con la que actúan los intérpretes, encabezados por Yi Zhang, visto en películas de grandes autores chinos como Chen Kaige, Jia Zhangke y Feng Xiaogang, entre otros, que da vida al fugitivo, alguien en continua huida con un único deseo, ver a su hija, aunque sea solo un segundo en un trozo de película, porque para él, es breve instante, lo es todo, ese segundo es su razón de existir y hará todo lo impensable para poder verlo. Acompañado por la joven Haocun Liu como su “adversaria”, una desamparada chica que, solo tiene a su hermano pequeño en  un entorno muy hostil, donde se vive con muy poco y todo cuesta la vida entera, encontrará en el fugitivo una especie de tutor, a alguien a quién mirar, sentirse protegida y aprender. Y finalmente, Fan Wei, que empezó como cómico y luego ha trabajado con los citados Lu Chan y Fen Xiaogang, es el Sr. Películas, ese proyeccionista-héroe para todos los del pueblo que acuden al cine a olvidarse de sus tristes vidas y soñar con otros mundos y otras vidas, tan diferentes a las suyas. Una especie de mago, dirigente y su gran amor por el cine y todo lo que engloba.

Un segundo tiene ese aroma de la magia que desprendía en Ana e Isabel, las niñas de El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, cuando miraban asombradas el monstruo de Frankenstein en la pantalla, el mismo efecto hipnotizador también se producía con la película Cinema Paradiso (1988), de Tornatore, donde el cine es mucho más que una experiencia de ver una película rodeado de gente, es un retrato sobre un tiempo, sobre una forma de vivir, y sobre todo, es un homenaje a todas esas personas invisibles y trabajadoras del cine que transportaban el cine de pueblo a pueblo. Yimou ha conseguido un sensible y conmovedor retrato humano y fraternal sobre dos seres olvidados y escondidos a su pesar, que siempre andan ocultándose de los demás, erigiéndose como el reflejo de todo lo que nos ha ido contando en su cine Yimou, interesándose por las diferencias entre unos y otros, y encontrando la manera de romperlas y acercarse al otro, quizás sea esa la única forma de soportar tanta realidad, como también lo es ver películas, y soñar por capturar un segundo, como explica el film, un segundo que para la vida del protagonista lo es todo, un segundo nada más, que bien puede ser la vida entera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maixabel, de Icíar Bollaín

TODOS DEBERÍAMOS SER MAIXABEL.

“Prefiero ser la viuda de Juan Mari que tu madre”

Maixabel Lasa a Ibon Etxezarreta, el etarra que asesinó a su marido.

En los diez títulos que componen la filmografía de ficción de la cineasta Icíar Bollaín (Madrid, 1967), encontramos muchas mujeres, mujeres fuertes, mujeres a contracorriente, llenas de vida, pegándose contra muros en apariencia infranqueables, mujeres con todo en contra, decididas y valientes, dispuestas a todo por llegar y sobre todo, ser quiénes quieren ser. La Niña y la Trini de Hola, ¿estás sola? (1995), la Patricia, Milady y Marirrosi de Flores de otro mundo (1999), la Pilar de Te doy mis ojos (2003), la Carmen, Inés y Eva de Mataharis (2007), la Laia de Katmandú, un espejo en el cielo (2011), la Alma de El olivo (2016), y la Rosa de La boda de Rosa (2020). La directora madrileña ya había tocado la realidad más inmediata y cotidiana en el documental, y había ficcionado historias reales como las de Laia en la citada Katmandú,  y Carlos Acosta en Yuli, aunque con Maixabel es la primera vez que se enfrenta a una mujer muy diferente a todas las que había retratado, porque Maixabel Lasa no es solo un personaje extraído de la realidad, es una mujer a la que ETA asesinó a su marido, Juan Mari Jáuregui en el año 2000, y eso lo cambia todo.

Aunque lo más fascinante de Maixabel es su humanidad, porque once años después del asesinato de su marido, se sentó frente a frente con dos de los tres asesinos de su marido, no con ánimo de rabia y venganza, sino todo lo contrario, con la intención de hacerles preguntas sobre el asesinato, y hablar sobre su arrepentimiento. Sin lugar a dudas, estamos ante la película más difícil y compleja de todas las que ha hecho Bollaín por varios motivos. En primer lugar, la directora nunca había tratado la violencia de forma tan directa en su cine, ni sus consecuencias emocionales, y por último, nunca había mirado la violencia de ETA en su cine, y sorprende la forma en que lo hace, como deja evidente en su extraordinario prólogo, con secuencias muy cortas, muy planificado, y con ese aroma de thriller político a lo Costa-Gavras o Loach. Inmediatamente después, la película se asienta sobre la mirada y el silencio de Maixabel, en su decisión y su determinación, que la lleva a los reproches de los suyos, su familia y amigos, pero ella sigue adelante, firme, decidida y dejando su odio de lado, y construyendo un camino de vida y de esperanza.

Porque la película de Bollaín se centra en un intenso viaje emocional que protagonizan tres personas: Maixabel que quiere saber, quiere mirar a los asesinos de su marido, por su bien emocional, y sobre todo, para reparar, para dejar de odiar y perdonar a aquellos que le jodieron todo. Luis Carrasco, uno de los asesinos, arrepentido, que escribe a Maixabel para encontrarse con ella, y finalmente, Ibon Etxezarreta, otro de los asesinos, que recibe la petición de la mujer para verse. La extraordinaria claroscura cinematografía de Javier Agirre, uno de los grandes cinematógrafos del cine español actual, consigue retratar los sentimientos contradictorios de los protagonistas, con todo el tiempo nublado del País Vasco y sus existencias. El espectacular trabajo técnico de Alazne Ameztoy en sonido, Mikel Serrano en arte, y el magnífico montaje elíptico y rítmico de Nacho Ruiz Capillas, cinco películas con Bollaín. La brutal música de un grande como Alberto Iglesias, en otro gran trabajo exquisito y marca de la casa. Y el soberbio y contenido guion que firman la directora e Isa Campo, cómplice en el cine de Isaki lacuesta, consiguen condensar una historia de catorce años con muchas idas y venidas, contextualizando con elegancia la época, las diferentes miradas y posiciones de los protagonistas, con todos esos mundos de la película, la cotidianidad familiar y social de Maixabel, con lo interior de la cárcel, todo bajo una mirada de contención y sobriedad, todo se cuenta hacia dentro, hacia lo íntimo, hacia lo que ocultamos.

