Verano del 85, de François Ozon

CUANDO DEJAMOS DE SER INOCENTES.

“I am flying, I am flying

Like a bird, across the sky

I am flying, passing high clouds

To be near you, to be free”

(Estrofa de la canción “Sailing”, de Rod Stewart)

El primer amor nunca se olvida, aquel que nos fascinó y traspasó nuestra alma, aquella primera vez que sentimos algo tan intenso y profundo por alguien, aquel amor cuando éramos adolescentes, cuando la vida todavía estaba por hacerse, cuando las cosas olían y se sentían de formas muy distintas, nunca con tanta fuerza y magnetismo como después, cuando nos lanzábamos al abismo, llevados por energías que nos hipnotizaban, que nos sumían en una aventura fascinante, donde la vida y el amor se confundían, vivían una con la otra, fusionadas y en un solo cuerpo, donde creíamos que el amor duraría siempre, que sería irrompible, poderoso, pero también, descubrimos que la vida y el amor, casi nunca van de la mano, y aquel espíritu joven e inocente, se acabaría diluyendo con el tiempo, y el amor, o lo que llamamos amor, jamás volvería con aquella fuerza.

En el universo cinematográfico de François Ozon (París, Francia, 1967), con diecinueve títulos en su haber, podemos encontrar una mirada profunda y sensible hacia la adolescencia, y la homosexualidad, en películas como Amantes criminales (1999), Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), La piscina (2003), El tiempo que queda (2005), En la casa (2012), Joven y bonita (2013), o Una nueva amiga (2014), películas donde sus adolescentes son personas de carácter, fuertes y libres, que chocan contra las normas y lo establecido de los adultos. En Verano del 85, Ozon vuelve a su adolescencia, y parte de una adaptación libre de la novela “Dance on My grave”, de Aidan Chambers, para contarnos la historia de un amor entre Alexis, a punto de cumplir los dieciséis años, apocado, inocente y asumiendo su identidad sexual, y David, dieciocho años, todo lo contrario que Alexis, libre, de carácter, lanzado, y sin prejuicios. Los dos chicos se conocen, empiezan a salir y acaban teniendo una relación. Estamos en uno de esos pequeños pueblos costeros como Le Tréport, en la alta Normandía, donde parece que los veranos pueden durar eternamente, o al menos eso cree Alexis. Las desavenencias entre los dos chicos pronto aparecerán, ya que tienen formas muy distintas de vivir, y sobre todo, de sentir.

El director francés filma en súper 16, dando ese tono cercano e íntimo que tanto requiere la película, con esos planos secuencia, como el que abre la película, recorriendo esa playa hasta el paseo, mientras escuchamos el “In Between Days”, de The Cure, que recuerda a las imágenes de Cuento de verano (1996), de Rohmer, en la que curiosamente intervenía Melvil Poupaud. Una luz que firma el cinematógrafo Hichame Alaouie (responsable de Instinto maternal), y el brillante montaje de Laure Gardette (que lleva una década de trabajo con Ozon, desde Potiche), que le da ese toque de juventud, del aquí y ahora, de espontaneidad, de pulsión, un amor llevado por el viento, sin tiempo para detenerse, todo se vive y se siente muy intensamente. Ozon coloca el tema “Sailing”, de Rod Stewart, que nos habla de la sensación de amar y la de ser rechazado, como eje central de su relato, como podremos comprobar en la secuencia más intensa y sensible de la película, cuando en la discoteca, perdemos la música de ambiente, para centrarnos en la música que escucha Alexis con el walkman, el tema de Stewart, que definen mucho todas las emociones que experimenta el joven, mientras que David, sigue dando saltos, como poseído, dejándose llevar por la música que ya no escuchamos.

Ozon, fiel a su estilo, no construye una película lineal, centrada en solo la historia de amor de los dos jóvenes, sino que inventa una trama de thriller, que no aparece en la novela, en que la película arranca una vez han sucedido los hechos, y mediante un flashback, vamos siguiendo los acontecimientos entre los dos chicos. El cineasta francés nos ofrece una mirada libre y brillante, acercándonos a aquel tiempo, al tiempo del amor, a la edad del amor, conjugando de forma magnífica y sensible los ambientes y situaciones, atrapándonos en un tiempo donde todavía era posible todo, donde las emociones se vivían de forma muy diferente a lo que vino después, no mira la homosexualidad como algo turbio o siniestro, sino todo lo contrario, un aspecto que no supone ningún problema para los jóvenes, que lo aceptan de forma natural, eso sí, con sus inseguridades, sobre todo, el personaje de Alexis, da igual que el amor sea homosexual, sino que la película se centra en el amor en mayúsculas, en las consecuencias de enamorarse, y las dificultades de amar, cuando la otra persona es tan diferente a nosotros.

La naturalidad y honestidad de los dos actores protagonistas ayuda a sumergirnos en ese tiempo, tenemos a Félix Lefebvre dando vida a Alexis, con ese aire de River Phoenix, de poca cosa, una especie de efebo que caerá en las redes de David, interpretado por Benjamin Voisin, toda una fuerza arrasadora y pura energía, bien acompañados por Philippine Velge, que da vida a Kate, la inglesa que conocerá a los dos chicos, y Melvil Poupaud, como profesor de Alexis, que recuerda un poco a la relación que tenían profesor y alumno en la aclamada En la casa, y Valeria Bruni-Tedeschi, como madre de David, una actriz de la factory de Ozon, dotada de gran personalidad y brillantez en sus roles. Ozon nos hace disfrutar, conmovernos y añorar aquel tiempo de la adolescencia, con sus tiempos, ritmos, su juventud, que parecía que iba a durar eternamente, como cantaban los Alphaville, enamorándonos, recordando, sintiendo, como nunca más volveremos a sentir, y a vivir, con esas ganas como si todo se terminase al día siguiente, sin prejuicios, sin preocupaciones, sin barreras, mirándonos frente a frente, bailando, bañándonos en el mar a la luz de la luna, yendo en moto, con el viento en la cara, siendo jóvenes, inocentes y valientes, soñando y volando sin despertar jamás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Akelarre, de Pablo Agüero

CONDENADAS POR MUJERES.

“Los hombres temen a las mujeres que no les temen”

Los más inquietos y curiosos recordarán la pintura Aquelarre, que Francisco de Goya pintó entre 1797 y 1798, donde vemos representado al diablo como un macho cabrío negro, rodeado de mujeres, expectantes para ser poseídas por el maligno. Representación de un imaginario popular impuesto por el estado. Durante muchos siglos, el poder, basándose en creencias fútiles y falsas, creó todo un aparato de represión y exterminio contra las mujeres, acusándolas injustamente de ser brujas, que en realidad, encubría una persecución del estado monárquico clerical para eliminar cualquier vestigio de diferencia, libertad y resistencia a lo establecido. Muchas son las crónicas que registran tales hechos, como la que ocurrió en el valle de Araitz (Navarra), en 1595, sucesos que fueron llevados al cine por Pedro Olea en 1984 bajo el título de Akelarre. Recogiendo el mismo título, el cineasta Pablo Agüero (Mendoza, Argentina, 1977), y la guionista francesa Katel Guillou, firman un guión, libremente inspirado en el “Tratado de la inconstancia de los malos ángeles y demonios”, del juez Pierre de Lancre, en el que describe su recorrido por el País Vasco en 1609, en una “Caza de brujas” sistemática, donde condenó a cientos de mujeres a morir en la hoguera por brujería.

De Agüero, conocíamos la película Eva no duerme (2015), donde se recogía la odisea del cadáver embalsamado de Eva Perón, ya que las autoridades deseaban borrar su figura de la cultura popular. Antes, había dirigido Salamandra (2008), sobre el proceso de iniciación de un niño en una comuna hippie perdida en la Patagonia, en 77 Doronship (2009), relataba la difícil convivencia de una parisina a punto de dar a luz y el abuelo de su novio, cuando éste la abandona, en el documental Madre de los Dioses (2015), su primera incursión en el mundo femenino, seguía las diferentes creencias místicas de cuatro mujeres solteras de la Patagonia, y en A son of Man (2018), donde un hijo es invitado por su padre para localizar un tesoro Inca. En Akelarre, el director argentino ha querido ser lo más fiel posible al relato que nos cuenta, empezando por las localizaciones de Navarra, País Vasco y sur de Francia, algunos testigos reales donde se desarrollaron los hechos, y el idioma, donde conviven el euskera, que hablan las seis mujeres, y el castellano, que hablan los inquisidores, el idioma del reino, de la imposición, y de la ley.

La película nos sitúa en las tierras vascas de 1609, los hombres han partido a Terranova a pescar, mientras las mujeres, en tierra, pasan el tiempo tejiendo y compartiendo esa libertad, juventud y belleza, tres aspectos que las llevarán ante la ley, encabezadas por el espíritu combativo y libre de Ana, líder de este grupo de amigas y cómplices, que juegan, ríen, cantan y bailan, por los acantilados, por el bosque, y por cualquier lugar, lejos de las cadenas patriarcales que les impone una sociedad machista y violenta. A Ana le siguen, María, Olaia, Maider, Lorea y la pequeña Katalin. Seis mujeres, seis seres que viven la vida y la felicidad en toda su plenitud, juntas y disfrutando de la impaciencia de la juventud y los deseos de estar bien y seguir disfrutando. Por esos hechos, y no otros, son encarceladas y juzgadas por brujería, por el juez Rostegui y su consejero, bajo el beneplácito de la iglesia. El relato huye de lo artificial y la argucia tenebrosa, más propia del género de terror convencional, para adentrarnos en un mundo muy oscuro y terrorífico, donde la miseria, el miedo y las cadenas eran el pan de cada día.

El relato está bañado de tonos sombríos, pálidos y tenues, con un aorma parecido al representaba la película de El nombre de la rosa, desde la caracterización de los personajes, y los ambientes donde se sitúa la película, así como el inmenso trabajo de luz, obra de un grande como Javier Agirre (autor, entre otras, de Loreak, Handia o La trinchera infinita), componiendo esos tonos lúgubres, con esos cielos nublados y grises, donde la cámara se acerca, escrutando la juventud o las grietas de los rostros y las miradas afiladas, predominando los espacios cerrados, como la celda donde están encerradas las mujeres, o la sala del juzgado. Espacios que nunca veremos en su totalidad, sino fragmentados y en primeros planos de los personajes, en que el excelente montaje, obra de una experta como Teresa Font, con más de cuatro décadas de profesión, consigue esa profundidad y esa tensión que tanto requiere el relato, dando voz y visibilidad a las reflexiones de las seis mujeres, y de los señores inquisidores en el juzgado, con ese juez llevado por el deseo irrefrenable que le provoca la visión de las seis mujeres en movimiento, dejando claro la intención del estado, que no es otra que la de eliminar cualquier vestigio de libertad, y someter y alinear a cualquier ciudadana diferente a las creencias religiosas y conservadoras.

El grandísimo trabajo de arte que firma Mikel Serrano (autor de algunas de las mejores obras actuales de la cinematografía vasca como Loreak, Amama o Handia), nos sitúa en ese contexto histórico, utilizando unos elementos bien escogidos y situados en el ambiente, creando esa idea de terror, sin caer en los golpes de efecto ni en los decorados recargados. Y finalmente, la música que suena en la película, obra de Maite Arroitajauregi –mursego- y Aranzazu Calleja, con esa limpieza y energía vocal y musical, con la maravillosa canción que escuchamos en varias partes de la película, convertida en el leit motiv del relato, que nos habla de amor, de pasión y desenfreno, aspectos de la carne, que hipócritamente perseguía y condenaba el estado-iglesia. Unas melodías, acompañados de las danzas visuales y sensuales, consiguen ese toque onírico de romanticismo vital que acompaña a estas seis mujeres valientes, decididas, inteligentes y libres.

El magnífico y bien elegido reparto, que mezcla con sabiduría un elenco experimentado como Alex Brendemühl como el despiadado juez Rostegui, bien acompañada por el actor argentino Daniel Fanego como consejero, un intérprete con un rostro, y una voz muy marcadas. Las soberbias y magnéticas interpretación de las seis mujeres, que encabeza Amaia Aberasturi (que ya nos encantó en Vitoria, 3 de marzo), aquí consolidándose en un rol que le va genial, siendo esa Ana capaz de enfrentarse al poder y sobre todo, de sentirse firme ante la infamia que se le acusa a ella y las demás. A su lado, cinco chicas elegidas en el extenso casting: María es Yune Nogueiras, Katalin es Garazi Urkola, Olaia es Irati Saez de Urabain, Maider es Jone Laspiur, y Oneka es Lorea Ibarra. Seis mujeres injustamente juzgadas por el hecho de ser mujeres libres y valientes, no sometidas al estado patriarcal que dicta las normas, dando vida a todas esas mujeres injustamente quemadas en la hoguera por brujería, que la película visibiliza y rescata del olvido, dándoles el lugar que se merecen en la historia, convirtiéndolas en lo que eran, unas mujeres dignas, resistentes y fuertes, en un estado y sociedad, que pasados los siglos, sigue tratando con desdén y violencia a las mujeres, negándoles su identidad, espacio y libertad, en este magnífico, íntimo y terrorífico cuento feminista sobre la libertad y la identidad de las mujeres, mostrando una realidad, que como suele ocurrir, da más miedo que cualquier ficción que se precie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Rifkin’s Festival, de Woody Allen

¿QUÉ SENTIDO TIENE ESTAR VIVO?.

Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine”.

François Truffaut

La cita anual con el universo cinematográfico de Woody Allen (Brooklyn, Nueva York, EE.UU., 1935), ha llegado a la película número cincuenta y medio, en la que nos sitúa esta vez en San Sebastián, y más concretamente, durante su festival de cine. A la ciudad, han llegado Sue, una engreída agente de prensa, y su marido, Mort Rifkin, un tipo inseguro y perdido, que siempre ha deseado ser escritor, y lleva demasiado tiempo intentando escribir su obra maestra. Mort es un gran amante del cine, del cine europeo de antes, aquel con el que soñaba hacer cuando daba clases de cine. Pero, la estancia en la preciosa ciudad no sale como esperaba, y todo se tuerce. Sue, está fascinada por su representado, Philippe, un afamado y narcisista director de cine, que no traga Rifkin, al que considera un esnob y presuntuoso, y además, un pésimo y pretencioso cineasta.

Entre tanto, y sin nada que hacer, Rifkin pasea por la ciudad, dejándose llevar por su imaginación, psicoanalizándose (como ese precioso arranque de la película, en el que Rifkin le cuenta a su psicológico las vicisitudes del viaje que estamos a punto de ver), y reinterpretando famosas secuencias de películas, en las que aparecen personas de su vida real, primero más lúdicas y sentimentales, reivindicando ese cine europeo más adulto y maduro que el que se hacía en Hollywood, donde las historias tocaban más la verdad y los personajes eran de carne y hueso, como hace con el triángulo amoroso de Jules y Jim, de Truffaut, emulando el recorrido en bicicleta, el famoso travelling de Ocho y medio, de Fellini (fábula profunda sobre los fantasmas de un director de cine), en el que aparecen diversos personas que interactúan con él, incluidos sus padres, mientras suena la maravillosa melodía de Nino Rota, o el famoso viaje en plena lluvia de Un hombre y una mujer, de Lelouch, y más adelante, las secuencias se volverán más oscuras y profundas, como el instante de los invitados atrapados en la casa de El ángel exterminador, de Buñuel, o la vuelta a la infancia emulando a Fresas salvajes, o en medio de las dos mujeres de Rifikin (su esposa y su doctora, que conocerá en San Sebatián), siguiendo la tensión de Persona, o el encuentro con la muerte, de El séptimo sello, todas dirigidas por Bergman. Durante sus encuentros por la ciudad, Rifkin conoce a la Dra. Jo Rojas, y toda su estancia cambia, ya se sentirá fuertemente atraído por Jo, y empieza a quedar con ella.

Allen sigue instalado en la comedia romántica, pero con sus matices, claro está, si bien construye un relato ligero y en cierta medida, arranca alegre y lleno de equívocos y (des)encuentros, se irá llenando de nubarrones y situaciones amargas y tristes, y alguna que otra, rocambolesca. Rifkin es el personaje tipo de Allen, los que hacía él en la década de los setenta y ochenta, para ya en los noventa dar paso a otros actores, que lo están interpretando, con alguna que otra incursión, que por edad, Allen daba el tipo. Sus personajes son personas inadaptadas, frustradas, demasiado diferentes para los avatares de la sociedad, seres que siempre han soñado con ser quiénes no son, individuos que fracasan en su empeño de ser artistas, quedándose en meros profesores o artistas de tercera, enfrascados en sus conflictos sentimentales, en sus constantes exámenes a sí mismos, en su búsqueda interior, en su razón de existir, y en ordenar, sin éxito, sus complejas emociones, deseos o ilusiones. Tipos que se embarcan en historias de finales inesperados y trágicos, metidos en situaciones que les son ajenas, enfrascados en encontrarle un sentido a la vida, y como suele pasar, siempre acaban mucho más perdidos que al principio. Allen suele hablar casi siempre de esa clase media-alta neoyorquina que tanto conoce, de forma crítica y divertida, donde hay escritores, profes, doctores, psicólogos, y muchos artistas, eso sí, ninguno de ellos es capaz de admitir su soberbia y también, su ineptitud.

En Rifkin’s Festival hay esa mirada al cine, a un oficio que conoce demasiado bien, donde pululan tipos de toda clase y colores. Una mirada que ha tocado en diversas formas y texturas a lo largo del cine, quizás las más parecidas a la película que nos atañe, serían dos, donde el cine no solo era una cuestión fundamental en la película, sino la única razón de existencia para sus personajes. En La rosa púrpura del Cairo (1985), cine y vida se mezclaban de tal manera, que la desdichada camarera Cecilia, encontraba el amor con un personaje de ficción que salía de la pantalla literalmente, y en Stardust Memories (1980), la que podríamos decir, más parecida a la historia que cuenta Rifkin’s Festival, aunque el director de cine Sandy Bates, viajaba a la costa a recibir un homenaje, y se encerraba en el hotel a recordar los fantasmas de sus ex parejas sentimentales. Casi como le ocurre a Mort Rifkin, aunque él no sea director, si que durante el festival, se enfrenta a sus fantasmas, miedos, inseguridades y respectivos vacíos, a un tiempo de reflexión, de hacer cuentas consigo mismo, y quizás, a empezar de nuevo, o a volver por donde solía, que no era algo importante, pero si, algo que, por momentos, le hacía estar bien.

El cineasta neoyorquino, fiel a su estilo y a su mirada de hacer cine, necesita ese equipo de colaboradores cómplices, que muchos de ellos le acompañan desde hace décadas, como las productoras Letty Anderson y Helen Robin, el arte de Alain Bainée, en su segunda colaboración, el vestuario de Sonia Grande, en su quinta película juntos, el maravilloso y ágil montaje de Alisa Lepselter, veintidós películas con Allen, y la magnífica luz cantábrica y soleada del gran Vittorio Storaro, la cuarta colaboración juntos, sin olvidarnos de un elemento esencial en el cine de Allen, la música, y concretamente, la música Jazz, que firma Stephane Wrembell, un viejo conocido. Después de tantas historias, la mirada de Allen tiene oficio, y sabe por dónde se mueve, los noventa y dos minutos de metraje de la película pasan volando, y las diferentes situaciones del festival, la ciudad, los sueños y evocaciones surrealistas de Rifkin, se acomodan sin ningún aspaviento en la trama.

Y qué decir de los intérpretes, con un viejo conocido de Allen como el gran Wallace Shawn, como el desdichado Mort Rifkin, bien acompañado por una elegante y engreída Gina Gershon dando vida a Sue, la mujer de Mort, una natural Elena Anaya es la doctora, objeto de deseo de Mort, con un marido como Sergi López, en una secuencia loquísima, y Louis Garrel como el director sabelotodo que se mueve en un escaparte como el festival, agasajado y encumbrado sin merecerlo, y la aparición de Christophe Waltz como la Muerte de El séptimo sello, quizás uno de esos momentos made in Woody Allen, donde mezcla trascendencia, terror y humor. La película gustará a todos aquellos que llevamos años viendo el cine de Allen, un señor que lleva más de medio siglo haciendo cine, el cine que le gusta, riéndose de todos y sobre todo, de sí misma, quitándole trascendencia a la vida, y a esto del cine, con ese toque de ligereza, donde hay humor, divertimento, conflictos sentimentales, conflictos existencialistas, y sobre todo, muchas preguntas sin respuesta, porque al fin y al cabo, el cine, no solo ayuda a vivir, sino a abstraerse y refugiarse de tanta realidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Falling, de Viggo Mortensen

MI PADRE.

“No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos”.

Friedrich Schiller

Una persona tan inquieta como Viggo Mortensen (Watertown, Nueva York, EE.UU., 1958), que ha tocado la poesía, la fotografía y la pintura, y alberga, desde mediados de los ochenta, una gran carrera como intérprete, a las órdenes de grandes directores como Peter Weir, Jane  Campion,  Peter  Jackson,  David Oelhoffen,  Matt  Ross,  Lisandro Alonso  y David  Cronenberg, entre muchos otros de los más de sesenta títulos que ha interpretado, era cuestión de tiempo que se pusiera a dirigir. Ahora, esa inquebrantable inquietud y curiosidad le ha llevado a ponerse tras las cámaras dirigiendo su opera prima, Falling, en la que parte de recuerdos y experiencias personales, para construir un sólido y durísimo drama familiar, entre un padre Willis y su hijo, John. Dos personas opuestas, de ideologías en las antípodas, y de caracteres tan diferentes que cualquiera diría que son familia. Mortensen nos cuenta el relato en dos tiempos. En uno, asistimos a la infancia y adolescencia de John, junto a su padre y madre, Gwenn, y su hermana pequeña, Sarah, encerrados en el rancho, montando a caballo y yendo de caza. Un tiempo que nos sitúa en esos primeros veinte años de la vida de John. En el segundo tiempo, la película se sitúa en el año 2009, cuando Willis tiene 75 años y John, 50. Willis padece demencia y ya no puede vivir solo en el rancho, e insta a su hijo a que le ayuda a buscar casa en California.

El relato nos lleva por este viaje a las circunstancias y emociones entre un padre y un hijo, en una trama interesante donde iremos de un tiempo a otro, conociendo las vicisitudes familiares y personales que nos han llevado hasta la situación actual. Ahí vemos los primeros contrastes de la película, entre las zonas rurales y cerradas de la costa este, frente al progresismo de la zona del oeste. Entre un padre misógino, racista y malcarado, y un hijo, homosexual, liberal y sensible. Mortensen huye del arquetipo, se centra en las dificultades y tensiones que existen entre padre e hijo, en la complejidad de su relación, y en todo el bagaje emocional que los une, pero también, los aleja, repasando los momentos más cruciales en sus vidas, cuando la madre, cogió a sus hijos y abandona a Willis, las diferencias entre la novia de Willis y la convivencia de la madre, puro amor y bondad, como deja claro en varias secuencias, dotadas de una gran fuerza dramática, como la despedida cuando la madre se lleva a los dos hijos, dejando a Willis solo en la casa, o aquella, ya en la actualidad, en la comida familiar, donde vemos las múltiples diferencias que existen entre Willis, y el resto de la familia.

El director neoyorquino, que también firma el guión, compone una película profunda y bien narrada, llevándonos con interés y armonía por un tempo, que en ningún instante decae su interés y las diferentes tramas que van sumergiendo. La excelente cinematografía firmada por Marcel Zysking (habitual de Michael Winterbottom), hace que las imágenes, tanto actuales como pasadas, llenen de intensidad y majestuosidad la película, con esos tones oscuros y pálidos de la zona de la granja, y la luz brillante de la actualidad en casa de John y su pareja. O el pausado y conmovedor montaje que realiza Ronald Sanders (colaborador de Cronenberg), dotando a la narración de elegancia, fuerza y drama, sin caer en el sentimentalismo ni la exageración, todo el marco se muestra contenido y sobrio, sin alardes visuales ni argumentales, eso sí, la limpieza, inteligencia y fuerza visual está en cada momento, arropando con contundencia todo lo que sienten los personajes.

El veterano Lance Henriksen, que muchos recordarán por sus roles en Terminator y Aliens, da vida al rudo, desagradable y amargado Willis en su otoño particular, ese en el que está peleado con todos, y no es capaz de asumir sus errores y sobre todo, perdonarse y perdonar. Frente a él, un Viggo Mortensen, con su habitual fortaleza en la mirada y en el gesto, un actor capaz de meterse en la piel de esos personajes sensibles y de aspectos duros, aquí, haciendo de un tipo que tiene muchas cuentas pendientes con su padre, con ese hombre que no supo ser feliz, ni serlo con su familia. Laura Linney hace de Sarah de adulta, con una breve aparición, pero igual de contundente y llena de tensión. Sverrir Gudnason es Willis desde los 23 a los 43 años de edad, ese padre al que John admiraba, peor con el tiempo acabo odiando por su carácter egoísta y su actitud malvada, y Hannah Gross es Gwen, la madre, esa mujer que cuidó y amó a sus hijos, e intento darles una paz y armonía que el padre les negaba. Sin olvidarnos, de la breve presencia del director David Cronenberg, que interpreta a un doctor, íntimo amigo del director, desde que filmaron esas maravillas que son Una historia de violencia y Promesas del este. Mortensen se ha destapado como un director de mirada profunda y bella, capaz de conducirnos con fuerza y sobriedad por este drama de altos vuelos, que sigue la relación difícil entre un padre y su hijo, o lo que es lo mismo, entre alguien que no supo ser feliz, y un hijo, que hizo lo imposible para serlo, alejado del padre. JOSÉ ANTONIO PÉREZ GUEVARA

Una ventana al mar, de Miguel Ángel Jiménez

MARÍA SE ATREVE A VIVIR.

“La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”.

George Santayana

María tiene cincuenta y cinco años, trabaja de funcionaria en Bilbao, donde vive, se pasa los días ausente y ensimismada en todo aquello que podría haber sido y nunca será. Sus fieles amigas, su hijo y sus nietos pequeños llenan algo de ese vacío que siente. Toda su vida se pone patas arriba, cuando le diagnostican cáncer, hecho que no le impide viajar a Grecia con sus amigas. Bajo esa premisa sencilla, la película sigue el recorrido emocional de una persona que, la vida, como tantos otros, ha pasado por encima, como si no fuera con ellos, incapaces de sentirla en toda su plenitud, de seguir peleándola, de no darse por vencido. El director Miguel Ángel Jiménez (Madrid, 1979), que habíamos conocido con Ori (2009), y Chaika (2012), dos cintas filmadas en antiguas repúblicas soviéticas, relatos duros y complejos, donde habitaban personajes con fuertes heridas emocionales, le siguió The Night Watchman. La mina (2016), rodada en EE.UU., bajo el atuendo de film independiente y de thriller psicológico.

Ahora, con Una ventana al mar, Jiménez realiza su película más personal e íntima, que nace de una experiencia real, y vuelve a contar con parte de su equipo técnico colaborador como Luis Moya, que escribe el guión, junto a Luis Gamboa y él mismo, la cinematografía de Gorka Gómez Andreu, la música de un grande como Pascal Gaigne, y el montaje de otro grande como el recientemente desaparecido Iván Aledo. Un equipo de primera división para contarnos la vida de María, que en su peor momento vital, decide soltar amarras y lanzarse al mar, pero dejando el oscuro y frío mar Cantábrico, y descubrir el luminoso y cálido mar Mediterráneo, cambiando el lluvioso Bilbao por la soleada isla de Nysiros, en Grecia, un lugar que emana paz, tranquilidad y descanso, y lo hará junto a Stefanos, un maduro marinero, de aspecto rudo, y de corazón enorme, que arrastra cicatrices, y pasa sus días pescando a bordo de su barco. El relato viaja tranquilo, se olvida de sobresaltos y argucias argumentales, para dejarnos tiempo para mirar, para sentir la isla griega, para seguir los pasos, cada vez más lentos, de María, alguien que ha decidido vivir, haciendo caso omiso a las advertencias de Imanol, ese hijo obstinado con la cura de su madre, alguien que no acepta, que se obceca en una pared sin puerta.

María ha tomado una decisión, el tiempo que le quede, quiere vivir, disfrutar la vida, sentirse bien y hacer lo posible para conseguirlo, dejándose llevar por el viento mediterráneo, por la vida apacible y serena que tiene Nysiros. La cinta de Jiménez habla sobre la vida, de su condición efímera, de disfrutar del aquí y el ahora, de aceptar la muerte, de no luchar cuando ya es inútil, de dejarse llevar por el viento y la luz, de bañarse en el mar desnuda, de sentir que no hay un mañana, de tomarse la enfermedad con dignidad y tranquilidad, de luchar por vivir, por sentir la vida en toda su plenitud, escuchando agradables canciones griegas que hablan del alma, de quiénes somos, olvidarse del tiempo, caminar por el pueblo, recorriéndolo y recorriéndonos a nosotros mismos, descubriéndonos a cada instante, a cada detalle, sabiendo que toda nuestra existencia puede concentrarse en un instante, y ese instante pasará, y quedaremos nosotros, o aquello que fuimos cuando ya no estemos.

Una película que habla sobre la muerte, peor a través de la vida, de la sensación única e incomparable de vivir, de sentir, de emocionarnos, de amar y ser amados, de comprender, y que nos comprendan, de hacer con nosotros mismos, todas aquellas cosas que nunca nos atrevimos, a veces por miedo, por falta de tiempo, o llevados por nuestro entorno y al vida que nos habíamos construido, que a la postre, no era nunca aquella con la que soñamos cuando éramos más jóvenes. La presencia de una grandísima Emma Suárez, dando vida a María, una actriz especialmente dotada por una magnética e hipnotizante mirada, que no le hace falta pronunciar una sola palabra, para transmitir todas las emociones que está sintiendo su personaje, como camina bajo la luna, y como se baña desnuda en el mar, o esos instantes donde se habla con su hijo, o esos otros, donde Stefanos y ella, sienten que la vida les ha brindado una oportunidad de estar bien, de disfrutar de la compañía y de sentir un amor puro, sereno y especial.

Akilar Karazisis da vida a Stefanos (actor que ha trabajado con cineastas tan importantes como Yorgos Lanthimos, entre otros), un intérprete que también mira con aplomo y sobriedad, ese compañero de viaje para María, la persona que aparecerá para conducirla por esa isla fascinante, no por su belleza, otras lo son más, sino por todos los sentimientos que une siente cuando la mira y al disfruta, y finalmente, Gaizka Ugarte es Imanol, el hijo de María, que también, necesitará su viaje personal para comprender la actitud de su madre y dejarla vivir. Miguel Ángel Jiménez ha construido una película brillante y llena de paz, como es la isla de Nysiros, como es la actitud de María, la compañía de Stefanos, como son las canciones de Mikel Balboa, un relato de llenos de silencios, de miradas, de gestos que se cogen al vuelo, de mirar al mar, de sentirlo, de dejarse llevar por su belleza, por su azul, por su sonido, descubriendo todos los tesoros que oculta y que tanto tiempo hemos esperado, sin saberlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Drogas, de Natxo Leuza

EL DROGAS FRENTE A ENRIQUE.

“Hay quien piensa que si vas muy lejos, no podrás volver donde están los demás”.

 Frank Zappa

La película se abre con Enrique Villarreal “El Drogas” (Pamplona, 1959), en la actualidad, acostado en la cama y con la mirada pensativa. Se levanta y sale de la habitación. Una secuencia reveladora de la historia del músico, en una especie de resurrección anímica, en una existencia plagada de grandes éxitos en el mundo del rock, y también, grandes fracasos, como su despido de Barricada, sus relaciones con las drogas, o el Alzheimer de su madre. La cinta de Natxo Leuza, paisano y “colega” del músico, con más de 15 años dedicado al documental como realizador, guionista y montador, dirige su opera prima, repasando la trayectoria de “El Drogas”, a modo de enfrentamiento a sí mismo, a tumba abierta, donde conocemos al hombre que hay detrás de la rockstar, al niño que creció en el barrio obrero de Txantrea, en Pamplona, que vivió las huelgas y oposiciones al régimen franquista, y aquellos años durísimos de la transición, y los primeros ochenta, con la puta mili, sus comienzos en la música, sus colegas de viaje como Mikel Astrain, que fallecido prematuramente, o Boni Hernández, que formaron el exitoso Barricada, y los años de éxitos que alcanzaron casi tres décadas, y luego el ocaso, sus problemas con las drogas, su salida del grupo, su depresión, y su vuelta de los infiernos, iniciando nuevas etapas donde vuelve a tocar hasta la actualidad.

La película también muestra el otro lado, en el que conoceremos y escucharemos a sus compañeros de viaje como Mamen, “Su socia”, la mujer de su vida y madre de sus dos hijos, hablándonos de sus momentos buenos y malos, de sus hijos, de su hermana o cuñada, y de otros músicos, amigos del alma, como Rosendo, Kutxi Romero, Fito Cabrales, Carlos Tarque, Gorka Urbizu, Marino Goñi. Todos recorren la experiencia vital y profesional de Enrique, de “El Drogas”, y de todos los rostros y caminos que ha emprendido el músico, tanto a nivel personal como profesional. Enrique nos habla sin tapujos, face to face, a las bravas, sin dejarse nada de nada, en un documento que está más encaminado al psicoanálisis personal, donde repasa su viaje, lo vivido, su identidad, su trayectoria, sobre todo, aquella que empezaba cuando se apagaban los focos, se encendían las luces y el público entregado volvía a casa.

Una película honesta e íntima, de un tipo de barrio, alguien que debido a un problema en el nervio óptico, debe caminar torcido para ver lo que hay al otro lado, de alguien que si camina recto, ve el mundo torcido, de alguien que creció en la lucha y la resistencia política, bregando ante la injusticia y los opresores, de quién cabalgó junto al diablo, de un músico que vivía por y para la música, de alguien muy comprometido socialmente, que despachó las primeras canciones feministas en aquellos ochenta, donde todo estaba por hacerse, que lanzó discos sobre la memoria histórica cuando más falta hacían, que se enroló en mil y una aventuras para seguir componiendo y tocando su música, y la de otros. También veremos a ese padre de familia que, debido a sus compromisos profesionales, ejerció muy poco, del amor, del amante y esposo de Mamen, del que cuida a su madre enferma, del que sigue en la brecha a pesar de sus 61 tacos, renovándose continuamente, tocando todos los palos que le gustan, y siguiendo en el camino, y sobre todo, saltando como las piedras lanzadas al agua.

Una película vital, emocionante y sensible, llena de momentos muy íntimos, reveladores, donde Enrique nos muestra su sensibilidad y humanidad, mostrando su cotidianidad, los suyos, su “gentuza”, sin dejarse nada fuera, sus caídas al infierno, que algunas hubo, su continuo resurgir de las cenizas, reinventándose siempre, rememorando a aquellos que cayeron, a los que se fueron por cuenta propia, y con los años, volvieron a reconciliarse, a todas esas sombras que caminan con nosotros, acompañándonos por la trayectoria de la vida y nuestras circunstancias. Enrique se muestra desnudo en todos los sentidos, a alguien movido por la pasión, por la música, por la creación, por la innata curiosidad de seguir en este camino, donde hay alegrías y también, tristezas, esos momentos que se te clavan como puñales ardiendo, en los que tu fortaleza, y gracias a toda esa gente que vive y siente a tu alrededor, sales adelante, y con ganas de seguir cantando y haciendo feliz al público. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Estaba en casa, pero…, de Angela Schanelec

RECONSTRUIRSE EN EL VACÍO. 

“Esconde tus ideas para que la gente las encuentre. Lo más importante será lo más oculto”

Robert Bresson

Cuando uno descubre una cineasta como Angela Schanelec (Aalen, Alemania, 1962), inédita en nuestras pantallas, que tuvo como profesor a Harun Farocki, y compañeros de promoción como Christian Petzold o Thomas Arslan, se da cuenta que encuentras múltiples pieles en su aparente cotidianidad, donde nada es lo que parece, que todo tiene un porqué, aunque no resulte evidente. Una filmografía llena de espacios ocultos y elementos que la película irá descifrando o no, donde la experiencia de visionar una de sus películas confiere una relación muy personal e íntima con sus planos, en la que cada uno de los espectadores va ocupando sus espacios y reflexionando a través de sus imágenes, imágenes que no les dejarán indiferentes, imágenes bien urdidas y con una naturaleza propia y personalísima, que funcionan de forma magnífica por sí solas, como espacios independientes, pero a su vez, conforman un bloque sólido. Un cine muy profundo y reflexivo, que huye de la causa y efecto, para adentrarse en otros campos más propios del alma, en esos lugares profundos en los que se cuecen inevitablemente nuestras experiencias, tanto físicas como emocionales, y la respuesta que damos y nos damos.

La búsqueda de la identidad y la condición efímera de la existencia, serían los elementos más importantes por los que se mueve el cine de Schanelec, como su sensible e íntima apertura en Estaba en casa, pero…, cuando en un ambiente rural, en una casa abandonada, se encuentran un asno (quizás haciendo  referencia al burro de Au hasard Balthazar, de Bresson), un perro y el cadáver de un conejo, que hemos visto segundos antes huyendo del perro, quizás los restos de “Los músicos de Bremen”, tres animales mayores, dejados y consumidos en esas cuatro paredes, unas imágenes a las que volveremos a al cierre de la película, donde encontraremos, de nuevo, a los tres animales, igual que al principio, como si el tiempo ya no fuese con ellos. Inmediatamente después, la directora alemana nos sitúa en una ciudad con su característico follaje de un otoño berlinés, donde un niño de 13 años, ausente de su casa durante una semana, vuelve al hogar, un hogar donde ha ocurrido algo, donde no vemos la presencia del padre, que más tarde, descubriremos que ha fallecido, un hogar, donde una madre y sus dos hijos pequeños, deberán lidiar con la ausencia, el duelo, con el vacío que provoca esa pérdida irreparable del que ya no está.

La directora alemana huye de la trama convencional, para sumergirnos en un sinfín de viñetas humanas, pasajes, trozos de vida, donde la forma sobria y asfixiante, acompañada de un elaboradísimo montaje, obra de la propia directora, al igual que el guión, deja paso a escenas cotidianas donde se desatan las emociones de toda índole, en las que presenciamos instantes mundanos, como la compra de una bicicleta por parte de la madre (con su singular humor, que parece una secuencia más propia del absurdo de Jacques Tati), o ese hermosísimo pasaje de la madre acostada en el suelo, mientras oímos Let’s Dance, de Bowie, o el airado reproche de la madre a uno de los profesores de su hijo (que parece más bien una descarga de emociones que de una llamada a la atención), una explosión de ira de la madre al ver que su hija ha ensuciado la cocina (donde sus hijos claman cariño, mientras la madre los rechaza, incluso echándolos de casa), o un baño en la piscina, que parece más bien un instante de desplomo emocional que otra cosa (que tiene ese aroma al universo Haneke, donde parece que algo está a punto de estallar, en que la calma se torna densa, incluso violenta), o las conversaciones, entre cotidianas y surrealistas de la pareja de enamorados profesores, donde ella se niega a tener hijos, mientras él, no logra entender, o ese soberbio paseo por el museo, donde cada pintura se revela con los personajes, o la representación atropellada y espontánea de los jóvenes alumnos de Hamlet, de Shakespeare.

Secuencias despojadas de un todo que es la película, magníficamente filmadas, con unos encuadres bellísimos y naturalistas, extraídos de esa cotidianidad transparente y corpórea, en los que el espacio acaba siendo una losa pesadísima para los personajes, con esa luz natural, inquietante, fría y distante, obra del cinematógrafo Ivan Marković, donde la directora alemana no busca la empatía frontal, instantánea, sino una búsqueda tranquila y escrutadora, que irá apareciendo, sin prisas, dejándose llevar por las emociones que se van despertando en las diferentes secuencias, para llegar a conmovernos con su impecable sutileza y desgarro. La cámara de Schanelec no se mueve, se mantiene quieta, solo hay movimiento como ocurría en el cine clásico, cuando el personaje se desplaza, que ocurre en pocos momentos, o el desplazamiento de vehículos, pero siempre, deslizándose frente a nosotros, para capturar esa naturalidad y sobre todo, la verdad de lo que está sucediendo frente a nosotros, que tanto busca la directora, para de esa manera ahondar en la incertidumbre perpetua en la que están instalados los personajes, en ese alambre existencial, donde su propia vulnerabilidad aflora las emociones más contradictorias y terribles contra ellos y contra los que les rodean, en ese caótico enjambre de emociones enfrentadas y rotas que manejan sus vidas.

La fascinante y reveladora interpretación de la actriz Maren Eggert que da vida a Astrid, una madre perdida, rota y vacía, que debe reconstruirse y reconstruir su familia y sus hijos, volver al amor, sin su hombre y padre de sus hijos, una interpretación sujetada en acciones, con poquísimos diálogos, ya que la incomunicación, o la incapacidad para expresar lo que sentimos, otro de los elementos que jalonan el universo de Schanelec, uno de los grandes males en las sociedades occidentales, como el de la competición psicótica por el tiempo, que ha provocado el efecto contrario, dejándonos sin tiempo para compartir nuestros infiernos con los demás, y extendiendo aún más el individualismo acérrimo, como también reflejaba Antonioni en sus fábulas sobre la frustración, la pérdida y el vacío existencial.  La maternidad, su reconstrucción, su sentido y su necesidad, también es otro de los elementos que marca la película, la querida y la no querida, y cómo se afronta en las diferentes perspectivas que abarca el relato. Estaba en casa, pero… no es una película sencilla, pero tampoco extremadamente compleja, existen sus lugares comunes y reconocibles, pero el espectador debe ser paciente y estar expectante, porque la emoción aparecerá y será reveladora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Temblores, de Jayro Bustamante

REPRIMIR LO DIFERENTE.

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Aldous Huxley

Del director Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, 1977), conocíamos Ixcanul (2015), su opera prima, en la que retrataba la vida de María, una joven maya cakchiquel, de 17 años, obligada a casarse en un matrimonio concertado, aunque la modernidad, de la que tanto escapaba, le brindará una solución de compromiso. Ixcanul recibió buena acogida en los prestigiosos festivales de Berlín y San Sebastián, y era la primera película de un tríptico del director, para retratar la desigualdad y el odio en la sociedad guatemalteca, basándose en tres insultos: indio, homosexual y comunista. Temblores es la segunda película de este peculiar e interesante proyecto, en el que nos ponen en liza en la existencia de Pablo, un hombre de 40 años, casado y padre de dos hijos pequeños, y un trabajo envidiado como asesor financiero, que pertenece a una familia tradicional y adinerada.

El mundo conservador y evangélico, que se viene abajo cuando Pablo le comunica a su familia que se ha enamorado de Francisco y se va a vivir con él. Momento que queda magníficamente bien reflejado con la secuencia que abre la película, con esa lluvia torrencial, en el interior de la casa familiar, todos derrumbados, y Pablo, encerrado en su habitación, solo y apesadumbrado, y tanto sus padres, hermanos como cuñados, intentan levantarle el ánimo juzgando su homosexualidad. De repente, el primero de los varios temblores sísmicos que veremos durante la película, metáfora sobre el cisma, muy a pesar de Pablo, que ha originado su decisión en el seno de esas familias tradicionalistas, intolerantes y profundamente religiosas, que no entienden otra vida que la de la sumisión a Dios, y una familia heterosexual. Bustamente encierra a su protagonista, optando por los primeros planos, los movimientos rápidos de cámara, el claroscuro en la iluminación, y esos espacios cerrados y opresivos en los que somete a su protagonista, como el minúsculo apartamento, en comparación con la colosal casona familiar, o los lugares de la terapia de conversión, donde los planos se cierran y vemos partes de un todo, como las partes desmembradas de un conjunto, materialización de la rotura y herida emocional que sufre Pablo, sometido, no solo a la intolerancia y el rechazo de su familia, sino al aislamiento en su trabajo o el alejamiento impuesto para que no se acerque a sus hijos.

El director guatemalteco, como hiciera en su debut, se rodea de su equipo habitual: Luis Armando Arteaga, en la cinematografía, el mexicano Pascual Reyes en la música, y César Díaz en el montaje, director de la reciente Nuestras madres (2019) -profundizando en esa Guatemala en busca de sus desaparecidos-, y la nueva mirada al proyecto con el argentino Santiago Otheguy, que firmaba el inmenso trabajo en Monos, del colombiano Alejandro Landes, y como director de La León (2007), una cinta que también tocaba el tema de la homosexualidad. Todos acompañantes de este viaje al alma humana, a nuestros lugares más profundos, y como nuestros deseos e ilusiones chocan contra la intolerancia y la persecución de una sociedad que, todavía mantiene valores del medievo, donde la religión, ya desde el estado, se ha convertido en el amo y señor de la legislación en materia de relaciones políticas, sociales y personales de la población, una religión que exalta valores y actitudes de corrección moral, basados en la familia tradicional y heterosexual, y en la religión, en este caso evangélica, donde todo está hecho por y para Dios, donde lo diferente y las actitudes modernas, se persiguen y se exterminan.

Bustamante pertenece a una industria todavía muy incipiente, que se está formando y empieza a ver sus frutos en los certámenes internacionales, por eso ha optado por una forma de trabajo muy artesanal con los intérpretes,  contando con un plantel de debutantes, buscando la piel y las emociones, que han trabajo un año y medio con los personajes, entre los que destaca la inmensa labor de Juan Pablo Olyslayer como Pablo, ejerciendo esa opresión y angustia que vive su personaje, encerrado por un entorno intolerante, bien acompañado por Mauricio Armas Zebadúa como Francisco, su amante, el gran trabajo de Diane Bathen como Isa, la esposa despechada que reaccionará como un animal salvaje y herido dispuesta a todo, y finalmente, la impresionante Sabrina de la Hoz como Clara, la mujer del pastor, y maestra de ceremonias en la conversión, una especie de cruce entre lo maléfico y lo íntimo, con ese aire de soberbia y fanatismo. Temblores se erige como un ejemplo de grandísimo cine, social y político, el cine que muestra sin juzgar, hablando de temas candentes que existen en países latinoamericanos, con el aumento de partidos de ultraderecha que quieren imponer un modelo conservador y de persecución contra aquellos que no lo acepten.

La película pone sobre la mesa conflictos que, incluso existen en países occidentales, como pudieran ser España o Francia, donde las practicas radicales religiosas como las terapias para curar la homosexualidad, tratada como una enfermedad, se vienen haciendo con el beneplácito de autoridades, donde las diferentes secuencias que vemos en la película, nos informan de unas prácticas deshumanizadas y salvajes, más propias de regímenes dictatoriales, que atentan directamente contra la libertad individual, y a la anulación sistemática de los deseos personales y la negación de nuestra verdadera identidad, y sobre todo, la perdida de nuestra verdadera personalidad, abocándolo a una existencia de orden establecido, a un matrimonio forzado y a un amor, completamente vacío y triste. Como explica el director, el miedo usado como represión, en una sociedad donde todo está supeditado a la apariencia social y a seguir con la tradición del matrimonio e hijos para continuar con la estirpe tradicionalista, conservadora y heterosexual, y todo aquello que se sale de esos cánones establecidos por la iglesia, se persiguen y se aniquila sin contemplaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zombi Child, de Bertrand Bonello

DE ENTRE LOS MUERTOS.

“Escucha, mundo blanco, los gritos de los difuntos. Escucha mi voz zombi honrando a los muertos”

René Depestre

Los universos que construye en sus películas el cineasta Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), son particularmente especiales, porque podemos encontrar elementos físicos pegados a la realidad más cotidiana e inmediata, pero también, otro tipo de elementos, más irreales y fantásticos, productos de la emocionalidad de sus personajes, creando así unos universos particularmente fascinantes, hipnóticos e inquietantes, donde cualquier objeto o detalle se convierte en algo simbólico e importante, y va mucho más allá de la mera descripción, adentrándose en otros campos donde se puede hacer una relectura de la situación política, social, económica y cultural de nuestro tiempo. Desde su primera aproximación a las consecuencias del amor en su opera prima allá por 1998 en Quelque chose d’organique, pasando por sus reflexiones acerca de la vida y su oficio el cine en las interesantes Le pronographe (2001), o en De la guerre (2008), o en los conflictos de identidad y emocionales que sufría la trans de Tiresia (2003), o el mundo sucio, triste y desolador que padecían las prostitutas de L’Apollonide (2011), o los festivos y perversos años mozos del diseñador en Saint Laurent (2016), o su mirada transgresora y personal al terrorismo a través de Nocturama (2016).

El realizador francés siempre ha sentido el relato como una sucesión de personajes, espacios, elementos y objetos a los que hay que acoplar a su mirada personal y profunda, donde la imagen y su luz sean las que cuenten su historia, manteniendo una atmósfera extraña, perversa y cotidiana, por el que se mueven unos personajes complejos y perdidos, que deben encontrar, o al menos intentarlo, su forma de compartir ese mundo y a lo que le rodea. Zombi Child era inevitable en la filmografía de Bonello, porque con ella rompe muchas etapas de su carrera, empezando por su vuelta al cine de género, que tanto le fascina, la segunda, la forma de producción, una película sencilla, filmada en apenas cuatro semanas, sin utilizar apenas luz artificial, con intérpretes desconocidos, como la anterior Nocturama, y rodeado de un equipo mínimo, y rodando en la difícil Haití. Quiere Bonello devolver el “muerto viviente” a su estado natural, volviendo a sus raíces, a Haití, al vudú, a sus ancestros, y empieza desde el término, quitándole a la palabra la “e”, y dejando la inicial de zombi, luego, reelaborando un fascinante e intimista relato que arranca en el Tahití de 1962, donde los muertos son devueltos a la vida para esclavizarlos recogiendo caña, mezclado con el París actual, en el interior de un internado para niñas de la Legión de Honor, fundado por Napoleón allá por principios del XIX, cuando Haití se independizó.

Dos historias, dos relatos, contados en paralelo, que mucho tienen que ver, porque en el haitiano nos cuentan la peripecia real de un hombre convertido en zombi para el trabajo forzado, y su proceso de liberación. Mientras en el internado, conocemos a Mélissa, nieta del haitiano zombi, el legado de su ancestro y la relación de ésta con Fanny, su mejor amiga y la pequeña hermandad literaria y musical que comparten. Las dos miradas, el exterior, con las plantaciones de Haití, con el interno, del colegio francés, confluirán en una sola, cuando Fanny, despechada por amor, accederá a la magia negra o vudú, para desquitarse de lo que ella llama su posesión, algo parecido a lo que experimentaban los personajes de Olvídate de mí. Bonello mezcla de manera hipnótica y onírica las dos narraciones, fusionándolas en una sola, con continuos saltos en el tiempo de forma fluida y concisa, consiguiendo atraparnos con lo más cercano, devolviéndonos el universo ancestral y real del mundo, releyendo el género y olvidándose de la desmesura en la que lleva instalado las últimas décadas, llevándonos de la mano por este paisaje ensoñador, devastador y solitario, en el que podemos leer la situación social y política de la Francia, ya no solo actual, de su historia, como nos dejará claro el maravilloso instante con el historiador Patrick Boucheron, como profesor, explicando a sus alumnas la revolución francesa, el liberalismo del XIX, el engaño de la libertad camuflada en valores tradicionales y materiales.

La película incide en el quid de la cuestión de nuestra sociedad, y no es otra que, la posición en la que se cuenta el pasado, la de una historia ajena como la de Haití, también, hay espacio para reflexionar sobre las barbaridades del colonialismo, el respeto a la vida y cultura diferentes, los falsos valores tradicionales y patriotas en los que se asienta y promulga  un país como Francia, como dejan clara las secuencias del internado, en especial, la de la directora. Bonello reivindica el universo zombi desde otra perspectiva, más honesta, sencilla, íntima y bellísima, citando las palabras que escuchamos en la película sobre Balzac refiriéndose a su El padre Goriot: “Esto no es una obra de ficción ni una novela. Todo es verdad”. La misma verdad o realidad es el que busca el director francés, mostrándonos el fascinante universo zombi, sus peligros en manos de los explotadores o despechados de siempre, capturando la misma mirada sincera y poética que hacía Tourneur en la imperdible Yo anduve con un zombie, releyéndola como Romero hizo con sus zombies particulares, elevando el género de terror como hicieron los Ferrara, Jordan o Jarmusch con los vampiros.

La extraordinaria, sofisticada y abrumadora luz natural de un grande como Yves Cape (colaborador de gente tan importante como Carax, Dumont o Denis, entre otros), y el excelso y sobrio montaje de Anita Roth (responsable de la película 120 pulsaciones por minuto), y la música, que vuelve a correr, como en sus anteriores trabajos, a cargo del propio Bonello, contando con otro elemento primordial en la película, la extraordinaria pareja protagonista que dan vida a las adolescentes Fanny y Mélissa, con la calidez y la naturalidad de Louise Labéque y Wislanda Louimat, respectivamente, bien acompañadas del elenco haitiano, que consiguen formar unos roles auténticos, cercanos y fascinantes, envolviéndonos en el magnífico universo que plantea Bonello, con su particular mirada y profundidad en sus elementos, construyendo un hermosísimo cuento sobre zombis, mostrando de dónde venimos, dónde estamos y hacía no sé sabe dónde nos encaminamos, porque lo que deja evidente la película, es que el mundo suele olvidar demasiado pronto su pasado y constantemente lo traiciona, lo repite y lo falsea a su conveniencia actual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestras derrotas, de Jean-Gabriel Périot

LA JUVENTUD FRANCESA.

“Sí, hará un hermoso día. El sol de la libertad calentará la tierra con más felicidad que la aristocracia de las estrellas. Nacerá una nueva generación engendrada entre abrazos libres, y no entre la servidumbre y el control eclesiástico. Así nacerán también pensamientos y sentimientos libres, que nosotros, esclavos natos, desconocemos. Cuánto nos costará imaginar lo terribles que eran la noche en que vivíamos y la lucha que librábamos contra odiosos espectros, policías estúpidos e hipócritas criminales”.

Heinrich Heine (citada en un fragmento de La salamandra, de Tanner)

En Avanti popolo (2012), de Michael Wharmann, se resituaba la relación del pasado político de los sesenta y setenta con la actualidad de nuestro tiempo, evidenciando la derrota de las ideologías en la sociedad de consumo. Nuestras derrotas, de Jean-Gabriel Périot, es un ejercicio que parte de la misma base, enmarcado en la relación entre el pasado político y reivindicativo, volviendo al cine del Mayo de 1968, y su resonancia en las mentes de un grupo de adolescentes estudiantes de bachillerato, de primer grado de cine del Instituto Romain Rolland de Ivry-sur-Seine, ubicado en el distrito XIII de París.

El cineasta Jean-Gabriel Périot (Bellac, Francia, 1974), lleva casi dos décadas dedicado al cine documental, experimental y ficción, en el que interroga a través de un exhaustivo y preciso montaje para bucear en la historia y la violencia a partir de archivos fílmicos y fotográficos. Ahí están sus extraordinarios filmes como Una juventud alemana (2015), en la que escarbaba en el fenómeno de la lucha política y social de los años sesenta a través de la facción del Ejército Rojo en Alemania, o en Lumières d’eté (2016), en la que a través de un cineasta de ficción, investigaba las consecuencias de la bomba de Hiroshima en Japón. En Nuestras derrotas convoca un dispositivo muy novedoso y acertadísimo, en el que plantea a sus alumnos la reconstrucción de fragmentos de películas políticas de Mayo del 68, unos delante y otros, detrás de la cámara, en las que encontramos la citada La salamandra, La Chinoise, de Godard, Camarades, de Marin Karmitz, À bientôt, j’espère, del gran Chris Marker (el cineasta ensayística por excelencia, que más ha investigado el archivo y sus circunstancias históricas, sociales, políticas y culturales), y Mario Marret, una película del Grupo Medvedkine, y otras piezas sobre protestas, huelgas y reivindicaciones laborales. Remakes filmados en blanco y negro, en la que se han recogido contundentes mensajes políticos.

A partir de las filmaciones, Périot entrevista a los alumnos sobre lo que acabamos de ver, preguntándoles acerca de las imágenes que acaban de protagonizar. La seguridad y la contundencia que denotan en las secuencias, pasa a un desconocimiento absoluto sobre los términos que acaban de defender con claridad en la escena, respondiendo con esa inocencia y espontaneidad que los caracteriza y muy propia de su edad. El cineasta francés repite las secuencias con otros alumnos, y en las entrevistas sigue indagando en la realidad actual de los discursos cincuenta años después, en mundo deshumanizado y capitalista, en que lo colectivo ha dejado paso a una individualización exacerbada de la vida social de las personas. A medida que avanza la película, vamos observando la evolución de las diferentes respuestas y reflexiones de los alumnos, en un proceso que alcanzó los seis meses de duración, en el que va despertando su conciencia social y política, no en un sentido profundo pero si concienciador, en qué términos como solidaridad y fraternidad alcanzan un poso más real e íntimo, y más aún, cuando son testigos de un hecho capital para ese cambio interior, ya que en su colegio unos chavales son duramente castigados por una pintada reivindicativa.

Périot utiliza la materia sensible y humana del cine para ir más allá, sumergiéndonos en un marco, no ya solo de investigación de las imágenes de las películas en litigio, sino de la capacidad del cine como herramienta esencial para el pensamiento, las ideas y al reflexión, a través de estudiantes de bachillerato enfrascados en sus vidas e historias, en su intento maravilloso en despertarles su conciencia política a través de sus sentimientos y sus formas de ser y sobre todo, expresarse, experimentando en otros caminos posibles para acercar la política de un modo más íntimo y personal a personas que en principio la encontrarían aburrida e incomprensible. Un trabajo pedagógico de primer orden y magnífico, que no solo abre distintas posibilidades de acercar la política a aquellos que no la entienden o simplemente, la desconocen por falta de interés, sino que promueve herramientas magníficas y concienciadoras, que tanta falta hacen en un mundo abocado a la superficialidad, el vacío y la robotización. La película de Périot promueve ideas, análisis y profundidad, a través de su vertiente conciliadora y convirtiendo la política en un acto de conocimiento personal, cotidiano y esencial para la resolución de conflictos en nuestro entorno y en nuestras vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA