Woman, de Anastasia Mikova y Yann Arthus-Bertrand

YO SOY UNA MUJER.

“Yo soy única, OK… pero soy todas las mujeres”

En Notre corps, notre sexe  de Agnès Varda

En 1975, el programa “F come femme”, de la televisión francesa Antenne 2, lanzó al público la pregunta: ¿Qué es ser mujer? La respuesta de la cineasta Agnès Varda (1928-2019), fue Réponse de femmes: Notre corps, notre sexe (Respuesta de las mujeres: Nuestro cuerpo, nuestro sexo), una película corta de 8 minutos que reivindicaba a la mujer, su cuerpo, su sexo, su vida y todo su ser, sometida a una sociedad patriarcal que la convertía en un mero objeto. Cuanto le debe el cine sobre la mujer a una cineasta como la Varda, con su inteligencia, su capacidad para ver aquello que sucedía y plasmarlo de forma tan interesante y concienciadora. Muchas de esas ideas las encontramos en Woman, la nueva película del director y fotógrafo francés Yann Arthus-Bertrand, autor de las imprescindibles Home (2009), en la que plasmaba el efecto demoledor del ser humano en el planeta tierra, y Human (2015), donde retrataba a la humanidad en su diversidad, multiculturalidad, complejidad y humanidad. Ahora nos llega Woman que codirige junto a la ucraniana Anastasia Mikova, que ya fue ayudante de dirección en Human, para hacer un exhaustivo recorrido por la mujer, retratando a más de mujeres diseminadas por cincuenta países del mundo.

El retrato, al igual que sus anteriores trabajos, es cercano, transparente y directo, apoyándose en dos aspectos cruciales como el testimonio, donde escucharemos a mujeres muy diferentes e iguales entre sí, hablándonos de su vida, de su cuerpo, su sexo, y demás aspectos y complejidades de la vida, y por otro lado, mediante “Tableaux Vivants”, nos van mostrando escenas de la vida cotidiana de estas mujeres, sus vidas, sus culturas, su fe y demás aspectos de su realidad. Arthus-Bertrand y Mikova componen una película emocionante, vibrante y magnífica, porque nunca se quedan en la anécdota, siempre van mucho más allá, reivindicando a la mujer y todo su ser, dándoles la palabra y la voz, y mirada y sus ojos, su cuerpo, mujeres de todas las edades, etnias, culturas, religiones y nacionalidades, y sobre todo, caligrafiando un detallado recorrido por todos los aspectos de su vida y existencia, arrancando con el hecho de ser mujer, como tan magníficamente mostraba Agnès Varda, el amor, la maternidad, parejas y matrimonio, el cuerpo y sus tabúes, las mujeres en el poder, emancipación, sexualidad, violencia, política, el trabajo, etc…

Vemos a un sinfín de mujeres, con sus cercanías y diferencias, mirándonos de frente, serenas y firmes, valientes y decididas, resistentes y fuertes, reivindicando su identidad, su ser, su complejidad y su lugar en el mundo, tantas veces invisibilizado y oculto a lo largo de la historia por la sociedad masculina. La película es un cine humanista y político, porque no hace un discurso superficial del asunto, sino que investiga sobre el tema, pone en cuestión los conflictos existentes, y hace un extraordinario e inteligente recorrido sobre la mujer y las sociedades que les ha tocado vivir. La película tiene una fuerza admirable y no se olvida de la emoción, el relato tiene vida, historia, humanismo, y sobre todo, tiene una textura y composición cinematográfica excelentemente bien cuidada, nunca quedándose en el mero detalle, sino que profundiza en los hechos y las causas, abriendo la información para que cada espectador pueda encontrar sus propias respuestas, y provocando la oportuna reflexión en unos temas candentes y llenos de actualidad que parece que las sociedades patriarcales siguen sin ocuparles la importancia que tocaría.

El tándem de cineastas aúnan de forma admirable la belleza y la reivindicación, porque tanta una como la otra son perfectamente compatibles para hablar de las mujeres y su diversidad y su humanidad, sin olvidar el discurso que plantean. Los 105 minutos de duración de la película en ningún momento se hacen pesados o difíciles de seguir, teniendo en cuenta la grandísima cantidad de mujeres y sus respectivos países que desfilan por delante de nuestra mirada, debido principalmente en el impecable sentido del ritmo y el contenido que tiene la película, porque en apariencia parece que todo el mosaico que presenta es demasiado agotador, pero todo lo contrario, la película va creciendo en su contenido y aspecto, dejando a los espectadores ávidos de conocer más y mejor, en una historia que nunca decae, que crece muchísimo, y va a más, como el espectacular arranque de la película, con esa mujer desnuda danzando bajo el agua, quizás la metáfora más terrible y bella a la que la sociedad ha sometido a la mujer, oculta bajo los ojos y bajo los designios económicos utilizada por su aspecto, su cuerpo, pero todo eso está cambiando, aunque queda mucho camino por recorrer y reivindicar, los tiempos están cambiando como cantaba Dylan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

14 días, 12 noches, de Jean-Philippe Duval

CERRAR LAS HERIDAS.

“Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos”.

Hellen Keller

Isabelle vuelve a Vietnam, donde diecisiete años atrás, vino con su marido y adoptó a Clara. Ahora, vuelve con las cenizas de Clara que ha fallecido en un trágico accidente. Su misión, confusa y difícil, no es otra que volver a las raíces de su hija, para de esa manera estar en la tierra que la vio nacer, y encontrar alivio a su dolor. Por circunstancias del destino, en Vietnam se tropezará con Thuy, la madre biológica de Clara. El nuevo trabajo de Jean-Philippe Duval (Canadá, 1968), se desmarca de sus anteriores películas, en las que había tocado la comedia negra, el drama biográfico o el thriller psicológico, para construir su obra más personal, una película que nos habla a hurtadillas, sobre la pérdida, el dolor y el duelo, sobre la necesidad humana de reconciliarnos con los que ya no están y los que quedan. Un guión escrito por Marie Vien, de la que ya habíamos visto La pasión de Augustine, de Léa Pool, que nos habla de un reencuentro entre dos madres, la biológica y la adoptiva, narrada a través de tres tiempos. En 1990, cuando nace Clara en un pequeño pueblo. En 1991, cuando Isabelle y su marido adoptan a la pequeña. Y finalmente, en 2018, donde se desarrolla el grueso de la trama, en el cual las dos madres se conocen.

Duval adopta la estructura de una road movie por el norte de Vietnam, en este viaje introspectivo y cercano, en el que las dos mujeres comparten y dialogan sobre sus vidas, y presencian los espectaculares paisajes de la zona, a través de un jeep, o en una gran barca desde el río por la bahía de Ha Long, dotada de una belleza increíble, y una paz asombrosa, observando los desfiladeros y demás estructurales naturales, instante de una fuerza dramática brillante y muy reveladora para el transcurso de la película. La historia se narra desde el punto de vista de Isabelle, a través de la cual conocemos la verdad, su desesperada búsqueda, y sobre todo, sus ansias de encontrar a la madre biológica de Clara, y cerrar las heridas para seguir viviendo, o al menos, intentarlo. La exquisita y concisa luz de Yves Bélanger (cinematógrafo de larguísima trayectoria que ha trabajado a las órdenes de nombres tan ilustres como Clint Eastwood, Jean-Marc Vallé o Xavier Dolan, entre otros), nos convierte en unos privilegiados testigos para conocer esa parte norteña vietnamita, y sus grandes composiciones, que sus imponentes paisajes nos van engullendo como ocurre con lo que van sintiendo sus protagonistas.

Un gran trabajo de edición que firma Myriam Poirier, que dilata o acorta las secuencias según el instante, con ese ritmo que lentamente nos va arrastrando a la intimidad de las mujeres, en ese grandioso momento cuando están en la casa del tío abuelo de Thuy, y sus alrededores. Los 99 minutos de la película se cuentan con pausa, de forma relajada y tranquila, apoyándose en ese viaje físico y espiritual que realizan las mujeres, dejándose llevar por tierra que visitan, y sus vidas interiores, las pasadas y las de ahora. Una historia tan íntima, que nos habla sobre las heridas que ocultamos, necesitaba un par de excelente actrices para atacar unos personajes tan complejos y en situaciones tan dolorosas. Tenemos a Anne Dorval, actriz canadiense dotada de una mirada profunda y llena de vida, muy conocida por participar en Yo maté a mi madre y Mommy, ambas de Xavier Dolan, que interpreta de forma creíble y estupenda a Isabelle, una madre que debe despedirse de su hija en la tierra que la vio nacer.

Y por el otro lado, nos encontramos con Leanna Chea, actriz francesa de origen vietnamita y camboyano, que interpreta a Thuy Nguyen, una mujer a la que arrebataron su hija y ha vivido con su recuerdo, y el destino le ofrece una nueva oportunidad de dejar la rabia atrás y perdonar y seguir con más fuerza su vida, reencontrándose con un pasado que no ha podido borrar. Duval ha construido un viaje muy profundo y personal, lleno de sensibilidad e íntimo, muy alejado del sentimentalismo de producciones que abordan temas similares. En 14 días, 12 noches, vemos alegrías y sobre todo, tristezas, una tristeza muy necesaria para afrontar los sinsabores de la vida, para hacer frente a la pérdida, al dolor y llevar un duelo vital para seguir con nuestras vidas, cerrando las heridas que no nos dejan continuar, que nos detienen y nos matan de dolor. Aunque la historia en su mayoría es lineal, tenemos esos flashbacks que nos sacan de dudas, y nos explican con detalle las circunstancias de una película que ante todo, nos habla de maternidad, del amor de unas madres a su hija, ya sea biológica y adoptiva, una historia sensible y bien narrada sobre el amor de una madre a su hija, y más, cuando esa hija ya no está entre nosotros, despidiéndola y recordándola con amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los papeles de Aspern, de Julien Landais

OBJETO DE SEDUCCIÓN.

 “Uno no defiende a su dios. Su dios es, en sí mismo, una defensa.”

El universo literario de Henry James (1843-1916), a pesar de su enorme complejidad, ha sido adaptado en numerosas películas, quizás las recordadas son mucho menores, como La heredera, de William Wyler, The Innocents, de Jack Clayton, La habitación verde, de François Truffaut, las tres firmadas por James Ivory, Retrato de una dama, de Jane Champion o Washington Square, de Agnieszka Holland. Concretamente, Los papeles de Aspern, ya tuvo una adaptación a principios de los noventa dirigida por Jordi Cadena. Ahora, nos llega una nueva adaptación de la famosa novela corta del autor estadounidense-británico, escrita en Venecia y publicada en 1888, en la que nos trasladamos a la Venecia de finales del XIX, en la mirada y gesto de Morton Vint, un maquiavélico y seductor editor británico, dotado de belleza y sin escrúpulos, que hará lo impensable para obtener un preciado tesoro. Se trata de los codiciados papeles del poeta Jeffrey Aspern, fallecido sesenta años antes, y que se encuentran bajo la custodia de Juliana Bordereau, una anciana que fue amante del poeta en su juventud. Junto a la nonagenaria, la acompaña la señorita Tina, una solterona, aburrida y callada.

Sin más preámbulos, Morton se presenta en el palazzo donde viven las dos mujeres, y haciéndose pasar por floricultor con la idea de llenar de flores y color el jardín. A partir de ese momento, entre el editor y Tina, arrancará un juego perverso de seducción, mentiras, manipulación y deseo. El director debutante Julien Landais (Angers, Francia, 1981), que además de actor, ha dirigido piezas cortas y experiencia en publicidad, firma la adaptación junto al escritor francés Jean Pavans de Ceccatty (que ya había adaptado la novela para las tablas) y la escritora británica Hannah Bhuiya, un guión que tuvo el asesoramiento de James Ivory (que conoce el universo de James, ya que lo ha adaptado en Los europeos, Las bostonianas y La copa dorada), que también actúa como productor ejecutivo. Un relato lleno de intriga y misterio, en que los documentos de Aspern se convierten en el tesoro, en un macguffin que hace mover a las personas y sus secretos ocultos, que irán desvelando a su momento.

Exceptuando algunos pasajes entre la realidad y la fantasía que padece el personaje del editor, la película se muestra fiel al original, al espíritu de Henry James, con esos palazzo elegantes, sofisticados y llenos de habitaciones oscuras y misteriosas, con esos personajes dotados de belleza, de exquisitez en sus formas y gestos, de indudable formalidad y atención, vestidos adecuadamente según la ocasión, poseedores de miradas que traspasan, pero sin ofender ni incomodar, que emiten la información que se espera de ellos, y sobre todo, que nunca muestran sus verdaderas intenciones, agazapados en múltiples personalidades que irán usando según las circunstancias les favorezcan o no. Un mundo especial y exquisito dentro de otros mundos, llenos de personajes surgidos de la nada, personajes inquietantes, con pasados que se irán desvelando, como el protagonista ausente del relato, el poeta Jeffrey Aspern, un cruce entre Percy Bisshe Shelley (que sus cartas a Claire Clairmont, hermanastra de su mujer, sirvieron a Henry James como base literaria para su cuento), y Lord Byron, y todo ese mundo de los románticos, donde el amor, el deseo y el placer, no solo eran un juego de seducción para adivinar los verdaderos sueños o pesadillas que se ocultaban.

El relato se apoya sobre todo en unos diálogos inteligentes y escurridizos, unos encuentros donde es tan importante lo que se dice como lo que no, donde se asumen estrategias y despistes entre los personajes para alcanzar sus objetivos, un juego de gato y ratón a ver quién seduce a quién, y sobre todo, quién logra doblegar al otro. La película cuenta con una cuidadísima ambientación y un espectacular diseño de producción que firma Livia Borgognoni, en la que el palazzo de las Bordereau es espacioso, vacío, sombrío y silencioso, que contrasta con el de la Sra. Prest, amiga de Morton, todo de luz, color y apabullante, al igual ocurre con el vestuario, clásico, pulcro y recatado, como de un tiempo lejano, con las dos mujeres, y extravagante, colorido y modernista, en el caso de Morton y su ambiente. Una luz íntima y llena de claroscuros del francés Philippe Guilbert, y la edición sobria de Hansjörg Weissbrich (colaborador con directores de la talla de Sokurov), el “Tristan e Isolda”, de Wagner y otra melodía de Liszt, junto a la composición de Vincent Carlo, logran introducirnos en esas dos Venecias, la exterior, que juega con las máscaras y la interior, que sin máscara, oculta más secretos.

Un extraordinario reparto en el que brillan la veterana Vanessa Redgrave (que ya hizo de la señorita Tina en el teatro junto a su padre Michael), en el rol de la anciana, postrada en esa silla de ruedas, cabizbaja, como una especie de espectro, que recuerda al compositor Gustav von Aschenbach, otra alma herida y decadente en una Venecia deprimida. Joely Richardson, hija de la Redgrave (productora ejecutiva de la cinta, junto a Rhys Meyers), toma el papel de la señorita Tina, apocada, callada y tímida, que esconde muchas cosas, y finalmente, Jonathan Rhys Meyers, que sin ser una gran actuación, mantiene el pulso de su manipulador editor. Los papeles de Aspern, nos habla del pasado, del paso del tiempo, los amores imposibles y las oportunidades perdidas, elementos que llenan la literatura de James. Un deseo, un amor o un juego de seducción que revelará a los dos personajes principales, o mejor dicho, un perverso, inquietante y oscuro juego en que, tanto uno como otro, nunca olvidarán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El palacio ideal, de Nils Tavernier

EL SUEÑO DE UN HOMBRE SENCILLO.

“Hijo de campesino, campesino, quiero vivir y morir para demostrar que en mi categoría también hay hombres de genio y energía. Durante veintinueve años fui cartero rural”

Joseph Ferdinand Cheval

Erase una vez un cartero llamado Cheval, un hombre poco hablador, ensimismado en su mundo, en la naturaleza y los animales que se tropezaba en su andar continuo por los bosques y caminos de la región de Drôme, en el sudeste de Francia, a finales del XIX. Un hombre que rehuía de los humanos y se sentía más cómodo y comunicativo en la naturaleza, donde encontró su inspiración, como los grandes artistas, como ese maravilloso momento que tropieza con una roca, que luego saca de la tierra y se la lleva a su casa, donde la recorre con la palma de la mano, sintiendo la estructura y la forma de la citada roca. La película nos muestra a  alguien golpeado por la vida, que lo dejó viudo y sin su único hijo. Pero, él siguió con su ruta diaria y su amor por el medio ambiente. Un día, conoció a Philomène, una viuda hermosa y se casaron. Nació Alice, que se convirtió en la ternura y el sentimiento de Cheval, que empezó a construir “El Palacio Ideal” para su hija, recogiendo piedras y tomando inspiración en pasajes bíblicos y en palacios hindús. Una obra que, a pesar de las continuas dificultades, logró acabarla después de 33 años.

Nils Tavernier (París, Francia, 1965), hijo del insigne director Bertrand Tavernier, ha construido una carrera como actor en películas de su progenitor como Beatrice o Ley 627, y otros geniales directores como Chabrol y Forman. También ha dirigido documentales de corte social y cultural, junto al guionista Laurent Bertoni. Su debut en la ficción se produce con la cinta Con todas nuestras fuerzas (2013), protagonizada por Jacques Gamblin, que recogía la hazaña de un tetrapléjico, ayudado por su padre, en su cometido de correr la durísima prueba de “Iron Man”, le siguió el thriller con al miniserie En algún lugar del valle, sobre una niña desaparecida. Ahora, llega el turno de la historia real del cartero Joseph Ferdinand Cheval, la  L’incroyable histoire du facteur Cheval, en su título original, contando nuevamente con Bertoni, a la que se une Fanny Desmares, para contarnos un relato romántico, al estilo de El cartero y Pablo Neruda (1994, de Michael Radford, contándonos la pericia de un hombre seco e introvertido, alguien de pocas palabras, alguien en su universo naturalista, que ante los golpes y la dureza de la vida, empieza a crear desde cero un monumento para su hija, un lugar especial como legado para su primogénita.

La acción de la película arranca en 1873 y se desplaza hasta 1924, cuando falleció Cheval, donde conoceremos su entorno, pequeño y rural, en la aldea de Hauterives, donde el cartero alzó su obra, utilizando materiales como piedras, que iba encontrando en su andar como cartero. La película de Tavernier es lineal, ligera y emocionante, sigue un ritmo pausado y romántico, explicándonos los avatares tristes y alegres de la vida de Cheval y su familia, una vida dura y llena de desgracias, que el cartero, con la ayuda de su inseparable Philomène, sigue adelante con su trabajo como cartero y su construcción. La sobria y maravillosa luz obra del cinematógrafo Vincent Gallot, con esos tonos ocres y la intensidad de las velas y la luz del fuego, convierten la cinematografía de la película en uno de sus grandes hallazgos, al igual que la excelente partitura musical que firman los hermanos Baptiste y Pierre Colleu, que saben imprimir el carácter duro y romántico que tiene la existencia del peculiar cartero. Y finalmente, la exquisita edición de la película, de Marion Monestier, que sabe manejar el ritmo y la cadencia en un metraje de los 105 minutos para abordar un relato que abarca más de medio siglo.

Tavernier se rodea de un reparto brillante, en el que destaca la inmensa labor de Jacques Gamblin, con el que repite, en un personaje que le va como anillo al dedo, con una espectacular caracterización, que le llevaba una hora y media cada día antes de empezar a rodar, en uno de esos personajes “Bigger than Life”, al que la sabiduría, el porte y esa forma de caminar y sobre todo, su mirar profundo e inquieto de un grandísimo Gamblin, en uno de sus grandes composiciones, interpretando a un individuo invisible, criticado por las gentes de su pueblo, un ser inadaptado que encontró en su entorno natural, la inspiración ideal para levantar su sueño, un sueño sencillo y humilde, que destapó a uno de los grandes visionarios y creadores del arte naïf, declarada como monumento histórico en 1969 por André Malraux, entonces Ministro de Cultura. A su lado, Laetitia Casta como Philomène, la mujer, esposa fiel y compañera, firme ante los golpes de la vida, y una compañía esencial en la existencia de Cheval, y la actriz Lily Rose Debos, que habíamos visto en Gracias a Dios, de Ozon, da vida a la pequeña Alice con 12 años, creando esa fusión íntima y muy profunda entre padre e hija, y finalmente, la aportación de Bernard Le Coq, un actor dotado de una gran humanidad y elegancia, convertido en una especie de mentor de Cheval en su trabajo.

El palacio ideal se revela como una película conmovedora y honesta, que no sorprende por su narrativa, que resulta clásica, convencional y sin sorpresas, pero aporta una mirada interesante y llena de patices en la psicología de los personajes, donde si destaca, mostrando el lado íntimo, personal y profundo de una serie de personas que vivían en las zonas rurales de aquella Francia de finales del XIX y principios del XX, gentes del campo, alejados de las ciudades y sus formas de vida, centrándose en la existencia de alguien corriente, de un ser sencillo, de alguien que era uno más, de un tipo que no caía simpático, quizás porque en su interior, anidaban esas ideas tan diferentes y especiales, tan especiales que se alejan de su cotidianidad. Un relato lleno de amor y tragedia que desvela la parte extraordinaria de la gente común, la gente de campo, que aparentemente, no parece guardar esos secretos, pero que, de tanto en tanto, surgen personas como Cheval, llenas de luz, trabajo, entusiasmo y sabiduría que, hacen de su sencillez su mejor virtud, alguien sin preparación como arquitecto, que consiguió, solo con sus manos, un gran puñado de piedras, unas cuantas herramientas, imaginación, tiempo y paciencia, una de las obras más significativas del llamado arte marginal de principios del siglo XX en Francia, admirado por Breton y Picasso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crescendo, de Dror Zahavi

MÚSICA CONTRA LA GUERRA.

“La música es una cosa amplia, sin límites, sin fronteras, sin banderas”

Léon Gieco

La palabra Crescendo, en el universo musical, significa “Fragmento musical que se ejecuta aumentando gradualmente la intensidad del sonido”, toda una declaración de intenciones la del director Dror Zahavi (Tel Aviv, Israel, 1959), a la hora de titular su película, en un relato que habla sobre el poder de la música como vehículo de reconciliación entre israelíes y palestinos. Si bien, quizás, es mucho pedir entre dos pueblos enfrentados de hace más de medio siglo, al menos, la intención está ahí, y el esfuerzo por entenderse  y mirar al otro, también, y que la música ayude, mejor. La película se inspira libremente en la West-Eastern Divan Orchestra, una idea del músico Daniel Barenboim y el filósofo Edward Said en 1999 para reunir a jóvenes músicos árabes e israelíes como camino para reconciliar a los pueblos con el telón de fondo de una conferencia de paz. Zahavi, que lleva más de veinticinco títulos dirigidos, muchos de ellos enclavados en el conflicto israelí-palestino, convoca a un director de orquesta famoso como Eduard Sporck, con la tarea de elegir a un grupo de músicos jóvenes árabes e israelíes, que ensayaran durante tres semanas y ofrecerán un concierto de música clásica.

Como pronto se verá, la empresa no va a resultar nada sencilla, ya que se forman dos grupos rivales, los palestinos por un lado, capitaneados por Layla, violinista, y por el otro, los que comanda Ron, israelí y también, violinista, y entre ellos, Omar, palestino, y Shira, israelí, que entre ensayo y rivalidad, se enamoran, siguiendo los postulados del “Romeo y Julieta”, de Shakespeare. Y en esas andamos, lo que en un principio parecía una idea conciliadora y humanista, acaba convirtiéndose en una forma de trasladar la situación política al devenir de la orquesta. Sporck se erige como la figura reconciliadora que intenta, por todos los medios, llevar a buen puerto el objetivo de armonizar todas las inquietudes enfrentadas y transformarlas en excelentes intérpretes, exponiendo la música como el principal y único elemento capaz de provocarlo. El director israelí consigue una película interesante y sensible, dando voz a todos esos jóvenes maltratados por la situación política de sus países, siendo contaminados por ese odio acérrimo y cruel que se ha instalado desde hace tantos años.

El relato también se detiene en la oposición de los padres árabes de permitir a sus hijos ingresar en la orquesta, y los hijos, intentando hacerles comprender, o las situaciones complejas que se van generando entre la representante del proyecto y Sporck, que intentan dirigir las disputas internas entre los diferentes músicos. Otro elemento esencial de la historia es la idea de la historia como repetición constante de los errores del pasado, ya que el director de orquesta, hijo de nazis (como ya lo había sido en la reciente Sin olvido, de Martin Sulík), explica su testimonio de perseguido por aquellos que le querían hacer pagar los errores de sus padres. La película nos sitúa en Tel Aviv, donde se encuentra la sede de las audiciones, los territorios ocupados de Gaza, donde vemos la cotidianidad de los palestinos, los constantes controles militares, que da una idea de la opresión y asfixia en la que viven tantos árabes, y la apacible y bella villa austriaca donde se llevan a la orquesta para los ensayos. La película se ve bien, tiente hechuras emocionales y capta la idea de la música como motor de esperanza y ayuda a los extremos, en la que somos testigos de el Crescendo del título, donde la tensión emocional que arranca al principio, donde la orquesta es un campo de batalla entre los dos bandos entre israelíes contra palestinos, para ir poco a poco, y lleno de obstáculos, a una especie de reconciliación frágil, pero que ayuda a que las posturas no sean tan extremas.

La grandísima presencia de Peter Simonischek dando vida a Sporck, un intérprete de una audacia y composición apabullantes, que se mueve, mira y habla con una clarividencia y sobriedad absoluta, se erige como el patrón de esta orquesta difícil y compleja, bien acompañado por los jóvenes Sabrina Amali como Layla, la incorregible violinista palestina, Daniel Donskoy como Ron, el apuesto y chulesco violinista judío, y los enamorados, Omar que hace Mehdi Meskar y Eyan Pinkovich, y finalmente, Bibiana Beglau que compone a Karla, la representante del proyecto. Siguiendo la premisa de “El amor nos hace más fuertes, el odio nos debilita”, que lanza la película, habla de todo aquello que nos acerca, como puede ser la música, y el grupo, que se necesitan para tocar todos juntos y hacer un buen concierto, aunque sean diferentes, y piensen de formas muy distintas, y en materia política, sientan que están enfrentados y sean irreconciliables, pero la idea de Zahavi va en contra de todo eso, que seguramente, la música no cambiará la situación que se vive en Israel y Palestina, pero provocará que, por un tiempo, aquellas que se encuentran eternamente enfrentados, se detengan un instante, se miren los unos a los otros, y entiendan que, todos juntos se necesitan para hacer música, y por un momento, cesarán los rencores y los odios y solo hablarán los instrumentos y la música lo detendrá todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez, director de la película “Una ventana al mar”, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Ángel Jiménez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Una ventana al mar, de Miguel Ángel Jiménez

MARÍA SE ATREVE A VIVIR.

“La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”.

George Santayana

María tiene cincuenta y cinco años, trabaja de funcionaria en Bilbao, donde vive, se pasa los días ausente y ensimismada en todo aquello que podría haber sido y nunca será. Sus fieles amigas, su hijo y sus nietos pequeños llenan algo de ese vacío que siente. Toda su vida se pone patas arriba, cuando le diagnostican cáncer, hecho que no le impide viajar a Grecia con sus amigas. Bajo esa premisa sencilla, la película sigue el recorrido emocional de una persona que, la vida, como tantos otros, ha pasado por encima, como si no fuera con ellos, incapaces de sentirla en toda su plenitud, de seguir peleándola, de no darse por vencido. El director Miguel Ángel Jiménez (Madrid, 1979), que habíamos conocido con Ori (2009), y Chaika (2012), dos cintas filmadas en antiguas repúblicas soviéticas, relatos duros y complejos, donde habitaban personajes con fuertes heridas emocionales, le siguió The Night Watchman. La mina (2016), rodada en EE.UU., bajo el atuendo de film independiente y de thriller psicológico.

Ahora, con Una ventana al mar, Jiménez realiza su película más personal e íntima, que nace de una experiencia real, y vuelve a contar con parte de su equipo técnico colaborador como Luis Moya, que escribe el guión, junto a Luis Gamboa y él mismo, la cinematografía de Gorka Gómez Andreu, la música de un grande como Pascal Gaigne, y el montaje de otro grande como el recientemente desaparecido Iván Aledo. Un equipo de primera división para contarnos la vida de María, que en su peor momento vital, decide soltar amarras y lanzarse al mar, pero dejando el oscuro y frío mar Cantábrico, y descubrir el luminoso y cálido mar Mediterráneo, cambiando el lluvioso Bilbao por la soleada isla de Nysiros, en Grecia, un lugar que emana paz, tranquilidad y descanso, y lo hará junto a Stefanos, un maduro marinero, de aspecto rudo, y de corazón enorme, que arrastra cicatrices, y pasa sus días pescando a bordo de su barco. El relato viaja tranquilo, se olvida de sobresaltos y argucias argumentales, para dejarnos tiempo para mirar, para sentir la isla griega, para seguir los pasos, cada vez más lentos, de María, alguien que ha decidido vivir, haciendo caso omiso a las advertencias de Imanol, ese hijo obstinado con la cura de su madre, alguien que no acepta, que se obceca en una pared sin puerta.

María ha tomado una decisión, el tiempo que le quede, quiere vivir, disfrutar la vida, sentirse bien y hacer lo posible para conseguirlo, dejándose llevar por el viento mediterráneo, por la vida apacible y serena que tiene Nysiros. La cinta de Jiménez habla sobre la vida, de su condición efímera, de disfrutar del aquí y el ahora, de aceptar la muerte, de no luchar cuando ya es inútil, de dejarse llevar por el viento y la luz, de bañarse en el mar desnuda, de sentir que no hay un mañana, de tomarse la enfermedad con dignidad y tranquilidad, de luchar por vivir, por sentir la vida en toda su plenitud, escuchando agradables canciones griegas que hablan del alma, de quiénes somos, olvidarse del tiempo, caminar por el pueblo, recorriéndolo y recorriéndonos a nosotros mismos, descubriéndonos a cada instante, a cada detalle, sabiendo que toda nuestra existencia puede concentrarse en un instante, y ese instante pasará, y quedaremos nosotros, o aquello que fuimos cuando ya no estemos.

Una película que habla sobre la muerte, peor a través de la vida, de la sensación única e incomparable de vivir, de sentir, de emocionarnos, de amar y ser amados, de comprender, y que nos comprendan, de hacer con nosotros mismos, todas aquellas cosas que nunca nos atrevimos, a veces por miedo, por falta de tiempo, o llevados por nuestro entorno y al vida que nos habíamos construido, que a la postre, no era nunca aquella con la que soñamos cuando éramos más jóvenes. La presencia de una grandísima Emma Suárez, dando vida a María, una actriz especialmente dotada por una magnética e hipnotizante mirada, que no le hace falta pronunciar una sola palabra, para transmitir todas las emociones que está sintiendo su personaje, como camina bajo la luna, y como se baña desnuda en el mar, o esos instantes donde se habla con su hijo, o esos otros, donde Stefanos y ella, sienten que la vida les ha brindado una oportunidad de estar bien, de disfrutar de la compañía y de sentir un amor puro, sereno y especial.

Akilar Karazisis da vida a Stefanos (actor que ha trabajado con cineastas tan importantes como Yorgos Lanthimos, entre otros), un intérprete que también mira con aplomo y sobriedad, ese compañero de viaje para María, la persona que aparecerá para conducirla por esa isla fascinante, no por su belleza, otras lo son más, sino por todos los sentimientos que une siente cuando la mira y al disfruta, y finalmente, Gaizka Ugarte es Imanol, el hijo de María, que también, necesitará su viaje personal para comprender la actitud de su madre y dejarla vivir. Miguel Ángel Jiménez ha construido una película brillante y llena de paz, como es la isla de Nysiros, como es la actitud de María, la compañía de Stefanos, como son las canciones de Mikel Balboa, un relato de llenos de silencios, de miradas, de gestos que se cogen al vuelo, de mirar al mar, de sentirlo, de dejarse llevar por su belleza, por su azul, por su sonido, descubriendo todos los tesoros que oculta y que tanto tiempo hemos esperado, sin saberlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un acuerdo original, de Romane Bohringer y Philippe Rebbot

LOS ESPEJOS DE LA FICCIÓN.

“Uno aprende, cuando se hace viejo, que ninguna ficción puede ser tan extraña ni parecer tan improbable, como lo sería la simple verdad”.

Emily Dickinson

La ficción ha servido como vehículo o mera excusa para trasladar los conflictos y situaciones de la vida real a la vida imaginaria o ficticia. No podríamos entender el mundo del arte, sin esa maniobra de ficcionar la realidad, o viceversa, porque en ocasiones es tal la fusión o mezcla, que resulta imposible descifrar que partes pertenecen al mundo real o al inventado. Podríamos enumerar miles de artistas que han encontrado en la ficción, ese espejo redentor o no, para mirar con más detenimiento su vida y los aspectos de ella, porque no hay mejor verdad o mirada, que mirarse a uno mismo a través de los espejos de la ficción. La pareja de intérpretes franceses Romane Bohringer (Pont-Sainte-Maxence, 1973) y Philippe Rebbot (Casablanca, Marruecos, 1964), después de diez años de relación y dos hijos pequeños en común, Rose y Raoul, deciden separarse y emprender una nueva vida. Pero, quieren mucho a sus hijos y para paliar esa situación, deciden llevar a cabo una operación insólita. Construirán os viviendas autónomas y separadas, una al lado de la otra, que solo se comunicarán a través de la habitación de sus hijos.

Este hecho real en la vida de los dos intérpretes ha servido de ficción para su primera película juntos, que escriben, dirigen y se interpretan a sí mismos, en un relato que ficciona su realidad, o podríamos decir con más exactitud, una verdad-ficción que tiene mucho de terapia y de comicidad para verse en una pantalla, como fue y es este tipo de situación. Bohringer y Rebbot plantean una comedia disparatada, con múltiples momentos de vodevil, equívocos, con esos divertidísimos intercambias de puertas que se abren y cierran, los continuos movimientos de una vivienda a otra, los diferentes ligues que acaban por no entender nada de lo ocurre, las situaciones paralelas en las que conocemos más a los dos protagonistas, antagónicos y tan diferentes, como la maravillosa secuencia que abre la película, en la que los asisten a terapia y vamos viendo sus diferentes reacciones, o esa otra, de las más divertidas de la película, cuando les comunican a sus respectivas familias la separación, familias que también se interpretan a sí mismos, y vemos las diferentes reacciones de ambas.

Estamos ante una mujer Roman, con los pies en la tierra, el timón de esta ex relación, peor muy apasionada en las relaciones, que busca desesperadamente estar con alguien después de la separación. En cambio, Philippe está en las antípodas de esa actitud, más bohemio, pasota, infantil, que anda desorientado, y sin saber qué hacer con su vida, no busca el amor, sino más ligues, pasarlo bien, y estar con sus hijos. En algunos instantes la película parece una de esas rocambolescas situaciones llenas de situaciones incómodas, que tanto narraban las comedias screwball estadunidenses en los treinta y cuarenta, de esas aventuras de Tati, con sus torpezas y meteduras de pata constantes, en otras, las discusiones de la pareja nos remiten al Woody Allen de los setenta y ochenta, donde dos seres que ya no se aman, pero todavía se quieren, afilan sus diferencias y conflictos, sean o no reales. Un proceso de película que la realidad acaba imponiendo sus secuencias de ficción, donde todo lo que ocurría se convertía en materia de ficción, donde hay secuencias completamente reales, donde hay una cámara para registrar ese instante, como la boda de sus amigos, en las que cualquier detalle real se centrifugaba convertido en materia ficticia, momentos vividos, detalles, gestos y demás.

Bohringer y Rebbot han capturado momentos y situaciones reales y ficticias en una película-documento-ficción que no solo habla de ellos, o aquel otro que les gustaría ser, sino que se ríen y mofan a rienda suelta de quiénes son y cómo actúan, de sus manías, defectos y estupideces, mirándose en ese espejo en el que nada ocultan y se lanzan al abismo que propone la película, dejándose llevar por las situaciones que plantea, desnudándose, tanto física como emocionalmente, mostrando y mostrándose de manera honesta, sencilla y directa, con esa naturalidad que caracteriza una situación que, a priori, podría resultar descabellada e imposible de realizar, pero el humor que destilan, y la capacidad para ser sin ser, o siendo otros para verse mejor, para entenderse, para separarse y juntarse a la vez, para distanciarse y estar muy cerca el uno del otro, para encontrar ese equilibrio emocional que, a veces, resulta que solo es mental, porque en la práctica las cosas se vuelven vulnerables, inciertas, irracionales y sobre todo, vitales y corporales, donde no pensamos tanto y sentimos más, dejándonos llevar por el fluir caprichoso e incomprensible de la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Temblores, de Jayro Bustamante

REPRIMIR LO DIFERENTE.

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Aldous Huxley

Del director Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, 1977), conocíamos Ixcanul (2015), su opera prima, en la que retrataba la vida de María, una joven maya cakchiquel, de 17 años, obligada a casarse en un matrimonio concertado, aunque la modernidad, de la que tanto escapaba, le brindará una solución de compromiso. Ixcanul recibió buena acogida en los prestigiosos festivales de Berlín y San Sebastián, y era la primera película de un tríptico del director, para retratar la desigualdad y el odio en la sociedad guatemalteca, basándose en tres insultos: indio, homosexual y comunista. Temblores es la segunda película de este peculiar e interesante proyecto, en el que nos ponen en liza en la existencia de Pablo, un hombre de 40 años, casado y padre de dos hijos pequeños, y un trabajo envidiado como asesor financiero, que pertenece a una familia tradicional y adinerada.

El mundo conservador y evangélico, que se viene abajo cuando Pablo le comunica a su familia que se ha enamorado de Francisco y se va a vivir con él. Momento que queda magníficamente bien reflejado con la secuencia que abre la película, con esa lluvia torrencial, en el interior de la casa familiar, todos derrumbados, y Pablo, encerrado en su habitación, solo y apesadumbrado, y tanto sus padres, hermanos como cuñados, intentan levantarle el ánimo juzgando su homosexualidad. De repente, el primero de los varios temblores sísmicos que veremos durante la película, metáfora sobre el cisma, muy a pesar de Pablo, que ha originado su decisión en el seno de esas familias tradicionalistas, intolerantes y profundamente religiosas, que no entienden otra vida que la de la sumisión a Dios, y una familia heterosexual. Bustamente encierra a su protagonista, optando por los primeros planos, los movimientos rápidos de cámara, el claroscuro en la iluminación, y esos espacios cerrados y opresivos en los que somete a su protagonista, como el minúsculo apartamento, en comparación con la colosal casona familiar, o los lugares de la terapia de conversión, donde los planos se cierran y vemos partes de un todo, como las partes desmembradas de un conjunto, materialización de la rotura y herida emocional que sufre Pablo, sometido, no solo a la intolerancia y el rechazo de su familia, sino al aislamiento en su trabajo o el alejamiento impuesto para que no se acerque a sus hijos.

El director guatemalteco, como hiciera en su debut, se rodea de su equipo habitual: Luis Armando Arteaga, en la cinematografía, el mexicano Pascual Reyes en la música, y César Díaz en el montaje, director de la reciente Nuestras madres (2019) -profundizando en esa Guatemala en busca de sus desaparecidos-, y la nueva mirada al proyecto con el argentino Santiago Otheguy, que firmaba el inmenso trabajo en Monos, del colombiano Alejandro Landes, y como director de La León (2007), una cinta que también tocaba el tema de la homosexualidad. Todos acompañantes de este viaje al alma humana, a nuestros lugares más profundos, y como nuestros deseos e ilusiones chocan contra la intolerancia y la persecución de una sociedad que, todavía mantiene valores del medievo, donde la religión, ya desde el estado, se ha convertido en el amo y señor de la legislación en materia de relaciones políticas, sociales y personales de la población, una religión que exalta valores y actitudes de corrección moral, basados en la familia tradicional y heterosexual, y en la religión, en este caso evangélica, donde todo está hecho por y para Dios, donde lo diferente y las actitudes modernas, se persiguen y se exterminan.

Bustamante pertenece a una industria todavía muy incipiente, que se está formando y empieza a ver sus frutos en los certámenes internacionales, por eso ha optado por una forma de trabajo muy artesanal con los intérpretes,  contando con un plantel de debutantes, buscando la piel y las emociones, que han trabajo un año y medio con los personajes, entre los que destaca la inmensa labor de Juan Pablo Olyslayer como Pablo, ejerciendo esa opresión y angustia que vive su personaje, encerrado por un entorno intolerante, bien acompañado por Mauricio Armas Zebadúa como Francisco, su amante, el gran trabajo de Diane Bathen como Isa, la esposa despechada que reaccionará como un animal salvaje y herido dispuesta a todo, y finalmente, la impresionante Sabrina de la Hoz como Clara, la mujer del pastor, y maestra de ceremonias en la conversión, una especie de cruce entre lo maléfico y lo íntimo, con ese aire de soberbia y fanatismo. Temblores se erige como un ejemplo de grandísimo cine, social y político, el cine que muestra sin juzgar, hablando de temas candentes que existen en países latinoamericanos, con el aumento de partidos de ultraderecha que quieren imponer un modelo conservador y de persecución contra aquellos que no lo acepten.

La película pone sobre la mesa conflictos que, incluso existen en países occidentales, como pudieran ser España o Francia, donde las practicas radicales religiosas como las terapias para curar la homosexualidad, tratada como una enfermedad, se vienen haciendo con el beneplácito de autoridades, donde las diferentes secuencias que vemos en la película, nos informan de unas prácticas deshumanizadas y salvajes, más propias de regímenes dictatoriales, que atentan directamente contra la libertad individual, y a la anulación sistemática de los deseos personales y la negación de nuestra verdadera identidad, y sobre todo, la perdida de nuestra verdadera personalidad, abocándolo a una existencia de orden establecido, a un matrimonio forzado y a un amor, completamente vacío y triste. Como explica el director, el miedo usado como represión, en una sociedad donde todo está supeditado a la apariencia social y a seguir con la tradición del matrimonio e hijos para continuar con la estirpe tradicionalista, conservadora y heterosexual, y todo aquello que se sale de esos cánones establecidos por la iglesia, se persiguen y se aniquila sin contemplaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lila Avilés

Entrevista a Lila Avilés, directora de la película “La camarista”, en el Soho House en Barcelona, el jueves 7 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lila Aviles, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.