Bollaín acierta de pleno en su reparto, con dos monstruos como Blanca Portillo en la piel y alma de Maixabel, con todos los matices, esa isla a la deriva en muchas ocasiones, peor que no ceja en su idea, con su gran determinación, y su humanidad. Frente a ella, Luis Tosar (cuatro películas con la directora), dando vida al etarra Ibon, en un personaje complicado, que el lucense lo lleva con dignidad y aplomo. Y todo el interesante y brutal reparto que encabeza Urko Olazabal interpretando a Luis, el etarra arrepentido que crítica a la banda y todo lo que él ha hecho, María Cerezuela como María, la hija de Maixabel, contraria a su madre pero que acepta su decisión, Tamara Canosa como Esther, la mediadora que ayuda a propiciar a los encuentros entre víctimas y asesino. Posiblemente, Bollaín ha firmado su mejor obra, no solo por todo lo que cuenta, sino porque se acerca de forma inteligente e íntima a la violencia, a todo lo que ocurre después de de que todo pasa, después de que las víctimas y asesinos cierran la puerta y no los vemos, sumergiéndonos en su intimidad, en sus pensamientos y emociones, y además, habla de ETA, de todo lo que hicieron, de sus posiciones internas entre los etarras que están entre rejas, los de fuera, sus simpatizantes y demás.

La película de ficción número diez de Icíar Bollaín es ante todo un viaje sin concesiones y humanista de Maixabel, la mujer a la que todos, sin excepción, deberíamos parecernos, o al menos, aprender de ella, de todo lo que ha hecho y construido al frente de la Atención de Víctimas del Terrorismo, y también, y esto es lo más importante, todos los encuentros que hizo con los asesinos de su marido (que pudimos ver en el primer capítulo de la serie Eta, el final de un silencio), la convierten en un ser extraordinario, una humanista valiente y ejemplar, y a la vez, en alguien sencillo y cercano, que solo quiso perdonar y perdonarse. Maixabel es una mujer única e inigualable, una mujer que debería ser todo un ejemplo en un país donde la violencia etarra se ha utilizado políticamente hasta la saciedad, una mujer que habló de esperanza y reparación a través de los diálogos con los que asesinaron a su marido, a su vida, a todo lo que era. Maixabel Lasa es una de las grandes humanistas de la historia porque demuestra que se puede vencer el dolor, el rencor y todo lo demás, recordar a todas las víctimas, a todas, y tener la valentía para sentarse frente a las personas que han destrozado su vida, y mirarlas, preguntarles y perdonarlas, con un solo fin, para curar y cerrar heridas, para sentirse mejor, para vivir mejor, y mirar a todo lo que vendrá con amor y esperanza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Titane, de Julia Ducournau

ALMAS OSCURAS.

“Todo el mundo es un científico loco, y la vida es su laboratorio. Todos nosotros estamos tratando de experimentar para encontrar una manera de vivir, para resolver problemas, para defenderse de la locura y el caos”.

David Cronenberg

Desde sus inicios, la cineasta Julia Ducournau (París, Francia, 1983), ha encontrado en el género fantástico una forma de hablar de las obsesiones y oscuridades de la condición humana. En Junior (2011), un cortometraje de 22 minutos, protagonizado por Justine/Junior, a la que daba vida la actriz Garance Marillier, revelaba los continuos cambios de la pubertad a través de un extraño virus estomacal que provocaba una rara metamorfosis. En su opera prima, Crudo (2016), nuevamente con Garance Marillier en un personaje que volvía a llamarse Justine, nos envolvía en una oscurísima fábula de iniciación en que el fantástico hacía acto de presencia a través del canibalismo, en un viaje muy incómodo y transgresor sobre los cambios en la entrada de la adultez. En su segundo trabajo, Titane, que le ha valido el reconocimiento internacional con la consecución de la última Palma de Oro en el prestigioso Festival de Cannes, sigue la estela y la incomodidad que ya estaba en sus anteriores películas.

Titane es un brutal descenso a los infiernos de Alexia, en la que conocemos a una bailarina asesina que mueve sus caderas encima de coches tuneados para deleite de curiosos, con la peculiaridad de tener incrustada una placa de titanio, junto a su oreja derecha, por a un accidente cuando era niña. Cuando la policía le pisa los talones, Alexia cambia su look y se hace pasar por un niño desparecido y se relaciona con Vincent, el padre del niño. La directora francesa construye una película crudísima, descarnada y muy violenta, sin concesiones y transgresora, con dos vidas al límite, dos existencias autodestructivas que se agarran a un hierro candente para seguir de pie, donde la violencia se hace imprescindible para soportar unas realidades oscuras, con unas mentes muy perturbadas que no tienen descanso. Titane son dos películas en una, en dos partes muy diferenciadas, que va de la oscuridad más violenta y siniestra a una leve esperanza en forma de amor. En la primera, asistimos a la vida de Alexia, en su universo violento y sangriento en el que se mueve, donde la cámara pegada a ella, se convierte en una extremidad más, envuelta en una locura sin fin y sin justificación, sedienta de sangre como si fuera una criatura salvaje que no se detiene en su locura, que no está muy lejos de la Justine de Crudo. En la segunda, la película da una vuelta de giro muy importante, la sangre, la noche, y la extrema violencia, dejan paso a las vidas y sobre todo, al encuentro de dos seres enfermos, dos seres que se necesitan, dos almas rotas, perdidas y autodestructivas.

Alexia encuentra algo de amor en su vida, y Vincent, el padre derrotado por la desaparición de su hijo, vive en un limbo muy oscuro, donde cree en cualquier cosa, aunque sea mentira, con tal de estar mejor. Ducournau vuelve a contar con su equipo de Crudo, en la cinematografía tenemos a Ruben Impens, con una imagen espectacular y tremendamente visual, llena de colores brillantes, neones y claroscuros, donde el contraste es la piedra angular de la película, sustentado entre el frío y el calor, en las múltiples máquinas que vemos durante la historia, ya sean automóviles, equipo de incendios, y demás, y el fuego, como síntoma de esa liberación imposible que tanto les cuesta a los personajes de alcanzar. El rítmico y ágil montaje de la primera mitad, en contraste con el pausado de la segunda parte, en que la cámara se detiene y mira el interior de los personajes,  que firma Jean-Christope Bouzy, y el llamativo diseño sonoro, fundamental en una película de estas características, de Fabrice osinsky y Séverin Favriau, y la banda sonora de Jim Williams, que, juntamente con la variopinta selección de temas de diferentes estilos y formas, acompaña de forma afilada a sus imágenes, convergiendo en una sola, donde imagen y sonido contribuyen a explorar a tumba abierta las dos mentes perversas y complejas de los protagonistas.

La película bebe mucho de los relatos sobre la psique humana de Cronenberg, en los que se aborda la locura, la violencia y el cuerpo como un organismo vivo y putrefacto, de manera directa y sin complejos, así como ocurre en el cine de Claire Denis, donde lo cotidiano acoge con naturalidad lo fantástico, creando mundos imposibles, extraños y envueltos en viajes sobre la identidad, lo psicológico y lo terrible de nosotros mismos, a través de todos esos mundos y especies interiores. Y el cine de Bertrand Bonello, con la referencia evidente, ya que el cineasta se reserva el papel de padre de Alexia, otro de los autores que sabe manejar y retratar todos esos mundos oscurísimos y llenos de monstruos de la mente humana. Titane no es una película que pretenda gustar a una mayoría, porque se trata de una obra profundamente personal y profunda, que nos sumerge en lo peor de todos nosotros, en todos esos habitáculos que también forma parte de lo que somos, aunque nos resulte incomodísimo de aceptar, de hablar de ello, porque tanto Alexia, una chica sometida a una huida imposible y un dolor que mitiga asesinando personas, y luego, adoptando un nueva identidad que engaña a alguien que está en su mismo proceso de dolor, sufrimiento y autodestrucción, solo ese choque de perversión, complejidad y violencia, puede terminar de manera incierta y llena de interrogantes.

En el reparto encontramos al citado Bonello, en un breve pero interesante rol, Garance Marillier que vuelve a encarnar un personaje llamado Justine, que tiene una relevancia importante en la vida de Alexia, Vincent Lindon, con su cuerpo musculado y potente, a lo Harvey Keitel de Teniente corrupto (1992), de Abel Ferrara (otro de los autores no muy lejos del universo infernal de Ducournau), en un personaje totalmente perturbado, que se castiga y se droga para soportar tanto dolor y vacío que, extrañamente encontrará en la nueva identidad de Alexia, una esperanza de seguir hacia adelante, aunque sea a través de la mentira. Y finalmente, la debutante Agathe Rousselle es Alexia, una chica en constante huida malévola y sangrienta, con ese aspecto frágil, llena de rabia y andrógino, que deberá ser otro para huir y sin saberlo, reencontrarse con cosas que creía imposibles, con esa transformación orgánica de su cuerpo, en el que aparece lo visceral fundido en lo metálico, todo contado de forma directa, sin tapujos, salvaje y violento, desde una cotidianidad que nos va envolviendo en el fantástico, para construir una mirada crítica a una sociedad cada vez más alienada, vacía e infeliz, como ocurría en las interesantísimas La región salvaje (2016), de Amat Escalante, y Ema (2019), de Pablo Larraín.

Ducournau no quiere que entendamos a sus protagonistas, sino que los acompañemos en su proceso doloroso y lleno de rabia, miseria y violencia, que no es nada fácil, porque debemos estar dispuestos a ver cosas que no nos gustan, y ser testigos de situaciones demasiado dolorosas y terroríficas, pero que sobre todo, la película es una invitación a lo oscuro del alma, a que no dejemos de mirar sus existencias, y las exploremos, olvidando cualquier tipo de prejuicio y enjuiciamiento, que sepamos acercarnos a sus crudísimas existencias y logremos verlos como dos seres humanos con problemas, llenos de batallas interiores, y sobre todo, que no nos resulte incómodo ni difícil  sus vidas y aquello que hacen y sienten, porque ellos, podríamos ser alguno de nosotros, en algún momento, recorriendo un cuento de monstruos y monstruosidades en este tenebroso y frenético viaje hacia lo más profundo del alma, a esa parte negra que todos tenemos, esa parte terrorífica, donde abundan nuestros fantasmas, nuestros miedos y nuestros infiernos particulares. Titane  no tiene término medio, o gusta o se detesta, porque lo que cuenta tampoco lo tiene, no resulta nada complaciente, sino todo lo contrario, porque indaga en aquello que no queremos ver en el otro, aquello que nos hace ser quién no queremos ser, aquello que nos convierte en un ser abyecto y sin sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Benedetta, de Paul Verhoeven

LO MíSTICO Y LA CARNE.

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”.

Franz Grillparzer

El cine de Paul Verhoeven (Ámsterdam, Holanda, 1938), se ha cimentado a través de relatos íntimos, extremadamente psicológicos, sexualmente liberadores y muy oscuros, a través de personajes encerrados en mundos hostiles, sórdidos y tenebrosos, individuos que harán todo lo posible para ser quiénes desean ser y sobre todo, romper unas cadenas demasiado pesadas. Una primera etapa en su país natal con títulos tan reveladores como Delicias holandesas (1971), Delicias turcas (1973), Katty Tippel (1975), Eric, oficial de la reina (1977) y El cuarto hombre  (1993), entre otros, donde la forma y la historia formaban parte de un todo para hablarnos de un modo descarnado y explicito de la condición humana. A partir de 1985 hasta el año 2000, su cine se internacionaliza dirigiendo producciones estadounidenses entre las que destacan Los señores del acero (1985), Desafío total (1990), e Instinto básico (1992). En el 2006 vuelve a su tierra para hacer El libro negro, sobre una espía judía en la Holanda invadida por los nazis. Diez años después realiza Elle, un sofisticado thriller psicológico y sexual sobre malos tratos.

En la filmografía de Verhoeven abundan las mujeres atrapadas en historias turbias y negrísimas, donde las circunstancias las llevan a luchar enérgicamente para sentirse libres, donde siempre se impone la dualidad entre verdad o mentira, entre aquello que nos muestran y aquello que creemos, entre lo psicológico y lo carnal, mujeres que sienten el sexo y lo practican de forma salvaje, sin prejuicios y de forma liberal, y es de esa forma tan natural y descarnada que la muestra el director holandés. En Benedetta, construye su relato basándose en el libro “Afectos vergonzosos”, de Judth C. Brown, un guion escrito con David Birke, su guionista en Elle, para hablarnos de Sor Benedetta Carlini, una monja teatina en la ciudad de Pescia, en la Toscana, durante el siglo XVII; en una atmósfera donde rige el poder sobrenatural de la iglesia, su corrupción e hipocresía, y el catastrófico avance de la peste que asoló Italia. En ese contexto, conocemos a una mujer que dice hablar con el Señor, una mujer al que le brotan estigmas, y parece poseída por el mismísimo Jesucristo. Además, la llegada de Bartolomea, una joven que escapa de los abusos de su padre, aún trastocará la vida de Benedetta, ya que mantendrá relaciones sexuales con la recién llegada.

La férrea vida espiritual y física impuesta por la dictatorial abadesa llevarán a las amantes a rendir cuentas frente al nuncio, en la que Benedetta será juzgada por herejía y relaciones sexuales prohibidas. Verhoeven opta por una estructura clásica, donde vamos conociendo la existencia de Benedetta de primera mano, hurgando en su vida cotidiana, y en sus supuestos milagros, que como era de esperar, dividen a la comunidad, con la oposición de la abadesa y el beneplácito del párroco mayor, aunque el director holandés nunca se decantará por ninguna de las dos opciones, si estamos frente a una farsante y manipuladora, o todo lo que vemos está en manos divinas, en esa cuestión reside la verdadera virtud de la película, dejando esa duda en manos de los espectadores. El contexto social, económico y cultura impuesto por el clero es otro de los elementos más interesantes de la historia, centrándose en todos los tejemanejes de los poderes eclesiásticos ante los estigmas de Benedetta, la reacción de cada uno de ellos, y la supuesta imposición de la que todos hacen gala, en que la película va dejando caer algunas situaciones que nos hacen reflexionar sobre la manipulación construida frente todas aquellas cosas relativas al sexo que rigen en la madre católica apostólica iglesia romana.

El tono naturalista y cercano que usa Verhoeven ayuda a sumergirnos en un relato sobre la fisicidad y psique humana, con una grandísima ambientación de recreación histórica, con la excelente cinematografía de Jeanne Poirier, que ha trabajado con nombres tan importantes del cine francés como Techiné, Ozon, Corsini y Bruni Tedeschi, entre otros, dotando a la historia de esos oportunos claroscuros y ese maravilloso juego con las cortinas, y todo lo relacionado con el interior/exterior, es decir, convento/ciudad. El exquisito y rítmico montaje de Job Ter Burg, que ya estuvo en El libro negro y Elle, que sabe dotar de agilidad y pausa a una historia llena de personajes, intrigas y silencios, y la excelente partitura de Anne Dudley, otra conocida de Verhoeven, ayuda a envolvernos en ese mundo de espiritualidad, hipocresía, manipulación y sexo que anida en toda la película. Benedetta se engloba en todas esas películas que han abordado de manera honesta y realista el mundo de las comunidades de monjas como Los ángeles del pecado, Narciso Negro, La religiosa, Los demonios, Thérèse y Extramuros, entre otras, películas que abordan el universo cerrado de la vida de las monjas desde la naturalidad, desde los deseos reprimidos, las ilusiones no contadas, y toda esa cotidianidad llena de crueldad, sufrimientos y misticismo.

Un reparto asombroso y sobrio interpretan unos personajes que miran y sienten más de lo que hablan, donde sus silencios están llenos de ruido, de rabia y de incomprensión, encabezados por una fascinante y magnética Virginie Efira como Sor Benedetta, llena de vida, mística y sexo, una actriz llena de sabiduría que hipnotiza con su mirada profunda y su cuerpo dolorido y sexual, bien acompañada por la joven Daphné Patakia como Bartolomea, ese cuerpo lujurioso y libre que será clave para la espiritualidad y sexualidad de Benedetta, una llama llena de vida, de amor y de sexo. La grandísima Charlotte Rampling se pone el hábito de la abadesa, recta, rigurosa y atormentada que se impondrá a los supuestos milagros de la protagonista, y hará lo imposible por exterminarlos. Lambert Wilson, con su poderío y elegancia es el Nuncio, que representa toda esa hipocresía y maldad de la iglesia, que debe anteponer el orden a la libertad, y finalmente, Olivier Rabourdin, un actor de gran prestigio en la cinematografía francesa, da vida al cura que defiende los milagros de Benedetta. Verhoeven ha construido una película llena de misterio y enérgica, muy física y espiritual, donde hay tiempo para todo, para conocer los estigmas de Benedetta, su sexualidad de forma natural e íntima, y sobre todo, para conocer el funcionamiento del poder de la iglesia, que se regía por el orden establecido y anulaba de forma tajante cualquier revuelo que tuviese que ver con sentir de forma diferente, hablar fuera de los códigos establecidos, y sobre todo, eliminar cualquier atisbo de pensamiento que condujese a una vida libre y más, si venían de una mujer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fauna, de Nicolás Pereda

REPRESENTAR LA VIOLENCIA.

“El mundo, para nosotros, es representación, como decía Schopenhauer; no es una realidad absoluta, sino un reflejo de ideas esenciales”

Pío Baroja

El cineasta Nicolás Pereda (Ciudad de México, 1982), es uno de los directores mexicanos más potentes de la actualidad, al igual que otros nombres como los de Carlos Reygadas, Michel Franco, Lila Avilés, Amat Escalante, Julia Hernández Cordón, Tatiana Huezo, Luis Estrada, Diego Quemada-Diez, entre otros. Miradas contemporáneas sobre su país, miradas críticas, profundas, muy personales, que inciden en mostrar la realidad social, económica y cultural mexicana muy alejada del conservadurismo oficialista. Un cine para observar, un cine que no solo plantea relatos durísimos, de carne y hueso, muy cercanos, de gentes como nosotros, sino que, también, se plantean desde una búsqueda interesante sobre la planificación, una mise en scene llena de grandes hallazgos formales, donde cada plano y encuadre obedece a una forma en la que tanto lo que se cuenta, como lo que se cuenta van completamente de la mano, generando una serie de ideas sobre cómo representamos la sociedad y las formas infinitas de hacerlo.

Pereda ha dirigido cuatro cortos y nueve largometrajes, moviéndose indistintamente entre la ficción y el documental, y en las múltiples variaciones de los distintos géneros y formas. Su cine, siempre en ese presente del aquí y el ahora, en la que sus metrajes rondan los setenta minutos, como la que aquí nos ocupa, profundiza en el entorno rural, donde abundan las relaciones familiares, siempre bajo el marco de un tono minimalista y profundamente íntimo, en la que hay pocos personajes, y siempre con la ayuda del colectivo teatral Lagartijas tiradas al sol, presentes en toda su filmografía, encabezados por Luisa Pardo, Gabino Rodríguez y Francisco Barreiro, en la que sus historias son un mero marco para desarrollar conflictos familiares entre padres e hijos, la representación como línea de trabajo, donde se detiene en la historia mexicana, en todo su imaginario, y la violencia, tema que expone en Fauna, su última película. El cineasta mexicano usa un dispositivo singular, y extraordinariamente sencillo, donde abundan los planos secuencias largos, con unos encuadres quietos donde coloca a sus personajes y donde se desarrollará la acción. Una trama en la que las situaciones que se van generando están pegadas a la realidad, pero también, al extenderlas, se van generando situaciones extrañas, surrealistas e hilarantes, donde la metaficción se va colando en una especie de muñecas rusas donde todo es representación, todo es ficción, pero también, realidad, una realidad cotidiana y muy cercana.

Fauna nos cuenta la llegada de Luisa y su novio Paco a un pueblo minero del norte, donde se encontrarán con Gabino, el hermano de ella, de visita a casa de sus padres. Con ese arranque donde la pareja se extravía, la espera cuando llegan, el suceso con los cigarrillos, y después, en el bar, cuando Gabino y el padre de Luisa le piden a Paco que interprete una de las escenas de su trabajo en la serie Narcos. A la mañana siguiente, una conversación de Gabino y Luisa, nos introducirá en otra ficción, la del libro que está leyendo Gabino, protagonizado por ellos mismos, donde un hombre busca a otro hombre desaparecido, mientras se va involucrando en una trama de espionaje, crimen organizado y mujeres fatales. Vida que se confunde con la ficción, y aún más, ficción dentro de otra ficción, y en realidad, una especie de falso documental donde se habla de cine, de interpretación, de la representación, y en este caso como el imaginario colectivo se va impregnando de la ficción televisiva en un país azotado por la violencia, como la ficción falsa, llena de convencionalismos y atada al espectáculo de la violencia, va contaminando a la población, y va cambiando su imaginación, donde la violencia real, cruda y oscura, acaba siendo sustituida por una más amable, más irreal y sobre todo, más cómoda, donde todo se suaviza y regla una idea completamente falsa de la violencia que campa a sus anchas en un país como el mexicano.

Pereda ha construido una película magnífica, donde todo es verdad o no, donde propone un magnífico y laberíntico juego que plantea es rompedor, seco y veraz, donde desconoces en qué lugar empieza y acaba, en el que se toma muy en serio la representación de la violencia, y nos ofrece muchos puntos de vista acerca de ella, en una película que pretende hacernos reflexionar como la ficción más comercial y popular, con su apariencia de entretenimiento, acaba resultando una fuente de propaganda donde todo la violencia resulta gratuita, donde carece de una reflexión profunda y donde los matones resultan simpáticos, toda una monstruosidad en la que la película contraataca con su sencillez, profundidad y humor, porque siempre queda la última palabra del espectador, la credibilidad que le da a lo que ve y cómo lo ve, y sobre todo, a rechazar todos esas ficciones visuales y apabullantes que bajo esa apariencia de espectáculo sin más, encierran amenazas que pervierten al espectador y todo su imaginario. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lara Izagirre y Ane Pikaza

Entrevista a Lara Izagirre y Ane Pikaza, directora y actriz de la película “Nora”, en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 31 de agosto de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lara Izagirre y Ane Pikaza, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Nora, de Lara Izagirre

REENCONTRÁNDOSE EN EL CAMINO.

“A veces, hay que hacer lo que hay que hacer”.

De la cineasta Lara Izagirre (Amorebieta-Echano, Vizcaya, 1985), conocíamos su interesante y audaz opera prima Un otoño sin Berlín (2015), protagonizada por unos excelentes Irene Escolar y Tamar Novas que daban vida a los desdichados June y Diego. Una película íntima, muy de interior, encerrados en un piso de la ciudad, con pocos personajes, que nos hablaba de las dificultades de encontrar nuestro lugar y reencontrarnos con aquellos que creíamos olvidados. A través de su productora Gariza Films ha ayudado a levantar películas tan interesantes y de diversos géneros y tonos como Errementari (2017), Vitoria, 3 de marzo (2018), y Una ventana al mar (2020), entre otros. Con Nora vuelve a ponerse tras las cámaras, pero virando hacia un nuevo lugar y tiempo. Vuelve a centrarse en una mujer, la Nora del título, y con más o menos la edad que tenía June, y en un estado vital parecido, pero las circunstancias han cambiado. Nora vive con su abuelo “aitite” Nicolás en Bilbao, un abuelo entrañable que está delicado de salud. Cuando este muere, Nora necesita cambiar, irse y perderse unos días. Así que, coge el viejo Citroën Dyan 6 azul del abuelo, y se lanza a la carretera sin saber adónde ir, solo hacer kilómetros y dibujar lo que ve y sobre todo, lo que siente.

La directora vizcaína cimenta toda su película a través de su personaje, un personaje que siente más que habla, que se busca más que busca, y que anda rastreando las huellas de su abuelo. Un relato humanista y sencillo que nos habla susurrándonos a la oreja, hablándonos de conflictos emocionales que ya padecían sus anteriores protagonistas de Un otoño sin Berlín, pero con otro tono, más vitalista, menos pesado, más ligero, a través de un verano por el norte, saliendo de Bilbao y va perdiéndose por esos pueblos de mar, llenos de encanto, tranquilos, donde todo sucede a un menor ritmo que la ciudad que ha dejado Nora. La joven necesita eso, paz, soledad, dibujar y olvidarse de quién era para descubrirse, reconocerse y encontrar su camino en continuo movimiento. Tiene la película de Izagirre ese tono y ese marco de las películas de Rohmer, con el dos caballos, esos pueblos de la costa francesa, y esas amistades y relaciones que van y vienen sin un punto al que agarrarse. Nora  no estaría muy lejos de la Eva de La virgen de agosto (2019), de Jonás Trueba, pero en vez de perderse por la ciudad, perderse por los caminos de la costa.

Tiene el aspecto de una road movie, aunque una anti-road movie, más cerca del marco que propone la estadounidense Kelly Reichardt, donde los personajes van acumulando kilómetros sin saber muy bien que hacen ni a qué lugar se dirigen, eso sí, cruzándose con otras personas, descubriéndolas y descubriéndose a través de ellas, en un choque constante con ese reflejo que nos va empujando constantemente, en que el viaje físico es simplemente un adorno para adentrarse en el interior más complejo y en constante ebullición del personaje de Nora. Una película donde la parte técnica resulta brillante y acogedora, ya desde esa limpieza y naturalidad visual en un enorme trabajo de cinematografía de Gaizka Bourgeaud, y la exquisita y rítmica edición de Ibai Elortza, que ambos repiten después de la experiencia de Un otoño sin Berlín. El estupendo trabajo de sonido que firma uno de los grandes como Alejandro Castillo, y la excelente música que nos va sumergiendo y guiándonos de forma natural y sin ataduras, que han compuesto la joven Paula Olaz y un grande como Pascal Gaigne.

La brillantísima interpretación de Ane Pikaza, que habíamos visto en pequeños papeles en Vitoria, 3 de marzo  y Ane, autora también de las maravillosas ilustraciones que le van acompañando en su viaje, en un personaje que le va como anillo al dedo, con esa mezcla de dulzura, enfado consigo misma, y ganas de todo y de nada, con el contraste de ir perdida y a la vez, tener claro que al sitio que más quiere ir es cualquier lugar para estar consigo misma, y mirarse al espejo para saber quién es y quitarse gilipolleces de encima. Le acompaña un monstruo de la interpretación como el veterano Héctor Alterio como el abuelo Nicolás, y otros grandes intérpretes vascos como Ramón Barea y Klara Badiola que hacen de sus padres y una breve, pero intensa intervención de una formidable Itziar Ituño. Nora es una película vitalista, ligera y libre, que habla de ese momento que no sabemos qué hacer con nuestra vida, que debemos recuperarnos por una pérdida, en este caso la del abuelo, y que nos vamos a ir encontrando con otras personas por el camino, unas que nos enseñarán y mostrarán sus vidas, y otras, a las que seremos nosotros que ayudaremos.

Izagirre construye un relato sobre la vida, sobre las emociones, plasmando una mirada sensible e intimista, capturando la vida y las pequeñas cosas que suceden en ella, casi imperceptibles si no nos detenemos y miramos a nuestro alrededor, siguiendo esa idea de la vida como un camino donde hay obstáculos, pero también alegrías, eso sí, más breves, pero muy intensas, porque al igual que le sucede emocionalmente a Nora, todos en algún lugar de nuestras vidas nos hemos sentido así, como Robinson Crusoe perdidos no en una isla, sino perdidos del todo, aunque también sabemos que todo eso pasará, y que mientras tanto, tenemos la obligación de no detenernos, de continuar en movimiento, ya sea en un viejo Citroën, haciendo carretera aunque no sepamos muy bien conducir, conociendo personas que nos agradarán, otras no, y sobre todo, sabiendo que la vida es y será una experiencia, una experiencia que tiene mucho  más que ver con lo que nos pasa por dentro que por fuera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La metamorfosis de los pájaros, de Catarina Vasconcelos

LOS FANTASMAS Y SUS RECUERDOS.

“Los muertos no saben que están muertos. La muerte es asunto de los vivos”.

Reconstruir la memoria siempre ha sido un proceso arduo y muy complejo. En ocasiones, la memoria es un ejercicio imposible lleno de oscuridades, silencios y documentación. El gran cineasta Chris Marker (1921-2012), uno de los grandes ensayistas cinematográficos que más trabajó la memoria, su construcción y el archivo, nunca trató de persuadirnos a través de la verdad, si no a través de la vida, de ese compendio de lugares, recuerdos, escritos, imágenes y sobre todo, de invención, una ficción que ayudase a recordar, a componer la memoria perdida y olvidada, a ocupar tantos espacios vacíos cuando hay tanto desierto. La memoria es el vehículo de los trabajos de Catarina Vasconcelos (Lisboa, Portugal, 1986), como dejó claro en su trabajo final de carrera. En el cortometraje Metáfora ou a Tristeza Virada de Avesso (2014), donde indagaba en el duelo por la muerte de su madre y la revolución portuguesa con imágenes en Super8.

La directora lusa en su opera prima vuelve a la memoria y a la memoria de su madre, de su abuela, y de todas las madres. Arranca con sus abuelos, Beatriz y Henrique, y sus seis hijos, entre ellos, el mayor, Jacinto, el padre de la directora. Con una mirada íntima y muy personal, Vasconcelos arma entre el ensayo, el documental, la ficción, el género fantástico, y la poesía, una fábula que no solo nos sumerge en la vida de su familia, sino en la sociedad portuguesa, con sus alegrías y tristezas. Todo rezuma verdad, una verdad extraída de la correspondencia de sus abuelos, los recuerdos de sus tíos y de su padre, y sus propios recuerdos. Un conmovedor y sensible calidoscopio de imágenes sobrecogedoras, de una belleza plástica abrumadora, ayudada por el formato cuadrado en un grandioso trabajo de cinematografía que firma Paulo Menezes, y no menos impactante resulta el minucioso y detallista trabajo de edición de Francisco Moreira, que sabe darle cadencia o ritmo a tantas imágenes, que nos van guiando por esta travesía sobre el tiempo, la memoria de los que ya no están, y todas aquellas sombras y espectros que quedan en el interior de nosotros.

La voz en off compuesta por diferentes voces que nos ayudan a explorar el pasado y el presente, a mirar y mirarnos, a esculpir en el tiempo, que mencionaba Tarkovsky, a ejercitar nuestra memoria y a perdernos y encontrarnos en ese tiempo indefinido, un tiempo que condensa muchos tiempos, muchos recuerdos, muchas imágenes, reconstruyendo una memoria, mediante herramientas de archivo, con las fotografías que nos transportan a otra época y lugar, a otra forma de mirar y sentir, con la maravillosa metáfora de Jacinto, el niño que creía ser un pájaro, que imaginaba su vuelo y andaba en las ramas. Vasconcelos tiene una asombrosa habilidad para ir de un tiempo a otro, de aglutinar el tiempo de su familia en un casa o en un bosque, un tiempo que se diluye en el presente que se filma la película, un presente de aquí y ahora que es todos los tiempos, que es todos los lugares de su familia, que son todas las madres de su familia, que son todos los que ya no están. La directora portuguesa se toma su tiempo en crear su tiempo y su memoria, en reconstruir una memoria en la que apenas tiene imágenes y archivo al que recurrir, ella ha de inventarse la realidad, lo real como ficción, una ficción que ayude a acercarnos esa realidad y la memoria de los suyos.

Un trabajo parecido al que hizo en El gran vuelo (2014), de Carolina Astudillo, en la que construía la memoria de Clara Pueyo Jurnet, dirigente comunista desparecida a principios de los cuarenta, a través de imágenes de otros, imágenes de su época que la ayudaban a reconstruir la vida de alguien en el que apenas quedaban huellas. La abuela Beatriz, “Triz” como la llama la directora, criando sola a sus seis hijos. Su marido Henrique, el marinero ausente, Jacinto, el hijo mayor, el que quería ser pájaro, padre de la directora, y la propia cineasta, recuerdan, vuelven al lugar de los hechos, y nos hablan sobre todos esos fantasmas que ya no están, todos aquellos que partieron, todos los recuerdos que les dejaron, toda la vida que vivieron, todo lo que hicieron, todo lo que fueron y lo que son para los vivos, para los que se quedan. La metamorfosis de los pájaros no es solo una película, es mucho más, porque tiene el poder de traspasar la pantalla y traspasarnos a nosotros mismos, sumergiéndonos en la memoria de una familia como cualquier otra en aquellos años en Portugal, pero tan cerca que podría ser nuestra familia, con sus secretos y sus misterios.

Un relato profundo, fascinante y extraordinario, lleno de silencios y de habitaciones secretas que está contado como un cuento, junto al fuego, en las noches donde el silencio se apodera de todo, donde todos quieren escuchar y sobre todo, quieren saber y adentrarse en el pasado y en el tiempo de los fantasmas y recuerdos familiares. Una fábula sobre la memoria, sobre como recordamos, con ese ritmo cadencioso, como si se tratase de una vela encendida mecida por el viento, con ese misterio donde los muertos cobran vida a través de los vivos, a través de sus recuerdos, de sus escasísimas huellas, y la memoria como motor esencial que nos ayuda a saber de dónde venimos, a recomponernos y sobre todo, a mirarnos a través de los otros, de los que nos precedieron, de los que nos ayudaron a estar donde estamos, a recordarlos con una mirada serena, a caminar hacia adelante sin olvidar el pasado y nuestro pasado, en este continuo pasado-presente en el que estamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Madres verdaderas, de Naomi Kawase

LAS MADRES DE ASATO.

“Yo no te parí, pero te di la luz”

(Frase de la tía abuela en Nacimiento y maternidad)

Si hay una película que define la mirada como cineasta de Naomi Kawase (Nara, Japón, 1969), esa no es otra que Nacimiento y maternidad (2006), un documento de cuarenta minutos, donde la directora condensa su vida del pasado y el presente, contando su propio embarazo y nacimiento de su hijo, y dialoga con su tía abuela, persona que la crió cuando fue abandonada por sus padres. Una obra en la que profundiza en los temas existenciales que ha vivido la propia Kawase y luego ha trasladado a su filmografía. La búsqueda de los orígenes, la construcción de la identidad, la aceptación de la pérdida, el proceso de la maternidad, y esa intensa relación entre las emociones humanas con la naturaleza. Un cine sobre la intimidad, donde las relaciones personales y sus conflictos son tratados desde una sensibilidad estremecedora, sin caer en ningún sentimentalismo donde agradar en exceso al espectador, sino todo lo contrario, acercándose al dolor y la pérdida de forma madura y natural, donde la vida y la muerte continuamente se dan la mano, en que el vacío y la ausencia van estructurando la existencia en un solo espacio, en la que sus personajes viven entre el pasado y el presente, donde vida y muerte se mezcla, se funde y conviven en armonía.

Kawase ha construido una extensa filmografía que roza la treintena de títulos en casi tres décadas. Una carrera en la que nos encontramos tanto cortos como largometrajes, rodados indistintamente, donde conviven obras documentales como de ficción. En Madres verdaderas encontramos los temas y los elementos que constituyen su mirada, esa forma de plantear relatos cotidianos, done el tiempo desaparece y se conforman muchas y variadas capas donde pasado y presente conviven entre los personajes, en que el viaje tanto físico como emocional estructuran fábulas de nuestro tiempo donde las heridas deben acompañarse y cicatrizarse. La maternidad observada desde varias perspectivas, forman la línea argumental de la película, basada en la novela homónima de Mizuki Tsujimura, en un espléndido guion que firman Izumi Takahari junto a Kawase, en un relato construido al detalle y excelentemente bien estructura, donde el tiempo viaja al pasado y circula por el presente indistintamente, en que vamos conociendo los detalles y pormenores del conflicto en el tiempo y la forma que desea la directora para generar esa red de emociones entrecruzadas.

La historia es bien sencilla: Satoko y Kiyokazu Kurihara desean ser padres pero no pueden. Encuentran una empresa que se dedica a la adopción plenaria (acogen a chicas jóvenes en su hogar, las acompañan en su embarazo y cuando dan a luz, la criatura es adoptada por parejas que no pueden tener hijos). La pareja adopta a Asato, hijo de Hikari Katakura, una niña de 14 años que se ha quedado embarazada del compañero de clase con el que sale. Con el tiempo, Hikari quiere conocer a su hijo. Como ocurren en todas las películas de Kawase, el conflicto que se plantea es muy íntimo, corporal y sensorial, donde las emociones tienen mucho que ver, en el que las derivas del tiempo y las circunstancias azotarán a la actitud y gesto de los personajes. Unos individuos en cierta manera desamparados y perdidos, que buscan incesantemente algo de amor, un hogar, un lugar en el que sentirse escuchados y sobre todo, arropados, como le sucede a Hikari, cuando el alud de acontecimientos y experiencias la llevan a volver al hogar de Hiroshima.

Tanto Satoko como Hikari son dos mujeres con una carencia, la primera no puede ser madre, y la segunda, es madre pero no puede cuidar de su hijo por su temprana edad. Las dos son mujeres, las dos son madres, y es ahí, donde Kawase plantea la cuestión principal de su película, la maternidad en todos sus aspectos, tanto en el nacimiento como en el cuidado, sujetadas a las derivas emocionales y sociales con las que deben lidiar los personajes. Una luz mágica, brillante, que traspasa y oscurece que firma Yûta Tsukinaga, dan esa forma donde todo se cuenta desde esa verdad que tanto caracteriza al cine de la japonesa, como ese sutil y conmovedor montaje de una cómplice como Tina Baz, y Yôichi Shibuya, que ya estuvo en Viaje a Nara, en un extraordinario ejercicio de orfebrería donde el tiempo se dilata y la película salta del pasado al presente trazando un intenso y especial forma de encarar el conflicto y sobre todo, en el transcurso del tiempo, una de las características más importantes, ya no solo del cine de Kawase, sino de mucho del cine japonés. La directora japonesa cuida mucho sus detalles y trata con pausa y serenidad el desarrollo de su conflicto, anteponiendo las razones y las circunstancias de sus personajes, donde somos conscientes del paso del tiempo y las emociones que van viviendo sus personajes, cuidando con extrema sensibilidad y delicadeza todo lo que se cuenta y como se cuenta, donde la naturaleza, donde el viento y el agua esenciales como elementos físicos que explican más de los personajes que cualquier línea de diálogo que vayamos a escuchar, detallando toda la complejidad del interior de unos seres que deben lidiar con todo aquello que nos habían contado sobre la maternidad y la adopción.

Otro de los aspectos donde destacan las películas de la cineasta japonesa es la elección y la dirección de su reparto. Hiromi Nagasaku da vida a Satoko, una mujer y madre que deberá enfrentarse al pasado de su hijo, el pequeño Asato, en forma de la visita de su madre biológica, Aju Makita (que hemos visto en varias películas de Hirokazu Koreeda), da vida a Hikari, esa niña madre que con el paso del tiempo, y las hostias de la vida y el desamparo, querrá conocer al hijo que tuvo y no puede olvidar. Y finalmente, Arata Iura como Hiyokazu como el marido de Hiromi, un personaje más testigo de todo el conflicto, porque Kawase nos habla desde la profundidad, sobre el deseo de ser madre, ya sea de forma biológica o desde el cuidado, y de cómo adaptarse a todos los conflictos que vendrán, ya sea internos como exteriores, ya sean provocados por uno o por otros, y como aceptamos todo eso, desde una perspectiva emocional y de aceptación, no de enfrentamiento, porque Kawase lanza una conclusión extraordinaria y humanista en su cine, porque abandona la lucha y al tristeza, proponiendo algo muchísimo más vital y honesto, proponiendo mirar al otro, acompañar, compartir y sobre todo, abrazar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mujer del espía, de Kiyoshi Kurosawa

LA VALENTÍA DE LOS BUENOS.

“El valor, la buena conducta y la perseverancia conquistan todas las cosas y obstáculos que quieran destruirlas y se interpongan en su camino”.

Ralph Waldo Emerson

El universo cinematográfico de Kiyoshi Kurosawa (Kobe, prefectura de Hyôgo, Japón, 1955), compuesto por más de treinta títulos, tanto en largometrajes y series para tv, y abarca casi cuatro décadas, giran en torno a relatos sobre individuos enfrascados en actividades excéntricas y la descomposición de lo social cuando se traspasan los límites de lo irracional, siempre en historias de terror, fantástico y thriller, que suelen lanzar un profundo y crítico análisis de una sociedad abocada al individualismo y al éxito personal por encima de todo. En La mujer del espía, el cineasta japonés nos traslada a principios de los cuarenta, en la localidad de Kobe, su ciudad natal, donde conocemos a Yusaku Fukuhara y su mujer Satoko,. Yusaku es un hombre de negocios, y más concretamente un hombre de cine, de aquel cine todavía mudo, el mismo tiempo que filmaba Mizoguchi, al que se referencia en la película.

Todo parece ir como siempre, dentro de esos años que irán virando hacia el terror y la locura de un país abocado a una guerra fratricida, inútil e imperialista, como va indicando la posición de Yasuharu Tsumori, amigo de la infancia de Satoiko, convertido en un policía despiadado a la caza del espía y el traidor. Un viaje a Manchuria de Yusaku y sus ayudantes, para filmar unas tomas para su próxima producción, desencadenará el conflicto, ya que serán testigos de los experimentos aberrantes con personas al estilo nazi que se harán con más saña durante la Segunda Guerra Mundial. Kurosawa que firma el guión con Ryusuke Hamaguchi (coguionista y director de esa delicia que es Happy Hour) y Tadashi Nohara, también coguionista de la anterior citada, nos sumerge de forma natural y sencilla en la atmósfera de preguerra de ese Japón, donde todos parecen enemigos de la patria, donde el matrimonio hará lo indecible para sacar esa información valiosa al extranjero y que todo el mundo sepa las verdaderas intenciones ocultas del emperador Hirohito.

El director nipón maneja con soltura e inteligencia desde su exquisita ambientación, desde unos interiores amplios con detalles y objetos que agrandan el misterio que encierra la película, y esos exteriores donde todo sucede enclavado en ese aroma de miedo y locura que va desatándose en el país, donde la elegante y sensible cinematografía de Tatsunosuke Sasaki, el magnífico juego de ficción y realidad que tendrá una importancia capital en el desarrollo de la trama, y qué decir de la ambigüedad de los personajes, bien dibujados y con esa lectura entre líneas, y los estupendos diálogos que aún más nos van succionando hacia el devenir inevitable de unos hechos donde todo pende de un hilo muy fino. Tiene la película ese aroma que tenían los grandes títulos de Hitchcock de los cuarenta, como Rebeca, Sospecha y Encadenados, con ese aire denso de cotidianidad y misterio, donde la oscuridad de los personajes devenía unas oscuras y tremendas cintas de tensión sin parangón, el mismo equivalente serían las películas de Fritz Lang como El hombre atrapado y Los verdugos también mueren, cine sobre la Segunda Guerra Mundial, pero no desde la épica o los casos más sonados, sino desde el otro lado, desde la tranquilidad del hogar, entre amigos y con enigmas detrás de puertas y encerrados en sótanos.

La impecable factura técnica de la película no sería lo que es sin la aportación clave de los intérpretes, como las excelentes composiciones de los actores, entre los que destaca ese dúo enfrentado que vemos juntos en una ocasión contada como son Issey Takahashi en el papel de Yusaku, el valiente enfrentado a su país y todo lo que haga falta para desenterrar las atrocidades que ocultan, y su enemigo, Masahiro Higashide como Yahusaru, ese guardián aniquilador de cualquier atisbo de libertad o humanidad, y finalmente, Yû Aoi dando vida a Satoko, alma mater de la historia, que vemos como actriz y como mujer, jugando sus cartas, algunas marcadas y otras no, evidenciando su posición frente al terror, una mujer valiente y enamorada que, junto a su esposo, hará lo indecible para seguir luchando contra los malvados, poniéndose constantemente en peligro ella, y su marido, y sobre todo, dejando sus interés personales de lado, en un gesto humano y maravilloso. tan necesario en el mundo tan individualizado en el que vivimos que ya nadie hace nada por nadie a no ser que se lucra por ello.

Kurosawa ha construido una película magnífica, en el que sabe sumergirnos con inteligencia a ese tiempo convulso, con un tempo reposado donde va contándonos todos los detalles y los diferentes puntos de vista, no de forma fácil, sino con sus continuos vaivenes argumentales, muy propios de este cine donde el drama personal se mezcla con el policiaco, en el que las cosas mundanas de la gente se fusionan con los avatares de la historias. Un thriller psicológico lleno de espacios ocultos y recovecos imposibles, con esa huella característica del cine clásico, tan elegante, sobrio y contenido como lo eran las película de Öphuls, donde detrás de cada pliegue y puerta se escondía algo importantísimo para los personajes, y no menos para los espectadores, donde la ambigüedad y el misterio caminan junto a las pesquisas y descubrimientos de los individuos, donde nada ni nada decía la verdad, o si la decían era mentira, donde el cine alcanzaba ese aura de misterio por resolver, donde cada mirada y cada gesto estaba calculado, donde nada era por azar, y sobre todo, donde el plano, la música y todo aquello que veíamos producía en nosotros una idea de todo lo que era y hasta donde podía llegar esa forma tan interesante y singular de contarnos las historias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA