Camila saldrá esta noche, de Inés Barrionuevo

LA JOVEN REBELDE.

“Yo vine a este mundo para ser libre y no esclava. Vine para vivir, no para figurar como una mera existencia. Vivo para ser persona y no objeto. Con mis pies aparto toda etiqueta con la cual se pretende controlarme. Me tomo la atribución de cuestionar las verdades asumidas y de hacer profano lo que por siglos se ha tenido pro sagrado”

Alejandra Pizarnik

Las tres películas que había estrenado la cineasta Inés Barrionuevo (Córdoba, Argentina, 1980), profundizan sobre la adolescencia y el entorno familiar. Tanto en Atlántida (2014), como en Julia y el zorro (2018), un pueblo en los ochenta, y una casa aislada de la sierra, ambas situadas en la provincia de Córdoba. En Las motitos, ambientada en un barrio, al igual que Camila saldrá esta noche, en el que la adolescente-protagonista, a la separación de sus padres, se traslada a la ciudad de Buenos Aires, junto a su madre y hermana pequeña. Deja el instituto público y las luchas reivindicativas para sumergirse en un mundo completamente diferente. Vive en la casa de la abuela, que está moribunda en el hospital, y acude a un instituto religioso de uniforme, donde pronto entablará amistad con otros compañeros, y se introducirá en ese universo de pura apariencia, donde siempre hay espacio para ser libres y rebeldes.

La directora argentina coloca a su maravillosa e inolvidable protagonista en el centro de todo, porque veremos ese entorno hostil y ajeno siempre desde su mirada. Una mirada inquieta, rebelde y libre, una joven que lucha por un aborto libre y público, por su libertad sexual, contra el acoso machista y escolar, y demás, como comprobaremos a lo largo del metraje, y sobre todo, por ser libre y romper tantas ataduras que impiden ser y sentirse libre. La película coescrita por Andrés Aloi y la propia directora, es de aquí y ahora, tratando temas candentes de la actual sociedad argentina, pero no solo se queda ahí, va mucho más allá, y es donde radica toda su fuerza e inteligencia, porque también puede verse como una reflexión profunda y nada condescendiente del paso de la adolescencia a la edad adulta, situándonos en un año escolar, o casi, donde Camila y sus compañeros están cursando el último año de secundaria, en un tiempo de tránsito, de descubrimientos, de experiencias, de construir una identidad, o simplemente, descubrir y descubrirse, de forma libre y real, alejándose de tantos convencionalismo y etiquetas.

El ejemplar trabajo de cinematografía de Constanza Sandoval, construyendo una película donde hay momentos de agobio y muy asfixiante, con otros donde la joven y sus amigos salen de noche, bailan, beben y se drogan, dando rienda suelta a una libertad de la que carecen en su vida diaria, con esos planos cerrados, donde siempre vemos una parte de un todo, en el que es tan importante todo lo que vemos como lo de fuera, que nos llega en off. El magnífico montaje de Sebastián Schajer, también contribuye a esa atmosfera opresiva que se mueve entre dos mundos antagónicos, en que el exterior es ahogante y el interior es pura libertad y sobre todo, rebeldía, porque la película aboga por una rebeldía de inconformismo que mire los conflictos de frente, rompiendo muros que solo han servido para anular vidas y convertir a las personas en meros consumidores y autómatas. Camila representa todo lo contrario, una juventud que ha venido a cambiar las cosas, a vivir de forma libre y a enterrar tanta injusticia, insolidaridad e impunidad contra las mujeres libres.

Una película que sustenta mucho de su relato en la interpretación de los personajes, en todo aquello que dicen, pero también, callan, tiene un equilibrado y estupendo reparto en el que sobresale una maravillosa y sorprendente Nina Dziembrowski, en su primer papel protagonista, después de debutar con la película Emilia (2020), de César Sodero, se mete en el cuerpo y el alma de una Camila, que suavemente va introduciéndose en esa atmósfera del instituto, de primeras reacia, y luego, de forma total y experimentando con todo y todos, donde se relacionará con Pablo, homosexual y atrevido, interpretado por Federico Sack, y como no, con Clara, una maravillosa Maite Valero, siendo esa aventura, ese misterio, esa joven que esconde algo. Adriana Ferrer es una madre que le cuesta relacionarse con Camila, Carolina Rojas es la hermana pequeña que sigue los pasos firmes de Camila, y finalmente, la presencia de Guillermo Pfening, que ya estaba en Atlántida, y nos encantó en Nadie nos mira, de Julia Solomonoff.

Camila saldrá esta noche sigue el camino de situar la trama en el período complejo y confuso de la adolescencia, sobre todo, en mirar, profundizar y reflexionar sobre un tema convulso y difícil de forma magnífica y diferente a la mayoría de producciones, como han hecho otros cineastas de Argentina como Lucrecia Martel en La niña santa (2004), Lucía Puenzo en XXY (2007), Santiago Mitre, Clarisa Navas Celina murga, Milagros Mumenthaler, Martín Shanly en Juana a los 12 (2014), Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, y Mateo Bendeski en Los miembros de la familia (2019), entre otras. El significativo título de Camila saldrá esta noche también advierte el espíritu de una película que se aleja de formas y texturas cómodas, para componer un formato muy característico, que enfrenta a muchas incomodidades al espectador y lo lleva hacia otros lugares, espacios de reflexión, de mirar y comprender, o quizás, de cambiar ciertos aspectos firmes de sus ideas que, en realidad, forman parte de los múltiples miedos y  prejuicios impuestos por una sociedad que nos quiere sometidos y anulados, y no como reivindica la película, seres libres, rebeldes y valientes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No te quiero, de Lena Lanskih

LA INCAPACIDAD DE AMAR.

“Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar”

Erich Fromm

Resulta capital para el desarrollo de una película la forma en que se abre la historia. En No te quiero, la opera prima de Lena Lanskih (Tyumen, Rusia, 1990), resulta totalmente esclarecedor su arranque para ponernos en situación y sobre todo, para interesarnos y seguir conociendo la no vida de la protagonista. A saber. Es de noche en una de esas pequeñas localidades en la región de los Urales de Rusia. Vika, una niña de catorce años, con su bebé en brazos, se mete en un coche y planea vender a su criatura. Pero, en el último instante, se arrepiente y se va corriendo. Conoceremos la no vida de Vika, en un entorno muy hostil, en una familia que no desea a ese bebé, y tampoco asumir los motivos por los que está entre ellos. Vika, expulsada del colegio, intenta seguir con el baile, y planear una huida con el chico que quiere.

Vika con una maternidad que le viene grande e impuesta, parece un fantasma, como aquellos dos vampiros que se movían por Detroit en la excelente Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jarmusch. La vemos deambular, de aquí para allá, sin saber para qué y si todo eso tiene algo detrás, roba en el súper, su comportamiento es muy extraño. Vive en un ambiente asfixiante y muy doloroso, se quiere quitar a su hija de en medio, unos días y otros, se lo piensa. Su alrededor es triste y feo, una ciudad con calles y plazas decadentes, llenas de lodo, y mucha mugre y desconcierto por todos los lados. En su casa, que comparte con su madre, las cosas pintan igual, todo es decrépito y muy desolador, y el trabajo de recolección de frutos del bosque y luego venderlos en el mercado, tampoco es que sea una panacea. Vika se siente sola, como en un laberinto del que desea salir con todas sus fuerzas y cuando encuentra la salida, esta se cierra y vuelta a empezar.

El guion conciso y directo que escribe la propia directora junto a Ekaterina Perfilova, lleno de matices, de personajes complejos y solitarios, no explica más de lo que necesita, y resuelve con astucia toda la complejidad y la tristeza de esa vida en esa ciudad. El excelente trabajo de cinematografía de Mikhael Weizenfeld, que ya trabajó en la película corta Type 8 (2018), de Lanskih, convierte la cámara en una segunda piel de la protagonista y ese no mundo por el que se desplaza, recordando a los mismos encuadres que vimos en Rosetta  (1999), de los Dardenne, con la que Vika guarda muchas similitudes, y sus ambientes duros, gélidos y de difíciles o nulas relaciones familiares, más propias del cine de terror, donde encontraríamos el universo de Andrey Zvyagintsev, sobre todo en su película Sin amor, en su dureza y su forma de retratar la complejidad social en la Rusia actual, como también hacía Kantemir Balagov en Demasiado cerca. Un elaborado y ágil montaje que firman Alexander Pak y la directora, que condensa con inteligencia los ciento diez minutos de la película, que nos agarra desde el primer minuto y no nos suelta hasta su magnífico desenlace.

La insistencia y el grandísimo trabajo de la directora Lena Lanskin y un talento que ya había dejado patente en sus películas cortas, ayudaron a que su primer largometraje haya sido producido por dos de los nombres más importantes de la cinematografía rusa de ayer y ahora como los de Serguéi Selyanov, con más de ciento sesenta producciones en su filmografía, con nombres tan importantes como los de Sergei Dvortsevoy y Sergey Bodrov, entre muchos otros, y el de Natalia Drozd, una de las productoras más activas dedicada a levantar producciones de jóvenes valores. Aunque la película de Lena Lanskih no sería lo que es sin la inmensa aportación de la debutante cinematográfica Anastasia Strukova que se mete en la piel de una deslumbrante Vika, con esa mirada que traspasa la pantalla, con esos ojos fijos y tristes y rabiosos cuando se mira al espejo, o mira a los demás, a todos esos que las desprecian por su maternidad, sin saber porque se ha producido.

No te quiero (“Unwanted”, en el original), aparte de ser un excelente debut, es un relato descarnado y sin concesiones, que se aleja del sentimentalismo y cosas que se le asemejen, para elaborar una historia crudísima, directa y sin estridencias, con el aspecto de una película de terror social, como la define su directora, pero va mucho más allá, y el género solo le sirve para mover al personaje y sobre todo, mostrar sus espacios y la locura que la sigue sin soltarla en ningún momento. La película también se puede ver como una radiografía brutal, certera y magnífica de la Rusia actual, de toda esa decadencia, tristeza y desolación, tanto física como emocional, a través de una familia que odia y se odia, que no se quieren y son incapaces para amar y amarse, una herencia maligna que se hereda de padres a hijos, y donde Bika, sumergida en un mar de dudas, hace lo imposible para no ahogarse, para seguir a flote, aunque sea en un trozo de madera que por momentos parece hundirse irremediablemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Arthur Rambo, de Laurent Cantet

ARTHUR RAMBO VS KARIM D.

“Aprendí a reconocer la completa y primitiva dualidad del hombre; Me di cuenta de que, de las dos naturalezas que luchaban en el campo de batalla de mi conciencia, aun cuando podía decirse con razón que yo era cualquiera de las dos, ello se debía únicamente a que era radicalmente ambas.”

De “El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde”, de Robert Louis Stevenson

“La otra Francia”, la que es francesa, pero nunca se han sentido como tal, la de padres inmigrantes, la de otro color, otras costumbres, la que crece en la periferia, la que siempre está excluida de esa Francia oficial, de esa Francia burguesa, bien pensante y de derechas. Esa otra Francia ha sido muy retratada por el cineasta Laurent Cantet (Melle, Francia, 1961), y más centrada en su juventud, como el joven ingenuo de Recursos humanos (1999), que cree que ayudará a conciliar entre empresa y trabajadores y acaba siendo un esbirro más, el joven haitiano de Hacia el sur (2005), que encuentra en las mujeres blancas y solas una forma de vida, los jóvenes alumnos de Entre les murs (2008), y aquellos otros que pululaban por el Taller de escritura (2017). Todos jóvenes que empiezan a darse cuenta de la realidad de Francia, una verdad que dista mucho de las proclamas de libertad y demás, porque ellos viven en un espacio aparte, donde no llega esa Francia de principios, valores y oportunidades.

Como hiciera en El empleo del tiempo (2001), en la que se basaba en un caso real muy mediatizado, en el que un joven desempleado miente a su familia inventándose un trabajo en las Naciones Unidas, Cantet ha mirado a la realidad de Mehdi Meklat, para crear una ficción que lleva el nombre de Arthur Rambo, pseudónimo de Karim D., un joven de la periferia que se ha convertido en el autor de moda, después de escribir un novela basada en las vivencias de su madre argelina. Aunque lo que parecía el ascenso de alguien sin nombre que llega a la cumbre y se codea con la Francia respetable, se convierte en una pesadilla cuando salen a la luz los tuits de su alias Arthur Rambo, un personaje inventado que lanza mensajes de odio y violencia en Twitter. El cineasta francés logra concentrar todo ese mundo despiadado y sin control de las redes sociales, en un exquisito y brutal guion que firma junto a Fanny Burdino y Samuel Doux, que ya colaboraron juntos en las películas El creyente, de Cédric Kahn y Carole Matthieu, de Louis-Julien Petit, en una trama acotada en solo dos días, en una road movie urbana en que la seguimos sin descanso a Karim/Arthur, en un juicio intenso y sin descanso en el que es sometido por todos: los responsables de la editorial, su editor, sus íntimos, su familia, y por él mismo. Todos quieren saber el porqué.

La película no busca culpables ni inocentes, sino que hace un análisis profundo y detallado sobre el funcionamiento de las redes sociales, ese espacio infinito, que alcanza a todos y todo, como los mensajes sobreimpresionados en la pantalla que empiezan siendo legibles para poco a poco, y a medida que avance el acoso contra el protagonista, a llenarse sin descanso y ocupando toda la pantalla y contaminándola abruptamente. El ritmo de la película se acoge al estado de ánimo del personaje principal, con la vertiginosidad del primer bloque para pasar a un tempo más lento, más de quietud, más de reflexión, donde el personaje va de la cima al fango, o lo que es lo mismo, pasando por las dos Francias, la del brillo del éxito y la cumbre a aquella otra, la de la periferia, la de la inmigración y la de la miseria, en un grandioso trabajo del cinematógrafo Pierre Milon, que ha trabajado en todas las películas de Cantet menos en la primera, y en buena parte de la filmografía de Robert Guédeguian, y el no menos espectacular ejercicio de montaje de Mathilde Muyard, que ya estuvo en Taller de escritura.

Una película basada en el particular vía crucis de un personaje que debe mirarse en su interior, y descubrir quién es o por lo menos, no olvidarse de dónde viene, sin entrar en juicios ni nada por el estilo, solo dejándolo enfrentándose a él, y al resto, necesitaba un intérprete que lo transmitiera todo con una mirada o un gesto, porque después de escupir tanta violencia verbal por Twitter, ha llegado el momento de callar y reflexionar. Un actor excelente en la piel de Rabah Naït Oufella, que muchos recordamos como uno de los alumnos del profe François Bégaudeau de Entre les murs. Le acompañan el gran trabajo de Bilel Chegrani como el hermano pequeño, que tiene a Karim como un espejo donde mirarse que se le viene abajo después del escándalo, Antoine Reinartz es el editor que también pregunta e intenta comprender, Sofian Khammes es Rachid, el íntimo de Karim, que lo rechaza, y demás intérpretes que, como suele habitual en el cine de Cantet, componen unos individuos complejos, de grandísima naturalidad y que nos seducen con su humanidad.

Cantet es de esos cineastas que encuentra en la realidad más inmediata, en esa realidad que se amontona a diario, el germen perfecto para abordarla, pero siempre desde el análisis profundo, en el que florecen una gran complejidad, en sus crónicas sobre la Francia que ha crecido con él, multicultural, diferente, cercana, desilusionada, abandonada, invisibilizada y protagonista cuando se trata de lo más oscuro y perverso, con Karim D./Arthur muestra a un ser sumamente complejo, de múltiples rostros con sus tuits, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, dos tipos en solo uno, o quizás la mitad de otro que todavía no conocemos, el joven creador de la periferia que ha retratado a los suyos de forma veraz y auténtica, pero también, el hater sin filtros que ataca violentamente contra los suyos y todos los de la periferia. La película no juzga, deja al espectador que sea testigo y saque sus propias conclusiones, si es que es capaz de sacar alguna, el debate está candente sobre las redes sociales y todo lo que las envuelve, entre ese mundo virtual y el de aquí, que cada vez parece más virtual, o quizás ya lo es. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un pequeño plan… como salvar el mundo, de Louis Garrel

TRANSFORMAR EN UN MAR EL DESIERTO DEL SÁHARA

“Aprendí que nunca somos demasiado pequeños para hacer la diferencia”.

Greta Thunberg

Viendo la extraordinaria y sorprendente secuencia que abre la película Un pequeño plan… como salvar el planeta, de Louis Garrel (París, Francia, 1983), no podemos imaginarnos los derroteros por los que transitará el tercer largometraje del director francés. Vemos a unos padres que no caben en si a medida que su hijo Joseph, de trece años, les va revelando que ha estado vendiendo objetos superfluos que ellos apreciaban mucho. Después de unos instantes de tensión y mucho nerviosismo, el chaval les comunica a sus progenitores que todo se debe a un plan para transformar en un mar el desierto del Sáhara y un montón de niños de su edad han hecho lo mismo porque el tiempo apremia y el planeta se va a la mierda. La madre entiende de seguida y se sitúa en apoyar la estrategia de su hijo y todos los que le acompañan. El padre, más escéptico, no se lanza la aventura y quiere saber más. A Garrel, le conocíamos su impresionante carrera como actor junto a directores de la talla de Polanski, Bertolucci, Honoré, Ozon, Desplechin y su padre, el gran Philippe Garrel, y sus anteriores trabajos como director, el mediometraje El pequeño sastre (2010), y sus dos largos Les deux amis (2015) y Un hombre fiel (2018), todos ellos en torno a las relaciones sentimentales, sus idas y venidas, de jóvenes en la treintena como el propio director que se reservaba alguno de los roles principales.

Con Un pequeño plan… como salvar el planeta (del original “La croisade”, traducido como La cruzada), vuelve a contar con el legendario guionista Jean-Claude Carrière (1931-2021), como ya hiciese en Un hombre fiel, y la colaboración de la joven treintañera Naïla Guiguet, para construir un relato que alberga dos partes bien diferenciadas. En una, asistimos a la sorpresa y conocimiento de unos padres en la cruzada de su hijo y otros muchísimos de su edad y en sus acciones para salvar el mundo, para convertir un desierto en un gran mar azul. Una parte en que el tono se mueve entre la comedia ligera, donde en algunos momentos estamos en mitad de algo sorprendente y a la vez, tan cercano. Después de la impresionante secuencia de la contaminación de partículas finas, cuando el propio Garrel camina por una calle parisina desierta, que recuerda y de qué manera a lo vivido durante la pandemia del Covid, el tono de la película cambiará y la cosa se volverá más seria y cruda con la toma de conciencia activa por parte de la madre.

La trama no se desvía demasiado del epicentro de las anteriores películas de Garrel, porque vuelve a esa intimidad que tanto le caracteriza, en una película más doméstica si cabe, donde la mayor parte del relato se apoya en la dialéctica, y a una duración corta, en este caso son sesenta y siete minutos de metraje, donde la concisión y el detalle resultan imprescindibles. La película tiene un contexto actual, de aquí y ahora, en el que se filma el instante, como si fuese un reportero en plena agitación callejera, donde el fantástico trabajo del cinematógrafo Julien Poupard, del que vimos otra película de tema igual de actual como Los miserables, de Ladj Ly, y la formidable música de Grégoire Hetzel, habitual del cineasta Arnaud Desplechin, que ya trabajó con Garrel en el mencionado El pequeño sastre. Todo el film busca la intimidad, lo cercano y lo transparente, con pocos personajes, apenas tres como principales: el joven Joseph Engel, que ya estaba en Un hombre fiel, da vida a Joseph, el hijo de la pareja protagonista, convertido en un activista medioambiental a imagen y semejanza de otros tantos por lo ancho del planeta, con Greta Thunberg como cabeza visible y la más popular de entre todos los que existen alrededor del mundo.

Frente al adolescente activista y firme, nos encontramos con sus padres. Un matrimonio acomodado y aparentemente feliz que forman Laetitia Casta, que vuelve a ponerse a las órdenes de Garrel después de la experiencia de Un hombre fiel. Si en aquella era una mujer que dejaba a un joven para irse con otro, y luego, el tiempo le hacía volver con él. Ahora se mete en la piel de una madre más concienciada que su marido, y se lanza sin dudarlo a la empresa de su hijo y los otros, tomando una actividad muy participativa y entregadísima. Frente a ella, el padre, que interpreta el propio Louis Garrel, la otra cara de la moneda, el que no acaba de creerse las intenciones reales de su hijo y los demás, y lo pone en duda, generando un pequeño conflicto en el hogar, sobre todo, con su mujer. Garrel ha cosido una película a fuego lento, con hechuras y conciliadora, que se aleja del discurso panfletario, de la mirada condescendiente, y sobre todo, de ese cine político de buenas intenciones y poco más.

Un pequeño plan… como salvar el planeta no es una película de mensaje, no van por ahí los tiros, sino lo que plantea en una sencilla trama, muy cercana, que podemos tocar, y a la vez, muy profunda, sin sentimentalismos ni nada de alardes innecesarios, sino con autenticidad e intimidad, porque es una película basada en el diálogo y la acción y pone todo el peso de la trama en los niños, unos niños bien organizados y con metas reales, – en una idea lejana de Carrière que, el tiempo y las circunstancias actuales, la han convertido de rabiosa actualidad -, no es una película que aprovecha cierta corriente de cine ecologista y buenista, sino todo lo contrario, la idea hace tiempo que se ha ido alimentando, y su propuesta sencilla y directa, cala en el espectador, en una película muy ligera, cómica y cercanísima que nos hable de frente y sin tapujos de un tema candente, y lo hace desde la tranquilidad, el respeto y la naturalidad más absorbente y concienciadora. Una delicia que no de ben perderse, porque les hará pasar un rato muy agradable, y además, y esto es lo más importante, les hará pensar que hacen por el planeta, y cómo podemos ayudar de una forma muy activa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Un pequeño mundo, de Laura Wandel

EN EL COLEGIO DURANTE EL RECREO.

“En el patio, todo el mundo intenta ocupar su sitio. La infancia es la época de los primeros descubrimientos, cuando la vida y las relaciones son muy intensas. También es cuando diseñamos y construimos nuestro paisaje interior. Los primeros años de colegio influyen en ese paisaje, que a menudo determina nuestra opinión del mundo cuando somos adultos”.

Laura Wandel

El cuadro que abre esta inmensa y sobrecogedora película es uno de esos planos que se instalan de por vida en nuestra retina. Nora, de 7 años, muerta de miedo, en la puerta del colegio, se abraza fuertemente a su hermano mayor Abel, mientras llora desconsoladamente. Es su primer día de escuela, no quiere entrar, no quiere despedirse de su amparo familiar y adentrarse en ese mundo desconocido donde no están los suyos para cuidar de ella. La cámara está muy cerca del encuadre, casi pegada a ellos, como una extremidad más. Sentimos su aliento, su pena y sus emociones. El plano la seguirá hasta el interior del reciento, en un maravilloso plano secuencia, y el ruido ensordecedor del vestíbulo cortará este arranque espectacular por su contención, su narrativa, y su forma de explicar cada detalle sin la necesidad de explicar demasiado. Una apertura que nos acompañará durante el resto del metraje.

Con esos planos secuencias que serán la tónica de todo el relato, y sobre todo, la altura de la cámara, a la misma altura que Nora, porque veremos la película a través de ella, a través de sus sentimientos, alegrías y tristezas. Pertenecer a ese microcosmos que es el colegio y su recreo es la razón de ser de cada niño y niña, ser reconocido, ser uno más, jugar y relacionarse con los otros, no ser juzgado y sobre todo, no ser violentado y apartado por la razón que sea. La adaptación de Nora se emancipará de su hermano mayor, y la historia girará en torno al acoso que sufre Abel por parte de sus compañeros. Nora quiere ayudarlo pero no es fácil, todo es nuevo y diferente, y nada es sencillo. La cineasta Laura Wandel (Brussels, Bélgica, 1984), que había destacado en sus películas cortas, debuta con un largometraje directo, que se olvida del exterior para centrarse en las paredes del colegio, y sobre todo, en todo lo que ocurre durante el recreo, en ese espejo deformante de la sociedad, donde cada uno quiere ocupar su espacio, pertenecer a sus quehaceres de juegos, carreras y demás actividades.

La cineasta belga opta por el sonido ambiente, en un magnífico trabajo de sonido de Thomas Grimm-Landsberg, donde no hay música incidental, creando esa atmósfera de ruidos, gritos y golpes, que marca aún más en situar en off, en fuera de campo, toda esa violencia cruel y desatada. Dos colaboradores en su película corta Les corps Étrangers (2014), vuelven a trabajar con Wandel, como Frédéric Noirhomme, del que habíamos visto su trabajo en Hedi( 2016), de Mohammed Ben Attia, realiza una grandiosa cinematografía componiendo una película llena de intensidad, con una cámara convertida en Nora, su sombra, su mirada y su todo, y Nicolas Rumpl en la edición, agilizando y poniendo un gran ritmo a los breves setenta y dos minutos de Un monde, en su título original. Si la parte técnica brilla con luz propia, los intérpretes están a la misma altura, con los adultos, que apenas se ven o simplemente se agachan para hablar con los niños y entrar en plano, en los que encontramos a Karim Leklou, que hace de padre de los dos protagonistas, que hemos visto en Un profeta (2009), de Jacques Audiard, entre muchas otras, y Laura Verlinden como la maestra de Nora, un gran apoyo para ella, que era una de los integrantes de la inquietante familia de Happy End (2017), de Haneke.

Mención aparte tienen los dos niños de la película, porque aparte de soportar todo el entramado, se convierten en las piezas clave para explicar todo lo que vemos en sus poderosas imágenes. Infantes que nos recuerdan a los que retrataron en Ponette (1996), de Jacques Doillon, en Nana (2011), de Valérie Massadian, y Verano 1993 (2017), de Carla Simón, y aquellos párvulos del recreo de Récréations (1998), de Claire Simon. Tenemos a Günter Duret como Abel, que había tenido alguna pequeña experiencia previa, en un personaje complejo, la víctima que quiere guardar silencio por vergüenza, por miedo y sobre todo, por no sentirse desplazado, y la debutante Maya Vanderbeque como Nora, la auténtica heroína de la película, que quiere ayudar a su hermano peor nos abe como, y luego, se siente perjudicada por la situación que no sabe manejar, uno de esos personajes llenos de energía, con esa mirada que traspasa y explica tanto de lo que está sucediendo en el interior de esa niña, que no quiere sentirse fuera de esa sociedad del colegio, y por otra parte, tiene la necesidad de ayudar a su hermano, porque sabe que nadie le va a ayudar si ella se calla. Dos grandísimos descubrimientos por parte de la directora porque sin ellos la película sería otra cosa o quizás, no sería película.

Habrá que estar muy atentos a la filmografía de Laura Wandel, que esperemos que se siga desarrollando y podamos seguir disfrutando de su mirada, de su sensibilidad y sobre todo, de su inteligencia cinematográficas, de su manera de filmar y de sentir, de adentrarse en temas complejos y difíciles de plasmar en una película sin caer en el sentimentalismo y la condescendencia, alejándose de estereotipos de buenos y malos, y sumergiéndose en todos los aspectos que cohabitan en ese patio, como en todos los patios de cualquier colegio. Temas que dejan sin aire, pero que con la sabiduría que ella lo hace, creando esa atmósfera penetrante, dura y llena de violencia y crueldad, y como los niños y niñas reaccionan ante ese espacio de odio y sin sentido, y dentro de sus posibilidades se hacen comprender e interactúan con los demás, todo un mundo como explica la película, todo un universo que se desarrolla en el tiempo del recreo, en ese espacio que tanto dice de nuestra sociedad, de nuestras relaciones y de lo que en definitiva, somos cada uno de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Azor, de Andreas Fontana

LOS BANQUEROS Y LOS ASESINOS.

“Los banqueros son como un pozo oscuro; no sabemos si el pozo es muy profundo o simplemente está vacío”

Jonathan Swift

El descriptivo y conciso arranque de la película deja claro la actitud moral del banquero suizo protagonista de la película. Se inicia con una imagen estremecedora. Dos militares cachean y detienen a un par de jóvenes ante la impasividad de todos los presentes, entre ellos, Yvan De Wiel, el banquero mencionado. Esa actitud pasiva, fría y alejada de todo lo que ve, todo lo que escucha y sobre todo, esa determinación de que ha llegado a la Argentina de finales de los ochenta, en plena dictadura, no le perjudica, porque el banquero suizo tiene una misión, convencer a las altas fortunas de que su banco es el mejor para guardar y de paso, ocultar, su dinero. La opera prima de Andreas Fontana Ginebra, Suiza, 1982), nos devuelve el mejor cine político de los setenta, aquel que filmaron los Costa Gavras, los Bertolucci, Rosi, los Petri, etc… Un cine que no solo explicaba las relaciones siniestras y oscuras de los estamentos del poder con la banca, la iglesia, y el ejército que, en muchas casos asumía el poder, sino que ofrecía algo de luz a unos tiempos convulsos y llenos de miserias.

Fontana que ya despertó bastante interés con sus trabajos en el cortometraje, se ha fogueado como asistente con directores de la talla como Jean-Stéphane Bron, Ingrid Wildi, David Maye y Mathias Staub, de los que ha aprendido mucho y se ha labrado una mirada concisa, crítica y profunda sobre las relaciones entre la dictadura y la banca suiza. Azor (que en el argot bancario viene a decir “cuidado con lo que dices”), es un inteligente y soberbio thriller político, excelentemente bien narrado, en un guion que firma el propio director con la colaboración de un grande como Mariano Llinás, que se reserva una breve aparición, y tiene al albaceteño Gabriel Azorín, director de Los mutantes, como consejero de Fontana, en una película en la que brilla su detalladísima y cuidada forma, y un relato que nunca se pierde, sino todo lo contrario, a medida que avanza la historia, más intrigante se torna, y menos claro en las intrigas que han sucedido, como esa inquietante desaparición de Keys, el antecesor de Yvan De Wiel, envuelto en una sombra difícil de descifrar.

Nos movemos de la mano de Yvan, el recién llegado, un tipo a la vieja usanza, falta de carisma, que tendrá su bautismo a prueba de balas, sin tiempo para pensar, sino con muy poco para reaccionar. Acompañado por Ines, su esposa, que continuamente le insta a ser más agresivo en los negocios. Nos moveremos por casas lujosas, piscinas tranquilas, haciendas inmensas, muchos caballos, fiestas de alta alcurnia, clubs exclusivos, restaurantes de relumbrón, y demás lugares, y escucharemos a políticos, arzobispos, herederos, riquísimos y militares, muchos militares, en definitiva, la alta y burguesa sociedad argentina que aupó, apoyó y trabajó para la dictadura militar de Videla. La exquisita y claroscura cinematografía de Gabriel Sandrau, del que vimos ya su gran trabajo en La idea de un lago (2016), de Milagros Mumenthaler, que colabora en la película, con esa luz que habla de aquella época desde cualquier tiempo, rompiendo el esquema de la clásica película historicista para abrazar una película sin tiempo. La gran banda sonora del debutante Paul Courlet, que consigue generar esa atmósfera cotidiana y terrorífica que baña toda la trama, y el cuidadoso trabajo de montaje del chileno Nicolas Desmaison.

Una película que basa buena parte de su entramado en las relaciones que se gestan en el poder, debía tener un reparto muy competente y formidable para generar toda esa ambigüedad y oscuridad que reside en cada gesto y mirada de los señores de negro que pululan por toda la película, y lo hace a través de la palabra, con unos diálogos confidenciales y alejados del mundanal ruido, con esa cámara que detalla y registra, pero siempre a una distancia prudencial, donde cada intérprete está en su sitio, como la espectacular pareja protagonista que forman la francesa Stépahnie Cléau y el belga Fabrizio Rongione, habitual en el cine de los Dardenne, bien acompañados por la poetisa Carmen Iriondo en la piel de una sorprendente Mrs Lacrosteguy, el veterano Juan Trench en el rol del hacendado Augusto-Padel Camon, la fascinante presencia de la uruguaya Eli Medeiros en un doble registro, el enigmático Frydmer interpretado por el francés AlexandreTrocki, el abogado Dekerman que hace Juan Pablo Gerreto, el líder religioso que hace Pablo Torre Nilsson, hijo del gran director argentino LeopoldoTorre Nilsson (1924-1978), y demás intérpretes que consiguen decir mucho con mucha concisión y apoyándose en las miradas.

Azor es una excelente muestra de cine bien hecho y mejor narrado, con una grandiosa y férrea estructura, que mira a los horrores del pasado a través del presente y lo que sucede en la actualidad, creando esa relación deromante de espejos y reflejos, con el mismo aroma que las chilenas Los perros (2017), de Marcela Said, y Araña (2019), de Andrés Wood, en las que se profundiza en las terribles alianzas de la burguesía con los regímenes dictatoriales, y la uruguaya-española El año de la furia (2020), de Rafa Russo, desde una mirada de los artistas censurados y las operaciones militares antes del estallido. Una trama en la que vamos avanzando con su protagonista por estos laberintos y zonas oscuras del poder, de ese lugar de malvados que hacen y deshacen la vida de los que cada día se levantan para trabar para el país, y no lo hace de manera superficial y estridente, sino optando por el cine, por esa forma de contar y mostrar el terror desde lo más cotidiano y humano, desde todo ese universo que extorsiona y asesina con el beneplácito de muchos colaboradores, entre ellos banqueros suizos, que carecen de moral, que carecen de humanidad, porque solo les interesa captar estos “clientes” podridos de dinero, un dinero sucio, manchado de sangre, una forma de ser, de vivir, que no acabó con la dictadura argentina o de cualquier otro país, sino que es una forma de hacer y deshacer en el sistema económico en el que estamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Drive My Car, de Ryûsuke Hamaguchi

LA VIDA… Y LUEGO NOSOTROS.

“Cuando se carece de verdadera vida, se vive de espejismos…”

De la obra “Tío Vania”, de Anton Chéjov

Apenas tres meses del estreno de La ruleta de la fortuna y la fantasía, volvemos a cruzarnos con otra película de Ryûsuke Hamaguchi (Kanagawa, Japón, 1978), y como no podía ser de otra manera, volvemos a reencontrarnos con sus personajes de existencias cotidianas, de instantes fugaces, de sentimientos vulnerables, con sus conflictos existenciales, sus continuas derivas emocionales, y sobre todo, volvemos a mirar de frente aquellos problemas invisibles, aquellos que ocultamos a los demás, y también, y sobre todo, a nosotros mismos. El cineasta nipón nos habla sobre la vida, o mejor dicho,  sobre aquello que creemos que es vivir, sobre todo aquello que nos ocurre, sobre todas esas heridas y el dolor que nos producen las situaciones vitales, y sobre como gestionamos ese dolor, la forma en que nos relacionamos con él, y como lo usamos o no frente a los demás. Sus relatos se van sucediendo frente a nosotros como ocurría en las obras de Ozu, casi sin darnos cuenta, aplastadas por la cotidianidad de nuestros quehaceres diarios, unos relatos breves y fugaces que se perdían casi sin llamar la atención, pero que continuaban viviendo en nuestro interior. Esos pequeños conflictos a los que apenas damos importancia, pero acaban dirigiendo nuestras vidas, porque están ahí, quietos, sin revolver, viviendo en nosotros, agazapados y esperando su oportunidad, donde serán expuestos y enfrentados y quizás, resueltos o no.

En esta ocasión, la mirada de Hamaguchi toma prestado un cuento homónimo de Haruki Murakami (de título extraído de una canción de The Beatles), que apareció en el libro “Hombres sin mujeres”, y escribe junto a Takamasa Oe un guion que nos sitúa frente a una pareja dedicada a contar historias. Él, Yusuke Kafuku, actor y director teatral, y ella, Oto, guionista de televisión. Una pareja que se quieren, y poseen una peculiar forma de contarse las diferentes historias que van inventándose. El automóvil de él, un Saab 900 Turbo, un vehículo de más de diez años de vida, es el encargado de acoger esas historias y funciona como espacio donde los personajes se abren mucho más y exponen más sus emociones y por ende, descubrimos lo que son en realidad. Estamos ante una película donde la interpretación y la fabulación son usadas como máscaras, como escaparates ficticios para ocultar los verdaderos sentimientos en forma de heridas. No obstante, veremos dos obras de teatro representadas. La primera, Esperando a Godot, de Beckett, la obra que más ha buceado por el hastío y el vacío vital, que explica con detalles todo lo que le sucede al personaje masculino, y luego, en las dos terceras partes siguientes, asistiremos a los ensayos de Tío Vania, de Chéjov, una de las obras que mejor ha descrito la desesperación y el vacío de la vida, en la que cada uno de los personajes arrastra sus heridas y su desconsuelo vital.

El automóvil actúa como acicate ante tanto dolor no compartido, la parsimonia de la circulación y la paz que le produce al protagonista es usado como bálsamo de paz, porque mientras conduce va escuchando la obra recitada por su mujer Oto. No es casualidad que la acción suceda en Hiroshima, la ciudad junto a Nagasaki, arrasadas por las bombas atómicas. Una ciudad de dolor, sobre el dolor, en la que todavía se perciben las secuelas de la tragedia y el inmenso dolor que produjo. En ese espacio, en sus calles, va a parar Yusuke, arrastrandon su dolor, y mientras trabaja en el montaje de “Tío Vania”, recorrerá sus calles y diferentes espacios con un chófer que le pone el festival de teatro, la elegida que conducirá su coche es Misaki, una joven de veinte años, que será su compañera, confidente y escuchadora durante esos dos meses en Hiroshima. Otro personaje clave en la película es Koshi Takatsuki, un actor que volverá a la vida de Yusuke, que pertenece a su pasado, a ese pasado que compartió con Oto.

Los aspectos técnicos del cine de Hamaguchi son extraordinarios y sumamente elegantes y llenos de matices. Desde todo el anacronismo existente en la película, con ese automóvil en la cabeza, un modelo del pasado, con sus cintas de casete donde vamos escuchando las obras, o ese tocadiscos, con sus discos de vinilo que escucha la pareja. La excelente banda sonora que escuchamos firmada por Eiko Ishibashi, donde se van detallando con suma delicadeza todos los sentimientos de los personajes que van aflorando tímidamente. El ágil, exquisito y rítmico trabajo de edición de Azusa Yamazaki,  como si se tratase de una partitura musical, para aligerar sus ciento setenta y nueve minutos de metraje, que se nos pasan casi sin darnos cuenta, completamente ensimismados por sus imágenes, sus palabras y sus emociones. La cinematografía de Hidetoshi Shimoniya ayuda a armonizar toda esa gama de sentimientos complejos que arrastran los dos personajes principales, donde la ligereza y suavidad de sus imágenes, confronta con todo ese espacio interior, donde todo es complejidad, oscuridad y dolor.

La mirada de Hamaguchi no está muy lejos del cine de Rohmer y Hong Sang-soo, otros dos autores-cronistas sobre las dificultades emocionales ante la vida y sus catástrofes, con sus personajes sin tiempo, que hablan y discuten, y miran y se mueven intentando ser, que nos es poco. Hamaguchi es otro creador maravilloso de personajes, porque es a través de ellos que se cuentan los diferentes conflictos, a través de sus hermosos y transparentes diálogos, y sus importantísimos silencios, quizás más elocuentes y auténticos, con ese revelador detalle del personaje que no habla y solo se comunica con el lenguaje de signos. Sus criaturas son individuos como nosotros, cercanísimos en sus problemas emocionales, en el que cada uno de ellos actúa como reflejo del otro, como espejo deformador de sus propias existencias, donde las diferentes composiciones, en los que abundan los personajes femeninos fuertes y sensibles, como sucede en Drive My Car, con esa Oto y Misaki, quizás dos mujeres muy diferentes o no, que conducirán, y nunca mejor dicho, la existencia y el trabajo de Yusuke. Un grupo de grandes intérpretes como los Hidetoshi Nisgijima, al que vimos recientemente en El teléfono del viento, de Nobuhiro Suwa, da vida a Yusuke, el tipo que encontrará en la actuación la terapia para acompañar y vivir su dolor, aunque quizás la amargura de Vania esté demasiado cerca para poder interpretarlo.

Y los de reparto, igual de importantes que los principales, por la huella y la presencia-ausencia que dejan en estos, como Tôko Miura es Misaki, la joven que también arrastra su herida, y se convertirá no solo en la eficiente chófer de Yusuke, sino en su confidente, y su hermana de dolor, y los dos compartirán mucho más que la mera relación profesional. Reika Kinishima es Oto, una mujer compleja, enamoradísima y una herida difícil de llevar, y finalmente, Masaki Okada es Koshi, el joven actor que aparecerá en las vidas de la pareja de forma inesperada e intensa. Hamaguchi ha vuelto a construir una grandiosa película, como son las grandes películas, de armazón ligero, suave como una brisa frente al mar, y denso y complejo en su interior, con unos personajes cercanos e íntimos, pero convertidos en una especie de islas emocionales, llenos de heridas, llenos de dolor, que les iremos conociendo y sintiendo en su proceso de acompañar el dolor, de mirarlo de frente, de no huir de él, de vivir con ello, porque la vida a pesar de su tristeza y su sin sentido, siempre está ahí para regalarnos una conversación con alguien, una mirada cómplice o simplemente, compartir unas miradas y un silencio que lo dicen todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Almudena Amor

Entrevista a Almudena Amor, actriz de la película «La abuela», de Paco Plaza, en el Hotel Seventy en Barcelona, el martes 21 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Almudena Amor, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La abuela, de Paco Plaza

SUSANA Y LA VEJEZ.

“Todo el mundo quisiera vivir largo tiempo, pero nadie querría ser viejo”.

Jonathan Swift

Uno de los primeros trabajos de Paco Plaza (Valencia, 1973), fue el cortometraje Abuelitos (1999), una excelente fábula de terror sobre una misteriosa residencia de ancianos, cargada de una atmósfera inquietante, en la que se sugería mucho, se hablaba poco y se decía más. El tema de la vejez siempre ha estado presente en la filmografía del cineasta valenciano, de una forma u otra, aunque en La abuela, parecen haber convergido dos de los temas que ya había tratado en dos de sus anteriores filmes. En Verónica (2017), producida por Enrique López Lavigne, una adolescente debía hacerse cargo de sus pequeños hermanos en un espacio donde lo doméstico se convertía en una cárcel, donde el más allá irrumpía con fuerza, y en Quién a hierro mata (2019), la vejez en forma de residencia de ancianos era una parte fundamental de la trama, así como el legado y la herencia de nuestros mayores. En La abuela, escrita por el cineasta Carlos Vermut, vuelve a la vejez y al espacio único de lo doméstico, un piso donde habita el tiempo, la memoria y sobre todo, la cárcel de la vejez, y como los jóvenes se relacionan con ella.

La acción es bien sencilla y directa, Pilar, octogenaria sufre un derrame cerebral, y su único pariente es Susana, una modelo que vive en París de su belleza y su cuerpo. Susana viaja a Madrid y cuida de la abuela, como ella hizo a su vez cuando la joven era niña y perdió sus padres. Todos los intentos de Susana se encaminan en deshacerse de esa carga y buscar a alguien que cuide de la abuela, totalmente ausente y dependiente. Con el mismo aroma y tono de las películas inquietantes y domésticas de Polanski, amén de Repulsión, La semilla del diablo y La locataire, el terror irá tomando la casa, igual que le ocurría a Verónica, y convertirá la existencia de Susana en una pesadilla terrorífica, donde confluirán el tiempo, la memoria, la vejez, y sobre todo, la vivienda se tornará una cárcel imposible de escapar de ella. Todos los elementos confluyen para que todo cuadre de forma tenue y cotidiana, empezando por su luz, que en películas de este estilo es fundamental, la textura del 35 mm consigue esa sensibilidad en el espacio, tanto de sus objetos como su atmósfera, con ese peso en el aire y en cada espacio de la casa, un gran trabajo de cinematografía de Daniel Fernández Abelló, que había estado en los equipos de cámara de películas tan interesantes como Blog y Buried.

El ágil y preciso ejercicio de edición que firma David Gallart, un cómplice estrecho de Plaza, que ha estado en varias de sus películas, que usa con pausa e intensidad los cien minutos del metraje, la música de Fátima Al Qadiri, que puntúa con sabiduría y llena todos los silencios que explican mucho más de lo aparentemente parecen, una de las marcas más características que encontramos en la filmografía del autor levantino, como la presencia de esos temas musicales, que tanto dicen, como los de Vainica Doble, Estopa y Los panchos. La gran labor de arte de Laia Ateca, que repite después de Quién a hierro mata, adornada con todos objetos como los espejos y sus reflejos, los objetos del pasado común, y demás detalles que pululan por toda la casa, así como su impactante sonido, que viene de la mano de Diana Sagrista, que en una película de este calibre, donde se sugiere más que se muestra, como el terror más auténtico y clásico, el que hizo grande el género, sino que se lo digan a los monstruos de los treinta de la Universal, o a los grandes títulos de Tourneur o la Hammer. Una producción elegante y cuidadosamente bien ejecutada que corre a cargo del ya citado Lavigne, y la incursión de Sylvie Pialat, mujer del desparecido director francés, con hechuras de una película que toca temas muy cercanos y a la vez, universales y sin tiempo.

La abuela nos habla de grandes temas de ahora y siempre como el inexorable paso del tiempo, con la vejez convertida en una prisión que nos dificulta lo físico y lo emocional, dependiendo de los otros, y convirtiéndonos en espectros de nosotros mismos, y también, como nos relacionamos con todos esos problemas, como los más jóvenes, los que fuimos cuidados, hacemos lo impensable para quitarnos el conflicto de encima, no queriendo ver, no queriendo participar, sacándolo de nuestras vidas, donde la culpa y la traición entran en juego, como bien introduce la trama de la película. Como planteaba Verónica y Quién a hierro mata, la presencia de pocos personajes y dotados de una complejidad que casará con todo lo que se está contando, y lo consigue con dos actrices completamente desconocidas. Por un lado, tenemos a la brasileña Vera Valdez, modelo de profesión que enamoró a Chanel y compañía, con pocos títulos en el cine, consigue con Pilar una interpretación inconmensurable, en un rol mudo, que apenas emite sonidos o algunas risas inquietantes, escenifica una anciana llena de pasado y un presente que lo domina todo, un grandioso acierto de la película, porque llena la pantalla sin emitir ninguna línea de texto, como ocurría con las grandes heroínas del mundo como la Gish o la Swanson.

Frente a Valdez tenemos a la no debutante Almudena Amor, que ya vimos no hace mucho en la mordaz El buen patrón, de Fernando Léon de Aranoa, siendo una paternaire excelente de Javier Bardem, en un personaje de loba con piel de cordera, en La abuela, tiene un rol completamente diferente, siendo esa mujer joven que vive de su cuerpo y belleza, tiene que afrontar la vejez de su abuela, los secretos que se ocultan en esa casa y sobre todo, en la relación enigmática que irá descubriendo a medida que avance la acción. Con muchos elementos que la relacionan con la Verónica que hacía Sandra Escacena, su Susana es otra joven enfrentada a lo maligno, a lo desconocido, pero en su casa, en su pasado, en todo lo que ella fu y es, y no se atreve a reconocerse y admitir. Plaza ha construido un extraordinario cuento de terror, donde se huye del efectismo y lo espectacular, para adentrarse en una atmósfera muy terrorífica, todo muy bien contado, con su ritmo y su pausa, con tranquilidad, con ese tono en el que nada parece estar sucediendo, pero en realidad todo sucede, con ese toque psicológico que hiela la sangre, con ese crujir de puertas y sonidos que no sabemos de dónde proceden, quizás, todo viene de nosotros, o quizás somos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En un muelle de Normandía, de Emmanuel Carrèrre

LA PRECARIEDAD DE PRIMERA MANO.

“El capitalismo no es un régimen armonioso, cuyo propósito sea la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, sino un régimen antagónico que consiste en asegurar las ganancias a los capitalistas”

Michal Kalecki

En la maravillosa Los viajes de Sullivan (1941), de Preston Sturges, un director de cine obsesionado con hacer una película sobre la miseria se disfraza de vagabundo y recorre el país conociendo la realidad más sucia y tiste. Una experiencia parecida es la que vive Marianne Wincler en En un muelle de Normandía, una escritora escritora que para conocer de primera mano la oscura realidad de las mujeres limpiadoras se convierte en una de ellas. Emmanuel Carrèrre (París, Francia, 1957), se ha hecho un gran nombre como escritor de novelas de no ficción entre las que destacan El adversario, Dos vidas ajenas o El reino, entre otras, y paralelamente, ha escrito sobre cine en libros y revistas especializadas, y ha dirigido películas de no ficción como Retour à Kotelnitch, y de ficción como La moustache (2003).

Ahora nos llega su tercer trabajo como director amén de coescribir el guion junto a Hélène Devynck, basado en la novela “El muelle de Ouistreham”, de Florence Aubenas, en una cinta que no estaría muy lejos de los temas y elementos que pululan en su obra literaria, como la mentira y la impostura. Tenemos a una escritora, que se hace pasar como mujer recién abandonada por su marido, que llega a una pequeña ciudad como Caen, al norte de Francia, un lugar gris, triste y en invierno, una atmósfera que recuerda a la que sentíamos en La vida soñada de los ángeles (1998), de Èrick Zonca. Asistimos a la cotidianidad de una mujer desde cero, una anónima más que se levanta a diario para ganarse la vida, o al menos intentarlo, como mujer de la limpieza, limpiando bungalows o ferris donde los turistas pasan su tiempo libre. A modo de crónica periodística, Carrèrre nos sumerge en ese submundo de personas corrientes y de carne y hueso, como Cristéle, una madre soltera con tres hijos pequeños y muy lanzada, con la que Marianne entablará una estrecha amistad. También, conoceremos a Marilou, una joven que sueña con huir de Caen junto a su novio, Justine, una rubia atractiva que trabaja cada día con la esperanza de salir de esos trabajos precarios, y algunas más, todas mujeres que trabajan a destajo por una vida mejor, o por una dignidad tan difícil de encontrar.

Con un excelente trabajo de cinematografía que firma el veterano Patrick Blossier, que tiene en su haber películas con Costa-Gavras, Tavernier, Agnès Varda y Bigas Luna, entre muchos otros, construyendo un espacio muy real, cercanísimo, que tanto recuerda a los trabajos de Alain Marcoen para los hermanos Dardenne. El exquisito y ágil montaje de Albertina Lastera, que tiene en su filmografía a nombres como los de Téchiné y Abdellatif Kechiche, que condensa con intimidad y sensibilidad los 106 minutos de la película.  La película trata con sabiduría y tacto temas morales muy complejos y nada complacientes, desde los límites del periodismo para acercarse a otras realidades, el engaño como parte del trabajo, y sobre todo, profundiza en temas como la amistad y el compañerismo entre unas mujeres que malviven en unos trabajos, si les puede llamar así, donde trabajan a velocidad de crucero, se destrozan la salud, y encima, deben dar gracias. Una realidad explotada y muy precaria de las mujeres que limpian, que pudimos ver en el interesante trabajo de Hotel explotación: Las Kellys (2018), de Georgina Cisquella.

La misma realidad que muestra En un muelle de Normandía, una realidad cruda y sin concesiones, pero de verdad, sin embellecerla, ni convirtiéndola en mera excusa de trama, sino acercándose a través de la cotidianidad, sus relaciones y su no futuro,  mirándola sin titubeos, y sobre todo, sin condescendencia ni sensiblería, sino mostrando cuerpos, miradas y relaciones que viven a diario, con mucha incertidumbre, y soportando trabajos de mierda y situaciones laborales terroríficas. La parte interpretativa está a la misma altura que la parte técnica, porque no lo componen personajes transparentes y llenos de matices y complejos, sino que son personajes convertidos en personas, personas como nosotras, personas con las que te cruzas a diario, en un gran trabajo de casting porque casi todas son actrices no profesionales, como las magníficas Hélène Lambert, Léa Carne, Emily Madeleine, Patricia Prieur, Evelyne Poreé, entre otras, que dan esa verosimilitud y autenticidad que tanto necesita una película de estas características.

Y qué decir de Juliette Binoche que no se hay dicho ya. Su Marianne es una auténtica obra de arte, porque la actriz parisina se mete en la piel de una mujer normal, una mujer sola, una mujer que trabaja, una mujer que quiere conocer, una mujer que quiere verlo de primera mano, una mujer que conocerá, se reirá y sobre todo, sufrirá con el trabajo. Un trabajo que recuerda a aquel que hizo Marion Cotillard para los mencionados Dardenne en Dos días, una noche en el 2014, donde no hay máscara, ni caracterización, sino verdad, sensibilidad y sobre todo, humanidad, porque tanto la película de los Dardenne como la de Carrèrre nos hablan de humanismo, de ese aspecto y dignidad que tanto se menciona y que tan poco vemos en la sociedad que vivimos, o como ocurre con las mujeres que limpian de la película, donde sus vidas ya no son vidas, sino sombras, las mismas sombras que tropiezan contra un modelo de turismo de pura explotación,  donde todo se gasta y se consume, tanto trabajadores como turistas, esos visitantes ajenos a las realidades tan oscuras y miserables con las que se cruzan por un pasillo, unos turistas que lo gastan todo, ya sean edificios, hoteles, calles, comidas, y nunca ven más allá de todo eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA